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2 febrero 2013 6 02 /02 /febrero /2013 08:37
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 Película irregular, pero dotada de una prestancia visual extraordinaria. No en vano está firmada por Ang Lee uno de los directores más polivalentes y profesionales --a veces roza la plenitud como en "El banquete de bodas" o en "Tigre y Dragón" o la sorprendente "Comer, beber,amar"-- capaz de filmar "Hulk" (el hombre-masa verde) y a continuación "Deseo, peligro" o "Brokeback Mountain". Ahora este director nos presenta "La vida de Pi", sobre la popular novela de Yann Martel.
En esta majestuosa cinta, Lee aprovecha con acierto las posibilidades tecnológicas digitales del cine de hoy y consigue una versión en imágenes de la novela que no desdice en absoluto de la imaginativa y barroca narración. Los cuatro actores que representan a Pi en las diferentes edades, Gautam Belur, Ayush Tandon, Suraj Sharma e Irrfan Khan, nos van mostrando con distinta calidad interpretativa el proceso de crecimiento de Pi, a base de "flash Back" evocados por el relato de esa misma via y en especial el largo viaje de un náufrago por el océano, en una barca de salvamento...en compañía de un tigre de Bengala. Una catarata de imágenes de un intenso cromatismo en una imagen nítida y a veces ensoñadora y surrealista, pero siempre sorprendente y de una belleza que produce vértigo.
Es tan enorme la fuerza de las imágenes que otros elementos como la tensión dramática, la coherencia de los personajes o su profundidad psicológica no parecen tener pareja relevancia para Lee. Es como un sueño en el que los problemas filosóficos del protagonista no parecen extraños, al estar inmersos en un discurso visual tan elevado.
Los aspectos digamos religiosos o espirituales de la historia son tan respetuosos y amables con todas las religiones como nos muestra el paso del joven Pi por las confesiones que mas le atraen (una de las secuencias más divertidas de una película que no tiene mucho sentido del humor). Pero, repito, todo eso pierde importancia ante el despliegue visual y el perfeccionismo técnico digital que las imágenes nos muestran. No era facil llevar a cabo la trasposición fílmica de una novela tan compleja como la de Yann Martel y más resolver el reto que supone la parte central de la película dedicada en exclusiva al periplo oceánico de la barca con sus dos improbables habitantes, el actor Suraj Sharma en la piel de un joven Pi (hazaña que me recuerda la película de Hitchcok "Náufragos" o la cinta de Zemeckis "Naufrago" con Tom Hanks) y el feroz tigre de Bengala que debe ser "adiestrado" imaginativamente para que no se zampe a Pi en los muchos momentos de hambre, con episodios tan increíbles como el de la isla  carnívora de los suricatos o la bellísima comunión del cielo y el mar en la noche estrellada o el paso catastrófico de una ballena en un océano fosforescente, aunque si vamos a ello, la larga y peligrosa convivencia entre tigre y joven, es aún más sorprendente e increíble.
Un final espiritualista y con moraleja incluída dan un sabor de libro de autoayuda a una narración cinematográfica que no lo necesitaba para nada. Lo cierto es que vincular la demostración de la existencia de Dios a las palabras del bueno de Pi y a la sonrisa del escritor canadiense que no acaba de ceerse nada de lo que le cuentan, pero hace un acto de fe, resulta lo más endeble de una película que tiene momentos fascinantes. Y a pesar de ello, vale la pena verla. Y si puede ser en 3D, mejor que mejor..
     
       
 
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1 febrero 2013 5 01 /02 /febrero /2013 17:28

Sin duda no empecé el 2013 con buen pie. Una inoportuna e inesperada afección en las cervicales, seguramente a causa de ciertos excesos (como lo es, qué duda cabe, tratar de hacer un traslado de cajas de libros, enseres y algún mueble sin contar prácticamente con ninguna ayuda) que mi optimismo irredento  --otra manera de nombrar un cierto síndrome de Peter Pan-- no llegó a percibir como peligroso, me confinó durante dos semanas entre los muros de mi hogar, semitumbado en un sofá, con una manta sobre las piernas y dos columnas de libros a mi vera. Algo más de un mes, con secuelas que afectaban mi equilibrio, redondearon el episodio. Todo ha sido un frenazo contundente a mi ajetreada vida de lecturas, visionado de películas, escrituras varias y dos o tres excursiones montañeras a la semana y, como guinda, la necesidad perentoria e inevitable de depender en cierta forma de otras --queridas-- personas para que me cuidaran con paciencia (soy un enfermo poco dócil) y autoridad (dado a la rebeldía y al optimismo más dañino y poco realista).

Dentro del "haber" de la experiencia, la percepción del tiempo y de su uso y de su dictadura como una entelequia a la que hay que afrontar con sentido realista y una cierta inteligencia. La moraleja esencial: uno, hay que darse tiempo a uno mismo y dos, el mayor regalo que hacemos a los demás es "darles" nuestro tiempo sin esperar nada a cambio.

Se podría decir que hoy, 1 de febrero, he podido regresar por completo a mi estilo de vida.  No todo es el libro y la escritura, la música o el cine. Por fin, con todos las cautelas necesarias, he caminado por mis adorados Puertos. Durante tres horas he subido y bajado muchas veces siguiendo un sendero lleno de desniveles y de encanto, que une el rio Ulldemó con el río Matarraña. Sol, cielo azul, viento fresco, aroma de flores silvestres, bosques de pinos negrales y boj, masias abandonadas, tierras de cultivo invadidas por matorrales y arbustos, tilos, nogales, castaños, paredes de roca gris, caos de grandes piedras desprendidas, calveros removidos por los jabalíes, cabras salvajes presentidas tras la arboleda o lanzándose por empinadas laderas como relámpagos pardos. Un mundo hermoso e implacable donde reina el silencio.

Y ahora lo vivo con una percepción más aguda, creo yo. Una disponibilidad para la observación y el encanto ante la montaña (en realidad ante todo). Quizá propiciada por el tercer elemento que ha aflorado "gracias a" la obligada clausura provocada por mi vértigo: mi reencuentro con la filosofía y, como consecuencia, con una estructura de pensamiento entrenada en la atención filosófica a lo que es, a lo que ocurre, a lo que siento en esa intersección de acción, reflexión y atención. La lectura del tomo de Filosofía de Stephen Hetherington (Alianza) dedicado a la metafísica y la epistemología. "La consolación de la filosofía" de Boecio y el libro de Rudiger Safranski "Schopenhauer y los años salvajes de la filosofía", más el "Impromptus, entre la pasión y la reflexión" de André Comte-Sponville, han sido las muletas que me han permitido "regresar" a la "funesta manía" de filosofar, como estilo de vida (hallada en mis juventudes lejanas y abandonada en la prepotente cuarentena, sustituida por la psicología). Vamos a intentar "domar el tiempo" con las bridas de la tolerancia, la generosidad y la atención. Así que, feliz 2013.

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1 febrero 2013 5 01 /02 /febrero /2013 09:37

libro_de_ausencias_big.jpg

De vez en cuando el crítico da con un autor especial, lejos de los círculos mediáticos, alejado de la rentable manía del best seller, --si es histórico, miel sobre hojuelas (y ahora si es erótico, mejor)-- o de los "cogollitos" literarios que medran en torno a un grupo familiar de autores reconocidos, una editorial determinada o un grupo mediático de importancia. No se trata de alguien desconocido o de un novel, ya circula entre "gustadores" de "delicatessen" literarias. Se trata de un poeta, Antoni Marí, con bastantes obras entre poesía, narrativa y ensayo. El librero Serret le conoce de antiguo y me ha facilitado "Libro de ausencias" con pronóstico muy favorable. Y no ha exagerado.

Lo primero que me ha llamado la atención es la cadencia proustiana de su prosa. Frases largas, indagatorias, sutiles, evocadoras. Dominio del lenguaje y claridad de ideas. El planteamiento y el desarrollo de la trama novelesca mantiene una suave tensión discursiva que parece tener ecos del Musil de "El hombre sin atributos". El protagonista no se esconde del autor y se solapa con él, nos va mostrando la historia de una fascinación con observaciones minuciosas, novela de ideas, en las que, como una frase musical reiterativa, al estilo de la Sonata de Venteuil que tanto juego da a Proust, Antonio Marí nos va recordando capítulo a capítulo, las fitas o señales de una indagación que surge de un "insigth", un deslumbramiento, un ensimismamiento en torno al fenómeno de la "ausencia", esos instantes en los que la persona pierde sus angostos referentes del ego para pasar a una comunión deslumbrante con una realidad que le supera y le seduce.

Dos obras de arte, una exposición de Guerin y la instalación de Lúa Coderch, "Estrategias para desaparecer", mas la muerte por suicidio de un amigo, y un casual contacto con un libro de Ernst Jünger, son los elementos que disparan una experiencia estética y psicológica, una "ausencia" vivida por el protagonista y que abre la puerta a una indagación en torno a novelistas, ensayistas y músicos que van creando "resonancias" filosóficas, literarias y musicales con el concepto y la experiencia de la "ausencia".

Novela filosófica o filosofía analítica y literaria, atravesada por ramalazos  de piezas de música clásica que parecen entrar en íntima comunión con un texto reposado, inteligente y evocador. El lector va asistiendo, encantado por la palabra y fascinado por las imágenes que evocan los autores que van apareciendo, a un paseo de poco más de 200 páginas, donde las citas se suceden, algunas con gran amplitud, creando como una caja de ecos donde la "ausencia" va perfilando una especie de categoría filosófica propia. D' Ors, Ortega, el pintor Cezanne, Poe, Baudelaire, Max Blecher, Mann, Dostoievski y su principe Mishkin de "El idiota", la sin par María Zambrano, Nietzsche,  el nobel de Física, Schrödinger, el cuarteto numero 13 de Shostakovich, Robert Walser, Spinoza, Rousseau, Foucault y Mallarmé, Borges, Schopenhauer, los poetas Leopardi o J.A. Valente, la Sinfonía Concertante de Mozart, Bach o Leibniz, Oscar Wilde, Wagner, Blake o Shelley,  el antropólogo Levy Strauss, , Zweig, Yeats o Goethe, Novalis o Aristóteles, Ramon Llull y Descartes (ambos también "iluminados" en un  parecido estado de "ausencia"), Freud y Beckett, Petrarca o Wittgenstein, Rusell o Heiddeger, De Lillo, T.S. Eliot o Giles Deleuze...

Un desfile en torno a un concepto común, el de la "ausencia" como fuente creativa, como estado íntimo, como indagación literaria y filosófica que se cierra en los tres últimos cortos capítulos con la intervención confesada del autor y el fin de su libro, la asunción de su personalidad y de su objetivo (un juego de espejos que recuerda las novelas espirituales e intelectuales de  "El juego de abalorios" o "El lobo estepario" de Hesse). Con la evocación de Sartre, Borges y Mallarmé, Antoni Marí da el salto casi místico y escribe "Como si no existiera nada más, sólo la ausencia. Dejábamos de ser lo que éramos, olvidados y ausentes, y pasábamos a ser el sujeto puro del conocimiento: sin identidad ni equivalencia" (pag.222). La búsqueda ha terminado. Y como en el círculo taoísta o la serpiente que se muerde la cola, el autor se mira en el espejo y cierra el "Libro de ausencias", ante la admirada perplejidad del lector.

El autor ha cerrado el juego, con resonancias zen. No sin antes permitirse en la pág. 112, definir la obra que está escribiendo y que 110 páginas más allá cerrará: "No quería demostrar nada en esta pesquisa personal y subjetiva, ni pretendía tampoco construir un sistema en torno al eje de aquella idea... (la ausencia)...ni hacer una investigación con todas las exigencias propias de una tarea así; sencillamente me dejaba llevar por la imaginación que, por si misma, sin que interviniera la voluntad, iba enhebrando perlas de formas diversas, de colores vibrantes, de sentidos extravagantes y significados herméticos, con las que poco a poco se formaba un collar, cuyas cuentas adquirían un sentido nuevo y distinto al que tenían aisladas". Es decir, claramente, el libro que tenemos en las manos. Antoni Mari ha imitado el proceso con el que nos narra el origen mítico de la pintura, cuando "una joven dama de Corinto inventó accidentalmente la pintura cuando la vigilia de la partida de su amante proyectó su sombra en un muro, a la luz de una vela, y siguió el contorno con un carboncillo. Una sombra de amor entre un trazo y una presencia". Es decir una ausencia. Marí ha dibujado el contorno de una presencia--la novela-- para narrarnos la historia de una ausencia.

 

 

FICHA:

LIBRO DE AUSENCIAS.- Antoni Marí.- Tusquets Editores. Colección Andanzas.222 págs. 16 euros.

 

 

 

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31 enero 2013 4 31 /01 /enero /2013 08:41

tabu-cartel.jpgRodada en blanco y negro, con una primera parte --rodada toda ella en 16mm--deslumbrante en su recreación del cine mudo, pero también por la poesía del texto que va acompañando las imágenes, en la bellísima historia de amor y muerte narrada de una forma ingenua y fascinante, como los viejos cuentos orales, el portugués Miguel Gomes ha realizado una obra magnífica, difícil de clasificar respecto al cine de hoy, pero al mismo tiempo dotada de una fuerza imaginativa que me acercó al "tempo" inigualable y nostálgico de las novelas de Somerset Maugham o de las películas de los maestros de antaño en el cine silente, F.W Murnau y Robert Flaherty. Justamente de estos dos directores, que rodaron en 1931, la magistral "Tabú" en la que se hacía un canto del cisne de la época colonial y de las vicilizaciones nativas que serian devoradas a continuación, toma Gomes el espíritu de esos tiempos pasados que jamás volverán para rodar su particular "Tabu".

Más en la línea de "La carta", la sombría y romántica historia de Maugham que rodó William Wyler en 1940 con una exgtraordinaria Bette Davis como protagonista (de hecho la historia de Gomes  sigue bastante cerca la peripecia de la película aunque con distinto final), el director portugués realiza un soberbio ejercicio de estilo, no sólo por el inicio sensacional en 16mm sino en el desarrollo de la historia y descripción de la vida colonial. Quizá la parte más endeble sea todo el tronco central de la película--rodada ya en 32mm hasta el final--, en nuestros días, con la historia de Julia una madura lisboeta, vecina de una anciana algo desequilibrada  y su criada negra. La conexión de las dos historias, evidente ya en la tercera parte, tiene suficiente entidad para oscurecer esa parte intermedia que, no obstante, tiene una fuerte calidad propia pero deja en el espectador la impresión de que ha asistido a dos historias diferentes con un prólogo de cuento juvenil.

La vecina, Pilar, Teresa Madruga, una actriz serena que lo dice todo en un gesto, lleva el peso del filme en la época actual, afrontando con una bondad silenciosa las actuaciones de la anciana (Laura Soveral)y de su hermética criada negra (Isabel Cardoso), a la que su ama acusa de brujería. En esa relación de caritativo vecinazgo vamos recibiendo informaciones sobre un pasado mitificado y misterios en Africa que más tarde un cuarto personaje nos revelará con su voz en "off" y las imágenes de una época pretérica observada con cariño y detenimiento, quizá en la línea de las "Memorias de África" que todo el mundo recuerda con placer. El apasionado y dramático  amor ilegítimo entre un joven mundano (Carlotto Cota) y la esposa de un terrateniente (Ana Moreira), en el caluroso y exótico medio ambiente africano, con criados negros y partidas de caza, forma parte del imaginario de ciertas novelas y películas, único lugar donde podemos encontrar algo del encanto de aquélla época, seguramente injusta para la población nativa, pero dotada de un particular encanto literario.

Buena película, pues, quizá demasiado nostálgica que tendrá su público devoto pero, seguramente, minoritario.

Bue.

 

 

 

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30 enero 2013 3 30 /01 /enero /2013 10:54

lsocrateswallen.jpg

 

 

Juan Antonio Rivera es profesor de Filosofía en un IES de la provincia de Barcelona y en  2003, seguramente inspirado por los exitos de ventas de Gaarder, Marinoff, Marina, Savater y otros, trató de sacar aplicaciones pragmáticas a sus conocimientos profesionales y con descaro periodístico  lo hizo de una manera harto pedagógica y si no muy fidedigna, sí bastante digerible para el gran público.

Sus antecedentes inmediatos surgen allá por 1994 cuando Jostein Gaarder publicó "El mundo de Sofía", un ameno recorrido por la historia de la filosofía, tratando de que muchas de las supuestamente complejas y abstrusas cuestiones filosóficas aparecieran de una forma sencilla y fácil de entender. Fue un gran momento para la popularidad de la filosofía y despejó bastante los prejuicios que la gente tiene respecto a esa disciplina. Más de veinticinco millones de ejemplares vendidos en todo el mundo hablan bien a las claras del éxito de la propuesta. En el 2000, Lou Marinoff se atrevió en meterse en el sagrado terreno de los psicoterapeutas y con un gran sentido común --y más grande aún el de la oportunidad-- publicó Más Platón y menos Prozac, otro "bestseller" que se atrevía a enfrentarse con la aparición de la estrella de los neurofármacos antidepresivos (años mas tarde supimos que no era tan inocuo como nos decían). Marinoff aseguraba que la lectura de los clásicos de la filosofía podía ayudar mejor que el Prozac a afrontar las dificultades de la vida. A partir de entonces son legión los autores que proclaman la idoneidad de la filosofía para aportar claridad y sentido a lo cotidiano.

Ese es el objetivo del libro de Juan Antonio Rivera, pero usando un recorrido curvo e indirecto que pasa desde el cine a la filosofía. Magnífica idea que no se desluce por la aparatosidad excesiva del titulo "Lo que Sócrates diría a Woody Allen", simple anécdota cogida por los pelos. Pero, indiscutiblemente, un título que "pega" y atrae, aunque el contenido del libro se desmarque rápidamente hacia algo distinto: se trata en suma de analizar 25 títulos famosos de la historia del cine bajo un punto de vista filosófico, reflexionando sobre lo que cada película puede aportar a las indagaciones y cuestiones filosóficas más básicas.
Y así entra en El coleccionista
de William Wyler para para hablarnos de amor y la imposibilidad de imponer los sentimientos. Hannah y sus hermanas, de Woody Allen permite a Rivera hilvanar páginas interesantes sobre el intelectualismo como norma equívoca. Nos hace recordar al Kane de Orson Welles para mostrarnos los límites de la voluntad de poder en las relaciones humanas. La naranja mecánica y Calle mayor cierran la “Primera Bobina”, como titula Rivera a las partes de su libro y usa esos titulos para reflexionar sobre la violencia y el uso coercitivo del condicionamiento pauloviano, la primera, y sobre el aburrimiento provinciano  y la maldad que produce la falta de ética social, con la segunda pelicula.

La magnífica Almas desnudas de Max Ophuls ilustra de una forma interesante cómo la moralidad puede llegar a adquirirse a veces por el simple aprendizaje vicario, si la persona que se imita es de gran relevancia moral. También con La Ley del silencio,  insiste en ese tema de la capacidad de regeneración moral de algunas personas. Uno de los nuestros,  la sensacional película de Scorsese es utilizada para ilustrar las influencias muchas veces perniciosas que un determinado medio social y económico y una subcultura determinada pueden tener sobre la vida de las personas, estableciendo un determinismo ético que condiciona sus vidas.
La voluntad como motor de comportamiento y su ausenia como condicionante ético ( caso del alcoholismo y las drogas) son analizadas a través de El hombre del brazo de oro y de Días sin huella  con las soberbias interpretaciones de Frank Sinatra y Ray Milland, dirigidos por Otto Preminger y Willy Wilder.Otro de los temas filosóficos por excelencia, la muerte y la forma en que gestionamos su necesidad inevitable y su omnipresencia, es analizado a través de la película Blade Runner de Ridley Scott y el Vivir de Akira Kurosava, la historia del anciano funcionario que padece una enfermedad terminal y decide aprovechar el tiempo que le queda para darle un sentido a su vida. Precisamente de ese sentido, que algunos teóricos han ilustrado con la metáfora del "arbol de la vida" --los caminos diferentes que puede seguir nuestra vida con las elecciones que hacemos en determinados momentos-- Rivera comenta Family Man, Parque Jurásico, El efecto mariposa y ¡Qué bello es vivir!.

Para la cuestión del "apetito fáustico", es decir de la ambición de algunos por sumar más vidas a la propia, Desafío total (en la versión  de Paul Verboheen), La rosa púrpura del Cairo y Las zapatillas rojas ¿Y qué películas ilustrarían mejor el problema de las ideas platónicas y la realidad, el mito de la caverna, que Matrix  y también El show de Truman?.
 Rivera llega al final de su libro con una evocación nostálgica de la mítica Casablanca, de la que nos ofrece el análisis stendhaliano del amor y el enamoramiento (temática que también podríamos buscar en Erich Fromm o Francesco Alberoni). Y preconiza ese impulso hacia el conocimiento y la sabiduría que, a la postre, es lo que podría justificar su libro  (si es que se tiene que buscar justificación para escribir un libro y venderlo después). Otra cosa es que el discurso del autor sea más interesante cuando ejerce de analista cinematográfico que cuando aplica los esquemas filosóficos de los diferentes autores  y escuelas (quizá resulta más difícil encontrar un brillante critico de cine que un pasable historiador de filosofía). En resumen, un libro más interesante para cinéfilos que para degustadores de filosofía.




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29 enero 2013 2 29 /01 /enero /2013 08:09

Hace casi justamente un año (La Comarca 31 de enero de 2012) recorrimos el sendero que une Ráfales con Fórnoles, unos 9 kms con 120 m de desnivel positivo. Ya entonces les prometí que completaríamos el sendero vecinal que llaman "del agua" por pasar por fuentes (en la actualidad casi todas secas) y que tras llegar a Fórnoles se extendía según marca la tradición hasta el vecino municipio de La Portellada. En esta ocasión vamos a realizar el sendero completo que suma en total 16 kms, con una opción (un circular de 8km ) para visitar los poco conocidos y muy bellos "Estrets" de Ráfales. Dado que en total serían unos 24 kms. sugerimos el uso de dos coches: uno lo dejaríamos en La Portellada y con el otro nos iríamos hasta Ráfales, donde podemos comenzar a caminar. De esta forma haríamos la subida (120m positivos) hasta Fórnoles y desde allí una bajada de 260m negativos hasta La Portellada. Antes de partir hacia nuestro principal objetivo sugiero un pequeño circular por los Estrets de Ráfales (que comento en un despiece de esta página).

Desde Ráfales emprendemos el "camino del agua" en dirección a Fórnoles, asi llamado por la existencia de algunas viejas fuentes, la Vella o la Estopiña por ejemplo, en la que se aprovisionaban del preciado líquido los vecinos de ambas poblaciones. El sendero, que está señalizado, se inicia en las afueras del pueblo hacia el noreste, en un recodo del nuevo vial que lleva a la  carretera nacional. Vemos una flecha y un letrero que señala el sendero que sube por un barranco, dejando a nuestra espalda el caserío de Ráfales.

Atravesamos un bosque de coníferas, enebros y sabinas, alternados con campos de olivos y almendros, entre muretes de piedra seca. Hay algunas masías abandonadas y construcciones para resguardo de ganado o aperos de labranza. La caminata transcurre por lugares silenciosos, muy pocos cultivados, la mayoría invadidos por la maleza. El algunos tramos de  camino este deja su carácter de sendero y se convierte en calzada romana o medieval seguramente, realizada con cantos rodados y piedras de varios tamaños y protegidas por muretes de piedra seca semiderruida. Uno se pregunta por los que construyeron la calzada y cómo era el paso de ganado, caballerías y personas durante siglos hasta llegar al abandono que inauguró el siglo XX. Es una lástima que lugares como este --he encontrado muchísimos en estas tierras del Bajo Aragón-- no estén cuidados y sean promocionados como lo que son: un bellísimo ventanal a la historia.

Pasaremos por un desfiladero entre grandes rocas con el piso desmenuzado por los elementos, formando escalones que en otro tiempo fue calzada también. Subimos a un coll desde donde ya vemos parte de las casas de Fórnoles. Seguimos las señales blancas y amarillas del PR y vamos bajando entre pistas y senderos limitados por muros de piedra hasta llegar a la señal de madera que señala PR-TE 159 "A Fórnoles". Aún hemos de bajar un barranco, con numerosas baumas y oquedades en roca caliza y subirlo por un sendero empedrado hasta llegar a  ver la antigua cruz de término del pueblo, con Fórnoles enfrente nuestro y su gran balsa de casi dos siglos de antiguedad en la entrada. Podemos aprovechar el agradable lugar para hacer una parada y reponer fuerzas.

Para continuar subimos por las calles del pueblo hasta la balsa que hay en las afueras en la parte más alta, junto al barranco. Una señal de madera indica PR-TE 161, La Portellada. Bajamos por el barranco de la Estopiña y comenzamos un  descenso por un sendero empedrado en bastantes más tramos que el anterior . Es perceptible que se trata de un antiguo camino vecinal que tuvo gran movimiento durante siglos y que ahora está en desuso y lamentablemente poco cuidado.

Cruzamos por bancales cultivados, con olivos y almendros, por un sendero bien señalizado, hasta llegar al llamado Pla de Sensalt desde donde lanzamos una última mirada al caserío de Fórnoles, que se eleva a nuestra espalda. Tras unos minutos de sendero llegamos a una pista que atraviesa campos de cultivo y se extiende durante un par de kilómetros hacia el noroeste con aspecto de ser muy transitada por los labriegos, bien delimitada por muretes de piedra.

Seguimos un sendero entre árboles que inicia una subida por una pista semiderruida, llena de piedras pequeñas. Entramos después en una zona con grandes rocas, baumas de alguna profundidad y tramos empedrados bastante derruidos que evidenciaa un antiguo paso de ganado y caballerías.

Un par de kilómetros antes de llegar  a La Portellada, por un sendero en subida hay que estar atento para ver una señal que indica un desvío a mano derecha  para seguir una trocha de bajada que lleva al a famosa Cueva de San Antón, que se encuentra bajo una roca que le sirve de resguardo. El lugar es de una tranquilidad magnífica y un cartel nos avisa que esta ermita excavada en la roca, es una de las cuatro caracteristicas curiosas del pueblo de La Portellada y cita las otras tres: "un molino que no muele, un batán que no batea y un puente bajo el agua". Digno del Guinness. La ermita perteneció a la Iglesia de La Fresneda hasta 1784, fecha en la que La Portellada obtuvo categoría de pueblo.

Desde la ermita el camino va bajando rapidamente hacia el caserío de La Portellada por un sendero rojizo entre piedras calizas. El sendero cruza un par de granjas, el famoso batan, y sube hasta la carretera general, a un centenar de metros del pueblo, donde recogeremos el coche para ir a buscar el vehículo que dejamos en Ráfales. Vuelta al origen aunque más comodamente.

 

NO SE PIERDA

Los Estrets de Arnes, donde es fama que en una de sus cuevas se escondía el bandolero Floro, allá por finales del siglo XIX, son unas formaciones angostas, desfiladeros entre altos muros de granito y piedra caliza. Hay un camino circular de unos 8 km en total que se inicia en la parte alta del pueblo de Ráfales, junto a la calle Rafael Anglés y por un sendero empedrado lleva a una pista forestal que cruza el desfiladero, se adentra en un bosque de chopos, pasa por el Mas del Rallo y por una serie de campos de cultivo y acequias para dar la vuelta por una zona de pinos y carrascas y vuelve a la pista de entrada y al pueblo. El recorrido es de una soeldad, silencio y belleza deslumbrantes. Para terminar, tanto Ráfales como Fórnoles o La Portellada son pueblos que bien merecen una visita tranquila, créanme.

 

LIBROS Y MAPAS

Para los lectores de la zona, lo mejor es ir a la Librería Serret de Valderrobres y conseguir el mapa MTN50, numero 495 de 1:50.000, los libros de Rutas de Aragon y Red natural de Aragon, editados por Prames y dedicados al Matarraña. Jesus Avila Granados con su libro "Matarraña insólito" de Viena ediciones, añadirá encanto a la excursión. Es un material facilmente hallable en cualquier librería con una buena sección de senderismo.

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28 enero 2013 1 28 /01 /enero /2013 10:53

django-desencadenado-cartel3.jpg   

 

 Desde "Kill Bill" a "Malditos bastardos", "Reservoir dogs", "Pulp Fiction" o "Abierto hasta el amanecer", Quentin Tarantino, ha mostrado, con todas sus geniales variaciones, diferentes aspectos del western, el género más amado por este director que no deja de reflejar en su cine su apasionado casi fanático amor por la historia del Séptimo Arte. En "Django desencadenado", Tarantino no disfraza el género y por primera vez nos muestra el western que relucía de vez en cuando en sus películas anteriores, así en La Novia de "Kill Bill" --Uma Thurman--luchando con katana contra multitud de adversarios-as; en el grupo de asesinos aliados, liderados por Brad Pitt, volviendo locos a los nazis de "Malditos bastardos"; en los gángsteres --magnifico Harvey Keitel-- con nombres de color de "Rservoir Dogs"; en el proceder de Bruce Willys como boxeador fullero de "Pulp fiction" o en el cazavampiros Georges Clooney de "Abierto hasta el amanecer". Ahora nos presenta a Jamie Fox y al sorprendente Christoph Waltz (¿quien podrá olvidar al coronel nazi en "Malditos bastardos", en plan Sherlock Holmes buscando y asesinando judíos?) como la pareja protagonista de "Django desencadenado" basada lejanamente en el "spaguetti western" "Django" de los años sesenta (el homenaje incluye la aparición breve de Franco Nero, que fue protagonista de aquella olvidable película italo-norteamericana) .

Reciclaje de lo mejor--a juicio de Tarantino, naturalmente-- del cine del pasado, ese es el cometido predilecto de este director que recoge en su película no sólo la herencia de las películas de Sergio Leone o Corbucci (que no eran buenas y ahora solo son nostálgicas), por ejemplo, sino las de John Ford y sobre todo Sam Peckimpah, en secuencias que son como un guiño de homenaje a los grandes directores del pasado pero integrados dentro de una forma de hacer cine que es propiamente exclusiva de Tarantino : una mezcla de violencia, humor negro, ironía, retórica culta en los diálogos, erotismo desenfadado y critica solapada a lo convencional y al tópico. Pura personalidad inimitable de un director que ha mamado cine desde bebé en lugar de leche materna.

El guión puede sintetizarse en unas líneas: A un par de años de la guerra civil norteamericana, un esclavo (Fox) es liberado por un cazarrecompensas alemán (Waltz) y contratado como ayudante para matar a tres prófugos, Después decidirán rescatar a la esposa de Django (deliciosa Kerry Washington) de las manos de un brutal terrateniente Calvin (Leonardo Di Caprio) que la tiene como esclava en su plantación de algodón.

Durante casi tres horas de entretenida visión, la película que mantiene un ritmo endiablado y una tensión permanente, con ráfagas de irónico humor (desternillante la labia casi filosófica de un Waltz inspiradísimo) y unos apocalipsis de violencia extrema que tienen un final apoteósico, cuya desmesura catártica logra la hazaña de no alterar lo mas mínimo al espectador que acaba viéndola como una especie de sanguinario "ballet" donde nada es real, ni siquiera lo parece, pero divierte y atrapa.

La metáfora operística del rescate de la esclava (Brunilda) por un Django convertido en Sigfrido (el culto Waltz lo explica a un esceptico pero admirado Fox) es uno de los multiples niveles de lectura que evoca el filme de Tarantino. Lástima que parece que este director está a punto de colgar la batuta. Ya sé que tiene sus detractores, pero a mí me parece un artesano inigualable y me encanta su alegría, su retórica y su humor salvaje que no deja títere con cabeza.

Destaquemos la  actuación de un casi irreconocible Samuel L. Jackson, uno de los actores fetiche de Tarantino (ha intervenido en cinco películas de este director, que apenas tiene una docena de filmes en su haber) haciendo el papel del anciano esclavo negro del racista y cruel Calvin (también excelente Di Caprio, un poco sobreactuado). No se la pierdan. Y si son aficionados al western, aún más.

 

 

 

 

 

 

 

 

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27 enero 2013 7 27 /01 /enero /2013 10:06

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Lo siento en el alma, Woody Allen ha sido uno de mis directores preferidos, pero últimamente no acaba de levantar cabeza. Parece que el anciano realizador judío, vulnerable, adicto al psicoanálisis, neurótico y ladino mago del diálogo irónico y usuario de un humor inteligente y vitriólico que siempre deja encantado al espectador, no acaba de encontrar su pulso habitual, enfangado en películas que parecen de encargo y de carácter "alimenticio". Como dice uno de los personajes al arquitecto-augur encarnado por el pocas veces no satisfactorio Alec Baldwin, "está claro que te has vendido".

Como en "Vicki Cristina Barcelona", en menor medida que "Midnigth in Paris", el recurso postalístico dedicado a una ciudad determinada (donde Allen ha sido agasajado y que, seguramente, correrá con parte de los gastos de producción de la película) hace agua en esta dedicada a Roma con el tópico a toda marcha (empezando por el inicio  y el final con el "Volare" como tema musical y el cicerone a la manera felliniana haciendo de maestro de ceremonias) y un guion coral irregular que no complace de ninguna manera.

Woody vuelve a pinchar con esta Roma suya que trata de emular a Fellini y se queda en un pastiche de turista poco exigente, conforme con apuntar escenarios y personajes de lo más tópico (el de Roberto Benigni es de verguenza ajena, lo lamento por un intérprete como ese, cuya comicidad queda desvirtuada por un guión de sonrojo). Incluso el papel que se reserva Allen es de un esquematismo lamentable, apenas si Woody sabe representarse a sí mismo.

Infidelidades sin profundidad, personajes planos que transitan entre aspavientos por la película, enredos de alcoba a la italiana que han perdido el toque "Lubitsch" y la frescura que alguna vez tuvo Allen (ver "Manhattan", "Annie Hall" o "Maridos y mujeres"), desencanto y tristeza crepuscular (visibles en Baldwim, trasunto filosófico de Allen), integran una película olvidable  y que hace desear que el otrora genial director cuelgue la batura si no es capaz de hacer algo mejor.

Los guiños contenidos en "Annie Hall" o en "Recuerdos" a los filmes de Fellini no deberían haberse "relacionado" con esta "Roma" que parece una burla involuntaria de anécdotas de la felliniana "El jeque blanco" (la pareja de recién casados que llega a Roma y la fama absurda e instantánea de la viuda que ignora que lo es, aquí evocada por la farsa que protagoniza Benigni). Y si a eso unimos la guasa surrealista del cantante de opera que solo funciona cuando está bajo la ducha, el resultado es un conjunto lamentable. Ojalá alguien le diga a Woody que se siente, pare y reflexione. Destacar a Baldwin y a Ellen Page como unicos actores con cierto tono "Allen", un aprobado raspado a los demás, incluida nuestra Penélope Cruz, totalmente desperdiciada en su papel de prostituta.

 

 

 

 

 

Ambas líneas argumentales expresan también el problema del conjunto, este es, su tendencia al desequilibrio. En el primer caso, la deriva del guiño felliniano hacia un atropellado y poco convincente enredo de alcoba. En el segundo, la inclinación a alargar el chiste hasta agotarlo, algo que también sucede con la broma de ese Caruso que sólo es capaz de cantar en la ducha. “A Roma con amor” no presume ni reniega de su levedad general —tampoco renuncia a ciertos clichés de la italianidad—, pero está siempre marcada por una irregularidad que trata mejor a unos personajes que a otros, que pone más mimo en unas historias antes que en otras, sin posibilidad de que entre la descompensación brote la genialidad. Y eso que la película, ciertamente, tiene un corazón por el que no acaba de decidirse: el enamoramiento supervisado —por un fantasmal, fabuloso Alec Baldwin— del arquitecto interpretado por Jesse Eisenberg hacia la amiga de su novia, una Ellen Page que destruye arquetipos como tentación para resultar, entre la fascinación y la impostura, extrañamente seductora.

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26 enero 2013 6 26 /01 /enero /2013 08:21

belyy-tigr.jpegBasada en una novela de Ilya Boyashov, la rusa Karen Shakhnazarov dirige una película bélica dotada de un extraña fascinación. Mientras la Segunda Guerra Mundial llega a su fin, las tropas soviéticas avanzan por territorio alemán liquidando bolsas de resistencia. Cerca del Vístula, ya acercándose a Berlín, los tanques rusos se enfrentan a los nazis, pero en uno de los frentes aparece un extraño tanque, un Panzer dotado de enorme movilidad, bastante silencioso y con una potencia de tiro enorme. Es de color blanco y siembra la destrucción y el temor a su paso, infligiendo fuertes pérdidas a los rusos. Un sobreviviente de un tanque ruso, el sargento Ivan Naydenov, logra superar, milagrosamente, unas quemaduras en todo el cuerpo y emerge del coma dotado de una misteriosa capacidad para "escuchar" a los tanques, una escucha activa ya que "oye" cuando el tanque enemigo va a ser disparado. Todo el mundo piensa que el sargento ha enloquecido pero al ser reenviado al frente comprueban que logra escapar indemne a todos los ataques. El sargento está obsesionado con el "Tigre blanco" el nombre que le han dado al misterioso tanque nazi.

Comienza una larga búsqueda. Los mandos rusos no están seguro de que el Tigre Blanco exista en realidad pero un coronel del contraespionaje militar sovietico llega a verlo y encargan la construcción de un modelo T-34 ruso más potente y blindado para que busque y destruya al Tigre Blanco.

La historia, muy  realista pero con componentes "místicos" parece una metáfora urdida para demostrar la lucha del individuo, el sargento, contra la fuerza del mal, reflejada en el misterioso tanque nazi, tan blanco quizá como Moby Dick. Y así vemos al ballenero "Pequod" transformado en un tanque ruso con tres tripulantes, el capitán Acab como un sargento ruso enloquecido y místico y el Panzer nazi como la ballena blanca.

Para terminar de redondear la metáfora y el simbolismo de la lucha soviética contra el mal absoluto del nazismo, la directora añade un epílogo innecesario y diáfano con el mismo Hitler perorando sobre su locura y asegurando que lo que los nazis hicieron es lo que toda Europa hubiera querido hacer con judíos y rusos si se hubieran atrevido a ello. Lástima de moraleja que estropea el atractivo de una película interesante.

Por cierto las imágenes de las batallas suelen estar aderezadas con musica de ...Wagner, naturalmente. Gerasim Arkhipov compone un tanquista místico muy verosímil y contenido y Aleksandr Bakhov es un oficial de inteligencia militar (¿quién dijo que estos eran dos términos irreconciliables?) muy ajustado, dentro de la contradicción y la paradoja que supone para un hombre sensato e inteligente enfrentarse a lo desconocido, al "otro lado" de la racionalidad.

 

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24 enero 2013 4 24 /01 /enero /2013 10:55

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No se trata de un libro erudito (cosa fácil de intuir sólo por el título) pero sí de un divertido estudio literario dedicado a los que buscan en autores y libros lo que se cuece detrás del escenario, las pequeñas anécdotas que humanizan a los grandes autores y los detalles que dan un sabor especial a determinados títulos. Libro indicado pues para los amantes de la lectura y bastante útil para profesores y estudiantes de literatura.

Uno de los grandes aciertos de este libro es la portada, una composición fotográfica en tonos oscuros en la que vemos a un apacible lector, con un fondo de biblioteca y encendida chimenea, que lee atentamente "El Quijote". El caso es que el fascinado lector tiene el rostro increíble de Boris Karloff, en su más célebre papel, el del monstruo creado por Mary Shelley que toma el nombre del científico que le dió azarosa vida, Frankenstein.

Opinaba Serret, el librero, cuando me entregaba este volumen tan llamativo que recomendaría su lectura a los "lletraferits" asiduos a su establecimiento. Y no es mala medida. Santiago Posteguillo, el autor, profesor universitario de lengua y literatura inglesa, es un reputado escritor de novela histórica y aquí se ha permitido un descanso y un cambio de tercio, de una forma amena e instructiva. Se trata de un compendio de 24 artículos de variable extensión en los que analiza elementos curiosos, detalles sorprendentes, anécdotas divertidas, relativas a la narrativa en sí, a un autor determinado o a una obra conocida. Como reza el subtítulo del volumen: "La vida secreta de los lbros (porque los libros tienen otras vidas)". Y, por si quedaban dudas, el autor dedica su libro "A las primeras lecturas de Elsa", una clara declaración de objetivos.

El artículo que da nombre al volumen, nos cuenta la historia archiconocida del lugar y las circunstancias en los que se gestó "Frankestein", quiénes acompañaban a Mary Shelley, la autora, y la apuesta en un entorno de genios literarios en la que se decidió que cada uno de los asistentes escribiría un relato de "miedo". El acierto de Posteguillo es incluir el detalle de "El Quijote", evocado por los estudios de castellano que la famosa esposa del gran poeta, estaba realizando.

La lectura de este libro nos invita a un viaje muy entretenido, durante el que sabremos quién fue el inventor del orden alfabético (al que reverenciamos los que tenemos nutridas bibliotecas, entre otros), recorrer las calles de Dublin de la mano de autores tan preclaros como Jonathan Swift ("Gulliver"), Joyce ("Ulises"), Bernard Shaw ("My fair lady"), Bram Stoker ("Dracula") o acompañar a un caballero embozado por una calle española de 1553 que lleva un manuscrito a un impresor, una pieza que se titula "El lazarillo de Tormes", una novela que sería condenada por el Santo Oficio y perseguida por la Inquisición.

Además visitaremos el Londres de Shakespeare con el fin de participar en ese dilema misterioso que aún quiebra la cabeza de muchos, ¿quién escribió realmente las obras de Shakespeare? (suponiendo que no haya sido él mismo). Después, una cárcel de Sevilla donde un funcionario de tributos acusado de malversación, Miguel de  Cervantes, se supone que comienza a escribir "En algún lugar de la Mancha...". Por cierto amigo Posteguillo, quizá debería eliminar lo del "muñón" del brazo izquierdo de Cervantes (pág.52). Don Miguel nunca perdió la mano en Lepanto. Perdió su uso por las heridas recibidas, pero no le fue amputada.

Para los lectores muy avezados este libro no aporta nada nuevo, aunque sí reconocer la habilidad periodística de Posteguillo que ha recogido anécdotas conocidas por muchos y les ha dado nueva vida, destacándolas en su contexto. Así, la existencia de un"negro" que escribía  o ayudaba a escribir algunas de las obras de Alejandro Dumas, los detalles en torno al discurso en verso de Jose Zorrilla en su entrada a la Academia de la Lengua en 1885, los esfuerzos de Jane Austen por publicar "Orgullo y prejuicio", los problemas de Dostoievsky con el juego, la infancia de Rosalía de Castro, bebé abandonado en 1836 a las puertas del Hospital de los Reyes Católicos (hoy Parador nacional). Alguno de los temas está cogido con imperdibles, el detalle es nimio y casi no justifica su inclusión, pero el autor le sabe dar la vuelta a todo y nos nutre con información complementaria (como el relativo a Dickens "y la piratería informática" o el de "Esquina de Perez Galdos con Angel Guimerá"). A veces, no añade nada al detalle ya conocido (como el relativo a Sherlock Holmes). Otros responden a anunciados ambiciosos que luego se quedan en poco, como el de "la Geatapo y la literatura" o el "Eisenhower y la rebelión de un hobbit". Hay una cierta irregularidad de interés y calidad en los diversos artículos, aunque en todos destaca la habilidad en titular.

Y así en "El último vuelo" volvemos a vivir el final de Saint Exúpery, el autor de "El principito" entre otras obras,  los avatares del manuscrito de "Archipiélago Gulag" de Solzhenitsyn, la novela póstuma de Julio Verne, la relación del autor con Anne Perry y su duro pasado, la razón por la que el editor de  J.K. Rowling aceptó el original de "Harry Potter" ... Un recorrido que acaba en unas páginas dedicadas a "Para saber un poco más" en las que Posteguillo desvela el anaquel de libros donde encontró los temas y anécdotas con las que nos deleitó. En fin, un libro para amantes de los libros y para pasar una tarde de invierno, junto a la chimenea, leyendo.

 

 

FICHA: "La noche en que Frankenstein leyó El Quijote".- Santiago Posteguillo.- Editorial Planeta.-230 págs. 16 e.

 

 

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