COMPROMISO Y CULTURA (diciembre 2024)
MAFALDA INSPIRA LA CONCIENCIA CRÍTICA DE LA IZQUIERDA DESDE HACE 60 AÑOS
El dibujante argentino Quino creó un tipo de cómic que satirizó la política y la sociedad en una época de luchas generacionales por la libertad
Conocí a Quino, Joaquín Salvador Lavado, en el Buenos Aires de los años 80, casi diez años después del ominoso golpe de Estado militar que le obligó a exiliarse en Italia, junto a su mujer Alicia Colombo. Le llamé por teléfono, me dijo que odiaba las entrevistas pero al decirle que venía de Barcelona y trabajaba para “La Vanguardia”, aunque le entrevistaba para una revista juvenil que a la sazón dirigía yo, me citó en su propia casa, un piso alto, el décimo quinto, en pleno centro de la capital. “Venga a las doce, así a la hora de comer, le echo”, me dijo con tono irónico. El dibujante era un hombre delgado, de estatura media, de unos 50 años -aunque aparentaba muchos menos- con aspecto frágil, miope y con grandes entradas que dejaban una frente de soberbio esplendor y mostraba un algo juvenil, casi contestatario, en su figura. Tenía una sonrisa tímida, era muy amable y se expresaba con precisión de filósofo, pero de una forma sencilla, simple y clara. “Tengo mis reparos con los periodistas, pero el hecho de que hablamos para una revista juvenil, me ha decidido. Yo creo que los jóvenes están “limpios” del pasado y pueden encarar un futuro mejor”. Me recibe en su pequeño cuarto de trabajo, con una mesa de dibujo inclinada, un sofá y una estantería repleta de libros. Tras las ventanas se divisa un horizonte de tejados. Quino me hablaría más tarde del “turbio y salvaje pasado” y para mi sorpresa se refería a la guerra civil española como uno de sus “horrores supremos”, aunque tenía 4 años cuando estalló y ya vivía con su familia en el exilio (Quino nació en Mendoza, provincia argentina, al este de los Andes). Entre los 6 y los 10 años perdió a sus padres y nunca logró superar su sensación de orfandad. Quizá por eso no llegó a tener hijos...cuestión que, por supuesto, no se me ocurrió plantearle.
Vaya por delante una aclaración: no vamos a hablar sólo de Mafalda, por su carácter de símbolo de una época, que mantiene su actualidad. Analizaremos todo el trabajo de este humorista excepcional. Quino fue uno de los más valiosos exponentes del humor gráfico de carácter socio-político, con un mensaje de un humanismo sin tacha, pleno de sutileza, inteligencia y causticidad, dotado de una habilidad definitoria sorprendente basada en la simplicidad de su dibujo y el trazo claro y limpio que aumentaba la contundencia de su mensaje. Uno percibe en sus historias gráficas una ironía ingeniosa y nunca agresiva, con una pátina de ternura y comprensión ante las contradicciones del ser humano. Ya en aquella entrevista me dijo que no pensaba “resucitar” a Mafalda jamás. ¿Por qué? Pregunté. La aseguré que haría felices a millones de fanáticos de esa niña fea, cabezona, divertida, ingeniosa e inteligente que resume en unas pocas palabras -entre la ironía, la inocencia y el sarcasmo infantil- todos los problemas realmente importantes de los humanos del pasado siglo. “Me cansé de ella, tenía la sensación de estar repitiéndome y...me desgastaba, no me dejaba vivir: un personaje fijo te limita. Y más, a mí, que no soy creativo de modo instantáneo. Yo soy pura laboriosidad. Borro muchísimo. Y trabajo de sol a sol, como un esclavo. Me voy a la cama a las tantas y aún entonces me llevo un bloc y un lápiz, por si acaso...Una visita, un incidente, puede arruinarme una jornada de trabajo (sonríe con picardía al ver mi gesto de horrorizada disculpa). En tu caso hago una excepción. Me agrada charlar con un “gallego” de Barcelona. Yo también soy “gallego”, como llamamos aquí a los españoles y a sus descendientes. “Y Manolito, el hijo del tendero, que es uno de tus personajes más divertidos”, le recuerdo. Me habla del resto de la pandilla de Mafalda: Felipe el niño soñador, tímido y siempre dudando de todo (lo digo a Quino que es mi personaje más entrañable: sonríe y me dibuja una dedicatoria con Felipe, en uno de sus álbumes); Susana, contrapunto burgués, mezquino, chismoso y clasista de Mafalda, Miguelito, egocéntrico y directo; Guille, el hermanito de Mafalda, que parece prometer más causticidad crítica y Libertad, tan chiquita como grande es su desafío personal a la autoridad arbitraria....Es como un símbolo irónico de la libertad humana, digo. Quino lanza una carcajada. “En realidad no trataba de simbolizar nada, era sólo el reflejo de algo real: en el barrio de Belgrano de esta ciudad, existe una estatua de la Libertad y es tan diminuta y está tan escondida que apenas nadie sabe de su existencia. En muchos países vivimos con una ignorancia muy extendida sobre dónde está la libertad”. Mafalda –me dice- fue más popular porque de alguna forma es el personaje de cómic que representa al Tercer mundo, como Charlie Brown y Snoopy, al occidente capitalista. “Lo cierto, me confesó, es que no me queda mucha esperanza en el ser humano...sea del hemisferio que sea; claro que hay buenas personas, pero en cuanto te descuidas, el que menos te esperas se convierte en una Susanita delatora o un Manolito sin bondad y codicioso”.
Quino me habla de su admiración por dos maestros del humor, Forges y el cineasta Woody Allen. Hace una última observación (ha aparecido su esposa con una sonrisa de disculpa y el anuncio de que la “mesa ya está puesta” y me apresuro a despedirme): “el cine, como has apuntado antes, tiene mucho que ver con la estructura interior de la historieta, el montaje y los encuadres y su dinámica. Y eso se percibe no solo en las tiras de Mafalda, también en los dibujos de mis álbumes: “Qué presente impresentable”, “Déjenme inventar”, “Gente en su sitio” o “A mí no me grite”, entre otros. Buen viaje de vuelta. Nos vemos en Barcelona.” Pero esa cita no tendría lugar. Hace cuatro años, el 30 de setiembre de 2020, un Quino muy baqueteado por un permanente estado de mala salud, se llevaría a su Mafalda como pasaporte para que el Portero de allá arriba le dejara pasar al País de los Inmortales.
Mafalda nació como un encargo publicitario de una empresa de electrodomésticos: las características exigidas, era que el nombre de la niña empezara con M, que formara parte de una familia de la clase media baja, -la que comenzaba a comprar electrodomésticos en Argentina a principios de los 60- y que tratara temas relacionados con el consumo y el aumento social de nivel de vida. Quino ya era un humorista gráfico conocido en el país por sus trabajos en revistas populares. La cosa no cuajó pero Quino decidió seguir con sus personajes aunque dándoles un aire más crítico y mordaz, en temas socio-políticos y culturales. Las tiras de la renacida Mafalda comenzarían a publicarse el 29 de setiembre de 1964 en la revista “Primera Plana” y un poco más tarde (desde 1965) en el diario “El mundo”. Y consiguió un pleno triunfal. No sólo gustaba a los niños por su sentido del humor y sus desafíos llenos de sensatez, sino a los mayores, por las demoledoras referencias a cuestiones que concernían a la vida cotidiana, laboral, familiar y política de cualquier adulto, seráficamente vistos desde la irónica inocencia, lúcida y demoledora, de Mafalda, ante la que los adultos no tenían respuesta posible. En dos años Mafalda había conseguido millones de seguidores y había “saltado el charco” consiguiendo similar éxito multitudinario en Italia, España (donde la censura franquista obligó a la editorial a poner el cartel “para adultos” en el álbum, como si fuera uno de Mino Manara) Francia, Alemania, Portugal, Finlandia, toda Hispanoamérica y hasta en China o Corea. En Estados Unidos, no. Quizá porque Mafalda no dejaba de condenar la guerra de Vietnam y el capitalismo salvaje.
Eran los tiempos de la contracultura, de la contestación intelectual y popular e incluso sedujo a sesudos tratadistas de la importancia, por ejemplo, de Umberto Eco. Hasta 1973 se publicaron unas 2.000 tiras de Mafalda en diarios y revistas de casi todo el mundo. Alguien dijo que Mafalda debía considerarse como uno de los personajes clave para entender los años 70. ¿Cuáles eran los temas que desarrollaba Quino a través del nivel del universo Mafalda? Pues, justamente aquí es donde entroncamos con nuestro aserto de que Mafalda no fue el mejor trabajo de Quino, aunque sí fue el más popular. Ya que la temática crítica de Quino, explotada a través del minucioso y detallista dibujo del humorista, era más o menos, la misma: las revueltas estudiantiles, la corrupción política, la brutalidad dictatorial, los golpes de Estado, el pacifismo, la defensa de la mujer y el feminismo activo, la ecología –uno de sus temas preferidos: ya barruntaba que eso, sesenta años más tarde, sería uno de los problemas más candentes y amenazantes del mundo actual,- la industrialización tecnificada, la libertad de expresión (Quino llegó a conocer la manipulación del mundo digital, aunque ya le pilló demasiado mayor), las mentiras y los falseamientos en política, la indefensión, las emigraciones forzadas y rechazadas, la violencia en todas sus formas, las malditas, malditas guerras, los derechos humanos que son tan continuamente vulnerados...
En 1981 se llegó a realizar un largometraje en Argentina con los personajes de Mafalda, en color. El filme no tuvo éxito. Una espectadora le dijo a Quino que “la voz de Mafalda no era esa”. Curiosa trasposición psicológica de la “voz” de un personaje dibujado que es, sin duda, diferente para cada uno de los lectores de las tiras. Después se hicieron filmets reducidos, pero fueron mudos, bajo una música de fondo.
Leer a Quino en las páginas de sus libros, es una reflexión permanente, con sus ribetes de alguna carcajada y casi siempre, de una sonrisa ante el ingenio y la causticidad de sus denuncias. Esa es la razón por la que les he recomendado que busquen los álbumes de Quino y les garantizo unas horas de inteligente distracción que, a menudo, les arrancará una sonrisa cómplice y comprensiva. Y aunque siguen siendo actuales, en muchos casos los disfrutarán con un comentario: “acertaste Quino, así están las cosas, hoy”.
Figúrense de cómo estaban las cosas respecto a la buena salud de los trabajos de Quino que Gabriel García Márquez le dedicó unos párrafos en 1992 en ocasión de las celebraciones del Quinto Centenario, en el que se hizo un homenaje a Quino y su Mafalda en una exposición de 2.000 metros cuadrados. Bajo el título “Quinoterapia”, el gran Gabi escribía: “Quino, con cada uno de sus libros, lleva ya muchos años demostrándonos que los niños son los depositarios de la sabiduría. Lo malo para el mundo es que a medida que crecen van perdiendo el uso de la razón, se les olvida en la escuela lo que sabían al nacer, se casan sin amor, trabajan por dinero, se cepillan los dientes, se cortan las uñas, y al final-convertidos en adultos miserables- no se ahogan en un vaso de agua, sino en un plato de sopa. Comprobar eso en cada álbum de Quino es lo que más se parece a la felicidad: ‘la quinoterapia’.
Pues bien, precisamente es ese el objetivo del presente trabajo. Ya no tenemos a Quino –mejor para él, sin duda- para que nos haga reír o sonreír al menos, con el tipo del tupé rubio -con apellido de trompazo de comic- que va a dirigir, de una forma seguramente surrealista, por calificarla con prudencia- la deriva de esa gran nación americana en horas bajas o que al otro lado del espectro hegemónico mundial pueda hacer un chiste sobre jerarcas mesiánicos dominando imperios-el ruso, el chino o el más diminuto pero igualmente peligroso de Corea del Norte-- con mano de hierro. ¿Qué diría Felipe, o Guille o Libertad o la misma Mafalda, del reinado de la mentira dañina universal a través de redes dominadas por magnates de la clarividencia ética de un Musk? Por tanto, Quinoterapia a gogó. Un poco fuera de onda por razones lógicas: hay el enorme hueco de los avances tecnológicos y de los “avances” en desastres naturales o “artificiales” desde Ucrania, Palestina y Líbano, Sudán o Yemen, los miles de personas desplazadas por el hambre y la guerra que son considerados “carne de cañón” por media Europa, Estados Unidos y otros países...y, por supuesto, la destrucción del ecosistema con efectos cada vez más frecuentes y más duros. Y eso sin nombrar las formas y estilos de vida y sociedad, invadidos por un sistema neoliberal del capitalismo avanzado, basado en la producción, el despilfarro y un consumo sin contención, una pérdida del sosiego y el sentido común, el relajamiento total de principios y valores morales, el auto esclavismo laboral y el desequilibrio en casi todos los órdenes de la vida.
Aún así, hagan la prueba, empiecen por una pequeña dosis de Mafalda, sobre todo de los últimos álbumes, y después entren a saco, si logran hacerse con alguno de los libros de la extensa producción de Quino y prepárense para gozar de buenos ratos, en los que la inteligencia y el ingenio, se unen a un sentido cáustico, pero a menudo tierno, del humor de este argentino-español, una especie de cruce entre Kafka, Canetti, Quevedo, Cervantes y el Conrad de “El corazón de las tinieblas”. Recuerden que hace sólo diez años, en 2014, Quino recibió en Francia la Legión de Honor y en España el galardón del Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades.
Quino, volviendo a la entrevista del principio, había confesado que se sentía español y tenía pensado pedir la doble nacionalidad. Me he enterado indagando en su vida estos días, que durante su exilio en Italia, tras el golpe de Estado militar en Argentina, fue al consulado español en Milán para pedirla. Desdichadamente dio con un funcionario digno de sus álbumes que le espetó: “Y usted, con la edad que tiene, quiere hacerse ahora español?”. Quino contestó: “No se me había ocurrido antes, pero es que entonces estaba Franco”. Le dijeron “que volviera otro día”. Hasta el año 1990 no tuvo oportunidad de conseguirla y parece que se le aplicó un trato frío y protocolario, con un “firme aquí” y un “usted lo pase bien”.
Tengo la seguridad, por supuesto soñada y deseada, que Quino, que siempre fue un hombre algo tristón y nostálgico de imposibles, se ha merecido una sonrisa cómplice en el Edén de los luchadores de la Cultura, las Artes, las Ciencias y el Pensamiento Creativo. Seguro que cuando se cruza con Groucho Marx, Charlot, Buster Keaton, Einstein, Wittgenstein, Stevenson, Mann, Woodehouse o el mismísimo Homero, flanqueado de Cervantes y Shakespeare, no habrá ni uno solo entre ellos que no le dedique un guiño de fraternidad.
ALBERTO DÍAZ RUEDA