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2 noviembre 2024 6 02 /11 /noviembre /2024 18:45

Artículo publicado en el diario "La Comarca", 01-11-2024

Kámala Harris y Donald Trump, reflejan no sólo dos aspectos antagónicos de su ciudadanía y la profunda diversidad ética y política que los divide, sino el miedo, la ira y el odio subyacentes

Vaya por delante que tengo unas serias reservas hacia el candidato republicano a presidente de esa potencia hegemónica, Estados Unidos, en horas bajas, pero aún respetable y poderosa. No sólo por el aspecto agresivo e histriónico del personaje y su historial privado y político que roza  la pura y simple delincuencia o un perfil psicológico casi patológico, sino por el turbio engranaje irresponsable, bárbaro y antidemocrático con el que se rodea y que le aúpa mesiánicamente. Pero es un candidato político, más o menos dentro de la estructura democrática de su país y no sería aceptable, en un análisis político que aspira a la corrección, llevar dicha repulsa ética personal a vulnerar el principio de frialdad, equidistancia y respeto que requiere el examen de la situación norteamericana. Me atendré a los hechos.

Donald Trump y Kámala Harris han protagonizado una carrera electoral  irregular y accidentada, llena de insultos mutuos y descalificaciones poco correctas (agravadas por la agresividad trumpiana, todo hay que decirlo). Ello favorece a Trump, que carece de la más mínima contención y respeto hacia las normas de cortesía, educación o, simplemente, ingenio y dominio de la retórica y la ironía políticas (a menudo más directas y eficaces que los insultos de grueso calibre). Kámala en general se ha contentado con acentuar los muy conocidos defectos y bravuconadas dictatoriales de su oponente. Pero no se debe olvidar que hay una masa insondable de personas, de todo calibre ético y formación, que están respaldando a Trump, principalmente –llama la atención- grandes empresas financieras y figuras de la élite empresarial, entre las que destaca por su admirable “sintonía” caracterológica con el candidato, ese multimillonario llamado Musk, con actuaciones histriónicas junto a Trump.

Éste ya ha anunciado públicamente que si pierde es que hay fraude electoral y que recurrirá a “lo que sea necesario” para recuperar el poder “que le han robado”. La simplicidad perversa del argumento no parece enervar al país en su conjunto, exceptuando voces de protesta –lógicas pero poco atendidas- que quedan ahogadas por el tsunami de testosterona de los barbarizados trumpistas. La Harris es una figura de ribetes trágicos a la que han metido en una pugna que le viene humanamente grande, casi desbordante. Para comprender este estado de cosas –que es global y se repite en diferentes países, no sólo en el que nos ocupa- no va mal leer a Elías Canetti y la disección del caudillismo en “Masa y poder” o a Hannah Arendt y “Los orígenes del totalitarismo”, o, éste muy adecuado al actual momento histórico, “La monarquía del miedo” (publicado en 2018)  de la pensadora norteamericana Martha C. Nussbaum, donde destaca un elemento que suele pasar inadvertido y aquí es muy relevante: “lo político es siempre emocional”. Los analistas, buscan una hoja de ruta que explique la supuesta falta de lógica humana y política de lo que sucede en Estados Unidos. Y no nos percatamos de una emoción básica que ajusta las piezas aparentemente caóticas en un escenario con sentido: el miedo... la auténtica amenaza enmascarada de la democracia. El miedo a la vulnerabilidad económica, las reacciones de rechazo, ira o envidia, la pérdida de la calidad de vida, las exigencias y aceleración que el capitalismo neoliberal imprime a los acontecimientos, el temor a la inmigración o a las minorías étnicas  o religiosas, la diversidad sexual, el papel de la mujer...El ciudadano no tiene tiempo de reflexionar, aturdido por el exceso de información y de desinformación. El “ruido” de las redes, los medios de comunicación, los venenosos ‘podcats’ y grabaciones tóxicas de ‘influencers’ que difunden odio y rechazo, la incendiaria retórica de los “líderes carismáticos”, las manipulaciones de imágenes de la I.A., generan emociones que bloquean la deliberación racional, cercenan la esperanza e incapacitan para gestionar el miedo. La conclusión es que estas elecciones las perderán un poco todos (la perderemos, dada la globalización inevitable); ninguno de los aspirantes puede constituir una sorpresa o un motivo de esperanza: cabe esperar que abunden los votos en contra y una abstención mayor (hay un creciente desinterés por la política: un tercio de posibles votantes no se registra como elector). Es evidente la polaridad social: las campañas electorales han sido agresivas - como lo será el sentido del voto -‘en contra de’- más que -“a favor de”-. Por un lado, son atacados el atlantismo, los “fantasmones” de la inmigración, las diversidades sexuales, el empoderamiento femenino y por el otro, la defensa y empoderamiento de la mujer, el derecho al aborto, de las minorías, una política de inmigración respetuosa y comprensiva y el apoyo a la OTAN. Por eso la euforia del que gane será más por la derrota del otro, que por su propio trabajo por hacer. Y detrás de todo ello, el miedo: a perder lo que se tiene o a no poder disfrutar del “paraíso americano” por la invasión de factores externos. Y eso está grabado en el subconsciente del ciudadano norteamericano. Y ahí ya aparecen las emociones: la ira, el odio, la envidia, el racismo...rodeadas por el miedo, auténtico motor emotivo electoral.

Viendo y leyendo las intervenciones de los candidatos, sobre todo las de Trump, mucho más agresivas y surrealistas, he recordado una película norteamericana –hay dos versiones: una de 1962 y otra de 2004-:  “El mensajero del miedo” (“The Manchurian candidate”), basada en una novela de Richard Condon. Ilustra la importancia de las emociones, del miedo concretamente, en la “radiografía patológica” del momento actual, en el seno de la sociedad norteamericana y en el auge y tal vez “resistible ascensión” de ese ‘Arturo Hui’ (el protagonista de una obra de teatro de Bertold Brecht, inspirado en Hitler) que es Trump y lo que todo ello significa en este momento. Nos cuenta la película cómo el condicionamiento en la conducta hacia objetivos determinados, producido por la manipulación neurológica cerebral (los famosos “lavados de cerebro” de la época de la ‘guerra fría’) puede llegar a provocar comportamientos delictivos, realizados prescindiendo de la voluntad y la ética social del individuo. Un candidato a la vicepresidencia de los EE.UU. ha sido convertido en una pieza subversiva al servicio de otros intereses (políticos en la primera versión y económicos en la segunda).  Ese candidato, héroe de guerra con una fanática y ambiciosa madre senadora, llegaría a la Casa Blanca tras el asesinato del futuro presidente perpetrado en la misma celebración electoral. En lugar de él, morirán la mamá perversa y su hijo (anulado y dominado por los malos de la corporación). Salvando el escaso fundamento científico argumental, lo que sí muestra la película es un reflejo –sin dejar de remarcar que se trata de una ficción- de la realidad actual que protagoniza Trump, debido a sus características personales y su conexión con empresas y líderes del gran capital norteamericano (también en el boyante sector de las nuevas tecnologías). En el film, un personaje comenta “será el primer presidente de este país dirigido por una gran corporación empresarial”.  

Al margen de la película, lo cierto es que los últimos actos electorales republicanos parecen surgidos de la filmoteca norteamericana. Durante las seis horas de baño de masas en el mitin de Nueva York del pasado domingo, Trump vulneró todas las fronteras del buen gusto, el juego limpio y la contención verbal. En un ambiente conspiranoico, exaltado y agresivo, Trump desgranó sus mensajes xenófobos. Entre los otros oradores se encontraban el inevitable Musk, el “independiente” Robert Kennedy, cuyo apellido puede inducir a error a un observador no informado, el ex alcalde Giuliani y, apropiadamente, el luchador Hulk Hogan, un bárbaro de aspecto cavernícola e incluso un supuesto humorista que comenzó a vociferar chistes contra latino y afroamericanos (algo poco inteligente dado el curioso auge del voto de esas minorías hacia Trump), judíos y palestinos. Todos superados por el propio Trump que lanzó sus acostumbradas acusaciones, mentiras y amenazas, coreadas por un público fanatizado-. Incluso añadió que, tras su victoria, sus adversarios demócratas serían considerados como “el enemigo interior”, “una izquierda comunista radical dirigida contra el pueblo” y jaleada por algunos medios de comunicación. Volvió a insistir en la posibilidad de que hubiera otro fraude electoral (“como el de las pasadas elecciones”) y añadió “los que piensen lo contrario son unos criminales”. El amor de ese país por las grandes algaradas, los actos multitudinarios y los excesos verbales se vuelven bastante sintomáticos en este siglo XXI. Así es el “circo” electoral: bandas de música, chicas danzantes y miles de carteles del endiosado líder.

No es posible aventurar resultados, ni tampoco comportamientos posteriores, una vez que cualquiera de los dos llegue a la Casa Blanca. Lo lógico es que, pasada la efervescencia violenta del rubio candidato, si es confirmado como presidente, haga una discreta marcha atrás en ciertos temas que tienen unas exigencias imperativas y afectan a la economía internacional, el dólar y las finanza, el coste de la vida y el estado de la educación y la salud en el país. Lo de “seré un dictador desde el primer día” de Trump, ni siquiera en él debería ser viable. Si llega a presidente, posiblemente sea “dirigido” en la sombra, de una manera más responsable aunque interesada, por los enormes poderes económicos que lo respaldan. Trump es sólo el “mensajero del miedo”. Si ganara Harris, la cuestión es diferente. Esta mujer tiene los pies asentados firmemente en el suelo. Europa dejaría de temblar ante las obcecaciones de Trump y aspiraría a una entente; Putin seguiría su curso, a no ser que la presencia coreana en las trincheras provocara a la OTAN; Netanyahu rebajaría su ardor genocida y buscaría una “solución pactada” que preservara sus conquistas... Tal vez se abriría una época más sosegada en el plano internacional y se buscaran soluciones reales a problemas reales, con una ONU, incluso unos BRICS, más respetados y abiertos al diálogo. ¡E si non é vero...e ben trovato!

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

 

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