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11 noviembre 2011 5 11 /11 /noviembre /2011 10:04

En febrero de 1951 salió la primera edición de "La Colmena" de Camilo José Cela, entonces un joven autor que sobrevivía en la España de la postguerra buscando sinecuras oficiales y empleos subsidiarios hasta poder vivir de la literatura, cosa que CJC  lograría y jamás dudó. Releo la edición hispano-americana que editorial Noguer sacó en mayo del 62, ilustrada con dibujos magníficos de Lorenzo Goñi. "Un trozo de vida narrado paso a paso, sin reticencias, sin extrañas tragedias, sin caridad, como la vida discurre, exactamente como la vida discurre"., dice don Camilo. Son 296 personajes imaginarios y y cincuenta reales los que bullen en esa "colmena" que fue el Madrid de 1942. Don Camilo fue etiquetado en aquellos años como un "enfant terrible" al que el régimen férreo de Franco dio algunos pescozones por su atrevimiento realista. En la edición que poseo, de 1962, CJC ya es un escritor reconsagrado, se permite la condescencia del tuteo al poder y su estilo --en la nota a la edición-- se ha vuelto culterano, lleno de retranca, cultista y con su punto de desfachatez y a veces de simple grosería  (que luego sería marca de autor en CJC).

He vuelto a CJC, un autor injustamente dejado de lado, por una de esas extrañas coincidencias que los lectores de oficio, y de escaso beneficio, solemos atesorar: el regalo de una edición de coleccionista del DVD de la pelicula "La Colmena" que dirigió Mario Camus en 1982 y la caida imprevista de su estante del ejemplar del libro, editado por Noguer, lleno de polvo, mientras hacía un trasiego de libros de una casa a otra (una de mis pesadillas recurrentes durante casi toda mi vida).

Ayer vi la película y hoy tengo el libro en mis manos, deseando volver a leerlo, cuarenta años después de haberlo leido por última vez (en 1971 a propósito de un artículo sobre CJC publicado en una entrañable revista literaria en la que colaboraba). Hablaré de ella y de CJC dentro de unos días. Palabra.

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9 noviembre 2011 3 09 /11 /noviembre /2011 08:32

Hace muchos años vi a Richard Burton y Elizabeth Taylor despellejarse vivos el uno al otro en la película de Mike Nichols "¿Quién teme a Virginia Woolf?". Ayer en el Romea volví a ver a Martha y George, los protagonistas, dirigidos por Daniel Veronese, en los cuerpos y las voces de Emma Vilarasau y Pere Arquillué. La obra de Edward Albee (traducida al catalán por el gran Josep Maria Pou) no ha perdido ni un ápice de su dureza original que le valió que el jurado del Pullitzer descabalgara del premio al autor, pese al éxito de su obra.

La pareja de alcohólicos, en los que el odio y el amor están tan mezclados que ni ellos mismos saben salir del círculo vicioso de la violencia, la grosería más atroz, la mezquindad y la humillación. Mientras escribía en este blog sobre la obra, rememoraba la historia de algunas parejas que he conocido que mantenían cierto paralelismo con los personajes descritos por Albee. En todas las parejas que recordaba, la crueldad era menos explícita que en la obra, como es lógico, ya que el autor teatral lleva casi al paroxismo las situaciones, pues debe  condensar en apenas dos horas la fuerza dramática de lo que nos muestra. Pero había un punto en el que la realidad superaba a la ficción de una forma muy sutil pero al mismo tiempo más escalofriante. Los protagonistas reales de esos dramas a los que uno se ve obligado a asistir por la fuerza de las circunstancias tienen un evidente deseo de disimular y "no dar el espectáculo" (generalmente acaban dándolo). En los minutos iniciales se producen una serie de pequeños hechos fortuitos que marcan la determinada acción que están viviendo y de la que eres testigo indeseado. De pronto salta una chispa. Suele ser por una bagatela, una tontería a la que nadie daría importancia, algo que podría ser un simple malentendido o un acto fallido sin relevancia alguna. De pronto se produce el fenómeno, inesperado, de una intensidad brutal aunque en sordina, como si fuese algo, un gesto, una mirada, una palabra, un acento, que parece desentonar, es como un error, algo que no corresponde al momento. El espectador inocente, sueles ser amigo, conocido, vecino de alguno o de los dos protagonistas, incluso empieza a sonreir como si fuese testigo de una broma, de una equivocación sin malicia. En ese momento capta que algo no va bien, que se ha producido una disonancia, como algo que no está en el guión predecible de una reunión. Mira los ojos de uno de los dos y como lo que ve le asusta o le inquieta, mira al otro y ve exactamente lo mismo: un odio total sin sombra alguna de amor ni de humor. Ve la total ferocidad del rechazo. Incluso uno de los dos puede sonreir, pero no es un gesto distendido, de paz, sino un rictus burlón, cruel y despiadado. En ese momento percibe la monstruosidad de las emociones que están a punto de desbordarse. Sólo el débil control de la presencia del testigo parece contener la furia del tornado que se avecina. No hay motivo visible, objetivo, para esa brutal borrasca que amenaza. La frase, el monosílabo, la mirada o el gesto "culpable" no justifican la reacción mutua, el ansia de exterminio. Y el pobre testigo comprende, tarde, que la bagatela ocurrida sólo ha sido la gota que ha desbordado el vaso lleno hasta el borde de hiel, odio y amargura.

Pues bien, algo parecido vimos ayer en el Romea. Desdichadamente nada extraordinario en ciertas relaciones de pareja. Lo genial es resumirlo en una función de poco menos de dos horas.

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8 noviembre 2011 2 08 /11 /noviembre /2011 07:55

El tema del Alzheimer me ha interesado intermitentemente desde mis tiempos de estudiante de psicología. No sólo por sus implicaciones clínicas, por la dificultad de una terapia eficaz, por el hecho de que en esencia es una enfermedad que va dirigida como un obús contra el fundamento de la especialidad psicológica que más me interesó desde el principio: el psicoanáisis. Principalmente porque también es un desafío ontológico al fundamento del ser humano: la raíz de su propia identidad. El "¿quién soy yo?" , la pregunta que inicia el conocimiento filosfófico deja de tener sentido para los que sufren esa enfermedad degenerativa y particularmente más cruel para los que acompañan y aman al enfermo que para la propia persona demenciada que acaba viviendo, ¿o no?, en un especie de nirvana sin límites precisos. El drama, incluso la tragedia de esas mentes, de esas personas y de las que están con ellos, es el tema de la novela que escribo. El libro del psiquiatra Luis Rojas Marcos, "Eres tu memoria", que edita Espasa,  me venía como anillo al dedo. Pero ha sido mayor mi expectativa que la realidad informativa que me ha proporcionado el libro de Rojas. Es un libro de divulgación, con no demasiadas novedades. Me he quedado con ganas de algo más profundo, que me aportara datos y enfoques más nuevos, aportaciones científicas de interés. Quizá tendría que investigar, hacer un trabajo de campo, entrevistar a cuidadores y familiares, hablar y conocer a algunos enfermos. Quizá en esto como en tantas otras situaciones semejantes los libros no lo son todo.

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7 noviembre 2011 1 07 /11 /noviembre /2011 15:50

Comenzaba de nuevo a llover cuando salia del recinto amurallado de Poblet. El padre hospedero, Fray Paco, viene a abrirme la puerta metálica que comunica los jardines interiores con la gran explanada exterior del monasterio, donde a los huéspedes nos permiten dejar el coche. Un hermoso parking al aire libre bajo los inmensos tilos y cipreses que montan guardia junto a las  murallas almenadas.

Me despido con un abrazo del vivaz anciano y éste aprovecha para regañarme con mucha cautela y picardía porque "no se te ve" en los actos religiosos de la comunidad. "¿Es que no eres cristiano? ¿Estás bautizado?", me pregunta en rápida sucesión, mirándome con fingida severidad por encima de las gafas.  No se cómo decirle al buen monje que ya llevo mucho tiempo al margen de la Iglesia católica, alejado aunque no hostil, pero muy comprometido con cierta visión espiritual de la vida. "Soy budista", le digo sencillamente, tomando la parte por el todo. Su rostro se ilumina. "Acabáramos. Tengo muchos amigos que son monjes budistas". Le digo que no soy monje, solo practicante. Y de una rama del budismo, el zen. La lluvia va arreciando.Fray Paco sigue desgranando el rosario de sus amistades budistas y concluye: "en realidad, es otro camino hacia lo mismo, hacia Dios". Guardo silencio. ¿Entendería si le dijera que el budismo no cree en Dios? Al menos en SU Dios. Si los monjes de la túnica azafrán no se lo han explicado, ¿quién soy yo para hacerlo? En ese momento la lluvia es francamente copiosa. Fray Paco me mira con una sonrisa seráfica. "Es curioso el budismo, andar con el rostro iluminado y la bondad y el silencio. Me gustan los budistas, son buena gente y sonrien continuamente". Me mira con las gafas medio opacas por la lluvia y se despide: "Ale, súbete al coche y márchate con Dios, parece que llueve un poco". Totalmente empapado me despido. La lluvia es como una cortina espesa que apenas deja ver a diez metros. Fray Paco aun se entretiene limpiando, como de paso, un macizo de plantas aromáticas que crecen junto a la verja. El monje no parece tener prisa, incluso alza el rostro y sonrie a la lluvia que resbala por su cabeza. Fray Paco es el monje más zen que conozco...y él no lo sabe.

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6 noviembre 2011 7 06 /11 /noviembre /2011 07:50

En una entrevista publicada en 1977 por "The Paris Review", Kurt Vonnegut, el lenguaraz y sarcástico autor de "Matadero 5", a la pregunta de, mas o menos, qué haría si fuera ministro de Cultura para promocionar la narrativa en el país, Kurt contesta: "No hay falta de buenos escritores. Lo que falta es una masa de lectores fiables". ¿Y entonces?, insiste el plumilla. "Propongo que cada persona que no tenga trabajo tenga que escribir un informe de lectura sobre un libro antes de que pueda recibir su cheque del paro". Me parece una respuesta genial, ¿y a ustedes? Es operativa, respetuosa con el parado, gratificante (si es que logra crear un hábito de lectura), de consecuencias culturales y económicas (para editores y en menos medida para escritores, salvo los escogidos, claro está) y plena de posibilidades secundarias de todo tipo, desde la culturalización social, al enriquecimiento psicológico hasta algún tipo de arma para batallar contra el empobrecimiento de la lengua. Me he reido a gusto con el irónico, blasfemo, escatológico y mordaz escritor norteamericano (maestro de John Irving, cosa que se nota en sus páginas más irreverentes). No conozco a ningun autor español actual que tenga tan saludable falta de respeto por las convenciones y la hipocresía socio-sexual-religiosa, con las saludables, aunque mínimas, excepciones del desaparecido Cela y del bueno de don Arturo P.R., "Alatriste". Y, por Dios, que hace falta en cualquier República de las Letras que se precie.

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5 noviembre 2011 6 05 /11 /noviembre /2011 10:34

Llueve intermitentemente. Los campos de la Terra Alta, con sus vides y sus bosques, sus montañas discretas, los sembrados plenos de paz envueltos en la niebla, los cielos plomizos descargando la benéfica lluvia, el olor vitalizante de la tierra mojada, el brillo de las tejas árabes y la solidez de las torres del entorno amurallado de Poblet, oración permanente hecha piedra...todo esto se convierte en presencia secular convertida en silencio y paz.

Llevo años viniendo de vez en cuando a encerrar mi cuerpo junto a los monjes de Poblet y a dar alas a mi alma entre los cánticos sagrados y una espiritualidad que uno puede encontrar sin esfuerzo en cualquier pequeño detalle cotidiano, desde las citas en el refectorio hasta los cánticos en las Completas o los rezos en Laudes. Paseos interminables intramuros, en los jardines de los claustros secretos, junto a las vides interiores, bajo los nogales del recinto exterior, en los rincones umbríos de las murallas donde reposan fieles y nobles de pasados siglos. Todo reclama recogimiento, silencio y reflexión.

Cuando hace buen tiempo camino por el trozo de GR que une el monasterio con Francolí. Son seis o siete kilometros en total que me sabe a poco pero me mantienen tonificado y en los que practico una especie de kinin, meditación en movimiento, que reafirma la paz interior que me proporciona Poblet.

Hubo  épocas en las que Poblet era para mi el santuario del guerrero, el lugar de aprovisionamiento de sosiego, de equilibrio psicológico, de elaboración interior, de orientación incluso. Hogaño más que un lugar de búsqueda es una ocasión de reencuentro, de reafirmación. Ya he dejado de luchar, he llegado al momento dulce de recoger. Vengo a Poblet para terminar de aceptar al que fui, para hallarme en una cierta plenitud que debe conquistarse dia a dia, no por el esfuerzo como antes, sino con la apertura; no con la tensión del guerrero, sino con la quietud y la vacuidad del monje.

En eso estamos. Y Poblet me regala, sin pago alguno, la generosa dádiva de su ambiente de sosiego y apertura espiritual.

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5 noviembre 2011 6 05 /11 /noviembre /2011 09:51

testamento_web.jpg 

Antón Castro es un periodista gallego enraizado en Aragón. No conocía sus habilidades de narrador. Y debo confesar que ha sido una  agradabilísima sorpresa. Para quien ha dedicado parte de su vida, más de tres décadas, a la lectura y a escribir posteriormente de lo leído, ya sea en "La Vanguardia", la Agencia Efe, revistas literarias como "Camp del Arpa", la radio, y otras revistas y periódicos, resulta una rareza digna de mención -y de celebración--dar con un autor distinto, con fuerza, con pluma original y creativa, que deja traslucir una visión propia, una percepción de los hechos, las personas y el paisaje con la potencia necesaria para convencer al lector con su narración y sembrar en él un deseo de seguir con la lectura de otras obras de ese autor.

Pues bien, Antón Castro, pertenece a esta exigua pero vibrante nómina. Y así lo creo pese a que sólo he leido de él el libro que les comento. Me entero de que tiene algunos más, de relatos como éste, "Los seres imposibles, "Golpes de mar" y "Fotografias veladas"; uno infantil, "Jorge y las sirenas"; otro de retratos literarios, "El sembrador de prodigios"; dos poemarios, "Vivir del aire" y "Paseo en bicicleta" y  la novela "El album del solitario".

Mientras lo leía sentía la familiaridad de autores que yo habia transitado en mis irredentas juventudes, Pio Baroja, Valle Inclán, Pérez Galdós, Ramón J. Sender, Alarcón, Bécquer...era como leer las aventuras de aquél loco, valiente y sentimental enamorado de las aventuras y de las mujeres, el marqués de Bradomin, transformado en el Tigre del Maeztrazgo o el protagonista de "El manuscrito encontrado en Zaragoza" buscándose la vida y la muerte en el Bajo Aragón.

Castro divide su libro en cuatro apartados, relatos cortos, a veces muy cortos, en los que vivimos en un ambiente real pero fantasmagórico, una geografía que parece mítica pero cuyos lugares y nombres responden a todo este teriritorio mágico que conforma el Maeztrazgo, sus gentes, sus bosques, valles y montañas y los distintos episodios van desarrollándose dejando aquí y allá que aparezcan una y otra vez personajes de las narraciones anteriores, ya sea el general Cabrera, su amante Margarita Urbino (un retrato de mujer que firmaría Laura Esquivel), el misterioso fotógrafo Patricio Julve que da nombre a la novela, el director de cine Loach, el coronel Balfagon narrador de fantasías, la mismisima maquis "La Pastora", la joven Raquel, cuyo retrato enamora a cualquiera que lo vea y que cierra su periplo en el relato que da titulo al libro. Esas apariciones dan una enorme coherencia al libro como totalidad y provocan la sensación en el lector de estar en un terriitorio único, legendario, donde todo, paisaje y seres humanos, animales, árboles y piedras tienen un lugar específico en el que se desarrollan las historias.

Y además Castro nos regala algo inapreciable, de un valor exquisito: su lenguaje literario, la fuerza poética y evocadora de su estilo,  que va dejando a lo largo de las  narraciones la impronta de una cultura literaria y una gracia narrativa que, al menos a mí, me han encantado. Las imágenes y metáforas que salpican lo narrado suelen ser de una justeza expresiva y unas alas poéticas sobrias pero muy evocadoras y sorprendentes. Y así una plaza se convierte en una "inmensa caracola de resonancias", nos evoca el invierno en cuatro trazos: "en plena invernada, el viento enfurecido muerde los aleros, recorre las barbacanas y los voladizos y enciende un rumor obstinado que sorprende al paseante con un manotazo cruel en el rostro". Personajes como Otilia que vende sus favores a Aureliano, el enterrador, el pintor Benigno Rabaza, Pilar Palomo y Julián, unos Romeo y Julieta del  Maeztrazgo,  y los seres saturnales del "Inventario de suicidas y otras desapariciones", la Rusa, el pianista, el fugitivo...o los relatos a la vera del fuego de "Angeles y bestias".

Quizá sea esta ultima parte del libro la menos potente literariamente hablando, aun siendo atractiva de lectura y evocadora de mitos y leyendas, (magnífica la del bandido Juan Bautista Billoro). La última narración, que cierra el libro, "El hombre invisible" en la que el protagonista es el director de cine Ken Loach que rodó "Tierra y libertad" en Mirambel, logra magistralmente transformar a una persona real en un verosímil personaje que cierra el círculo narrativo del libro dándole unidad y sentido, transformándolo en el reflejo de "un sueño colectivo" como escribe Castro.

Magnífico libro también para los  amantes del bajo Aragón. Cantavieja, Iglesuela del Cid. Ejulve, Mirambel, Fortanete, Mosqueruelas y otras localidades y villas, de las que da cumplida razón y convierte en escenarios en los que parecen caminar las sombras y los influjos del gallego Cunqueiro, el catalán Perucho, el portugués Saramago, el argentino Borges o el yanqui Poe, pues de todos ellos y de los anteriormente citados parece haber bebido el amigo Castro.

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4 noviembre 2011 5 04 /11 /noviembre /2011 07:44

Leo dos obras sobre Alejandría.  La célebre guía literaria de E.MForster publicada tras la Primera guerra mundial (en España en 1984) y un ensayo de Jane Lagoudis, publicado por la editorial granadina Almed, sobre Cavafis, Forster y Durrell, tres amantes de Alejandría, en la que vivieron en épocas diferentes. Solo coincidieron los dos primeros que mantuvieron una bella amistad. Durrell fue durante la Segunda guerra mundial y le dedicó su "Cuarteto de Alejandría". Los tres hicieron un mito de la legendaria ciudad histórica y literaria, patria de Hipatias, la inteligente dama neoplatónica de la antiguedad, asesinada por crisitianos fanáticos (tan semejantes, ay, a algunos musulmanes de hoy) evocada por el cine de Amenabar, de Cleopatra, el "Thais"de Anatole France, de los laboriosos coptos, de los 400.000 volúmenes de la mayor Biblioteca de aquellos tiempos, devastada por la ignorancia y la estupidez sectaria, la del Faro mítico, patria de apostatas inflamados como Atanasio y Arrio, pero sobre todo en nuestra era, finales del XIX y principios del XX, el lugar que atrajo al poeta Kavafis, de origen griego, y a los ingleses E.M. Forster y Lawrence Durrell. Una ciudad decadente, sofisticada y recelosa, plena de perezosa sensualidad, un cosmos urbano occidentalizado en el que se daban citas todas las culturas y todos los vicios y excesos, la sofisticada sensualidad egipcia con la audacia y el poder de occidente enfocados ambos hacia la satisfacción de los deseos.

Durante un viaje profesional a El Cairo para asistir a una conferencia internacional, cuando uno era un joven veintiañero rebosante de literatura y hambriento de vida, pude alargar mi estancia para visitar Alejandría. Nunca he sentido tanta decepción, jamás había visto con tanta claridad la naturaleza imposible de los sueños que genera la literatura. La polvorienta Alejandría que me recibió, calcinada por el sol y atravesada por vientos de arena, triste y menos que provinciana, el esqueleto de una dama que habia sido hermosa y deseada. La suspicacia de la policía omnipresente, las miradas hostiles de las personas con las que te cruzabas, el trato indiferente y frío en el restaurante, la sensación de estar de más en una ciudad que parecía una aldea perdida a las puertas del desierto, la imposibilidad de recuperar ni una sola de las imágenes que me habian impactado leyendo a los tres grandes fantasmas de Alejandría, Kavafis, Forster y sobre todo Durrell. La sombra delgada, elegante, felina de Justine ya no cruza las calles de la ciudad en busca de sus placeres nunca saciados, ni el Viejo poeta intercambia miradas equívocas con el joven del pelo rizado, ni Forster pergeña textos inmejorables describiendo una historia milenaria en la que ya no se puede repetir "Alexandria still", Alejandría sobrevive, sigue aún viva. No. A no ser que con la primavera arabe, tan manipulada, se abran las puertas a la tolerancia al forastero, el amor a la belleza y a la buena vida, el hedonismo de raiz oriental trufado de sabiduría griega, Alejandría no volverá a renacer y sólo quedará como el sueño hermoso de algunos hombres y mujeres geniales.

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3 noviembre 2011 4 03 /11 /noviembre /2011 10:09

Saul Bellow, ese judío genial, escritor nada pomposo que admiré mucho cuando comenzaba a sentir que mis novelas eran demasiado pretenciosas, responde a uno de los entrevistadores de "The Paris Review": "me he cansado de la solemnidad de la queja, he perdido la paciencia con ella. Obligado a elegir entre la queja y la comedia, escojo la comedia como forma más enérgica, inteligente y viril."

De alguna forma siento que en mis últimos folios escritos, los rudimentos de la novela que ambiciona tiranizarme, hay un poco de eso: he perdido la paciencia con la  visión intelectualizada, quejosa, pesimista y en el fondo autoreferencial de casi todas mis novelas anteriores y eso me está dando un punto distinto de percepción para comprender que el lugar que ahora habito (me refiero claro está al "lugar" íntimo, creativo) ya está muy alejado de mi propio ombligo y tampoco está cercano al ombligo de nadie, ni siquiera de alguno de mis clásicos predilectos. Así que trato de escuchar mi "voz propia" donde antes sólo estaba la queja y la esperanza de trascendencia. Y en el tenue murmullo que a veces escucho percibo algunas carcajadas y adivino muchas sonrisas. Es un consuelo, pero también es un riesgo. Me pongo muy solemne cuando trato de ser divertido. Así que habrá que llegar al mismo lugar usando un sendero distinto.

Ha sido un día casi enteramente dedicado al dios Moloch del dinero y la sucia y mezquina economía de cada día, nos la dé Dios o cualquiera de los dioses lares. Ir de Bancos es una de las ocupaciones más sórdidas, pero también es preciso comprender que no tener que hacerlo de vez en cuando, podría resultar aún más sórdido.

La visión amable de la vida va ganando puntos en mi estructura de pensamiento ligada a la existencia. Eso me hace un superviviente nato. Y esa es una característica útil para mi bagaje de escritor.

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2 noviembre 2011 3 02 /11 /noviembre /2011 11:58

Vemos en el cine la versión que Spielberg hace de "Tintin". Película de animación realizada con el sistema que refleja los movimientos y los gestos de actores reales insertados a una teoría global de sensores que miden y dibujan virtualmente todo lo que hacen. Se me antoja irreconocible ver al Jamesbond Daniel Craig investido con barba y quevedos del malvado pirata --y su descendiente no menos malvado-- enfrentándose primero al capitán Haddock del siglo XVII y después al borrachín y entrañable capitán Haddock del XX, con su retahila de denuestos, insultos enciclopédicos y alucinaciones desternillantes.

Escribiré in extenso cuando llegue el momento, pero vaya por delante mi convicción de que esta pelicula atraerá de entrada a muchos admiradores hacia el comic de Hergé, pero no contentará en absoluto a los que siempre le hemos acompañdo sobre el papel, muchos desde la infancia, y guardamos como si fuera el tesoro del Unicornio los grandes libros de páginas claras con colores pausados que editó Juventud en España.

Mi esposa me regala la magnífica recopilación de entrevistas de "The Paris Review", editada por Ignacio Echevarria  para El Aleph editores y que contiene las realizadas a autores como Simenon, Isak Dinesen, Faulkner, Celine, Bellow, Cheever, Vonneguth, Roth, Naipaul o Rushdie entre otros. Guardo como oro en paño tres editadas hace años por Kairós. Inevitablemente hay repeticiones, aunque en más de 50 años de vida, la revista literaria norteamericana (desaparecida en 2003) revolucionó el arte de la entrevista literaria y ha dado noticia de las palabras y pensamientos de más de 200 autores, sólo entre narradores (también se entrevistó a ensayistas de tdo tipo y dramaturgos o poetas). En la que comento se presentan 16 entrevistas  algunas de ellas, como dije, editadas en otros libros de hace años y otras nuevas y desconocidas para mí (como las de Cheever, Jean Rhys, Carol Oates o Isak Dinesen y al hispanoamericano Manuel Puig).

Como me ocurrió en las otras ocasiones, la lectura de algunas entrevistas , la reflexión sobre lo que dicen de sí mismos y de su practica literaria algunos de mis mas admirados autores, como Faulkner, Cheever o Bellow, enardece mi fluctuante deseo creativo, me recuerda la pasión y la fuerza que me invaden cuando logro alguna página que juzgo interesante y el estado general de desafío, inquietud y euforia que alientan mi vida cuando me lanzo al mar ignoto de una nueva novela.

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