El martes próximo, día 7 de febrero, de hace doscientos años, nació en Londres Charles Dickens, uno de los grandes de la literatura de todos los tiempos. Autor de catorce novelas (quince si contamos "El misterio de Edwin Drood", que no llegó a acabar), centenares de artículos, libros de viajes y de relatos, llegó a crear más de 2000 personajes, entre los cuales hay figuras que se han convertido en auténticos arquetipos literarios que ya forman parte de la memoria de generaciones de lectores. ¿Quién no ha oído hablar de Oliver Twist o de David Copperfield? ¿Quién no se siente lleno de humor con el señor Pickwick o conmovido con Mr. Scrooge y sus fantasmas navideños?
En honor de este segundo centenario, el mundo literarrio anglosajón se ha lucido no sólo reeditando muchos de los títulos del novelista sino enalteciendo las vinculaciones esenciales entre Dickens y su Londres victoriano, dos nuevas biografías (a añadir al centenar publicadas desde la muerte del escritor en 1872) y en España la edición de la monumental obra dedicada por Peter Ackroyd al emblemático autor, "Dickens, el observador solitario", que aunque ya tiene algunos años acaba de ser traducida por Edhasa (firmada por Gregorio Cantera) en una versión acortada (la inglesa en dos volúmenes tiene el doble de páginas).
Para sumarnos a este homenaje internacional a Dickens, esta semana les propongo no sólo la biografía magnífica de Ackroyd, también la edición que Mondadori hizo en 2004 en su colección Grandes clásicos de "Los papeles póstumos del Club Pickwick", la divertida y entrañable novela de humor con la que el escritor londinense logró hacerse un nombre literario y empezar a ganarse la vida con su pluma, aparcando en cierta forma su labor de periodista (1836). En España hay más de cuatrocientos títulos de las obras de Dickens editadas por diversas editoriales y en todas las lenguas de nuestro país.
En la biografía citada vamos acompañando a Dickens desde su nacimiento y desolada infancia hasta los enormes esfuerzos juveniles para ganarse la vida empleando un talento fuera de lo común y unas dotes de observación que sembrarían el germen de su obra. El hecho de tener que trabajar en los menesteres más duros (a los doce años entró a trabajar en una fábrica de betún a las orillas del Támesis en jornadas de diez horas por un salario de seis o siete chelines a la semana (unos 30 euros actuales) para ayudar a su familia, mientras el padre estaba encarcelado por deudas. ¿No vemos en esta historia la semilla de David Copperfield o de Oliver Twist? ¿No comprendemos la presencia de tantos personajes duros, inhumanos o la de sujetos dotados de una enorme humanidad, de una alegría inexplicable o de una bondad sorprendente? Todos esos personajes rezuman realidad por los cuatro costados, son clones de la humanidad que caminaba por la fangosas calles londinenses sumergidas en la niebla y se ganaban la vida en la precariedad de los oficios más humildes y las exigencias de la miseria y la extrema necesidad.
Ackroyd, que es novelista también, nos ofrece una biografía muy bien escrita en la que siguiendo su talante novelesco va entrecruzando la obra de Dickens con los avatares de su vida y nos lleva a caballo de una cita novelesca a la experiencia vital concreta que seguramente fue el germen vivencial del reflejo literario. Nos habla de sus notables y agotadores esfuerzos por ganar dinero a fin de mantener a su amplia familia (diez hijos y algunos de ellos se constituyeron en verdaderos problemas para el padre) y comprar tiempo parta escribir. Complementaba la publicación de sus novelas, primero en forma de serial periodístico o entregas y luego en libro, con conferencias públicas que, sobre todo en Estados Unidos (donde entonces no pagaban derechos de autor a los extranjeros), sanearon mucho su economía pero le fatigaron extraordinariamente.
Dickens murió, tras una gira de conferencias, agotado, a los 58 años, en junio de 1870. Dejaba varias de las joyas literarias que dignifican la literatura inglesa y constituyen parte del acervo cultural de occidente. Como escribió Carlos Marx refiriendose a la importancia social y política de las novelas de Dickens, "ha proclamado más verdades de calado social y político que todos los discursos de profesionales de la política, agitadores y moralistas juntos". De hecho muchos de los cambios sociolaborales a favor de los niños trabajadores y en contra de la explotación inhumana de la infancia o la violencia contra los huérfanos y abandonados, fueron indirectamente provocados por la popularidad de personajes como Oliver Twist, David Copperfield o Nicholas Nickleby.
En cuanto a "Los papeles póstumos del club Picwick", no se pierdan las ilustraciones realizadas por dos artistas de la época Robert Seymour y Phiz y reproducidas en la edición de Mondadori, de los personajes y escenas de los compañeros del señor Pickwick, un grupo pintoresco de "aventureros" en la Inglaterra de la primera mitad del siglo XIX. Fue la primera novela de Dickens y una de las más populares, editada por entregas por el diario Evening Chronicle a partir de 1836. La importancia de esta novela es tal que en la literatura anglosajona se la considera a la misma altura, sino superior al Tom Jones, Joseph Andrews o Tristam Sandhy y en la literatura universal, cercana al mismísmo Don Quijote. Pickwick es un personaje capital en el imaginario anglosajón y se le pone al nivel de, por ejemplo, el Fasltaff de Shakespeare. Lo cierto es que su lectura es un placer y nos deja en la memoria el encanto de unos personajes y unas situaciones que nos evocan siempre buen humor, una sonrisa permanente y a veces alguna que otra carcajada.
FICHAS
DICKENS, El observador solitario.-Peter Ackroyd.- EDHASA, nov.2011.-700 págs.
LOS PAPELES POSTUMOS DEL CLUB PICKWICK.-Charles Dickens. Clásicos Mondadori. 2004. 1031 págs.
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Damos por hecho que sabemos qué es leer y cómo lo hacemos. La lectura consiste en ejercer activamente una técnica fisica y mental obtenida por la educación y descifrar los grafismos de las letras, unir éstas en palabras y distinguir y entender las frases y, lo que es aún más difícil, comprender el mensaje que se nos comunica a través del texto.
Han pasado dos años. Tal dia como hoy, en 2010, Carlos Nadal (1923-2010), licenciado en Filosofía y Letras, periodista de "La Vanguardia", profesor de la Escuela de periodismo, experto en política internacional, nos dejaba. Y a mí, concretamente, me creaba un vacío imposible de llenar. El de una hermandad intelectual y afectiva que constituyó uno de los grandes regalos que me ha donado la existencia y la suerte. Carlos, era un poeta secreto. Solo su esposa y algunos familiares cercanos y algunos, pocos, amigos, uno de ellos yo mismo, sabíamos de su vocación íntima, de la fuerza y calidad de sus poemas, de ese impulso creativo que era su Grial, la fuerza equilibradora en la vida cotidiana, no siempre serena o bucólica. Poeta pues, no solo de los momentos dulces de la vida, del apasionamiento amoroso, de la serena profundidad filosófica, sino también --y sobre todo-- de las dudas y los desconciertos, de la amargura, de los sueños idos, de las carencias, del desafecto y el humor sombrío, todos ellos con una nota en común, una suerte de distanciamiento socrático, una elegancia de la expresión que mostraba la finura de un pensamiento lleno de nobleza, de autocrítica y de comprensión hacia los demás.
Resulta reconfortante comprobar que esta zona privilegiada por muchos motivos (me refiero al triángulo de tierras aragonesas, catalanas y castellonenses que se extienden con el epicentro en la cordillera de Els Ports) tiene un elemento poco conocido popularmente pero con gran relevancia para su futuro: una enorme efervescencia cultural y concretamente literaria --aunque es lugar frecuentado y amado también por los artistas plásticos--. Escritores y poetas proliferan en estas tierras como si Calaceite, Valderrobres, Alcañiz, Horta de san Juan, Tortosa, Baix Ebre, Terra Alta, fueran un gigantesco caldo de cultivo que nutriera e hiciera nacer a ese especial individuo que se complace en imaginar cosas, bucear en el pasado, pasear la mirada por estas tierras y escribir sobre sus fantasías o las realidades que le envuelven, es decir los narradores.