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9 diciembre 2011 5 09 /12 /diciembre /2011 16:36

"Un amor de Swann" es el nombre de la segunda parte del primer libro de "En busca del tiempo perdido", la obra maestra de Marcel Proust. La primera se titula "Combray" y narra la infancia de Marcel, sus veranos en la villa de Combray y las personas que entonces formaron parte de su vida, comenzando por su madre adorada, por su padre, autoritario y enigmático, por la inefable criada Françoise y por la abuela, verdadera educadora sentimental y cultural del sensible niño, así como por los amigos de sus padres entre los que destacaba el señor de Swann, delicado, extremadamente culto, aristocrático y al tiempo sencillo. En esta segunda parte, Proust retrocede a unos años antes de nacer él y nos relata a conciencia la vida de Swann y sobre todo su enloquecido amor por Odette de Crezy, una cortesana de vida más o menos licenciosa que acabará siendo la esposa de Swann ante el escándalo y rechazo de la sociedad a la que éste pertenece por nacimiento y fortuna.

En el fascinante retrato psicológico que Proust hace del proceso del enamoramiento de dos personas, del climax amoroso y del gradual desencanto y miserias de un amor acabado el lector asiste entre el asombro y la plenitud literaria a comentarios, observaciones y descripciones que, a mi parecer, se encuentran entre las páginas de más altura de la literatura amorosa de todos los tiempos.

En la acertada y valiosa traducción de Carlos Manzano, les adjunto un largo párrafo --a la peculiar manera proustiana-- que muestra la agudeza psicológica y humana del gran Marcel:

"De todos los modos como sobreviene el amor, de todos los agentes de diseminación del mal sagrado, uno de los más eficaces es...ese gran arranque de inquietud de que a veces somos presa. Entonces la suerte está echada: la persona con la que estamos en ese momento es aquella a quien amaremos. Ni siquiera es necesario que nos gustara hasta entonces más que otras o incluso tanto, sino sólo que nuestro gusto por ella se vuelva exclusivo. Y esa condición se cumple cuando a la búsqueda de los  placeres que su encanto nos brindaba substituye bruscamente en nosotros --en el momento en que ella nos falta-- una necesidad ávida cuyo objeto es esa persona misma, una necesidad absurda que resulta imposible de satisfacer y difícil de curar en razón de las leyes de este mundo: la insensata y dolorosa necesidad de poseerla".

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9 diciembre 2011 5 09 /12 /diciembre /2011 08:23

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No es, desde luego, una obra emblemática de la dormida voz de las mujeres del "otro bando" tras el final de la guerra civil española, pero es una novela muy digna, escrita con el corazón y que, mejor aún que la película, refleja el silencioso tormento de las mujeres de toda edad relacionadas con los vencidos y también con los vencedores. "La voz dormida" de la malograda poeta y novelista extremeña Dulce Chacón (1954-2003) puede considerarse representativa de la labor de autores que no vivieron la guerra pero que a través de referencias familiares o de propia y comprometida investigación han creado obras de denuncia literaria sobre una situación injusta y humillante, cuando no cruel e inhumana. Y no sólo hablo de las llamadas "individuas rojas", sino de las mujeres no significadas, por lo tanto pertenecientes a la mayoría femenina silenciosa, franquista o no, que vieron reducidos sus derechos por una ideología que preconizaba la figura de la resignada madre de familia y ama de casa ejemplar por encima de cualquier otra consideración, haciendo de las mujeres seres bajo la tutela casi permanente del varón, sea el padre o el marido. Con el advenimiento del franquismo la marcha de las mujeres hacia una plenitud de derechos que había comenzado con la República quedó frenada durante decenios.

Las obras de Dulce Chacón mantienen una tónica de apoyo, compasión y denuncia de la situación de los más débiles, pero con especial incidencia en las mujeres, ya sea contra el maltrato o a favor de la vida propia, el derecho a "la habitación propia" como diría Virginia Woolf, como en "Algún amor que no mate", "Cielos de barro" o "Háblame musa de aquél varón". En la obra que nos ocupa, la fuerza y dinamismo de los hechos, la economía de medios con que se expresa la voz narradora, la austeridad y concisión de la narración, hace de "La voz dormida" una novela de sentimientos desnudos, un libro donde la feminidad es un elemento permanente que envuelve al lector no sólo destacando la angustia de una situación sino creando un escenario desgraciadamente real, histórico, en el que la irritación y una cierta incredulidad ante tamaño desafuero provocan en el lector vergüenza y rechazo y el deseo vivo de que jamás vuelva a pasar este país por semejante horror.

El amor bloqueado por la guerra entre Hortensia y Felipe, con la prisión y fusilamiento de ella y el de su hermana Pepita por un maquis, Jaime, el "Chaqueta negra", al que conoce en sus labores de recadera entre Hortensia y su marido, un amor que debe esperar –y lo hace-- durante décadas a la vuelta del exilio y después de la cárcel, es el trasfondo sentimental que subyace en la novela. Aunque la verdadera protagonista es la situación femenina, la de las amigas, compañeras, novias o esposas de los vencidos (las de los "vencedores" y la mayoría silenciosa y apolítica, volvieron a la categoría de sumisas "reinas del hogar", por tanto en el fondo a una situación semejante a la de sus compañeras, bien que menos agresiva y cruel).

Por tanto la lectura de esta novela nos adentra en la vida de las mujeres españolas, las más desfavorecidas en un país especialmente atrasado. Recordemos que a principios del siglo XX, el 71% de las mujeres españolas eran analfabetas (por el 55% de hombres) y justo antes de la guerra la situación era de un 47% y un 37%. La República y el comienzo de la guerra dieron un efímero empujón a la mujer, cuya imagen –la miliciana, le enfermera—adquirió tintes heroicos y buscaron una igualdad con el hombre al menos en el aspecto icónico más que en el real. Por primera vez desde Agustina de Aragón, un puñado de mujeres se hicieron populares por hechos de armas, Lina Odena, Casilda Méndez o Rosario Sánchez, "la Dinamitera", aunque la mayoría acabaron realizando labores de cocina, sanitarias, correo, enlaces, asistencia social, educación, fábricas de munición, etc.

Sus compañeras del otro lado habían vuelto a ser piezas del sistema patriarcal tradicional que exigían los "nacionales". Familia, hogar y labores asistenciales y de "caridad" para las más favorecidas. Desde abril de 1937 con la Sección Femenina de Pilar Primo de Rivera ya se marcaban las pautas de conducta oficiales para las mujeres españolas en la que se entendía la feminidad como un campo cerrado y siempre subordinado al del hombre.

El fin de la guerra marcará un agravamiento de la situación femenina en el país. Ya que a la represión violenta que se desencadenó contra el bando vencido, en el caso de las mujeres se utilizó otra insidiosa y humillante, los rapados, violaciones, robos de hijos, extrañamientos sociales, malos tratos y medidas tan retorcidas como impedir a las viudas o huérfanas de caídos "rojos" que pudieran llevar luto por sus seres queridos y todas ellas ser reducidas a un estado de miseria extrema. De esa situación desesperada no suelen hablar los historiadores y apenas si hay rastros en los archivos. Por esta razón es tan importante que sean los novelistas, como Dulce Chacón, quienes aviven la memoria de aquéllas mujeres desdichadas que, con algunas pocas excepciones, sólo penaban el "delito" de tener relaciones de familia o sentimentales con los "vencidos". Por lo tanto no sólo padecían represalias vergonzantes por ser "rojas" sino también por ser mujeres. Es la patética "ejemplaridad" a la que tan aficionado era el régimen de Franco: debían ser borradas de la memoria, tras haber sido humilladas hasta extremos difícilmente imaginables.

La novela de Dulce Chacón acaba con el reencuentro de Pepita y Jaime, a la salida de éste de una reclusión de 19 años. La autora no adjetiva. Narra de forma telegráfica, contundente, austera, el encuentro entre esas personas. "¿Has esperado mucho tiempo?" le pregunta él, refiriéndose al retraso con el que en ese día han tardado en dejarle libre. "El que ha hecho falta" le contesta simplemente ella recogiendo todos los años que ha esperado, cuidando al hijo de su hermana, sola y paciente. Para dar una idea de la realidad documental que subyace tras la novela, Dulce Chacón nos habla de la Pepita real "cordobesa de ojos azulísimos" y nos revela que Jaime murió pocos años después, el 29 de abril de 1971, junto a ella, poco antes de que la policía fuera a buscarlo para encarcelarlo como "sospechoso habitual" y así evitar que se sumara a las manifestaciones del 1º de mayo. Ella recibirá a los policías, con su marido de cuerpo presente, con un lacónico: "Pasen y pueden llevárselo".

El resto de los "agradecimientos" de la autora forman un plantel en el que se suman algunos hombres, hijos y sobre todo abnegadas mujeres que sufrieron cárcel, humillaciones y represión, cuando no la muerte (se cita a las Trece Rosas, objeto ellas de un libro y también de una película) y testimonios obtenidos desde un miedo aún en estos tiempos real como el de "una mujer que no quiere que mencione su nombre ni el de su pueblo y que me pidió que cerrara la ventana antes de comenzar a hablar en voz baja" .

No es pues, repito, "La voz dormida" la más significativa de las obras escritas sobre las mujeres durante y tras la guerra civil, pero es una novela a tener en cuenta y que puede dar sobre todo a los jóvenes, chicos y chicas, una idea de lo que fue, de un pasado vergonzante, una de las exigencias psicológicas que pueden ayudar a evitar un futuro semejante.

 

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6 diciembre 2011 2 06 /12 /diciembre /2011 10:17

Siempre he sostenido que no se debería hablar de una novela gay o de una novela lesbiana, sino de una novela buena o mala, divertida o aburrida, bien o mal escrita. Escudándose en el subgénero (entiéndase el prefijo "sub" como algo de orden y no de valía) de la narrativa con temática gay, homosexual, masculina o femenina, se perpetran bodrios más o menos infumables, que reciben el apoyo un poco culpable de muchos críticos o comentaristas, sólo porque son de esa temática o esos autores. Es un buenismo critico que trata de compensar las persecuciones y dictados censores del pasado. Me parece de una hipocresía bastante notable. E.M. Forster, uno de los más grandes escritores ingleses (país que ha dado grandes escritores que. además, era homosexuales) tuvo que esperar a dejar este mundo para permitir que se publicara su excelente "Maurice" (que, por cierto tampoco es de las mejores en el conjunto de su obra) donde la temática es descaradamente homosexual. Pero en casi todas sus novelas no hace falta ser un lince para rastrear  el gay perfume en muchos de sus personajes y a veces en el mismo narrador omnisciente. ¿Creen que eso es algo importante en sí mismo? ¿Se debe calificar mejor al Forster gay que al escondido en el armario? Por favor, hablemos de la bondad de una novela o de su falta de rigor o de su lenguaje bello y correcto o de un estilo vulgar y lleno de errores. El sexo no importa. Al menos para desequilibrar la balanza de los valores literarios. He leido reseñas sobre ciertas novelas escritas "in olor a Lesbos" o películas, donde parece atufar esa hipocresía compensadora. Seamos sencillamente sensatos. El palo que debe aguantar la vela del producto literario o cinematográfico no tiene nada que ver con el sexo que se glorifique en él, sino con el oficio en mostrárnoslo y la grandeza, belleza o pertinencia del resultado. Lo demás es ruido.

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2 diciembre 2011 5 02 /12 /diciembre /2011 08:57

Bernard Pivot, el un magnífico divulgador de los libros y la lectura, que dirigió hace años un programa modélico en la tele francesa que se llamó "Apostrophes" y fue el más seguido -y temido-- de la cultura del país vecino. Corrían los años 80 y yo me las ingeniaba para estar al tanto de lo que hacía Pivot. Me había suscrito a "Lire" y "Magazine Litteraire" y publicaba critica de libros en "La Vanguardia", un par de revistas literarias, como "Camp del Arpa" y "Libros" y se me encargó la critica para el servicio de Efe en Hispanoamérica. Por tanto, en menor escala que Pivot, claro, recibía ingentes cantidades de libros de las editoriales de nuestro país y tenía el problema de cualquier "lletraferit", los libros conquistaban todo el territorio hogareño, amenazando expulsarnos a todos de allí (a pesar de que en aquella epoca vivía con mi familia en un chalet de montaña en Cabrils, en pleno Maresme y disponía de casi 400 metros cuadrados para ir colocando mis libros). El otro dia en "Babelia" Pivot declaraba " hay que defenderse de los libros, si no controlas los flujos, te rindes, te acaban invadiendo y te arriesgas a perder a tu familia que, simplemente, renuncia". Algo parecido me ocurrió. Cuando llegó la hora de dejar aquella casa hube de organizar un "auto de fe" en el que miles de volúmenes fueron saqueados con mi permiso (y mi dolor) por amigos, vecinos y familiares. Y toda una montaña de ellos en el garaje quedaron para ser examinados por el comprador de la casa o lanzados a la basura. Horrible.

Ahora ya hay menos libros a mi alrededor, me he vuelto muy selectivo, casi celosamente selectivo y voy dando carta de naturaleza a aquellos libros que realmente forman parte de mi vida y deseo que sigan haciéndolo. Y he podido comprobar, con sorpresa, que apenas rebasan dos o tres centenares de titulos. Aunque eso no impide que cada semana nuevos reclutas de tinta y papel asedien mi repleto hogar, primero para entrar en él y luego, mirar si pueden superar el "donoso escrutinio" al que someto los ejemplares para decidir si formarán parte, o no, de la "áurea legión de honor".

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1 diciembre 2011 4 01 /12 /diciembre /2011 09:11

 

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Si tuviera que establecer un "canon" de la mejor novela del siglo pasado, dudaría hasta el colapso entre "En busca del tiempo perdido" de Proust (que son siete libros), "Bajo el volcán" de Malcolm Lowry, "El ruido y la furia" de William Faulkner, "Ulises" de James Joyce y "El cuarteto de Alejandría" de Lawrence Durrell.

El "Cuarteto", tetralogía formada por las novelas, "Justine", "Mountoulive", "Clea" y "Balthazar" es, sin dudarlo, una de las cumbres de la novela inglesa de todos los tiempos. Está basada en las vidas de cuatro personajes durante el tiempo en que viven, sufren y aman en una ciudad mediterránea mítica, Alejandría, patria de  la ahora popular Hipatia (vean la película de Amenabar "Agora"), sede de la  mayor biblioteca de la antiguedad, 400.000 volúmenes en el 250 antes de Cristo, caldo de cultivo de filósofos y místicos (neopitagóricos, neoplatónicos, gnósticos, musulmanes y cristianos) desde Teócrito y Euclides a Plotino. Sin olvidar por supuesto a los intensos amores de Antonio y Cleopatra. Símbolo del fin del mundo antiguo con dos hechos históricos que tuvieron lugar bajo su cielo: la destrución de la Biblioteca por el musulmán Omar y el asesinato de Hipatia por los cristianos.

En una ciudad como esa, crisol de historia, cultura y belleza, entre los primeros años del siglo XX y los de su mitad, hubo una confluencia literaria de alto nivel: el escritor inglés E.M. Forster (autor de novelas tan magníficas como "Habitación con vistas", "Maurice", "El viaje más largo", "Pasaje a la India"), el poeta  griego naturalizado alejandrino Constantin Kavafis (¿Quién no conoce su "Viaje a Itaca"?) y más adelantado el siglo el mismísimo Durrell que, de alguna manera, dio el espaldarazo literario a la ciudad acogiendo en sus cuatro novelas a trasuntos de Kavafis o de Forster, de las religiones y filosofías que coexistían en la ciudad, de sus gentes y de su ambiente.

Para hacerse una cabal idea de lo que fue Alejandría, la del arco que oscila entre la primera guerra mundial y la segunda, amen de la decadencia generalizada que la ha convertido en una sombra de sí misma a partir de los años 50 hasta nuestros días, aconsejo el libro de Jane Lagoudis Pinchin "Alejandría:Kavafis, Forster y Durrell" (editado por la editorial granadina Almed).

Tras la lectura de este libro ni siquiera el más refractario de los lectores podrá resistir a la tentación de pasarse por cualquier librería bien dotada e invertir unos pocos euros en la adquisición de un ejemplar de los poemas de Kavafis (La  "Poesía completa" editada por Hiperión, no vale más de 15 euros) y otro día alguno de los libros de E.M Forster que ha editado Seix Barral (entre ellos su "Alejandria") y para coronar el placer lector, la edición completa del "Cuarteto" de Durrell (o alguno de sus volúmenes por separado) publicada por Edhasa en bolsillo y que apenas llegan a los diez euros cada uno. Parodiando el célebre comienzo del poema de Kavafis sobre Itaca, podríamos decir "Cuando partas hacia Alejandría (Itaca)//  pide que tu camino sea largo // y rico en aventuras y conocimiento".

El libro de Lagoudis analiza desde todos los puntos de vista la mitica (y mistica) ciudad egipcia, sus paisajes, su historia, sus anecdotas, su espíritu en suma. Y en ese viaje por sus páginas uno va encontrando a los tres escritores citados, adquiriendo familiaridad con las personas que fueron, la época convulsa que vivieron y la enorme seducción que la ciudad adquirió para ellos, así como la riquísima influencia que cada uno de ellos tuvo sobre los otros (exceptuando por razones biograficas a Kavafis y Durrell, ya que cuando éste llegó a Alejandría, el poeta ya llevaba algunos años muerto, aunque su influencia y su presencia aun estaba viva y llena de energía en las gentes que le conocieron).

Hace unos años busqué en la ciudad egipcia algo de su espíritu, quizá la fantasmal sombra de esos tres grandes escritores a los que tanto admiro. Paseé por la Corniche, junto al viejo puerto y el azul mediterráneo, tomé un té perfumado en el café Al Togariya, donde lo único literario que había eran dos o tres turistas ingleses o americanos con aspecto ensimismado leyendo y escribiendo en sus libretas "Moleskine" toda la nostalgia imposible que evoca la ciudad. Visité las obras de la nueva Biblioteca de Alejandría (alzada en recuerdo de la mítica). Fue inaugurada en el 2002 y yo paseé la ciudad en los noventa y, ciertamente, no había nada que me recordara mis lecturas, excepto la decadencia generalizada, una cierta suciedad que va ganando en presencia conforme uno se aleja del centro, ruido incesante, una aturdidora mezcla de motores, bocinas, timbrazos, radios a toda marcha con canciones pop, música árabe o empalagosas tonadas egipcias de amor, gritos, golpes, frenazos y altoparlantes con consignas (habia unas elecciones municipales en marcha). A mi alrededor esa continua turbamulta de alejandrinos, copia exacta de las multitudes paseantes, holgazanas, curiosas y raramente precipitadas que confluyen en los paseos y avenidas de cualquier gran ciudad arabe al filo del mediodia. Pero esas gentes  ya no sugerían tolerancia y respeto sino una agresiva indiferencia  cuando no una declarada hostilidad ante el extranjero (en una ciudad cosmopolita que fue la reina del cruce de culturas). Sólo permanece el mar como simbolo de identidad de la ciudad, volcada hacia el Mediterráneo, aunque ahora con ese algo cutre aspecto de patio trasero que muchas ciudades arabes dan a sus puertos y playas.

Rendi visita al Hotel Cecil, elevado al paraíso de los hoteles literarios gracias a Durrell y a Agatha Christie, aunque ahora vive penosamente de las viejas glorias y turistas ávidos de literatura. Pero cuando dejé Alejandría, muy decepcionado, y recorría por última vez en un taxi los parajes cercanos tan vivos en las páginas de "Justine" o de "Mountoulive", sentí de pronto una extraña desazón, como una nostalgia que procedía más de aire y la luz de la ciudad que de su pasado, de sus olores encontrados, ásperos, dulces y decadentes, una especie de corrompida grandeza hacia la que uno se siente atraido y rechazado al mismo tiempo. Así entendí la fascinación que produjo entre esos tres espíritus sensibles, cultos y creativos,  " sabios, irónicos y hedonistas" como les calificó el novelista  Nikos Kazantzakis ("Zorba, el griego", "Cristo de nuevo sacrificado") y de alguna forma me reconcilié con Alejandría. El libro de Jane Lagoudis me ha devuelto aquéllas sensaciones.

 

FICHA: "Alejandría, Cavafis, Forster y Durrell", Jane Lagoudis Pinchin.- Editorial Almed. Granada. 306 páginas.

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30 noviembre 2011 3 30 /11 /noviembre /2011 18:15

Hoy también ha sido un dia de niebla. Apropiado para reunirse con uno mismo, tomarse el pulso, mirar hacia dentro, escuchar esa nada pulsátil que es fugaz interludio entre los latidos del corazón, quedarse quieto, parado, suelto, ligero de equipaje. Un dia tranquilo en el que se produce una extraña ósmosis entre el exterior dormido bajo la frazada de las nubes, una claridad difusa que devora los perfiles de las cosas, el silencio de la casa, el sordo, peculiar golpeteo de las teclas del ordenador... y un interior que resuena en la misma onda, el cuerpo aquietado, quizá algo somnoliento pero activo en  ese rincón insomne donde anida algo que está más allá de la identidad y que es más tú que tu historia, tus recuerdos, tus deseos y tus frustraciones. Algo que es cuerpo y es algo más que carne, tejidos y sangre encorrentada: un latido que es como la reverberación de una esencia superior que comparte todo lo que vive y que apenas sabemos identificar.

En este dia de silencio, la mente parece detener su pesquisa permanente, se vuelve insólita hacia sí misma y no encuentra ecos, sólo lo que es, de lo que formas parte indisoluble e indispensable. Los adjetivos se enmohecen como las hojas de los árboles en otoño, aventadas por aire y sortilegio, respiras y ya solo hay un ir y venir de aire, todo adquiere un ritmo pausado, una cadencia que parece ir hacia un fin y que renace una y otra vez, como las olas que en la playa van a morir en la arena, para renacer de continuo en un proceso que no tiene fin. Hasta que el observador desaparece y es ola, es viento, es silencio, es nada.

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29 noviembre 2011 2 29 /11 /noviembre /2011 20:20

Don Miguel de Unamuno escribió en 1914 una novela llamada "Niebla". La leí en mis irredentas juventudes, pero no debio impresionarme mucho, porque no recuerdo casi nada de ella. Sólo que era una especie de planteamiento teórico-literario de la idea que don Miguel tenía de cómo se debe escribir una novela, o una "nivola", género espontáneo en el que el escritor simplemente se dejaba llevar por los personajes que iban apareciendo. Me pareció embarullado y utópico y pasé a otras lecturas.Del gran vasco solo me gustaron "San Manuel Bueno, mártir" y "La Tia Tula" cuya versión cinematográfica dirigida por Miguel Picazo y protagonizada por Aurora  Bautista, me encantó, a pesar o debido a su gris, oscuro retrato de la sociedad española de provincias a principios del siglo XX. Yo debía rozar los veinte años cuando di por cerrado el capítulo de Unamuno como novelista, no así como pensador. Viene a cuento por dos "casualidades". Mi tropiezo con un pequeño volumen muy bien encuadernado con tapas de piel y papel biblita de "Obras de Unamuno", editado por Losada, donde están alguna novelas y algunos ensayos. Digo tropieza porque el libro cayó a mis pies al desalojar una de las baldas de mi biblioteca ocupada por libros en dos hileras Y, casi simultáneamente, el encuentro por sorpresa de la biografía de Unamuno en Taurus (firmado por Colette y Jean Paul rabaté), libro importante, aparecido hace dos o tres años y que era el libro que estaba leyendo mi amigo y mentor Carlos Nadal cuando falleció, y que su viuda, me habia regalado hace unos meses,a petición mía. (Habia quedado pendiente una charla entre Carlos y yo sobre Unamuno y su pensamiento: esas citas imposibles que uno interpreta como fallos de la fatalidad cuando algo tan aparentemente baladí queda pendiente por desaparición definitiva de uno de los sujetos, tomando una importancia que seguramente de haberse realizado la charla jamas habría tenido). El libro se había caido tras un televisor y al no verle en su sitio, lo habia olvidado. Un cable casi suelto del aparato me hizo dar con el volumen.

Unamuno es un escritor brioso, confesional, apasionado y enérgico. Sus novelas resisten muy mal el paso del tiempo, suenan a algo viejo, caduco, quizá entrañable, pero retórico, un poco impostado. No así sus ensayos, la fuerza de su pensamiento y sus inquietudes filosóficas de profundo calado (sobre todo en el aspecto de la ética de la persona y de la situación: de ahi sus problemas políticos). Es como un Camus español, sin llegar a la genialidad del francés, pero con semejante ardor por la honestidad personal, a pesar de contradiciones u errores: un ser libre y comprometido con su tiempo y con su coherencia personal.

Por cierto, todo lo de Unamuno lo desencadenó la niebla que ha invadido esta tierra, procedente del valle del Ebro. Un manto espeso, viscoso y refractario al paisaje que extiende su pálida uniformidad por los campos y los montes del Matarraña. Cuando subí a los Ports, a unos mil metros de altitud, reinaba el sol en un cielo perfectamente azul. A los pies de la montaña un sudario blanco se extendía como un mar de leche hacia el horizonte. De la niebla surgió mi recuerdo de la novela unamuniana. Despues, las dos "casualidades" hicieron el resto

 

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27 noviembre 2011 7 27 /11 /noviembre /2011 09:28

Viajar por los pueblos y tierras del Bajo Aragón es una empresa hermosa y gratificante. Este fin de semana hemos ido a conocer Castellserás, en la margen derecha del Guadalope, aledaña al lugar de encuentro de este histórico río con el Mezquín. Tierras hermosas y bravas, de hondonadas y valles fértiles y de extensas planicies donde se balancea el cereal. De vez en cuando uno se topa con joyas artísticas, naturales, humanas, paisajísticas, rincones de una belleza abrumadora entre la soledad y el silencio. En este pueblo de apenas 800 habitantes, buscando información senderista, dimos con un -para mí-  desconocido museo dedicado a algo tan fundamental como la botánica, concretamente a las llamadas plantas medicinales. Se trata de un pequeño museo instalado en unas estancias del palacio de la Encomienda, del siglo XIV, que fue lugar de recogida de diezmos de la Orden de los Calatravos. El museo está dedicado a la memoria de dos científicos dedicados a la investigación de campo de las plantas medicinales: Francisco Loscos Bernal (nacido en 1823 en Samper de Calanda) y José Pardo Sastron (Torrecilla de Alcañiz, 1822). La instalación es atractiva, rodeada de un aire de ingenua sencillez y en ella uno se hace una precaria idea de la magnitud del trabajo de esos dos caballeros, de sus libros y publicaciones y de sus hallazgos. ¿Cuántas maravillas como ésta habrá por la España profunda, sin que la conozcan más que los del lugar o alrededores?

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25 noviembre 2011 5 25 /11 /noviembre /2011 08:38

En la novela de Haruki Murakami "1Q84" uno de los protagonistas, una joven llamada Aomame, escucha en diversos momentos de la narración la "Sinfonietta" del compositor checo Janacek. No es algo casual. La novela (de 700 páginas) comienza con Aomame en un taxi escuchando por la radio una interpretación de la "Sinfonietta", obra compuesta en 1926. "Aomame se imaginaba el apacible viento atravesando las llanuras de Bohemia", escribe Myrakami.  Vuelve a haber más citas de esta musica, conforme la endiablada trama se desarrolla. No conocía esta pieza y del autor sólo había oido hablar de una obra dedicada a "Taras Bulba", pues creo que fue la banda sonora de una película rusa dedicada al conquistador mogol.

Al terminar de leer "1Q84", con el libro en una mano y un te en la otra, bajé del estudio hasta la cueva del sótano (es una cueva de piedra real, aunque modelada y reformada como un salón) donde tengo los discos  y cedés. En los estantes de la musica clásica encontré una grabación de Deutche Gramophon con la obra de Janacek, aun envuelta en celofán. La puse en el lector de CD con una viva curiosidad y la idea de que iba a descubrir quizá algo.

Los primeros compases no me dijeron nada, aunque me sorprendió la contundente claridad, el vigor con que timbales y metal iniciaban la obra. Después comenzó a desgranarse el tema principal y me quedé asombrado: es una melodía pegadiza, ritmica y reiterativa, que yo he escuchado muchas veces en diferentes momentos y que jamas habia sabido o me habia interesado en saber quién era su autor y mucho menos su título. Hubo algunas tentativas frustradas de recordar unas imágenes que pugnaban por aparecer al escuchar la música. Supongo que esa melodía debía acompañar unas imágenes, seguramente de una película, y mi mente trataba infructuosamente de evocarlas. No lo logré. Disfrutaba con la familiaridad armónica que producía en mí pero me vi incapaz de encontrarles un acomodo en mis recuerdos. Tengo la sensación de haberme reeencontrado con una música que evoca en mí muchas cosas.

Me encantan estas "coincidencias" que la vida proporciona. Jung las estudió y creía que eran una ventana a algo importante. Sólo que tienes que tener la capacidad de interpretarlas. Y eso no es fácil.

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24 noviembre 2011 4 24 /11 /noviembre /2011 10:34

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La sombra del "1984" de Orwell es alargada. Desde "Matrix"  o "Melancolía" al autor de "Kafka en la orilla" o "Tokio Blues", Haruki Murakami, una de las voces más originales de la narrativa japonesa del siglo. Este autor, premiado en España, publicó este año en Tusquets Editores, colección Andanzas, "1Q84, (Libros 1 y 2)", una novela que exhibe un juego inicial significativo desde el título, ya que Q y "9" se pronuncian igual en japonés (kyü), donde se nos avisa que nada es lo que parece y que la singularidad de la vida cotidiana japonesa en esa década a través de dos personajes complementarios, Aomame y Tengo, puede ser y de hecho es manipulada y cambiada por unas instancias misteriosas con gran poder, el Little People. Las alteraciones de la cotidianidad van salpicando las intrigantes y sugestivas páginas de esta novela, un extraño híbrido entre realismo y ciencia ficción, tan hipnótica como las realidades paralelas que sugiere. La novela fue publicada en japonés en 2009. Ahora acaba de salir la última parte de esta novela (libro 3), de la que ya hablaremos otro dia.

 Murakami es un autor que crea una suerte de adicción. Son muchos los lectores fieles a este sujeto amable y enigmático que entró en la literatura ya siendo un hombre maduro (regentó una tienda de discos y un bar de jazz) y que va haciendo escuela sin dejar de mantener una orgullosa individualidad y una modestia ejemplar.A pesar de ello Murakami crea una fuerte controversia en torno a su figura. No sólo en Japón (donde es minusvalorado por su éxito en occidente y considerado un escritor pop) sino en Europa y Estados Unidos donde muchos le consideran un clásico de nuestros días y otros, igualmente numerosos, un artesano de libros para adolescentes. 

A mi entender Murakami tiene la solidez y la inventiva original de un gran escritor. En esta novela, que transcurre en 1984, sus dos personajes principales, Tengo, un matemático que da clases en una academia y escribe novelas sin publicar y Aomane, una instructora de artes marciales y masajista genial que es en realidad una asesina a sueldo de hombres malvados, van turnándose en una acción compleja con numerosos saltos al pasado de cada uno de ellos. En un momento dado los dos, cada uno por su lado, (no se han vuelto a ver desde la infacia pero atesoran un romántico amor indeleble) entran, o les hacen entrar, en un mundo opcional, 1Q84, en el que habran de enfrentarse --cada uno con sus caracteristicas personales y profesionales-- al misterioso Little People, uno como "negro" de una escritora juvenil que ha revelado al mundo la existencia de la Little People y la otra como asesina.

Komatsu, el editor de Tengo y Fukaeri, la chica peculiar que ha escrito el libro "La crisálida del aire" objeto de la alarma y los ataques de los poderosos "Litle People", son dos creaciones magníficas inmersas en una acción intensa y desconcertante, en la que el pasado de los personajes principales va creando, como las piezas de un puzzle, con sus acciones presentes, el entramado literario de una enorme fuerza de enganche. Desde la primera página el efecto hipnotizante está garantizado. El propio absurdo del argumento, que juega con la lógica empleando una lógica superior, es como un sugestivo motivo musical que te lleva en volandas a devorar página tras página. Uno percibe el sustrato filosófico que alienta en toda la novela, la dualidad fundamental de la creación y la destrucción, las dos caras del dios japonés que simboliza la vida, un ciclo permanente que oscila entre los dos opuestos, como los personajes de la trama.

No se dejen engañar por la propuesta literaria, no se trata de un best seller de buenos y malos, de violencia de género (mal nombre para los maltratos de pareja) ni siquiera de un amor que roza las estrellas, ni un romanticismo trufado de muerte y sexo, ni un alegato contra el supermercado espiritual y las organizaciones fanáticas (como "Vanguardia", la misteriosa institución que parece el nexo de unión con la Little People), no se dejen engañar porque es todo eso y además uno de los ejercicios literarios más evocador de la naturaleza de la realidad que vivimos, pero estamos lejos de conocer (un guiño al mito platónico de la Caverna, referencia lógica si sabemos que Murakami estudio literatura y filosofía clásicas).

No les puedo, no debo, mostrarles más claves de lectura. Deben entrar en el libro sin paracaidas, sin demasiadas pistas, bajando la guardia y dejándose embrujar por este escritor magnífico que ha llevado al extremo el simbolismo crítico de Orwell, adecuándolo a nuestra época.

Leer este libro, actividad a la que he dedicado una semana (más de 700 páginas) me ha provocado la sensación que tenía cuando niño y miraba por uno de esos tubos rellenos de cristales de colores y con un extremo cubierto por un cristal traslúcido en el que un movimiento de muñeca cuando mirabas a través de él producía, en un par de espejos colocados en su interior, cambios geométricos fascinantes, de un colorido y una perfección intrigantes. Eso ocurre con esta novela donde el avance de la lectura va provocando cambios que rompen la estructura una y otra vez. Una estructura donde los temas capitales, la violencia, el amor, la religión, el fanatismo, el terrorismo (referencias a los ataques de una secta religiosa con gas sarin en el metro de Tokio)  o la política, se entretejen con el misterio de la realidad --o "realidades" --y de la vida.

A pesar de su complejidad, no hay confusión en la narración. Tanto las ideas, como los conceptos, como la acción, van hilvanando con el inconfundible estilo realista de Murakami un tejido coherente, incluso cuando éste está siendo cambiado con más persistencia que la tela de Penélope. Entre reiteraciones casi didácticas de algunos elementos de la trama, el cuidadoso detalle narrativo de decirnos cómo visten los personajes, qué comen o beben, la persistencia simbólica de la "Sinfonietta" de Leos Janacek, las dos Lunas que aparecen cuando los personajes entran en esa suerte de mundo coaxial que es 1Q84, el poder controlador de Little People, cuya naturaleza desconocemos, y en el fondo de todo, el poder de la palabra, de la creación literaria, que recuerda el poder del protagonista de "Corazón de tinta", forman el entramado de esta novela, donde las referencias, nada ornamentales, a Chejov y a la isla de Sajalin dan una dimensión profunda y enigmática a la lectura. Y, por supuesto, nos impele a reflexionar sobre la responsabilidad del escritor, del creador literario

Y como en las grandes historias, esta no acaba con este libro. Ya sabemos que Murakami le da UN FINAL POSIBLE, entre todos los que son probables, en el tercer libro de su "1Q84". Pero eso lo dejamos para otro día..

 

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