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17 julio 2012 2 17 /07 /julio /2012 08:48

el-olvido.jpg

 

Antes de "La clave Gaudí", , "El pintor de sombras" y "Cuando la muerte venía del cielo", tres novelas ambiciosas --más o menos literariamente logradas-- en las que el barcelonés Esteban Martí (vecino de Tortosa, por cierto) trata de insuflar vida a sus personajes literarios integrándoles en circuitos históricos reales, entre personalidades conocidas del mundo de las artes, la arquitectura o el cine, este autor había pergeñado una ¿primera? novela, "El olvido" que ahora ha rescatado del baúl de los recuerdos literarios para sacarla a  la luz --al amparo de un premio literario andaluz--, supongo tras una revisión, creo que no muy cuidadosa (por ejemplo, se nos habla de euros en un capítulo, para referirse a las pesetas en otro posterior, pág.149), pero fiado por instinto, supongo también, en la calidad de su propuesta.

Y lo cierto es que el planteamiento kafkiano (en su más noble acepción) de su trama, engancha. Martí es un escritor de planteamientos sencillos pero exigentes y una prosa directa y abarcadora, de perfiles honestos, claros, a veces lastrada por unos recursos poéticos o unos tópicos sentimentales y emocionales que sin constituir un defecto grave, quitan fuerza a su estilo. Al que también desmerece un exceso de retórica literaria --sombras del pasado como autor primerizo-- que no resistirían una revisión adecuada.

El protagonista de la novela, aquejado por una misteriosa patología que le vuelve desconocido para todos los que le rodean, un mal que es anunciado  ("el primer indicio de su infortunio" ) por un principio de novela bastante bien logrado (una referencia al perro Argos que no reconoce a su dueño, guiño al lector para llevarlo ante el símbolo del hombre perdido por antonomasia, Ulises) nos va llevando a un universo de pesadilla en el que todas las señas de identidad de esa persona son desbaratadas misteriosamente haciendo que el protagonista dude de su propia existencia. Ya que si el sartriano "el infierno son los otros" no deja de ser cierto, también lo es que justamente en el-los- Otro -s- es donde obtenemos la certificación ontológica de nuestro ser, de nuestra existencia.

Martí no logra lidiar de forma óptima con esta exigencia argumental, no la dota de suficiente coherencia, permite, quizá por descuido, contrasentidos como una falta de lógica entre la existencia o no de factores documentales de la existencia del protagonista, sin que sepamos en virtud de qué causa (en la Universidad no hay ninguno, ha desaparecido de la memoria y de los archivos, pero en el hogar matrimonial y en la casa de la madre de Eduardo, el profesor universitario víctima inocente del embrollo, si existen fotos y videos). Los personajes, centrados en dos o tres amigos del protagonista pero sobre todo en su esposa, su hija y su madre, están perfilados de forma sencilla y esquemática (con la excepción del de su alumna Ana, bastante tópico, previsible  e innecesario, al menos en su forma actual) y todos se ajustan al guión demoledor establecido, la pérdida de conciencia de la existencia de Eduardo.

El libro logra inquietar al lector. Creo que es una novela con pulso creativo, a la que le falta una revisión a fondo, la eliminación de un par de cortos capítulos, reiterativos y poco sintonizados con el resto y seguramente retocar un final muy abrupto, previsible y poco cuidado (parece que Martí se siente dominado por las prisas en cerrar el desasosegante libro) en el fondo, pero que podría adquirir solidez con una forma más cuidada.

La memoria, el recuerdo, la fidelidad a su variable y manipulable pasado, van siendo sumergidas en un horno de cal viva, desapareciendo, sin dejar rastro, en una progresión bastante bien lograda por Martí, desde el vecino que no devuelve un saludo, hasta la hija que rompe a llorar porque su padre es un extraño que tiene alarmantes conocimientos de su intimidad. El mal no ataca a Eduardo, al menos al principio, sino a los demás, a todos los que contituyen su vida. Y nuestro autor lo describe con brío, inteligencia y sensibilidad.

Creo que con un poco más de trabajo y audacia imaginativa aplicada sobre todo al final, "El olvido" podría ser la mejor novela de este autor, hasta el momento, sin desmerecer la gracia evocativa de, por ejemplo, "Cuando la muerte venía del cielo".

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15 julio 2012 7 15 /07 /julio /2012 07:52

Despierte-senor-204x300.jpg

 

Empezemos con una aclaración al lector, seguramente confundido por la publicidad que los editores, en su derecho, han dado a esta novela del norteamericano Jonathan Ames, un judío de Brooklyn, ex boxeador con el adecuado  nombre de "El arenque asombroso", guionista de series de televisión, humorista (perdón, despues de lo escrito esto es una redundancia) y, fundamentalmente, un tipo obsesionado con el sexo, consigo mismo y con el destino de la humanidad (especialmente la judía), todo en este orden y prioridad.

El adjetivo "desternillante" acompaña exageradamente a este escritor  relativamente joven que es como una mezcla explosiva de Woody Allen, Bukovsky, Henry Miller y Groucho Marx, bien agitada y a la que no falta el toque judío de la melancolía y la sombra hereditaria de una confusa culpa sin redención posible, cosa que resta la eficacia humorística total de la que si disfrutan Groucho y Allen (ambos judíos como todo el mundo sabe, pero dedididamente apóstatas). Pues bien, ese adjetivo "desternillante" que casaría muy bien con ciertos chistes de los dos citados e indudablemente con la escuela inglesa del disparate como Wodehouse, Jerome K. Jerome y Chesterton y Wilde en el lado más  inteligente del espectro, no logra ser el paradigma humorístico de Ames, cuya obra "¡Despierte señor!", confeso homenaje absoluto a Wodehouse y las novelas dedicadas por este al admirable mayordomo Jeeves, se queda en un escatológico y obsesivo homenaje --bastante divertido, es cierto-- de Jonathan Ames a Jonathan Ames (en su versión Alan Blair, nombre del protagonista de su novela. La presencia de un mayordomo norteamericano de origen inglés llamado Jeeves, cuya existencia y presencia es explicada brevemente en la pag. 36 y siguientes de la novela, es, divertida pero bastante alejada del original inglés.  Ames refleja principalmente en diálogos reiterativos en los que el "señor" prevalece, algo de la catadura memorable del personaje de Wodehouse, pero prácticamente nada más (el estólido personaje tiene muchas más conchas y niveles de los que muestra Ames en su libro y sobre todo mucha más acción e intervención directa en la trama) y en definitiva, la peripecia vital de Alan Blair (trasunto de nuestro autor) sólo utiliza la figura de Jeeves como pretexto literario para tratar de escribir "a la manera de".

Dicho esto y aclarado que el lector se desternillará más bien poco, pero se lo pasará muy bien y echará sus risas ante el fogoso, incontinente verbal y pro-etílico autor,  cuando acabe de leer las 406 páginas de la demencial, excesiva, escatológica, irreverente, cáustica y desenfrenada novela de Ames, irá a su biblioteca a buscar el tomo de obras completas de Wodehouse, para desternillarse de verdad ante las aventuras de  Bertie Wooster  y Jeeves (entre las que, les aseguro, no hay ningún episodio sobre ladillas, homosexualidad latente y borracheras extraordinarias).

Lo mas desconcertante de las referencias promocionales que acompañan el libro de Ames es la especie bastante repetida de que es un libro de in- fluencia "cervantina". Excepto dos o tres referencias a don Quijote y a Dulcinea, o al hecho singular de que como don Quijote se volvió loco de tanto leer novelas de caballería, Blair se volvió igualmente loco  debido a  que, para superar una depresión, se habia autorecetado leer todas las obras de Wodehouse (de las 96 publicadas, Blair-Ames leyó 43 y entre ellas las 15 en las que aparecen Wooster y Jeeves) y esa fue la causa del "delirio" de contratar a un ayuda de cámara que, en un surrealista y casi onirico detalle, se llamaba Jeeves.

Bueno, si esas dos pinceladas convierten a una novela en "cervantina" que baje Dios y lo vea. A no ser, claro está, que los publicistas de Ames se hayan contagiado por la desmesura verbal y metafórica del escritor y se permitan todo tipo de licencias literarias.

En resumen, el lector se lo pasará bien sumergiéndose en las agitadas aguas de esta novela-rio donde acabará simpatizando con el bastante desequilibrado protagonista y se asombrará de las  enorme capacidad critico jocosa de Ames, atesorando momentos como la relación del estreñimiento en los judíos como fruto del desarrollo darwiniano de la especie,  (pag.44), la idiosincracia de los mensajes sexuales escritos en los lavabos ( pag.78), las referencias a "Bajo el volcán", "La Montaña Magica", Hemingway, Fitzgerald y algunas florecillas dedicadas a don Quijote, la debilidad por la novela negra americana, Chandler o Hammet, Proust,  o los problemas mente-mente que el protagonista tiene (pag 224), los escotes de las mujeres que le "interpelan edípicamente" (pag.227), la necesidad de leer algo de Freud y Jung para no citar de oidas (pag.285) y dar la sensacion de que se tiene un coeficiente intelectual negativo, todo ello regado con borracheras inmensas que no restan locuacidad al protagonista aunque le producen bloqueos y ausencias mentales, hasta coronar el asunto con un capítulo digno del Miller de "Sexus" y un desenlace digno de Bukovsky. Nadie se quejará por falta de referencias literarias.

En suma, una novela gozosa y procaz, que hará las delicias de lectores entre los 30 y los 40. Los que además, han leido a Wodehouse, captarán mucha de las bromas y guiños que Ames se permite. En cualquier caso se lo pasarán bien.

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11 julio 2012 3 11 /07 /julio /2012 09:03

No siempre es fácil distinguir los dos conceptos del titulo. ¿Plagio o contagio? Tras una divertida lectura de "La Librería"  de la inglesa  Penelope Fitzgerald (fallecida en el año 2000), publicada en 1978 y que fue finalista del Booker Prize, premio que conseguiría al año siguiente con la novela "A la deriva", se me planteó un pequeño dilema: ¿debería hacer público mi asombro al ver que el nudo gorgiano de la trama de "La librería" es fagocitado por la hindú-canadiense Anjali Benerjee con su novela "La librería de las nuevas oportunidades". De esta última les hablé hace unos días, expresándoles mis "peros" a la factura literaria de la novela, pero más o menos encantado con la historia debido a mi confeso amor-pasión-obsesión por los libros. Ahora, tras la lectura de "La librería", de la que hablaré en otro artículo, observo tantas coincidencias argumentales, de espacio y de fondo entre las dos que no dejo de preguntarme, ¿podríamos hablar de un caso de plagio o de un caso de contagio? Sugiero un debate público de lectores, al que están ustedes cordialmente invitados, para dilucidar si el libro publicado por Lumen debe su existencia literaria al publicado por Impedimenta. Animo, en todo caso se divertirán con las dos historias, aunque les parecerá más interseante, realista y bien escrita la de la señora Fitzgerald (incidentalmente, sólo en el caso posible de que coincidan con mi gusto y opinión) 

 

Portada de La librería 

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10 julio 2012 2 10 /07 /julio /2012 09:19

excursiones-5863.JPGLo hermoso de estas tierras es que, por poco que busques, cualquiera de los senderos actuales, debidamente señalizados, no hacen más que seguir antiguas sendas vecinales o comarcales que tienen, como poco, un par de siglos de antiguedad (cuando no hablamos de senderos romanos, medievales o de la época de los bandoleros , los carlistas o los maquis). En este caso, partiendo de la antigua villa montañera de Fredes, en el corazón del Parque de los Puertos de Beceite, vamos a hacer un circular que partiendo de ese recoleto pueblo nos lleva al portell d L'Infern, el Solá d'en Brull, el pantano de Ulldecona, los rincones bellísimos --aunque secos-- de los Mangraners, el Salto de Robert (desgraciadamente con escasa agua debido a la pertinaz sequía que  se decía antes) el angosto y duro barranco de Salt y regreso al caserío fredesiano. En total, unas cinco horas, dependiendo del tiempo destinado a reponer fuerzas y extasiarse ante el panorama.

Para llegar a Fredes tenemos una carretera de montaña asfaltada más mal que bien desde la Sénia o, los más osados y solo si tienen todoterreno pueden coger la pista forestal que desde el comienzo del Parrisal de Beceite (subiendo a mano derecha en una zona  cementada sobre el lecho de un torrente) sube trabajosamente hasta Fredes (más de una hora de conducción, con algunos tramos delicados, la pista está muy dejada de la mano de Dios y suele haber caida de grandes piedras hasta el centro de la estrecha pista) excursiones-5875.JPG

En Fredes salimos por la calle de Baix, cruzamos un barranco con bancales de sembrados y árboles frutales y vamos flanqueando un bosque de pinos y encinas, dejando a la izquierda las honduras del Barranco de Salt. Casi de inmediato encontramos un cruce señalizado que nos muestra la dirección hacia el barranco (PR-V 752) que será nuestra vía de regreso y seguimos la PR-V 751, que nos lleva al Portell de l' Infern. Ojo al antiguo pozo que tenemos a mano derecha con un abrevadero tradicional para ganado, en ese punto abandonamos la pista y comenzamos una andadura fácil y tranquila por un camino empedrado que nos habla de viejas tradiciones y caminatas vecinales. Nuevo bosque de pino albar, matorral y boj que cruzamos con un fuerte desnivel. En torno nuestro comienza a dibujarse el panorama montañoso cada vez más abrupto que nos va a acompañar durante todo el recorrido, al fondo vemos la cumbre del Negrell (a nuestra izquierda).

En el Cap de la Serra cruzamos una pista que proviene de la Colonia Europa y el camino empedrado se ensancha y baja en dirección a la Sénia haciendo eses, con grandes muretes de piedra de protección y perfectos bancales, como dibujados con tiralineas.  Vemos  al fondo a nuestra derecha los grandes farallones calcáreos que conforman el famoso Portell y justo debajo las cuidadas ruinas del Mas de Pixon, con su era, en el comienzo del barranco de la Tenalla que discurre paralelo con el de Salt, por donde haremos el regreso (a la izquierda). El camino sigue empedrado, anchísimo y va estrechándose durante la subida hacia el collado que establece la divisoria entre los dos citados barrancos (gran panorámica del barranco de Salt, con el Tossal d'en Cervera y las murallas rojizas que forman un telón de fondo natural que limita la barranquera. Los buitres y otras aves surcan los cielos. El camino comienza a subir flanqueando entre grandes paredes de granito que forman cavidades invadidas por el musgo y la humedad. Unos troncos vaciados (bassis) colocados junto a las combadas paredes verticales en las zonas más umbrías van recogiendo el agua que gotea de los húmedas roquedales.excursiones-5896.JPG

Llegamos al collado que da paso a la otra vertiente del camino, es el Portell del Infern. Las vistas son soberbias y más si uno se sube a una roca en forma de uso truncado que se levanta como un tronco de piedra sobre los dos barrancos, rodeados de montañas y grandes paredes verticales rojas, grises o blancas, con la enorme profusión de arboledas en todas las direcciones. A la izquierda vemos la Mola Aixada que tiene una particularidad, una especie de gran agujero, al que llaman el Pont Foradat. El camino va bajando hacia el Estret de la Mola y hay tramos que nos recuerdan vivamente que estamos pisando un muy transitado camino medieval que llevaba de Fredes a la Sénia. Nueva subida hasta llegar a un altozano desde donde vemos las grandes murallas rocosas a la izquierda, el trazado del camino que cruza el Racó del Sant y el espolón del Morral de la Sucagossos, hasta llegar a un punto donde vemos el tortuoso valle donde debería estar el Pantano de Ulldecona: tal es la sequía que lo que vemos son las arenosas y secas estribaciones del pantano, con las pequeñas fincas particulares rodeadas de verdor, salpicando aqui y allá el valle y muy al fondo, tras un recodo de la garganta la mancha azul de la aguas del pantano. El lugar se llama Els Mangraners y con agua podría ser una especie de rincón idílico. Ahora la sequedad del entorno y el castigo de un sol inclemente hace algo complicada la bajada hasta encontrar la pistra del Barranco de la Fou y dejamos el sendero señalizado hacia la derecha que va a la Senia. Nosotros seguimos la pista por la izquierda en un tramo de la excursión que se vuelve penoso por el calor y la falta de agua (cruzamos dos fuentes históricas, que están totalmente secas).

Vamos cruzando de vez en cuando el torrente y llegamos a un puente con defensas metalicas pintadas de amarillo. Seguimos hacia la izquierda dejando pistas y ramales a la derecha (estamos en realidad dando la amplia vuelta que nos llevará hasta el Barranco de Salt, de regreso a Fredes).

Pasamos bajo el impresionante espolón de piedra del Morral Desplegat y, rodeados de imponentes masas pedregosas y bosque, comenzamos una subida suave paralela al Racó del Presec y la Moila Aixada.

A la derecha dejamos una casa forestal, totalmente cerrada, con bancales de hierba y lugares de esparcimiento y seguimos subiendo ya en pleno Barranco de Salt. Casi de inmediato dejamos a la izquierda un sendero que va al Portell del Infern, cuyos roquedales vemos encima nuestro a lo lejos, a la izquierda (es la versión corta de la excursión que hacemos) y despues de cruzar el lecho del torrente la pista se convierte nuevamente en sendero estrecho y empinado, entre grandes murallas de piedra  a ambos lados.

El sendero se vuelve umbrío (gracias a Dios, el sol ha convertido en un horno la estrecha subida) y cada vez más empinado. A la derecha llegamos al famoso Salt de Robert, ahora convertido en un farallón lleno de manchas de vegetación húmeda, de cuya cima oscurecida por la humedad cae un hilillo de agua penoso. No da ni para ducharse.

Pinos, encinas, boj, carrascas, matorrales intrincados y el camino pedregoso que parece no tener fin y que se vuelve penoso en algunos tramos por la pendiente. No hay señales. Simplemente hay que seguir el camino principal de continua subida hasta llegar a un tramo arcilloso y bastante castigado. Después cruzaremos una pista donde hay una balsa para ganado y a la derecha ya vemos las primeras casas de Fredes y cruzamos el punto donde pasa el PR que va al Portell. Ya estamos. Seguramente en primavera o en otoño será un camino más llevadero. En pleno verano ha sido bastante duro, pero gratificante por su belleza y su espectacularidad.

 

NO SE PIERDA

 

Un paseo tranquilo por Fredes. Hay un bar restaurante en el centro del pueblo, junto a la iglesia y otro saliendo hacia la carretera del Pantano y La Senia. A la entrada del pueblo está la famosa Fuente de la Roca con un agua magnifica. Es la zona del la Tinença de Benifassá, de gran encanto y unas leyendas interesantes, punto de contacto con el Maeztrazgo y las tierrras de Morella, todas cargadas de historia. Hay carretera asfaltada que baja hacia el Pantano y la Sénia. Recomiendo un paseo complementario de menos de una hora ida y vuelta a la conocida Roca Blanca desde donde es posible contemplar una perspectiva inedita de toda la excursión que hemos hecho.

 

DOCUMENTACIÓN

 

 El libro "Itinerarios por los puertos de Beceite (a pie y en coche)" de Jordi Bustos, editado por Prames, es de los más recomendables. También "Lo Port" 52 rutes de senderismo" de Joan J.Tirón, editado por Piolet; el mapa doble de El Port de la misma editorial. Los libros "A peu pel massís del Port" y "El Port, el plaer de l'aventura" de Vicent Pellicer (editados ambos por Azimut) y el mapa "La Tinença de Benifassa, la Vall del Cervol" editados por El Tossal. Todos ellos en librerías especializadas o en la de Octavi Serret en Vallderrobres, gracias a cuyo interes y generosidad he podido documentar mis caminatas.

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3 julio 2012 2 03 /07 /julio /2012 23:00

de papel

Me encantan los libros que tratan sobre libros, librerias, escritores, libreros, bibliotecas, bibliófilos y bibliómanos, sobre gente en general a la que le gustan particularmente los libros. Así que a lo largo de los dos años que llevo con ustedes les he hablado de "84 Charing Cross Road",  de Helene Hanff, que aquí se tituló "La última carta" (también de la película que se rodó basándose en ella y que protagonizó magistralmente Anthony Hoppkins y la gran dama del cine, Anne Brankfort). Hace poco escribí sobre "La biblioteca de las nuevas oportunidades" de Anjali Banerjee y  "La librería ambulante" de Christopher Morley. En otro orden de cosas, les hablé de "Tocar los libros" de Jesús Marchamalo y unos meses antes del volumen ilustrado que este dedicó a las bibliotecas de escritores conocidos por él. También de "La casa de papel" del uruguayo Carlos Maria Dominguez.

Hoy les recomendaré "La mujer de papel" del libanés Rabih Alameddine, que escribió otro libro memorable hace un par de años, "El contador de historias", del que ya les hablaré otro día. En el que nos ocupa, que Lumen ha editado con su atractivo estético habitual, Rabih nos cuenta la historia de Aaliya, una mujer de setenta y dos años, con el pelo azul por una equivocación  en el tinte, una vida marcada por su condición de mujer árabe en un país como Líbano que cuando no guerrea con otros o es invadido, se dedica a asesinarse entre sí, una mujer cuyo amor son los libros y que dedica su vida a traducir novelas europeas  evitando el inglés y el francés que son los idiomas que conoce aparte del árabe, pero utilizando las traducciones en esos dos idiomas de los libros escritos en alemán, sueco, italiano o español, para hacer su versión en árabe. Versión que, por supuesto, jamás ha publicado ni piensa publicar y que guarda en cajas de cartón en su piso beirutí.

Aaliya nos cuenta su vida en primera persona, sin sentimentalismos vacuos, con las emociones a punto pero embridadas y vamos con ella paseando por su infancia, su juventud, su matrimonio horrible, sus soledades, sus lecturas y sus opiniones sobre todo lo que le rodea. Y así uno acaba simpatizando primero y luego ansiando que no le acabe la cuerda a la original y marchosa anciana y que nos siga dando su opinión desternillante, lógica e implacable sobre todo lo divino y lo humano.

Ese es el mérito indudable de Rabih Alameddine. Nos ha presentado un personaje absolutamenre real, absolutamente entrañable y absolutamente encantador. Y lo es tanto, porque es una mujer que vive los libros, la literatura, los personajes literarios, los autores y los clásicos con un encanto, una pasión y una libertad de criterios que la hacen amiga íntima de cualquier lector minimamente ilustrado.

Leemos pues otro libro sobre libros. Pero de ese tipo que hace que uno tome notas de autores que tal vez descuidó o de algunos que no conoce y se sienta vibrar porque sus referencias a Proust, a Kundera, a Pessoa, a Calvino, encuentran un eco asombroso en nuestras propias lecturas. Virgilio, Ovidio, Faulkner, algún mandoblazo a Hemingway, Sebald y la Woolf, van destilandose en la maravillosa obsesión literaria de la anciana, que vive de una forma cómicamente crítica la relaciones con "las tres brujas", sus vecinas, con su madre a la que odia y ama a partes iguales, su familia que la detesta y una ciudad imprevisible que te encanta con su color y su olor o te hunde con su violencia y amargura.

Los párrafos dedicados a su breve y fallido matrimonio, al hombre que le impusieron (descripciones malévolas de un humor casi kafkiano), a su soledad buscada y protegida ferozmente por ella, a sus achaques de edad, a sus distracciones y su enorme, hambrienta obsesión por los libros, tienen un soberbio tono literario que esconde en su presunta banalidad coloquial un cuidadoso estilo que basa en la sencillez y la claridad sus mejores armas. Javier Marías, Bolaño (al que no se atreve a traducir porque ya es muy vieja y la obra de éste es muy larga), Muñoz Molina, Garcia Marquez o Lorca son aurtores en nuestra lengua que Aaliya ama y que como los otros, le ayudan a relativizar el horror de las muchas guerras que padeció Beirut durante el transcurso de su vida.

El estilo directo, interpelativo, amistoso, casi cómplice, con el que Aaliya se dirige al lector, recuerda la novela de Anthony Burguess "La naranja mecánica" en la que Alex, el protagonista, usa del estilo coloquial para explicar al lector sus aventuras. El humor, la gran baza de Rabih, tiene a menudo connotaciones irónicas salvajes, como el encuentro de Aaliya con su madre nonagenaria a la que pretenden dejar a su cargo.

Tanto es el encanto que destila esta novela que el lector prescinde de exigir algunas aclaraciones realistas sobre la vida de Aaliya, sus medios de subsistencia y algunas de sus actitudes y actividades, cosas que el autor deja en el aire y parece no preocuparle lo más mínimo. En cualquier otra novela eso podía ser un defecto a reseñar, en esta carece de importancia. Aquí, casi es un guiño del autor.

Como curiosidad añadida, hay otra novela reciente con ese título y ha sido escrita por Guillaume Musso y editada por Planeta. Narra la historia de un novelista en horas bajas al que se le aparece de la nada una mujer, uno de los personajes de su novela. En fin...

 

 

 

 

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2 julio 2012 1 02 /07 /julio /2012 07:04

nada-que-temer.jpg A Julian Barnes le encantan los comienzos espectaculares. Fíjense en "El loro de Flaubert", "Hablando del asunto", "Inglaterra, Inglaterra", "Amor" o"Arthur and George". Asi que a nadie le sorprenderá que este libro de hace cuatro años, "Nada que temer", comience con una auténtica "boutade": "No creo en Dios, pero le echo de menos" al estilo de nuestro "No creo en las meigas, pero haberlas, haylas".

Barnes es uno de esos seres humanos angustiados por la muerte (de los demás, pero sobre todo de ellos mismos). De ahí que con ocasión de cumplir los sesenta años --en 2006-- decidiera tomar literalmente a la muerte por la guadaña y escribir un libro sobre la Parca y sus elementos afines, la vida después de la muerte, el paraíso y el infierno, la existencia de Dios. La muerte de sus padres, la relación con su desternillante hermano filósofo a raíz de todo ello y las posturas y palabras que los escritores que Barnes admira han dedicado al tema, desde Flaubert, cómo no, a Jules Renard, Montaigne o Daudet (hay que ver la galofilia de este inglés).

Por tanto no hay inventiva literaria alguna en lo que nos narra Barnes, pero si, gracias a Dios, la fresca ironía y el sarcasmo que suele endilgarnos este autor, que a pesar de declararse ateo, nos habla de una sensibilidad religiosa que nos recuerda aquello de que no hay antireligiosos más profundos que los ateos que tienen nostalgia de Dios. Por tanto la mirada de Barnes hacia el hecho religioso se tiñe de tolerancia y una especie de respeto antropológico, pues admite la necesidad filosófica, ontológica, que la psique humana tiene en la creencia en un ser superior, justo, bueno y poderoso. Aunque se permite sarcasmos tan belicosos como la frase "la religión tiende al autoritarismo como el capitalismo tiende al monopolio". O aquélla que en la pag. 63 reproduce de Renard: " No se si Dios existe, pero sería mejor para su reputación que no existiera".

Tal vez los mejores momentos de este libro interesantísimo sea el desgrane de recuerdos personales que Barnes hace de su vida familiar, su infancia y su adolescencia -- con sus divertidos temores masturbatorios-- y las relaciones de crecimiento, sus miedos, sus deseos y sus frustraciones. Barnes sigue la estela de Philipp Roth, quien tantas ocasiones ha brindado para analizar sus actitudes y temores ante el advenimiento de la vejez con las inevitables decadencia fisica y mental. Ese es el sustrato de estas páginas bastante divertidas y aleccionadoras que Anagrama publicó en  2010 con traducción ejemplar del tambien escritor Jaime Zulaika.

Las razonadas críticas, plenas de ironía, sobre la vaciedad de eso que llamamos "yo", de nuestra personalidad basada en tanto tienes tanto vales (o tanto eres), sirven de telón de fondo filosófico a la hora de analizar la trascendencia que la muerte y su cercanía deberían dar a nuestra vida y al balance que hacemos de nuestra historia personal y de la escala de valores en la que hemos basado nuestra existencia. Como en su cita a Zola, Barnes podría decir: "Mi vida ha sido una vida feliz, teñida de desesperación" (pág.216)

Como colofón, la consideración del arte y su aprecio como valor sustitutorio de la divinidad, muestra en Barnes sus puntas y ribetes de sarcasmo cultural en el que, pese a definirse como un hombre herido por el arte,  al que considera uno de los elementos capitales de trascendencia vital, acaba reconociendo su relativismo y la gratuidad irresponsable de las valoraciones que solemos hacer.

Como dato biográfico de cierto interés para el lector, apunto el hecho de que  siete meses despues de la publicación en Gran Bretaña de "Nada que temer", marzo de 2008) fallecía la esposa de Barnes, Pat Kanavagh, dando una fúnebre coincidencia temática a esta obra. Quizá será aplicable a este hecho la frase que Barnes escribe en la página 107, "la tragedia adicional de la vida, es que no morimos en el momento justo".

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30 junio 2012 6 30 /06 /junio /2012 08:52

El_senor_Ibrahim_y_las_flores_del_Coran-564548345-large.jpg

En 2001 el dramaturgo francés Eric-Emmanuel Schmitt se sacó de la manga una novelita de pocas páginas, muchas pretensiones emocionales, bastante sencilla y escasas pretensiones literarias: "El señor Ibrahim y las flores del Corán". En 2003 Ediciones Obelisco la publicó en español y poco después se estrenó una película, basada en la novela,  dirigida por Francois Dupeyron con Omar Sharif (a distancia sideral del Alí de "Lawrence de Arabia", el tiempo no perdona, amigos) en el papel del señor Ibrahim, el joven pierre Boulanger como el huérfano aficionado a las putas, Momo, e Isabelle Adjani en un papel simbólico que no aparece en la novela.

Novela y película cuentan una historia de los años 60 en Paris, cuando un huérfano adolescente encuentra la amistad de un viejo mulsulmán, dueño de la tienda de comestibles del barrio, un filósofo que contempla pasar la vida desde su asiento junto a la caja registradora. y así el simbolismo está servido: el niño judío sin padre (o con padre ausente y luego suicida)m que encuentra la simbólica figura paterna de poder y ejemplo en un musulmán. Ni el niño es judío (practicante) ni el muslumán es árabe, sino turco. El chico busca amor y ternura y prueba con las chicas de la vida que pululan por su barrio y el viejo siembra de sabiduría, inteligencia y sensibilidad la mente joven y despierta que trata de encontrar su lugar en la vida. El asunto llega a su climax con un viaje iniciático que el joven y el viejo emprenden al "Creciente fértil" , el lugar de donde es originario el señor Ibrahim.

Pequeña fábula bien intencionada, previsible, sentimental y un pelín pedagógica. Es una novela sin muchos niveles de lectura, sencilla como un cuento oral y que en el fondo gira en torno a la frase que pronuncia la madre (no reconocida abiertamente) de Momo: "Hay infancias de las que hay que salir, infancias de las que hay que curarse". Solo que Schmitt nos confecciona un cuento encantador y con moralina abundante, evitándonos todo el drama que debería corresponder a esa conclusión. Bueno, también está bien así.

 

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29 junio 2012 5 29 /06 /junio /2012 07:57

mas-franqueta.jpg

Esta zona geográfica tan peculiar, una amplia tierra que une sabores y saberes aragoneses, catalanes y valencianos, sobre la que sopla un cierzo que se enroca en Els Ports y sus cañones salvajes, sus altivas cumbres, la contundencia agresiva de sus cortadas y despeñaderos, sus bosques de encinas, pinos y sabinas, genera --como el Ampurdán, Menorca o la Galicia rural-- un tipo de ser humano propenso a la melancolía y al moroso  y paciente ejercicio de la pluma. Desde la Terra Alta, a los Ports castellonenses y el Matarraña, la siembra de temas, de historias y de leyendas fructifica al margen de las estaciones con una frecuencia inusitada.

Hace unos meses les hablé de media docena de escritores que acababan de sacar libro a la curiosidad lectora y ahora vuelvo a las andadas con otros nombres, otros títulos, engarzados por las dos lenguas hermanas (en pocos sitios como aquí la hermandad del castellano y catalán es más sincera y productiva, lejos de cainismos absurdos con pestazo político) y que van dando a los de fuera la hermosa imagen de una tierra abundosa en belleza natural e inquietud cultural.

Empezamos con un viejo conocido de este comentarista, Vicent Pellicer Ollés. Natural de Valdeagorfa, es profesor de catalán y vive en Jesús, en el Baix Ebre. Compartimos un amor semejante por la naturaleza que nos rodea, una adicción a las sierras, los bosques y las fuentes. Ha escrito cerca de una docena de títulos sobre sus caminatas por los Ports y ahora publica con el sello de Cossetania Edicions un libro impagable, "El mas de la Franqueta", donde con su estilo  preciso y a veces poético nos cuenta la historia de los últimos masoveros del Mas de la Franqueta (un lugar delicioso en la falda boscosa de Els Ports) y de esa triste tarde de otoño de hace unos años en la que Miguel Coma Llombart, toda una vida cuidando de la casa, los rebaños y los cultivos del célebre Mas, cierra por ultima vez la puerta. Tiene setenta y cinco años. Tras él desaparecen de la memoria de ese rincón de los Estrets de Arnes, varias generaciones de su familia. El libro está lleno de historias y anécdotas, de sentimientos y de emociones humanas, contadas todas con esa difícil sencillez de los hombres del monte.

Carlos Ollé Estopiñá, es guia de montaña, lo cual es ya una buena tarjeta de presentación para su libro "Lugares mágicos de Aragón" que publica Ediciones Cydonia. Se trata de una guía con quince rutas con un elemento en común: lugares en los que parecen existir unas conexiones muy especiales con las tradiciones, las leyendas, incluso la magia y que reúnen unos elementos de belleza natural, misterio o encanto difíciles de descifrar pero fáciles de sentir. El autor da detallada información de cómo llegar a cada uno de esos lugares "de fuerza", incluso con coordenadas para gps.

Vicent Sanz Arnau, natural del Maeztrazgo, sigue en la senda de sus compañeros de página: el encanto y la fuerza del recuerdo y de la vivencia localista, traspasados literaria y poéticamente a lugares concretos. En este caso la Font de la Salut, un santuario en el Maeztrazgo o la Vall del Miracle, que sirve al autor para hacer en sus relatos una reflexión personal sobre la existencia, las percepciones de la Naturaleza y de la belleza, de la calma, el silencio y los elementos naturales que hacen posible un estilo de vida y una filosofía enriquecedora. Su mirada se torna más novelesca, profunda y apasionada en "Partida" que edita Aeditors, una historia que se desarrolla en un espacio familiar y rural pleno de pasiones y represiones. Y en un tiempo que muchos desearían olvidar.

También en Cossetania Edicions nace un libro que es como la maceración de estos trabajos sobre los autores de la Comarca triprovincial. Se trata de "Ebre Blook" "Relats d'aigua dolça al Serret Blog". Es la conversión feliz del "blog" donde escriben diversos escritores de estas tierras, en un "book" en el que se dan cita autores como Francesca Aliern, Teresa Bertran, Josep Igual o Jesús M. Tibau, entre otros, por citar a algunos de los que he leido-- y gustado-- en otras obras.

Asun Velilla, otra adicta a la magia de esta tierra saca con el sello de March Editor, "Secretos del Matarraña", una obra dificil de clasificar pero que podríamos incluir en la gama de relatos con una base mágica o de misterio, pero que tienen como elemento de cohesión natural los pueblos y paisajes del Bajo Aragón. Y eso le da un encanto añadido.

Y para terminar una obra, pequeña en tamaño pero grande en ambición documental y reflexiva, sobre un tiempo y un lugar que nos atañen a la gente de aquí, a nuestra historia y, por tanto a nuestro futuro. Se trata de"Maquis i masovers, tragédia a la muntanya" de Juan José Rovira Climent. Como dice el autor, se trata de la evocación literaria de una tragedia representada por tres actores principales, masoveros, maquis y Guardia Civil franquista,  tras la guerra civil. No es una ficción, es un documento de una fuerza superior a muchas novelas con la misma temática. Lo he leido literalmente horrorizado por lo que cuentan los personajes y encantado con la pluma de Rovira Climent, con su contundencia expresiva y con la escueta sencillez de los diálogos y de las descripciones. Es un documento periodistico de gran calidad sobre unos hechos históricos que la verguenza, el dolor y el miedo han mantenido ocultos durante decenios. Sin duda un libro para reflexionar y guardar. Edita "Cinctorres Club".

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24 junio 2012 7 24 /06 /junio /2012 09:09

"El espectro de Broquen", ese es el título de la novela que ayer dia 23 de junio del año en curso, 2012 de nuestro Señor, comencé a escribir. En ella hay retazos y personajes de "El árbol de los condenados", "Automoribundia", "A Telémaco no le sienta bien el luto" y otras de cuya memoria sólo guardo algún personaje, alguna situación, una descripción atractiva. Todas mías, naturalmente. Todas inacabadas excepto la primera, que fue rechazada tras largas discusiones por el director y factótum de una editorial de prestigio literario, un maravilloso editor, cultísimo y enamorado de su trabajo, judío de la diáspora, con un envidiable --pero bastante rígido-- sentido ético de la muerte, la culpa y el perdón. Él pretendía salvar en última instancia al protagonista de mi novela a través del arrepentimiento. Yo le condenaba sin remisión al infierno de una muerte sin consuelo posible. Supongo que era demasiado joven para ser comprensivo y tolerante y él era demasiado viejo para comprender a un joven autor en la treintena que no necesitaba de la literatura para vivir y no creía más que en su obra (y, en el fondo, ni siquiera en eso). O tal vez, simplemente, se cansó de mí y de mi novela. Cortó sin más la correspondencia que manteníamos (al estilo del editor de Lowry y el autor de "Bajo el volcán", con las debidas distancias) y me envolvió en el silencio de su rechazo implícito. Ahora, tres décadas más tarde, después de un sinfín de intentos más o menos malogrados (entre ellos "La mujer de arena", que busca editor) aprovechando que al fin he colgado la pluma de periodista, he comenzado una nueva singladura literaria. Que puede, sin duda, acabar como las otras, abortada. O puede alumbrar un feliz resurgimiento. En principio el verbo se ha hecho página. Páginas. Varias y con un saludable ritmo. Seguiremos en ello. (Espero)

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21 junio 2012 4 21 /06 /junio /2012 07:40

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No vi las dos primeras peliculas de Wes Anderson, "Ladrón que roba a otro ladrón" (1996) ni "Academia Rushmore"(1998), aunque de esta última mis contactos cinéfilos me advirtieron  que habia nacido un director a tener muy, muy en cuenta (de hecho esta pelicula devolvió al estrellato a un actor de primerísima calidad, normalmente desaprovechado, Bill Murray).  Pero ya desde  "Los tennebaums" (2001) me hice incondicional de un director que diseccionaba con frenético e irónico humor los tópicos familiares, sociales y sexuales, con una excelente factura visual y una enorme personalidad en el uso del color y el montaje, los encuadres y la música. La siguiente cinta "Life aquatic" ( 2004) me encantó a pesar del escaso éxito de público y una crítica que no acababa de percibir el mundo especialísimo de sus películas, su creación de personajes dotados de un irresistible encanto (maravilloso Murray, como una especie singular y paródica de Jacques Cousteau) para luego firmar un "Viaje a Daarjeling" que te dejaba clavado en el asiento, aunque no brillaba con la fuerza que estallaría en la pelicula de dibujos animados "Fantástico Mr. Fox" (2009) sobre un relato del inconcebible Roahl Dahl (que, como suele suceder en los libros de Dahl, bajo la vestimenta de cuento infantil resurge una historia crítica y ácida para adultos mentales, una especie de Swift -Gulliver- de nuestros días) y llegar a la maravilla que hoy comento: "Moonrise Kingdom".

Si ya en las dos últimas Anderson dejaba bien claro que había un niño travieso, divertido y muy inteligente dentro de su sensibilidad cinematográfica de director y de persona, en "Moonrise..."  logra dejarlo libre, feliz, divertido y encantador. Sin duda alguna, para este comentarista, estamos ante la mejor película de la temporada (y me atrevería a decir, una de las escasas obras cinematográficas que merecen un diez en los últimos años).

Se trata de una historia mágica, divertida, sin complejos, ingeniosa, nostálgica y tierna en la que, con la formalidad estética de encuadres equilibrados hasta el milímetro, colores chillones y personajes que parecen actuar para sí mismos pero que despiertan emociones y sentimientos en el espectador, nos lleva a un tiempo pasado (años 60) a una isla en la Norteamerica profunda rural, en un ambiente de boy scouts, donde se nos narra la aventura vital de dos adolescentes (increíble la naturalidad de los dos jovencisimos protagonistas, Jard Gilman y Kara Hayward, buscados durante seis meses con lupa por el equipo técnico de la película) que se juran amor eterno a pesar de las familias, las circunstancias y sus tempranas edades.

A partir de ese elemento argumental, Anderson nos sumerge en el seno de una familia tópica del país y la época, padre y madre abogados (Bill Murray y Frances McDormand, ahí es nada) cuatro hijos, entre ellos la chica enamorada, de una desternillante  imperturbabilidad, el jefe de policia del pueblo, Bruce Willis, el soberbio Edward Norton como jefe de scouts y la atildada y ordenancista Tilda Swinton como  la funcionaria de Servicios Sociales que pretende someter al niño Jard Gilman, un impopular scout huérfano, a electro shocks para terminar con su "rebeldía" y castigar su osadía de haber  planeado y realizado una huida con su "amor" por las costas de la isla donde se encuentran. Incluso otro monstruo de la interpretación, Harvey Keitel, hace un breve y jugoso papel como jefe absoluto de los boy scouts.

Con una paleta de colores estridentes pero armónicos, rojos, blancos, azules, verdes y una sabia y sugerente desproporción entre los tamaños de los ambientes según se fiilma a adultos o a niños, Anderson nos lleva a un País de Nunca Jamás del Primer Amor, que, vaya por Dios, está demasiado  cerca, incluido diria yo, en el realista, fraudulento, triste y desilusionado mundo adulto. Secuencias como el encuentro de los dos pequeños amantes, sus balbuceos sexuales, absolutamente inocentes y nostálgicos, la búsqueda de los niños por todos los adultos y el grupo adolescente de scouts comandados por Norton y la secuencia de la tormenta del siglo que cae sobre la pequeña isla en plena busqueda, amén de la secuencia final en el campanario de la iglesia, en la que todo es posible, incluso el milagro, van encantando progresivamente al espectador en una trama que sabe a poco y que te deja soñando con algo más. Uno sale del cine con la sensación de haber recibido un regalo.Un regalo que nos remite directamente a nuestra adolescencia, con sus claros luminosos y también sus zonas oscuras, la necesidad de afecto, la disparidad con el mundo adulto, el descubrimiento del amor y del dolor. Puerta abierta, pues, a una cierta melancolía, a la nostalgia de un tiempo que no volverá, a la inocencia de una mirada que aquí, en el discurso serio de los niños, está lejos de cualquier exceso, de la amenaza del ridiculo, de la falsedad de lo manipulado. Es una apuesta por la honestidad, por el sentido de la aventura infantil (que luego tan cruelmente se banaliza en la edad adulta), maravillosamente punteado por la musica de Alexandre Desplat, por la desproporción onírica de los encuadres pictóricos de la vida hogareña, por aquella casita de madera construida por los niños en un lugar imposible, en lo alto de un árbol aislado, como metáfora del talante visionario infantil, es una apuesta por el buen cine. Un cine personalísimo, concebido como una partitura o como un milimétrico y ajustado puzzle en movimiento, un cine distinto, honesto y refrescante. No se la pierdan.

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