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15 septiembre 2012 6 15 /09 /septiembre /2012 08:27

frankenstein.jpg

El tratamiento literario y filmico del miedo, el terror, ha cambiado mucho en estos tiempos. De alguna manrea se ha cargado de sustos repentinos y estética "gore" al estilo de los muertos caníbales, los vampiros estilizados o los espíritus sádicos y crueles. Por tanto lo que no hace muchos años provocaba desmayos en las salas de cine o lecturas de cabellos erizados y miradas furtivas a las esquinas, hoy ya no inquieta a nadie. Del imaginario terrorífico de nuestra cultura, Drácula, el Hombre Lobo, el Golem o el monstruo de Frankenstein, han dado sustos a varias generaciones, pero ultimamente son contemplados como clásicos literarios o antiguallas cinéfilas y por tanto son pasto de imitadores más o menos serios y de hábiles, mas o menos también, sátiras, remedos o pastiches.

Entre los que tratan de hacer algo con un cierto respeto al original y con ganas de revitalizar el género, está el inglés Peter Ackroyd, un interesante escritor que nos ha regalado  biografías de figuras como Poe, Chaucer, Eliot o Pound. E incluso se atrevió con Charles Dickens (biografía muy digna de la que les hablé hace un tiempo en estas páginas). Sumen a ello la deliciosa "Londres.Una biografía" que ha reeditado Edhasa y comprenderán que no les hablo de un autor cualquiera.

Por esas razones el intento de Ackroyd de sacarle vida literaria a la figura victoriana del doctor Frankenstein y su criatura, creados por Mary Wollstoncraft Shelley en 1818, es una empresa interesante. No sólo por la categoría literaria de este autor sino por el hecho incontrovertible de que Ackroyd es un experto en Londres y en la época donde suceden los hechos narrados por Mary Shelley. Credibilidad de ambiente y personajes, relatados por un experto novelista del género histórico.

La novela toma la forma de un diario como advierte su título y en él, el doctor Victor Frankenstein, de nacionalidad suiza y estudioso de ciencia y filosofía de la ciencia en Londres, nos narra con el ampuloso estilo de la época, todos sus afanes, dudas y acciones. La historia ya la conocemos a grosso modo, pero ahora se nos narra en primera persona y con los suficientes cambios en la trama para que la narración nos enganche y nos haga caminar por las calles miserables de los barrios pobres de la capital, las tabernas malolientes y conocer a  los  delincuentes, ladrones de cuerpos, sacamantecas como dice el traductor, que ayudarán al doctor a encontrar materia prima para sus experimentos.

Asistimos al complejo pensamiento y el designio terrible del objetivo del doctor que quiere llegar a crear la vida y desentrañar su sentido y para ello se valdrá de toda la ciencia incipiente que le ofrecía la época en el terreno de la electricidad y los inventos de las pilas galvánicas y los condensadores. En torno al doctor se mueven personajes reales como el poeta Shelley (cuya esposa Mary será la autora real de la historia de Frankenstein), Lord Byron, el médico personal de éste John William Polidori. La trama va pasando por todos los tópicos del género (aunque la verdad sea dicha no logró crearme sensación de miedo, y menos terror, en ningun momento) da el salto de lo verosímil con gran agilidad y nos enfrenta a una criatura dotada de fuerza y velocidad prodigiosas y de un talante que oscila entre la brutalidad asesina y las dudas y sufrimientos de un individuo consciente de sí mismo y del rechazo de los demás.

No les hablaré del final, aunque quizá sea la parte más debil, topica, previsible y descuidada de la novela (en todo caso muy lejos de la galanura y el oficio de este autor). Con algunos fallos ucrónicos, desencajes con la época y algunos hechos o maneras de hablar, quizá imputables al traductor -Gregorio Cantera-  que, por otra parte le da ligereza coloquial y diversidad al estilo (aunque hablar de "mordida" como dinero dado a una autoridad para que inflinja o disimule ante la ley, resulta un poco dificl de creer en el Londres del principios del XIX), la novela logra que nos interesemos por esos personajes reales que el autor convierte en literatura histórica (magnificas referencias a los avances de la electricidad y sus aplicaciones y la de los lentes ópticos).

Me he divertido leyendo "El diario de Victor Frankenstein", he disfrutado con las imágenes que me brinda de personajes reales cuya obra conozco y las de un Londres que siempre ha sido mi ciudad literaria predilecta, desde Dickens al Sherlock Holmes de sir Arthur Conan Doyle, entre otros muchos autores geniales. No es, tambien debo consignarlo, una novela perfecta, redonda. Tiene altibajos de ritmo e interés y adolece de un final innecesariamente fácil. No obstante, la recomiendo. Vale la pena.

 

FICHA

"EL DIARIO DE VICTOR FRANKENSTEIN".- Peter Ackroyd.- Edhasa. 2012. 433 páginas. 24 euros. Traductor: Gregorio Cantera.

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9 septiembre 2012 7 09 /09 /septiembre /2012 09:25

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Acción en Copenhague. Época: 2008. Noche. Interior de un piso. Un tipo joven, Nicolaj, brutal, destructivo, un tarado con pintas y ribetes de psicópata, se despierta y sorprende a un desconocido en su casa, en plena noche, y le estampa un cenicero bien sólido en la cabeza. "CATAPUM, en toda la nuca". (pag. 92).  El desconocido sigue en pie y lo reduce con un apretón de sus manos y la mirada. "Su mirada me fulmina y su voz me atruena" (pág. 93). Cuando le pregunta "¿Quién eres?", el sujeto "demasiado grande y brutote" le contesta "Soy Jesucristo y he venido a hacer de tí una persona mejor" (página 94).

A partir de aquí, Lars Husum, guionista y dramaturgo danés que al parecer trabajó con el grupo cinematográfico "Dogma" de Lars von Triers (el director de "Melancolía", de la que ya les hablé), pergeña un libreto en el que ese individuo desquiciado y violento busca hacer las paces con sus víctimas y hacerse perdonar sus brutalidades convirtiéndose en mejor persona, con la ayuda de algunos amigos sobrevenidos y la inspiración del hombrón que se hace llamar Jesucristo. Éste solo aparece en diálogo con el taradete, con lo que queda por dilucidar si se trata de una  alucinación de éste o una aparición mística a tenor con el salvajismo ilustrado (más o menos) de la cultura del joven danés.

La historia comienza con un adolescente masturbándose pensando en una condiscípula y a partir de esa comienzo escatológico no se nos ahorra nada de nada. La historia familiar del joven se complica muchísimo ya que su madre, una célebre cantante flok que tiene un gran éxito en los tres paises nordicos (y cuya fortuna, aumentada por su muerte, vuelve ricos a los dos hermanos), y su padre, mueren en un accidente de automóvil dejándolo al cuidado de su hermana unos años mayor. Sólo se relaciona el joven con su hermana y es una relación de absoluta dependencia que se convierte en posesividad  agresiva y en manipulación perversa y cruel del cariño que le profesa.

El indeseable personajillo logra con sus dislates que su hermana acabe suicidándose y entonces tras un periodo mayor de violencia y autodestrucción, interviene "Jesucristo" (en ningún sitio de la novela se dice, como he leido en algunos articulos, que es un motero) y la trama va encarrilándose hacia un final en el que, para no faltar al signo del individuo, se abre la posibilidad de un nuevo desastre sentimental de la criaturita, a pesar de las mejoras.

Más que una novela (que nadie confunda a  Lars Husum con Knut Hamsum) aquí nos las vemos con una especie de guión novelado, repleto de diálogos semejantes a los que oímos en cualquier grupo de amiguetes tomando birras en un bar, un subsuelo verbal que no esconde su dinámica popular de serie de la tele o película de bajo presupuesto. Los hechos que se nos cuentan, sobre todo antes de la intervención de "Jesús" son de una dureza, gratuidad y crueldad rayana, o decididamente, psicopáticas.

Al angelito Nikolaj no hay por donde cogerlo. El sexo, vulgar y grosero, el humor brutal, los excesos --desde patear la cabeza de un niño de 10 años a destrozar el rostro de la novia a puñetazos porque sí-- hacen que el cambio que provoca "Jesús" nos resulte muy peliculero y en la segunda parte (donde no cambia el lenguaje y siguen abundando los sonitos onomatopéyicos con mayúsculas, ZAS, BUMMM) el autor nos endilgue con su peculiar sentido del humor un proceso buenista que debe llevar al individuo en cuestión a "ser mejor persona".

Como dijo en una entrevista el autor, refiriéndose a las declaraciones de Lars von Triers sobre su comprensión hacia Hitler, "el humor danés es cruel, muy rudo y algo ofensivo". Pues vaya por Dios.

No hay estilo literario en  "Mi amistad con Jesucristo", pero se lee con soltura y a veces con cierto enganche (no en vano el autor es un reputado guionista y dramaturgo). Particularmente me ha gustado el recurso argumental de intercalar entrevistas, articulos y reportajes periodisticos en la trama, que cumplen excelentemente la finalidad de resumir el recorrido argumental y darnos puntos de vista variables de lo que acontece.

Además y creo que nadie se ha atrevido a tanto, el autor pone su numero de telefono (real) en el texto de la narración y para mayor confusión pone su foto mostrando al supuestpo aspecto de su personaje.

Novela, pues, que calificaríamos como a ciertas películas en tiempos  de la dictadura: "para mayores con reparos", a pesar de lo dicho por el autor de su novela: "en realidad todo es una historia de amor y de redención, sólo que expresada de una forma distinta". Pero en literatura como en otras muchas cosas, la forma es importante. Y a veces lo es todo.

 

FICHA: "MI AMISTAD CON JESUCRISTO".- Lars Husum.- Ed. Alba. Contemporánea. 303 págs.

 

 

 

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1 septiembre 2012 6 01 /09 /septiembre /2012 09:02

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Por favor, no se la pierdan. Es una pasada con toda la gracia gamberra de las películas de "Wallace y Gromit" o de la fabulosa "Chicken run, Evasión en la granja", rodada con las tradicionales técnicas de "stop-motion" (en este caso con ayuda de elementos digitales perfectamente integrados en la maravilla de detalles que nos muestra una cámara tan divertida y ocurrente que parece un miembro más de la pelicula), personajes realizados con plastilina y fotografiados gesto a gesto. Imaginativa, deliciosa, con un humor sano, atrevido y gozosamente crítico y una perfección técnica asombrosa. Guión perfecto, personajes desternillantes, secuencias de acción llenas de guiños a los cinéfilos y un tratamiento de los personajes históricos de una saludable irreverencia.

Para que vayamos haciendo boca de esa irreverencia extendida a toda la película, desde los personajes ficticios a los "reales" (una reina Victoria convertida en maniática degustadora de manjares prohibidos y absurdos, el hombre Elefante desprovisto de su tragedia, Jane Austen o Charles Darwin y los científicos convertidos en charlatanes dominados por sus egos y sus locuras) nada más empezar la película vemos un letrero de situación y por un "descuido" de la cámara a un "miembro del equipo técnico" de la película que trata de ocultarse tras haber mostrado el cartel. Delicioso.

Comienza en 1837.  Como en "Asterix y Obelix" se nos informa  que todos los mares están controlado por la flota británica (no romana, claro). Con una excepción; los lugares donde dominan los piratas, una clase de individuos que produce ataques de ira a la soberana. Pues precisamente uno de esos irreductibles corsarios, el pirata Capitán, está a punto de entrar en la vida de la Reina debido a sus esfuerzos por llevarse el título de Pirata del Año. Y aquí comienza la larga secuencia de la presentación de los piratas que desean llevarse el galardón que transcurre en la isla de los piratas, una especie de Isla Tortuga donde todos los excesos están permitidos bajo la ley de la bandera negra de la calavera y las dos tibias cruzadas.  

Esta joya del cine de animación pertenece a la factoría británica Aardman comandada por Peter Lord y Jeff Newirr, en esta ocasión, basándose en una serie de libros cómicos de Gideon Defoe que arrasan en el mundo anglosajón(también firma el guión de la película).

Esta delicia a nivel visual, llena de inteligencia y cachondeo, es una nueva demostración de mimo artesanal por parte de un equipo de artistas en permanente estado de gracia que regala escenarios llenos de detalles, personajes tremendamente expresivos y un color dinámico que recuerda las viejas peliculas de piratas de la Warner. La narración es coherente y detallista, vivaz, empapada gracia elegante y compleja hasta la excelencia que se desborda desde el argumento lleno de ingenuo candor y una salvaje ironía que parece surgida de los Monthy Pyton ─todo muy british, of course-- .

Me he reido con ganas y la satisfacción resultante coloca a "Piratas" en la estela y nivel de obras maestras de la animación como "Up", "Walle-e" o "Rattatouille" (aunque no es propiamente animación de dibujos)

A mi parecer más lograda que sus predecesoras citadas dirigidas por Peter Lord y Jeff Newitt, la película bucea en el imaginario cultural e histórico de los ingleses, desde Darwin y el Beagle, la reina Victoria, el pajaro Dodo y un Londres victoriano donde uno espera ver surgir a Sherlock Holmes o al Destripador. La gracia ingenua del Pirata Capitán (cuya voz en inglés es la de Hugh Grant) y su tripulación, forman un divertido grupo de muñecos, a cual más rompedor, que nos darán motivos de jolgorio, diversión y asombro.

La pasmosa perfeccion de los muñecos, sus gestos y la animación, unida a un tratamiento irónico y lleno de humor de los personajes, logran  montar una autentica fiesta, en la que el espectador debe observar minuciosamente los fotogramas en los que no hay detalle sin importancia, desde los decorados y fondos, llenos de gracia y justeza documental, hasta los mas minimos detalles y movimientos recreados por todos los personajes en escena, desde los protagonistas hasta loos secundarios (por cierto, qué gran elenco de secundarios, todos merecedores de aplauso, desde el mono inteligente y mudo (una especie de Buster Keaton) que acompaña a un Darwin bastante menos inteligente, por cierto fisicamente idénticos,--guiño antropológico de la película--, hasta la impresionante reina Victoria, pura maldad gordinflona, o los miembros de la tripulación, con especial hincapié en el marinero con casi todos él reconstruido con piezas de madera y hierro o el lugarteniente del Capitán, pura entrañable dignidad, o la mujer que se hace pasar por varon pirata ("pirata de increíbles curvas", la llama, socarrón, el Capitán) y, por supuesto, el pájaro Dodó, una especie de pájaro rechoncho y de enorme pico, símbolo de Oxford y popular gracias a la novela de Lewis Carroll “Alicia en el País de las Maravillas”, que se extinguió por su incapacidad para huir de los cazadores que sólo querían de él sus plumas para adornar los sombreros de las damas de Oxford Street. Es el único ejemplar que existe (el Capitán lo cree un extraño loro) y el origen y causa argumental de la película.

Y, desde luego, no se levanten cuando acabe el filme y comienzan los titulos de crédito. Observen con atención las diversas paredes que nos muestra la camara como fondo, y los objetos, carteles y cuadros que ven apareciendo. Son unos minutos más de humor inteligente, burlón e irónico. Debería llevarse el Oscar a la mejor pelicula de animación. De veras lo merece.    

Queda claro que la animación stop motion,  que parecía condenada a desaparecer, va a vivir una nueva vida de éxito. La ayuda de las tecnicas digitales de animación ha sido un soplo de energía y ha agilizado el costoso y lento proceso habitual de la Aardaman, dinamizando el resultado y dándole un superior encanto. Créanme, no se la pierdan.

 

 

 

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23 agosto 2012 4 23 /08 /agosto /2012 09:44

 

 

Juan Villoro es uno de los escritores hispanoamericanos más brillantes de esta última generación que sigue a aquélla que tiene como maestros indiscutibles a los que vivieron el  famoso "boom", Vargas Llosa, García Márquez, José Donoso, Carlos Fuentes y tantos otros. Villoro está más cerca de nuestro hoy literario, como Volpi, por ejemplo. Goza de un estilo irreprochable, una inventiva deslumbrante y un dominio del idioma que aumenta nuestro amor por la palabra escrita y las provocadoras posibilidades de nuestra lengua, el español, en torno a las ubres generosas del idioma cuando fructifica allende Europa, al otro lado del océano. A ese respecto permítanme recomendar a la editorial de Villoro, Alfaguara, (defecto no tan visible en los libros de Volpi u otros hispanoamericanos) que no sea tímida y añada a las ediciones que se venden en España unas simples notas a pie de página para aclarar ciertos modismos mexicanos, giros y frases hechas que sumen al lector de aquí en perplejidades innecesarias. Esas aclaraciones enriquecen el idioma, no lo desvalorizan. No siempre uno se entera de lo que lee cuando, por ejemplo, se enfrenta a "huicholes siguiendo a su maracame"  o "se adentró en un terreno de mezquites y huizaches" (págs, 73 y 74). Podrían decirme que para eso están los diccionarios de americanismos, pero ¿cuesta tanto facilitar al lector que entienda lo que lee y pueda seguir absorto en las páginas de "La casa pierde"?

Porque realmente este libro de relatos engancha. Uno rastrea el inconfundible regusto literario de un Faulkner o un Hemingway (aun siendo tan distintos, notamos su benéfica y común influencia en Villoro) en los endurecidos y desvalidos, vulnerables, personajes de  este escritor mejicano (al parecer de origen aragonés, ¡y del Matarraña para mayor abundamiento!) que suele usar de un estilo directo, áspero a veces, con un sutil sentido del humor sin contemplaciones pero donde suele resonar esa compasión difícil que guardamos para los eternos perdedores, hombres y mujeres que mantienen el gesto adusto pero digno, casi nunca lloran o se quejan y viven hasta el fin tratando de no traicionarse demasiado.

El libro que comentamos es una reedición del premiado en el 2000 y que afianzó la carrera de este escritor. Y no es para menos, qué riqueza de personajes, de escenarios, situaciones, argumentos, estilo. Reconozco que me fascina más la faceta de escritor de relatos de Villoro que la de novelista (cosa que me ocurre también con Faulkner y con Hemingway). La condensación dramática y estilística del relato, su forzada brevedad y su economía de medios hace verdad la frase de Bloom sobre el mayor grado de exigencia y perfección que exige el relato sobre la novela. Y Villoro juega en la Liga de Campeones (perdonen la metáfora deportiva, tan queridas a este escritor que no puede --ni quiere-- disimular su historial de periodista deportivo).

"La casa pierde" es, a mi gusto, uno de los mejores relatos del libro y da título al volúmen. La fuerza evocativa de "Terrales" el lugar donde nadie quiere estar, el pueblo de paso, junto  a la dramática presencia del protagonista, el Radio, y la larga descripción de una partida de cartas ruinosa, con su secreto añadido, tiene momentos de una sencilla y contundente aspereza realmente magistrales.

  Le sigue a este relato en calidad "Campeón ligero". En él, Villoro nos habla del boxeo, del periodistas que viven a la sombra de los campeones, del enrarecido ambiente de ese deporte y en concreto de un campeón que sólo lo es por ser un fajador que se autocastiga en el ring por un crimen que no cometió. Tanto en este relato como en "Corrección", un agudísimo retrato del mundo literario, el narrador nos habla de su envilecimiento a través de la amistad extraña, compleja, con otro hombre (el boxeador en el primero, un escritor de talento, en el segundo). También en "El domingo de Canela" se da ese recurso de Villoro hacia unas  indefinibles amistades masculinas, tensas, duras, llenas de oscuridades y malentendidos, mientras que permite que veamos las interioridades de ciertos amores y relaciones sentimentales que transitan por caminos de pérdidas y de soledad.

En muchos casos, un tipo de amor violento, vampírico a veces (lean "La estatua descubierta" o "El anillo de cobalto") en otras engañoso, casi en clave de comedia o triste vodevil ("La alcoba dormida") permiten calibrar la escéptica y desencantada visión realista del escritor sobre el fenómeno amoroso y sus variables formas. Otros relatos, "Coyote" o "El extremo fantasma" sugieren mundos muy concretos, el viaje iniciático al desierto en busca de peyote (parece una parodia del Castaneda de los setenta) en caso del primero y el cerrado circuito de un equipo de fútbol y los intereses que le condicionan, en el segundo. Dos relatos con un disgregadora técnica común; en el primero es la lucha del protagonista contra un coyote en la soledad del desierto, y en el segundo, la misteriosa singularidad del lugar donde se desarrolla, esa Punta Fermin, seguramente el origen del "resort" mexicano de la última novela de Villoro, "Arrecife".

Para acabar, "Planeta prohibido", en el que Villoro aplica su irónica y acerada crítica al ambiente universitario norteamericano  visto por un desorientado profesor hispano, así como en "La estatua descubierta" parodia el ambiente diplomático y los tópicos que rigen en ese mundo hacia Hispanoamérica.

Libro muy justificadamente recuperado en la obra de Villoro y un racimo de relatos recomendables que dejan clara la valía de este escritor.

 

FICHA

"La casa pierde". Juan Villoro. Alfaguara, 2012. 295 páginas. 18 euros. 

 

 

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15 agosto 2012 3 15 /08 /agosto /2012 08:01

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Editada por Duomo-Perímetro, este libro "El encantador. Nabokov y la felicidad" de la iraní exiliada Lila Azam Zanganeh, es un híbrido entre novela y ensayo literario. Es decir, más que un argumento novelesco se nos habla de una joven lectora, de inteligencia y sensibilidad privilegiadas, enamorada platónicamente del novelista Vlaidimir Nabokov. Las lecturas e investigaciones biográficas que ésta realiza sobre la fascinante figura del escritor ruso, forman el entramado de este ensayo, en el que Lila Azam deja volar su imaginación y convierte en materia literaria un análisis y unas emociones lectoras que trascienden el género del ensayo y se embarcan timidamente en la metaliteratura, es decir la ficción a lomos de una realidad humana --el escritor-- y literaria --su obra-- que fue y que está ahí a disposición de cuantos quieran sumergirse en las brillantes, intelectuales y eruditas, aunque irónicas y burlonas, páginas de Nabokov.

Fue este un escritor ruso exiliado que durante la convulsa época de entreguerras se refugió y vivió en Inglaterra, Francia, Estados Unidos y Suiza (no muy lejos de las montañas que adoraba). Publicó sus obras en inglés y paradójicamente tuvo una vida plácida, no muy aventurera y al parecer sentimentalmente poco azarosa.

 La paradoja nace del hecho de que varias de sus novelas fueron materia de escándalo a partir de los 50. En los 60 tras publicar su novela "Lolita" relato de un amor entre un viudo y una adolescente y realizarse la versión cinematográfica (dirigió Stanley Kubrick, en una verdadera obra maestra interpretada por James Mason en el papel de Humbert Humbert el profesor viudo y de Sue Lyon en el de Lolita) el elegante y distante profesor universitario aficionado a la caza de mariposas, pasó a convertirse en un escritor popular, pese a lo escandaloso de su obra, o quizá debido a ello. La fuerza de su novela fue tan extensa que el nombre de su protagonista se convirtió en un genérico que designaba a un tipo peculiar de niñas, las "lolitas" o las "nínfulas", para los más cultivados, nombre que se da a las adolescentes precozmente dotadas de un fuerte atractivo sexual y que hacen uso de él.

Por tanto, procedamos con tiento: no se trata en puridad de un ensayo, pero tampoco de una novela al uso. La bella Lila Azam Zanganeh, exiliada como su admirado Nabokov, iraní, con estudios en Francia, residencia en Estados Unidos y una formación cultísima y plurilingue (habla seis idiomas, segun dicen, que parecen enrocarse en sus hemosos ojos pardos y en unos labios tipo Penélope Cruz) ha jugado con el lector un juego de citas de los textos de Vladimir y los propios (honestamente reseñados los ajenos en un apéndice al final del libro), una suerte de pastiche con el original nabokovesco y el optimista y juvenil contexto de la autora iraní.

La belleza del resultado complace largamente a los admiradores de Nabokov, entre los que me cuento, y los detalles biográficos y familiares que nos facilita Lila Azam aclara muchas de las dudas y oscuridades de su amado, sardónico y huidizo escritor.

El valor de este libro consiste más bien en la justeza, habilidad y eficacia de las citas espigadas por la autora en la obra de Nabokov. Por ejemplo, el fragmento de "Habla memoria" en el que Nabokov cuenta su entrada en el mundo de la conciencia, su primer atisbo a los cuatro años de que era una persona distinta a las demás que le rodeaban pero semejante por el hecho de compartir la vida y el tiempo. !Maravilloso! La sensibilidad literaria de esta autora y su proeza de comprensión de un escritor varón, de una época distinta y unas vivencias diferentes, hace que nos sintamos cerca de Nabokov, perfecto ejemplo de autor resguardado eternamente tras su propia obra y que guarda un obstinado secretismo de sí mismo y un educado pero evidente desprecio por la popularidad y las banalidades del publico.

La inventiva de esta escritora llega a hacernos partícipes de su entrevista imposible a Nabokov (había muerto diez años antes de que Lila naciera) con foto --por supuesto amañada-- incluida. Este ejemplo y otros que no contaré hacen de "El encantador" un libro delicioso, ligero, lejos de toda pretensión o presunción enciclopédica o hagiográfica, que aparece como una aventura literaria menor, una "delicattesen" nada indigesta para consumir durante las  calidas tardes de agosto, mientras uno dispone cerca de sí los platos majestuosos de "Ada o el ardor", "Lolita", "Habla memoria"  o "La dádiva", el auténtico Vladimir Nabokov, cuya sombra nos ha estado rondando juguetona mientras leíamos a Lila Azam y descubríamos el secreto de ser feliz, ese misterio envuelto en un arcano y encerrado en una metáfora, que Nabokov buscó en su vida y en su obra: El amor y las palabras, buscar mariposas en pantalón corto, encontrar el adjetivo preciso y fulgurante, la palabra que compendia un momento especial, una epifanía de la existencia, y también amar, amar y amar, personas, lugares, objetos, instantes...como él mismo escribió: "Conciencia al final del día, como una  vantena abierta de par en par a un paisaje iluminado en la noche del no ser".

Para calmar la fiebre y el rechazo de los nabokovianos que en el mundo existen, Lila explica:

"Nunca, ni durante un segundo, he pensado que yo estuviera a la altura de Nabokov pero durante sólo un momento, que es el momento del libro, nos miramos los dos a los ojos. Y esto forma parte del juego, de esa irreverencia que también implica un sentido de alegría. En esta irreverencia hay una actitud muy alegre y un poco subversiva, y se crea un espacio de felicidad, que además es el sentido y el contenido del libro."

 

 Esto es justamente lo que nos ofrece la lectura de "El encantador". Seducción. . 

 

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12 agosto 2012 7 12 /08 /agosto /2012 07:39

trilogiadegetafe.jpg

 

Confieso no ser un lector de ese género amplio e impreciso llamado "literatura  juvenil". Entre otras cosas porque no se exactamente cuáles son los elementos diferenciales con la llamada por ejemplo, literatura adulta, de aventuras, de ciencia ficción, de espada y sortilegio. ¿Es "La isla del Tesoro", "El señor de los anillos", "El señor de las moscas", "El libro de la selva", "Rebelión en la granja", "Alicia en el Pais de las Maravillas"  "El doctor Jekyll y Mr. Hyde" o "Los viajes de Gulliver", literatura juvenil? Cuando mi amigo el librero Octavi Serret me sugirió que leyera y escribiera sobre una trilogia de novelas "juveniles" escritas por el  aún joven --¿debe ser eso el hecho diferencial?-- Lorenzo Silva, me quedé perplejo ante esa curiosa aunque creo que arbitraria limitación genérica, seguí perplejo mientras leía las novelas de Silva supuestamente dedicadas a chicos y chicas entre los 12 y los 16 años y aun me dura la perplejidad a la hora de reseñarlas.

cazador.jpgQuizá la diferencia estribe en una especie de amable suavidad en las formas con las que se nos describen las pasiones y sentimientos de las jóvenes protagonistas. Irene, Laura y Silvia, o sus respectivos trasuntos masculinos, que transitan un camino casi siempre un poco maniqueo, en el que el romanticismo, los sueños , los problemas y las acciones suelen encadenarse en un continuum donde el lector va recibiendo de vez en cuando mensajes subliminales de lo que es bueno o malo, belleza o fealdad, valor o miedo, renuncia y sacrificio. En la historia de "Algún día, cuando puede llevbarte a Varsovia" se nos habla de la sugestión de la palabra y la aventura. Es una suerte de Sherezade al revés, unido al candente tema del racismo urbano, los inmigrantes ilegales y el despertar a la atracción amorosa (sujeta a los límites de un pudoroso Silva ante las edades de sus chicas). En la segunda novela de la trilogía "El cazador del desierto", el elemento de aventura, exotismo (tan querido por este autor) y amor se entremezclan y si en la primera novela era Josep Conrad el guiño literario, aquí será una figura legendaria Lawrence de Arabia quien evocará el elemento vertebrador de la novela, el desierto y el amor a los duros y fascinantes océanos de arena y roca (que solo son amados por algunos locos románticos occidentales, no por los beduinos, como nos recuerda amablemente el Principe Feisal--Alec Guinnes en la mítica película "Lawrence de Arabia"). Y en la tercera "La lluvia de París", ese cinéfilo oculto que parece ser Lorenzo Silva se deja embrujar y de paso nos embruja con la aventura de la tercera de las amigas juveniles de Getafe, la bella Silvia, la pequeña de los anuncios en la primera novela, que aquí ya florece con su espléndida belleza y llega a Paris para perseguir su sueño y enfrentarse a  esa melancólica  supuesta derrota que se llama realidad, también tropezando con el amor, las dificultades y la superación personal que suponen éstas si son bien elaboradas. Y esa es otra de las caracteristicas que parecen emerger del género juvenil: el empeño de Silva de proponernos una ética de la maduración. Lo que nos cuentan Laura, Irene y Silvia lleva implícito en el discursos, tras los recovecos y contradicciones de rigor, un mensaje  agridulce pero inequívocamente positivo: la madurez, en el mejor de los casos, es una empresa personal enfocada a la superación de las dificultades y errores, a la aceptación de las diferencias y a la disponibilidad para levantarse y seguir hacia lo que Pascal llamaba la optimización de tu propia vida.

Lorenzo Silva, autor de novelas como "La flaqueza del bolchevique", "El alquimista impaciente", "El déspota adolescente", "La estrategia del agua" o "Niños feroces" (Silva tienen una evidente habilidad para "poner el titular" a sus obras), entre otras (algunas de estas las he comentado en estas páhinas), es un autor dotado de una fuerza y una limpieza discursiva de primer orden. Y no solo en creación literaria, también en el ensayo o libro de viajes. Su "Del Rif al Yebala": "Viaje al sueño y la pesadilla de Marruecos" --país hacia el que compartimos un parecido amor y una mala conciencia y reticencia cultural e histórica-- me ha parecido excelente aunque se echa de menos una mayor implicación emocional e intelectual del autor en lo que describe y vive. 

Volviendo a la Trilogía de Getafe, población al sur de Madrid en la que vive el autor -Madrid 1966-- y hacia la que jamás hubiera apostado por ella como lugar o escenario de novela, Silva nos describe a las tres adolescentes que viven una vida compleja proyectada havcia el mundo, aunque con su propia trastienda de sueños y proyectos. Hay que decir que las tres conforman un corpus literario que uno tildaría de narrativa femenina (perdonen por la simplicidad), no sólo por el hecho basico de que son muchachas las que nos narran sus historias, sino por la sensibilidad que va emanando de observaciones y juicios y que cualquiera que haya tenido hijas adolescentes conoce muy bien. Lo cual es una muestra más del acierto como creador literario de Silva, escritor con modos y temas bastante masculinos, la verdad.  El nervio de  narrador de Silva, que ordena y administra a sus personajes con la pericia de un buen fabulador, consigue --aplicando un sentido del ritmo casi cinematográfico-- que las tres novelas sea posible leerlas como un armonioso conjunto de piezas diferentes en un puzzle común. Y que quede un recuerdo amable de las tres jóvenes y sus peripecias vitales. Recomendable, efectivamente, para jóvenes lectores. Aunque quizá sean los adultos más maduros los que apreciarán otros niveles de lectura que tampoco son desdeñables. Como en las obras clásicas "juveniles" que apuntaba al principio de este trabajo.

 

FICHA: "TRILOGIA DE GETAFE".- Lorenzo Silva.- Existe una edición conjunta de las tres novelas en un solo tomo en Ed. Destino. Y otras individualizadas en Anaya: "Algún día cuando pueda llevarte a Varsovia" (231 págs.1997), "El cazador del desierto" (183 págs.1998) y "La lluvia de París (185 págs. 2000). Todas con numerosas reimpresiones, hasta en este mismo año. Y "DEL RIF AL YEBALA" en ed. Destino (2001) 335 págs.

 

 

 

 

 

 

 

                  

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3 agosto 2012 5 03 /08 /agosto /2012 07:01

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Lo cierto es que "El duelo y la fiesta" me ha sabido a ejercicio de estilo. Como si Jenn Diaz olvidando su generosa, sorprendente y un poco fallida inauguracion literaria con la aclamada por muchos "Belfondo", se hubiese dejado poseer por los espíritus de Carmen Laforet, Ana Maria Matutes o Concha Alós, en sus obras primerizas, para pergeñar una novela que huele a postguerra y naftalina, a épocas pretéritas aunque cercanas (no para la autora que nació en plena democracia, con un dictador Franco ya casi desaparecido del joven imaginario sociopolílico español). La perfecta estructura literaria de "Belfondo", una narración coral donde un pueblo imaginario sirve de metáfora humana y social de alto nivel y considerable y solida profundidad, atravesado todo por un lirismo que raramente perdía su contención y su propiedad, conformó un listón demasiado alto para una primera novela.

"El duelo y la fiesta" no ha estado a la misma altura y sin embargo algunos defectos de estilo apuntados entonces se mantienen en esta, con el añadido de que el tema, los personajes y la trama no logran levantar ese vuelo imprevisto que nos sorprendió en "Belfondo". Hay en "El duelo y la fiesta" un empeño casi notarial de ajustarse a la pequeña, mísera, mezquina realidad de una vida urbana, en una época muy concreta caracterizada por la estrechez, el miedo, la miseria económica y la debilidad de los sueños, en la que la presencia de una poetisa moribunda, de su criada , de un secreto admirador, un joven profesor y de su más joven alumna, forman un grupo de personajes que van interactuando mientras la poetisa, Blanca Valente, dormita en su cuarto cerrado con llave, acercándose a la muerte. Un sacerdote equívoco, el Padre Damián (represión sexual al canto: "había echado de menos a todas las mujeres del mundo", pág.90) y su enviado--el joven seminarista Elías-- para que confiese a la poetisa, forman el nivel literario de contraste buscando un misterioso punto de contacto que habrá de unirlos a todos en una escena final, en la que se produce una sórdida exaltación de la trama, cuajada de niños abandonados, madres complejas y culpables, remordimientos de la carne y del espíritu.

Suena todo a un Delibes menor en el que se ha perdido la saludable tenión entre el drama que se narra y la liberalizadora estupidez humana y los gestos posibles de distanciamiento, incluso,de los propios protagonistas, cuando atesoran un poco de sentido del humor o incluso de sentido común. Algo de eso resuena a veces en las voces múltiples de "El duelo y la fiesta" y da cierta profundidad a la novela. El empeño de Jenn Díaz es meritorio, qué duda cabe. No estamos muy acostumbrados a ejercicios de estilo en las letras españolas. O son descaradas imitaciones o fallidos y torpes "escritos a la manera de", y nuestra escritora no pertenece a niunguno de los dos bandos. Valoro en mucho algo que intuyo en Jenn Díaz, su honestidad como escritora. No busca el camino fácil ni ha tratado de instrumentalizar el exito  de su "Belfondo". Su prosa sigue las mismas virtudes y defectos. Y eso es un detalle revelador: "Belfondo" no es un ejemplo de la suerte del principiante. Por eso en esta novela, debajo de su trama literaria un poco basta, manifiestamente mejorable, hay una escritora de raza y de empuje.

Hay un juego con la paradoja, el humor y la fuerza del cambio que subyace en toda la novela y que atrae al lector minucioso como los hilos maestros de esa trama de la que hablaba. A veces los adjetivos son vulgares, tópicos o resalta el desaliño de una frase, de una descripción, las repeticiones sin ritmo, excesivas, ( y que se producen con casi todos los personajes: señal de que es unj problema de la escritora) la previsibilidad de las voces de Elías, Luisa, Julio o Candela al principio de la novela (Sin que lleguen a tomar carta de naturaleza las diferencias entre los personajes).

Quizá lo más acertado de esta novela irregular sea la creación del "huis closs", el lugar cerrado, la casa de la poetisa, donde se dan cita todos los personajes, algunos de los que aparecen a partir de la segunda parte de la novela y los anteriores, todos con sus deseos, sus miedos y su destino, orquestados con habilidad por la autora. Y en la misma ocasión, rompiendo la tensión con su recurso de la reiteración, que aplica contundentemente: "No lo hago, dice Rosario, no lo hago, no lo hago, no lo hago, te juro que no lo hago" (pag 123) O la madurez de una frase y un juicio que no se corresponde con el personaje: "Tu estudio no va sobre Blanca Valente, sino sobre como la criada de Blanca apaga sus anhelos maternales con un chico que, a pesar de su edad, esta castigado por negarse a decirle a su madre dónde ha pasado la tarde. ¡La tarde! ¡La tarde!" . Y eso lo dice Candela, casi una niña (pag. 127).  El chusco final con la inesperada declaración de la poetisa da un cierto tono divertido al relato si no fuera por la descarada intención dramática que la autora imprime  a sus repeticiones, casi como los aldabonazos del destino en Wagner, "Elias, Elias, Elias, Elias"...(pag.154).

Como "decíamos ayer"...aquí hay una escritora con futuro...pero aún está verde. Si sigue asi no tardará mucho en dar frutos singulares.Creo.

 

 

   

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1 agosto 2012 3 01 /08 /agosto /2012 07:45

 

Recuerdo aquella magnífica película, para mi un juvenil rito de paso, que fue "La escapada", dirigida en 1962 por Dino Risi, con Vittorio Gassman, Jean-Louis Trintignant y Catherine Spaak. Bruno y Roberto (el maduro vividor Gassman y el tímido estudiante de derecho, Trintignant) se conocen casualmente en una Roma vacía por el calor (inicio de los años sesenta, el boom turistico alucinante aun no habia estallado en las grandes capitales europeas) y realizan una "road movie" divertidamente critica por una Italia que comienza a renacer de la postguerra y donde las nuevas costumbres relajadas y vitalistas chocan con la tradición y la hipocresía social y religiosa de la Italia de siempre.

Pero para mi fue fundamentalmente (uno era un casi adolescente fascinado por la libertad ruidosa y divertidamente audaz de Gassman, aunque secretamente identificado con el jovencísimo estudiante de derecho Trintignant, carrera en la que yo ingresaría pocos años más tarde) un rito de  paso intelectual y sensual, la constatación de que habia un mundo mas allá de la lobreguez gris de la juventud española de aquellos años y, naturalmente, de la sociedad de la sustentaba.

Aunque ya entonces rechacé la moralina que se desprendía de su final como algo que sospechaba habia sido impuesto por esa doble moral tan fustigada en la película, no impidió que disfrutara de ella y del mensaje vitalista y existencial implícito.

Como en la película, el mes de agosto cae sobre mis dos hogares, el Bajo Aragón y la Barcelona escandalosamente  invadida por los "guiris" y yo me siento un poco como el estudiante de derecho  que fui en aquellos años o el estudiante de lo humano y lo divino que soy en la actualidad,  embaucado para que rompa mi disciplina de escritura por el existencialismo libre y un poco transgresor de Gassman (hogaño representado por el ansia de viajar --por dentro sobre todo-- que para mí ha sido siempre unos de los acicates más permanentes de la busqueda).

Así que voy a permitirme quedar en el relativo silencio de un blog que hasta setiembre solo se va a alimentar de las criticas que publico en el periodico "La Comarca" y un par de excursiones por esos caminos de Dios.

Que lo pasen ustedes bien y regresen conmigo en setiembre. Por una vez el nulle die sine linea no va a ser respetado. No se me tenga en cuenta. Es por un buen fin.

 

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27 julio 2012 5 27 /07 /julio /2012 07:45

una_casa_llena_de_palabras.jpg

 

Hubiera preferido con mucho que la editorial Roca hubiese dejado el título en español traducido libremente del inglés: "Las hermanas fatídicas" (The weird sister") como guiño al lector enterado (las tres brujas que le auguran la corona a Macbeth son calificadas por Shakespeare de "las hermanas fatídicas" y en el transcurso de la novela, "Una casa llena de palabras" --es un título infortunado, a mi parecer--, se hace referencia a esa imagen como reflejo de las tres protagonistas de este libro: las hermanas Andreas, Rose, Bean y Candy (justamente hay algunas referencias en la novela a la importancia del número tres en W.S.).

Es una novela de mujeres, escrita por una mujer, Eleanor Brown, (por cierto es su primera novela, de una increíble madurez, ternura, humor e ironía) en la que se nos cuenta un momento puntual de la historia de la familia Andreas. El matrimonio, formado por un pintoresco profesor universitario que sólo suele expresarse con citas de Shakespeare, un ama de casa, la madre, a la que un cáncer de mama coloca como el revulsivo que pondrá en marcha la trama y las tres hijas, Rose (basada en la Rosalind de "A vuestro gusto"  -O "Como gustéis" en otras traducciones--), Bean (la Bianca de "La fierecilla domada") y Cordy (la Cordelia de "El rey Lear"), vuelven al hogar familiar para cuidar y acompañar a la madre enferma.

Claro, como suele suceder, las cosas no son tan altruistas y claras. y lo sabemos desde el prologo: "Volvimos a casa porque habiamos fracasado". Rose, inteligente y eficaz, tiene un talón de Aquiles: necesita sentirse necesitada, sobreprotege a los que le rodean y lo da todo por volverse imprescindible aunque luego maldiga y desdeñe su afán de servicio. En pro de esa imagen está dispuesta a encerrarse toda la vida en la pequeña ciudad universitaria donde vive la familia y renunciar a su amor por Jonathan, que vive en Londres. Bean, la mas hermosa y seductora de las hermanas, huye de su pasado para conquistar Nueva York con su inteligencia y su belleza. Pero allí sus monstruos personales la dominan y debe volver a la casa familiar con una amenaza legal sobre la cabeza y un delito inicuo y absurdo cometido por pura inconsciencia. Y la más joven, Cordy, la mas mimada, irresponsable y nomada de las tres. Vive una vida de hippy trasnochada y tan promiscua como la de su hermana, es bondadosa e inquieta y vuelve a casa porque ha quedado embarazada y quiere conservar a su bebé.

Con esas bases Eleanor Beown nos teje una novela inusitadamente madura (para ser la primera) en la que brillan tres aspectos por encima de los demás. El primero es la esencia argumental del libro: una familia que vive con y para los libros, con la lectura compulsiva como motor cotidiano, como consuelo de sus problemas ("no hay ningun problema que no se resuelva con un carnet de biblioteca"), como distracción y como necesidad. Segunda,  los miembros de la peculiar familia se comunica entre sí usando a menudo de citas de Shakespeare (aunque a veces y sobre todo en el padre, acaba siendo cargante por lo exclusivo) no siempre adecuadas, oportunas o sufienetemente relacionadas con lo que ocurre. Y así en la página 126 se nos dice: "en nuestra familia siempre hemos comunicado los sentimientos más profundos por medio de las palabras de un hombre que lleva casi cuatrocientos años muerto".

 Y tercero, el punto de vista narrativo. La Brown recurre a una técnica usada alguna vez por Faulkner, si no me equivoco, pero que en su caso logra redondear con suma habilidad. Se trata de una voz colectiva, la primera y a veces segunda persona del plural (nosotras, vosotras) en la que representa a las tres hermanas, pasando de una a otra con endiablada eficacia, sin que sepamos nunca cual de ellas habla y por el contexto tengamos que adivinar que es precisamente de la que no se habla en ese momento. La técnica no resulta farragosa en ningúna ocasión y logra bastante claridad, impulsada por una ironía y una frescura crítica que dan solidez a los tres personajes. Y el realismo queda acentuado cuando el narrador colectivo se dirige al lector y le dice (pag 98 "aunque te pido que esperes hasta que sepas hacia dónde vamos") o ("Mira, nosotras nos queremos. Lo que pasa es que no nos caemos demasiado bien", pag. 33)

La narración va complementando el hoy de las tres hermanas, en su lucha por ordenar sus propias vidas y tratar de ayudar a los padres, inmersos en su propia lucha y su dolor, con un adecuado uso del flahs back descrito por algunas de las voces que forman el narrador colectivo. El pasado de la familia se nos cuenta (quizá es en el único apartado donde hay algunas páginas innecesarias ( la escapada de las tres hermanas niñas en el coche paterno para ir a tomar helados) y la trama va ajustándose a un cuadro de "happy end" que suena un poco artificial. Pero ha sido tanto el encanto desplegado por la Brown, que se lo perdonamos y nos quedamos con una cierta nostalgia por saber cómo se desarrolla la segunda parte de la vida de las hermanas, ya que hemos asistido a un triple rito de paso de la adolescencia psiquica a la madurez en tres jóvenes mujeres dotadas de mucho encanto.

Conviene recordar que en esta novela de mujeres, complejas, dificiles, inseguras, pero entrañables, los hombres son mero elemento decorativo, tópicos y de postal en el mejor de los casos (como el novio de Rose o James Andreas, el profesor y padre de las hermanas, que resulta de cartón piedra o el sacerdote Aidan). Quizá cabría preguntarse, un poco psicoanaliticamente, sobre la madre que no pasa de ser una figura cuyo unico papel es de ser el revulsivo, la causa motora, del reencuentro de las hermanas y siempre ocupa un lugar secundario y acomodaticio con la trama. Pero esto no quita peso a una firmación: lean esta novela, señoras (y señores inteligentes), les encantará.

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22 julio 2012 7 22 /07 /julio /2012 07:13

eliade-y-Jung.jpg

 

José J. de Olañeta, ese editor que publica libritos deliciosos, de pequeño tamaño pero gran interés, ha sacado la segunda edición del ensayo que Harry Oldmeadow dedicó a analizar las figuras convergentes de Mircea Eliade, el rumano especializado en historia de las religiones y de Carl G. Jung, el psicólogo suizo, seguidor díscolo y rebelde de Sigmund Freud, en el que la psicología profunda se unía a un profundo espiritualismo que estaba en la raiz de los esenciales desacuerdos con el genio del psicoanálisis.

El librito se subtitula "Reflexiones sobre el lugar del mito, la religión y la ciencia en su obra". Nos ilustra sobre la vida y la obra de Eliade y su encuentro con Jung a partir de las conferencias Eranos, congresos de estudiosos y pensadores sobre la  psicología, las religiones y la espiritualidad, organizadas por Jung. Eliade acudió desde 1950 hasta 1962. Las inquietudes intelectuales y espirituales de ambos hombres eran muy coincidentes, principalmente en el análisis de la naturaleza de las experiencias místicas. Durante esas conversaciones Eliade destaca no sólo la deriva mística de Jung, sino el rechazo y la crítica hacia el establishment científico que le desautoriza e ironiza sobre su obra y su práctica espiritualista. Esoterismo, alquimia, misticismo oriental, chamanismo, los sueños y las  patologías de la civilización moderna, son algunos de los temas en los que los dos pensadores solían converger o se respetaban mutuamente en sus divergencias (sobre todo en lo que concernía a la preeminencia de la cultura europea de Jung sobre cualquier otra, mientras que Eliade se habia decantado casi desde el principio por oriente). Para Jung el "primitivismo" de Eliade era una cuestión antropológica aceptable, en tanto el suizo cultivaba un sincretismo en el que la base sólida, la cultura básica que "admitía" o se "enriquecía" de las orientales era la cultura europea y su  "firme y racional" identidad histórica.

.El autor nos muestra la ruptura de Jung y Freud (que aseguraba no poder aceptar la "indeferencia de Jung hacia la lógica científica") y la casi total toma de partido por el lado de Freud de la comunidad científica (que no tardaría tampoco en colocar a Freud en un cesto diferente pero en el mismo container de los "misticos, ocultistas, simbolistas" donde anteriormente colocaran a Jung).

Una vez colocadas ambas figuras en el contexto histórico intelectual que les corresponde, el autor acaba su análisis con una mirada en perspectiva de la importancia de ambos hombres, a los que se coloca en una suerte de "humanismo con atavíos cuasireligiosos", para terminar haciendo una encendida defensa de su importancia: "El hecho de que no puedan estar --ambos-- a la altura de las pretensiones de sus admiradores más exagerados no es ninguna razón para rechazar o ignorar su obra, que posee una riqueza y una profundidad que raras veces encontramos entre los autodenominados sabios de nuestro tiempo". Y añade: "Deberiamos estar agradecidos a Jung y Eliade por rescatar sus disciplinas respectivas de las garras de ,los materialistas y sus cómplices, y por sus intentos de salvar el aparente abismo que existe entre la religión tradicional y la ciencia moderna".

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