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1 enero 2013 2 01 /01 /enero /2013 08:26

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He seguido con sumo interés la trayectoria filosófica del profesor de la UB, Josep Maria Esquirol. Me encantó con "El respeto o la mirada atenta" ( Gedisa, 2006) y ahora he leído "El respirar de los días" (Una reflexión filosófica sobre el tiempo y la vida) --Paidós 2009-- atraído no sólo por el tema, tan esencial en la vida humana, sino por la promesa de que la lúcida mirada atenta de Esquirol estimule mi propia reflexión con ese discurso claro que, sin ser demasiado nuevo o revolucionario, aporta una elaboración filosófica sugestiva y oportuna de una cuestión que constituye uno de los nódulos de pensamiento práctico que cualquier persona, no sólo los filósofos, tiene casi permanentemente planteada (a veces sin ser plenamente conscientes de ello).

Bajo el bello título nacido por analogía con el clásico trabajo de Hesíodo ("Los trabajos y los días"), Esquirol posa la mirada analítica en la esencia del término y el concepto, ¿qué es el tiempo?, ¿puede darse como un presente especial a otros o a uno mismo? ¿por qué hablamos de una dimensión curativa, terapéutica del tiempo? ¿cómo articulamos la realidad de la finitud? ¿cómo vivimos la paradoja de este tiempo en el que de continuo hablamos de "no disponer" de él?, ¿conocemos el influjo con que el paso cotidiano del tiempo afecta decisivamente nuestra salud y nuestra orientación? ¿qué significa el consejo clásico de "vivir el presente" y en qué consiste tal cosa?

La permanente  búsqueda de sentido a todos los tópicos y lugares comunes que se relacionan en el lenguaje popular y en el ético o filosófico con el concepto del tiempo articula el discurso en las sugestivas páginas del libro, al que parafraseando a Esquirol, "hay que dedicarle tiempo". Decía Steiner que hay libros que esperan pacientemente a que el lector sintonice de forma íntima con ese estado de ánimo, despierto y sosegado, para dejarse leer y embrujar al lector. Este es uno de ellos.

Con un lenguaje ameno y sencillo Esquirol desgrana los subtemas relacionados con el tiempo, desde los ritmos que impulsa el paso del tiempo y su relación con nuestro cuerpo y el resto de los seres vivos, al tiempo paradójico, al tiempo "que nos queda", es decir la presencia del fin, de la muerte y la necesidad de residir en la habitación de la vida con vistas serenas a su término, el aprovechamiento vital y mental del tiempo, el carpe diem, la necesidad de la atención como elemento clave para comprender el tiempo, la sabiduría que conlleva el saber dar nuestro tiempo, la importancia de la noción de la lentitud como estilo de vida, el ser consciente de los excesos y aceleración de una forma de "consumir" el tiempo (una experiencia frustrante que parece ser un tópico vital en esta época en que vivimos) y la consciencia del tiempo que pasa, del desgaste que conlleva y de la categórica irreversibilidad esencial del tiempo. Todo ello nos lo cuenta Esquirol con la sencilla ausencia de drama y el realismo que parecen haberse contagiado de "La coplas a la muerte  del maestre don Rodrigo" de uno de nuestros grandes clásicos, Jorge Manrique  (siglo XV).

Quizá vivimos una de las épocas históricas en las que la reflexión serena sobre el tiempo y su inexorable paso pueda ser más pertinente y aleccionadora. Como escribe Esquirol en su introducción, "paradójica progresión de la velocidad y regresión del tiempo que se nos da y que nos damos: con velocidades al límite, muchas prisas incesantes y, en cambio, escasa atención a las cosas y las personas, poca o ninguna calma serenamente vivible"... ya que "el tiempo propicio para el pensamiento --y para la vida-- es un tiempo lento".

Tiempo lento y mirada atenta es la que aconsejamos para entrar en este libro breve y sabio (no llega a las doscientas páginas) que no dejará a nadie indiferente o aburrido.

 

FICHA

."EL RESPIRAR DE LOS DIAS".- Josep Marìa Esquirol.- Editorial Paidós. 190 págs. 19 euros.

 

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28 diciembre 2012 5 28 /12 /diciembre /2012 10:07

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Nuevamente Julián Barnes. Esta vez no comentamos un libro de ensayo, sino una novela que tiene mucho que ver con el tema básico de su ensayo, "Nada que temer", el paso de la vida, la cercanía de la muerte, la necesidad de una cierta ética, el efecto disgregador del tiempo y la función ambigua y fuertemente inexacta de la memoria. Es decir, las imperfecciones con las que funciona nuesra memoria sobre todo cuando la aplicamos a los episodios que vivimos en el pasado sobre amistad, amor o comportamientos y ética personal. El paso del tiempo varía los contenidos y muchas veces las conclusiones. De esto trata la nueva novela de Barnes.

Empecemos diciendo que no está a la altura de otras obras de este autor. Quizá la melancolía del tema y la conocida obsesión de Barnes por el paso del tiempo y la cercanía del fin ha contagiado las páginas de esta, por otra parte, entretenida narración, donde apunta, menos que otras veces es cierto, la juguetona y ácida ironía del autor, su humor en diálogos y descripciones y la fuerza de sus personajes. Como en el caso de Auster, parece que el éxito y la molicie que supone desde el punto de vista intelectual saber que, sea como fuere, lo próximo que publicas tendrá un público fiel que acudirá en masa a las librerías, hace que se resienta la calidad y la ambición renovadora que todo creador literario debe  mantener (premonición expresada cuando el librero Serret me pasó el volumen y confirmada tras la lectura).

Ya desde la primera página, un magnífico conjunto de propuestas aparentemente surrealistas que luego quedarán explicitadas en la lectura del libro, se nos advierte cuál será el meollo del libro, su espíritu: "...lo que acabas recordando no es siempre lo mismo que lo que has presenciado" y en la página 12, "...ya no tengo la seguridad de que algunos sucesos fueran reales, al menos recuerdo con claridad las impresiones que dejaron" (lo cual no deja de ser sorprendente).

Asistimos, a través de la voz del narrador perteneciente a un joven, Tony Webster, a la presentación de su pandilla en el instituto y a la aparición de un nuevo miembro, Adrian, cjya inteligencia y personalidad  les motivará a través de la vida, aunque sobre todo es la decisión y acto de suicidarse la que creará el motivo causal del desarrollo de la trama. En la que, como es preceptivo, conoceremos la relación amorosa, breve y conflictiva, que años más tarde constituirá el nudo argumental de la relación entre Tony y su admirado Adrian.

Impulsada por dos motores argumentales, el pasado juvenil y primeros amores de Tony y su madurez, donde la presencia y testimonios de los amigos, modificará y aclarará muchos de los hechos narrados como auténticos de la primera parte, la novela camina algo cansinamente  hacia ese "sentido de un final" (título insulso y trasparente, que llama la atención en un autor que titula muy bien sus libros) que no sorprende demasiado y que en sus detalles se hará muy previsible.

Obra menor pues en el conjunto literario de Barnes, lo cual no disminuye la calidad intrínseca de ese opus, pero alerta al lector informado en el sentido de que uno no debe fiarse demasiado de los ditirambos de la prensa y las editoriales, incluso  de los premios --esta novela obtuvo del Man Booker Price-- a la hora de leer un libro.

De alguna manera, si ustedes me permiten, la brillante frase que el personaje de Adrian cita en la novela respecto a la historia, "es esa certidumbre que se produce en el punto en que las imperfecciones de la memoria se cruzan con  las deficiencias de la documentación" (pag.28), podría aplicarse a "El sentido de un final", que quedaría como "el resultado literario que se produce en el punto en el que la imperfección del trabajo de un escritor dotado se cruza con las deficiencias en el desarrollo de un buen argumento".

Pero para satisfacción del lector, apuntemos también que la novela nos brinda momentos y comentarios en los que la afilada inteligencia de Barnes brilla con todo su esplendor. Y así, en una reflexión del protagonista sobre el tiempo, escribe: "...el tiempo primero nos encalla y después nos confunde. Creíamos ser maduros cuando lo único que hacíamos es estar a salvo. Pensábamos que éramos responsables cuando solo éramos cobardes. Lo que llamábamos realismo resultó  ser una manera de evitar las cosas en lugar de afrontarlas. El tiempo... que nos den tiempo suficiente y nuestras decisiones más sólidas parecerán temblorosas, nuestras certezas, fantasiosas" (pág.120). Como ven lúcida y admirablemente bien expresado. A veces, Barnes logra recordarnos la excelencia de otra pluma magistral, la del mismísimo Will Shakespeare. ¿O no?   

 

 

 

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21 diciembre 2012 5 21 /12 /diciembre /2012 10:22

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Reconozco mi debilidad por el cine oriental, ya sea el japonés o el chino o, en el otro eje del mundo, el iraní o el pakistaní, con  la excepción del indio, demasiado pretencioso para mi gusto (no en vano es India una de las potencias cinematográficas del mundo). Por supuesto que no todo lo  que nos llega es sobresaliente, como la que hoy nos ocupa, pero generalmente mantienen un listón alto de dignidad y profesionalidad. "Pollo con ciruelas" es una película que ostenta un muy aceptable nivel.

.Dirigida por los realizadores de "Persépolis", la iraní Marjane Satrapi y Vincent Paronnaud, nuevamente basados en los cómic de Satrapi,  nos cuenta la historia de Nasser Ali (un soberbio Mattieu Amalric, insuperable en papeles ambiguos y ligeramente alarmantes e incluso amenazadores: tiene una potencialidad de locura y violencia en la mirada que lo convierte en un icono del actor de carácter), un violinista que al perder  su violín--destrozado por su mujer, en un rapto de celos hacia la música, otra gran interpretación de la portuguesa Maria de Madeiros-- decide acostarse y esperar que la muerte se lo lleve.

Es curioso que un filme iraní se base en tras intérpretes extranjeros, el protagonista, francés, el papel de su mujer, para una portuguesa y el de la madre de Nasser Alí, importante en la trama, aunque solo salga en dos largas escenas, la italiana Isabella Rosellini. La trama nos lleva, a través de flash back y de una forma un poco desordenada y a veces bastante cursi a recorrer la vida del joven músico, su gran amor imposible, la hija de un relojero, que le hará buscar el éxito y que jamás llegará a satisfacer. Su matrimonio forzado por la imponente Isabella, su madre, con una mujer a la que no ama y su paternidad sin ilusiones y sin esmero. Hasta el juego final con la muerte, el terrorífico ángel Azrael, como una pobre imitación de Bergman, en la que el caballero es un pobre infeliz y la muerte un jugador tramposo.

Por tanto no hablamos de una gran película, pero sí de una cinta realizada con dignidad, con una fotografía magnífica y unas buenas interpretaciones. Quizá falla un poco la trama y sobre todo la técnica narrativa, pues es un buen tema aunque está contado de una forma que no está a la altura.

Hay elementos mágicos inspiradores en esta historia contada con sencillez y con ganas de agradar. Romanticismo a tope, un cierto ambiente naïf que nunca resulta desagradable y la sensación de estar escuchando un cuento de hadas a la manera iraní, "erase una vez una persona que existió, o tal vez no existió...".

Hay un cierto aire a "Amelie", el éxito del cine francés, una suerte de comedia mágica, algo tontorrona, aunque aquí el tono de comedia no acaba de encontrar su camino y va siendo desviado por pinceladas algo cutres de desamor, violencia, depresión o miedo. El amor imposible por la hija del relojero, que empieza con el tono "Amelie", acaba de una forma triste y algo cursi, al modo de "Delicatessen", con toques de leyenda y cuento de las "Mil y una noches" (no en vano hablamos de Teherán de los años 50, cuando aún el fanatismo religioso no ha destrozado una de las culturas más hermosas y variadas del mundo).

Se percibe la textura estética del comic de donde procede y que es el oficio principal de la directora, con lo que visualmente estamos ante una cinta deliciosa en todos los sentidos, a pesar o quizá debido a la artificiosidad que el talante de cómic imprime al cine (recuerden "Sin City", por ejemplo). Por eso muchos planos parecen surgidos más de un cómic que de una película de acción real y el tono general de la dirección artística es uno de los grandes hallazgos y méritos de la película. Gran banda sonora de Olivier Bernet.

En resumen, a pesar de sus fallos, no se la pierda. Disfrutará con ella..



  



   

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19 diciembre 2012 3 19 /12 /diciembre /2012 10:50

 

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Alessandro Baricco es una de las voces más singulares y brillantes de la literatura italiana de la actualidad. Autor, entre otras, de "Seda" (de la que se realizó un interesante película y 17 traducciones), "Emaus", "City" o "Homero, Iliada", Baricco nos ofrece con  "MrGwyn" el retrato de un escritor que parece surgido de la pluma de Salinger o de Auster, comparte unas memorables rarezas con ellos y parece tener la misma maestría expresiva y semejante surrealismo vital.Gracias al certero ojo librero de Octavi Serret, he leído este libro para ustedes.

Mr. Gwyn es un escritor relativamente joven, con un par de obras de éxito y otras -- como veremos en el trascurso de la novela-- que ha publicado con nombres supuestos, que decide un buen día dejar de escribir novelas y lo hace anunciándolo a bombo y platillo, junto con cincuentas actividades, comportamientos o actos, algunos desternillantes, que también jura no volve a hacer. Rodeado de personajes secundarios de una fuerza y atractivo dificiles de superar, por ejemplo, Rebeca,  la rellenita secretaria de su editor --que toma el portagonismo a la mitad de la novela-- y éste mismo, un sujeto en silla de ruedas que mezcla una vitalidad y una energías de un Minotauro junto a un sentido del humor irónico y entrañable, el desarrollo de la trama va mostrándonos con pinceladas a veces esquemáticas el proceso de adquisión y uso de la nueva profesión del escritor dimitido: redactor de retratos. Retratos reales, pero sin utilizar pinceles sino pluma y papel. 

Para ejecutar esos inconcebibles retratos, M r. Gwyn idea una serie de medidas a fin de lograr detectar la quintaesencia de la persona retratada y así ofrecer de ellas una descripción que, sin ninguna duda, será reconocida por los clientes como un relato sobre la propia alma, un espejo literario en los que se verán ellos mismos por encima de cualquier equívoco.

Toda la liturgia medio demencial con la que Mr. Gwyn rodea su trabajo y el dramático fin de todo, no permite en ningun momento dejar de lucir una inmensa sonrisa al lector: la novela es un compendio de ingenio y de hallazgos y observaciones inteligentes y sensibles. Puede resultar esquemática, redundante o demasiado artificiosa, pero sin duda alguna no es previsible, ni aburre en ningún momento. Y en estos tiempos esto es un sello de calidad, ¿o no?

Baricco, que en su libro juega con la música y la pintura como componentes narrativos, la musica de Glen Gould o el jazz parecen escucharse en algunas de las páginas de la novela. Tan misántropo como Mr.Gwyn, su autor, Baricco, hace coincidir la trama de su novela con un anuncio semejante de un escritor real, y de los grandes, Philipp Roth. Precisamente este novelista, junto a Hemingway, Fitzgerald y el otro Roth, Joseph, forman parte de las influencias reconocidas por Baricco, que ya ha publicado en Italia otra novela, con lo que ya ha callado a los que profetizaban que Mr. Gwyn era la despedida real de Baricco.

En resumen , una novela entretenida para los que amen la variada novelistica de Baricco, los que simplemente quieran pasar un buen rato de lectura de calidad y contraindicada para aquellos a quienes "Seda" les pareció un romántico tostón. Que los hay. 

 

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 FICHA

"Mr Gwyn".- Alessandro Baricco.-Editorial Anagrama.- 184 págs. 16,90 euros.

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11 diciembre 2012 2 11 /12 /diciembre /2012 15:27

 

 

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La situación de la mujer en algunas culturas pasadas (y contemporáneas) es una de las verguenzas que debe  soportar ese animal supuestamente racional y emotivo que es el ser humano. No vamos a entrar en un análisis vergonzante del estado de la cuestión, no es éste lugar para hacerlo, pero muy a menudo la literatura y la poesía han mostrado una sensibilidad muy especial por el mundo femenino, no sólo directamente en muchas de sus obras, sino funcionalmente, proporcionando a las mujeres un medio de comunicación específico y secreto que les permitiera comunicarse y crear literatura al abrigo de la prepotente masculinidad castrante de algunas sociedades. Concretamente me refiero a dos ejemplos, la tradición poética de algunos círculos femeninos en sociedades árabes (la iraní o persa, la libanesa y la saudí) o la japonesa y la china tradicional. Esta última mantuvo durante más de mil años un código secreto de escritura llamado "Nu shu" con el que se comunicaban las mujeres sin que ningún hombre pudiera descifrarlo. Los mensajes eran grabados en abanicos, bordados en piezas de tela o susurrados en canciones populares.

Parece ser que el "Nu shu" nació en una remota provincia de China.

Una escritora chino-norteamericana, Lisa See, viajó allí para documentarse y escribir una novela de amor femenino, "Flor de nieve y el abanico secreto", publicada en España por "Letras de bolsillo" con el título "El abanico de seda".

Por una de esas sincronicidades que surgen en mi vida de lector curioso, el amigo Octavi Serret, me proporcionó para su crítica un libro "El pais imaginado" del argentino Eduardo Berti, recién publicado por la editorial Impedimenta, justo cuando comenzaba a leer la novela de Lisa See. 

Dos muchachas chinas sonríen desde la portada de "El país imaginado". El autor ya había llamado la atención con dos novelas "Agua" y "La mujer de Wakefield". En la que nos ocupa, Berti, creador de mundos no imaginarios pero sí imaginados, hace una incursión audaz al mundo tradicional chino y ni corto ni perezoso coge el motivo del "Nu shu" y la del "lao tong" (la relación íntima y  secreta entre dos mujeres) para perfilar una novela donde el fantasma soñado de la abuela muerta de una de las protagonistas --la narradora-- va encarrilando una historia de amor --no de sexo-- entre dos muchachas sometidas a una tradición donde su voluntad no contaba a la hora de decidir esposo. Como dice la narradora (pág 189) es la abuela la que le habla por primera vez del "país imaginado" cuando está a punto de morir, único lugar donde la mujer ya es dueña de sí misma. Y ese lugar es la muerte, ya que "es el país que nunca dejamos de imaginar, porque no tenemos de él ninguna imagen real".

En una atmósfera mágica en la que el amor y la muerte están inextricablemente enlazados para las mujeres, la novela de Berti juega con viejas tradiciones y sensibilidades poéticas para urdir una trama deliciosa que el lector disfrutará, aunque siempre sin ahondar en la dureza de las costumbres o en las frustraciones de las mujeres que las soportan. Nos describe la sociedad china a caballo entre la tradición ancestral, la guerra contra Japón y la revolución del maoísmo, con tal habilidad que la novela sería premiada en 2011 por el Premio Emecé y este año con el Premio de las Américas.

El libro goza de una introducción del gran Alberto Menguel, que ya nos advierte que la novela no pertenece al "género" de novela de fantasmas, sino que está más en la linea (un poco exagerado, a mi parecer) de "Pedro Páramo". Un mundo de ritos ancestrales, imaginación, culto al detalle poético, rebeldía, lealtad y amor, en las que la relación entre Ling y la bella Xiaomei, se resume en un diálogo entre las dos chicas (pág. 211): "El mundo está mal hecho, dije.--El mundo no está hecho, me corrigió Xiaomei. El mundo es así: algo que promete hacerse y jamás se hace en forma definitiva". Y ese es el ámbito de vida de las dos muchachas, un mundo de perfiles borrosos y cortapisas firmes, habitado por fantasmas, ritos y supersticiones de difuntos, en el que es sumamente difícil llegar a ser feliz, pero donde siempre se pueden llegar a encontrar atajos secretos y realidades paralelas.

El "casamiento fantasma" del hermano de Ling y los entresijos económicos de tales alianzas, perfilan los mejores momentos de la novela, implicando al lector en una lógica gótica que parece sacada de "La novia cadáver" de Tim Burton. "Lo monstruoso de esa boda era que el novio envejecería y la novia jamás, ya que estaba muerta", dice Ling al comentar la boda de su hermano.

Como aseguró Berti en una entrevista, no se trataba de hacer una novela histórico-costumbrista-orientalista. China y esa època en concreto son la excusa. Lo que le interesaba al autor era reflejar unos sentimientos y unas emociones con un estilo conmovido, sencillo y directo, sobre temas universales como el amor, la familia, la tradición, la rebeldía de los hijos y la inevitable llegada de los cambios. Y a fe que lo ha hecho.

 

FICHA:"EL PAÍS IMAGINADO".- Eduardo Berti.- Ed. Impedimenta. 235 págs. 12 euros.

 

     

 

 

 

 

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8 diciembre 2012 6 08 /12 /diciembre /2012 15:46

iris5

 

Hay que revisitar la película "Irish" que interpretó de forma sencillamente magistral Judy Dench, la madura actriz que ha dado su rostro a la poderosa jefa del MI5, M, jefa del mismísimo James Bond, agente 007.

 Junto a ella, interpretando a la joven Iris, Kate Winslet, un poco histriónica y, por fin, como marido de Iris el soberbio Jim Broadbent, uno de los mejores actores de la pantalla británica, siempre en papeles secundarios o de segundo, y siempre dando recitales antológicos de sus interpretaciones.¿Qué es "Iris"? La historia de un gran amor, por encima de todo y, también, la decadencia y final de una de las mentes más interesantes del siglo pasado, la escritora, filósofa y ensayista irlandesa Iris Murdoch, cuyo Alzheimer corrosivo terminó con una carrera literaria de primera magnitud mucho antes de su potencial fin cronológico.

Emocionante, entrañable, divertida, plena de sentimientos, de ingenio y de inteligencia, la película de Richard Eyre está basada en el libro que sobre su vida escribió el marido de Iris, John Bayley, también profesor de Oxford y escritor de segunda fila. Por lo que he conocido de su vida y la del matrimonio, el libro --y la película-- han edulcorado el papel de John, que en la pantalla es un amante esposo, paciente con las infidelidades de su mujer, sosegado y de una abnegación ejemplar y una ternura impresionantes. Pues no, parece que en la vida real el tal Bayley no se parecía mucho a su trasunto cinematográfico y, por supuesto, al actor que le da vida. Parece que los celos literarios y profesionales, la bebida y un carácter de todos los diablos amargaron muchísimo la relación, que pasó por diversas crisis (Iris fue amante, por ejemplo, del Nobel de Literatura Elias Canetti, con quien mantuvo una relación de alto voltaje erótico, dominación y sufrimientos). Lo cierto, no obstante, es que Bayley no se separó de su esposa mientras ésta recorría el destructivo camino del Alzheimer, a pesar de que casi desde el principio mantuvo con ella una relación distante y gélida. El matrimonio duró 45 años, hasta la muerte de la escritora en 1999. 

Nos quedamos pues con la película, producida en Estados Unidos en 2001, que le valió un Oscar a Jim Broadbent como mejor actor secundario y sendas nominaciones a las dos actrices protagonistas. Lo interesante de esta cinta absolutamente de visión obligada, es cómo nos cuenta las relaciones entre las dos personas ya ancianas y la lucha denodada y sin posible victoria contra los estragos de una enfermedad que atenta contra la identidad del ser humano. No hay sensiblerías ni emociones fáciles, ni trucos sentimentales, se nos describe con realismo y objetividad el día a día desolador del matrimonio, con la huida hacia la nada que la escritora va realizando.

Recomiendo encarecidamente la lectura de novelas como "El príncipe negro", "Bajo la red" o "El mar, el mar", en las que los temas esenciales de la Murdoch, el sexo, el amor y el sentido ético de la existencia, son mostrados con una gama sorprendente de inteligentes niveles.

 

 

 

 

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6 diciembre 2012 4 06 /12 /diciembre /2012 10:26

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Hablando de la apasionada novelística de Arturo Pérez-Reverte --uno de los integrantes de la "Tribu" de mi añorado amigo Manu Leguineche-- con el que me crucé en algún viaje cuando era periodista, sin llegar a conocernos, mi mujer me soltó una frase que me dejó pensativo: "Las novelas de Pérez-Reverte gustan sobre todo a los hombres y preferiblemente a los que no suelen leer mucho". La miré asombrado (es un efecto que muy a menudo ella suele provocar en mí, tiene una surrealista mezcla de sentido del humor socarrón, inocencia y lucidez) y me aclaró: "eso me cuentan mis amigas casadas con hombres entre los 30 y los 50". Vaya por delante que A.P.-R. no es de mis autores predilectos aunque disfruté muchísimo con "El Club Dumas" y "La Tabla de Flandes" sin olvidar sus provocadores artículos. Valoro el empujón a  la lectura que tienen sus novelas de Alatriste y compañía pero no logro engancharme a su estilo. Por eso me propuse leer y opinar, que no valorar, sobre su última novela: "El tango de la Guardia Vieja" que, según parece, se salía de los cánones de su obra habitual (proporcionada por el afán de actualidad literaria del librero Serret).

Lo primero que descubrí es que no se sale del canon pérezrevertista, lo segundo es que es tan divertida y llevadera como casi todas las de este esforzado y pendenciero galeote de la pluma y lo tercero es que, como a Baroja o Blasco Ibáñez, a Arturo no hay que pedirle que produzca peras  en el olmo de su ingenio. Es dinámico, atractivo y honesto: lo que escribe lo hace bien, muy laboriosamente y con ganas de conquistar. El que busque literatura de profundidades y calidades superiores que se vaya a los clásicos (antiguos, modernos o contemporáneos, que haberlos, haylos). Y como coda a esas opiniones, dar la razón a la frase que mi mujer me brindó. Arturo es un autor de colegas, compadres, amigos del alma y el cuerpo, varones encendidos por las hormonas o la tradición, nostágicos de la pública virilidad de otros tiempos --si es armada, mejor-- héroes desfasados y caballeros de la vieja escuela, corteses, valientes y amadores. Vamos, cuando leo a A.P.-R. siempre acabo pensando en uno de los más cálidos y disparatados personajes de don Ramón (Del Valle-Inclán), el marqués de Bradomín, "feo, católico y sentimental" y sobre todo un caballero con las espuelas gastadas y la  capa remendada, pero digno el porte y con la dignidad como escudo.

Las aventuras del "bailarín mundano" Max Costa ya sea a bordo de un buque trasatlantico de pasajeros en los años 20, en Niza o en la Italia de los 60, sus amores con Mecha Inzunza, esposa de un compositor que pretende --por una apuesta con su amigo Ravel-- escribir el tango más puro y perfecto, los dos reencuentros de la pareja a través de todo el convulso siglo XX, en una trama de espionaje, tanguistas, ladrones de guante blanco, campeones de ajedrez, tiradores de navaja, prostitutas, mujeres aristócratas, banqueros que financian a Franco, policías de Mussolini, alcohol, drogas, unas pitilleras con o sin iniciales que aparecen por toda la narración y citas constantes a vestimentas, marcas de objetos de lujo o de objetos comunes, canciones y cantantes de los 20 a los 60 y, en definitiva, un collar del perlas que resiste al paso del tiempo y de algunas manos y que deviene el símbolo de toda la novela y que, para completar la metáfora, lo vamos a engarzar en un reloj de arena que marca el paso de la juventud a la vejez.

Todo eso es "El tango de la Guardia Vieja", literatura de aventuras y amor, de lances violentos, algo de intriga y unos individuos que viven esa trama bajo los códigos inmarchitables de la elegancia, la buena educación, un cierto aire canalla y la pasión amorosa. Max y Mecha son como los figurines tópicos de las novelas galantes de otra época. El con su aire impecable, elegante y desde luego arrebatadoramente guapo, con sus toques de prepotencia y chulería y ella, tan hermosa como audaz y segura de sí misma, pero también apasionada hasta el exceso --don Arturo no ha calibrado bien las descripciones de los encuentros sexuales, que resultan...un poco cursis-- que encontrará en Max la horma de su zapato sensual.

Hay una concienzuda documentación --a veces demsiado evidente. suena a catálogo de los tiempos perdidos-- y un afán por recrear un época ya casi olvidada, excepto por el cine y la literatura. Sin embargo no hay tono de nostalgia o aquello de "cualquier tiempo pasado fue mejor", la dinámica efervescencia de la trama no deja lugar a filosofías ni reflexiones. Y esa inmediatez se hace ritmo y el ritmo narativo acaba por encantar al lector, como esa musiquillas orientales en las que una sola frase va reptiendose en variadas formas, causando un efecto hipnótico. Cuando acaba, queda poco. Ha sido un entretenimiento. Y eso es bastante... aunque no suficiente.

 

 

FICHA: "El tango de la Guardia Vieja".- Arturo Pérez-Reverte.- 497 págs. Ed. Alfaguara. 20 euros. 

 

 

 

 

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30 noviembre 2012 5 30 /11 /noviembre /2012 17:32

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Unas niñas leen ante las cámaras de televisión unas informaciones sobre el desplome del mercado financiero por la situación de la deuda de Abu Dabi. Su padre las ve en el televisor de la prisión donde se encuentra entre otros muchos delincuentes financieros. En "La hoz y el martillo" uno de los relatos del libro "El ángel Esmeralda" del escritor neoyorquino Don DeLillo, se nos muestra la perplejidad que causa la desinformación que invade nuestro mundo actual, el agobio de la percepción sometida a unos cambios incesantes, casi siempre brutales, que constituye una de las lacras en las que vivimos los ciudadanos de las llamadas sociedades desarrolladas. Los datos de la inseguridad económica que la niñas recitan sin saber su significado dan una espectral imagen del desconcierto de nuestra época sometida a fuerzas cuyo control se nos ha escapado. Hay algo siniestro en la imagen de que sean niñas pequeñas, como si jugaran, las que reflejan el estado de inconsciente irresponsabilidad que se ha apoderado de los que influyen en la situación financiera de nuestro mundo.

DeLillo es uno de los escritores más respetados --y no muy conocidos popularmente-- de la literatura norteamericana actual. No hay concesiones en este intelectual cuya prosa tiene la contundencia y el encanto de un híbrido entre las fulgurantes imágenes de un Faulkner, la firmeza de un Hemingway y la elegancia expresiva de un F.S.Fitzgerald.

Nueve cuentos forman el libro editado por Seix y Barral (facilitado a este crítico por el providencial Serret de Valderrobres)  en los que este multipremiado novelista --desde que en 1985 se llevó el prestigioso National Book Award por "Ruido de fondo"--, nos ofrece una selección (realizada por él mismo) de sus mejores cuentos escritos entre 1979 y 2011.

Después del 11-S, DeLillo escirbió "El hombre del salto" que era una metáfora paralela a "Ruido de fondo" de 1985. Si en ésta se nos cuenta la odisea de una familia que huye de una nube tóxica entre la desinformación y el caos, en la primera se nos habla de un equilibrista que poco después de la tragedia de las Torres Gemelas se pasea por un cable tendido entre altos edificios, siempre cabeza abajo, rememorando la icónica fotografía o filmación de los sujetos que se lanzaron de las ventanas del World Trade Center en llamas. En ambos casos se repite un mensaje habitual en las novelas de este escritor inquieto: la crítica al efecto demoledor que la sobreinformación y la sobrecarga tecnológica está produciendo entre las personas. Cómo se deforma el mensaje de la vida, sus valores y su equilibrio debido a la manipulación bastarda que el estilo de vida de las sociedades avanzadas difunde como un producto inevitable. Eso explica el absurdo de que los personajes de De Lillo traten siempre de reducir el conflicto social y económico del momento a unos parámetros inmediatos, visibles, que nos permitan creer que sabemos quiénes son los causantes del desastre que vivimos y  de esta forma calmar nuestro superticioso temor.

Los relatos de "El ángel Esmeralda" van reincidiendo en esa visión desencantada y mítica de la condición humana. Hay una metáfora global que encuadra a los personajes de De Lillo y la cuidadosa y detallista descripción del vacuo desconcierto de sus vidas. En el relato que da nombre al presente libro, dos monjas que trabajan en el Bronx neoyorquino son forzados testigos de la salvaje muerte de una niña y de un fenómeno que hace creer a los fatigados y enojados vecinos de la zona que se ha producido un milagro y que la niña muerta aparece como símbolo de cualquier cosa maravillosa. El sobrio relato va despojando al lector de expectativas: no hay nada que esperar de una sociedad capaz de crear individuos como los que bullen en ese barrio marginal del país más próspero y poderoso del mundo.

Otro relato "Momentos humanos en la III Guerra mundial" nos cuenta la experiencia de dos pilotos espaciales, que circunvalan el planeta en una nave con la misión de disparar contra objetivos señalados por la base, como si fueran parte de una gigantesco juego del que no saben sus consecuencias. Relativizada la tragedia bélica por la distancia espacial desde donde intervienen. En este contexto, los astronautas escuchan  por la radio emisiones radiadas hace más de 50 años que siguen flotando en el éter. Uno de los personajes reflexiona: "Olvida la medida de nuestra visión, el barrido de las cosas, la propia guerra, la terrible muerte. Olvida el arco de la noche que nos cubre, las estrellas como puntos estáticos, como campos matemáticos. Olvida la soledad cósmica, el flujo hacia arriba del pasmo y el miedo reverencial".

En "La acróbata de marfil", una norteamericana nos cuenta sus desazonantes experiencias durante un terremoto que sacude Atenas. La mujer vuelve a ser una metáfora de esa actitud humana que refleja De Lillo en muchos de sus personajes, una espera paciente y educada de unos acontecimientos que te superan aunque trates civilizadamente de darles una explicación y un significado. En "Creación" nos habla de una pareja de turistas que ha quedado detenido en un pequeño aeropuerto de una isla de las Barbados, el miedo y la trivialidad de la desesperanza y la vulnerabilidad en el seno de una sociedad opulenta que cree tenerlo todo controlado. En "El corredor", es el secuestro de un niño el elemento que distorsiona la apacibilidad del ejercicio de un joven que corre deportivamente por la ciudad. La búsqueda de un sentido a un hecho violento que conmueve, un sentido que lo "normalice" y lo haga aceptable, es la lucha del propio De Lillo por mostrarnos la vulnerabilidad de nuestra época, tan creída de sí misma.

Como dice uno de sus personajes "Hay cierto consuelo en creer lo peor, con tal de que sea el convencimiento imperante". De Lillo busca en la confluencia social de la alarma o el temor, o el simple terror a lo que ocurre y a lo que puede ocurrir, una suerte de catarsis que tranquiliza al ciudadano, no en cuanto no vaya a ocurrir la desgracia que se anuncia sino en que no va a estar solo ante ella, va a compartirla con los demás y en ese anonimato del número encuentra una especie de triste consuelo.

Para dar un valor suplementario a esta prosa, De Lillo nos sorprende muy a menudo con fulgurantes frases en las que brilla una extraña poesía. Y así, por ejemplo, describe a un personaje como "un hombre formalmente ausente de su menor gesto o palabra" (pag. 165) o en "Baader Meinhof" escribe que una mujer que mira una serie de fotografías en una sala de exposiciones sobre la mítica banda terrorista alemana, siente " una intimación detrás de ella, un leve desplazamiento de aire y así supo que habia alguien más en la habitación". (pág.119)

Relatos para leer al menos dos veces. Como en el cuento de Cortázar "Las babas del diablo" siempre hay algo que se nos escapa en una primera visión. Un detalle primordial. De Lillo suele generar muchos de esos detalles. Su lectura es una gozada.

 

FICHA: EL ÁNGEL ESMERALDA.- Don DeLillo.-Ed. Seix Barral. Biblioteca Formentor. Traducción de Ramón Buenaventura.235 págs.19 euros

 
   
   

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23 noviembre 2012 5 23 /11 /noviembre /2012 08:50

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Harold Fry es un hombre tímido, educado, de esos que "dan las gracias a la voz pregrabada que te da la hora por teléfono" y tiene un pasado triste del que es parcialmente responsable y que en su presente se refleja en forma de una relación fría y llena de reproches con su esposa Maureen  y una incapacidad para gestionar sus propios sentimientos. Está jubilado y su vida cotidiana está llena de silencios y de amargura. Un fragmento de ese pasado que prefiere olvidar, una vieja amiga --Queenie Hennessy--, le llega en forma de una carta en la que se le comunica que la mujer tiene un cáncer terminal y está a punto de morir. Solo quiere hacerle saber que le recuerda con cariño, pues "fue muy amable conmigo cuando trabajamos juntos". Harold escribe una carta de respuesta de la que se siente fuertemente insatisfecho y sale de casa, "vuelvo enseguida, Maureen, voy al buzón". La mujer está pasando el aspirador y ni le contesta.  Harold comienza a andar y, de pronto, sin pensarlo en absoluto, decide seguir andando y al fin, llevarle la carta en persona a su amiga moribunda que está en un hospital en la otra punta de Inglaterra. Le debe mucho a esa amiga y se siente culpable y arrepentido de lo que ocurrió veinte años antes. No lleva ropa adecuada, calza unos mocasines, no lleva dinero, ni mapa, ni brújula. Solo determinación y hasta el motivo aparente, alguien le dice que otra persona hizo lo mismo que él y logró que el cáncer de la persona amada remitiera, es desestimado, "los cánceres terminales no se curan nunca".

 Así empieza la primera novela de Rachel Joyce. Hasta la página 303 no sabremos qué es lo que ocurrió en la fábrica donde ambos trabajaban para que fuera despedida con malos modos. Pero han de trascurrir 87 días y un recorrido de 1009 kms para que Harold, y el lector, lleguen a un final que también es un principio. El  viaje del caminante  sigue aparentemente una estela parecida a la que en "Forrest Gump" vimos en el cine (sobre todo en el proceso de acompañantes espontáneos). Pero aquí no hay secuencias de humor que atemperen lo trágico, el drama de un hombre que va en peregrinación huyendo de sí mismo, la peregrinación como forma de expiación (un recurso clásico en la literatura y la poesía). La novela acompaña el periplo, las fatigas, las dudas, los momentos hermosos, las compañías no buscadas, el éxito mediático (que a Harold le parece un obstáculo y una molestia pero que no sabe cómo evitar) y en realidad asistimos al retrato fidedigno y profundamente humano de las debilidades, el altruismo, la ambición y la incomunicación de las personas  en el mundo que nos rodea.

 En el último tercio de la novela las incognitas se desvelan, los misterios son aclarados, las bajezas y los errores quedan sometido a la luz de una decencia que cambia a las personas y dulcifica el duro y sobrecogedor final del libro.

Sorprende la maestría literaria de Rachel Joyce, su sabio transitar por una trama vulnerable a la truculencia y el exceso. No hay exclamaciones que desequilibren o aturdan al lector. Todo acontece como en sordina, con la exquisita amabilidad que Harold va sembrando a manos llenas. Sus errores y debilidades, la omnipresencia de su hijo muerto, el joven David, su presunta inactividad culpable ante esa muerte --que su esposa Maureen no le perdona-- y la acuciante necesidad de compensar a su vieja amiga que 20 años antes se sacrificó por él, son elementos de la trama que cargan el aire melancólico de la historia pero que cambian su polaridad conforme el viaje se desarrolla y Harold llega, en estado lastimoso, al final, en el que la redención se resuelve de forma realista, sin más emociones de las debidas, evitando con pluma certera la tentación lacrimógena.

A mi entender ese, con ser grande, no es el mayor acierto de la novela. Pero si lo es la negativa firme de la autora a convertir su libro en un tratado de autoayuda, en un ejemplarizante panfleto espiritualista. Como en aquella enorme película "The straig Story", "Una historia verdadera" de David Lynch, donde otro anciano recorre los Estados Unidos en una podadora de césped para ir a ver a su hermano enfermo con el que no se habla desde hace decenios, el sentimentalismo más superficial está prohibido. Es también una  "road movie", una obra de carretera y manta, pero hay tanta humanidad en ese recorrido que uno acaba el libro pensando que, gracias a Dios, una vez más la literatura ha hecho el milagro de crear y trasmutar los sentimientos en emociones positivas y de provocar la empatía profunda del lector. Y también la reflexión, pues ¿no es lúcido pensar y aprender con qué facilidad podemos hacer daño a aquellos a los que decimos  --y creemos-- amar?

Es evidente que los años de trabajo como guionista --y actriz-- de Rachel Joyce han sido un buen entrenamiento para poder dar a luz una obra tan interesante como ésta. Sencillez, capacidad descriptiva, talento para iluminar las escenas con un detalle, una palabra, un gesto descrito con mesura, magnificas descripciones de la naturaleza que rodea a Harold . Magnifica traducción de Rita da Costa y una edición limpia y atractiva de Salamandra.

Como la autora dijo en una entrevista "estamos solos y nuestra sociedad es individualista, pero necesitamos conectar con la gente. Y Harold lo comprueba cada día de su esforzado peregrinar”. Así le dice alguien a Harold, " No sé cómo se le ocurrió hacer algo así, pero a lo mejor es justo lo que necesita el mundo: menos lógica y más fe".(pag.207) Y Harold descubrirá muy pronto que "Era la fragilidad de la gente lo que le llenaba de asombro y ternura, así como la soledad intrínseca a cada ser humano...todas las personas eran iguales y únicas a la vez. Tal era la paradoja de la condición humana" (pag 168). Nosotros, los lectores, lo confirmamos al cerrar el libro.

 

FICHA: "El insólito peregrinaje de Harold Fry".-Rachel Joyce. Editorial Salamandra.331 págs. 17 euros.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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18 noviembre 2012 7 18 /11 /noviembre /2012 08:44

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Amin Maalouf, escritor en lengua francesa nacido en Libano en 1949, una de las plumas más sensibles de ese país de escritores sensibles que narran con la gozosa libertad y sensualidad de la tradición árabe literaria que entronca con "Las Mil y una noches", publica su nueva novela "Los desorientados" en España de la mano de Alianza Editorial y que comentamos aquí gracias a la atención de Octavi Serret de Valderrobres.

Premio Príncipe de Asturias en 2010 (en nuestro país goza de una profunda simpatía y un éxito duradero) y académico de su país de adopción, en esta novela Maalouf parece rendir cuentas a su propio pasado, encarnado en un profesor de historia de 47 años, Adam, exiliado en Francia (no cuesta nada evocar al propio escritor en su personaje) que escribe una aplazada biografía sobre Atila (guiño del escritor que parece evocar la barbarie que azotó --y azota intermitentemente a su país--.. con el bárbaro personaje hacia el que mantiene una actitud conciliadora y comprensiva (como el propio Maalouf hacia la barbarie de la historia de su país).

Maalouf hace vivir a su personaje Adam un regreso del exilio a Libano, en forma breve y obligada a causa de la muerte de su "antiguo amigo" Mourad que quedó en el país formando parte de los que se involucraron sangrienta y vitalmente en las guerras frattricidas, cosa que rompió la amistad entre los dos hombres. Mourad le pide que regrese para hablar con él antes de morir y Adam lo hace aunque cuando llega a Libano su ex amigo ha muerto y la reconciliación personal es imposible, aunque Adam emprende la conciliación con su propio pasado y su condición de exiliado.

Por ello Adam no regresa de inmediato a Paris y acomete la tarea personal pendiente de intentar recuperar a sus amigos del grupo de la Universidad, todos amigos también de Mourad, y de paso las sensaciones y las evocaciones que su amor por el país y su propio pasado le devuelven al respirar  nuevamente el aire nostálguco de su juventud, un antiguo amor nunca olvidado, la luz, el color y el aroma de un país que a pesar de todo nunca volverá a ser el mismo.

En ese ejercicio de nostalgia literaria, Maalouf analiza el gravísimo conlficto que ha destrozado a su patria (y de paso al resto del mundo) y trata de comprender las causas y el desarrollo de los antagonismos que despertaron las diferencias religiosas (en apariencia, ya que lo que provocó realmente el colnflicto es la irreconciliable tragedia judía desde el holocausto hasta la creación del estado de Israel y las diferencias territoriales entre arabes e israelíes) y que se han enconado hasta llegar al actual desastre sin aparente solución.

La sensibilidad e inteligencia de Maalouf brillan en las pocas páginas  (de la 296 a la 302) que dedica expresamente al análisis del conflicto (aunque éste está presente en todo el fondo de la novela), con un tono comprensivo y bastante objetivo, censurando las posturas y acciones y tratando de conciliar en lo que "debería ser" las actitudes (si los judíos y los arabes hubieran tratado de encontrar un acuerdo para convivir en un estado  común).

Utilizando una técnica bastante clara para estructurar la novela, un narrador que complementa desde "fuera" el contenido del diario que el propio Adam va escribiendo dia a dia de lo que le ocurre y de lo que hace y piensa, Maalouf, va narrando durante más de quinientas páginas los avatares intimos del regreso de Adam a su país, el reencuentro con viejos amigos (incluida la bella historia de la Hanum, quizá la más sensual y evocadora), sus esfuerzos para reunir a todo el grupo universitario, judíos, cristianos y musulmanes, en un símbolo de lo qeu debería ser la unión y la tolerancia entre las confesiones como en otro tiempo aconteció.

Los personajes están bien dibujados, la relación extramatrimonial de Adam con Semiramis, su siempre admirado amor pendiente (que da lugar a una circunstancia poco plausible enel mundo árabe, la connivencia de las dos mujeres, la pareja de Adam y su amante, para legitimar de forma breve y limitada el amorío) es de una sensualidad y romanticismo digno de una de las mejores plumas del Libano actual) y las charlas y reencuentros con los amigos perdidos, van jalonando unma novela que resulta en algunos momentos fascinante y siempre interesante.

Dieciseis días de estancia en la tierra prometida de la infancia y la juventud,  en los que Maalouf-Adam, realizan una puesta a cero de la vida de un hombre que cree que conforme a su nombre no será "el primero de su linaje, seré el último de todos los míos, el depositario de sus penas acumuladas, de sus desilusuones y de sus verguenzas", ya que "a largo plazo, todos los hijos de Adán y Eva son niños perdidos". A partir de ahí se produce el entrañable encuentro con "la delicadeza levantina y la ternura serena" de un país y unas gentes capaces de engendrar episodios de barbarie sangrienta y maravillas de humanidad y cortesía como la experciencia del amigo Albert, secuestrado por una familia a la que han matado un hijo único y que busca la venganza y acaba prohijando al secuestrado.

Pero es sobre todo la sombra ominosa del conflicto la que hace de esta novela un alegato contra la intolerancia, pues como Maalouf escribe (pag 297) "más que cualquier otro, es ese conflicto el que impide a Occidente y el islam reconciliarse, es el que hace retroceder a la humanidad contemporánea hacia las crispaciones identitarias, hacia el fanatismo religioso". 

El escritor aseguró en una entrevista que "he esperado a tener el pelo blanco para poder hablar de la propia juventud", refiriéndose a la publicación de "Los desorientados" y lo hace con un respeto y una lucidez que encandilan al lector en un recorrido que no es nada complaciente y no ahorra análisis dolorosos de la actualidad de Libano y de las contradicciones y sufrimiento de los exiliados. "Es como si visitáramos unas ruinas y reconstruyéramos el lugar a partir de recuerdos", menciona describiendo las sensaciones del exiliado que regresa, ante los lugares que jalonaron su infancia y juventud (cosa que queda reflejada magistralmente en la novela).

La clave  está en la pregunta que yace en el trasfondo del libro, ¿qué es preferible, más ético, la pureza del exilio sin compromiso real o el compromiso con el país que te obliga a participar y acaba por corromper a la persona?

Magnífica novela, pues. Hay que leerla al menos por dos motivos a mi entender. Primero y básico, porque es una buena novela. Segundo, porque es un claro argumento para entender un poco el lamentable conflicto universalizado que enfrenta a árabes e israelíes.

 

FICHA: "LOS DESORIENTADOS".- Amin Maalouf.- Alianza Literaria.- Alianza Editorial.-524 págs.

 

 

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