El director David Wain (que en 2008 realizó la película "Mal ejemplo", una cinta que no fue valorada justamente) nos ofrece una comedia con mensaje envenenado en un recipiente de risas y excesos cómicos. Las experiencias de un matrimonio joven y encantador, George (Paul Rudd) y Linda (Jennifer Aniston) desde su aparentemente enrollada vida con empleos y un "microloft" en el West Village neoyorquino, pasando por el fracaso laboral de ella y el despido de él, hasta caer en una comuna hippy de vida aparentemente idílica y desenfrenada sexualmente (no se asusten es una película más casta que obscena, excepto en el dialogo), es un vivero de gags divertidos y algo excesivos y de una crítica feroz envuelta en papelines de colores.
Quizá el problema de esta película sea su evidente vocación comercial. Desde la elección de los protagonistas o los secundarios, hasta las situaciones que crea el guión y el lenguaje que se emplea, con una contundencia que busca sin frenos la complicidad y la diversión del público, incluso recurriendo a la escatología, el ridículo y la verguenza ajena.
Pero a pesar de esta vestimenta exterior que recurre al humor como un carnicero recurre al hacha para desmembrar una pieza de carne, lo que se nos ofrece es un retrato duro y sin concesiones de la mezquindad, el egoísmo, la rijosidad, los engaños y las miserias de todos, porque no hay ni un solo personaje que se salve, incluso los menos dañinos rozan la estupidez o la simpleza más bobalicona. Eso si, todo rodado en clave de humor. Hay secuencias como el monólogo autoterapéutico de Paul Rudd ante el espejo para convencerse de que debe hacer el amor con una despampanante hippy rubia, que produce verguenza ajena (supongo que el actor lamentará haber rodado semejante estupidez bochornosa) o la descampada de los miembros nudistas del club de los aficionados al vino, que lleva al espectador a reflexiones serias sobre la vejez y el ridiculo. Estas escenas hacen de contrapeso a frases tan memorables como la de Rudd al despertarse con el escritor nudista junto a la cabecera de su cama y dice "en esta casa uno siempre acba por tener un pene delante de la cara". Obscenidades a gogó y un final tipo "todo es maravilloso" absolutamente artificial, hacen de esta película un producto contradictorio y dificil de catalogar.
Los secundarios hacen un trabajo formidable, desde el increible Justin Theroux, como el líder de la tribu, Karthryn Hahn, la hippy angelical, Joe lo Truglio (magnífico nudista) y un Alan Alda que parece lleva muy bien su vejez y mantiene la chispa y la ironía en su papel de anciano santón fundador de la comuna (es el que mas parece haberse divertido en esta película en la que todos, sin excepción, parecen haberlo pasado requetebien, pasados de vueltas).
Las secuencias de la comuna son las mas lisergicas, divertidas y excesivas, pero donde al director se le va la mano es en las que transcurren con el hermano de Rudd, su familia y su trabajo y mansión. Aquí ya se destapa un poco el humor malvado que ha caminado disfrazado durante todo el metraje de la cinta. En el descerebrado, mezquino, absurdo y cruel hermano ya no hay disfraz y es dificil reirse ya con estas escenas.
No es una pelicula más de Jennifer Aniston, edulcorada, semiprovocativa y en el fondo moderada y convencional...es una broma, a menudo de mal gusto, en la que se nos escapan algunas risas entre rachas de verguenza ajena y sorpresa ante el vitriolo critico que el director esparce aquí y allá. Y aun así, vale la pena verla.
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Bueno, amigo, hermano, mi querido Carlos, indispensable, añorado, se te brinda homenaje público y notorio en el Ateneo barcelonés. Detrás de todo, esa potencia energética en forma de mujer, tu esposa, Lola, Lolilla, que trae a la luz el Guadiana de tus evocaciones, sentimientos, sensibilidades, los trabajos y los días de una vida doble, o triple, material bastante valioso que tu habías compartido con contadísimas personas y que, según alguna vez me habías confesado, eran "material de aluvión literario", una forma de equilibrar literaria y filosóficamente los vendavales y las tormentas interiores que la vida iba creando en torno a tu aparentemente frágil esquife (en el que, no obstante, emprendías singladuras que hubieran hecho estremecer las cuadernas de bajeles más sólidos y mejor armados).Textos que nacían de tu enorme sensibilidad y que no estaban destinados a ser conocidos por nadie o quizá por alguna persona muy especial y entre ellos algunos --muy escogidos-- poemas que, quizá, podrían aspirar a ser publicados algún día (en vida tuya, pensábamos).
Dentro del universo zen (aunque no sólo pertenece a esta disciplina sino a la tradición literaria japonesa) existe un tipo de poema corto, el haiku, formado por tres cuerpos de cinco, siete, cinco sílabas en el que el poeta trata de reflejar la inmensidad del instante, el aquí y el ahora, la belleza de ese segundo de percepción en el que se esconde el aliento vital, la poderosa corriente del ki, invisible y permanente, en la que se puede condensar la fuerza creativa de la Naturaleza. Ha habido grandes maestros zen que eran expertos poetas de haikus y ha habido poetas, no solo japoneses, que han utilizado la fórmula del haiku para ofrecer imágenes de una profundidad y belleza asombrosas, siempre dentro del esquema del "aquí y el ahora", básico en el budismo en general y en el zen en particular (entre ellos, nuestro inabarcable Borges).
