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7 junio 2022 2 07 /06 /junio /2022 12:37

Publicado en La Comarca 070622

El hambre es el “grado cero” de toda existencia, que todos los seres vivos compartimos. Es algo universal: si no te alimentas, mueres. Nutrir el cuerpo, es el nivel irrenunciable de las necesidades que la sobrevivencia nos impone. Usar el hambre como arma política, como artefacto de eliminación, es un crimen de lesa humanidad; pero permitir que las hambrunas terminen con millones de vidas por una cuestión de negocio, beneficios, dinero, indiferencia, racismo o egoísmo,  es una abominación: confirma al ser humano como el depredador más letal y estúpido del planeta.

Stalin, Mao, Ceaucescu, Hitler con los judíos, los polacos o los gitanos, y ahora Putin chantajeando a los “aliados” con no permitir la salida de grano de los puertos ucranianos, castiga a 250 millones de personas de diversos países, principalmente africanos (y por tanto alejados de las partes en guerra), que para finales de año estarán muriendo de hambre.

Primo Levi, Vasili Grossman, Simone Weil, Knut Hamsum, nos hablan de la muerte por inanición, en primera persona. La muerte por hambre, como por sed, es la negación de lo humano: ante su presencia el hombre pierde la dignidad, la inteligencia, la memoria, la razón…todo aquello que le hace humano. Se sume en un nivel  vegetativo o se deja morir.

Según la FAO y las ong’s especializadas, 190 millones de personas están cerca del nivel de “hambre extrema”, inseguridad alimenticia grave, de las cuales 44 millones, de 38 países, están en el nivel más alto: la hambruna (cuando ya se ha rebasado el punto de retorno). La agencia de la ONU sobre la situación alimentaria global, ha lanzado una alerta máxima sobre la fragilidad del sistema alimentario en muchas zonas del mundo. La suma de desastres naturales ocasionados por el cambio climático (sequías, inundaciones, incendios) y la coincidencia con las secuelas de la guerra en Ucrania, provocan por un lado carestía y siguiendo la lógica capitalista, un aumento desenfrenado de precios de alimentos considerados básicos (cereales, carne, lácteos, aceites y azúcar) que ha llegado a un máximo histórico con tendencias alcistas.

La pregunta no es, “¿quiénes se están lucrando con esta situación inhumana?”. Es, “¿por qué los Gobiernos del mundo no se unen para evitar este brutal genocidio del hombre por el hambre?”. Hay suficiente dinero y recursos en el mundo de hoy. Falta voluntad política o conciencia de la común humanidad.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

 

 

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5 junio 2022 7 05 /06 /junio /2022 11:35

Artículo publicado en la revista "Compromiso y Cultura" de junio 2022

El espionaje produce montañas de documentos: el 99 % no deberían ser secretos y la mayoría  son irrelevantes

 

Desde John Le Carré a Graham Greene o Ian Fleming en la ficción, pasando por los reales “Pegasus”, el Mossad y la KGB o el MI-6, la peste de los espías sigue contaminando la política exterior e interior de los países afectados (que en general lo son todos, los poderosos y algunos que no lo son). Claro que ese sórdido mundo  que ha excitado la imaginación literaria y la cinematográfica del último siglo, no tiene nada que ver con James Bond, el espía seductor e invencible, ni con el romanticismo elegante y amoral que se suele añadir a historias más bien patéticas como la de Mata-Hari, Christine Keeler (caso Prófumo) los Rosemberg, Kim Philby, Anthony Blunt o Ivanovich Abel (El protagonista de la brillante película de  Spielberg  “El puente de los espías”).

Los “arcana imperii”, los famosos secretos de Estado, cuya defensa o adquisición han sido objeto de incontables ensayos y narraciones desde los tiempos de griegos, romanos o egipcios. Pero lo cierto es que, desde la  modernidad hasta nuestros días, la idea, tan sobrevalorada, de los “arcana”, está a la baja. A través del análisis de los famosos Papeles del Pentágono y la guerra de Vietnam, realizado por la filósofa alemana Hanna Arendt (“La mentira en política”) se desmitifica el valor de los tan preciados documentos secretos. “Uno de los peligros del exceso de la ‘clasificación’ de documentos es que no sólo niega el acceso a los ciudadanos y a sus representantes electos el acceso a lo que deben saber para formarse una opinión y tomar decisiones, sino que los que reciben la autorización para conocer los hechos relevantes, permanecen cómodamente ajenos a ellos. Y no es porque una mano invisible se los oculte deliberadamente, sino porque tienen unos hábitos  mentales que no les facilitan ni la inclinación ni el tiempo necesario para buscar hechos pertinentes  entre montañas de documentos, noventa y nueve por ciento de  los cuales no deberían ser secretos y la mayoría de los cuales son irrelevantes con respecto a fines prácticos”. “Vietnam –concluye la Arendt- es un ejemplo increíble de la utilización de medios excesivos para conseguir objetivos de poca importancia en una región de escaso interés político-estratégico”.

En un mundo global dominado por la ubicuidad y omnipotencia de los móviles, internet, redes sociales, drones y “hackers” el tema de los espías y los “arcana imperii” resulta por lo menos superfluo, aunque se pueden vivir casos tan ridículamente explotados como el sistema “Pegasus” y su uso contra políticos españoles e independentistas. Con el “catalangate” los “indepes” logran una vía más para su victimismo y además el Gobierno les regala el lamentable sacrificio de una ministra –por actividades de seguridad nacional, la mayoría refrendadas por el correspondiente permiso judicial-  y como propina,  obtener paso libre para fisgonear en un organismo que se ocupa de cuestiones más graves que los coqueteos de determinados políticos catalanes con alguna “potencia del mal”, léase los siervos de Putin.

La torpeza y el interesado pactismo gubernamental puede poner en peligro las misiones del Centro Nacional de Inteligencia y la seguridad nacional. Imaginen el clima esquizofrénico que supone que “los enemigos del Estado” a los que se había ordenado vigilar (ERC, Bildu y la CUP) sean los “socios” que garantizan la mayoría parlamentaria. Sería interesante saber qué opinan los socios de España en la OTAN, cuya “cumbre” es dentro de un mes y pico en Madrid. Pero muy abiertos a compartir secretos no creo que estén.

De todas maneras, dejando al margen la presumible falta de lógica del mundo del espionaje en estos tiempos, la dinámica de los recientes acontecimientos sugiere algo alarmante: la previsible vuelta a una nueva “guerra fría” (ojalá no sea “caliente”) y con ello la alarmante tragicomedia psicológica mundial de la segunda mitad del siglo pasado, esta vez con tres actores principales, los EEUU, la Rusia putinesca y China. El régimen chino “prospera” bajo el capitalismo más salvaje y consumista, con el guantelete de hierro de un autoritarismo vestido con la lógica del superviviente y la disciplina férrea del partido pseudocomunista. Pekin pasa a primera línea en la lucha por la hegemonía, mal que les pese a los otros dos.

En el libro de Pere Cardona, “Osos, átomos y espías” (ed.  Principal de los Libros) podrán comprobar ustedes la escasa categoría de los políticos y científicos, espías, prensa y pensadores  que –con honrosas excepciones- habían de auspiciar un nuevo orden tras la Segunda Guerra Mundial. Tensión, miedo al holocausto nuclear, batallas de medios de comunicación y la actividad penosa de los servicios de inteligencia (esos organismos son a la inteligencia lo que la música clásica a la música militar), forman un entramado que muestra la sobrevivencia activa de la estupidez, el orgullo, la vanidad y la codicia de los hombres.

El problema no es que todo ese paquete desvirtuara las cuestiones ideológicas –las más citadas y las menos respetadas- en aquellos tiempos, sino el que  no aprendimos nada y por tanto volvamos a repetir errores semejantes. En cuanto a los intereses financieros, comerciales, nacionalistas o racistas siguen siendo el motor del proceso. Por tanto vamos a volver a la “guerra fría”, con sus hornadas de informantes, negociantes, granujas de toda laya, vampiresas sin traje largo, “frikis” informáticos comprados en subasta o drones de alta AI capaces de destrozar algo con la eficacia de un rayo laser y sin riesgo alguno. Sin embargo, es un ejercicio de conocimiento crítico muy útil leer los errores, arbitrariedades, exageraciones y ridículas tragedias causadas por políticos, militares  y espías en acción durante la anterior “guerra fría”. Sumemos las anécdotas que han sembrado las posteriores “guerras calientes” en Vietnam, Afganistan, Siria, Irak, Oriente Medio (etc.). Pues bien, lo que nos viene encima  amenaza con superarlas. A más medios y parecida estupidez irresponsable, mayor daño.

Lean consecutivamente a Hanna Arendt y a Pere Cardona. A través  de una pedagógica proyección del pasado sobre el futuro en estos textos, veremos la clase de cóctel explosivo que se está preparando. Y aunque sabemos que el azar puede alterar todas las previsiones, es más que probable que algunas de las cuestiones que apuntan esos dos libros las veamos más o menos fielmente reflejadas en eventos futuros, no tanto en los detalles como en las líneas de actuación y su falta de sentido común, coherencia o veracidad.

Analicemos algunos datos del libro de Cardona: Quizá habrá algún caso semejante al de los Rosemberg en Occidente, China o Rusia; el nuevo Powell no será un piloto eyectado sino un empresario tecnológico o alimentario; redes como la de Trigon las esparce la CIA y la KGB por todos los países; será probable que un futuro presidente Trump (si tienen –tenemos- tan mala suerte) o el mismo Putin, pidan a sus perros de presa que atenten contra la vida de cualquier dirigente político incómodo, como con Castro en tiempos de Kennedy. Pero no se dará la jugada de carambolas que provocó la caída del Muro de Berlín. Y menos la de la pequeña Samantha Smith cuya carta dirigida al presidente Yuri Andrópov en 1983 logró frenar un conflicto nuclear.

La conclusión es que, con algunas excepciones, el entramado de políticos mal formados, de militares que van,  a lo suyo y de servicios de “inteligencia” que no son inteligentes, va a causar que en la segunda mitad del siglo XXI (si no nos hemos quedado sin planeta antes) salgan narraciones y anécdotas, quizá no en libros de papel –espero no llegar a ver tal cosa- similares a las que nos cuenta Cardona. Aunque ya no podrán titularse con mención a osos (extinguidos). Pero sí a espías, paradigma del chismorreo interesado, a menudo falaz y casi siempre inútil.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

FICHAS

OSOS, ÁTOMOS Y ESPÍAS.-Historias sorprendentes de la guerra fría.- Pere Cardona. Ed. Principal de los Libros. 428 págs. //LA MENTIRA EN POLÍTICA.- Hanna Arendt.- Trad. Carmen Criado.- Alianza Editorial.-101 págs.

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2 junio 2022 4 02 /06 /junio /2022 18:34

¡ALTO! , ¡EL LIBRO O LA VIDA!

(Charla pronunciada en la Biblioteca municipal de Beceite, el 28 de mayo de 2022)

 

Buenas tardes.  Eso del libro o la vida es una broma destinada a llamar su atención. Les voy a hablar de libros y del acto y función de leer.  Después de más de 70 años de leer de todo, en todas partes y en todos los momentos que podía dedicar a ello y algunos en los que no debía, he llegado a una conclusión. Leer tal vez no te haga más inteligente, pero desde luego te hace menos ignorante. Pero claro piensen que los libros son como los paracaídas, si no los abres no sirven para nada. He aprendido en ellos que un lector puede vivir mil vidas distintas y apasionantes, don Quijote, el mosquetero D’Artagnan, Anna Karerina, el capitan Acab y su Moby Dick, Ulises o Aquiles, sin embargo la persona que no lee vive solo la suya y quizá no la aprovecha del todo. Cicerón decía que un hogar sin libros es como un cuerpo sin alma. Y tengo claro con mis propios hijos, que un niño que lee será un adulto que piensa. No voy a entrar en la actual batalla entre libros de papel y libros digitales. Un amigo informático me dijo cierto día, qué maravilloso invento el libro: no se cuelga como internet, no hay que enchufarlo, no necesita adsl, es fiable, hermoso y duradero. Su texto no desaparece por un fallo o por la obsolescencia programada, es fácil de hojear, volver atrás o hacer spoiler y mirar el final, no requiere mantenimiento y es mucho más fácil de recordar y de leer sin interrupciones digitales como mensajes y wsaps, no genera basura tecnológica, es resistente a golpes, caídas y un razonable maltrato. Y cuando los tienes juntos forman un escenario, la biblioteca, de lo más hermoso y acogedor. Y aún  así  les aseguro que lo que sigue es una verdad relativa. Quiero decir que lo es para mí y para los que sienten como yo. Así que los que no opinen lo mismo, disculpen y paciencia. Aquí se va a hablar de amor a los libros.

Pero volvamos a lo de comparar el libro y  la vida…dos términos que parecen muy alejados entre sí, casi opuestos. Cuando uno lee, ¿vive? ¿Puede uno vivir sin leer? ¿Acaso los libros favorecen la vida o más bien la dificultan? Serias preguntas…sin respuesta posible. Depende de a quién y de qué libros. Miren ustedes, el Beatle John Lennon dijo que la vida es eso que pasa mientras estamos ocupados en hacer otra cosa. Pues bien, cuando esa “otra cosa” es leer, mantener amistosas relaciones con los libros, la vida se vuelve más amable y divertida. La comunidad lectora es una de las más fraternales que conozco y no hay placer más gratificante que dos desconocidos que charlan y de pronto descubren que ambos son  aficionados a un determinado autor o género literario. Apúntense a un Club de Lectura y lo comprobarán.

Mi propia vida ha estado marcada desde muy tierna edad por la convivencia con los libros. La de ustedes lo ignoro, pero el objetivo de esta charla consiste en demostrar que, con independencia de nuestras edades,  formación, familias y entornos sociales, al margen de todo esto, los dos elementos de la ecuación, libros y vida, suelen estar, de forma directa o indirecta en relación causal: a más libros, por supuesto leídos, uno obtiene más datos de lo que es una vida buena; cuantas más lecturas hagamos, quizá haya más posibilidades de apreciar los diferentes aspectos de la vida. O no. Lo cierto es aunque los libros y su lectura no garantizan nada… a cambio de muy poca cosa, el precio del libro y el tiempo de leerlo, no sólo nos concede diversión y amplía conocimientos (lo cual no es poco) sino nos regala algo que se va depositando en nuestra memoria y que crece y se multiplica en forma de ideas, sugerencias, anécdotas, placer y sabiduría. Por leer no seréis más ricos o tendréis una casa  o un coche más valiosos. Aunque quizá la suma de lecturas faciliten indirectamente las circunstancias que favorecen esas condiciones de prosperidad económica o social. Y, en todo caso, lo que suele obtener el lector a menudo, es más sentido común, un poco más de humor, sano escepticismo, paciencia y algunos trucos para sobrevivir en la selva de la vida.

El libro es a la vida lo que la sal al guiso de la existencia. Y para algunos, la cocina y la despensa completas. Ustedes estarán pensando, “qué nos está contando este tipo?. Seguro que vive de los libros, debe ser editor, librero o, Dios nos coja confesados, escritor”. Pues sí, la peor de las suposiciones es cierta. Me nacieron escritor, ante la perplejidad y el desconcierto de mis padres, hermanas y otros allegados. Creo recordar que hubo un remoto escritor en la familia. Fue el autor de un solo libro “El triúnfulo melancólico” allá por el siglo XVIII o XIX. Era un espadachín pendenciero y un truhán además de poeta satírico y burlón. Terminó mal, como era de esperar. Descanse en paz y sigamos.

De entrada sepan que no he publicado muchos libros, ni soy  popular (gracias a Dios), ni acudo a tertulias en Tele5. Ni aspiro a ser un “infuencer” en la Red. Sólo publiqué una decena de títulos hace años y mi formación tiene más que ver con el periodismo, la filosofía y la psicología que con la novela, la poesía o el ensayo. Abandoné la narrativa y me dedique a la crítica literaria, como un trabajo más que me permitía escribir y leer y, por supuesto, lograr libros gratuitamente. A la velocidad que leo y lo exigente que me he vuelto sobre los libros, no hay sueldo y menos pensión de jubilado, que resista una visita semanal a las librerías.

La lectura es algo esencial en la vida de muchas personas, al margen de su edad y de las desdichas y satisfacciones que colecciona en su existencia. Y muchos de nosotros, les diré como confidencia, nos apañamos económicamente en la adquisición de libros gracias a las Re-ready, unas librerías “low cost” que se abrieron en algunas capitales, Lérida, Barcelona, Zaragoza, Madrid y no sé si en Teruel, en las que se encuentran libros muy interesantes por dos o tres euros el ejemplar.

Pero sigamos con la relación entre la vida y los libros. El filósofo griego Sócrates aseguraba que una vida en la que no se piensa en lo que uno hace, lo que desea y lo que ama y se vive de forma casi automática, sin buscar la mejora, el conocimiento, es decir, una vida sin pensar, no merece la pena ser vivida. Pues bien, los libros son una de las herramientas que nos pueden dar esa conciencia de vivir una vida mejor, la vida buena.  Aunque como dije al principio, en realidad, aunque sea sin libros, la vida siempre merece la pena ser vivida. Pero puede ser que  no se viva tan plenamente.

A partir de este momento hay dos caminos a seguir: uno, hablarles de autores y de sus libros, desde los cuentos de hadas a las memorias de cualquiera de los políticos ejemplares que tenemos en este país,  o el último best seller de autoayuda, un tipo de libro de gran acogida. Se trata de recocinar a cualquier clásico en un lenguaje de wasap o de tic-tac o instagram. Prometen mucho y dan poco. También por supuesto puedo hablarles de los clásicos. Pero en estos tiempos de buenismo y denuncias de mala conciencia  se están manipulando elementos y finales de historias clásicas. Así Caperucita Roja llega a un acuerdo con el lobo, antes de merendarse a la abuelita, por supuesto, por aquello de especie protegida. Emma Bovary, Anna Karerina, la Regenta, Helena de Troya, la señora Dalloway, célebres adúlteras, son redimidas antes de su última caída por aquello del feminismo militante; Moby Dick   es amnistiado por un Acab ecologista y proballenas. Lo políticamente correcto –una hipocresía que se extiende sobre el sexo, la raza y la historia - elimina el racismo implícito en Otelo o el sexismo homófobo en Billy Bud o los genocidios de negros e indios. En fin, sería un tema divertido si no fuera penoso.

Ese el camino que dejamos de lado en esta charla. Seguiremos otro, más interesante por ser menos ambicioso, que me lleva a hablar de cómo se escribe un libro desde el punto de vista limitado y humilde de un solo autor, al que conozco bastante bien. Se trata del individuo que tienen frente a ustedes. Yo.

Dada mi escasa relevancia como autor de novelas, me justifica mi amplio historial como hombre de pluma, escribidor experto en artículos, reportajes o comentarios de todo tipo, literario, filosófico, político, social o económico. Les hablaré de una extraña pulsión interna que es la escritura como medio comunicativo por excelencia. Ya sea a través de las efímeras páginas de un periódico, de una revista o las más duraderas de un libro. Salvo que dichos libros sean quemados en autos de fe, incendios involuntarios u hogueras fanáticas. Cosa que ocurre de vez en cuando en algún que otro país.

Sigamos con el rollo: ya sea usted novelista, narrador de relatos o novelas cortas, periodista o crítico, la forma y manera de hacer su trabajo es semejante. Empezamos con el hecho o conjunto de eventos que  tienen categoría para ser noticia y disparan el impulso de la realidad sobre la sensibilidad del que va a escribir. Pero este sujeto debe tener en cuenta  el entorno social, económico y político en el que se desarrolla el acontecimiento, ya sea local o internacional –como la pandemia o la guerra en Ucrania-, que, dada su relevancia,  constituyen una ruptura del proceso rutinario de la vida y marcan un “antes y un después”. Es la colisión entre esos eventos y la imaginación de escritor donde surge la chispa y la interpretación literaria que luego se reflejará en el texto.
Una vez aclarado el proceso –nacimiento de la causa- y el desarrollo: investigación y recreación de dicho elemento, pasemos a ejemplos prácticos para ilustrar la conexión entre la vida, la realidad,  y el texto que surge de la mente del escritor. Para ello, si me lo permiten, hablaremos de mi  propia obra y por qué y cómo escribí esos mis libros.  

Empecemos con “La última noticia”,  la primera novela que publiqué. Su argumento se desarrolla durante un par de días y narra la trepidante jornada laboral en un periódico de alcance nacional que se enfrenta a dos problemas simultáneos: una posible huelga laboral que enmudecería al diario y el estallido de una crisis internacional de graves consecuencias. Comienza con las noticias de una pequeña guerra real muy localizada entre Argelia y Marruecos con respecto al Sahara. Por una suma fortuita de  mala gestión política y pequeños malentendidos y errores entre las partes en conflicto se acaba convirtiendo en un enfrentamiento nuclear entre la URSS y los Estados Unidos. Ello ocurre en un entorno político de guerra fría entre las potencias y el temor popular internacional  a una guerra nuclear en  la sociedad de los 70 y 80 del siglo pasado. Como periodista tenía amplio acceso a los teletipos que informaban cada día y a todas horas de lo que ocurría en las arenas del desierto de El Aaiun. Ese aporte documental me facilitó solucionar los detalles argumentales, haciéndolos verosímiles. No les diré como acaba la historia: el título es suficientemente explicativo. El protagonista ofrecía “la última noticia” a un mundo que estaba siendo destruido.

Ya hemos visto cómo la profesión del autor le proporciona a éste los elementos operativos para llevar a cabo su labor.  A ello debemos unir los elementos de tipo personal y biográfico. Por ejemplo, en otra de mis novelas “Diario apócrifo de un joven seductor”, se narra la vida de un individuo que trabaja en un Banco y se siente explotado en una labor que carece de sentido para él. Siente que su vida se arruina. Mi protagonista, el joven seductor, está basado en un joven real, un compañero de Facultad que por razones familiares y económicas se ve obligado a  abandonar su vocación de poeta y sus estudios de Filosofía y Letras para encerrarse en el estrecho mundo de los empleados bancarios de bajo nivel en los años setenta. Las anécdotas y los sentimientos y emociones que le asaltaban en sus horas de aburrido y rutinario trabajo de oficina, me inspiraron  los detalles psicológicos que daban humanidad a mi protagonista y a sus esfuerzos por huir de ese ambiente. Aquí aproveché las vivencias de mi amigo pero sobre todo me alimenté de los usos sociales de la clase media baja en la Barcelona de la época, la represión religiosa y política, el tímido renacer de la protesta estudiantil y obrera y la exigencia de derechos.

En “El gran apagón”, recreo los acontecimientos, sucesos y accidentes que se producen en la Barcelona de finales de los 80 a causa de una avería del servicio eléctrico que afecta a toda la ciudad. Conté con la ayuda técnica de un conocido que trabajaba en una compañía eléctrica. Me informó de cuáles podían ser las causas accidentales de una avería lo suficientemente grave como para dejar a oscuras a toda la ciudad. Además eché mano de libros y reportajes sobre los grandes apagones de Nueva York de 1965 y 1977. Lo más interesante fue imaginar cómo y dónde se producían los supuestos altercados, delitos y problemas que el apagón creaba en las calles, parques y establecimientos públicos y privados de Barcelona. El apagón me permitía dejar libre juego a mi imaginación. Estaba llena de posibilidades: una gran ciudad asustada, desbocada, a oscuras, difícil de controlar y vigilar, en la que la delincuencia tenía las manos libres y también los movimientos de oposición política o de protesta social o laboral  que abundaban en esa época.

Un mes después de salir a la venta la novela, se produjo realmente un apagón en Barcelona. Un diario de entonces “El Noticiero Universal”, tuvo la idea  de publicar una doble página en la que se contrastaban los sucesos ocurridos en el apagón real con los que yo había imaginado. Para mi sorpresa al parecer me quedé corto. Como dijo un comentarista: “la realidad da sopa con hondas a la imaginación de cualquier novelista”.

Para comprender cómo funciona el engranaje creativo entre la imaginación del escritor y la realidad que la moviliza, hay que percatarse de que dicha realidad suele estar filtrada y a veces condicionada por elementos puramente biográficos y que actúan de forma disimulada, a menudo con tanta habilidad que ni siquiera el autor se percata de ello. Y así, en otra de mis novelas “Cualquier día en la ciudad”, que obtuvo el Premio Ciudad de Gerona 1977, volví a usar el esquema narrativo de hacer que el protagonismo lo tuvieran las calles y barrios de Barcelona –es una ciudad de unas enormes posibilidades literarias creativas- en una fecha arbitraria pero real (11 de octubre de 1976, lunes) novelando los comportamientos cotidianos de una serie de personas durante el mismo espacio limitado de tiempo, un solo día. ¿Era una idea propia, genuina? No. Se trataba de un juvenil y excesivo intento de escribir una réplica  del “Ulyses” de James Joyce, que también transcurre en un día determinado (16 de junio de 1904)  de la ciudad de Dublin, con una serie de personajes que deambulan por los pubs, las calles, jardines, el río, instituciones y domicilios privados de la capital de Irlanda. La obra de Joyce es rememorada cada año desde 1954 en Dublin, con el “Bloomsday”, con bebidas y jolgorio literario en los mismos escenarios de la novela.

En esa novela se pueden ver claramente las influencias literarias. En mi caso, la de Joyce por supuesto, pero también el Cortázar de “Rayuela”, así como Goytisolo o Pérez Reverte. Está claro que, como dice la célebre frase, la mayoría de los novelistas y  poetas de una época somos como enanos subidos en los hombros de los gigantes de las anteriores épocas. La tradición literaria de cada país,y la universal en todos los casos, es el sustrato alimenticio de cada escritor.

En el caso de otra de mis novelas “El mosaico de Perseo”, donde  es evidente la influencia  de John Le Carré, Graham Greene o Somerset Maugham. Se trata de  una novela de espías que se desarrolla en Túnez en torno a los servicios secretos de españoles, norteamericanos y franceses. En esta ocasión usé información real sobre la red de los servicios secretos europeos, americanos y del norte de África, todos ellos intrigando en torno al control de las fuentes energéticas en Argelia, Marruecos y Mauritania. Fue una narración inspirada por mi trabajo de corresponsal en la zona. Fui enviado a Túnez a indagar sobre la posición de ese país en el problema político del Magreb con respecto a la guerra del Sáhara entre el Frente Polisario y las fuerzas marroquíes para controlar las riquezas minerales y energéticas del territorio saharaui. Mi novela trataba de reflejar la complejidad de lo que ocurría, sin recurrir a alimentar temores nucleares.

Sin duda los escritores están siempre bajo el influjo más o menos directo de una forma propia de pensar y percibir el mundo, identificable en casi todas sus obras. Es más evidente en genios de la talla de Cervantes, Dickens o Faulkner. A mi humilde nivel, ese influjo sueles ser un simple cúmulo de circunstancias, no especialmente raras o llamativas, las que me impulsan a escribir sobre ellas, dejando libre mi imaginación. Por ejemplo, tras un cursillo que realicé sobre antropología de las fiestas populares, me sugirió el profesor que  hiciera un estudio de campo sobre el Carnaval como fiesta ancestral, pagana y también religiosa, enriquecida por supersticiones y leyendas. Así que me fui a las Canarias en la época de los Carnavales y tomé notas para escribir el estudio antropológico que se me pidió.  Sin embargo, en lugar de ese trabajo erudito preferí escribir una novela sobre el Carnaval en Santa Cruz de Tenerife: “Bajo la máscara”. Se trataba de una narración que se desarrollaba en torno a un asesinato. Un terrateniente isleño era víctima de un crimen ritual en plenos Carnavales. Los protagonistas eran una periodista, un antropólogo y un policía, junto a algunas personas de la ciudad. Eludiré mi crítica sobre el libro.

Y para terminar, hablemos de “Demasiados verdugos para Albi”, un relato detectivesco muy alejado de los clásicos del género. El protagonista, Albi, un viejo periodista de sucesos muere víctima de una misteriosa enfermedad, sospechosamente en el momento más inoportuno, cuando estaba a punto de aportar pruebas sobre la corrupción de una oligarquía financiera que dominaba de forma brutal la ciudad. Para diseñar el argumento de ese relato policiaco con muerto incluido, confieso la deuda adquirida con la novela “El factor humano” de Graham Greene, de donde “pirateé” la fórmula de un curioso veneno que no deja huellas. Aunque este es un detalle menor. Lo interesante es que Albi usa su propia muerte  y sus artículos por publicar y publicados para mostrar, matemáticamente, las pistas que lleva a la policía a desenmascarar a los delincuentes de guante blanco que él denunció en vida. Ese fue mi adiós a la novela.

En resumen, desconfíen de muchos de los tópicos del escritor. Tanto el que dice que suda lágrimas de tinta para hilvanar sus historias –es raro el escritor que sufre realmente por escribir, salvo gente desequilibrada pero genial, como Kafka, Dostoievski o Malcom Lowry-. Y tampoco son de fiar los que dicen que lo pasa pipa. Lo cierto es que cada libro tiene sus servidumbres. Y que la valía de un escritor suele estar en relación directamente proporcional con el esfuerzo que dedican a escribir. Cada escritor es un mundo en sí mismo y no es justo generalizar. Tengan en cuenta que no sólo el tema, el estilo o el vocabulario son relevantes. El estado anímico del escritor, sus  problemas personales, económicos o sentimentales influyen en su obra. Todo suma. Por eso no es lo mismo Dickens que Proust, Lawrence Durrell, Joyce o Stefan Zweig. Hay quien hilvana ideas y palabras como si fueran las cuentas de un collar, como Henry Miller. Otros se baten con cada frase, como Ernest Hemingway o William Faulkner que siempre dejaban el trabajo diario en el punto en que tenían más cosas que escribir, para así asegurarse que al día siguiente iban a reanudar el trabajo.

Otro de los tópicos literarios que hay que tratar con pinzas es el de la maldición de la página en blanco. La cual sólo consta para escritores del siglo pasado, como yo, aunque en mi caso he superado la transición hacia el ordenador. Ahora es el maldito cursor parpadeante en la pantalla vacía del ordenador el que, como una burla del duende de la escritura, obsesiona al pobre autor que tiene la mente tan en blanco como la pantalla. Tampoco se lo crean demasiado. No hay encantamiento ni duende que valga. Detrás siempre hay una excusa o una constatación. O el tipo se ha equivocado en cómo debe continuar la historia que desea contar o simplemente no tiene ninguna historia que valga la pena narrar. Ese hecho es lo que le deja en blanco.

Sin embargo existe en algunos escritores un elemento indefinible y misterioso. Hablo de escritores como Kafka, Hermann Hesse, Henry James, Saint Exúpery… y de casi todos los poetas. En sus páginas aparece de pronto una frase o una imagen que estremece al lector. Es un detalle, una anécdota, un resplandor que nos asalta de pronto en plena lectura, que resalta como un brillante, un personaje que nos seduce, una reflexión que nos ilumina. Puede ser un diálogo de Hemingway o Mann; la descripción de un paisaje en Zweig; un sentimiento en “El pequeño príncipe” de Saint Exúpery; el final de “Auto de fe” de Elías Canetti…  Todos estos momentos, en sí mismos, forman parte del embrujo de la literatura. Y por esos instantes vale la pena leer, escribir, publicar y comprar libros. Es una emoción sencilla, quizá banal dirán ustedes, pero prodigiosa y reconfortante.

Un crítico célebre dijo que el escritor es más una comadrona que una madre. Su misión es traer al mundo a un niño, es decir un libro, con el menor daño posible: “si la criatura vive, gritará y se librará de cordones umbilicales y sondas alimenticias del ego del escritor” Vivirá por sí mismo, se independizará del autor. Éste sólo tendrá que cuidar las palabras que usa. Y eso se nota en el ritmo del libro y en su capacidad para encantarnos. Con su extraña relación entre el consciente y el inconsciente, la novela implica un proceso que ni los escritores ni los críticos llegan a entender. Imagínense los lectores.

Algunos dicen que el auténtico escritor puede ser un narcisista, pero detrás de eso hay un esfuerzo real y una diversión más o menos permanentes. Es como un estado de alerta  que se activa cuando el escritor ve algo o a alguien que le conmueve y encuentra un eco en su interior. Una semilla que debe fructificar. Eso es lo que define al novelista de raza, al creador de mundos, al hombre que pasea un espejo por el borde de los caminos y las calles de la ciudad y que, como Tolstoi, siente en su alma toda la complejidad de las almas de las gentes que le rodean, que sufren, disfrutan, juegan, aman, laboran y mueren a su alrededor cumpliendo el ciclo inevitable de los seres humanos.

De ahí que les diga, variando un poco la frase maliciosa que les solté al principio ¡Alto ahí! Piensen ustedes: Los libros son parte y espejo de la vida. Son los amigos fieles que nos regalan un sentido más rico a nuestra existencia, una entrada preferente a una vida  más buena, a la excelencia.

Eso es todo. Gracias por su atención.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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31 mayo 2022 2 31 /05 /mayo /2022 11:21

(PUBLICADO EN La Comarca, 310522)

La RAE nos aclara que “distopía”, una de las palabras de moda en el estupidiario teletertuliano y la Tontared, es la “representación ficticia de una sociedad futura de características negativas causantes de la alienación humana”. El problema con tanta cháchara indocumentada y conceptos cogidos por los pelos, es que en lugar de alertarnos en contra de tal deriva de la cosa pública, se extiende una fórmula venenosa: hay que preparase para eso, hay que resignarse a lo que venga. Olvidando que en una democracia, incluso la nuestra, el ciudadano debería hacer escuchar su voz y si la “res política” no oye, como es normal, movilizarse para gritarlo conjuntamente. Pero mientras que tengamos nuestros juguetes tecnológicos, incluida la tele y sus series y programas cerebrodeformantes, y no se presenten demasiadas restricciones en lo cotidiano, aguantamos lo que nos echen.

Así el asunto distópico avanza hasta que se convierte en tópico: desastres con el sello del cambio climático, guerras de codicia, hambrunas en África y emigraciones masivas; violencia civil, desde descerebrados armados que asesinan, niños, mujeres o negros, hasta gamberros violentos y violadores con patente de corso; un ecosistema que empieza a agonizar ante la indiferencia global. Sin olvidar los crecientes fanatismos religiosos más obcecados y pro medievales.

¿Qué hace peligrosa esta banalización de las distopías, bajo el paraguas de “eso no nos puede pasar aquí”? El hecho incontrovertible de que estemos aceptando como “normales” los mimbres con los que se hará el cesto de Pandora, el que contiene todos los males: son las características neoliberales de nuestra realidad actual. A saber, el individualismo extremo del “yendo yo caliente”; la gradual desaparición de movimientos comunales, altruistas y concienciados con los problemas reales, y no teledirigidos o subvencionados por la política fagocitadora de todos los partidos; la escasez de educación ética desde la guardería hasta la Universidad; la creciente y contagiosa falta de salud mental a todo nivel y en todos los colectivos sociales; la entronización de la fuerza sobre el diálogo y la colaboración; la dependencia hacia una tecnología que nos aleja de lo propiamente humano; la pérdida de la memoria histórica como especie y el auge de los totalitarismos, a cambio de la seguridad y el pan de cada día. Los chinos ya se acercan a esto y, dada la marcha de los acontecimientos, esa “ideología” podría dominar el mundo. ¿Distopía?

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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27 mayo 2022 5 27 /05 /mayo /2022 17:34

OBSERVATORIO POLÍTICO INTERNACIONAL

EL ‘GAMBITO DE DAMA’ DE LA OTAN A PUTIN, ¿ESTRATEGIA O FICCIÓN?

 

Más de tres meses de barbarie, destrucción y muerte es un precio demasiado alto para un error estratégico (el de Putin) y un error de inteligencia política (occidente y la OTAN).  Se han rechazado las “justificaciones” políticas de Putin para salvar la cara ante su propio pueblo en su aventura nostálgico-imperialista y se ha abierto la caja de Pandora de la guerra sobre  la autocomplaciente sociedad europea, con la continua instigación a la violencia de los americanos (uno de los países que ganan algo con la guerra) y el fortalecimiento del tigre chino supuestamente dormido.

Un examen sin complejos de la vieja geopolítica, ya en forzada jubilación, hace pensar en teorías conspiratorias, que en estos tiempos se definirían como un desencantado ”todo es posible”. Ello esconde la amarga constatación de que la ética ha dejado totalmente de existir en la política global de hoy (si es que alguna vez existió, excepto de forma anecdótica). La cuestión es, lisa y llanamente, que hemos vuelto, gracias a Putin y, paradójicamente, en contra de sus intereses, a la política armamentista y de bloques de 1945. Todo lo que está ocurriendo se  asemeja a un gambito de gama en una partida de ajedrez. Una  estrategia demasiado sutil para ser orquestada por Washington pero plausible entre los mandos y políticos afectos a la OTAN.

Como en el ajedrez, en política internacional la estrategia básica es tener una visión global de la situación geopolítica y económica. Hay que saber ver más allá de la jugada del momento y tener en cuenta las variables que están en juego. Y a partir del momento base, tener claro el objetivo a conseguir, ampliado nuestro foco a medida que se desarrollan los acontecimientos. Con ello estaremos más dispuestos a asumir los cambios que provoca el proceso

El peón de dama que se ofrece al sacrificio en el tablero es Ucrania y Putin ha mordido el anzuelo, mostrando –dejando aparte el peligroso para todos arsenal nuclear- dos cuestiones básicas en su contra: su ejército, aun siendo muy poderoso, está bastante anticuado para estos tiempos y dos, sus conexiones amistosas con otros países no resisten la “prueba del algodón”: si rascas un  poco se ve que no está muy limpio. El oso ruso no tiene amigos, sólo clientes o sometidos.

Con el sacrificio de Ucrania –que podría ser recuperada más adelante, aunque no en el seno de la OTAN- se ha producido una dinámica de acontecimientos que aíslan cada vez más a Moscú. Suecia y Finlandia abandonan su neutralidad y piden su entrada en la OTAN; la organización militar “defensiva” bajo el mando de Estados Unidos se ha reforzado exponencialmente (cuando estaba en casi hibernación); Rusia ha perdido casi todo su valor como potencia hegemónica y su categoría como representante del “otro” paradigma sociopolítico distinto a Occidente; y, en definitiva, se está dejando camino libre para que China se coloque en cabeza de esa “otredad”, con su poco creíble pero eficiente “capitalismo-comunista”.

Puede parecer frívolo explicar con una célebre apertura del juego de ajedrez la enorme tragedia humana que está suponiendo la guerra de Ucrania. Lo cierto es que ya ha dejado de copar las primeras páginas de la prensa y la tele de casi todo el mundo; las exigencias del mercado neoliberal y su instituida velocidad de cambios, no perdonan. Como tampoco perdona la inconsciente y brutal ruptura con las normas y obligaciones del derecho internacional. El regreso a la disponibilidad bélica, a la ley de la fuerza, a la tácita permisibilidad para las más atroces y sanguinarias acciones contra la población civil, nos muestran un deterioro ético en lo público que es un retroceso para los derechos humanos en general.

Y, por favor, que no se olvide en qué contexto global se está produciendo este “regreso a las cavernas de la violencia” con su secuela de carrera armamentista, falta de seguridad y legalidad en el mundo, daños laterales en economía, salud y calidad de vida. Sumen a todo lo anterior, daños directos e indirectos del belicismo, el aumento de los nacionalismos, populismos y extremas derechas o izquierdas. Y analicen ese potaje de horrores en una olla donde también se cuecen, el cambio climático, las hambrunas, las pandemias de origen animal provocadas por el hombre, la sequía y las emigraciones masivas de refugiados por pura y simple supervivencia.

Pero volvamos al tablero de juego, en el que la batalla en la que Putin se embarcó con percepciones erróneas es sólo lo más visible, pero no lo más importante.  Como dijo Henry Kissinger, en una reunión política reciente, a la  respetable altura de sus 99 años, hay que aceptar la situación tal y como está y recordar que Rusia y Estados Unidos han superado derrotas militares (Vietnam y Afganistán) sin ceder al uso de armas nucleares. Por tanto, nunca mejor que ahora, “tenemos que desescalar hacia las armas convencionales y aprender a vivir con relaciones hostiles”. La frialdad de la “realpolitik” preconiza aceptar lo malo en estos momentos para no permitir que llegue lo peor. 

Hanna Arendt, refiriéndose a la II Guerra Mundial decía, “…en una futura guerra  ya no se trataría del logro o la pérdida de poder, de mercados y espacios vitales, de cuestiones que también podrían obtenerse sin violencia por la vía de la negociación política. La guerra ha dejado de ser la “ultima ratio” de conferencias y negociaciones cuya ruptura causaba el inicio de acciones militares, que no eran más que la continuación de la política por otros medios. Ahora se trata de algo que no podría ser objeto de negociación: la simple existencia de un país o un pueblo. Eso sería la violación de una frontera inherente a las acciones bélicas”. Y termina su razonamiento con estas palabras estremecedoras que no deberían olvidarse: “Podemos dudar de que los hombres, en medio de esta progresión necesariamente catastrófica  que ellos mismos han desencadenado, puedan seguir siendo dueños y señores de su mundo y de los asuntos humanos”.

Dejando a un lado los lógicos temores a una escalada nuclear, se debería tratar la crisis como una negociación en la que ambas partes admiten que van a perder algo, la premisa menor, pero pueden negociar la premisa mayor: un nuevo estilo y unas nuevas reglas de convivencia. Es preciso aceptar, ante la alternativa bélica, que todos los sistemas políticos en nuestro tiempo son simples variaciones de un tronco común: las oligarquías nacionales y multinacionales, la red de corporaciones tecnológicas del alcance, influencias y beneficios globales y los Estados como “res política” que atienden las necesidades de los ciudadanos de una forma más o menos corrupta, eficaz o participativa. En el siglo XXI han muerto las ideologías, excepto en la mente de idealistas, fanáticos, ingenuos y un resto testimonial de miembros de  cuerpos armados (ejércitos y policías). O en la faceta religiosa o racista del fanatismo político. ¿Creen que hay mucha diferencia entre la oligarquía endogámica rusa, la china o la de Occidente? ¿Cuánto van a tardar en comprender que los problemas y necesidades de la mayoría de los ciudadanos son simples y elementales como la vida misma: alimento, ocio, techo, educación, salud, familia y sociedad? Las corporaciones dedicadas a los negocios suntuosos vinculados con la Red y la virtualidad, hace años que lo saben y lo explotan. Los romanos de la plebe pedían paz y circo. La gigantesca plebe del XXI, que no llegó a la mayoría de edad, piden móviles y metaverso, redes rápidas y…naturalmente “pan”, es decir hogar, sustento, médicos y maestros. Las ideologías importan a una minoría, bastante ruidosa en general y a los políticos que envuelven con ella su sustancioso modo de vida. Ahora se han  convertido en una permeable y jactanciosa excusa.

Todo lo que está ocurriendo en Rusia era de prever tras el cerrojazo de los 90 a las pretensiones –desmesuradas- de la URSS y el desmoronamiento soviético. En el país convertido en almoneda por los propios jerarcas soviéticos y con el beneplácito del insigne beodo Boris Yeltsin, ¿quiénes dirían ustedes que crearon las bases de la actual oligarquía rusa y alimentaron desde la cuna al miembro de la KGB, Vladimir Putin, elemental y moralmente peligroso como un personaje de Dostoievsky? Los halcones de Wall Street. La infame tropa desembarcó en las Rusias, compitiendo con las mafias locales y los vestigios del aparato soviético, importando las directrices neoliberales y privatizadoras de Estados Unidos. El increíble negocio del gas natural ruso, el petróleo, el acero, minerales y cereales, estaba a merced del mejor postor. El dólar y la oligarquía rusa se hicieron con el pastel usando métodos poco recomendables pero muy efectivos. Por supuesto que eso provocó la crisis financiera, necesidad de ayuda exterior y la llegada de un Gobierno autoritario para contener ingentes masas de población arruinadas y al borde de la hambruna. Incluso las ayudas del Fondo Monetario Internacional (servidas en bandeja por los sucesivos presidentes de EE.UU.) enriquecieron más a la clase dominante y también a los “consejeros áulicos” de las barras y las estrellas. Con esas ayudas se compraba cierta pasividad rusa ante la ampliación de la OTAN por países ex soviéticos (cosa que se había prometido no hacer). A  cambio se ofreció  a Moscú que se sentara en el club de los países más ricos del mundo, el G7 (cuando su PIB no rebasaba en mucho al español). Es con la entrada de los países bálticos en la OTAN  y la llegada de Putin al poder en 1999,  cuando todo el entramado de sobornos y engaños se derrumba, comienza a disputarse de nuevo la hegemonía y renace una guerra fría que llega a su exasperación 22 años después.

Como escribió el Nobel de economía 2007, Erik Maskin, académico de Harvard, “Occidente debería haber abrazado a Rusia en los noventa”. Pero ahí estaban los intereses norteamericanos para impedirlo. Y de aquellos mimbres estos cestos.  Por supuesto que nada de lo dicho justifica las tropelías bélicas de Putin. Pero seamos serios y críticos a la hora de atrevernos a juzgar los hechos luctuosos de la Historia reciente. No hay buenos ni malos. Somos todos de la misma materia de las pesadillas. Manifiestamente mejorables.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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23 mayo 2022 1 23 /05 /mayo /2022 18:31

Este artículo ha sido publicado en Heraldo de Aragón, el 21 de mayo de 2022

En el hervidero político español, con su Gobierno funambulista sobre la cuerda floja y su nada fiel oposición, hace falta bajar un poco el fuego dialéctico y dejar que reposen los ánimos y se decante la suciedad que los intereses contrapuestos van dejando en la poco ejemplar vida pública. España es un vocinglero patio de Monipodio, instaurado en el Congreso, el Senado, los partidos –sin salvar ni uno- y la peste de coloquios, correveidiles de la Red, falaces mensajes virtuales, insultos, mentiras agresivas y hechos vergonzantes que enlodan el país. Los españoles no contagiados miran con asombro pesimista y un poco asqueados la corrala de vecinos resabiados en que se ha convertido España, nunca tan dividida y fragmentada.

Por eso en la placidez horaciana de mi retiro rural procuro evitar el contagio de la violencia y la falta de ética que sumerge la cosa pública en un pestilente caldo de falta de sentido común, lógica y humor. Para ello suelo, como terapia, leer cada día durante un par de horas a alguno de los clásicos que enriquecen mi biblioteca. En esas, di con Montaigne, el pensador francés del siglo XVI, que dice no ser filósofo y a cambio nos ofrece una muestra de una de las filosofías más vivas, sencillas y lúcidas. Recalé en sus “Ensayos” cuando el “catalangate” había provocado la penosa destitución de la directora del CNI, Paz Esteban, y con ello el ridículo político del Gobierno y su presidente y la debilidad del sistema secreto de información y de la estructura defensiva interior del Estado (que queda a merced de políticos que han manifestado pública y notoriamente su oposición al tipo de Estado que “disfrutamos”).

Es obvio que para Sánchez la razón de sus decisiones es “una apariencia de discurso que cada uno forja en sí mismo (…) un instrumento de plomo y de cera, que se puede alargar, plegar y acomodar a todos los bieses (sesgos, diagonales) y todas las medidas”. Y el presidente se debería aplicar esta reflexión escéptica y humilde: “lo que yo opino sirve para expresar la medida de mi visión (y mis intereses), no la medida de las cosas”. Y tener el valor de reconocer que la verdad, “tanto si nos perjudica como si nos sirve” debe ser buscada  y “no debemos desdeñar ninguna intervención que nos  conduzca a ella, ya que la verdad está por encima del amor propio”.

Como dice André Compte-Sponville en su libro sobre Montaigne , “en su tiempo, fanatismo y dogmatismo eran sin duda los principales enemigos de los que se dedicaban a la política”. No veo muchas diferencias de fondo con nuestro hoy, si le añadimos el nihilismo y la sofística. Señor Sánchez, lea en Montaigne: “¿Para qué sirven esas puntas culminantes de su política sobre las que ningún ser humano puede sentarse y esas reglas que exceden nuestro uso y nuestra fuerza?”…”nos propone perspectivas que ni quien las propone ni quienes las escuchan tienen ninguna esperanza de seguir ni, lo que es peor, muestran ganas de hacerlo”.

Quizá debería asumir como hace el filósofo francés que “Mi propósito puede dividirse en cualquier parte, no se funda en grandes esperanzas; cada día es su propio objetivo. Y el viaje de la propia vida se comporta de la misma manera”. O “mi filosofía se basa en la acción, en uso natural y presente, poco en fantasías”. Pero admite que “nuestro ser está cimentado en cualidades enfermizas…y quien eliminara las semillas de dichas cualidades en el hombre, destruiría las condiciones fundamentales de nuestra vida”.”Así, el engaño, la traición, la violencia… ¿Qué poder podría prescindir totalmente de ellos?” Y añade, comprensivo, quizá recordando a Maquiavelo, “La política no puede reducirse pura y simplemente a la moral, ni someterse siempre a ella. Tampoco puede abolirla ni pretender someterla”. Y añade: “las exigencias del poder, legítimas en su orden, no pueden servir de ética ni para los individuos…ni tampoco de manera suficiente para los príncipes…que aun en el trono más elevado del mundo están, como todos, sentados sobre el culo”. Pues, “no todas las cosas le son lícitas al hombre de bien por el servicio a su rey, ni al de la causa general y las leyes”.

Y cuando se dan esos casos de razón de Estado que justifican decisiones extremas, Montaigne advierte: “Hay que ceder frente a esas excepciones raras y enfermizas de nuestras reglas naturales. Pero con gran moderación y circunspección; ninguna utilidad privada es suficientemente digna como para pedir  ese esfuerzo a nuestra conciencia; la pública, de acuerdo, sólo cuando es muy importante. Lo útil solo prima honestamente cuando resulta útil a la mayoría. El mal solo es aceptable en beneficio del bien público”.  Y añade “nunca gobernamos bien cuando la pasión  nos posee y nos gobierna; aquél que solo emplea su juicio y su habilidad…disimula, cede, difiere a su gusto según lo requiera la ocasión; falla su objetivo sin atormentarse ni afligirse, dispuesto y entero para una  nueva empresa, avanza siempre con las riendas en la mano, más lúcido, eficaz y tolerante, sin permitir que sus deseos le engañen”.

La bonhomía lúcida de Montaigne podría ser una buena brújula para dirigir los asuntos de Estado en estos tiempos sombríos. Para ninguno de los que ejercen el poder está de más reflexionar sobre ello.- ALBERTO DÍAZ RUEDA

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20 mayo 2022 5 20 /05 /mayo /2022 10:43

Logoi 252

ARMAGEDON

En el libro bíblico del Apocalipsis el término “Armagedon” indica la batalla del fin del mundo entre las fuerzas del bien y las del mal.  Muchas religiones reivindican esa profecía simbólica y algunas la situaron en la Primera o la Segunda guerra mundial  o  en algunos momentos de la Guerra Fría. En estos días la tentación catastrofista evoca cómo la rivalidad entre Estados Unidos y la URSS desemboca en una guerra nuclear que destruye la humanidad.

Hechos: Putin amenaza repetidamente con recurrir al armamento nuclear; la guerra de Ucrania no ha resultado ser un paseo militar para los rusos –lo que eleva la tensión-; y la OTAN sigue comportándose con la irresponsabilidad de su principal mentor, los Estados Unidos, sugiriendo la entrada de más países europeos fronterizos con Rusia. Aún así, deberíamos evitar proyectar nuestros temores en algo tan desconocido como es el futuro. Examinemos la historia y veremos cómo un número muy elevado de variables introduce el azar en el desarrollo presuntamente lineal de los hechos y los desbarata, para coger a menudo un atajo que nadie había visto. Lo curioso es que, habitualmente, en el análisis posterior de lo ocurrido acabamos creyendo que las cosas no hubieran podido seguir un camino distinto. Determinismo puro y duro.

En 2019, el Programa de ciencia y seguridad global de la Universidad de Princeton realizó una simulación de lo que podía ocurrir tras un choque nuclear entre la OTAN y Rusia: más de 90 millones de muertos y heridos en sólo las primeras horas. Posteriormente el nivel de radiación dificultaría la supervivencia del resto de cualquier forma de vida terrestre.

Se supone que hay posibilidades de supervivencia de las personas no cercanas a los lugares donde estallasen las bombas. Existen programas y protocolos diseñados a nivel nacional en algunos países de Europa, en Estados Unidos, y otros. Los primeros están relacionados con accidentes nucleares –como Chernobil o Japón- y otros lo están respecto a una conflagración nuclear. España no está entre esos países y nuestra Ley de Seguridad Nacional no contempla un evento de esas características. Tampoco hay instaladas señales acústicas para avisar a la población de las ciudades. Incluso algo tan básico como las pastillas de yodo indicadas contra tal radiación no existen en España (las de las farmacias no tiene la cantidad suficiente de yodo). Consecuencia: en estos tiempos, más vale prever que lamentar.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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10 mayo 2022 2 10 /05 /mayo /2022 09:49

LOGOI 251

NADIE

Publicado el 100522 en La Comarca

Homero nos narra en “La Odisea” el sagaz enfrentamiento de Ulises contra Polifemo, el gigante de un solo ojo que se merienda a algunos miembros de la tripulación del astuto héroe heleno. Cuando el gigante antropófago le pregunta a Ulises cuál es su nombre, éste le contesta “Me llamo Nadie”, simbolizando proféticamente el poder de manipulación y destrucción que se suele esconder tras esa palabra, el anonimato del poder. En nuestro tiempo, detrás de las grandes corporaciones económicas, tecnológicas y financieras que nos dominan, generalmente hay unos “Nadies” cuyos nombres y apellidos se difuminan tanto como el alcance real de sus poderes. Los pocos que “dan la cara” tienen menos poder del que presumen y se deben también a sus consejos de administración y a las reglas de un mercado que siempre está a un nivel superior (y oculto).

En su libro “Sobre la violencia”, publicado en 1969, Hanna Arendt ya define con agudeza una forma de dominación del hombre sobre el hombre que era esencialmente distinta a las habituales en el mundo griego: el dominio de solo hombre, en el caso de la monarquía, de los más ricos (oligarquía), de los mejores en la aristocracia y de la mayoría, en la democracia. Para ella, actualmente, la forma más formidable de todas es el dominio de la burocracia, el de un “intrincado sistema de organismos, del cual ningún hombre puede ser considerado individualmente responsable: es decir el dominio por parte de Nadie”. Si en la tiranía, el que manda no tiene que rendir cuentas, en la burocracia, como no hay un alguien que se responsabilice, es imposible localizar sujetos concretos o identificar al que da las órdenes y responde a una determinada acción pública; el poder burocrático escapa a todo control y puede destruir todo a su paso. Es el poder de Nadie.

Por eso con una burocracia creciente, servida por ejércitos de funcionarios bien pagados, pero cuya labor es difícil de controlar públicamente, “no queda nadie con quien debatir, nadie a quien presentar quejas, nadie a quien presionar”. Es un sistema de gobierno que “priva a todos de la libertad política y de la capacidad de actuar en el ámbito público. Es una tiranía sin tirano”. Sin olvidar la extrema burocratización paralela de los partidos políticos, donde apenas quedan rendijas para la actuación del ciudadano que no entre en el sistema de partidos (y por tanto no esté sujeto a la normativa operativa-ideológica de éstos). Piensen en ello.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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3 mayo 2022 2 03 /05 /mayo /2022 09:37

“LA NARANJA MECÁNICA”, 60 AÑOS DE UN “SHOCK” CULTURAL

La novela de Anthony Burgess y la película de Kubrick galvanizaron el horror ante la violencia gratuita

En 1962, hace sesenta años, el escritor británico Anthony Burgess publicaba una novela distópica, desafiante, atrevida y decididamente obscena: “La naranja mecánica” (A Clockwork Orange). Casi 10 años más tarde (1971) Stanley Kubrick la adaptaría para la gran pantalla: una película que arrasaría y dinamitaría, con su hábil y medido sentido de la transgresión y el escándalo, la conciencia social de la época.

La novela se tradujo al castellano (una traducción que en sí misma era una hazaña, dado el neolenguaje que usaban los jóvenes) y a otras lenguas a consecuencia del éxito de la película. Burgess lograba llevar a la caricatura inteligente los juegos de palabras de Joyce (“Ulyses” (1922) y “Finnegans Wake” (1939) y la inventiva sexual culterana y escandalosa de Nabokov (“Lolita”- 1955). Lo que en Nabokov y Joyce era la palabra como acicate sexual y operativo, en Burgess era la música, principalmente Beethoven.

El caldo de cultivo de la distopía de Burgess no estaba motivado por razones políticas como “1984” de George Orwell (1948), o filosóficas y sociales como “El mundo feliz” (1932) de Aldous Huxley, sino por la cultura social emergente de las nuevas tribus juveniles que despertaban tras la II GM y comenzaban a vislumbrar un mundo más permisivo y con menos escasez y miseria. Desde los “Teddy Boys” a los “Mods”, los “Rockers” y los “skinheads”, la subcultura juvenil buscaba su decálogo de libertades y su código de señas de identidad, ya fuesen las motos, los coches, las melenas o los rapados, la música trepidante, el desenfado en el vestir y en las conductas, unidas a un acceso ilimitado al sexo, el alcohol o las drogas.  Y como correlato lógico de todo eso, una violencia entendida casi como celebración orgiástica.

A los 45 años, el profesor de literatura Anthony Burgess, con media docena de libros excelentes publicados, logró capturar el espíritu de los sesenta con “La naranja mecánica”, novela que pasaría a definir un estilo de vida juvenil y cuya influencia aumentaría exponencialmente cuando Kubrick unos años más tarde (por lo tanto sin salir de las generaciones reflejadas) ofreció su particular enfoque de la novela con una película que manipulaba el final de la historia y sus buenas intenciones pedagógicas y éticas. Burgess protestó ante Kubrick por esas omisiones y terminó rechazando su obra, amargado por el mimetismo violento que suscitó en los jóvenes de esos años (lo cual también salpicó a Kubrick, que terminó pidiendo a los distribuidores de la película que la retiraran de la exhibición pública).

Unas décadas más tarde el mensaje vitriólico –aunque redentor- de la novela y sobre todo la maldad gratuita de la película, que no reflejaba ese “buen final” del protagonista, fueron completamente absorbidos por la cultura popular posterior, cumpliéndose el axioma: “todo aquello que desafía a una cultura hegemónica capitalista termina por ser convertido en un producto de consumo totalmente banalizado”. La cinta de Kubrick escandaliza ya a muy pocos en estos tiempos, que de una forma curiosa han logrado superar e infantilizar toda la estética agresiva de la película. Los actos vandálicos, la alienación y psicosis colectiva, la violencia destructiva gratuita, las agresiones físicas contra colectivos inermes, ancianos, enfermos, deficientes mentales o los sexuales, mujeres, personas homos y heterosexuales, la destrucción de bienes públicos y privados, la adicción al alcohol o las drogas y sus efectos, forjan una problemática que ha pasado del esteticismo brutal ejercido bajos los mágicos sones de Mozart, Bach y Beethoven que vimos en la película, al más sórdido día a día de las páginas de sucesos o los telediarios en nuestras grandes megalópolis.

Ni siquiera al actual argot juvenil apocopado de las redes es demasiado diferente de la jerga adolescente de Alex- el protagonista de la novela, un chico de 15 años- y sus “drugos” (amigos y cómplices), forjada por Burgess, que combinó vocablos rusos y rumanos con el barriobajero “slang” británico y el comportamiento violento, al estilo de los “skinheads” o el “hooliganismo” de los 70 y 80.

Kubrick pretendió realizar algo que entendía como “una sátira social, un cuento de hadas sobre la justicia y el castigo, y un mito psicológico”. Lo cierto es que logró escenas icónicas en la historia del cine, como las acciones de violencia, sexo y mutilaciones, inmersas en las notas musicales de Rossini, Mozart, Bach o Beethoven y movimientos estilizados como danzas. La sátira social no tuvo efecto alguno, la justicia y el castigo se han convertido, hoy más que nunca, en un cuento de hadas y el mito psicológico ha dejado de serlo, renaciendo en forma de realidad en una versión universalmente extendida.

En la novela, las andanzas descerebradas y “ultraviolentas” de Alex y sus “drugos” (compinches)  tienen su castigo pero también su redención: en la última parte del libro (que fue excluida de las primeras ediciones para los Estados Unidos) Alex abjura de su pasado brutal y decide integrarse en el normal desarrollo de una vida pequeño burguesa entre las coordenadas del trabajo remunerado y de la constitución de una familia. E incluso lleva en el bolsillo una foto de un rollizo bebé, “que parece estar diciendo ‘gugú’”. Cosa altamente improbable y un poco ridícula: se nos propone que el sádico Alex se ha convertido en un ser angelical y cursi…a los 18 años. Aquí la formación religiosa de Burgess le ha jugado una mala pasada.

Sin embargo, el toque genial de Burgess es transformar a  Alex, ese líder demoníaco que hiere, golpea, roba, viola, destroza y asesina –y disfruta psicopáticamente de ello- en un adorador extático de la música clásica en sus más preclaros maestros. El tipo siente la misma jubilosa  atracción por la maldad sin cortapisas como por las notas de Mozart o Beethoven. La descripción de lo que siente Alex al escuchar un concierto de Bach, es precisa y brillante: “Los trombones  crujían como láminas de oro bajo mi cama y detrás de mi golová (cabeza) las trompetas lanzaban lenguas de plata y al lado de la puerta los timbales me asaltaban las tripas y brotaban otra vez como un trueno de caramelo. Oh, era una maravilla de maravillas”. Esa descripción suena más a Joyce que al brutal sonsonete de la “ultraviolencia” de las cincuenta páginas anteriores, en las que Alex, “vuestro humilde narrador”  y sus “drugos” han robado, herido, luchado y violado a ritmo de claqué o de la música de “Bailando bajo la lluvia”. Antes de acabar la primera parte, Alex mata a una anciana rica en su casa y es detenido por la policía, tras ser traicionado por sus compinches.

Este maridaje entre la Bella-la música clásica- y la Bestia, violenta y sanguinaria, podría tomarse  como una trasposición literaria y simbólica de algo muy vivo en la época en que se publicó la novela: el estupor y rechazo que producía la asombrosa coexistencia entre la alta cultura (música, arte, literatura) y la barbarie sistemática y burocratizada del III Reich. Quizá Burgess no tenía esa intención, pero muchos analistas de su novela han comentado ese paralelismo.

Para buscar un equilibrio (que luego rompería en la tercera parte) Burgess comienza la segunda con la estancia de Alex en la cárcel y su hipócrita comportamiento de sumisión bajo el que latían acentuados deseos de violencia y destrucción. Y aquí nuestro autor nos propone una visión “legal” de la violencia que proviene del Estado. Por una promesa de indulto, Alex acepta encantado que se le aplique una radical terapia de choque que a través de proyecciones de escenas de ultraviolencia –tan amadas por Alex- y de administrarle drogas reactivas y mantenerlo forzado sin poder evitar las imágenes, logran una brutal aversión física (ojo, no mental) a un simple amago de violencia. La nota hábil de Burgess consiste en hacer que el fondo sonoro de esas imágenes convertidas en aversión dañina, sea la música de Beethoven. Alex grita: “Usar de ese modo a Ludwig Van… Él no hizo daño a nadie. No hizo más que escribir música”. Escuchar esa música también le provoca náuseas y malestar insufrible. Alex no resiste eso y trata de suicidarse tirándose por una ventana.

En la película, Alex es “reconstituido” y acaba planeando nuevas maldades. En la novela, se convierte en un blando y virtuoso ciudadano que lleva la foto de un bebé ajeno en el bolsillo. Incluso su afición a la música clásica se ha decantado por “lo que llaman lieder, solo una voz y un piano, muy tranquilos y tiernos”. Quizá como dice Martin Amis  en “El roce del tiempo”, “Burgess sabía que algo fallaba en ese final: Alex es un adolescente y los lectores son adultos y pueden soportar perfectamente que alguien no se regenere”.

 

FICHA

LA NARANJA MECÁNICA.-Anthony Burgess.- Trad. Aníbal Leal. 166 págs.- Editorial Minotauro.

EL ROCE DEL TIEMPO.- Martin Amis.- Trad. Jesús Zulaika. 415 págs. Ed. Anagrama

 

 

 

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3 mayo 2022 2 03 /05 /mayo /2022 09:27

Publicado en La Comarca, 030522

Siempre llevo a Portugal en el corazón, desde antes de la pacífica Revolución de los Claveles (25 de abril de 1974). He viajado por sus tierras en tiempos de Salazar y con frecuencia después de la revolución. En enero y febrero de 1986 fui a Lisboa a informar sobre las elecciones presidenciales que ganó el socialista Mario Soares. Para entonces, Portugal había salido de la Edad Media de la dictadura y mostraba su pujanza económica, política y social a todo el mundo, excepto en nuestro país, obcecado por su indiferencia y complejo de superioridad.

Me asombró la cortesía, buena educación y el señorío de casi todos los políticos portugueses en sus mítines. El pueblo portugués es cabal, galante, irónico,  con una cierta elegancia de otros tiempos. Incluso en el ambiente político mantienen esa actitud de cortesía y respeto.

 Entrevisté a Mario Soares y al Presidente Eanes. En ambas entrevistas, tras las preguntas de rigor sobre política interna,  planteé, al político socialista y al militar, una cuestión, entre la utopía y el sentido común: los Estados Unidos de Iberia. Recibí sendas sonrisas, comprensivas pero diplomáticamente elusivas.

¿Qué opinaría, lector, de una federación ibérica que uniera a los sesenta millones de personas, con sus economías bogando en el mismo navío y con unos políticos que inspiraran a algunos de los nuestros a instaurar la cortesía, el sentido común y la honestidad en  el ámbito político hispano? Ayudaría una capitalidad compartida, una similitud léxica en los idiomas del 89% y el hecho de que la suma de países de habla española y portuguesa representa el 14% del PIB mundial. Hace poco vimos algo esperanzador con la “excepción ibérica” de la UE en el asunto energético.

El escritor luso Gabriel Magalhaes hablaba de la “narrativa falaz” que eternizó la dictadura salazarista y las guerras coloniales que provocaron el golpe de Estado incruento del 74. “Cuando la mentira guía a un país, tarde o temprano se produce un gran dolor”. Eso ocurre en el mundo con la guerra de Ucrania. España y Portugal podrían estudiar una posible Federación Ibérica que mitigaría sus efectos en nuestros países.

Soares me dijo: “Mas é um sonho impossível... somos tão diferentes”.  Creo que es más lo que nos une que lo que nos separa. Aunque sea un camino largo… vale la pena.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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