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22 septiembre 2023 5 22 /09 /septiembre /2023 18:32

OBSERVATORIO POLÍTICO INTERNACIONAL

Este artículo ha sido publicado en "La Comarca" el 220923

Más cerca de la nostalgia de Albert Camus que del colonialismo de la baronesa Karen Blixen en Kenia, yo también tuve desde niño el “Sueño de África” (título de un excelente libro de mi colega, Javier Reverte). Vivíamos en el norte del continente, en Marruecos, durante el “Protectorado” español y hasta la Independencia del reino alauita. A finales de los 50, España tuvo que irse y, al contrario que Francia en Argelia, lo hizo en paz, sin derramamiento de sangre. La dictadura franquista y el rey Mohamed V, abuelo del actual rey, se llevaban más o menos bien aunque con desconfianza mutua. En todo caso mejor que con su hijo y sucesor Hassan II, una especie de astuto Maquiavelo oriental que hizo bailar al son de su flauta de intereses a los Gobiernos españoles, hasta el chantaje popular de la “Marcha verde”. De entonces se nutría mi nostalgia de los soles inmisericordes y las noches estrelladas de África. Como periodista volvería varias veces a Marruecos y también a Argelia, Túnez, Mauritania, todo Oriente Medio, Egipto, Sudán, Guinea…y sería testigo más adelante –aunque ya no en persona- de las secuelas de la colonización, de la descolonización, de las hambrunas y las sequías, de la miseria ancestral, los conflictos bélicos permanentes, los señores feudales de la metralleta, el petróleo, los diamantes y los metales estratégicos, los genocidios de tribus enteras, la corrupción y la violencia como forma de vida. África –sobre todo la llamada “negra” o central- se ha convertido  en una “aporía”, un sinsentido sin futuro y casi sin presente viable, un camino lleno de incertidumbre, ruido y furia. Y para Europa –para Occidente -  el “sueño de África” que alimentó la furia expansionista de la Europa del siglo XIX, se ha convertido en una pesadilla real en forma de pateras o de conflictos bélicos. Europa está a punto de perder su última oportunidad, si es que no la ha perdido ya, de convertir África en el sueño  de colaboración e igualdad que debía haber sido,  si el complejo de superioridad de los europeos no hubiera  convertido a una parte del continente africano en el escenario de pesadilla  que describe Joseph Conrad en “El corazón de las tinieblas”.

Dos lamentables desastres naturales ocurridos en estos días, el terremoto de Marruecos –con una ausencia de reacción oficial adecuada que refleja la indiferencia sátrapa del rey por su pueblo y el rechazo de ayuda internacional, con alguna excepción- y los destrozos y víctimas del ciclón “Daniel” sobre la dividida Libia (más de 2000 muertos y de 10.000 desaparecidos) muestran de una forma clara el esquema político-social de esos países que es una constante en los Estados del desdichado continente, casi sin excepciones y con pocas variaciones:

1.- Gobiernos bunkerizados que no gobiernan, muchos militarizados y casi todos corruptos; 2.-poblaciones con problemas elementales de subsistencia, opresión y ausencia de derechos pero, paradójicamente, auténticas “bombas demográficas”;3.- infraestructuras sociales subdesarrolladas, comercio, vivienda, inseguridad…sujetos a hambrunas, enfermedades  y sequías; 4.- Crisis económica y social permanentes con escasa ayuda internacional o desviada ésta a los poderes fácticos; 5.- proliferación de “asonadas” militares (“epidemia putschista “ la  llama el secretario general de la ONU, Antonio Guterres), pandillismo armado, abusos y matanzas de los “señores de la guerra” locales contra la población ;6.- explotación de los recursos naturales del territorio a favor de una minoría del país o de grupos internacionales respaldados por sus propios Gobiernos, que se mantienen tibios o renuentes a una ayuda verdadera; 7.- flujo creciente emigratorio causado tanto por desastres naturales y epidemias  -está por hacer un estudio serio de los efectos del Covid  y otras pandemias en África- agravados por la falta de condiciones económicas, sociales y estructurales  del territorio y la de gobiernos adecuados: hambre, sequía, falta de trabajo, vivienda, seguridad, como por la busca legítima de un horizonte de vida posible en otros países, principalmente Europa…eso supone no sólo una sangría humana del país sino un agobio mal gestionado en los países que, miopemente, se niegan a acogerlos y los rechazan a veces de forma violenta e inhumana…Y podríamos seguir desmenuzando la atroz problemática que ha convertido el siglo XXI en el epítome de la “errancia sin fin” de los desposeídos en pos de los “paraísos” del occidente rico y egoísta (que cada vez son menos ricos, por el efecto “boomerang” de su falta de humanismo y de su racismo).

Lo cierto es que, con algunas excepciones,  los dirigentes y los pueblos de Occidente – principalmente Europa- no somos conscientes del peligro disgregador y de fatales consecuencias que nos llega del continente vecino, separado por unos pocos kilómetros de las costas europeas. No se trata tan sólo de un puñado de pateras, sino del contagio por proximidad  que conlleva la desestabilización terrorista de los países del Sahel y del centro africano, de la inseguridad y la obcecación de los golpes de Estado que ya lleva seis ejemplos en los últimos meses , cada uno de ellos más imprevisible, oscuro y violento. Según Josep Borrell, representante de la UE en cuestiones de Asuntos Exteriores y Seguridad, “está en juego el futuro de la democracia en toda la región” y apoya “soluciones africanas a los problemas africanos” aun reconociendo que la UE se ha centrado demasiado en problemas de seguridad y en mantener una “paciencia estratégica” con las diversas juntas militares, “maestras en manipulación y desinformación”. La autocrítica de Borrell sobre el papel de la UE, no aclara qué tipo de medidas hay que tomar. Precisamente respecto a Libia, conviene recordar que cuando en 2016 le preguntaron a Obama cual había sido el peor error de sus dos mandatos como presidente, respondió: “Probablemente no programar el día después  de lo que creo fue la decisión correcta de intervenir en Libia”. Eso ha sido el defecto de la  intervención occidental en África: no afianzar y asegurar la vida y gobierno  de esos países una vez expulsados los dictadores, sátrapas y uniformados del poder. Y eso ocurre en demasiados países africanos, incluida  Sudáfrica y su crisis social y energética debida a la corrupción. Mandela debe estar removiéndose en su tumba.

 El efecto multiplicador  que estas situaciones causa en la población de algunos de esos países convierte la emigración en una única y desesperada salida, que es sofocada a base de disparos de armas de fuego, palizas, naufragios o repatriaciones forzosas por parte de un continente miope y avejentado que todavía no ha sabido superar la falacia de su presunta “superioridad”. Un problema de tal calibre no se resuelve negándose a aceptarlo y rechazándolo con brutalidad sino analizando los componentes fácticos de la situación y tomando las medidas oportunas contra sus causantes directos o indirectos y mejorando sustancialmente  la vida de las poblaciones. Una inversión en medios, personas, fuerza y economía –desde el respeto y la igualdad-  que redundará  no sólo  en la resolución del problema inmigratorio sino en el propio futuro de Europa, revitalizado con savia joven, no de esclavos, sino de conciudadanos del mundo. Más de medio millón de peticiones de asilo este año, hasta junio, en Alemania, España, Francia y otros países de la UE. Y sin contar a los miles que no llegan a ese paso legal.

Pero, o Europa y occidente se “africanizan”, borrando su complejo de superioridad e injustificado “endiosamiento”, o la próxima generación vivirá en un mundo aun más conflictivo, multi polarizado política y económicamente, en el que África sufrirá su segunda y definitiva expoliación, esta vez no por Europa, sino por el oriente asiático y el ruso que ya toman posiciones en las zonas más caóticas del “continente negro”.

Hagamos un somero viaje por los lugares que se convierten, debido a su condición de “aporías” estatales -paradojas sin sentido y sin futuro-,  en objetivos para naciones desaprensivas con el síndrome expansionista heredado de un pasado colonial o dictatorial. Golpes de Estado en Níger, Burkina, Gabón (el pasado 30 de agosto), Mali, Guinea-Conakry y Chad… con actividades yihadistas crecientes aprovechando el caos reinante en la zona central africana y el golfo de Guinea. El reciente golpe de Estado en Sudán que ha terminado con la transición democrática del país iniciada en 2019 debido al ansia de poder militar del general golpista Abdel Fattah al Burhan.

Las injerencias militares contra el poder civil en Africa vivió cuatro décadas ominosas hasta el nuevo siglo, pero parece volver a recrudecerse en los años 20 de este. Le debilidad de la democracia, los conflictos étnicos y la corrupción con sus secuelas de desigualdad económica, ha ayudado a los uniformados a volver a las andadas. Sin contar los  casos de los “golpes blandos” es decir cuando los que están en el poder de forma legítima  amplían los límites y prerrogativas de sus poderes en beneficio propio, como el presidente tunecino Kais Saied.

La “epidemia de golpes de Estado” en Africa,  (diez asonadas militares en los últimos cuatro años) nos recuerdan a los que tenemos edad para ello el caudal que no cesa de los golpes uniformados entre los sesenta y los ochenta del nefasto siglo XX. Y en este siglo, tras el de Sudán (2019), vino el de Chad (2021) y el rosario continuo de los sufridos países del Sahel: Niger, Mali, Burkina Faso (dos en el mismo año, 2022), los tres a causa de la amenaza yihadista, así como –en el caso de Mali- la intervención rusa con los mercenarios de Wagner y el rechazo ante la presencia francesa. Cosa que ya ocurrió también en Burkina Fasso y la República Centroafricana. Y en Gabón, la caída de la familia Bongo, tras 57 años en el poder. En Níger los franceses se van y dejan vía libre a una lucha antiterrorista sin control alguno. Según asegura el historiador nigerino Idrissa, “Francia no ha renovado su política en África y no sabe qué hacer porque el marco neocolonial ha desaparecido”.  Precisamente en el norte de Mali hace una semana, 64 personas murieron  a causa de una serie de atentados terroristas provocados por un ramal yihadista de Al Qaeda. En agosto los destacamentos de las Naciones Unidas han comenzado su retirada del país, que se cumplirá en diciembre próximo, mientras los mercenarios de Wagner  (es decir los rusos) se van haciendo fuertes.

En  Guinea Conakry los “libertadores” de la dictadura del presidente Alpha Condé (en 2021), saludados como tales por la población civil, han logrado ya instaurar un régimen de terror y control militar que ha terminado con las esperanzas democráticas del país. Constituyen un ejemplo más de nación africana sometida a la férrea ley de las armas, los cuarteles y la corrupción.  Y no debemos olvidar que es uno de los países africanos con mayores riquezas en recursos naturales y, al tiempo, una de las poblaciones más miserables y necesitadas del mundo, diezmada por el ébola y el Covid, con un índice del 50 % de la ciudadanía por debajo del umbral de la pobreza.

El diagnóstico del historiador nigeriano es vinculable no sólo a Francia sino al resto de potencias colonizadoras en África, incluida por supuesto la española. Y este desconcierto e inmovilismo conceptual político neocolonizador en África es el responsable de la falta de criterio político unificado de Europa –y occidente- hacia los países africanos. Seguimos comportándonos como gendarmes de categoría superior con poblaciones de “nativos” a los que se puede asustar y esquilmar de sus riquezas naturales  -manganeso y uranio, por ejemplo-  a cambio de abalorios o colocando a servidores armados y políticos nativos corruptos de la etnia dominante. Ese es el marco neocolonial que aún no hemos desterrado de la mente europea. Y así nos van las cosas. Los africanos no se fían de occidente y hacen bien porque el colonialismo –y el racismo- se mantienen emboscados en nuestros genes y surge en los programas de nuestras ultraderechas. Y el efecto dominó puede volcar parte del continente en las “comprensivas” manos de rusos y chinos. Como ha ocurrido en países de Asia e Hispanoamérica, Oriente Medio, Irak o Siria.

Mientras tanto Putin ha celebrado una cumbre en San Petersburgo con dos decenas de países africanos para anunciarles que en los próximos meses Rusia enviará gratuitamente entre 25mil y 50 mil toneladas de cereales a Burkina Faso, Zimbabwe, Mali, Somalia, Eritrea y República Centroafricana.  Y, por su parte, Estados Unidos y Europa se muestran reacios a permitir que su influencia en la zona africana sea anulada. Y la envejecida Europa necesitará 60 millones de inmigrantes en los próximos años, para mantener su estilo de vida. ¡Hagan juego señores, la partida acaba de empezar!

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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2 septiembre 2023 6 02 /09 /septiembre /2023 10:46

 ESTE TEXTO HA SIDO PUBLICADO EN EL NUMERO DE SETIEMBRE 2023 DE LA REVISTA "COMPROMISO Y CULTURA"

El pasado 11 de julio murió en París, donde residía, el escritor checo Milan Kundera, a los 94 años de edad. Como Joyce, Nabokov, Mann, Rilke, Walter Benjamín, Zweig, Leon Felipe, Hanna Arendt, Salman Rushdie y tantos otros, Kundera se vio obligado a buscar un lugar donde poder vivir en paz –y morir, sin pistola intermedia-  ya que en su país de origen estaba proscrito. Al poder político absoluto le fastidia absolutamente que  escritores y pensadores, poetas y artistas se atrevan a opinar libremente sobre ellos. El comunismo de raíz estalinista no solía aceptar de buen grado a los intelectuales críticos. Estaban destinados a ser carne de “gulag” o a “desaparecer” de la forma más discreta posible. Como en la novela de John Le Carré, resultaba incómodo en ambos lados del Telón de Acero, ya fuese espía o intelectual. En los tiempos de la “guerra fría” los intelectuales no tenían buena prensa en general (recuerden la “caza de brujas” en Estados Unidos).

En 1979 las autoridades checas le retiraron la nacionalidad a Kundera y lo convirtieron en uno de los cientos de miles de apátridas que desbordaban las fronteras. En su libro “La vida está en otra parte” el escritor checo reivindicó la libertad como uno de los frutos de la rebeldía vital que caracterizó su existencia. En 2019 Checoslovaquia devolvió la nacionalidad a Kundera, que recibió la noticia con complacida indiferencia. Cincuenta años de exilio le habían blindado contra cualquier veleidad nacionalista. Como Pirron o Epicuro, Kundera se consideraba ciudadano del mundo, un “átopos”, un individuo de ninguna parte y por tanto de todas ellas. En su obra “La inmortalidad”, publicada en 1990, el escritor discurre sobre la identidad, como un proceso más que como una adscripción. Especialmente compleja si la persona vive en un régimen autoritario donde se proclama de igualdad supuesta y aparente de todos bajo la consigna unitaria –a la fuerza- de un régimen político que exige obediencia absoluta y usa de la violencia y la intimidación para lograrla. El novelista conocía la contradicción esencial de los totalitarismos: prometen un paraíso pero imponen un infierno, donde todo el aparato propagandistico del régimen está enfocado en disolver al individuo en una amalgama de ideas homogéneas, primarias y de una simpleza sonrojante en pos de la unidad de las mentes en un objetivo común: el que emana del privilegiado aparato directivo del partido y sus sirvientes más directos. Es decir una sociedad jerarquizada, con una cúpula que disfruta de todos los privilegios, un cinturón de servidores policiales y militares dispuestos a todo y la ingente masa de todos los demás ciudadanos del país sometidos  a los caprichos y directrices –a menudo demenciales- del poder. Es decir el reino del terror de Stalin o Hitler, Mao, Idi Amin, los khemeres rojos del Pol Pot, Ceausescu y tantos otros polichinelas del terror político, ahora encarnados en Trump, Bolsonaro o Putin, sin ir más lejos.

En otras novelas, como “La fiesta de la insignificancia” o “La ignorancia”, Kundera  analiza esa imposibilidad de conocer nuestro propio yo debido a la influencia enajenadora y falaz que tienen los demás o los medios de comunicación influidos por el poder y, proféticamente, las redes sociales y la tecnología social en todas sus manifestaciones. Es la soberanía absoluta de la imagen, de las pantallas, como indicativo de la ausencia de intimidad para propiciar la creación de “yos” que solo son avatares, muñequitos,“likes” o emoticones que conforman personalidades fulgurantes, simples, esquemáticas, efímeras y vulnerables hasta el suicidio.

En cierta forma todo esto daría sentido al perfil-cero social que Kundera adoptó en los últimos años de su vida. Lejos de la voracidad de los medios, centrado en su propia existencia y en su obra, el escritor checo renunció voluntariamente a cualquier atisbo de vida pública. Tanto es así que muchos de los que amamos su obra pensábamos que había fallecido en secreto, como una versión muy paradójica y sarcástica de su primera novela “La broma” en la que un simple chiste acaba arruinando la vida de un hombre (en el régimen estalinista checo, los chistes estaban oficialmente prohibidos y castigados).

Esa es una constante de la obra de este autor, el juego perverso que el humor mantiene con el horror, el pesimismo con la ironía, la carcajada liberadora con las lágrimas de frustración, la rigidez de lo autoritario y lo fanático con  la salida ingeniosa y ridícula del hombrecillo asustado que busca una aceptación del otro que nunca es atendida. La fuerza liberadora del humor, la carcajada, estaba presente en la narrativa y los ensayos de Kundera, como una confirmación de aquella frase, creo que era de la Arendt o de Simone Weil, dos víctimas directas o indirectas de los nazis: lo primero que desaparece de las calles en un régimen  totalitario es la risa, la jovialidad, el trato amable. Los sustituye el miedo, la desconfianza, la inseguridad, la tristeza y el silencio. Ese es el trasfondo de la huida de un desengañado Kundera de su país tras la invasión soviética de Checoslovaquia en 1968.

Para poder trabajar en esa dialéctica entre el horror y el humor, Kundera echa  mano de la filosofía, no sólo del existencialismo de Sastre o de la fenomenología de Heidegger, también del Nietzsche de la angustia del yo o el Kafka del absurdo, del Musil del hombre sin atributos o del Hermann Broch (el de “La muerte de Virgilio”) que bucea en la inconsistencia de las motivaciones de las acciones humanas. Sin olvidar a un Rabelais o un Diderot. Por tanto Kundera acaba reconociendo que sus novelas “no examinan la realidad, sino la existencia”, es decir la variabilidad y absurdo de las actitudes humanas que muchas veces se enfrentan auto destructivamente a la realidad. Lo cual nos lleva a “La insoportable levedad del ser”, la novela best-seller de Kundera, donde el escritor nos apunta que la única salida posible y digna a esa situación es el ejercicio de la ironía y el humor, única arma para afrontar la unamuniana condición o “sentimiento trágico de la vida” y la naturaleza del desarraigo vital que instauró el siglo XX, espíritu de una época que hoy padecemos aún más, en el declive de las ideas y los valores de vigencia universal. Ese es el nihilismo y la negatividad del siglo XXI, un malestar existencial que Kundera trata de sobrellevar con su narrativa y su ironía dura y sarcástica.

Para un amante de la novela cervantina, Kundera es como un efecto lógico del realismo desengañado y pleno de humor irónico de don Miguel trasplantado al siglo del Gran Hundimiento Humanista, el XX, con sus dos guerras mundiales y más de un centenar de conflictos armados y genocidios en el resto del mundo. Quizá por eso no le importó demasiado que se le negara la opción al Nobel por una supuesta delación cometida en su juventud contra un compañero escritor durante la época estanilista dura. Kundera negó siempre esa noticia y la  atribuyó a maniobras de desprestigio orquestadas por el comunismo activo en Occidente contra un “traidor” de la Causa.

Lo cierto es  que Kundera al final de su vida trató de aceptar el reconocimiento de su país natal sin acritud o amargura. Recibió el Premio Nacional de Literatura checo en 2008 y el Premio Kafka en 2021. Como muestra de reconciliación, Kundera donó su biblioteca y sus archivos personales a la Fundación que lleva su nombre en la ciudad de Brno, donde nació. Siempre había dejado bien claro que él era un escritor no un político o ideólogo: “No me siento cómodo en el papel del disidente. No me gusta reducir la literatura y el arte a una lectura política. La palabra disidente significa suponerle a uno una literatura de tesis, y si algo detesto es precisamente la literatura de tesis. Lo que me interesa es el valor estético. Para mí, la literatura pro comunista o la anticomunista es, en ese sentido, lo mismo. Por eso no me gusta verme como un disidente”, declaró a “El País” en 1982, en una de sus últimas entrevistas, tras su rechazo total al “despotismo” manipulador de los medios de comunicación. A partir de 1986 el escritor checo exiliado en Paris decidió “beckettizarse”, es decir, seguir el ejemplo de Samuel Beckett y dar por cerrados sus contactos con los medios. La respuesta no se hizo esperar. Muchos rechazados empezaron a buscar la forma de desacreditarle. En el “cafarnaum” de los medios negarse a hablar y aparecer se convierte en una ofensa de lesa majestad: el público y el ruido lo es todo. Dejamos el tema. La picota pública es demasiado visible en las redes y ha realizado auténticas canalladas y provocado incluso el suicidio de algunas personas.

Pero pasemos a su obra y dejemos al escritor celoso de su privacidad y su libertad. Un rápido paseo por algunas de sus novelas y luego nos detendremos en una en particular “La fiesta de la insignificancia”. No porque sea la mejor, pero si es la que, de alguna forma, resume en cierta forma el personal ideario social y ético, estético y literario de Kundera. Es una carcajada triste que resume nuestra época mejor que un ensayo político. Su humor, como en Rabelais, como en Cervantes, arranca de la profunda desdicha, la ignorancia, la insoportable levedad del ser…como en Don Quijote, la tozuda y mezquina realidad mostrenca convierte a los gigantes en molinos, al bálsamo de Fierabrás en un brebaje inmundo, a los ejércitos en rebaños de ovejas y corderos, a un palacio almenado en una venta miserable, a una doncella en Maritornes, una puta del partido, al caballero de la Blanca Luna en el vengativo Sansón Carrasco, a los Duques señoriales en nobles burlones, despiadados, ignorantes y mezquinos y, ay, a la sin par Dulcinea del Toboso en una aldeana sin encanto alguno, zafia y despreciativa. Kundera a través de su obra, empezando por “La broma”, juega ese mismo -burlón, pero triste y a veces patético- juego cervantino (no en vano es un fanático de don Miguel) y lo hará en casi todos sus libros, navegando entre la sátira, el ridículo, el humor grotesco, el absurdo, el realismo mágico, la humillación, el esperpento y el erotismo desmadrado y un poco sórdido. En esa novela, Kundera revela el aciago destino  que puede tener un simple chiste o frase ingeniosa escrita imprudentemente en una postal en la Chescoslovaquia comunista. La frase era “El optimismo es el opio del pueblo” y  le cuesta la ruina en vida a su protagonista. La sensibilidad ante la crítica, aunque sea una simple chispa de ingenio, es una de las debilidades vengativas ridículas de los regímenes totalitarios.

El libro de la risa y del olvido

En 1979 sale a  la luz un libro cajón-de-sastre: nuestro autor era muy aficionado a las digresiones, reflexiones, autocríticas, relatos caprichosos y textos entre el ensayo y el guiño social. Le encantaba despistar al lector con su búsqueda incesante de nuevos cauces narrativos y fórmulas literarias con afán de novedad. En muchos de estos textos ya se vislumbra con cierta claridad el pensamiento y la mirada crítica del escritor en torno a la sociedad en la que vive. Era jugar con fuego.

La insoportable levedad del ser

En 1984 se publica la que muchos consideran mejor obra de Kundera. Hubo versión cinematográfica de gran éxito y quedó establecido el talante irredento y mordaz del escritor, así como su visión lúdica, trágica y sensual de la existencia. La Praga del 68 (un año histórico para el país) la visión que de ella tiene el autor, con todas las connotaciones críticas  sociales y políticas, la represión y la estupidez de la burocracia oficial comunista, son los ingredientes de una novela existencial excelente, en muchos momentos rozando el absurdo de Kafka o el ridículo surrealista y sexualmente procaz de “Tristram Shandy”.

El arte de la novela 

En 1986, Kundera, escribe uno de los textos más logrados y felices sobre la novela como género literario. Ya desde su definición “La novela es un arte nacido de la risa de Dios”, como una especie de territorio mágico imaginativo y de conocimiento cuyo proceso continuo a través de los tiempos es el epitome y el curso caudaloso de todas las grandes novelas de todos los tiempos que se van enriqueciendo en cada nueva aportación. Para quien esto escribe, el capítulo dedicado  a “La desprestigiada herencia de Cervantes” es uno de los textos más interesantes que he leído dedicado al inabarcable Cervantes.

Los testamentos traicionados 

En 1992 da una vuelta de tuerca a la obra anterior y escribe un ensayo sobre la novela como si fuera en sí mismo otra novela. Utiliza la música como vehículo comparativo y las obras y presencia de otros autores, como Hemigway o Kafka y aprovecha para lanzar su cuarto de espadas sobre la mesa de la naturaleza del autor y de los peligros que le acechan. Eso se convertiría en una de las “bestias negras” de Kundera, por su temor a ser mal interpretado o manipulado (en las traducciones era casi patológica la firmeza y cuidado con la que sometía a sus textos y a los traductores). La cuestión de confundir al autor con sus criaturas y vivencias novelescas se estaba convirtiendo en un complejo de rechazo que le duraría hasta el final de su vida.

El telón. Ensayo en siete partes 

En el nuevo siglo, Kundera vuelve a la historia de la novela y comienza con la revolución narrativa que supuso “El Quijote” y todos los temas y cuestiones relacionados con la creatividad y las grandes figuras de la literatura mundial.

Y tras este apresurado y selectivo, por tanto no completo,  paseo por la obra del escritor checo, nos detenemos un poco más en su último libro publicado:

La fiesta de la insignificancia

En 2014 sale a la palestra pública esta novela  donde se juega, en uno de sus capítulos, con el cuento metafórico del nuevo traje del rey, supuestamente realizado en telas tan sutiles que parece que el rey va desnudo (lo que en verdad ocurre). Es el engaño, la broma que deja de ser algo cómico para convertirse en tragedia. El “rey” del cuento de Kundera se llama Joseph Stalin. El siniestro dictador, al final de su vida, ya irremediablemente delirante, cuenta un relato que parece cómico. Tiene que ver con la caza de unas perdices. ¿Qué hacer? Si te ríes y no era cómico para Stalin, te cuesta la vida. Si, por el contrario, trataba de que soltaras la carcajada y no lo haces, es un insulto para el monstruoso ego del dictador. Y también lo pagas claro. Parafraseando, apropiadamente,  a Lenin, uno se pregunta una y otra vez “¿Qué hacer?”. Nuevamente transitamos por el resbaladizo terreno de la broma, el chiste, el sarcasmo surrealista, donde se recurre constantemente al destino dramático del ser humano, entre el absurdo, lo erótico (siempre rozando lo escatológico) y la sordidez y el miedo enquistado como una lepra en el cuerpo social.

Con momentos de absurdo surrealista, como el episodio de la pluma que sobrevuela una reunión mundana y se pasea en torno al dedo levantado de una de las invitadas con más glamour,  entre los aplausos de los aburridos asistentes o el juego retórico que se llevan tres amigos sobre la moda juvenil femenina de pasearse mostrando el  ombligo y la sabia disquisición sobre los elementos más atractivos de las mujeres, las caderas, los pechos o las piernas. “La insignificancia, amigo mío, es la esencia de la existencia. Está con nosotros en todas partes y en todo momento.” Dice uno de los cuatro protagonistas. El testamento literario de Kundera me recuerda el talante desafiante, subversivo e iconoclasta de otro grande, éste del cine, don Luis Buñuel. Leyendo “La fiesta de la insignificancia” me parecía estar viendo en una pantalla las escenas que narra Kundera con un Fernando Rey o un Francisco Rabal o una Silvia Pinal interpretando a los personajes del escritor checo.

Decididamente, y que los incondicionales de Kundera me perdonen, me quedo con sus ensayos “El arte de la novela”, “Los testamentos traicionados” y “El Telón”. Y, claro, su novela paradigmática, “La insoportable levedad del ser”.

FICHA

Todas sus novelas y ensayos  están al alcance de todos los españoles –como el NODO-  en cualquier buena librería. Están editados por Tusquets, con excelentes traducciones, revisadas por el autor.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

 

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27 agosto 2023 7 27 /08 /agosto /2023 18:32

MILAN KUNDERA , EL AUTOR QUE SURGIÓ DEL FRÍO

 

El pasado 11 de julio murió en París, donde residía, el escritor checo Milan Kundera, a los 94 años de edad. Como Joyce, Nabokov, Mann, Rilke, Walter Benjamín, Zweig, Leon Felipe, Hanna Arendt, Salman Rushdie y tantos otros, Kundera se vio obligado a buscar un lugar donde poder vivir en paz –y morir, sin pistola intermedia-  ya que en su país de origen estaba proscrito. Al poder político absoluto le fastidia absolutamente que  escritores y pensadores, poetas y artistas se atrevan a opinar libremente sobre ellos. El comunismo de raíz estalinista no solía aceptar de buen grado a los intelectuales críticos. Estaban destinados a ser carne de “gulag” o a “desaparecer” de la forma más discreta posible. Como en la novela de John Le Carré, resultaba incómodo en ambos lados del Telón de Acero, ya fuese espía o intelectual. En los tiempos de la “guerra fría” los intelectuales no tenían buena prensa en general (recuerden la “caza de brujas” en Estados Unidos).

En 1979 las autoridades checas le retiraron la nacionalidad a Kundera y lo convirtieron en uno de los cientos de miles de apátridas que desbordaban las fronteras. En su libro “La vida está en otra parte” el escritor checo reivindicó la libertad como uno de los frutos de la rebeldía vital que caracterizó su existencia. En 2019 Checoslovaquia devolvió la nacionalidad a Kundera, que recibió la noticia con complacida indiferencia. Cincuenta años de exilio le habían blindado contra cualquier veleidad nacionalista. Como Pirron o Epicuro, Kundera se consideraba ciudadano del mundo, un “átopos”, un individuo de ninguna parte y por tanto de todas ellas. En su obra “La inmortalidad”, publicada en 1990, el escritor discurre sobre la identidad, como un proceso más que como una adscripción. Especialmente compleja si la persona vive en un régimen autoritario donde se proclama de igualdad supuesta y aparente de todos bajo la consigna unitaria –a la fuerza- de un régimen político que exige obediencia absoluta y usa de la violencia y la intimidación para lograrla. El novelista conocía la contradicción esencial de los totalitarismos: prometen un paraíso pero imponen un infierno, donde todo el aparato propagandistico del régimen está enfocado en disolver al individuo en una amalgama de ideas homogéneas, primarias y de una simpleza sonrojante en pos de la unidad de las mentes en un objetivo común: el que emana del privilegiado aparato directivo del partido y sus sirvientes más directos. Es decir una sociedad jerarquizada, con una cúpula que disfruta de todos los privilegios, un cinturón de servidores policiales y militares dispuestos a todo y la ingente masa de todos los demás ciudadanos del país sometidos  a los caprichos y directrices –a menudo demenciales- del poder. Es decir el reino del terror de Stalin o Hitler, Mao, Idi Amin, los khemeres rojos del Pol Pot, Ceausescu y tantos otros polichinelas del terror político, ahora encarnados en Trump, Bolsonaro o Putin, sin ir más lejos.

En otras novelas, como “La fiesta de la insignificancia” o “La ignorancia”, Kundera  analiza esa imposibilidad de conocer nuestro propio yo debido a la influencia enajenadora y falaz que tienen los demás o los medios de comunicación influidos por el poder y, proféticamente, las redes sociales y la tecnología social en todas sus manifestaciones. Es la soberanía absoluta de la imagen, de las pantallas, como indicativo de la ausencia de intimidad para propiciar la creación de “yos” que solo son avatares, muñequitos,“likes” o emoticones que conforman personalidades fulgurantes, simples, esquemáticas, efímeras y vulnerables hasta el suicidio.

En cierta forma todo esto daría sentido al perfil-cero social que Kundera adoptó en los últimos años de su vida. Lejos de la voracidad de los medios, centrado en su propia existencia y en su obra, el escritor checo renunció voluntariamente a cualquier atisbo de vida pública. Tanto es así que muchos de los que amamos su obra pensábamos que había fallecido en secreto, como una versión muy paradójica y sarcástica de su primera novela “La broma” en la que un simple chiste acaba arruinando la vida de un hombre (en el régimen estalinista checo, los chistes estaban oficialmente prohibidos y castigados).

Esa es una constante de la obra de este autor, el juego perverso que el humor mantiene con el horror, el pesimismo con la ironía, la carcajada liberadora con las lágrimas de frustración, la rigidez de lo autoritario y lo fanático con  la salida ingeniosa y ridícula del hombrecillo asustado que busca una aceptación del otro que nunca es atendida. La fuerza liberadora del humor, la carcajada, estaba presente en la narrativa y los ensayos de Kundera, como una confirmación de aquella frase, creo que era de la Arendt o de Simone Weil, dos víctimas directas o indirectas de los nazis: lo primero que desaparece de las calles en un régimen  totalitario es la risa, la jovialidad, el trato amable. Los sustituye el miedo, la desconfianza, la inseguridad, la tristeza y el silencio. Ese es el trasfondo de la huida de un desengañado Kundera de su país tras la invasión soviética de Checoslovaquia en 1968.

Para poder trabajar en esa dialéctica entre el horror y el humor, Kundera echa  mano de la filosofía, no sólo del existencialismo de Sastre o de la fenomenología de Heidegger, también del Nietzsche de la angustia del yo o el Kafka del absurdo, del Musil del hombre sin atributos o del Hermann Broch (el de “La muerte de Virgilio”) que bucea en la inconsistencia de las motivaciones de las acciones humanas. Sin olvidar a un Rabelais o un Diderot. Por tanto Kundera acaba reconociendo que sus novelas “no examinan la realidad, sino la existencia”, es decir la variabilidad y absurdo de las actitudes humanas que muchas veces se enfrentan auto destructivamente a la realidad. Lo cual nos lleva a “La insoportable levedad del ser”, la novela best-seller de Kundera, donde el escritor nos apunta que la única salida posible y digna a esa situación es el ejercicio de la ironía y el humor, única arma para afrontar la unamuniana condición o “sentimiento trágico de la vida” y la naturaleza del desarraigo vital que instauró el siglo XX, espíritu de una época que hoy padecemos aún más, en el declive de las ideas y los valores de vigencia universal. Ese es el nihilismo y la negatividad del siglo XXI, un malestar existencial que Kundera trata de sobrellevar con su narrativa y su ironía dura y sarcástica.

Para un amante de la novela cervantina, Kundera es como un efecto lógico del realismo desengañado y pleno de humor irónico de don Miguel trasplantado al siglo del Gran Hundimiento Humanista, el XX, con sus dos guerras mundiales y más de un centenar de conflictos armados y genocidios en el resto del mundo. Quizá por eso no le importó demasiado que se le negara la opción al Nobel por una supuesta delación cometida en su juventud contra un compañero escritor durante la época estanilista dura. Kundera negó siempre esa noticia y la  atribuyó a maniobras de desprestigio orquestadas por el comunismo activo en Occidente contra un “traidor” de la Causa.

Lo cierto es  que Kundera al final de su vida trató de aceptar el reconocimiento de su país natal sin acritud o amargura. Recibió el Premio Nacional de Literatura checo en 2008 y el Premio Kafka en 2021. Como muestra de reconciliación, Kundera donó su biblioteca y sus archivos personales a la Fundación que lleva su nombre en la ciudad de Brno, donde nació. Siempre había dejado bien claro que él era un escritor no un político o ideólogo: “No me siento cómodo en el papel del disidente. No me gusta reducir la literatura y el arte a una lectura política. La palabra disidente significa suponerle a uno una literatura de tesis, y si algo detesto es precisamente la literatura de tesis. Lo que me interesa es el valor estético. Para mí, la literatura pro comunista o la anticomunista es, en ese sentido, lo mismo. Por eso no me gusta verme como un disidente”, declaró a “El País” en 1982, en una de sus últimas entrevistas, tras su rechazo total al “despotismo” manipulador de los medios de comunicación. A partir de 1986 el escritor checo exiliado en Paris decidió “beckettizarse”, es decir, seguir el ejemplo de Samuel Beckett y dar por cerrados sus contactos con los medios. La respuesta no se hizo esperar. Muchos rechazados empezaron a buscar la forma de desacreditarle. En el “cafarnaum” de los medios negarse a hablar y aparecer se convierte en una ofensa de lesa majestad: el público y el ruido lo es todo. Dejamos el tema. La picota pública es demasiado visible en las redes y ha realizado auténticas canalladas y provocado incluso el suicidio de algunas personas.

Pero pasemos a su obra y dejemos al escritor celoso de su privacidad y su libertad. Un rápido paseo por algunas de sus novelas y luego nos detendremos en una en particular “La fiesta de la insignificancia”. No porque sea la mejor, pero si es la que, de alguna forma, resume en cierta forma el personal ideario social y ético, estético y literario de Kundera. Es una carcajada triste que resume nuestra época mejor que un ensayo político. Su humor, como en Rabelais, como en Cervantes, arranca de la profunda desdicha, la ignorancia, la insoportable levedad del ser…como en Don Quijote, la tozuda y mezquina realidad mostrenca convierte a los gigantes en molinos, al bálsamo de Fierabrás en un brebaje inmundo, a los ejércitos en rebaños de ovejas y corderos, a un palacio almenado en una venta miserable, a una doncella en Maritornes, una puta del partido, al caballero de la Blanca Luna en el vengativo Sansón Carrasco, a los Duques señoriales en nobles burlones, despiadados, ignorantes y mezquinos y, ay, a la sin par Dulcinea del Toboso en una aldeana sin encanto alguno, zafia y despreciativa. Kundera a través de su obra, empezando por “La broma”, juega ese mismo -burlón, pero triste y a veces patético- juego cervantino (no en vano es un fanático de don Miguel) y lo hará en casi todos sus libros, navegando entre la sátira, el ridículo, el humor grotesco, el absurdo, el realismo mágico, la humillación, el esperpento y el erotismo desmadrado y un poco sórdido. En esa novela, Kundera revela el aciago destino  que puede tener un simple chiste o frase ingeniosa escrita imprudentemente en una postal en la Chescoslovaquia comunista. La frase era “El optimismo es el opio del pueblo” y  le cuesta la ruina en vida a su protagonista. La sensibilidad ante la crítica, aunque sea una simple chispa de ingenio, es una de las debilidades vengativas ridículas de los regímenes totalitarios.

El libro de la risa y del olvido

En 1979 sale a  la luz un libro cajón-de-sastre: nuestro autor era muy aficionado a las digresiones, reflexiones, autocríticas, relatos caprichosos y textos entre el ensayo y el guiño social. Le encantaba despistar al lector con su búsqueda incesante de nuevos cauces narrativos y fórmulas literarias con afán de novedad. En muchos de estos textos ya se vislumbra con cierta claridad el pensamiento y la mirada crítica del escritor en torno a la sociedad en la que vive. Era jugar con fuego.

La insoportable levedad del ser

En 1984 se publica la que muchos consideran mejor obra de Kundera. Hubo versión cinematográfica de gran éxito y quedó establecido el talante irredento y mordaz del escritor, así como su visión lúdica, trágica y sensual de la existencia. La Praga del 68 (un año histórico para el país) la visión que de ella tiene el autor, con todas las connotaciones críticas  sociales y políticas, la represión y la estupidez de la burocracia oficial comunista, son los ingredientes de una novela existencial excelente, en muchos momentos rozando el absurdo de Kafka o el ridículo surrealista y sexualmente procaz de “Tristram Shandy”.

El arte de la novela 

En 1986, Kundera, escribe uno de los textos más logrados y felices sobre la novela como género literario. Ya desde su definición “La novela es un arte nacido de la risa de Dios”, como una especie de territorio mágico imaginativo y de conocimiento cuyo proceso continuo a través de los tiempos es el epitome y el curso caudaloso de todas las grandes novelas de todos los tiempos que se van enriqueciendo en cada nueva aportación. Para quien esto escribe, el capítulo dedicado  a “La desprestigiada herencia de Cervantes” es uno de los textos más interesantes que he leído dedicado al inabarcable Cervantes.

Los testamentos traicionados 

En 1992 da una vuelta de tuerca a la obra anterior y escribe un ensayo sobre la novela como si fuera en sí mismo otra novela. Utiliza la música como vehículo comparativo y las obras y presencia de otros autores, como Hemigway o Kafka y aprovecha para lanzar su cuarto de espadas sobre la mesa de la naturaleza del autor y de los peligros que le acechan. Eso se convertiría en una de las “bestias negras” de Kundera, por su temor a ser mal interpretado o manipulado (en las traducciones era casi patológica la firmeza y cuidado con la que sometía a sus textos y a los traductores). La cuestión de confundir al autor con sus criaturas y vivencias novelescas se estaba convirtiendo en un complejo de rechazo que le duraría hasta el final de su vida.

El telón. Ensayo en siete partes 

En el nuevo siglo, Kundera vuelve a la historia de la novela y comienza con la revolución narrativa que supuso “El Quijote” y todos los temas y cuestiones relacionados con la creatividad y las grandes figuras de la literatura mundial.

Y tras este apresurado y selectivo, por tanto no completo,  paseo por la obra del escritor checo, nos detenemos un poco más en su último libro publicado:

La fiesta de la insignificancia

En 2014 sale a la palestra pública esta novela  donde se juega, en uno de sus capítulos, con el cuento metafórico del nuevo traje del rey, supuestamente realizado en telas tan sutiles que parece que el rey va desnudo (lo que en verdad ocurre). Es el engaño, la broma que deja de ser algo cómico para convertirse en tragedia. El “rey” del cuento de Kundera se llama Joseph Stalin. El siniestro dictador, al final de su vida, ya irremediablemente delirante, cuenta un relato que parece cómico. Tiene que ver con la caza de unas perdices. ¿Qué hacer? Si te ríes y no era cómico para Stalin, te cuesta la vida. Si, por el contrario, trataba de que soltaras la carcajada y no lo haces, es un insulto para el monstruoso ego del dictador. Y también lo pagas claro. Parafraseando, apropiadamente,  a Lenin, uno se pregunta una y otra vez “¿Qué hacer?”. Nuevamente transitamos por el resbaladizo terreno de la broma, el chiste, el sarcasmo surrealista, donde se recurre constantemente al destino dramático del ser humano, entre el absurdo, lo erótico (siempre rozando lo escatológico) y la sordidez y el miedo enquistado como una lepra en el cuerpo social.

Con momentos de absurdo surrealista, como el episodio de la pluma que sobrevuela una reunión mundana y se pasea en torno al dedo levantado de una de las invitadas con más glamour,  entre los aplausos de los aburridos asistentes o el juego retórico que se llevan tres amigos sobre la moda juvenil femenina de pasearse mostrando el  ombligo y la sabia disquisición sobre los elementos más atractivos de las mujeres, las caderas, los pechos o las piernas. “La insignificancia, amigo mío, es la esencia de la existencia. Está con nosotros en todas partes y en todo momento.” Dice uno de los cuatro protagonistas. El testamento literario de Kundera me recuerda el talante desafiante, subversivo e iconoclasta de otro grande, éste del cine, don Luis Buñuel. Leyendo “La fiesta de la insignificancia” me parecía estar viendo en una pantalla las escenas que narra Kundera con un Fernando Rey o un Francisco Rabal o una Silvia Pinal interpretando a los personajes del escritor checo.

Decididamente, y que los incondicionales de Kundera me perdonen, me quedo con sus ensayos “El arte de la novela”, “Los testamentos traicionados” y “El Telón”. Y, claro, su novela paradigmática, “La insoportable levedad del ser”.

FICHA

Todas sus novelas y ensayos  están al alcance de todos los españoles –como el NODO-  en cualquier buena librería. Están editados por Tusquets, con excelentes traducciones, revisadas por el autor.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

 

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5 agosto 2023 6 05 /08 /agosto /2023 13:48

Texto publicado en la revista Compromiso y Cultura 082023

Pues en lo que a mí respecta se trata de un novelista japonés de 74 años, altamente controvertido, con partidarios apasionados y detractores furibundos, que ha estado algunas veces en la lista de los “Nobelables” y que este año ha recibido el premio Princesa de Asturias de las Letras. Durante muchos años (desde los ochenta del pasado siglo) este escritor personalísimo ha logrado crear un universo literario sin parangón no sólo en su propia cultura –en Japón no logran entender el éxito apoteósico de Murakami en el extranjero, desde Estados Unidos a Europa, incluida Rusia, donde es idolatrado, sino también en la nuestra en la que, a estas alturas, muchos todavía nos preguntamos, dónde está la clave del universo propio  murakamiano, repleto de ignotos planetas en los que deambulan un sinfín de personajes, anécdotas, sucesos, diálogos entre el absurdo y lo onírico y una corriente subterránea de magia, misterio y supersticiones que irritan a unos y fascinan a otros. Y lo más admirable es que hay que rendirse a una evidencia: la realidad cotidiana donde todo eso acontece está tejida de detalles, circunstancias y paisajes que todos reconocemos como los propios de nuestro tiempo y nuestra cultura. El efecto que produce esa constatación es francamente hipnótico. Tal vez en eso radique la clave de su éxito: Murakami nos seduce con su bizarra osadía. Creo que hay adictos, en el sentido clínico del término, murakamianos, como los hay a las anfetaminas, al tinto de verano o a las series de la tele.

Rodeado de muchos de sus libros y las reseñas que a lo largo de los años he ido escribiendo en diversos medios, me he puesto a la tarea de explicarles de qué hablo cuando escribo sobre Murakami. Como banda sonora de mi trabajo empecé con Mahler, pasé a Rachmaninof  y me he quedado con el Don Juan de Mozart que, por instinto, me parece la más adecuada para situar a Murakami en su contexto musical. Don Giovanni es, con su audacia, su desparpajo y su capacidad de seducción, imaginación y gran confianza seguridad en sí mismo, el molde donde se cuece la figura literaria del escritor japonés que es, aparentemente, la contrafigura del conquistador mozartiano.

“Kafka en la orilla”, “1Q84” (las dos primeras partes, la tercera hay que excusarla), “Tokio Blues.Norwegian Word”, “Crónica del pájaro que da cuerda al mundo”, “Alfter Dark”, “Sauce ciego, mujer dormida” (relatos), “Los años de peregrinación del chico de color”, “Escucha la canción del viento”, “Pinball 1973” ( los primeros que publicó Murakami)  y los dos libros titulados como homenaje al Raymond Carver de “De qué hablamos cuando hablamos de amor” –por cierto, uno de los autores norteamericanos traducidos al japonés por el escritor- y que son, “De qué hablo cuando hablo de escribir” y “De qué hablo cuando hablo de correr”.  Prácticamente toda su obra en castellano ha sido publicada por Tusquets, que ya anuncia para 2024 su última novela: “La ciudad y sus muros inciertos”. Mientras, sus fans se multiplican como las ediciones en más de 50 idiomas. ¿Estamos hablando de un Flaubert, un Dickens, un Tolstoi, un Proust, un Joyce? No, por Dios, estamos hablando de un fenómeno popular, un producto de nuestro siglo XXI que se despertó en los dos últimos decenios del XX (de ahí su explosivo atractivo), llamado Murakami.

De la relectura de esos dos ensayos autobiográficos citados se desprenden –a veces de forma reiterada- los detalles que pueden explicar no sólo el “duende” del estilo de Murakami, sino también las virtudes, defectos y artimañas seductoras del escritor japonés, un joven setentón que sigue corriendo, nadando y montando en bici casi cada día y ha sido un participante modesto, pero pertinaz y cumplidor, en maratones, uno cada año durante veintitantos, triatlones y pruebas deportivas de todo tipo.

En el polo opuesto del escritor bebedor, neurótico, adicto a todos los paraísos de alcohol y drogas,  con sus infiernos oníricos, hasta rozar la psicosis, Murakami, es disciplinado, laborioso, deportista, mantiene un matrimonio de medio siglo, al margen de escándalos sexuales y deslices. Es cortés y decididamente solitario y esquivo a entrevistas y reportajes, cámaras y tertulias literarias o sociales, por timidez y convicción. ¿Cómo conjura los paraísos artificiales que son casi un tópico vital en la vida de muchos escritores? Muy sencillo: los convierte en alter egos literarios. Es como si detrás de la figura de Don Giovanni estuviera el cerebro rector de un monje franciscano, la estoica figura de fray Guillermo de Baskerville.

El otro elemento a tener en cuenta para saber de qué hablo cuando analizo la figura de Murakami, es la música. Concretamente la música pop, el soul y el jazz. Él mismo ha confesado en diversas ocasiones,  “Al principio de mi carrera de escritor se me ocurrió que podía construir frases como si tocara un instrumento y esa idea no ha cambiado hasta hoy. Mientras aprieto las teclas del teclado del ordenador, me impongo un ritmo determinado, me esfuerzo por buscar un sonido y una resonancia adecuadas”.

Pero no crean ustedes que nuestro autor es un  monje trapense escondido tras su obra, una gran incógnita cubierta por un velo de misterio y rodeado por una nube de enigmas. Nada de eso. Murakami, desde su primera obra, nos cuenta –al margen, pero reiteradamente- qué canales cotidianos, ordinarios y también de vez en cuando misteriosos y casi místicos, posibilitan y enriquecen su labor de escritor.

Precisamente en el prólogo a la primera edición en castellano de sus dos primeras novelas (“Escucha la canción del viento” y “Pinball 1973”), a las que llama “mis novelas de la mesa de la cocina”  por haber sido el lugar donde las escribió, a altas horas de la madrugada, después de trabajar en su local de copas y música de jazz, nos habla de la génesis de su oficio de escritor, inducido por dos “fenómenos” o “epifanías”. Forman parte del anecdotario personal de misterios o sincronicidades (término junguiano que Murakami usa a menudo: “a lo largo de mi vida me han ido sucediendo cosas misteriosas de ese tipo”) que florecen en su historia y fidelizan a sus fans (y alarman y enojan a sus críticos).

 Murakami estaba viendo un partido de béisbol, “una radiante tarde de abril de 1978”, en el estadio Jingû-Kyujo de Tokio, cerca de su domicilio, “yo estaba solo en un área adyacente elevada sobre el terreno de juego, mirando el partido mientras me tomaba una cerveza…de pronto escuché el sonido limpio del bate golpeando la pelota, que resonó por todo el estadio…en aquel instante, sin antecedente ni fundamento alguno, pensé de pronto: ‘si. Quizá también yo pudiera convertirme en novelista…’.Mi vida cambió por completo a raíz de aquello. “. Escribió trabajosamente su novela en japonés, después la tradujo al inglés –que no dominaba- y la retradujo al japonés. Ese trabajo le convenció de que había encontrado su estilo propio: “no hacía falta poner una palabra complicada tras otra, ni utilizar expresiones hermosas para despertar la admiración de la gente”. Consiguió un ritmo poderoso al combinar frases cortas; un lenguaje directo, sin circunloquios; unas descripciones precisas, sin aspavientos.”  La terminó y la envió a un concurso para autores noveles. Y se olvidó de ella.

Unos meses más tarde le llamaron por teléfono para decirle que estaba entre los cinco finalistas del premio. No había guardado ni una copia de ella. Ese día salió a dar un  paseo con su esposa, cuando descubrió una paloma mensajera herida acurrucada detrás de unos arbustos.  La llevó hasta un puesto de policía para entregarla y mientras lo hacía, con la paloma palpitando entre sus manos, se le ocurrió de pronto que ganaría el premio  y que sería un escritor profesional con cierto éxito. Como sabemos, se quedó corto: su éxito es considerable y tras el Premio Princesa de Asturias, no sería de extrañar que obtuviera el Nobel. Como escribe en su prólogo (estas anécdotas premonitorias han sido publicadas reiteradamente por el escritor cada vez que le ha parecido oportuno), “Para mí, estos recuerdos muestran que creer en algo que debe de existir dentro de ti y soñar con la posibilidad de cultivarlo y seguir conservando todavía esas sensaciones, es maravilloso”. Lo cierto es que esa sensibilidad por lo mágico, lo misterioso y lo extraordinario, cuaja toda su obra, en personajes, eventos y circunstancias.

Para comprender la figura de Murakami y su originalidad indudable hay que añadir otra clave a nuestro análisis: el aspecto bifronte del escritor que, como un centauro, muestra una parte física potente, el corredor de maratones y otra, también potente, de tipo intelectual, el creador de ficciones que alcanzan de forma natural e inmediata un eco en sus lectores, generalmente jóvenes (pero los hay también entre gente madura, quizá porque añoran su lejana juventud) y un atractivo ambivalente entre otros escritores y gente de letras, artes y libros, que admiran el osado desparpajo seductor (literario) de este Don Juan de ojos rasgados y maneras de monje.

Así, querido lector de CyC, que puede comenzar el periplo murakamiano leyendo los dos ensayos con el título tipo Carver. En el primero, De qué hablo cuando hablo de correr, las descripciones de los apuros y angustias físicos del escritor mientras corre los 42 kms y 195 metros de la dura prueba maratoniana, (que ha cubierto en unas 30 ocasiones en años sucesivos) adquieren  momentos de gran emoción literaria. Pero lo fascinante es la traslación de las características del corredor de esa especialidad, ritmo, velocidad, aguante, persistencia, confianza en si mismo, capacidad de generar fuerza a partir de una convicción y de un sueño, espartana administración de esfuerzo y resistencia…a las dificultades que crea la redacción de una novela de más de trescientas páginas. El paralelismo es seductor y Murakami lo muestra con gran lujo de detalles y una sencillez y respeto casi zen.  Murakami habia empezado a correr en otoño de 1982 (a los 33 años) y ha corrido casi sin interrupción –distancias variadas- hasta estos momentos (no tengo noticia de que haya cesado de hacerlo). Para él carece de importancia ganar o no, sólo le preocupa no dejar de cumplir los parámetros que él da por buenos. “Mis únicos puntos fuertes –escribe- son la diligencia, el aguante y la fuerza física. Si habláramos de caballos, estaría mas cerca de un percherón que de un caballo de carreras”. Y añade, guasón, “el tabique que separa la sana autoconfianza de la insana arrogancia es realmente muy fino”. Murakami nunca ha sido arrogante (en eso se distancia de Don Juan). Así que reconoce “poco después de dejar de correr, todo lo que he sufrido y lo miserable que me he sentido se me olvidan, como si jamás hubiera sucedido y ya vuelvo a estar decidido a hacerlo mejor la próxima vez”.

Pero Murakami no sólo nos habla de sus deportes favoritos en ete libro bastante crucial para conocerle, también nos va contando detalles de su carrera literaria y reflexiones sabrosas sobre el arte de escribir. Tres son las cualidades del buen escritor, nos cuenta, el talento (cuya cantidad y calidad deben ser controladas), capacidad de concentración y la inevitable e imprescindible constancia.

En el segundo ensayo, De qué hablo cuando hablo de escribir, Murakami se ve como un  boxeador que ha de luchar contra la desidia, la falta de confianza y las críticas en un ring literario donde nadie tiene piedad de nadie. Son muchos los que suben al ring, pero pocos los que logran resistir la lucha y los ataques. Escribir novelas es parecido a ese duro deporte. Hay que aprender a encajar los golpes y luchar con denuedo para mantenerse. La escritura tiene sus trucos y uno ha de tratar de ser él mismo en todo momento. Desconfía de las facilidades supuestas de la inspiración y cree en un trabajo serio y persistente. Como Hemingway, mantiene que  “tras una larga jornada, dejo de escribir en el preciso momento en que siento que podría seguir escribiendo”.

En este libro Murakami se muestra a sí mismo y a su oficio de escritor con ojos realistas, sinceros y poco autocomplacientes. “En esencia los escritores somos seres egoístas, generalmente orgullosos y competitivos…seres necesitados de algo innecesario” Nos habla de su vida, sus pesares y dificultades y otra vez de sus “epifanías”; de su enorme amor a la lectura y a la música. Con gran sencillez confiesa: “Soy incapaz de asumir la idea de escribir a fuerza de sufrimiento. Para mi, escribir me da momentos de felicidad…y no me considero un genio, ni me atribuyo un  talento especial, aunque no niego tener algo…me gano la vida con esto desde hace más de cuarenta años” Murakami sabe que es un caso aparte en el panorama literario japonés y se justifica ante los ataques recibidos historicamete con esta frase: “Solo pretendía escribir algo  mi manera y reflejar con ello el estado de su corazón. Nada más”. Nunca ha padecido el “writer’s block” porque “cuando no tengo ganas de escribir, simplemente no lo hago, nada ni nadie me obliga…para mi escribir es un alivio psicológico”. ¿Más claro? “Es un camino que se empieza solo, por el que se avanza solo y que se puede perfeccionar a sí mismo”. Y para los demás escritores, oído al parche: “El proceso de escribir queda al margen de los reconocimientos. Es la carga que uno debe soportar en soledad y en silencio”. “Me da igual lo que digan sobre lo que escribo, por muy tremendo que resulte. Lo importante es escribir lo que yo quiera y como yo quiera.”

Las constantes temáticas de las obras de Murakami son variadas pero reiterativas (según una lista publicada por The New York Times): la mujer plena de misterio, el fetichismo de las  orejas femeninas, los pozos secos y profundos, la desaparición súbita de algo o de alguien, la sensación de persecución, inesperadas llamadas de teléfono o móvil, gatos por todas partes, música de jazz en discos de vinilo, urbanita que se siente perdido, intervenciones o poderes por encima de lógica y quizá mágicos, pasadizos secretos, espacios abrumadoramente abiertos, trenes y estaciones, presencia del pasado histórico en detalles llamativos, precocidad adolescente, cocinar, mundos paralelos, sexo explícito, Tokio y sus noches, nombres originales y llamativos, malvados sin identificar, más gatos (que hablan o desaparecen), el amor con signos de tragedia y de intensidad excesiva, la capacidad del arte para trascender las miserias del sujeto (tema del ultimo libro de Murakami “La muerte del comendador” (otra coincidencia entre don Giovanni y nuestro novelista) …

Bien, el viaje en torno a lo que quiero decir cuando hablo de Murakami, toca a su fin. No voy a entrar en valoraciones una por una de sus obras, me parece poco pertinente. Es un escritor muy característico que se dirige al corazón de sus lectores, sin importarle demasiado la forma y el estilo. Por tanto, cuatro datos sencillos de las, para mí, sus obras más interesantes, prescindiendo de las cuatro que ya he tratado aquí: las dos primeras, “Escucha la canción…” y “Pinball 1973”, más los dos ensayos del “De qué hablo…”.

TOKIO BLUES.-

Se trata de una buena novela del género “Bindungsroman”, es decir de iniciación. Por ejemplo, válido para este caso, nuestro “Lazarillo de Tormes”, el “Wilhelm Meister” de Goethe, el Marcel de “La recherche…” de Proust, el “Retrato del artista adolescente” de Joyce o “La montaña mágica” de Mann. Es decir, novelas donde el lector acompaña el largo, tortuoso y a veces muy duro sendero en el que un joven se inicia en la vida de adulto.

Murakami borda las vicisitudes de sus jóvenes protagonistas, el amor, la felicidad, la soledad, la incomprensión, las rarezas de la existencia. El trayecto de Toru Watanabe, estudiante de primer año de la Universidad de Tokio, encuentra ecos en muchos lectores en parecidas circunstancias. Con esta novela H.M. logró convertirse en alimento literario de fanáticos en medio mundo.

1Q84.-

Esta es una novela-piedra de toque. Si la lees, rendido al texto a pesar de su larga extensión y gran exigencia, es que eres un murakamista irredento. No la juzgaré de ningún modo. Recomendarla, si. Aunque sea una prueba difícil y no recomiende la tercera parte. Está ambientada en Tokio en 1984, y propone un acto de fe desde el principio: debes aceptar con naturalidad que uno de los protagonistas se da cuenta de que ha ingresado en un universo paralelo, y que otro, una aspirante a escritora, propone a la credibilidad del lector que practica un misterioso proyecto de escritura fantasma.

KAFKA EN LA ORILLA.-

Viniendo de la anterior lectura, no es probable que te sorprenda demasiado ésta. Aunque creas que el realismo mágico acabó con García Márquez, Borges y Onetti, lo cierto es que en esta obra Murakami te convence de que todavía tenías mucho que aprender. Aquí además gozarás de la novela tipo “baúl de historias interrelacionadas”. El argumento  nos muestra a Kafka Tamura, un joven de 15 años que acaba de huir de su casa acuciado por el complejo de Edipo  y se propone vivir en una biblioteca. Y conocemos a Nakata, un anciano que sufrió daño cerebral cuando era niño y ahora tiene la poco sorprendente facultad de hablar con los gatos. La pérdida de uno de sus más amados animalitos le hace emprender un viaje inesperadamente psicodélico. La soledad es el caldo de cultivo de los personajes que se suceden a un perezoso ritmo de siesta indigesta y un estado casi permanente de confusión vital.

 

CRONICA DEL PÁJARO QUE DA CUERDA AL MUNDO.-

Aquí nos encontramos con aquel aserto que afirma que todo novelista tiene un reformador moral en la barriga. Dadas las especiales características de Murakami, cabía esperar que no se cumpliera ese aserto en su caso. Pero no ha sido así. Su protagonista de “Crónica del pájaro…”, Tooru Okada, inicia un viaje de auto descubrimiento pateándose las calles de Tokio en la busca improbable de su gato. Esos animalitos son para H.M., auténticos totems hogareños, dioses penates, lares o manes de este escritor, como si fuera un ciudadano de la Roma imperial. Rara es la novela de Haruki M. en la que no se cita a los gatos.

AFTER DARK.-

El mundo de Murakami está lleno de enigmas y vías alternativas que alternan con los tiempos por vías misteriosas: cerca de medianoche, una chica, Mari, está sentada sola a la mesa de un bar. Toma un café y lee. Es interrumpida por un joven músico. Lo conoce ligeramente. Le ha visto hace tiempo y acompañaba a su hermana. El nudo argumental comienza a abrirse. Nadie sabe qué va a pasar. Sospecho que ni Murakami cuando lo escribía…En otra de sus novelas decía: “todo empieza siempre con alguien contando algo de sí mismo”. Pues ahí lo tienen,,,

 

AL SUR DE LA FRONTERA, AL OESTE DEL SOL.-

El dueño de un club de jazz, Hajime, tiene un encuentro inesperado y misterioso: Shimamoto, su mejor amiga de la infancia está frente a él, con su carga de pasado y posibilidades de nostalgia y futuro. Pero…

 

LOS AÑOS DE PEREGRINACION DEL CHICO SIN COLOR.-

Aquí Murakami hace gala de sus mas queridas técnicas temáticas: un personaje femenino alucinado y trágico (eso si con hermosas orejas), espectros bidimensionales, el ayer como línea de tiempo bifurcada , trenes, místicos gastronómicos, apellidos de colores en los amigos del héroe, Tsukuro Tazaki, diseñador de trenes. Su historia y la de la novela, están condicionadas por una anécdota de su pasado: dieciséis años atrás, el grupo de cuatro amigos al que pertenecía, le expulsan  sin razón o motivo aparente. Eso constituye un golpe psicológico que le obsesiona y casi le empuja al suicidio. Ahora pretende averiguar las razones de tal catástrofe personal. Pero hablamos de Murakami. Por tanto, dilucidar eso nos llevará a un nuevo enigma. Como escribe Rodrigo Fresán, no hay nada de extraño, Murakami tiene una lógica perfecta y la mayoría de sus personajes también. El único problema es que tal lógica pertenece a otra dimensión: la del planeta Murakami.

 

FICHA

Todas las novelas citadas están publicadas por la editorial Tusquets. Son fáciles de encontrar en cualquier librería.

 

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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12 julio 2023 3 12 /07 /julio /2023 17:38

NUCCIO ORDINE, DONDE  LO “INÚTIL” SE REVELA ÚTIL

Un autor indispensable para conocer la crisis de la  enseñanza en la sociedad capitalista tecnodependiente

El 10 de junio pasado murió Nuccio Ordine con 64 años, a causa de un derrame cerebral. Nació en un pequeño pueblo de Calabria que ni siquiera tenía librería. En una entrevista declaró: “Nacer en una casa sin libros y de padres sin estudios, vivir en una ciudad pequeña sin librerías ni bibliotecas, sin teatros ni espacios culturales, no significa estar condenado a la ignorancia”.  Ordine estudió,  fue a la Universidad y se hizo profesor e investigador  en temas de filología, literatura y filosofía. Vivía en Cosenza, en una casa de campo con más de 20.000 libros en su biblioteca personal. Era profesor de Literatura italiana en la Universidad de Calabria y dictó clases en las universidades de Yale, la Sorbona,  Berlín y  Harvard, como profesor invitado. Era miembro de honor de la Academia rusa de ciencias.  Publicó eruditos trabajos sobre Giordano Bruno y el Renacimiento. En 2013 dio la campanada de la popularidad, fuera del mundo académico, con la publicación de un librito  (lo subtituló “Manifiesto”) de 170 enjundiosas páginas, llenas de pasión, sentido común y profundo conocimiento de la literatura y la filosofía:   “La utilidad de lo inútil”, que en un tiempo récord se publicó en más de veinte lenguas. En España fue publicado por la editorial Acantilado y ya lleva casi treinta reimpresiones. El ya desaparecido maestro del ensayo, George Steiner, dijo de este libro “Una pequeña obra maestra de la originalidad y la claridad”.

Su fallecimiento me entristeció, nadie está preparado para una noticia así. Le seguía fielmente desde que apareció ese libro. Por eso, aunque ya tenía medio preparado un trabajo sobre Murakami, decidí dejarlo para el mes próximo y dar a los lectores de C&C la oportunidad de conocer a este brillante ensayista –los que no tenían ese placer- o de recobrarle, los que ya lo habían leído. Ordine me parece uno de los pensadores más proféticos en torno al binomio interactivo sociedad-cultura. Precisamente en octubre próximo debía recoger el Premio Princesa de Asturias de  la Comunicación y Humanidades 2023.

Nunca como hasta el momento presente ha resultado más adecuado un título como “La utilidad de lo inútil” que está rozando los grandes titulares críticos de una actualidad  - en concreto de la educación y la enseñanza- , condicionada por las leyes del mercado, la prisa, la superficialidad y los efectos indeseables de las tecnologías bajo la hegemonía  dictatorial de las pantallas y el mundo digital. En España vendió más de 80.000 ejemplares de su inteligente libro.

Para complementar el mensaje del citado texto, recobré otro gran volumen de este pensador, comprometido con la “dignitas hominis”: “Clásicos para la vida”, también editado por Acantilado en 2017. En este libro Ordine nos lleva por un apasionante viaje por la literatura de todos los tiempos: acompañados por Shakespeare, Mann, Goethe, Zweig, Borges, su amado Giordano Bruno, Platon, Margaritte Yourcernar, Maquiavelo, Cervantes, Dickens, Rilke, Primo Levi, Boccaccio, Defoe, Rabelais, Saint Exupéry, Baltasar Gracián, García Márquez. Flaubert, Swift, Montaigne, Balzac, Rostand, Cavafis, Pessoa, Calvino, Einstein… en citas que precisamente nos conciernen directa y críticamente en la cuestión, no sólo ética, de saber comprender cuál es el auténtico fin de la enseñanza en escuelas y universidades: preparar a los hombres y las mujeres del mañana para vivir plena, correcta y satisfactoriamente en un mundo atenazado por la codicia, la prisa, la desorientación y la ausencia de valores, todo aquello que alegremente archivamos en el baúl de lo “no útil”.

Precisamente tras una lectura del libro, repleta de emociones literarias –su elección de la obra reseñada de cada uno de ellos, es aleatoria pero modélica-  se termina con una figura sorprendente: Albert Einstein. ¿Qué hace Einstein en un libro dedicado a genios de la literatura?  El Nobel alemán de física, un genio en otra órbita, la científica, hace unos razonamientos sobre la educación que, viniendo de él, resultan reveladores, por su adecuación al mensaje primordial de Ordine y de los autores a los que convoca. En su texto hace gala de su lógica racionalidad humanística y un sentido común fuera de lo corriente en la enrarecida atmósfera científica. “La escuela –escribe Einstein-  siempre debe plantearse como objetivo que el joven salga de ella con una personalidad armónica y no como un simple especialista. Incluso en la enseñanza técnica…lo primero debería ser siempre, desarrollar la capacidad general para el pensamiento y el juicio independientes y no la adquisición de conocimientos especializados”.

Señores funcionarios  del Ministerio de “Educación”, presten atención: es Einstein quien lo dice, no sólo el abrumador  muestrario de genios literarios que aporta Ordine. ¿Para cuándo unos “reformadores” de los planes educativos que se nieguen a ser la “voz de su amo” político? Basta de campañas denigratorias de las humanidades y los clásicos y el énfasis –suicida, a lo largo- en las salidas “profesionales”.

La buena escuela, escribe Ordine  no la hacen ni las pizarras interactivas, ni las tablets y ordenadores en las aulas en vez de libros, o los acuerdos cortoplacistas con empresas y centros profesionales para diseñar una enseñanza práctica a la carta, sino un personal docente respetado y respetable, por sus conocimientos,  y también por sus cualidades humanas e intelectuales. Y el objetivo, además del necesario bagaje técnico indispensable, es hacer de los alumnos  hombres y mujeres capaces  de saber vivir y de gestionar y reclamar su libertad, con espíritu crítico. ¿Suena utópico? Tal vez. Pero es posible.

Vivimos en una época  en la que, según denuncian los propios profesores , las competencias y las capacidades que son objeto de una certificación –indispensables para el mundo laboral y profesional-  son más relevantes que la básica operación de  promover un conocimiento, una actitud  y un enfoque críticos ante lo que se enseña y aprende (y cómo se realizan estas funciones).

Observen que hasta la UE dicta una recomendación sobre el aprendizaje permanente y la empleabilidad y un nuevo sistema de  “microcredenciales”,  poniendo el foco en la paridad práctica entre la enseñanza y la adquisición de  trabajo. Lo cual significa que lo que prima es el mercado y no la formación de ciudadanos instruidos, críticos y autónomos. La sociedad credencialista se impone  y pronto se exigirá un certificado de aptitud  para colgar un cuadro o cortar la rama de un árbol. Así la enseñanza se microparcela y los alumnos deberán esforzarse por objetivos mínimos –es una norma vigente: cada vez se exige menos- , mientras que multitudes  de supuestos enseñantes e instituciones ad hoc devaluarán todavía más las labores educativas y se convertirán en mercaderes de titulitis.

Ordine denunciaba hace unos meses el deterioro de los planes de estudio medios y superiores en la mayor parte de Europa. Las Universidades se han convertido en un mercado complejo que  es fagocitado por las empresas y las exigencias y necesidades de desarrollo de la sociedad de capitalismo avanzado.  De hecho dedicaba uno de sus libros, “Los hombres no son islas” (Acantilado) a “aquellas personas que dedican su vida a enseñar y cambian, silenciosamente, con su trabajo y su sacrificio, la vida de sus alumnos”.

Ordine denunciaba en su país, Italia, la engañosa “efectividad” de la Universidad que se ha convertido en una fábrica de titulados. Raramente se producen deserciones o abandonos de estudiantes y Ordine afirma que la razón está en que se ha bajado muchísimo el nivel de exigencia. No solo en la Universidad, en las escuelas e institutos también. Cita a Rilke con añoranza cuando aseguraba: “Sólo la dificultad te exige hacer el esfuerzo que te hace mejor”. Lo estamos viviendo también en España, donde los exámenes y pruebas acaban siendo un coladero.  Dice Martha Nussbaum que “En casi todos los países europeos parecen orientarse hacia el descenso de los niveles de exigencia para permitir que los estudiantes superen los exámenes con más facilidad”.

Y no solo se trata de materias educativas, también concierne a la formación humana, ética y social de los alumnos. No en vano, como pensaba Ordine, la calidad de ambos niveles esta esencialmente interrelacionadas. A ese respecto, en una entrevista concedida a “El País”, Ordine  señalaba a la tecnología y sus atajos y facilidades como uno de los factores responsables de la decadencia educativa y decía que afectaba también la vida personal de los alumnos: “Es evidente que la sociedad virtual crea nuevas formas de soledad, lo cual es una auténtica paradoja de nuestra época, porque estamos más conectados que nunca pero resulta que estamos solos. Tenemos la ilusión de estar relacionados, pero una relación virtual no puede ser una buena relación, es una forma de relación vacía”.

Para Ordine “escuelas y universidades no pueden ser empresas que se dedican a vender diplomas. Los estudiantes no pueden ser sólo clientes” y critica que la mayoría de los estudiantes acaban creyendo que el éxito en la profesión y la vida se mide por la cuenta bancaria, seducidos por la idea que lo importante es el crecimiento económico y que las universidades y escuelas deben estar al servicio del mercado y las empresas (que se refleja incluso en la terminología usada en la vida universitaria en base a “créditos y débitos”).

Ello no obsta para que reconozcamos que la gestión del conocimiento  a través de la educación y la investigación es un sector que promueve beneficios a corto y largo plazo, por lo que las escuelas y las universidades deben estar relacionadas  con el mundo empresarial, como un requisito básico de la estructura económica de un país. Lo que Ordine sugiere  es un ordenamiento de esa relación, en forma de mecenazgos o inversiones en la generación de conocimiento que luego revertirá en las empresas y el sector económico global. Es preciso un análisis serio del retorno de la inversión en educación y de medidas  que aumentaran su eficiencia y dinamizaría el mercado de trabajo restando preeminencia a la opción funcionarial que suele ser la salida ambicionada por los jóvenes licenciados.

Una de las perlas que se ofrecen a la lectura en los libros de Ordine son sus consideraciones sobre la bondad y necesidad de permitirse las “pérdidas de tiempo” e incluso integrarlas en la vida cotidiana de cada uno. “Reducir la velocidad, hoy en día, significa ‘perder tiempo’. Sin embargo, bien considerado, el conocimiento, las relaciones humanas y nuestro vínculo íntimo y personal con la existencia necesitan sobre todo de una ‘lentitud’ consciente, para mejor saborear lo que vivimos”. A  la larga descubriremos que lo placentero es más útil que lo útil.

 “En el universo del utilitarismo, -escribe Ordine- un martillo vale más que una sinfonía de Mozart, un cuchillo más que una poesía de Neruda, una llave inglesa más que un cuadro de Velázquez: porque es más fácil hacerse cargo de la utilidad de un utensilio, mientras que resulta cada vez más difícil entender para qué pueden servir la música, la literatura o el arte”. Como decía Giordano Bruno: “La sabiduría y la justicia empezaron a abandonar la Tierra en el momento en que los doctos, organizados en sectas comenzaron a usar sus conocimientos con afán de lucro”. Kant y Lacan insisten en la idea: “Una vida  sin virtud y sin principios, no es vida”.

Incluso en el reino de la ciencia, la historia científica nos demuestra que muchas investigaciones científicas teóricas consideradas inútiles, por estar privadas de cualquier intención práctica, han favorecido de forma inesperada aplicaciones –desde las telecomunicaciones a la electricidad- que después se han revelado fundamentales para el género humano. Insiste Ordine en que “Si dejamos morir lo gratuito, si renunciamos a la fuerza generadora de lo ‘inútil’, si escuchamos únicamente el mortífero canto de sirenas que nos impele a perseguir el beneficio, solo seremos capaces de producir una colectividad enferma y sin memoria que, extraviada, acabará por perder el sentido de  sí misma y de la vida”.

El filósofo Heidegger afirma tajante: “Lo más útil es lo inútil. Pero experienciar lo inútil es lo más difícil para el ser humano actual. Se entiende lo útil como lo usable prácticamente y de forma inmediata para fines técnicos, con lo que se consigue algún efecto del que pueda yo hacer negocios y provecho. Pero uno debería ver lo útil en el sentido de lo curativo, esto es, lo que lleva al ser humano  a sí mismo, a sus posibilidades y a su realización.”

Tocqueville aseguraba que “el impulso de lo útil y el envilecimiento de las actividades del espíritu podría tener como efecto que los hombres se deslicen hacia la barbarie” George Steiner critica la mala enseñanza, los docentes no motivados o excesivamente invadidos por la burocracia pedagógica que invade las instituciones educativas y escribe: “Una mala enseñanza es, casi literalmente, asesina y metafóricamente un pecado. Son destructivas las maneras mediocres de enseñar, las rutinas pedagógicas faltas de imaginación y entusiasmo, una instrucción con cínicas metas simplemente utilitarias y siervas de la lógica mercantil del beneficio”. “Hay que resistir, dice Ordine,  a la disolución programada de la enseñanza, de la investigación científica libre, de los clásicos y de los bienes culturales. Porque sabotear la cultura y la enseñanza significa sabotear el futuro de la humanidad”

Y termina su apología citando una simple frase que él mismo descubrió  escrita en un tablón en una biblioteca de un perdido oasis del Sahara: “El conocimiento es una riqueza que se puede transmitir sin empobrecerse. Al contrario, enriquece a quien lo transmite y a quien lo recibe”. Y  afirma: la primera tarea de un buen profesor debería ser reconducir la escuela y la universidad a su función esencial: no la de producir hornadas de diplomados y graduados, sino la de formar ciudadanos libres, cultos, capaces de razonar de manera crítica y autónoma. Reducir al ser humano a una profesión o tecnología constituye un gravísimo error: en cualquier hombre hay algo esencial que va mucho más allá de su actividad como médico, abogado o ingeniero. Por eso Ordine lanza este mensaje: “Cuando el grado de dependencia de los instrumentos tecnológicos supera cualquier umbral sensato, ¿no sería oportuno convertir la escuela en un sano momento de desintoxicación?”  “¿No es la escuela o la universidad el lugar ideal para que los estudiantes sometan a debate si la amistad puede identificarse con un simple click en Facebook o Twiter o Tic Toc y si enorgullecerse de contar con más de mil “amigos” en un perfil significa tener una visión profunda de la amistad y de las relaciones humanas en general?”

Dejémoslo aquí. Insisto en que Nuccio Ordine ha dejado una obra breve pero llena de sugestivos valores. Su empeño en  promover la lectura de los clásicos , la defensa de las humanidades como algo esencialmente útil  y la mejora de la enseñanza a todos los niveles, me recuerda la frase de Giordano Bruno: “todo depende del primer botón: abrocharlo en el ojal equivocado significa, irremediablemente, seguir cometiendo error tras error”.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

FICHAS

LA UTILIDAD DE LO INÚTIL.-Manifiesto. 172 págs. Y, CLÁSICOS PARA LA VIDA. Una pequeña biblioteca ideal. 178 págs. Ambos traducidos por  Jordi Bayod. Publicados por Editorial Acantilado.

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3 junio 2023 6 03 /06 /junio /2023 19:09

Este trabajo ha sido publicado por "Compromiso y Cultura" de junio2023

El que fue  el “niño malo” de las letras británicas, irreverente, divertido, cáustico y sensible, crítico feroz de la vulgaridad y la decadencia de los valores sociales, entra en el panteón de los grandes literatos ingleses del siglo XX.

Cuando supe que Martin Amis había fallecido, a los 73 años, de un cáncer de esófago, durante la madrugada del sábado día 20 de mayo, en su casa de Florida, mientras dormía, comprendí aquello que él definió en su novela “La información”. “Esa información que recibimos de noche hacia los cuarenta años y que nos dice que vamos a morir y que ya nos queda poco tiempo de vida”. Amis es de mi generación y supongo que esa “información” ya la tenía muy asimilada. Se dio el lujo de morir 33 años más tarde y añadiendo el dato de fallecer de la misma enfermedad que su “alter ego” humano y literario, Christopher  Hitchens - “un amor casi gay, pero sin sexo” como lo definió Amis --, aunque 12 años después de él. Amis estaba casado, en segundas nupcias, con Isabel Fonseca, una bellísima chilena de la que se sentía muy orgulloso.

Los personajes de Amis en su novela “La información”, Richard Tull y Gwyn Barry, no son más que las dos caras del multiforme y camaleónico Amis, el “pope” intelectual que despellejaba a Inglaterra usando los estiletes de un humor despiadado y una ironía salvaje y anárquica. En 2011, tras la muerte de Hitchen, Amis fijó su residencia en Nueva York, en el barrio de Brooklyn (más tarde de mudaría a Florida). Todo en la obra sarcástica y satírica de Amis obedece a una dinámica agresiva entre fuerzas que se contradicen entre sí para prevalecer el reflejo oscuro pero también cómico de un mundo detestable en general, con algún amago de ternura en contados momentos. Amis fue al mismo tiempo el escritor Tull, erudito y minoritario, comido por la envidia y la ira frente al éxito de su amigo Barry, un autor de best seller de mediocre calidad con gran encanto mediático y popular.

La publicación en 1983, en la revista cultural londinense Granta,  de un análisis del grupo de los siete escritores más prometedores y sólidos de Gran Bretaña, entre los que figuraba él, rodeado de nombres del nivel de Salman Rushdie, Julian Barnes, Ian McEwan, William Boyd, Kazuo Ishiguro (que se llevaría el Nobel años más tarde, en 2017) y Graham Swift,  fue el pistoletazo de salida de un prestigio y una fama picante debida a sus escándalos y arrogancia -pasto de su “odiada –amada” prensa amarilla- que habría de acompañarle hasta la muerte.

Los excesos temáticos y argumentales de Amis, el “enfant terrible” díscolo y disoluto, estaban servidos por un estilo bastante elegante y una indudable inteligencia lúcida y crítica de  demoledora contundencia cáustica, servidas con los guantes de seda del humor, la ironía y la sátira moral. Su producción estaba al nivel de su avidez económica, su indudable encanto ante los medios -equilibrado por ráfagas de arrogancia petulante, y un elitismo vanidoso que solía mantener a raya- : Quince novelas, relatos cortos, ensayos y memorias desde “El libro de Raquel”. Esta primera novela, publicada a sus 24 años, recibió en 1974 el Premio Somerset Maugham. En España se editó en 1985. Después vendría “Bebés muertos”, “Éxito” y “Otra gente”. Fue en el año 1984 cuando publica la primera novela de su trilogía de Londres, “Dinero”, una sátira inclemente de una sociedad volcada en el consumismo. Después “Campos de Londres” (1989), donde la sociedad inglesa se acerca al apocalipsis moral y la ya citada “La información” (1995) que sale publicada rodeada de un escándalo de anticipos y cambio de agente; también el fin de la amistad con Julian Barnes, cuya esposa había sido hasta ese momento la agente literaria de Amis. Los críticos suelen opinar que dado el conjunto de la obra de los escritores del “team” de Gramma, tanto Barnes como McEwan eran escritores más sólidos y regulares en la calidad que Amis, algo que a éste le soliviantaba (observe el lector como se repite en la vida real el esquema de los dos escritores simbólicos enfrentados en “La información”).

Sin embargo nadie puede restar mérito y valía a obras como “La flecha del tiempo” (1991) en la que el tiempo corre al revés como posibilidad de anular los terribles errores de la historia reciente (un recurso argumental usado ya por algunos otros escritores) donde comienza a tratar literariamente un tema que le horrorizaba y atraía a partes iguales: las pesadillas nazi e  estalinista. “La viuda embarazada” (2010), “La flecha del tiempo” o “La zona de interés” muestran los horrores nazis y “Koba el conquistador” el estalinista. Justamente el día en que murió Amis, en Cannes proyectaban la película basada en “La zona de interés” donde Amis se atreve a llevar su ironía, sarcasmo y humor negro nada menos que al Holocausto. Ya cuando publicó “La flecha del tiempo” Amis consideraba que ese horror irrepetible de los nazis merece ser narrado y tratado de manera diferente, ya que “los nazis tenía mucho de ridículos” y si se invirtiera el sentido del tiempo (hipótesis de la novela)  también veríamos “cómo se invierten las imágenes y los valores”.

 

Su último libro, “Desde dentro” (2020) es una mezcla de géneros, desde la novela autobiográfica, al ensayo literario y, en el fondo, un homenaje a las personas fallecidas que habían sido importantes para él como creador, su padre el novelista Kingsley Amis (del que heredó su tendencia al humor crítico arrogante, al estilo de Swift o de Sterne), el poeta Philip Larkin, amigo de su padre,  Saul Bellow y su “más que hermano” el también escritor y periodista Christopher Hitchens. Salvando a este último, Amis mantuvo una relación profunda y contradictoria con los otros dos, por lo que su obra postrera –que le costó 20 años escribir-  podría ser una forma literaria del freudiano “matar al padre”. Por cierto, su padre, novelista y profesor universitario  (trabajó una temporada en España) fue un autor de enorme éxito en los 50 y su obra “Lucky Jim” lo convirtió en una celebridad nacional. Los enfrentamientos padre-hijo fueron tan sonados que la prensa amarilla –detestada ferozmente por Amis- se cebó con ellos. Sin olvidar a Vladimir Nabokov, el “padre literario muerto”, escondido en el armario hasta que publicó “Visitando a Mrs. Nabokov y otras excursiones” en 1993. Martin estuvo bien servido de figuras “paternales” más o menos controvertidas (quizá no llegó a superar el estadio freudiano de joven rebelde y airado, impulsado por la frustración del rechazo o el juicio paterno).En todo caso se comportó como tal ante la prensa y la sociedad inglesa durante muchos años.

En “Desde Dentro” Amis narra su `primer encuentro y “descubrimiento freudiano” del premio Nobel Saul Bellow, en 1982, aprovechando el envite para nombrar “padre espiritual”  a Philip Larkin  y “destronar” a su progenitor real Kingsley, mientras rememora las noches de juergas londinenses con Christopher Hitchens, con el que compartía trabajo en el New Statesman. Es una fase más de la construcción-deconstrucción de su personaje real-literario favorito: él mismo. Así que la autobiografía  narrada  en “Desde dentro” se convierte en una ficción donde los personajes reales se confunde y mezclan con los literarios, como la casi protagonista del libro Phoene Phelps, que es presentada como la amante del joven Martin. Nuestro héroe se divierte mezclando personajes, datos y anécdotas. Pero todo se da por bueno ya que el lector también se divierte. Lo más relevante de Amis es su capacidad lúdica para jugar con lo real y lo imaginario. Cuando se le preguntó por su actitud ante “Desde dentro” dijo: “Una de las grandes recompensas de ser escritor y tener amigos es que cuando ya no están vivos, aún puedes acercarte a un simulacro de lo que era estar con ellos simplemente escribiendo sobre ellos y leyéndoles. Hago esto todo el rato con mi padre, que junto a Christopher, son las personas que echo de menos para conversar, ponernos al día, bromear, todas esas continuidades tan amenas que engrandecen una amistad. Simplemente, abres sus libros y están de vuelta.”

El lector de estas líneas haría bien en acercarse a su libro de memorias “Experiencia” (2000) que, en cualquier caso, es una obra extraordinaria, de una finura y vigor intelectual sobresalientes. Quizá la novela donde Amis se supera a sí mismo en sus virtudes y defectos –por exceso- sea “Lionel Asbo: el estado de Inglaterra” (2012) que le valió el anatema de la sociedad inglesa pero que es –al margen de su tendencia a la sátira cruel- un retrato inclemente de ciertos aspectos de esa misma sociedad. El retrato del delincuente casi psicótico que gana la lotería y se transforma en un héroe de la prensa sensacionalista, es de una crudeza histriónica indudable, pero al mismo tiempo sumerge al lector en una pesadilla moral donde apenas hay atisbos de ternura con algunos personajes. Todo está impregnado de acerba crítica y desprecio, pero al mismo tiempo, de un atractivo malsano cruzado por ráfagas de humor estrafalario.

Tal como dice Laura Fernández, una de sus entrevistadoras, “en las novelas de Amis los hombres son el sexo débil y lo son de una forma cruel, menos ingenua, más fría y autodestructiva. Las mujeres siempre saben lo que quieren y se disponen a conseguirlo”. Eso da una idea de la inteligencia tan afilada como un bisturí de Amis que, cuando presentó su libro “La información” en el Instituto Británico de Barcelona (creo que fue en el 1996), aseguró enfáticamente: “El gran enemigo del escritor es lo políticamente correcto. El escritor debe contar su verdad”. Y su verdad no tiene por qué ser demasiado razonable o moralmente correcta. El prefirió siempre la sátira, la provocación y la ironía. Por eso se define egocéntrico, ambicioso y con un “desdén absoluto” hacia sus rivales. “Es embarazoso reconocerlo, pero Gore Vidal decía que su corazón se alegraba cuando veía los libros de sus rivales en la sección de saldos de las librerías. No es suficiente con triunfar; los otros, además, tienen que fracasar”.

En el 2019, a punto de llegar a los 70 años, Amis que conservaba toda su enorme vitalidad, su mordacidad y su sarcasmo verbal, publica “El roce del  tiempo” (medio centenar de cortos ensayos sobre temas diversos, desde Maradona, a la princesa Diana, Nabokov o Travolta), hace sonoras y desvergonzadas declaraciones contra el presidente Trump, al que detesta, la amenaza del Brexit que le alarma y le hace establecerse en Estados Unidos. En una entrevista admite que es un escritor poco popular, aunque no controvertido. Y deja una frase que termina de dibujar el aspecto polemista de nuestro autor: “No buscas la polémica, pero si te la encuentras tienes que estar preparado y no debes intimidarte. Así que cargas hacia delante. Yo todavía sigo en esto”.

El escritor nos ha dejado un legado literario de bastante valor y solidez. Irregular y a veces por debajo de su calidad habitual. Pero eso queda compensado con la coherencia  entre su obra –novelas, ensayos y  libros inclasificables- y el estilo de vida que mantuvo desde su alborotada y airada juventud hasta su madurez inteligente, provocativa y siempre autopublicitaria. Amis fue un escritor insolentemente triunfador, un Barry, que secretamente quizá envidiaba la figura romántica y angustiada de un gran erudito literario, un Tull, autor de una obra maestra, que sólo se descubriría cuando él hubiera muerto, lejos de todos los focos de la fama y de una sociedad fagocitaria, vulgar e inclemente.

En mi mundo de referencias literarias, Martin Amis fue, desde el principio, “uno de los nuestros”. Me refiero a mi generación. Recuerdo que comentábamos su osadía y desparpajo en el bar de la Facultad de Filosofía y Letras, en el viejo edificio de la Plaza Universidad de Barcelona donde alborotaba el ágora literaria estudiantil de la época. Más tarde, con el paso del tiempo, algunos nos sentíamos más cerca de Barnes o de McEwan. Pero el “grupo Granta” nos atraía más que el “nouveau roman” francés o la disciplinada novela alemana o la vocinglera - y forrada de dólares- pandilla literaria de los USA. E incluso que la cuadrilla hispanoamericana, que ya rompía moldes, Cortázar, García Márquez, Vargas Llosa…

En suma pocos escritores en la historia de la literatura han utilizado un estilo tan brillante, tristemente cómico y agudo para narrarnos las historias sucias, desesperantes de vulgaridad y tan gratuitamente agresivas; ni han dudado en ofrecernos de una manera impecablemente irónica y sarcástica los defectos y lacras de la sociedad --consumista y abducida por las pantallas y el sensacionalismo-- en que vivimos. Como el mismo dijo: “El mundo entero es ‘fast food’, shows y delitos sexuales y revistas y tabloides chabacanos e insultantes”

Por tanto, amigo Martin Amis, descansa en paz. Siempre serás uno de los nuestros.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

FICHAS

Prácticamente todos los libros de Amis se pueden encontrar en la Editorial Anagrama, excepto “El infierno imbécil” (El Aleph editores) o “La invasión de los marcianitos” en Malpaso Ed. La selección que sugiero es: “La información”, “Dinero”, “Experiencia”, “Lionel Asbo”, “La zona de interés” y “El libro de Rachel”. Todos en Anagrama.

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4 mayo 2023 4 04 /05 /mayo /2023 10:45

Ensayo publicado en la revista "Compromiso y Cultura", mayo de 2023

“Si una noche un viajero leyera estas páginas: homenaje al centenario del escritor italiano”

En 1980 la editorial Bruguera editó “Si una noche de invierno un viajero” (1979); en 2023, la editorial Siruela ha reeditado los principales libros de Italo Calvino, incluido el citado, en una nueva colección, la Biblioteca Calvino, que recoge toda la obra de este autor italiano, cuyo centenario se cumple este año. Son libros rediseñados en base a una estética que parece haberse inspirado en el mundo fantástico e intemporal de Calvino, en el que los vizcondes demediados, los barones rampantes o los caballeros inexistentes crean en el lector una curiosa e insistente necesidad de participar y convivir con sus historias.

Calvino nació en Cuba en 1923, donde sus padres, italianos, trabajaban como agrónomos y botánicos. Dos años más tarde la familia vuelve a Italia y se instala en San Remo, donde dirigen una estación experimental de floricultura. En los convulsos 40  Italo realiza una licenciatura en Letras –presenta una tesina sobre Josep Conrad- y durante la ocupación alemana lucha como partisano de la Columna Garibaldi y se inscribe en el PC. Esta vida comprometida tiene un fruto literario “Los senderos de los nidos de araña” (1947) y le lleva a un estilo de vida relacionado con la literatura y los libros (gracias a Cesare Pavese –otro grande de la literatura italiana- , trabaja como editor en la famosa editorial Einaudi). En 1985 murió, con 62 años, de una embolia cerebral.

Así que relájate, lector. Estás leyendo un artículo sobre la nueva colección de los libros de Calvino. Adopta una postura más cómoda, alarga los pies sobre un cojín, regula la luz, en cuanto te hayas sumido en la lectura, ya no habrá forma de moverte. El Cronista te informa de que ha salido la nueva colección de los libros de Calvino y ya  programas una visita a tu librería preferida. Un día, compras tres volúmenes de la nueva colección, que hablan de “Nuestros antepasados”,  una serie de entrevistas realizadas a Calvino con el título de “He nacido en América” y  “Si una noche de invierno…”. Pero  te dispones a leer este artículo y antes de entrar en él, miras si es muy largo, echas un vistazo rápido a las ilustraciones y te preguntas si el Cronista te va a contar algo que no sepas o interesante sobre Calvino, o sobre su novela o alguna novedad que ignorabas en sus entrevistas realizadas desde 1951 a 1985, el año en que el autor italiano falleció. En 1980 el Cronista había leído en una edición de Bruguera  “Si una noche de invierno…” y se había sentido atraído por Calvino. Ahora, en 2023, en el centenario del autor, recupera esas lecturas. Y es que este girar en torno a los libros de Calvino forma parte del placer de los tres libros nuevos que tú, Lector, ya tienes sobre la mesa. Aún en la bolsa de papel de la librería, los libros de Calvino te esperan con sus hermosas portadas, prometiendo unos placeres que han de consumarse con la lectura. Tú, Lector, aún no te has dado cuenta de que el Cronista, que es un admirador de Calvino, está siguiendo contigo el mismo juego que el novelista italiano establece con el Lector y la Lectora de su novela “Si una  noche del invierno…”.  En esa novela, tras el primer capítulo, el Autor provoca consecutivas  inmersiones  en nueve nuevas novelas totalmente distintas a la que el Lector había empezado a leer. Y es que, se produce un problema muy enojoso: tras  leer unas pocas páginas, el Lector descubre que el libro está defectuoso. Va a la librería  para cambiarlo y allí se encuentra con  Ludmilla, la Lectora. Pero el incordio vuelve a aparecer. Una u otra vez, cada vez que comienzan la lectura del nuevo libro engastado en el anterior, se volverá a frustrar la lectura en el momento más apasionante, para iniciar una nueva novela igual o más atrayente. Y así  en nueve ocasiones. El Lector no llegará a completar la lectura de ninguna de ellas. Y este proceso acabará  junto a la Lectora, que le ha acompañado desde la segunda inmersión en esa aventura literaria  --con ecos de “Las mil y una noches” --y con la que más tarde se unirá en matrimonio y descubrirán ambos, en la última página, que hay otra novela que tiene como título la suma de los títulos de las nueve anteriores.

Y ahora añadimos a todo esto una pequeña variación: el Cronista no hará ir al Lector de un inicio de novela a otro -como ocurre en “Si en una noche de invierno…”-  sino de un libro de Calvino a otro. Y para seguir con el paralelismo sólo te dará algún detalle esencial de cada uno de los libros para llamar tu atención y provocarte para que vayas a una librería y te hagas con ellos para leerlos cuanto antes. Así ganamos todos: Italo Calvino, por ser más conocido; el Cronista para que las personas que le lean descubran y gocen de un escritor genial y el Lector, para vivir un tiempo con la obra de un novelista que estimulará su fantasía, su imaginación y su inteligencia. Y, puede que el Lector de estas páginas de “Compromiso y Cultura”, conozca a través de comentarios intercambiados sobre este artículo a una Lectora de dicha revista y se embarquen ambos en leer las novelas de Calvino que vamos a recomendar. Y, tal vez, acabe casándose con ella. Cosas más asombrosas ocurren en las obras de uno de los mejores narradores italianos del siglo XX.

Quizá  la más original obra de nuestro autor sea la trilogía “Nuestros antepasados”, formada por las novelas “El vizconde demediado” (1952), “El barón rampante”  (1957) y “El caballero inexistente”  (1959) –publicadas cada una de ellas en la década de los cincuenta y reunidas por Calvino en dicha  trilogía en 1960-. Las narraciones transitan por los tiempos de Carlomagno en  la Edad Media;  la guerra de Bohemia contra los turcos, en el siglo XV  o el final del siglo XVIII, en la época  de la Revolución francesa y las guerras napoleónicas. Calvino diseña en la trilogía una genealogía fantástica del individuo contemporáneo a través de tres personajes dotados de características singulares. Estos tres personajes encarnan aspectos de la naturaleza social y política popular italiana que quedaron afectados por el desencanto de la posguerra  que vivió el país. De ahí el juego de preguntas y respuestas que el autor propone a sus lectores, reflejadas en imágenes que sugieren significados sorprendentes. Una dialéctica imagen-palabra que constituye una de las características más llamativas del peculiar estilo poético narrativo de Calvino. Él, dice, escribe y publica la trilogía para “salvar la esperanza”  en el humanismo de la época, a través de tres personajes alegóricos y unas anécdotas surrealistas: una figura partida por la mitad, una armadura deshabitada y un hombre que vive su vida subido a un árbol.

Recordemos: el vizconde  Medardo de Torralba recibe un cañonazo y queda partido en dos. Ambas mitades sobreviven por separado. Y no solo el cuerpo, también su espíritu. De ahí que una de las mitades es malvada y la otra tan buena que parece tonta. Se trata de la dicotomía del mal y del bien en una sola persona, como el doctor  Jekyll  y el malvado señor Hyde de Stevenson. En la fábula, el Lector verá reflejarse nítidamente la naturaleza humana. En “El caballero inexistente”, Agilulfo Emo Bertrandino de los Guildivernos y de los Otros de Corbentraz y Sura, Caballero de Selimpia Citerior y de Fez, tiene una digna prosapia familiar histórica, pero un pequeño inconveniente: en el interior de su armadura, tras la celada empenachada  no hay ningún rostro y bajo el formidable aspecto de fuerza y poder de su armadura no existe ningún cuerpo. Agilulfo no tiene “ser” pero si una voluntad profunda y una fe intensa en “querer ser”. Calvino derrocha imaginación, humor e ironía en esta parábola que, una vez más, induce al Lector a encontrar paralelismos. Y, para terminar, la historia increíble de Cósimo Piovasco di Rondó, el Barón Rampante, que el día de 15 de junio de 1767, con doce años de edad, sube a un árbol y decide no volver a poner el pie en el suelo. Dotado de una gran inteligencia y de medios suficientes para mantener su decisión, Cosimo se convierte en Enciclopedista, como cabía esperar de un personaje ilustrado en la Europa del Siglo de las Luces. En su atalaya natural, el Barón es testigo del paso de la historia de su tiempo, conoce el amor, la violencia y la muerte y se convierte en una figura dinámica en la guerra y la revolución…sin bajar de su árbol. Todo ello a través de una imaginación poética extraordinaria y un dominio del absurdo filosófico, la alegoría, el simbolismo y la fantasía. Calvino nos ofrece, tras el espejo deformado de su fuerza narrativa, una visión crítica del hombre contemporáneo, de su soledad, sus temores, sus mentiras y la busca de la libertad que justifique su existencia.

Esta misión de intelectual comprometido  con su tiempo es aún más evidente en otra trilogía temática: la que forman las obras “La especulación inmobiliaria” (1957) “La nube de smog (1958) y “La jornada del interventor electoral” (1963). Calvino novela los paisajes disruptivos de una Italia inmersa en un progreso económico que arrasa con su identidad cultural. El asedio inmobiliario de los paisajes y las costas italianas a finales de los 50 y 60, provoca que el talante crítico de Calvino nos muestre los problemas sociales y psicológicos que provoca un crecimiento económico especulativo y fuera de control.  En “La nube de smog”, una novela extrañamente actual, plena de ironía y humor, se nos cuenta los entresijos del problema de la contaminación industrial, la población sometida y los medios de comunicación financiados por el consorcio de industriales. En la época en que Calvino publica estas tres novelas, finales de los 50, el escritor ha perdido su confianza en el comunismo y abandona el partido públicamente, hastiado y confuso, tras la invasión de Hungría por la URSS.Y refleja su estado en “La jornada de un interventor electoral” que se desarrolla en el Cottolengo de Turin y refleja la manipulación electoral que se hace de la pobre y enferma humanidad de la zona. Esas tres obras muestran el compromiso intelectual crítico de Calvino contra la alienación y corrupción de su tiempo.

Dentro del formidable catálogo de la obra de Calvino en Siruela –casi cuarenta novelas y ensayos-  hay algunos dedicados a los libros y los autores en sí mismos, no sólo a la lectura –como el volumen de correspondencia “Los libros de los otros”, “Los cuentos populares italianos”, “Cuentos fantásticos del XIX”  “Mundo escrito y mundo no escrito” o “Por qué leer a los clásicos”.  En este último aseguraba: “Un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir”. Y precisamente eso es lo que ocurre, por ejemplo, con su obra  “Las ciudades invisibles” (1972).  Tengo sobre mi mesa la edición que Minotauro (Edhasa) hizo en el 1983 de esa curiosa y onírica novela, en la que un triste y melancólico Gran Kan o Kublai Kan, recibe a un Marco Polo cansado y crepuscular para que éste le cuente sus viajes a ignotas y extraordinarias ciudades perdidas en la vastedad de los dominios del gran conquistador. En brevísimas descripciones, Marco Polo va desgranando un firmamento de legendarias ciudades inexistentes, todas con nombres de mujer, como estrellas en el cielo impasible del Fin de los Tiempos. En todas ellas pervive algún elemento lleno de belleza y misterio y otros como pesadillas del Bosco, hasta ir conformando la megalópolis informe y monstruosa que como una ameba gelatinosa va cubriendo el planeta. “Creo haber escrito –dijo—algo como un último poema de amor a las ciudades… lugares de trueque de palabras, deseos y recuerdos”. Lugares donde se intercambian los rescoldos de la memoria, del pasado y los reflejos del presente huidizo. Un libro de nostalgia donde flota eterno e inexistente el espíritu de un escritor universal.

Como afirma Calvino en “Seis propuestas para el próximo milenio”: “En ciertos momentos me parecía que el mundo se iba volviendo de piedra: una lenta petrificación, más o menos avanzada según las personas o lugares, pero de la que no se salvaba ningún aspecto de la vida”.  Esa es una lúgubre impresión que más o menos vamos compartiendo todos los que nos dedicamos al análisis y comentario del curso actual de las cosas del mundo y del talante de los ciudadanos sometidos a todo tipo de crisis sistémicas. Pues bien, quizá la obra de Calvino, y la de unos pocos clásicos más, sean un remedio homeopático y casi salutífero para equilibrar un poco a los ciudadanos del siglo XXI. La inyección de optimismo, imaginación y humor irónico pero contagioso que proporciona la lectura es, en sí misma, un suplemento vitamínico espiritual para tiempos de agobio como los que nos infligen y los que nos esperan en un horizonte cercano.

 

Con esto, amigo Lector y amiga Lectora, este artículo en “Compromiso y Cultura” dedicado a Italo Calvino llega al final. El círculo se cierra con unas palabras del escritor italiano, surgidas del libro de entrevistas “He nacido en América”. Nos dice Calvino: “Requiero de un gran esfuerzo de voluntad para empezar a escribir algo, porque sé que me aguarda la fatiga, la insatisfacción de intentarlo una y otra vez, de corregir, de reescribir…pero lo más importante es dar una impresión de espontaneidad”.  Y esa confesión engrandece la figura de Calvino, ya que la impresión que prevalece  durante su lectura es que uno asiste a un derroche de espontaneidad creativa.  Y se cierra el broche que el Cronista había abierto con “Si una noche de invierno, un viajero”. Porque al igual que Calvino es un Autor dotado de las alas de la fantasía y la imaginación y de un espíritu simbólico y alegórico borgiano, el Lector y la Lectora se han trasmutado de seres de ficción en una novela de un autor italiano de mediados del siglo XX, en unos personajes reales parejos del siglo XXI , lectores de una revista llamada “Compromiso y Cultura”, que casi seguro no conocen la obra de Calvino y a los que el Cronista ha desafiado a que lo hagan, con la confianza en que el Autor nos llevará a todos por buen camino. Es decir: nos contagiará el maravilloso virus de la lectura.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

FICHAS

Casi cuarenta obras de Italo Calvino, editadas en la nueva colección que lleva su nombre por ED. SIRUELA. He trabajado con dos de esos libros  “Nuestros antepasados”, “He nacido en América” y con ediciones antiguas de mi biblioteca particular con el sello de Ed. Bruguera y Ed. Edhasa. “Si una noche de invierno, un viajero”, “Las ciudades invisibles”, “La nube de smog”, “La especulación inmobiliaria” y “La jornada de un interventor electoral”.

 

 

 

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1 abril 2023 6 01 /04 /abril /2023 17:22

Texto publicado en la revista Compromiso y Cultura, abril 2023

Es el símbolo del escritor judío del siglo XX, profeta ignorado y víctima de la locura humana

 

No hay ni un escritor, filósofo o crítico literario  del siglo XXI que cuando descubre la obra de Stefan Zweig –uno de los grandes “olvidados” de la literatura en los últimos cuarenta años—no se sorprenda  ante la dimensión gigantesca de este escritor, pensador, ensayista y novelista que fue uno de los grandes intelectuales idolatrados en todo el mundo durante los primeros setenta años del pasado siglo. La trágica circunstancia de su muerte –se suicidó con 61 años, junto a su esposa Lotte, de 34, en Petrópolis (Brasil) en febrero de 1942—fue uno de los hechos infamantes que cabe apuntar en la gigantesca lista de oprobios indirectos de la  demencia furiosa nazi, (esa cagarruta “ideológica” de ciertos seres humanos, que parece resurgir en nuestros días), descrita en su novela “Amok” por  Zweig

La primorosa edición que Páginas de Espuma ha hecho de su narrativa breve, “Cuentos completos”, (aprovechando la ola de rescate de este autor tras la liberación de los derechos de edición) con traducción de Alberto Gordo, sólo tiene un defecto, en opinión de este viejo lector acostumbrado a un tipo de editores que  no abundan ( los “viejos” Plaza Janés, Planeta, Bruguera, Alianza, Muchnik  o Seix Barral): ¿hubiera encarecido mucho la edición haber añadido un estudio, siguiera de una decena de páginas, sobre el autor, su obra, su historia y su regia importancia en la literatura?  Por favor, muchos de los que nos dedicamos al oficio de la pluma, estaríamos dispuestos a hacer ese trabajo “gratis et amore” con tal de rendir un servicio al lector y un homenaje al escritor que amamos los “lletraferits” del siglo XX).

Stefan Zweig (1881- 1942) era un todoterreno literario: cuentos, novelas, biografías, historia, crítica literaria, ensayo, poesía, teatro…Ameno, bien informado, con un pensamiento sólido y bien razonado, brillante, poético, inteligente y dotado de sentido del humor, sencillez y un gran respeto hacia la belleza, la razón y la magia de la creación artística. Su discreción, modestia y pundonor personal y profesional, virtudes unidas a su genio creativo, le convierten en un ejemplo poco habitual de escritor importante que también era una buena persona, recta y compasiva  y un ciudadano consciente de su tiempo y con criterios éticos .

En estos cuentos que hoy glosamos y en la totalidad de su obra Zweig nos regala uno de los mejores conjuntos  literarios dedicados al ser humano, su complejidad, sus defectos y mezquindades, pero también su grandeza, su búsqueda del amor y su debilidad ante las emociones. Para los que conocen y aman a Zweig, esta edición nos brinda la oportunidad de conocer relatos  poco editados y alguno prácticamente inédito  para el lector español. Y también propicia el reencuentro con piezas como “Los ojos del hermano eterno” o “Mendel, el de los libros”, un cántico este último a algo que el escritor viviría de una forma discreta toda su vida,  pero que le llevaría al prematuro final: su condición judía. Pero es en el aspecto emocional donde el romanticismo y la sensualidad nostálgica de Zweig, brilla con fuerza: “Veinticuatro horas en la vida de una mujer” o “Carta de una desconocida”.

El sesgo trágico de Zweig, que le hacía ver el suicidio como un recurso válido contra la injusticia y el sufrimiento, le acompañaría desde muy joven. Su primera mujer, Fridericke (se divorció en 1938), escritora a su vez y autora de una biografía de su exmarido, conocía esa pulsión suicida, una expeditiva forma  de rechazo total a la vida –en determinadas circunstancias-  que Zweig contemplaba con  frialdad racional. En muchos  de sus novelas y relatos los protagonistas acaban suicidándose. Tal como la vida de exiliado y el temor a un triunfo global de los nazis le empujaron a tomar los barbitúricos-veronal-  que acabaron con él y su esposa. “El mundo de mi lengua ha desaparecido y mi patria espiritual, Europa, se ha destruido a sí misma”, rezaba la nota que dejó junto a sus cadáveres.

En su hora más triste y a la espera del trágico final, Stefan Zweig trata de hacer de la necesidad virtud y escoge para ello, como consolación filosófica, al austero Montaigne cuyo mensaje vital se concentra en la voluntad persistente de mantenerse al margen, independiente y seguro ante el mundo brutal y violento que le rodea (paralelismo histórico con el momento que vive Zweig, aterrorizado ante la vesanía nazi que amenaza comerse al mundo entero). El libro está lejos de ser un académico ensayo filosófico. Muy al contrario, destila la emoción, el miedo, la inteligencia y las dudas de un intelectual que parece hundirse poco a poco ante una situación a la que no ve salida. Como Boecio busca una consuelo en la filosofía que la filosofía no puede darle y como Boecio se siente en una prisión y esperando la ejecución. Por eso en su carta de despedida antes de suicidarse escribe: "Saludo a todos mis amigos. Ojalá lleguen a ver el amanecer tras esta larga noche. Yo, demasiado impaciente, me voy antes que ellos". Y recuerda una frase de Montaigne: "La muerte voluntaria es la más bella. La vida depende de la voluntad ajena; la muerte, de la nuestra". En una carta a Herman Hesse, al que considera un alma gemela, escribe "En ocasiones la amargura nos impregna como el agua a la esponja". Y  menciona la ruina del mundo que él ama en el caos nazi en Europa. Hesse compartía la extrema decisión de su amigo, ya que él mismo intentó en dos ocasiones recurrir al suicidio como vía de escape a situaciones no aceptables.

Especialmente significativo es su bellísimo relato sobre  Jakob Mendel, un original, tímido, introvertido, solitario y excéntrico librero de viejo que durante más de treinta años acude, cada día, desde primera hora de la mañana y hasta la noche, justo antes del cierre, al café Gluck de Viena, donde ocupa siempre a la misma mesa y consume dos cafés y unos pocos bollos de pan. Es una institución cultural del local. En su rincón lee, escribe, estudia y se ocupa de su negocio, vender libros y por supuesto buscarlos primero, gracias a ser un desconocido -- pero famoso en círculos minoritarios de eruditos -- experto en libros, en fechas y lugares de publicación, en editores, en autores, en géneros. Es como un ordenador humano, una biblioteca ambulante, una autoridad bibliófila, una eminencia dotada de un cerebro portentoso. Vive para los libros y ellos son toda su vida, ajeno a lo que ocurre en el mundo, en su ciudad, a dos metros fuera de su mesa. Ni tan sólo se ha enterado de que en torno suyo el mundo se derrumba a causa de la I Guerra Mundial. Esa será su perdición. Por un motivo fútil, dos postales enviadas a dos países enemigos, Inglaterra y Francia, reclamando catálogos de libros, pondrá en marcha la absurda y fatal maquinaria represiva de la policía y el ejército, en un país de tradición prusiana. Terminará en un campo de concentración y comenzará la caída hacia el olvido y la muerte. Mendel parece surgido de una novela de Kafka. Pero nace de la pluma de Zweig, un hombre que comienza a montar en su mente una historia semejante que reflejará su propio final.

Stefan Zweig  ha sido para mí, desde mi juventud, un amigo leal al que recurrir en las situaciones más variopintas y por ello  adquiría las rústicas ediciones de Plaza Janés, que aún conservo, subrayadas y anotadas. Después Zweig cayó en el olvido desbancado por inquietudes literarias más afines con el tiempo y la edad. Por tanto, la aparición del volumen "Novelas" en Acantilado, hace algunos años, me atrajo como un imán. Ya sabía de las ediciones en ese sello de la obra de Zweig --de hecho tengo en mi biblioteca algunos de los títulos que ha ido sacando en los últimos años -- pero la presentación en un solo volumen de 1560 páginas en papel biblia de sus mejores once novelas fue irresistible.  Este escritor que resume como pocos el talante y características de los escritores clásicos de centro Europa (quizá a la par de otros menos conocidos pero de excelencia semejante, como Sandor Marài) nos ofrece las claves para entender los cambios que llevó de la Europa previa a la Primera Guerra mundial al caos ideológico y social que propició la Segunda Guerra (y preparó el terreno para el actual desbarajuste sangriento que aflige a buena parte del mundo en que vivimos).  Hay quien opina que Zweig es un escritor menor respecto a aquellos que respiraron con él la existencia de aquellos años, como Robert Musil, Thomas Mann o Kafka. Una relectura de alguna de sus novelas, nos convence de inmediato de que no es así. Yo creo que estos autores no son comparables. Que no se puede --ni se debe-- establecer juicios de valor entre aquellos monstruos literarios y Zweig. Simplemente hay que leerlo y disfrutar con la justeza  y elegancia de expresión, el dominio de la tensión narrativa, el buen gusto y habilidad para la descripción de ambientes y personajes. Es como ver una buena película de época (de hecho Zweig ha inspirado con sus novelas algunas grandes películas). Pero en sus novelas, que el lector devorará como alimento del alma, nos fascinará la precisión psicológica de los retratos de los personajes, el análisis no carente de humor de la burguesía de la época (no tan alejada de la de nuestro tiempo), las facetas románticas de una sociedad (de eso ya nos queda poco hoy día) que pensaba que podría evitar la hecatombe a pesar de la evidencias en contrario.

En “El exilio imposible” el soberbio libro de  George Prochnik se estudia el duro proceso del exilio y en la suerte variada, esquiva y generalmente dolorosa que sufrían los que debían abandonar pasado, bienes, nombre y raíces para enfrentarse con un futuro casi siempre indeciso y problemático. Una suerte muy diferente a la de otros escritores en lengua alemana como Thomas Mann, Hannah Arendt y Bertolt Brecht que supieron convertir el exilio en una forma de afirmación, resistencia y defensa de sus valores personales y los de su tierra lejana. Zweig, con un corpus literario de enorme fuerza y valor, se rindió a sus 60 años en una depresión que le llevaría a la muerte. George Prochnik, profesor de Literatura inglesa en la Universidad Hebrea de Jerusalén, no realiza una biografía al uso, sino un apasionado y personal desafío para desentrañar las causas psicológicas y ambientales, la mala fortuna también, que llevarían a Zweig a su dramático final. El biógrafo, también descendiente de judíos alemanes que huyeron de los nazis, viaja a Brasil, Viena y Westchester, en busca de elementos causales que aclararan la sorprendente decisión de Zweig, aunque también muestra la dificultad inherente a un intelectual de esas características siempre escudando su interior tras las páginas de su obras (algunas de la cuales como las biografías de Erasmo o Freud, parecen jugar con elementos concomitantes con la actitud personal y vital del escritor). Y define: "Zweig, el exiliado fracasado por excelencia, ofrece una fórmula precisa para la emigración tóxica, lo que podría llamarse 'síndrome de la mujer de Lot': no podía dejar de mirar atrás por encima del hombro hacia un pasado feliz e irremediablemente perdido, desdeñando y descuidando el presente y el futuro" . Y nos ofrece un retrato preciso y poco complaciente el escritor “acaudalado ciudadano austriaco, un incansable judío errante, un autor magníficamente prolífico, un infatigable defensor del humanismo paneuropeo, un anfitrión impecable, un histérico en casa, un noble pacifista, un populista barato, un hedonista remilgado, un amante de los perros, un aborrecedor de los gatos, un coleccionista de libros, un dandi, un depresivo, un adepto a los corazones solitarios, un ocasional donjuán que se comía con los ojos a los hombres, un sospechoso de exhibicionismo, un adulador de los poderosos, un defensor de los desvalidos, un cobarde frente a los estragos de la edad, un estoico ante los misterios de la tumba” .

El libro ahonda en todo ello y trata de encontrar una razón suficiente que explique el drama. Hay fuerza en esta narración de curso a veces errático, apasionado, con páginas llenas de exaltación (el lector se encontrará con párrafos sobre el amor a los libros, una de las razones de vivir de Zweig que conmueven). La nómina de amigos célebres y conocidos de Zweig resulta abrumadora (Einstein, Freud, Theodor Hertz, Karl Kraus, Jules Romains, Joseph Roth,Hendrik van Loon...) que pasan de forma fugaz y errática por el trabajo de Prochnik (lamentamos la falta de un trato más claro y documentado o reflexivo) Falta una estructura y un sistema, pero eso no es un defecto, dada la apasionada visión que nos ofrece el autor de un novelista por sí mismo, errático y poseedor de mil rostros diferentes.

En “El mundo de ayer”, Zweig acaba con una frase premonitoria: "El sol brillaba con plenitud y fuerza...mientras regresaba a casa, de pronto observé mi sombra ante mí, del mismo modo que veía la sombra de la otra guerra detrás de la actual. Durante todo este tiempo, aquella sombra ya no se ha apartado de mí: se cernía sobre mis pensamientos noche y día; quizá su oscuro contorno se proyecta también sobre muchas páginas de este libro". Esa sombra hace de la lectura del libro un estremecedor y patético documento de un hombre derribado junto a todo lo que valoraba, pero al mismo tiempo una profunda reflexión sobre la necesidad de superar los nacionalismos ("la peor de todas las pestes: envenena la flor de nuestra cultura europea"), de integrar las diferencias, de unirse bajo una bandera de paz, cultura, concordia y colaboración: "un mundo ordenado, con estratos bien definidos y transiciones serenas, un mundo sin odio", semejante al mundo de su juventud que creía que "el progreso técnico debía ir seguido necesariamente de un progreso moral igual de veloz!".

En cambio Zweig gime por su generación y se pregunta "¿qué no hemos visto, no hemos sufrido, no hemos vivido? Hemos recorrido de cabo a rabo el catálogo de todas las calamidades imaginables (y eso que aún no hemos llegado a la última página)" Y con terrible sencillez dice "He sido homenajeado y marginado, libre y privado de libertad, rico y pobre...por mi vida han galopado todos los corceles amarillentos del Apocalipsis, la revolución y el hambre, la inflación y el terror, las epidemias y el exilio...". Y termina con “Si los perseguidos y expulsados hemos tenido que aprender un arte nuevo, desconocido, ha sido el de saberse despedir de todo aquello que en otros tiempos había sido nuestro orgullo y nuestro amor”.  Su canto de amor a la Viena que conoció es asombroso y decididamente utópico: “Era magnífico vivir allí, en esa ciudad que acogía todo lo extranjero con hospitalidad y se le entregaba de buen grado; era lo más natural disfrutar de la vida en su aire ligero y, como París, impregnado de alegría”. Y la burguesía judía era el principal sustento del arte, el teatro, los libros, la cultura en general. No es sorprendente que en el siglo XX surgieran figuras como Gustav Mahler, Schönberg, Hofmannsthal, Schnitzler, Max Reinhardt y Sigmund Freud, y Ludwig Wittgenstein, todos judíos.

En el prefacio de su último libro, Zweig se queja de no tener ninguno de sus libros o documentos a su disposición para escribirlo. Debía fiarlo todo a su memoria. "Tres veces me han arrebatado la casa y la existencia, me han separado de mi vida anterior y de mi pasado, me han arrojado al vacío, en ese no sé adónde ir, que ya me resulta tan familiar".  Y todo eso por ser judío, además de escritor, austríaco, humanista, pacifista y europeísta. Quizá nadie podría personificar mejor al protagonista de “El hombre sin atributos”, la gran novela de su compatriota Robert Musil (que nació y murió casi en las mismas fechas que él). Zweig fue “el genio sin atributos”. Y, como escribe  con cierta dureza Prochnik, la vida de Zweig invertía el orden del comentario de Marx sobre la historia que se repite, la primera vez como tragedia y la segunda como farsa. La historia de Zweig coquetea con la farsa primero, para terminar como tragedia.

LIBROS : CUENTOS COMPLETOS.-Stefan Zweig. Trad. De Alberto Gordo. Ed. Páginas de Espuma. 1348 págs. –EL EXILIO IMPOSIBLE.-George Prochnik. Trad. Ana Herrera.- Ed. Ariel.413 pág. NOVELAS. Ed. Acantilado. Varios traductores.1550 págs.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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17 marzo 2023 5 17 /03 /marzo /2023 19:08

Publicado en "Heraldo de Aragón", 170323

En 1928 Stefan Zweig escribía: “Ya no cabe el mito en lo terreno, ni aún en las estrellas…es a sí mismo donde el espíritu siempre ansioso de saber tendrá que dirigirse: es a su propio misterio donde se verá arrastrado por la atracción de lo desconocido… así que el descubrimiento de sí  mismo, el propio conocimiento, ha de ser el tema del futuro…ahora, un enigma irresoluble para la humanidad”.  El yo ha sido un enigma que ha preocupado a. filósofos, psicólogos y pensadores espirituales de todas las disciplinas desde la antigüedad y siguen en ello con la ayuda de los neuro científicos de hoy.

Durante siglos, el Yo y la conciencia ha constituido para todos los que buscaban situarlos y definirlos,  una permanente pregunta, corrosiva e irresoluble, a pesar de aplicarse en la investigación secular todas las técnicas posibles, empeñados en la busca de una imagen sencilla y comprensible (y comunicable, claro está) de su naturaleza huidiza. Ha sido preciso dar con la nueva neurología –los años 20 del siglo XXI – para comprender que el Yo es una respuesta, no una pregunta. No “la” respuesta, sino “una”. Una corriente especulativa como el “pansiquismo”, trató de hallarla por un proceso de unión, considerando la conciencia, propiedad esencial del universo, como la velocidad de la luz o la fuerza gravitatoria. La conciencia, según dicen, está presente en todas las cosas,  en diferente medida y cualidad, por supuesto.

Parece que no nos movemos de la especulación, la física, la biología y el elemento espiritual y seguimos estancados. Pero no es así, puesto que las neurociencias han enriquecido radicalmente el escenario y aportan los elementos de una concepción nueva. Entre otras teorías, hipótesis y descubrimientos  asociados al redivivo paradigma de la relación profunda entre todos los seres vivos y la superación de la dicotomía cartesiana del cuerpo-mente en los humanos, he indagado en la bibliografía  de neurólogos y filósofos, desde un clásico como Daniel Dennet con “La conciencia explicada” (Paidós) o el reciente y clarificador texto de la neuróloga Nazareth Castellanos, “Neurociencia del cuerpo” (Kairós), o el fílósofo cognitivista del libre albedrío, John R. Searle, a las obras de Spinoza, Nietzsche, Hume o Epicuro.  El proceso de comprensión del yo y su naturaleza, es problemático. Como decía David Hume, “cada vez que penetro en lo que llamo ‘mí mismo’ tropiezo en todo momento con una u otra percepción física, orgánica…nunca puedo atraparme a mí mismo sin una percepción y nunca puedo observar otra cosa que la percepción”. ¡Y Hume nos decía esto en 1739, en su “Tratado de la naturaleza humana”! El pensador escocés se situó frente a Descartes e influyó en Kant con su empirismo lógico que sostenía que la experiencia es la fuente de todo conocimiento humano, ya sea a través de los sentidos o auto experiencia. El cuerpo pasaba a ser una vía cognitiva preferente, aunque Hume no llegó a sospechar los elementos que la actual neurociencia ha descubierto.

Empezar a comprender la naturaleza operativa del Yo, aislándolo de los fantasmas adheridos a él por la historia personal, la educación y la memoria, es un trabajo complejo que desborda el objetivo de este artículo. Pero es interesante señalar algunos datos que aportan los neurocientíficos,  que vienen a confirmar, gracias a las nuevas tecnologías, muchas intuiciones filosóficas. Digamos que el cerebro, la conciencia y el yo, de la mano de los neurólogos, aprovechan una vía amplia de comunicación neuronal, molecular, electroquímica y enzimática de dos direcciones, desde las vísceras, la piel, el estómago, los intestinos, los pulmones…subiendo a una velocidad de vértigo hacia el corazón y el cerebro y volviendo incesantemente a repetir los viajes, hasta cuando dormimos.

En esa maraña de autopistas, carreteras, pistas y senderos, que forman el Sistema Nervioso Autónomo, viajan los mensajes –en hormonas que son paquetes de información-  ante la ignorancia supina de la mente. Y el evasivo yo,  que cree saberlo todo y sólo conoce los efectos de lo que ocurre en la cocina del cuerpo, con un chef encaramado al piso superior, el cerebro y su gemelo en el corazón –a veces ayudando y  a veces estorbando- para que todo funcione bien. Recordemos que la serotonina, una de las llamadas “hormona de la felicidad” (junto a las dopaminas y oxitocinas), se sintetiza en su mayor  parte en el intestino, como también la histamina.

En el cerebro es donde “se produce” el fenómeno de la mente -y sus contenidos-: ambos son distinguibles…pero inseparables. Y sus conexiones, casi instantáneas, con el resto del cuerpo, estimulan o inhiben nuestras reacciones, nuestras actitudes, comportamientos y en otro orden o nivel, nuestras creencias, ideas o reflexiones. El yo y su esquiva sombra es, como decía Churchill de la Rusia de 1939, “un acertijo envuelto en un misterio, dentro de un enigma”. Pero hay algunas claves…

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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2 febrero 2023 4 02 /02 /febrero /2023 18:09

(PUBLICADO EN LA REVISTA "COMPROMISO Y CULTURA", febrero 2023)

De libros, librerías y bibliotecas (y 2)

El tipo que escribe para ustedes tiene vividos en su cuenta 76 (setenta y seis años), fue un lector precoz y devoraba cuanto material impreso caía en sus manos: fui un asiduo a las bibliotecas desde mi época escolar y surtía de lista de libros a toda la familia, por si llegaban épocas de regalos. Y no era una copia del repugnante niño Vicente, tenía mis pandillas, mis equipos de fútbol y fui descalabrado por alguna piedra bien lanzada en las guerras de guerrillas de los barrios. Pero siempre había un libro esperándome y unos momentos sagrados dedicados a Salgari, Julio Verne, Stevenson, Carroll, Peter Pan, Woogli, Sherlock Holmes, Guillermo Brown, el Guerrero del Antifaz, el Jabato o Roberto Alcázar y Pedrín. El hábito de la lectura ha sido mi compañía íntima toda la vida, me ha dado consuelo, amor, risas, astucia, inteligencia emocional y operativa, sentido crítico, hambre de sabiduría, conocimientos y una inextinguible ansia de comprender, a mí mismo y a los demás y al mundo que me rodea y sustenta. Las tres actividades profesionales que han enriquecido mi vida atestiguan mi pasión por los libros: periodista, psicólogo y escritor. Perdonen estas notas personales, sólo las cito como ejemplo práctico de la hipótesis que se defiende en este escrito: la lectura es una forma de vida, porque la vida como la lectura es ambigua y polivalente: nadie nos puede decir cuál es la forma correcta de lectura, como en la vida tampoco hay señales inequívocas que nos guíen. A veces coinciden en ambas, la lectura y la vida, algún principio operativo que las une. Por ejemplo, lo que Nietzsche y Wittgenstein recomendaban a sus lectores: la lentitud, la morosidad, el permitirse pensar antes que dar por sentado nada. Ni lo leído, ni lo que vives.

Para sustentar lo que antecede, en un principio barajé los nombres de Stefan Zweig, Harold Bloom, Thomas Mann o Virginia Woolf, como compañeros de viaje en este íntimo, interior y apasionante “vicio de la lectura”. Después pensé que en nuestra tierra también hay autores que han escrito libros muy adecuados y originales para mis intenciones y sin demasiada dificultad encontré algunos que no desmerecen en absoluto –en lo que concierne al tema que nos ocupa-  de los grandes clásicos citados.

Se trata de Joan Carles Mélich y Sebastià Serrano, dos catedráticos de la Universidad de Barcelona, el primero de Filosofía de la Educación y Serrano, de Lingüística. He escogido como referencia sus libros “La sabiduría de lo incierto. Lectura y condición humana” y “El regalo de la lectura”. Con ellos comprobé la veracidad de una frase de “La lectura como plegaria” de Mélich: “Hay dos formas de estudiar filosofía, leyendo a Aristóteles y a Kant, o leyendo a Dostoievski y a Kafka.”. Yo también prefiero la segunda. Realmente es más fácil comprender el mundo y las personas que lo habitamos, de una manera filosófica pero también vital y cotidiana, tras haber leído a Shakespeare, Dante, Cervantes, Melville, Proust, Rilke, Sófocles,Thomas Mann, Becket, Musil, Canetti, Pessoa, Virginia Wolf, Tólstoi, Dickens, Zweig, Zola, Flaubert…¿No me creen?

¿Cuántas Madame Bovary o Anna  Karenina ha conocido usted? ¿Cuántos Quijotes, Sanchos Panza, obsesionados capitán Aqab, tolerantes Leopoldos Bloom casados con Mollys quejosas y adúlteras? ¿Cuántas veces se ha visto en situaciones ”kafkianas”, sin sentido, absurdas, inexplicables, burocráticas de pesadilla? ¿O se han sentido como el protagonista de “El hombre sin atributos” de Musil? ¿O han padecido incomprensiones y persecución social como Oscar Wilde? ¿O sufrido el martirio de los celos, como nos cuenta Marcel Proust hasta la saciedad? ¿O desesperado tras el amor y la nada, como el Cónsul de “Bajo el volcán” de Lowry? ¿O enfermo de lucidez como en “La montaña mágica” de Thomas Mann? ¿O preso de la desesperación más atroz como en los libros de Primo Levi o de Jorge Semprún? ¿Cuántos potenciales personajes de Dostoievski deambulan por los juzgados y la prensa  de  sucesos? ¿Cuántas veces le han dicho que alguien tiene unos complejos de tipo freudiano o junguiano o lacaniano? ¿Sabe que la demanda feminista clásica de “una habitación propia” es el titulo de una novela de Virginia Woolf? ¿Se ha dado cuenta que leyendo a Shakespeare, -Ricardo III, Hamlet, Macbeth, el rey Lear-, comienza a entender uno a los dictadores-Putin, Trump, Bolsonaro- que nos rodean cada vez más, sus pasiones y sus miedos y manías? ¿Que leer a Rousseau y su “Emilio” nos da claves para entender el desbarajuste de la educación actual? ¿Que leyendo a Platon se comprenden muchos de los problemas que causan los sistemas religiosos cuando intervienen en la vida politica y social? ¿Cuántas similitudes sería capaz de ver entre Clarisa Dalloway, el personaje de V.Woolf , y muchas señoras casadas que conoce? Se sorprenderá de la agudeza de Dostoievski, cuando en “los hermanos Karamazov” nos narra la historia del Gran Inquisidor: en ninguna parte encontrará una parábola tan inquietante sobre las paradojas del cristianismo.

Estoy citando libros clásicos, los “libros venerables” como los llama Mélich (“ los que tienen un sentido infinito, inagotable, que siempre dicen más y de forma distinta, y que su sentido está en función del estado de ánimo y la experiencia vital del lector”) y que, para mí, tienen la particularidad casi “mágica” de ser increíblemente actuales, de ofrecernos unas ideas, conclusiones y enseñanzas que son pertinentes para nuestra época y para nuestros problemas de hoy. De ahí viene la cruzada que muchos llevamos a cabo para mentalizar a quien debería en las enrarecidas esferas del poder educativo (en el que el poder político mete corrompida baza disgregadora), de la importancia de la lectura, de los libros, de la reflexión calmada y del diálogo creativo y crítico, en la formación de nuestros jóvenes (que hoy ya están casi a la altura del analfabetismo horizontal).

Y corre prisa hacer algo al respecto. La Cultura es un bien de adquisición muy lenta, despaciosa y tan morosa como una abuela. Requiere atención, obstinación y una cierta humildad. Parafraseando a Goethe, “la gente no sabe cuánto tiempo y esfuerzo cuesta aprender a leer. He necesitado casi ochenta años para conseguirlo y todavía no sabría decir si lo he logrado”. El aprendizaje en la lectura es como en la vida: cuesta aprender como cuesta vivir (bien). Pero cuando lo consigues es igualmente gratificante en ambos casos. Y no hablo de “utilidad” o de “beneficios”, que desde luego los hay, pero son consecuencias, no objetivos. No leemos para ser más ricos y poderosos, sino para ser mejores personas y…quizá incluso más felices. Y “en eso estamos, porque vivimos leyendo, porque somos ‘seres con el libro’ y porque leer supone formarse uno mismo entre interrogantes y dudas”.

Como escribe Serrano, “leer es un ritual mediante el cual los textos creados por un autor se convierten en un  narrador interno del lector, en su propia voz dentro del cerebro”. Ese narrador interno –auxiliado, no lo olvidemos, por la memoria (¡ojo con seguir despreciando la memoria en la enseñanza!)- es la instancia mental personal que conecta en nuestro cerebro lo que hemos asimilado leyendo con lo que es un evento real en nuestras vidas y de esa forma articula una respuesta, que siempre será más rica en sentido y significado que si no tuviéramos esa referencia. Nuestras lecturas  forman parte de nuestra memoria episódica, pues somos en gran parte las historias que leemos, que nos cuentan y que nos contamos nosotros mismos. Las neuronas-espejo se ocupan en nuestro cerebro, mientras leemos, de identificarnos con ciertos personajes. Estamos tratando con el concepto del lenguaje (hablado o escrito) que es el “primer artefacto cultural que organiza el mundo y gestiona los sentimientos, designa y clasifica los objetos, dicta órdenes, describe el mundo y hace planes y previsiones”. Recordemos la frase de Wittgenstein, “los límites del lenguaje son los límites de mi universo personal, de mi mundo”. ¿Cómo se puede descuidar la enseñanza y el cultivo del lenguaje y sus herramientas, la lectura, los libros, en una propuesta educativa?

“La lectura permite conocer y aprender estrategias cognitivas y emocionales capaces de ayudarnos en el auto diseño de la propia personalidad y mejorarla si es preciso”, escribe Serrano, y añade “los relatos forman parte de nuestra memoria emocional y de la episódica y integran la historia de la cultura humana. Los efectos emocionales y cognitivos de las lecturas influyen en el comportamiento, la capacidad de tomar decisiones y las competencias comunicativas”. Se ha demostrado que la lectura estimula el correcto funcionamiento de la percepción, la atención, el lenguaje, la memoria, la comunicación, el razonamiento y la creatividad y es también un excelente neuroprotector en procesos de degeneración cognitiva, demencia senil y Alzheimer. Un neurólogo resumió esto con la frase: “Una buena lectura es una caricia, un delicado y delicioso masaje a nuestro cerebro”. Leer, nos lo dicen los expertos, favorece la estimulación cognitiva, la capacidad de centrar la atención, estimula la reflexión, ejercita todos los tipos de memoria (semántica, episódica, procedimental, perceptiva  y operativa de corto y largo término), alimenta la imaginación y la creatividad. Enriquece la reserva cognitiva, como si fuera un “plan de pensiones” neuronal. Lo cierto es que el bienestar personal y la felicidad tienen una gran vinculación cerebral con el lóbulo frontal izquierdo que, oh casualidad, es el que se ocupa precisamente de entender y asimilar lo que leemos,

Mélich nos recuerda que “al venir al mundo no heredamos una historia de hechos sino una gramática de historias”. Y se pregunta ¿quién no recuerda las historias que han marcado su vida? Las historias que nos contaron y nos cuentan y las que nos narramos –sea cual sea el soporte en el que nos lleguen- van modelando nuestra vida, lo queramos o no. Por eso es tan importante que eduquemos cierto sentido crítico que nos permita separar el grano de la paja, por así decirlo. Pues si hay historias que nos forman, también hay, la mayoría, que nos deforman, Y esa es una de las labores de la formación escolar, medio olvidada por el afán competencial y tecnológico que nos ha invadido.

Las materias que va tratando Mélich en su excelente libro, la relación de la lectura con la vida, las religiones “del Libro” y la escritura sagrada, germen de los fanatismos y el terrorismo religioso desde la Inquisición hasta las Cruzadas y el yihadismo o las obras de Montaigne, Descartes, Nietzsche, Cervantes, Rousseau o Freud galvanizan al lector en la primera parte del libro que titula: la herencia de una biblioteca, ya que son esos escritores y sus obras las que van sedimentándose en la sensibilidad del que las lee y con-forman de alguna manera la persona que es.

En la segunda parte de “La sabiduría de lo incierto”, intitulada “La condición lectora”, se entra de lleno en la filosofía del libro y en cómo la lectura va mostrándonos los infinitos matices humanos, el amor, el dolor, la crueldad, el Mal absoluto (encarnado en el capítulo dedicado a la literatura de los “lager”, como Buchenwald) y la necesidad de la compasión como compañía ineludible de la comprensión (al estilo de Hanna Arendt). Para terminar con una ética de la lectura. Nos detendremos en este último capítulo de este libro inagotable y sugerente.

Como escribe Mélich, “la lectura abre una grieta en el mundo, en la gramática heredada”. Le da sentido a la vida del lector, un sentido que siempre está al borde del vacío y el vértigo, porque cuestiona sus impuestas “reglas de decencia” y le arrebata su  historia, ya que es una “experiencia de transformación”. Ante esto, ¿cuáles son los elementos que configuran una ética de la lectura de los libros venerables? Melich enumera cinco: el respeto , no porque el libro no pueda ser cuestionado, eso lo convertiría en sagrado, sino porque puede y debe serlo, ya que en cada lectura nos abrirá un interrogante. El  silencio, la vieja exigencia del buen lector: el silencio propicia la atención, como la lentitud. La  infidelidad, no convertirse en siervo del texto. Contradecirle, buscar otras fuentes, complementarlo, abandonarlo  si es preciso. El desasosiego, uno sale vitalmente más ignorante que cuando empezó su lectura, aumenta su inquietud del no-saber, La sabiduría del clásico desvela mi docta ignorancia. La quinta norma ética es la lectura anárquica, que no tiene fundamento, origen ni finalidad. Ni método de lectura, ni maestro o director de lectura. Como escribe Mélich, “siempre se es un eterno estudiante, siempre se vive un poco a la intemperie, nadie puede vivir detrás de una mesa, protegido del mal tiempo y las tempestades”.

Leer, amigos, es una aventura muchas veces iniciática. Debemos inclinarnos ante la belleza y el privilegio de la lectura. Pertrecharnos de humildad, de silencio y arrinconemos a Kronos, el tiempo. Leamos con lentitud, saboreando el lenguaje, la idea, la imagen y el concepto.  Dejemos que la memoria actúe. No programemos esos momentos, pero sigamos la intuición de que lo hacemos en el reinado de Kairós, el momento adecuado.- ALBERTO DÍAZ RUEDA                    

 

FICHAS

LA SABIDURÍA DE LO INCIERTO.- Joan Carles Mèlich.-Tusquets Editores. 432 págs.

LA LECTURA COMO PLEGARIA.-J.C. Mèlich.-Fragmenta Ed.120 págs.

EL REGAL DE LA LECTURA.- Sebastià Serrano. Ara LLibres. 283págs.

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