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5 agosto 2021 4 05 /08 /agosto /2021 11:25

(Artículo publicado en la revista "Compromiso y Cultura", agosto de 2021

Paradójico, provocador, cultivador de interrogantes e inquietudes éticas, Zygmunt Bauman, junto con el coreano germano Byung-Chul Han, el alemán Peter Sloterdijk, el eslovaco Slavoj Zizek o el italiano Giorgio Agamben, forman la avanzadilla estimulante de la filosofía de nuestros tiempos “líquidos” (según la afortunada definición de Bauman). A partir del año 2000, año de publicación de Modernidad líquida, el filósofo polaco publica una serie de obras que resumen sus conceptos sobre la realidad que nos rodea: Amor líquido (2003), Vida líquida (2005) y Tiempos líquidos: vivir una época de incertidumbre (2007).

Para este pensador nacido en Polonia en 1925 y fallecido en Inglaterra en 2017 a los 91 años (en 2010 recibió el premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades junto a Alain Touraine), catedrático de Sociología en Varsovia, Tel Aviv, Leeds y Londres, la sociedad postmoderna ha sido un desafío y un acicate intelectual que le ha llevado a emitir diagnósticos y juicios críticos de nuestra “normalidad” anormal que han estimulado a filósofos, intelectuales y círculos culturales, además de atraer y educar el pensamiento crítico de un público lector cada vez más amplio en todo el mundo. Era una especie de “superstar” intelectual para la cultura joven alternativa. Un profeta de la “modernidad líquida”, el mundo precario con el que los jóvenes están ya sufriendo y que a las generaciones más veteranas nos ha desconcertado y desorientado.

La sociedad, el amor, el trabajo, la familia con el adjetivo “líquido” a continuación  se ha convertido en el modelo operativo que nos atañe a todos y en todas partes. Tiene un carácter efímero, mudable, sin un rumbo, designio, valor o principio determinados, ya que la misma estructura social es “líquida”, va cogiendo la forma del recipiente que momentáneamente la contiene con una precariedad e indefinición constantes. El trabajo o el matrimonio que duraba toda nuestra vida ha desaparecido de los modelos actuales, todo lo que nos rodea cambia a un ritmo difícil de seguir y se crea una ansiedad generalizada por el temor a quedar rebasados,  u relegados, por unos avances y exigencias socio económicas de las que ya no tenemos puntos de referencia, mientras se nos bombardea continuamente por mensajes de consumo y por la rapidísima caducidad de los objetos que adquirimos de forma compulsiva, apremiados por una publicidad agresiva. La realidad líquida de Bauman provoca una ruptura con todo lo antes fijado, instituones y estructuras. En el pasado, la vida estaba prediseñada por cada persona, quien tenía que seguir los patrones establecidos para tomar las decisiones adecuadas para conseguir sus objetivos. En la modernidad, las personas se han desprendido de esos patrones, que han perdido vigencia. Cada uno se ve obligado a admitir la ambigüedad para determinar sus decisiones y forma de vida en una sociedad cambiante, individualista y de valores efímeros en campos antes más sólidos y definidos, el amor, el trabajo o la educación.

Todo cobra una nueva perspectiva dada la velocidad de los cambios. La existencia es un proceso continuo de nuevos comienzos y de incesantes finales, nos resulta más fácil librarnos de las cosas que adquirirlas (ya sea una relación o un ordenador que inicia su fatal deterioro). El tiempo de la modernidad sólida y el progreso coherente, que empezó tras la revolución francesa ha terminado: el tiempo de las inmensas fábricas y los miles de empleo que generaban, en términos de vida  individual que se incluían en una serie de hitos progresivos de mejora hacia un futuro esperanzador se ha diluido en los últimos 30 años. Ya no creemos que haya soluciones definitivas para nada. Y además nos han adoctrinado para que no nos guste la idea de duración. Y eso esconde una falacia tan demoledora como la de que “cualquier tiempo pasado fue mejor”: somos conscientes de que todo cambia vertiginosamente y tenemos miedo de fijar algo para siempre. Vivimos en una inseguridad líquida. La condición de “precario” ya no es privativa de los vagabundos, los mendigos y los parados eternos. Ahora la clase media ya no ve un futuro seguro frente a ella. Bauman  reflexiona: “Desde hace varios siglos se cree que la educación podía restablecer la igualdad de oportunidades. Ahora, el 51% de los jóvenes titulados universitarios están en el paro y los que tienen trabajo, tienen un empleo muy por debajo de sus cualificaciones. Los grandes cambios de la historia nunca llegaron de los pobres de solemnidad, sino de la frustración de gentes con grandes expectativas que nunca llegaron".

En el privado campo del amor, Bauman, es implacable: el miedo al compromiso, los rollos de una noche, los desengaños  son algo corriente para muchos jóvenes y personas y maduras. Este tipo de relaciones  (como las creadas a través de las redes sociales) son las que dan nombre a su concepto de amor líquido. No se quiere a una supuesta libertad emocional y se cambia de relación como quien cambia de traje en una sucesión de nuevos comienzos con breves e indoloros finales. Breves episodios en los que priva la búsqueda del beneficio personal. Cuando una pareja deja de ser rentable, se deja de lado y se busca una nueva. Las personas parecen no querer ataduras ni en las relaciones amorosas ni en las laborales. ¿O es que son “convencidas” de que no pueden ni deben, pues los cambios siempre son para mejor” (falacia evidente que todo el mundo parece aceptar).

Quizá sólo un 1% de la población mundial no tiene temor alguno al futuro. Existe el temor generalizado de que vamos a convertirnos en desecho de una sociedad dominada por el consumo compulsivo que va expulsando de forma inexorable a quienes no pueden mantener al ritmo que exige. Somos participantes en un gigantesco juego de la silla vacía:  todos corremos sin podernos detener y en un momento dado la rueda se detiene por algo y el que queda fuera del corro de sillas ocupadas, debe abandonar el juego. Hasta el siguiente en que, fatalmente, alguien se quedará sin silla. Y eso  incumbe a casi todas las clases sociales, menos unos pocos. Decía Bauman  que nunca habíamos sido tan libres, pero tampoco tan impotentes para cambiar nada.  Sólo hay que ver cómo las llamadas “revoluciones sociales” de los últimos años han sido anuladas y absorbidas, desde la primavera árabe a las del 15M (“es emocional, le falta pensamiento”, dijo Bauman)  o las juveniles en diversos países. Tampoco los partidos políticos se ha librado de la banalización e inutilidad de sus programas, atenazados en un piélago de corrupciones y de pérdida de confianza de los ciudadanos y manipulación capitalista neoliberal internacionales, sin líderes conocidos o programas de actuación transparentes. Como asegura Bauman: “Todos sufrimos ahora más que en cualquier otro momento la falta absoluta de agentes, de instituciones colectivas capaces de actuar efectivamente.”

Y eso se extiende al espejismo de los que creen que las redes sociales pueden sostener la democratización del sistema y ser efectivas para el cambio. Bauman las consideraba una mentira: "El diálogo real no es hablar con gente que piensa lo mismo que tú. Las redes sociales no enseñan a dialogar porque es tan fácil evitar la controversia… Mucha gente usa las redes sociales no para unir, no para ampliar sus horizontes, sino al contrario, para encerrarse en lo que llamo zonas de confort, donde el único sonido que oyen es el eco de su voz, donde lo único que ven son los reflejos de su propia cara. Las redes son muy útiles, dan servicios muy placenteros, pero son una trampa". Los últimos años han demostrado que los “radicales” que pretenden montar una revolución a través de las redes sólo logran extender lo que los americanos llaman “Shit storms” (tormentas de mierda). Las redes y su carácter fuido y volátil no pueden configurar un discurso público ya que son incontrolables, inestables, efímeras. Tal vez en un futuro improbable pero posible el “precariado” de Guy Standing, (precario más proletario) se convierta en una clase socio-política que tome conciencia de sí y ataque al nudo del problema: la minoría que domina financieramente el mundo.

Bauman pensaba que el precariado es un producto de la “globalización negativa”, como la erradicación de fábricas básicas y su traslado a ciertos países de obra de mano barata que ahora dominan el mercado. Es un síntoma más de la modernidad líquida: un periodo en el que se eliminarían los temores del pasado hacia la inseguridad, la miseria, la enfermedad y la violencia: tendríamos el control de nuestras vidas. Pero no ha sido así. Las primeras muestras de los desastres naturales que acarrea el cambio climático, el miedo al terrorismo, a la inseguridad ciudadana, al vandalismo o el exceso autoritario respaldado por las fuerzas de seguridad, la precariedad del trabajo, las bolsas de miseria, los levantamientos populares de los desfavorecidos,, las invasiones de inmigrantes, el terror al otro, al extranjero. Como decía Jacques Attali ya padecemos el “complejo del Titanic”: el hundimiento del sistema bajo la melodía de un vals interpretado por músicos que saben que van a morir ahogados.

Bauman nos previene contra un mundo sobresaturado de información. Y también debemos aprender a preparar a las próximas generaciones para vivir en ese galimatías deformativo. La crisis económica  de 2008 que mostró la debilidad de las  instituciones financieras y las economías de medio mundo,  cambió la forma de pensar de muchos jóvenes.  Los buenos estudios ya no derivaban en buenos trabajos. Los que  consiguen trabajo, tienen que reinventarse cada poco tiempo y afrontar nuevos retos constantemente. … La mayoría de los licenciados universitarios están trabajando en puestos muy por debajo de su formación y otros muchos ni siquiera han podido entrar en el mercado laboral.

En una entrevista, el filósofo y sociólogo polaco Zygmunt Bauman, dijo: “En la ética tradicional era necesario obedecer las reglas. La moral postmoderna, en cambio, exige que cada uno asuma la responsabilidad de sus actos. El hombre se convierte en un vagabundo y tiene que decidir lo que está bien o lo que está mal. Eso sería lo adecuado si las relaciones interpersonales no estuvieran definidas por el consumismo. Estar ahí para el otro, la conducta moral, nunca tiene un propósito. No se trata de obtener un beneficio, la admiración de otros o la aprobación pública. En cuestiones morales no existe la obligación, porque la conducta moral requiere que actuemos con libertad. Solo cuando un comportamiento no es calculado, sino espontáneo e indeliberado, un acto de humanidad, es un comportamiento moral. Saber tomar una decisión correcta, sino también una incorrecta, es el mejor terreno para la moral”.

Pero al mismo tiempo esa ética debe enfrentarse a un mundo donde rige el consumismo más recalcítrante diseñado no para satisfacer los deseos de los consumidores sino para incitar el cambio constante a deseos siempre nuevos y la caducidad de los antiguos, como un sello de valía y de que “perteneces” a una “elite” social que está por encima de la precariedad reinante. Esa falta de  símbolos fijos y duraderos en la existencia crea una angustia constante que modela un ciudadano-tipo incapaz de ver las cosas como realmente son y, al tiempo, azotado por la inseguridad existencial, la precariedad y la falta de valores permanentes. El pronóstico de semejante sociedad no es precisamente halagüeño. ¿Podremos llegar a controlar todo este desbarajuste que define la sociedad actual? Esa es la pregunta que Bauman se hace y que, por el momento, nadie ha llegado a contestar.

FICHAS

VIVIR EN TIEMPOS TURBULENTOS.-Zygmunt Bauman. Conversaciones con Peter Haffner.- Trad. Lorena Silos. Ed. Tusquets.Págs. 205

VIDA LÍQUIDA.-Zygmunt Bauman.-TRad. Albino Santos.- Paidós. 205 págs.

AMOR LÍQUIDO.-Zygmunt Bauman.- Fondo de Cultura Económica.-Trad. Mirta Rosemberg.-201 págs.

 

 

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3 agosto 2021 2 03 /08 /agosto /2021 11:44

Rafael Feito, Catedrático de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid, es una persona cualificada para entrar en el espinoso, esencial y descuidado tema de la educación escolar en España. Su título, tan provocativo y original, destaca ya en principio una idea clave: la escuela que tenemos en este siglo no es la que tendría que ser, es el residuo del pasado (en el que tampoco fue la más adecuada) y es, por supuesto, un fracaso en su necesario ajuste con la nueva sociedad y el nuevo mercado de trabajo para el que la escuela debería preparar de forma eficaz.

Particularmente en España, con ocho Leyes de Educación turnándose desde 1980, según quién estuviera en el poder, desde UCD al Psoe o el PP, definir qué cosa es la enseñanza escolar, sus medios, sus fines y objetivos y su forma de ajustarse a los cambios sociales, técnicos y económicos, se convierte en un problema lógico insoluble e insalubre. Feito Alonso, hombre curtido en mil "batallas"- libros, artículos, informes, conferencias- sobre la temática educacional nos revela un talante analítico pirroniano (escéptico) cuando no abiertamente estoico o cínico, según los hechos comentados. El diagnóstico del experto sobre nuestro sistema educativo, aún pendiente de salir del sepulcro del Cid, apegado a fórmulas obsoletas y viejas tradiciones memorísticas que no tienen cabida en un siglo tecnológico donde todo está al alcance de un teclado y el problema a resolver no es la falta de información, sino su exceso unido a un omnipresente defecto de fiabilidad. Y eso que, prudentemente, Feito deja para mejor ocasión el mundo universitario, donde las cosas no brillan precisamente por su eficacia y adecuación.

El autor encadena los temas de una forma crecientemente interesante: Una escuela para la sociedad del conocimiento; el currículum; las metodologías; los deberes; las evaluaciones externas; los itinerarios educativos; el profesorado; las familias; los tiempos escolares; la democracia y la participación. Después de un varapalo de lógica impecable para cada uno de los apartados, no deje el lector de devorar las seis páginas finales, unidas bajo el epígrafe de  “Conclusiones”.

La cuestión es tan compleja que nuestro autor debe dejar a un lado aspectos del tema educativo, del profesorado, la segregación  escolar o la autonomía de los centros, para centrarse en los que considera elementos fundamentales para propiciar una suerte de cambio futuro con más justeza. Apunto que se debería enviar un ejemplar de este libro al político que lidere el Ministerio, sólo para dar ideas y poder reconocer errores:lo cual sería una misión imposible donde las haya, pero deseable y justa)

Sin llegar a ser un documento técnico que aporte un abordaje sistemático y profundo de los asuntos tratados, se presentan estudios y datos que consolidan un análisis que destaca por su sencillez y claridad y actúa a modo de estímulo para la reflexión. Sencillez y claridad que podrían ser muy eficaces en los infatuados cerebros de los políticos de turno. No es un aporte científico, sino una serie de propuestas e ideas del autor basadas en criterios de independencia crítica y sentido común basado en la observación y la experiencia educativas. Y son propuestas e intenciones dirigidas a lograr una regeneración profunda de los modos y sistemas de enseñanza y de sus objetivos (al margen del problema de la mercantilización educativa y las deformaciones interesadas que la tecnología imprime a la formación). Principalmente a la adecuación a los nuevos tiempos y exigencias. Y si el engranaje burocrático de la escuela y el profesorado pueden adaptarse a tales exigencias.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

FICHA

¿QUÉ HACE UNA ESCUELA COMO TÚ EN UN SIGLO COMO ESTE?.- Rafael Feito Alonso.- 269 págs. Ed. CATARATA

 

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30 julio 2021 5 30 /07 /julio /2021 17:22

UN NEGACIONISTA EN MI TÉ

Publicado en La Comarca el 30-07-21

Es difícil de creer: el sábado en Barcelona me cayó un negacionista en mi té. Quiero decir que estaba tomándome un té en una terraza cuando me invadió una manifestación antivacunas y un joven bien vestido con melena, sombrero blanco con un ancla dorada bordada y barbas bien cuidadas se acercó a darme unos panfletos, tropezó con la acera y vino a aterrizar sobre mi mesa derribando mi té.

-Usted perdone, caballero. ¡Qué torpeza!-me sonrió con elegante aplomo.

En mis oídos retumbaba la voz de un tipo armado con megáfono: “¡Vacunas, Genocidio, Libertad!”, lo cual era vociferado coral y desafinadamente por una muchedumbre no muy numerosa pero enérgica y festiva. “¡Dejen en paz a nuestros hijos! No les llenen de miedo a sus compañeros, les están traumatizando. Tienen que jugar juntos. ¡Dictadura, no! ¡No a la especulación sanitaria! No hay pandemia, es la dictadura de la razón y de la ciencia vendida. ¡No al golpe de Estado 3.0!”. El negacionista invasor sonreía y me tendía amablemente un par de hojas impresas.

--Oiga, usted parece un joven educado. ¿Se cree todo lo que grita ese individuo?

--Oh, sí, naturalmente. ¿Usted, no? –con un  gesto me pidió permiso para sentarse frente a mí, mirando con visible ironía mi mascarilla.

--Pues no mucho, ¿sabe? Acabo de leer que los contagios en residencias de mayores se disparan y ya llevan 600 casos en esta semana, la mayoría en Cataluña y Aragón. Que se aleja la posibilidad de conseguir la inmunidad  de grupo. Que China y Rusia niegan la efectividad de las vacunas que no proceden de ellos. Que en Francia protestan contra la vacunación… ¿no ha habido ya suficientes víctimas?

Miró con desprecio mi  periódico. “La mayoría de la prensa y la tele y la radio, forman parte del complot: el del sacrosanto imperio de la razón, la ciencia y sus expertos, la nueva religión”.

--¿El imperio de la razón? Ojalá fuera verdad. Perdóneme, pero a mí me parece bastante irracional todo lo que están diciendo todos ustedes.

Me miró con actitud condescendiente, como el que habla a un niño pequeño, obcecado y algo tonto. “Vamos a ver”, puso los codos sobre la mesa y se inclinó para que le oyera bien. Me ajusté la mascarilla. Tras un leve carraspeo, comenzó:

-No me negará que hay una deriva autoritaria del Estado, desde que se declaró el supuesto coronavirus. Confinamientos, toques de queda, control policial, desinformación, tests y vacunas obligatorias: esto es como el franquismo, el maoísmo camboyano, el estalinismo, el nazismo. Y todos como borregos aceptando el nuevo golpe de estado 3.0. Es una conspiración global del capital,  emboscado en el sector de la salud y la enfermedad, frente al que estamos alienados y aislados: la supuesta pandemia es una enfermedad creada por ese Capital que recoge los beneficios de la industria farmacéutica. Como ocurrió con los bancos en 2008. – se inclinó hacia mí con gesto conspirativo - “Es la estructuración del Imaginario occidental alrededor del principio de la abstracción racional y especulativa”.

--¿El Imaginario?-balbuceé, mientras se me bajaba la mascarilla por el estupor. Ante mi evidente ignorancia el joven me miró compasivamente.

--La Ciencia es la religión hegemónica, la cúspide del pensamiento racional y la supuesta poseedora de la Verdad: vivimos la cristalización de la ciencia, el capitalismo termoindustrial y los estados-nación. La pandemia es el pensamiento racional y el Imaginario occidental en acción. Nos tienen hipnotizados con datos de contagios, estadísticas, opiniones de expertos. Somos como animales de granja. Estamos sufriendo terrorismo psicológico de Estado.

Las primeras farolas se encendieron. Las calles eran un pandemónium de gritos coreados, bocinas, silbatos de policías de tráfico: la Ronda de San Pedro estaba colapsada. La gente observaba aburrida la marcha cansina de los manifestantes y proliferaba una cierta indiferencia, si acaso, gestos de indignado fastidio por “otra manifestación más”, y algunas expresiones de estupor o incomprensión. Mi interlocutor sonreía seráficamente, seguro de haber conquistado el bastión de la razón en su hipnotizado oyente, yo.

-¿Me ha entendido? –preguntó.

--Pues sí, le he entendido y estoy horrorizado.

--¿Verdad que es para estar preocupado?

--Pues, francamente, sí. Oiga, preciso una dosis urgente de sentido común y sensatez. Después de escuchar lo que me ha dicho, necesito neutralizar esas barbaridades. ¿No tiene inconveniente en dejarme solo?

Me miró con desprecio, se caló el sombrero náutico, levantóse y no hubo nada.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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9 julio 2021 5 09 /07 /julio /2021 15:47

 

 

Zygmunt Bauman (1925-2017) era un sociólogo polaco con sesenta libros publicados, teórico del concepto de “sociedad líquida”, un modelo que se destruye, se difumina y se construye contantemente en un sistema de límites que varían, se amoldan a lo que sea preciso y se extienden o desaparecen como el agua. La metáfora no recoge los aspectos positivos de la liquidez sino su variabilidad y fugacidad. Bauman ha escrito sobre la vida, el amor, la sociedad, la modernidad y la cultura líquida. Así definió el concepto: la sociedad es líquida cuando las condiciones de actuación de sus miembros cambian antes de que las formas de actuar se consoliden en unos hábitos y rutinas determinados…no puede mantener su forma ni su rumbo durante mucho tiempo…con lo que ninguna estimación de su evolución futura puede ser considerada fiable.

Para Bauman la modernidad líquida es una búsqueda constante, un consumismo diario para encontrar la felicidad. En ella los individuos se mueven por la seducción de una constante renovación: Les parece que existen en un mundo en el que se pueden vivir numerosas vidas, tras la pérdida de la identidad propia, mientras el sujeto adquiere una nueva vida  para no ser excluido de una sociedad que avanza a velocidad de vértigo, atosigado por una economía precaria y la servidumbre hacia las nuevas tecnologías de las comunicaciones.

Por tanto la cultura de nuestra sociedad de consumidores se convierte en un almacén de productos previstos para el consumo, cada uno compitiendo por la cambiante y dispersa atención de los futuros consumidores. Sólo por un momento que está limitado por la obsolescencia programada de todos los productos en oferta. Y esta oferta no solo se refiere sólo a objetos sino a personas, relaciones, mundo laboral… Mientras la  tecnología lo rige todo, incluyendo las relaciones interpersonales. Valores, principios  y costumbres abandonan las viejas y seguras tradiciones sin ofrecer nada sólido, fiable y duradero a cambio. Solo interesa el cambio, la satisfacción inmediata de los deseos, la cosificación de todo: “cosas” pronto en desuso, a la espera de otras que sólo son distintas por ser “nuevas”. Eso nos lleva a una sociedad de incertidumbres, sin valores, que agrava la inseguridad por la globalización de los problemas: movimientos migratorios, eventual escasez de determinados productos, exceso de explotación y de desperdicio, precariedad laboral, agudización de las desigualdades. Lo único que importa es la “libertad” y la satisfacción individuales. Los grupos, partidos y asociaciones  ya no buscan el bien común, sino en el beneficio personal enmascarado por el fanatismo grupal. El verdadero Estado es Don Dinero: cada vez es más volátil, líquido y conceptual: No hay nada que lo respalde. Ya se está convirtiendo en dinero virtual, un paraíso para los hackers y un desastre para la economía" .

Para Bauman, el hombre de la sociedad líquida es un sujeto más autónomo pero solitario, que tiene un miedo cerval a los extraños, es xenófobo y busca el grupo fanatizado que le da seguridad a cambio de sumisión. Aunque nos encontramos en la sociedad del conocimiento y la era de las nuevas tecnologías, donde los sujetos están rodeados continuamente de datos y de acceso a la información, cada vez las aspiraciones a conocer y aprender son menores. La educación de nuestra época es se empieza a valorar como un bien de consumo y no como un proceso de crecimiento personal para adquirir valores, historia y aptitudes y entender la vida desde otros puntos de vista.El desempleo, el paro, y la falta de posibilidades de acceder a encontrar trabajo, hacen que los jóvenes cada vez tarden más en incorporarse al mercado laboral, en el que desaparecen, los contratos indefinidos, los trabajos que duraban toda la vida, los vínculos entre compañeros de trabajo y empresa. En nuestra sociedad actual es necesario que los individuos se formen  durante toda la vida. Los avances tecnológicos, los nuevos enfoques económicos, dan paso a la necesidad de la formación permanente.  

Pero Bauman se permite cierta esperanza hacia los cambios que ya tenemos aquí. La humanidad ha superado muchas crisis y ha resuelto los problemas: Ahora hay que atacar a la raíz de la crisis. Como principal responsable de la situación de la modernidad líquida identifica a la política, y no a una concreta, el conjunto de cada una de ellas que han traicionado su misión y su eficacia a causa de la corrupción, la negligencia y la falta de visión hacia un futuro que debe proyectarse con materiales y actitudes distintas en el espacio global , Es preciso potenciar y dirigir los cambios,trabajar los valores, la cultura, la educación. Nuevos modelos de organización, de trabajo, de educación, de conocimientos, tecnologías y nuevas costumbres..Es necesario unirse todos para investigar cómo reconducir este nuevo tipo de modelo, tanto económico, político, educativo y social.

 

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1 julio 2021 4 01 /07 /julio /2021 11:06

(Publicado en La Comarca el 290621)

No creo en el “agravio” generacional. Entiendo a los jóvenes porque nunca he dejado de ser joven, a pesar de ir sumando años y experiencias. Acepto que siempre ha habido jóvenes que no han sabido respetar a nada ni a nadie, empezando por sí mismos. Es algo tan cierto como los ejemplos de lo contrario. Y sabemos que hay ancianos y hombres maduros que se mantienen anclados en sus frustraciones, sin evolucionar y capaces de dislates tan irracionales como los de algunos jóvenes.

Creo que las reglas básicas de la convivencia, pertenecientes más al derecho natural y al generado por las costumbres y tradiciones que regulan las relaciones entre individuos, deberían volver  a ser enseñadas en las guarderías y escuelas y reforzadas en los institutos y la Universidad. No como una asignatura más sino como una educación ciudadana básica, necesaria y obligatoria. Que a su vez debe ser refrendada por padres y tutores. Convertirlas en unas normas sencillas y simples que formen parte inexcusable de la persona, del ciudadano, del ser humano. Como bien individual y con alcance familiar, social, nacional y global.

A los niños les hace evolucionar la educación vicaria, la que reciben y les impregna en el hogar, la familia y los amigos. Además reciben la influencia –no siempre buena o provechosa-de las aulas y la sociedad y los medios, la tele, el ordenador o el móvil. Desde Freud, Jung o Reich, hasta los neurocognotivistas de la psicología más avanzada, hay acuerdo en que a menudo reflejamos antes lo peor que hemos asumido de nuestro amplio sustrato sociofamiliar, que los buenos ejemplos que a veces se producen en torno nuestro. Las personas oscilan entre una maduración lenta pero positiva en sus relaciones y percepciones o un progresivo endurecimiento en egoísmo, brutalidad, indiferencia al daño ajeno, intolerancia a la frustración de los deseos, falta de límites conductuales y en casos ya psicopáticos, placer en hacer daño o en destruir cosas, incluso sin ningún beneficio propio.

En la mayoría de los casos hay menos maldad intrínseca o psicopatología que dificultad para comprender el dolor de los demás, los límites de la propiedad y los derechos ajenos. La democracia sólo puede ser cívica. Aprendamos y enseñemos civismo.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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13 junio 2021 7 13 /06 /junio /2021 16:05

La palabra ecosofía nos remite a las palabras griegas "oikos", casa, y "sophia", sabiduría. El término sugiere que debemos reconocer una sabiduría presente en nuestro oikos. Esta sabiduría, en nuestro tiempo y nuestra cultura capitalista ya nos es extraña pero se encuentra vigente en las cosmovisiones de pueblos indígenas escondidos en selvas y lugares lejanos y poco atractivos de momento para el turismo o la explotación de recursos. Esas cosmovisiones hoy toman fuerza como nuevos paradigmas de convivencia con la Tierra. En un transparente y sabio librito, editado por Fragmenta, el escritor y pensador Jordi Pigem nos presenta los textos que su mentor y amigo Raimon Panikkar (que no necesita presentación) escribió sobre la ecosofía, un término que une dos facetas del pensamiento básico humano hacia la excelencia: la sabiduría y la ecología. Se definió como LA MANERA DE CONOCER, ENTENDER Y CONVIVIR CON LA COMPLEJA RED INTERACTIVA DE VIDA QUE CUBRE LA TIERRA.

Nuestra cultura individualista y de ensalzamiento del sujeto nos ha arrastrado a la considerar el mundo como un objeto, un instrumento o una fuente de recursos explotables hasta la saciedad o la ruina. Con ello hemos provocado la trágica escisión
entre sujeto y objeto. Cualquier ciudadano de nuestros países ha perdido la noción del mundo como algo vivo y al que pertenecemos en régimen de igualdad. Como dice el filósofo germano-coreano Byung-Chul Han "uno solo se tiene a sí mismo, al pequeño, desamparado y pretencioso yo".

La ecosofía, según Panikkar, es la sabiduría del equilibrio entre los mundos de los dioses -lo trascendente- el de los hombres y el del Cosmos, tres dimensiones de la realidad. Y muy sabiamente propone: "Hay un habitar en el mundo que se caracteriza más en una actitud de pasividad que en una actividad de producir. Es un dejar-se-afectar. Este habitar propio de la consciencia temporal del ritmo del ser nos lleva a experimentar la relación sujeto-objeto de manera diferente a la escisión interno/externo que es como comúnmente
percibimos la realidad: El ritmo está fuera de mí, yo no lo invento. Sólo he de escuchar los latidos de lo real, y para escuchar debo callar, tengo que silenciar
mis egocentrismos. Más aún, tengo que ser puro. Además, el
ritmo también está dentro de mí. La recepción por parte mía es indispensable y mi
identificación es un requisito. No me es superpuesto
...De esta manera, la sabiduría es el ritmo natural de la vida y como tal, no se hace efectivo por la voluntad del ser humano, por el contrario hay que dejar que el fenómeno de la vida se haga sí mismo".

Y se hace en un momento irrepetible del tiempo, que no es circular o lineal, sino un instante radicalmente nuevo. La experiencia de tiempo presente tiene una gran fuerza simbólica para la ecosofía, pues significa cultivar la vida contemplativa.La vida contemplativa permite experimentar un tiempo de duración que nos sitúa en una habitar temporal en el mundo muy diferente a la vida agitada que llevamos hoy en día donde nos falta tiempo y nos falta ser. A esto se une el delito de la «sordera
del espíritu», que es «esta incapacidad para disfrutar del silencio, de la ausencia,
o incluso de la monotonía". Como como por ejemplo la incapacidad de experimentar
aquellos momentos contemplativos que surgen en nuestra relación con la naturaleza.

Para Panikkar no puede haber experiencia de sabiduría sin tomar consciencia que la Tierra es nuestra morada:: «Mientras no contemple cada pedazo de tierra como mi cuerpo, no sólo menosprecio a la tierra, sino que también menosprecio a mi cuerpo. ¡Aquí comienza el conocimiento!" Y para llegar a él no sólo es preciso el  diálogo disciplinar, pero, sobre todo, el diálogo intercultural e interreligioso.

Sugiero, pues, la lectura del libro “Ecosofía” que nos recuerda que formamos parte de una red de vida que nos rodea y alimenta de múltiples formas: la naturaleza, la biosfera. Como dice el prologuista Jordi Pigem, “si la célula sabe lo que hace, ¿qué nos impide ver que la Tierra sabe lo que hace”. Y es que “si queremos seguir en este mundo, tenemos que aprender  a hacer y ser de manera sostenible…no habrá verdadera sostenibilidad sin una transformación de la conciencia”.

 Spinoza y Panikkar comparten la misma manera de ver el mundo: “Deus sive Natura” (Dios o la naturaleza). Por tanto el respeto que los creyentes y los ateos inteligentes sienten por Dios, como símbolo o realidad espiritual, es exactamente el mismo que muchos profesamos por la Naturaleza, su conservación y preservación ante las atrocidades que nuestro sistema de vida  está cometiendo contra ella y sus cada vez más limitados recursos. La ecosofía es una “filosofía de la armonía o el equilibrio ecológicos”.

De ahí esta recomendación final: nuestra búsqueda del equilibrio personal no tiene sentido sin encuadrarla dentro de una filosofía que nos enseñe a “escuchar la Tierra” como decía Panikkar. Sostenemos que existe una “psique del cosmos” (tou pantos psyché) como ya proclamaba Plotino desde la Grecia clásica y que en el renacimiento se llamará “anima mundi” y arrebatará a los románticos. Hasta llegar a nuestros descreídos días en los que triunfa un tecno capitalismo que impulsa una nueva forma de explotar a las personas y al planeta. Panikkar cree que ese sistema depredador no llegará muy lejos. Si seguimos  contaminando el aire, el agua, la tierra y causando el desequilibrio climático.  La Tierra sobrevivirá y repondrá su equilibrio, pero el sistema - y quizá los humanos -no.”En la lucha contra la Tierra el hombre perderá, “ dice Panikkar.

Jordi Pigem recuerda el mensaje que un pueblo indígena de Canadá –posiblemente exterminado- envió  a los orgullosos conquistadores: “Solo cuando hayáis talado el último árbol, contaminado el último río y extinguido el último pez, os daréis cuenta de que el dinero no se puede comer”. Nuestra civilización podría ser como el rey Midas de la mitología griega que, gracias al dios Dionisios , adquirió el poder de convertir en oro cualquier cosa que tocara. Cuando Midas se dio cuenta que moriría de hambre y de sed y en absoluta soledad, ya que todo se transformaba en oro a su alrededor, rogó al dios que le librara de ese don. ¿Será tan sabio el sistema capitalista neoliberal? ¿O esperará a convertir en fuente de ganancias todo lo que en la Tierra nos permite vivir, hasta que sólo queden los fajos de billetes de banco, oro,  piedras preciosas, yates lujosos y palacios vacíos?

FICHA

ECOSOFÍA.-Raimon Panikkar. Ed. Jordi Pigem.- Fragmenta Editorial.93 págs

 

 

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1 junio 2021 2 01 /06 /junio /2021 07:15

LOGOI 203

DIÁLOGO PLURAL

(publicado en La Comarca el 1 de junio 2021)

Escribió Machado: “En España no se dialoga  porque nadie pregunta como no sea para responderse a sí mismo. Queremos estar a la vuelta de todo sin haber ido a ninguna parte. Somos esencialmente paletos”. Creemos dialogar mucho porque multiplicamos hasta el agobio la comunicación digital, sin conseguir en absoluto aumentar la capacidad de compartir y menos de comprender. Creamos globos de relación supuestamente confortables sólo para los que  “piensan” como “nosotros”, cuando en realidad se trata de los que siguen unas ideas avaladas por el “influencer” político de moda. El desbordante potencial de los datos y la subsiguiente manipulación para que se ajusten a determinados intereses, mas  la proliferación de las noticias falsas y los bulos, convierten este tiempo en una época de total incertidumbre. Lo malo es que la incertidumbre, que es intranquilizadora pero también podría ser creativa y provocadora de cambios, está mutando en una fuerza negativa que provoca, en política, la confrontación, generalmente violenta y cortoplacista. Y en la sociedad la exclusión del contrario, su demonización y por tanto la imposibilidad de diálogo. La globalización es contrarrestada por los nacionalismos cada vez más excluyentes y los populismos maniqueos. Todo es más global en estos días, desde la salud a la economía o esa dinámica de la miseria y la necesidad que escenifican los refugiados, pero lo único que parece prevalecer es el contagio hegemónico de las ideas que excluyen y crean anatemas por razones políticas, de raza, sexo, nacionalidad, economía precaria o país de origen.

Estas exclusiones nos llevan a un rumbo de colisión global con desafíos tan candentes como las pandemias, los efectos del cambio climático o el recrudecimiento, vía “hackers” de la inseguridad digital (que puede causar un “blockout” digital global que nos lance de regreso a la edad media). Sólo queda un camino: aceptar el pluralismo mundial y su gestión a través del diálogo paritario. Pluralismo y diálogo para afrontar la crisis global de manera efectiva.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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27 mayo 2021 4 27 /05 /mayo /2021 16:40

LA CONJURA IDIOTA Y EL EFECTO AILANTO

(Publicado enHeraldo de Aragón, 260521)

No hace falta entrar en “la jaula de los locos” en que se han convertido los “espacios nobles” de la política o las tertulias y debates  (más bien aquelarres) de algunas cadenas de televisión, o las revistas que llamábamos “amarillas” o la prensa que calificábamos  de “comprometida” con una determinada  ideología (aunque hoy esta palabra es un oxímoron respecto a los conceptos “idea” y “logos” de los que procede). Ahora que están de moda las teorías de  la conspiración, cuanto más delirantes mejor, hay que destacar una que aporta, por efecto paradójico, coherencia y lógica a la ingente manipulación de los canales informativos habituales y la tendencia creciente del personal a creerse lo que más se ajusta a sus propios intereses y deseos por muy disparatado que sea. Se trata de la conjura idiota, sostenida y fortalecida por el llamado “efecto ailanto”.

Una conjura consiste en un entendimiento tácito o voluntario de varias personas- o tal vez podrían sumar cientos de millones-  respecto a conceptos, doctrinas o ideas de clase política, racial, sexual o social determinantes, que se refleja en una actitud de respuesta muy semejante. Estas personas siguen un tipo de razonamiento no sólo erróneo y falaz en la forma,  sino profundamente manipulado por sesgos emotivos y emocionales en el fondo, que lo convierten a menudo en actitudes idiotas, memas, estultas o agresivamente cretinas. Hay diferentes clases de conjuras, pero la que aquí nos ocupa es de origen genético y circunstancial y su ámbito de aplicación y ejercicio es el conjunto de países del planeta y el género humano sin excepción. Un ejemplo claro es el autoritarismo antidemocrático (fascismo, neonazismo, etc.) como fórmula política, olvidando los sangrientos fracasos históricos que ha producido en el mundo. Es un esquema que entra dentro de las diversas y generalmente falsas e hipertrofiadas conspiraciones globales. Pero el ámbito de la conjura de los idiotas es preexistente a todas las demás –reales o no- y se mantiene vigorosamente vigente en el planeta. Y se sostiene y vivifica gracias al llamado “efecto ailanto”. Se trata de una especie de arbusto altamente invasiva (se introdujo desde China en el siglo XVIII), resistente a la contaminación y las malas condiciones climáticas. Reduce las especies vecinas con su rápido crecimiento y espeso follaje que priva de sol y unas sustancias alelopáticas que surgen de sus raíces y domina la vida vegetal en el  entorno. Ataca la biodiversidad e incrementa su presencia hegemónica gracias a sus frutos que se expanden por la zona. Su madera no tiene valor alguno. Por debajo del suelo sus raíces se extienden indefinidamente, formando una alfombra letal subterránea donde sólo puede crecer su especie. Un efecto semejante en el terreno de las ideas, de la política, de la convivencia, de las relaciones, sostiene la conjura idiota.

Lo paradójico de dicha conjura internacional y la razón por la que resulta especialmente peligrosa para el futuro de la Humanidad,  es que los integrantes no son conscientes de que forman parte de ella y que, como muestra de su falta de seso, creen que obedecen a sus respectivas “ideologías”, “partidos”, “banderas” o “nacionalismos”, sin ningún tipo de cuestionamiento crítico. Es decir, no hay un líder carismático luciferino, tipo Hitler, Stalin o Trump que esté en la cúspide de la conjura, ni la conjura tiene una única y general estructura. Todos los líderes letales para su propio país y algunos de los demás–como los de antaño-  forman parte, aunque no se percatan de ello, de esa conjura global de idiotas.

Lo cual constituye el verdadero peligro para nuestro futuro planetario: habida cuenta de que estamos en el siglo XXI y en un tipo de cultura, sociedad y tecnología que está inoculada de globalidad y donde una pandemia nos está demostrando de forma dramática que la única manera de sobrevivir es trabajando juntos y colaborando de forma solidaria por simple egoísmo vital. La existencia de la idiotez globalizada hace que muchos no se percaten de que no hay otra forma de defendernos de pandemias, hambrunas, cambio climático, escasez de agua potable e invasiones de refugiados. Ningún país es ya una isla autárquica. Ninguna frontera, por muy armada que esté, impide el paso de los virus y los desajustes climáticos. Y ya que lo irreparable se produce casi siempre por accidente, lo peligroso de la idiotez es  que suele convertir los accidentes en inevitables. Pues bien, esto que es una evidencia histórica fáctica, no lo es para los conjurados.

¿En qué se basa la eficacia, invulnerabilidad y transmisión global de este movimiento tipo “ailanto”? Precisamente en que nadie, ninguno de los integrantes y muchos de los observadores se percatan del ominoso sustrato que les sostiene: ellos piensan que los otros son los auténticos idiotas. Para mayor desdicha recordemos que todos, absolutamente todos, hemos sido dominados por cierto cretinismo en algún momento de nuestra vida. Que los idiotas, como los ailantos, se sostienen unos a otros. Si uno es el idiota de turno, el otro puede ser usted mismo en un mal momento. La tontería de no pensar no es un estado permanente, casi nunca; ni un imperativo categórico, salvo cuando nos aprovechamos de la relativa impunidad de su ejercicio. La idiotez parece ser patrimonio genético del ser humano, es bastante contagioso y da síntomas inesperados en cualquier persona y momento, sin distinción de clase social, color de piel, creencias, poder o riqueza.

Gracias a internet la cantidad de integrantes de la conjura ha crecido exponencialmente: nunca en toda la historia de la humanidad tantos tontos han podido decir tantas idioteces a tantas personas y tan pocas personas han podido librarse de ellas sin pagar el impuesto de pasar por tontos o ser víctimas de un sanbenito público, injusto, anónimo e impune. La única actitud racional que puede aliviar ese regalo envenenado es escuchar y tratar de entender la argumentación, si la hay, y procurar no contagiarse ni perder la paciencia. La ira, el rechazo, la violencia, hace que nuestro idiota interno tome las riendas de inmediato. En algún caso, la huida es una victoria.

Pero, claro, estas consideraciones no despejan la ecuación entre los idiotas y la conjura global que puede acabar con nuestro futuro. No se puede sacar al idiota de la ecuación, ni a la conjura porque forma su urdimbre nutritiva. La supervivencia, que es el otro elemento, podría resolverse si a la “x” que la completaría le damos el valor del cociente entre la masa ingente y dinámica de idiotas del mundo y la dividimos por la multiplicación entre otro tipo de conjura y la supervivencia. Es decir la toma de conciencia de una masa superlativa de ciudadanos conscientes de la supervivencia de la especie y el planeta como valores absolutos, formarían la nueva conjura. ¿Eso es imposible? No. En un mundo como éste solo es improbable. Partamos de la base de que en todo idiota hay una semilla de sentido común y raciocinio.  Sólo hay que fecundarlas. Medios hay. Si nos unimos todos los que creemos en la inteligencia humana, y luchamos por imponer la urgencia y necesidad perentoria de convencer a los “otros” de que dejen fructificar su sentido común, en algún momento podríamos superar la masa crítica que haría “estallar” la idiotez dominante. Maxime Rovere dijo que sólo hay tres estrategias: negociar con los que puedan hacerlo, intentar que evolucionen los que se dejen convencer y olvidarse de los demás. Con suerte esos serán una minoría. La incógnita más dolorosa es: ¿lo podremos lograr a tiempo?

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

 

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19 mayo 2021 3 19 /05 /mayo /2021 10:02

A finales del siglo XX los héroes dejaron de estar de moda. La gente se inclinaba más hacia los "anti-héroes". En su novela generacional, Douglas Coupland ("Generación X") afirmaba que a partir   de ahora (en siglo XXI) los héroes habían muerto. Lo cual, para cualquiera que tenga ojos en la cara y un cierto sentido de la observación, es una memez desmentida por toda la cultura que nos rodea. Bruce Meyer, el autor del libro que les recomiendo, profesor de Universidad en Canadá, nos asegura que los héroes no sólo nunca dejarán de existir, sino que los necesitamos como referencia en nuestros particulares ritos psicológicos de crecimiento: "El de héroe es un concepto universal que como seres humanos nos fascina e incluso nos llega a acosar constantemente cuando adoptamos la postura de rechazarlo". Aunque cita y aclara los conceptos junguianos de la psicología del arquetipo, Meyer se basa en la literatura, en los héroes literarios clásicos para hacernos comprender la función y la fuerza de esos personajes convertidos en símbolos. Aunque sigue una estructura no demasiado clara y unos desarrollos argumentales a veces incoherentes o banales, el libro se lee con gusto. Y es que de la vitalidad del símbolo heroico nos habla sin cesar el cine popular actual, muchas novelas e innumerables ensayos. Si el héroe como símbolo hubiese muerto y desaparecido, ¿de qué estamos hablando continuamente, qué películas admiramos, qué libros leemos? Más que desaparición asistimos a una metamorfosis del héroe que lo disfraza y disimula pero que mantiene en vigor su potencial "para sacarnos del propio ser" (pág.20) y para "recordarnos nuestras carencias y también nuestra posibilidades" (pag.16). Apoyándose en textos de Campbell, Frye, Goethe, Shakespeare, Arthur Miller, Melville o Dante, el autor nos va hablando de los distintos tipos de héroe desde las páginas de las obras de esos autores, hasta concluir que "los heroes son una manifestación de esos deseos que todos tenemos y que nos hace descubrir algo de nosotros mismos que deseamos tener con mayor abundancia" (pag.47).

Owen, T.S. Eliot, Ezra Pound, Joyce, Becket, nos introducen en el héroe trágico, derribado y consumido por la guerra o el absurdo de una sociedad que amenaza el sentido y la coherencia de nuestra propia vida. Esa sociedad crea sus propios monstruos, pero también sus propios héroes.  Lord Byron, Milton, Marlowe, nos llevan al reflejo demoníaco del héroe y como contraposición al del santo (una forma peculiar del héroe) a través de Graham Greene o William Faulkner (yo añadiría al "Idiota" dostoievskiano). Acaba Meyer su búsqueda analizando figuras tan distantes como Supermán y Hércules, para centrarse en la figura de Jesucristo como mito capaz de responder de forma total e íntegra a las exigencias humanas éticas del héroe. Y como final permítanme citar al autor: "En último término, el héroe sirve al mismo propósito que la literatura, es decir, el de dotar de orden y sentido al caos del tiempo, a la inconmensurable confusión de la historia y a las constantes entradas y salidas de personajes del escenario de la vida” (p. 330).

FICHA.-

HÉROES.-Bruce Meyer.-Ed. Siruela. Trad. Enrique Junquera.341 págs.

 

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9 mayo 2021 7 09 /05 /mayo /2021 12:02

 

He aquí un libro que nos estimulará la curiosidad y un poco de morbo, aunque algunos de sus apartados nos dejará un poco melancólicos. Sobre todo si es usted en lector compulsivo, un amante de los libros, un gozador de volúmenes sean del tamaño que sean, un enamorado de las bibliotecas, un gustador de viejos infolios, autores extraños, liturgias librescas de cualquier pelaje esotérico o científico, tenebroso o alegre como castañuelas, de intriga o de humor, en fin, un "enfermo" de la ilustración libresca, un obsesivo de la letra impresa, un coleccionista de momentos mágicos que emanan de las páginas, un viajero de las estrellas a través del papel, un olisqueador de aromas de cuero, pergamino, tinta y cola de encuadernar...en suma, un lector. Juan Carlos Díez se ha afanado en  contarnos todo tipo de historias sobre los libros, ha buceado en bibliotecas ocultas y misteriosas, en enciclopedias de lo insólito y lo patético, en los horrores de autores malditos, libros quemados en hogueras y perseguidos como alimañas, en curiosidades más o menos malsanas, en ese mundo subterráneo que se enriquece con las sombras y los miedos primordiales y que siempre evita la luz, la claridad y a veces la lógica o el amor. Y nos jura desde el principio, "Todo lo que aquí leerás es verdad...te hablaré de volúmenes malvados que no debieron escribirse y de otros que nunca existieron...de cosas con forma de libro pero que no lo son...y de algún texto tan malo, magnificamente pésimo, que ha alcalzado la posteridad".

Y así empezamos con libros encuadernados en piel humana, del Sábato misterioso de "Sobre héroes y tumbas", de libros enormes, grandísimos, que necesitan artefactos para poder ser leidos o transportados y de pequeños, diminutos libros, algunos sólo legibles con microscopio; de libros sometidos a juicios, condena y hoguera, de volúmenes secretos que hablan de dioses ancestrales sedientos de sangre y maldad, del Codex Rohonczi, que nadie ha sido capaz de descifrar todavía, de papeles que prometen tesoros a quien los descifre, de Edgard Allan Poe y de Lovecraft, del famoso Necromicon, un libro imaginario que de vez en cuando sale a la luz como libro real para desaparecer de inmediato, de héroes literarios que son más reales que sus autores (a veces se convierten en materia de asesinato por los irritados autores, como el genial Sherlock Holmes y Conan Doyle), autores y libros que se adelantan a su época y narran detalles que luego la posteridad se encargará de refrendar, leyendas romanas o hindúes que conciernen a libros y legajos, evangelios secretos, erratas famosas (que antes se achacaban  a Titivilo, un demonio menor), la grey afortunadamente escasa de los bibliópatas, capaces de los mayores crímenes por la posesión de un volumen in cuarto que les falta en la colección, libros absurdos como "De masticatione mortuorum in tumulis" que no hace falta traducir, inmensos cajones llenos de diarios personales --rozando la patología-- donde se lleva pormenorizado detalle de las actividades de su autor, desde las hazañas amatorias de Sade o Casanova, hasta el tremendo --declaradamente patológico--diario de millones palabras escritas por Robert Shields sobre todos los detalles de su vida cotidiana durante veinticinco años. Borges, Stevenson, Guy de Maupassant, Hitler, Pascal, memoriones increíbles como el bilbiotecario Antonio Magliabecchi que guardaba en su mente la situación en los anaqueles de miles de volúmenes y la descripción de su contenido, autores proféticos como Morgan Robertson que en una novelita prescindible llamada --acertadamente--"Futilidad", recreó el hundimiento del Titanic catorce años antes de que se produjera, los escritores raros y huidizos como Salinger o Cormac McCarthy, o ese lector -- mas digno de un libro de medicina--que fue Kim Peek que llegó a leer doce mil libros y recordaba o recitaba páginas enteras de cada uno de ellos, o la biblioteca Brautigan dedicada a manuscritos que jamas han sido publicados (y posiblemente jamás serán leídos), sea cual sea su valor, tamaño o autor.

Es este un libro interesante sobre la "trastienda" de la literatura, una especie de galería de curiosidades y horrores que conviene tener en la biblioteca propia y leer poco a poco. Nunca seguido. So pena de quedarse algo melancólico al final ante la avalancha turbia y agobiante de informaciones sobre un mundo, el de los libros, que uno desea algo más resplandeciente. Como le ocurrió a quien esto firma.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

FICHA

Libros malditos, malditos libros.- Juan Carlos Díez Jayo.- Ed. Piel de Zapa. 257 págs. 18 euros.

 

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