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1 abril 2019 1 01 /04 /abril /2019 09:00

 

 

Estamos viviendo una época especialmente complicada. Necesitamos un compromiso dinámico e incesante con la cultura con mayúsculas. Es decir, yendo a la raíz etimológica de la palabra, con el cultivo del conocimiento de la realidad y las formas de preservar los saberes, las técnicas y la historia de la humanidad, los valores genuinos de la personalidad humana y el amparo y cuidado de las condiciones en las que es posible prosperar como género y preservar el conjunto del hábitat en el que vivimos, nuestro bastante esquilmado planeta. Todo eso es Cultura. Ella nos define y nos hace crecer. Pues bien, la Cultura está en peligro apocalíptico una vez más. Como lo estuvo en varias ocasiones en el malhadado siglo XX y en el XXI tiene todos los números para superar aquella marea terrorífica de muertes y destrucción. De eso trata este artículo -ojalá no tenga nada de profético-  y también de dos visiones optimistas que ponen entre paréntesis el horror y ofrecen varios "remedios" o cautelas para frenar esa dinámica de la mayor barbaridad que podría cometer la humanidad: la guerra global. Una hecatombe que podría desencadenarse en cualquier momento tras un análisis objetivo de la situación mundial, el inestable equilibrio entre las grandes potencias y los líderes más poderosos y peligrosos que hemos tenido la mala suerte de traer simultáneamente a esta misma época.

Para comprender y reflexionar sobre esta ecuación de realismo, pesimismo y optimismo, les sugiero la lectura de tres libros, cada uno de ellos de un valor documental, lógico, científico y político de primer orden. "La guerra futura" de Lawrence Freedman, un experto británico en historia de los conflictos bélicos, catedrático universitario y alto funcionario de gabinetes estatales dedicados al estudio de posibles escenarios bélicos, es el primero de ellos. "En defensa de la Ilustración" de Steven Pinker, es el segundo. Pinker es un defensor de los valores de aquél movimiento histórico: la razón, la ciencia y el humanismo. En su libro nos envía un cauteloso pero optimista mensaje de esperanza. Y el tercero es "Fact Fulness", donde el trío familiar sueco compuesto por Hans Rosling, Ola Rosling y Anna Rosling nos demuestra cómo los prejuicios y el mal uso de los datos y estadísticas, de la información en suma, condicionan una visión del mundo errónea que facilita una deriva peligrosa hacia el desastre cuando, como ellos demuestran con datos comprobables, "las cosas está mucho mejor de lo que piensas".

Por razones metodológicas (y simbólicas) empecemos por la "cruz" de la situación. La cruz en la que se puede estar clavando el mundo que conocemos y sobre todo al mundo al que aspiramos. El libro de Freedman es brillante, pero también alarmante y desazonador. Ya en la primera parte, analiza las actitudes de británicos, estadounidenses y franceses ante las brutales amenazas de Hitler y peor aún hacia sus actos de expansión bélica territorial.  La guerra que se anunciaba con tanta evidencia y salvajismo era "demasiado horrible para imaginársela". Los políticos y gobiernos prefirieron en general aceptar  una política de apaciguamiento y tolerancia hacia Hitler, porque la alternativa de la guerra generalizada era como dijo el inglés Chamberlain "horrible, descabellado e increíble". Parece ser un estereotipo humano, vemos llegar el huracán pero siempre pensamos que nos vendrá hacia nosotros, aunque la evidencia (y la historia) muestran que había suficientes señales como para saber que nos arrasaría. Este es el nudo de la cuestión que Freedman demuestra en su libro: realmente, ¿nos sorprendería que Trump y Corea del Norte, la China emergente y expansiva y un Putin agresivo, el fanatismo yihadista y algunos otros conflictos con la espoleta dispuesta, hicieran cabalgar los jinetes del Apocalipsis? Y si es así de qué manera ocurriría, cómo serán las guerras que se avecinan, el género de la ciberguerra y el papel de los robots y los drones en el escenario de destrucción localizada o masiva. Todo ello explicado en un contexto realista, lógico y horriblemente plausible.

Y en estos escenarios lo único que sobra son los pronósticos de los "especialistas", critica Freedman, como cuando se habla de la eficacia del "primer golpe por sorpresa" (que nunca puede ser seguro) como manera de evitar guerras extensas, pasando por el papel de las sociedades civiles ante una guerra prolongada o brutalmente sanguinaria. La historia pasada nos muestra que desde las guerra coloniales europeas, a la guerra fría y su secreta virulencia, a las espadas en alto entre las grandes potencias, la lucha contra el terrorismo y la proliferación de bandas urbanas brutales en las megaciudades, los panoramas descritos por los "especialistas", generales, espías y estrategas y sus explicaciones, en ningún momento sirvieron para algo positivo. Freedman nos relaja un poco hablándonos de las obras literarias en las que se vaticinaban los horrores de la guerra del futuro, desde Orwell a Conan Doyle, Verne y H.G. Wells (que acertaron en varios aspectos de la tecnología bélica, aunque no en el sueño de que habría un futuro sin guerras en el horizonte). Pero no tarda en mostrarnos su convicción de que ese sueño es absurdo dada la condición humana y las circunstancias económicas y sociales en que vivimos. Para ello carga contra el psicólogo Steven Pinker que en su obra "Los ángeles que llevamos dentro. El declive de la violencia y sus implicaciones" sostiene que "el declive que se aprecia a largo plazo en las tasas de homicidio intencional, en los indices de crueladad estatal y en la incidencia de conflictos bélicos es un reflejo del paulatino triunfo de "nuestros mejores ángeles", la empatía, el autocontrol y la moralidad sobre los "demonios internos" de la violencia, la dominación, la venganza, el sadismo y la ideología". Freedman califica de utópica y poco cientifica la obra de Pinker y aporta datos y estadísticas que muestran un escenario nada optimista, en el que crece la comprensión de las dificultades que presenta la contención de la guerra (en el sentido de limitar potencialidad destructiva tanto en el tiempo como en el espacio) y, en segundo lugar, la existencia de investigaciones en todos los paises enfrentados sobre un tipo de fuerza decisiva capaz de asestar un mazazo inapelable al enemigo y poner fin a las contiendas de forma rápida y victoriosa. Con lo cual se olvida un principio histórico básico: una vez empezada la guerra nadie puede saber cuál va a ser su curso y menos su resultado final. Y una consecuencia lógica: dada la apabullante potencia de las nuevas tecnologías bélicas, lo más seguro es que acabemos todos metidos en una catástrofe global.

Freedman parece dominar las previsiones estratégicas de Estados Unidos y Gran Bretaña pero no tiene el mismo caudal de datos respecto a rusos, chinos o coreanos del Norte. Por tanto su análisis es tan discutible, a nivel absoluto, como lo es la teoría del "golpe aplastante" que acabará con la rendición del enemigo y una paz negociada. Pero lo más preocupante es que el escenario actual está siendo dirigido por líderes que parecen surgidos de "1984"  de Orwell. La realidad podría ser peor con gente como Trump, Putin o Kim Yong. Sin embargo, como dice Pinker en su obra, el catastrofismo es un riesgo que hay que desechar pues nos lleva al pánico y oculta posibilidades y hechos que pueden variar los desenlaces catastróficos.

Su libro "En defensa de la ilustración" escrita después de la obra criticada por Freedman, se basa en la idea de que  aunque la vida humana nunca será  perfecta, siempre podemos mejorar en algunos de sus aspectos y para ello qué mejor receta que aplicar los principios básicos de la Ilustración que en el siglo XVIII llevó a una parte de la Humanidad a "un baño de purificación moral" como escribió Alfred North Whitehead: la razón, la ciencia, el humanismo y el progreso. El objetivo era "llevar al máximo el auge de todo lo humano, ya sea la vida, la salud, la felicidad, la libertad, el conocimiento, el amor o la riqueza de las experiencias".

Pinker trata de convencernos de que tal vez ha llegado el momento dorado (a pesar de las circunstancias y las apariencias terroríficas que nos muestra Freedman) para que la Humanidad despegue de los temores, engaños y esclavitud de la Caverna platónica en la que nos ha metido el siglo XX. Como argumentos y pruebas nos va ofreciendo estadísticas, gráficos, pruebas documentales donde se demuestra el aumento de esperanza de vida en casi todos los paises del mundo, un abultado descenso de mortalidad por enfermedad acompañado de signos cientificos esperanzadores de curación de flagelos como el cáncer o el Sida o las ETS (también según qué parte del mundo cubre los datos), un nivel educativo creciente y las facilidades increíbles hace solo diez o veinte años en el campo de la información, el ocio y la formación, de las nuevas tecnologías. Tal vez Pinker tiene demasiado focalizado el mundo occidental y el norteamericano y canadiense en especial, pero ello no quita interés al esfuerzo del autor por  ofrecernos motivos de esperanza en estos tiempos difíciles. Y para mostrarnos que no vive de espaldas a la realidad en su fascinante discurso positivista, Pinker recuerda que el advenimiento de Trump podría suponer un paso atrás en el progreso anunciado y no sólo para Estados Unidos, también para el resto del mundo dada la globalización de los peligros que el aludido sujeto es incapaz de valorar: el cambio climático, la paz, la conciencia clara de que las armas nucleares (mejoradas y ampliado su poder dese 1945) no deben ser utilizadas otra vez.

En el polo opuesto de Pinker, lo líderes populistas que comienzan a surgir en todo el mundo como una peste y ofrecen el autoritarismo y las dictaduras disfrazadas como solución, sólo ven y propagan un escenario mundial en el que "todo va mal": delincuencia, mafias, bandas urbanas, terrorismo, inmigrantes no deseados creando mayor pobreza, inseguridad y desconcierto. Y sin percatarse de que ellos forman parte del problema no de la solución aseguran con voces destempladas que ya no hay conciencia moral en el mundo. 

El optimismo de Pinker apuesta por una mayor mentalización de las sociedades y sugiere un esfuerzo para tratar de ver que los problemas del mundo, con nuestros medios y tecnologías, tienen solución y que hay que ponerse a ello. Cita una metáfora del economista Paul Romer que distingue el "optimismo complaciente" del niño que espera que todo lo que ansía le llegue como llovido del cielo, del "optimismo condicional" del niño que sueña con tener una cabaña en el árbol de su jardín y consigue primero la madera y los clavos para construirla y se ponga a ello inmediatamente. 

Precisamente algunos de los ataques más duros de Pinker también conciernen a ciertos comentaristas notables que, asustados ante la situación mundial, ya en 2016 comenzaron a certificar el bajón ético de los países de occidente, del mundo árabe y el oriental, principalmente China y Japón. Y en general consideraron que los valores de la Ilustración habían quedado en un residuo histórico nostálgico. Parece que a Pinker la "conciencia crítica"  de ciertos filósofos, profesores y pensadores, le parece excesivamente negativa.

Para callar a estos "augures de malas noticias" (con la vista muy buena, razonable  y realista, por otra parte), Pinker nos va desgranando citas y estadísticas de mejora mundial en ámbitos de cultura, ciencia. movimientos ciudadanos humanistas y recomienda una página web de periodismo económico, Quarz, que ofrece una lista de links de "buenas noticias del año 2017", como "la retirada del leopardo de las nieves de las especies en peligro de extinción, la provincia de Pakistán que había plantado 1.000 millones de árboles a lo largo de los dos años anteriores en respuesta a la inundaciones de 2015, el espectacular descenso del número de afectados por la dracunculiasis, enfermedad parasitaria invalidante causada por ingerir agua en mal estado, (de 3,5 millones de casos en 1986 a solamente 30 en 2017), y el lento pero constante aumento del número de mujeres diputadas en todo el mundo, desde el 12% de 1997 al actual 23%."

Bueno, precisamente para valorar el sesgo informativo de parcialidad o manipulación que supone el uso de datos, estadísticas y noticias, entra en liza el tercero de los libros recomendados: "Fact Fulness" de Hans Rosling y familia en el que a base de gráficos, tablas, analogías, estadísticas comparadas y demás herramientas de la información, se nos ofrecen diez razones por las que estamos equivocados sobre el mundo y por qué las cosas están mejor de lo que piensas". Lo cual en realidad supone que este comentarista apuesta por el optimismo, ya que este libro es la constatación de muchos de los puntos que Pinker ofrecía en sus dos libros citados. La guinda la pone el mismísmo Bill Gates que después de leerlo se comprometió a regalar un ejemplar a cada graduado universitario de su país.

Lo que Rosling pretende es enseñarnos a valorar e interpretar los datos numéricos informativos que se nos ofrecen de manera masiva, aceptando de entrada los problemas y dificultades que el mundo tiene (negarlos sería absurdo), enseñándonos a asimilar de forma correcta las estadísticas y la tendencia tan humana de prestar más atención a las historias dramáticas o alarmantes que a las positivas y esperanzadoras. Y así "los diez instintos que nos impiden ver el mundo objetivamente, tienen que ver con el miedo, el pesimismo, los tamaños desmesurados en la presentación de algunos datos o hechos, muy lejos de su justa medida, la tendencia binaria que se salta el espacio intermedio de las cosas y la polarización hacia sesgos educativos o ideológicos o religiosos. Estos instintos no nos permiten poner los hechos en perspectiva y relativizarlos.

Comienza con presentarnos un test que nos muestra de manera sorprendente los errores de interpretación más comunes en las que casi todo el mundo cae. Pero eso sólo es el principio, luego leerán datos y noticias absolutamente notables que han estado a nuestra disposición y no hemos sabido ver ni calibrar. Los autores Rosling han buscado información relevante, observan con rigor y seriedad los hechos ( a eso se refiere el título del libro, difícil de traducir) y nos explican lo que debimos leer, con una claridad meridiana y unos gráficos de gran calidad y exactitud. Tanta que, como en el caso que nos muestran los gráficos de la páginas 40 y 41, cambia sustancialmente nuestra manera de considerar el problema de la mortalidad infantil en el mundo.

Se nos dice que miles de millones de personas han salido de las cotas de pobreza total  que históricamente se mantenían casi inalteradas (aunque quedan bolsas de pobreza extrema en diversos paises), pero la regla general lleva a familias con menos hijos, más sanidad y más enseñanza, un nivel modesto de bienestar que va creciendo sin cesar (pero no es noticia relevante para casi ningún medio de comunicación). El mensaje de los Rosling no es complaciente, reconocen la gravedad de los problemas a los que debemos enfrentarnos, sino activista: en el sentido de que debemos esforzarnos en ir reparando las deficiencias y aprovechando los recursos científicos para mejorar la situación del mundo más desfavorecido, ese que según datos revelados en este libro, está formado por personas que deben vivir con menos de un euro al día, una de cada diez personas (hace cincuenta años era una de cada dos).

Ese sesgo catastrofista de los medios de comunicación (las buenas noticias no son noticia, la felicidad no nutre la historia, un periódico que sólo diera buenas noticias, cerraría al segundo número), forma parte de la condición humana y no de puede hacer  nada por remediarlo, aunque sí por suavizarlo con informaciones relevantes, honestidad  y moralidad social en los medios, mayor educación ética y en empatía  en las escuelas y universidades... Educar para que las personas decidan mejorar el mundo en la medida de sus posibilidades, porque sí hay maneras de combatir la pobreza o de evitar las guerras, si descartamos la pasividad o el pasotismo egoísta (mientras no me toque a mí). Las estadísticas nos confirman, según Rosling, que las cosas no van cada vez peor, hay que resaltar los progresos tanto como las medidas para sustentarlo. 

Destaquemos la ruptura que hace el libro de tópicos como "la brecha existente entre ricos y pobres", cuando lo cierto es que es un continuum que va desde los muy ricos a los muy pobres y está en su mayor parte ocupado por la gente que va de uno al otro. Así pues, los ingresos diarios por persona son para Rosling el indicativo principal de los modos materiales de vida, más que la cultura, la religión o el régimen político en el que viven las personas.

Hans Rosling murió el 7 de febrero de 2017 de un cáncer de páncreas. Hasta el último momento de lucidez estuvo corrigiendo las pruebas de este libro que no pudo ver publicado. Sus colaboradores, su hijo y su nuera, nos dicen al final del volumen: "El sueño de Hans de una visión del mundo basada en datos reales sigue vivo en nosotros y esperamos que siga vivo también en tí". Así sea.

 

FICHAS

LA GUERRA FUTURA.-Lawrence Freedman.-Traducción de Tomás Fernández Aúz. Crítica. Barcelona, 2019.- 592 páginas. 24,90 €.- ISBN 9788491990628

EN DEFENSA DE LA ILUSTRACIÓN.- Steven Pinker.- trad. Pablo Hermida.- En Paidós.-32 euros.-741 págs. ISBN 9788449334627

FACT FULNESS.- Hans Rosling, Ola Rosling y Anna Rosling.- Ed. Deusto. 345  págs. 22,50 euros. ISBN 9788423429967

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31 marzo 2019 7 31 /03 /marzo /2019 09:39

 En su obra "Etica", el filósofo Baruch Spinoza -mediados del siglo XVII- hace un par de afirmaciones, entre otras  que le valieron su expulsión "eterna" -un "herem"- de la Comunidad judía. En esto no sirve de nada el paso de los siglos: en 1953 David Ben Gurion propuso a Spinoza como uno de los "padres" del nuevo Estado judío, y  en 2015 una serie de personalidades judías de las ciencias y las artes pidieron al gran rabino de Ámsterdam que levantara el edicto contra Spinoza. ¿Que mensajes emitió la obra de Spinoza para que alimentaran un odio "eterno" contra él de sus hermanos de religión? (más bien de etnia; Spinoza nunca fue practicante judío). 

Aparte de su concepción de Dios -tan alejada del Dios hebraico y del cristiano- "Dios es Todo" y "Tu formas parte de Dios", un Dios cósmico que no castiga ni atiende los ruegos de los hombres, hizo observaciones tan sagaces pero comprometedoras como "El odio de las naciones  es lo más adecuado para la conservación de los judíos; eso es lo que ha demostrado la historia y la experiencia". Es decir, las persecuciones han reforzado el sentimiento de identidad judía. Y en otro lugar escribe: "Dios no muestra hacia los judíos exigencia particular alguna y les pide únicamente que observen la ley natural que obliga a todos los mortales". Rechaza pues el tópico victimista judío del "pueblo elegido por Dios" y denuncia que se usan las persecuciones histórica con retro-utilidad  étnica: nos persiguen, luego sufrimos y ese sufrimiento justifica cualquier reacción por dura que sea...en el futuro. Los jóvenes extremistas judíos se graban en el brazo el número del campo de concentración donde estuvieron sus abuelos y se sienten justificados para tomar cualquier medida violenta actual contra personas que no tienen nada que ver con los nazis. Es una forma de victimismo justificativo de hechos atroces que no ocurre solo entre los judíos, sino entre muy distintas etnias, desde los alemanes (época nazi), a los negros  americanos, el Ku-Klux-Klan y los Black Panther,  pasando por las feministas o los machistas y homófobos extremos, o los conflictos nacionalistas de muchos países desde los bosnios y serbios, los kurdos y los armenios a, en menor escala, los catalanes o los vascos y en el otro lado del espectro a los ultras violentos y descerebrados de derecha o izquierda que crecen al amparo de las crisis. Y es que el victimismo está de moda. Principalmente porque es cómodo, conlleva un supuesto derecho a no ser discutido y por tanto a no razonar, es el pretexto que justifica la violencia, el "derecho histórico heredado a tener razón": es el caballo de batalla político de los populistas. Trump se considera una víctima de los hispanos que "vienen a robarle"  y los secesionistas en ciertos países piensan que el poder central les está robando el pan y la sal y tratan de hacer estallar el país entero. El "en esto no gana nadie. Todos perdemos", no les preocupa lo más mínimo. Es el victimismo convertido en estilo de vida. Como dijo el profesor y ensayista italiano Daniele Giglioli es un "paradigma paralizante".- ALBERTO DÍAZ RUEDA  

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29 marzo 2019 5 29 /03 /marzo /2019 10:06

Alexandre Jollien es un joven francés, nacido en 1975, que ha vivido 17 años la dura experiencia de estar sometido a los tratamientos de rehabilitación de una institución para discapacitados físicos. Ignoro la historia azarosa de esos años pero he seguido con interés su trayectoria ensayística con títulos tan ilustrativos como "Elogio de la debilidad", "El oficio de ser hombre" y "Elogio de la felicidad". Es un psicólogo y filósofo discreto cuyo valor no es tanto qué dice, sino cómo lo hace y desde qué situación nos ofrece sus reflexiones. El aporte personal del discurso, el hecho de que la palabra y el concepto salen de la propia vida del autor, da un plus de realismo y pertinencia a lo que trata.

Por ello el adjetivo "desnudo" con el que define su carácter de filósofo, se convierte en una metáfora ilustrativa. No hay ropajes de erudición ni grandes conocimientos filosóficos. Jollien se nos presenta tal cual es, como como ha sido impulsado por la vida y sus particulares circunstancias. Fiel a su vocación de amigo de la sabiduría, apoya muchas de sus reflexiones en Montaigne, Spinoza, Séneca o Nietzsche, pues las ideas y palabras de esos grandes personajes filosóficos  entran en resonancia con sus propias vivencias, anhelos y preocupaciones. La "desnudez" de conocimientos y prejuicios que preconizan desde los maestros zen a los taoístas o budistas chinos es el vehículo conceptual que Jollien usa para desarrollar un estilo de vida en el que la libertad hacia las pasiones, la alegría spinoziana y la aceptación de sí mismo, nos permite renacer de los sufrimientos, los errores y las pasiones desatadas por las propias debilidades, miserias y limitaciones.

La clave básica de la demanda interior del autor y la motivación que le lleva a la reflexión sobre sí mismo y, en definitiva, a la escritura de este libro, queda reflejada, por ejemplo, en este párrafo (pág.169):

"No conozco mayor deseo que la muerte de uno mismo: atreverse a morir para atreverse a vivir a cada instante, darlo todo para recibirlo todo. Por ejemplo, esta misma mañana, en la acera, intentar ser por fin tan solo un papá. Así pues:

a. Negarme a ponerme mi disfraz para interpretar mi personaje.

b. Asumir verdaderamente mi cuerpo.

c. Ir por la vida sin bagajes.

d. Hallar la libertad en mis tres vocaciones: tan solo marido y padre de familia; tan solo persona discapacitada; tan solo escritor."

Y logra conmovernos cuando confiesa, tras una anécdota que justifica el título del libro: : "Todo el problema viene de este cuerpo al que no quiero, que no habito. El niño vejado, el adolescente forzado a ser discreto, el filósofo desnudo repite siempre la misma canción: me gustaría ser un chico normal".

FICHA

EL FILÓSOFO DESNUDO.- Alexandre Jollien.- Trad. Marta Bertrán.- Ed. Octaedro.- 178 págs.- ISBN  9788499212456

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27 marzo 2019 3 27 /03 /marzo /2019 10:28

Las plantas son seres vivos, sensibles e inteligentes. Lo dijo Darwin tras hablar del evolucionismo y hacer migas la prepotencia del hombre como "criatura creada y elegida por Dios como monarca absoluto de la Tierra y todo lo que el planeta contenía". A esto añadió Freud que tres hombres, entre ellos él mismo (Sigmund no se caracterizó jamás por su modestia), habían asestado una puñalada histórica a la soberbia humana:  Darwin que colocó al hombre como un eslabón más de la escala evolutiva de las especies;  Copérnico que anuló la presunta importancia cósmica de la Tierra, revelando que gravitaba en torno al Sol (éste mismo nada de astro-rey, es una estrella pequeña y vieja) y era un insignificante planeta;  y Freud  que aseguró que "el ansia de grandiosidad del hombre ahora sufre el tercer y más amargo golpe al 'ego' de cada uno de nosotros, ya que ni siquiera conocemos nuestra propia mente  ni las causas inconscientes  de nuestro comportamiento". Abundando en esta rebaja de vanidades, un neurobiólogo italiano especializado en el mundo vegetal, Stefano Mancuso, ha lanzado una (otra) voz de alerta contra la estulticia humana respecto  a las plantas y el (mal) trato y abusos que les infligimos, a pesar de depender esencialmente de ellas para sobrevivir en el planeta. Deberíamos cuidarlas y amarlas como a las niñas de nuestros ojos

Simplemente lean esto: "Imaginen un invento que genera energía gracias al sol a la vez que fija emisiones de carbono; que puede autoensamblarse usando un diseño modular y replicativo; que tiene un software de inteligencia distribuida sin un órgano de control central que pueda dañarse; un aparato, finalmente, que puede replicarse a sí mismo y que si se parte sigue funcionando y genera dos unidades funcionales. Este aparato sería el sueño de cualquier ingeniero... y ya está inventado. Se llama planta y hace cientos de millones de años que crece en la Tierra creando las condiciones adecuadas para la vida que conocemos. Respiramos gracias al oxígeno que producen los vegetales, la cadena alimentaria y todo lo que comemos tiene su base en ellos y hasta la energía fósil de la que dependemos fue producida por las plantas hace millones de años”, afirma Mancuso. ¿Cómo es posible entonces que prestemos tan poca atención al mundo vegetal? Repito, deberíamos amar y cuidar en las plantas no sólo por los servicios que nos prestan, sino también por lo que podemos imitar y aprender de ellas. Son una fuente de conocimiento para la ingeniería, el diseño y multitud de disciplinas de lo más variadas,  ya que muchas de sus técnicas vitales y estrategias de supervivencia adaptativa pueden ser una inspiración global para nuestra especie.  Ellas proporcionan respuesta inteligente y eficaz a multitud de problemas y enfermedades a las que seguramente podríamos vencer si estudiáramos más intensamente el mundo vegetal y accediéramos a la inmensa despensa que las plantas nos ofrecen, por ejemplo, en el fondo de los mares. -ALBERTO DÍAZ RUEDA

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25 marzo 2019 1 25 /03 /marzo /2019 10:22

Con un prólogo escrito al alimón por los profesores universitarios Victoria Cirlot y Massimo Danzi (de la Pompeu Fabra y de la U. de Ginebra)  se nos presenta al filólogo italiano Giovanni Pozzi, un sacerdote capuchino erudito que ha publicado algunas obras monumentales sobre arte, poesía visual, literatura italiana y mística medieval y barroca (ninguna de ellas traducida y publicada en España). Tacet, "un ensayo sobre el silencio", es una obra minúscula donde late el misticismo ausente en el resto de la obra del padre Pozzi. En Italia fue publicada en edición numerada y no venal de 500 ejemplares y repartida entre amigos y discípulos del erudito italiano, catedrático de la Universidad de Friburgo.

Como sugieren los autores del prólogo, "Tacet" inspira al lector la imagen de un trabajoso ascenso que va desde la soledad, pasando por la palabra y a continuación el silencio, que es el preludio preciso para entrar en la contemplación, lugar místico en el que la estancia es breve por  definición mientras estamos en nuestro cuerpo y en algún momento hay que proceder al descenso que, en oposición a la mística oriental (que conduce a la liberación: el iluminado baja a la plaza, en mangas de camisa y con una sonrisa de comprensión y amor) Pozzi la denomina "bajada aniquilante": el "vivo sin vivir en mí" o el "de toda ciencia trascendiendo" de los místicos hispanos.

Uno de los estudiosos de la obra de Pozzi calificó esta obra como "una poética compleja de la lectura como acto espiritual y del silencio interior indispensable para entender la palabra del otro". Ya desde el principio, Pozzi, nos ofrece desde la soledad ("El hombre es un ser solitario que no está solo") una visión clara del hombre como "ser que tiende a la unidad" a pesar de su carácter inevitablemente dual,  "solo es capaz de soledad el individuo que es capaz de sustraerse a la banalidad cotidiana" y aun así "no puede sustraerse a la del espacio "ya que todo lugar solitario deja de serlo cuando viene a vivir en él un solitario".  Enfatiza la soledad de los que la buscan "en Dios" pero advierte sobre la gran amenaza que se cierne sobre esos sujetos que corren "el peligro de ahogarse en el fango de la objetivación de sí mismos". En el interior del yo, el pensamiento se hace   palabra y se crean tres categorías de silencio: el silencio de quien la formula,  el de quien la escucha y el de quien la conserva. Pero para escuchar conviene callar y también promover el silencio interior. 

Especialmente poética y acertada es la metáfora de la planta, "único ser en la naturaleza que es silencioso y animado al mismo tiempo", que muestra en la génesis de la semilla, cuya muerte es la vida de la planta, la de la palabra que tras la escucha acaba germinando en el silencio que la envuelve, gracias a la meditación. Pozzi escribe también de la escritura "proceso silencioso que extrae de los caracteres alfabéticos un significado y lo despliega en la página trazando un camino silencioso. El autor habla de la escritura manual y se permite una comparación que resulta curiosa en nuestra época: "el texto escrito a máquina llega al mundo por cesárea y no por parto natural; máxime en el nuevo tipo de soporte electrónico, que rompe el tradicional vínculo entre la escritura y su soporte, inseparables hasta ahora". 

Pozzi trata la contemplación y el silencio meditativo que "anula el discurso porque abole el paso del tiempo" y marca  las semejanzas y diferencias entre las tres figuras: la meditación, la contemplación y la reflexión", todo un  proceso clásico que va de la "lectio" a la "oratio" y desde ellos a la "contemplatio". Termina el libro con una observación propia de un anacoreta: "la celda y el libro son las estancias de la soledad y del silencio" y dice del libro: "es la estancia del silencio, el depósito de la memoria, el antídoto para el caos del olvido, lugar donde la palabra yace, pero siempre en vela, dispuesta a acudir silenciosamente al encuentro de quien la solicite. Amigo discretísimo, el libro no es petulante; solo responde cuando se le interroga y no urge a continuar cuando se le pide hacer un alto. Repleto de palabras, calla". Magnífico.

FICHA

TACET.- Un ensayo sobre el silencio.-Giovanni Pozzi.- Trad, Mercedes Corral.- 82 págs. Ed. Siruela.-ISBN 9788417624149

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24 marzo 2019 7 24 /03 /marzo /2019 09:24

Todos hemos estado enfermos alguna vez. Evidentemente es una fuente de molestias, cuando no de dolor y sufrimiento y en casos extremos, de desesperanza y angustia. Pero Freud descubrió en sus estudios sobre la histeria lo que llamó "ganancia psicológica primaria o secundaria" de la enfermedad. La primaria es que con la enfermedad, el sujeto hace desaparecer un conflicto reprimido para el que no tenía solución estando "sano". La secundaria, se traducía, por ejemplo, en un incremento de atención, solicitud y cariño en muchos casos hacia la persona enferma o, en la sociedad del bienestar, la protección del enfermo desde el punto de vista laboral, quedando éste bajo el paraguas benéfico de la empresa o el Estado. Por tanto la enfermedad se convertía, al margen de su curso sanitario, en una paradójica fuente de seguridad emocional y laboral (siempre en el caso de los más favorecidos: no todo el mundo tenía familias acogedoras y comprensivas ni entornos laborales en los que la protección del trabajador es obligatoria). Lo que Freud descubrió es que para muchas personas y a muy distintos niveles de incidencia, los beneficios psicológicos de la enfermedad eran la solución fácil y oportuna para cubrir una serie de carencias afectivas y emocionales del sujeto. 

Ese hecho clínico está muy documentado en la historia de la psicología de la neurosis, no solo en el psicoanálisis; la existencia circunstancial de dolencias y enfermedades de raíz psicosomática en las que el enfermo decide inconscientemente alejarse del deseo y las prácticas de la cura, ya que los beneficios secundarios de su estado son superiores a los que consigue "saliendo" de su enfermedad. Con un poco de ironía imaginativa, estas reflexiones psicológicas son extrapolables a situaciones políticas muy cercanas y actuales. Por ejemplo: si entendemos las dos posturas extremas del "caso catalán" como un conflicto político básicamente neurótico (una expresión neurótica nace de la imposibilidad de razonar constructivamente y el recurso inmediato a la violencia: Rajoy y Puigdemont), las dos partes "enfermas" (ahora personificadas por Vox y los ultras independentistas)  se resisten a usar la razón y el diálogo porque están recibiendo grandes beneficios secundarios: votos y presencia política por un lado y victimismo suicida y "honor patriótico" por el otro. Y para los dos, supuestas sinecuras políticas futuras; en el fondo ganancias económicas para los líderes y aledaños. En política es sabido que el patriotismo de algunos se extiende por todo su bolsillo. Ninguna de las dos partes extremas quieren soluciones lógicas y constructivas, realistas. Ambas prefieren un eventual holocausto que destrozaría al país. Por favor, usen las urnas para sacarlos a ambos de la ecuación.-ALBERTO DÍAZ RUEDA






 

 

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20 marzo 2019 3 20 /03 /marzo /2019 10:21

Creo que fue Alan Watts quien mencionó en uno de sus libros la "ley del esfuerzo invertido" o "ley de la retrocesión". Este filósofo popular norteamericano de los sesenta recurre a Lao Tsé para explicarla: "los que se justifican no convencen; para conocer la verdad, uno debe liberarse del conocimiento; y que no hay nada más poderoso y creativo que el vacío, al que los hombres temen y tratan de evitar". Otros maestros taoístas, admirables amantes de la Naturaleza y la lógica de lo Real, nos recuerdan que "cuando tratas de permanecer en la superficie del agua te hundes, pero cuando tratas de sumergirte, flotas. Cuando porfías en retener el aliento, lo pierdes."

Pensemos en la profunda lección que nos brindan estas aparentes paradojas, oximorones con guiños lógicos.Cuando pretendemos imponernos, intervenir o manipular el curso de las cosas, los hechos naturales, las circunstancias que nos envuelven, rompemos un ritmo o un orden que no comprendemos.  No se trata de recurrir al quietismo o la indiferencia estoica. A veces nuestros inseguros pasos en pos de la seguridad, agravan la situación. Cuando reconocemos que la esencia de la inseguridad no es responsabilidad nuestra, la cordura nos insinúa que debemos reconocer, aceptar la inseguridad para encontrar el equilibrio. Si caes en un río tumultuoso,  no trates de luchar contra sus aguas embravecidas, déjate llevar, limítate a evitar las piedras o los troncos por donde te lleva el río.  

El arte de sobrevivir podría enseñarnos a desconfiar de ese  descuido o indiferencia frente a las situaciones que nos superan y aún más de recurrir a las "soluciones" del pasado, las "fórmulas" de lo conocido. Ante la avalancha de situaciones nuevas y estresantes la mejor actitud es abrir tu mente y volverte receptivo con lo que ocurre, sensibilizarte a cada  momento que aparece, olvidando el temor a lo nuevo. Amoldarte como el agua a todo, sorteando obstáculos y fluyendo cuando no los hay. La naturaleza ha dado al organismo humano uno de los poderes de adaptación más eficaces para el dolor y el sufrimiento, ya sea físico o psíquico. Pero a condición de que no luches contra ellos, de que detengas la obsesión rabiosa por hacerlos desaparecer. Según la ley de retrocesión, tu batalla violenta contra el dolor y el sufrimiento no es lo correcto. La auténtica "batalla" consiste en afrontarlos con aceptación, relajación y confianza. No es fácil, pero acaba por funcionar y aumenta los niveles autocurativos.- ALBERTO DÍAZ RUEDA

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18 marzo 2019 1 18 /03 /marzo /2019 10:41

Los taoístas lo tienen claro, el "ahoraquí" es la mejor píldora que el inestable ser humano puede tomar para llegar a blindarse contra el desequilibrio, la falta de armonía y la inseguridad, Se trata del principio activo de una planta mítica que crece cerca de la raíz del tiempo, donde el sensato naturalista y poeta griego Hesíodo situaba la génesis de los Trabajos y los Días. Bien, hasta aquí el mito. "En estas cosas hay un significado profundo/ pero cuando nos disponemos a expresarlo/De súbito olvidamos las palabras". Aquí entra la tradición mística que, sorprendentemente, parece un eco de la zona silenciosa donde muchos grandes filósofos y todos los místicos de cualquier religión coinciden. La transformación de la mente humana consiste en conocer y sentir que el mundo y tú formáis una unidad orgánica. Mientras el yo se considere un ente separado de todo lo demás, único y cerrado en sí mismo, todo esto no son más que palabras. El lenguaje que constituye la barrera, el velo espeso que nos oculta la realidad, nos miente a nosotros mismos y manipula las relaciones humanas. Quizá no estamos aún preparados para que las mentes se abran y vean. Tal vez nunca lo estemos y la humanidad seguirá debatiéndose sobre un planeta esquilmado como lo hace un loco sobre un escenario lleno de ruido y de furia. Suena a sermón de la profanada psicología y de las religiones cómplices y responsables de la mayoría de los horrores que el género humano ha causado y sufrido. Y sin embargo, reflexionar sobre esto lleva a muchas personas a cambiar su modo de percibir la vida y los resultados son prácticos, útiles, sencillamente eficaces. Esa minoría encuentra un sentido a su existencia y se abstiene de causar daño a nada y a nadie. Puesto que intuyen su pertenencia a ese todo que une el mundo físico en su totalidad, hombres, animales, árboles, agua, plantas y las montañas, los océanos y los ríos y los bosques, en una armonía existencial que se está dañando cada día de forma irremisible porque estamos demasiado ocupados en explotar el todo en beneficio propio. El primer paso es humilde y parece banal: sé consciente del "ahoraquí" unos segundos, unos minutos cada día.  Que la experiencia que vives y tú seáis lo mismo. No hay separación. Todo transcurre efímeramente en el "ahoraquí". Cada instante es único e irrepetible. Aprende a vivirlo. Parece poca cosa: la voluntad de hacerlo y el conocimiento de lo que haces y por qué lo haces. Lo demás...vendrá por añadidura.- ALBERTO DÍAZ RUEDA

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16 marzo 2019 6 16 /03 /marzo /2019 10:20

Observen con atención y cierto disimulo a las personas que les rodean, en el trabajo, por las calles, en el deporte, a las salidas de los coles o en sus actitudes cuando el hijo/a  juega un partido de fútbol o de básquet. ¿No les recuerdan  los síntomas del TDA (trastorno por déficit de atención) a nivel global?  Decía Ortega hace más de 70 años: “ Casi todo el mundo está alterado, y en la alteración el hombre pierde su atributo más esencial: la posibilidad de medi­tar, de recogerse dentro de sí mismo y precisarse qué es lo que cree, lo que de ver­dad estima y lo que de verdad detesta: el poder de ensimismarse.” Pero Ortega nos dice que la técnica  “es la que lo permite.” Hoy es justamente la técnica la que, con efecto paradójico, nos roba tanto la atención que nos impide ensimismarnos al modo orteguiano y  produce más bien un fenómeno de dispersión. Los psiquiatras le llaman “síndrome de despolarización atentiva”, ya que la atención tiene tantos polos de atracción que pierde la capacidad  de atender a una sola cosa y así comprenderla y gestionarla. Un investigador italiano nos informa que los seres humanos tenemos menos capacidad de concentración que los peces de colores. Los humanos perdemos hoy la concentración al cabo de cinco segundos -en el año 2000 eran doce- mientras que en  los peces de colores el promedio es de nueve segundos. Kant pensaba  que el trabajo intelectual disciplinado (o físico), el silencio y la soledad ocasional disminuyen  el peligro de acabar envidiando a los peces de colores. El parloteo incesante de la tele, el móvil, los ordenadores,  acompañados por los ruidos ciudadanos, familiares o sociales, es el caldo de cultivo de nuestro TDA global.  Otro científico ha demostrado que la contaminación acústica es tan dañina como la atmosférica. El ruido debilita el sistema inmune, agrava enfermedades como el Parkinson, la demencia o la esclerosis múltiple e incrementa la mortalidad por causas respiratorias, cardiovasculares y diabetes. Debemos aprender a ensimismarnos, de espaldas a las pantallas. –ALBERTO DÍAZ RUEDA

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14 marzo 2019 4 14 /03 /marzo /2019 10:56

Cuando terminaba Psicología, allá por los ochenta, en la Facultad de Barcelona,  comencé a interesarme por la llamada Psicología Profunda, deudora de Jung. Leí los libros de Abraham Maslow, que editaba Kairós, si no me equivoco (al igual que el que comento hoy, de mi admirado Alan Watts, el gurú de hippylandia) y me encantó la metáfora de la pirámide que englobaba una jerarquía muy razonable de las necesidades perentoria que el hombre ha de respetar para realizarse como persona y como individuo. Recuerdo que la seguridad era la segunda después de las necesidades básicas de supervivencia física. La seguridad era la primera necesidad que rebasaba el ámbito físico y se internaba en el psicológico. Era quizá una necesidad en la frontera de lo físico y lo psíquico. Es un hecho neurológico evidente que la sensación de inseguridad activa las hormonas y los neurotransmisores del estrés.

El estilo dialectal, sencillo, claro y irónicamente obvio de Alan Watts, nos conduce con su habilidad habitual  a través de un análisis de la era de la ansiedad en la que vivimos ( y Watts hablaba de los cincuenta del pasado siglo, imagínense si pudiera vernos por un agujerito del cielo de los filósofos: pediría que lo sellaran de nuevo a perpetuidad), naturalmente del tiempo y los cambios y desazones que causa su inevitable flujo, de la sabiduría del cuerpo y de ese paso adelante mental que supone tener conciencia del mundo que nos rodea, de las cosas y de toda una serie de reflexiones conducentes a apreciar el aquí y el ahora, a transformar nuestra vida y a ejercer en la existencia un tipo de ética constructiva, una moralidad creativa que Watts nos razona a través de las palabras de San Agustín: "Ama y haz lo que quieras", unas relaciones con otras personas lejos del utilitarismo habitual o de las motivaciones que manipulan el altruismo y la generosidad que debían guiar nuestras relaciones.

Watts lo tiene claro y así nos lo dice: la seguridad es una ilusión, una sombra, un equívoco. En un segundo nos puede cambiar la vida, parcial o totalmente. En un segundo ocurre algo que nos saca literalmente de nuestro mundo ficticio de cómodas seguridades. ¿Hay solución a ésto? Watts nos dice "relájate y goza del momento". Cuanto más te resistas más te va a doler. Eso además de una norma sanitaria, es psicológica y neurológica. Acepta la inseguridad como un elemento más de la existencia y vívela sin angustiarte,: habrá cambios, pero ¿quién dice que será para peor? ¿Quién puede asegurarlo? Cuando tienes unos añitos te acostumbras a relativizar las cosas que ocurren. Muchos eventos que parecen de entrada nefastos , a la larga muestran un rostro creativo y positivo y fueron el comienzo de algo nuevo y bueno. "Ver que no es razonable preocuparse no evita la preocupación; antes bien, uno se preocupa más al constatar que no es razonable" Por tanto, Watts y Spinoza coinciden: "Abre los  ojos, experimenta que eres parte de lo que existe, esa acción tan sencilla te transformará ya que muestra a través de la comprensión y la vida que muchos de nuestros problemas más desconcertantes son pura ilusión""El temor, el dolor, el pesar y el hastío seguirán siendo problemas si no los comprendemos, pero comprenderlos requiere una mente única y no dividida. Tu y la experiencia que vives sois la misma cosa. No estáis divididos"".

Le seguridad es el apego al pasado, ya lo sabemos. A lo conocido. Es un condicionamiento que te cierra puertas y ventanas y te estrecha la vida, cuando no te amarga. No puedes vivir apegándote al pasado, reflexiona. Las soluciones y remedios de antaño no suelen ser eficaces hogaño. En el mundo en que vivimos, nos diría Watts si aún viviera, la evolución viaja en jet y los  humanos seguimos avanzando a pie. Hemos de acostumbrarnos a lo nuevo, lo desconocido, lo inesperado que suele ser incierto por definición. Para ello hay que abrir nuevos caminos y amoldarse a los cambios (o ser arrasados por ellos). Las nuevas generaciones amarían a Watts. Ellos, ustedes, saben de qué hablo: un mundo en el que el cambio es un motor programado para buscar la excelencia. Aunque, realmente, nadie sabe adónde vamos a parar, en qué dirección nos movemos. Y como dice el chiste: ¿Habrá taxi para volver? Quizá al final de nuestro camino descubramos algo que sabíamos desde el primer paso: la sabiduría de vivir consiste en aceptar la inseguridad como algo inevitable y amoldarnos a ella.

Como dice Watts, "...sólo nos parece la vida llena de significado cuando hemos visto que carece de propósito y sólo conocemos el "misterio del universo" cuando estamos convencidos de que no sabemos nada sobre él". La distancia cronológica que separa este texto de la actualidad (unos 70 años) no afecta ni un ápice a su pertinencia a las vacilaciones y defectos sociales y personales que seguimos manteniendo hoy con una obstinación rayana en la estulticia. Y sus mensaje siguen siendo útiles y sabios: "cuando dejamos de ver que nuestra vida es cambio, nos enfrentamos a nosotros mismos... la única manera de hacer que el cambio tenga sentido consiste en sumergirse en él, moverse con él, participar en el baile".

FICHA

LA SABIDURÍA DE LA INSEGURIDAD.- Alan Watts.- Trad. Jorge Fibla. Ed. Kairós.-150 págs. ISBN 9788472452800

 

 

 

 

 

 

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