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31 marzo 2022 4 31 /03 /marzo /2022 09:30

Hay un punto de conexión entre el autor de este libro, Jordi Pigem y el de este artículo. El haber conocido y tratado a un pensador de primera categoría, un erudito que además seguía un camino de excelencia espiritual, Raimon Panikkar, al que conocí y admiré en su retiro de Tavertet.  Precisamente uno de los términos filosóficos conceptuales que Panikkar desarrolló, la ecosofía, que definía como una suerte de escucha de la Tierra a través de sus manifestaciones animadas o estáticas, es uno de los principios dinámicos filosóficos que instrumenta Pigem en  "Así habla la Tierra".

Se nos propone un viaje a través de citas de poetas, escritores y filósofos desde los taoístas o budistas, hasta la Grecia  y la Roma clásicas, y las joyas literarias, filosóficas, científicas y  y poéticas que nos han legado a través de los siglos. Pero el grueso del volumen lo ocupan los comentarios personales del autor, articulados como la voz de la Tierra, donde se explicitan las maravillas, riquezas y desafíos, peligros y carencias que el planeta y el Cosmos nos ofrecen a todos los que, con ojos para  ver y sensibilidad para apreciar, nos conmueve y enriquece la comunión con la Naturaleza.

Decía Platón en el "Timeo": "este Cosmos es un ser vivo, dotado de psique y del intelecto...un ser vivo, único, visible, que contiene dentro de sí a todos los seres vivos, que por su naturaleza son sus congéneres". Este es el fondo latente  de la cuestión que desarrolla el libro de Pigem, que también cita al malogrado Giordano Bruno que alarmó a la Inquisición con su percepción de que "el alma del mundo es el principio constitutivo formal del universo y de todo lo que el Universo contiene". Lo pagaría con la vida.

Dividido en tres partes, Origen, Ciclos de vida y luz y Ecos, el libro deja una sensación deliciosa de humildad y reconocimiento ante la grandeza de la Naturaleza, a la que el autor da la posibilidad de expresarse y lo que nos dice nos emociona, nos apena y nos alarma, La Tierra nos apostrofa: "Creéis que estáis solos en la cúspide del mundo, que sois los únicos que sienten y piensan, los únicos que cuentan. Pero el árbol que tocáis también siente vuestro tacto, la tierra que pisáis también siente vuestros pasos, el agua en la que os zambullís siente vuestros cuerpos, el aire que respiráis siente vuestro ánimo. No estáis solos". 

Con la metáfora de un día narrativo, la Tierra nos habla del amanecer en maravillosos lugares del mundo, Mediterráneo, África, España. Nos recuerda a Leonardo da Vinci o Melville. Voces de mentes geniales fascinadas por la Tierra. Ella nos habla de sus aguas, sus peces, sus rocas, sus hayedos, sus bosques, citando lugares y rincones, la vida cambiante del subsuelo, lleno de energía potencial, nuestra cuna (humanos, viene de humus, nos recuerda), Anaxágoras que cifra en la contemplación del cielo y los astros el propósito de la existencia; nos habla de los ríos, el Congo, el Nilo, el Indo, todo fluye , todo vibra. Como para Hermann Hesse, el río es la metáfora de la vida humana. Después habla de los océanos y sus trillones de millones  de bacterias, virus y especies de peces, que constituyeron la cuna del hombre. Amanece en La Graciosa, en Irlanda, en los altos del Garajonay, en Islandia o Groenlandia, la Antártida, el Caribe  y esa gigantesca y desconocida cordillera submarina que atraviesa todo el Atlántico y de la que únicamente vemos las Azores o Islandia o en unos de sus brazos que pasa por el Indico y sube al Golfo de Omán y va hacia el Pacífico hasta el golfo de California.

Pero la voz de la Tierra evocada por Pigem también nos recuerda que esos colores del amanecer global sacan destellos sobre centenares de kilómetros de residuos plásticos en el Atlántico Norte, que anochece sobre otra gran mancha en el Pacífico norte y que brilla la luna sobre otra semejante en el Pacífico Sur. Se queja la Tierra de las más de cien mil sustancias contaminantes creadas por el hombre que van agostando las tierras, los ríos y los océanos del mundo.

La voz de la Tierra compara, con aliento poético y rigor científico el paralelismo existente entre los ríos y sus vidas y cursos (también sus accidentes y enfermedades) con las de los humanos y también la existencia de los animales en relación con los humanos en una red de redes que imitó Internet en su momento. El día del Planeta pasa y el mediodía nos coge en el delta del Níger  y en el Ródano, con su corrupción ecológica que anuncia un colapso que ya está aquí: "sin nubes no hay agua/sin agua no hay vida/ sin vida no hay nubes", el circuito fatal de la crisis climática. Y nos recuerda también la Tierra la extinción imparable y progresiva de la biodiversidad, de los miles de especies que desaparecen cada día a todos los niveles de la bioesfera. "Todo está conectado" dice la voz de la tierra. "¿Creéis  que los organismos tienen fronteras? Los organismos tienen una existencia entrelazadas y vosotros sois comunidades simbióticas también. No hay vida sin ecosistemas". Y nosotros somos organismos entrelazados a todos aquellos a los que vamos extinguiendo. Es una cuestión de tiempo que nos llegue el turno,

Al final del libro, en Ecos, Pigem cita a su maestro Panikkar; "La vida no es un accidente que se adhiere a la materia...la Tierra es un ser vivo, el universo es un ser vivo, el cosmos entero está vivo...Es decir la realidad está viva". Resuena en esa venerada voz el eco de los budistas,taoístas y sabios griegos, los incontables y desconocidos maestros de culturas indígenas (la mayoría exterminadas) que vivían en simbiosis perfecta con la Naturaleza: "Puedes lanzarte al suelo y estirarte sobre la Madre Tierra, con la firme convicción de que eres uno con ella y ella contigo". (Erwin Schrödinger).

ALBERTO DÍAZ RUEDA

FICHA

ASÍ HABLA LA TIERRA.- Jordi Pigem.- Ed. Kairós.,135 págs.

 

 

 

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23 marzo 2022 3 23 /03 /marzo /2022 18:24

El autor, Juan José Tamayo, palentino de 75 años nos hace un severo análisis del mundo en el que vivimos, que es una negación absoluta de la compasión y una advertencia admonitoria a las personas que se sienten heridas por el silencio de Dios ante esta crisis sistémica que nos agobia por su impasible inevitabilidad.  Para ello se inspira en la experiencia de la crisis pandémica, una circunstancia que ha revelado y desnudado el principio ético de la compasión (o de su falta), un concepto que analiza a través de once capítulos, apoyándose en la historia, la psicología, la moral, la religiones y la filosofía, sin olvidar la teología, la ecología o la economía (ay, tan relevantes).

En esencia es el reto que nos impone el siglo: el silencio de Dios articulado con el “silencio“ de la compasión o su falsedad, que vienen a ser las dos caras de la misma sensación de absurda inoperancia que ambas trascienden. La ausencia de “Dios” es el reflejo inverso de la ausencia de compasión que aflora permanentemente en las relaciones humanas, familiares, sociales, de raza, religión, género sexual o sesgo político; en la desigualdad creada por la xenofobia, la falta de recursos, los excesos de producción y de consumo, la gradual destrucción del medio ambiente, la banalización de la cultura, el esclavismo digitalizado, los avances de fascismos y totalitarismos, la violencia como reacción gratuita e innecesaria, el desprecio a las leyes y a la autoridad. No se pretende comparar o compaginar la creencia en Dios con la necesidad de la compasión, sino destacar el hecho de que ambas proceden del mismo origen, la misma semilla: la idea de Dios es la de un Ser trascendente que atrae y libera lo mejor de nosotros y la de la compasión es una actitud, un sentimiento, que hace el mismo efecto en nosotros respecto a nuestros semejantes, ya que con ello facilita el encuentro con lo divino que es, por definición, lo que justifica la vida del creyente tanto como la compasión da sentido a la vida de la persona.

Esta articulación entre Dios y la compasión se convierte, cuando es una práctica, en una referencia ética que influye en todos los ámbitos del saber y el quehacer humanos. Y aquí no se trata de una cuestión entre creyentes y escépticos sino en una praxis que podría hacer que el progreso tecnológico en el que vivimos (y sus crisis) se vea acompañado por un progreso ético  en el que la solidaridad, la igualdad y la compasión logren, poco a poco, ayudar a superar o mitigar las brechas que contundentemente denuncia el libro de Tamayo: las de la desigualdad, la injusticia ecológica (con las cuatro amenazas que Leonardo Boff enumera: armas de destrucción masiva, escasez de agua potable, sobreexplotación de la Tierra y calentamiento global). Precisamente ese autor, citado por Tamayo,  destaca la necesidad de despertar mundialmente a la “espiritualidad”. Esa función o dimensión profunda del ser humano que está íntimamente relacionada con las ideas de lo divino y de la compasión. El odio y rechazo al Otro (inmigrantes y refugiados), la injusticia de género, la desigualdad económica, cultural y cognitiva, configuran una visión crítica del mundo donde, precisamente, se ignora la compasión y la fuerza redentora que daba la “existencia” de Dios (lejos del “Dios” de la intolerancia y el fanatismo).

Tamayo completa su libro con un erudito recorrido por las religiones y el papel de la compasión en sus estructuras, la teo-política de la compasión, el humanismo y transhumanismo del concepto, una suculenta referencia a la “memoria subversiva de las mujeres olvidadas”, el diálogo –tan necesario- entre religión y ciencia al respecto; algunos autores que reclaman la ética de la compasión y un epílogo magníficamente actual sobre una “mística de ojos abiertos”, que refleja la impotencia, los temores, la irritación ante algo que nos supera y no sabemos afrontar y también la solidaridad y la admiración por las actitudes y comportamientos de algunas personas de esta época de pandemia, que está lejos de concluir.

El doctor Tamayo, es bien conocido por quienes admiramos su labor como pensador y profesor y más aún su integridad filosófica y su talante crítico hacia ciertos temas candentes en nuestros días, desde la tragedia sistémica de los refugiados, la diversidad, el pluralismo religioso y los extremismos fundamentalistas, raciales o sexistas y la llamada teología de la liberación.

Para finalizar, como Tamayo escribe en su libro, la compasión y la empatía requieren una articulación y una reelaboración práctica, cotidiana y universal, ya que "el verdadero sentido de la compasión es ponerse en el lugar de las otras y los otros sufrientes en una relación de igualdad y empatía, asumir el dolor de las otras personas como propio, interiorizar a la otra persona dentro de nosotros y nosotras, sufrir no solo con los otros, sino en los otros, hasta identificarse con quien sufre y con sus sufrimientos, cuestión que no resulta fácil pero que es necesaria" .

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

 

FICHA

LA COMPASIÓN EN UN MUNDO INJUSTO.- Juan José Tamayo. Fragmenta Editorial.-296 págs.

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21 marzo 2022 1 21 /03 /marzo /2022 12:09

NOS ESTÁN CAMBIANDO EL MUNDO

Publicado en “la Comarca” el 18 abril 2022

Si usted, lector, tiene menos de 30  o 35 años no me entenderá, ni compartirá desde la nostalgia, las premisas que  el filósofo coreano de origen y alemán de adopción, Chul Han, desarrolla en un libro, “No cosas” que está creando desazón en los “jóvenes” de 50 años en adelante.  No por sus atrevidas observaciones y aún más radicales conclusiones, sino por el realismo con el que refleja la sociedad que nos está tocando vivir y la que nos espera a los que lleguen, si Putin no insiste en ser un “terminator” de tres al cuarto.

Vayamos a un ejemplo práctico: mis hijos y mucho menos mis nietos no comprenden en absoluto que guarde amorosamente los libros que ya he leído junto a los que no he leído y algunos que quizá no lea nunca, que los amontone en todos los huecos de la casa,  que los  siga comprando; que tenga discos de vinilo y cd's, videos y dvd's; que atesore miles de fotografías en blanco y negro y color en formato de papel o diapositiva; que tenga numerosos cuadros, esculturas, recuerdos de viajes, trajes, cacharros (como radios antiguas, proyectores de super 8, relojes de péndulo); que guarde los originales manuscritos de novelas, ensayos y artículos publicados, o no, durante toda mi vida; máquinas de escribir de los años 50 a los 70,  junto a viejos ordenadores; estilográficas y bolígrafos por decenas; libretas de muchos tamaños y agendas de hace decenios... y, aunque no lo crean, no esté diagnosticado de padecer el síndrome de Diógenes (apelativo injusto pues el cínico Diogenes fue un hombre nada apegado a las cosas).  Que sea feliz con todo eso y que también sea una fuente de inspiración y un goce difícil de definir.

Si Walter Benjamín levantara la cabeza ya no podría sostener que la relación de posesión es la más intensa que se puede tener con las cosas. Y esa relación de afecto, de fetichismo, sólo es posible en personas dotadas de una memoria vital que dudo tengan las nuevas generaciones,  para las que la vida es líquida, cambiante, acelerada y se basa en la información, en las experiencias. Lo digital carece de memoria , al fragmentar la vida cotidiana en numerosos bits. El fetichismo de los objetos, de las cosas, que nos evoca vivencias y etapas de la vida, empieza velozmente a desaparecer. Los nuevos habitantes de las redes sociales, que construyen sus vidas en torno a ellas, viven en el tiempo de las no-cosas.

Byung-Chul Han es uno de los filósofos más leídos en la actualidad. Nos habla de manera amena y atrevida, en casi todos sus libros, de la desmaterialización del mundo actual, la eliminación de lo físico, lo objetual, en nuestras vidas. Sigue las estelas del italiano Giorgio Agamben (el teórico de la “nuda vida” de los inmigrantes) el polaco Zygmunt  Bauman, (el de la “vida líquida”), el eslovaco Slavoj Zizek , el filósofo amigo de los chistes o el austriaco Peter Sloterdijk,  que fue “el joven airado” de la filosofía . Mientras que todo sea información, nos dicen estos autores, ésta seguirá haciendo desaparecer las cosas, puesto que la digitalización aboca a la desmaterialización del mundo. A más información, menos materia: un juego de suma cero. Un mundo digital no es un lugar para recuerdos y sí para datos. Hemos entrado en una era dominada por la infomanía, los megadatos y la hipertrofia de la información, lo cual tiene una lectura buena y otra que no lo es. Se trata de un camino lleno de incógnitas y no sabemos en qué va a desembocar. Es un cambio radical de paradigma, que no tiene precedentes y cuyo desenlace y etapas sólo podemos conjeturar. En los últimos veinte años la humanidad ha dado un salto cuántico en las formas de vida, los valores y costumbres, la moral y la ética.

No hay que esperar reversibilidad o arrepentimiento. Parece ser un camino de imposible retorno. Lo que venga, sea lo que sea, no tendrá apenas relación con lo que vivieron las generaciones del siglo XX y anteriores. El metaverso no nos recordará el pasado, vía archivos documentales. Sus algoritmos buscarán siempre elaborar lo nuevo. Pero algo hemos aprendido: las cosas materiales, que tanto habíamos rechazado, transmiten durabilidad y estabilidad, pues dan un sentido referencial a nuestra existencia. No somos seres digitales o virtuales, somos corporeidades físicas, en relación directa y homeostática con el medio ambiente y las fuerzas de la Naturaleza que nos condicionan de forma vital. Quizá el nuevo universo digital que nos engloba haga que nos importen menos las cosas, que no las tengamos en cuenta, con lo cual nuestra realidad pierde la firmeza y el sentido que ellas daban a nuestra vida.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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12 marzo 2022 6 12 /03 /marzo /2022 10:39

En este brillante y sorprendente libro del filósofo de la modernidad, el coreano Byung-Chul Han,  me he encontrado  con que, como de costumbre con este autor, me ha puesto negro sobre blanco una de las inquietudes cotidianas, sencilla y aparentemente triviales, que me asaltan por el simple hecho de vivir y comparar. Si usted, lector, tiene menos de 30  o 35 años no me entenderá ni compartirá, desde la nostalgia, las premisas que Chul Han desarrolla en este libro. Vayamos a un ejemplo práctico: mis hijos y mucho menos mis nietos no comprenden en absoluto que guarde amorosamente los libros que ya he leído junto a los que no he leido y quizá no lea nunca, que los amontone en todos los huecos de la casa,  que siga comprándolos. que tenga discos de vinilo y cd's, videos y dvd's, que atesore miles de fotografías en blanco y negro y color en formato de papel o diapositiva, que tenga numerosos cuadros, esculturas, recuerdos de viajes, trajes, cacharros (como radios antiguas, proyectores de super 8, relojes de péndulo, cuberterías y vajillas); que guarde los originales manuscritos de novelas, ensayos y artículos publicados, o no, durante toda mi vida, máquinas de escribir de los años cuarenta y sesenta junto a ordenadores; estilográficas y bolígrafos por decenas; libretas de muchos tamaños y agendas de hace decenios... y que no padezca el síndrome de Diógenes.  Que sea feliz con todo eso y alimente en mí recuerdos, dulces nostalgias y alguna tristeza. Y que también sea una fuente de inspiración y un goce difícil de definir que consiste en el "reencuentro" inesperado con una versión anterior, ya olvidada, de mi propio yo.

Si Walter Benjamin levantara la cabeza ya no podría sostener que la relación de posesión es la más intensa que se puede tener con las cosas. Y esa relación de afecto, de fetichismo, se percibe en personas dotadas de una memoria vital que dudo que tengan las nuevas generaciones para las que la vida se basa en la información, en las experiencias, puesto que lo digital carece de memoria al fragmentar en numerosas partes la vida. El fetichismo de los objetos, de las cosas, que nos evoca vivencias y etapas de la vida, empieza velozmente a desaparecer. Detrás de todas esas cosas que nos rodean de forma muy confortable hay historias y una narrativa de vivencias personales. Pero los nuevos habitantes de las redes sociales, que construyen sus vidas en todo a ellas, viven en el tiempo de las no-cosas.

Byung-Chul Han es uno de los filósofos más leídos en la actualidad en todo el planeta. Surcoreano, aunque residente desde hace décadas en Alemania es criticado por ser un filósofo accesible, fácil de leer y porque en muchos casos sus libros están configurados a partir de citas de otros filósofos como Barthes, Arendt, Benjamin o Martin Heidegger -cosa que, por cierto, hacen todos los filósofos: enanos subidos a hombros de gigantes, inevitablemente - en lugar de construir un "nuevo" sistema filosófico. En este libro Han nos habla de la desmaterialización del mundo actual, la eliminación de lo físico, lo objetual, en nuestras vidas. Mientras que todo sea información, ésta va a ir haciendo desaparecer las cosas, puesto que la digitalización aboca a la desmaterialización del mundo. A más información, menos materia: un juego de suma cero. Un mundo digital no es un lugar para recuerdos y sí para datos. Acabamos de iniciar una era dominada por la infomanía, los megadatos y la hipertrofia de la información, lo cual tiene una lectura buena y otra que no lo es. Empezando por la segunda, es un camino lleno de incógnitas y no sabemos en qué va a desembocar. Se trata de un cambio radical de paradigma, que no tiene precedentes y cuyo desenlace y etapas sólo podemos conjeturar. En los últimos veinte años la humanidad ha dado un salto cuántico en la forma de vida, los valores vigentes, la moral y la ética.

No hay que esperar reversibilidad o arrepentimiento. Parece ser un camino de imposible retorno. Lo que venga, sea lo que que sea, no tendrá apenas relación con lo que las generaciones del siglo XX vivieron . Ni siquiera el metaverso nos podrá informar, vía archivos documentales y algoritmos. Pero algo hemos aprendido: las cosas materiales, que tanto habíamos rechazado, transmiten durabilidad y estabilidad, pues dan un sentido referencial a nuestra existencia. No somos seres digitales o virtuales, somos corporeidades físicas, en relación directa y homeostática con el medio ambiente y las fuerzas de la Naturaleza que nos condicionan de forma vital. Quiza el nuevo universo digital que nos engloba haga que nos importen menos las cosas, que las tengamos menos en cuenta, con lo cual nuestra realidad pierde la firmeza y el sentido que las cosas proyectaban sobre nuestra vida.

Han nos dice  que para que poseamos algo es preciso que depositemos historia en ese algo, sino solo los usamos. Por eso, nos recuerda Benjamin, el coleccionista es una figura deseable y en trance de desaparecer, porque él confía a las cosas en un ultimo reducto donde se les despoja de su carácter de mercancía, de simple instrumento desechable y se les confiere una dignidad insoslayable que refleja nuestra propia dignidad, donde hay una historia, una belleza, unos rasgos de valor que están al margen del mercado y del precio.

Han, que a pesar de su pesimismo - bastante realista- tiene un ramalazo de ingenuidad, sugiere que sólo un giro romántico en el mundo y la debida re-materialización de la existencia, permitiría la vuelta de "lo otro" como valor intrínseco a la vida, esas cosas "con alma" con las que establecemos una relación cordial y profunda hasta integrarlas en nuestro universo personal, que se enriquecería con ello. Se trata de darles un significante "doméstico", un prurito de identificación por amor que se hace fuerte y sólido con el paso del tiempo (hablamos de "nuestra" pipa, "nuestra" máquina de escribir, "nuestra" pluma habituada al tacto de nuestra mano, etc.) Y este "domesticar" los objetos que nos constituyen de una forma algo mística, se repite con los "rituales" que en la vida pretérita daba ritmo y sentido cósmico a nuestra existencia: la vida sin repeticiones se convierte en algo líquido, fugaz. Los rituales  son arquitecturas del tiempo.

La "atención sin intención" es otra de  las sugerencias de Han que nos muestra el rechazo al principio básico de la información virtual: siempre es intencionada. Y ello nos hace perder la costumbre de poder  hacer una observación detallada de algo en un entorno estable. Y una observación libre de la demagogia virtual que busca siempre comunicar algo, instruir con una intención (política, moral o social). La virtualidad, por ejemplo en el arte, carece de la emoción primaria del contacto personal y directo. La pantalla como intermediario habitual de nuestra emociones áticas o estéticas, aplana, trivializa o banaliza la obra de arte.

FICHA

NO COSAS, quiebras del mundo de hoy.- Byung-Chul Han.- Trad. Joaquín Chamorro.- Ed. Taurus.- 139 págs.

 
 
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16 febrero 2022 3 16 /02 /febrero /2022 17:36

El autor de este libro, Máximo Gatta, es un bibliotecario profesional y erudito experto en  bibliofilia (como no es de extrañar) y sobre todo lector apasionado, colaborador en las principales revistas de Europa dedicadas a los libros y es director editorial de una firma dedicada a bibliografía, además de autor de artículos y libros sobre temas relacionados con los libros.

Durante la apasionante lectura de este pequeño libro de algo más de 150 páginas, más de la mitad ocupada por una bibliografía amplísima, estudios, novelas, relatos y análisis; artículos y números monográficos; catálogos. páginas web, y notas, amén de un prólogo de Luigi Mascheroni y un epílogo del ubicuo y ameno José Luis Melero, uno siente vibrar la fraternidad que une a todos los amantes de los libros. Y la simpatía -y el dolor- que provoca tratar de poner un cierto orden en los libros que uno tiene, que van generándose a mayor velocidad que la que usan en asentarse en su lugar. Es como una corriente viva, irregular pero constante, que va superando todos los órdenes y clasificaciones que tratamos de imponerle. Como dice Roberto Calasso, fundador de la editorial Adelphi y un notable autor de libros semejantes a éste, "el orden total es imposible, simplemente porque existe la entropía...pero como sin orden no se puede vivir, con los libros, como con todo lo demás, es preciso encontrar una vía intermedia". 

El recorrido por la bibliomanía y la bibliofilia a través de  autores conocidos desde Borges a Montaigne es uno de los placeres añadidos de esta lectura tan cercana a mi sensibilidad y a mis "problemas" con mi biblioteca. Como T.S. Eliot, uno de mis poetas preferidos,  a pesar de mis esfuerzos los libros se me escapan, huyen, se esconden y como él digo "tengo un cúmulo de libros tan variados, tan recalcitrantes a cualquier interno de orden, que cuando quiero consultar uno que sé que tengo, no consigo encontrarlo y me veo obligado a volverlo a comprar o a buscar en una biblioteca profesional". Aunque duplico con holgura los 10.000 libros de los que habla Mascheroni como la cifra "significativa" , no comparto la opinión despreciativa de ese autor cuando añade "por debajo de ese número no tiene sentido hablar de ordenar la propia biblioteca, es mejor dedicarse a la filatelia que ocupa menos espacio".  Bueno, mis libros, repartidos en tres casas, deben estar en torno a los 21.000, tirando a más y a pesar de mi duro trabajo ordenancista, ellos siguen una misteriosa dinámica propia que va superando todos mis intentos de orden. 

Pero eso provoca, como dice nuestro autor, un nuevo y renovado placer : el del reencuentro. De pronto, de una forma casual o mejor por sincronicidad junguiana, aparece el volumen que dias antes habíamos estado buscando desesperadamente. Es como el encuentro con el hijo pródigo. Uno tiene ganas de sacrificar un cordero para celebrarlo al estilo bíblico. En fin, el libro de Mássimo Gatta es una gozada que recomiendo a todos los "bilbiomaníacos" que me están leyendo.

Pertenezco al mismo mundo insomne de amantes de los libros que cita Massimo, desde gramáticos como Zenódoto de Éfeso: bibliotecarios como Gabriel Naudé; historiadores como Luciano Canfora; escritores como Jorge Luis Borges; editores como Roberto Calasso; y hasta diseñadores de moda como Karl Lagerfeld, a lo largo de la historia se han preguntado si es más adecuado el orden  o la desorganización igualmente ideal, de la propia biblioteca. Muchos nos hemos rendido al ‘horror vacui’, acaparando libros con poco control y amando ese desorden incontrolado  en la que a los libros les encanta jugar,como si se burlaran de su dueño para no ser encontrados, o serlo cuando ya no los necesitamos.  Es una lucha permanente y apasionante que sin duda perderemos pero a la que hay que prestarse, porque un orden, siquiera sea relativo,  debe obtenerse, simplemente para hacer viable la biblioteca y cumplir su misión: la de la lectura, el comentario o la escritura sobre ella, que es lo que promueve el libro.

FICHA

EL DESORDEN DE LOS LIBROS.- Massimo Gatta.- Trad. Amelia Pérez de Villar. Ed Fórcola.- 174 págs.

 

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17 enero 2022 1 17 /01 /enero /2022 17:59

SHANGRI-LA, NECESIDAD DE LA UTOPÍA

(Publicado en “Heraldo de Aragón” 170122)

El 17 de julio de 1936 se terminaba en los estudios californianos de Columbia el rodaje de la película “Horizontes perdidos” dirigida por Frank Capra. Está basada en una novela muy popular de James Hilton con el mismo título publicada en 1933. Un día más tarde empezaba la guerra civil española y comenzaban a cumplirse algunas de las profecías literario-políticas que Hilton proponía en la novela, una utópica historia a favor de la paz y el entendimiento entre todos los países y los seres humanos. A la guerra española le seguiría la II Guerra Mundial con un cargamento de horror tan despiadado y de tanta magnitud como nunca antes hubo en la historia de la Humanidad.

Es la historia de un lugar remoto en el Himalaya, Shangri-La, situado en  un valle llamado de la Luna Azul, dirigido por un monasterio lamaísta y con la misteriosa virtud de dar longevidad a sus habitantes. El fundador era un legendario sacerdote belga- con más de dos siglos de edad y ya a punto de morir-  que ha diseñado un plan para traer a un activo diplomático y hombre de acción británico llamado Robert Conway, cuyos trabajos por la paz habían llamado su atención y a quien consideraba su más idóneo sucesor.

Es una excelente película y no haré “spoiler” de ella. Véanla. En contra de lo habitual, es aún mejor que la novela en que se basa. Pero aquí me interesa destacar el mensaje que una y otra vez se nos va repitiendo. Es un pequeño país autónomo que se mantiene a sí mismo y sólo importa,  muy trabajosamente, de otros países lo más bello, inteligente y bueno que surge en ellos, desde grandes libros a obras de arte, música, ciencia, conocimiento de todo tipo y medicina. Acaba de terminar la Primera Guerra Mundial, pero a Shangri-La, resguardada por las montañas más altas del mundo sólo llegó el eco sombrío de aquél horror. La regla ética que rige en Shangri-La, es la moderación en todo. Incluso las relaciones humanas  están regidas por la cortesía y el afán de colaboración y solidaridad. Todos tienen bastante más de lo necesario para vivir y gozan de una estabilidad y un equilibrio personal y social que anula la conflictividad. No hay policía ni fuerzas armadas y las diferencias se dirimen por concertación y acuerdo mutuo. Incluso en temas religiosos hay concordia “Muchas religiones son moderadamente verdaderas”, dice uno de los personajes. Todos tienen tiempo para hacer su trabajo y disfrutar del ocio y las aficiones ya que “gozamos del tiempo, ese don raro y costoso que el mundo ha perdido más cuanto más lo ha perseguido”.

El  Gran Lama habla proféticamente del futuro que se avecina:”La tormenta que asolará al mundo está llegando y será tal como el mundo no ha visto jamás…no habrá refugio ni cobijo para nadie…el mundo se convertirá en un caos espantoso”. Recuerde el lector que Hilton publica la novela en 1933: Hitler es nombrado canciller de Alemania en enero y ejerció su espantoso poder doce años hasta el 30 de abril de 1945. El Gran Lama explica su “sueño” a Conway: “Cuando todo haya pasado y el mundo empiece a abrir los ojos a la paz, entre la miseria y la destrucción, daremos a conocer Shangri-La. Será el lugar sagrado donde se conserva la cultura y el conocimiento de la Humanidad. Aquí mantenemos los mejores logros artísticos y científicos para que no sea necesario partir de cero tras la hecatombe mundial”.

Desde Homero a Platón, San Agustín o Thomas Moro, pasando por Rabelais, Campanella, Francis Bacon, Huxley, Swift, H.G.Wells, Samuel Butler, Ayn Rand, Orwell o Herman Hesse, escritores, filósofos y poetas han alimentado el deseo de encontrar la utopía (en griego, “no lugar”) en donde sería posible alcanzar los sueños más ansiados. En algunas de esas obras se juega con su réplica, la distopía, en la que los sueños utópicos se convierten en pesadillas (cosa que desde el Paraíso Terrenal hasta el Paraíso Comunista de Marx, ha sido una constante humana). Freud no ve posible- aunque la desea- la utopía de una “Edad de Oro” en el que los dos elementos antagónicos de nuestra cultura, el Trabajo y el Goce se armonizarían. Pero ese equilibrio dialéctico es imposible: Freud no cree en un final feliz, ni en la posibilidad de que cualquier final pueda ser feliz.

Sin embargo hay algo inocente, hermoso, optimista, esperanzador, en la idea de un futuro “Shangri-La” real. Es decir, un lugar donde se preserve el saber, la belleza y la creatividad humana. Un pequeño país estructurado como si fuera la Biblioteca de Alejandría. Aunque quizá nos hemos de conformar con mantener un Shangri-La en la mente de cada uno de nosotros: la voluntad permanente de conservar algún elemento de la cultura de la época en que vivimos para compartirlo con los demás. En “Fahrenheit 451”, la novela de Ray Bradbury, en el mundo los libros están prohibidos y son quemados, pero algunas personas conservan en su memoria un clásico literario completo cada una. Podían repetirlo ante cualquier oyente que lo deseara.  Había un hombre “Robinson Crusoe”,  otro “La Ilíada” y  otro “Don Quijote”, entre muchos cientos de libros andantes. También nosotros deberíamos proteger nuestros sueños.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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7 enero 2022 5 07 /01 /enero /2022 11:05

ARTÍCULO PUBLICADO EN LA REVISTA "COMPROMISO Y CULTURA" enero de 2022

Me van a permitir empezar por el final. Escribir sobre límites éticos en nuestro mundo es zambullirte en la piscina del horror desde el trampolín de la torpe (des) política que nos alarma. El escenario lo conocemos: ya sea desde nuestra pobre, vocinglera, obcecada España hasta el confluencia en ruta de colisión de las grandes potencias nuevamente polarizadas: Rusia, China “et alii”, frente a Estados Unidos y la UE, ante la mirada impotente de cientos de países cargados de problemas propios y, en torno a todos, una crisis sistémica global servida en la bandeja de una pandemia por ahora incontrolable. Por tanto, entremos en el análisis de los paradójicos límites éticos, pero no antes de rescatar un principio básico –que suena utópico- y está presente en el ser humano. Aunque ignorado, podría ser un esperanzador “quizá” como final del artículo.

Dice Simone Weil, la malograda víctima de la política del desastre de la primera mitad del siglo XX, despedazada entre el fascismo español y el nazismo alemán: “Amar y ser amado no tiene otro efecto que hacer mutuamente más concreta la existencia”. Y Josep Mª Esquirol, agudo y brillante, apostilla : “Quien no cree en lo que ve, ni en lo que toca, ni en lo que siente y, sobre todo, quien no sabe hacer del otro el prójimo y el amigo, no va bien, ni está bien. Y no puede confiar en nada ni en nadie. No cree en nada o cree que todo es una especie de nada…en cambio quien cree en lo que toca, confía y cree también en lo que no puede tocar. Porque justo por la honda sencillez de lo concreto, quien mira lo más visible, ve lo invisible. Y quien cree en lo más creíble, cree en lo increíble”. Es la revolución del individuo contra la entropía del sistema: nuestra esperanza de futuro.

El libro de Michael J. Sandel, profesor de filosofía política en Harvard, “Lo que el dinero no puede comprar” nos pone en el carril principal de la autopista del desastre por la que circula el siglo XXI (casi copiando, con otros parámetros, el desconcierto, la codicia y la estupidez de la Humanidad en las mismas décadas del siglo pasado). Como entonces, hemos topado con el quevediano “Don Dinero”, ese poderoso caballero omnipresente sin patria, alma o rostro. En este libro llegamos a saber, con bastante tristeza pero abrumador realismo, que el número de cosas que no se pueden comprar con dinero en este mundo de hoy ha disminuido de forma radical respecto a las pretensiones éticas de otros tiempos. Pongamos como posible punto de referencia de valoración humanística, la revolución francesa y la americana y la Ilustración.

Sandel nos propone una divertida lista de las “nuevas” incursiones del dinero y el mercado contra antiguas nociones éticas y buenas costumbres afirmadas por la educación, la civilización y las religiones. Con un cinismo operativo que para sí hubieran querido Maquiavelo, Adam Smith o el Marqués de Sade, las supuestas “leyes del Mercado” han conseguido que hoy día con una buena cartera de billetes usted pueda conseguirse una celda mejor si debe ingresar en prisión, comidas especiales y una cierta vigilancia de su persona. Ustedes me dirán, “eso ha sido siempre” y lo van repetir en muchos de los ejemplos. Pero hay una diferencia sustancial: antes era una “mordida”, una corruptela de guardianes u oficiales: ahora está admitido “legalmente”, nadie protesta y nadie se queja. En algunas autopistas hay un carril especial para evitar atascos para servicios y seguridad, usted podrá circular por ellos pagando una tarifa. Si quiere emigrar a Estados Unidos  y tener permiso de residencia legal basta que invierta 500.000 dólares en una zona deprimida del país y crear al menos diez puestos de trabajo.  Si quiere cazar una  especie de animal protegida por peligro de extinción, sólo es cuestión de precio. Si está dispuesto a pagar de 1.500 a 25.000 dólares anuales a su médico especialista, tendrá su teléfono móvil personal y será atendido sin esperas o vendrá a su domicilio a atenderle. La admisión de un hijo suyo en una de las mejores universidades también tiene un precio para no pasar por el exigente tribunal de admisión. Hay empresas que pagan a personas sin trabajo para que hagan colas por usted para conseguir entradas para un espectáculo o en un espacio público donde solucionar cuestiones burocráticas, o políticas.  Puede comprar el seguro de vida de un anciano o un enfermo, pagará las cuotas mensuales mientras éste viva y obtenga los beneficios del seguro cuando fallezca. En ciertos parques recreativos, pagando un entrada mucho más cara, usted y su familia no tendrán que hacer cola alguna, entrarán directamente en la atracción. Si necesita una “madre de alquiler” a bajo precio hay empresas que se la consiguen en cualquier país en desarrollo. Si necesita popularidad con fines políticos o económicos ya tenemos empresas que le convierten en un “influencer” o en un popular candidato, a través de internet y los media. Hasta los Gobiernos admiten la proliferación de empresas de seguridad privadas para que cubran exigencias en lugares o situaciones donde la policía o el ejército no llegan.

Como escribe Sandel “vivimos en una época en que casi todo puede comprarse o venderse. A lo largo de las últimas tres décadas los mercados de valores han llegado a gobernar nuestras vidas como nunca antes lo habían hecho”.  Esa intromisión de los mercados y el pensamiento orientado a su predominio en aspectos regidos por normas éticas o de convivencia no mercantiles, es uno de los hechos que nos hacen cuestionarnos los límites éticos de nuestra cultura. En ella, instituciones como colegios, hospitales, prisiones o residencias se han convertido en privadas y lucrativas para fondos de inversión, afectando no sólo la calidad del servicio sino a los principios de igualdad y solidaridad social. Todas estas situaciones crean un substrato social en el que los ciudadanos comienzan a recelar e indignarse por dos cuestiones: la desigualdad y la corrupción que se generan con el patrón hegemónico del dinero como fuente de “derechos” y la gradual pérdida de valor intrínseco del Estado como garantía de la democrática igualdad. Hemos pasado de tener una sociedad de mercado a ser una sociedad de mercado. Eso está creando un enorme rencor en la población más desfavorecida y un vacío de justicia en el discurso público. Ya no hay interlocutor válido para un debate sobre los límites éticos del mercado, pues el discurso político carece de justificación operativa ética y moral y se ha convertido en pura gestión tecnocrática. En el libro, el lector es informado de cómo podríamos proteger ciertos bienes morales y cívicos a fin de que la codicia amoral de los mercados no pueda anularlos a cambio de dinero.

Precisamente el poeta polaco Adam Zagajewski en su “En defensa del fervor” nos propone una recuperación de los valores propios de nuestra cultura: la serenidad, la valentía, el pensamiento crítico, la belleza, el respeto, la solidaridad, la empatía con los otros  y una cierta seriedad metafísica que contrarreste los excesos de una vida limitada por el poder del dinero y el mercado. Zagajewski (nacido en Lwow en 1945) recibió el premio Princesa de Asturias de las Letras en 2017, aunque es uno de los ilustres semi desconocidos en nuestro país, poco dado a la poesía últimamente, (aunque la mayoría de sus obras han sido traducidas y publicadas aquí). Fue un destacado disidente del régimen comunista polaco, que prohibió su obra,. Estuvo exiliado desde 1982  en Alemania, Francia y Estados Unidos. Sus obra poética incluye: "Ir a Lviv" (1985), "Tierra de fuego" (1994) y "Retorno" (2003). Aparte de ensayos de gran calidad como el que comento y otro titulado "Solidaridad y soledad" (1968). Falleció en marzo del año pasado.

Nuestro autor nos dice que una de las maneras con  las que uno puede renovar los lazos éticos que le deberían vincular al mundo,  es “desvelar el misterio que cubre con un tupido velo las cosas más importantes, el tiempo, el amor, el mal, la belleza y la trascendencia”. Y aceptar el grado de estimulante inseguridad que nos produce el convivir con el misterio y con la seguridad de que no hay una sola metáfora acertada para salvar a esta civilización perdida en la dialéctica del ser y el tener. En la selva de la oferta y la demanda, los límites éticos se difuminan porque es así como lo hemos aceptado inconscientemente por comodidad, interés o placer: cada vez que decimos “si” al control que va implícito con algunos “servicios” que nos proporcionan y sin los cuales la vida cotidiana sería menos cómoda y más complicada. El principio del fin fue cuando todos consideramos lógico y aceptable el aserto de que nada es gratis. De una forma u otra hay que pagar por todo lo que nuestra civilización nos proporciona (y sin lo que ya no sabemos vivir). Aunque, A.Z. nos recuerda que deberíamos evitar “conclusiones ideológicas globales que ya no están al amparo de ninguna clase de sentido del humor ni de dudas sobre la propia clarividencia”. El velo de las cosas sobre el futuro no se ha levantado y cualquier predicción es un exceso narrativo. Por ello nuestro autor nos regala una reflexión que puede poner punto final a este trabajo: “Sabemos o adivinamos que la modernidad (el estado actual de nuestra sociedad) no debe combatirse (porque nadie la vencerá) sino que achacándole muchas cosas y por más que nos indignen algunas de sus facetas menos inteligentes, debemos corregirla, completarla, mejorarla, enriquecerla, debemos hablarle. La modernidad está en nuestro interior, en nuestros adentros, y ya es demasiado tarde para limitarnos a criticarla desde fuera”. Por ello resulta evidente que una actitud intransigente, desprovista de sentido común y de humor indulgente no nos ayudará a vivir en este mundo ridículo, cruel e imperfecto.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

FICHAS

HUMANO, MÁS HUMANO.- Josep Mª Esquirol.- Ed. Acantilado.-173 págs.

LO QUE EL DINERO NO PUEDE COMPRAR.- Michael J. Sandel.- Trad. Joaquín Chamorro.- Edit. Penguin, Random House. 253 págs

EN DEFENSA DEL FERVOR. Adam Zagajewski.- Trad. A.Rubió y J. Slawomirski.- E. Acantilado.214 págs.

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25 diciembre 2021 6 25 /12 /diciembre /2021 16:56

 

Este texto está dedicado a la memoria de Adam Zagajewski, poeta polaco que falleció en Cracovia el  21 de marzo de este año que acaba.

"Pero nosotros, que de niños jugábamos, con deleite -y por fuerza- entre las ruinas que nos habían dejado en herencia las innumerables proezas de nuestros intrépidos y elocuentes predecesores... somos escépticos respecto a una retórica de estilo elevado y muecas pomposas. Adivinamos que la modernidad digital que nos agobia no debe combatirse (porque nadie la vencerá) sino que a pesar de sus muchos defectos y por mas que nos indignen algunas de sus funciones y cometidos menos inteligentes, debemos corregirla, completarla, mejorarla, enriquecerla humanamente, debemos comunicarnos con ella. Las nuevas tecnologías están ya en nuestros cerebros y es demasiado tarde para tratar de ignorarla y menos de anularla." ( pág.52). Si el lector se adentra en la fértil y estimulante lectura del libro del poeta  polaco Adam Zagajewski, que hoy analizo, encontrará este párrafo aunque no exactamente escrito de la misma manera. Lo he adaptado un poco a un mensaje más acorde con el tiempo que ahora mismo vivimos, ya que originalmente fue escrito hace más de veinte años. Pero estoy seguro que A.Z. vería con simpatía la pequeña profanación literaria.

En definitiva, lo que cuenta es la decidida recomendación que hago para que se adentren reposadamente en la lectura de "En defensa del fervor", donde la fuerza interior del poeta se metaboliza en observaciones agudas y brillantes sobre autores, hechos, historia, filosofía y, naturalmente poesía, de grandes de la literatura europea, con ese sentido humanístico que floreció en la Europa arrasada por la segunda guerra mundial y que ha dado genios de la talla de Rilke, Benjamin, Hannah Arendt, Stefan Zweig, Simone Weil, Mann, Freud, todos ellos tocados y muchos derribados por una época sombría y extremadamente cruel.

En eta obra somos testigos de excepción en algunos momentos de cómo funciona el "taller interior" del poeta, sobre todo cuando sus comentarios y reflexiones son sobre otros poetas o escritores o filósofos, como Nietzsche, Cioran (del que hace un agudo análisis) o Czeslaw Milosz, amigo personal de Adam. En ellos se desprenden ecos de los mecanismos casi inconscientes que fertilizan su poesía y  esa percepción de lo real que los poetas convierten en su campo de trabajo. Y eso en una época como  la que hemos vivido donde "se siente una indiferencia total por los problemas metafísicos, confirmando con tristeza la lenta atrofia de la imaginación espiritual".  Para ello analiza la ironía y el cinismo como herramientas necesarias para encontrar "la chispa de la antigua visión mágica del mundo.” 

Zagajewski (nacido en Lwow en 1945) recibió el premio Princesa de Asturias de las Letras en 2017, aunque es uno de los ilustres semi desconocidos en nuestro país, poco dado a la poesía ultimamente, (aunque la mayoría de sus obras han sido traducidas y publicadas aquí. Fue un destacado disidente del régimen comunista polaco que prohibió su obra,. Estuvo exiliado desde 1982  en Alemania, Francia y Estados Unidos. Sus obra poética incluye:  "Ir a Lviv" (1985), "Tierra de fuego" (1994) y "Retorno" (2003). Aparte de ensayos de gran calidad como el que comento y otro titulado "Solidaridad y soledad" (1968). En ellos sostenía que los polacos debían "alzarse contra las falsificaciones de la realidad y la apropiación del lenguaje por la ideología y propaganda  comunistas.

Aquí, A.Z.  analiza el fervor y lo sublime, antes de dejarnos páginas memorables sobre Nietzsche, el arte poético, en un paradójico "Contra la poesía" y una variedad de asuntos: desde el ocio, a las visitas a los lugares santos, y remembranzas de un "París de tonos grises" o las desventuras obligadas de escribir en polaco, donde brilla una ironía amable y comprensiva.

Su defensa del fervor sólo es analizado en profundidad en el primero de los ensayos del libro, pero en esencia, parece reflejarse en todos los demás, en los que usa un entusiasmo que hace revivir el fervor y la ironía humanista, que suele aparecer con las dictaduras y la barbarie. Por ello "expresa su decepción por la muerte de la esperanza utópica y la crisis de ideas causada por la erosión y el desdoro de las doctrinas que intentaban sustituir la tradicional metafísica de las convicciones religiosas por teorías políticas de carácter escatológico".  Aunque no se recata de dar un toque de atención: "A veces la ironía expresa algo más: la desorientación en medio de una realidad plural. A menudo simplemente encubre la pobreza de pensamiento. Porque si no se sabe qué hacer, lo mejor es volverse irónico". 

Seguimos pues, nos dice AZ. con esta etapa de un "peregrinaje eterno e interminable".  No en vano,  define a los ciudadanos de esta época usando el término  platónico de "metaxú", vivimos entre nuestro entorno, que creemos conocer, concreto y material y la trascendencia, el misterio de lo inefable. "Metaxú" es el estado de un ser que siempre está, irremediablemente, a medio camino de todo. Incluso de la búsqueda de la belleza.  Zagajewski  considera al poeta ideal como "aquel que es capaz de asumir y controlar la oscilación entre ironía y fervor, humor y misticismo, realidad y trascendentalidad". Y propone a su admirado Czeslaw Milosz, al que dedica uno de los ensayos del libro «La razón y las rosas». Para los poetas como él, "lo sublime es una experiencia del misterio del mundo, un escalofrío metafísico, una gran sorpresa, un deslumbramiento y una sensación de estar cerca de lo inefable".

En otro de sus capítulos AZ hace una defensa numantina de la poesía argumentando en su contra: a través de la inspiración, que "parece elevarnos por encima de la cotidianidad para que podamos contemplar el mundo con atención y fervor al mismo tiempo" . Aunque el poeta en ninguna ocasión puede marginarse del debate intelectual de su época, única manera de dar a su obra un sentido y un valor.

En "La poesía y la duda" analiza la obra y a la vida de Emil Cioran,  y su elección de la duda como referente global de su trabajo y su ideología, un nihilismo absoluto, y al suicidio como único sistema para acabar con la "broma macabra de la vida". Sólo con el fervor, nos dice AZ, puede salvar a la poesía. Y al poeta. Así lo demostró él mismo a lo largo de su obra y de su vida. Descanse en paz.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

FICHA

EN DEFENSA DEL FERVOR.- Adam Zagajewaki.- Trad. A. Rubió y J. Slawomirski.- 215 págs.-Ed. Acantilado. ISBN 9788496489158

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13 diciembre 2021 1 13 /12 /diciembre /2021 12:15

HASTÍO Y BANALIDAD DEL MAL

Publicado en “Heraldo de Aragón” el 091221

Hay un paralelismo deprimente entre las actitudes sociales y políticas de la oscura primera mitad  del siglo XX y una semejante decadencia moral y ética en nuestro presente. Una exacerbación del extremismo y la violencia, una aparición -con otras formas y características- de seres humanos fuera de cualquier categoría:  “homo sacer”o “nulas vidas”, cuerpos sin identidad, números y estadísticas, sin derechos, trabajo, dinero o pasaporte, seres sobrantes, eliminables… Al otro lado del espejo, tras fronteras seguras y vigiladas, los ciudadanos oficiales, con papeles e identidad jurídica, miran pudorosamente hacia otra parte.

Después de la I Guerra Mundial fueron los judíos, gitanos, enemigos políticos, ciudadanos de zonas separadas e integradas en otros países. Personas estigmatizadas por ser negros o asiáticos, viejos, mujeres o niños. En estos días se trata de  inmigrantes, refugiados, oleadas de personas que mueren por salvar sus vidas, gentes de todo tipo hacinadas y explotadas en los suburbios de las grandes ciudades… El rechazo del Otro entre musulmanes y judíos en el mundo cristiano y viceversa. La coincidencia entre ciertos hechos y situaciones visibles cada  día, reflejos de la actualidad, y ciertas lecturas sobre los hechos vividos por una generación de filósofos de ambos sexos y poetas y narradores (que Wolfram Eilenberger situó en “tiempos sombríos”, de 1919 a 1943), entre ellos dos pensadoras judías, Hannah Arendt y Simone Weil, provoca una sensación por lo menos inquietante de “dejà vu”, de algo conocido y vivido, de una repetición,..

 

En el legado filosófico de Hannah Arendt se habla de la “banalidad del mal”, casi un cliché hoy día, que la misma autora delimitó y aclaró: el mal no es nunca banal, pero sí lo es la forma de producirlo, organizarlo, ampararlo o justificarlo. El mal que Eichmann ayudó a implementar no es banal, pero sí lo es la burocrática y eficaz indiferencia con que hacía su trabajo, así como la actitud de ignorancia tácita de la mayoría de la población alemana respecto a los horrores genocidas de los campos y la colaboración directa o indirecta que el régimen nazi exigía y recibía en el cumplimiento de sus objetivos (incluidos los Consejos Judíos: acusación que nunca se perdonó a Arendt).

En cuanto al concepto weiliano de “fuerza”, nos habla de los soldados –o políticos-  vencedores cuya victoria y ocasional omnipotencia les convierte en esclavos de su poder, carecen de palabras, razón, emoción o sentimiento. La fuerza absoluta transforma radicalmente al que detenta el poder y también a sus víctimas, los petrifica a ambos, los torna materia bruta y les desnuda de humanidad, poseídos por la pasividad éstos y dominados por la brutalidad sin odio, los otros.

Son los dos lados opuestos de la misma tragedia: vencedores y vencidos, el tirano y el esclavo, el poder absoluto y sus víctimas. Ambas son dos formas paralelas de una misma filosofía de la reducción, la que se articula en torno a un solo elemento, ya sea la física por ejemplo o el mal puro y simple. Y creo que en nuestra época ese elemento único que define nuestra realidad es la fuerza automatizada y el mal que se practica y extiende de forma banal: una simbiosis trágica.

A través de obras de autores como Nietzsche, Stefan Zweig, Benjamin, Heiddeger y Ortega, entre otros, se menciona el hastío que producen los excesos emocionales que rompen los límites de lo razonable, lo comprensible: cuando uno se cansa de tanto horror y entra en un estado pasivo e indiferente, como inmunizado por el dolor y la crueldad. Es el hastío de los soldados alemanes que “cumplían su deber de obediencia” conduciendo seres humanos deshumanizados al matadero…pero también ampliando el foco de la mirada, la riada inacabable de trágicas muertes de inmigrantes en pateras o detenidos en fronteras sin medios de supervivencia, los condenados por el virus en unos países sin medios (mientras en otros las vacunas caducan por falta de uso) y los que, teniéndolas, las rechazan por razones muy respetables pero contagian irresponsablemente a otros y ayudan a expandirla; la crisis económica que hunde a sectores de población; la violencia que se dispara por motivos fútiles entre jóvenes sin esperanza de mejora; la pérdida de confianza generalizada hacia los políticos; el acoso a las fuerzas del orden y el descrédito de los jueces…es el banal rosario de noticias de cada día.

Todo eso, ¿no es un reflejo especular de otras épocas donde se instauró el mal gracias a un hastío parecido y una banalidad operativa semejante? ¿Todavía no reconocemos nuestra responsabilidad conjunta hacia el mal? ¿No nos resulta familiar la “ignorancia” voluntaria de la mayoría de los individuos de las sociedades “con papeles”, ante ese conjunto de hechos y situaciones moralmente inaceptables? El hastío que genera la repetición de estímulos-imágenes-datos del horror y la banalización de lo que vemos una y otra vez…¿no nos convierte en cómplices de esa atroz injusticia global?

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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6 diciembre 2021 1 06 /12 /diciembre /2021 17:06

El autor, Juan José Tamayo, palentino de 75 años nos hace un severo análisis del mundo en el que vivimos, que es una negación absoluta de la compasión y una advertencia admonitoria a las personas que se sienten heridas por el silencio de Dios ante esta crisis sistémica que nos agobia por su impasible inevitabilidad.  Para ello se inspira en la experiencia de la crisis pandémica, una circunstancia que ha revelado y desnudado el principio ético de la compasión (o de su falta), un concepto que analiza a través de once capítulos, apoyándose en la historia, la psicología, la moral, la religiones y la filosofía, sin olvidar la teología, la ecología o la economía (ay, tan relevantes).

En esencia es el reto que nos impone el siglo: el silencio de Dios articulado con el “silencio“ de la compasión o su falsedad, que vienen a ser las dos caras de la misma sensación de absurda inoperancia que ambas trascienden. La ausencia de “Dios” es el reflejo inverso de la ausencia de compasión que aflora permanentemente en las relaciones humanas, familiares, sociales, de raza, religión, género sexual o sesgo político; en la desigualdad creada por la xenofobia, la falta de recursos, los excesos de producción y de consumo, la gradual destrucción del medio ambiente, la banalización de la cultura, el esclavismo digitalizado, los avances de fascismos y totalitarismos, la violencia como reacción gratuita e innecesaria, el desprecio a las leyes y a la autoridad. No se pretende comparar o compaginar la creencia en Dios con la necesidad de la compasión, sino destacar el hecho de que ambas proceden del mismo origen, la misma semilla: la idea de Dios es la de un Ser trascendente que atrae y libera lo mejor de nosotros y la de la compasión es una actitud, un sentimiento, que hace el mismo efecto en nosotros respecto a nuestros semejantes, ya que con ello facilita el encuentro con lo divino que es, por definición, lo que justifica la vida del creyente tanto como la compasión da sentido a la vida de la persona.

Esta articulación entre Dios y la compasión se convierte, cuando es una práctica, en una referencia ética que influye en todos los ámbitos del saber y el quehacer humanos. Y aquí no se trata de una cuestión entre creyentes y escépticos sino en una praxis que podría hacer que el progreso tecnológico en el que vivimos (y sus crisis) se vea acompañado por un progreso ético  en el que la solidaridad, la igualdad y la compasión logren, poco a poco, ayudar a superar o mitigar las brechas que contundentemente denuncia el libro de Tamayo: las de la desigualdad, la injusticia ecológica (con las cuatro amenazas que Leonardo Boff enumera: armas de destrucción masiva, escasez de agua potable, sobreexplotación de la Tierra y calentamiento global). Precisamente ese autor, citado por Tamayo,  destaca la necesidad de despertar mundialmente a la “espiritualidad”. Esa función o dimensión profunda del ser humano que está íntimamente relacionada con las ideas de lo divino y de la compasión. El odio y rechazo al Otro (inmigrantes y refugiados), la injusticia de género, la desigualdad económica, cultural y cognitiva, configuran una visión crítica del mundo donde, precisamente, se ignora la compasión y la fuerza redentora que daba la “existencia” de Dios (lejos del “Dios” de la intolerancia y el fanatismo).

Tamayo completa su libro con un erudito recorrido por las religiones y el papel de la compasión en sus estructuras, la teo-política de la compasión, el humanismo y transhumanismo del concepto, una suculenta referencia a la “memoria subversiva de las mujeres olvidadas”, el diálogo –tan necesario- entre religión y ciencia al respecto; algunos autores que reclaman la ética de la compasión y un epílogo magníficamente actual sobre una “mística de ojos abiertos”, que refleja la impotencia, los temores, la irritación ante algo que nos supera y no sabemos afrontar y también la solidaridad y la admiración por las actitudes y comportamientos de algunas personas de esta época de pandemia, que está lejos de concluir.

El doctor Tamayo, es bien conocido por quienes admiramos su labor como pensador y profesor y más aún su integridad filosófica y su talante crítico hacia ciertos temas candentes en nuestros días, desde la tragedia sistémica de los refugiados, la diversidad, el pluralismo religioso y los extremismos fundamentalistas, raciales o sexistas y la llamada teología de la liberación.

Para finalizar, como Tamayo escribe en su libro, la compasión y la empatía requieren una articulación y una reelaboración práctica, cotidiana y universal, ya que "el verdadero sentido de la compasión es ponerse en el lugar de las otras y los otros sufrientes en una relación de igualdad y empatía, asumir el dolor de las otras personas como propio, interiorizar a la otra persona dentro de nosotros y nosotras, sufrir no solo con los otros, sino en los otros, hasta identificarse con quien sufre y con sus sufrimientos, cuestión que no resulta fácil pero que es necesaria" .

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

 

FICHA

LA COMPASIÓN EN UN MUNDO INJUSTO.- Juan José Tamayo. Fragmenta Editorial.-296 págs.

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