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2 febrero 2023 4 02 /02 /febrero /2023 18:09

(PUBLICADO EN LA REVISTA "COMPROMISO Y CULTURA", febrero 2023)

De libros, librerías y bibliotecas (y 2)

El tipo que escribe para ustedes tiene vividos en su cuenta 76 (setenta y seis años), fue un lector precoz y devoraba cuanto material impreso caía en sus manos: fui un asiduo a las bibliotecas desde mi época escolar y surtía de lista de libros a toda la familia, por si llegaban épocas de regalos. Y no era una copia del repugnante niño Vicente, tenía mis pandillas, mis equipos de fútbol y fui descalabrado por alguna piedra bien lanzada en las guerras de guerrillas de los barrios. Pero siempre había un libro esperándome y unos momentos sagrados dedicados a Salgari, Julio Verne, Stevenson, Carroll, Peter Pan, Woogli, Sherlock Holmes, Guillermo Brown, el Guerrero del Antifaz, el Jabato o Roberto Alcázar y Pedrín. El hábito de la lectura ha sido mi compañía íntima toda la vida, me ha dado consuelo, amor, risas, astucia, inteligencia emocional y operativa, sentido crítico, hambre de sabiduría, conocimientos y una inextinguible ansia de comprender, a mí mismo y a los demás y al mundo que me rodea y sustenta. Las tres actividades profesionales que han enriquecido mi vida atestiguan mi pasión por los libros: periodista, psicólogo y escritor. Perdonen estas notas personales, sólo las cito como ejemplo práctico de la hipótesis que se defiende en este escrito: la lectura es una forma de vida, porque la vida como la lectura es ambigua y polivalente: nadie nos puede decir cuál es la forma correcta de lectura, como en la vida tampoco hay señales inequívocas que nos guíen. A veces coinciden en ambas, la lectura y la vida, algún principio operativo que las une. Por ejemplo, lo que Nietzsche y Wittgenstein recomendaban a sus lectores: la lentitud, la morosidad, el permitirse pensar antes que dar por sentado nada. Ni lo leído, ni lo que vives.

Para sustentar lo que antecede, en un principio barajé los nombres de Stefan Zweig, Harold Bloom, Thomas Mann o Virginia Woolf, como compañeros de viaje en este íntimo, interior y apasionante “vicio de la lectura”. Después pensé que en nuestra tierra también hay autores que han escrito libros muy adecuados y originales para mis intenciones y sin demasiada dificultad encontré algunos que no desmerecen en absoluto –en lo que concierne al tema que nos ocupa-  de los grandes clásicos citados.

Se trata de Joan Carles Mélich y Sebastià Serrano, dos catedráticos de la Universidad de Barcelona, el primero de Filosofía de la Educación y Serrano, de Lingüística. He escogido como referencia sus libros “La sabiduría de lo incierto. Lectura y condición humana” y “El regalo de la lectura”. Con ellos comprobé la veracidad de una frase de “La lectura como plegaria” de Mélich: “Hay dos formas de estudiar filosofía, leyendo a Aristóteles y a Kant, o leyendo a Dostoievski y a Kafka.”. Yo también prefiero la segunda. Realmente es más fácil comprender el mundo y las personas que lo habitamos, de una manera filosófica pero también vital y cotidiana, tras haber leído a Shakespeare, Dante, Cervantes, Melville, Proust, Rilke, Sófocles,Thomas Mann, Becket, Musil, Canetti, Pessoa, Virginia Wolf, Tólstoi, Dickens, Zweig, Zola, Flaubert…¿No me creen?

¿Cuántas Madame Bovary o Anna  Karenina ha conocido usted? ¿Cuántos Quijotes, Sanchos Panza, obsesionados capitán Aqab, tolerantes Leopoldos Bloom casados con Mollys quejosas y adúlteras? ¿Cuántas veces se ha visto en situaciones ”kafkianas”, sin sentido, absurdas, inexplicables, burocráticas de pesadilla? ¿O se han sentido como el protagonista de “El hombre sin atributos” de Musil? ¿O han padecido incomprensiones y persecución social como Oscar Wilde? ¿O sufrido el martirio de los celos, como nos cuenta Marcel Proust hasta la saciedad? ¿O desesperado tras el amor y la nada, como el Cónsul de “Bajo el volcán” de Lowry? ¿O enfermo de lucidez como en “La montaña mágica” de Thomas Mann? ¿O preso de la desesperación más atroz como en los libros de Primo Levi o de Jorge Semprún? ¿Cuántos potenciales personajes de Dostoievski deambulan por los juzgados y la prensa  de  sucesos? ¿Cuántas veces le han dicho que alguien tiene unos complejos de tipo freudiano o junguiano o lacaniano? ¿Sabe que la demanda feminista clásica de “una habitación propia” es el titulo de una novela de Virginia Woolf? ¿Se ha dado cuenta que leyendo a Shakespeare, -Ricardo III, Hamlet, Macbeth, el rey Lear-, comienza a entender uno a los dictadores-Putin, Trump, Bolsonaro- que nos rodean cada vez más, sus pasiones y sus miedos y manías? ¿Que leer a Rousseau y su “Emilio” nos da claves para entender el desbarajuste de la educación actual? ¿Que leyendo a Platon se comprenden muchos de los problemas que causan los sistemas religiosos cuando intervienen en la vida politica y social? ¿Cuántas similitudes sería capaz de ver entre Clarisa Dalloway, el personaje de V.Woolf , y muchas señoras casadas que conoce? Se sorprenderá de la agudeza de Dostoievski, cuando en “los hermanos Karamazov” nos narra la historia del Gran Inquisidor: en ninguna parte encontrará una parábola tan inquietante sobre las paradojas del cristianismo.

Estoy citando libros clásicos, los “libros venerables” como los llama Mélich (“ los que tienen un sentido infinito, inagotable, que siempre dicen más y de forma distinta, y que su sentido está en función del estado de ánimo y la experiencia vital del lector”) y que, para mí, tienen la particularidad casi “mágica” de ser increíblemente actuales, de ofrecernos unas ideas, conclusiones y enseñanzas que son pertinentes para nuestra época y para nuestros problemas de hoy. De ahí viene la cruzada que muchos llevamos a cabo para mentalizar a quien debería en las enrarecidas esferas del poder educativo (en el que el poder político mete corrompida baza disgregadora), de la importancia de la lectura, de los libros, de la reflexión calmada y del diálogo creativo y crítico, en la formación de nuestros jóvenes (que hoy ya están casi a la altura del analfabetismo horizontal).

Y corre prisa hacer algo al respecto. La Cultura es un bien de adquisición muy lenta, despaciosa y tan morosa como una abuela. Requiere atención, obstinación y una cierta humildad. Parafraseando a Goethe, “la gente no sabe cuánto tiempo y esfuerzo cuesta aprender a leer. He necesitado casi ochenta años para conseguirlo y todavía no sabría decir si lo he logrado”. El aprendizaje en la lectura es como en la vida: cuesta aprender como cuesta vivir (bien). Pero cuando lo consigues es igualmente gratificante en ambos casos. Y no hablo de “utilidad” o de “beneficios”, que desde luego los hay, pero son consecuencias, no objetivos. No leemos para ser más ricos y poderosos, sino para ser mejores personas y…quizá incluso más felices. Y “en eso estamos, porque vivimos leyendo, porque somos ‘seres con el libro’ y porque leer supone formarse uno mismo entre interrogantes y dudas”.

Como escribe Serrano, “leer es un ritual mediante el cual los textos creados por un autor se convierten en un  narrador interno del lector, en su propia voz dentro del cerebro”. Ese narrador interno –auxiliado, no lo olvidemos, por la memoria (¡ojo con seguir despreciando la memoria en la enseñanza!)- es la instancia mental personal que conecta en nuestro cerebro lo que hemos asimilado leyendo con lo que es un evento real en nuestras vidas y de esa forma articula una respuesta, que siempre será más rica en sentido y significado que si no tuviéramos esa referencia. Nuestras lecturas  forman parte de nuestra memoria episódica, pues somos en gran parte las historias que leemos, que nos cuentan y que nos contamos nosotros mismos. Las neuronas-espejo se ocupan en nuestro cerebro, mientras leemos, de identificarnos con ciertos personajes. Estamos tratando con el concepto del lenguaje (hablado o escrito) que es el “primer artefacto cultural que organiza el mundo y gestiona los sentimientos, designa y clasifica los objetos, dicta órdenes, describe el mundo y hace planes y previsiones”. Recordemos la frase de Wittgenstein, “los límites del lenguaje son los límites de mi universo personal, de mi mundo”. ¿Cómo se puede descuidar la enseñanza y el cultivo del lenguaje y sus herramientas, la lectura, los libros, en una propuesta educativa?

“La lectura permite conocer y aprender estrategias cognitivas y emocionales capaces de ayudarnos en el auto diseño de la propia personalidad y mejorarla si es preciso”, escribe Serrano, y añade “los relatos forman parte de nuestra memoria emocional y de la episódica y integran la historia de la cultura humana. Los efectos emocionales y cognitivos de las lecturas influyen en el comportamiento, la capacidad de tomar decisiones y las competencias comunicativas”. Se ha demostrado que la lectura estimula el correcto funcionamiento de la percepción, la atención, el lenguaje, la memoria, la comunicación, el razonamiento y la creatividad y es también un excelente neuroprotector en procesos de degeneración cognitiva, demencia senil y Alzheimer. Un neurólogo resumió esto con la frase: “Una buena lectura es una caricia, un delicado y delicioso masaje a nuestro cerebro”. Leer, nos lo dicen los expertos, favorece la estimulación cognitiva, la capacidad de centrar la atención, estimula la reflexión, ejercita todos los tipos de memoria (semántica, episódica, procedimental, perceptiva  y operativa de corto y largo término), alimenta la imaginación y la creatividad. Enriquece la reserva cognitiva, como si fuera un “plan de pensiones” neuronal. Lo cierto es que el bienestar personal y la felicidad tienen una gran vinculación cerebral con el lóbulo frontal izquierdo que, oh casualidad, es el que se ocupa precisamente de entender y asimilar lo que leemos,

Mélich nos recuerda que “al venir al mundo no heredamos una historia de hechos sino una gramática de historias”. Y se pregunta ¿quién no recuerda las historias que han marcado su vida? Las historias que nos contaron y nos cuentan y las que nos narramos –sea cual sea el soporte en el que nos lleguen- van modelando nuestra vida, lo queramos o no. Por eso es tan importante que eduquemos cierto sentido crítico que nos permita separar el grano de la paja, por así decirlo. Pues si hay historias que nos forman, también hay, la mayoría, que nos deforman, Y esa es una de las labores de la formación escolar, medio olvidada por el afán competencial y tecnológico que nos ha invadido.

Las materias que va tratando Mélich en su excelente libro, la relación de la lectura con la vida, las religiones “del Libro” y la escritura sagrada, germen de los fanatismos y el terrorismo religioso desde la Inquisición hasta las Cruzadas y el yihadismo o las obras de Montaigne, Descartes, Nietzsche, Cervantes, Rousseau o Freud galvanizan al lector en la primera parte del libro que titula: la herencia de una biblioteca, ya que son esos escritores y sus obras las que van sedimentándose en la sensibilidad del que las lee y con-forman de alguna manera la persona que es.

En la segunda parte de “La sabiduría de lo incierto”, intitulada “La condición lectora”, se entra de lleno en la filosofía del libro y en cómo la lectura va mostrándonos los infinitos matices humanos, el amor, el dolor, la crueldad, el Mal absoluto (encarnado en el capítulo dedicado a la literatura de los “lager”, como Buchenwald) y la necesidad de la compasión como compañía ineludible de la comprensión (al estilo de Hanna Arendt). Para terminar con una ética de la lectura. Nos detendremos en este último capítulo de este libro inagotable y sugerente.

Como escribe Mélich, “la lectura abre una grieta en el mundo, en la gramática heredada”. Le da sentido a la vida del lector, un sentido que siempre está al borde del vacío y el vértigo, porque cuestiona sus impuestas “reglas de decencia” y le arrebata su  historia, ya que es una “experiencia de transformación”. Ante esto, ¿cuáles son los elementos que configuran una ética de la lectura de los libros venerables? Melich enumera cinco: el respeto , no porque el libro no pueda ser cuestionado, eso lo convertiría en sagrado, sino porque puede y debe serlo, ya que en cada lectura nos abrirá un interrogante. El  silencio, la vieja exigencia del buen lector: el silencio propicia la atención, como la lentitud. La  infidelidad, no convertirse en siervo del texto. Contradecirle, buscar otras fuentes, complementarlo, abandonarlo  si es preciso. El desasosiego, uno sale vitalmente más ignorante que cuando empezó su lectura, aumenta su inquietud del no-saber, La sabiduría del clásico desvela mi docta ignorancia. La quinta norma ética es la lectura anárquica, que no tiene fundamento, origen ni finalidad. Ni método de lectura, ni maestro o director de lectura. Como escribe Mélich, “siempre se es un eterno estudiante, siempre se vive un poco a la intemperie, nadie puede vivir detrás de una mesa, protegido del mal tiempo y las tempestades”.

Leer, amigos, es una aventura muchas veces iniciática. Debemos inclinarnos ante la belleza y el privilegio de la lectura. Pertrecharnos de humildad, de silencio y arrinconemos a Kronos, el tiempo. Leamos con lentitud, saboreando el lenguaje, la idea, la imagen y el concepto.  Dejemos que la memoria actúe. No programemos esos momentos, pero sigamos la intuición de que lo hacemos en el reinado de Kairós, el momento adecuado.- ALBERTO DÍAZ RUEDA                    

 

FICHAS

LA SABIDURÍA DE LO INCIERTO.- Joan Carles Mèlich.-Tusquets Editores. 432 págs.

LA LECTURA COMO PLEGARIA.-J.C. Mèlich.-Fragmenta Ed.120 págs.

EL REGAL DE LA LECTURA.- Sebastià Serrano. Ara LLibres. 283págs.

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2 enero 2023 1 02 /01 /enero /2023 15:21

Este artículo se ha publicado en la revista "Compromiso y Cultura" de 1 de enero de 2023

Vamos a empezar este año azaroso y mal encauzado en muchos –demasiados- aspectos, con un canto enamorado a la lectura y a los libros, como un guiño a los dioses caprichosos que rigen el destino de los pueblos y el azar de los acontecimientos. Mantengo con tesón la idea de que no hay mal que no alivie una hora de lectura intensa o, por lo menos, que endulce un poco la amargura de ciertas situaciones personales o públicas o que destense y distraiga a la mente del agobio de las crisis concatenadas que nos afligen – guerra en Europa, cambio climático, economía, resurgencias epidémicas, violencia y agresividad…- en fin, como diría Mafalda, el “principióse” del “acabóse”. No hablo a humo de pajas: soy uno de esos sujetos más o menos memorables (por años, que no por méritos)  o “memoriable”, que ha ido sumando decenios y a través de su dilatada vida ha comprobado personalmente –y en amigos, conocidos y en la casi totalidad de los del gremio de la pluma, el libro y el pensamiento- que el citado aserto sobre la bondad salutífera de la lectura, entre otros efectos “casi mágicos”, es verdadero y comprobable incluso científicamente.  

 Cuando leemos se activan dos rutas cerebrales, la fonético-fonológica y la léxico semántica que se unen en el lóbulo temporal superior de nuestro cerebro y posibilitan el milagro evolucionista de la lectura, decodificando los signos y dándoles un significado y un sentido que les insufla el hipocampo (sede de la memoria) y la amígdala (emociones). Como escribe  Sebastià Serrano en “El regal de la lectura” (Arallibres): “leer es un ritual mediante el cual los textos creados por un autor se convierten en un narrador interno, el lector, en su propia voz dentro del  cerebro”. Y más adelante: “La lectura permite conocer y aprender estrategias cognitivas y emocionales capaces de ayudarnos al auto diseño de la propia personalidad y la mejora de muchos de sus aspectos”.

Por tanto este panegírico a la lectura vamos a transformarlo en un ameno e instructivo paseo por los libros y autores que han mostrado en sus textos la convicción común a todos nosotros de que el mundo del libro, las librerías y las bibliotecas no desaparecerán jamás, porque es un invento que cumple una función humana de primerísimo orden, tanto que es una de las que nos hace propiamente humanos: el vehículo de expresión del pensamiento, la belleza, la dignidad y los anhelos de nuestro género, ay, por otro lado, tan censurable y problemático como nos cuenta la historia y vemos cada día.

Ha sido la lectura de “El fantasma de las palabras” de  la encantadora septuagenaria Louise Erdrich (Editorial Siruela), la que me ha ofrecido la imagen nutricia de la idea que subyace en este artículo: la perennidad del libro, de los lectores y de los sueños que los enlazan a ambos a través de las palabras. Y el diálogo de Umberto Eco y Jean Claude Carriére (“Nadie acabará con los libros”, Ed. Lumen) el argumento complejo que anida en el corazón de los amantes de los libros: es uno de los inventos humanos-llave, como la rueda, las tijeras o la cuchara, destinados a sobrevivir por encima de cualquier cambio tecnológico en el mundo histérico, líquido y sin pausas, descansos  o respeto, bajo un ritmo no asimilable, que se nos está imponiendo a causa de la falta de orientación de lo humano. Como a ese personaje central (y fantasmal)  de la novela de Erdrich,  Flora, a la cual la pasión por el libro y la lectura – y algo más, que no les desvelaré- ha rescatado de la muerte y le permite deambular de forma irritante por los pasillos de la librería que visitó muy a menudo en  vida molestando  recalcitrantemente a la librera. A muchos de los personajes y autores de los libros que les voy a recomendar les alimenta esa misma pasión que algunos de ustedes, lectores de estas líneas, conocen bien y, si acaso, empiezan a conocerla, persistan en ella, porque es uno de los “alimentos terrestres” que nutre el alma como si fuera el “soma” de Huxley: la lectura.

Ese es precisamente el encanto que produce la lectura de las novelas que en norteamericano Christopher Morley dedicó a su tema favorito: “La librería ambulante” y “La librería encantada” (Ed. Periférica) situadas en un época ya algo lejana pero cuyo humor y fuera literaria evocativa, les hará pasar un gran rato. Asegurado. En la siguiente época, tras la II Guerra Mundial, Mary Ann Clark Bremer con su “Una biblioteca de verano”  y Petra Hartlieb con “Mi maravillosa librería” (ambas en Ed. Periférica) ambientada en Viena en nuestros días, evocan el poder de atracción que suscitan las librerías y el mundo que ellas contienen, como aglutinador humano.

En otro registro, el francés David Foenkinos escribe “La biblioteca de los libros rechazados”, (Ed. Alfaguara), que es una especie de “thriller” literario sobre un “best seller” con un autor fantasmal, donde el amor a las palabras se mezcla con el amor entre las personas.

Tampoco un clásico como Aldous Huxley se libra de fantasear sobre este mundo dinámico y mágico que rodea a los libros, y así nos deleita con “Si mi biblioteca ardiera esta noche” (Edhasa), que es un conjunto de artículos sobre la lectura. Con un dato sorprendente: años después de publicar este libro, la biblioteca personal de Huxley en Los Angeles se consumió por un incendio fortuito. Para aligerar un poco la lectura, una recomendación amable y divertida: “La pequeña librería de los corazones solitarios” de Annie Darling (Ed. Titania) sobre una lectora compulsiva de novelas de amor que lucha por sacar adelante, en Londres, una pequeña librería muy especial.

En otro orden de cosas, cuestiones  menos amables, como las dificultades familiares de una librera japonesa en “Hôzuki, la librería de Mitsuco” (Nordica libros) de la canadiense de origen japonés Aki Shimazaki. O como las relaciones a través de los libros entre una madre muy enferma y su hijo, de Will Schwalbe, “El club de lectura del final de tu vida”, (Arallibres). O, a propósito de Zweig, una deliciosa narración “La pequeña librería de Stefan Zweig” (Ed. Berenice) de Francisco Uría, que es el arte de convertir un detalle biográfico real, la escala en Vigo del barco que llevaba al escritor alemán al exilio en 1936, en una deliciosa cita imaginativa entre un librero gallego –preocupado por la guerra civil española, recién declarada- y un escritor alemán que temía por su vida, con la sombra homicida de Hitler a sus espaldas. El mismo escritor que más tarde, durante su exilio forzoso (que terminó en suicidio), escribió: “Los libros son mejor compañía que los humanos…son entidades físicas que median entre este mundo y otro superior”. Y, en un texto escrito poco antes de morir, recordaba su gran biblioteca perdida en Alemania: “Ahí estaban mis libros, esperando, en silencio. Mudos, se alinean  en sus estantes a lo largo de la pared…ni te llaman, ni te suplican… esperan a que te muestres receptivo hacia ellos, solo entonces se te abren. Primero tenemos que sentir la paz en nuestro interior: entonces es cuando estamos listos para ellos”. Y por esas incesantes lecturas, Zweig encontraba en su vida cotidiana lo que Aristóteles llamaba “anagnórisis”, “el más enigmático de los deleites estéticos”, cuando “reconocía” lugares, personas, caracteres o situaciones del mundo real que parecían reflejos de su memoria literaria.

Y para terminar, no se pierdan (hablando de las virtudes terapéuticas de la lectura) la novela de Elizabeth Noble, “El grupo de lectura”, (Ed. Roca) donde un grupo de damas casadas, en general con maridos insoportables e hijos incomprensibles, forman un pequeño club de lectoras donde las novelas y los personajes que analizan, acaban constituyendo no sólo una forma de aprendizaje psicológico de resistencia y de mejora, sino una percepción diferente de sus vidas y de sí mismas. Y como broche, el ensayo del zaragozano Ángel Esteban que en “El escritor en su paraíso” (Ed. Periférica) nos cuenta la vivencia, poco conocida, en las biografías de treinta grandes autores que, en algunos periodos de su existencia, fueron bibliotecarios.  Con un delicioso prólogo de Mario Vargas Llosa, Esteban nos cuenta las cuitas libreras de figuras como Georges Bataille, Borges, Lewis Carroll, Richard  Burton, el gran ensayista del siglo XVII, autor de “Anatomía de la Melancolía”,  Casanova, Rubén Darío, Goethe, los hermanos Grimm, Hölderlin, Musil, Onetti, Proust (éste no se estrenó en el oficio) y, por supuesto, el prologuista Vargas Llosa, entre otros.

La diversión está asegurada. Son quince libros que tienen como temática y motivo argumental a los libros, las librerías y las bibliotecas. Por esa razón, me excusan de la habitual lista bibliográfica. Tienen el autor, el título y la editorial, de cada uno de ellos. Si además tienen humor y ganas de pasarlo bien, ya saben. Contribuyan a que no cierren las librerías y las bibliotecas se queden sin socios y se conviertan en lugares fantasmales (para dolor de muchos de nosotros y desamparo y ruina intelectual de nuestros descendientes).

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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30 diciembre 2022 5 30 /12 /diciembre /2022 13:06

OBSERVATORIO POLÍTICO  INTERNACIONAL

 

Son muchos los pensadores de finales del siglo XX y de la primera mitad del actual que, seducidos por el rápido e imparable progreso tecnológico digital que nos está cambiando la vida cotidiana, apostaban por el fin de las guerras, al menos las generalizadas. Y que el complejo bélico que llevamos en los genes se iría apagando ante el limpio, aséptico, rico  y entretenido mundo que se vaticinaba, a tenor de los avances tecnológicos. Claro que los problemas que genera o agudiza esa tecnología se han enquistado en forma de cambio climático, escasez de determinados productos, contaminaciones de aguas y tierras en todo el globo, sequías y hambrunas sobrevenidas, movimientos de personas que abandonaban sus países por el ansia de mejorar sus vidas o incluso de sobrevivir. Y la eclosión generalizada de una forma de vivir en la que habían desaparecido las viejas, quizá defectuosas pero efectivas, jerarquías de valores familiares, sociales y generales. Ellas disminuían  la sensación de aislamiento, fortalecían los lazos de familia, pueblo, vecindad, relaciones entre sexos y entre clases, con aquellas obsoletas fórmulas que se basaban en la cortesía, el respeto, la educación, la  moralidad y el sentido ético entre las personas (con todos los fallos, errores o excesos inevitables).

Pero lo que no ha desaparecido -y en algunos sectores  se ha agudizado- es la estupidez que es, como se sabe, una de las mayores fuerzas destructivas existentes en el género humano y tan repartida y subestimada que es imposible encontrar a una persona que, en algún momento de su vida –los menos-, y de forma generalizada –los más-, no tengan a la estupidez, en una u otra de sus múltiples formas, apareciendo en sus actos, palabras o motivaciones. Naturalmente los  efectos de dicha estupidez generalizada aumentan  exponencialmente cuando se trata de líderes políticos, empresariales o mediáticos  (incluso los más racionales de entre ellos acaban haciendo alguna cosa muy estúpida). Ya sea que los catalizadores de esa estupidez sea el poder o la codicia (sin olvidar la vanidad, el orgullo, la mezquindad o la simple maldad). Y todas ellas disfrazadas de algún concepto noble y elevado: ya sea la nación, la raza o la supuesta seguridad: la estupidez es la fuerza motriz de la historia.

En 2022 se exacerbó esa estupidez compleja, con tantos frentes abiertos,  que nos han dejado su herencia de desequilibrio mundial y sistémico: lo menos apropiado para afrontar  el año 23 de este siglo, el  XXI, al que creíamos el inicio de la mejora de una Humanidad  hastiada por la violencia y el horror del siglo anterior. Pues bien, me temo que el año que nace este domingo, vamos a vivirlo “peligrosamente”. Resulta algo inoportuno (no les quiero amargar el fin de año), hacer de Casandra, la pitonisa infausta que anunció la ruina de Troya y no fue creída. Así que analicemos por encima la situación, sin  cargar las tintas.

El 24 de febrero de este año, cuando aún coleaba en algunos lugares  la demoledora pandemia de la Covid 19 y comenzábamos a  sacarnos la mascarilla y a darnos la mano y a difundir por todas partes  el “carpe diem” del sobreviviente, al señor Putin se le ocurre la muy calculada (sólo los tontos o los fanáticos adoctrinados  piensan que Putin es un psicópata)  pero poco realista idea de invadir Ucrania, llenando de estupor al mundo. Comenzaron las huidas de refugiados y los bombardeos a ciudades. Desde 1945 no se había visto algo así en Europa. Con ello se inicia una previsible cadena de efectos negativos que atañen no solo a rusos y ucranianos, sino que se expande como otra mortífera  pandemia por el resto del planeta, agudizando brutalmente los problemas sistémicos que la Covid  había despertado y añadiendo otros nuevos. Como decían en mi tierra “éramos pocos y parió la abuela”.

Pero como al aprendiz de brujo, a Putin le ha salido mal la atrevida jugada, no  ha medido bien reacciones y consecuencias y ha entrado en una dinámica donde ya es posible la psicopatía. Ahora es difícil y arriesgado hacer predicciones: el arco de posibilidades va desde un tiempo más o menos largo de inseguridad bélica con acuerdo final (costoso para todos) hasta, en el otro extremo, que a alguien se le afloje el gatillo nuclear y abra para la Humanidad un regreso desde los misiles a la garrota y la honda de pedruscos (más o menos al estilo del Kubrick de “¿Teléfono rojo?  Volamos hacia Moscú”).

Desde el final de la II Guerra Mundial no se había producido un enfrentamiento de tal magnitud entre grandes potencias que se disputan la hegemonía. Con el agravante de que se ha destruido el viejo orden bipolar, con un tercero en discordia, China,  y el reforzamiento de regímenes problemáticos como Turquía, India, Arabia, Saudí, Irán o Israel.  Envueltos en una, digamos, “ideología” que no tiene muchas diferencias entre sí. No se trata de socialismo- comunismo y de capitalismo más democracia. Sino de capitalismo “democrático” o capitalismo “autoritario y dictatorial”  y en los márgenes, los regímenes teocráticos. El resultado es el mismo: en todos los casos el poder lo ejerce una minoría económica, con una clase operativa muy bien pagada. En unos, esa clase está formada por políticos y funcionarios y se permiten las elecciones. En los otros, está formada por miembros del poder, jerarquizados. Y el brazo militar o policial está al servicio de dicha clase. Y, en un bando aparte, los Estados fanatizados religiosos.  La malla de seguridad de los sistemas capitalistas está formada por los ciudadanos, las poblaciones, subyugadas por la tecnología, las comunicaciones digitales y un cierto bienestar y seguridad, que es un subproducto del capitalismo, excepto en casos de crisis total. Para las dictaduras religiosas ni siquiera eso: lo cual significará su fin. La libertad y la opinión crítica, son entelequias para uso de intelectuales, a los que en algunos países se les permite ejercer de tales, en la creciente seguridad de que casi nadie les entiende y lo que es peor, a casi nadie les interesa. Y en los demás se les silencia o elimina.

El problema del incierto porvenir que nos espera en 2023, es que si nadie detiene la sangría Rusia-Ucrania (pero sin humillar a los rusos, por favor), los autócratas y líderes populistas de muchos otros países sentirán que se ha abierto la veda y las guerras de conquista de territorios vecinos vuelven a ser toleradas. Se habrá destruido ese débil pero creciente estado de opinión que consideraba a la larga más fructífera la paz y destinar parte de los abultados presupuestos de defensa de otros tiempos, a la Sanidad, la Enseñanza y el progreso científico, como estaba ocurriendo a principios del XXI. Ahora las naciones vuelven  a rearmarse y no hay dinero para hospitales, escuelas e investigación. La vulnerabilidad se convierte en una sensación global. Los populistas y los extremos políticos alientan un nacionalismo corto de vista: el patriotismo no consiste en odiar a los extranjeros, sino en amar a tus compatriotas; no consiste en amar tanto a tu terruño que debas odiar a muerte y poner fronteras a los de al lado, sino en llegar algún día a comprender que el único patriotismo válido es el de la Humanidad y el cuidado del planeta que habitamos.

Un hogar cósmico  donde sin unos valores éticos básicos universales y unas instituciones globales no será posible afrontar las enormes y titánicas dificultades que se han ido formando durante siglos por desconocimiento, ignorancia, mala voluntad, codicia, tendencia a la agresividad y a la violencia a través del  racismo, guerras de religión, depredadores económicos, inconsciencia ecológica, abusos, genocidios y guerras absurdas que pierden mucho más de lo que creen ganar. Como apuntaba Yuval Harari en un artículo donde se quejaba de que estábamos perdiendo el logro humanitario de este siglo: “teniendo en cuenta las guerras civiles, las insurgencias y el terrorismo,  sus víctimas han sido bastante menores que las que suman los suicidios, los accidentes de tráfico o las enfermedades cardíacas o producidas por el exceso alimentario.”  Las guerras no eran útiles para nadie y sí una pérdida brutal en vidas y bienes.

 Sólo en el capítulo bélico piensen que la guerra de Ucrania está rompiendo un estado de equilibrio en el mundo que era un freno efectivo a favor de la paz gracias a la contención de las armas nucleares que evita un suicidio colectivo. Pero aunque la guerra en Ucrania copa la atención política mediática por su importancia geoestratégica y económica, el resto del mundo no está en seráfica paz. Decenas de millones de personas están viviendo en condiciones espantosas afligidos por conflictos  con parecido impacto humano brutal, aunque sin la amenaza del Aramagedon nuclear.

En Etiopía, que había firmado una paz precaria en su guerra civil de dos años –cientos de miles de muertos y millones de desplazados- , se comienza a luchar en otra zona, la de Oromia.  En Yemen, una de las mayores crisis humanitarias del mundo, pueden recomenzar en cualquier momento unas hostilidades que ya han costado 400.000 muertos, un 60% por hambre, sed y falta de médicos y medicinas. En Siria, siguen los bombardeos turcos. En Congo, rebrota la guerra del Sahel con décadas de lucha, tras la retirada de las fuerzas francesas en Mali. En Sudán del Sur y Somalia siguen los combates contra el grupo yihadista Al Shabaab. Hay bombardeos israelíes contra objetivos sirios con presencia militar iraní, mientras los sirios a su vez atacan esporádicamente una zona del país, Idlib, en manos de grupos rebeldes. La ONU calcula que 15 millones de personas necesitan ayuda humanitaria urgente en Siria para sobrevivir.

En un mundo tan afligido por las guerras, las amenazas que se ciernen en un futuro cercano, impulsadas por el cambio climático, la contaminación, la crisis económica, las epidemias con vocación pandémica y la desorientación profunda del ser humano ante unas tecnologías que lo superan, configuran el escenario en el que , decíamos, vivimos peligrosamente. Sólo nos queda confiar en la resiliencia humana.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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25 noviembre 2022 5 25 /11 /noviembre /2022 16:28

La infocracia, como la ha llamado Byung-Chul Han, es un sistema político que ha construido un nuevo paradigma sostenido por los herederos directos de la digitalización. En este nuevo modelo de organización social, el individuo -entre otras cosas- respondería a los estímulos de la información como el galgo de la fábula. Un ser que, por instinto, va en busca de la noticia, pues siente, de manera casi vital, que eso lo conecta con el mundo. Despojado, en la sociedad digital, de las cadenas analógicas, el neo-informado percute compulsivamente las patas para lanzarse cavernícolas a la caza de información. Luego, una vez entre sus fauces, no se le ha enseñado a despellejarla y desvestir la sabrosa carne. La abandona, una vez alcanzada, dejando atrás la razón y, como el lebrel, inquieto (aunque, al menos para sí mismo, no confuso) salta en busca de la siguiente presa.

En los albores de la posmodernidad, antes del estallido de la red, hablábamos, como hacían Habermas o Manuel Castells, de mediocracia. La mediocracia, entendida como el poder de los medios, se caracterizaba por una imposición del relato desde las atalayas de los medios de comunicación tradicionales. Principalmente, los televisivos; la comidilla previa a la aparición del periodismo digital y las redes, eran los párrocos de la verdad. Con el ligero problema de que, como decía Kapuściński, el “telespectador de masas, al filo del tiempo, no conocerá más que la historia telefalsificada y solo un pequeño número de personas tendrán conciencia de que existe otra versión más auténtica de la historia”. A eso podemos añadir la capitalización de dichos canales de comunicación por el ocio y la perpetua búsqueda del entretenimiento. Algo que, para Habermas, entraba en conflicto directo con la existencia de un discurso racional.

En la infocracia, dirigida desde los nuevos canales de datos, el objetivo en los individuos es similar, la consecución de un placer, pero abandonado el terreno de la performance televisiva y analógica, este se encuentra en el autoadoctrinamiento y el narcisismo ideológico. En este recién estrenado sistema político, el big data y el reinado del algoritmo, ¡oh, algoritmo! ¡Ojo del Futuro, Destino Manifiesto de la Verdad!, proporcionan a los consumidores un relato antropofágico de sus deseos. En busca de información, el sistema los devuelve constantemente a aquello que los reafirma. Como dice Han, el macrodato sustituye la narración por lo numérico. Al ser lo numérico un absoluto sin discurso, nace una coreografía de la unilateralidad. Un onanismo de la noticia distanciada del hecho fáctico y arropada por el sentimentalismo, el oportunismo y la superficialidad.

La información ya no se divulga, se poliniza. Empleada como esperma mental, necesitamos de su alto contenido en actualidad para sentirnos parte de la vida. Estamos educados para creer que, sin avalanchas de datos, se nos escapa la existencia, cuando lo que se nos escapa es la razón, y lo que se nos brinda es una verdad como la de Goebbels; amartillada por constantes mentiras. Esto radica en que la catedral sobre la que reposa el peso de la civilización digital se alimenta del culto a la sobredosis. Cuanto más, mejor, se nos hace creer (cómo siempre ha defendido el capitalismo) y, sin embargo, no hay peor ignorancia que la que se cree sabia. Una brillante forma de economía vital ante la que los consumidores se pliegan vanagloriándose, como fanáticos que sólo han leído el Corán, en los divinos conocimientos sobre los que conocen el titular, pero sobre el que no han razonado ni dos minutos. Y es que, más fácil que domesticar un pueblo inculto, es dominar uno desinformado.

En esta línea, si regresamos a la infocracia de Han, el filósofo ve una evolución respecto a los viejos regímenes. En el antiguo, el espectáculo visibilizaba la dominación. Los sometidos eran conscientes de su sumisión a través de las representaciones populares del poder. En la Era Moderna, existía una mirada cargada directamente contra el ciudadano, lo que lo motivaba a cubrirse bien en la metafórica ducha de la sociedad para que los voyeurs dominantes no se regalasen la vista con sus pudores. Ahora, el régimen de la información nos regala un impoluto habitáculo; pulcro, de exquisita composición luminosa y cristales opacos, donde nos sentimos tan cómodos que lucimos los colgajos sin reservas. Poco importa que, al otro lado de la difusa mampara, el poder nos observe libremente.

Gozamos de ello como si nos hiciesen un final feliz mientras nos roban la cartera y la identidad. ¡Manipulación reglada de nuestros secretos! ¡Violación del autodesconocimiento! Porque al partir en roadtrip por las nuevas autopistas de la comunicación, dejamos una estela de transparencia tras nosotros con la que los algoritmos se ponen las botas de datos que, acto seguido, les permiten asfaltar el camino que habremos de recorrer. La infocracia explota nuestra libertad para optimizar el control, al que rendimos pleitesía con la eucaristía del like.

Otros, como Pierre Levy, han visto en esta nueva vía de comunicación la posibilidad de una “democracia virtual” o “ciberdemocracia”. La potencialidad de alcanzar una democracia directa, en la que los ciudadanos tendrían mayor acceso y decisión sobre instituciones, públicas y privadas, a fin de lograr un escenario óptimo para el intercambio de ideas y propuestas. Y, ¡he aquí un punto vital! Si bien parece que esta nueva forma de divulgación, de control y de adaptación beneficiosa de la verdad, se justificaría en la estructura tecnológica, Han, como otros -incluido servidor-, no focaliza la culpa del crimen en el arma, sino en el móvil. Los macrodatos no han hecho más que alimentar la crisis narrativa existente. 

En la guerra de la información se ha producido una quiebra del “pensamiento discursivo” que, para filósofos como Hannah Arendt, se sostiene en la necesaria existencia de un otro presente, capaz de rebatir las ideas. Se ha impuesto, paulatinamente, toda una ergonomía basada en el pensamiento unilateral y autista que impide la acción democrática. El orden comunicativo se ve mutilado de progreso al condenarlo, irremediablemente, al conflicto, esquivando la posibilidad de que haya desviaciones del discurso en un sentido positivo. No es la tecnología la que enferma la comunicación y el orden democrático, sino la desaparición del otro como sujeto de cuestionamiento.

De ahí que las líneas entre verdad y mentira sean cada vez más difusas, hasta el punto de que no se promueve la falsedad, ya que eso justificaría la existencia de una verdad no presentada, sino la construcción de nuevas verdades basadas, no en los hechos, sino en el sentimentalismo y el beneficio mercantil. Una información menos compleja, que despacha rápidamente la inseguridad, y a la que, como el galgo, los habitantes de la infocracia se lanzan sin remedio con el objetivo de satisfacer sus impulsos. Luego nacen las tribus, gregarias radicales y sectarias, que se vanaglorian en ese nihilismo de la verdad en el que todo es mentira, salvo aquello que les conviene.

Pero, como no hay análisis sin síntesis, existe una posibilidad; liviana, sutil e individual, de paliar este torbellino crítico. En primer lugar, no cayendo, como borrachos a la calzada, en el bombardeo algorítmico de propuestas que se nos lanzan cada vez que navegamos por la red. Así es, ese bolso que miraste una vez y ahora no para de salir en todas partes, o esa noticia escabrosa, sin ningún contenido más interesante que la satisfacción de una curiosidad cotilla, son territorios a esquivar. En segundo, y esta sería la más relevante, promoviendo, sobre todo en nosotros mismo, la posibilidad de ser autocríticos, de favorecer los canales de la discusión y, sobre todo, no negando la otredad, sino abriéndose a su enriquecedora existencia incluso con el temible riesgo de hacernos cambiar de opinión. En definitiva, aprender a desmenuzar la caza, no siendo un galgo doméstico, sino uno libre.  

SOBRE LA FIRMA

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31 octubre 2022 1 31 /10 /octubre /2022 18:41

ARTICULO PUBLICADO EN "COMPROMISO Y CULTURA", NOV.22

En estos tiempos digitales, los principios y los valores son monedas de escaso uso en un universo absurdo dominado  por “influencers” , por demagogos a sueldo de lo que llamamos “política”, (un producto más de mercadotecnia), una subclase ética formada por “políticos de ocasión”, mercaderes fraudulentos, iluminados varios y pseudo expertos. La mayoría de la población integra una masa manipulable, sin posibilidad  de rebelarse o redimirse porque mantiene un canon de vida basado en pasarlo lo mejor posible, trabajar lo menos posible y vivir  inmersos y aislados por sus pantallitas, sus fiestas y sus temores y angustias. Cada vez más individualizados, alejados de las reglas y costumbres de convivencia tradicionales o de emociones y sentimientos más complejos que el “coleguismo” en deportes o en botellones.

En esta sociedad virtual, triunfa la charlatanería, las noticias falsas, las mentiras más descaradas, gracias a una amplia red digital desde donde  medrar y actuar y a una afirmación más llamativa, aberrante o disparatada que la aburrida, sencilla y estoica verdad. En realidad, la mentira o la falsedad es uno de los motivos más reiterados en la historia del pensamiento, la literatura y la ciencia.  Fraudes, imposturas, falacias, fingimientos, nutren la existencia, el arte y la ciencia de los seres humanos. Y aunque existen en nuestro legado cerebral estructuras como la amígdala o el circuito cingular anterior que nos alertan para percibir en el rostro, la voz y los gestos del interlocutor las mentiras y el fingimiento, con la supremacía de las redes o la comunicación  escrita, es imposible percibirlo. Las redes despliegan entornos favorables a la manipulación, las estafas, las falsedades, la tergiversación y las más absurdas y dañinas calumnias. Y lo peor es que Facebook, Instagram, TicToc o Twitter no nos facilitan ningún detector de mentiras, algoritmo o vigilancia humana para contrastar la veracidad de lo que se dice en las redes, por lo que una noticia falsa recibe atención y difusión similar a una verdadera.

Permítanme  que les sugiera algunas lecturas para ayudarles en esta travesía de la mentira: “Verdad. Una breve historia de la charlatanería” de Tom Philipps; “Mentira, impostura, estupidez”, de Rolad Breeur; “Todo el mundo miente” de Seth Stephens-Davidowitz; “Fake News.Haters y Ciberacoso”, de Mauro Munafó.

Una de las razones profundas del actual desbarajuste político, social y humano, es que la verdad se ha convertido en algo improbable y la mentira en una banalidad. Estamos acercándonos a la pesadilla que imaginó Orwell: en todas partes parece haber un “Ministerio de la Verdad”, donde los hechos se rectifican diariamente para hacerlos coincidir con las circunstancias que rigen o que interesan en ese momento. Las reclamaciones contra la patética “posverdad” que nos venden, no tienen curso legal y son trivializadas. La propaganda, las “fake news”, la desinformación, el recurso a los “hechos alternativos” o los negocios particulares o empresariales que sostienen las teorías conspirativas, están radicalizando a la sociedad y erosionando y desacreditando las instituciones democráticas. Sólo nos falta un caudillo carismático que prometa “seguridad y claridad” a cambio de dictadura.  Un nuevo orden mundial asoma sus orejas de lobo, retorciendo y relativizando los derechos de casi todos a favor de la minoría de los de siempre.

Los libros recomendados, no sólo muestran el curso de las falsedades y la precariedad de la verdad, tan amenazadas en estos tiempos, sino que nos permitirán comprobar que toda esta situación sobre la falsedad ha existido unida desde los principios de la cultura humana, cuando había que hacer prevalecer los intereses propios contra los hechos, manipulando lo que es verdad para que se ajuste a los deseos y beneficio del interesado. En “Verdad” de T. Phillips, se nos dice “llevamos toda la historia inventando falsedades acerca de los acontecimientos sucedidos en el mundo pero también inventando disparates sobre el propio mundo, ya sea creando montañas imaginarias o países completos ficticios” y nos ha importado un rábano que se presentaran pruebas o hechos que lo desmentían. Los orates que en pleno siglo XXI reivindican una tierra plana, conforman  una prueba de esa curiosa ceguera obcecada e interesada. Como dice este autor: “Quizá la historia de los  errores de la Humanidad sea más valiosa e interesante que la de sus descubrimientos”. Ya que, “si aspiramos a ser más veraces hemos de estudiar más intensamente los inmensos y fértiles campos  del error, con el fin de conocer mejor lo que estamos haciendo mal antes de intentar hacerlo bien. Básicamente, necesitamos convertirnos en estudiosos y críticos de la charlatanería”. La mayor preocupación respecto a las mentiras, no es que la gente se crea las noticias falsas, sino que dejen de creer en las noticias reales y veraces. La gente ya no confía en los expertos porque internet y muchos medios han trivializado los saberes y han creado “expertos” por doquier. Nuestra vida diaria es una batalla permanente contra la desinformación.

Evolutivamente  se ha demostrado que un cerebro más grande implica una mayor mendacidad. Los niños empiezan a decir mentiras a partir de los dos años de edad, no mucho después de aprender a hablar. Y no es difícil creer al estudio psicológico que afirma que cada uno de nosotros miente al menos una vez al día y que, en los diez primeros minutos de conversación cuando conoces a alguien, habrás dicho un promedio de tres mentiras. A menudo no detectas que estás mintiendo ya que lo haces sin ser consciente de ello: y ello lo puedes percibir cuando casualmente hablas acerca de lo que has hecho, de lo que eres capaz de hacer o de tu vida social. Haz la prueba. Te asombrarás. Son pequeñas mentiras sin importancia, casi automatizadas… pero son mentiras. Esto evidentemente no justifica de ninguna manera las denuncias que hacemos contra la desinformación, sino que nos alerta de que la labor empieza por nosotros mismos y que el espíritu crítico es el único instrumento capaz de empezar a frenar esta pandemia de mentiras que nos asola. Para muestra, la guerra de Ucrania: ha sido un polvorín de mezcla de rumores, mitos y propaganda falaz, alimentando mentiras desaforadas e incontrolables. Por los dos lados, para mayor vergüenza de todos.

El siguiente volumen: “Fake News” de Mauro Munafó, incide en la cuestión. Eficazmente ilustrado por los dibujos de Marta Pantaleo, el texto es de una manifiesta claridad. Analiza la actividad de los haters y el ciberacoso, (de tan lamentable actualidad),  y nos aclara un poco qué intereses hay detrás de todo ese mundo líquido. Y, mucho más útil, cómo protegerse de esas trampas permanentes que la Red nos coloca delante de los ojos, a veces de forma seductora y casi siempre mendaz. Se analizan las mentiras que cabalgan por la Red sirviendo a intereses políticos, étnicos  o sobre temas de salud  y todos ellos con tendencia  conspirativa y con el apoyo de una complaciente –y falsa- pseudo ciencia. También se nos advierte sobre la necesidad de “verificar los hechos” y los canales por los que debemos hacerlo, alertando contra la tendencia a aplicar el llamado sesgo de confirmación: aceptamos fácilmente las mentiras que confirman una previa creencia nuestra, por irrazonable que sea.

Un libro que complementa estas reflexiones, desde “dentro” de la complejidad de las redes,  es el de Seth Stephens, “Todo el mundo miente”, donde se nos cuenta como Internet y los “big data” se están convirtiendo en un auténtico manual de nuestras creencias, deseos, temores. Y también de los más escondidos y secretos pensamientos y tendencias, acciones y decisiones de todos y cada uno de los simples usuarios, obsesionados por la conexión permanente a las redes. Conocen nuestros sesgos informativos, y así las empresas punteras nos controlan, utilizan y explotan.

Como dice el autor, en un día promedio en las redes se mueven ocho millones de gigabytes de datos, todos  estructurados por algoritmos cada vez más sutiles y exactos que recaban una información de lo más íntimo de cada uno de los usuarios como jamás en la historia de la Humanidad se había obtenido. ¿Y sabemos qué se hace con esa información privada, quién la controla y sobre todo quién controla a los controladores? 

El filósofo francés Roland Breeur con su “Mentira, impostura, estupidez”, cierra este paseo alarmante por la sociedad de la  “postverdad”  y los “hechos alternativos”.  El expresidente Donald Trump, cada vez que hablaba, soltaba un mínimo de 30 mentiras obvias y demostrables (según un análisis realizado por el Washington Post). Trump podría volver a la Casa Blanca, como Johnson el “brexitmaniaco” al 10 de Downing Street o Bolsonaro el “profeta” brasileño, al poder. Estos son los paradigmas políticos de la nueva sociedad de la posverdad y la falsedad descarada.

Para luchar contra ello, Breeur nos muestra los mecanismos psicológicos que se usan en la mentira y los medios de ocultación y manipulación que se usan de forma casi industrial para desbancar lo verdadero y socavar las certezas. Y así, en el actual reino de la mentira, donde la verdad languidece, se está propiciando una gran amenaza política: “la seña de identidad de los estados totalitarios es el deseo de reescribir la historia, de forma que estas falsedades históricas pueden sonar más convincentes que la realidad, pues confirman lo que queremos creer o ayudan a suprimir cosas que queremos olvidar”. La falsedad globalizada es el fin de la democracia.- ALBERTO DÍAZ RUEDA

FICHAS

VERDAD.- Tom Phillips.-Trad.Pablo Hermida.-267 págs.                                                  Ed. Paidós//FAKE NEWS.-Mauro Munafó.-Ilustraciones Marta Pantaleo.-127 págs. Ed. Laberinto//TODO EL MUNDO MIENTE.-Seth Stephens-Davidowitz.- Trad. Martin Schifino.-287 págs. Ed. Capitán Swing.//MENTIRA, IMPOSTURA, ESTUPIDEZ.- Rolad Breeur.-Tra. José María Cabezas.-109 págs. Ed.Bibliotecanueva

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7 octubre 2022 5 07 /10 /octubre /2022 09:42

Curiosamente la simple lectura de un clásico del siglo XX, sir Arthur Conan Doyle, una novela de su ciclo del profesor Challenger -un personaje a la altura de Sherlock Holmes y de algunas figuras de Dickens o de Wilkie Collins- me ha puesto en la pista para entender a la pasión anglosajona científica por explicar los fenómenos, sus teorías y axiomas, a partir de los datos que ofrece las experiencias a un observador bien motivado. Extrapolando esta observación do es aventurado suponer que en eso está el secreto de los descubrimientos que esa cultura ha realizado con el manejos de datos a nivel de la economía de los algoritmos (y su subsiguiente empleo en ingenios como Google, Apple o Amazon.

El apasionante libro de Laura J. Snyder  nos invita a un recorrido espectacular: el nacimiento e partir del siglo XIX de una ciencia moderna y su consiguiente y omnipresente tecnología, que nos ha hecho la vida más fácil y cómoda, eficiente y fructífera, pero también nos ha esclavizado de alguna manera a su necesidad perentoria y ya no sabemos vivir sin ella.

La ciencia, con su método tradicional, los griegos ya lo empleaban a otro nivel, naturalmente, basado en la comprobación y validación de una teoría a través de experimentos y de los datos que proporcionan. La ciencia actual tiene padrinos más o menos conocidos, una serie de investigadores y científicos  cuyos empeños y clarividencia científica lograron en el siglo XIX  aplicar una serie  de exigencias metodológicas y la praxis subsiguiente que formaron el esqueleto teórico de la ciencia moderna.  De entre esos investigadores, la Snyder escoge a William Whewell, Charles Bagge, John Herschel y Richard Jones  como los profesores Challenger que desgajaron la ciencia  de la charlatanería, del ingenio malicioso, la superstición o la imaginación excesiva e inapropiada.

Charles Babbage  diseñó la primera computadora; William Herschel dio unas herramioentas y principios nuevos a la astronomía; Richard Jones logró que la economía política podía basarse en principios racionales, alejados de los siempre confusos y contaminantes intereses de sectores particulares y William Whewell, un científico con intereses teológicos y filosóficos consiguió que todos los anteriores trabajaron conjuntamente para validar una forma de percepción de los fenómenos de sus propias ramas de la ciencia en un concepto progresivo unitario. 

Los cuatro científicos trataron que sus ideas y datos, unidos a un sistema articular de análisis, comprobaciones y refutaciones lograran un propósito superior: hacer el mundo más comprensible y mejor. Su enorme esfuerzo y su anhelo de entender mejor el mundo los llevó a realizar infinidad de investigaciones impulsadas por una única pasión, una ciencia liberada de la charlatanería, las ideologías, las religiones y las supersticiones. Una ciencia basada en el método inductivo del filósofo británico del s. XVII, Francis Bacon  que superaba el método deductivo tradicional.

Los cuatro miembros del Club de los desayunos filosóficos, “todos ellos lúcidos, fascinantes y eminentes, poseídos por el optimismo de la época”, miembros de la Universidad de Cambridge, se reúnen los domingos por la mañana, entre 1820  y 1870, para buscar conjuntamente un camino  de progreso a la ciencia. De alguna forma fueron los últimos "filósofos naturales" en la estela de los presocráticos griegos. De  ellos surgió una revolución científica. Y de ésta la que actualmente vivimos, la revolución tecnológica y digital, informática, de las Redes, de la I.A. (Inteligencia artificial) y del Metaverso. Lo que está por ver es si, su intención declarada de traducirla en "mejorar la vida de los hombres", ha sido coronada por el éxito. De momento hay motivos para pensar que en parte sí y en parte no. Vivimos mejor que las personas del los siglos anteriores, pero no me parece que seamos mejores personas.

Snyder hace un recorrido no cronológico por la biografía interrelacionada de los cuatro científicos y sus contactos con las grandes figuras científicas y filosóficas de su época, Darwin. Leibnitz, David Ricardo, Stuart Mill o Adam Smith. Su estilo es dinámico, fácil de entender y sumamente riguroso con  los datos y conclusiones.  Voy a citar unos párrafos del epílogo de este excelente libro: “los miembros del Club de los desayunos filosóficos habían visto fructificar al final de sus vidas los proyectos de sus tiempos de estudiantes. Habían conseguido -incluso en mayor grado que sus sueños más optimistas- encauzar a la ciencia en una trayectoria completamente distinta. Y habían ayudado a dar forma, al hacerlo, al mundo moderno, en el que la ciencia desempeña un papel protagonista”.

FICHA

"EL CLUB DE LOS DESAYUNOS FILOSÓFICOS"- Laura J. Snyder. Traducción de José Manuel Álvarez-Flórez.-636 págs.- Publicado por Editorial Acantilado, mayo 2021.

 

 

 

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26 septiembre 2022 1 26 /09 /septiembre /2022 11:43

En esta obra, Lluís Quintana Trias se fija en un tipo de recuerdos con unas características propias: son inesperados, no se buscan voluntariamente y tienen una fuerza evocadora intensísima. Nos situamos frente a una memoria que posee una fuerza perturbadora porque sabe cómo suscitar recuerdos cuando no se lo pedimos y, a veces, en momentos muy inoportunos, recuerdos que surgen del pasado, se superponen a todos los demás y llegan a nosotros intactos: este poder es una de las razones de ser de la literatura.

La memoria involuntaria, que Proust hizo famosa gracias al conocido episodio de la mag­dalena, es un fenómeno psicológico que ha tenido una repercusión especial en la cultura del siglo xx. Este libro estudia su presencia en la literatura, la pintura y el cine. Contrapone la memoria involuntaria a otros fenómenos psicológicos como la rêverie (o ensueño) o el déjà vu, y al situarlos en el contexto de la literatura occidental, se hace comprensible que todos ellos provienen de una tradición que ha tratado de dar cuenta de algu­nos aspectos no siempre muy comprendidos de la naturaleza humana. Se trata de un ejercicio de literatura comparada asociado a la memoria en la historia de la literatura, de Goethe a Rou­sseau, de Leopardi a Nietzsche, de Maragall a Joyce, de Proust a Benjamin y Rodoreda.

 

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14 septiembre 2022 3 14 /09 /septiembre /2022 19:18

 

Montaigne constituye uno de los pensadores de mayor influencia de la historia, sin embargo, se le ha considerado históricamente más como literato que como pensador propiamente dicho, quizás principalmente, por atribuírsele a él la invención del género ensayístico. Y es precisamente ese género, su método al fin y al cabo, el que nos da las pistas para rastrear su pensamiento.

Ensayo… es decir: prototipo, intento, experimento… no hay mejor palabra para acercarse a la figura de Montaigne. Él no escribe un “Tratado” o unos “Principios”, Michel “no sienta cátedra”, no es detentor de la verdad, no persigue certezas, pone en entredicho las verdades de su tiempo y el conocimiento como algo absoluto: es escéptico. Pero escéptico no es negar, es dudar. La duda de Montaigne no persigue refutar ninguna tesis anterior a él, sino criticar el fácil dogmatismo que afecta a todos los aspectos de la cultura (ciencia, filosofía, política y religión) y las consecuencias a las que nos conduce – y de las que él es testigo en la Europa de su tiempo – como el fanatismo y la guerra.

Montaigne descubre que el hombre ha olvidado su situación en el cosmos, al estimarse por encima de todas las demás cosas. La pretensión de Montaigne es la supresión de esa actitud presuntuosa, la prudencia y la tranquilidad en todos los aspectos de la vida. Consideración de la vida como un continuo devenir y del hombre como un ser de naturaleza mutable y cambiante, no fija y monolítica.

Un hombre que valora siempre que se lleven con moderación y mesura los placeres mundanos y corporales. Para Montaigne, el cuerpo y sus placeres no deben ser algo a evitar y de lo que avergonzarse o ser purgado, puesto que Dios no nos ha dado un cuerpo para sentir vergüenza de él o para mortificarlo y reprimirlo. Esta conciencia del hombre nos da lo que para Montaigne es sabiduría. Aboga por la templanza y la prudencia. Apuesta por la moderación en los placeres y en la supresión de los vicios, pero no supresión por ignorancia o miedo, sino por conocimiento y por las consecuencias dañinas que nos puede suponer cualquier cosa en exceso.

Montaigne es un perfecto mediador en muchas cuestiones de su época, como las guerras de religión, puesto que a pesar de ser católico, no duda en recriminar a los suyos sus defectos y fallos y considerar las virtudes y aspectos positivos de los protestantes. Todo ello en armonía, lo que le valió tanto amistades como enemigos en ambos bandos de la contienda, debido a su espíritu crítico, tolerante y templado. “Que sais-je?” es su lema definitorio: un escéptico acerca de las “verdades” que conocemos, por ello un ser tolerante con las opiniones y posturas diferentes a la suya y alguien más preocupado por intentar conocerse a sí mismo y guiarse por la templanza, que de aprender lecciones y dogmas de memoria y caer en fanatismo.

 

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4 septiembre 2022 7 04 /09 /septiembre /2022 19:17

Para el pensador polaco Zygmunt Bauman  ( 1925/2017) vivimos en una sociedad posmoderna que tiene características "líquidas"  ya que en ella "las condiciones de actuación de sus miembros cambian antes de que las formas de actuar se consoliden en unos hábitos y en una rutina determinadas". Ese tipo de sociedad refuerza constantemente un estilo de vida incapaz de mantener una forma o un modo de vivir determinados durante mucho tiempo. Como escribe Bauman "los logros individuales --en esta sociedad moderna líquida- no pueden solidificarse en bienes duraderos porque los activos se convierten en pasivos y las capacidades en discapacidades en un abrir y cerrar de ojos". ¿Dónde nos va a llevar esto? Bauman  tiene la honestidad de afirmar "ninguna estimación de la evolución futura de esta sociedad líquida y sus individuos poder ser considerada plena y verdaderamente fiables", ya que "la extrapolación de hechos del pasado con el objeto de predecir tendencias futuras no deja de ser una práctica cada vez más arriesgada y ....engañosa".

Esta lúcida reflexión parece dejarnos con las manos atadas respecto a ese futuro hipotético. Por lo que se precisa una actuación en el presente. Y un cambio de percepción que garantice esa actuación. Sólo tenemos una posibilidad fáctica: terminar con la ignorancia política y con la inactividad subsiguiente. ¿Quienes se aprovechan de esos dos elementos?: los extremismos fanatizados que recurren al sustrato emocional, las bajas pasiones y el miedo de los individuos para, sin permitir la reflexión crítica, crear fuentes de presión ciudadana a favor de las políticas irracionales y viscerales. A través de la ignorancia y la incertidumbre, deliberada y emocionalmente cultivadas se ata de pies y manos a la democracia con sus propias leyes y creencias. Dice Bauman: "Necesitamos la educación permanente para tener opciones entre las que elegir". Y la educación política permitiría crear condiciones de vida y formación que pongan a nuestro alcance y posibilidades tales opciones. Vuelve a ser necesaria e inevitable la educación política en esta sociedad "líquida" en la que lo único que permanece "sólido" es el fanatismo político o religioso.- ALBERTO DÍAZ RUEDA

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22 agosto 2022 1 22 /08 /agosto /2022 18:16

(ARTÍCULO PUBLICADO EN LA COMARCA  EL 19 DE AGOSTO DE 2022)

Mientras preparaba los datos sobre el suicidio en España para escribir este artículo, recordé una novela, “Niebla” de  Orhan Pamuk, el escritor turco que recibió el Nobel de literatura en 2006. En ella, el protagonista, un poeta doblado en periodista, viaja a un pueblo perdido en la frontera turca del norte, atraído por dos noticias, el asesinato del alcalde y una misteriosa “epidemia” de suicidios que había abatido a algunas jóvenes del pueblo. Lo que impactaba al protagonista es que tales muertes no se debían “a la pobreza, la desesperación, ni el absurdo, la violencia doméstica o la opresión de maridos violentos…las jóvenes se suicidaban en medio de su rutina diaria, sin avisar, sin la menor ceremonia, de repente”.

Esa desazón e inquietud que inunda al periodista turco, es muy parecida a la que he sentido yo mismo mientras consultaba las estadísticas y estudios relativos a muertes por suicidio en nuestro país. ¿En qué se ha equivocado la deriva tecnológica de la educación y de la vida social y familiar del siglo XXI para transformar el suicidio en un fenómeno recurrente? Sin ir más lejos, en Aragón, en los dos últimos años la primera causa de muerte violenta fue por suicidio, no por accidente.

Lo preocupante es que las cifras hablen de un 80% de jóvenes entre los 15 y los 29 años que afirman padecer con frecuencia malestar emocional debido a factores tales como el desempleo, la inflación, la precariedad económica, la falta de esperanzas en el futuro. Más del 50 % se automedican con fármacos usados por algún otro miembro de la familia y el 49% no recibe ayuda profesional. De todos esos jóvenes, el 67% son chicas. Y ojo al dato: un 44,3% estima el suicidio como un recurso viable.

Casi 4000 personas se suicidaron en España el 2020, tal vez empujadas también por el desbarajuste psicológico que provocó la pandemia. Desde 2006 al momento actual el índice de suicidios se ha triplicado. El perfil medio suele ser de mujer joven, por intoxicación medicamentosa; no hay planificación previa; suelen ser intentos espontáneos; no hay cuadros de enfermedades graves que empujen al acto. También se detecta nula habilidad para gestionar las emociones. 

En cuatro meses desde  su apertura, el teléfono 024 para ayuda contra el suicidio ha recibido 35.000 llamadas. El Observatorio del Suicidio en España advierte de un aumento continuo de tentativas de suicidios y de sujetos cada vez más jóvenes (niños y adolescentes).

Por esta causa se está implementando en España el Proyecto Survive, adaptación de un plan de ayuda sueco, en el que hay 8 hospitales públicos comprometidos en España, con personal cualificado de acceso inmediato y seguimientos programados. El Proyecto se sigue en 11 países de Europa y también en Israel. Uno de los puntos en que se insiste es en la necesidad de psico educación desde el nivel escolar al de enseñanza media, a fin de atajar el impresionante incremento de ideaciones suicidas y autolesiones (1270 casos en el año 2000 contra 4048 en 2020). Los factores de riesgo, sin contar el “efecto contagio” entre amigos y compañeros, son: a nivel individual, ansiedad, depresión, baja autoestima, consumo de sustancias o alcohol; a nivel familiar, maltratos, abusos sexuales, relaciones pobres o violentas en la familia, salud mental deficiente en los padres, problemas económicos y precariedad laboral; a nivel social: malas relaciones interpersonales, acoso escolar, intoxicaciones de medicamentos comunes (ej. paracetamol). España está 4 puntos por encima de la media europea en incidencia de mala salud mental.

La conclusión global es obvia: el suicidio, no sólo de nuestros adolescentes y jóvenes, sino de adultos y –problema poco difundido- ancianos aquejados por un sentimiento de soledad, no es algo que debemos lamentar y dejar a un lado. Es un asunto que nos concierne a todos, a la sociedad en su conjunto, a los políticos y al desbordante  neoliberalismo consumista e individualista que nos inunda. Si no lo afrontamos, nos corroerá como un ácido y se convertirá en una generalizada opción de huída a los problemas de la vida.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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