En un libro de entrevistas a Picasso publicado en Francia en 1998 se hablaba del arte, de su arte naturalmente, y de sus características como creador. En un momento dado, comentó: "Cada ser posee la misma cantidad de energía. La persona promedio malgasta la que tiene de mil maneras. Yo canalizo mis fuerzas en una sola dirección: la pintura y por ella sacrifico el resto, a usted y a todos, incluso a mí". Aunque podamos objetar algunas cosas sobre ese comentario, lo cierto es que muestra un determinación absoluta que sin duda es el origen o la semilla de la dinámica, incansable, creatividad del genial malagueño. Picasso, comentaba Marie-Laure Bernadac, una de las entrevistadoras, podía trabajar tres o cuatro horas seguidas sin hacer ningún gesto suprefluo. A la pregunta de si eso no le producía cansancio o rigidez, respondió: "No. Cuando trabajo, dejo mi cuerpo en la puerta, como los musulmanes dejan el calzado antes de entrar en la mezquita. En ese estado el cuerpo existe de manera vegetativa...por ello, los pintores en general, vivimos tanto tiempo". Picasso confirmaba a su manera y seguramente sin tener mucha información sobre el taoísmo, lo que los maestros chinos, en concreto Zuangzi, llaman la "vía del no desgaste". Y pone como ejemplo al bailarín que hace su danza perfecta precisamente porque todos sus gestos se imponen a él con la exactitud fluyente de lo natural: el bailarín -o Picasso- se hace completamente permeable a su arte, sin que pueda discernir separación o escisión entre el cuerpo y el espíritu o la energía que lo domina con la lógica pura de su realización espontánea. Al olvidar las reglas, el procedimiento, el tiempo, el lugar o su circunstancia, el artista cumple en sí mismo su misión y crea la obra de arte. ¿Podríamos aspirar a vivir nuestra existencia cotidiana con un enfoque semejante? Es decir preservar nuestra vitalidad interior para aquello que consideremos esencial evitando "toda persecución de un objetivo y búsqueda de una finalidad", simplemente viviendo lo que acontece tal como ocurre y, como dirían los estoicos, aceptando que las cosas ocurran tal como ocurren, sin interferir y mucho menos oponernos.

Roald Dahl (1916-1990), escritor británico (galés, de origen noruego) del que escribimos hace poco sobre un par de sus libros autobiográficos (uno de ellos, sus memorias como piloto de caza en Siria, Grecia y Libia, en la II Guerra Mundial, de donde salió herido de gravedad) es un maestro de la ironía, del humor negro y una tierna tendencia a meter al lector en mundos tenebrosos, a veces inquietantes, casi siempre inteligentes y bizarros que algunos confunden con lo morboso, lo siniestro y lo cruel. Muchas de sus obras como "Matilda", "Charlie y la fábrica de chocolate", "Los Gremmlis" y "El fantástico Mr. Fox" han sido llevadas al cine con éxito, "Charlie..." dos veces y "Mr. Fox" en unos soberbios dibujos animados. Estas tres citadas presentadas, con considerable miopía, como obras para niños.
Dahl era un excelente hombre-orquesta de la creatividad: novelista, narrativa corta, poeta, autor de dos libros de memorias, dramaturgo, presentador de televisión y guionista de películas, ya sea basadas en sus historias o en las de otros (por ejemplo en algunas de la serie de James Bond, 007). En un maestro del relato corto y en La cata se supera a sí mismo, encerrándonos en un salón burgués para una cena que comparten seis personajes, tres hombres y tres mujeres, sin contar a una peculiar sirvienta.
La cosa parece banal. Apenas dos pinceladas para los dos personajes principales: el anfitrión y su invitado principal, un catador de vinos, sumiller, de reconocida fama y talante desagradable y prepotente. El narrador, objetivo y notarial, describe lo que ve sin adornarlo, juzgarlo o manipularlo. Es el tercer hombre, otro de los invitados, que asiste con su mujer a la cena. En su transcurso se plantea una apuesta relacionada con la identidad de uno de los exquisitos vinos que ofrece el anfitrión. Los elementos de la apuesta tienen la virtud de conmover a todos los comensales (menos al catador profesional, por supuesto) y llevar la corta narración a una creciente y angustiosa tensión y a un desenlace inesperado y genial como corresponde a un maestro del humor negro y el suspense..
Las maravillosas ilustraciones en color, a doble página, que ilustran el texto que sigue su desarrollo en páginas alternas, son de una calidad y expresividad extraordinarias y se deben a Iban Barrenetxea, quien ha logrado con lineas simples y coloraciones discretas reflejar el ambiente refinado de un salón británico, convirtiéndose en una versión en imágenes casi literal del texto de Dahl .
Aparte de la trama, que no desvelaré, quedan de manifiesto la habilidad literaria de Dahl que en pocas lineas y sin variar la unidad de acción y de lugar, consigue ofrecernos un cuadro irónico y crítico sobre el abuso social de una "cultura" gastronómica y enológica, , la arrogancia y fatuidad de los "expertos" en dichas modas, las profundidades turbadoras y patológicas de la codicia, el orgullo, la ambición y el amor propio. Extremos que en el relato sólo concierne a los dos "machos alfa" enfrentados, el anfitrión (un especulador enriquecido, "que ahora estaba tratando de convertirse en un hombre culto, cultivar un gusto literario y estético, coleccionar cuadros, discos, libros y todo lo demás.") y al innoble catador, del que dice el narrador: "Me pareció que había algo raro en su forma de hablar y en su aburrimiento: una sombra malévola en su ceño y en su actitud una determinación que me produjo cierto desasosiego...". Tanto el otro varón, el narrador, como las tres mujeres -perdón, cuatro- son excluidas del bochornoso cuadro.
No digamos más. La apuesta por identificar un burdeos está planteada a la medida de los dos hombres citados. Los demás personajes son observadores y uno de ellos probable víctima inocente de la situación. Un consejo: no dejen de leerla. Y de una vez (es sumamente corta).
FICHA
LA CATA.- Roald Dahl.-Trad. Iñigo Jáuregui.- Ilustraciones: Iban Barrenetxea. 67 págs. NordicaLibros.- ISBN 9788416112432



