Peter Wohlleben ha escrito un libro con un título poco afortunado es español. Tiene mucha más categoría que un simple manual de "¿Cómo caminar por los bosques sin meter la pata y pasándolo bien?" (a pesar de que hay consejos y observaciones que son bastante localistas y suelen circunscribirse al entorno geográfico donde este guardia forestal alemán ejerce su oficio) y se trasluce en el texto un amor profundo por el medio natural y unos conocimientos igualmente profundos sobre los árboles, los riachuelos, el monte, ese mundo esencial al que deberíamos volver con la suficiente periodicidad como para curarnos de los abundantes males que nuestra civilización tecnocrática nos inocula en nuestros organismos.
En los bosques prevalece una vida compleja y variada de la que apenas tenemos noticia por mucho que acostumbremos a pasearnos por ellos. Desde que existe una suerte de "comunicación" entre los árboles, de señales que convenientemente interpretadas nos hablan de las carencias y necesidades de árboles en concreto, de pruebas evidentes de que los árboles se ayudan entre sí en caso de necesidad. Todo ello fue objeto del primer libro (La vida secreta de los árboles) de este biólogo que hizo renacer esa técnica, ahora de moda nuevamente, de aumentar y apreciar las virtudes "curativas" que la cercanía y convivencia con los árboles ofrece a los seres humano. En "El bosque. Instrucciones de uso", Peter nos acompaña a un virtual pasea por los bosques y nos susurra todos esos secretos detalles que nos enriquecen y dan un sentido profundamente holístico, muy gratificante, a nuestras relaciones con el medio ambiente natural. Desde principios básicos de orientación "natural" (que suelen ser bastante conocidos por montañeros y senderistas) hasta distinguir tipos y clases de árboles, arbustos, matorrales, flores y animales habituales en los bosques europeos (a través de las huellas y residuos que van dejando) buscar las madrigueras y saber las horas más convenientes o la manera de colocarnos para no alarmarlos y poder disfrutar de su estimulante presencia.
El lector acaba contagiándose del espíritu naturalista de Peter y va recibiendo información variada y bastante original de las distintas especies de árboles (por ejemplo el futuro problemático de fresnos y olmos debido al fenómeno humano de la globalización: un hongo procedente de Asia está arruinando colonias enteras de fresnos y olmos en Europa).. También nos aconseja cómo vestir y calzar según la época del año en que estemos (incluso nos habla de cómo llevar a pasear a los niños por el bosque. Unos párrafos curiosos son los que dedica a una especie de "chicle" de resina que producen ciertas coníferas).
Sorprende la problemática de la tala de bosques, de la industria maderera o de la venta al por menor de leña y los trucos y estafas mas o menos legales que se cometen en el peso y en la calidad de la madera (que debe esperar dos años después de cortada para que sea apta para la chimenea).
En fin, un libro que nos da una información que enriquece sin duda el placer valioso que uno recibe al pasear por los bosques.
FICHA
EL BOSQUE, INSTRUCCIONES DE USO.- Peter Wohlleben. Trad. Sergio Pawlowsky.- Ed Obelisco.-201 págs. 12 EUROS.-ISBN 97884911138336
Michel Onfray habla en "La escultura de sí" de ciertos principios de comportamiento que ya analizaban Diógenes, Epicuro, Marco Aurelio, Pirrón o Epicteto. Prescindiendo de los elementos desgranados por este combativo filósofo francés, quiero centrarme en una reflexión sobre un "territorio ético totalmente al margen de la supuestas virtudes cristianas de la renuncia y el sacrificio" que en ese texto se hace referido al sujeto pensante. Yo quiero adentrarme en el reflejo especular del "otro". Un otro que hace suyos los principios y prácticas autoaplicadas para esa "escultura de sí" pero las enfoca, de una forma altruista y desinteresada en otra persona. Es decir aquellas personas escasas -aunque seguramente todos habremos conocido una o dos en el curso de nuestra vida- que dedican una gran parte de su energía personal en cuidar a otras personas, cercanas o no a ellas mismas. Cuidar en el sentido amplio de "cura" de cuerpo y alma. Y no hablo de cuidadores por "obligación", ya sean a sueldo -alguno también hay de esa clase especial- ni de los que se sienten constreñidos por razones legales, profesionales, de parentesco, de religión (obsérvese que no hablo de ética), de costumbre, de herencia familiar, de patología compensatoria, sino de personas que hacen ofrenda de sus cuidados, ocasionales o continuos, sin esperar recompensa, agradecimiento ni reconocimiento alguno. Son personas de gran energía interior que la encauzan hacia una vía altruista y generosa. He comprobado empíricamente que toda esa energía empleada les alimenta a ellos mismos, más tarde o más temprano, en forma de una gratificación raramente visible y no mensurable. Un observador paciente y atento -si tiene la fortuna de asistir al trabajo de uno de esos cuidadores durante el tiempo suficiente (a veces es la esposa o marido de alguien, una hermana/o, una vecina/o o una amiga/o, incluso un simple conocido/a ocasional) comprueba cómo esa persona de la que "emana" esa facultad de saber cuidar a otro, va acumulando en sí misma --como si los recibiera "en reciprocidad"-- los efectos salutíferos y psicosomáticos del ejercicio de la "vida buena" de la que hablaban los filósofos antiguos citados: equilibrio psicológico, bienestar, sensación de alegría, vigor y energía. He estado buscando las razones científicas que podrían "demostrar" esa interacción entre la acción gratuita y bondadosa y los beneficios personales que recibe el sujeto de la acción, sin buscarlos, ni desearlos. La única condición "sine qua non" para que ese "trasvase" se produzca es que sea un acción espontáneamente generosa y altruista. Ya he renunciado a esa indagación escéptica de las posibles causas del fenómeno. Acepto lo que he visto como admito aquellos fenómenos de la física cuántica que hasta hace poco tiempo eran considerados terreno de la magia, la fantaciencia o la espiritualidad.
No es un poeta, ni un profeta;no es un científico ni un narrador de ciencia ficción. Es una naturalista activo, es decir un hijo de los bosques, las montañas y los lagos. Es un caminante incansable, un observador atento y un pensador clarividente. Se llama John Burroughs (EE.UU. (1837-1921), y los párrafos que hoy les ofrezco como reflexión fueron escritos poco después de la I GM, en un breve periodo de ensueño y utopía, en el que su voz sonaba demasiado alarmante.
"...uno no puede sino imaginarse la Tierra en el curso de unos pocos siglos más (sic) como una naranja exprimida. Nuestra civilización es tremendamente costosa en relación con todos sus recursos naturales; cien años de vida moderna agotan sus reservas más que un milenio de vida en la antigüedad. El carbón y el petróleo estarán prácticamente consumidos en breve; toda la riqueza mineral, gravemente mermada; la fertilidad del suelo habrá sido arrastrada al mar por el drenaje de las ciudades; los animales salvajes estarán casi extintos; los grandes bosques primitivos desaparecidos...¡qué cerca de la quiebra estará el planeta".
El autor cree en los ciclos de creación, destrucción y recreación. Por tanto no parecía excesivamente alarmado por su propio vaticinio. Pero hay una "pequeña" diferencia: nadie de su época se esperaba la eclosión de un ritmo de cambio técnico y su correspondiente sesgo destructivo tan brutalmente rápido, intenso y global. Pensemos que ya estamos muy cerca de vivir en esa "naranja exprimida" que nos vaticinó hace cien años. Por cierto habrá que renovar el "contenido" filosófico del verbo "vivir" y comenzar a acuñar el de "sobrevivir".
Leer al sinólogo francés François Jullien es una aventura intelectual dinamizadora. Su "Filosofía del vivir" ha sido en muchos momentos no sólo un placer sino un desafío. Un poco menos oscuro que Giorgio Colli y un poco menos claro y diáfano que Pierre Hadot, por citar a dos filósofos que coinciden en el amor. el respeto y la erudición en la filosofía clásica, Jullien presenta la interesante característica supletoria de su formación profunda en la filosofía china, sus conceptos y sus principios, desde el taoísmo al confucianismo pasando por Mencio y los budistas.
Vivir en el presente, en el "entre" que se origina entre dos sucesos consecutivos, negándonos a evitar la demora precisa para que el pensamiento compulse la situación y la elección de lo más correcto para uno (o simplemente asentarse en la epoché, la suspensión de juicio de los escépticos y dejar que la situación pase por sí misma) habitando ese espacio que se origina entre la vida y el pensamiento, ya que "todo comienza en el presente y en él termina", ese hacerse cargo de la presencia propia, forma parte del mensaje que encierra el libro de Jullien, en el que no se toma partido, se detiene uno o se da un paso atrás y luego contempla lo que ocurre.
Jullien nos lleva por un recorrido en el que se opera una curiosa implicación entre la filosofía griega y la sabiduría china sin desdeñar referencias a Nietzsche o Heidegger, Hegel y Husserl, hasta Proust (con el que comienza y acaba el libro), Agustin de Hipona o Montaigne como un caso especial de filósofo-puente entre las dos maneras de enfocar el pensamiento y la vida o más exactamente de reivindicar un arte de vivir basado en la filosofía.
Y es que la vida lo es todo, es el principio y el final del ser, en un rechazo total , al estilo de Nietzsche, de la tendencia clásica a objetivar la vida a favor del pensamiento, superando también a Hegel con su "pensar la pura vida "pero subordinándola a un Saber absoluto. Jullien insiste en la superación de los opuestos a través de un saber vivir en el "entre", en una dialéctica donde los términos dialogan con sus opuestos, una oscilación que ya apuntaba en su obra "El sabio no tiene ideas", una postura ecléctica y serena que surge del pensamiento chino clásico. Y como dicen los maestros taoístas cuando uno de ve obligado por la circunstancia a elegir entre dos opciones, lo hace pero deja el espacio a la otra, tiene en cuenta su presencia, es dúctil, sensible, se acomoda, fluye, sin decantarse totalmente por y en nada. No hay completud monolítica y rígida, sino una incompletud dinámica y fluyente como lo es la existencia.
Y cito: "para que el presente eclosione hay que permitir a esa presencia tener lugar, dejar que se produzca un despertar...de hecho el presente será esa decisión, en virtud de la cual no desvío nada, no aplazo, sino que acepto esa abertura que se ha producido, y me atengo al carácter singular del momento, sin que ello suponga nada misterioso, mágico o trascendente". Uno accede al presente y " permite la embriaguez del instante". Ya que el presente solo existe si asumimos lo que ocurre o, en el lado contrario, permitir la demora, dejar madurar las cosas, desarrollarse un proceso cuyo control que está fuera de nuestro alcance y al tiempo, sin dejar de estar presente, inmerso en el continuum de la vida , un movimiento fluctuante sin una finalidad determinada.
Una manera de vivir que busca la realización del sí mismo pero con una explícita renuncia a finalidades concretas, objetivos de conocimiento, que son espejismos del ego. Aunque el conocimiento deja de ser un fin en sí mismo y se enroca en una connivencia con el saber vital "tácito, no demasiado reflexivo ni explicable", una forma de saber armónica con el vivir, holística, la "cara oculta del conocimiento objetivo y digitalizado".
FILOSOFÍA DEL VIVIR.-François Jullien.-Trad Elisenda Julibert.- ED. Octaedro. 188 páginas.-18 euros. ISBN 9788499212449
Los clásicos, ¡ay!, tan depauperados y olvidados los pobres por la cultura tecnocrática de este siglo, nos ofrecen a menudo descripciones y diagnósticos político-sociales de su época (siglos antes de Cristo) que presentan una sospechosa y alarmante semejanza con nuestro día a día. El historiador Tucídides, ateniense del año 460 aC, nos cuenta las causas que provocaron la caída del poder de su ciudad-Estado y aparte de las puramente bélicas, políticas y económicas, pone el acento en la situación social que propició el desastre: "...el engaño era elogiado como astucia, la imprudencia como valor, la lealtad, la generosidad y la moderación fueron escarnecidas como muestras de flaqueza. Esa buena voluntad que es el principal elemento de una naturaleza noble fue ridiculizada y desapareció. Y cada quien desconfiaba de todos los demás...". Enciendan la televisión, vean los programas de debates y chismorreos, oigan las emisoras de radio más combativas o lean los periódicos. O abran los ojos, simplemente y agucen los oídos en sus entornos. ¿No les parece que seguimos, más o menos, en lo mismo? La ética, sin duda, es un lujo que no nos podemos permitir. Y así nos va.
No viene mal conocer los entresijos de nuestras decisiones más cotidianas y en apariencia banales o poco significativas. El mecanismo neuronal subyacente es el mismo que cuando escogemos a una mujer como pareja, un trabajo determinado, una carrera para estudiar o seguir una determinada ideología o creencia ¿Qué hay detrás de la toma de decisiones? La biotecnología avanzada ha expulsado a ese duende misterioso que denominábamos "libre albedrío" o suerte o apoyo de los dioses. En esa maravilla del universo que se llama cerebro humano las cosas funcionan de una manera distinta: miles de millones de neuronas se ponen en marcha de manera unificada para hacer cálculos de probabilidades con los datos que poseemos y a veces no sabemos que poseemos. Entonces a veces nos viene la inspiración, algo a lo que llamamos "intuición": en realidad ese ejército disciplinado de neuronas ha realizado un reconocimiento de patrones previos que la existencia particular y los legados de la genética y el género animal al que pertenecemos tiene convenientemente almacenados. Muchas veces lo que "nos dice" la mente no es lo correcto, como comprobamos más adelante, porque los algoritmos bioquímicos del cerebro están sujetos al consabido ensayo-error, debido a condicionantes y circuitos genéticos inscritos en la historia biológica de la especie, que resultan obsoletos e inapropiados para el momento y la circunstancia. Cuando escogemos una vía de acción, el cerebro "lo sabe" fracciones de segundo antes que nuestra mente y voluntad. Está comprobado empíricamente con instrumentos de laboratorio. Por tanto ¿decidimos realmente lo que queremos hacer?
El israelí Yuval Noah Harari, que acaba de cumplir cuarenta años, tiene la loable ambición de mostrarnos en tres libros el nacimiento, desarrollo, auge y supuestamente declive y deterioro progresivo y cuasi apocalíptico de ese género o especie animal absurda, destructiva, genial, desdichada, patética aunque poética, ridícula y tan cruel como enternecedora que conforma al ser humano, el espécimen más letal de este planeta tan hermoso como destruido y esquilmado que llamamos Tierra.
Con "Sapiens. De animales a dioses" (2014) o "Homo deus. Breve historia del mañana" (2016) a "21 lecciones para el siglo XXI" (2108) Yuval no sólo ha conseguido hacerse razonablemente rico y ser bastante conocido en los medios informativos y académicos de todo el mundo occidental y tolerablemente aceptado -con una sonrisa escéptica y algo irritada que se reserva a los "chicos traviesos"- por el estamento científico, sino que está conmoviendo y alertando conciencias por todo el mundo lector que se lee sus entretenidos mamotretos de centenares de páginas.
En un principio este artículo iba a tratar sobre el último libro de Noha, confrontado con el de Steven Pinker, "En defensa de la ilustración". Dos libros recién editados. Best sellers por una vez justificadísimos. Los dos nos hablan del mundo que tenemos y por lógica empírica del que nos viene ya. Pero YA. En realidad vivimos en este mismo momento bajo sus parámetros tecnológicos, sociales, económicos, políticos y amorales. Ya han desaparecido, obsoletas, costumbres consolidadas durante siglos (algunas detestables sin duda) y desde la cuna a la tumba se va diseñando un ser humano sutilmente diferente, distinto, extraño, que se amolda o trata de hacerlo a cambios que les afectan desde la familia a las relaciones sentimentales, las emociones o las formas de ganarnos la vida, divertirnos, pelearnos o situarnos frente al futuro. La historia no ha muerto, como aventuró Fukuyama, ha perdido su sentido.
Dado el interés y la envergadura de estos libros, he decidido optar por una solución salomónica. Le dedicaré un artículo a cada uno de ellos por separado. Dado que mi conclusión, absolutamente personal y por tanto no solo discutible sino rechazable, es que la gente de las generaciones próximas a la mía, por delante y por detrás, seguramente apoyarán la broma imposible y marxista (sector Groucho) de que paren el mundo para "bajarse en la próxima" y seguir que todo siga su curso hacia la entropía, he preferido aligerar tal visión oscura con un próximo artículo en que hablaré del discutible pero razonable optimismo de Pinker. Y todo eso no por una visión apocalíptica sino filosófica: los que soñamos en la "vida buena" de epicúreos y estoicos, estamos fuera de lugar. Pero ustedes, la gente joven del siglo XXI serán los pioneros de un mundo nuevo, quizá mejor-es mi deseo más ferviente: tengo nietos- que el resto de la bastante lamentable historia anterior. Y ese es el otro aspecto de la cuestión. Más bien la cara oscura de la Luna. La posibilidad, no probable pero tampoco imposible, de que la vida y el ser humano tomen un sesgo inesperado que evite el apocalipsis que la lógica de la historia nos propone. La dialéctica está servida.
Yuval Hoha forma parte de una especie intelectual casi extinta que es la de los "ilustrados radicales", ya que no sólo defiende de los valores de la Ilustración que Kant en 1784 definía como "los principios básicos de la razón, la ciencia, el humanismo (y la libertad) y el progreso que harán salir a la humanidad de su autoculpable inmadurez", sino que a diferencia de grandes ilustrados como Locke, Voltaire o el mismo Kant, defiende esos valores hasta sus últimas manifestaciones, ya sea la homosexualidad, el catolicismo, el islamismo, los ateos y la libertad de conciencia. Más cercano a Spinoza que a esos otros y judío como él no muy aceptable por su comunidad debido a sus opiniones, nuestro autor nos ofrece la cara y la cruz del ser humano en tres tiempos, su pasado de primate dotado de la "chispa" divina enredada en sus neuronas, un posible, quizá probable, futuro en el que la chispa es tecnológica y las neuronas chips y seremos cualquier cosa impensable entre la IA y la Scf y un "presente" que si la neurofilosofía y la física cuánticas no nos engañan es una entelequia temporal, algo que ya no existe proyectándose en una existencia en movimiento permanente cuyo destino inescrutable va adaptándose como puede a un progreso que posee su propia dinámica incontrolable (aunque los ilusos mortales piensen que saben lo que hacen y hacia dónde van).
Harari nos dice al principio de su obra:"En esta obra mi plan es global. Observo las principales fuerzas que modelan las sociedades del mundo y que es probable que influyan en nuestro planeta como un todo. El cambio climático quizá esté muy lejos de las preocupaciones de la gente que se encuentra en una emergencia de vida o muerte, pero puede que al final haga que los suburbios de Bombay sean inhabitables, que envíe nuevas y enormes oleadas de refugiados a través del Mediterráneo y que conduzca a una crisis global de la atención sanitaria”. Y de inmediato nos pregunta: "Qué implica el ascenso de Donald Trump? ¿Qué podemos hacer con la epidemia de noticias falsas? ¿Ha vuelto Dios? ¿Se aproxima una nueva Guerra Mundial?¿Qué civilización domina el mundo, Occidente China o Japón, el Islam?¿Porqué está en crisis la democracia liberal? ¿Tendría que Europa abrir las puertas a los inmigrantes?¿Puede el liberalismo resolver los problemas de la desigualdad y el cambio climático?¿Qué debemos hacer con respecto al terrorismo?...
Más adelante asegura: "En su forma actual la democracia no sobrevivirá a la fusión de la biotecnología y la infotecnología. O bien se reinventa a sí misma de una forma radicalmente nueva o bien los humanos acabarán viviendo esclavizados por dictaduras digitales." Y no hay ni ideologías, ni mentes, ni mucho menos pueblos "elegidos" que puedan dar soluciones a estos problemas. Ni siquiera el suyo, del que puntualiza (un capítulo lúcido, el 12, que disgustará a Jerusalén: el judaísmo “desempeñó sólo un papel modesto en los anales de nuestra especie” y realza su carácter esencialmente tribal en comparación a las religiones mundiales: islamismo, budismo, cristianismo. Aunque no ignora los indudables logros culturales y científicos de su mismo grupo etno-religioso (los judíos son el 0,2% de la población mundial, pero más del 25% de los premios Nobel de Física, Fisiología o Medicina), los atribuye a individuos concretos, no al “judaísmo” como tradición cultural suprema.
El libro es un canto al laicismo y al humanismo secular. Hasta los respetados principios de la Ilustración libertad, justicia e igualdad, podrían resultar anticuados en un mundo en el que “las biotecnologías podrían cambiar la naturaleza misma del género humano, y por tanto están mezcladas con las creencias éticas y religiosas más profundas de las personas…aunque lográramos evitar la guerra nuclear y el desastre ecológico, la gente tiene opiniones muy diferentes acerca del uso de la biogenética (o una ignorancia casi total la mayoría) y la IA para mejorar a los seres humanos o crear nuevas formas de vida. Si la humanidad no consigue concebir e impartir globalmente reglas éticas generales, aceptadas, supervisadas y controladas, se abrirá la veda a los presuntos doctores Frankenstein que crea el poder de las nuevas técnicas biológicas”. (Pág 144)
Como alivio a este anorama citaré una opinión menos radical, la del editor de la revista MIT Technology Review, “Estamos muy lejos del momento en que una inteligencia artificial sea capaz de entender el mundo sin una base previa de datos”. Aunque como remata Noah "El peligro es que si invertimos demasiado en desarrollar la IA y demasiado poco en desarrollar y promover la conciencia humana, la sofisticada inteligencia de los ordenadores solo servirá para fortalecer la estupidez natural de los humanos".
Y ahí el autor hurga en la llaga: "“La estupidez humana es una de las fuerzas más importantes de la historia, pero a veces tendemos a pasarla por alto…políticos, generales y eruditos ven el mundo como una gran partida de ajedrez, en la que cada movimiento obedece a meticulosos cálculos racionales. Podría ser así…hasta cierto punto. Pocos dirigentes en la historia se han vuelto locos y se han puesto a mover piezas aleatoriamente (aunque los ha habido). La mayoría creen tener razones lógicas para mover sus piezas en un momento dado. El problema es que el mundo es mucho más complejo que un tablero de ajedrez y la racionalidad humana no llega a entender bien esas diferencias, ni las complejas variables que no obedecen reglas de juego. De ahí que incluso líderes racionales y lógicos acaben haciendo cosas muy estúpidas y dañinas. No hay dios ni ley de la naturaleza que nos proteja de la estupidez humana” “ pag. 202
Me ha gustado su defensa de la UE como experimento orientado a una sociedad global basada en la democracia, los mercados libres, la paz y los derechos humanos que podría compensarse, con un " Un "patriotismo benigno”, pero lejos del aislacionismo nacionalista, podría ser al menos una etapa intermedia antes de alcanzar soluciones verdaderamente globales. Aunque Harari teme que lo que llama “disrupción tecnológica”, vinculada a los hallazgos de la neurociencia y la revolución de la tecnología informacional, esté desfondando nuestros amados principios sobre la libre elección de los votantes (incluso sobre el libre albedrío), y sobre la eficacia del gobierno ilustrado. "“La fusión de la biotecnología y la infotecnología es una amenaza para la libertad y la igualdad humanas. Cualquier solución al reto tecnológico tiene que pasar por la cooperación global. Pero los nacionalismos, las religiones y las culturas dividen a la humanidad y hacen imposible tal cooperación “(pag. 105)
Por ello el apoyo a una perspectiva laica de la existencia es otro de los logros de este autor: se trata de un ideal, un compromiso global con la Verdad, la Compasión, la Igualdad, la Libertad, el valor para luchar contra la opresión y la tiranía y la responsabilidad humana, de cada uno de nosotros, sobre nuestros actos y nuestro futuro y la capacidad de admitir nuestros errores y puntos ciegos (la “sombra” de nuestra humanidad) y la resolución de enmendarlos sin buscar paranoicamente entes, naciones o personas a las que responsabilizar.
Ya que, nos recuerda, Intentamos negar la complejidad del mundo en que vivimos de varias maneras: minimizar los conflictos reduciéndolos a la lucha entre buenos y malos, centrarse en una historia o relato conmovedora como explicación para juzgar, montar teorías conspiratorias que explican “todo el problema”, un grupo de millonarios de elite, la CIA, los francmasones o los nazis ocultos o los Sabios de Sion y, por fin, crear un dogma y un jefe omnisciente que nos sacará del lío. Ya la tenemos armada.
Para suavizar el mensaje tan duro sobre lo que es nuestros mundo, sugiere una forma distintta de enfocar la educación de nuestros hijos: “en las escuelas deberían dedicarse a enseñar las cuatro “ces”: pensamiento crítico, comunicación, colaboración y creatividad". Se tendría que dar menos importancia a las habilidades técnicas y hacer hincapié en las habilidades de uso general para la vida, capacidad de gestionar los cambios, de aprender nuevas cosas y de mantener el equilibrio mental un una situación tan continuamente estresante, es decir reinventarnos otra vez como seres humanos, con un sistema de valores básicos y principios éticos. Para tener éxito en esa tarea tan abrumadora deberás volver a aceptar el consejo más antiguo y repetido por los filósofos y la sabiduría: conócete a ti mismo. Y deja de creer en los cuentos que las religiones y los nacionalismos se inventaron y no dejan de repetir. Simplemente recuerda que todo cambia sin cesar, que nada tiene una esencia perdurable y que nada es completamente satisfactorio. Ya en ese camino (un aire fresco a sabiduría budista es expande por las páginas finales del libro) Noah nos sorprende dedicando el capítulo final a la meditación. Una práctica personal para una revolución global. Sin no cambia la persona, el ser humano individual, ninguna revolución tendrá éxito. Y esto es una verdad universal.
Libro, pues, para leer sin prisas, subrayar y reflexionar detenidamente en algunos parágrafos, aunque otros nos parezcan alarmistas, exagerados o utópicos. Hay mucha verdad y mucho sentido común (e información bastante fidedigna) en estas páginas. No se lo pierdan.
FICHA
21 LECCIONES PARA EL SIGLO XXI.- Yuval Noah Harari.- Trad. Joandomenec Ros.- 399 págs.- Ed. Debate, PVP 21,90 e.
El último libro de Noah, el israelí que analiza el pasado, presente y futuro de nuestra civilización con un éxito espectacular, tiene en la pág. 105 una frase que me ha hecho reflexionar: "La fusión de la biotecnología y la infotecnología es una amenaza para la libertad y la igualdad humanas. Cualquier solución del reto tecnológico tiene que pasar por la colaboración global. Pero los nacionalismos, las religiones y las culturas dividen a la humanidad y hacen imposible tal cooperación". Básicamente es cierto. Pero algunos científicos e intelectuales repartidos por todo el mundo están obteniendo atención mediática creciente hacia una mensaje común: los "que viene el lobo" de científicos como Ervin Laszlo, David Bohm, Rupert Sheldrake, Schrödinger, Heisenber e Einstein en sus tiempos, Pauli, Smullyan, o filósofos como Peter Sloterdijk, Habermas, Gadamer, Bauman, Byung-Chul Han, Bagnini, Fukuyama, Ziblat, Slavoj, Zizek o Dessal y muchos otros, están creando una corriente de opinión, una especie de "conspiración Acuario" como la que Marilyn Ferguson anunciaba en los ochenta, en la que se nos identifica al "lobo" con pelos y señales y se nos sugieren estrategias de defensa. Estamos llegando quizá al "punto crítico". Uno de los desastres claramente advertidos, cualquiera de ellos, con dos características, que sea global y que sea muy contundente ( aún más contundente que el cambio climático que muchos todavía rechazan a pesar de la que está cayendo) provocará una reacción básica que tenemos grabada los humanos en nuestra memoria filogenética: ante un enemigo letal y poderoso sólo cabe la unión de todos para poder sobrevivir. Esa es la clave: el instinto de supervivencia. Lástima que para llegar a despertarlo a nivel planetario necesitemos un desastre global. Somos así de primitivos.
Excelentemente editado por Errata Naturae (a la que sólo falta añadir un pequeño prólogo sobre la personalidad, vida y obras del autor, algo un poco más serio y enjundioso que la simple solapilla de portada). Este conjunto de pequeños ensayos del norteamericano John Burroughs (1837-1921) hará las delicias de todos los que aman la Naturaleza en estado puro, sin envasar en paquetes turísticos, sin invasiones de ecólogos tecnocráticos, gente que, como anuncia el título del libro y del primer ensayo, conocen y practican "el arte de ver las cosas", técnica natural que cualquier lector de los filósofos clásicos griegos y latinos ya ha aprendido si ha digerido bien lo estudiado.
Cuando murió, a los 83 años, las cosas en su tierra y menos en el resto del mundo aún no se habían puesto tan alarmantes como ahora. Sus libros inspiraron al movimiento civil de conservación de la Naturaleza en su país (lo que ha evitado, incidentalmente, que mantuviera genialmente en casi todo el gran país y más en Canadá) y debería ser de lectura obligatoria en todos los institutos de enseñanza media españoles.
Sin llegar a igualar la fama de Henry David Thoreau (aunque a mí en particular me parece mucho más "auténtico") nuestro autor es, como nos recuerdan sus editores y en palabras del poeta Walt Whitman "el genuino hombre de los bosques, el único nativo entre los árboles". Fue "The Grand Old Man of Nature" para todo el país, en el que su popularidad era continuamente alimentada por ensayos naturalistas, -"Wake-Robin", el primero, apareció en 1871- y literarios de una riqueza descriptiva y científico divulgativa asombrosa. Lamentablemente, después de su muerte (falleció durante un viaje en tren) fue decayendo su fama, lo cual hace esta "recuperación" de estos editores doblemente valiosa, aunque algunos de los planteamientos y juicios parezcan obsoletos. Para mi siguen teniendo encanto...natural.
Las raíces filosóficos de muchos de estos ensayos dejan ver la cercanía de nuestro autor con el mundo dinámico y peculiar de su mentor intelectual, Ralph Waldo Emerson. Su nombre corona una de las cumbres de las tres montañas que forman la "cordillera Burroughs" en forma de placa con una frase suya de amor a la belleza de la Tierra en su conjunto.
Pero no se equivoquen, aunque Emerson llamara a Burroughs "un granjero alerta e inquisitivo...todo curiosidad y atención" (¡menudo piropo!) el tipo no tenía nada de simple, banal o tosco. Era agudo como una flecha y sutil como una flor silvestre. Aquilaten esta observación espigada de su ensayo "Una perspectiva sobre la vida": "...compartir la gran vida soleada y dichosa de la Tierra...y ser capaz de ver que la falta, el pesar y el sufrimiento del mundo son una parte necesaria del curso natural, una fase de la ley de crecimiento y desarrollo que recorre el universo, amarga en su aplicación personal, pero iluminadora desde la perspectiva de la vida en su conjunto. Sin muerte y decadencia, ¿cómo iba a continuar la vida?". Estoicismo de alta calidad. El elegante Marco Aurelio hubiera firmado sin pensarlo estas líneas clarividentes.
Para mí, Burroughs, es el presidente supremo de la "Orden de los caminantes" una mística andariega de la que me siento miembro honorífico desde que en mi adolescencia me perdía por los montes de Collcerola. Y de ese placer lleno de esfuerzo sano, dotes de observación y disfrute ambiental (mas respeto a todo lo que vive, animal o planta, hasta las piedras) están llenos estos 16 ensayos reunidos en este libro.
Déjenme añadir esta cita, aunque todo el mundo lo haga: “Si tuviera que señalar los tres recursos más preciados de la vida, diría que son los libros, los amigos y la naturaleza; y el más magnífico de todos ellos, al menos el más constante y el que siempre está a mano, es la naturaleza… una mina inagotable de aquello que conmueve el corazón, atrae a la mente y dispara la imaginación. Salud para el cuerpo, estímulo para el intelecto y alegría para el alma”.
En un viaje a Inglaterra y Escocia, Burroughs es capaz de caminar decenas de kilómetros diarios y dedicar 34 páginas del libro para escuchar el canto del ruiseñor o investigar durante semanas los comportamientos sociales de arañas, abejas o serpientes, así como de todo tipo de pájaros, a los que conoce por sus trinos. Eso hace un poco difíciles de digerir muchas páginas de este libro debido al menos en mi caso a mis escasos conocimientos sobre biología animal, sobre fitología y las 300.000 especies del Reino Vegetal y otras ciencias naturales. Sin embargo, es tan transparente el amor de este hombre por la Naturaleza y su mirada tan limpia, atenta e inteligente, que el placer de leerle supera su inconsciente complejidad de fanático naturalista.
FICHA
EL ARTE DE VER LAS COSAS.- John Burroughs.- Trad. Ana González Hortelano.- Ed. Errata Naturae.- 323 págs. ISBN 9788416544851
Lo cultural, la cultura, es un activo comercial más en el universo mediático en el que mal vivimos. La tecnología la ha convertido en una sirvienta fiel (como lo fuera hace siglos la Filosofía para la Teología). Por eso la casual lectura de un artículo de Ortega y Gasset (año 1929) me ha irritado un poco las meninges culturales que hace tiempo tengo en continua e irritante frustración. Escribía Ortega (tan discutible como respetable único filósofo conocido en Europa, junto a Unamuno, en el erial hispano de entonces) hace algo más de noventa años : "Paralelamente a este olvido de lo cultural se ha mostrado un gran desdén hacia lo clásico: es muy frecuente entre nosotros la creencia de que a la palabra "clasicismo" no corresponde realidad alguna y que es apta, a lo sumo, para fáciles ampliaciones de una retórica extemporánea...sin embargo tras ese vocablo alienta místicamente la realidad más granada y plenaria, pues tengo a lo clásico, no sólo por el embrión de la cultura, sino por el sentido perenne de ella." Y añade "el progreso, sea el que fuere, en civilización (se refiere al progreso técnico), supondrá siempre al cabo ...un progreso en cultura con el que sopesar la solidez de tal "civilización".
¿No estamos olvidando algo tan lógico como la necesidad de equilibrar los excesos estresantes de una civilización mega tecnológica con la serenidad refrescante y llena de sentido de sus clásicos?
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Ventana abierta al mundo de la cultura en general, de los libros en particular, mas un poco de filosofía, otra pizca de psicología y psicoanálisis, unas notas de cine o teatro y, para desengrasar, rutas senderistas y subidas montañeras.