Overblog
Seguir este blog Administration + Create my blog
15 agosto 2018 3 15 /08 /agosto /2018 08:50

Lo mejor de este libro de mediana calidad literaria pero alto valor documental es el estilo desenfadado, calmado, irónico y bondadoso que la Pámies usa para contarnos su periplo aragonés junto a su marido en una época en que ser comunista ya no era un peligro personal en una sociedad represiva. Se ha producido el cambio (lento pero evidente) político y socioeconómico y la pareja de sexagenarios pasean su perspicacia y sus limitaciones físicas relativas por unas tierras que ya el paso del tiempo ha hecho casi irreconocibles, al menos en su aspecto humano, social y  paisajístico, aunque las montañas están ahí y esas a partir de cierta altura ya no cambian de aspecto (aunque muchas tengas las cimas holladas por instalaciones de esquí, qué le vamos a hacer).

Teresa Pàmies nació de Balaguer en 1919 y murió el 13 de marzo de 2012 en Granada, en casa de uno de sus hijos, a los 92 años de edad, tras una larga vida repleta de vivencias dramáticas. Durante la Guerra Civil española fue dirigente de la rama juvenil del PSUC, partido del que entre 1965 y 1981 fue secretario general su marido, Gregorio López Raymundo, aragonés de nacimiento, de la localidad zaragozana de Tauste. Tras la contienda,  que llevó al exilio al matrimonio con singladuras en Francia, República Dominicana, Cuba, México y Checoslovaquia, hasta 1971. En esa fecha se permitió a la Pàmies regresar al país para  recibir el Premio Josep Pla por su primera novela, Testament a Praga, que había escrito conjuntamente con su padre. Más de treinta libros publicó esta mujer, Premio de honor de las Letras Catalanas. 

Este libro fue escrito a partir  de unas vacaciones que, en 1978, la escritora y su marido pasaron en un pueblo pirenaico de Huesca, Broto. Pamies nos relata las excursiones que hicieron a pie y en coche por los bellos y arcaicos entonces alrededores de Broto y otros lugares emblemáticos del Pirineo aragonés como San Juan de la Peña, Ordesa, Bujaruelo, Panticosa o Jaca. Para un lector de hoy, las descripciones y observaciones de la Pámies  tienen un valor nostálgico considerable y uno capta la agudeza de la escritora cuando critica el incipiente urbanismo que comenzaba a desfigurar unos entornos naturales magníficos (ignoro si la escritora volvió  antes de su fallecimiento por los lugares que conoció, espero que no, en algunos aspectos los cambios han sido lamentables).
Resulta interesante las reacciones de malestar y asombro de la Pàmies ante las pintadas contra Cataluña que ya entonces (1978) proliferaban incluso, en lugares tan apartados como Broto y el Pirineo. Eso desdichadamente no ha cambiado. Hoy se ha multiplicado en las dos direcciones. Contra Catauña y a favor, contra España y a favor. Lamentable.
"Calzados con alpargatas y apuntalados en improvisados cayados" la pareja de sexagenarios se extasía ante los bellos panoramas de esos lugares:  “Entre escarpadas montañas se extendía un conjunto armonioso de casas bajas con tejados de pizarra o de losa. El espumoso río azulaba entre huertos y abedules. La visión era ya una promesa de buenas vacaciones, las que yo necesitaba al rondar los sesenta años, caminando por la vida con un hombre que ya los había superado y que, por cierto, es hijo de Aragón”.
 
La primera excursión les lleva en caminata esforzada hasta Torla por un viejo camino. Otros días conocerán la ermita de Morillo, la cascada del Sorrosal o a loas aldeas de Sarvisé y Oto. Se establecen relaciones con gente del pueblo, entre ellos mosén Estanislao, el párroco, que les hace asistir a una comida "de autoridades" entre ellas el obispo de la diócesis en visita pastoral al lugar, algo curioso y positivo en aquella época dada la filiación comunista de la pareja (algo que no era bien aceptado por otros comensales).
 
Teresa aprovecha a menudo para consignar sus lecturas vacacionales, desde El aragonés: identidad y problemática de una lengua, (cosa que indica el talante de la Pàmies que opinaba que “los catalanes somos muy ignorantes de las realidades de otros pueblos de España y nos quejamos de que ellos ignoren la nuestra” hasta dos novelas "mediocres" de Simenon, una de Corin Tellado, Papini, el "Novenari d'animes" de Oriol Pi de Cabanyes, Agatha Christie, "Els darrers diez" de Rovira Virgili (decepcionante), el Joan Fuster de "Contra el noucentisme"...
 
Cuando regresan a Barcelona. la pareja visita Boltaña, Aínsa, Graus y Monzón. En esta última ciudad, sofocada por el calor, Teresa no puede evitar la nostalgia del pasado reciente: " Sentí nostalgia de la hierba fragante, alfombra de nuestras siestas a la orilla  del Ara...una especie de pánico me asaltó de repente, como el zarpazo del cansancio y abatimiento que genera la gran urbe que me esperaba"
 
FICHA
VACACIONES ARAGONESAS.- Teresa Pàmies.- TRad. del catalán de la autora.- Prólogo de Sergi Pàmies.- 250 págs.-Ed. Xordica.- ISBN 9788416461219
 
Compartir este post
Repost0
12 julio 2018 4 12 /07 /julio /2018 07:07

Cerca de la mística montañera, aunque tocada con la varita de la realidad más áspera y dura, está "Toda una vida" de Robert Setthaler en la que se nos narra la existencia azarosa e intensa de Andreas Egger, un chiquillo de cuatro años abandonado por su madre y recogido por su brutal tío en una aldea perdida de los Alpes a principios del pasado siglo. El progreso llega a las montañas con sus ambivalentes cambios y el niño se hace hombre a base de rudo estoicismo, fuerza física y capacidad de sacrificio y de trabajo. Pero hay algo que no cambia pese a ese progreso (simbolizado por la construcción de teleféricos para deportistas en los valles y la violación técnica y humana de la montañas vírgenes): su relación casi simbiótica con los montes.. Allí Andreas encuentra el amor y allí lo pierde tras un alud (descrito de una forma excelente ,pág.64) y se va convirtiendo en un anciano fuerte y solitario que se arroba con las puestas de sol y la estoica maravilla de la leche recién ordeñada y los productos de la tierra. Novela de una belleza desgarradora que se afirma en los sentimientos y los defectos humanos con una serena comprensión. Como muestra vean el  sereno balance que Andreas hace  de su vida: "Que él supiera no cargaba con ninguna culpa digna de mención y nunca había caído en las tentaciones del mundo: las borracheras, la prostitución o la gula. Había construido una casa, había dormido en infinidad de camas, establos, rampas de carga y unas cuantas noches incluso en una caja de madera. Había amado. Y se había hecho una idea de hasta dónde podía llevar el amor...nunca se había visto en el apuro de creer en Dios y la muerte no le daba miedo...podía mirar atrás sin lamentos, con una media sonrisa y un gran asombro" (pág.133).

La humildad de las vivencias de Andreas no lo hacen menos interesante sino más entrañable humanamente hablando. El personaje, en su cerrazón y elementalidad aparente, se nos escapa. No hay un dibujo psicológico del personaje sino un relato de sus obras y motivaciones. El lector puede quedar satisfecho pues un hombre es lo que reflejan sus acciones y actitudes, en definitiva.  Del calado popular del libro da fe ese millón larga de copias vendidas y el hecho de haber sido traducido a todos los idiomas importantes. Quizá la moraleja principal del libro, el gancho perfecto que fascina al lector sea la irrelevancia plena de vitalidad y de amor a la naturaleza que se desprende de sus páginas con total sinceridad y con ramalazos de bellísima, concisa y ascética naturalidad lírica y filosófica.

Recomendable, casi, como libro terapéutico contra el agobio del urbanita desasosegado que se hacina en las mastodónticas ciudades y en un sistema de vida enloquecido.

FICHA

TODA UNA VIDA.- Robert Seethaler.-Trad. Ana Guelbenzu.-Ed. Salamandra.139 págs. ISBN 9788498388152

Compartir este post
Repost0
10 julio 2018 2 10 /07 /julio /2018 07:01

Una acomodada familia judía de artistas e intelectuales (con dos hijas pequeñas), el dramaturgo alemán Carl Zuckmayer (autor entre muchas otras obras célebres en su tiempo del guión cinematográfico de "El ángel azul", protagonizado por Marlene Dietrich) y la actriz austriaca Alice Herdan (fallecida a los noventa años en 1991), se ven obligados a expatriarse de Alemania con llegada de los nazis al poder. Dejan atrás una posición desahogada y un círculo de amigos tales como Bertolt Brecht, Alma Mahler o Stefan Zweig. Ni Austria ni Suiza les dan suficientes garantías de supervivencia y dan el salto del Atlántico y el salto a una vida enteramente distinta. Se van a una granja montañesa en el estado de Vermont (Estados Unidos), situada en un paraje de las Green Mountains, donde la nieve los aislaba durante seis meses al año.

Más que un relato novelesco y de aventuras de supervivencia en la Naturaleza, este libro es un testimonio, sin pretensiones literarias, pero auténtico y emocionante, que nos narra la vida de dos artistas e intelectuales que pasan del bullicio y el resplandor de los cabarets y los cenáculos literarios berlineses a ganarse, en el sentido más real de la palabra,  la vida criando patos, gansos, cabras, cerdos y gallinas, arando el campo y cuidando el huerto y vendiendo o trocando  a sus vecinos los productos naturales. En un libro de metanoia (transformación interior) de dos personas llenas de valor, fortaleza, inventiva y sentido profundo de la ética de la vida y el trabajo. Para mayor goce del lector, la autora es un ejemplo de sentido común, humor, sentido del sacrificio, humildad y ausencia total de rencor o autocompasión.

Entre párrafos de amor a la naturaleza, las montañas, el trabajo exigente, el contacto con los animales, surge de vez en cuando la referencia a los apuros, los obstáculos, los errores cometidos en la gestión de sus vidas en ese entorno absolutamente nuevo para ambos. Y ahí es donde surge la entereza y la saludable solidez de espíritu y carácter de Alice y su humor estoico sin dejarse tentar por la fácil nostalgia o la amargura y el odio hacia los que provocaron el dramático cambio.

Como escribe Alice : “La granja es a la vez un refugio literal y un refugio metafórico, donde la locura y la brutalidad de un mundo trastornado no pueden tocarnos, porque estamos lejos de todo, dependemos de nosotros mismos y estamos profundamente comprometidos con nuestras responsabilidades. Nuestro trabajo es nuestro tesoro, el paisaje es nuestro hogar”. Y su marido comienza el libro con un poema dedicado a la granja: "El altos prados, pero de bosques rodeada/ te mantienes firme a pesar del viento y la lluvia/ como si estuvieras encadenada al cielo./Me diste en América, un hogar./ Con manos laceradas aprendí a cuidarte/tu chimenea cargué con leña vieja/Y mientras la luna crecía y menguaba/ viví en paz con los animales, la primavera y el árbol..."

Compartir este post
Repost0
7 julio 2018 6 07 /07 /julio /2018 08:12

En "La alta ruta", el suizo Maurice Chappaz (Lausana 1916, fallecido en 2009), nos habla de una ruta alpina mítica, la que conecta Chamonix con Zermatt, una durísima prueba que circula por glaciares y cumbres inhóspitas: es una narración deportiva muy personal y al mismo tiempo descriptiva (y a veces lírica) en cuanto a la interrelación del hombre con un entorno montañero bellísimo y hostil. Redactada en un estilo de frases cortas, algo surrealistas entreverado con largas descripciones del lugar o del propio narrador y sus sensaciones (el subjetivismo narrativo de Chappaz es, en algún momento, abrumador).

Son experiencias de un montañero-esquiador experimentado, ese tipo de persona, hombre o mujer que encuentra tal cúmulo de gratificaciones en la alta montaña que el asombroso y permanente activo de cansancio, frío, ansiedad, miedo, soledad, peligro, desastres potenciales ya sean naturales o inducidos, no logra enturbiar la serena y exultante sensación de vivir la experiencia, al precio que se deba pagar.

Chappaz nos lo cuenta de una forma tan apasionante que uno, que es montañero aunque más modesto,  siente vibrar todas las cuerdas sensibles de su amor por las cumbres y su mirada detallista, a veces con un exceso lírico, logra reverberar en nuestro espíritu que ya conoce momentos parecidos, aunque seguramente no lo expresaría de ese modo. A menudo es proclive a las frases cortas, cargadas de significados pero un poco complejas. Me pierdo un poco en las sensaciones del esquiador Chappaz (yo soy caminante y sólo he probado las raquetas) pero en el fondo vienen a ser las mismas emociones: "Un bosque se seca al sol; la tempestad lo zarandeó hace dos días; lo mojado del humus, de las cortezas, el santo sudario húmedo de los troncos negros se disipa. La tibieza me amordaza...¡pero el olor de savia del bosque es más carnal que el de las fogatas de leña...los perfumes se empañan, se impregnan de las huellas de los animales, pájaros, corzos, urogallos, liebres...el animal, lo invisible reemplaza al dios" (pág.145)".

Y antes escribe: " A través del solemne y bellísimo vacío de los glaciares, un universo lunar nevado, atravesado por la solead del esquiador o el alpinistas que tan bien conoce el vértigo y la embriaguez del esfuerzo". Había oído hablar de este libro a mis amigos de montaña. Se publicó en los 70  y pasó más o menos inadvertido para el gran público (no para el mundo de montaña)  y en los 90 en una editorial parisina que le dio el empujón definitivo. Aquí lo publica Impedimenta en 2017. Sabía que el autor, Chappaz, hizo aquél recorrido y escribió el libro a modo de auto terapia tras la guerra (que le había convertido en una especie de vagabundo de todas las cimas alcanzables en cualquier continente). Un personaje mítico entre los que aman las cumbres, pues no está considerado de la elite alpinista, ni busca ningún tipo de reconocimiento en ese campo. Es...Chappaz.

 

 

FICHA

 

LA ALTA RUTA.- Maurice Chappaz.- Trad. Rafael José Díaz.- 158 págs. Ed. Periférica.-ISBN 9788316291588

Compartir este post
Repost0
5 julio 2018 4 05 /07 /julio /2018 08:52

Deliciosa e intensa novela iniciática, una "bildungroman" llena de pasión en la que se verán ilustrados y por supuesto concernidos todos aquellos que aman las montañas, los paseos por el bosque de sus altas laderas, el agotador pero gratificante asalto a la cumbre, la calma sobrehumana de sus roquedales, el silencio del pico asaltado de nubes, los tortuosos senderos, las "grimpadas" con el alma en vilo, el corzo o el rebeco apenas entrevisto, la suicida bajada súbita de la cabra salvaje por una pared vertical...todo ese mundo fascinante y que debe ser respetado tanto como amado, pues es un paraíso ambivalente que puede mostrar su cara infernal en el momento menos esperado.

Paolo Cognetti escribe la historia de Pietro, un chico de ciudad, que descubre la montaña gracias a la apasionada afición de sus padres hacia la naturaleza y en particular las montañas y los bosques. En los ascensos sigue a su padre montañero fanático y compensatorio de una vida de oficina que odiaba. Como nos cuenta Pietro-Paolo,  su padre tenía "reglas escuetas y claras: la primera adoptar un ritmo y mantenerlo sin detenerse; la segunda, no hablar; la tercera, ante un cruce, elegir siempre el camino que asciende". El niño conocerá a Bruno, hijo de un albañil de la zona donde veranea, tienen once años los dos y este será el contrapunto natural de la pasión paterna, algo dura y desmedida. La mezcla de ambos creará en Paolo-Pietro el enorme amor a las montañas y el mundo rural junto a las gentes que lo recorren y habitan. Se convierte en un canto a la amistad como vínculo sagrado, fortalecido por la propia montaña.  Como dice en "El  muchacho silvestre", un libro anterior que es casi el ensayo previo, el cuaderno de notas de "Las ocho montañas": "En torno no había más que bosque, los prados y aquellos restos abandonados; en el horizonte, las montañas que cierran el Valle de Aosta al sur, hacia el Gran Paradiso; y luego una fuente excavada en un tronco, los restos de un murete en piedra seca, un torrente borboteaba. Aquello iba a ser mi mundo..." Ese lenguaje austero y poético a menudo se vuelve directo y práctico: "encontraba una virtud elástica en las rocas, que no absorbían el paso como la tierra o la hierba, sino que devolvían a las piernas su propia fuerza, brindaban al cuerpo el impulso para continuar".

Por esta novela  -no es autobiográfica, dice el autor- Cognetti ha sido galardonado con el Premio Strega 2017 y al mismo tiempo la versión de lectores jóvenes del mismo premio coincidencia muy significativa por lo que tiene este libro de novela iniciática. Un replanteamiento de la propia vida que no es complaciente ni idílica con la vida en la montaña, sino realista y al mismo tiempo de una conciencia ecológica cada vez más atenta y combativa: "En Nepal van a la montaña sagrada y dan vueltas, no suben. Ellos prefieren abrazarla" y no están contagiados por la obsesión de conquistar cumbres (algo que Pietro rechaza de su padre). Como dijo con humor en alguna parte: "Para la Naturaleza sería una fiesta si se extinguiera el hombre".

¿Qué montañero no ha sentido una o varias veces sensaciones como ésta, que describe nuestro autor en la pág. 137: "Cuando subía me gustaba parar un minuto en la orilla del lago...el sol que iluminaba las cumbres del Grenon, aún no había llegado a la cuenca y el lago conservaba algo nocturno, como un cielo que todavía no ha oscurecido pero tampoco aclarado. No recordaba bien porqué me había alejado de la montaña, ni qué había amado cuando había dejado de amarla a ella, pero tenía la sensación, cuando cada mañana emprendía su ascenso, de que nos estábamos reconciliando". O cuando el protagonista sube al Himalaya para hacer un reportaje y ante la extrañeza del medio ambiente tan distinto del de los Alpes,  piensa: "Y sin embargo me sentía en casa. También aquí, me dije, donde acaba el bosque y no hay sino praderas y pedregales, estoy encasa. Es la cota a la que pertenezco y en la que me encuentro bien." (Pág.177).

Pues bien este libro pertenece a la cota en la que muchos nos sentimos bien. Por eso lo recomiendo.

FICHA

LAS OCHO MONTAÑAS.- Paolo Cognetti.- TRad, de César Palma. Literatura Random House.- 239 págs. 17,90 euros. ISBN 9788439734123

Compartir este post
Repost0
30 junio 2018 6 30 /06 /junio /2018 08:30

El agua fue nuestro tema de reflexión y alarma en anteriores artículos de este blog. Analicé tres libros que enfocaban la cuestión esencial para la supervivencia de cambiar nuestras actitudes y percepciones hacia el agua como elemento vital que la naturaleza nos proporciona generosamente y que estamos dilapidando de una forma vergonzante y suicida. En esta ocasión he reunido tres títulos dispares, entre narrativa y ensayo autobiográfico, en los que el motivo básico es la montaña. Otro legado que, dada nuestra forma de entender el desarrollo y el progreso, el deporte y el ocio, el consumismo y la falta de respeto e ignorancia, corre un evidente peligro. Y que, como en el caso del agua, su mala gestión y los intereses económicos invasivos están causando daños irreparables a  nuestro entorno ecológico.

La falta de conciencia que existe sobre el hecho, científicamente demostrado, de la interrelación entre todos los seres vivientes, animales y vegetales, nos hace cosificar y usar con criterios utilitaristas a animales, árboles, lagos, ríos y montañas, manipulando los entornos y creando con ánimo especulativo desequilibrios ecológicos (cuyos efectos perniciosos ya comienzan a ser noticia de cada día y aún así no somos globalmente conscientes del mal que hacemos). Somos parte de ese entorno, no sus propietarios, aunque nos comportamos como  inicuos explotadores inconscientes del delicado equilibrio natural que rompemos de acuerdo con nuestra desmesurada avidez.

Tres hombres han escrito sendos libros sobre la montaña: no desde un punto de vista deportivo, competitivo o no (las fotos y películas de larguísimas y sinuosas colas de alpinistas de todo el mundo tratando de subir al Everest con agencias de "todo pagado", han herido la sensibilidad de miles de montañeros que aman y respetan la soledad y el silencio de las altas cumbres) sino desde el corazón, la experiencia íntima, el dolor y el sufrimiento y ese amor y respeto que es el sello distintivo en el que nos reconocemos unos y otros y que llega directo a nuestros corazones. El italiano Paolo Cognetti, autor de "Las ocho montañas" (Random House), el suizo Maurice Chappaz con "La alta ruta" (Periférica) y el austríaco Robert Seethaler con "Toda una vida" (Salamandra), son los tres escritores que convocamos para leer sus historias y vivencias. Todas regidas por un elemento común: la montaña, su belleza, sus exigencias, sus peligros y su poderoso atractivo, características todas en peligro de deterioro progresivo.

Paolo Cognetti escribe la historia de Pietro, un chico de ciudad, que descubre la montaña gracias a la apasionada afición de sus padres hacia la naturaleza y en particular las montañas y los bosques. En los ascensos sigue a su padre montañero fanático y compensatorio de una vida de oficina que odiaba. Como nos cuenta Pietro-Paolo,  su padre tenía "reglas escuetas y claras: la primera adoptar un ritmo y mantenerlo sin detenerse; la segunda, no hablar; la tercera, ante un cruce, elegir siempre el camino que asciende". El niño conocerá a Bruno, hijo de un albañil de la zona donde veranea, tienen once años los dos y este será el contrapunto natural de la pasión paterna, algo dura y desmedida. La mezcla de ambos creará en Paolo-Pietro el enorme amor a las montañas y el mundo rural junto a las gentes que lo recorren y habitan. Se convierte en un canto a la amistad como vínculo sagrado, fortalecido por la propia montaña.  Como dice en "El  muchacho silvestre", un libro anterior que es casi el ensayo previo, el cuaderno de notas de "Las ocho montañas": "En torno no había más que bosque, los prados y aquellos restos abandonados; en el horizonte, las montañas que cierran el Valle de Aosta al sur, hacia el Gran Paradiso; y luego una fuente excavada en un tronco, los restos de un murete en piedra seca, un torrente borboteaba. Aquello iba a ser mi mundo..." Ese lenguaje austero y poético a menudo se vuelve directo y práctico: "encontraba una virtud elástica en las rocas, que no absorbían el paso como la tierra o la hierba, sino que devolvían a las piernas su propia fuerza, brindaban al cuerpo el impulso para continuar".

Por esta novela  -no es autobiográfica, dice el autor- Cognetti ha sido galardonado con el Premio Strega 2017 y al mismo tiempo la versión de lectores jóvenes del mismo premio coincidencia muy significativa por lo que tiene este libro de novela iniciática. Un replanteamiento de la propia vida que no es complaciente ni idílica con la vida en la montaña, sino realista y al mismo tiempo de una conciencia ecológica cada vez más atenta y combativa: "En Nepal van a la montaña sagrada y dan vueltas, no suben. Ellos prefieren abrazarla" y no están contagiados por la obsesión de conquistar cumbres (algo que Pietro rechaza de su padre). Como dijo con humor en alguna parte: "Para la Naturaleza sería una fiesta si se extinguiera el hombre".

Más cerca de la mística montañera está "Toda una vida" de Robert Setthaler en la que se nos narra la existencia azarosa e intensa de Andreas Egger, un chiquillo de cuatro años abandonado por su madre y recogido por su brutal tío en una aldea perdida de los Alpes a principios del pasado siglo. El progreso llega a las montañas con sus ambivalentes cambios y el niño se hace hombre a base de rudo estoicismo, fuerza física y capacidad de sacrificio y de trabajo. Pero hay algo que no cambia pese a ese progreso (simbolizado por la construcción de teleféricos para deportistas en los valles y la violación técnica y humana de la montañas vírgenes): su relación casi simbiótica con los montes.. Allí Andreas encuentra el amor y allí lo pierde tras un alud (descrito de una forma excelente ,pág.64) y se va convirtiendo en un anciano fuerte y solitario que se arroba con las puestas de sol y la estoica maravilla de la leche recién ordeñada y los productos de la tierra. Novela de una belleza desgarradora que se afirma en los sentimientos y los defectos humanos con una serena comprensión. Como muestra vean el  sereno balance que Andreas hace  de su vida: "Que él supiera no cargaba con ninguna culpa digna de mención y nunca había caído en las tentaciones del mundo: las borracheras, la prostitución o la gula. Había construido una casa, había dormido en infinidad de camas, establos, rampas de carga y unas cuantas noches incluso en una caja de madera. Había amado. Y se había hecho una idea de hasta dónde podía llevar el amor...nunca se había visto en el apuro de creer en Dios y la muerte no le daba miedo...podía mirar atrás sin lamentos, con una media sonrisa y un gran asombro" (pág.133).

En "La alta ruta", el suizo Maurice Chappaz (Lausana 1916, fallecido en 2009), nos habla de una ruta alpina mítica, la que conecta Chamonix con Zermatt, una durísima prueba que circula por glaciares y cumbres inhóspitas: es la más deportiva de las tres novelas que recomiendo y al mismo tiempo la más descriptiva en términos de interrelación del hombre con un entorno bellísimo y hostil. Es la novela del montañero-esquiador experimentado, ese tipo de persona, hombre o mujer que encuentra tal cúmulo de gratificaciones en la alta montaña que el asombroso y permanente activo de cansancio, frío, ansiedad, miedo, soledad, peligro, desastres potenciales ya sean naturales o inducidos, no logra enturbiar la serena y exultante sensación de vivir la experiencia, al precio que se deba pagar.  Y Chappaz nos lo cuenta de una forma tan apasionante que uno, que es montañero aunque más modesto,  siente vibrar todas las cuerdas sensibles de su amor por las cumbres y su mirada llena de poesía logra reverberar en nuestro espíritu que ya conoce momentos parecidos. A menudo el lirismo le hace proclive a las frases cortas, cargadas de significados pero un poco complejas. Me pierdo un poco en las sensaciones del esquiador Chappaz (yo soy caminante y sólo he probado las raquetas) pero en el fondo vienen a ser las mismas emociones: "Un bosque se seca al sol; la tempestad lo zarandeó hace dos días; lo mojado del humus, de las cortezas, el santo sudario húmedo de los troncos negros se disipa. La tibieza me amordaza...¡pero el olor de savia del bosque es más carnal que el de las fogatas de leña...los perfumes se empañan, se impregnan de las huellas de los animales, pájaros, corzos, urogallos, liebres...el animal, lo invisible reemplaza al dios" (pág.145)".

¡¡¡¡Por todos los dioses habidos y por haber, salvemos a las montañas de nuestros excesos prepotentes!!!!

FICHAS

LAS OCHO MONTAÑAS.- Paolo Cognetti.-Trad. César Palma.- Literatura Random House.- 17,90 euros.- 239 págs. ISBN 9788439734123

TODA UNA VIDA.- Robert Seethaler.- Trad.Ana Guelbenzu.-139 págs.- Ed. Salamandra.-ISBN 9788498388152

LA ALTA RUTA.- Maurice Chappaz.- Trad. Rafael José Díaz.- 158 págs. Ed. Periférica.-ISBN 9788316291588

 

Compartir este post
Repost0
18 junio 2015 4 18 /06 /junio /2015 10:10

He aquí una excursión de pocas horas, con bastante desnivel y parajes de una belleza notable. Forma parte del elevado número de excursiones que nos ofrece la sierra de Vandellós, en la provincia de Tarragona, cercana al mar, una especie de gran cordón de elevados riscos que hacen frontera entre la Terra Alta y el matarraña y el Mediterráneo, saltando un poco más al sur a los farallones imponentes de los Ports.

Compartir este post
Repost0
6 enero 2015 2 06 /01 /enero /2015 10:47
Circular por la sierra de La Ginebrosa

He caminado esta mañana por la antigua senda que unía Torrevelilla con la sierra de la Ginebrosa, en un circular de unos diez kms con unos 200m de desnivel en su punto más alto. Se trata del PR-TE 14. Salimos de la ermita de San Joaquín, en las afueras del pueblo turolense, y seguimos una senda compartida con la que lleva al Monasterio cisterciense abandonado del s. XVII en el llamado desierto de Calanda. Durante una media hora o algo más caminamos por una pista ancha entre cultivos o matorral de monte bajo, sin dejar de ascender. En la bifurcación del monasterio seguimos por la pista más estrecha de la izquierda y aún habremos de hacer otra elección para dejar la que lleva al mirador del Pilón y seguir la de La Ginebrosa (la derecha). Al poco rato la pista se estrecha y termina convertida en un sendero. La subida ya es fuerte. Dejamos a la derecha un barranco con pinares, lo rodeamos por la cresta y volvemos a descender hacia un valle, entre pinos. En el fondo encontramos una nueva pista que habrá que ascender , rodeados de pinos y carrascas, para llegar a la cresta, las cimas alargadas de la Sierra. Alli hay un nuevo cruce de pistas, una va al pueblo de La Ginebrosa que está al fondo de la planicie gigantesca que dominamos desde la altura. En una media hora se puede bajar al pueblo, aunque la excursión no acaba allí. Hemos de volver a la cresta y desde allí seguir la pista hacia la izquierda, que nos llevará cresteando por buena parte de la Sierra hasta llegar al Mirador del Pilón. Vale la pena disfrutar de esa vista (si hace buen día veremos los Ports de Beceite por un lado, el Pirineo y las montanas de Prades al fondo y a la izquierda Alcañiz, Calanda y la planicie del bajo Aragón. Junto al desvío para el mirador hay un cartel que indica bajada hacia Torrevelilla. Hay otro camino siguiendo la pista forestal, pero es más largo y menos divertido. El que aconsejamos requiere prudencia pues en buena parte es una vertiginosa bajada por una pedrera de rocas desmenuzadas e inestables que lleva casi hasta el fondo del barranco. En ese punto empieza la pista, justo en un bancal sembrado y vuelve a Torrevelilla por la modesta ermita de El Calvario. Total unas cuatro horas si bajamos a La Ginebrosa. Tres, si hacemos el recorrido solo por la Sierra.

MAPA: ACONSEJABLE EL LIBRO "SENDEROS DEL MEZQUIN". Editado por Prames y el Gobierno de Aragón y la Federación Aragonesa de Montañismo.99 páginas. Se vende en Serret (Valderrobres) o librerías de senderismo.

Compartir este post
Repost0
7 diciembre 2014 7 07 /12 /diciembre /2014 10:53
Comienzo del sendero desde la carretera a Alcañiz
Comienzo del sendero desde la carretera a Alcañiz

Caminar por estas tierras antiguas es un privilegio, un placer y un permanente descubrimiento. Salimos de buena mañana desde los altos de La Fresneda, la bellísima población del Matarraña. El camino está señalizado como camino vecinal y tiene una larguísima tradición de uso humano y de paso de rebaños y bestias de carga. Sin embargo desde hace décadas está en desuso y uno echa de menos algo más de atención de los que están al cargo oficial de estos senderos y su mantenimiento, ayuntamientos, la Comarca y concejalía de cultura o deportes del gobierno de Aragón, supongo. Esperemos que las autoridades correspondientes se percaten pronto de que mantener la red de senderos en perfecto estado es un plus económico, turistico, depportivo y social de primer orden. Al poco de abandonar el caserío espectacular de La Fresneda, pueblo arracimado en las laderas paralelas de dos colinas coronadas de restos arquitectónicos medievales, bajamos hacia la cerretera general de Alcañiz, la cruzamos y comienza el sendero propiamente dicho, junto a unas grandes masías abandonadas y en ruinas que a uno le dan la impresión de malgasto y defectuoso aprovechamiento del lugar, por su belleza y por la fortaleza de los restos, facilmente remozables, pero en fin... Una subida suave en sendero con restos de adoquinado, posiblemente una calzada medieval e incluso romana o más antigua (a veces, con Anna, comentamos cómo cuidarían los americanos unos restos arqueológicos de tanto valor y belleza o, sin ir más lejos, los catalanes o los vascos). El camino transcurre entre olivos (la fascinación que tenemos hacia esos árboles es constante) con sus nudosos y retorcidos troncos como esculturas y sus ramas cargadas del fruto amargo, negro brillante, que en esta época, comienza a ser recolectado. A una hora y media más o menos de pacífica y bella andadura (que nos depara vistas magníficas del caserío montaraz de La Fresneda o del apaciguado estar de las casas de La Torre del Compte en torno a la aguja majestuosa de la torre de la Iglesia de san Pedro Mártir) uno se encuentra en un cruce de caminos, junto a la ruina de una hermosa casa de campo --fotografía adjunta--. Allí el caminante debe estar atento ya que si quiere llegar al destino, Valdetormo, debe coger el ramal que recula bajando hacia la gran riera que nos ha acompañado todo el camino. Si se equivoca y sigue la senda más lógica irá a la estación del tren estrecho que posee el pueblo unos kilómetros más allá. No hay señalización clara. Siguiendo la vereda equivocada uno va, varios kilómetros más, a la estación abandonada y el trazado de las vías convertidas en una via verde, la de la Val de Zafán, de la que ya hableremos en otro artículo. No obstante, vale la pena ese desvío, no sólo por los parajes imrpesionantes que recorre uno sino por la constatación de un cierto abandono, en este caso reflejado en las laderas de bosques de pino calcinados por un incendio. Ese lamentable espectáculo de ruína y devastación llena de silencio dramático toda una zona que tiene una blleza plácida que enaltece el espíritu. Dejaremos para otra ocasión la llegada y las caracteristicas del pueblo de Valdetormo, a través de un sendero distinto pero paralelo al narrador, el que lleva desde Valjunquera, pueblo al norte de La fresneda hasta Valdetormo. Mañana, dios de la meteorología mediante, saldremos a completar ese recorrido, evitando esta vez la imagen desoladora de los montes quemados, triste en todas partes, pero especialmente dolorosa en estas tierras, a las que ya amamos como si hubiera sido nuestro origen... Ficha: Salida desde las afueras de La Fresneda. Fácil, sin apenas desniveles. Aproximadamente dos horas y media de ida y otras tantas de vuelta, a paso tranquilo y paradas aparte. Se puede hacer en una mañana. Botas de trekking, agua y ropa de abrigo. No tiene dificultades.

La Fresneda desde el camino a Valdetormo. Detalle del camino romano. La masía abandonada.La Fresneda desde el camino a Valdetormo. Detalle del camino romano. La masía abandonada.La Fresneda desde el camino a Valdetormo. Detalle del camino romano. La masía abandonada.

La Fresneda desde el camino a Valdetormo. Detalle del camino romano. La masía abandonada.

Compartir este post
Repost0
11 noviembre 2014 2 11 /11 /noviembre /2014 10:29

Desde el área recreativa de La Franqueta es posible hacer un buen número de excursiones que se reparten por todos los puntos cardinales, ya sea hacia Arnes y sus Estrets, hacia la Ballestera, hacia Terranyes y La Miranda, hacia las Rases del Maraco, hacia Alfara de Carles tras atravesar Els Ports, o hacia Pauls pasando por las Rocas de Benet o los Montsagres. En esta ocasión vamos a hacer una de las más breves (de tres a cuatro horas, dependiendo de los preceptivos descansos o paradas para hacer fotos, algo necesario dada la belleza del sendero que proponemos) que nos llevará desde La Franqueta por el sendero que va al Racó d'en Corretxa, lo superamos por encima hacia la Llobatera y en un determinado punto de confluencia de senderos cogemos el que sube a la izquierda en dirección al Racó del Coc, una masía con establos, en ruinas, y más arriba, hasta el Coll de Pell Negra, donde encontramos la pista que por un lado sube al Coll de Miralles y por el otro, nos conducirá de vuelta a La Franqueta, pasando por tres o cuatro grandes masías abandonadas y un desvío a la derecha (señalizado) que nos acercará a visitar la famosa Cova Picasso.

NO SE PIERDA

La Cova de Picasso.-

El yacimiento de mármol del Carrer Ample.-

Compartir este post
Repost0

Présentation

  • : El blog de diariodemimochila.over-blog.es
  • : Ventana abierta al mundo de la cultura en general, de los libros en particular, mas un poco de filosofía, otra pizca de psicología y psicoanálisis, unas notas de cine o teatro y, para desengrasar, rutas senderistas y subidas montañeras.
  • Contacto

Recherche

Liens