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10 noviembre 2010 3 10 /11 /noviembre /2010 17:06

Salida matinal a Peña Galera. Llego a Beceite, atravieso el recoleto pueblo y busco la pista asfaltada que en los altos del pueblo lleva a la Pesquera, lugar donde el torturado cauce del río UlldemóPICT8391.JPG se remansa brevemente en múltiples tolls o pozas., ideales para darse un baño durante los meses de verano (hoy, a seis grados, apetece poco, la verdad). El día está medio nublado, corre un aire frío que se convierte en viento contundente durante el transcurso de la mañana. Una vez atravesado el cauce del río que corre abundante pero permite en ese lugar (poza de Pablet) pasarlo sin mojarse saltando de piedra en piedra, comienza la subida por un sendero bien balizado. El paisaje es bellísimo y el desfile de nubes contra el cielo azul turquesa da al siluetado de las cumbres cercanas una dimensión dramática.

En algo más de una hora supero casi quinientos metros de desnivel, lo que supone un ascenso permanente. Cresteo la Solana de l' estes con vistas deslumbrantes sobre el Valle del Ulldemó, brochazos de sol contra el tapiz verde de los árboles y el blanco ceniza del roquedal. Cuando supero el barranco de Sant Antoni y enfilo el canal pedregoso que me lleva a la última subida antes de la cumbre de ese paquebote de piedra cuya proa parece enfilarse al cielo para emprender un vuelo imposible, la encuentro.

Está echada sobre un espacio de roca viva en fuerte descenso, una especie de canal surcado de hoyas con agua, no puede levantarse aunque lo intenta, no tiene movimiento en las patas traseras, y apenas en las delanteras. Solo mueve el cuello y golpea con la teztuz sobre el suelo, como desesperada por su inmovilidad. El golpe seco de los cuernos al golpear la roca es paradojicamente el unico signo de vida que parece estar a su disposición. Cuando me acerco, le hablo pausadamente, casi cuchicheando, abre unos enormes ojos de liquido azabache y me mira. Es un macho joven. No hay sangre a su alrededor, asi que descarto la acción de un furtivo. El canal de bajada no es nada peligroso y su desnivel para un ejemplar como ese debía ser una bagatela. ¿Qué puede haber ocurrido? Por el tipo de inmovilidad que presenta, parece una lesión en la columna. Está llegando al fin de su vida, su respiración es muy tenue, incluso a pesar del terror con el que mira a ese extraño junto a su cabeza.

Siento una gran impotencia. ¿Qué se hace en estos casos? No tengo alma de cazador y aunque la lógica aconseja aliviar el dolor del animal, soy incapaz de pensar siquiera en terminar con ella. No parece sufrir, ni hay forma de saberlo. Me siento junto a ella, aunque no me atrevo a tocarla. Saco mi botella de agua y echo un poco junto a su hocico. No se inmuta.

Sigo susurrandole un discurso no muy coherente sobre lo mal que me siento viéndola así, sobre cómo admiro su raza y la envidia deportiva que me producen sus saltos y correrías por lugares inverosímiles, le cuento que suelo caminar por los riscos de Montserrat y que allí desde hace unos años viven primos hermanos de ella, ya que se ha repoblado la montaña catalana con ejemplares de cabras hispánicas procedentes de els Ports . Le hablo de mis correrías por estas tierras, mi amor por sus escarpadas sierras, sus valles angostos, sus roquedales, su sequedad austera, y el misterio y belleza de sus sufridos ríos, antes tan caudalosos y ahora tan empobrecidos por mano y obra del ser humano, verdadero peligro ecológico. Le hablo de la magia del Matarraña y de mi miedo a que pierda esa cualidad por la acción depredadora, egoísta y miope de las sociedades humanas y su ansia explotadora.

La joven cabra parece haberse apaciguado con la cantinela monocorde de mi voz. Ya  no abre los ojos, aunque noto que respira y lamento profundamente que ese corazón de acero capaz de gestas físicas increíbles se esté apagando.

Decido no terminar la subida. Dejaré la cima para otro día. En homenaje a este animal soberbio, me vuelvo a casa. Cundo me levanto vuelve a abrir los ojos. Me lanza una mirada breve y quiero creer que ya no aterrorizada. Me despido. Le deseo una muerte rápida. Camino por el sendero de descenso sin mirar atrás. Se ha levantado un viento fuerte, agresivo, helado, que ulula entre los pinares. Un cerezo silvestre levanta la llameante cabellera allá en el fondo del barranco, una nota roja sobre verde, marrón y amarillo. Cuando me despido de la silueta de la montaña donde me dirigía me parece ver recortada contra el cielo la silueta de una cabra hispánica.

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9 noviembre 2010 2 09 /11 /noviembre /2010 20:30

P10401451.jpg Dicen en Aragón, mi patria  más cercana, que en el Turbón nacen algunos de los vientos más duros e inquietos de esta tierra. Creencia que comparte con el Moncayo, aunque en el Turbón se acentúa la versión más inquietante pues es lugar donde la tradición y las leyendas ubican la presencia de brujas, sortilegios y maleficios. Hasta bien cumplido el siglo XIX, casi a las puertas del XX, esas  leyenda y consejas anidaban en el saber popular ya que no quedaban muy lejos los ultimos procesos inquisitoriales contra algunas mujeres de los alrededores  tenidas por brujas y condenadas. Se trata de una injusticia histórica que en  peor de los casos dañaba a una pobre mujer malquista por algunos vecinos y en otros, eran verdaderas sanadoras, mujeres de conocimiento, cuyo saber del efecto salutífero y reparador  de hierbas y productos de la naturaleza, creaban confusión, envidia y codicia en el poder de entonces azuzado por intereses bastardos de médicos y curanderos.

En esta ocasión, finales de octubre, caminamos tres amigos, Jaime, Sergio y quien esto escribe. Salimos de madrugada, cuando aún el sol no había despuntado sobre el macizo y apenas era una promesa de luz sobre el Cervín, una escarpada montaña solitaria que domina e lpueblo de Campo (679 m) donde habíamos pernoctado. Aún oscuro atravesamos el Valle de Lierp, por Aguascaldas y Egea donde nos desviamos hacia Serrate, ya en las laderas cortadas a hachazos de un gigante, formaciones calcáreas que recuerdan un poco al Montserrat catalán, del macizo del Turbón. Una pista de montaña subirá haciendo eses durante más de siete kilómetros hacia el refugio de La Plana, desde  los 1.120 del acceso hasta los 2020 del refugio.. Es una cansina y constante subida, novecientos metros, que nos llevará por la ladera pelada, con pocos árboles y muchos arbustos, piedra caliza y formaciones de granito y solida roca, hasta La Plana, donde se encuentra el refugio. Se trata de una gran pradera ondulada, una enorme extensión herbosa, sin más vegetación, que la hierba de las cumbres, que da accseso al ultimo tramo de subida al Castillo de  Turbón (a 2492 metros). Es una canal pedregosa, un roquedal o ,pedriza, roca viva, tarteras de piedra desmenuzada,  dificultosas y resbaladizas,  en una pendiente constante de más de cuatrocientos metros de desnivel, con tramos delicados y una cumbre aérea de quistes pizarrosos,  aunque poco peligrosa y bastante fácil de superar. La mejor forma de superar la tartera es subir hacia la izquierda del inicio hasta llegar a terreno más sólido y a un estrechamiento que lleva a la cumbre. Tras más de cinco horas de marcha (contando con paradas para hacer fotos y beber) llegamos a la cima, donde admiramos  la soberbia pared  de la Coma de san Adrian que se abre enfrente, creando la particularísima "U" que conforma el macizo. La cresta es fácil de cubrir hasta el vértice geodésico. La vista es soberbia: al norte la Coma o valle de san Adrian, con su forma de frontón rojizo arcilloso inclinado y los valles de Benasque y el Alto Isábena, las cumbres del Maladeta, Posets, Perdiguero  y la punta inevitable del Aneto, al sur los valles de Lierp y Bardaijí y al oeste el macizo de Cotiella.

Tras una media hora de descanso y refrigerio, hicimos el descenso que, como todo buen montañero sabe, es uno de los momentos másdelicados de la excursión. Uno está cansado y puede añadir al cansancio un ciertto descuido. Por ello, nos tommos nuestro tiempo y sólo después de la tartera de decenso, en l  larguísima pista, nos permitimos hacer frecuentes bajadas corriendo, acortando el largo tiempo de bajada. Con un total de nueve horas y pico desde la salida nos encontramo en el rincón donde habíamos dejado el coche, justo junto al final de la carretera y el inicio de la pista.

En la foto, Jaime me sigue a bastante distancia. Sergio se ha atrasado para hacer la foto. Llegamos cansados y felices. El Tubón, a pesar de su leyenda, es una montaña hermosa, de relieves ariscos, agujas inverosímiles y grietas y estrechamientos espectaculares, carenas serradas y precipicios espeluznantes, junto a valles minimos y acogedores, que exige respeto, cuidado y una cierta energía. En realidad, como todas.

 

 

 

 

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