Tierras yermas, venteadas, con escasos pero hermosos árboles en torno a los ríos, tierras antiguas con huellas abundantes de una ocupación humana dedicada a la agricultura, la ganadería y la laboriosa construcción de infinitas terrazas sobre un terreno de escasos desniveles, lugar donde la piedra hace paisaje, no sólo la de las colinas, gargantas y montañas, sino la usada por el hombre ancestralmente para construir chozos y viviendas, parideros y corrales, sólo piedra, lajas finas formando paredes, divisorias, muros de contención, piedra con piedra sin nada más, orfebrería de las losas, inteligencia primitiva eficaz y duradera. Todo esto nos lo da el Maeztrazgo, una tierra bellisima en su desolada grandeza, con pueblos hospitalarios, arte arquitectónico y paisaje esplendoroso bajo un sol de justicia y con la frecuente presencia de los vientos.
Para empezar nuestros periplos por esa extraordinaria comarca he escogido un recorrido nada dificultoso y bastante representativo, creo. El sendero señalizado que lleva desde la Iglesuela del Cid hasta el caserío abandonado de Casas de San Juan por el puerto de las Cabritillas y el barranco del rio de la Cuba. Son aproxidamente unas cinco horas entre ida y vuelta, unos 18 kms, y se salva un desnivel acumulado de 425 m en las dos direcciones, aportando una visión de la zona de gran valor paisajístico. Durante todo el recorrido, bordeamos y bajamos a un par de barrancos, el segundo, de San Juan, de una belleza soberbia. Pasamos entre extensos campos con pocos árboles y roturados por las lineas geométricas perfectas de los tradicionales muretes de roca y piedra, cientos de kilómetros de bajas paredes de piedra, una integración de la "piedra seca" en el paisaje en forma de chozos, casas y los muros divisorios coronados de losas en pie, como el dorso de un animal prehistórico. Vegetacion de tipo herbáceo, enebros y boj por doquier, y en las laderass de los barrancos, bosquetes de carrascas y allá en el fondo, junto a los cauces secos de rieras y el rio de la Cuba, pleno de choperas en sus riberas, con ese característico color dorado del otoño.
Salimos de la Iglesuela por el portal de San Pablo (el único que queda de los cinco que rodeaban el perímetro de la población medieval) y las pequeñas huertas del barranquillo arbolado que lleva a la Fuente de los Alpargateros (un abrevadero a sus pies) y comenzamos a subir hacia el puerto de las Cabrillas, primero por un sendero entre chopos y arces, plataformas de roca (relieve subtabular) con aspecto antidiluviano y la presencia permanente de un paisaje transformado por la actividad humana durante milenios.
El sendero se convierte en anchísima senda o via pecuaria entre muros bajos hechos de piedra rojiza en forma de lajas, ganadeería en los campos, caballos, vacas, toros, ovejas o burros y señales de PR que te llevan hasta el cruce de la carretra -- A-2706 -- en pleno puerto. Los vientos soplan fuertemente allí, es una compañía incesante todo el camino. Hay grandes mojones de piedra a lo largo del camino, prueba clara de que en el rigor del invierno con las grandes nevadas y los ventisqueros que se forman en la zona, no hay otra manera de guiar a hombres y ganados.
Por doquier y desde la bajada entre rocas hacia el barranco de San Juan, las masías y casetas empiezan a ser visibles ambos lados, en la lejanía. Un cruce de señales nos avisa de un sendero lateral que lleva a la llamada "arquitectura de piedra seca", declarada Lugar de interés etnográfico, ancestrales edificaciones de uso ganadero o humano realizadas con las lajas de piedra rojiza del lugar, sin ningún tipo de argamasa o barro sustentador, simplemente rocas encajadas con precisión de orfebre. Asombra la belleza y solidez de las bóvedas de esas edificaciones, realizadas son la técnica de "aproximación de hiladas" de roca y rellena con "cascajos" para que con la simple fuerza de su cohesión se mantenga firme durante siglos.
Chozos, casetas y muros de piedra seca forman un patrimonio cultural y etnográfico de gran interés que además dan al austero paisaje una nota humana que lo ensalza.
En el descenso al barranco del Mas de Osset, al borde del camino, encontramos una mesa de interpretación que nos informa sobre esa arquitectura primitiva tan simple y admirable.
Altas plataformas calcáreas, la loma de la Cogolluda que separa Teruel de Castellón, formaciones y cadenas de lomas y cerros, arbustos de todo tipo, tierra de frontera, masías fortificadas y perfiles limpios en la lejanía donde es fácil ver en silueta a los caminantes, una zona en la que la deforestación hizo estragos y solo quedan bosquetes en algunas riberas, un reino del boj, la aliaga, el enebro y las plantas aromáticas.
El caserío de San Juan que se divisa después de cruzar el primer barranco y comenzar la bajada del de San Juan, allá a lo lejos, da la impresión de que es un lugar habitado y el camino va bordeando la ladera en continuo descenso --300 m de desnivel negativo-, obstaculizado a veces por desprendimientos, cancelas o alambres.
Cuando llegamos al cauce del rio, lo atravesamos (está seco) y en la ribera frontera comienzan las abandonadas edificaciones del caserío, una docena de casas, algunas ruinosas lamentablemente. En la plazuela central del poblado, recoleta y con una piedra adornada con la bandera de España, está la ermita de san Juan (1409) y la vieja escuela de los del lugar.
En nuestros dias solo es destino de caminantes y lugar de romerias (último fin de semana de julio) y "tranza" de productos del campo (subasta tradicional). El silencio y sosiego del lugar, sólo interrumpido por el piar de los pájaros y el grito ronco de algún ave rapaz, buitres sobre todo o cuervos, merece el lindo caminar, nada cansino. La vuelta da, como suele suceder, una perspectiva distinta al paisaje y uno puede complementar la caminata con una visita a la Ruta de la Piedra Seca (PR-TE70), que suma unos seis kms de sendero con escaso desnivel y ninguna dificultad. Iremos por el Camino del Puntal, enlazando con el camino asfaltado de la Ermita del Cid y se cruza el barranco por un puente hasta las Caseticas del Cura y la caseta realizada por el taller de empleo "Vive la piedra, trabájala".
COMO IR
Tomando como base de salida Vallderrobres o Alcañiz, una ruta reomendable es ir hasta Morella y desde allí a Villafranca el Cid (evitamos la pista que pasa por el puerto de las Cabritillas), desviándonos allí hacia la Iglesuela del Cid. Una vez en el pueblo, el sendero que sugerimos está señalizado, aunque conviene consultar los libros Senderos del Maeztrazgo de la FEDME o el libro dedicado al Maeztrazgo de la Red Natural de Aragón, y los consabidos mapas del Servicio geográfico nacional, todos ellos localizables en librerías especializadas o en la de Serret en Valderrobres.
NO SE PIERDA
Iglesuela del Cid merece una estancia más que un simple paso. Situada a 1227 m sobre el nivel del mar y en el extremo inferior de la comarca, frontera con Castellón, es una población de referencia en cuanto a la arquitectura de los siglos XVI y XVII, con edificios de la nobleza con estilo renacentista, muchos blasonados. La plaza Mayor con su torre de los Nublos (vestigio de un castillo templario) y la de la Iglesia, la casa consistorial la Casa del Blinque y el palacio Matutano-Dauden exigen una visita sosegada. Jardines, abrevaderos centenarios, lavaderos y fuentes (como la de San Juan, del siglo XIV). Historia hecha piedra, residencia, palacio o simple casa solariega y blasonada (como cantaba Leon Felipe). La Iglesuela es historia desde sus primitivos pobladores en la edad de bronce, iberos y romanos y a partir del siglo IX, los árabes. En el XIX, las guerras carlistas y la presencia cercana del general Ramon Cabrera, El Tigre del Maeztrazgo y la sangría inmisericorde de la guerra civil que se ensañó con estos lugares.
COMER Y DORMIR
Estancia de categoría si escoge la Hospedería de la Iglesuela del Cid, enclavada en un remozado palacio renacentista, con salones y rincones de una belleza señorial. Para comer -y dormir- también Casa Amada --con una cocina casera deliciosa- o instalaciones de turismo rural como Casa La Antigua Botica o Casa Colomer.
El Monte Perdido se había convertido en una obsesión montañera para el que esto suscribe. En dos ocasiones, dos, habia montado una excursión con amigos diferentes para tratar de llegar a su cumbre. En las dos ocasiones el mal tiempo nos echó atrás. En la primera, hace más de diez años, una ventisca de nieve y lluvia nos dejó colapsados en el lago Helado, justamente a punto de emprender la subida de la Escupidera. En la segunda, hace unos cinco años, volvimos grupas en pleno ascenso de la Pradera de Ordesa al refugio de Góritz. Cuando llegamos al parking donde esperaba el bus estábamos mojados hasta lo más recóndito, helados, tiritando y despotricando al mismo ritmo que el viento que soplaba como un fuelle accionado por un gigante.

Desde el Matarraña la puntiaguda figura del Tossal de Horta, que atrajo el interés pictórico de Picasso (de todos es sabida la frase que el pintor dedicó a esta tierra, "Tot el que sé ho he aprés a Horta"), llama la atención por la abrupta verticalidad de sus laderas empinadas, sembradas de pinos, con una cima de roca conglomerada adornada por cipreses y abetos y las ruinas de una ermita (datada en el siglo XIII) en lo más alto, junto a una cruz que resalta contra el azul del cielo. En la ladera, engastada como una joya entre los árboles, se levanta el convento de Santa María de los Ángeles o de San Salvador, santo que estuvo en la zona en el siglo XVI y al que se atribuyen numerosos milagros. En la subida hacia la cima de la montaña, el sendero pasa junto a una cueva donde se venera una imagen del santo, que está relacionada con ciertas leyendas religiosas.
Nos despedimos hoy viernes de Andorra. Antes de cruzar el Principado para entrar de nuevo a España y volver a la normalidad, Jaime y yo decidimos despedir estos dias magníficos de montañismo haciéndolo a lo grande: Subiendo al Casamanya Sur (2740 m), esa cima redondeada y pelada, con dos hermanas que la acompañan y que forman la triada central andorrana, el corazón montañero del país, desde cuya cumbre es posible disfrutar una visión panorámica de parte del entorno abrumador de montañas y valles andorranos desde España a Francia.
pero debido al poco tiempo esa la dejamos para otro día (yo la visité hace tres años y es una especie de decorado pétreo de un sueño de Dalí. Fastuoso y lleno de misterio).
El día ha amanecido resplandeciente y, como ayer, se ha ido decantando hacia el cielo nuboso y el viento frío. Nos hemos desplazado hasta la estación de esquí de Arinsal y tras pasar el túnel que lleva a las ultimas edificaciones del pueblo hemos aparcado en la entrada a la pista que desde allí mismo sube empinada hacia las montañas que rodean la zona.
La pista nos lleva a un cruce de senderos, el GR11 que se interna en el bosque en una momentánea bajada (luego será subida constante) y un GRP que lleva al refugi del Pla del Estany y al PIc de Baiau. Dejamos este último a la derecha y seguimos el camino al Comapedrosa que cruza por puentes de madera el rio de ese nombre y el del Pla del Estany. Enseguida comienza a ascender fuertemente en lazadas por la Obaga (umbría) hasta el Grau. Allí sale del bosque (entre cascadas del rio que se precipita del Cap de Canals de Ribanelles). Cruzamos el torrente que baja del cercano estany de las Truitas y por una pequeña canal llegamos al Collet de Coma pedrosa.