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5 diciembre 2010 7 05 /12 /diciembre /2010 12:23

Sócrates tenía a Xantipa, Nietzche a la Lou Andreas Salomé, Tolstoi a Sofía, Goethe a Alma y yo, a Anna. No es que un servidor esté a la altura de los genios antedichos, pero no me cabe la menor duda de que Anna, mi segunda mitad, no tiene nada que envidiar  a las mencionadas, con algunos detalles a su favor, no tiene el mal genio de Xantipa, ni los celos de Alma, ni el confuso materialismo interesado y el desequilibrio emocional de Sofía,  ni la indiferencia sentimental y la promiscuidad de Lou. Así que Anna, mi esposa, mi contrapunto, mi censor jurado, mi Pepito Grillo, mi conciencia y mis espíritu burlón (nunca mal intencionado) no comparte esos defectos pero sí tiene el elemento común que une a esas mujeres históricas, célebres pero poco conocidas y a veces nada comprendidas: el amor, el interés intelectual y la admiración hacia la obra de sus respectivas parejas.  "Cherchez la femme", dicen los franceses cuando uno se pregunta pobre el proceso y desarrollo de un hombre famoso e importante en cualquier orden de la vida.

Pues bien, en mi caso que no es el caso de los citados, la femme está "trouvé". Y como de muestra bien vale un botón, adjunto el último en acontecer y que juzgue el lector.

Antes de enviar cualquier colaboración, no bien ha salido del "horno" creativo, suelo pasarle el texto a Anna. Ella lo lee de inmediato (me hace el honor de dejar lo que tiene entre manos y dedicarse a mi texto, cosa que merece de entrada mi agradecimiento) y acostumbra a hacer un juicio rápido y laudatorio, cosa que no me tranquiliza demasiado, pero me complace. Solo que de vez en cuando, mi consorte se ajusta los quevedos, requiere el lápiz y comienza a analizar, a veces de forma devastadora, el texto que antes habia recibido el acostumbrado placet.

En la ocasión que describo, se trataba de un artículo para mi columna en "La Comarca". Acababa de salir publicada y trataba de la felicidad y su sombra. Ella estaba echada en el sofá frente a la chimenea  y desplegaba el bisemanal frente a sus ojos. Empezó a leer el artículo en voz alta aderezándolo con su ironía y su devastador sentido comun. (El lector puede leer previamente el articulo en este mismo blog).

 Comenzó leyendo con fingida sorpresa la serie de nombre que mencionaba de entrada, Cicerón, Nietzche, Platon, Pascal o Krishnamurti, para ante cada nombre anteponerle un oh admirativo y mencionar, "estos autores deben ser muy familiares al vecino de la esquina, al tendero de Alcañiz o al comerciante de Valdeagorfa, lectores habituales de un periódico de alcance regional y muy localista. Cuando llegó al óctuple sendero de los budistas, soltó una carcajada y añadió: "esto ni los más leídos de los habirtantes de la comarca, con alguna excepción honrosa, deben saber de qué se trata. ¿No tre parece una mención algo especializada, solo entendible para budistas o interesados en espiritualidad oriental? "

A continuación mencionó el párrafo de la filosofía arabe y con un avioso humor añadió: "en cuanto a esto, supongo que en la Universidad de Zaragoza, rama filología árabe, les puede sonar de algo". La utilización de palabras como "desgaire", "hurtadillas" "esquiva", "porfía" "estoicos" y "cínicos" mereció un alud de irónicas calificaciones que ahorro al lector. Lo de la "carga genética" del ser humano donde está impresa la busqueda de la felicidad, provocó una observación sobre la curiosidad científica de la mayoría de los mortales, no solo de los matarrañenses,  y la dicotomía (perdón, la comparación) entre el ser y el tener, sólo causó un enarcamiento de cejas de mi demoledora mujer dudando de que en definitiva la gente se planteara la felicidad en esos términos, si es que se la plateaba en algunos otros.

Y ya, al final del articulo, la referencia al término junguiano de "la sombra" sin explicitarlo o aclararlo previamente, motivó un alud sarcástico de comentarios del tipo de "no sabía que hubieras escrito este artículo solo para lectores que hayan estudiado psicologia y entre ellos sólo los conocedores de la obra de Jung". Entoces cerró el diario, me miró envolviéndome con una dulce sonrisa y apostilló: "es muy bueno". La miré boquiabierto por su elevado nivel de cinismo. Se dio cuenta de mis emociones y subrayó: "es muy bueno para mí, que estoy al tanto de todo lo que dices, pero creo que no es muy adecuado para el medio para el que escribes". Y para mayor bochorno mío, me citó una frase de "El Quijote" que forma parte de mi arsenal de citas preferidas: "Llaneza muchacho, no te encumbres, que toda afectación es mala".

Una esposa así sólo puede provocar una peligrosa adicción a su sentido del humor, su ironía y su claridad. Entonces, o la aceptas como es o te vas a Tombuctú a buscar tabaco.

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3 diciembre 2010 5 03 /12 /diciembre /2010 17:13

Bueno, llegó la hora. La moda catártica y semiadolescedraculante de los vampiros ha contagiado a algún escritor español. He leído algún relato y hojeado alguna novela de ese singular género sin llegar a prender en el tema, hasta que atraído por su portada y por la personalidad del autor, he respondido, muy atrevido, a la invitación de la "Invitación" una novela con vocación de best seller que ha escrito un interesante tipo, Kim Densalat. No gusto de la moda vampírica y me quedé en el "Drácula" de Bram Stoker, "Nosferatu" o "Carmilla" de Sheridan Le Fanu o el "Soy leyenda" de Matterson, que ya forman parte del imaginario literario de nuestra época. Pero a la sangrienta fiebre de sagas de Anne Rice y sus "Crónicas vampíricas" o las de la Meyer y Claudia Gray "Crespúsculo" y Medianoche", respectivamente, ya no he respondido por falta de interés. Quizá lo único que me fascina de todo esto es la coincidencia (¿) de que las principales autoras sean mujeres. Y mi preferencia por ese cóctel asombroso que se llama "Bloody Mary" (sangrienta Maria) ¿Por qué será?

Pero volvamos a Densalat cuyo listón referencial en el género es muy alto como vemos. Sin embargo hay un punto importante a su favor: la personalidad, un tanto fáustica del autor, no en la acepción de Spengler como hombre creador de la técnica y hacedor de un orden nuevo, sino en el aspecto mítico del término, tal como lo esbozaba Goethe en "Fausto". Apunte: quizá Densalat debería plantearse su propia vida como materia literaria.

El autor juega en su novela a la seducción. Para ello imagina una trama endemoniada (nunca mejor dicho) y trepidante en la que están involucradas la CIA y el Vaticano por el lado "humano" y las distintas familias vampíricas por el lado del mal, dirigidos por una especie de Jano esquizoide que va deambulando de una personalidad a otra para cumplir sus objetivos de poder y sus deseos sexuales. Ese personaje "Dragone" (Densalat sabe que Drácula significa Dragón) tiene su guarida en un castillo en el Pirineo (qué lujos) situado en unos Montes Malditos (quizá los de Tor en el Pallars, aunque por su envergadura y aspecto yo apunto mejor al Pico Maldito -3.350 m.- muy cerca del Aneto y el Maladeta). La acción se desarrolla principalmente en Roma y en otros lugares episódicamente, aunque la sombra del tenebroso castillo enquistado en los Pirineos queda como una amenaza latente, donde los supervivientes de la colosal lucha entre humanos poderosos y vampiros, preparan el "asalto a la eternidad".

La narración de los hechos, aunque bastante predecible, tiene la virtud de mantener vivo el virus del interés en el lector (no en vano, uno de los príncipes de los vampiros Nosferatu, en griego significa portador de enfermedad). Son dos mujeres, una científica representante del factor humano y una vampira negra, dotadas ambas de una sexualidad poderosa, las narradoras. Y como contrapunto un agente de la CIA especializado en Asuntos No Clasificables.

 

Si usted ha seguido las sagas crepusculares y vampíricas o las hecatombres sangrientas de la serie cinematográfica "Resident Evil", Kim Densalat le atraerá. Su novela tiene todos los defectos, reiteraciones y tópicos del género, pero también un cierto nervio, una energía interna, que la hace sugestiva.

 

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2 diciembre 2010 4 02 /12 /diciembre /2010 09:48

EL LIMÓN EN LA VENTANA

 

Kodo-medium;initEra la primera sentada. En el zendo había dos o tres personas. Amanecía y en el jardín cercano cantaban los pájaros saludando al nuevo día. Alguien hacía kin-nin, despaciosa, morosamente, paso tras paso, los brazos en ángulo recto, las manos unidas en un abrazo íntimo y poderoso, los codos como vértices de un triángulo rebosante de concentración. El privilegio de los viejos discípulos consistía en poder meditar por su cuenta en la amanecida, una hora antes de que comenzara la sentada para los que asistían al cursillo de iniciación.

El discípulo había colocado su zafu en posición. Había escogido su lugar, frente a la ventana, porque desde allí tenía una visión privilegiada del limonero que llevaba sus ramas y sus frutos hasta unos centímetros de los cristales. Aunque durante las sentadas comunitarias las contraventanas se cerraban para disminuir distracciones y tentaciones de viaje de la mente, en esa primera hora, con una luz casi submarina, nadie pediría que se cerrara.

El discípulo se colocó un poco laboriosamente. Hacía poco había sido operado de una rodilla y aún sentía el dolor cada vez que buscaba formar con sus piernas el trípode que habría de colocar a su coronilla y su hara en una línea apuntando al cielo y también clavada en la tierra. Durante la tarde anterior, en las últimas sentadas, el sufrimiento había sido persistente y cada vez más agudo, dificultando su concentración flotante. Después de unas horas de sueño se sentía descansado y lleno de energía, casi había olvidado la angustiosa sentada de la noche.

Una vez firme en su postura, la espalda erecta como un huso, colocó las manos en el mudra meditativo, inspiró profundamente y dejó que sus ojos buscaran ese punto radial donde descansa la mente. De pronto enfocó. Tras el cristal, a la altura del punto de focalización borrosa, un limón se mostraba con su impúdico esplendor, como retándole a mantener el contacto visual. El viento, suave, le imprimía una suave danza, como si le estuviera saludando. El discípulo sonrió y envió su espiración hacia el fondo de su vientre, mientras en su mente se formaba la sílaba “mu”.

Como no había que esperar ninguna campana para dar comienzo a la sentada, el discípulo entró en zazen. Su respiración se hizo suave y lenta, y al aire inspirado era lanzado al exterior como acompañando un mental acto de sumergirse en lo profundo del hara, y ese acto que era como el gesto del remero al bogar hacia la meta, era acompañado en sordina por la jaculatoria surrealista del mu, cuya vocal se extendía hacia abajo como una tenue alfombra que llevara al muro sin puertas.

Y en esta ocasión, las arrugas del fruto, del limón, comenzaron a formar un rostro, ojos, nariz, labios finos en una mueca de enérgica resolución, como si fuera el compañero de boga, el director de la trainera que gritaba la seca y vitalizante consigna para animar a los remeros.

El discípulo sabía de la naturaleza traviesa de los makyos, había recibido inoportunas o deslumbrantes visitas en otras ocasiones, durante los largos años de práctica, colores inesperados y calidoscópicos, sonidos de plata, destellos de gemas preciosas, amenazantes rostros, turbadoras curvas, sonrisas burlonas, gemidos y molestias en todos los grados del incordio. Pero ahora era distinto.

El limón en la ventana comenzó a ser un koan en sí mismo. Y el discípulo sonrió. La rodilla habia dejado de molestarle. Los hombros se habían distendido. La respiración fluía autónomamente. El mu era un limón en la ventana. También. El discípulo miraba el limón y el limón miraba al hombre en zazen. Y los “ojos” de uno fueron los ojos del otro. Y no hubo ventana entre el limón y el discípulo. El limón se expandía en el vientre del hombre y el hombre acunaba la fruta en su seno. Por unos instantes sin tiempo, el discípulo comprendió algo que debía ser olvidado y no atesorado y le invadió una inmensa alegría. Pero no movió su postura. Sólo dijo “mu” en un susurro. El viento movió suavemente al limón, como si asintiera. El discípulo sonrió. La mañana sonrió. Por un segundo de plenitud el mundo fue un segundo mejor, más justo y más acogedor. Luego, de inmediato, todo volvió a su naturaleza. Alguien hizo sonar los maderos.

El discípulo miró sorprendido hacia la sala. Todos los cuadrados pardos o negros estaban ocupados por hombres y mujeres. Echó un vistazo rápido al reloj. Ese par de minutos escasos que él creía haber vivido en su cita inesperada con el limón, eran en realidad casi cuarenta y cinco del cómputo normal. Una primera campanada le sacó de su asombro satisfecho. Volvió a acomodarse en el zafu y las rodillas le recordaron dolorosamente que las había olvidado. El limón volvía a ser un limón y el discípulo un hombre maduro con la rodilla lesionada empeñado en hacer zazen.

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1 diciembre 2010 3 01 /12 /diciembre /2010 19:36

El sol poniente planeaba sobre las aguas del Mediterráneo como un surfista cósmico en el universo estrellado. Hacía años que ya nadie surcaba aquellas aguas plácidas y moribundas excepto alguna chalupa a vela que navegaba en un aura de desánimo y obstinación. Por eso cuando la joven Cristina se asomó a la ventana del ruinoso edificio de apartamentos playeros y escrutó la candente puesta de sol no pudo evitar emitir un desmayado gritito de sorpresa. Se restregó los ojos legañosos y cogió los binoculares que alguien había olvidado llevarse. Enfocó desmañadamente el áureo espejo deslumbrante y tras unos segundos de afanosa búsqueda dio con ello.

--¿Será posible?--apartó los prismáticos de la cara y se volvió hacia el sombrío interior del piso--Oye tu, ven un momento.

La contestó un gruñido masculino y el inevitable, "¿Qué pasa? Algunos intentamos dormir, tía."

Ella golpeó el suelo con el pie desnudo en un gesto de irritación.

--Vamos, venid alguno. Ahí fuera está pasando algo.--y con un deje de amabilidad--ven tu, Sergio. Tu aún tienes buena vista.

Otra voz masculina, con cierto aflautamiento juvenil, inquirió con un eco adormilado: "¿no puedes contármelo luego, Cristina, ha sido una noche muy dura"

--No. !Por favor! Venid alguno, esto es importante. Y se va a marchar…

La última expresión tuvo un efecto casi perceptible para la muchacha, como una congelación del desmañado aire de derrota y claudicación que se respiraba en toda la casa, como si algo se rasgara y palpitara a su través un interés nuevo, vital. Se oyeron movimientos de ropa y jergones y unos confusos golpes de cuerpos y enseres o muebles o trastos. Dos hombres jóvenes, desgarbados, delgados como supervivientes de un holocausto imposible, con las greñas hirsutas, ligeramente barbados y los ojos muy abiertos entre el miedo y la expectación irrumpieron en la habitación.

--¿Qué? ¿Que es lo que se va a marchar?"--dijo uno; el otro asintió taciturno.

Ella lanzó el delgado brazo moreno hacia le ventana, como una flecha de carne trémula.

-- Allí, desde la ventana, en el mar.

Los chicos se asomaron y parpadearon furiosamente, cegados por el relumbre de oro fundido que les lanzaba el rizado mar.

--¿Dónde? ¿Donde? -inquirió, con impaciencia, el más alto--

El otro joven, un poco más bajo y fornido, miró en silencio y al momento musitó:

--Ah, allí está…

--¿Qué? No veo nada con este maldito sol. Aunque, maldita sea, ya lo veo…

--¿Qué es?

--Un enorme pez--dijo ella con una sonrisa casi feliz.

--O un submarino. Es gris, como de acero y se está sumergiendo.--dijo el más alto.

--Es una ballena…--susurró el otro con una expresión de alelada felicidad.

--Oh, no me creo eso. Quizá sea una ballena, pero será el cadáver de una ballena.--masculló el alto.

La muchacha congeló su sonrisa y miró con reproche al que había hablado.

--Hace muchos años que no veo ningún pez… y menos tan grande. Desde la extinción…--dijo en voz baja con expresión compungida.

-- Bajemos a la playa, la corriente no tardará en traerlo a la orilla.--dijo el alto con voz resuelta.

--No vendrá--dijo el otro.

--¿Por qué, Sergio? Aquí la corriente es fuerte--desafió el alto lanzando una mirada combativa y poco amistosa a su compañero.

Sergio no dijo nada, aparentemente indiferente al tono agresivo del otro, se limitó a señalar, casi con un gesto aburrido, hacia el mar: "Mira" Y mientras los tres jóvenes volvían a asomarse la ventana, a lo lejos un trazo plateado, un hilillo vertical deshilachado en la lejanía, partió de la confusa sombra de la presunta ballena y una especie de grito gutural sordo de tonalidad desconocida fue reverberando por las aguas y llenó el silencio agobiante del mundo cercano, un mundo sin ecos donde hacía muchos, demasiados años, ninguno de los jóvenes había escuchado un sonido animal que no fueran sus propias voces.

--Está viva…--musitó, con una sonrisa asombrada y feliz la muchacha.

--Bajemos a verla--gritó el joven alto y huesudo.

--Quizá algo esté empezando a cambiar…--dijo Sergio, con los ojos húmedos y un ligero temblor en los labios resecos.

--Ojalá todo vuelva a ser como antes--dijo la muchacha con un hilo de voz.

Sergio miró compasivo a la chica.

--No. Ojalá nada vuelva a ser como antes.

 

 

na p
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30 noviembre 2010 2 30 /11 /noviembre /2010 14:38

 

krishnamurti.gifDesde Platón, Sófocles o Ciceron, pasando por Krishnamurti o Pascal, Séneca, Ortega, Sartre o Unamuno, los pensadores más conspicuos de todos los siglos han glosado la búsqueda de la felicidad como una de las vocaciones esenciales del ser humano. Los budistas, en su óctuple noble sendero, parten de la zona contraria, el sufrimiento, pero allá en la zona de sombras siempre está la lucecita de la felicidad como un bien esporádico y apreciable pero no perseguible. Los filosofía árabe es certera: la felicidad es una sombra que huye de ti con la misma porfía con que la persigues (tendiendo la mano hacia los estoicos y los cínicos griegos).

Por lo tanto, el hombre sabio tiende a no tenerla como objetivo máximo, la mira como al desgaire, de hurtadillas, la celebra cuando viene y procura no asustarla apegándose a ella. La felicidad es una dama esquiva.

Y empieza siéndolo en sus propios límites definitorios. ¿Qué es la felicidad? Obtendrá usted tantas respuestas como sujetos a los que haga la pregunta. Para unos la felicidad será un estado de ánimo definido por el tener, para otros por el ser, los de allí pondrán el peso en una determinada persona (que es otra forma del tener) y los de allá en la ausencia de un concreto mal que los persigue. Pero sean los que sean los objetos externos, en todos los aspectos que dilucidemos hay una esencia permanente: es el mecanismo, la naturaleza interior de la felicidad: un combinado de alegría, serenidad y paz, exultante energía a veces y otras un bienestar difuso y calmado que suele presentar un sabor común: el de plenitud (pasajera pero evidente).

Se trata, resumamos, de un objetivo casi impreso en la carga genética del ser humano. Algo por alcanzar, que se disfruta efímeramente y que siempre tiene una caducidad cierta y un regusto de posibilidades futuras.

No puedes exigir la presencia de la felicidad en tu vida, como si fuera un derecho o la consecuencia automática de una determinado programa (lo cual exige suficiente equilibrio personal y algo de sabiduría –no confundir con conocimientos-) y más bien debes atender a una actitud básica: la felicidad es asequible al que vive en función del ser y no del tener, al que goza de un estar-en-el-mundo realista y a la vez imaginativo, al que ha diversificado su foco de interés a muchas más cosas que trabajar y aparentar, al que vibra con las cosas sencillas que hacen bella e interesante la vida. Y, sobre todo, al que es capaz de comprender la importancia del amor y de la amistad (otra forma de amor) en la gestión de cualquier proyecto personal de existencia.

Y ahí tocamos un punto importante: ¿tiene usted un proyecto personal de vida? ¿Tiene claras sus prioridades? Porque la felicidad siempre es el resultado de una suma de elementos, de vectores que integran su vida cotidiana. ¿Hace un esfuerzo consciente por apreciar y valorar todo lo bueno con que se tropieza? ¿Está demasiado pre-ocupado por sus carencias y presuntas necesidades? Si tuviera que decidir entre las palabras “satisfecho” o “insatisfecho” en un test urgente sobre su estado de ánimo, ¿qué diría? ¿Sabe que si su respuesta es la negativa, es imposible que la felicidad se acerque a usted o que si se acerca, la sepa reconocer?

Todos tenemos una sombra, casi siempre plural, que se esconde en el fondo de nuestra psique. Es un ente conflictivo, larvado pero que se activa con celeridad y eficacia devastadora. Suele anclarse en nuestro pasado más remoto y permanece enquistado durante décadas…hasta que es superado por la propia maduración existencial o por terapias adecuadas. La felicidad es un estado de ánimo con una dependencia estructural de la acción operativa de esa sombra. Pero puede acercarse a nosotros si sabemos atenderla y tiene un efecto disipador de lo negativo mientras está a nuestro lado.

Por tanto, no se lo piense demasiado, abra los ojos y mire a su alrededor. Según sea su mirada, según interprete lo que ve, estará abriéndole una ventana a la felicidad. Vale la pena.

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30 noviembre 2010 2 30 /11 /noviembre /2010 11:48

 

No se trata de una novela del genial humorista inglés P.G. Wodehouse (que más bien sería Wooster y no Webster), ni de una novela pseudo gótica de Tom Sharpe con Wilt de protagonista, aunque está más cerca de este autor inglés enamorado de España que de Gerald Brenan, el monacal y vitalista escritor fascinado por las Alpujarras y autor de “El Laberinto español” y “Al sur de Granada”. Pues bien, hablamos de Jason Webster, americano de padres británicos que comparte muchas de las características vitales de Brenan, vida más o menos aventurera, locura permanente por España y lo español, y la decisión heroica de romper con todo lo propio y echar raíces en cualquier rincón de la piel de toro embarcado en una existencia simple, natural y edénica.

Jason Webster es angloamericano, tiene 40 años y el espíritu iconoclasta y lanzado al exterior de tantos otros escritores y aventureros británicos, siempre fieles a sí mismos en cualquier circunstancia pero también capaces de asimilar e involucrarse en experiencias en el polo opuesto de su propia tradición vital y salir indemnes de la prueba.

La novela que nos ocupa “Duende” (Los libros del lince, 2010) fue ya publicada hace siete años, se refiere a las andanza s de un joven inglés por una España de los ochenta o noventa, aunque sigue teniendo una cierta actualidad, pese a que los tópicos y clichés sobre España y los españoles chirríen en algún momento por su engañosa simplicidad. La aventura vital del joven en su busca del grial flamenco, el “duende”, sus amores y desencuentros, su fascinación por el baile y el cante “hondo” y por el arte de la guitarra, forman el mejor sustrato de esta novela irregular que tiene un aspecto muy positivo: atrapa al lector en las peripecias del “Guiri” y en la fauna humana que le rodea, la gitanería y sus códigos y la narración de un aprendizaje vital con muchos significados.

Buscarle semejanzas con Brenan, como he leído en algunos artículos, es buscarle tres pies al gato. Ni Brenan, ni Paul Preston, ni Ian Gibson, ni Hugh Thomas. Ni siquiera George Borrow (conocido como “Jorgito el inglés”), son comparables a Webster (aunque este, muy en la tradición de británicos hispanizados, también se ha ocupado de la guerra civil española). Sin embargo la feroz actitud vitalista, hedonista a veces y melancólica también, acerca a Jason Webster al imaginario español. He seguido con interés la carrera de este autor y me interesó su “La montaña sagrada”, la historia de su búsqueda de un Sangri.la particular en el Maeztrazgo, que recuerda a veces el empuje casi visionario de un H.Thoreau y su “Walden”.

“Duende” circula con bastante soltura en el filo de la navaja entre el tópico y un extraño road movie urbanita y racial. La España que cuenta como escenario de sus aventuras, da cobijo a esa oculta corriente embravecida de su amor por el misterio de la raza (española en general y gitana en particular). En el resto de Europa o Estados Unidos podría ser leída como una novela-documento sobre una determinada y tópica España, que nos es familiar, pero más coincidente con la visión estereotipada que tiene muchos extranjeros, principalmente los anglosajones, de nosotros. Webster refleja eso bastante bien en su descripción de las subculturas de las colonias de extranjeros residentes en España y su sentido de ghetto inverso. Los gitanos, el flamenco, los toros, la “manera de ser” curiosa y exótica de los españoles, la droga y el sexo, son los elementos clave de esta historia. Pero en sus ramificaciones de sentimientos, ya sea el amor “fou” del protagonista por Lola, la mujer de su jefe, o el ambivalente y poco explicado afecto intenso por el gitano ladrón Jesús, cojea un poco, le falta profundidad.

Entre el “Nota”, el entrañable personaje de “El gran Lebowsky” de los Hermanos Cohen, y un pícaro de las “Novelas ejemplares” de Cervantes o un hidalgo pobre de Quevedo, Jason Webster, nos cuenta una historia más o menos verosímil que tiene una cualidad importante: te empuja constantemente a seguir con ella hasta el final. Y eso es mucho.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

Nullediesinelinea.over-blog.es

 

 

FICHA:

Duende” (A Journey into the Hearth of Flamenco).- Jason Webster.- Trd. Luis Murillo.

Editorial Los libros del lince, Barcelona 2010. 317 páginas.

 

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19 noviembre 2010 5 19 /11 /noviembre /2010 18:04

200px-TMertonStudy.jpg"El zen y los pájaros del deseo", publicado por Kairós, es una de las obras clave del trapense norteamericano Thomas Merton, cuyos esfuerzos por acercar el cristianismo al budismo fueron claves para que enraizara la disciplina zen en Europa y Estados Unidos y se convirtió casi en un icono cultural para la llamada "revolución de las flores" de los años sesenta. Merton, cuyo nombre de sacerdote catolico, era padre Luís, murió en 1968 en Bangkok, de un accidente, mientras asistía a un congreso entre pensadores budistas y cristianos. Nacido en Prades, Francia (1915) de padre norteamericano, durante la primera guerra mundial, Merton se hizo monje trapense en 1941 e ingresó en el Monasterio de Nuestra Señora de Getsemani (Kentucky), fue profesor  universitario y con su obra autobiográfica "La montaña de los siete círculos" 1948), su primera obra, logró un éxito extraordinario y se convirtió en un referente en el ensayo religioso y la poesía.

He releido esta recopilación de trabajos sobre el zen con un interés redoblado no sólo por el atractivo que para mi tiene la disciplina espiritual que tan bien supo tratar este monje poeta, sino por refrescar la interesantísima y cordial relación que Merton sostuvo con uno de los más reputados maestros teóricos del zen, Daisetz T. Suzuki, un contemplativo japonés respetado por su magna obra. La no siempre comprendida relación entre el cristianismo y el budismo zen es explicitada en estas páginas que atraen por igual al creyente con mentalidad abierta que al simple estudioso de la espiritualidad, en cualquiera de sus formas, como es el caso de quien esto escribe. Así, aunque el lector no se considere una persona religiosa, la dialéctica entre las formas místicas del cristianismo (no siempre aprobadas por la jerarquía religiosa y a veces rechazadas o incluso anatematizadas) y la sencilla, intuitiva y directa experiencia zen, se perfilan como una fascinante sincronía espiritual en sus manifestaciones más extremas, es decir las que suponen la iluminación, el nirvana o la llamada experiencia trascdendetal.

Aunque Merton se muestra muy cauto en ver excesivas similitudes o una igualdad básica entre, por ejemplo las experiencias de un maestro Eckhart , una Santa Teresa, Tauler o los Padres de Capadocia y Alejandría frente a los maestros zen y sus descripciones del satori o iluminación subita,  lo cierto es que hay un parecido innegable y lo que es más importante, entre sus formas de entender la existencia y ejercer su espiritualidad en la vida cotidiana.

Inmerso en una época donde la espiritualidad parece llegar a l pueblo al margen de las iglesias, las jerarquías y las órdenes religiosas (los "felices sesenta") y toma la forma pánica del amor a la naturaleza y la glorificación del amor físico, Merton advierte muy poéticamente de que el zen no es el invento pasota de la generación "hippy", y para ello crea la metáfora de los  "pájaros del deseo". En el prólogo de su obra dice: "Allí donde se alborota en torno a la 'espiritualidad', la 'iluminación'...a menudo no hay más que buitres bajando sobre un cadáver...un zen practicado como una ganancia de algo...enriquece a los pájaros del deseo. El Zen nada enriquece...las aves `pueden venir y volar en círculo en torno a ese cadáver...Cuando ya no están, aparece de pronto la nada...esta es el Zen. Lo que no ha cesado de estar allí, todo el tiempo. Sin que se apercibieran las aves devoradoras de carroña, no es el tipo de presa que ellas codician". 

El libro nos presenta el zen como disciplina, con un corpus teórico completamente poético y literario, de una simplicidad directa, "de mente a mente", "de corazón a corazón", al margen de todas linea magistral o teórica, enraizado en la vida cotidiana, rebelde a toda sistematización o estructura religiosa, de alguna manera   al margen del concepto de Dios como es compartido por todas las religiones del mundo, abocado a ir más allá de las palabras, más allá de las ideas y los conceptos y por supuesto más allá de las creencias. Es la soledad del individuo abocado a sentirse inmerso en la nada, en el vacío primordial donde todo nace. Es una sacudida prodigiosa a una visión del mundo basada en el ego de cada uno, separado del resto del mundo y dependiente de un dios que nos juzga y nos premia o nos condena. El zen busca la desnudez total del espíritu, para hacer en primer lugar un viaje hacia dentro que nos lleva a la nada y uno hacia fuera que nos hace partícipes de todo,  hasta que se llega a un punto donde no hay dentro ni fuera. En ese momento inenarrable el zen ha cumplido su cometido y uno puede prescindir de él. Y lo curioso es que para ello no exige el abandono del mundo, de las responsabilidades, de la vida cotidiana. Al contrario, el camino del zen es un camino normal, sencillo, abierto y comprometido con uno mismo y con los  -y lo- demás. Es llegar a ese estado que T.S. Eliot llamó "el punto inmóvil del mundo giratorio".

El hombre que llega a ese punto goza de "la despreocupada libertad de ser simplemente lo que es, aceptando las cosas tal como son, con el objeto de obrar en ellas lo mejor que pueda". Y para llegar a ese punto el Zen proporciona una forma de vivir especial, muy libre, ya que se ocupa de la vida misma, no de ideas sobre la vida y menos aún de plataformas partidarias en terreno político, religioso, científico o cualquier otro.

En el libro uno conoce la vida y la obra del gran Suzuki, las geniales interpretaciones sobre la estructura básica del conciencia del filósofo japonés Kitaro Nishida, el análisis de las llamadas experiencias trascendentales y del nirvana o iluminación búdica,  y acaba con un revelador diálogo de escritos entre Suzuki y Merton sobre la sabiduría del vacío, sostenido en la primavera de 1959, en el que ambos pensadores escriben sobre la obras de los Padres del desierto y la de los maestros Zen que analizan el tema.

A pesar de ser una recopilación de trabajos aparecidos en fechas distintas en diversos medios, el libro guarda una coherencia brillante y para el lector es una fiesta intelectual y espiritual. La editorial Kairós publicó la primera edición en castellano en 1972 y desde entonces no ha dejado de reeditarlo. (He trabajado sobre una edición de 1994). Por algo será.

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15 noviembre 2010 1 15 /11 /noviembre /2010 17:23

En abril del año 95 del pasado siglo (me divierte jugar con el paso de los siglos, quizá porque vivo en una casa construida sobre cimientos y murallas del siglo XV, junto a una iglesia del XIV, bajo la advocación de un escritor del XVI y en unas tierras tan antiguamente pobladas que hay restos iberos por todos lados) comencé a escribir un ensayo sobre budismo zen bajo la óptica del psicoanálisis junguiano. Lo llamé "La flecha sin blanco" y negociaba con  Pániker su posible publicación en Editorial Kairós, que estaba publicando con éxito las obras de mi maestro "in cuore" Taizé Deshimaru, el enérgico introductor del zen soto en Europa. Ya hacía más de diez años que practicaba zen bajo la mirada compasiva y divertida de una monja católica, Berta Meneses, que había recibido recientemente la maestría zen.

Cuando tenía escritas las dos terceras partes del libro, me retiré silenciosamente del proyecto. Cerré las carpetas y pasé a otras ocupaciones, una novela, la critica literaria y el ejercicio profesional en asuntos de politica internacional. ¿Qué había pasado? Hasta ahora no había "desenterrado" las complejas páginas de aquél ensayo y había tratado (muy explicable desde un punto de vista analítico, el reflejo de aquello de "cuchara de palo en casa del herrero") de enterrarlo en el subconsciente. Justo de ahí he sacado estas líneas. Del inconsciente,  terreno de caza del psicoanalista, pero también del poeta o del novelista, donde residen muchas veces la resolución de las contradicciones o la superación de las paradojas, terreno donde no sólo hacen falta ojos para ver, sino conciencia para mirar y humildad para reconocer.

En el prólogo del libro, encabezándolo, había una cita de Carl Gustav Jung, el controvertido pero brillante discípulo "traidor" de Freud. Decía así: "Mis obras...son expresión de mi evolución interior". Por supuesto cuando la escribí estaba impulsado por el daimon de la escritura, que puede llevarte al exito pero también a un fracaso total (y esos dos estados son intercambiables y están tan unidos. inextricablemente, como en el círculo taoísta lo están el ying y el yang) y, sobre todo, a mis ojos de quince años después, es el dictamen psicológico más exacto, el más exasperante diagnóstico lanzado al futuro y comprensible solo en el futuro, del hombre que escribía el libro y aún no sabía que iba a fracasar én el empeño.

Ya que si mi obra, esta obra, debía ser la expresión de mi evolución interior, no podía, ni debía, terminarse en esa época de mi vida. Ya que para escribir una obra zen (no sobre el zen) uno debe mostrar en ella ese estado evolutivo que, ahora lo he entendido, en mí no estaba a la altura del motivo central, del zen como forma de vida, como paradigma de pensamiento y conducta. Sin duda por esa razón, inconsciente, no elaborada, di carpetazo al proyecto, a pesar de estar muy adelantado y casi comprometido con Kairós.

¿Llegué en algún momento a ser consciente de la auténtica razón que se escondía bajo pretextos de mucho trabajo, exceso de responsabilidad, una cierta "humildad" en definitiva? Creo que no. Releyendo el trabajo me percato de la fria erudición que desprende, de una poco disculpable ligereza y, sobre todo, de una disimulada prepotencia que dejaba entrever unos logros espirituales que eran, quiza no lo sabía pero lo intuía, pura imaginación vicaria, traslación literaria pero impostada de otros logros espirituales, esos auténticos, que florecen en muchos textos del maestro Eckhart, Deshimaru, Krishnamurti, Merton...

Han pasado quince años y releo las páginas amarillentas de mi original, lleno de citas, de filosofía, de hallazgos y metáforas literarias, de una cierta poesía...pero con la clamorosa ausencia del espíritu zen, sea lo que fuere tal cosa, no definible, pero sí reconocible. Pura paradoja existencial que requiere una humildad absoluta y una osadía sin límites. Tratar de comunicar lo inefable. Una tarea condenada al fracaso y sólo en pocas ocasiones al fracaso (en último término toda obra que trata de explicar el zen, es un fracaso) y  a la realización.

Quizá sea el momento de volver a ese texto, reformarlo, pulirlo, librarlo de la hojarasca erudita, de la pretenciosidad...tal como el arquero zen lanza su flecha... sin pensar en obtener el triunfo, el blanco, pendiente tan solo de la tensión justa del arco y apenas del liviano peso de la flecha, absorto en que el cuerpo se ajuste a la postura correcta, en que se sitúa donde debe estar y reciba del corazón la indicación insoslayable en el momento correcto: suélta la flecha  y si lo has hecho todo como es preciso, la flecha dará en el blanco (aunque no acierte al blanco). ¿Obtuso? ¿Un texto surrealista? No, esto es el zen. Hay que leer más allá de las líneas. De mi espíritu a tu espíritu. Directamente.

 

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7 noviembre 2010 7 07 /11 /noviembre /2010 21:57

 

Josep Igual ( (Benicarló 1966) es un narrador con un bagaje de publicaciones respetable y por lo que veo bastante prolífico. Galardonado con abundancia, su mejor tarjeta de presentación es su propia pluma. Las narraciones, estampas, pinceladas y guiños literarios que conforman su ultimo libro “No és el que sembla” muestran un talento creativo, unas dotes de observación y un dominio del lenguaje y de la técnica del diálogo que llaman la atención. Con un desarrollo a veces fulgurante, otras premioso y en alguna ocasión frustrado, su pluma fuerza una lectura siempre sugestiva que a veces deja al lector con la miel en los labios y otras provoca un retorcimiento de la lógica y el ritmo que sorprende. Sus bazas son el manejo de situaciones cotidianas que oscilan entre el realismo más duro, con un tratamiento del sexo siempre áspero y operativo y evocaciones oníricas, sorteadas con humor y un escepticismo nada sentimental aderezado siempre con una ironía sin paliativos. Hay historias resueltas en menos de treinta líneas con un final abierto y otras que cumplen su ciclo y dejan pensativo o satisfecho al lector. La selección de relatos es irregular y junto a relatos redondos como el de la tarotista con marcha o el del profeta que trata de resucitar a un lázaro desternillante, otros tratan de forzar los géneros (ciencia ficción, robótica, abducciones, o la crónica de sucesos desnuda). Pero en esencia en todos ellos hay algo que ennoblece el resultado final: Josep Igual es un narrador de fuste. Sus personajes son creíbles y están llenos de ese duro desencanto de la vida cotidiana, armados con unos diálogos directos y unas situaciones que casi siempre interesan al lector, descritos con un lenguaje austero y sin contemplaciones, aunque a menudo roza el surrealismo y un cierto tremendismo escatológico. La conexión con la historia reciente, la tragedia de los Alfaques o el 11 S, está evocada con agilidad y talento. Y, a veces, como en el relato de los niños y la gitana, ese talento resplandece y tiene un aliento propio, eso tan difícil de hallar que se llama encanto.

En resumen, “No és el que sembla”, ofrece un buen y esperanzador ejemplo de lo que es capaz de hacer un narrador de fuste, con toda su irregular creatividad, entre la ironía, el humor y una cierta crueldad, es decir, y esto es algo importante, tal como el espejo de la literatura refleja la vida de este nuestro desnortado siglo. Recomendable, sin duda.

FICHA:

“No és el que sembla”, Josep Igual, Cossetània edicions, Valls, 2010, 126 páginas

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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3 noviembre 2010 3 03 /11 /noviembre /2010 15:49

Digamos que un escritor es como un cocinero experimentado. Una persona que conoce los ingredientes que conforman un plato determinado, sabe dónde adquirirlos (o tiene una nutrida despensa donde ha ido almacenándolos), domina más o menos las técnicas de cocción, ensamblaje de elementos y orden de colocación, sabe acudir a su instinto profesional (educado por mucho tiempo de vivencias, lecturas y aprendizaje)  y aplica un tempo que es distinto para cada plato.

Pues bien, en mi despensa ya existe una modesta representación de platos únicos que han salido al mundo (siete novelas, un libro de relatos, dos de ensayo), un reservorio de platos acabados  que solo esperan la sanción definitiva del autor para lanzarlos a la palestra, entre los que hay novelas (tres), relatos (los suficientes para formar dos o tres volúmenes), dos ensayos (budismo zen y psicoanálisis más otro sobre ética) y casi un centenar de poesías que seguramente nunca me decidiré a publicar. Únase a este bagaje un limbo de novelas frustradas, proyectos en diversas fases de realización y el material inclasificable que suele tapizar el suelo y las paredes de todo grafómano que se precie, escribidor obsesivo, pensador en esencias y poeta  de la vida fascinado por la belleza, el drama, el humor y la tragedia de la existencia.

Precisamente es esa existencia incontrolable, sorprendente y  sabia, la que ha dado un giro copernicano y me permite, tras un largo paréntesis de décadas, volver a mi ocupación primordial, la escritura, la creación literaria, la crítica de libros y el desenfadado placer de mis actvidades deportivas, el montañismo esencialmente.

Vivo a caballo entre la gran urbe, Barcelona, madre putativa de mi carrera literaria y mi profesión periodística y mi refugio matarrañense, Torre del Compte. Un periodismo activo durante cuarenta años  en uno de los grandes diarios del país me ha enriquecido formalmente en vivencias y conocimientos, política internacional, critica literaria y de cine, páginas de opinión, entrevistas con escritores, políticos y pensadores, amén de dotarme a través de los años de práctica en la técnica de la escritura dirigida a otros, el reportaje, la crónica, el editorial, la reseña...

Ahora mi despensa está bastante llena, mis proyectos abundan, mi disponibilidad es considerable y mi energía está a niveles óptimos.

Sigamos, pues. Me pongo manos a la obra, como un humilde artesano dispuesto a doblegarse ante la exigente hydra literaria, dejando que toda esa acumulación intelectual y vital destile, si los dioses y las musas de los escritores me son propicios, un néctar literario que puede, o no, decantarse en esa obra única que conmueva a alguien y justifique en la alquimia maravillosa de la lectura, todos los trabjos, esfuerzos y desvelos implícitos a este oficio.

 

 

 

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