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1 diciembre 2010 3 01 /12 /diciembre /2010 19:36

El sol poniente planeaba sobre las aguas del Mediterráneo como un surfista cósmico en el universo estrellado. Hacía años que ya nadie surcaba aquellas aguas plácidas y moribundas excepto alguna chalupa a vela que navegaba en un aura de desánimo y obstinación. Por eso cuando la joven Cristina se asomó a la ventana del ruinoso edificio de apartamentos playeros y escrutó la candente puesta de sol no pudo evitar emitir un desmayado gritito de sorpresa. Se restregó los ojos legañosos y cogió los binoculares que alguien había olvidado llevarse. Enfocó desmañadamente el áureo espejo deslumbrante y tras unos segundos de afanosa búsqueda dio con ello.

--¿Será posible?--apartó los prismáticos de la cara y se volvió hacia el sombrío interior del piso--Oye tu, ven un momento.

La contestó un gruñido masculino y el inevitable, "¿Qué pasa? Algunos intentamos dormir, tía."

Ella golpeó el suelo con el pie desnudo en un gesto de irritación.

--Vamos, venid alguno. Ahí fuera está pasando algo.--y con un deje de amabilidad--ven tu, Sergio. Tu aún tienes buena vista.

Otra voz masculina, con cierto aflautamiento juvenil, inquirió con un eco adormilado: "¿no puedes contármelo luego, Cristina, ha sido una noche muy dura"

--No. !Por favor! Venid alguno, esto es importante. Y se va a marchar…

La última expresión tuvo un efecto casi perceptible para la muchacha, como una congelación del desmañado aire de derrota y claudicación que se respiraba en toda la casa, como si algo se rasgara y palpitara a su través un interés nuevo, vital. Se oyeron movimientos de ropa y jergones y unos confusos golpes de cuerpos y enseres o muebles o trastos. Dos hombres jóvenes, desgarbados, delgados como supervivientes de un holocausto imposible, con las greñas hirsutas, ligeramente barbados y los ojos muy abiertos entre el miedo y la expectación irrumpieron en la habitación.

--¿Qué? ¿Que es lo que se va a marchar?"--dijo uno; el otro asintió taciturno.

Ella lanzó el delgado brazo moreno hacia le ventana, como una flecha de carne trémula.

-- Allí, desde la ventana, en el mar.

Los chicos se asomaron y parpadearon furiosamente, cegados por el relumbre de oro fundido que les lanzaba el rizado mar.

--¿Dónde? ¿Donde? -inquirió, con impaciencia, el más alto--

El otro joven, un poco más bajo y fornido, miró en silencio y al momento musitó:

--Ah, allí está…

--¿Qué? No veo nada con este maldito sol. Aunque, maldita sea, ya lo veo…

--¿Qué es?

--Un enorme pez--dijo ella con una sonrisa casi feliz.

--O un submarino. Es gris, como de acero y se está sumergiendo.--dijo el más alto.

--Es una ballena…--susurró el otro con una expresión de alelada felicidad.

--Oh, no me creo eso. Quizá sea una ballena, pero será el cadáver de una ballena.--masculló el alto.

La muchacha congeló su sonrisa y miró con reproche al que había hablado.

--Hace muchos años que no veo ningún pez… y menos tan grande. Desde la extinción…--dijo en voz baja con expresión compungida.

-- Bajemos a la playa, la corriente no tardará en traerlo a la orilla.--dijo el alto con voz resuelta.

--No vendrá--dijo el otro.

--¿Por qué, Sergio? Aquí la corriente es fuerte--desafió el alto lanzando una mirada combativa y poco amistosa a su compañero.

Sergio no dijo nada, aparentemente indiferente al tono agresivo del otro, se limitó a señalar, casi con un gesto aburrido, hacia el mar: "Mira" Y mientras los tres jóvenes volvían a asomarse la ventana, a lo lejos un trazo plateado, un hilillo vertical deshilachado en la lejanía, partió de la confusa sombra de la presunta ballena y una especie de grito gutural sordo de tonalidad desconocida fue reverberando por las aguas y llenó el silencio agobiante del mundo cercano, un mundo sin ecos donde hacía muchos, demasiados años, ninguno de los jóvenes había escuchado un sonido animal que no fueran sus propias voces.

--Está viva…--musitó, con una sonrisa asombrada y feliz la muchacha.

--Bajemos a verla--gritó el joven alto y huesudo.

--Quizá algo esté empezando a cambiar…--dijo Sergio, con los ojos húmedos y un ligero temblor en los labios resecos.

--Ojalá todo vuelva a ser como antes--dijo la muchacha con un hilo de voz.

Sergio miró compasivo a la chica.

--No. Ojalá nada vuelva a ser como antes.

 

 

na p
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30 noviembre 2010 2 30 /11 /noviembre /2010 14:38

 

krishnamurti.gifDesde Platón, Sófocles o Ciceron, pasando por Krishnamurti o Pascal, Séneca, Ortega, Sartre o Unamuno, los pensadores más conspicuos de todos los siglos han glosado la búsqueda de la felicidad como una de las vocaciones esenciales del ser humano. Los budistas, en su óctuple noble sendero, parten de la zona contraria, el sufrimiento, pero allá en la zona de sombras siempre está la lucecita de la felicidad como un bien esporádico y apreciable pero no perseguible. Los filosofía árabe es certera: la felicidad es una sombra que huye de ti con la misma porfía con que la persigues (tendiendo la mano hacia los estoicos y los cínicos griegos).

Por lo tanto, el hombre sabio tiende a no tenerla como objetivo máximo, la mira como al desgaire, de hurtadillas, la celebra cuando viene y procura no asustarla apegándose a ella. La felicidad es una dama esquiva.

Y empieza siéndolo en sus propios límites definitorios. ¿Qué es la felicidad? Obtendrá usted tantas respuestas como sujetos a los que haga la pregunta. Para unos la felicidad será un estado de ánimo definido por el tener, para otros por el ser, los de allí pondrán el peso en una determinada persona (que es otra forma del tener) y los de allá en la ausencia de un concreto mal que los persigue. Pero sean los que sean los objetos externos, en todos los aspectos que dilucidemos hay una esencia permanente: es el mecanismo, la naturaleza interior de la felicidad: un combinado de alegría, serenidad y paz, exultante energía a veces y otras un bienestar difuso y calmado que suele presentar un sabor común: el de plenitud (pasajera pero evidente).

Se trata, resumamos, de un objetivo casi impreso en la carga genética del ser humano. Algo por alcanzar, que se disfruta efímeramente y que siempre tiene una caducidad cierta y un regusto de posibilidades futuras.

No puedes exigir la presencia de la felicidad en tu vida, como si fuera un derecho o la consecuencia automática de una determinado programa (lo cual exige suficiente equilibrio personal y algo de sabiduría –no confundir con conocimientos-) y más bien debes atender a una actitud básica: la felicidad es asequible al que vive en función del ser y no del tener, al que goza de un estar-en-el-mundo realista y a la vez imaginativo, al que ha diversificado su foco de interés a muchas más cosas que trabajar y aparentar, al que vibra con las cosas sencillas que hacen bella e interesante la vida. Y, sobre todo, al que es capaz de comprender la importancia del amor y de la amistad (otra forma de amor) en la gestión de cualquier proyecto personal de existencia.

Y ahí tocamos un punto importante: ¿tiene usted un proyecto personal de vida? ¿Tiene claras sus prioridades? Porque la felicidad siempre es el resultado de una suma de elementos, de vectores que integran su vida cotidiana. ¿Hace un esfuerzo consciente por apreciar y valorar todo lo bueno con que se tropieza? ¿Está demasiado pre-ocupado por sus carencias y presuntas necesidades? Si tuviera que decidir entre las palabras “satisfecho” o “insatisfecho” en un test urgente sobre su estado de ánimo, ¿qué diría? ¿Sabe que si su respuesta es la negativa, es imposible que la felicidad se acerque a usted o que si se acerca, la sepa reconocer?

Todos tenemos una sombra, casi siempre plural, que se esconde en el fondo de nuestra psique. Es un ente conflictivo, larvado pero que se activa con celeridad y eficacia devastadora. Suele anclarse en nuestro pasado más remoto y permanece enquistado durante décadas…hasta que es superado por la propia maduración existencial o por terapias adecuadas. La felicidad es un estado de ánimo con una dependencia estructural de la acción operativa de esa sombra. Pero puede acercarse a nosotros si sabemos atenderla y tiene un efecto disipador de lo negativo mientras está a nuestro lado.

Por tanto, no se lo piense demasiado, abra los ojos y mire a su alrededor. Según sea su mirada, según interprete lo que ve, estará abriéndole una ventana a la felicidad. Vale la pena.

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30 noviembre 2010 2 30 /11 /noviembre /2010 11:48

 

No se trata de una novela del genial humorista inglés P.G. Wodehouse (que más bien sería Wooster y no Webster), ni de una novela pseudo gótica de Tom Sharpe con Wilt de protagonista, aunque está más cerca de este autor inglés enamorado de España que de Gerald Brenan, el monacal y vitalista escritor fascinado por las Alpujarras y autor de “El Laberinto español” y “Al sur de Granada”. Pues bien, hablamos de Jason Webster, americano de padres británicos que comparte muchas de las características vitales de Brenan, vida más o menos aventurera, locura permanente por España y lo español, y la decisión heroica de romper con todo lo propio y echar raíces en cualquier rincón de la piel de toro embarcado en una existencia simple, natural y edénica.

Jason Webster es angloamericano, tiene 40 años y el espíritu iconoclasta y lanzado al exterior de tantos otros escritores y aventureros británicos, siempre fieles a sí mismos en cualquier circunstancia pero también capaces de asimilar e involucrarse en experiencias en el polo opuesto de su propia tradición vital y salir indemnes de la prueba.

La novela que nos ocupa “Duende” (Los libros del lince, 2010) fue ya publicada hace siete años, se refiere a las andanza s de un joven inglés por una España de los ochenta o noventa, aunque sigue teniendo una cierta actualidad, pese a que los tópicos y clichés sobre España y los españoles chirríen en algún momento por su engañosa simplicidad. La aventura vital del joven en su busca del grial flamenco, el “duende”, sus amores y desencuentros, su fascinación por el baile y el cante “hondo” y por el arte de la guitarra, forman el mejor sustrato de esta novela irregular que tiene un aspecto muy positivo: atrapa al lector en las peripecias del “Guiri” y en la fauna humana que le rodea, la gitanería y sus códigos y la narración de un aprendizaje vital con muchos significados.

Buscarle semejanzas con Brenan, como he leído en algunos artículos, es buscarle tres pies al gato. Ni Brenan, ni Paul Preston, ni Ian Gibson, ni Hugh Thomas. Ni siquiera George Borrow (conocido como “Jorgito el inglés”), son comparables a Webster (aunque este, muy en la tradición de británicos hispanizados, también se ha ocupado de la guerra civil española). Sin embargo la feroz actitud vitalista, hedonista a veces y melancólica también, acerca a Jason Webster al imaginario español. He seguido con interés la carrera de este autor y me interesó su “La montaña sagrada”, la historia de su búsqueda de un Sangri.la particular en el Maeztrazgo, que recuerda a veces el empuje casi visionario de un H.Thoreau y su “Walden”.

“Duende” circula con bastante soltura en el filo de la navaja entre el tópico y un extraño road movie urbanita y racial. La España que cuenta como escenario de sus aventuras, da cobijo a esa oculta corriente embravecida de su amor por el misterio de la raza (española en general y gitana en particular). En el resto de Europa o Estados Unidos podría ser leída como una novela-documento sobre una determinada y tópica España, que nos es familiar, pero más coincidente con la visión estereotipada que tiene muchos extranjeros, principalmente los anglosajones, de nosotros. Webster refleja eso bastante bien en su descripción de las subculturas de las colonias de extranjeros residentes en España y su sentido de ghetto inverso. Los gitanos, el flamenco, los toros, la “manera de ser” curiosa y exótica de los españoles, la droga y el sexo, son los elementos clave de esta historia. Pero en sus ramificaciones de sentimientos, ya sea el amor “fou” del protagonista por Lola, la mujer de su jefe, o el ambivalente y poco explicado afecto intenso por el gitano ladrón Jesús, cojea un poco, le falta profundidad.

Entre el “Nota”, el entrañable personaje de “El gran Lebowsky” de los Hermanos Cohen, y un pícaro de las “Novelas ejemplares” de Cervantes o un hidalgo pobre de Quevedo, Jason Webster, nos cuenta una historia más o menos verosímil que tiene una cualidad importante: te empuja constantemente a seguir con ella hasta el final. Y eso es mucho.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

Nullediesinelinea.over-blog.es

 

 

FICHA:

Duende” (A Journey into the Hearth of Flamenco).- Jason Webster.- Trd. Luis Murillo.

Editorial Los libros del lince, Barcelona 2010. 317 páginas.

 

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19 noviembre 2010 5 19 /11 /noviembre /2010 18:04

200px-TMertonStudy.jpg"El zen y los pájaros del deseo", publicado por Kairós, es una de las obras clave del trapense norteamericano Thomas Merton, cuyos esfuerzos por acercar el cristianismo al budismo fueron claves para que enraizara la disciplina zen en Europa y Estados Unidos y se convirtió casi en un icono cultural para la llamada "revolución de las flores" de los años sesenta. Merton, cuyo nombre de sacerdote catolico, era padre Luís, murió en 1968 en Bangkok, de un accidente, mientras asistía a un congreso entre pensadores budistas y cristianos. Nacido en Prades, Francia (1915) de padre norteamericano, durante la primera guerra mundial, Merton se hizo monje trapense en 1941 e ingresó en el Monasterio de Nuestra Señora de Getsemani (Kentucky), fue profesor  universitario y con su obra autobiográfica "La montaña de los siete círculos" 1948), su primera obra, logró un éxito extraordinario y se convirtió en un referente en el ensayo religioso y la poesía.

He releido esta recopilación de trabajos sobre el zen con un interés redoblado no sólo por el atractivo que para mi tiene la disciplina espiritual que tan bien supo tratar este monje poeta, sino por refrescar la interesantísima y cordial relación que Merton sostuvo con uno de los más reputados maestros teóricos del zen, Daisetz T. Suzuki, un contemplativo japonés respetado por su magna obra. La no siempre comprendida relación entre el cristianismo y el budismo zen es explicitada en estas páginas que atraen por igual al creyente con mentalidad abierta que al simple estudioso de la espiritualidad, en cualquiera de sus formas, como es el caso de quien esto escribe. Así, aunque el lector no se considere una persona religiosa, la dialéctica entre las formas místicas del cristianismo (no siempre aprobadas por la jerarquía religiosa y a veces rechazadas o incluso anatematizadas) y la sencilla, intuitiva y directa experiencia zen, se perfilan como una fascinante sincronía espiritual en sus manifestaciones más extremas, es decir las que suponen la iluminación, el nirvana o la llamada experiencia trascdendetal.

Aunque Merton se muestra muy cauto en ver excesivas similitudes o una igualdad básica entre, por ejemplo las experiencias de un maestro Eckhart , una Santa Teresa, Tauler o los Padres de Capadocia y Alejandría frente a los maestros zen y sus descripciones del satori o iluminación subita,  lo cierto es que hay un parecido innegable y lo que es más importante, entre sus formas de entender la existencia y ejercer su espiritualidad en la vida cotidiana.

Inmerso en una época donde la espiritualidad parece llegar a l pueblo al margen de las iglesias, las jerarquías y las órdenes religiosas (los "felices sesenta") y toma la forma pánica del amor a la naturaleza y la glorificación del amor físico, Merton advierte muy poéticamente de que el zen no es el invento pasota de la generación "hippy", y para ello crea la metáfora de los  "pájaros del deseo". En el prólogo de su obra dice: "Allí donde se alborota en torno a la 'espiritualidad', la 'iluminación'...a menudo no hay más que buitres bajando sobre un cadáver...un zen practicado como una ganancia de algo...enriquece a los pájaros del deseo. El Zen nada enriquece...las aves `pueden venir y volar en círculo en torno a ese cadáver...Cuando ya no están, aparece de pronto la nada...esta es el Zen. Lo que no ha cesado de estar allí, todo el tiempo. Sin que se apercibieran las aves devoradoras de carroña, no es el tipo de presa que ellas codician". 

El libro nos presenta el zen como disciplina, con un corpus teórico completamente poético y literario, de una simplicidad directa, "de mente a mente", "de corazón a corazón", al margen de todas linea magistral o teórica, enraizado en la vida cotidiana, rebelde a toda sistematización o estructura religiosa, de alguna manera   al margen del concepto de Dios como es compartido por todas las religiones del mundo, abocado a ir más allá de las palabras, más allá de las ideas y los conceptos y por supuesto más allá de las creencias. Es la soledad del individuo abocado a sentirse inmerso en la nada, en el vacío primordial donde todo nace. Es una sacudida prodigiosa a una visión del mundo basada en el ego de cada uno, separado del resto del mundo y dependiente de un dios que nos juzga y nos premia o nos condena. El zen busca la desnudez total del espíritu, para hacer en primer lugar un viaje hacia dentro que nos lleva a la nada y uno hacia fuera que nos hace partícipes de todo,  hasta que se llega a un punto donde no hay dentro ni fuera. En ese momento inenarrable el zen ha cumplido su cometido y uno puede prescindir de él. Y lo curioso es que para ello no exige el abandono del mundo, de las responsabilidades, de la vida cotidiana. Al contrario, el camino del zen es un camino normal, sencillo, abierto y comprometido con uno mismo y con los  -y lo- demás. Es llegar a ese estado que T.S. Eliot llamó "el punto inmóvil del mundo giratorio".

El hombre que llega a ese punto goza de "la despreocupada libertad de ser simplemente lo que es, aceptando las cosas tal como son, con el objeto de obrar en ellas lo mejor que pueda". Y para llegar a ese punto el Zen proporciona una forma de vivir especial, muy libre, ya que se ocupa de la vida misma, no de ideas sobre la vida y menos aún de plataformas partidarias en terreno político, religioso, científico o cualquier otro.

En el libro uno conoce la vida y la obra del gran Suzuki, las geniales interpretaciones sobre la estructura básica del conciencia del filósofo japonés Kitaro Nishida, el análisis de las llamadas experiencias trascendentales y del nirvana o iluminación búdica,  y acaba con un revelador diálogo de escritos entre Suzuki y Merton sobre la sabiduría del vacío, sostenido en la primavera de 1959, en el que ambos pensadores escriben sobre la obras de los Padres del desierto y la de los maestros Zen que analizan el tema.

A pesar de ser una recopilación de trabajos aparecidos en fechas distintas en diversos medios, el libro guarda una coherencia brillante y para el lector es una fiesta intelectual y espiritual. La editorial Kairós publicó la primera edición en castellano en 1972 y desde entonces no ha dejado de reeditarlo. (He trabajado sobre una edición de 1994). Por algo será.

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15 noviembre 2010 1 15 /11 /noviembre /2010 17:23

En abril del año 95 del pasado siglo (me divierte jugar con el paso de los siglos, quizá porque vivo en una casa construida sobre cimientos y murallas del siglo XV, junto a una iglesia del XIV, bajo la advocación de un escritor del XVI y en unas tierras tan antiguamente pobladas que hay restos iberos por todos lados) comencé a escribir un ensayo sobre budismo zen bajo la óptica del psicoanálisis junguiano. Lo llamé "La flecha sin blanco" y negociaba con  Pániker su posible publicación en Editorial Kairós, que estaba publicando con éxito las obras de mi maestro "in cuore" Taizé Deshimaru, el enérgico introductor del zen soto en Europa. Ya hacía más de diez años que practicaba zen bajo la mirada compasiva y divertida de una monja católica, Berta Meneses, que había recibido recientemente la maestría zen.

Cuando tenía escritas las dos terceras partes del libro, me retiré silenciosamente del proyecto. Cerré las carpetas y pasé a otras ocupaciones, una novela, la critica literaria y el ejercicio profesional en asuntos de politica internacional. ¿Qué había pasado? Hasta ahora no había "desenterrado" las complejas páginas de aquél ensayo y había tratado (muy explicable desde un punto de vista analítico, el reflejo de aquello de "cuchara de palo en casa del herrero") de enterrarlo en el subconsciente. Justo de ahí he sacado estas líneas. Del inconsciente,  terreno de caza del psicoanalista, pero también del poeta o del novelista, donde residen muchas veces la resolución de las contradicciones o la superación de las paradojas, terreno donde no sólo hacen falta ojos para ver, sino conciencia para mirar y humildad para reconocer.

En el prólogo del libro, encabezándolo, había una cita de Carl Gustav Jung, el controvertido pero brillante discípulo "traidor" de Freud. Decía así: "Mis obras...son expresión de mi evolución interior". Por supuesto cuando la escribí estaba impulsado por el daimon de la escritura, que puede llevarte al exito pero también a un fracaso total (y esos dos estados son intercambiables y están tan unidos. inextricablemente, como en el círculo taoísta lo están el ying y el yang) y, sobre todo, a mis ojos de quince años después, es el dictamen psicológico más exacto, el más exasperante diagnóstico lanzado al futuro y comprensible solo en el futuro, del hombre que escribía el libro y aún no sabía que iba a fracasar én el empeño.

Ya que si mi obra, esta obra, debía ser la expresión de mi evolución interior, no podía, ni debía, terminarse en esa época de mi vida. Ya que para escribir una obra zen (no sobre el zen) uno debe mostrar en ella ese estado evolutivo que, ahora lo he entendido, en mí no estaba a la altura del motivo central, del zen como forma de vida, como paradigma de pensamiento y conducta. Sin duda por esa razón, inconsciente, no elaborada, di carpetazo al proyecto, a pesar de estar muy adelantado y casi comprometido con Kairós.

¿Llegué en algún momento a ser consciente de la auténtica razón que se escondía bajo pretextos de mucho trabajo, exceso de responsabilidad, una cierta "humildad" en definitiva? Creo que no. Releyendo el trabajo me percato de la fria erudición que desprende, de una poco disculpable ligereza y, sobre todo, de una disimulada prepotencia que dejaba entrever unos logros espirituales que eran, quiza no lo sabía pero lo intuía, pura imaginación vicaria, traslación literaria pero impostada de otros logros espirituales, esos auténticos, que florecen en muchos textos del maestro Eckhart, Deshimaru, Krishnamurti, Merton...

Han pasado quince años y releo las páginas amarillentas de mi original, lleno de citas, de filosofía, de hallazgos y metáforas literarias, de una cierta poesía...pero con la clamorosa ausencia del espíritu zen, sea lo que fuere tal cosa, no definible, pero sí reconocible. Pura paradoja existencial que requiere una humildad absoluta y una osadía sin límites. Tratar de comunicar lo inefable. Una tarea condenada al fracaso y sólo en pocas ocasiones al fracaso (en último término toda obra que trata de explicar el zen, es un fracaso) y  a la realización.

Quizá sea el momento de volver a ese texto, reformarlo, pulirlo, librarlo de la hojarasca erudita, de la pretenciosidad...tal como el arquero zen lanza su flecha... sin pensar en obtener el triunfo, el blanco, pendiente tan solo de la tensión justa del arco y apenas del liviano peso de la flecha, absorto en que el cuerpo se ajuste a la postura correcta, en que se sitúa donde debe estar y reciba del corazón la indicación insoslayable en el momento correcto: suélta la flecha  y si lo has hecho todo como es preciso, la flecha dará en el blanco (aunque no acierte al blanco). ¿Obtuso? ¿Un texto surrealista? No, esto es el zen. Hay que leer más allá de las líneas. De mi espíritu a tu espíritu. Directamente.

 

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7 noviembre 2010 7 07 /11 /noviembre /2010 21:57

 

Josep Igual ( (Benicarló 1966) es un narrador con un bagaje de publicaciones respetable y por lo que veo bastante prolífico. Galardonado con abundancia, su mejor tarjeta de presentación es su propia pluma. Las narraciones, estampas, pinceladas y guiños literarios que conforman su ultimo libro “No és el que sembla” muestran un talento creativo, unas dotes de observación y un dominio del lenguaje y de la técnica del diálogo que llaman la atención. Con un desarrollo a veces fulgurante, otras premioso y en alguna ocasión frustrado, su pluma fuerza una lectura siempre sugestiva que a veces deja al lector con la miel en los labios y otras provoca un retorcimiento de la lógica y el ritmo que sorprende. Sus bazas son el manejo de situaciones cotidianas que oscilan entre el realismo más duro, con un tratamiento del sexo siempre áspero y operativo y evocaciones oníricas, sorteadas con humor y un escepticismo nada sentimental aderezado siempre con una ironía sin paliativos. Hay historias resueltas en menos de treinta líneas con un final abierto y otras que cumplen su ciclo y dejan pensativo o satisfecho al lector. La selección de relatos es irregular y junto a relatos redondos como el de la tarotista con marcha o el del profeta que trata de resucitar a un lázaro desternillante, otros tratan de forzar los géneros (ciencia ficción, robótica, abducciones, o la crónica de sucesos desnuda). Pero en esencia en todos ellos hay algo que ennoblece el resultado final: Josep Igual es un narrador de fuste. Sus personajes son creíbles y están llenos de ese duro desencanto de la vida cotidiana, armados con unos diálogos directos y unas situaciones que casi siempre interesan al lector, descritos con un lenguaje austero y sin contemplaciones, aunque a menudo roza el surrealismo y un cierto tremendismo escatológico. La conexión con la historia reciente, la tragedia de los Alfaques o el 11 S, está evocada con agilidad y talento. Y, a veces, como en el relato de los niños y la gitana, ese talento resplandece y tiene un aliento propio, eso tan difícil de hallar que se llama encanto.

En resumen, “No és el que sembla”, ofrece un buen y esperanzador ejemplo de lo que es capaz de hacer un narrador de fuste, con toda su irregular creatividad, entre la ironía, el humor y una cierta crueldad, es decir, y esto es algo importante, tal como el espejo de la literatura refleja la vida de este nuestro desnortado siglo. Recomendable, sin duda.

FICHA:

“No és el que sembla”, Josep Igual, Cossetània edicions, Valls, 2010, 126 páginas

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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3 noviembre 2010 3 03 /11 /noviembre /2010 15:49

Digamos que un escritor es como un cocinero experimentado. Una persona que conoce los ingredientes que conforman un plato determinado, sabe dónde adquirirlos (o tiene una nutrida despensa donde ha ido almacenándolos), domina más o menos las técnicas de cocción, ensamblaje de elementos y orden de colocación, sabe acudir a su instinto profesional (educado por mucho tiempo de vivencias, lecturas y aprendizaje)  y aplica un tempo que es distinto para cada plato.

Pues bien, en mi despensa ya existe una modesta representación de platos únicos que han salido al mundo (siete novelas, un libro de relatos, dos de ensayo), un reservorio de platos acabados  que solo esperan la sanción definitiva del autor para lanzarlos a la palestra, entre los que hay novelas (tres), relatos (los suficientes para formar dos o tres volúmenes), dos ensayos (budismo zen y psicoanálisis más otro sobre ética) y casi un centenar de poesías que seguramente nunca me decidiré a publicar. Únase a este bagaje un limbo de novelas frustradas, proyectos en diversas fases de realización y el material inclasificable que suele tapizar el suelo y las paredes de todo grafómano que se precie, escribidor obsesivo, pensador en esencias y poeta  de la vida fascinado por la belleza, el drama, el humor y la tragedia de la existencia.

Precisamente es esa existencia incontrolable, sorprendente y  sabia, la que ha dado un giro copernicano y me permite, tras un largo paréntesis de décadas, volver a mi ocupación primordial, la escritura, la creación literaria, la crítica de libros y el desenfadado placer de mis actvidades deportivas, el montañismo esencialmente.

Vivo a caballo entre la gran urbe, Barcelona, madre putativa de mi carrera literaria y mi profesión periodística y mi refugio matarrañense, Torre del Compte. Un periodismo activo durante cuarenta años  en uno de los grandes diarios del país me ha enriquecido formalmente en vivencias y conocimientos, política internacional, critica literaria y de cine, páginas de opinión, entrevistas con escritores, políticos y pensadores, amén de dotarme a través de los años de práctica en la técnica de la escritura dirigida a otros, el reportaje, la crónica, el editorial, la reseña...

Ahora mi despensa está bastante llena, mis proyectos abundan, mi disponibilidad es considerable y mi energía está a niveles óptimos.

Sigamos, pues. Me pongo manos a la obra, como un humilde artesano dispuesto a doblegarse ante la exigente hydra literaria, dejando que toda esa acumulación intelectual y vital destile, si los dioses y las musas de los escritores me son propicios, un néctar literario que puede, o no, decantarse en esa obra única que conmueva a alguien y justifique en la alquimia maravillosa de la lectura, todos los trabjos, esfuerzos y desvelos implícitos a este oficio.

 

 

 

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2 noviembre 2010 2 02 /11 /noviembre /2010 17:38

Esta mañana cuando mi amigo David y yo recorríamos las pistas forestales al este de Peñarroya de Tastavins, un cielo gris con nubes oscuras pasando velozmente de valle en valle, desgajándose en una neblina algodonosa sobre las carenas cercanas pobladas de pinos blancos y carrascas hacía presagiar algun que otro chubasco.

-¿Estás seguro de que es por aquí?

Repasé el viejo libro apergaminado de hojas amarilleadas por el tiempo y los hongos.

--No da localizaciones exactas. Entonces no existían los gps y la cartografía estaba en sus inicios, aun basándose en las  técnicas de Ptolomeo y la lectura de las estrellas. ¿Cómo puedo saberlo? Me guío por esta frase que el oscuro monje benedictino escribió en su códice: "Camina por el este del Tastavins, hacia la larga cadena de rocas cortadas como por el hacha de un gigante, semejante quizá al cuerpo de una nave abierta por el medio". Y aún más claro, "cercano a un gran conglomerado de rocas altísimas que forman como una gran mesa alzada sobre los mares de arboles, cual ancho altar donde comen lo dioses paganos, acompañados por el ruido de aves carroñeras que en lugar abundan".

--Quizá se refería a Masmut.

David me señaló con un gesto los cingles rojizos de la meseta y al fondo la herida blanca de la montaña cortada, una alargada pared gris claro que corría de norte a sur ganando en altura.

--Podría ser.

--Bueno, mientras investigamos podemos seguir el plan B.

--Optimista y práctico David. ¿De qué se trata?

--Bueno, si no encontramos huella alguna de tus bayas, ese pueblo misterioso que crees más antiguos que los iberos, siempre podemos tratar de encontrar algunas setas que luego podemos comer en amigable condumio, bien regadas por un par de botellitas que tengo guardadas para ocasiones como esta.

--Bueno, no creo que haya especímenes de los bayas ya en estos días. Pero quizá encontremos alguna huella de su existencia. Según el antiguo pergamino hallado en Cretas,  se dejaron ver por romanos, visigodos, arabes y colonos castellanos y aragoneses que aprovecharon las llamadas y privilegios de reyes y señores. Si es cierto que no son una leyenda, dejaron maravillados  a los que les vieron o trataron con ellos por su avanzadísima cultura y una tecnología entonces inexistente y casi inimaginable.

--Oye, no se si te das cuenta que todo esto suena a la búsqueda del Santo Grial, los caballeros de la Mesa Redonda y una mezcla de Benitez el de los misterios y un hispano Indiana Jones.

--Eres un genio, David. Así es, una especie de Santo Grial pero mas digno de nuestra época que de aquellos remotos tiempos.

Mi amigo detuvo el 4x4. Se volvió lentamente hacia mi y me espetó:

--¿Qué es...exactamente...lo que estamos...buscando?

 

 

Bien...la mañana siguió sin grandes descubrimientos, sin sustos ni aventuras, desgraciadamente sin hallazgos. No hubo lluvia y no hubo huellas de los bayas y mucho menos Santo Grial. Encontramos una docena de rovellones, un buen montón de bolets de bestiar y una infinidad de brunetes.

A media tarde  mientras digeríamos el festín de setas a la vera de un buen fuego, compartíamos un licor de hierbas helado y fumábamos dos puros habanos, al estilo Cabrera Infante, puro humo, le conté a mi amigo algo de lo que sabía de los bayas, el estado de mi libro dedicado a ese pueblo maravilloso y desconocido y mi compromiso de llevar esta empresa a cabo como el cumplimiento de una promesa a un personaje misterioso que abrió la puerta de  mi vida a esa apasionante civilización que enraizó en la zona del Matarraña cuando aún no tenía ese nombre y nadie había soñado en dárselo.

Eran los tiempos en que todo era tan nuevo que las cosas, los montes y los rios aún no tenían nombre. Entonces aparecieron...

 

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1 noviembre 2010 1 01 /11 /noviembre /2010 17:39

En los años noventa del pasado siglo,  preparaba un doctorado en psicoanálisis y me sentía fascinado por la neurología y las ciencias del cerebro en general. No olvidéis que habia sido declarada la década del cerebro y los avances en neuroanatomía, neurofisiología y ciencias afines habían sido muy prometedores. Me mantenía al corriente hasta la medida de mis posibilidades (entronces más escasas que hoy dia) sobre tales avances. Y esto lo hacía por dos motivos principales. mi convicción fuertemente intuitiva y también informada  de que en el cerebro se esconde la esencia del ser humano y su relación con el mundo que le rodea y con sus semejantes y las, digamos coincidencias, entre los hallazgos científicos  y las descripciones que de esa relación cosmogónica hacían las disciplinas espirituales de origen oriental y mucho más veladamente las tradiciones religiosas occidentales, tan manipuladas por las iglesias (desde algunos padres del desierto al maestro Echkart,  san Juan de la Cruz o en nuestra época Merton, el padre Enomiya Lasalle o nuestro recién fallecido Pánikkar...

Soy practicante zen, aunque un practicante escéptico, muy disciplinado y nada apegado a maestros y liturgias varias. Mi práctica se debía al convencimiento de que la "sentada" o meditación zen no era más que una disciplina de tipo físico-mental que superaba la paradoja de hacer de la práctica una relación desinteresada y sin objetivos con el ejercicio del silencio de la mente, es decir y con idioma neurológico del hoy, propiciar el silencio del hemisferio izquierdo del cerebro y animar de alguna manera la preponderancia del hemisferio derecho, el intuitivo, el "femenino" (qué gran piropo a las mujeres disfrazado de insulto y menosprecio), el "irracional", el poco disciplinado, el artítstico, el descontrolado. Con una práctica continua y despojada de búsquedas espirituales, de iluminaciones o de adquisiciones de virtudes o propiedades operativas espectaculares, de nuevo de forma paradójica, podía producirse un fenómeno bien documentado por las tradiciones religiosas y esprituales de todo el mundo: la llamada iluminación, satori, visión de Dios, el estallido de la kundalini. 

Ahora, tras la lectura del libro de la doctora Jill B. Taylor, "Un ataque de lucidez" (publicado por la editorial Debate), una neuroanatomista que sufrió un demoledor ictus en el hemisferio izquierdo del cerebro, recibo una noticia alentadora: el descubrimiento de la zona exacta del cerebro donde radica tal experiencia o vivencia, calificada como sentimiento oceánico. El problema está en que tal zona se activa unicamente cuando  disminuye la actividad en los centros de lenguaje del hemisferio izquierdo, lo que provoca el enmudecimiento de la permanente charla mental, se establece uin silencio total, unido a otra disminución de actividad en la zona de orientación y asociación, situada en la circunvalacion posterior del h. izquierdo, lo que hace desaparecer el sentido del yo y los limites fisicos personales, con lo que fluimos con el resto del universo y no nos sentimos ni seres solidos ni separados de lo que nos rodea, y, en fin, desaparecen los miedos, cautelas, estrategias de evitación y huida, recuerdos y aprendizajes que maneja el hemisferio ziquierdo. Resultado total: LA  PERCEPCIÓN DE UNO MISMO COMO UNA PARTE INMENSAMENTE FELIZ DEL COSMOS.  Todo está bien y no hace falta nada más. Estamos completos y en absoluta paz y concordia. Es decir: la iluminación perseguida por santos y gurus y sólo vislumbrada por unos pocos artristas, poetas e intelectuales ol simples hombres sencillos, quiza ignoarntes, pero inmensaqmente sensibles e  intuitivos.

Os preguntareis pues, si es preciso un ictus en el hemisferio izquierdo para ser capaces de vivir esa experiencia totalmente renovadora y revolucuionaria. No, si os fijáis en las condiciones,son las mismas que preconizan las disiciplinas espirtuales de las que hemos hablado. Por tanto, aunque nadie lo puede garantizar, aparte del ictus u otros accidentes cerebro vasculares, las diciplinas de meditación, cuanto más desinteresadas y irreligiosas mejor, nos pueden acercar a las condiciones precisas para que el fenómeno se produzca en algún momento inesperado. No hay progresión sistemática en esto, depende de conexiones nauronales sobre las que no tenemos control: solo facilitamos el caldo de cultivo donde se producen.

Seguiremos con esto en algún momento.

Como artículo de bienvenida a mi blog, creo que es suficiente y tal vez demasiado.

Buenas noches y buena reflexión.

ALBERTO

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