“El mar da la vida y da la muerte. Habla por si mismo. Su sonido se reconoce y siempre habla de recomenzar. Habla a través de signos, es un hablar iconográfico, habla con lo que transporta, lo que llega, lo que desplaza o lo que vomita. El mar habla con signos y cada cosa que expulsa es el signo de una época. Aquí el mar empezó echando naranjas y acabó echando muertos, entre los dos llegaron fardos de cocaína”. Eso dice Manuel Rivas, el escritor coruñés de 54 años, periodista de los buenos, en su última novela “Todo es silencio” que ha publicado Alfaguara. Y eso que dice es justamente el meollo de su novela. El mar de las rías es el gran personaje omnipresente en la trama. El mar y el pueblo, Brétema, un pueblo imaginario inserto en una geografía muy real, un pueblo costero gallego entre los sesenta y los ochenta, la época de eclosión del narcotráfico, hijo bastardo de la costumbre del contrabando que siempre había existido en Galicia. Pero del tabaco y el whisky la cosa pasó a mayores, la cocaína, el caballo, la corrupción policial, aduanera y polñitica y la fuerza creciente del nuevo poder, los capos mafiosos.
“Todo es silencio” empieza con las correrías de tres niños amigos, Fins, Leda y Brinco, que siempre buscan en las orillas del mar lo que éste les regala, bajo la presencia poderosa del Mariscal, el jefe, el Dean, el Patrón, un personaje complejo vestido como un caballero del sur de los Estados Unidos, con sus manos siempre protegidas por impolutos guantes blancos y su persona protegida por la presencia amenazadora y silenciosa de Carburo, el guardaespaldas. Es el Mariscal el que al comienzo de la novela marca la espina dorsal de ésta con una frase: “La boca no es para hablar, es para callar”. El silencio es la música constante que vertebra esta novela, apoyada siempre por las frases de Bronco, que será lugarteniente de su odiado y admirado patrón y por las citas casi siempre en latín que éste va dejando caer una y otra vez en sus rebuscados parlamentos: tienen boca y no hablan, tienen ojos y no ven, tienen oídos y no oyen. Esa es la consigna válida para todo el pueblo. Si quieren medrar han de seguirla. Una frase define esta actitud: “El dinero, aunque salga de manos asquerosas, siempre huele a rosas”. Y así se teje una red de complicidades interesadas hilvanada por el silencio. “Todo es silencio”, no obedece a la frase hamletiana “El resto es silencio” sino a una poesía de Rosalía de Castro, “Todo e silensio mudo”.
La novela se lee de un tirón. Atraen esos personajes, lo que dicen, lo que les pasa…fascina la magia del mar, la poesía con la que Rivas lo describe, “Leda se levantó agitada. Recorrió el paño de lamé del agua, las partículas destellantes, aquel trabajo de platería infinita y efímera que una mano de viento labraba en el mar soleado”. Nos invade la fuerza de algunos lugares, como la Escuela del Indiano en ruinas y su suelo de mapamundi y algunos personajes como el pescador Lucho Malpica, que hace de Cristo en semana santa y es padre de Fins, éste mismo con sus ausencias y su lealtad, la bella Leda y su fuerza interior o la trágica figura de Rumbo, el padre de Brinco, que regenta el bar y el cine propiedad de Mariscal, amante de su esposa.
Seduce la voz de Rivas, su poderoso sentido poético, sus descripciones. Quizá esa personalidad tan potente se inmiscuye demasiado en los personajes, en la trama, en el ritmo, tengo la sensación de que lleva a todos con bridas de acero, con esa voluntad de creador que debería ser más invisible y a veces inexistente. Pero es una objeción que no debe desalentar al lector de Rivas. Hay un final trágico aunque previsible y una dialéctica mafia-policía corrupta-policía integra que roza el thriller aunque sin llegar a imponerse a la dramática fuerza que emana del pueblo, de los personajes, de sus vivencias. En resumen, una buena novela de un escritor que conoce su oficio.
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Desde "El mundo de Sofía" (1991) del noruego Joostin Gaarder (que revolucionó de forma amena la enseñanza de la filosofía clásica) a "La elegancia del erizo" de Muriel Barbery, una especie de viaje iniciático por la literatura (como también lo fueron algunas novelas de Sartre como "Los caminos de la libertad") o "La caverna de las ideas" de José Carlos Somoza, la tradición de la novela metaliteraria o filosófica tiene notables ejemplos en la historia literaria.
Pedro Cases es un periodista de Zaragoza de 56 años especializado en economía que a los cuarenta y tantos abandona las mesas de redacción, las cuestiones económicas y tras haber militado en las páginas de Cinco Días o la Gaceta de los negocios e incluso en las páginas salmón de El País, decide colgar la pluma o mejor dedicarla a los viajes y la literatura itinerante. Envidiable. Muchos hemos soñado y algunos pocos realizado esa "renuncia" profesional que el tiempo, la suerte y el vigor convierten en una gratificantes y pródiga opción vital.
Marcos Ordóñez (Barcelona, 1957) es un escritor maduro en plena posesión de sus facultades, que son muchas, a tenor de su último libro "Turismo interior" (editorial Lumen) donde a través de tres narraciones aparentemente independientes, hilvana un libro homogéneo con una especie de corriente subterránea que los une y les da coherencia global. Nuestro hombre se ocupa de la crítica teatral en el diario "El País" y ha escrito varios libros sobre la vida que mejor conoce, la del teatro y sus gentes, los guiones cinematográficos y las obras teatrales, todo ello en formato ensayo o artículos y como es un "lletraferit" sin remedio, también en sus novelas y relatos ("Detrás del hielo", "Puerto Ángel", "Una vuelta por el Rialto", "Ronda del Gijón" "Tarzán en Acapulco") y sus biografias (Gato Pérez, Alfredo Landa y Ava Gardner) En "Turismo interior" (ajustado título al motivo de su libro, una suerte de largo viaje hacia lo más íntimo de sí mismo), Marcos Ordóñez entrelaza tres historias en las que van surgiendo elementos que serán claves en cada una de ellas y les dará esa unidad interior a la que nos referíamos. La vocación literaria y su agridulce ejercicio, Barcelona, sus calles y sus gentes, el inclemente paso del tiempo entre la nostalgia y la desesperación, los miedos que todos tenemos y guardamos celosamente bajo llave hasta que eclosionan como huevos de serpiente, los excesos de la vida que siempre nos pasan factura y que siempre justificamos con la excusa del placer y del olvido.
He aquí otra novela francesa, de autor joven treintañero, nacida al amparo de la celebridad, modo y maneras de "La elegancia del erizo", de Muriel Barbery. Se trata de "La delicadeza", editada por Seix Barral en su "Biblioteca Formentor"). Como "el erizo" será llevada al cine (dirigida por el propio autor de la novela, David Foenkinos, e interpretada por ese símbolo del actual cine francés de ínfulas buenistas, Audrey Tatou). Pero no acaban aqui las semejanzas (aunque siempre más valorables en el erizo que en la delicadeza) y así tenemos argumento sentimental, escritura desenfadada, referencias culturales y literarias a la moda joven y pretensión de iluminar al lector en la belleza de la vida y los sentimientos aunque sea por el camino de los renglones torcidos, es decir, no todo el mundo es bello, aunque si noble y esforzado.
Siempre he considerado a Javier Marías (Madrid 1951) un escritor ensimismado, con toda la grandeza y la miseria de la palabra y lo que literalmente significa: un autor centrado totalmente en-si-mismo. Si a ello añadimos una habilísima puesta en escena, unos contactos inmejorables y un marketing de orden superior tenemos a uno de los autores españoles de mayor proyección nacional e internacional en el mundo de las letras. Académico, traducido por doquier, monarca del Reino literario de Redonda, editor y candidato al Premio Nobel, ha escrito y publicado una novela cada tres años aproximadamente desde “Los dominios del lobo” con la que se inició con sólo 19 años, en 1971. Es decir trece novelas si contamos la trilogía de “Tu rostro mañana” como una sola novela (1.600 páginas y ocho años de gestación). Mención aparte,
pensador magnífico, muy certero y oportuno para el momento y el país en que vivimos: "La seriedad moral en la vida pública es como la pornografía: aunque difícil de definir, sabes que lo es cuando la ves. Describe una coherencia entre intención y acción, una ética de la responsabilidad política". ¿Ven algo de esto en los representantes políticos que en estos días luchan a mandoblazos entre sí para arañar votos en esta España que nunca deja de helarnos el corazón?
Philip Roth (78 años) es uno de los grandes de la novela norteamericana actual, uno de los selectos junto a Bernard Malamud, De Lillo, Bellow, Updike, Pynchon, una generación por encima de los Franzen, Foster Wallace o Paul Auster . Comparte con alguno de ellos el hecho de ser judío, aunque la prosa irreverente y cáustica de Roth le ha valido el rechazo total de la comunidad judía norteamericana.

