Existe, sin duda, una consideración del tiempo, de la edad, que tiene que ver con el hábito de la lectura, ese vicio delicioso y acaparador que nos abre las puertas y ventanas del espíritu a la complejidad de la vida. Lo digo porque he llegado a una edad en la que el lector que hay en el centro de mi alma deja de complacerse demasiado en las novedades, inabarcables hoy, que nos ofrecen las editoriales y vuelve, al tiempo que se mantiene mas o menos al día de los recién llegados, a los clásicos que un dia nos llenaron de gozo y del orgullo de lo óptimo recién descubierto. Me refiero al encuentro con un ejemplar de esa entidad literaria a la que el consenso universal llama "clásico" y que a pesar de la ambición y rigor con que fueron asi bautizados por la opinión pública enterada de lo literario, tienen también, como todo en la vida de ,los hombres desde que el mundo es mundo libresco, su aurora, su esplendor y su cénit. Su ciclo de esplendor y olvido, sus eventuales renacimientos y sus ostracismos a tenor del vaivén de esa dama caprichosa e injusta a la que llamamos "moda".
Pues bien, mi relación con la obra cumbre de Thomas Mann, "La Montaña Mágica" sigue una trayectoria curiosa, un poco al margen de la existencia llena de éxitos y olvidos de una novela paradigmática de su autor y reflejo acertado de una época que ya nos queda un poco lejos, principios del siglo XX. La aparición de la novela es en 1924, cuando ya Mann es uno de los referentes vivos de la mejor literatura de habla alemana, y por extensión europea y, al cabo de los años, universal. El escritor se basa en una experiencia personal: en 1911 a su esposa se le declara una afección respiratoria que obliga a ingresarla en un sanatorio de Davos-Platz, en el cantón suizo de los Grisones, en los Alpes. Allí nace la idea fundacional de una novela , que tras doce años de trabajo se convertiría en "La montaña mágica" y llevaría a su autor, cinco años mas tarde, a recibir el Premio Nobel no sólo por el conjunto de su obra sino especialmente por esta.
A partir de los cincuenta y en los años esperanzados pero cerrados de los sesenta y setenta, Mann va siendo postergado a objeto de estudiosos y teóricos. Luego entra en el panteón ilustre pero polvoriento de los clásicos contemporáneos, del que sale brevemente a casua de su muerte en 1955 o por causas indirectas, la versión cinematográfica de "Muerte en venecia" por Luchino Viscont, con un Dick Bogarde en estado de gracia como el profesor de edad madura que pierde la cabeza por un joven de rara belleza andrógina.
Pero el instinto lector de cada persona va variando con la edad y las circunstancias. Mi primera lectura de "La montaña mágica" viene de la época juvenil, quizá mas cerca de la adolescencia, en el verano en que debía decidirme por la carrera universitaria que quería cursar. Dos libros fundamentales leí en aquellos meses de verano: "La montaña mágica" y "La historia de Axel Munthe". En ambas prima el ambiente médico, una por su escenario y la otra por ser la obra de un prestigioso médico psiquiatra alemán-suizo que se enriqueció tratando de neurastenia a miembros de la alta sociedad europea de finales del XIX y principios del XX. Así que acaricié seriamente la opción de estudiar medicina y concretamente psiquiatría. Sin embargo la vida, la presión familiar y otras variables, terminaron por decantarme hacia el derecho y el periodismo.
Pero volvamos a "La Montaña mágica". En aquellos días juveniles me fascinó literariamente. Me sentía otro Hans Castorp: aunque rechazaba el excesivo "nerviosismo" del protagonista y sus claudicaciones, me sentía cerca de él en sus actitudes un poco grotescas, algo pedantes y muy apasionadas. Sin embargo, y aquí está lo curioso, esta segunda lectura me ha confirmado un fenómeno que se suele repetir en muchos clásicos revisitados: la lectura de hoy es distinta, esencialmente diferente. La anécdota, los personajes, son los mismos, pero la garra que hunden en nuestra sensibilidad cambia de intensidad. Ahora, toda la morbosidad, en el aspecto médico de la palabra, que rodea al personaje central de la novela, la tuberculosis y sus efectos sobre hombres y mujeres, la presencia omnímoda de la muerte, la glorificación de lo sensual como desafío, adquieren en esta lectura una significación propia que cambia el sentido profundo de la novela.
Este cambio, que en el colmo de lo grotesco, parecía infundir un estado vacilante, febril, de realidad cambiada, "mágica", a mi propia persona (quizá encubaba cuando ocurrió algun catarro fuerte; mi reacción contra ese "contagio" fue tan inmediata como drástica, ejercicio físico y la lectura de un libro corto de Wodehouse sobre Jeeves). Una vez pasado ese pequeño espejismo contagioso, volvía las páginas de la peripecia vital de Hans Castorp en el balneario donde vida y muerte bailan la Danza medieval escogiendo a sus horrorizados danzantes entre los enfermos del sanatorio de Davbos-Platz.
El "contagio" psicosomático que provocó en mí la lectura de la novela de Mann tuvo otra consecuencia, ésta positiva: hizo crecer mi interés por la obra, no sólo por el simple placer de le lectura, sino como lectura crítica. Fruto de ello será otra reflexión que estoy hilvanando a tenor de lo que voy leyendo, sobre la comparación entre el tempo de esta novela y otra en la que el tempo y el tiempo como entidad abstracta que condiciona al ser humano tienen similar importancia y trascendencia: "En busca del tiempo perdido" de Proust. Así pues, seguiremos reflexionando sobre ello.
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según el talante, la biografia y la formación de cada cual: a unos les excita la risa, a los otros la reflexión, a los allá la sonrisa comprensiva y a los de acá un estado jocoso y emocional donde todo es posible.
El amigo Joan Bosch se ha lanzado a un reto espectacular: mostrarnos cómo el campeón de los racionalistas, el hombre que elevó la observación minuciosa y el control de las emociones a un dogma de vida, el violinista que usaba la música como una droga paliativa y la cocaína como una manera de evasión hacia el aturdimiento, el detective profundamente inglés que jamás pronunció la frase "elemental, querido Watson", el misógino que sólo amó a una mujer que le superaba en astucia y siempre oponía defensas ciclópeas ante el sexo llamado débil, el gran, enorme, imperecedero Sherlock Holmes, uno de los pocos personajes de ficción que resucitó por imposición de los lectores sobre su creador Arthur Conan Doyle, que es más conocido que su autor y dispone de un museo en su londinense hogar "real" en Baker Street, visitado respetuosamente por todos los fanáticos de sus aventuras que son legión y entre los que me cuento... para finalizar, ese paradigma de los detectives, escondía en su corazón de tinta y papel la sabiduría espiritual de un maestro.
esencia del personaje, dirigida por Guy Ritchie, a las decenas de escritores que han recreado a Holmes y su mundo en novelas, relatos y pastiches (incluido algunos españoles, de grata memoria).
coherencia a su narración, que rebasa el puro andiamaje novelesco.
ados de cajas de regalos y muchos con caras de pocos amigos. Si habla con ellos no se sorprenda de recibir un "paparruchas" cuando les hable de la Navidad. Pero en su versión de 2010 Scrooge muchas veces tiene un gesto de aburrimiento. Le cansa la costumbre de los regalos, la de las cenas, la de la amabilidad como corsé. Se aburren.