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3 julio 2024 3 03 /07 /julio /2024 05:14

PAUL AUSTER: LOS MULTIPLES  EGOS DE UN GENIO LITERARIO JUDÍO

Falleció el pasado 1 de mayo a los 77 años, a causa de un cáncer de pulmón, y deja un gran hueco en Europa, donde era uno de los autores norteamericanos más apreciado.

 

Novelista, guionista, cineasta y ensayista: tímido, obsesivo y melancólico, su mundo se centraba en el vigor extenuante de su imaginativa mente y en su mala salud de hierro.

 

 

Ha desaparecido, aniquilado por un cáncer de pulmón, uno de los grandes escritores norteamericanos a caballo entre el siglo XX y el XXI. Y uno de los más apreciados en Europa  -creo que más que en el mundo anglosajón- particularmente en España, Francia, Italia y Alemania.

La obra de Auster, comprende, entre otras, desde las primeras que conocí  La ciudad de cristal (fue en 1986)  y La invención de la soledad, escrita en 1982, bajo el impacto de la muerte de su padre, y publicada en España en 1994, o Tombuctú (1999)  donde nos narra la vida de Mr. Bones (señor Huesos), un perro, con su amo, un drogadicto terminal que se cree un santo, hasta la última Baumgartner (2023), (escrita trabajosamente cuando ya estaba enfermo de gravedad y bajo la atroz depresión que provocó la muerte de su hijo por sobredosis de drogas y la accidental de su nieta). Esta obra resulta ser para el lector más atento una interminable, concienzuda, expresiva, patética a veces, pero interesante y a menudo arrebatadora, reflexión sobre sí mismo, su propia historia y su accidentado y prolijo proceso creativo. Como esos otros narcisistas obreros de la pluma (o la máquina de escribir), Hemingway, Faulkner, Updike, John Irving, Saúl Bellow, Don Delillo o Philip Roth (judío como él  y tal vez su padre literario)... Paul Auster, dedicó su vida entera  a la escritura y no dejó en ningún momento de reflejar esa obsesión en todas y cada una de sus obras. Con una apreciable y sutil diferencia que le une o distingue de algunos de los citados y otros igual de célebres: su procedencia judía. Como su propia esposa, Siri Hustvedt, Auster ha pasado su vida como escritor desnudando  su existencia de una forma que no deja de ser un síntoma de modernidad, lo que  el psicólogo francés Jacques Lacan llamaba le “extimidad”, concepto contrapuesto al de intimidad, en el que se vela o desvela cuestiones íntimas, haciéndoles perder su carácter social de “secreto” y compartiéndolas de una forma creativa, eliminando todas sus connotaciones morales por el hecho de su aceptación y publicidad. La pareja ha utilizado ese filón biográfico para invocar sus propios fantasmas y crear con ellos una obra de arte que los justifica como escritores.

Eso me ha quedado claro por una coincidencia, Jung las llamaba “sincronicidades”: mi trabajo anterior en esta revista estaba dedicado a Kafka, uno de los literatos judíos que reflejan un judaísmo “a su pesar”, vivido más como una condena o dificultad que como una ventaja, inspiración o ayuda. Como en parte la vive Auster (y no Roth o Bellow, por ejemplo), aunque lejos de Kafka que, también en eso, es único.

Tras la noticia de su muerte, empecé a releer no tanto sus numerosas novelas de supuesta ficción, como sus libros, de supuesto ensayo autobiográfico. Trataba de conocer a este hombre de mi edad y por tanto de parecida peripecia histórica (los enormes cambios y acontecimientos que sembraron –y no siempre de forma positiva- el tiempo que transcurre desde la mitad de siglo XX hasta los infelices 20 del XXI). Volví a leer pues Informe del interior (2013), el primero de esa trilogía  personal que encierra reflexiones y vivencias de Auster desde  la infancia, un collage de recuerdos de niño, películas adoradas, cartas  de y a su primera esposa, la escritora Lydia Davis, y fotografías familiares. Después  A salto de mata (1998), sobre su juventud y los años de aprendizaje  y la escasez propiciada por el divorcio de sus padres. Y por último, Diario de invierno (2012) donde glosa su próxima vejez: Auster cumplía  65 años; un ejercicio memorialista que va dibujando los surcos que luego han caracterizado sus obras. Su pesar por los que se han ido, achaques del propio cuerpo, melancolía del pasado preciado, tristeza del recuerdo negativo y vigor para seguir en la lucha.  Como él mismo dijo: “Es la historia de mi vida  contada a través de mi cuerpo”. Y, para terminar la exégesis austeriana, la citada Baumgartner (2023).

El hombre Auster  se me escapaba con gran elegancia y efectividad, envuelto en el disfraz de una logorrea literaria vanilocuente. La complejidad de su personalidad y carácter tiene una profundidad –frecuente en algunos judíos, Steiner o Cannetti, por ejemplo- tan enorme que permite en su seno todo tipo de contradicciones y rarezas, sin dejar de tener una intrigante coherencia. Percibí un paralelismo inesperado: Auster manipula sus vivencias y recuerdos – especialmente su origen judío- con la habilidad misteriosa de un Kafka. Como en éste, todo el reflejo de su yo oculto en su obra, la convierte en una emanación de su propia existencia y de su coherencia íntima, siempre presente, siempre en lucha contra sí misma, de una sensibilidad judío -norteamericana muy sabiamente disimulada, quizá de forma inconsciente. Es como  Woody Allen, también judío, en su película “Zelig”, cambiando de aspecto como un camaleón, pero siempre fiel a sí mismo. Algún día se debería estudiar la influencia de la ‘judeidad’ en la literatura norteamericana.

¿Qué es lo que compartimos con Paul Auster? Pues aquello que saboreamos en sus novelas, el misterio del azar en la vida; el enigma cotidiano que, de pronto, se revela en un gesto, un evento inesperado; una complicidad equívoca; el caos que inopinadamente se apodera de tus neuronas y produce un cortocircuito que te revela la presencia inefable de una flor, un sonido insospechado de una melodía cien veces oída o esa frase leída en La invención de la soledad, (1982)“si buscas la verdad, prepárate para lo inesperado, pues es difícil de encontrar y sorprendente cuando la encuentras”. Claro que no es de Auster, sino de Heráclito “el oscuro” que floreció allá por el año 500 AC. El mismo que escribió “La vida es un niño que juega y mueve las piezas sobre el tablero”. Un incesante fluir y transformarse de las cosas. Con estas dos frases de un filósofo presocrático, tan asocial como estimulante, se podría definir el estilo novelesco de Auster, con sus efectos hipnótico y adictivo. Heráclito resumía su doctrina en una frase “Panta rei”: “todo fluye, todo cambia”. Es decir es imposible bañarse dos veces en el mismo río. Y eso ocurre con la lecturas de las obras de Auster: todas y cada una son distintas entre sí, pero nadie que las lea piensa que se ha equivocado de autor, reconoce el estilo nervioso, la impertinencia, la gozosa libertad de un creador que hace lo que le da la gana sin dejar de ser nunca él mismo. Los elementos autobiográficos forman parte del cañamazo de su obra. En la obra citada, Auster se monta su particular “Carta al padre”, nos habla de sus estudios, se libra de ir a Vietnam, viaja por Europa, y al fin hereda un poco de dinero de su padre y se dedica a escribir con una dedicación que Kafka le hubiera envidiado.  La invención de la soledad está formada por dos partes: Retrato del hombre invisible (donde escribe sobre la influencia del asesinato de su abuelo a manos de su abuela y la influencia de ese crimen en su padre) y El libro de la memoria que narra la estancia en Paris de un  joven Auster, que nos muestra las infinitas posibilidades de un espacio tan  limitado como el que dispone en el lugar donde vive. Es un libro que, como casi todos los suyos, rezuma amor al oficio de escribir.

La Trilogía de Nueva York  (1985) le catapulta a un prestigio merecidísimo: La ciudad de cristal, Fantasmas y La habitación cerrada, son tan creativas que pulen su imagen literaria a la altura del Allen de “Manhattan” para el cine. La trilogía fue declarada una de las 25 novelas neoyorquinas más significativas de los últimos cien años. En 1989 es El palacio de la Luna la novela con la que se coloca en el Olimpo europeo de autores norteamericanos. Tres años más tarde, en Leviatán, Auster crea un personaje que parece el símbolo de los intelectuales de la izquierda utópica, un sujeto que se dedica a dinamitar las réplicas de la Estatua de la Libertad que hay repartidas por el mundo. Una parábola anarco-poética, con la que enfoca a un tipo de intelectual descontento, inteligente, fuera de circuito, rebelde, sentimental y desdichado. Brooklyn Follies (2005) y Sunset Park (2010), son novelas donde los sentimientos, las pérdidas, el desconcierto ante la vida y sus golpes, crean una especie de vínculo emotivo entre los personajes, Auster como mago  y “deux ex machina” y sus fascinados lectores.

En Viajes por el scriptorium, Auster vuelve a recurrir a ese recurso narrativo que se llama “metalepsis”, la intrusión el narrador en el ámbito reservado a los personajes o viceversa. Con esa aparición de muchos personajes de sus novelas anteriores, el escritor logra crear un ambiente de perplejidad estética. Uno siente una especie de vértigo metafísico (otra deuda de Auster al “Quijote” o a “Tristam Sandhy” de Sterne). El mundo narrativo del escritor se despliega con libertad y eficacia: el azar, la soledad, la melancolía, el amor y el sexo, los miedos siempre en el horizonte, la locura como huida, la amistad como un regalo de la vida, todo enredado en juegos metaliterarios tan magistralmente  realizados que no hay lector que huya despavorido cuando Auster entra en esos guiños a la realidad con citas y aportes de los clásicos literarios, sus propios personajes de otras novelas o su misma persona ya mayor con pijama y pantuflas. Consigue romper la cuarta pared que separa al escritor y su ficción del lector, con un desparpajo que más bien provoca la sonrisa admirativa. Como la aparición del propio Auster  como personaje  en La ciudad de cristal   junto al mismísimo don Quijote o  Cide Hamete Benengelí, el supuesto “autor” del libro de Cervantes, uno de los clásicos  más leídos y citados por el autor neoyorquino.

En ese universo creativo, Auster se atreve con el cine, por el que siente  una adoración y fascinación supremas (sólo hay que leer sus narraciones sobre películas de su tiempo trufadas en muchas de sus obras o sus propios guiones cinematográficos) y colabora con el director Wayne Wang  y dirige dos películas propias. Entre ellas “Smoke” (1995), con Harvey Keitel de protagonista, “Blue in the face”, “Lulu in the bridge” (1998) o “La vida interior de Martin Frost”. En esta última, basada en un personaje de  su novela  Libro de las ilusiones, su hija Sophie de 18 años hace un pequeño papel. En estas películas, como en sus novelas, Auster, se convierte en una especie de evangelista de nuestro tiempo: un urdidor de parábolas sobre la gente corriente en la simpleza y maravilla de lo cotidiano, personas en crisis a las que Auster redime a través de su imaginación (por la que se le ha comparado por sus ingredientes “mágicos” a su admirado García Márquez). No en vano en Mr. Vértigo,  crea a un personaje que levita como si procediera de Macondo.

En 2010 Auster se atreve con una novela coral,  Sunset Park  -la decimosexta de su catálogo- en la que un gran número de personajes cruza sus vidas dejando un reguero de secretos, padecimientos, dudas y rencores. Todo en un clima de precariedad sentimental y social de tono abiertamente pesimista (narración heredera de la tragedia nacional del 11-S), aunque el viejo elemento de Auster, el azar o la casualidad, intervienen en numerosas ocasiones. La escritora Joyce Carol Oates define así este libro: “una pesimista alegoría contemporánea de la vida americana bajo la espiritualidad de la bancarrota”.     

En su apreciable faceta de poeta o ensayista polémico, escribe el guión de un libro ilustrado dedicado a su máquina de escribir (era uno de los esos sentimentales que se olvidan de las comodidades del ordenador y escriben con una “Underwood” , una “Olivetti”, una “Remington” o una “Smith Corona”). La máquina de Auster era una “Olympia”.

En 2017, tras siete años de silencio novelístico,  publica la que muchos consideran su obra maestra 4,3,2,1 donde para disfrute del lector,  Auster, que ya es como uno de la familia, comete la humorada imaginativa de ofrecer al boquiabierto lector distintas, traviesas y sorprendentes versiones de muchos de sus acontecimientos biográficos personales (que es como si nuestro primo preferido nos contara de forma amenísima y desvergonzada episodios familiares que conocemos bien, con un desarrollo y final caprichosamente distintos). Como él mismo dijo en una entrevista, “creo que todos los escritores nos sentimos un poco dios”. Y a eso juega en esta novela, donde un tal Archibald Isaac Ferguson, nacido como él en 1947, en su misma ciudad y también en una familia de inmigrantes judíos centro-europeos, se desdobla en cuatro vidas sucesivas por el efecto del azar, de lo inesperado. Como un dios caprichoso obliga a su criatura a explorar las posibilidades existenciales según las circunstancias. Y Auster lanza los dados y cambia la historia de su criatura, un muchacho judío de New Jersey. Por ello confiesa, aunque no le creemos, “No me considero un novelista del azar, ya que lo inesperado forma parte de la vida”. Y como explicación de ese aserto cita dos hechos reales que le acontecieron: a los 14 años un compañero de campamento murió cuando le cayó un rayo encima. Y la muerte de su padre con 66 años cuando hacía el amor. Las cuatro versiones de su personaje Ferguson son, como él, inteligentes, de rara precocidad, pero mientras uno es inseguro y caviloso, el cuatro vive bajo la sombría figura del padre ausente y los otros dos, uno desaparece en sí mismo y el último vive intensamente incluso en el más allá. Destacable el humor que despliega Auster en sus cuatro figuras que –como él mismo trata de hacer en parte- siguen el consejo de Poe citado en la novela: “Lee mucho, escribe más y publica poco. Permanece alejado de los sabihondos y no tengas miedo a nada”.  Nuevamente, un homenaje implícito a la literatura universal y la esperable valoración del azar y lo inesperado.

Tenemos que llegar a Baumgartner, su última novela, seguramente escrita  en un estado de ánimo bastante dañado por la enfermedad y la durísima experiencia familiar que le arrebató a su hijo y su nieta. Su protagonista, un profesor de filosofía que afronta los estragos de la vejez, siente el deseo de evitar el dolor que le causa la pérdida de su esposa entablando una nueva relación. “Tengo cáncer y me someto a tratamiento, no es el mejor momento de mi vida” confesó en una entrevista sobre esta novela, en febrero de 2023. Y ese triste diagnóstico personal es el que impregna su última obra. Aunque el motivo central del argumento es imaginado: su esposa la también escritora Siri Hudsvedt, con la que le unía una relación feliz y estable, había logrado dar equilibrio y armonía a su vida. Auster nos seduce con una historia de soledades y ausencias que se mantienen llenas de energía a causa del llamado síndrome del miembro fantasma (la “presencia” irreal de algún miembro del cuerpo que ha sido amputado) glosando comparativamente la “presencia” de un ser querido que ha desaparecido, pero que sigue provocando dolor, añoranza, molestias físicas y desorientación psíquica. Y, cómo no, hay continuas referencias a hechos y personajes de toda la obra austeriana.

En todo el corpus literario y ensayístico  de este escritor  también hay reflexiones de tipo político y humanitario que reflejan a un norteamericano orgulloso de serlo pero también crítico y sin pelos en la lengua, desde su posición de demócrata de izquierdas que nunca abandonó. Conocía bien los defectos de la idiosincrasia de los norteamericanos, los rasgos y temperamentos  que más le ofendían o preocupaban. Por ejemplo el amor a las armas. En Un país bañado en sangre (escrito a medias en 2021con Spencer Ostrander,  su yerno fotógrafo)  describe los tiroteos masivos, los asesinatos con arma de fuego y se pregunta qué hay en la historia de Estados Unidos que justifique y permita este tipo de horrendos hechos. Como había apuntado en algunas de sus novelas, había un motivo íntimo para odiar las armas: hace más de cien años su abuela mató a su marido con una pistola. Lo cual convirtió al hijo de la pareja (el padre de Auster) en un ser poco afectivo y cerrado que terminó acabando con su matrimonio y nunca llegó a congeniar con su hijo Paul.

En 2021 publica La llama inmortal de Stephen Crane, un ensayo literario dedicado al polifacético autor que según Auster cambió el curso de la literatura norteamericana con su obra y su corta vida (murió en 1900 con tan solo 28 años). El malogrado autor dejó dos novelas esenciales “Maggie, una chica de la calle” y “La roja insignia del valor”. Auster dedicó casi 800 páginas  a glosar la vida y obra de Crane. Para ello, el obstinado Auster se leyó la obra completa, en diez volúmenes, donde hay todo el muestrario de géneros que Crane cultivó: ficción, periodismo, poesía, piezas breves, diarios. Una corta vida llena de episodios “apasionantes” según Auster. Para el laborioso escritor neoyorquino, la vida de Crane parecía surgida de su penúltima novela 4,3,2,1. Es decir, sería la versión número cinco de la vida del protagonista, Ferguson.  Una manera muy austeriana de “llevar el agua a su molino”, es decir, la habilidad pasmosa de este novelista para aprovechar y ensamblar toda su producción imaginativa en un mismo proyecto inmenso. Nuevamente la influencia del gran filósofo presocrático, Heráclito. Todo forma parte del mismo río, sólo que Auster nos hace creer que siempre es un río distinto. Recordemos que es un niño que juega con las piezas que le proporciona la imaginación en el tablero de la vida. El libro dedicado a Crane es difícil de clasificar: entre una biografía y una ficción, donde el genio precoz que fue ese escritor  (admirado por Joseph Conrad o Henry James) es analizado e imaginado por Auster como si fuera un personaje surgido de su propio cerebro.

Pero Auster no es sólo un creador de mundos (casi todos autoreferenciales pero, al tiempo, divertidos, emocionantes y críticos) sino un hombre comprometido con su tiempo, la política y los problemas sociales, económicos y humanos en el planeta y sobre todo en su propio país. Sus opiniones sobre “el peligro Trump” no tiene desperdicio:   “Trump no es solo una amenaza para EE.UU. es una amenaza para el mundo, un maniático y un psicópata”. Y sobre el papel de su país en el mundo: “Norteamérica  nació como una nación integradora e inclusiva, pero equivocó su futuro a causa de dos hechos: el genocidio indio y la esclavitud. El problema es que nunca ha abordado seriamente esos asuntos.”

Como persona, Auster, era un individuo inesperadamente tímido, convencido de su papel en el mundo de la literatura, aunque crítico y desconfiado sobre su auténtica valía. Reacio a formar parte de movimientos y modas, era un individualista con buena capacidad para socializar. Ha sido siempre  un analógico con fobia a lo digital  y es uno de los convencidos de que “la hiper conectividad  aísla a las personas”. Tampoco tomó drogas, aunque era un fumador compulsivo y un bebedor rutinario pero contenido. Se negó a tener móvil  y ordenador: escribía con pluma en cuadernos y luego transcribía el texto en su vieja máquina de escribir Olympia. Como nota final, resalto lo que constituye el permanente mensaje ético interlineal de la obra de Auster: el enorme, irónico y combativo amor a la vida y a la bondad natural de las personas más corrientes. Cerremos con unas palabras de Peter Brook que Auster solía citar cuando le preguntaban sobre el objetivo del trabajo literario de toda una vida: “Crear una obra que tenga la intimidad de lo cotidiano y la distancia del mito, porque sin cercanía no es posible el sentimiento y sin distancia es imposible el asombro”.

 

 

ALGUNAS OBRAS RECOMENDADAS

BAUMGARTNER, Seix Barral.- LA LLAMA INMORTAL DE STEPHEN CRANE, Seix Barral.- 4,3,2,1, Seix Barral.- INFORME DEL INTERIOR, Anagrama.- DIARIO DE INVIERNO, Anagrama.-A SALTO DE MATA, Anagrama.- VIAJES POR EL SCRIPTORIUM, Anagrama.- LA INVENCION DE LA SOLEDAD, Anagrama.-LA TRILOGIA DE NUEVA YORK, Anagrama.-EL PALACIO DE LA LUNA, Anagrama.

 

 

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2 junio 2024 7 02 /06 /junio /2024 18:39

FRANZ KAFKA, EL GENIO OCULTO TRAS UN TÓPICO

CON LA AYUDA DE SU IMAGINACIÓN CREATIVA Y SU TÉTRICO HUMOR LOGRÓ MOSTRAR EL ALMA TORTURADA DE SU SIGLO Y DEL NUESTRO

 

Vamos a navegar por los mares procelosos de uno de los genios literarios más singulares de la historia, Franz Kafka de quien se conmemora el centenario de su muerte, ocurrida el martes 3 de junio de 1924. La inmersión en el mundo de Kafka crea un efecto curioso. Uno se cuestiona  si el demasiado popular término “kafkiano” aplicado a los sucesos y eventos de la vida cotidiana, se corresponde  a la obra y el talante del escritor. O quizá se limita a banalizar un mundo más complejo y variado del que sugiere el uso que se le da. Quizá el corriente uso del adjetivo simplifica y polariza el mundo personal del escritor. Tal vez sugiere en Kafka una postura vital algo teatral, impregnada del signo de la época y de judaísmo, con su peculiar “lógica”  surrealista, amparada con un complejo uso del humor y del absurdo. ¿Es ese el espíritu de su obra y de su vida?A  Kafka le persigue un tópico de “supuesto escritor desequilibrado y alienado” . Puede que lo que ocurre es que nos falta perspectiva o, simplemente, que hay que aprender a leer a Kafka. “Su mundo espiritual, reflejado en seres como un insecto, un hombre sin aspiraciones, un mono sabio, un topo ciego o un judío errante, no se puede tomar al pie de la letra. Son símbolos, disfraces”, dice uno de sus biógrafos. Conforme uno se sumerge en la obra de Kafka y sobre Kafka se impone la sensación abrumadora de que se trata de un individuo vulnerable y sensible, sujeto al endiablado juego de un Destino atroz, no sólo personal sino generacional, que ya mostraba su faz siniestra en la política del tiempo que le tocó vivir  (I Guerra Mundial). Y el hecho de que su vida se desarrolle precisamente en Praga, la problemática capital del Reino de Bohemia, en el Imperio Austrohúngaro. Una ciudad levítica –con muchos sangrientos dramas históricos por la represión del judaísmo pero también por la violenta revuelta nacionalista checa y el odio al alemán opresor. Una ciudad con un “gueto” medieval de callejas tortuosas y oscuras y opresivas leyendas judías, a la que Kafka admiraba y odiaba con la misma intensidad. Pero es innegable que si una persona socialmente insignificante como Kafka, “es capaz de  producir  una onda de choque en la cultura occidental cuyos ecos resuenan hasta hoy y seguramente más allá, es que hay que considerar vida y obra como mundos incompatibles que siguen cada uno sus propias leyes”, escribe uno de sus biógrafos. Algo de eso hay: Kafka es un símbolo en el que se suman tres tópicos: Praga, ciudad nutricia y conflictiva, el judaísmo y los efectos del poder deshumanizado sobre las personas sensibles.

Como “El mago de Oz”, Kafka esconde su personalidad literaria, original  y  atormentada, en la totalidad de su obra: relatos, novelas y sobre todo cartas –que triplican en total el tamaño de su obra restante- y bocetos y proyectos de ensayos, poéticos y literarios. Tras los espesos cortinajes de todo ese corpus, Kafka niega continuamente que él tenga tiempo o energía suficientes para hacer una obra pasable. Sus protestas contra sus incapacidades e impericia surgen por doquier. Pero entre los efectos de su voz amplificada por la ‘extrañeza’ y la potencia de sus imágenes, temas y argumentos, el escritor mantiene un polémica íntima con su propia obra. Todo debe ser destruido, pero no, esto y aquello parecen buenos. Esa duda corroe aparentemente a Kafka. Pero muy de vez en cuando surge su amor propio de literato y un poco de vanidad.  O la conciencia de que lo que hace está por encima de la media

. Los personajes parecen inspirados en sí mismo, su familia, amigos, sentimientos y pasiones. “Kafka –escribe Isaac Bashevis Singer, escritor yiddish, contemporáneo a K.-  quería ser judío, pero no sabía cómo y quería vivir, pero tampoco sabía cómo”. Es la “otredad” permanente de Kafka la que parece imponerse y  la que debemos comprender, pues está en relación con su fracaso como persona y su éxito como escritor - en un futuro que hubiera sido increíble para él-, a partir de los años 60 y 70 del pasado siglo,. Su riqueza literaria se consolida “en el ámbito de lo invisible y lo psíquico: en apariencia nada tiene que ver con el medio ambiente personal y social que le rodea, pero lo cierto es que penetra en él por todos sus puntos” (la familia, los amigos, las amantes y el judaísmo).

Como escribe Stach “el mundo de Kafka es inhabitable y hace falta mucho tiempo para adaptarse a él”. El que se acerca a sus libros comprueba “la capacidad de Kafka para captar una situación de un vistazo y aún así con la máxima nitidez, de filtrar los detalles significativos, de rastrear las relaciones ocultas  y capturarlo todo en un lenguaje saturado de imágenes precisas, que evita toda inexactitud. Es una capacidad que linda con lo maravilloso y se burla de toda explicación racional o psicológica imaginable”. Y añade: “pensemos en cómo una conciencia –la de Kafka-  a la que todo da que pensar, hace surgir una conciencia que ha dado que pensar a todos”. Ese es el baremo de la valía de Kafka.

Nace Franz Kafka en Praga en 1883. Es hijo de Hermann Kafka, comerciante y Julie Lowy. Tiene tres hermanas menores Elli (1889), Valli (1890) y Ottla (1892). Estudia en un rígido Instituto alemán, donde conoce a su amigo Oskar Pollac. Vive junto al gran y sórdido gueto judío de Praga. Su padre trata de adoptar para su familia la vía germánica (la del poder) por encima de la checa y de la judía, sin romper con ésta, aunque mantiene sus prácticas religiosas de una manera aislada y nada devota. Ya desde niño las relaciones de Franz con su padre son difíciles y tormentosas por el carácter agresivo, burlón y despectivo de Hermann hacia su endeble y delicado hijo. El escritor recuerda con pavor las amenazas del padre en algunos momentos: “me decía que me iba a comer como a un pescado, despedazándome y dejando sólo los huesos”. Uno de los documentos más valiosos para comprender a Kafka es su “Carta al padre”, pasto de psicoanalistas, generalmente mal interpretada y con varios niveles de lectura que aumenta en complejidad si uno la lee antes o después de leer otras obras del escritor y las de algunos de sus biógrafos, empezando por su amigo Max Brod. A este le nombra albacea de su obra y le exige: “Todo lo que se encuentre de mis escritos cuando yo muera, debe ser quemado de forma inmediata sin ser leído”. Brod no se lo toma demasiado en serio. Pero no se le puede condenar por ello. Kafka era sumamente contradictorio  en lo concerniente al destino de su obra. Solía defender su existencia por encima de todo, aunque a menudo él mismo quemaba obras en curso o algunas de las que se paralizaban. Dejó casi cuatro mil páginas de anotaciones en diarios y fragmentos, entre ellos tres novelas incompletas. Parte de esa obra  se la envió a su última amiga y amante Milena. Cuando años después ésta fue detenida por las SS confiscaron todo lo que tenía y lo destruyeron. Al leer el libro de Brod (1) dedicado a Kafka, se desvanece cualquier suspicacia respecto a sus acciones. Su texto desprende un amor y una admiración enormes. En realidad su labor para preservar el legado de su amigo y su figura literaria es increíblemente eficaz y activa. Uno se conmueve ante una dedicación tan firme y exclusiva. Incluso el mejor de los biógrafos kafkianos, Reiner Strach (2) reconoce su deuda con el libro de Brod y el cuidado con el que defendió la obra de su amigo. También elogia la labor del primer biógrafo de Kafka, Klaus Wagenbach (3), cuya obra aporta datos interesantes de la infancia y juventud de Kafka. Sin embargo Stach se lamenta de que el legado de Brod  con los documentos sobre la vida de Kafka y su obra aún no pueda ser consultado debido al litigio que hay entre los herederos de Brod y el Estado de Israel.

Kafka estudia Filología alemana y Derecho en la Universidad Alemana de Praga. Aunque dedica la mayor parte de su tiempo a leer a su amado Dostoievski, a Kleist y a Kierkegaard. Su intención es ejercer una carrera que le permita tener un empleo fijo (funcionario) y pueda independizarse de sus padres y vivir en su propio hogar. Nunca lo conseguirá del todo. Y no por falta de dinero, sino por su extraña dependencia paradójica hacia todo aquello que le crea molestias y dificultades contra su labor de escritor. Es como si Kafka comprendiera desde el principio que las situaciones de servilismo, dureza, explotación o esclavitud ante un poder enorme, omnipotente, cruel e irracional, nutren la fuente de donde manaría la potente inventiva de sus  personajes. Estas son víctimas siempre:  desde los múltiples animales desolados de sus narraciones, los funcionarios insensibles y mezquinos de un poder siempre oculto y la fatal sincronía de la muerte, la tortura y la bestialidad destructora con una vida miserable, sin salvación posible. ¿No reconocen ustedes a las sociedades europeas de ayer y hoy, sus guerras, poderes y aniquilaciones absurdas e innecesarias que asolarían Europa desde los años de Kafka hasta nuestros días? Él, en sus novelas y relatos, nos mostró el desconcierto del hombre moderno, ante el temor de lo que hay más allá del umbral de lo prohibido, como en “El proceso”, “El castillo” o “Ante la ley”: o indefensos ante poderes arbitrarios y sin rostro.

Sigamos con la vida del escritor. El trabajo  de Kafka en el Instituto de Seguros le agota física y psíquicamente. Aunque su labor como abogado en torno a los accidentes de trabajo es buena y recibe el respeto de sus superiores.  Cuando sale de la oficina se dedica a escribir, pero le aturden los ruidos domésticos en casa de sus padres y sueña con alquilar un piso o una habitación para aislarse Busca “obtener  una visión de la vida -y convencer de ella a los demás con sus escritos-, en la que la existencia mantuviese sus altibajos naturales, pero que al mismo tiempo apareciera, con no menor claridad, como una nada, como un sueño, como algo flotante”. No lo tiene fácil, pues “la presencia inmediata de mi vida profesional me priva de todo horizonte, a pesar de que en mi interior reina la más absoluta indiferencia, como si me encontrase en un desfiladero por el que fuese además con la cabeza agachada”.

Kafka vegeta entre el descontento laboral y una desesperada fijación por conseguir tiempo, silencio y soledad para escribir. Viaja poco, se mantiene geográficamente fiel a sus raíces: aparte de sus cortas salidas vacacionales por Alemania, sólo pasó 45 días en total de su vida en el extranjero, en diferentes momentos: Zúrich, Paris, Milán, Venecia, Verona, Viena y Budapest.

 En 1910 comienza a escribir un diario,  en numerosas  libretas, cuyo conjunto es  uno de los documentos literarios más importantes que quedan de Kafka, escritos con sumo cuidado y corrección literaria (como si conociera ya su gran papel en el conjunto de su  obra). Escribe  en 1912 “América”, “Contemplación” “La condena” “La metamorfosis” y la amplia correspondencia con Felice Bauer. En 1913 “El fogonero”. En  1914, en plena guerra mundial,  rompe su compromiso con Felice y comienza dos libros claves: “El Proceso” y “En la colonia penitenciaria”. Un año más tarde vuelve a comprometerse con Felice y vive unos meses en un cuarto alquilado. En 1916, escribe “Un médico rural”, basado en su tío médico que vive en Madrid. En 1917 rompe otra vez –definitivamente- su compromiso con Felice, ante la aparición de su tuberculosis y escribe sus “Aforismos”. En 1919 se compromete con Julie Wohryzek y escribe “Carta al padre”. Al año siguiente entabla amistad con el joven poeta Gustav Janouch (que años más tarde publicará un magnífico libro con sus conversaciones con Kafka) y el médico Robert Klopstok (que le atenderá durante los tres meses últimos de su vida). De 1922 a 1924 escribe “El Castillo”, “Un artista del hambre”, “Investigaciones de un perro” y su “Informe a la academia”.  Comienza su relación con Dora Diamant, a la que dobla en edad. Piensa en emigrar a Palestina con ella. Pero la tuberculosis empeora. De abril a junio es internado en el sanatorio de Kierling, debido a sus enormes dolores provocados por  la extensión de la tuberculosis a la laringe, acompañado de Dora Diamant y Kolpstock. Muere el día 3 de junio y es enterrado en el cementerio judío de Praga el día 11.

Max Brod describe en su libro sobre Kafka esas últimas horas: “A las cuatro de la mañana del dia 3 Dora llama a Kolpstock porque Kafka respiraba mal y padecía fuertes dolores. El médico le pone una inyección de alcanfor. Comenzó la lucha por la morfina que Kafka no cesaba de pedirle. ‘No me engañe, me está dando un antídoto. Ya no más tortura, ¿por qué alargarlo?’ clama Kafka y añade: ‘Máteme, si no es usted un asesino’. Se le inyectó morfina. Kolpstock, emocionado, se apartó para limpiar la jeringa. Franz le dijo ‘No se vaya’. El médico repuso, ‘No, no me voy’. Y Franz respondió ‘Pero yo si me voy’. Luego, se durmió lentamente para no despertar.”

Para avanzar en el parcial y forzosamente incompleto conocimiento de este escritor brillante y oscuro, hay que tener en cuenta tres coordenadas básicas que se entrecruzan en su biografía hasta coronar el absurdo y el horror en su fallecimiento por tuberculosis laríngea a los cuarenta años y once meses. La primera es una línea discontinua, de trazo leve al principio y fuerte al final su idiosincrasia judía que incide en su vida y su carácter. La segunda, la ciudad en la que vive,  que se convierte en símbolo de su obra: la Praga imperial de fines del XIX, racista, teatro de la lucha entre el nacionalismo checo y el poder alemán y opresiva e históricamente problemática para los judíos. La última, pero no menos importante, la vulnerable sensibilidad psicológica familiar y social del escritor, con especial acento en Hermann Kafka, el rudo progenitor de Franz, que se convierte en su Némesis permanente de auto condena íntima; aunque uno acaba por sospechar que además de un profundo sentimiento negativo, la figura del padre era un motor secundario pero potente de su obra, una de las excusas perfectas para Franz, que suele utilizar retóricamente al padre para justificar dos de los elementos biográficos más controvertidos de su vida: la relación con las mujeres y su renuencia a abandonar la casa familiar, a pesar de tener medios para hacerlo y un buen montón de razones para independizarse. Vive en familia en un odiado pero aceptado ambiente ruidoso y desconsiderado, con escasa intimidad. Los miembros de la familia, tres hermanas y los padres, son un estorbo –y a menudo fuente de disgustos-  para Kafka con la excepción de la hermana pequeña, Ottla, y una madre cariñosa pero que fue de escasa ayuda a su hijo, pues vivió bajo la autoridad y el miedo a su marido. Tras escribir su “Carta al padre”, Kafka añadió en su Diario, “Yo escribía sobre  ti. Todo lo que lloraba en mis escritos es lo que no pude llorar sobre tu hombro”.  Al principio de dicha Carta, escribe: “podría servir para tranquilizarnos un poco a ambos y hacernos más fáciles la vida y la muerte”. La Carta jamás es entregada a su padre, ya que la madre la retiene y luego la devuelve a su hijo. Pero para el proceso interior de Kafka, el padre ya ha cumplido su función y es relegado al anaquel de los “objetos literarios”. En cuanto al asunto judío, escribe en su diario: “¿Qué tengo yo en común con los judíos? Apenas tengo algo en común conmigo y debería quedarme completamente quieto en un rincón, contento de poder respirar”. Más adelante se interesó por la pintoresca religiosidad de los judíos que llegaban a Praga huyendo de Europa del este y Rusia. Le encantaban las historias jasídicas y frecuentaba a la compañía de teatro yidish de su amigo Yitzhak Lowy.  También había más estética que convicción religiosa o racial en Kafka respecto al judaísmo (aunque no se abstuvo de criticar a su padre por el poco convencimiento con que asistía a la sinagoga y que, según él, le contagió). Ronald Hayman (5) escribe en su biografía sobre todas las contradicciones de Kafka analizándolas con los tópicos psicoanalíticos y de la lingüística. Kafka, según él, no percibía su obra como un fin estético y moral sino como un medio para someterse a sí mismo a un proceso casi judicial donde era el reo y el juez.

Kafka vive en su pequeño círculo praguense la zona de Praga donde vivía. Eso le permitía un juego de palabras: su círculo existencial era el célebre “Ring”, anillo, praguense. Y en su interior, el círculo más pequeño de su psique, a la que no afectan los grandes asuntos de su tiempo: ni la primera guerra mundial (de la que hay apenas una o dos referencias en su diario), ni la victimización de los judíos en Praga –y en otros lugares de Europa- y el nacimiento del sionismo (con el que ya hay más conexiones, a través de amigos y amigas).

La vida erótica y amorosa de Kafka es indecisa, ocasional, generalmente breve y a menudo problemática. Como escribe su biógrafo  Stach: “...es estremecedora la desproporción  entre los esfuerzos que hizo toda su vida por alcanzar la plenitud sexual y erótica y la escasa y rara dicha alcanzada, que jamás se dio con libertad y jamás se recibió con libertad”.  Kafka tiene  miedo a los compromisos, amorosos o de otro tipo,  y una necesidad brutal de afecto y cariño que no acaba nunca de saber gestionar –hasta su última relación con Dora Diamant-, sino en términos de obligatoriedad, raptos de premura amorosa y un miedo permanente a cumplir su supuesto deseo de formar una familia estable, un matrimonio e hijos, lo que consideraba el destino básico, perfecto y estable de cualquier hombre. En tres ocasiones pide formalmente la mano en matrimonio (con Felice Bauer, dos, y con Julie Wohryzek, una) y se echa atrás a última hora. Respecto a Dora Diamant, la joven judía de 25 años a la que conoce en 1923 (su compañera hasta el final) Kafka, en el lecho de muerte pide permiso, por carta, al padre de esta para casarse con ella. El padre, un rabino, responde con un seco y definitivo NO.

 Cuando escribe a Felice para justificarse de sus dos anulaciones, argumenta “No soy nada más que literatura”. Y es fundamentalmente cierto: todas sus experiencias y vivencias van a parar a la escritura: en diarios, en cartas, en relatos y novelas cortas, terminadas o inconclusas. En ellos se vierte su vida sexual, sus amigos y amigas,  su odio al trabajo de oficina, sus visitas al burdel, la elección de sanatorios, su existencia enfermiza y su amor a los deportes, el odio y el fastidio a la vida familiar (“con mi madre apenas cruzo unas cuantas palabras al día y con mi padre, sólo un saludo y de pasada”) incluso la relación con sus hermanas es ocasional, exceptuando el cariño hacia Ottla, la más pequeña; mantiene un deseo permanente de independizarse (con escasas  y tardías decisiones en contra) y una búsqueda incesante de sí mismo.

Quizá su relación amorosa más significativa, pero que quedó frustrada por su enfermedad y luego por la muerte es con Milena Jesenska –que  años después moriría asesinada en el campo de exterminio nazi de Ravensbrük- una mujer mucho más “adecuada” para Kafka por su calado intelectual, su feminismo activo, juventud y su belleza. Era checa y estaba casada. Tradujo “El proceso” a su lengua y  era retadoramente libre en su trato con Kafka y en mantener combativamente sus: pero Milena no llegó, debido a las circunstancias citadas, a convertirse en su pareja.

 La vida amorosa “extraoficial” de Kafka empieza con G.M. en 1913, en pleno idilio epistolar con Felice. En 1914, una relación secreta con Grete Bloch, la amiga y confidente de Felice, con la cual parece ser que tuvo un hijo, nunca reconocido por Kafka y del que seguramente no tuvo noticia. En noviembre de 1918 conoció a Julia Wohryzek, que trabajaba en Praga como secretaria, a quien pidió en matrimonio. Rompió el compromiso en 1919. El carácter subterráneo y oculto de estas relaciones –casi siempre frustradas- sale a la luz como “motivo creativo”  en su obra más que  como una diversidad de decisiones  amorosas frustradas y se refleja  a través del inmenso poder literario de la correspondencia que Kafka mantiene con todas sus “amadas” o amigas. Miles de páginas de un Kafka tan imaginativo y mucho más ameno, divertido y humanamente cercano que en su obra literaria. Una gran parte de esa correspondencia amorosa, la mantenida con sus numerosos amigos y los borradores, notas, textos incompletos y relatos no publicados del grafómano Kafka han desaparecido o han sido destruidos durante el periodo nazi. Como también –para desesperación de sus biógrafos- , las personas que se relacionaron con él, desde sus tres hermanas muertas en campos de concentración o  amigos, vecinos y personas que conocieron al escritor.

 Como escribe su enciclopédico biógrafo, Reiner Stach (más de 2.300 páginas en dos volúmenes en la última edición de Acantilado) “Mucha gente cree que Kafka era un hombre con mucha imaginación pero sin energía o vitalidad. Pero creó su ingente obra en apenas 12 años, mal llevando un trabajo agotador de oficina, una guerra mundial, una familia agobiante y una tuberculosis que se le declaró en 1917 y siete años más tarde, con indecibles dolores acabaría con él. Pero no sabía evitar la demora en tomar decisiones importantes o las reacciones inesperadas de huida y de abstracción que enfadaba a quienes le rodeaban”. El hecho es que poseía una envidiable vitalidad a pesar de una mala salud de hierro. La huida estaba inscrita en su código genético porque respondía a una contradicción básica: era un hombre con un solo compromiso: su obra. El resto de los compromisos carecían de valor intrínseco para él. Pero actuaba como si fuese a respetarlos y luego sufría porque debía romperlos.

Stach considera a Kafka un clásico vivo, totalmente en sintonía con el mundo actual, aún más que Hesse o Mann. Para el biógrafo, el término “kafkiano” denota “una situación absurda, amenazadora, pero implícitamente cómica”.  En realidad es el poeta Gustav Janouch, amigo de Kafka en los últimos 4 años de su vida, quien nos ha dejado el retrato más amable, lúcido y conmovedor de Kafka (6). Aparece en sus páginas un hombre sabio, tierno, vulnerable y profundamente humano. Cuando su amigo le pregunta ¿qué nos ha llevado a esta situación (la I Guerra Mundial), Kafka responde: “Nuestra codicia y vanidad sobrehumanas, la ‘hybris’ (locura) de nuestra voluntad de poder. Luchamos por valores que en realidad no son tales, mientras destruimos con descuido ciertas cosas a las que está ligada nuestra existencia humana. Esta confusión nos lanza al estiércol y nos aniquila”.

Es interesante la visión del comic ‘underground’ dibujado por el célebre Robert Crumb sobre el texto biográfico de David Zane Mairowitz (7). Hay una evidente conexión entre el desgarro casi psicodélico de las imágenes y la impresión visual de la lectura de Kafka. También el libro de Nicholas Murray, “Kafka, literatura y pasión”(4) analiza la faceta “más que humana” del escritor, “Nadie canta con voz más pura que los que viven en el infierno profundo: lo que tomamos por el canto de los ángeles es su canción”.

CONCLUSIÓN

Escribe Kafka en su diario: “Estoy en un paraje desértico. No sé por qué no me han colocado en una tierra mejor. ¿No lo merezco? No puede decirse tal cosa. No hay arbusto que se abra, en cualquier terreno, con mejor exuberancia  que yo”. Un arbusto, un escarabajo, un chimpancé, un agrimensor, un procesado, un novio que desea y no desea serlo, poderes invisibles y humillantes sobre pobres tipos que sólo desean vivir y pasar inadvertidos, una burocracia infinita que jamás resuelve nada, procesos sin razón ni justificación, acusados y condenados sin remisión posible, una persistente incompetencia para solventar los pequeños pero acuciantes problemas de lo cotidiano, de la comunicación imposible, de la crueldad indiferente o las torturas inconcebibles aplicadas por funcionarios distraídos, las guerras y armas potenciales, el ruido continuo, la culpa enraizada sin causa aparente, la necesidad de escondrijos sin saber para qué, el tormento de oficinas donde se estanca la vida...La pregunta que  plantea Kafka es desconcertante: ¿No son los monstruos y las víctimas kafkianas el espejo que nos devuelven la imagen del mundo en que vivimos?  ¿El monstruo lo es porque desafía la norma o lo aberrante es esa norma que el monstruo cuestiona, ese sistema que rodea a los seres vulnerables que ha creado Kafka? ¿No será su obra una parábola de sí mismo enfrentado a un sistema familiar, social, político y económico que le destruye y al que no sabe cómo hacer frente?

 

 

BIBLIOGRAFIA

1.- KAFKA.- Reiner Stach. (2 tomos) Acantilado. 2016

2.- KAFKA.- Klaus Wagenbach.- Alianza Editorial.1970

3.- KAFKA.- Max Brod. Alianza Emecé1982

4.-K. LITERATURA Y PASIÓN.- Nicholas Murray.-Edit. El Ateneo. 2006

5.-KAFKA, BIOGRAFÍA.- Ronald Hayman.-Argos Vergara.1983

6.-CONVERSACIONES CON KAFKA.- Gustav Janouch.-Destino.2006

7.-KAFKA.-Cómic .- Robert Crumb y Davis Zane.- La Cúpula.2015

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2 septiembre 2023 6 02 /09 /septiembre /2023 10:46

 ESTE TEXTO HA SIDO PUBLICADO EN EL NUMERO DE SETIEMBRE 2023 DE LA REVISTA "COMPROMISO Y CULTURA"

El pasado 11 de julio murió en París, donde residía, el escritor checo Milan Kundera, a los 94 años de edad. Como Joyce, Nabokov, Mann, Rilke, Walter Benjamín, Zweig, Leon Felipe, Hanna Arendt, Salman Rushdie y tantos otros, Kundera se vio obligado a buscar un lugar donde poder vivir en paz –y morir, sin pistola intermedia-  ya que en su país de origen estaba proscrito. Al poder político absoluto le fastidia absolutamente que  escritores y pensadores, poetas y artistas se atrevan a opinar libremente sobre ellos. El comunismo de raíz estalinista no solía aceptar de buen grado a los intelectuales críticos. Estaban destinados a ser carne de “gulag” o a “desaparecer” de la forma más discreta posible. Como en la novela de John Le Carré, resultaba incómodo en ambos lados del Telón de Acero, ya fuese espía o intelectual. En los tiempos de la “guerra fría” los intelectuales no tenían buena prensa en general (recuerden la “caza de brujas” en Estados Unidos).

En 1979 las autoridades checas le retiraron la nacionalidad a Kundera y lo convirtieron en uno de los cientos de miles de apátridas que desbordaban las fronteras. En su libro “La vida está en otra parte” el escritor checo reivindicó la libertad como uno de los frutos de la rebeldía vital que caracterizó su existencia. En 2019 Checoslovaquia devolvió la nacionalidad a Kundera, que recibió la noticia con complacida indiferencia. Cincuenta años de exilio le habían blindado contra cualquier veleidad nacionalista. Como Pirron o Epicuro, Kundera se consideraba ciudadano del mundo, un “átopos”, un individuo de ninguna parte y por tanto de todas ellas. En su obra “La inmortalidad”, publicada en 1990, el escritor discurre sobre la identidad, como un proceso más que como una adscripción. Especialmente compleja si la persona vive en un régimen autoritario donde se proclama de igualdad supuesta y aparente de todos bajo la consigna unitaria –a la fuerza- de un régimen político que exige obediencia absoluta y usa de la violencia y la intimidación para lograrla. El novelista conocía la contradicción esencial de los totalitarismos: prometen un paraíso pero imponen un infierno, donde todo el aparato propagandistico del régimen está enfocado en disolver al individuo en una amalgama de ideas homogéneas, primarias y de una simpleza sonrojante en pos de la unidad de las mentes en un objetivo común: el que emana del privilegiado aparato directivo del partido y sus sirvientes más directos. Es decir una sociedad jerarquizada, con una cúpula que disfruta de todos los privilegios, un cinturón de servidores policiales y militares dispuestos a todo y la ingente masa de todos los demás ciudadanos del país sometidos  a los caprichos y directrices –a menudo demenciales- del poder. Es decir el reino del terror de Stalin o Hitler, Mao, Idi Amin, los khemeres rojos del Pol Pot, Ceausescu y tantos otros polichinelas del terror político, ahora encarnados en Trump, Bolsonaro o Putin, sin ir más lejos.

En otras novelas, como “La fiesta de la insignificancia” o “La ignorancia”, Kundera  analiza esa imposibilidad de conocer nuestro propio yo debido a la influencia enajenadora y falaz que tienen los demás o los medios de comunicación influidos por el poder y, proféticamente, las redes sociales y la tecnología social en todas sus manifestaciones. Es la soberanía absoluta de la imagen, de las pantallas, como indicativo de la ausencia de intimidad para propiciar la creación de “yos” que solo son avatares, muñequitos,“likes” o emoticones que conforman personalidades fulgurantes, simples, esquemáticas, efímeras y vulnerables hasta el suicidio.

En cierta forma todo esto daría sentido al perfil-cero social que Kundera adoptó en los últimos años de su vida. Lejos de la voracidad de los medios, centrado en su propia existencia y en su obra, el escritor checo renunció voluntariamente a cualquier atisbo de vida pública. Tanto es así que muchos de los que amamos su obra pensábamos que había fallecido en secreto, como una versión muy paradójica y sarcástica de su primera novela “La broma” en la que un simple chiste acaba arruinando la vida de un hombre (en el régimen estalinista checo, los chistes estaban oficialmente prohibidos y castigados).

Esa es una constante de la obra de este autor, el juego perverso que el humor mantiene con el horror, el pesimismo con la ironía, la carcajada liberadora con las lágrimas de frustración, la rigidez de lo autoritario y lo fanático con  la salida ingeniosa y ridícula del hombrecillo asustado que busca una aceptación del otro que nunca es atendida. La fuerza liberadora del humor, la carcajada, estaba presente en la narrativa y los ensayos de Kundera, como una confirmación de aquella frase, creo que era de la Arendt o de Simone Weil, dos víctimas directas o indirectas de los nazis: lo primero que desaparece de las calles en un régimen  totalitario es la risa, la jovialidad, el trato amable. Los sustituye el miedo, la desconfianza, la inseguridad, la tristeza y el silencio. Ese es el trasfondo de la huida de un desengañado Kundera de su país tras la invasión soviética de Checoslovaquia en 1968.

Para poder trabajar en esa dialéctica entre el horror y el humor, Kundera echa  mano de la filosofía, no sólo del existencialismo de Sastre o de la fenomenología de Heidegger, también del Nietzsche de la angustia del yo o el Kafka del absurdo, del Musil del hombre sin atributos o del Hermann Broch (el de “La muerte de Virgilio”) que bucea en la inconsistencia de las motivaciones de las acciones humanas. Sin olvidar a un Rabelais o un Diderot. Por tanto Kundera acaba reconociendo que sus novelas “no examinan la realidad, sino la existencia”, es decir la variabilidad y absurdo de las actitudes humanas que muchas veces se enfrentan auto destructivamente a la realidad. Lo cual nos lleva a “La insoportable levedad del ser”, la novela best-seller de Kundera, donde el escritor nos apunta que la única salida posible y digna a esa situación es el ejercicio de la ironía y el humor, única arma para afrontar la unamuniana condición o “sentimiento trágico de la vida” y la naturaleza del desarraigo vital que instauró el siglo XX, espíritu de una época que hoy padecemos aún más, en el declive de las ideas y los valores de vigencia universal. Ese es el nihilismo y la negatividad del siglo XXI, un malestar existencial que Kundera trata de sobrellevar con su narrativa y su ironía dura y sarcástica.

Para un amante de la novela cervantina, Kundera es como un efecto lógico del realismo desengañado y pleno de humor irónico de don Miguel trasplantado al siglo del Gran Hundimiento Humanista, el XX, con sus dos guerras mundiales y más de un centenar de conflictos armados y genocidios en el resto del mundo. Quizá por eso no le importó demasiado que se le negara la opción al Nobel por una supuesta delación cometida en su juventud contra un compañero escritor durante la época estanilista dura. Kundera negó siempre esa noticia y la  atribuyó a maniobras de desprestigio orquestadas por el comunismo activo en Occidente contra un “traidor” de la Causa.

Lo cierto es  que Kundera al final de su vida trató de aceptar el reconocimiento de su país natal sin acritud o amargura. Recibió el Premio Nacional de Literatura checo en 2008 y el Premio Kafka en 2021. Como muestra de reconciliación, Kundera donó su biblioteca y sus archivos personales a la Fundación que lleva su nombre en la ciudad de Brno, donde nació. Siempre había dejado bien claro que él era un escritor no un político o ideólogo: “No me siento cómodo en el papel del disidente. No me gusta reducir la literatura y el arte a una lectura política. La palabra disidente significa suponerle a uno una literatura de tesis, y si algo detesto es precisamente la literatura de tesis. Lo que me interesa es el valor estético. Para mí, la literatura pro comunista o la anticomunista es, en ese sentido, lo mismo. Por eso no me gusta verme como un disidente”, declaró a “El País” en 1982, en una de sus últimas entrevistas, tras su rechazo total al “despotismo” manipulador de los medios de comunicación. A partir de 1986 el escritor checo exiliado en Paris decidió “beckettizarse”, es decir, seguir el ejemplo de Samuel Beckett y dar por cerrados sus contactos con los medios. La respuesta no se hizo esperar. Muchos rechazados empezaron a buscar la forma de desacreditarle. En el “cafarnaum” de los medios negarse a hablar y aparecer se convierte en una ofensa de lesa majestad: el público y el ruido lo es todo. Dejamos el tema. La picota pública es demasiado visible en las redes y ha realizado auténticas canalladas y provocado incluso el suicidio de algunas personas.

Pero pasemos a su obra y dejemos al escritor celoso de su privacidad y su libertad. Un rápido paseo por algunas de sus novelas y luego nos detendremos en una en particular “La fiesta de la insignificancia”. No porque sea la mejor, pero si es la que, de alguna forma, resume en cierta forma el personal ideario social y ético, estético y literario de Kundera. Es una carcajada triste que resume nuestra época mejor que un ensayo político. Su humor, como en Rabelais, como en Cervantes, arranca de la profunda desdicha, la ignorancia, la insoportable levedad del ser…como en Don Quijote, la tozuda y mezquina realidad mostrenca convierte a los gigantes en molinos, al bálsamo de Fierabrás en un brebaje inmundo, a los ejércitos en rebaños de ovejas y corderos, a un palacio almenado en una venta miserable, a una doncella en Maritornes, una puta del partido, al caballero de la Blanca Luna en el vengativo Sansón Carrasco, a los Duques señoriales en nobles burlones, despiadados, ignorantes y mezquinos y, ay, a la sin par Dulcinea del Toboso en una aldeana sin encanto alguno, zafia y despreciativa. Kundera a través de su obra, empezando por “La broma”, juega ese mismo -burlón, pero triste y a veces patético- juego cervantino (no en vano es un fanático de don Miguel) y lo hará en casi todos sus libros, navegando entre la sátira, el ridículo, el humor grotesco, el absurdo, el realismo mágico, la humillación, el esperpento y el erotismo desmadrado y un poco sórdido. En esa novela, Kundera revela el aciago destino  que puede tener un simple chiste o frase ingeniosa escrita imprudentemente en una postal en la Chescoslovaquia comunista. La frase era “El optimismo es el opio del pueblo” y  le cuesta la ruina en vida a su protagonista. La sensibilidad ante la crítica, aunque sea una simple chispa de ingenio, es una de las debilidades vengativas ridículas de los regímenes totalitarios.

El libro de la risa y del olvido

En 1979 sale a  la luz un libro cajón-de-sastre: nuestro autor era muy aficionado a las digresiones, reflexiones, autocríticas, relatos caprichosos y textos entre el ensayo y el guiño social. Le encantaba despistar al lector con su búsqueda incesante de nuevos cauces narrativos y fórmulas literarias con afán de novedad. En muchos de estos textos ya se vislumbra con cierta claridad el pensamiento y la mirada crítica del escritor en torno a la sociedad en la que vive. Era jugar con fuego.

La insoportable levedad del ser

En 1984 se publica la que muchos consideran mejor obra de Kundera. Hubo versión cinematográfica de gran éxito y quedó establecido el talante irredento y mordaz del escritor, así como su visión lúdica, trágica y sensual de la existencia. La Praga del 68 (un año histórico para el país) la visión que de ella tiene el autor, con todas las connotaciones críticas  sociales y políticas, la represión y la estupidez de la burocracia oficial comunista, son los ingredientes de una novela existencial excelente, en muchos momentos rozando el absurdo de Kafka o el ridículo surrealista y sexualmente procaz de “Tristram Shandy”.

El arte de la novela 

En 1986, Kundera, escribe uno de los textos más logrados y felices sobre la novela como género literario. Ya desde su definición “La novela es un arte nacido de la risa de Dios”, como una especie de territorio mágico imaginativo y de conocimiento cuyo proceso continuo a través de los tiempos es el epitome y el curso caudaloso de todas las grandes novelas de todos los tiempos que se van enriqueciendo en cada nueva aportación. Para quien esto escribe, el capítulo dedicado  a “La desprestigiada herencia de Cervantes” es uno de los textos más interesantes que he leído dedicado al inabarcable Cervantes.

Los testamentos traicionados 

En 1992 da una vuelta de tuerca a la obra anterior y escribe un ensayo sobre la novela como si fuera en sí mismo otra novela. Utiliza la música como vehículo comparativo y las obras y presencia de otros autores, como Hemigway o Kafka y aprovecha para lanzar su cuarto de espadas sobre la mesa de la naturaleza del autor y de los peligros que le acechan. Eso se convertiría en una de las “bestias negras” de Kundera, por su temor a ser mal interpretado o manipulado (en las traducciones era casi patológica la firmeza y cuidado con la que sometía a sus textos y a los traductores). La cuestión de confundir al autor con sus criaturas y vivencias novelescas se estaba convirtiendo en un complejo de rechazo que le duraría hasta el final de su vida.

El telón. Ensayo en siete partes 

En el nuevo siglo, Kundera vuelve a la historia de la novela y comienza con la revolución narrativa que supuso “El Quijote” y todos los temas y cuestiones relacionados con la creatividad y las grandes figuras de la literatura mundial.

Y tras este apresurado y selectivo, por tanto no completo,  paseo por la obra del escritor checo, nos detenemos un poco más en su último libro publicado:

La fiesta de la insignificancia

En 2014 sale a la palestra pública esta novela  donde se juega, en uno de sus capítulos, con el cuento metafórico del nuevo traje del rey, supuestamente realizado en telas tan sutiles que parece que el rey va desnudo (lo que en verdad ocurre). Es el engaño, la broma que deja de ser algo cómico para convertirse en tragedia. El “rey” del cuento de Kundera se llama Joseph Stalin. El siniestro dictador, al final de su vida, ya irremediablemente delirante, cuenta un relato que parece cómico. Tiene que ver con la caza de unas perdices. ¿Qué hacer? Si te ríes y no era cómico para Stalin, te cuesta la vida. Si, por el contrario, trataba de que soltaras la carcajada y no lo haces, es un insulto para el monstruoso ego del dictador. Y también lo pagas claro. Parafraseando, apropiadamente,  a Lenin, uno se pregunta una y otra vez “¿Qué hacer?”. Nuevamente transitamos por el resbaladizo terreno de la broma, el chiste, el sarcasmo surrealista, donde se recurre constantemente al destino dramático del ser humano, entre el absurdo, lo erótico (siempre rozando lo escatológico) y la sordidez y el miedo enquistado como una lepra en el cuerpo social.

Con momentos de absurdo surrealista, como el episodio de la pluma que sobrevuela una reunión mundana y se pasea en torno al dedo levantado de una de las invitadas con más glamour,  entre los aplausos de los aburridos asistentes o el juego retórico que se llevan tres amigos sobre la moda juvenil femenina de pasearse mostrando el  ombligo y la sabia disquisición sobre los elementos más atractivos de las mujeres, las caderas, los pechos o las piernas. “La insignificancia, amigo mío, es la esencia de la existencia. Está con nosotros en todas partes y en todo momento.” Dice uno de los cuatro protagonistas. El testamento literario de Kundera me recuerda el talante desafiante, subversivo e iconoclasta de otro grande, éste del cine, don Luis Buñuel. Leyendo “La fiesta de la insignificancia” me parecía estar viendo en una pantalla las escenas que narra Kundera con un Fernando Rey o un Francisco Rabal o una Silvia Pinal interpretando a los personajes del escritor checo.

Decididamente, y que los incondicionales de Kundera me perdonen, me quedo con sus ensayos “El arte de la novela”, “Los testamentos traicionados” y “El Telón”. Y, claro, su novela paradigmática, “La insoportable levedad del ser”.

FICHA

Todas sus novelas y ensayos  están al alcance de todos los españoles –como el NODO-  en cualquier buena librería. Están editados por Tusquets, con excelentes traducciones, revisadas por el autor.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

 

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27 agosto 2023 7 27 /08 /agosto /2023 18:32

MILAN KUNDERA , EL AUTOR QUE SURGIÓ DEL FRÍO

 

El pasado 11 de julio murió en París, donde residía, el escritor checo Milan Kundera, a los 94 años de edad. Como Joyce, Nabokov, Mann, Rilke, Walter Benjamín, Zweig, Leon Felipe, Hanna Arendt, Salman Rushdie y tantos otros, Kundera se vio obligado a buscar un lugar donde poder vivir en paz –y morir, sin pistola intermedia-  ya que en su país de origen estaba proscrito. Al poder político absoluto le fastidia absolutamente que  escritores y pensadores, poetas y artistas se atrevan a opinar libremente sobre ellos. El comunismo de raíz estalinista no solía aceptar de buen grado a los intelectuales críticos. Estaban destinados a ser carne de “gulag” o a “desaparecer” de la forma más discreta posible. Como en la novela de John Le Carré, resultaba incómodo en ambos lados del Telón de Acero, ya fuese espía o intelectual. En los tiempos de la “guerra fría” los intelectuales no tenían buena prensa en general (recuerden la “caza de brujas” en Estados Unidos).

En 1979 las autoridades checas le retiraron la nacionalidad a Kundera y lo convirtieron en uno de los cientos de miles de apátridas que desbordaban las fronteras. En su libro “La vida está en otra parte” el escritor checo reivindicó la libertad como uno de los frutos de la rebeldía vital que caracterizó su existencia. En 2019 Checoslovaquia devolvió la nacionalidad a Kundera, que recibió la noticia con complacida indiferencia. Cincuenta años de exilio le habían blindado contra cualquier veleidad nacionalista. Como Pirron o Epicuro, Kundera se consideraba ciudadano del mundo, un “átopos”, un individuo de ninguna parte y por tanto de todas ellas. En su obra “La inmortalidad”, publicada en 1990, el escritor discurre sobre la identidad, como un proceso más que como una adscripción. Especialmente compleja si la persona vive en un régimen autoritario donde se proclama de igualdad supuesta y aparente de todos bajo la consigna unitaria –a la fuerza- de un régimen político que exige obediencia absoluta y usa de la violencia y la intimidación para lograrla. El novelista conocía la contradicción esencial de los totalitarismos: prometen un paraíso pero imponen un infierno, donde todo el aparato propagandistico del régimen está enfocado en disolver al individuo en una amalgama de ideas homogéneas, primarias y de una simpleza sonrojante en pos de la unidad de las mentes en un objetivo común: el que emana del privilegiado aparato directivo del partido y sus sirvientes más directos. Es decir una sociedad jerarquizada, con una cúpula que disfruta de todos los privilegios, un cinturón de servidores policiales y militares dispuestos a todo y la ingente masa de todos los demás ciudadanos del país sometidos  a los caprichos y directrices –a menudo demenciales- del poder. Es decir el reino del terror de Stalin o Hitler, Mao, Idi Amin, los khemeres rojos del Pol Pot, Ceausescu y tantos otros polichinelas del terror político, ahora encarnados en Trump, Bolsonaro o Putin, sin ir más lejos.

En otras novelas, como “La fiesta de la insignificancia” o “La ignorancia”, Kundera  analiza esa imposibilidad de conocer nuestro propio yo debido a la influencia enajenadora y falaz que tienen los demás o los medios de comunicación influidos por el poder y, proféticamente, las redes sociales y la tecnología social en todas sus manifestaciones. Es la soberanía absoluta de la imagen, de las pantallas, como indicativo de la ausencia de intimidad para propiciar la creación de “yos” que solo son avatares, muñequitos,“likes” o emoticones que conforman personalidades fulgurantes, simples, esquemáticas, efímeras y vulnerables hasta el suicidio.

En cierta forma todo esto daría sentido al perfil-cero social que Kundera adoptó en los últimos años de su vida. Lejos de la voracidad de los medios, centrado en su propia existencia y en su obra, el escritor checo renunció voluntariamente a cualquier atisbo de vida pública. Tanto es así que muchos de los que amamos su obra pensábamos que había fallecido en secreto, como una versión muy paradójica y sarcástica de su primera novela “La broma” en la que un simple chiste acaba arruinando la vida de un hombre (en el régimen estalinista checo, los chistes estaban oficialmente prohibidos y castigados).

Esa es una constante de la obra de este autor, el juego perverso que el humor mantiene con el horror, el pesimismo con la ironía, la carcajada liberadora con las lágrimas de frustración, la rigidez de lo autoritario y lo fanático con  la salida ingeniosa y ridícula del hombrecillo asustado que busca una aceptación del otro que nunca es atendida. La fuerza liberadora del humor, la carcajada, estaba presente en la narrativa y los ensayos de Kundera, como una confirmación de aquella frase, creo que era de la Arendt o de Simone Weil, dos víctimas directas o indirectas de los nazis: lo primero que desaparece de las calles en un régimen  totalitario es la risa, la jovialidad, el trato amable. Los sustituye el miedo, la desconfianza, la inseguridad, la tristeza y el silencio. Ese es el trasfondo de la huida de un desengañado Kundera de su país tras la invasión soviética de Checoslovaquia en 1968.

Para poder trabajar en esa dialéctica entre el horror y el humor, Kundera echa  mano de la filosofía, no sólo del existencialismo de Sastre o de la fenomenología de Heidegger, también del Nietzsche de la angustia del yo o el Kafka del absurdo, del Musil del hombre sin atributos o del Hermann Broch (el de “La muerte de Virgilio”) que bucea en la inconsistencia de las motivaciones de las acciones humanas. Sin olvidar a un Rabelais o un Diderot. Por tanto Kundera acaba reconociendo que sus novelas “no examinan la realidad, sino la existencia”, es decir la variabilidad y absurdo de las actitudes humanas que muchas veces se enfrentan auto destructivamente a la realidad. Lo cual nos lleva a “La insoportable levedad del ser”, la novela best-seller de Kundera, donde el escritor nos apunta que la única salida posible y digna a esa situación es el ejercicio de la ironía y el humor, única arma para afrontar la unamuniana condición o “sentimiento trágico de la vida” y la naturaleza del desarraigo vital que instauró el siglo XX, espíritu de una época que hoy padecemos aún más, en el declive de las ideas y los valores de vigencia universal. Ese es el nihilismo y la negatividad del siglo XXI, un malestar existencial que Kundera trata de sobrellevar con su narrativa y su ironía dura y sarcástica.

Para un amante de la novela cervantina, Kundera es como un efecto lógico del realismo desengañado y pleno de humor irónico de don Miguel trasplantado al siglo del Gran Hundimiento Humanista, el XX, con sus dos guerras mundiales y más de un centenar de conflictos armados y genocidios en el resto del mundo. Quizá por eso no le importó demasiado que se le negara la opción al Nobel por una supuesta delación cometida en su juventud contra un compañero escritor durante la época estanilista dura. Kundera negó siempre esa noticia y la  atribuyó a maniobras de desprestigio orquestadas por el comunismo activo en Occidente contra un “traidor” de la Causa.

Lo cierto es  que Kundera al final de su vida trató de aceptar el reconocimiento de su país natal sin acritud o amargura. Recibió el Premio Nacional de Literatura checo en 2008 y el Premio Kafka en 2021. Como muestra de reconciliación, Kundera donó su biblioteca y sus archivos personales a la Fundación que lleva su nombre en la ciudad de Brno, donde nació. Siempre había dejado bien claro que él era un escritor no un político o ideólogo: “No me siento cómodo en el papel del disidente. No me gusta reducir la literatura y el arte a una lectura política. La palabra disidente significa suponerle a uno una literatura de tesis, y si algo detesto es precisamente la literatura de tesis. Lo que me interesa es el valor estético. Para mí, la literatura pro comunista o la anticomunista es, en ese sentido, lo mismo. Por eso no me gusta verme como un disidente”, declaró a “El País” en 1982, en una de sus últimas entrevistas, tras su rechazo total al “despotismo” manipulador de los medios de comunicación. A partir de 1986 el escritor checo exiliado en Paris decidió “beckettizarse”, es decir, seguir el ejemplo de Samuel Beckett y dar por cerrados sus contactos con los medios. La respuesta no se hizo esperar. Muchos rechazados empezaron a buscar la forma de desacreditarle. En el “cafarnaum” de los medios negarse a hablar y aparecer se convierte en una ofensa de lesa majestad: el público y el ruido lo es todo. Dejamos el tema. La picota pública es demasiado visible en las redes y ha realizado auténticas canalladas y provocado incluso el suicidio de algunas personas.

Pero pasemos a su obra y dejemos al escritor celoso de su privacidad y su libertad. Un rápido paseo por algunas de sus novelas y luego nos detendremos en una en particular “La fiesta de la insignificancia”. No porque sea la mejor, pero si es la que, de alguna forma, resume en cierta forma el personal ideario social y ético, estético y literario de Kundera. Es una carcajada triste que resume nuestra época mejor que un ensayo político. Su humor, como en Rabelais, como en Cervantes, arranca de la profunda desdicha, la ignorancia, la insoportable levedad del ser…como en Don Quijote, la tozuda y mezquina realidad mostrenca convierte a los gigantes en molinos, al bálsamo de Fierabrás en un brebaje inmundo, a los ejércitos en rebaños de ovejas y corderos, a un palacio almenado en una venta miserable, a una doncella en Maritornes, una puta del partido, al caballero de la Blanca Luna en el vengativo Sansón Carrasco, a los Duques señoriales en nobles burlones, despiadados, ignorantes y mezquinos y, ay, a la sin par Dulcinea del Toboso en una aldeana sin encanto alguno, zafia y despreciativa. Kundera a través de su obra, empezando por “La broma”, juega ese mismo -burlón, pero triste y a veces patético- juego cervantino (no en vano es un fanático de don Miguel) y lo hará en casi todos sus libros, navegando entre la sátira, el ridículo, el humor grotesco, el absurdo, el realismo mágico, la humillación, el esperpento y el erotismo desmadrado y un poco sórdido. En esa novela, Kundera revela el aciago destino  que puede tener un simple chiste o frase ingeniosa escrita imprudentemente en una postal en la Chescoslovaquia comunista. La frase era “El optimismo es el opio del pueblo” y  le cuesta la ruina en vida a su protagonista. La sensibilidad ante la crítica, aunque sea una simple chispa de ingenio, es una de las debilidades vengativas ridículas de los regímenes totalitarios.

El libro de la risa y del olvido

En 1979 sale a  la luz un libro cajón-de-sastre: nuestro autor era muy aficionado a las digresiones, reflexiones, autocríticas, relatos caprichosos y textos entre el ensayo y el guiño social. Le encantaba despistar al lector con su búsqueda incesante de nuevos cauces narrativos y fórmulas literarias con afán de novedad. En muchos de estos textos ya se vislumbra con cierta claridad el pensamiento y la mirada crítica del escritor en torno a la sociedad en la que vive. Era jugar con fuego.

La insoportable levedad del ser

En 1984 se publica la que muchos consideran mejor obra de Kundera. Hubo versión cinematográfica de gran éxito y quedó establecido el talante irredento y mordaz del escritor, así como su visión lúdica, trágica y sensual de la existencia. La Praga del 68 (un año histórico para el país) la visión que de ella tiene el autor, con todas las connotaciones críticas  sociales y políticas, la represión y la estupidez de la burocracia oficial comunista, son los ingredientes de una novela existencial excelente, en muchos momentos rozando el absurdo de Kafka o el ridículo surrealista y sexualmente procaz de “Tristram Shandy”.

El arte de la novela 

En 1986, Kundera, escribe uno de los textos más logrados y felices sobre la novela como género literario. Ya desde su definición “La novela es un arte nacido de la risa de Dios”, como una especie de territorio mágico imaginativo y de conocimiento cuyo proceso continuo a través de los tiempos es el epitome y el curso caudaloso de todas las grandes novelas de todos los tiempos que se van enriqueciendo en cada nueva aportación. Para quien esto escribe, el capítulo dedicado  a “La desprestigiada herencia de Cervantes” es uno de los textos más interesantes que he leído dedicado al inabarcable Cervantes.

Los testamentos traicionados 

En 1992 da una vuelta de tuerca a la obra anterior y escribe un ensayo sobre la novela como si fuera en sí mismo otra novela. Utiliza la música como vehículo comparativo y las obras y presencia de otros autores, como Hemigway o Kafka y aprovecha para lanzar su cuarto de espadas sobre la mesa de la naturaleza del autor y de los peligros que le acechan. Eso se convertiría en una de las “bestias negras” de Kundera, por su temor a ser mal interpretado o manipulado (en las traducciones era casi patológica la firmeza y cuidado con la que sometía a sus textos y a los traductores). La cuestión de confundir al autor con sus criaturas y vivencias novelescas se estaba convirtiendo en un complejo de rechazo que le duraría hasta el final de su vida.

El telón. Ensayo en siete partes 

En el nuevo siglo, Kundera vuelve a la historia de la novela y comienza con la revolución narrativa que supuso “El Quijote” y todos los temas y cuestiones relacionados con la creatividad y las grandes figuras de la literatura mundial.

Y tras este apresurado y selectivo, por tanto no completo,  paseo por la obra del escritor checo, nos detenemos un poco más en su último libro publicado:

La fiesta de la insignificancia

En 2014 sale a la palestra pública esta novela  donde se juega, en uno de sus capítulos, con el cuento metafórico del nuevo traje del rey, supuestamente realizado en telas tan sutiles que parece que el rey va desnudo (lo que en verdad ocurre). Es el engaño, la broma que deja de ser algo cómico para convertirse en tragedia. El “rey” del cuento de Kundera se llama Joseph Stalin. El siniestro dictador, al final de su vida, ya irremediablemente delirante, cuenta un relato que parece cómico. Tiene que ver con la caza de unas perdices. ¿Qué hacer? Si te ríes y no era cómico para Stalin, te cuesta la vida. Si, por el contrario, trataba de que soltaras la carcajada y no lo haces, es un insulto para el monstruoso ego del dictador. Y también lo pagas claro. Parafraseando, apropiadamente,  a Lenin, uno se pregunta una y otra vez “¿Qué hacer?”. Nuevamente transitamos por el resbaladizo terreno de la broma, el chiste, el sarcasmo surrealista, donde se recurre constantemente al destino dramático del ser humano, entre el absurdo, lo erótico (siempre rozando lo escatológico) y la sordidez y el miedo enquistado como una lepra en el cuerpo social.

Con momentos de absurdo surrealista, como el episodio de la pluma que sobrevuela una reunión mundana y se pasea en torno al dedo levantado de una de las invitadas con más glamour,  entre los aplausos de los aburridos asistentes o el juego retórico que se llevan tres amigos sobre la moda juvenil femenina de pasearse mostrando el  ombligo y la sabia disquisición sobre los elementos más atractivos de las mujeres, las caderas, los pechos o las piernas. “La insignificancia, amigo mío, es la esencia de la existencia. Está con nosotros en todas partes y en todo momento.” Dice uno de los cuatro protagonistas. El testamento literario de Kundera me recuerda el talante desafiante, subversivo e iconoclasta de otro grande, éste del cine, don Luis Buñuel. Leyendo “La fiesta de la insignificancia” me parecía estar viendo en una pantalla las escenas que narra Kundera con un Fernando Rey o un Francisco Rabal o una Silvia Pinal interpretando a los personajes del escritor checo.

Decididamente, y que los incondicionales de Kundera me perdonen, me quedo con sus ensayos “El arte de la novela”, “Los testamentos traicionados” y “El Telón”. Y, claro, su novela paradigmática, “La insoportable levedad del ser”.

FICHA

Todas sus novelas y ensayos  están al alcance de todos los españoles –como el NODO-  en cualquier buena librería. Están editados por Tusquets, con excelentes traducciones, revisadas por el autor.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

 

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5 agosto 2023 6 05 /08 /agosto /2023 13:48

Texto publicado en la revista Compromiso y Cultura 082023

Pues en lo que a mí respecta se trata de un novelista japonés de 74 años, altamente controvertido, con partidarios apasionados y detractores furibundos, que ha estado algunas veces en la lista de los “Nobelables” y que este año ha recibido el premio Princesa de Asturias de las Letras. Durante muchos años (desde los ochenta del pasado siglo) este escritor personalísimo ha logrado crear un universo literario sin parangón no sólo en su propia cultura –en Japón no logran entender el éxito apoteósico de Murakami en el extranjero, desde Estados Unidos a Europa, incluida Rusia, donde es idolatrado, sino también en la nuestra en la que, a estas alturas, muchos todavía nos preguntamos, dónde está la clave del universo propio  murakamiano, repleto de ignotos planetas en los que deambulan un sinfín de personajes, anécdotas, sucesos, diálogos entre el absurdo y lo onírico y una corriente subterránea de magia, misterio y supersticiones que irritan a unos y fascinan a otros. Y lo más admirable es que hay que rendirse a una evidencia: la realidad cotidiana donde todo eso acontece está tejida de detalles, circunstancias y paisajes que todos reconocemos como los propios de nuestro tiempo y nuestra cultura. El efecto que produce esa constatación es francamente hipnótico. Tal vez en eso radique la clave de su éxito: Murakami nos seduce con su bizarra osadía. Creo que hay adictos, en el sentido clínico del término, murakamianos, como los hay a las anfetaminas, al tinto de verano o a las series de la tele.

Rodeado de muchos de sus libros y las reseñas que a lo largo de los años he ido escribiendo en diversos medios, me he puesto a la tarea de explicarles de qué hablo cuando escribo sobre Murakami. Como banda sonora de mi trabajo empecé con Mahler, pasé a Rachmaninof  y me he quedado con el Don Juan de Mozart que, por instinto, me parece la más adecuada para situar a Murakami en su contexto musical. Don Giovanni es, con su audacia, su desparpajo y su capacidad de seducción, imaginación y gran confianza seguridad en sí mismo, el molde donde se cuece la figura literaria del escritor japonés que es, aparentemente, la contrafigura del conquistador mozartiano.

“Kafka en la orilla”, “1Q84” (las dos primeras partes, la tercera hay que excusarla), “Tokio Blues.Norwegian Word”, “Crónica del pájaro que da cuerda al mundo”, “Alfter Dark”, “Sauce ciego, mujer dormida” (relatos), “Los años de peregrinación del chico de color”, “Escucha la canción del viento”, “Pinball 1973” ( los primeros que publicó Murakami)  y los dos libros titulados como homenaje al Raymond Carver de “De qué hablamos cuando hablamos de amor” –por cierto, uno de los autores norteamericanos traducidos al japonés por el escritor- y que son, “De qué hablo cuando hablo de escribir” y “De qué hablo cuando hablo de correr”.  Prácticamente toda su obra en castellano ha sido publicada por Tusquets, que ya anuncia para 2024 su última novela: “La ciudad y sus muros inciertos”. Mientras, sus fans se multiplican como las ediciones en más de 50 idiomas. ¿Estamos hablando de un Flaubert, un Dickens, un Tolstoi, un Proust, un Joyce? No, por Dios, estamos hablando de un fenómeno popular, un producto de nuestro siglo XXI que se despertó en los dos últimos decenios del XX (de ahí su explosivo atractivo), llamado Murakami.

De la relectura de esos dos ensayos autobiográficos citados se desprenden –a veces de forma reiterada- los detalles que pueden explicar no sólo el “duende” del estilo de Murakami, sino también las virtudes, defectos y artimañas seductoras del escritor japonés, un joven setentón que sigue corriendo, nadando y montando en bici casi cada día y ha sido un participante modesto, pero pertinaz y cumplidor, en maratones, uno cada año durante veintitantos, triatlones y pruebas deportivas de todo tipo.

En el polo opuesto del escritor bebedor, neurótico, adicto a todos los paraísos de alcohol y drogas,  con sus infiernos oníricos, hasta rozar la psicosis, Murakami, es disciplinado, laborioso, deportista, mantiene un matrimonio de medio siglo, al margen de escándalos sexuales y deslices. Es cortés y decididamente solitario y esquivo a entrevistas y reportajes, cámaras y tertulias literarias o sociales, por timidez y convicción. ¿Cómo conjura los paraísos artificiales que son casi un tópico vital en la vida de muchos escritores? Muy sencillo: los convierte en alter egos literarios. Es como si detrás de la figura de Don Giovanni estuviera el cerebro rector de un monje franciscano, la estoica figura de fray Guillermo de Baskerville.

El otro elemento a tener en cuenta para saber de qué hablo cuando analizo la figura de Murakami, es la música. Concretamente la música pop, el soul y el jazz. Él mismo ha confesado en diversas ocasiones,  “Al principio de mi carrera de escritor se me ocurrió que podía construir frases como si tocara un instrumento y esa idea no ha cambiado hasta hoy. Mientras aprieto las teclas del teclado del ordenador, me impongo un ritmo determinado, me esfuerzo por buscar un sonido y una resonancia adecuadas”.

Pero no crean ustedes que nuestro autor es un  monje trapense escondido tras su obra, una gran incógnita cubierta por un velo de misterio y rodeado por una nube de enigmas. Nada de eso. Murakami, desde su primera obra, nos cuenta –al margen, pero reiteradamente- qué canales cotidianos, ordinarios y también de vez en cuando misteriosos y casi místicos, posibilitan y enriquecen su labor de escritor.

Precisamente en el prólogo a la primera edición en castellano de sus dos primeras novelas (“Escucha la canción del viento” y “Pinball 1973”), a las que llama “mis novelas de la mesa de la cocina”  por haber sido el lugar donde las escribió, a altas horas de la madrugada, después de trabajar en su local de copas y música de jazz, nos habla de la génesis de su oficio de escritor, inducido por dos “fenómenos” o “epifanías”. Forman parte del anecdotario personal de misterios o sincronicidades (término junguiano que Murakami usa a menudo: “a lo largo de mi vida me han ido sucediendo cosas misteriosas de ese tipo”) que florecen en su historia y fidelizan a sus fans (y alarman y enojan a sus críticos).

 Murakami estaba viendo un partido de béisbol, “una radiante tarde de abril de 1978”, en el estadio Jingû-Kyujo de Tokio, cerca de su domicilio, “yo estaba solo en un área adyacente elevada sobre el terreno de juego, mirando el partido mientras me tomaba una cerveza…de pronto escuché el sonido limpio del bate golpeando la pelota, que resonó por todo el estadio…en aquel instante, sin antecedente ni fundamento alguno, pensé de pronto: ‘si. Quizá también yo pudiera convertirme en novelista…’.Mi vida cambió por completo a raíz de aquello. “. Escribió trabajosamente su novela en japonés, después la tradujo al inglés –que no dominaba- y la retradujo al japonés. Ese trabajo le convenció de que había encontrado su estilo propio: “no hacía falta poner una palabra complicada tras otra, ni utilizar expresiones hermosas para despertar la admiración de la gente”. Consiguió un ritmo poderoso al combinar frases cortas; un lenguaje directo, sin circunloquios; unas descripciones precisas, sin aspavientos.”  La terminó y la envió a un concurso para autores noveles. Y se olvidó de ella.

Unos meses más tarde le llamaron por teléfono para decirle que estaba entre los cinco finalistas del premio. No había guardado ni una copia de ella. Ese día salió a dar un  paseo con su esposa, cuando descubrió una paloma mensajera herida acurrucada detrás de unos arbustos.  La llevó hasta un puesto de policía para entregarla y mientras lo hacía, con la paloma palpitando entre sus manos, se le ocurrió de pronto que ganaría el premio  y que sería un escritor profesional con cierto éxito. Como sabemos, se quedó corto: su éxito es considerable y tras el Premio Princesa de Asturias, no sería de extrañar que obtuviera el Nobel. Como escribe en su prólogo (estas anécdotas premonitorias han sido publicadas reiteradamente por el escritor cada vez que le ha parecido oportuno), “Para mí, estos recuerdos muestran que creer en algo que debe de existir dentro de ti y soñar con la posibilidad de cultivarlo y seguir conservando todavía esas sensaciones, es maravilloso”. Lo cierto es que esa sensibilidad por lo mágico, lo misterioso y lo extraordinario, cuaja toda su obra, en personajes, eventos y circunstancias.

Para comprender la figura de Murakami y su originalidad indudable hay que añadir otra clave a nuestro análisis: el aspecto bifronte del escritor que, como un centauro, muestra una parte física potente, el corredor de maratones y otra, también potente, de tipo intelectual, el creador de ficciones que alcanzan de forma natural e inmediata un eco en sus lectores, generalmente jóvenes (pero los hay también entre gente madura, quizá porque añoran su lejana juventud) y un atractivo ambivalente entre otros escritores y gente de letras, artes y libros, que admiran el osado desparpajo seductor (literario) de este Don Juan de ojos rasgados y maneras de monje.

Así, querido lector de CyC, que puede comenzar el periplo murakamiano leyendo los dos ensayos con el título tipo Carver. En el primero, De qué hablo cuando hablo de correr, las descripciones de los apuros y angustias físicos del escritor mientras corre los 42 kms y 195 metros de la dura prueba maratoniana, (que ha cubierto en unas 30 ocasiones en años sucesivos) adquieren  momentos de gran emoción literaria. Pero lo fascinante es la traslación de las características del corredor de esa especialidad, ritmo, velocidad, aguante, persistencia, confianza en si mismo, capacidad de generar fuerza a partir de una convicción y de un sueño, espartana administración de esfuerzo y resistencia…a las dificultades que crea la redacción de una novela de más de trescientas páginas. El paralelismo es seductor y Murakami lo muestra con gran lujo de detalles y una sencillez y respeto casi zen.  Murakami habia empezado a correr en otoño de 1982 (a los 33 años) y ha corrido casi sin interrupción –distancias variadas- hasta estos momentos (no tengo noticia de que haya cesado de hacerlo). Para él carece de importancia ganar o no, sólo le preocupa no dejar de cumplir los parámetros que él da por buenos. “Mis únicos puntos fuertes –escribe- son la diligencia, el aguante y la fuerza física. Si habláramos de caballos, estaría mas cerca de un percherón que de un caballo de carreras”. Y añade, guasón, “el tabique que separa la sana autoconfianza de la insana arrogancia es realmente muy fino”. Murakami nunca ha sido arrogante (en eso se distancia de Don Juan). Así que reconoce “poco después de dejar de correr, todo lo que he sufrido y lo miserable que me he sentido se me olvidan, como si jamás hubiera sucedido y ya vuelvo a estar decidido a hacerlo mejor la próxima vez”.

Pero Murakami no sólo nos habla de sus deportes favoritos en ete libro bastante crucial para conocerle, también nos va contando detalles de su carrera literaria y reflexiones sabrosas sobre el arte de escribir. Tres son las cualidades del buen escritor, nos cuenta, el talento (cuya cantidad y calidad deben ser controladas), capacidad de concentración y la inevitable e imprescindible constancia.

En el segundo ensayo, De qué hablo cuando hablo de escribir, Murakami se ve como un  boxeador que ha de luchar contra la desidia, la falta de confianza y las críticas en un ring literario donde nadie tiene piedad de nadie. Son muchos los que suben al ring, pero pocos los que logran resistir la lucha y los ataques. Escribir novelas es parecido a ese duro deporte. Hay que aprender a encajar los golpes y luchar con denuedo para mantenerse. La escritura tiene sus trucos y uno ha de tratar de ser él mismo en todo momento. Desconfía de las facilidades supuestas de la inspiración y cree en un trabajo serio y persistente. Como Hemingway, mantiene que  “tras una larga jornada, dejo de escribir en el preciso momento en que siento que podría seguir escribiendo”.

En este libro Murakami se muestra a sí mismo y a su oficio de escritor con ojos realistas, sinceros y poco autocomplacientes. “En esencia los escritores somos seres egoístas, generalmente orgullosos y competitivos…seres necesitados de algo innecesario” Nos habla de su vida, sus pesares y dificultades y otra vez de sus “epifanías”; de su enorme amor a la lectura y a la música. Con gran sencillez confiesa: “Soy incapaz de asumir la idea de escribir a fuerza de sufrimiento. Para mi, escribir me da momentos de felicidad…y no me considero un genio, ni me atribuyo un  talento especial, aunque no niego tener algo…me gano la vida con esto desde hace más de cuarenta años” Murakami sabe que es un caso aparte en el panorama literario japonés y se justifica ante los ataques recibidos historicamete con esta frase: “Solo pretendía escribir algo  mi manera y reflejar con ello el estado de su corazón. Nada más”. Nunca ha padecido el “writer’s block” porque “cuando no tengo ganas de escribir, simplemente no lo hago, nada ni nadie me obliga…para mi escribir es un alivio psicológico”. ¿Más claro? “Es un camino que se empieza solo, por el que se avanza solo y que se puede perfeccionar a sí mismo”. Y para los demás escritores, oído al parche: “El proceso de escribir queda al margen de los reconocimientos. Es la carga que uno debe soportar en soledad y en silencio”. “Me da igual lo que digan sobre lo que escribo, por muy tremendo que resulte. Lo importante es escribir lo que yo quiera y como yo quiera.”

Las constantes temáticas de las obras de Murakami son variadas pero reiterativas (según una lista publicada por The New York Times): la mujer plena de misterio, el fetichismo de las  orejas femeninas, los pozos secos y profundos, la desaparición súbita de algo o de alguien, la sensación de persecución, inesperadas llamadas de teléfono o móvil, gatos por todas partes, música de jazz en discos de vinilo, urbanita que se siente perdido, intervenciones o poderes por encima de lógica y quizá mágicos, pasadizos secretos, espacios abrumadoramente abiertos, trenes y estaciones, presencia del pasado histórico en detalles llamativos, precocidad adolescente, cocinar, mundos paralelos, sexo explícito, Tokio y sus noches, nombres originales y llamativos, malvados sin identificar, más gatos (que hablan o desaparecen), el amor con signos de tragedia y de intensidad excesiva, la capacidad del arte para trascender las miserias del sujeto (tema del ultimo libro de Murakami “La muerte del comendador” (otra coincidencia entre don Giovanni y nuestro novelista) …

Bien, el viaje en torno a lo que quiero decir cuando hablo de Murakami, toca a su fin. No voy a entrar en valoraciones una por una de sus obras, me parece poco pertinente. Es un escritor muy característico que se dirige al corazón de sus lectores, sin importarle demasiado la forma y el estilo. Por tanto, cuatro datos sencillos de las, para mí, sus obras más interesantes, prescindiendo de las cuatro que ya he tratado aquí: las dos primeras, “Escucha la canción…” y “Pinball 1973”, más los dos ensayos del “De qué hablo…”.

TOKIO BLUES.-

Se trata de una buena novela del género “Bindungsroman”, es decir de iniciación. Por ejemplo, válido para este caso, nuestro “Lazarillo de Tormes”, el “Wilhelm Meister” de Goethe, el Marcel de “La recherche…” de Proust, el “Retrato del artista adolescente” de Joyce o “La montaña mágica” de Mann. Es decir, novelas donde el lector acompaña el largo, tortuoso y a veces muy duro sendero en el que un joven se inicia en la vida de adulto.

Murakami borda las vicisitudes de sus jóvenes protagonistas, el amor, la felicidad, la soledad, la incomprensión, las rarezas de la existencia. El trayecto de Toru Watanabe, estudiante de primer año de la Universidad de Tokio, encuentra ecos en muchos lectores en parecidas circunstancias. Con esta novela H.M. logró convertirse en alimento literario de fanáticos en medio mundo.

1Q84.-

Esta es una novela-piedra de toque. Si la lees, rendido al texto a pesar de su larga extensión y gran exigencia, es que eres un murakamista irredento. No la juzgaré de ningún modo. Recomendarla, si. Aunque sea una prueba difícil y no recomiende la tercera parte. Está ambientada en Tokio en 1984, y propone un acto de fe desde el principio: debes aceptar con naturalidad que uno de los protagonistas se da cuenta de que ha ingresado en un universo paralelo, y que otro, una aspirante a escritora, propone a la credibilidad del lector que practica un misterioso proyecto de escritura fantasma.

KAFKA EN LA ORILLA.-

Viniendo de la anterior lectura, no es probable que te sorprenda demasiado ésta. Aunque creas que el realismo mágico acabó con García Márquez, Borges y Onetti, lo cierto es que en esta obra Murakami te convence de que todavía tenías mucho que aprender. Aquí además gozarás de la novela tipo “baúl de historias interrelacionadas”. El argumento  nos muestra a Kafka Tamura, un joven de 15 años que acaba de huir de su casa acuciado por el complejo de Edipo  y se propone vivir en una biblioteca. Y conocemos a Nakata, un anciano que sufrió daño cerebral cuando era niño y ahora tiene la poco sorprendente facultad de hablar con los gatos. La pérdida de uno de sus más amados animalitos le hace emprender un viaje inesperadamente psicodélico. La soledad es el caldo de cultivo de los personajes que se suceden a un perezoso ritmo de siesta indigesta y un estado casi permanente de confusión vital.

 

CRONICA DEL PÁJARO QUE DA CUERDA AL MUNDO.-

Aquí nos encontramos con aquel aserto que afirma que todo novelista tiene un reformador moral en la barriga. Dadas las especiales características de Murakami, cabía esperar que no se cumpliera ese aserto en su caso. Pero no ha sido así. Su protagonista de “Crónica del pájaro…”, Tooru Okada, inicia un viaje de auto descubrimiento pateándose las calles de Tokio en la busca improbable de su gato. Esos animalitos son para H.M., auténticos totems hogareños, dioses penates, lares o manes de este escritor, como si fuera un ciudadano de la Roma imperial. Rara es la novela de Haruki M. en la que no se cita a los gatos.

AFTER DARK.-

El mundo de Murakami está lleno de enigmas y vías alternativas que alternan con los tiempos por vías misteriosas: cerca de medianoche, una chica, Mari, está sentada sola a la mesa de un bar. Toma un café y lee. Es interrumpida por un joven músico. Lo conoce ligeramente. Le ha visto hace tiempo y acompañaba a su hermana. El nudo argumental comienza a abrirse. Nadie sabe qué va a pasar. Sospecho que ni Murakami cuando lo escribía…En otra de sus novelas decía: “todo empieza siempre con alguien contando algo de sí mismo”. Pues ahí lo tienen,,,

 

AL SUR DE LA FRONTERA, AL OESTE DEL SOL.-

El dueño de un club de jazz, Hajime, tiene un encuentro inesperado y misterioso: Shimamoto, su mejor amiga de la infancia está frente a él, con su carga de pasado y posibilidades de nostalgia y futuro. Pero…

 

LOS AÑOS DE PEREGRINACION DEL CHICO SIN COLOR.-

Aquí Murakami hace gala de sus mas queridas técnicas temáticas: un personaje femenino alucinado y trágico (eso si con hermosas orejas), espectros bidimensionales, el ayer como línea de tiempo bifurcada , trenes, místicos gastronómicos, apellidos de colores en los amigos del héroe, Tsukuro Tazaki, diseñador de trenes. Su historia y la de la novela, están condicionadas por una anécdota de su pasado: dieciséis años atrás, el grupo de cuatro amigos al que pertenecía, le expulsan  sin razón o motivo aparente. Eso constituye un golpe psicológico que le obsesiona y casi le empuja al suicidio. Ahora pretende averiguar las razones de tal catástrofe personal. Pero hablamos de Murakami. Por tanto, dilucidar eso nos llevará a un nuevo enigma. Como escribe Rodrigo Fresán, no hay nada de extraño, Murakami tiene una lógica perfecta y la mayoría de sus personajes también. El único problema es que tal lógica pertenece a otra dimensión: la del planeta Murakami.

 

FICHA

Todas las novelas citadas están publicadas por la editorial Tusquets. Son fáciles de encontrar en cualquier librería.

 

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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12 julio 2023 3 12 /07 /julio /2023 17:38

NUCCIO ORDINE, DONDE  LO “INÚTIL” SE REVELA ÚTIL

Un autor indispensable para conocer la crisis de la  enseñanza en la sociedad capitalista tecnodependiente

El 10 de junio pasado murió Nuccio Ordine con 64 años, a causa de un derrame cerebral. Nació en un pequeño pueblo de Calabria que ni siquiera tenía librería. En una entrevista declaró: “Nacer en una casa sin libros y de padres sin estudios, vivir en una ciudad pequeña sin librerías ni bibliotecas, sin teatros ni espacios culturales, no significa estar condenado a la ignorancia”.  Ordine estudió,  fue a la Universidad y se hizo profesor e investigador  en temas de filología, literatura y filosofía. Vivía en Cosenza, en una casa de campo con más de 20.000 libros en su biblioteca personal. Era profesor de Literatura italiana en la Universidad de Calabria y dictó clases en las universidades de Yale, la Sorbona,  Berlín y  Harvard, como profesor invitado. Era miembro de honor de la Academia rusa de ciencias.  Publicó eruditos trabajos sobre Giordano Bruno y el Renacimiento. En 2013 dio la campanada de la popularidad, fuera del mundo académico, con la publicación de un librito  (lo subtituló “Manifiesto”) de 170 enjundiosas páginas, llenas de pasión, sentido común y profundo conocimiento de la literatura y la filosofía:   “La utilidad de lo inútil”, que en un tiempo récord se publicó en más de veinte lenguas. En España fue publicado por la editorial Acantilado y ya lleva casi treinta reimpresiones. El ya desaparecido maestro del ensayo, George Steiner, dijo de este libro “Una pequeña obra maestra de la originalidad y la claridad”.

Su fallecimiento me entristeció, nadie está preparado para una noticia así. Le seguía fielmente desde que apareció ese libro. Por eso, aunque ya tenía medio preparado un trabajo sobre Murakami, decidí dejarlo para el mes próximo y dar a los lectores de C&C la oportunidad de conocer a este brillante ensayista –los que no tenían ese placer- o de recobrarle, los que ya lo habían leído. Ordine me parece uno de los pensadores más proféticos en torno al binomio interactivo sociedad-cultura. Precisamente en octubre próximo debía recoger el Premio Princesa de Asturias de  la Comunicación y Humanidades 2023.

Nunca como hasta el momento presente ha resultado más adecuado un título como “La utilidad de lo inútil” que está rozando los grandes titulares críticos de una actualidad  - en concreto de la educación y la enseñanza- , condicionada por las leyes del mercado, la prisa, la superficialidad y los efectos indeseables de las tecnologías bajo la hegemonía  dictatorial de las pantallas y el mundo digital. En España vendió más de 80.000 ejemplares de su inteligente libro.

Para complementar el mensaje del citado texto, recobré otro gran volumen de este pensador, comprometido con la “dignitas hominis”: “Clásicos para la vida”, también editado por Acantilado en 2017. En este libro Ordine nos lleva por un apasionante viaje por la literatura de todos los tiempos: acompañados por Shakespeare, Mann, Goethe, Zweig, Borges, su amado Giordano Bruno, Platon, Margaritte Yourcernar, Maquiavelo, Cervantes, Dickens, Rilke, Primo Levi, Boccaccio, Defoe, Rabelais, Saint Exupéry, Baltasar Gracián, García Márquez. Flaubert, Swift, Montaigne, Balzac, Rostand, Cavafis, Pessoa, Calvino, Einstein… en citas que precisamente nos conciernen directa y críticamente en la cuestión, no sólo ética, de saber comprender cuál es el auténtico fin de la enseñanza en escuelas y universidades: preparar a los hombres y las mujeres del mañana para vivir plena, correcta y satisfactoriamente en un mundo atenazado por la codicia, la prisa, la desorientación y la ausencia de valores, todo aquello que alegremente archivamos en el baúl de lo “no útil”.

Precisamente tras una lectura del libro, repleta de emociones literarias –su elección de la obra reseñada de cada uno de ellos, es aleatoria pero modélica-  se termina con una figura sorprendente: Albert Einstein. ¿Qué hace Einstein en un libro dedicado a genios de la literatura?  El Nobel alemán de física, un genio en otra órbita, la científica, hace unos razonamientos sobre la educación que, viniendo de él, resultan reveladores, por su adecuación al mensaje primordial de Ordine y de los autores a los que convoca. En su texto hace gala de su lógica racionalidad humanística y un sentido común fuera de lo corriente en la enrarecida atmósfera científica. “La escuela –escribe Einstein-  siempre debe plantearse como objetivo que el joven salga de ella con una personalidad armónica y no como un simple especialista. Incluso en la enseñanza técnica…lo primero debería ser siempre, desarrollar la capacidad general para el pensamiento y el juicio independientes y no la adquisición de conocimientos especializados”.

Señores funcionarios  del Ministerio de “Educación”, presten atención: es Einstein quien lo dice, no sólo el abrumador  muestrario de genios literarios que aporta Ordine. ¿Para cuándo unos “reformadores” de los planes educativos que se nieguen a ser la “voz de su amo” político? Basta de campañas denigratorias de las humanidades y los clásicos y el énfasis –suicida, a lo largo- en las salidas “profesionales”.

La buena escuela, escribe Ordine  no la hacen ni las pizarras interactivas, ni las tablets y ordenadores en las aulas en vez de libros, o los acuerdos cortoplacistas con empresas y centros profesionales para diseñar una enseñanza práctica a la carta, sino un personal docente respetado y respetable, por sus conocimientos,  y también por sus cualidades humanas e intelectuales. Y el objetivo, además del necesario bagaje técnico indispensable, es hacer de los alumnos  hombres y mujeres capaces  de saber vivir y de gestionar y reclamar su libertad, con espíritu crítico. ¿Suena utópico? Tal vez. Pero es posible.

Vivimos en una época  en la que, según denuncian los propios profesores , las competencias y las capacidades que son objeto de una certificación –indispensables para el mundo laboral y profesional-  son más relevantes que la básica operación de  promover un conocimiento, una actitud  y un enfoque críticos ante lo que se enseña y aprende (y cómo se realizan estas funciones).

Observen que hasta la UE dicta una recomendación sobre el aprendizaje permanente y la empleabilidad y un nuevo sistema de  “microcredenciales”,  poniendo el foco en la paridad práctica entre la enseñanza y la adquisición de  trabajo. Lo cual significa que lo que prima es el mercado y no la formación de ciudadanos instruidos, críticos y autónomos. La sociedad credencialista se impone  y pronto se exigirá un certificado de aptitud  para colgar un cuadro o cortar la rama de un árbol. Así la enseñanza se microparcela y los alumnos deberán esforzarse por objetivos mínimos –es una norma vigente: cada vez se exige menos- , mientras que multitudes  de supuestos enseñantes e instituciones ad hoc devaluarán todavía más las labores educativas y se convertirán en mercaderes de titulitis.

Ordine denunciaba hace unos meses el deterioro de los planes de estudio medios y superiores en la mayor parte de Europa. Las Universidades se han convertido en un mercado complejo que  es fagocitado por las empresas y las exigencias y necesidades de desarrollo de la sociedad de capitalismo avanzado.  De hecho dedicaba uno de sus libros, “Los hombres no son islas” (Acantilado) a “aquellas personas que dedican su vida a enseñar y cambian, silenciosamente, con su trabajo y su sacrificio, la vida de sus alumnos”.

Ordine denunciaba en su país, Italia, la engañosa “efectividad” de la Universidad que se ha convertido en una fábrica de titulados. Raramente se producen deserciones o abandonos de estudiantes y Ordine afirma que la razón está en que se ha bajado muchísimo el nivel de exigencia. No solo en la Universidad, en las escuelas e institutos también. Cita a Rilke con añoranza cuando aseguraba: “Sólo la dificultad te exige hacer el esfuerzo que te hace mejor”. Lo estamos viviendo también en España, donde los exámenes y pruebas acaban siendo un coladero.  Dice Martha Nussbaum que “En casi todos los países europeos parecen orientarse hacia el descenso de los niveles de exigencia para permitir que los estudiantes superen los exámenes con más facilidad”.

Y no solo se trata de materias educativas, también concierne a la formación humana, ética y social de los alumnos. No en vano, como pensaba Ordine, la calidad de ambos niveles esta esencialmente interrelacionadas. A ese respecto, en una entrevista concedida a “El País”, Ordine  señalaba a la tecnología y sus atajos y facilidades como uno de los factores responsables de la decadencia educativa y decía que afectaba también la vida personal de los alumnos: “Es evidente que la sociedad virtual crea nuevas formas de soledad, lo cual es una auténtica paradoja de nuestra época, porque estamos más conectados que nunca pero resulta que estamos solos. Tenemos la ilusión de estar relacionados, pero una relación virtual no puede ser una buena relación, es una forma de relación vacía”.

Para Ordine “escuelas y universidades no pueden ser empresas que se dedican a vender diplomas. Los estudiantes no pueden ser sólo clientes” y critica que la mayoría de los estudiantes acaban creyendo que el éxito en la profesión y la vida se mide por la cuenta bancaria, seducidos por la idea que lo importante es el crecimiento económico y que las universidades y escuelas deben estar al servicio del mercado y las empresas (que se refleja incluso en la terminología usada en la vida universitaria en base a “créditos y débitos”).

Ello no obsta para que reconozcamos que la gestión del conocimiento  a través de la educación y la investigación es un sector que promueve beneficios a corto y largo plazo, por lo que las escuelas y las universidades deben estar relacionadas  con el mundo empresarial, como un requisito básico de la estructura económica de un país. Lo que Ordine sugiere  es un ordenamiento de esa relación, en forma de mecenazgos o inversiones en la generación de conocimiento que luego revertirá en las empresas y el sector económico global. Es preciso un análisis serio del retorno de la inversión en educación y de medidas  que aumentaran su eficiencia y dinamizaría el mercado de trabajo restando preeminencia a la opción funcionarial que suele ser la salida ambicionada por los jóvenes licenciados.

Una de las perlas que se ofrecen a la lectura en los libros de Ordine son sus consideraciones sobre la bondad y necesidad de permitirse las “pérdidas de tiempo” e incluso integrarlas en la vida cotidiana de cada uno. “Reducir la velocidad, hoy en día, significa ‘perder tiempo’. Sin embargo, bien considerado, el conocimiento, las relaciones humanas y nuestro vínculo íntimo y personal con la existencia necesitan sobre todo de una ‘lentitud’ consciente, para mejor saborear lo que vivimos”. A  la larga descubriremos que lo placentero es más útil que lo útil.

 “En el universo del utilitarismo, -escribe Ordine- un martillo vale más que una sinfonía de Mozart, un cuchillo más que una poesía de Neruda, una llave inglesa más que un cuadro de Velázquez: porque es más fácil hacerse cargo de la utilidad de un utensilio, mientras que resulta cada vez más difícil entender para qué pueden servir la música, la literatura o el arte”. Como decía Giordano Bruno: “La sabiduría y la justicia empezaron a abandonar la Tierra en el momento en que los doctos, organizados en sectas comenzaron a usar sus conocimientos con afán de lucro”. Kant y Lacan insisten en la idea: “Una vida  sin virtud y sin principios, no es vida”.

Incluso en el reino de la ciencia, la historia científica nos demuestra que muchas investigaciones científicas teóricas consideradas inútiles, por estar privadas de cualquier intención práctica, han favorecido de forma inesperada aplicaciones –desde las telecomunicaciones a la electricidad- que después se han revelado fundamentales para el género humano. Insiste Ordine en que “Si dejamos morir lo gratuito, si renunciamos a la fuerza generadora de lo ‘inútil’, si escuchamos únicamente el mortífero canto de sirenas que nos impele a perseguir el beneficio, solo seremos capaces de producir una colectividad enferma y sin memoria que, extraviada, acabará por perder el sentido de  sí misma y de la vida”.

El filósofo Heidegger afirma tajante: “Lo más útil es lo inútil. Pero experienciar lo inútil es lo más difícil para el ser humano actual. Se entiende lo útil como lo usable prácticamente y de forma inmediata para fines técnicos, con lo que se consigue algún efecto del que pueda yo hacer negocios y provecho. Pero uno debería ver lo útil en el sentido de lo curativo, esto es, lo que lleva al ser humano  a sí mismo, a sus posibilidades y a su realización.”

Tocqueville aseguraba que “el impulso de lo útil y el envilecimiento de las actividades del espíritu podría tener como efecto que los hombres se deslicen hacia la barbarie” George Steiner critica la mala enseñanza, los docentes no motivados o excesivamente invadidos por la burocracia pedagógica que invade las instituciones educativas y escribe: “Una mala enseñanza es, casi literalmente, asesina y metafóricamente un pecado. Son destructivas las maneras mediocres de enseñar, las rutinas pedagógicas faltas de imaginación y entusiasmo, una instrucción con cínicas metas simplemente utilitarias y siervas de la lógica mercantil del beneficio”. “Hay que resistir, dice Ordine,  a la disolución programada de la enseñanza, de la investigación científica libre, de los clásicos y de los bienes culturales. Porque sabotear la cultura y la enseñanza significa sabotear el futuro de la humanidad”

Y termina su apología citando una simple frase que él mismo descubrió  escrita en un tablón en una biblioteca de un perdido oasis del Sahara: “El conocimiento es una riqueza que se puede transmitir sin empobrecerse. Al contrario, enriquece a quien lo transmite y a quien lo recibe”. Y  afirma: la primera tarea de un buen profesor debería ser reconducir la escuela y la universidad a su función esencial: no la de producir hornadas de diplomados y graduados, sino la de formar ciudadanos libres, cultos, capaces de razonar de manera crítica y autónoma. Reducir al ser humano a una profesión o tecnología constituye un gravísimo error: en cualquier hombre hay algo esencial que va mucho más allá de su actividad como médico, abogado o ingeniero. Por eso Ordine lanza este mensaje: “Cuando el grado de dependencia de los instrumentos tecnológicos supera cualquier umbral sensato, ¿no sería oportuno convertir la escuela en un sano momento de desintoxicación?”  “¿No es la escuela o la universidad el lugar ideal para que los estudiantes sometan a debate si la amistad puede identificarse con un simple click en Facebook o Twiter o Tic Toc y si enorgullecerse de contar con más de mil “amigos” en un perfil significa tener una visión profunda de la amistad y de las relaciones humanas en general?”

Dejémoslo aquí. Insisto en que Nuccio Ordine ha dejado una obra breve pero llena de sugestivos valores. Su empeño en  promover la lectura de los clásicos , la defensa de las humanidades como algo esencialmente útil  y la mejora de la enseñanza a todos los niveles, me recuerda la frase de Giordano Bruno: “todo depende del primer botón: abrocharlo en el ojal equivocado significa, irremediablemente, seguir cometiendo error tras error”.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

FICHAS

LA UTILIDAD DE LO INÚTIL.-Manifiesto. 172 págs. Y, CLÁSICOS PARA LA VIDA. Una pequeña biblioteca ideal. 178 págs. Ambos traducidos por  Jordi Bayod. Publicados por Editorial Acantilado.

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3 junio 2023 6 03 /06 /junio /2023 19:09

Este trabajo ha sido publicado por "Compromiso y Cultura" de junio2023

El que fue  el “niño malo” de las letras británicas, irreverente, divertido, cáustico y sensible, crítico feroz de la vulgaridad y la decadencia de los valores sociales, entra en el panteón de los grandes literatos ingleses del siglo XX.

Cuando supe que Martin Amis había fallecido, a los 73 años, de un cáncer de esófago, durante la madrugada del sábado día 20 de mayo, en su casa de Florida, mientras dormía, comprendí aquello que él definió en su novela “La información”. “Esa información que recibimos de noche hacia los cuarenta años y que nos dice que vamos a morir y que ya nos queda poco tiempo de vida”. Amis es de mi generación y supongo que esa “información” ya la tenía muy asimilada. Se dio el lujo de morir 33 años más tarde y añadiendo el dato de fallecer de la misma enfermedad que su “alter ego” humano y literario, Christopher  Hitchens - “un amor casi gay, pero sin sexo” como lo definió Amis --, aunque 12 años después de él. Amis estaba casado, en segundas nupcias, con Isabel Fonseca, una bellísima chilena de la que se sentía muy orgulloso.

Los personajes de Amis en su novela “La información”, Richard Tull y Gwyn Barry, no son más que las dos caras del multiforme y camaleónico Amis, el “pope” intelectual que despellejaba a Inglaterra usando los estiletes de un humor despiadado y una ironía salvaje y anárquica. En 2011, tras la muerte de Hitchen, Amis fijó su residencia en Nueva York, en el barrio de Brooklyn (más tarde de mudaría a Florida). Todo en la obra sarcástica y satírica de Amis obedece a una dinámica agresiva entre fuerzas que se contradicen entre sí para prevalecer el reflejo oscuro pero también cómico de un mundo detestable en general, con algún amago de ternura en contados momentos. Amis fue al mismo tiempo el escritor Tull, erudito y minoritario, comido por la envidia y la ira frente al éxito de su amigo Barry, un autor de best seller de mediocre calidad con gran encanto mediático y popular.

La publicación en 1983, en la revista cultural londinense Granta,  de un análisis del grupo de los siete escritores más prometedores y sólidos de Gran Bretaña, entre los que figuraba él, rodeado de nombres del nivel de Salman Rushdie, Julian Barnes, Ian McEwan, William Boyd, Kazuo Ishiguro (que se llevaría el Nobel años más tarde, en 2017) y Graham Swift,  fue el pistoletazo de salida de un prestigio y una fama picante debida a sus escándalos y arrogancia -pasto de su “odiada –amada” prensa amarilla- que habría de acompañarle hasta la muerte.

Los excesos temáticos y argumentales de Amis, el “enfant terrible” díscolo y disoluto, estaban servidos por un estilo bastante elegante y una indudable inteligencia lúcida y crítica de  demoledora contundencia cáustica, servidas con los guantes de seda del humor, la ironía y la sátira moral. Su producción estaba al nivel de su avidez económica, su indudable encanto ante los medios -equilibrado por ráfagas de arrogancia petulante, y un elitismo vanidoso que solía mantener a raya- : Quince novelas, relatos cortos, ensayos y memorias desde “El libro de Raquel”. Esta primera novela, publicada a sus 24 años, recibió en 1974 el Premio Somerset Maugham. En España se editó en 1985. Después vendría “Bebés muertos”, “Éxito” y “Otra gente”. Fue en el año 1984 cuando publica la primera novela de su trilogía de Londres, “Dinero”, una sátira inclemente de una sociedad volcada en el consumismo. Después “Campos de Londres” (1989), donde la sociedad inglesa se acerca al apocalipsis moral y la ya citada “La información” (1995) que sale publicada rodeada de un escándalo de anticipos y cambio de agente; también el fin de la amistad con Julian Barnes, cuya esposa había sido hasta ese momento la agente literaria de Amis. Los críticos suelen opinar que dado el conjunto de la obra de los escritores del “team” de Gramma, tanto Barnes como McEwan eran escritores más sólidos y regulares en la calidad que Amis, algo que a éste le soliviantaba (observe el lector como se repite en la vida real el esquema de los dos escritores simbólicos enfrentados en “La información”).

Sin embargo nadie puede restar mérito y valía a obras como “La flecha del tiempo” (1991) en la que el tiempo corre al revés como posibilidad de anular los terribles errores de la historia reciente (un recurso argumental usado ya por algunos otros escritores) donde comienza a tratar literariamente un tema que le horrorizaba y atraía a partes iguales: las pesadillas nazi e  estalinista. “La viuda embarazada” (2010), “La flecha del tiempo” o “La zona de interés” muestran los horrores nazis y “Koba el conquistador” el estalinista. Justamente el día en que murió Amis, en Cannes proyectaban la película basada en “La zona de interés” donde Amis se atreve a llevar su ironía, sarcasmo y humor negro nada menos que al Holocausto. Ya cuando publicó “La flecha del tiempo” Amis consideraba que ese horror irrepetible de los nazis merece ser narrado y tratado de manera diferente, ya que “los nazis tenía mucho de ridículos” y si se invirtiera el sentido del tiempo (hipótesis de la novela)  también veríamos “cómo se invierten las imágenes y los valores”.

 

Su último libro, “Desde dentro” (2020) es una mezcla de géneros, desde la novela autobiográfica, al ensayo literario y, en el fondo, un homenaje a las personas fallecidas que habían sido importantes para él como creador, su padre el novelista Kingsley Amis (del que heredó su tendencia al humor crítico arrogante, al estilo de Swift o de Sterne), el poeta Philip Larkin, amigo de su padre,  Saul Bellow y su “más que hermano” el también escritor y periodista Christopher Hitchens. Salvando a este último, Amis mantuvo una relación profunda y contradictoria con los otros dos, por lo que su obra postrera –que le costó 20 años escribir-  podría ser una forma literaria del freudiano “matar al padre”. Por cierto, su padre, novelista y profesor universitario  (trabajó una temporada en España) fue un autor de enorme éxito en los 50 y su obra “Lucky Jim” lo convirtió en una celebridad nacional. Los enfrentamientos padre-hijo fueron tan sonados que la prensa amarilla –detestada ferozmente por Amis- se cebó con ellos. Sin olvidar a Vladimir Nabokov, el “padre literario muerto”, escondido en el armario hasta que publicó “Visitando a Mrs. Nabokov y otras excursiones” en 1993. Martin estuvo bien servido de figuras “paternales” más o menos controvertidas (quizá no llegó a superar el estadio freudiano de joven rebelde y airado, impulsado por la frustración del rechazo o el juicio paterno).En todo caso se comportó como tal ante la prensa y la sociedad inglesa durante muchos años.

En “Desde Dentro” Amis narra su `primer encuentro y “descubrimiento freudiano” del premio Nobel Saul Bellow, en 1982, aprovechando el envite para nombrar “padre espiritual”  a Philip Larkin  y “destronar” a su progenitor real Kingsley, mientras rememora las noches de juergas londinenses con Christopher Hitchens, con el que compartía trabajo en el New Statesman. Es una fase más de la construcción-deconstrucción de su personaje real-literario favorito: él mismo. Así que la autobiografía  narrada  en “Desde dentro” se convierte en una ficción donde los personajes reales se confunde y mezclan con los literarios, como la casi protagonista del libro Phoene Phelps, que es presentada como la amante del joven Martin. Nuestro héroe se divierte mezclando personajes, datos y anécdotas. Pero todo se da por bueno ya que el lector también se divierte. Lo más relevante de Amis es su capacidad lúdica para jugar con lo real y lo imaginario. Cuando se le preguntó por su actitud ante “Desde dentro” dijo: “Una de las grandes recompensas de ser escritor y tener amigos es que cuando ya no están vivos, aún puedes acercarte a un simulacro de lo que era estar con ellos simplemente escribiendo sobre ellos y leyéndoles. Hago esto todo el rato con mi padre, que junto a Christopher, son las personas que echo de menos para conversar, ponernos al día, bromear, todas esas continuidades tan amenas que engrandecen una amistad. Simplemente, abres sus libros y están de vuelta.”

El lector de estas líneas haría bien en acercarse a su libro de memorias “Experiencia” (2000) que, en cualquier caso, es una obra extraordinaria, de una finura y vigor intelectual sobresalientes. Quizá la novela donde Amis se supera a sí mismo en sus virtudes y defectos –por exceso- sea “Lionel Asbo: el estado de Inglaterra” (2012) que le valió el anatema de la sociedad inglesa pero que es –al margen de su tendencia a la sátira cruel- un retrato inclemente de ciertos aspectos de esa misma sociedad. El retrato del delincuente casi psicótico que gana la lotería y se transforma en un héroe de la prensa sensacionalista, es de una crudeza histriónica indudable, pero al mismo tiempo sumerge al lector en una pesadilla moral donde apenas hay atisbos de ternura con algunos personajes. Todo está impregnado de acerba crítica y desprecio, pero al mismo tiempo, de un atractivo malsano cruzado por ráfagas de humor estrafalario.

Tal como dice Laura Fernández, una de sus entrevistadoras, “en las novelas de Amis los hombres son el sexo débil y lo son de una forma cruel, menos ingenua, más fría y autodestructiva. Las mujeres siempre saben lo que quieren y se disponen a conseguirlo”. Eso da una idea de la inteligencia tan afilada como un bisturí de Amis que, cuando presentó su libro “La información” en el Instituto Británico de Barcelona (creo que fue en el 1996), aseguró enfáticamente: “El gran enemigo del escritor es lo políticamente correcto. El escritor debe contar su verdad”. Y su verdad no tiene por qué ser demasiado razonable o moralmente correcta. El prefirió siempre la sátira, la provocación y la ironía. Por eso se define egocéntrico, ambicioso y con un “desdén absoluto” hacia sus rivales. “Es embarazoso reconocerlo, pero Gore Vidal decía que su corazón se alegraba cuando veía los libros de sus rivales en la sección de saldos de las librerías. No es suficiente con triunfar; los otros, además, tienen que fracasar”.

En el 2019, a punto de llegar a los 70 años, Amis que conservaba toda su enorme vitalidad, su mordacidad y su sarcasmo verbal, publica “El roce del  tiempo” (medio centenar de cortos ensayos sobre temas diversos, desde Maradona, a la princesa Diana, Nabokov o Travolta), hace sonoras y desvergonzadas declaraciones contra el presidente Trump, al que detesta, la amenaza del Brexit que le alarma y le hace establecerse en Estados Unidos. En una entrevista admite que es un escritor poco popular, aunque no controvertido. Y deja una frase que termina de dibujar el aspecto polemista de nuestro autor: “No buscas la polémica, pero si te la encuentras tienes que estar preparado y no debes intimidarte. Así que cargas hacia delante. Yo todavía sigo en esto”.

El escritor nos ha dejado un legado literario de bastante valor y solidez. Irregular y a veces por debajo de su calidad habitual. Pero eso queda compensado con la coherencia  entre su obra –novelas, ensayos y  libros inclasificables- y el estilo de vida que mantuvo desde su alborotada y airada juventud hasta su madurez inteligente, provocativa y siempre autopublicitaria. Amis fue un escritor insolentemente triunfador, un Barry, que secretamente quizá envidiaba la figura romántica y angustiada de un gran erudito literario, un Tull, autor de una obra maestra, que sólo se descubriría cuando él hubiera muerto, lejos de todos los focos de la fama y de una sociedad fagocitaria, vulgar e inclemente.

En mi mundo de referencias literarias, Martin Amis fue, desde el principio, “uno de los nuestros”. Me refiero a mi generación. Recuerdo que comentábamos su osadía y desparpajo en el bar de la Facultad de Filosofía y Letras, en el viejo edificio de la Plaza Universidad de Barcelona donde alborotaba el ágora literaria estudiantil de la época. Más tarde, con el paso del tiempo, algunos nos sentíamos más cerca de Barnes o de McEwan. Pero el “grupo Granta” nos atraía más que el “nouveau roman” francés o la disciplinada novela alemana o la vocinglera - y forrada de dólares- pandilla literaria de los USA. E incluso que la cuadrilla hispanoamericana, que ya rompía moldes, Cortázar, García Márquez, Vargas Llosa…

En suma pocos escritores en la historia de la literatura han utilizado un estilo tan brillante, tristemente cómico y agudo para narrarnos las historias sucias, desesperantes de vulgaridad y tan gratuitamente agresivas; ni han dudado en ofrecernos de una manera impecablemente irónica y sarcástica los defectos y lacras de la sociedad --consumista y abducida por las pantallas y el sensacionalismo-- en que vivimos. Como el mismo dijo: “El mundo entero es ‘fast food’, shows y delitos sexuales y revistas y tabloides chabacanos e insultantes”

Por tanto, amigo Martin Amis, descansa en paz. Siempre serás uno de los nuestros.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

FICHAS

Prácticamente todos los libros de Amis se pueden encontrar en la Editorial Anagrama, excepto “El infierno imbécil” (El Aleph editores) o “La invasión de los marcianitos” en Malpaso Ed. La selección que sugiero es: “La información”, “Dinero”, “Experiencia”, “Lionel Asbo”, “La zona de interés” y “El libro de Rachel”. Todos en Anagrama.

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4 mayo 2023 4 04 /05 /mayo /2023 10:45

Ensayo publicado en la revista "Compromiso y Cultura", mayo de 2023

“Si una noche un viajero leyera estas páginas: homenaje al centenario del escritor italiano”

En 1980 la editorial Bruguera editó “Si una noche de invierno un viajero” (1979); en 2023, la editorial Siruela ha reeditado los principales libros de Italo Calvino, incluido el citado, en una nueva colección, la Biblioteca Calvino, que recoge toda la obra de este autor italiano, cuyo centenario se cumple este año. Son libros rediseñados en base a una estética que parece haberse inspirado en el mundo fantástico e intemporal de Calvino, en el que los vizcondes demediados, los barones rampantes o los caballeros inexistentes crean en el lector una curiosa e insistente necesidad de participar y convivir con sus historias.

Calvino nació en Cuba en 1923, donde sus padres, italianos, trabajaban como agrónomos y botánicos. Dos años más tarde la familia vuelve a Italia y se instala en San Remo, donde dirigen una estación experimental de floricultura. En los convulsos 40  Italo realiza una licenciatura en Letras –presenta una tesina sobre Josep Conrad- y durante la ocupación alemana lucha como partisano de la Columna Garibaldi y se inscribe en el PC. Esta vida comprometida tiene un fruto literario “Los senderos de los nidos de araña” (1947) y le lleva a un estilo de vida relacionado con la literatura y los libros (gracias a Cesare Pavese –otro grande de la literatura italiana- , trabaja como editor en la famosa editorial Einaudi). En 1985 murió, con 62 años, de una embolia cerebral.

Así que relájate, lector. Estás leyendo un artículo sobre la nueva colección de los libros de Calvino. Adopta una postura más cómoda, alarga los pies sobre un cojín, regula la luz, en cuanto te hayas sumido en la lectura, ya no habrá forma de moverte. El Cronista te informa de que ha salido la nueva colección de los libros de Calvino y ya  programas una visita a tu librería preferida. Un día, compras tres volúmenes de la nueva colección, que hablan de “Nuestros antepasados”,  una serie de entrevistas realizadas a Calvino con el título de “He nacido en América” y  “Si una noche de invierno…”. Pero  te dispones a leer este artículo y antes de entrar en él, miras si es muy largo, echas un vistazo rápido a las ilustraciones y te preguntas si el Cronista te va a contar algo que no sepas o interesante sobre Calvino, o sobre su novela o alguna novedad que ignorabas en sus entrevistas realizadas desde 1951 a 1985, el año en que el autor italiano falleció. En 1980 el Cronista había leído en una edición de Bruguera  “Si una noche de invierno…” y se había sentido atraído por Calvino. Ahora, en 2023, en el centenario del autor, recupera esas lecturas. Y es que este girar en torno a los libros de Calvino forma parte del placer de los tres libros nuevos que tú, Lector, ya tienes sobre la mesa. Aún en la bolsa de papel de la librería, los libros de Calvino te esperan con sus hermosas portadas, prometiendo unos placeres que han de consumarse con la lectura. Tú, Lector, aún no te has dado cuenta de que el Cronista, que es un admirador de Calvino, está siguiendo contigo el mismo juego que el novelista italiano establece con el Lector y la Lectora de su novela “Si una  noche del invierno…”.  En esa novela, tras el primer capítulo, el Autor provoca consecutivas  inmersiones  en nueve nuevas novelas totalmente distintas a la que el Lector había empezado a leer. Y es que, se produce un problema muy enojoso: tras  leer unas pocas páginas, el Lector descubre que el libro está defectuoso. Va a la librería  para cambiarlo y allí se encuentra con  Ludmilla, la Lectora. Pero el incordio vuelve a aparecer. Una u otra vez, cada vez que comienzan la lectura del nuevo libro engastado en el anterior, se volverá a frustrar la lectura en el momento más apasionante, para iniciar una nueva novela igual o más atrayente. Y así  en nueve ocasiones. El Lector no llegará a completar la lectura de ninguna de ellas. Y este proceso acabará  junto a la Lectora, que le ha acompañado desde la segunda inmersión en esa aventura literaria  --con ecos de “Las mil y una noches” --y con la que más tarde se unirá en matrimonio y descubrirán ambos, en la última página, que hay otra novela que tiene como título la suma de los títulos de las nueve anteriores.

Y ahora añadimos a todo esto una pequeña variación: el Cronista no hará ir al Lector de un inicio de novela a otro -como ocurre en “Si en una noche de invierno…”-  sino de un libro de Calvino a otro. Y para seguir con el paralelismo sólo te dará algún detalle esencial de cada uno de los libros para llamar tu atención y provocarte para que vayas a una librería y te hagas con ellos para leerlos cuanto antes. Así ganamos todos: Italo Calvino, por ser más conocido; el Cronista para que las personas que le lean descubran y gocen de un escritor genial y el Lector, para vivir un tiempo con la obra de un novelista que estimulará su fantasía, su imaginación y su inteligencia. Y, puede que el Lector de estas páginas de “Compromiso y Cultura”, conozca a través de comentarios intercambiados sobre este artículo a una Lectora de dicha revista y se embarquen ambos en leer las novelas de Calvino que vamos a recomendar. Y, tal vez, acabe casándose con ella. Cosas más asombrosas ocurren en las obras de uno de los mejores narradores italianos del siglo XX.

Quizá  la más original obra de nuestro autor sea la trilogía “Nuestros antepasados”, formada por las novelas “El vizconde demediado” (1952), “El barón rampante”  (1957) y “El caballero inexistente”  (1959) –publicadas cada una de ellas en la década de los cincuenta y reunidas por Calvino en dicha  trilogía en 1960-. Las narraciones transitan por los tiempos de Carlomagno en  la Edad Media;  la guerra de Bohemia contra los turcos, en el siglo XV  o el final del siglo XVIII, en la época  de la Revolución francesa y las guerras napoleónicas. Calvino diseña en la trilogía una genealogía fantástica del individuo contemporáneo a través de tres personajes dotados de características singulares. Estos tres personajes encarnan aspectos de la naturaleza social y política popular italiana que quedaron afectados por el desencanto de la posguerra  que vivió el país. De ahí el juego de preguntas y respuestas que el autor propone a sus lectores, reflejadas en imágenes que sugieren significados sorprendentes. Una dialéctica imagen-palabra que constituye una de las características más llamativas del peculiar estilo poético narrativo de Calvino. Él, dice, escribe y publica la trilogía para “salvar la esperanza”  en el humanismo de la época, a través de tres personajes alegóricos y unas anécdotas surrealistas: una figura partida por la mitad, una armadura deshabitada y un hombre que vive su vida subido a un árbol.

Recordemos: el vizconde  Medardo de Torralba recibe un cañonazo y queda partido en dos. Ambas mitades sobreviven por separado. Y no solo el cuerpo, también su espíritu. De ahí que una de las mitades es malvada y la otra tan buena que parece tonta. Se trata de la dicotomía del mal y del bien en una sola persona, como el doctor  Jekyll  y el malvado señor Hyde de Stevenson. En la fábula, el Lector verá reflejarse nítidamente la naturaleza humana. En “El caballero inexistente”, Agilulfo Emo Bertrandino de los Guildivernos y de los Otros de Corbentraz y Sura, Caballero de Selimpia Citerior y de Fez, tiene una digna prosapia familiar histórica, pero un pequeño inconveniente: en el interior de su armadura, tras la celada empenachada  no hay ningún rostro y bajo el formidable aspecto de fuerza y poder de su armadura no existe ningún cuerpo. Agilulfo no tiene “ser” pero si una voluntad profunda y una fe intensa en “querer ser”. Calvino derrocha imaginación, humor e ironía en esta parábola que, una vez más, induce al Lector a encontrar paralelismos. Y, para terminar, la historia increíble de Cósimo Piovasco di Rondó, el Barón Rampante, que el día de 15 de junio de 1767, con doce años de edad, sube a un árbol y decide no volver a poner el pie en el suelo. Dotado de una gran inteligencia y de medios suficientes para mantener su decisión, Cosimo se convierte en Enciclopedista, como cabía esperar de un personaje ilustrado en la Europa del Siglo de las Luces. En su atalaya natural, el Barón es testigo del paso de la historia de su tiempo, conoce el amor, la violencia y la muerte y se convierte en una figura dinámica en la guerra y la revolución…sin bajar de su árbol. Todo ello a través de una imaginación poética extraordinaria y un dominio del absurdo filosófico, la alegoría, el simbolismo y la fantasía. Calvino nos ofrece, tras el espejo deformado de su fuerza narrativa, una visión crítica del hombre contemporáneo, de su soledad, sus temores, sus mentiras y la busca de la libertad que justifique su existencia.

Esta misión de intelectual comprometido  con su tiempo es aún más evidente en otra trilogía temática: la que forman las obras “La especulación inmobiliaria” (1957) “La nube de smog (1958) y “La jornada del interventor electoral” (1963). Calvino novela los paisajes disruptivos de una Italia inmersa en un progreso económico que arrasa con su identidad cultural. El asedio inmobiliario de los paisajes y las costas italianas a finales de los 50 y 60, provoca que el talante crítico de Calvino nos muestre los problemas sociales y psicológicos que provoca un crecimiento económico especulativo y fuera de control.  En “La nube de smog”, una novela extrañamente actual, plena de ironía y humor, se nos cuenta los entresijos del problema de la contaminación industrial, la población sometida y los medios de comunicación financiados por el consorcio de industriales. En la época en que Calvino publica estas tres novelas, finales de los 50, el escritor ha perdido su confianza en el comunismo y abandona el partido públicamente, hastiado y confuso, tras la invasión de Hungría por la URSS.Y refleja su estado en “La jornada de un interventor electoral” que se desarrolla en el Cottolengo de Turin y refleja la manipulación electoral que se hace de la pobre y enferma humanidad de la zona. Esas tres obras muestran el compromiso intelectual crítico de Calvino contra la alienación y corrupción de su tiempo.

Dentro del formidable catálogo de la obra de Calvino en Siruela –casi cuarenta novelas y ensayos-  hay algunos dedicados a los libros y los autores en sí mismos, no sólo a la lectura –como el volumen de correspondencia “Los libros de los otros”, “Los cuentos populares italianos”, “Cuentos fantásticos del XIX”  “Mundo escrito y mundo no escrito” o “Por qué leer a los clásicos”.  En este último aseguraba: “Un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir”. Y precisamente eso es lo que ocurre, por ejemplo, con su obra  “Las ciudades invisibles” (1972).  Tengo sobre mi mesa la edición que Minotauro (Edhasa) hizo en el 1983 de esa curiosa y onírica novela, en la que un triste y melancólico Gran Kan o Kublai Kan, recibe a un Marco Polo cansado y crepuscular para que éste le cuente sus viajes a ignotas y extraordinarias ciudades perdidas en la vastedad de los dominios del gran conquistador. En brevísimas descripciones, Marco Polo va desgranando un firmamento de legendarias ciudades inexistentes, todas con nombres de mujer, como estrellas en el cielo impasible del Fin de los Tiempos. En todas ellas pervive algún elemento lleno de belleza y misterio y otros como pesadillas del Bosco, hasta ir conformando la megalópolis informe y monstruosa que como una ameba gelatinosa va cubriendo el planeta. “Creo haber escrito –dijo—algo como un último poema de amor a las ciudades… lugares de trueque de palabras, deseos y recuerdos”. Lugares donde se intercambian los rescoldos de la memoria, del pasado y los reflejos del presente huidizo. Un libro de nostalgia donde flota eterno e inexistente el espíritu de un escritor universal.

Como afirma Calvino en “Seis propuestas para el próximo milenio”: “En ciertos momentos me parecía que el mundo se iba volviendo de piedra: una lenta petrificación, más o menos avanzada según las personas o lugares, pero de la que no se salvaba ningún aspecto de la vida”.  Esa es una lúgubre impresión que más o menos vamos compartiendo todos los que nos dedicamos al análisis y comentario del curso actual de las cosas del mundo y del talante de los ciudadanos sometidos a todo tipo de crisis sistémicas. Pues bien, quizá la obra de Calvino, y la de unos pocos clásicos más, sean un remedio homeopático y casi salutífero para equilibrar un poco a los ciudadanos del siglo XXI. La inyección de optimismo, imaginación y humor irónico pero contagioso que proporciona la lectura es, en sí misma, un suplemento vitamínico espiritual para tiempos de agobio como los que nos infligen y los que nos esperan en un horizonte cercano.

 

Con esto, amigo Lector y amiga Lectora, este artículo en “Compromiso y Cultura” dedicado a Italo Calvino llega al final. El círculo se cierra con unas palabras del escritor italiano, surgidas del libro de entrevistas “He nacido en América”. Nos dice Calvino: “Requiero de un gran esfuerzo de voluntad para empezar a escribir algo, porque sé que me aguarda la fatiga, la insatisfacción de intentarlo una y otra vez, de corregir, de reescribir…pero lo más importante es dar una impresión de espontaneidad”.  Y esa confesión engrandece la figura de Calvino, ya que la impresión que prevalece  durante su lectura es que uno asiste a un derroche de espontaneidad creativa.  Y se cierra el broche que el Cronista había abierto con “Si una noche de invierno, un viajero”. Porque al igual que Calvino es un Autor dotado de las alas de la fantasía y la imaginación y de un espíritu simbólico y alegórico borgiano, el Lector y la Lectora se han trasmutado de seres de ficción en una novela de un autor italiano de mediados del siglo XX, en unos personajes reales parejos del siglo XXI , lectores de una revista llamada “Compromiso y Cultura”, que casi seguro no conocen la obra de Calvino y a los que el Cronista ha desafiado a que lo hagan, con la confianza en que el Autor nos llevará a todos por buen camino. Es decir: nos contagiará el maravilloso virus de la lectura.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

FICHAS

Casi cuarenta obras de Italo Calvino, editadas en la nueva colección que lleva su nombre por ED. SIRUELA. He trabajado con dos de esos libros  “Nuestros antepasados”, “He nacido en América” y con ediciones antiguas de mi biblioteca particular con el sello de Ed. Bruguera y Ed. Edhasa. “Si una noche de invierno, un viajero”, “Las ciudades invisibles”, “La nube de smog”, “La especulación inmobiliaria” y “La jornada de un interventor electoral”.

 

 

 

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1 abril 2023 6 01 /04 /abril /2023 17:22

Texto publicado en la revista Compromiso y Cultura, abril 2023

Es el símbolo del escritor judío del siglo XX, profeta ignorado y víctima de la locura humana

 

No hay ni un escritor, filósofo o crítico literario  del siglo XXI que cuando descubre la obra de Stefan Zweig –uno de los grandes “olvidados” de la literatura en los últimos cuarenta años—no se sorprenda  ante la dimensión gigantesca de este escritor, pensador, ensayista y novelista que fue uno de los grandes intelectuales idolatrados en todo el mundo durante los primeros setenta años del pasado siglo. La trágica circunstancia de su muerte –se suicidó con 61 años, junto a su esposa Lotte, de 34, en Petrópolis (Brasil) en febrero de 1942—fue uno de los hechos infamantes que cabe apuntar en la gigantesca lista de oprobios indirectos de la  demencia furiosa nazi, (esa cagarruta “ideológica” de ciertos seres humanos, que parece resurgir en nuestros días), descrita en su novela “Amok” por  Zweig

La primorosa edición que Páginas de Espuma ha hecho de su narrativa breve, “Cuentos completos”, (aprovechando la ola de rescate de este autor tras la liberación de los derechos de edición) con traducción de Alberto Gordo, sólo tiene un defecto, en opinión de este viejo lector acostumbrado a un tipo de editores que  no abundan ( los “viejos” Plaza Janés, Planeta, Bruguera, Alianza, Muchnik  o Seix Barral): ¿hubiera encarecido mucho la edición haber añadido un estudio, siguiera de una decena de páginas, sobre el autor, su obra, su historia y su regia importancia en la literatura?  Por favor, muchos de los que nos dedicamos al oficio de la pluma, estaríamos dispuestos a hacer ese trabajo “gratis et amore” con tal de rendir un servicio al lector y un homenaje al escritor que amamos los “lletraferits” del siglo XX).

Stefan Zweig (1881- 1942) era un todoterreno literario: cuentos, novelas, biografías, historia, crítica literaria, ensayo, poesía, teatro…Ameno, bien informado, con un pensamiento sólido y bien razonado, brillante, poético, inteligente y dotado de sentido del humor, sencillez y un gran respeto hacia la belleza, la razón y la magia de la creación artística. Su discreción, modestia y pundonor personal y profesional, virtudes unidas a su genio creativo, le convierten en un ejemplo poco habitual de escritor importante que también era una buena persona, recta y compasiva  y un ciudadano consciente de su tiempo y con criterios éticos .

En estos cuentos que hoy glosamos y en la totalidad de su obra Zweig nos regala uno de los mejores conjuntos  literarios dedicados al ser humano, su complejidad, sus defectos y mezquindades, pero también su grandeza, su búsqueda del amor y su debilidad ante las emociones. Para los que conocen y aman a Zweig, esta edición nos brinda la oportunidad de conocer relatos  poco editados y alguno prácticamente inédito  para el lector español. Y también propicia el reencuentro con piezas como “Los ojos del hermano eterno” o “Mendel, el de los libros”, un cántico este último a algo que el escritor viviría de una forma discreta toda su vida,  pero que le llevaría al prematuro final: su condición judía. Pero es en el aspecto emocional donde el romanticismo y la sensualidad nostálgica de Zweig, brilla con fuerza: “Veinticuatro horas en la vida de una mujer” o “Carta de una desconocida”.

El sesgo trágico de Zweig, que le hacía ver el suicidio como un recurso válido contra la injusticia y el sufrimiento, le acompañaría desde muy joven. Su primera mujer, Fridericke (se divorció en 1938), escritora a su vez y autora de una biografía de su exmarido, conocía esa pulsión suicida, una expeditiva forma  de rechazo total a la vida –en determinadas circunstancias-  que Zweig contemplaba con  frialdad racional. En muchos  de sus novelas y relatos los protagonistas acaban suicidándose. Tal como la vida de exiliado y el temor a un triunfo global de los nazis le empujaron a tomar los barbitúricos-veronal-  que acabaron con él y su esposa. “El mundo de mi lengua ha desaparecido y mi patria espiritual, Europa, se ha destruido a sí misma”, rezaba la nota que dejó junto a sus cadáveres.

En su hora más triste y a la espera del trágico final, Stefan Zweig trata de hacer de la necesidad virtud y escoge para ello, como consolación filosófica, al austero Montaigne cuyo mensaje vital se concentra en la voluntad persistente de mantenerse al margen, independiente y seguro ante el mundo brutal y violento que le rodea (paralelismo histórico con el momento que vive Zweig, aterrorizado ante la vesanía nazi que amenaza comerse al mundo entero). El libro está lejos de ser un académico ensayo filosófico. Muy al contrario, destila la emoción, el miedo, la inteligencia y las dudas de un intelectual que parece hundirse poco a poco ante una situación a la que no ve salida. Como Boecio busca una consuelo en la filosofía que la filosofía no puede darle y como Boecio se siente en una prisión y esperando la ejecución. Por eso en su carta de despedida antes de suicidarse escribe: "Saludo a todos mis amigos. Ojalá lleguen a ver el amanecer tras esta larga noche. Yo, demasiado impaciente, me voy antes que ellos". Y recuerda una frase de Montaigne: "La muerte voluntaria es la más bella. La vida depende de la voluntad ajena; la muerte, de la nuestra". En una carta a Herman Hesse, al que considera un alma gemela, escribe "En ocasiones la amargura nos impregna como el agua a la esponja". Y  menciona la ruina del mundo que él ama en el caos nazi en Europa. Hesse compartía la extrema decisión de su amigo, ya que él mismo intentó en dos ocasiones recurrir al suicidio como vía de escape a situaciones no aceptables.

Especialmente significativo es su bellísimo relato sobre  Jakob Mendel, un original, tímido, introvertido, solitario y excéntrico librero de viejo que durante más de treinta años acude, cada día, desde primera hora de la mañana y hasta la noche, justo antes del cierre, al café Gluck de Viena, donde ocupa siempre a la misma mesa y consume dos cafés y unos pocos bollos de pan. Es una institución cultural del local. En su rincón lee, escribe, estudia y se ocupa de su negocio, vender libros y por supuesto buscarlos primero, gracias a ser un desconocido -- pero famoso en círculos minoritarios de eruditos -- experto en libros, en fechas y lugares de publicación, en editores, en autores, en géneros. Es como un ordenador humano, una biblioteca ambulante, una autoridad bibliófila, una eminencia dotada de un cerebro portentoso. Vive para los libros y ellos son toda su vida, ajeno a lo que ocurre en el mundo, en su ciudad, a dos metros fuera de su mesa. Ni tan sólo se ha enterado de que en torno suyo el mundo se derrumba a causa de la I Guerra Mundial. Esa será su perdición. Por un motivo fútil, dos postales enviadas a dos países enemigos, Inglaterra y Francia, reclamando catálogos de libros, pondrá en marcha la absurda y fatal maquinaria represiva de la policía y el ejército, en un país de tradición prusiana. Terminará en un campo de concentración y comenzará la caída hacia el olvido y la muerte. Mendel parece surgido de una novela de Kafka. Pero nace de la pluma de Zweig, un hombre que comienza a montar en su mente una historia semejante que reflejará su propio final.

Stefan Zweig  ha sido para mí, desde mi juventud, un amigo leal al que recurrir en las situaciones más variopintas y por ello  adquiría las rústicas ediciones de Plaza Janés, que aún conservo, subrayadas y anotadas. Después Zweig cayó en el olvido desbancado por inquietudes literarias más afines con el tiempo y la edad. Por tanto, la aparición del volumen "Novelas" en Acantilado, hace algunos años, me atrajo como un imán. Ya sabía de las ediciones en ese sello de la obra de Zweig --de hecho tengo en mi biblioteca algunos de los títulos que ha ido sacando en los últimos años -- pero la presentación en un solo volumen de 1560 páginas en papel biblia de sus mejores once novelas fue irresistible.  Este escritor que resume como pocos el talante y características de los escritores clásicos de centro Europa (quizá a la par de otros menos conocidos pero de excelencia semejante, como Sandor Marài) nos ofrece las claves para entender los cambios que llevó de la Europa previa a la Primera Guerra mundial al caos ideológico y social que propició la Segunda Guerra (y preparó el terreno para el actual desbarajuste sangriento que aflige a buena parte del mundo en que vivimos).  Hay quien opina que Zweig es un escritor menor respecto a aquellos que respiraron con él la existencia de aquellos años, como Robert Musil, Thomas Mann o Kafka. Una relectura de alguna de sus novelas, nos convence de inmediato de que no es así. Yo creo que estos autores no son comparables. Que no se puede --ni se debe-- establecer juicios de valor entre aquellos monstruos literarios y Zweig. Simplemente hay que leerlo y disfrutar con la justeza  y elegancia de expresión, el dominio de la tensión narrativa, el buen gusto y habilidad para la descripción de ambientes y personajes. Es como ver una buena película de época (de hecho Zweig ha inspirado con sus novelas algunas grandes películas). Pero en sus novelas, que el lector devorará como alimento del alma, nos fascinará la precisión psicológica de los retratos de los personajes, el análisis no carente de humor de la burguesía de la época (no tan alejada de la de nuestro tiempo), las facetas románticas de una sociedad (de eso ya nos queda poco hoy día) que pensaba que podría evitar la hecatombe a pesar de la evidencias en contrario.

En “El exilio imposible” el soberbio libro de  George Prochnik se estudia el duro proceso del exilio y en la suerte variada, esquiva y generalmente dolorosa que sufrían los que debían abandonar pasado, bienes, nombre y raíces para enfrentarse con un futuro casi siempre indeciso y problemático. Una suerte muy diferente a la de otros escritores en lengua alemana como Thomas Mann, Hannah Arendt y Bertolt Brecht que supieron convertir el exilio en una forma de afirmación, resistencia y defensa de sus valores personales y los de su tierra lejana. Zweig, con un corpus literario de enorme fuerza y valor, se rindió a sus 60 años en una depresión que le llevaría a la muerte. George Prochnik, profesor de Literatura inglesa en la Universidad Hebrea de Jerusalén, no realiza una biografía al uso, sino un apasionado y personal desafío para desentrañar las causas psicológicas y ambientales, la mala fortuna también, que llevarían a Zweig a su dramático final. El biógrafo, también descendiente de judíos alemanes que huyeron de los nazis, viaja a Brasil, Viena y Westchester, en busca de elementos causales que aclararan la sorprendente decisión de Zweig, aunque también muestra la dificultad inherente a un intelectual de esas características siempre escudando su interior tras las páginas de su obras (algunas de la cuales como las biografías de Erasmo o Freud, parecen jugar con elementos concomitantes con la actitud personal y vital del escritor). Y define: "Zweig, el exiliado fracasado por excelencia, ofrece una fórmula precisa para la emigración tóxica, lo que podría llamarse 'síndrome de la mujer de Lot': no podía dejar de mirar atrás por encima del hombro hacia un pasado feliz e irremediablemente perdido, desdeñando y descuidando el presente y el futuro" . Y nos ofrece un retrato preciso y poco complaciente el escritor “acaudalado ciudadano austriaco, un incansable judío errante, un autor magníficamente prolífico, un infatigable defensor del humanismo paneuropeo, un anfitrión impecable, un histérico en casa, un noble pacifista, un populista barato, un hedonista remilgado, un amante de los perros, un aborrecedor de los gatos, un coleccionista de libros, un dandi, un depresivo, un adepto a los corazones solitarios, un ocasional donjuán que se comía con los ojos a los hombres, un sospechoso de exhibicionismo, un adulador de los poderosos, un defensor de los desvalidos, un cobarde frente a los estragos de la edad, un estoico ante los misterios de la tumba” .

El libro ahonda en todo ello y trata de encontrar una razón suficiente que explique el drama. Hay fuerza en esta narración de curso a veces errático, apasionado, con páginas llenas de exaltación (el lector se encontrará con párrafos sobre el amor a los libros, una de las razones de vivir de Zweig que conmueven). La nómina de amigos célebres y conocidos de Zweig resulta abrumadora (Einstein, Freud, Theodor Hertz, Karl Kraus, Jules Romains, Joseph Roth,Hendrik van Loon...) que pasan de forma fugaz y errática por el trabajo de Prochnik (lamentamos la falta de un trato más claro y documentado o reflexivo) Falta una estructura y un sistema, pero eso no es un defecto, dada la apasionada visión que nos ofrece el autor de un novelista por sí mismo, errático y poseedor de mil rostros diferentes.

En “El mundo de ayer”, Zweig acaba con una frase premonitoria: "El sol brillaba con plenitud y fuerza...mientras regresaba a casa, de pronto observé mi sombra ante mí, del mismo modo que veía la sombra de la otra guerra detrás de la actual. Durante todo este tiempo, aquella sombra ya no se ha apartado de mí: se cernía sobre mis pensamientos noche y día; quizá su oscuro contorno se proyecta también sobre muchas páginas de este libro". Esa sombra hace de la lectura del libro un estremecedor y patético documento de un hombre derribado junto a todo lo que valoraba, pero al mismo tiempo una profunda reflexión sobre la necesidad de superar los nacionalismos ("la peor de todas las pestes: envenena la flor de nuestra cultura europea"), de integrar las diferencias, de unirse bajo una bandera de paz, cultura, concordia y colaboración: "un mundo ordenado, con estratos bien definidos y transiciones serenas, un mundo sin odio", semejante al mundo de su juventud que creía que "el progreso técnico debía ir seguido necesariamente de un progreso moral igual de veloz!".

En cambio Zweig gime por su generación y se pregunta "¿qué no hemos visto, no hemos sufrido, no hemos vivido? Hemos recorrido de cabo a rabo el catálogo de todas las calamidades imaginables (y eso que aún no hemos llegado a la última página)" Y con terrible sencillez dice "He sido homenajeado y marginado, libre y privado de libertad, rico y pobre...por mi vida han galopado todos los corceles amarillentos del Apocalipsis, la revolución y el hambre, la inflación y el terror, las epidemias y el exilio...". Y termina con “Si los perseguidos y expulsados hemos tenido que aprender un arte nuevo, desconocido, ha sido el de saberse despedir de todo aquello que en otros tiempos había sido nuestro orgullo y nuestro amor”.  Su canto de amor a la Viena que conoció es asombroso y decididamente utópico: “Era magnífico vivir allí, en esa ciudad que acogía todo lo extranjero con hospitalidad y se le entregaba de buen grado; era lo más natural disfrutar de la vida en su aire ligero y, como París, impregnado de alegría”. Y la burguesía judía era el principal sustento del arte, el teatro, los libros, la cultura en general. No es sorprendente que en el siglo XX surgieran figuras como Gustav Mahler, Schönberg, Hofmannsthal, Schnitzler, Max Reinhardt y Sigmund Freud, y Ludwig Wittgenstein, todos judíos.

En el prefacio de su último libro, Zweig se queja de no tener ninguno de sus libros o documentos a su disposición para escribirlo. Debía fiarlo todo a su memoria. "Tres veces me han arrebatado la casa y la existencia, me han separado de mi vida anterior y de mi pasado, me han arrojado al vacío, en ese no sé adónde ir, que ya me resulta tan familiar".  Y todo eso por ser judío, además de escritor, austríaco, humanista, pacifista y europeísta. Quizá nadie podría personificar mejor al protagonista de “El hombre sin atributos”, la gran novela de su compatriota Robert Musil (que nació y murió casi en las mismas fechas que él). Zweig fue “el genio sin atributos”. Y, como escribe  con cierta dureza Prochnik, la vida de Zweig invertía el orden del comentario de Marx sobre la historia que se repite, la primera vez como tragedia y la segunda como farsa. La historia de Zweig coquetea con la farsa primero, para terminar como tragedia.

LIBROS : CUENTOS COMPLETOS.-Stefan Zweig. Trad. De Alberto Gordo. Ed. Páginas de Espuma. 1348 págs. –EL EXILIO IMPOSIBLE.-George Prochnik. Trad. Ana Herrera.- Ed. Ariel.413 pág. NOVELAS. Ed. Acantilado. Varios traductores.1550 págs.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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5 diciembre 2022 1 05 /12 /diciembre /2022 19:39

ARTÍCULO PUBLICADO EN LA REVISTA "COMPROMISO Y CULTURA" DE DICIEMBRE DE 2022

El 18 de noviembre de 1922 moría el escritor Marcel Proust en su apartamento parisino del número 44 de la Rue Hamelin, 4ª planta. Tenía 51 años y fallecía a causa de una neumonía mal tratada, a la que se rindió sin oponer resistencia. La enfermedad degeneró en una septicemia, a pesar de que su hermano,  Robert, eminente médico, intentó administrarle fármacos (que él se negó a admitir) y le acompañó hasta su muerte, junto a Celeste Albaret, la fiel ama de llaves, enfermera y secretaria del escritor.

Hasta unas horas antes de fallecer, Marcel siguió corrigiendo incansablemente el último volumen de su “En busca del tiempo perdido”, una “opera magna” que no sería publicada en su totalidad (siete volúmenes, en su edición en español) hasta cinco años después de su muerte. En 1919, tras publicar el segundo libro, “A la sombra de las muchachas en flor”, se le concedió el Premio Goncourt, el 10 de diciembre de ese año, generando un escándalo mayúsculo en los periódicos y en las sociedades literarias francesas. Proust era entonces un semi desconocido autor  y estaba considerado un snob lleno de frivolidad y artificios aristocráticos. Hasta el gran Andrè Gide, director literario de la editorial Gallimard, había rechazado el primer volumen “Por el camino de Swann” para su publicación (de lo que se arrepentiría no mucho más tarde: envió una carta a Proust pidiéndole perdón por su “inmenso error”). La obra de Proust había desbancado al gran favorito, Roland Dorgelès, un escritor joven que había combatido en las trincheras devastadas de la I Guerra Mundial y presentaba su novela “Las cruces de madera”, basada en sus horribles experiencias en el frente. Se consideraba su obra como una réplica francesa a “Sin novedad en el frente”, la mejor novela escrita sobre la Gran Guerra, debida a un autor alemán.

Proust, un autor decadente, maduro (viejo para la época: tenía 48 años y estaba crónicamente enfermo)  cuyas obras no se conocían apenas y además era rico  (no precisaba los 5000 francos del premio), era despreciado por muchos periodistas y escritores franceses. Su obra, un “work in progress” que apenas unos pocos conocían parcialmente, era larga, premiosa, detallista, enrevesada, surcada por vetas brillantes de filosofía, poesía, ciencia, lingüística, narrativa pura, erudición literaria, arte, arquitectura y música y un hálito profundo de humanidad, originalidad y complejidad anímica y emocional  en los personajes y en las anécdotas y sucesos que los dominan con su arco iris de pasiones. Es una obra dedicada al paso del tiempo, ese fluir constante en el que los momentos del pasado y del futuro son evocados con la misma exigencia de lo real. Y frente a ellos se explora la más íntima psicología humana, son su irracionalidad y sus causalidades inconscientes que desfiguran las exigencias a veces inaprensibles de las propias emociones.

En la historia de la Literatura (con mayúsculas) hay obras y autores que forman parte del acervo cultural de una determinada época y es tal su valor específico que suelen desbordar la época en que nacieron e integrarse en el “humus” creativo que luego se reflejará no sólo en el “corpus” de los clásicos universales sino en el particular, amado y formativo “corpus” del lector individual, ya sea escritor, poeta, editor o crítico o  el anónimo amante de la literatura. En mi generación, Proust ocupa un lugar preferente, con compañeros y vecinos del calado de Malcolm Lowry, Faulkner, Lawrence Durrell, James Joyce, Hemingway, Conan Doyle, Chesterton, Swift, Dickens, Mann, Lewis Carroll, Melville o Stevenson. Sin olvidar los “permanentes” como Shakespeare, Cervantes, Homero, Platón o Virgilio…

Mi primer acceso a Proust y la “Recherche” fue gracias a Alianza Editorial, cuyos siete volúmenes de bolsillo, traducidos los tres primeros tomos por Pedro Salinas y el resto por Consuelo Bergés, formaron parte  de mi biblioteca imprescindible desde que salieron entre 1966 y 1969. En ellos, entre líneas o en los márgenes de las páginas, aparecen mis nerviosas notas manuscritas, las de un joven veinteañero, glosando una descripción, comentando un juicio, apuntando la emergencia de un personaje que luego será decisivo y numerosos apuntes sobre la técnica del novelista y sus herramientas literarias y de estilo.  Esos libros me han acompañado en todos mis traslados de residencia; algunos de ellos han viajado a lugares remotos, como lectura de relajación de mi trabajo periodístico, y a otros he debido reponerlos por destrucción física debido al mucho uso y a la mala calidad de la entrañable edición, en sus aspectos de encuadernación o tipo de papel. Todos han envejecido conmigo, pero conservan aún ese “no sé qué” que los convierte en objetos valiosos, casi como una proyección en papel de mi yo histórico, que es la versión “joven” del anciano que los conserva y los ama. En el primer decenio de este siglo, mi mujer me regaló la edición de Debolsillo, también en siete tomos, con una primorosa traducción de Carlos Manzano. Ahora, con ocasión de redactar este artículo, he comenzado una nueva lectura. Y sigo “encontrando” joyas en forma de pensamientos u observaciones, como la primera vez que me interné en el mundo proustiano.

Al fin y al cabo, se cumple la profecía del mismo Proust sobre su obra que no parecía tener fundamento, incluso  hasta los años 50 del pasado siglo y que se confirmó a partir de los sesenta: “mi obra –dijo- no es una autobiografía, sino una revolución literaria y artística que influirá en toda la literatura del siglo XX”. Y de la misma forma exacta como un estilete, define la genialidad sin percatarse, seguramente, de que está esculpiendo a su propia persona: “…quienes producen obras geniales, no son quienes viven en el medio más delicado, quienes tienen la conversación más brillante, la cultura más extensa, sino quienes han tenido la capacidad de volver –dejando bruscamente de vivir para sí mismos- su personalidad semejante a un espejo, de tal forma que su vida –por mediocre que fuera, mundana e intelectualmente-  se refleje en ella, pues el genio consiste en la capacidad reflectante y no en la calidad intrínseca del espectáculo reflejado” ( último capítulo de “Por el Camino de Swann”. ¿Hay otra definición más justa de su propio genio?

El ritmo de lectura de la obra gigantesca de Proust no puede requerir una cadencia aleatoria como con “La montaña mágica” de Mann o el “Ulises”  de Joyce –que exige más paciencia que tiempo-, o “El cuarteto de Alejandría” de Durrell, que son cuatro novelas con una relación y un estilo diferentes. A la “Recherche” hay que dedicarle un “tempo” exclusivo y permanente que se mide en semanas o en meses–si es un lector profesional-  o meses (se calculan dos, dedicando a la lectura un mínimo de dos horas diarias), si uno es un amante literario que disfruta de estos libros de forma intensa. Se trata de una novela diferente a todas, que nos envuelve con todo el encanto y la complejidad de una obra única redactada por un escritor que dedicó gran parte de su vida adulta –enclaustrado en una habitación con las paredes forradas de corcho y escribiendo por las noches, en la cama, hasta el alba y por el día con los cortinajes de las ventanas cerrados, para igualar la noche con el día y escribir y corregir sin cesar-  a hilvanar los mil y un detalles, personajes, ambientes, confidencias y análisis respecto  a otras tantas facetas, científicas , artísticas, literarias, psicológicas, de costumbres, moda, arquitectura, pintura, música, fisiología y patología de las percepciones y de la memoria, filosóficas sobre el paso del tiempo, clases de plantas, de flores, de pájaros, tormentos del deseo, de la homo u heterosexualidad, el fetichismo, los automóviles, los trenes, los aeroplanos y dirigibles, la pasión por los libros, los cuadros y las esculturas, los creadores, poetas y locos de todas clases, fetichistas, las clases sociales de Paris, las fiestas sociales y lupanares, bares y restaurantes, la guerra, la crueldad, los vitrales, los cementerios, los caballos y la cocina, los niveles de la nobleza y la alta burguesía, de las grandes damas y de las entretenidas “demi-mondaines”. En su obra, el aficionado a la narrativa, rastrea la presencia de Montaigne, Flaubert, Balzac, Pascal, La Bruyere, Rousseau, Chateaubriand, Todo ello desmenuzado de una forma casi entomológica, persistente, aguda, obsesiva y brillante. Es una enciclopedia borgiana donde todos los saberes de una época tienen su acomodo y su jugoso comentario que, milagrosamente, logra Proust integrar en el corpus de su obra, de tal manera que si eliminamos alguna de estas piezas, el resto se resiente.

Y, ojo, no quiero decir con ello que no habrá momentos de tentación abandonista, un poco de sofoco ante los excesos inevitables de semejante obra, momentos duros cercanos a la deserción. No se dejen amilanar. Persistan. Es la clase de lectura que una vez realizada, nos acompañará toda la existencia y olvidaremos aquellos instantes de abandono para unificar una impresión profunda e inolvidable. Tanto que uno queda marcado por un sello íntimo, una marca indeleble que nos hermana con todos los que han realizado esa gesta lectora. Y algo más: no conozco a ningún lector total de la “Recherche” que no haya repetido la lectura en otro tiempo de su vida.

El estilo es impecable, dado a las frases largas de periodo interminable y a veces alambicado, pero de rotundo sentido y belleza, que logra una cierta perfección en las distintas voces de los personajes, cuyos diálogos reflejan con maestría desde la educación hasta el origen social, sin evitar la tentación de divertirse con parodias, imitaciones o pastiches. Swann tiene una cadencia propia al hablar, como el pedante Bloch o la duquesa de Guermantes; o el chismorreo de Madame de Verdurin o de las tías-abuelas del narrador; la sentenciosa criada Françoise, el complejo y refinado Norpois, la vulgaridad de Odette de Crezy, el obtuso doctor Cottard o el tierno compositor Vinteuil (cuya sonata para violín y piano, de gran importancia en la novela, ha sido identificada como una obra de Saint-Saëns).

Aparte de los siete tomos de la novela-río, les recomiendo vivamente –como colofón y regalo a la perseverancia lectora  de los que cedan a este artículo y emprendan la genial aventura de leer la “Recherche” completa- un libro aparecido hace unos años, “Marcel Proust, la memoria recobrada” de Mireille Naturel, editado lujosamente por Plataforma Editorial y avalado por la familia Proust. En él los futuros fetichistas proustianos (suele ser ese un efecto colateral de la lectura de la gran novela) encontrarán detalles gráficos y documentales poco conocidos sobre la vida y la obra del escritor francés muerto ahora hace un siglo. Desde las notas escolares del joven Proust hasta las fotografías de su fallecimiento, las fiestas a las que asistió o las vacaciones en diferentes ambientes, sus amigos y amigas, los lugares donde vivió,  el pueblo real y los alrededores que describió en su obra, las personas que se encarnaron en sus personajes…todo en conjunto, es una fiesta para los sentidos y para recordar –como la célebre magdalena, en forma de libro- los momentos entrañables de la lectura.

Como escribió en “El tiempo recobrado”, el último volumen de su obra: “La verdadera vida, la vida por fin descubierta y aclarada, la única vida, por consiguiente, plenamente vivida, es la literatura. Esa vida que, en cierto sentido,  vive a cada instante en todos los hombres tanto como en el artista, pero no la ven, porque no intentan aclararla”.

 

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

FICHAS

EN BUSCA DEL TIEMPO PERDIDO.- Marcel Proust. Traducción: Pedro Salinas, Consuelo Bergés y Carlos Manzano. Alianza Editorial y Delibros.

MARCEL PROUST: LA MEMORIA RECOBRADA.- Mireille Naturel. Trad. Elisenda Julibert. Plataforma Editorial.

 

 

 

 

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