En el quinto y último libro de la voluminosa autobiografía de Leonard Woolf (el preferido de los editores españoles y único publicado en este país, pues contiene el luctuoso suceso de la muerte de su esposa, Virginia, la escritora genial que se suicidó el 28 de marzo de 1940 ahogándose en el río Ouse) el excelente memorialista, ensayista, político y editor, habla de su larga vida en el último año de su existencia. Es un lúcido y dinámico anciano de 89 años y hace un repaso valiente e irónico sobre los males y los beneficios de la vejez. Y dice: "Creo haber disfrutado mucho con muchas cosas a lo largo de mi vida...". Y tras enumerar una lista epicúrea y sensata, añade: "Uno de los placeres que toda mi vida me ha parecido más fiable y al que no ha afectado el vampirismo de la senilidad es el placer de escribir" Y acaba: "Me gusta sentir en el cerebro el proceso de la composición, sentir como funciona la mente, como los pensamientos se organizan en palabras y van apareciendo sobre el papel en blanco".
Cualquiera de las personas que me lea y sea un "lletraferit", palabra maravillosa en ese idioma elegante y poético que es el catalán (soy andaluz y he trabajado durante 40 años en labores de letras en Cataluña sin ningún problema y con muchas satisfacciones y respeto), es decir un individuo "herido" por la literatura en todas sus formas, las letras, firmaría sin dudarlo su apoyo a las palabras de Leonard. Desde que con 14 años terminé una novela sobre el antiguo Egipto (50 folios escrito a mano) una copia ingenua del estilo y los personajes de "Sinuhé, el Egipcio" de Mika Waltari, que devoré durante las vacaciones de verano a escondidas de mis padres, el gusanillo de la escritura (y la lectura) se convirtieron en mis amigos inseparables moldeando mi personalidad y mi manera de ser. Más de cinco décadas después mi asombro expectante ante el milagro de la creación literaria sigue tan fresco como antaño. He vivido como un escritor "lletraferit" y agradezco a Leonard el regalo de su sensible observación: tampoco en mí "el vampirismo de la senilidad" ha afectado el atemporal, revitalizante y entrañable placer de la escritura.
"La muerte de Virginia" es el nombre que los intereses editoriales -es decir los que atañen a la venta del libro- han destacado ocultando una realidad biográfica mucho más compleja y bastante más rica que las circunstancias del suicidio de Virginia Woolf, que ya conocemos todos los aficionados a la literatura inglesa. De hecho en España se publicó en los años setenta un corto volumen con el fragmento de las memorias y comentarios del marido de Virginia, Leonard Woolf (1880-1969), relativos al hecho, ocurrido en el rio Ouse en mazo de 1941.
En el volumen que hoy comentamos (el último de los que forman la autobiografía de Leonard) la muerte de la escritora es relatada de un modo recatado, sensato, sensible y nada emocional, acotando los elementos de probabilidades o conjeturas inevitables en estos casos a los mas obvios: la enfermedad mental de Virginia que le causaba brutales depresiones (Leonard habla también de otros síntomas) y la amenaza no menos brutal y extrema de un posible desembarco nazi en las Islas Británicas. Una posibilidad lógica que aterrorizaba a los intelectuales del Grupo de Bloombsbury (algunos de ellos judíos, como el mismo Leonard) hasta el punto de que el recurso del suicidio se había comentado entre ellos).
Sin embargo, para mí, el valor de este libro estriba precisamente en darnos a conocer al hombre, y sus facetas de intelectual, político, al editor de éxito, al pensador inteligente, al prosista de elegante e irónico estilo, sencillo, claro y a veces amablemente sarcástico. Pensamiento de izquierda civilizada y muy ética, sujeto a una educación algo puritana pero llena de humor y de amor ala vida y sus placeres, al estilo epicúreo, medido, equilibrado y apartado de los excesos. Su visión de los asuntos públicos y de la política de su país y la europea es lúcida y desencantada (escribe este libro un año antes de morir) y para él no ha mejorado con el tiempo sino al contrario. En las últimas páginas confiesa: “cuando considero todos estos hechos del mundo de hoy (la guerra de Vietnam, el maoísmo, la torpeza de tantos políticos) siento un agudo dolor, compuesto, creo, de decepción, horror, incomodidad y repugnancia.” Llega a decir que cuando se trata con políticos, hay que tratar con buen número de “estúpidos”. Pero lo que más me ha agradado es su defensa bizarra de la ancianidad, tras la que sostiene que lo mejor de su vida ha sido su dedicación a la escritura y su tarea de editor en Hogarth Press. Es la Editorial que fundan Virginia y él en 1917, que edita a muchos amigos o cercanos, entre ellos, por ejemplo, la primera edición europea de The wasted land de Eliot en 1923. En 1946 tras la guerra convierte su editorial en una filial de Chatto &Windus y sigue publicando con lo mismos criterios personales de calidad.
La lucidez pesimista de Leonard pone el broche final a una vida intensa y gratificante en todos los ámbitos donde trabajó y vivió: el personal, el literario, el editorial, el intelectual, el político. Pero se despide con una queja que hoy más que nunca resulta profética: "el hombre está destruyendo ciegamente la civilización en nombre de la civilización". Suena casi a Bertrand Russell, su formidable amigo.
FICHA
LA MUERTE DE VIRGINIA.- Leonard Woolf.- Trad. Miguel Temprano.- Lumen.- ISBN 9788426419682
Quinientos años de la muerte del gran Leonardo da Vinci (1452-1519), dan para mucho. Este genio indiscutible, paradigma del hombre del Renacimiento, un polímata que transitó por múltiples saberes y artes con la misma envidiable soltura (fue de forma simultánea pintor, anatomista, arquitecto, escultor, botánico, paleontólogo, escritor, científico, filósofo, ingeniero, inventor, músico, urbanista y poeta). El libro que hoy comentamos tiene el mérito de enfocar la mirada atenta sobre una particularidad creativa de Leonardo: los dibujos y la escritura "en espejo" en los que están realizados muchos de sus manuscritos, ofreciendo una explicación de por qué Leonardo dibujaba con la mano izquierda (sin ser zurdo) y con las letras en espejo (es decir, con las palabras escritas al revés). El libro, del profesor granadino de Psicología José María Cid Rodriguez, está dedicado a este tema y resulta un regalo pedagógico, artístico e histórico (además de psicológico) que merece ser resaltado en este aniversario, aunque fue publicado el año pasado por Caligrama editorial, con gran aporte de dibujos, fotografías y reproducciones de la caligrafía y los dibujos del genial florentino (nacido en Vinci a pocos kilómetros de Florencia). Concebido en forma de aporte documental, el autor desaparece voluntariamente en el seno de la información que facilita y los numerosos autores a los que cita sin juicio o análisis crítico, sólo aportando un resumen bibliográfico (lo cual crea repeticiones y reiteraciones que lastran un poco la lectura del libro). No en vano se subtitula "Itinerario bilbiográfico ilustrado".
Sin embargo la naturaleza y originalidad específica del enfoque de este ensayo hace que la lectura sea apreciable y fructífera: la personalidad de Leonardo resplandece al conocer las conjeturas que hacen los expertos sobre su "paranoia", su miedo a que su obra fuese copiada o se hiciera uso de sus métodos y descubrimientos, los elementos "oscuros" de su personalidad, las connotaciones sexuales de muchas de sus obras y de eventos biográficos que condicionaron su peculiar manera de escribir (grafía en espejo), a pesar de que Leonardo prefería aplicar en su vida aquello de que una imagen vale más que mil palabras. También sus aportes científicos y el uso que se hace en las nuevas tecnologías de muchas de sus ideas e intuiciones, elevan el valor considerable de este genio italiano.
La ambición documentalista de José María Cid va desde las biografías existentes en el mercado, hasta las novelas basadas en ellas o los manuscritos y códices de ese autor, pasando por los detalles de la singular escritura de Leonardo y de sus obras pictóricas y dibujos, a las distintas hipótesis que se han barajado para explicar el por qué de la escritura en espejo ( la fisio-psicológica, la criptográfica, la psicoanalítica o la higienista), la supuesta dislexia que padecía el artista, sus habilidades taquigráficas, las investigaciones sobre diversos aspectos de su obra, incluida una referencia a las obras que tratan sobre las presuntas claves del "Código Da Vinci", el best seller de Dan Brown o referencias a Leonardo como anatomista, etc. Un libro, pues, con un amplio abanico de referencias bibliográficas sobre Leonardo. De obligada lectura para quienes deseen profundizar en la, a pesar de todo, enigmática figura del genio de Vinci.
FICHA
LEONARDO DA VINCI.- José María Cid Rodríguez.- Ed. Caligrama.-250 págs. ISBN9788417335779
Vaya de entrada que Arturo es amigo mío, viejo colega con el que me entrecrucé durante años por diferentes lugares de Europa y aledaños y que ahora ha recalado en mi periódico de toda la vida, "La Vanguardia", añadiendo un eslabón más a la cadena amistosa que nos une. Esto no es excusa ni salvoconducto: nos conocemos y nos respetamos. Con lo cual todo queda dicho. Su "novela" que es más una autoficción realista que una narración, tiene una gran virtud y un pequeño defecto. La virtud es que en sus páginas late la energía, el humor, la ironía, la observación y la fuerza comunicativa de un maestro del periodismo. El "defecto" es que no es una obra de creación literaria, ni trata de ser un original y renovador constructo novelesco: es una divertida. dinámica narrativa de semi ficción, en la que las tierras de Aragón quedan reflejadas con una gozosa contundencia semejante a la que Cervantes nos mostró con la Mancha del siglo XVII.
El punto de Arturo en "Pluma de buitre" es el uso discreto de una suerte de "realismo mágico" que parece un guiño a los que conocemos su estilo periodístico, algo desaliñado, barojiano y coloquial. Pues guiño es lo del fantasmal "winchester", su funda de cuero y la fantástica cualidad del arma de ser visible sólo a algunas personas. Eso da para mucho, como aquél "amigo invisible" que en la tele americana de los años 50 hacía las delicias del personal, o la mula Francis, una especie de Sancho Panza en mula -que sólo hablaba en presencia a solas de su dueño- que alborotaba a carcajadas los cines de barrio en las tardes de domingo de mi infancia. No se trata del realismo mágico de García Márquez o el gallego Cunqueiro (ambos con ramalazos poéticos) sino de un cachazudo y sarcástico humor aragonés que San Agustín domina como nadie. Y todo ello trufado de cierto aire a western en blanco y negro o technicolor como los que he citado, tan abundantes en los ocultos y luminosos meandros de la lejana infancia.
Precisamente este es el leith motiv básico de nuestro autor en esta novela atípica que busca la complicidad del lector (y más si es aragonés). Aragón se cuela entre las fisuras de la narración como una piedra de toque sobre la que el niño, el adulto y el hombre de edad que es el escritor va haciendo sonar la moneda de su naturaleza. Como en la realidad, lo que nos cuenta Arturo tiene que ver también con el desgarro íntimo que produce el interesado desgarro entre dos comunidades hermanas que están condenadas a entenderse a pesar de los obstáculos que los nacionalismos exacerbados van poniendo en esa entente natural que ofrece tierras de frontera que no entienden de límites geográficos y muchos menos políticos. Es una aberración natural que los hombres imponen en contra de la misma tierra.
Es una historia que va cabalgando entre las sombras queridas de un José Antonio Labordeta, inspirador áulico de este libro y otros como Javier Tomeo o el mçistico profeta en su tierra, Miguel de Molinos, o el oscense Ramón Acín. Todo aliñado con,los tópicos del western, con valles, montañas y mallos de Riglos que evocan la Gran Valle Rocoso de John Wayne y hablando de Wayne, con aquella Maureen O´Hara de raíz irlandesa, pelirroja e indómita que nos enamoró de niños en "El hombre tranquilo" y que resuena en el imaginario de Arturo en memoria de su abuela irlandesa. Y como no podía ser menos en un cinéfago, hay un McDuffin, un pretexto que sirve de engarce y estímulo a la narración: una misteriosa cita bíblica que nos acompaña por toda la lectura y que el protagonista recibe cada día a través del WattsApp, hablando de los engendramientos del Antiguo Testamento.
Un libro entrañable que se lee como un gran reportaje periodístico que se escapa de vez en cuando hacia la ficción y la autobiografía encubierta.
PLUMA DE BUITRE.- Arturo San Agustín.- Los libros del gato negro.-298 págs. ISBN 9788494865152
Hacía tiempo que no disfrutaba tanto con un libro de historia de la filosofía como con "Tiempo de magos" del filósofo y periodista Wolfram Eilenberger que ha logrado la hazaña de escribir una especie de "Vidas Paralelas" no sobre emperadores o filósofos romanos y griegos, sino con grandes filósofos de nuestro ayer más cercano, la por él bautizada "gran década de la filosofía", de 1919 a 1929. Diez años prodigiosos en los que las vidas y los acontecimientos personales e intelectuales de cuatro pensadores de primera fila, Ludwig Wittgenstein, Walter Benjamin, Martin Heiddegger y Ernst Cassirer, marcaron de una forma indeleble, decisiva, la especulación filosófica, social y científica de todo el siglo XX y se extiende sobre el XXI.
La gracia del libro estriba en la habilidad con la que el autor va engarzando las vidas de estos cuatro hombres,con sus penurias, vacilaciones, contradicciones, logros e ideas, tejiendo un tapiz que tiene la virtud de mostrar de una forma sencilla y atractiva los entrecruzamientos de los cuatro. No sólo en el entorno geográfico y político social a los que pertenecen por vivir en la misma época y países cercanos entre sí, sino en la esencia conceptual de sus ideas, todas ellas (quizá con la excepción del muy ortodoxo Cassirer), de tan difícil sustantación y definibilidad que resulta una hazaña intelectual hacerlas digeribles al lector. Como elementos hábiles de hacer amena la lectura, Eilenberger escoge anécdotas vitales -muchas de ellas bastante poco conocidas- que van perfilando las figuras de estos pensadores tan controvertido como Heiddegger, tan contradictorio y desdichado como Benjamin, o el difícil trato con el autista genial y no menos desdichado, Wittgenstein.
Destaco la anécdota del examen de doctorado de Wittgenstein en la Universidad de Cambrige en 1929, ante un tribunal formado por los filósofos Bertrand Russell y G.E. Moore, entre otros. Un cuarentón Wittgenstein que sólo había publicado una obra (que nadie había entendido) y que trabajaba como maestro de escuela tras haber rechazado su herencia, una fortuna extraordinaria, se presenta ante el tribunal, se niega a dar demasiadas explicaciones de sus ideas y ante sus asombrados jueces se levanta, da unos golpecitos amistosos en los hombros a Russell y Moore y les espeta: "No se preocupen, sé que jamás lo entenderán". Evidentemente fue aprobado. No por la soberbia un poco cómoda y excesiva de la frase sino porque todos los examinadores de forma unánime sabían que estaban ante un genio irrefutable.
Los cuatro pensadores analizados en este libro son altamente creativos, impertinentes y revolucionarios. Forman una extraña conjunción mágica del pensamiento especulativo. Son centroeuropeos, tres alemanes y un austríaco y han vivido una época convulsa con la República de Weimar, la I Guerra Mundial, la llegada del nazismo y la II Guerra mundial. Nuestro autor va intercalando las cuatro historias separadas en capítulos donde de forma simpática e ilustrativa nos define las posturas y actividades de sus biografiados. Por ejemplo empieza en 1919, el año en que "el doctor Benjamin huye de su padre, el subteniente Wittgenstein comete un suicidio económico, el profesor auxiliar Heidegger abandona la fe y monsieur Cassirer trabaja en el tranvía para inspirarse".
Los cuatro pensadores parecen buscar una respuesta adecuada y moderna a la pregunta de Kant, ¿Qué es el hombre" y llegar en su análisis a muy distintas conclusiones. Y es aquí en lo que Eilenberger logra su mejor acierto: hacernos inteligibles las difíciles ideas y planteamientos del oscuro Heiddeger, del místico Wittgenstein o del brillante pero enigmático Benjamin y, por supuesto, del olvidado Cassirer que tuvo la genialidad apenas reconocida de usar el lenguaje y los símbolos para dar su versión de lo que es la naturaleza humana.
Nos dice brillantemente Eilenberg: "Era previsible que la vieja pregunta de Kant acerca del hombre condujera, según se asumiera la respuesta de Cassirer o la de Heidegger, a dos ideales completamente opuestos de evolución cultural y política, tomar partido por una humanidad con iguales derechos formada por todos los seres que utilizan los signos [Cassirer] se oponía al coraje elitista de ser auténtico [Heidegger]; la esperanza de una domesticación civilizadora de las profundas angustias del hombre se enfrentaba a la exigencia de exponerse radicalmente a ellas; el compromiso con el pluralismo y la diversidad de las formas culturales contradecía el presentimiento de una inevitable pérdida de la individualidad en esa sobreabundancia; la continuidad moderadora se oponía a una voluntad de ruptura total y de nuevo comienzo".
Desde el Tractatus logico-philosophicus, de Wittgenstein, aLa filosofía de las formas simbólicas, de Cassirer, o el "Ser y tiempo" de Heidegger, o las ideas dinámicas aunque caóticas de Benjamin, son convertidas por nuestro autor en las raíces nutricias de la filosofía del siglo XX. Y lo explica en una entrevista: “Los cuatro son los padres fundadores de las escuelas que aún dominan la discusión: Heidegger, del existencialismo, la hermenéutica y la deconstrucción; Benjamin, de la teoría crítica y laEscuela de Fráncfort. Wittgenstein, de la filosofía analítica. Y creo que los estudios culturales no serían lo mismo sin Cassirer”.
Es este un libro apasionante no sólo para los estudiantes y lectores de filosofía, sino para cualquier lector que sienta curiosidad por la historia de las ideas que han modificado y condicionado el siglo en el que vivimos.
FICHA
TIEMPO DE MAGOS.- Wolfram Eilenberger- Tra. Joaquín Chamorro.- Ed. Taurus.- 383 págs.- 22,90 EUROS.- ISBN 9788430622085
Es el caso de "La montaña viva" de Nan Shepherd, hay una especie de paralelismo junguiano con "El tiempo de los regalos" de Patrick Leigh Fermor, unas sincronicidades curiosas que convierten a ambos libros (aparecidos en el mercado literario anglosajón en los setenta) en primos hermanos a pesar de la distinta repercusión y éxito (el de Fermor fue apoteósico) y más bien en el hecho de ser ambos libros excelentes y de pertenecer a dos autores que intercalarían en sus vidas literarias unos larguísimos silencios entre los primeros títulos y sus correspondientes obras maestras.En el caso de Shepherd el "vacío" de cuarenta años se produce después de haber publicado tres novelas que la elevaron al pináculo literario inglés: prueba de ello, el hecho de que su efigie fue colocada en los billetes de cinco libras por el Banco de Escocia. Como Fermor, Nan espera casi cuarenta años para publicar su nuevo libro en una edición limitada en Escocia y han de pasar más de treinta años para ser reeditado y convertido en un "clásico" escondido (2008, 27 años tras la muerte de la autora) que va creando adeptos y fanáticos de "La montaña viva". Fermor, por su parte, tarda otros tantos años en publicar la continuación de su viaje a pie desde Rotterdam hasta Constatinopla, con una guerra mundial por en medio (y una novelesca participación de Fermor en ella, luchando como guerrillero contra los alemanes en Creta).
"La montaña viva" es una suerte de reflexión poética, deportiva y filosófica sobre esas montañas escocesas de los Cairngorms, que la autora ama desde niña y nos muestra desde dentro.En doce capítulos, dedicados a los elementos primarios de la montaña, aire, piedra, arboles, viento, agua, hielo, esta escritora --nacida en 1893 en una aldea del norte escocés, profesora de inglés en la Universidad de Aberdeen durante más de 40 años, fallecida en 1981-- nos hace una descripción íntima y .global, estética y naturalista, poética y literaria de la cordillera y las hondonadas que la cicatrizan, los elementos que la vivifican, la luz, los seres que la recorren, desde los insectos a las aves, una conjunción de vida que resplandece en las páginas de un libro apasionante (y no sigo con los adjetivos por respeto a Shepherd, que detestaba los elogios y a los que la "ensalzaban en exceso").
Este libro fue escrito en los años 1940 durante el transcurso de la Segunda Guerra Mundial – la propia autora describía su escritura como “mi lugar secreto de tranquilidad”–, que apenas deja caer su sombra fatídica sobre las brillantes páginas del relato reflexivo de esta narradora y poeta, aunque se trasluce en forma de anécdota en las paginas 98 y 109. El manuscrito permaneció inédito hasta el año 1977. Entre la guerra y esa fecha Nan se dedicó a caminar, escalar montañas y enseñar literatura inglesa a jóvenes damas escocesas. Tal como resume ella misma en el capítulo séptimo del libro: "He escrito sobre cosas inanimadas, la roca y el agua, el hielo y el sol, y podría parecer que no fuera éste un mundo vivo. Pero mi intención era llegar hasta las cosas vivas a través de las fuerzas que las crean, porque la montaña es única e indivisible, y la roca, la tierra, el agua y el aire no son más parte de ella que lo que crece en la tierra y respira el aire. Todos son aspectos de una sola entidad, la montaña viva. La roca que se desintegra, la lluvia que nutre, el sol que estimula, la semilla, la raíz, el ave: son todos uno...".
¿Cómo se puede definir, encuadrar, este libro. ¿A qué género pertenece? Historia natural, meditación zen, reflexión taoísta, paisajes y sensaciones, guía para montañeros o para ornitólogos, para amantes de las plantas y las flores, aves y rapaces. Como escribe Robert McFarlane, uno de los más conspicuos representantes de la nature writing del momento, "¿Se trata de un poema en prosa...una búsqueda geopoética, un panegírico de un lugar, filosofía del conocimiento, tratado práctico de taoísmo o un 'tránsito de amor' como lo definió la autora?" En el fondo, ¿qué más da? El punto está en que, como dice MacFarlane, este libro cambia un poco a quien lo lee, sobre todo si es montañero o caminante. Ella capta la esencia del paisaje con la claridad y contundencia anímica de un poeta, la belleza trascendente de la montaña como un místico y reflexiona sobre el cuerpo y el conocimiento como lo hace el filósofo francés de su tiempo, Maurice Merleau Ponty. No hay en la mirada de Nan Shepherd diferencias entre el cuerpo y la mente, en la sutil percepción de las texturas de las rocas o de los troncos, de la cambiante esencia dinámica del viento y del agua, y en la global interacción de la vida silvestre con el escenario natural donde se desarrolla. Es una alianza entre conocimiento y sensibilidad van acorde.Y asegura: "el misticismo en sí tiene, para mí, un origen fisiológico".
Escribe : "Cuanto más se aprende de esta compleja interacción de suelo, altitud, clima y tejidos vivos de plantas e insectos...más profundo se hace el misterio. El conocimiento no disipa el misterio. La ciencia sólo añade el tiempo a la ecuación y le da una dimensión nueva".(pág. 124) Disfruten este libro. Creo que debería formar parte de la biblioteca de todo aficionado al senderismo, a las montañas y a los paseos y caminatas en general.
FICHA
LA MONTAÑA VIVA.- Nan Shepherd.- Introducción de Robert MacFarlane. Traducción (excelente) de Silvia Moreno.- Ed. Errata Naturae.-189 págs. ISBN: 97884165944967
Bertrand Russell es uno de los grandes maestros filosóficos del siglo XX. Sus aportaciones a las matemáticas, el positivismo lógico y la divulgación filosófica son la joya de la corona de una vida que en sí misma es un ejemplo filosófico y humanístico. Controvertido, provocador, humilde y arrogante, inteligente, sensible y pertinaz, defendió sus opiniones y posturas con una enorme honestidad a un precio, a veces elevado (estuvo dos veces en prisión por sus posiciones públicas de crítica política).
Desde su atípica y genial "Historia de la Filosofía" a sus "Retratos de memoria" o su legendaria "Autobiografía" y su influyente "Principia Mathematica", Bertrand Russell, matemático, filósofo, personaje público controvertido, pacifista, hombre de ideas claras y de actitudes impertinentes frente al poder, es para mí el paradigma del intelectual comprometido del siglo XX.
Russell fue un aristócrata con tendencias socialistas e igualitarias, sensible (casi se desmaya cuando en su juventud un compañero de estudios le recitó de improviso unos versos de Blake), inteligente pero no dogmático (cambió varias veces de parecer sobre diversos temas y lo reconoció paladinamente), activo admirador de las mujeres y a la vez defensor de sus derechos y se relacionó con la flor y nata de la inteligencia británica de finales del XIX y principios del XX: desde Keynes a Lytton Strachey, de Wittgenstein a Moore o Crompton Davies o el grupo de Bloomsbury. Liberal, laborista, pacifista a ultranza, antihegeliano, admirador de la Revolución rusa y tras visitar Rusia enemigo radical del comunismo, pasó algunos meses en la cárcel a raíz de la I Guerra y en los años 60. Dicen que sus libros ya no se venden y que es un intelectual activista de un modelo periclitado, arcaico y obsoleto.
¡Por Dios que me espanta tanta estupidez! En estos tiempos en que los intelectuales tratan de criticar lo político desde la barrera, cuando no aceptan sinecuras de este o aquél partido; que los mismos políticos forman una "vasta colonia parasitaria" (en palabras de Antonio Machado: ha llovido desde entonces, pero sigue siendo actual) en la que no florece ninguna cabeza realmente amueblada humanísticamente hablando; un tiempo en que la política ha dejado de ser el aristotélico arte de lo posible, para pasar a ser el arte de lo que beneficia a unos por encima de los demás, a un determinado partido o a un supuesto líder. Volvamos a leer a Russell o, mejor, aprendamos de la honestidad, la entereza y el valor que mostró ese nonagenario Lord hasta el último día de su vida, defendiendo causas nobles y humanas, a veces equivocadas, pero siempre dando la cara y dispuesto a rectificar si le demostraban que estaba cometiendo un error. Y, por cierto, para los que le califican de obsoleto: parece ser que el lenguaje simbólico en las matemáticas de Russell y Whitehead, fue el germen de los sistemas linguísticos de los ordenadores y también de Internet.
"Retratos de memoria y otros ensayos", editado en 1956 y traducido en España en 1976, seis años después de la muerte de Russell, con 98 años, es una recopilación de artículos con contenido muy variado, aunque abundan los autobiográficos, ya sean sobre la evolución de sus pensamientos personales, como la remembranza de los amigos de juventud y de diversas acciones emprendidas por el activísimo filósofo. Y así disfrutamos de ciertas confesiones sobre sus tempranas elecciones de estudios como las matemáticas y la filosofía, así como reflexiones agudas y sugestivas sobre temas como el camino a la felicidad, su rechazo vehemente al comunismo a pesar de haber saludado la revolución bolchevique como un acto de libertad o su lucha perenne para evitar la destrucción de la humanidad en una guerra con misiles nucleares o el pacifismo que tantos problemas le supuso en la II Guerra Mundial y contra la de Corea o Vietnam.
Todo ello servido con una prosa elegante aunque combativa, mucha ironía y un encanto superior debido a la humildad, la clase y el desenfado con el que trata tanto a las grandes personalidades de su tiempo, como a los grandes temas. Como dijo Stefan Kanfer: "La filosofía se ocupa de dos clases de temas: las cuestiones resolubles que son triviales, y las importantes que no tienen solución.” En sus retratos hay personajes a los que enaltece (Shaw, Wells), uno al que admira (Conrad), otro que la despierta cariño (Whitehead), alguno al que desprecia sin perderle el respeto (D. H. Lawrence) y uno por el que muestra una sarcástica indiferencia (Santayana). Pero, eso sí, justifica sus sentimientos con honestidad y sencillez, aceptando la posibilidad de estar en un error.
Agudamente habla del talento literario y espeta: “Un estilo carece de calidad si no es la expresión íntima y casi involuntaria de la personalidad de un escritor y, aun entonces, sólo tiene calidad, si la personalidad del escritor vale la pena de ser expresada.”, frase que se le podría aplicar, sin dudarlo.
De verdad, léanlo. Refrescará sus neuronas.
FICHA
RETRATOS DE MEMORIA Y OTROS ENSAYOS.- Bertrand Russell.-Trad. Manuel Suárez.- Alianza Editorial, 1976.- ISBN 8420616206.
Un libro sobre Ortega y Gasset siempre es bienvenido aunque, como en este caso, sea una especie de reactivo emocional y filosófico hacia y contra los que han analizado desde la dureza (aunque también desde la propia honestidad, se supone) la figura controvertida pero inapelable y señera del mayor pensador que tuvo el país en aquellos años sombríos de la República y la Guerra Civil. Sin embargo, y digámoslo ya al principio, el gran error, a mi parecer, de Agapito Maestre, es el tono agresivo,suspicaz y sarcástico con el que defiende al gran maestro que, sin duda, fue Ortega y a sus discípulos. Ni Ortega dejó de filosofar de forma creativa desde 1932, ni fue un "maestro en el erial", pues tuvo discípulos de bastante calado filosófico; siempre teniendo en cuenta de que hablamos de un país, España, que suele descuidar a sus filósofos y desprecia cuanto ignora, es decir a la filosofía desde el Instituto a la Universidad, como una opción profesional sin utilidad alguna excepto para enquistarse en la enseñanza, una sub especie funcionarial de poco provecho público.
Si partimos de esa triste realidad, mucho más grave en los tiempos de Ortega que ahora, una época que desde los años ochenta tras la masificación universitaria en la que --todavía-- existe cierta displicencia conmiserativa hacia el joven que decide estudiar filosofía. El "y eso para qué sirve" se lo he oído pronunciar ante el hijo "descarriado" a padres que son a su vez universitarios, médicos, jueces o ingenieros. Pues bien esa es la circunstancia en la que vive este libro de Agapito Maestre. Y bien sabemos que si no salvamos la circunstancia no se salva el "yo". Por tanto dejemos en paz todo ese historial de agravios que el autor despliega en defensa de Ortega. Realmente Ortega no lo necesita. De alguna manera está por encima y el tiempo se encargará de dejarlo de manifiesto, si no lo está haciendo ya.
Toda la primera parte del libro es una ampliación de las treinta y pico de defensa orteguiana de la introducción. La segunda nos muestra las opciones éticas de un Ortega que usa el silencio como discurso contra el idealismo y la revolución y la tercera habla de la "Segunda Navegación" de la filosofía de Ortega que apunta alto y lejos sobre la circunstancia española, mostrando "desde dentro" de su filosofía el alcance de su legado a las nuevas generaciones: la idea de un Estado-Nación, "una España democrática de seres humanos libres e iguales ante la ley.... en el espacio supranacional de la Unión Europea", en palabras de Maestre
El lector de este libro podrá estar o no de acuerdo con Maestre, pero sin duda admirará la entrega y pasión con la que el autor va desgranando el universo orteguiano repartiendo bastonazos a derecha o a izquierda en defensa de la pureza del texto ( como la eliminación de la expresión "la modernidad nace de la cristiandad" en la nueva edición de las OC de Ortega (tomo VIII, pág. 698).
Maestre cita a José Gaos que habla del método de escritura de Ortega de "idear escribiendo o escribir ideando". Pues ese es precisamente el estilo conceptual que elige Maestre en su libro para analizar a su admirado biografiado. Como Ortega en las "Meditaciones de El Quijote" habla de su trabajo que "no es filosofía, que es ciencia. Son simplemente unos ensayos. Y el ensayo es la ciencia, menos la prueba explícita". Maestre ha escrito un ensayo sobre el maestro Ortega, que no es filosofía, ni ciencia, pero si la prueba explícita del alcance y valor de este maestro. Y así cumple su cometido y el lector lo agradece pues llena sus páginas de un hervor vital, una ansiedad admirativa, una "filosofía en vilo" que, aunque no estemos siempre de acuerdo con ello, nos atrae e interesa siempre.
He disfrutado este libro de Maestre como disfruté, al otro extremo del espectro el de Gregorio Morán, "El maestro en el erial", y opino que tanto el uno como el otro se complementan, pues nos muestran, a su pesar, la esencia contradictoria, sagaz, inteligente y humanísima, de un pensador que filosofó un paso por detrás de la genialidad y un paso por delante de la pedagogía, constituyendo en sí mismo la directriz básica de la filosofía: vivir cotidianamente como filósofo y persona de forma coherente con lo que se predica.
FICHA
ORTEGA Y GASSET, EL GRAN MAESTRO.-Agapito Maestre.- Ed. Almuzara.- 475 págs. -25 euros.- ISBN 9788417558178
Bertrand Russell, el filósofo más marchoso del siglo XX, en sus "Retratos de memoria" habla de H.G. Wells, el "hombre con atributos" del pícaro y divertido David Lodge. Nos habla de la sociedad de discusiones bautizadas como "Los Coeficientes" donde bastantes figuras intelectuales del momento alimentaban sus ganas de polémica inteligente. Russell no coincidí con la mayor parte de los asistentes, excepto con Wells, que compartían su rechazo al imperialismo británico y a la posibilidad de una guerra contra Alemania y de hecho de todas las guerras. Una relación más íntima y familiar se reveló como un fracaso a pesar de ser ambos partidarios del amor libre. Hace algunos juicios severos sobre Wells, como "su valor reside más bien en la cantidad que en la calidad de lo que hace, aunque en algunas calidades roza la excelencia...y en que es un liberador del pensamiento y de la imaginación...aunque sea demasiado sensible a la opinión del público lector".
¿Coincide esto con la visión que nos ofrece David Lodge de Wells? En general, sí. Aunque nuestro autor incide especialmente en los aspectos amatorios y sexuales de Wells y en los encajes de bolillos éticos y contradicciones personales que estuvo barajando durante toda su productiva vida, tan compleja y variada como su vida íntima. Murió a los 80 años y más o menos por esas fechas, un Wells ya envejecido y gruñón, Lodge nos introduce en su vida y a través de una hábil licencia literaria va recorriendo los pasadizos del pasado a través de una entrevista que se hace Wells a sí mismo en sus momentos de reflexión o de alelamiento, según quien los defina. El autor de obras tan señeras como La guerra de los mundos, El hombre invisible o La máquina del tiempo, moriría el 13 de agosto de 1946 en Londres, respetado como autor de ficción futurista (entonces nadie la llamaba ciencia ficción) y novelas de muy sensible contenido social, sexual y moral, donde defendía posturas sociales y familiares que las dos guerras mundiales certificarían a su favor, aunque escandalizaron en su tiempo, como el amor libre y consensuado, en el que siempre se vio apoyado, en la teoría y en la práctica, por otro intelectual libidinoso, el citado Russell. En el aspecto político, Wells fue un izquierdista militante, formando parte de la Sociedad Fabiana, donde se preconizaba la aplicación de las ideas socialistas de una forma progresiva e incesante.
La figura que Lodge nos dibuja de Wells es ligeramente dramática, con un medido patetismo que no oculta la amargura del escritor por ver cómo se hacían realidad sus peores premoniciones sobre la barbarie de la guerra mundial y el desarrollo armamentístico de las grandes potencias. El escenario psicológico del personaje Wells es doblemente triste y lamentable, ya que Wells se siente olvidado y ha dejado de mantener sus más caras creencias: todo es fútil, cruel e innecesario. Y cuando Wells mira hacia dentro el balance tampoco es halagüeño: las mujeres han sido el norte y el sur de su vida, en la eterna búsqueda de su Alma-Sombra: Jane, Isabel von Arnim, Amber Reeves, Rosamund, Rebecca West (H.G. es "un jaguar en la cama"), Moura y muchas otras…, todas fueron en su momento imprescindibles, tal vez la encarnación de su ideal, para luego deshacerse en el pasado como humo, a veces inspiradoras, a veces retorcidas, taimadas, astutas. De ahí el juego ligeramente escabroso que Lodge hace del título: el hombre con atributos (una palabra polisémica que tiene una acepción claramente sexual:los atributos masculinos) que, inocentemente, pensé establecía una relación temática con la obra de Musil "El hombre sin atributos", una de las grandes obras del siglo XX y que se refiere a otro tipo de "atributos", ,la identidad, la libertad y la capacidad de dar un sentido a la propia vida.
A través de los calados en el complejo pasado íntimo, social y literario de Wells realizados por su "otro yo" es donde Lodge logra afinar su irónica pluma, permitiéndose reflexiones de una punzante inteligencia que alcanza detalles especialmente lúcidos en la forma en la que "su Wells" asume y justifica sus propias contradicciones en la relación entre sus supuestas creencias e ideologías y el aspecto de aplicación práctica, de coherencia, que son exigibles en un hombre de su talento.
Me he sentido más cómodo con la magnífica biografía novelada que Lodge escribió sobre Henry James, "¡El autor!¡el autor!", por cierto amigo de Wells y al mismo tiempo víctima paródiada en uno de sus libros. Cuando Wells se ponía sardónico podía ser muy cruel: definió a James "como un hipopótamo intentando recoger un guisante en un rincón de su estudio". Con Wells, Lodge no llega a ese tipo de burla imaginativa pero deja que los hechos biográficos hablen por sí solos con un sentido algo sarcástico del realismo. El mismo Wells en su sesgada autobiografía definió la historia de sus relaciones sentimentales como "una historia de codicia, tonterías y grandes expectativas".
FICHA
EL HOMBRE CON ATRIBUTOS.- David Lodge.- Trad. Mariano Peyrou.- Impedimenta.-593 págs. ISBN 9788417553029
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Ventana abierta al mundo de la cultura en general, de los libros en particular, mas un poco de filosofía, otra pizca de psicología y psicoanálisis, unas notas de cine o teatro y, para desengrasar, rutas senderistas y subidas montañeras.