Resulta una enorme osadía que Joe Johnston, relacionado con películas como "En busca del arca perdida" y "Rocketeer" (una deliciosa versión de un superhéroe sin efectos especiales y mucho humor irónico), se haya atrevido a sacar a la palestra del cine mundial a un "Capitán América" símbolo poco simpático de una época y una manera de entender la política que ya están obsoletas. Es este un comic nacido en 1941, creado por Joe Simon y Jack Kirby, que ha vivido una muy larga vida entre las viñetas de los comics de Marvel, la televisión y el cine. Su primer número mostraba en la portada al C.A. asestando un puñetazo al mismísimo Hitler (y esto meses antes de que Estados Unidos entrara en la guerra mundial).
C.A. fue un presumible encargo publicitario para crear un superhéroe que animara la moral de victoria de los soldadosnorteamericanos y sus familias, de todo un país ante la evidencia de una larga guerra en Europa. Para ello los guionistas y dibujantes se atuvieron a los principios tópicos de las sagas de esos "semidioses" que son los superhéroes de los comics: orígenes humildes o misteriosos, cambios propiciados por la suerte o la "ciencia", poderes especiales que superan lo de las personas normales, simplicidad en el perfil de los personajes, ideologías planas y generalmente maniqueas (buenos muy buenos y malos muy malos, el resto, indiferentes), argumentos de esquema y estructura con pocas complicaciones y complejidades, lineales en la fórmula planteamiento-nudo-complicación-desenlace feliz.
La película que nos ocupa puede llegar a ser divertida si uno se olvida de una cierta coherencia con la realidad, si no olvida que se trata de un comic y si se mantiene frío ante los churros ideológicos que se filtran por todas partes. Muy lograda la secuencia del "cambio" de imagen del protagonista, encarnado por un Chris Evans alfeñique que se convierte gracias a unas drogas genéticas en un cachas total (aunque el discurso inteligente del individuo siga rozando el encefalograma plano). La ambientación es excelente y la narración, con algún momento de insipidez, logra un ritmo y una fuerza notables en muchas escenas.
Lejos del cine en estado puro de, por ejemplo, Indiana Jones, el "Capitán América" no es un producto desdeñable, aunque supongo que levantará oleadas de indignado rechazo en los espectadores que tomen C.A. como una muestra del imperialismo provinciano, ramplon y prepotente de los Estados Unidos de los cuarenta traspasado a la más preocupante actualidad. De hecho ya hay países en los que se ha cambiado el título de la película (aunque no veo como se puede evitar el mensaje publicitario del personaje, teniendo en cuenta que Capitán América ES un producto publicitario vestido de comic). Es un producto en la linea de cine-palomitas, un costosísimo producto por cierto, al que no cabe pedirle más efecto que las risotadas que provocan algunas escenas y un cierto tufillo paródico que la inteligencia del director ha permitido filtrar y que, en definitiva, aumenta el valor intrínseco de la película a unos niveles aceptables.
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O rabos de lagartija, en este caso. El dragón no pasa de lagartija timorata y huidiza. Como timorato y huidizo parece ser el personaje de cuya hagiografía se ha ocupado el casi siempre interesante Roland Joffé (ver "La misión" sobre las estancias jesuitas en America Latina, con unos soberbios De Niro y Jeremy Irons en los papeles principales), es decir el inefable Josemaría Escrivá de Balaguer, el santificado fundador del Opus Dei.
película de fondo politico-histórico.
Magnífica muestra de cine argentino de auténtica calidad, una cuidadísima estética y un guión perfecto, más dos intérpretes principales en estado de gracia, el soberbio Daniel Araoz como vecino macarrete, de físico y maneras amenazadoras y el contenido Rafael Spregelburg, como diseñador de éxito, prepotente y timorato, con la ética personal carcomida por el estatus, el prestigio y la presunción.
Hanna (Saoirse Ronan) una chica de 14 años, de una inquietante belleza albina, de ojos desasosegadamente azules, caza en las frias tierras polares de Finlandia. Le vemos acertar a un venado en pleno corazón con una flecha. De pronto es agredida por un hombre y ella se defiende con pericia y bravura. Es una joven muy entrenada, eficaz en su automatismo asesino, una soldado casi perfecta a la que su padre (Eric Bana, el hombre que la acecha continuamente) entrena con suma dureza en cualquier momento, en cualquier lugar, evitando cuidadosamente que la niña ceda a la ternura o a los sentimientos.
Más cercano a nuestro tiempo y a los problemas de nuestro siglo y la sociedad occidental que el resto del grupo de Oxford, que deslumbraron a partir de los años 30 del siglo XX), Wystan Hugh Auden (1907-73) destacó en una cosecha de poetas ingleses del talante de Yeats, Elliot, o Stephen Spender. Su confesada ideología de izquierdas le hizo acercarse con su poesía a los más débiles, pese a que su pluma imponía una cierta ironía y el suave clasismo intelectual de sus imágenes, metáforas y vocabulario.
Pobre Blanche Du Bois, con su miserable y patética vida, prendida de los sueños de una grandeza imaginaria, paloma herida en un vuelo improbable, entre la exigencia de su sensualidad desbordada y la decadencia no aceptada de su cuerpo anclado en la juventud como una quimera imposible. Nuevamente el personaje complejo y castigado de Blanche pisa los escenarios, donde se debate con la trágica convicción de un payaso que se agita en la escena, entre el ruido y la furia y el miedo.

El 14 de junio de 1986, en Ginebra (para evitar que el Estado argentino convirtiera sus exequias en fiesta nacional) moría de un cáncer devastador y fulminante Jorge Luís Borges, supongo que al menos un poco satisfecho (dada su conocido sentido surrealista del humor)
Desde el Matarraña la puntiaguda figura del Tossal de Horta, que atrajo el interés pictórico de Picasso (de todos es sabida la frase que el pintor dedicó a esta tierra, "Tot el que sé ho he aprés a Horta"), llama la atención por la abrupta verticalidad de sus laderas empinadas, sembradas de pinos, con una cima de roca conglomerada adornada por cipreses y abetos y las ruinas de una ermita (datada en el siglo XIII) en lo más alto, junto a una cruz que resalta contra el azul del cielo. En la ladera, engastada como una joya entre los árboles, se levanta el convento de Santa María de los Ángeles o de San Salvador, santo que estuvo en la zona en el siglo XVI y al que se atribuyen numerosos milagros. En la subida hacia la cima de la montaña, el sendero pasa junto a una cueva donde se venera una imagen del santo, que está relacionada con ciertas leyendas religiosas.
Ya estamos con Jim Carrey en acción gesticulante y excesos varios. ¿Nadie le ha dicho a este actor que si se moderara un poco, si aparcara el histrionismo alguna vez, tiene capacidad y atractivo suficientes para subir un escalón de calidad en su carrera? En "Los pinguinos del señor Poper", adaptación de una novela infantil de Richard y Florence Atwater, publicada en 1938, que se ha convertido en un clásico para los niños de habla inglesa, Carrey nos ofrece una versión amansada y un poco avejentada de sus papeles habituales: es un ejecutivo inmobiliario de éxito a punto de conseguir hacerse socio de su empresa. Divorciado y con dos hijos adolescentes, el señor Poper vive solo en un pulido apratamento de lujo de Manhattan. Un dia recibe un regalo proviniente de la Antártida, es de su fallecido padre y le envía una caja hermética en cuyo interior hay...un pingüino. Comienzan los desastres hogareños que cabe imaginar y Poper decide devolver el regalo a la Antartida, antes de que su trabajo se resienta demasiado. No se entiende con su interlocutor y dias despues recibe otra caja, con otros cinco pingüinos. Aqui la historia se lanza al vacío del surrealismo facilón de este tipo de películas de género: padre ausente al que sacude una crisis que le cambia la vida, primero para mal y más tarde para bien, al tiempo que recobra el amor de sus hijos y ex esposa y--como consecuencia gratuita y poco realista-también triunfa en su trabajo y todos felices comieron perdices. Naturalmente Poper no puede deshacerse de esos seis pinguinos que le complican prodigiosamente la vida porque, ¿alguien esperaba otra cosa?, los niños de Poper se encariñan con los animales y a consecuencia de ello van aceptando a su padre ex ausente.