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16 octubre 2011 7 16 /10 /octubre /2011 15:17

el-fin-es-mi-principio.jpgHace un par de meses, el 7 de agosto, día de mi santo publiqué en este blog un trabajo sobre la película "El fin es mi principio", protagonizada por ese enorme pedazo de actor alemán llamado Bruno Ganz (al que hemos visto mostrando un Hitler desvalido y patético en "El hundimiento") y dirigida por Jo Baier. En la editorial Maeva y la colección EMBolsillo podéis encontrar esta obra y con ella la constatación de que a veces las memorias personales son una revelación y un placer (a condición de que el personaje sea realmente digno de ese efecto, cosa que Tiziano Terzani es, sin ninguna duda).

Se trata de un libro de pensamientos y reflexión, de un diálogo permanente entre un padre, Tiziano y su hijo Folco, donde se desgranan recuerdos y la vida interesantísima de ese gran periodista de "Der Spiegel", testigo de algunos de los más históricos acontecimientos del siglo XX, pero también reflejando sentimientos y emociones íntimas, en sordina, de una sensibilidad grande y una belleza humana y natural sin paliativos.

La historia que vemos pasar en el diálogo entre el anciano moribundo y su hijo, no sólo atañe al testigo de excepción que es un periodista culto y bien informado, sino una persona con una enorme humanidad y que nos cuenta el trayecto paralelo de su maduración como persona, su búsqueda espiritual y las convicciones éticas que tal desarrollo psicológico conlleva. Para cualquier curioso de los avatares históricos del siglo XX (de aquellos polvos, estos lodos) este libro es una lección de historia.

 

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Tiziano Terzani (1938-2004)  es uno de los más conocidos, hábiles y conspicuos corresponsales de guerra, un periodista de elite con un background impresionante y una bien ganada fama de hombre comprometido con su tiempo, de testigo notarial y comprometido de todas las grandes calamidades que asolaron la segunda mitad del siglo XX, desde la guerra fría y sus excesos, hasta la guerra de Vietnam, el horror de Camboya, la revolución china de Mao, las iniquidades del apartheid en Sudafrica...Un hombre que lo deja todo y se encierra en un ashram de la India, viaja al Himalaya y busca la espiritualidad y al fin se vuelve a Italia a morir, en una casa cerca de las montañas, un pueblo diminuto llamado Orsigna, donde se aisla para meditar en una habitación pequeña de madera -un gompa tibetano- construida en su jardín..

Es allí donde pide a su hijo que le acompañe en sus últimos días, junto a su esposa, haciendo de sus charlas con el joven, Folco Terzani (Nueva York,1969) --realizador cinematográfico, autor del último documental sobre la Madre Teresa de Calcuta y de otro sobre una comunidad asceta del Himalaya -- un verdadero testamento intelectual y espiritual que nos muestra al hombre tal como es a través de los grandes temas que son, en definitiva, la esencia del por qué y para qué de nuestra existencia. Desde la muerte, su sentido o su necesidad hasta la belleza del mundo y la no menos acuciante necesidad de la vida, del vivir.

Asistimos sobrecogidos a un  paseo por la vida de un hombre extraordinario, que se hizo singular no solo por su postura de denuncia de las cosas que van mal en el mundo y de las que él era testigo privilegiado, sino de su propio camino interior, lleno de dificultades y problemas. Habla a su hijo y a nosotros de su primera gran decepción. la caida del comunismo y antes de eso lo que los regímenes habían hecho del comunismo primordial que él soñó y que fue traicionado y bastardeado en Rusia, China, Camboya o Cuba. "Tantas muertes, tantas, ¿para qué?".

Y entonces llega al punto medular de su larga charla, "Mientras que el hombre no cambie, nada cambiará, esa es la verdadera revolución que hay que hacer". No es nada original, antes que él lo dijeron Gandhi, Cristo, Chrishnamurti, el zen o el taoísmo, pero nos convence dicho por este anciando que se está muriendo, en el estropicio de un cuerpo que falla por todos lados y con el que él no se identifica, Una suerte de Tostoi de hoy, rodeado de iconos budistas y de la hermosa realidad que le rodea, su cómoda casa de montaña, la naturaleza, su esposa y sus dos hijos (la hija, Saskia,  trae a su pequeño para que esté con el abuelo). Folco, el hijo, transcribe la larga conversación con momentos en los que nos cuenta las triviliadidaes de la vida cotidiana, los dolores de su padre, sus dificultades digestivas, las ocasionales charlas con su esposa, Ángela --el libro es un canto de amor a "mamá" por parte de Tiziano-. Folco se muestra fascinado, a veces a su pesar por la fuerza y la sensibilidad de su padre.

La última parte del libro se centra en el viaje interior de Tiziano, en su  búqueda de la verdad espiritual, a través de una estancia en la India y también de un retiro en el Himalaya, de esa "iluminación" que ha tenido algunas veces al alcance de sus dedos, pero que con gran lucidez acaba definiéndola de "ilusión". Entonces habla de la identidad, ese engaño de máscaras y roles, de su logro personal de avanzar hacia el estado de "sin nombre", el estado de unión con todo, la revelación de que todo es uno y de que "al final no hay nada y no eres nada". Leeremos conmovidos la frase que dedica al hijo, aunque habla de sí mismo, "Debes vivir una vida en la que te reconozcas, no importa lo que hagas, simplemente se tu".

El libro acaba con el testimonio de una muerte ejemplar, llena de paz, de sosiego y de dignidad, relata a través del dialogo entre los que están alrededor del ancaiano, su hijo Folco, su hija, su esposa Angela, con una enorme economía de medios, rozando la trrivialidad más enternecedora y esa petición ultima de Tiziano de que lo lleven a su pequeña casita del jardín-el gompa- y que lo acuesten allí. Y el final descrito por el hijo: "Se tiende en la cama. Se oye su respiración, como el viento que viene y va..."

En la película y para el recuerdo, la imagen de los dos, padre e hijo, en la cima de una montaña y la del hijo, en ese mismo lugar, aventando las cenizas de su padre. Otra ocasión en que sería aconsejable leer el libro y ver la película, aunque en esta ocasión debe ser con el orden cambiado: vea la película y después lea el libro.

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15 octubre 2011 6 15 /10 /octubre /2011 09:50

 

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Esta es una de las pocas ocasiones en las que el lector cede, con agrado, su puesto al cinéfilo. La novela, autobiográfica, en la que está basada la película "La carta final", titulada más expresivamente "84 Charing Cross Road", fue escrita por la escritora norteamericana Helene Hanff, que resumió en poco más de 120 páginas la correspondencia que sostuvo durante más de 20 años con la librería Mark and Co. cuya dirección postal da título a la novela (publicada en España por Anagrama, con un lento éxito basado en el boca-oreja de lectores consumados y encantados).

El caso es que aunque la novela goza de buena fama y es una delicia sumergirse en sus páginas, la película se convierte en un producto mucho más completo y complejo gracias a que la linealidad del argumento y  la exigua acción permiten que la riqueza  extraordinaria de miradas, gestos, silencios y emociones de unos actores en estado de gracia engrandezcan la obra en su conjunto (deberian venderse en las librerías en forma de pack, libro y dvd, con la indicación de leer primero el libro y ver después la película: el mejor vino para el final).

 

Y eso no solo es recomendable sino que es lógicoy coherente ya que esta película es quizá la más valiosa aportación del cine al amor a los libros y la literatura que se ha dado en las pantallas desde hace más de 50 años. "La carta final" no es sólo una historia de amor entre personas, la escritora yanqui y el librero, inglés hasta las cejas, (Anne Bancroft y Anthony Hopkins) que jamás llegan a verse físicamente, sino que es una de las más bellas, dinámicas, divertidas y sugerentes loas de amor al libro como  objeto, a la lectura y a las bibliotecas y librerías de las que he podido disfruutar en mis largos años de lector y cinéfilo. Este canto de amor al inmarchitable mejor amigo del ser humano (que me perdonen los perros, hablo del libro) se convierte en epifanía en la correspondencia que intercambian la escritora y el librero sobre los ejemplares de clásicos ingleses que aquélla pide desde Nueva York. Las secuencias en las que esta gran Anne B. recibe el primer envío de los libros solitados, su manera de acariciar la portada, oler el libro, pasar las hojas y todo ello con una cara de sonriente arrobo, figura en el acervo cultural de todos los que amamos los libros. Como ese momento delicioso en el que la escritora confiesa a su corresponsal londinense, (un Hopkins lleno de sensibilidad, emoción contenida, silencios y miradas llenas de alma, una interpretación ascética y llena de matices) que le apasionan los libros que han sido dedicados, que están llenos de notas personales del lector o subrayados significativamente, "establezco una especie de complicidad y camaradería con el desconocido que poseyó primero el libro", dice sonriendo.

No me extraña que el director y actor Mel Brooks (marido de la Brankfortt) que aquí hace labores de producción, le regalara a su esposa la compra de los derechos de la novela para llevarla al cine y encargara a David Jones que dirigiera la cinta con su esposa como protagonista. Todo el entusiasmo encantador de la actriz parece en cada secuencia ser una respuesta de agradecimiento y amor hacia su marido a través de los libros y el cine. Sin olvidar que estuvo durante muchos años interpretándola en los escenarios.

Por cierto en los años en los que leí la novela y luego vi la película, fui a Londres por motivos profesionales y me precipité en dos direcciones de la ciudad:, el 221 B de Baker Street (hogar de Sherlock Holmes) y el 84 de Charing Cross. Como se dice una y otra vez en la pelicula (cuando la escritora logra al fin, pero tarde para conocer a su amigo, ir a Londres) uno encuentra en la capital del Támesis lo que busca allí: literatura si es el caso.  A Sherlock y al doctor Watson se le "huele" en el museo recoleto allí creado, pero a Frank Doel, el conmovedor librero al que Hopkins da vida y corazón, no se le encuentra en el pub que ocupa esa dirección (aunque hay una placa que reconoce que allí mismo habia existido una librería).

Helene Hanff  tenía 33 años cuando decidió contestar a un anuncio de la librería londinense Marc and Co para solicitarle ejemplares de clásicos ingleses y rarezas de bibliófilos cuyos precios en Estados Unidos estaban fuera de su alcance (era guionista de radio y escribía obras de teatro, su suerte cambió cuando comenzó a escribir guiones para la incipiente televisión). Su pasión por la lectura y los libros fue el detonante de una correspondencia de más de veinte años con el librero y despyés con otros empleados de la librería, a los que llegó a surtir de alimentos en fechas especiales (navidad) en una época en que los ingleses estaban sometidos a cartas de racionamiento tras la segunda guerra mundial.

84 Charing Cross Road (2) por ti.

En 1970 la escritora convirtió en libro aquella correspondencia y comenzó uno de esos raros fenómenos que se dan en la literatura: aparición y primeras ventas discretas del libro y poco a poco, gracias al eficaz boca-oreja literario, exito rotundo y duradero que enriqueció a la escritora y le pemitió vivir sin estrecheces hasta su fallecimiento en 1997, con 81 años.

No se pierdan a la actriz que da vida a la esposa de Frank Doel, el librero. Ni más ni menos que una ya madura Judi Dench, muy lejos de la gran jefe del MI-7 en la serie de Bond y de la reina Elizabeth o Victoria que a ambas ha interpretado. En diciembre de 1968, el real Frank Doel fallece de una peritonitis, un poco antes de que la escritora pudiera al fin cumplir su sueño de viajar a Londres y conocer la capital donde tomaban cuerpo los libros y los autores que tanto admiraba y también la librería que había sido su séptimo cielo durante veinte años.

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14 octubre 2011 5 14 /10 /octubre /2011 14:41

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Soberbia patochada sólo imprescindible para los fanáticos del, por otra parte, indiscutiblemente interesante Rowan Atkinson, un hombre que se cree Mr. Bean y que ha logrado hacer desternillar de risa a un par de generaciones de amantes del chiste visual fácil, las caras de palo y los gestos desmesurados. Un experto en los gags visuales, heredero del entrañable Buster Keaton (sin su genialidad y su inteligencia) de Wilder y de Jerry Lewis y en nuestros lares, el hermano tonto de Esteso o la parodia descerebrada de los tres genios catalanes del silencioso Tricicle.

El bueno de Atkinson repite en su papel de agente secreto Johnny English, una parodia excesiva y a veces irritante de las películas del 007, que tuvo un cierto éxito hace ocho años en la primera de la serie (quizá aupada al exito de Mr.Bean) y que ahora hace agua por todas partes, evidenciando como no podía ser menos que el cómico ya empieza a tener una edad y parece que la madurez no se lleva muy bien con las gansadas que se obliga a hacer. Quizá la secuencia inicial con J.E. en un monasterio tibetano tratando de olvidar una catastrófica metedura de pata cometida años antes en Mozambique, sea  la más graciosa ya que recurre al esquema habitual en su tipo de humor y volverá a repetirlo una y otra vez, perdiendo como es lógico el factor sorpresa, tan importante en el humor de gags.

La elegancia, el dinamismo y la emoción de los "imitados" por English, Bourne y Bond, brilla por su total ausencia en el filme que comentamos, que apenas roza el interés que despertaban, por ejemplo, la serie del patoso superagente 86 o incluso de Mortadelo y Filemón, agentes de la TIA y, en la misma onda, "Anacleto, agente secreto".

Pero, seamos positivos. La banda sonora de Llan Eshkeri es magnífica, la dirección de Oliver Parker mortecina y el guión de William Davies bastante estúpido...perdonen, queria ser positivo. Pues bien, ahí va: los espectadores que gusten de Mr. Bean y del agónico agente English, se lo pasarán muy bien, les encantarán las chicas bond que salen y podrán carcajearse animadísimos con otra de las secuencias muy "made in Atkinson": el agente conduciendo una silla de ruedas supersónica sin dejar de hacer gestos con el rostro, de esos mismos que destornillan al respetable desde hace más de dos décadas.

 

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13 octubre 2011 4 13 /10 /octubre /2011 17:00

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  Volver a disfrutar con D'Ártagnan, la astucia del cardenal Richelieu, los tres mosqueteros Athos, Portos y Aramis, la bella Constance, la reina y sus joyas, el recalcitrante inglés, duque de Buckingham, y la portentosa maldad femenina de Milady de Winter, es un valor seguro de cara a la taquilla. El problema está en cómo superar la clásica de George Sidney de 1948, en rabioso tecnicolor y un Gene Kelly-D' Artagnan que nunca tuvo rostro tan pícaro y cuerpo tan flexible, una "mala" LanaTurner que bordó a Milady y un siniestro pero refinado Vincent Price como cardenal.

De entrada ya les decimos que al parecer de este critico, ésta versión de Paul W. Anderson no lo ha logrado.

Pero es que tampoco se ha acercado mucho a la versión del clásico que firmó el gran Richard Lester en 1973 y que fue tan ambiciosa y tan minuciosa que dio metraje para tres partes, "Los tres mosqueteros: los diamantes de la reina" y "La venganza de Milady" (1974) y un epígono "El regreso de los mosqueteros" en 1989, que fue la despedida de Lester y una película con mal fario en la que murió uno de los actores protagonistas (el que hacía el papel del criado de D' Artagnan, Planchet, en  las tres películas) al caer de un caballo.En esta ocasión se daban cita actores como Michael York en el papel del gascón, Richard Chamberlain, Oliver Reed y Frank Finlay como mosqueteros, un soberbio Charlton Heston como Richelieu, el más majestuoso y digno de todos los que han encarnado ese papel y un irrepetible Christopher Lee como el malvado Rochefort. Tampoco la actual la supera. En 1993 Stephen Herek se atreve con otra versión, la más floja de todas, con Charlie Sheen, Kiefer Sutherland, Chris O'Donell y Tim Curry. A esta si la supera.

Y en este año 2011 de nuestro señor, alentado quizá por el merecido éxito (aunque discutido por los amantes del personaje literario, que tan excelentes versiones clásicas ha merecido) de la versión de Sherlock Holmes de Guy Ritchie, Paul W.S. Anderson dirige la enésima versión del clásico de Dumas y emplea el mismo criterio que Ritchie con el detective inglés: la modernidad del mito a través de la recreación virtual de un ambiente histórico y geográfico y la dinamización irreverente pero dinámica del personaje ajustándose a los criterios de la generación del video-clip y los increíbles juegos por ordenador.

Por tanto nadie espere más del señor Anderson que, justamente, es el responsable de titulos como "Mortal Kombat" y "Resident Evil" que antes de ser peliculas fueron juegos de ordenador.

Ya desde el principio de la cinta, en Venecia, en donde tras lograr unos planos de una máquina de guerra diseñada por Loenardo y guardados en un lugar secreto al estilo del Código Da Vinci, cuando los mosqueteros son traicionados por la bella Milady (atlética-demasiado para su personaje- y bellísima Milla Jovovich) a favor del Duque de Buckingham, (en esta versión, amoral petrimetre con los rasgos de Ornaldo Bloom) vemos por donde van a ir los tiros: el vino viejo en odres nuevos y con los cambios suficientes en el argumento para hacer más "moderna" la versión.

La magia del cine de ordenador nos llevan a un Paris de la época más creíble que los de todas las anteriores y a un Richelieu que parece una sombra taimada del soberbio jerarca nazi  de "Malditos bastardos" interpretado por el mismo actor: Christoph Waltz. El joven Logan Lerman, da cuerpo a un nada convincente D' Artagnan (pero eso sí, da el aspecto en edad y el comportamiento que debía tener el personaje en la novela, según Dumas). Los mosqueteros tiene los rostros de Mattew Mcfayden, Ray Stevenson y Luke Evans, aunque no logran ni emocionarnos ni interesarnos demasiado (parecen más un  grupo de colegas de un "Resacón" que tres mosqueteros con sus dramas personales a cuestas). El sobrio Mads Mikkelsen (el malo malísimo de 007 Casino Royale) hace un correcto Rochefort.

La ambición de nuestro director es obvia: acción y dinamismo a tope, peleas bien filmadas al estilo arte marcial, artilugios poco probables en la época y un aire contemporáneo a pesar de casacas, espadas y miriñaques. A los niños y adolescentes les encantará. También a los adultos con alma de niño y formación en videojuegos, mientras que los cinéfilos y los amantes de la novela torcerán un poco el gesto.

Anderson logra contagiar al espectador con esa propuesta de todo vale si logramos divertirles; y así se atreve a incluir en la historia artefactos voladores muy bien recreados y un aire de comedia relativa - sobre todo en la sobreactuación de Freddie Fox  como el joven Luis XIII--, que nos hace sospechar que los actores en muchos momentos se divierten con lo que hacen, por supuesto sin creerse una palabra ni esperar que la película pase a la historia del cine. No hay pues altibajos, momentos de decaimiento fílmico, ni errores de ritmo, la cosa fluye  en 3D, a la marcha de un tren expreso, sin detenerse en emociones ni sentimientos, todo como una gigantesca broma. 

Pero en todo caso una broma que divierte y que, estén seguros, tendrá secuelas.

 

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11 octubre 2011 2 11 /10 /octubre /2011 16:08

ballena

 

 Me temo que esta película ha pasado sin pena ni gloria por las salas y acabará pronto siendo pasto del mercado de alquiler y compra. Y es una pena, pues a pesar de su talante de videoclip ecológico o de serie B con buenas intenciones, la propuesta argumental es hermosa, salvar las ballenas y responde más o menos a un interrogante que nos ha inquietado a todos los que amamos la naturaleza. ¿Por qué se suicidan las ballenas?  Ver al "Inmortal", el inexpresivo Christopher Lambert , en faenas de ejecutivo sin alma reciclado en salvador de ballenas resulta un poco chocante, Verónica Ferres hace su papel de hija de sabio erudito-padre descuidado- mártir de la causa (un Mario Adorf al que la edad ha prestado una dignidad que no tuvo en su juventud y madurez), y la película transcurre por senderos previsibles pero con hermosas imágenes de ballenas y penosas secuencias de ballenas varadas y moribundas.

La tesis central de esta cinta mediocre y bienintencionada va de multinacionales -británica- del petróleo que no tiene escrúpulos en acudir incluso al asesinato con tal de lograr una explotación en Nueva Zelanda. pero con tan mala puntería que se meten en una bahía en cuyas cercanías transitan las ballenas jorobadas, en trance de extinción. Los ultrasonidos utilizados para las prospección submarina dañan a esos bellisimos animales y les hacen varar en las playas donde su muerte es segura. 

Las dificultades de la protagonista y su joven hija, amorosas o familiares, no nos logran interesar  y todo queda en el mensaje apuntado: hay que preservar la existencia de las ballenas pues son un importante eslabón de nuestra propia existencia y la del planeta que estamos esquilmando.

La belleza increíble de Nueva Zelanda se prefigura como un personaje más en la narración y, visto lo visto, en uno de los más importantes de la película. Con eso queda dicho todo. El director, Philipp Kadelbach, pasa un aprobado rozando el listón.

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10 octubre 2011 1 10 /10 /octubre /2011 09:18

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He aquí un buen documental biográfico. Como dice el propio director, Juan Manuel Cotelo, dotado de una rara naturalidad y convicción, en una de sus intervenciones directamente ante la cámara, "hacer una película donde en vez de sacrificar -crucificar dice él- a un sacerdote, se le ensalza condena irremisiblemente al fracaso a una película. No obstante me voy a arriesgar y es porque la persona sobre la que he investigado y que es el protagonista de esta película es un sacerdote ejemplar en muchos aspectos. Ustedes verán. Si les parece que no tengo razón, sálganse del cine o apaguen el DVD y digan  a sus amigos que no vean esta película. Pero estoy seguro de que no van a hacer tal cosa". Cotelo mira directamente a la cámara y lo que dice suena a algo creíble y lo que vemos en su cara y en sus ojos lo corrobora. Es un buen reclamo...uno de los mejores que he visto en cine.

Pues bien, nos sentamos cómodos y vamos a pasar algo más de una hora pendientes de este documental rodado con ortodoxia y sin ningún tipo de excentricidades, casi de puntillas y con una sonrisa de disculpa. Interesa más de quién hablan, parecen decirnos, que cómo lo hacemos. Pero, además, lo hacen muy correctamente. ¿Y de quién hablan? Del sacerdote Pablo Domínguez Prieto.

No tenía ni idea de quién es ese sacerdote. Me muevo lejos de los círculos clericales y mis relaciones con la Iglesia católica son inexistentes (sólo me relaciono ocasionalmente con mi maestra zen, Berta, que además es monja católica). La primera noticia la tuve por un montañero que comparte conmigo muchas salidas y un amor absoluto hacia las cimas, fue en febrero de 2009. Me habló de un montañero amigo suyo que había muerto en el Moncayo junto a una amiga también montañera, en una de esas jornadas luctuosas que sobre todo en invierno suelen asolar a la comunidad de las mochilas y las cumbres.

Dias antes de esa conversación, había visto en un telediario la noticia de las dos muertes y las labores de rescate de los cuerpos. En la prensa me enteré de quién era Pablo Dominguez y casi dos años mas tarde me sentí atraido por el titulo de una pelicula, "La última cima" (suelo ver todo lo que cae en mis manos de cine de montaña) y descubrí que hablaba sobre Pablo. En fin, el destino parecía indicarme que debía verla. Y lo hice. "Pablo Domínguez era el decano de la Facultad de Teología San Dámaso de Madrid cuando murió y tenía 42 años. Había estado impartiendo unos ejercicios espirituales a las monjas cistercienses del convento de Tulebras, a diez kilómetros de Tarazona, y decidió no regresar a Madrid sin ascender al Moncayo, cosa que hizo acompañado de la montañera Sara de Jesús Gómez, cirujana de 37 años y profesora en la Universidad Francisco de Vitoria, que falleció también en ese mismo accidente".

El documental de Cotelo va pasando de una persona a otra, familiares y amigos de Pablo, superiores religiosos, fotografías comentadas de sus viajes y de sus subidas montañeras, testimonios auditivos de conferencias pronunciadas por ese hombre que cautiva con su sinceridad y sencillez. Uno compueba el alcance de su inteligencia, con una personalidad brillante, simpática, sugestiva,  una de esas personas convencida de sus ideas, pero respetuoso con las diferencias, escasamente proselitista aunque sin ocultar su fervor religioso (punto en el que, a los que no estamos en esa honda, no nos interesaría sino viéramos que forma parte de la coherencia interna de un hombre desusadamente completo en sí mismo).

Quizá -para mi humilde y personalísima opinión- sobren los excursos en los que se evidencia el interés del director de extrapolar la figura de Pablo a un universalismo del sacerdocio en el siglo XXI, en un momento en que el papel de la Iglesia y muchos de sus ministros está cuestionada en términos de escándalos (no mayores que los que atañen a la sociedad política, por supuesto). El oportunismo de los medios de información para hacer leña del arbol caido en el caso de la Iglesia supone, en su exceso, un agravio comparativo respecto a los semejantes y aun más graves casos que atañen a la clase política. Por tanto algo de razón hay en esta defensa oportunista que Cotelo hace de la clase sacerdotal aprovechando el contexto ejemplar de Pablo.

La película es dinámica, provocadora, con vocación de sinceridad y de no manipulación, suena a menudo a homilía --otro de sus pequeños defectos-- pero lo cierto es que la fuerza del protagonista acaba restando importancia a esos deslices (repito, en mi opinión). Las recreaciones de la figura de Pablo son flojísimas, casi de video escolar (sorprende, dada la calidad del conjunto) y uno le diría a Cotelo que debería haberse atrevido a montar secuencias con un actor).

Parece ser que las últimas palabras que se conocen de Pablo fue un registro de móvil donde decía "he llegado a la cima". Ese debería ser la mejor inscripción en la tumba de un montañero. Y sin nos apuramos, de cualquier hijo de vecino. Al funeral de Pablo acudieron más de 3000 personas y 20 obispos.

 

Nota bene: como cinéfilo, permítanme una broma: también James Cagney ("El enemigo público número uno") grita antes de morir: "Mom (Mamá), he llegado a la cima". Estoy convencido que hasta Pablo se hubiera reído con la coincidencia.

 

 

 

 

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9 octubre 2011 7 09 /10 /octubre /2011 09:37

 

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He aqui una comedia sin demasiadas complicaciones con una apuesta fácil para hacer sonreir al público y a veces reir, si uno no se cuestiona demasiado la lógica del personaje o del argumento. Para todo el que haya realizado un viaje turístico en grupo reconocerá las situaciones, las descripciones de personajes y los líos que suele acarrear la convivencia forzada de un montón de personas raramente interesadas en algo más que no sea divertirse del modo más elemental y barato posible, algún que otro rara avis que se interesa por la cultura (suelen disgregarse rapidamente) y la pareja autista que parece viajar con un ambiente propio exclusivo. Luego, la fauna de costumbre, el gracioso del grupo, la pareja que se odia y lo disimula poco, la pareja que acaba de empezar a amarse y lo lleva con poca discreción, el soltero que busca cama y acompañamiento como sea y donde sea, los separados o separadas que deciden que es el momento de echar una cana al aire, los ancianos que parecen frágiles y luego son insaciables y los maduros y maduras que tratan de que el viaje no les amargue un poco más de lo debido, los adolescentes huraños empeñados en fastidiar a los demás y el guía o la guía que trata infructuosamente de que la gente se lo pase bien o el que decide que no le pagan para eso y se limita a funciones no muy eficaces de asesoramiento.

La joven Georgia (Nia Vardalos, a quien conocimos en "Mi gran boda griega" donde hace un papel con los mismos gestos y miradas de una expresividad equivocada y universal) es una profesora griego-norteamericana que hace de guía para trabajar en algo antes de lograr un puesto en una universidad. Los turistas que le suelen asignar son el calco vulgar y pesadísimo de los especímenes que todos conocemos. Pero el gracioso del grupo, un madurísimo Richard Dreyffus (ay Dios, los papeles que se ven obligados a cumplir algunos antiguos grandes actores) resulta ser un diamante escondido en un trozo de carbón y la cosa se vuelve, viejo sabio que ayuda a joven desnortada a que ame su trabajo, conozca y aprecie a su futuro gran amor y se haga con los corazoncitos, al fin ya la postre no tan repugnantes, de sus turistas amantes de camisetas, recuerdos banales y desprecio hacia las nobles ruinas griegas.

Por tanto, como estaba cantado, tras unos pocos momentos de tensión y meteduras de pata generales, el grupo se vuelve civilizado, la chica triunfa y se queda con un novio guaperas y decente. En medio de todo ese original enredo, los chistes de rigor, mas o menos ordinarios, las imagenes de postal, los sentimientos y emociones cada vez mas edulcorados y el final apoteósico en el que el amor triunfa y el espectador se olvida de lo que ha visto en cuanto se encienden las luces del local.

Musica pegadiza, dos separadas españolas de juzgado de guardia, un poco creíble rollete sexual del gran Dreyffus que parece  preguntarse qué diablos hace un chico como él en un sitio como ese y la nota original de una viejecita que tiene una "simpática" tendencia a robar lo que puede con el mayor descaro y luego, como una nueva Robin Hood de la tercera edad, reparte su botín entre los compañeros de viaje. Produce Tom Hanks, (Dios...¿como es posible?) y también la industria del cine española (ICO) y aunque no se lo crean muchos exteriores han sido rodados en la zona de Alicante. Dirige la cosa Ronald Pretie y el guión parece haber sido perpretado por uno de los guionistas de los Simpson: algunas secuencias  de desmadre lo justificarian (como el episodio de la camiseta grabada que lleva el joven americano lelo-explosivo). Pero en general la cosa es un producto que yo calificaría del la serie C: sólo para adolescentes y mayores con reparos. 

 

 

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8 octubre 2011 6 08 /10 /octubre /2011 09:05

 

mapayter.jpg

 

  Este autor de apellido impronunciable, producto cultural francés hasta la médula, con toda la fascinación, el exhibicionismo, la vanidad, la pedante complejidad y la feroz crítica generalizada sin piedad que es marca de la casa en los buenos escritores, Michel Houllebecq, vuelve a buscar ser piedra de escándalo en su última novela, "El mapa y el territorio", con la que recibió, merecidamente, el premio Goncourt, uno de los más prestigiosos del mundo literario.

Este escritor vedette, pagado de sí mismo, con un punto de histrionismo que le crea enemigos encarnizados y admiradores fanáticos, ya asombró, irritó y fastidió al universo lector con obras como "Plataforma", "Ampliación del campo de batalla", "Las partículas elementales", todas ellas pluripremiadas, jaleadas y anatematizadas generosamente por una sociedad internacional de lectores que son sistemáticamente arrastrados a la polémica por un escritor inclasificable, provocativo, presumido y tan complejo como transgresor, una especie de Balzac postmoderno trufado con la sofisticación de Proust, la vulgaridad de Simenon y la patología de un voyeur un poco psicógeno que se usa a sí mismo como material de ensayo.

En esta novela asistimos al nacimiento, esplendor y decadencia de un tipo bastante pasivo y desdibujado, un "artista" que cuestiona con su solo trabajo y su figura el concepto de lo que es el arte, la cultura y la inteligencia, no sólo en Francia, de la que es una genial y cáustica crítica constante, sino de los parámetros de la cultura occidental de nuestro siglo XXI. La vida de Jed Martin, sus intuiciones, sus aficiones, sus amores, su éxito, es como una opereta de Bertolt Brecht manipulada por Jonathan Swift, en ella vivimos toda la riqueza exagerada, superficial, bobalicona de una cultura autoreferencial, la francesa en su aspecto menos sólido y más mercantilista. M.H. (perdonen las siglas, pero es más cómodo que repetir el apellido del escritor) juega con el papanatismo de una cierta concepción del arte (destripado irónicamente por una compatriota suya, Yasmina Reza, en su célebre obra teatral "Arte") haciendo que su triunfo inicial correspondiera a una serie de fotografías de los mapas de la guía Michelin y el definitivo, tras un periodo de sequedad, una serie de cuadros dedicados a los oficios con títulos rimbombantes e irónicos dignos de la pluma del escritor más que de su personaje.

Pero a través de este "artista" lo que se desmenuza usando como catapulta su biografía personal, el, amor, el sexo, las relaciones familiares, la figura del padre, la fama, la sociedad y sus antojos y modas, los gustos gastronómicos, la muerte, Francia como ombligo del mundo y meretriz de un turismo voraz y deslumbrado, la patología siniestra del crimen, la vanidad del nombre, todo con una salsa corrosiva e irónicamente cruel en la que M.H. se autocita constantemente, se hace personaje de su propia novela y se da en sacrificio cruento como un corderito al monstruo de la ambición literaria.

El exceso, la brillantez de la purpurina y la supuesta elegancia de este epítome de lo francés que es M.H. no debe ocultar la eficacia narrativa, el interés a vaces absorbente y la fuerza reflexiva de un texto, siempre sobreabundante y excesivo que consigue ofrecer al lector una imagen, distorsionada pero real, de lo que es nuestra sociedad, nuestros valores y nuestros defectos en este inicio del siglo XXI. No sólo Francia, modelo denigrado pero ensalzado también  de M.H., sino todo occidente. Su creatividad y dotes de observación de la dinámica del tiempo que vivimos le hace ser profético en sus obras, así en "Plataforma" (2001), un atentado islamista o las revueltas de la primavera árabe unos años antes de que se produjeran en "La posibilidad de una  isla" (2005). Sin embargo, nadie busque la profundidad de un análisis sociopolítico de un Tony Judt, no, M.H. es un novelista y no bucea en causas y consecuencias, en él todo tiene la superficialidad de la página literaria a la manera de Sthendal, un espejo a lo largo del camino. Son intuiciones certeras pero nacidas más de la brillantez de un payaso crítico muy hábil con la pluma y el sarcasmo, que del peso razonado de un pensador que sacrifica la forma por el fondo.

"El mapa y el territorio" es una vuelta de tuerca (que algunos tildarán de rettroceso a posiciones literarias más conservadoras) en la obra de M.H. Lo sociológico tipo Swift cede su lugar a un retrato, igualmente cáustico pero más reposado y juguetón de la sociedad del momento y sus vicios y virtudes (más lo primero). El tema central, el arte, es la diana más precisa. Como M.H. escribe en la página 94  de su libro: "ser artista es ante todo ser alguien sometido...a mensajes misteriosos, imprevisibles...que habria que calificar de intuiciones, mensajes imperiosos, categóricos...que no te dejan la menor posibilidad de escabullirte...a no ser que pierdas toda noción de integridad y respeto por tí mismo". Y M.H. da todas las muestras de ese sometimiento del que habla y se refiere a sí mismo, por supuesto, el escritor, más que a su personaje, que no deja de ser un pálido reflejo de su propia abarcadora y exigente personalidad que nos ofrece una visión del mundo que, indudablemente, es categóricamente la que le ofrece su particular visión de escritor de éxito indiscutible, inflado de sí mismo y autoreferencial, hasta el punto de convertirse a si mismo en un personaje nada casual de su propia novela, por primera vez con forma y ambición de novela tradicional, más que de sarta de provocaciones brillantes y demoledoras.

La trayectoria de Jed Martin con   su exito Michelin, su silencio de diez años y su arrebatadora serie de retratos de los oficios que caracterizan al siglo desde la escort-girl que le alegra el sexo desde la salida de escena de Olga, la rusa que es su primer amor y su lanzadera con el éxito, hasta el encuentro simbólico entre Steve Jobs y Bill Gates, el retrato de Dorian Grey en forma de Damien Hirts y Jeff Koons, gurús del mercado del arte, el de su padre o el del propio escritor, M.H. convertido en cliente y motor de una parte de la novela, asesinado irónico, parodia de un thriller. Una trayectoria que se remansa al final, en una decadencia fisica, artistica y psíquica que constituye uno de los mementos más nostálgicos y humanizados del personaje y una lenta degradación que consume la brillantez paródica de la novela.

M.H. no decepcionará  a sus fans y logrará irritar un poco más a sus detractores. Pero una cosa es segura, hay que leer "El mapa y el territorio", un titulo muy  zen, que le da la vuelta al estilo provocativo M.H.: para este no existe la confusión que denuncian los maestros zen: "no confundas el mapa con el territorio, ni el dedo que apunta a la luna con la luna". Para M.H. el mapa es más importante que el territorio. Muy acorde con la personalidad exhibicionista del escritor.

 

 

 

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7 octubre 2011 5 07 /10 /octubre /2011 13:11

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La verdad es que tener a Ricardo Darin ("Nueve reinas", "El secreto de sus ojos" o "El hijo de la novia", entre más de cuarenta títulos) como protagonista de una película suele ser garantía de una interpretación de una naturalidad y eficacia pasmosas. En esta ocasión "Un cuento chino", el ingenio del argumento y los secundarios que dan réplica a Darin, principalmente el co-protagonista el chino Ignacio Huang y la chica de la función, la deliciosa Muriel Santa Ana, bordan una historia, un "cuento chino", que desborda veracidad, ritmo magnífico y una solidez argumental, forjada con pequeños detalles, miradas y gestos de una sobriedad ejemplar y la corriente subterránea -que aflora de vez en cuando-- de una humanidad enternecedora.

El argentino Sebastián Borensztein firma, que yo sepa, su primer largometraje y lo hace con una solvencia sorprendente. Desde la primera secuencia que deja boquiabierto al espectador (sucede en China) a la siguiente secuencia de engarce (en Buenos Aires) en la que la cámara está boca abajo como corresponde a las antípodas y se pone lentamente al derecho, hasta los créditos del final (ojo, el espectador debe esperar a que se sucedan los créditos si quiere gozar de una sorpresa añadida), el filme cabalga con maestría consumada entre el drama, la comedia, la película psicológica o una secuencia policial, sin permitir que el espectador se de cuenta si su asiento es incómodo o no y énternediéndose ante el patetismo del protagonista, complejo, amargado, irritante y profundamente humano, tierno y desvalido, como un ogro gruñón al que le gusten las hadas y le tenga miedo al amor. Un personaje que parece surgido de la pluma de Borges, el tintero de Cortázar y la mano de Bioy Casares: huraño, maniático, neurótico hasta la extenuación ( dueño de una ferretería, cuenta los clavos de una caja para asegurarse que el número de clavos que figura en el envoltorio es el correcto), rutinario hasta la desesperación y con un solo hobby: recortar de periodicos atrasados las noticias que narran algo increíble, chusco y sorprendente, para despues pegarlas en un álbum. Ex combatiente en las Malvins, con todo lo que supone de humillación y debacle ideológica, es también un hombre firme en sus convicciones, recto, justo, que abomina de los abusos y de la falta de honestidad que le rodean.

Hay que estar atento porque no hay ni un solo detalle de los que se nos van narrando que no tenga una importancia capital en el desenlace de la película. Como por ejemplo la ayuda que Darín presta a un chino que no sabe hablar más que su idioma y que ha encontrado en plena calle tras ser desvalijado por un taxista desaprensivo. El joven chino acaba formando parte de la vida de Roberto (asi se llama el protagonista) a regañadientes de este, un misántropo que huye de la compañía, y del amor, porque quiere creer que no los necesita.

No les cuento más. Piensen que el chino, las manías de Roberto, su bondad estrangulada por su aspereza y la presencia de la joven vecina que le ama serán determinantes en el desarrollo de la película, que se va demorando con los conflictos domésticos entre el joven chino y su irascible anfitrión a la fuerza, la búsqueda de los parientes del chino para que se hagan cargo de él, toda una serie de dificultades que van haciendo surgir lentamente una especie de identidad emocional que ablanda a Roberto y le hace replantearse su vida.

Película llena de sorpresas, de humanidad y de ternura, de humor y de un medido drama íntimo que convierte a los personajes en personas, a pesar de lo absurdo y casi disparatado de la propuesta inicial (aunque desde el principio se nos advierte que la película está basada en un hecho real).

 

 

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6 octubre 2011 4 06 /10 /octubre /2011 10:06

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De vez en cuando es recomendable dar una vuelta por la estantería de clásicos de cualquier deuvedéclub y visionar alguna de esas películas que marcaron la infancia de algunos y que son recomendadas fervorosamente por los críticos y cinéfilos de todos los tiempos. La versión última de "Soy leyenda" basada en la novela de Richard Matheson e interpretada por Will Smith (hubo una versión en los setenta interpretada por Charlton Heston) me recordó que había un clásico de los cincuenta en blanco y negro que se mantiene tan fresco como si fuera actual, aunque con la diferencia de la presencia de unos efectos especiales que entonces eran rudimentarios aunque muy efectivos.

Se trata de "El increíble hombre menguante" basada en un relato de Matheson y que este mismo adoptó a la pantalla. Dirige la película Jack Arnold, un especialista en cine de terror y CF que había firmado trabajos tan excelentes como "La mujer y el monstruo" o "Vinieron del espacio". El argumento es simple, un joven matrimonio pasa unos dias de vacaciones y sale a navegar en el barco de un amigo. Scott Carey, el joven, queda expuesto durante la navegación al paso de una extraña niebla mientras su esposa está en el interior del barco. Al paso de los días Scott comienza a sentir una efectos extraños y no tarda en percatarse de que está disminuyendo de tamaño. Con un ritmo bien medido y gradual, el misterio atrae y asombra a los médicos que se ven incapaces de frenar el fenómeno. Poco a poco Scott va disminuyendo y se va enfrentando a una existencia inesperada y llena de peligros, ya que su tamaño choca frontalmente con los objetos que antes formaban parte de su vida cotidiana. Con ejemplar economía de medios y una lógica aplastante el argumento nos lleva a comprender algo que por lógico resulta baladí: nuestra vida se basa practicamente en un principio esencial: todo lo que nos rodea y nos hace la vida más llevadera se convierte en un objeto absurdo o simplemente peligroso cuando nuestro tamaño no responde a los cánones habituales. Así un gato deja de ser una mascota inofensiva para convertirse en un depredador, un grifo abierto es una inundación brutal, una araña es una bestia peligrosa y un alfiler una espada defensiva, una escalera en un obstáculo casi invencible incluso para un escalador y una caja de cerillas es un refugio improvisado ante los peligros que amenazan a cualquier criatura diminuta en una casa normal.

El proceso psicológico por el que pasa Scott hasta la admisión de su estado es de una concisión y realismo sorpredentes. No hay ni una secuencia, ni una reflexión que sobre o se reitere en esta película modélica. Matheson logra ir dosificando pequeños detalles, escenas llenas de tensión con otras en los que el cansancio o la desesperación del protagonista parece comunicarse al ritmo de la película, hasta un final, quizá lo más discutible, en el que el autor no puede evitar ofrecer un desvío místico a la lógica y coherencia del argumento. Un final abierto que en nuestra época actual supondría sin lugar a dudas el encadenamiento de más versiones numeradas. Y en el caso que nos ocupa, un final rozando la trascendencia que puede gustar a espectadores más ambiciosos que buscan un mensaje creativo incluso en películas de la llamada clase B.

Son sólo 78 minutos, un estándar de duración escaso incluso para la época, pero es una hora y pico en la que el espectador no deja de acompañar emotivamente al angustiado protagonista. Sobresaliente la puesta en escena de Jack Arnold y su imaginación para reflejar las imégenes mentales de Matheson, trucajes que logra dar una veromilitud que para sí quisieran muchas peliculas rodadas hoy en dia con la enormidad de recursos técnicos de que se dispone.

Grant Williams es el actor que da vida al protagonista y lo hace con contención y austeridad gestual. No recuerdo haberle visto en más peliculas de la época y me sorprende dada la calidad del trabajo que hizo.En resumen, una película que hay que conocer y que no desentona e incluso supera a muchas de las peliculas actuales del género con, no lo olviden, unos medios técnicos que están en la prehistoria del cine de hoy.

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