Dirigida por Jodie Foster, la ex niña superdotada que ya es una mujer madura e inteligente a la que le ha quedado cierta tensión permanente en la sonrisa, "El castor" es una de esas películas que justifica por sí sola el tan denigrado star sistem de Hollywood, ya que aunque parece más propia de los canales de películas que ambicionan calidad (debería haber sido presentada en el Sundance festival que dirige con mano maestra Robert Redford) se ha atrevido a colarse entre los estrenos banales del mes. Interpretada por la propia Foster y un magnificamente patético Mel Gibson (en el papel más excepcional y ajustado de su carrera), junto a un elenco de muy buenos secundarios, nos presenta ese tipo de historia que podría ser veneno para la taquilla: un industrial juguetero golpeado por una depresión mayor, con intento de suicidio incluido, que traspasa la responsabilidad de la cura a un peluche, un castor al que la pericia de Foster y la habilidad interpretativa de Gibson --ligeramente excesiva, plena de tics, pero con el añadido dramático de que el espectador informado sabe que el actor no está o ha estado muy lejos de su personaje--llenan el filme de una verosimilitud dramática. Y terrorífica al final.
Tratar un caso patológico, una esquizofrenia maniacodepresiva resuelta con automutilación, como una comedia con final feliz y detalles de autosuperación tipo USA, no acaba de ser una buena idea y por eso, a mi parecer, la película se resiente, a pesar de la fuerza de la propuesta y el festival de gestos y expresiones dolorosas de Gibson. Y es que "El castor", es Gibson y no trato de mostrar la evidencia de la interpretación, sino afirmar que los fantasmas personales del actor han dado cuerda vital a ese muñeco siniestro que habla como un manual de autosuperación y acaba siendo un manipulador infernal.
Mi "pero" mas consistente a la película va dirigido a Jodie Foster que en ocasiones banaliza el guión, volcándolo en el patetismo o en el ridículo, como si el trato con el delirio esquizoide de su marido fuese demasiado para ella.
Tampoco la historia paralela del hijo mayor que odia a su padre y apunta las similitudes como monstruosidades, sigue un engarce creíble con la premisa mayor: la enfermedad del padre. El final feliz para el chico, gracias exclusivamente a que el amor funciona con su chica, vulgariza a un personaje de tanta o más complejidad que la del padre y desmiente su inteligencia y su sensibilidad -rozando también la patología- que ha mostrado durante todo el metraje.
Pelicula fallida, pero muy digna de verse, que constituirá con el tiempo una de las películas de culto de esa mujer tan interesante que es Jodie Foster.
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He aquí una versión posmoderna de "Secretos de un matrimonio". Hay mucho de Bergman en "Last night" que dirige con acierto casi pleno Massy Tadjedin. Los sueños, los deseos, la infidelidad mental aunque no física, la represión , el miedo, las emociones desbocadas, la seducción, el arrepentimiento...todos los cajones secretos y también los evidentes de esa cómoda de la habitación común que es el matrimonio.

decadencia y la suciedad o el deterioro hasta extremos sorprendentes, flores y escenas familiares...todo un universo propio donde la imagen parece detenida en un proceso de deterioro temporal que llena el corazón de melancolía.
El mago de Hollywood, Steven Spielberg, como productor, vuelve a la carga y esta vez con un sello de calidad en el papel de director, J.J. Abrams, un fuera de serie, artífice de "Perdidos" y uno de los iconos de la nueva generación cinematográfica norteamericana. Entre ambos cocinan una película, "Súper 8", en la que, con gran visión de la jugada, nos hacen volver a vivir los 80 en clave de extraterrestres, dramas familiares, hogares desestructurados por la desaparición o el accidente, niños o adolescentes algo traumatizados pero llenos de energía, imaginación y voluntad emprendedora en sus ritos de paso a la madurez. A ello sumen el gran espectáculo y tienen una película de géneros que mantiene alto el listón. Siguiendo la clave del cine de ambos profesionales, Spielberg y Abrams, se nos propone una historia en la que la aventura, el riesgo, el misterio, el amor que nace o los amores sólidos de siempre, los padres, los amigos, decoran la narración --de un ritmo perfectamente medido y unas sorpresas presentadas como un mecanismo de relojería hacia el climax final-- que nos atornilla a la butaca hasta que las luces de la sala ponen punto final a la experiencia (por favor, no se levanten cuando todo parece llegar al the end y aparecen los titulos de crédito: sigan en su butaca y observen).
“Hermanarse con los muertos para recibir de ellos sabiduría y consejo”, aquí tienen los objetivos de un grupo joven, los "pálidos", que ya triunfó en el mundillo de la literatura juvenil con “Retrum” de Francesc Miralles. Ahora edita “Retrum 2”, donde recoge el testigo de la primera novela y busca la resolución argumental de ciertos misterios acumulados y no resueltos en la primera. A los jóvenes, y no tan jóvenes, devotos de la primera “Retrum” su continuación no les defraudará, supongo. Pero para un lector adulto que disfrutó con el “Drácula” de Bram Stoker y Le Fanu, y el “Frankenstein” de Mary Shelley, pero le dejan frío los ”Crepúsculos” y las sagas vampíricas, que ama la literatura gótica de los Lautremont y Poe, emparentados con el terror como la policíaca bebe de los Chandler y los Hammet, los Conan Doyle y los Wallace y aún se estremece con el “Soy leyenda” de
Dirigida por Santiago A. Zannov, hace un par de años, llega a mis manos una película española que parece un cruce actualísimo entre el Saura más desgarrado y socialmente crítico (el de "Deprisa, deprisa", por ejemplo) y un desmesurado Eloy de la Iglesia, con el asesoramiento de Joaquin Sabina. Se trata de "El truco del manco", obra primeriza, llena de entusiasmo y también de defectos como cabía esperar. Nos narra la vida arrastrada y heroica de un disminuido físico que trata de escaparse de la ciénaga donde le ha tocado vivir y al que la gente y el ambiente de trapicheo, mercadillo de éticas sin ley, robo, drogras y violencia van cortando las alas hasta el desastre final.
De vez en cuando, la suerte o una recomendación certera e inesperada (más por lo de certera que por su carácter de recomendación), proporciona al lector "profesional" uno de esos libros que uno coloca, pleno de subrayados, cruces de atención en la cabecera de la página, recuadros torpes enmarcando una feliz descripción o un toque literario de altura, en uno de los estantes de los libros a conservar (y por tanto a recomendar viva voce a amigos y solicitantes literarios). Bueno, pues "Els somriures de la pena" de Manel Alonso i Català, editado por Onada edicions, al que conocí o mejor dicho saludé en la librería del amigo Octavi Serret de Valderrobres, es uno de esos libros.
El verdadero origen del Planeta de los simios es la novela que escribió Pierre Boulle en 1936, convertida en impactantes imágenes en 1968 por Franklin J. Schaffner, con el inexpresivo pero efectivo Charlton Heston como protagonista absoluto. Ya entonces el planeta donde se subvierte la entronización supuesta del ser humano como rey de la creación y monarca del mundo y se le convierte en un animal maloliente, ladrón y dañino en un planeta donde la cumbre de la creación son monos inteligentes, orangutanes dotados para la política, chimpancés dedicados a las artes y las ciencias y gorilas como brazo armado del Estado, constituyó un reto para la vanidad del espectador como ser humano y un estímulo para la reflexión sobre nuestro comportamiento con los animales.
simios sabios velaba por evitar que la ciencia llegara demasiado lejos (simplificando el papel enorme de la ciencia en el desarrollo, el progreso, la salud, las comodidades de la vida, etcétera y reduciéndola a su poder apocalíptico unicamente) con lo que se nos mostraba una sociedad medio idílica, agrícola, de vida sencilla y ajustada a la naturaleza.