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5 enero 2023 4 05 /01 /enero /2023 18:37

OBSERVATORIO POLITICO INTERNACIONAL

 

“…Y DIOS PARECÍA DORMIDO.”

Los que nos dedicamos a analizar el pulso vital de nuestro mundo no nos ponemos de acuerdo, como suele suceder. Hay quienes, no sin motivos, hacen sonar las trompetas del  “Armageddon”  apocalíptico; están los profesionales del optimismo humano-tecnológico,  que reconocen  la cosa va mal, pero que hay que confiar en el “efecto resiliencia” humano y en la “varita mágica” de la alta tecnología. Y quedan los que llevamos décadas usando los razonamientos de Pirrón, el escéptico, para intentar comprender el alcance y efectos de la deformación más común y visible en los asuntos humanos, la estupidez.

Este comentarista es poco dado a entrar en cuestiones eclesiásticas y religiosas, pero con  Benedicto XVI, el recién fallecido Papa emérito, se produjo - “a posteriori” de su renuncia- un “descubrimiento” de la calidad humana y ética del estricto obispo alemán. Una significativa frase de su escrito de renuncia me parece  adecuada para definir el pasado 2022: “Hubo días de sol y ligera brisa, pero muchos otros en los que las aguas bajaban agitadas, el viento soplaba en contra  y Dios parecía dormido”. El caso es que a tenor de lo que se nos anuncia para este 2023, “Dios parece seguir dormido”. Y está claro que cuando los dioses duermen, los humanos hacemos locuras.

Recordemos aquello que decía John M. Keynes, “Lo inevitable nunca sucede y lo inesperado ocurre constantemente”. Y si no que se lo pregunten a los directores de grandes medios de referencia, como el “Financial Times”, el “The Economist” o el “Washington Post”. En sus predicciones sobre 2022, la realidad ha sido más catastrófica que sus pronósticos: desde la guerra de Ucrania, considerada improbable por sesudos analistas, que simplemente aplicaban el sentido común, (claro que Putin se guía por otro tipo de sentidos),  hasta la invasión de las criptomonedas o que la covid  sería controlada y no habría mutaciones mortales del virus. Lo que sí ha quedado claro es la vulnerabilidad y escasa eficacia de las instituciones internacionales para prever y hacer frente a los grandes desastres, sean económicos, bélicos o naturales.

La conferencia por la crisis climática de Egipto demostró que no se respeta la regla de oro de la economía política internacional: los riesgos son mensurables y es preciso prevenirse contra ellos en cuanto empiezan a ser evidentes. Se apuesta por la “varita mágica” de la tecnología, olvidando lo que repetía a menudo el filósofo y científico Karl Popper cuando le hablaban de los grandes avances técnicos en su rama de conocimientos, “los  avances no pueden predecirse pues, de ser así, los próximos inventos ya se habrían inventado”. Puro sentido común. No hagamos pues previsiones. Examinemos sin ánimo exhaustivo algunos de los problemas que tenemos planteados este 2023, un año con cierta “mala sombra”.

La crisis climática es uno de los mayores fracasos de la gestión política internacional de la ecología ambiental. Nos acercamos inexorablemente al límite del aumento de temperaturas, aunque incluso los niños de primaria saben lo que puede llegar a suceder: se ha priorizado la lógica capitalista del beneficio y se trata de evitar el enorme desafío social, económico y político que supone cambiar el estilo de consumo sin límites al que nos han acostumbrado en los últimos decenios a los ciudadanos de las sociedades “que cuentan”, es decir, la de los países del occidente rico, a los que ya se unen China y la India, por ejemplo.

No hablemos pues de hambrunas, de las veinte y pico de guerras locales que siguen desatadas, de los millones de refugiados,  de la brutal contaminación de mares y ríos. Pasemos de refilón por la peligrosísima y enquistada  guerra de Ucrania. Con tan posible solución y tan difícil arreglo: aplicar una lógica política y territorial del “todos perdemos algo” e imponer unos acuerdos y seguridades donde se ceda por las partes en conflicto (Rusia y Estados Unidos, los verdaderos rivales, la UE y Ucrania) y se olviden las rivalidades hegemónicas (China), en un concierto común para afrontar los problemas de todos. ¿Política ficción?  Tal vez. Pero piensen que desde 1945 nunca una guerra ceñida a un único Estado ha tenido tantas y variadas repercusiones negativas para el resto del planeta: todos los problemas existentes ya antes, se han agravado y…por añadidura, se pueden agravar más o, en un salto al vacío, hacer intervenir la baza nuclear.

Ya estamos padeciendo aquello que “The Economist” ha calificado con el neologismo de “permacrisis”:  “un prolongado período de inestabilidad e inseguridad” en todos los sectores. Parece que Dios, más que dormirse, se ha ido de vacaciones, hastiado del griterío ensordecedor de los humanos, rabiosos y asustados. Debe articularse un nuevo orden mundial que ponga las piezas en su sitio: lo malo es la poca clase que tienen los líderes que padecemos.

Pero volviendo a las amenazas vigentes con componentes catastróficos, escojamos una, por falta de espacio material: la falta de agua. Un célebre analista francés escribió  en “L’Express” un profético artículo sobre un tema que entonces –años 70 del pasado siglo- podía considerarse una especulación de ficción futurista: las próximas guerras no serían por el dominio de los pozos petrolíferos de Oriente medio o Asia, sino por la supremacía en el control de un recurso vital: el agua. En aquellos años nadie imaginaba –a no ser en pesadillas- que la contaminación de los gases con efecto invernadero llevaría a una crisis climática. Y que uno de los efectos de dicha crisis serían olas de calor tan duraderas y arrasadoras que extenderían la sequía por zonas cada vez más amplias en los cinco continentes.  ¿Quién podía pensar entonces que veríamos derretirse los glaciares y los hielos ancestrales del polo Norte? Los pantanos se vacían. Las cosechas se pierden y de vez en cuando se producen lluvias torrenciales que devastan cultivos y arrasan infraestructuras.

La crisis hídrica es otro de los fantasmas que –como en el “Cuento de Navidad” de Dickens—nos visitan para recordarnos que somos unos Scrooge  sin conciencia planetaria y nos merecemos lo que nos viene encima. Aunque la Asamblea General de la ONU propone que el año 2023 sea declarado Año del Agua y convoca para los días 22 al 24 de marzo una Conferencia Mundial del Agua. Dado lo visto en Conferencias internacionales anteriores, no es precisamente algo esperanzador. En la de Egipto sobre el Cambio Climático se reunieron miles de delegados que llegaron al país desde todo el mundo en casi 500 contaminantes aviones, para discutir hasta la última madrugada un acuerdo que aplazaba de nuevo cualquier medida efectiva sobre control de emisiones de gases nocivos –como los de los aviones y automóviles-  hasta la próxima reunión.

Es preciso comprender algo que desde los egipcios y los griegos antiguos se consideraba una de las verdades básicas para la supervivencia humana: todo está conectado. Decía Heráclito que “todo está lleno de dioses” y, por tanto, debemos  respetar el agua, el suelo, el aire, los animales, los vegetales, las montañas y las profundidades de la tierra y los océanos. Por tanto, la crisis climática, la energética, la alimentaria, las guerras que libramos, las agresiones a los bosques, las aguas y sus peces, los animales todos, incluidos pájaros, insectos y hasta lombrices y gusanos, forman parte de la agresión a un Todo que arrasamos con nuestras actividades y nuestra codicia. Ello supone que ese Todo y nosotros formamos parte de un mismo sistema en red, tan interrelacionado entre sí, que cualquier devastación de cada uno de esos elementos de la Naturaleza, repercute de una manera directa o indirecta, aunque difícil de evaluar en muchos casos, en el resto, causando aniquilaciones de especies enteras, como en un desolador efecto dominó de demolición planetaria. Si falta agua y hay sequía, disminuirá la energía hidráulica, producirá falta de alimentos, hay que recurrir a las energías fósiles que agravan el problema climático. Y si la sequía se agudiza, habrá dificultades progresivas de acceso al agua potable de poblaciones enteras. Comprendamos que urgen medidas de optimización de infraestructuras y saneamientos (es escandalosa la pérdida diaria de millones de litros de agua potable debido a malas canalizaciones urbanas y rurales)  y un control riguroso de los acuíferos y aguas subterráneas para evitar su contaminación y mal aprovechamiento.

Ante un panorama como el que les he mostrado –sin analizar otros problemas, por falta de espacio y de ánimo- hablarles de las expectativas de este lamentable Patio de Monipodio que es la política española, sería un poco masoquista, por lo que seré breve. Además de los males propios de nuestra catadura política y su mala educación y agresividad, están los problemas sobrevenidos por las anteriores crisis analizadas. El señor Sánchez habla de un 2023 “intenso”, no sólo por la suma de elecciones en el país, municipales, autonómicas y generales, sino por el hecho de que existe una descalificación total mutua entre el Gobierno y la oposición (a río revuelto, ganancia de los pescadores ultras). Y se puede objetar racionalmente que las más de 190 leyes y 3 presupuestos aprobados no nos aseguran más eficacia operativa, aunque sí más demagogia populista y acoso y derribo en el Congreso. Y eso a pesar de que con dos acontecimientos como la pandemia y la guerra de Ucrania, el país está aguantando bastante bien, si no fuera por el sobresalto permanente al que se somete a menudo a la democracia en España: desde la reforma por la malversación, el vergonzante caso del Constitucional o los “arreglos” que no han deshecho el nudo gordiano de Cataluña y su fallido “procés”, que aún colea. Eso sin mencionar el asunto de la valla de Melilla o del “donde dije digo, digo Diego…” del Sáhara. Y para aumentar el despropósito político, sin  que exista una oposición digna de ese nombre, dedicada a labores de derribo y descrédito, en lugar de diseñar y presentar una alternativa lógica, preparada y racional, sin insultos ni descalificaciones, para hacer política de verdad dentro de un marco institucional democrático y respetuoso, sin rupturas de la cohesión del país y sin cataclismos políticos y sociales. ¡Vaya con el 2023! Quizá éste logre despertar a Dios.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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13 diciembre 2022 2 13 /12 /diciembre /2022 12:41

Versión completa del articulo publicado

Si en su teatral Dinamarca, Shakespeare glosaba la podredumbre que emanaba de un magnicidio que infestaba al país entero, en la España de nuestros días huele a podrido por otro magnicidio, injusto e incluso estúpido: el asesinato vil y cotidiano de la noble lengua española, una de las más hermosas del orbe, cuyo poder poético, evocativo, enaltecedor, cortés, ajustable, imaginativo, pícaro, amoroso, irónico y sugestivo, al tiempo que afilado como un estilete, capaz de metáforas crueles y de insultos llenos de ingenio, ha dejado huellas indelebles en la historia de la literatura. ¿Y dónde se perpetra ese asesinato diario, sin sangre pero con extremo dolor, vergüenza ajena e indignación sin remedio? Además de en la televisión, las tertulias, las redes digitales y la vida callejera (que tendría un pase, aunque no un perdón)…en el sitio donde más se debía respetar y obligar a que se respetase. En uno de los espacios políticos más nobles de la nación: el Congreso de los Diputados. Me niego a pensar que es el signo de unos tiempos marcados por la incontinencia verbal, en los que la iracundia oral y la dialéctica del puño y las pistolas sea invulnerable ante la ley y jaleada de forma tabernaria por, supuestos, señores y señoras protegidos por la inmunidad parlamentaria  y que además, qué dislate, son los representantes elegidos por millones de votantes españoles.

Quizá opinen algunos que se nota que el autor de estas líneas peina canas, que hay algo antiguo, obsoleto, desusado y algo mohoso en su discurso. Podría ser un elemento cuya ausencia apenas parece inquietar sino a unas pocas personas: educación, cortesía, respeto, corrección, no sólo gramatical y sintáctica, también con cierta estructura argumental que trata de cumplir con las normas de la retórica lógica y comunicativa.

Algo hay podrido en España, no sólo entre los políticos, las tertulias y las programas más populares, allá donde interviene el  llamado “pueblo llano” (que llanos somos todos, igualados por el género animal al que, con mas o menos propiedad  pertenecemos) sino que ha infestado también lo que debería salvarnos de ellos: la educación, desde la guardería a la Universidad, en nombre de una igualdad democrática (no censurable) y de un sesgo tecnológico, utilitarista y miope que ha desdeñado (eso sí es censurable) el preciso y precioso equilibrio de las nuevas tecnologías con  el amor y respeto a la lengua, la comunicación correcta, la cortesía y la educación cívica, el juego limpio en lo social, lo laboral  y lo político.

La podredumbre se genera, se expansiona y se contagia en las dos direcciones, desde la familiar y educativa, a la social, laboral y política. Y la lengua, el lenguaje vehicular corrompido, es el agente infeccioso que la expande. La libertad de expresión no tiene nada que ver con la esencia de lo que exponemos. En todos los ambientes, pero principalmente en el político por ser el reflejo especular de lo que es y debería ser el social, educativo y familiar, todo se puede decir y sugerir, pero hay que tener la preparación para hacerlo, con un poco de ingenio y siempre el debido respeto a las reglas de la cortesía parlamentaria.

Señores políticos, pertenecen ustedes a una tradición venerable de personas que hicieron del discurso un arte y les aseguro que incluso podían ser más duros, eficaces y críticos que con  los vociferados insultos de hoy. Cánovas del Castillo, Práxedes Sagasta, Echegaray, Salmerón, Pi y Margall, Canalejas, Azaña. Y más atrás, Séneca, Ciceron, Pericles, Demóstenes…Y  más acá, Lincoln, Gandhi, Kennedy, Luther King o Churchill. Y no se ahorraban críticas acerbas, excepto en  olvidar el respeto a las formas. Recuerdo haber leído en las Memorias de Churchill una réplica que éste tuvo a un ataque feroz de Lady Astor contra su política. La dama acabó su diatriba con la frase: “Si yo fuera su esposa, le pondría veneno en el té”, A lo cual Churchill, sin inmutarse y con una sonrisa, respondió: “Y si yo fuera su marido, me lo bebería”. Constaten la irónica malicia de la respuesta. Responde a una invectiva con una inventiva feroz pero elegante. Con una corrección  impecable e ingeniosa, ya que no sólo lo dicho parece una cortesía, sino que es una crítica mordaz y global a la persona a la que se le dice, en realidad, que no es sólo insoportable en lo personal, sino censurable en lo político. Ninguno de los políticos de hoy, extremistas en expresiones y en supuesta ideología –de esas ya no hay, murieron todas en el siglo XX- son capaces de comprender que no tiene más razón el que más grita, insulta, amenaza o patalea. Sino tiene el mismo tipo de “razón” que el que se expresa –Dios no lo quiera-  con palizas, pistolas y sangre.

En 1918, Ortega calificaba la grosería en las formas, en algunas intervenciones políticas, como “plebeyismo” o ausencia de la cortesía y las buenas maneras y consideraba que era una consecuencia del rencor impotente de los hombres sin estilo contra los hombres capaces de estilo. Decía que muchos creían que el mal de España es su mala política y sus malos políticos. Ortega no acepta ese diagnóstico y dice: “la política más que engendrar los destinos nacionales no es más que su consecuencia…la fisonomía política de un pueblo  es sólo el resultado de lo que ese pueblo es en el resto de su existencia, de lo que piensa y de lo que siente, de sus amores y de sus odios, de sus ambiciones y de sus inercias…”.  Es decir, el tono general de nuestra sociedad, de la educación, del comportamiento de muchos jóvenes, de los festejos excesivos en las formas y costumbres, de la comunicación tecnológica, de los ambientes familiares y los tratos parentales…se carece en general de ese estilo cortés y educado, tolerante y respetuoso de cuya ausencia nos dolemos. Más de un siglo después, esas palabras de Ortega siguen siendo actuales. Y eso es lo lamentable.

 

ALBERTO DÍAZ RUEDA 

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25 noviembre 2022 5 25 /11 /noviembre /2022 17:07

OBSERVATORIO POLÍTICO INTERNACIONAL

NO HAY VOLUNTAD POLÍTICA NI ECONÓMICA DE FRENAR LA CRISIS CLIMÁTICA

 

Los manifestantes pedían en sus carteles: “No nos falléis”. El mundo consciente de la crisis dice hoy, “Nos habéis fallado, una vez más”

 

Hasta altas horas de la madrugada del domingo 20 de noviembre, los delegados de los 198 Estados participantes trataban de encontrar un acuerdo unánime, una decisión ómnibus, que les permitiera “salvar la cara” ante el presumible fiasco de la 27º Conferencia de las Partes (COP27), órgano superior de la Convención Marco de las N.U. sobre el Cambio Climático, celebrada en el enclave turístico egipcio de Sharm-El-Sheikh. Los asistentes lograron un acuerdo de última hora, pero no sobre la necesidad de reducir la emisión de gases y arrinconar los combustibles fósiles para limitar el incremento  de la temperatura global por encima de los fatídicos 1,5 º Celsius, sino para crear un futuro fondo de “pérdidas y daños” para los países en desarrollo que padecen los efectos y no generaron las causas. Por lo tanto el cartel de los jóvenes manifestantes en  Sharm el Sheij, “Don’t fail us” (No nos falléis) debería sustituirse  por otro que dijera “You have failed us, once again” (Nos habéis fallado, una vez más).

El acuerdo de la COP27 –y aún gracias-  sólo recogía la creación de dicho fondo. Mientras, Estados Unidos, la UE, China, India o Brasil  aplazarían las precisas y urgentes medidas de dejar de contaminar –y calentar- más y mejor al planeta. La deuda histórica de Occidente en la crisis climática no parece pesar lo más lo más mínimo en la toma de decisiones…y el reloj entrópico sigue su marcha, mientras occidente –y los países de la OPEP- miran hacia la una merma de los beneficios del capital en lugar de aceptar la necesidad perentoria de restringir al máximo la emisión de gases de efecto invernadero. Recordemos que se han celebrado 26 COP desde 1990 y, a pesar de ello, las emisiones han aumentado un 50%. En esta cumbre, más de 600 representantes de los lobbies de los combustibles fósiles han torpedeado un supuesto consenso político hasta en los pasillos. Mientras los negacionistas,  alimentados por los petro o gaso-dólares,  o por la ignorancia y la estupidez, siguen “creyendo” que lo del cambio climático es una “fake news” como lo es la redondez del planeta e ignoran las olas de calor en pleno otoño, los incendios que arrasan miles de hectáreas, las inundaciones  bíblicas como la de Pakistán o la sequía brutal del sur de Europa y África, como si  fueran desastres cíclicos “naturales”.

Y, sin embargo, como diría  un cínico usando la frase atribuida a Galileo Galilei, la cosa “e pur si muove”, la lucha contra la crisis climática, a pesar de todo, sigue avanzando, lenta, inútil,  pero perceptiblemente. Y así seguirá hasta que una catástrofe brutal de alto nivel planetario nos castigue a justos y réprobos y muestre que la Naturaleza no se anda con bromas. Entonces todo será correr y echar mano del bisturí. Lo habitual en la Naturaleza es que tarda muchísimo en saturarse --incluso, antes va poniendo algún que otro remedio natural-- pero cuando lo hace, no le vayas con remedios de larga duración o con parches: exige soluciones totales e inmediatas y se cura con gran lentitud. En ese proceso se abarcan muchísimas generaciones de humanos, en condiciones muy precarias, caso de que queden algunos.

 

Por eso debemos destacar que el Plan de Implementación de Sharm-el-Sheikh  reconoce el derecho a un medio ambiente adecuado en el planeta que irónicamente proclamó la Asamblea General de la ONU del pasado 28 de julio. También cuantifica en 4 billones de dólares anuales la inversión necesaria para el despliegue de renovables hasta 2030, a fin de lograr emisiones netas cero en 2050, además de casi 6 billones de dólares para que los países en desarrollo apliquen planes de acción climática. Eso no deja de ser un avance contable, el único proceso multilateral que existe, siquiera sea teórico por  el momento,  para hacer frente al desastre climático. Sumemos a ello el fondo para pérdidas y daños. Es una forma de reconocer internacionalmente que Occidente es bastante responsable de lo que ocurre. También en otros foros internacionales y, sobre todo, en sectores de la sociedad civil  de casi todos los países, se impulsa una acción planetaria para evitar la catástrofe climática. Apuntemos todo esto como algo esperanzador.

Bien, las intenciones son buenas. Pero pongamos hilo a la aguja. ¿Qué países contribuirán, cuánto cada uno de ellos, cuándo y cómo se distribuirán esos fondos para que sean eficaces y no se pierdan entre la corrupción y la inoperancia, quiénes vigilarán y cómo esa distribución, qué objetivos perseguirán y cómo se controlará la corrección y eficacia práctica de esos aportes en lugares concretos? ¿No ahogaremos al recién nacido con la peste burocrática de propios y ajenos?

 ¿No les parece que dentro de unos siglos los observadores –si los hay- que busquen en la historia del pasado la razón de los errores cometidos, nos colocarán a todos los gobiernos y ciudadanos  occidentales de la primera mitad del siglo XXI  a la misma altura de inconsciencia  de aquéllos congresistas de la Viena de un siglo antes, que no supieron ver el alcance de los horrores que les esperaban (la II Guerra Mundial),  al doblar la esquina de los años 30 del siglo XX?

Aún así, seamos justos. En Sharm el Sheij se ha mejorado algo, al menos sobre el papel. Ese acuerdo, aún en mantillas, al que hacemos referencia. Que los países pudientes hagan un gesto y dediquen unos fondos para paliar los desastres que ellos mismos han creado, es un gesto notable aunque una ética elemental  no lo calificaría de generosidad sino de justicia. Es como paliar algunas consecuencias antes que al arreglo de lo que las provoca. Así que, punto positivo al hecho, no al problema, aún sin solución pactada. Como dijo la propia presidenta de la UE, Ursula von der Leyen “No hemos dado ningún  paso hacia delante. Tratamos un  síntoma, pero el paciente sigue con fiebre”. Cada año mueren siete  millones de personas por la contaminación del aire. Y va en aumento, en un arco de edades que va desde los bebés a los ancianos.

Así que la Cumbre del Clima ha sido casi irrelevante. El famoso e inconcreto  fondo pasa a ser estudiado por un Comité que presentará los detalles de adopción en la próxima Cumbre en 2023 (en los Emiratos Árabes) “con vistas a hacer operativos los acuerdos y arreglos de financiación” (nadie sabe quién o cómo financiará). Por lo tanto nada de impuestos a empresas energéticas o al sector de la aviación. No habrá recortes de emisiones de CO2 pero “seguirán los esfuerzos para no sobrepasar el límite de 1,5º” (proyecto vital que ha sido relegado al gabinete de Ciencia, en lugar de ser el primero en Política y Economía, como en Glasgow). Ni mención al abandono del petróleo y el gas como fuentes de combustibles fósiles. Inversiones futuras en despliegue de renovables y simple recordatorio a los países implicados de que en 2020 se prometió movilizar 100.000 millones de dólares para frenar el CC y que aún nadie ha hecho un mínimo desembolso. La inversión necesaria para cubrir los objetivos  de financiación climática no llega ni al 30 % de lo previsto.

Como ven  no es para echar las campanas al vuelo. Hay que reconocer que la confluencia de crisis sistémicas, desde la epidemia Covid, a las crisis energética y alimentaria, altos niveles de inflación y deuda, desastres como sequía, hambrunas y catástrofes naturales, aumentadas por la guerra de Ucrania y el papel de “invitados de piedra” de China, India, Arabia Saudí y Emiratos, no permiten ser optimistas  en una cuestión crucial para el género humano, pero no prioritaria para el capital y los populismos, como es el Cambio Climático. Sin olvidar lo que pueda ocurrir en este próximo y dudoso futuro  tras las elecciones al Parlamento Europeo de 2024, (¿se mantendrá el Pacto Verde?), o quién será el inquilino de la Casa Blanca (con la sombra ominosa de Trump), qué deriva tomará la guerra de Putin y con qué triunfos jugará el impasible e imprevisible Xi Jinping (que, por el momento, se niega incluso a participar en el fondo de ayuda y en reducir emisiones de gases). Un conjunto de incógnitas que podrían agravar aún más este letal pulso que nos mantenemos los humanos con el planeta. No hay solidaridad, ni visión de futuro sino prevalencia de intereses nacionales y capitalismo renuente a colaborar. El mundo en desarrollo ha impuesto sus demandas económicas de justicia a las necesidades perentorias del planeta que, una vez más, quedan  en el limbo. Como dijo un alto cargo de la UE: “Para hacer frente al cambio climático es necesario que todos los flujos financieros apoyen la transición hacia una economía baja en emisiones de carbono: en la UE…estamos decepcionados por no haberlo conseguido”. Todos estamos decepcionados. 

 

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31 octubre 2022 1 31 /10 /octubre /2022 18:41

ARTICULO PUBLICADO EN "COMPROMISO Y CULTURA", NOV.22

En estos tiempos digitales, los principios y los valores son monedas de escaso uso en un universo absurdo dominado  por “influencers” , por demagogos a sueldo de lo que llamamos “política”, (un producto más de mercadotecnia), una subclase ética formada por “políticos de ocasión”, mercaderes fraudulentos, iluminados varios y pseudo expertos. La mayoría de la población integra una masa manipulable, sin posibilidad  de rebelarse o redimirse porque mantiene un canon de vida basado en pasarlo lo mejor posible, trabajar lo menos posible y vivir  inmersos y aislados por sus pantallitas, sus fiestas y sus temores y angustias. Cada vez más individualizados, alejados de las reglas y costumbres de convivencia tradicionales o de emociones y sentimientos más complejos que el “coleguismo” en deportes o en botellones.

En esta sociedad virtual, triunfa la charlatanería, las noticias falsas, las mentiras más descaradas, gracias a una amplia red digital desde donde  medrar y actuar y a una afirmación más llamativa, aberrante o disparatada que la aburrida, sencilla y estoica verdad. En realidad, la mentira o la falsedad es uno de los motivos más reiterados en la historia del pensamiento, la literatura y la ciencia.  Fraudes, imposturas, falacias, fingimientos, nutren la existencia, el arte y la ciencia de los seres humanos. Y aunque existen en nuestro legado cerebral estructuras como la amígdala o el circuito cingular anterior que nos alertan para percibir en el rostro, la voz y los gestos del interlocutor las mentiras y el fingimiento, con la supremacía de las redes o la comunicación  escrita, es imposible percibirlo. Las redes despliegan entornos favorables a la manipulación, las estafas, las falsedades, la tergiversación y las más absurdas y dañinas calumnias. Y lo peor es que Facebook, Instagram, TicToc o Twitter no nos facilitan ningún detector de mentiras, algoritmo o vigilancia humana para contrastar la veracidad de lo que se dice en las redes, por lo que una noticia falsa recibe atención y difusión similar a una verdadera.

Permítanme  que les sugiera algunas lecturas para ayudarles en esta travesía de la mentira: “Verdad. Una breve historia de la charlatanería” de Tom Philipps; “Mentira, impostura, estupidez”, de Rolad Breeur; “Todo el mundo miente” de Seth Stephens-Davidowitz; “Fake News.Haters y Ciberacoso”, de Mauro Munafó.

Una de las razones profundas del actual desbarajuste político, social y humano, es que la verdad se ha convertido en algo improbable y la mentira en una banalidad. Estamos acercándonos a la pesadilla que imaginó Orwell: en todas partes parece haber un “Ministerio de la Verdad”, donde los hechos se rectifican diariamente para hacerlos coincidir con las circunstancias que rigen o que interesan en ese momento. Las reclamaciones contra la patética “posverdad” que nos venden, no tienen curso legal y son trivializadas. La propaganda, las “fake news”, la desinformación, el recurso a los “hechos alternativos” o los negocios particulares o empresariales que sostienen las teorías conspirativas, están radicalizando a la sociedad y erosionando y desacreditando las instituciones democráticas. Sólo nos falta un caudillo carismático que prometa “seguridad y claridad” a cambio de dictadura.  Un nuevo orden mundial asoma sus orejas de lobo, retorciendo y relativizando los derechos de casi todos a favor de la minoría de los de siempre.

Los libros recomendados, no sólo muestran el curso de las falsedades y la precariedad de la verdad, tan amenazadas en estos tiempos, sino que nos permitirán comprobar que toda esta situación sobre la falsedad ha existido unida desde los principios de la cultura humana, cuando había que hacer prevalecer los intereses propios contra los hechos, manipulando lo que es verdad para que se ajuste a los deseos y beneficio del interesado. En “Verdad” de T. Phillips, se nos dice “llevamos toda la historia inventando falsedades acerca de los acontecimientos sucedidos en el mundo pero también inventando disparates sobre el propio mundo, ya sea creando montañas imaginarias o países completos ficticios” y nos ha importado un rábano que se presentaran pruebas o hechos que lo desmentían. Los orates que en pleno siglo XXI reivindican una tierra plana, conforman  una prueba de esa curiosa ceguera obcecada e interesada. Como dice este autor: “Quizá la historia de los  errores de la Humanidad sea más valiosa e interesante que la de sus descubrimientos”. Ya que, “si aspiramos a ser más veraces hemos de estudiar más intensamente los inmensos y fértiles campos  del error, con el fin de conocer mejor lo que estamos haciendo mal antes de intentar hacerlo bien. Básicamente, necesitamos convertirnos en estudiosos y críticos de la charlatanería”. La mayor preocupación respecto a las mentiras, no es que la gente se crea las noticias falsas, sino que dejen de creer en las noticias reales y veraces. La gente ya no confía en los expertos porque internet y muchos medios han trivializado los saberes y han creado “expertos” por doquier. Nuestra vida diaria es una batalla permanente contra la desinformación.

Evolutivamente  se ha demostrado que un cerebro más grande implica una mayor mendacidad. Los niños empiezan a decir mentiras a partir de los dos años de edad, no mucho después de aprender a hablar. Y no es difícil creer al estudio psicológico que afirma que cada uno de nosotros miente al menos una vez al día y que, en los diez primeros minutos de conversación cuando conoces a alguien, habrás dicho un promedio de tres mentiras. A menudo no detectas que estás mintiendo ya que lo haces sin ser consciente de ello: y ello lo puedes percibir cuando casualmente hablas acerca de lo que has hecho, de lo que eres capaz de hacer o de tu vida social. Haz la prueba. Te asombrarás. Son pequeñas mentiras sin importancia, casi automatizadas… pero son mentiras. Esto evidentemente no justifica de ninguna manera las denuncias que hacemos contra la desinformación, sino que nos alerta de que la labor empieza por nosotros mismos y que el espíritu crítico es el único instrumento capaz de empezar a frenar esta pandemia de mentiras que nos asola. Para muestra, la guerra de Ucrania: ha sido un polvorín de mezcla de rumores, mitos y propaganda falaz, alimentando mentiras desaforadas e incontrolables. Por los dos lados, para mayor vergüenza de todos.

El siguiente volumen: “Fake News” de Mauro Munafó, incide en la cuestión. Eficazmente ilustrado por los dibujos de Marta Pantaleo, el texto es de una manifiesta claridad. Analiza la actividad de los haters y el ciberacoso, (de tan lamentable actualidad),  y nos aclara un poco qué intereses hay detrás de todo ese mundo líquido. Y, mucho más útil, cómo protegerse de esas trampas permanentes que la Red nos coloca delante de los ojos, a veces de forma seductora y casi siempre mendaz. Se analizan las mentiras que cabalgan por la Red sirviendo a intereses políticos, étnicos  o sobre temas de salud  y todos ellos con tendencia  conspirativa y con el apoyo de una complaciente –y falsa- pseudo ciencia. También se nos advierte sobre la necesidad de “verificar los hechos” y los canales por los que debemos hacerlo, alertando contra la tendencia a aplicar el llamado sesgo de confirmación: aceptamos fácilmente las mentiras que confirman una previa creencia nuestra, por irrazonable que sea.

Un libro que complementa estas reflexiones, desde “dentro” de la complejidad de las redes,  es el de Seth Stephens, “Todo el mundo miente”, donde se nos cuenta como Internet y los “big data” se están convirtiendo en un auténtico manual de nuestras creencias, deseos, temores. Y también de los más escondidos y secretos pensamientos y tendencias, acciones y decisiones de todos y cada uno de los simples usuarios, obsesionados por la conexión permanente a las redes. Conocen nuestros sesgos informativos, y así las empresas punteras nos controlan, utilizan y explotan.

Como dice el autor, en un día promedio en las redes se mueven ocho millones de gigabytes de datos, todos  estructurados por algoritmos cada vez más sutiles y exactos que recaban una información de lo más íntimo de cada uno de los usuarios como jamás en la historia de la Humanidad se había obtenido. ¿Y sabemos qué se hace con esa información privada, quién la controla y sobre todo quién controla a los controladores? 

El filósofo francés Roland Breeur con su “Mentira, impostura, estupidez”, cierra este paseo alarmante por la sociedad de la  “postverdad”  y los “hechos alternativos”.  El expresidente Donald Trump, cada vez que hablaba, soltaba un mínimo de 30 mentiras obvias y demostrables (según un análisis realizado por el Washington Post). Trump podría volver a la Casa Blanca, como Johnson el “brexitmaniaco” al 10 de Downing Street o Bolsonaro el “profeta” brasileño, al poder. Estos son los paradigmas políticos de la nueva sociedad de la posverdad y la falsedad descarada.

Para luchar contra ello, Breeur nos muestra los mecanismos psicológicos que se usan en la mentira y los medios de ocultación y manipulación que se usan de forma casi industrial para desbancar lo verdadero y socavar las certezas. Y así, en el actual reino de la mentira, donde la verdad languidece, se está propiciando una gran amenaza política: “la seña de identidad de los estados totalitarios es el deseo de reescribir la historia, de forma que estas falsedades históricas pueden sonar más convincentes que la realidad, pues confirman lo que queremos creer o ayudan a suprimir cosas que queremos olvidar”. La falsedad globalizada es el fin de la democracia.- ALBERTO DÍAZ RUEDA

FICHAS

VERDAD.- Tom Phillips.-Trad.Pablo Hermida.-267 págs.                                                  Ed. Paidós//FAKE NEWS.-Mauro Munafó.-Ilustraciones Marta Pantaleo.-127 págs. Ed. Laberinto//TODO EL MUNDO MIENTE.-Seth Stephens-Davidowitz.- Trad. Martin Schifino.-287 págs. Ed. Capitán Swing.//MENTIRA, IMPOSTURA, ESTUPIDEZ.- Rolad Breeur.-Tra. José María Cabezas.-109 págs. Ed.Bibliotecanueva

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29 octubre 2022 6 29 /10 /octubre /2022 14:36

ARTÍCULO PUBLICADO EN EL PERIÓDICO "LA COMARCA" 281022

Parece que fue Napoleón quien dijo “Cuando China despierte, el mundo temblará”. Se  necesita un talento premonitorio casi milagroso para profetizar  en aquella época algo tan escasamente probable. Pero ya en el siglo XX era más comprensible que Lenin repitiera el aforismo napoleónico. El ensayista y político gaullista francés Alain Peyrefitte, tituló con esa frase uno de sus libros en los 70 del pasado siglo, después de una visita al país en 1972. En aquellos días se sabía que algo importante iba a pasar en China. Ni idea de lo qué sería, dado el hermetismo del país, pero seguro que sería motivo de preocupación para el mundo.

China ya lleva años despierta, sobre todo económicamente. Son más de 1.300 millones de habitantes bajo la mano férrea del imperturbable Xi Jimping, que acaba de ampliar su tercer mandato en el XX Congreso del PC Chino, no solo fortaleciendo su figura hasta extremos solo comparables a Mao, sino enmendando la Constitución del partido para liderar la cúpula y colocar a sus fieles en los lugares de más responsabilidad y poder. Occidente no parece tener ni idea de lo que China puede hacer y no presta mucha atención a los detalles que logran traspasar la Muralla. Se ha limitado a asegurar sus inversiones en el negocio lucrativo del desarrollo imparable chino en la industria, las manufacturas, el acaparamiento de materias primas, las finanzas y los suministros a los mercados  de todo el mundo. Se ha creado una dependencia de los productos made in China y la deslocalización industrial manufacturera y de materias primas afecta ya al codicioso occidente.

¿Hay un plan de Pekin prodigiosamente activo en el tiempo, desde hace decenios, ambicioso y hegemónico, mantenido a veces a trancas y barrancas y ahora ya a toda máquina  bajo la unánime obediencia del país al nuevo Gran Timonel, inteligente y astuto? De momento Xi Jinping tiene cinco años más de liderato y todo el poder controlado, desde la cúpula del Partido a la Comisión Militar Central. Se ha movido de una manera maquiavélica en estos diez años que lleva como líder, acumulando poder y cargos, manipulando a su favor el personalismo político y sucesorio creado por Mao, vigente hasta ahora. Xi ha creado su propio liderato unipersonal y para consumo y advertencia al mundo, permitió la humillante expulsión del Congreso del ex presidente Hu Jintao, escoltado por conserjes. En China las purgas políticas se hacen en silencio y sin testigos. Pero se atreven incluso a instalar comisarías policiales ilegales y secretas en países democráticos para controlar a posible disidentes que viven en el extranjero. En España hay nueve de éstas. Con el citado incidente interno en el Congreso, frente a las cámaras del mundo, Xi parece advertir “voy a obligar a ciertas potencias a salir de la sala del poder en el mundo. Terminemos con las máscaras de amistad”. Ante esto, ¿Quiénes tienen motivos para temblar? Pues, la verdad, todos. A China no le preocupan demasiado Rusia ni Estados Unidos. Y tampoco Europa, África o Asia.

Pero para analizar lo que supone China para la actual situación geoestratégica y económica del mundo hay que empezar por no confundir la época de Mao con la actual, ni el poder potencial de la China del siglo XX con la supremacía económica del XXI,  ni ceder a la inercia y pereza mental de comparar a Xi con Mao. Aunque lo que Xi busca parece ser muy parecido a lo que ansiaba Mao: aumentar de forma absoluta el control centralizado, para lograr optimizar los recursos humanos y naturales del país sobre las demás naciones, sin problemas de oposición interna, bajo la disciplina única y jerarquizada del Partido. Pero la forma de lograrlo es prácticamente lo contrario de lo que hizo Mao, aunque más parecido al segundo gran líder moderno, Deng Xiaoping, con el cual está más cercano Xi, pero con elementos diferentes. Xi es una combinación de Mao y Deng más eficaz y ajustada a esta época: mantiene al Partido como la viga maestra del poder, el centro neurálgico de la sociedad, la milicia y la economía. No olvidemos que el Ejército del Liberación Popular depende orgánicamente del Partido. Sumen a esto que Xi rechaza todo tipo de revisionismo o crítica interna (recuerden la reciente expulsión  física del expresidente Hu Jintao de la Asamblea) ya que eso es la base de  la legitimidad del Partido: no se puede renegar de la propia historia porque eso podría ser el fin del país, como ha ocurrido en Rusia (con Kruschev, Gorbachov y Yeltsin). Y como colofón, Xi remite incesantemente al pasado glorioso de China, antes de la colonización occidental. Quieren que renazca el ancestral Imperio autónomo, temido y respetado.

Xi Jinping es un líder paciente y un buen estratega, no tiene ningún tipo de miramientos y siempre barre para casa, una casa que tiene bien controlada. Como dice el ancestral libro sagrado del taoísmo “Un buen cerrajero no necesita cerraduras/y nadie puede abrir lo que él cerró/ quien ata bien no utiliza cuerdas ni nudos/ y nadie puede desatar lo que él ató”. Xi está lejos del Mao, capaz de dejar morir de hambre a 45 millones de personas en un bárbaro y demencial “Gran Salto Adelante” (de 1958 a 1962: por un ridículo gesto de  desafío al crecimiento ruso) o de la Revolución Cultural (otro error maoísta que estuvo a punto de terminar con la tradicional pasividad de la población china ante el poder). Xi Jinping es un implacable gestor que domina con guante de hierro su enorme país, revestido con el guante de seda de la prosperidad económica y el orgullo de volver a ser un gran país en el mundo. Xi no es un revolucionario comunista como Mao. Carece de ideología o la subordina a los objetivos económicos y al poder. Es un político pragmático que aplica fórmulas occidentales, tipo Thatcher o Reagan, para vencer a occidente en su propia salsa, el capitalismo neoliberal, pero sin el obstáculo interno de la democracia. Además, en la actualidad, no hay enfrentamiento en el mundo entre dos ideologías y formas de vida opuestas; son dos formas de capitalismo, en el fondo no tan distintas, aunque en la superficie lo parezca. Ambas buscan objetivos semejantes.

 

El mensaje de Xi ha sido muy claro en el Congreso: “en décadas anteriores –la época de Hu- se han ignorado las leyes y se han permitido patrones de conducta erróneos como el culto al dinero, el egocentrismo, el hedonismo y el nihilismo”. Aviso de navegantes para los funcionarios “no tengan la tentación, la audacia o la oportunidad de volverse corruptos”, cosa que ya se está controlando desde la llegada al poder de Xi en 2012 con la temida Comisión Central de Disciplina que ha abierto más de 4,6 millones de expedientes de casos de corrupción, entre ellos el ex ministro de Seguridad Pública, Zhou Yongkang, condenado a prisión perpetua.

¿Qué criterio analítico hay que seguir? ¿El “Pensamiento Xi Jinping sobre el Socialismo con Características Chinas para una Nueva Era”, que es el ampuloso título del nuevo “Libro Rojo” de un líder chino? No. Hay que observar lo que hace el camarada Xi Jinping, más que lo que dice. Por ejemplo, eliminar el límite constitucional de dos mandatos en la Jefatura del estado. Xi tiene vocación de eternidad y el poder para acallar cualquier oposición o resistencia. El Politburó y el Comité Permanente – los seis hombres más poderosos con Xi al frente- están unidos al nuevo Gran Timonel. Ni una sola mujer en los círculos más altos del poder.

Una frase de Xi en el discurso de cierre del Congreso disuadiendo “a los separatistas que buscan la independencia de Taiwán” nos puede alertar sobre movimientos futuros. Las directrices del camino que va a seguir China están marcadas cuidadosamente hasta 2049 en que se celebrará el centenario de la República Popular. Pero no se ha filtrado ni una sola línea de tales directrices. En principio lo único que sabemos es que los Siete Grandes Dirigentes, presentados al mundo el pasado domingo,  seguirán celosamente la trayectoria política marcada para los próximos cinco años. No hay previstos “posibles sucesores” como se acostumbraba en otros tiempos. Ahora podría ser un puesto peligroso. Y más  teniendo en cuenta que Xi ha alertado de un próximo periodo “convulso” para el que el país debe prepararse. Quizá se refería a Taiwan, o lo que es más preocupante, al papel de Estados Unidos en la cuestión. Ni Hong Kong ni Taiwan deberían ser un problema: su estatuto de autonomía va creciendo y Pekin lo acepta. Pero sin provocaciones, como la visita de la Pelosi en agosto. Otra vez es Washington, “el amigo americano”, el que puede causar el estropicio.

¿Quiénes son los “Siete magníficos” además de Xi? El número dos es Li Qiang, secretario del PC de Shanghai, que será primer ministro tras sustituir al actual, Li Keqiang, en marzo próximo, en  la reunión anual de la Asamblea Nacional Popular. Y ello a pesar de su mala gestión de la Covid, puesto que lo que le premia Xi es su dureza. Zhao Leji, el tercero, fue responsable de la Comisión Disciplinaria (ha eliminado a numerosos rivales de Xi). El cuarto es Wang Huning, ideólogo del régimen. El quinto es Cai Qi, secretario del Partido en Pekín. El siguiente es Ding Xuexiang,  jefe de Gabinete de Xi. Y el último Li Xi, secretario del Partido en Cantón y amigo personal de Xi, se ocupará ahora de la Comisión Disciplinaria, azote de cualquier oposición interna.

Estos hombres son los encargados de llevar a China a ser la primera potencia internacional del segundo tercio del siglo XXI. Gracias a un éxito económico sin precedentes –ahora muy dañado por la Covid y  la crisis inmobiliaria- para un país donde la disciplina más rotunda y unánime en todos los ámbitos, por encima de todo tipo de libertad y de derechos humanos, constituye la marca diferencial respecto a cualquier otro país, incluidos países autoritarios y filo fascistas como Rusia, Brasil, India, Turquía (o los EE.UU. de Trump) y algunos otros.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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13 septiembre 2022 2 13 /09 /septiembre /2022 11:35

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PORNO Y EDUCACIÓN

Publicado en La Comarca, 130922

Una encuesta internacional de la ONG “Save the children” denuncia que el 92,9 % de los adolescentes de 10 a 15 años ven porno en alguna ocasión y el 99,1 % de los jóvenes de 16 a 24 años, frecuentemente. De estos el 36,8 %, que practican sexo real, no tienen muy clara la diferencia entre lo que ven en el porno y lo que hacen en la realidad, tratando de reflejar en sus relaciones lo que han visto en las películas (la violencia implícita o los desorbitados roles masculino y femenino). En nuestro país, otra encuesta reciente  revela que el 70% de las y los jóvenes españoles  en alguna ocasión ha visto porno en internet. Se accede por primera vez a los 8 años, aproximadamente,y su consumo se generaliza a los 14.

La generación de “pornonativos” del segundo milenio crece exponencialmente en nuestro país, con todo su bagaje de confusión y daños, mientras la enseñanza y educación que mayormente se aplica en España suele dejar de lado la cuestión del sexo como materia docente. ¿Hipocresía, ignorancia o falta de lógica y sentido común (habida cuenta del arco de edad tan susceptible de los alumnos)? ¿Todavía hay alguien que piensa que ese delicado tema es responsabilidad de la familia, como las normas de  educación y la urbanidad? Pues si es así, no es de extrañar que vivamos en una sociedad tan insegura, violenta y sexo agresiva (en la que abundan las violaciones en grupo, los pinchazos a las chicas en busca de Dios sabe qué y las neurosis asociadas al sexo, incluidos suicidios y autolesiones de adolescentes y jóvenes). La sexualidad no es algo “natural” que los chicos y chicas deban aprender por sí mismos, imitando y comparando las imágenes porno con la propia experiencia. Ya que reciben a través de ese medio una información no real, que incita al consumo y a veces a la violencia y otras actitudes negativas sobre la sexualidad.

El fácil acceso al porno por internet crea un peligroso mundo digital, una “tierra de nadie” moral, donde se legitima la violencia como herramienta de control de las mujeres y determinados roles masculinos absurdos e irreales. La “pornofagia”  excita el cuerpo de forma elemental y eficaz, pero corrompe la mente con sus estándares de actuación profundamente dañinos para un desarrollo correcto de la sexualidad en la persona. La banalización de la sexualidad creada por el porno, que daña a las personas, podría ser un efecto colateral de la más profunda y dañina banalización del mal que realiza el totalitarismo, la cual destruye sociedades enteras.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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