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3 agosto 2021 2 03 /08 /agosto /2021 11:44

Rafael Feito, Catedrático de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid, es una persona cualificada para entrar en el espinoso, esencial y descuidado tema de la educación escolar en España. Su título, tan provocativo y original, destaca ya en principio una idea clave: la escuela que tenemos en este siglo no es la que tendría que ser, es el residuo del pasado (en el que tampoco fue la más adecuada) y es, por supuesto, un fracaso en su necesario ajuste con la nueva sociedad y el nuevo mercado de trabajo para el que la escuela debería preparar de forma eficaz.

Particularmente en España, con ocho Leyes de Educación turnándose desde 1980, según quién estuviera en el poder, desde UCD al Psoe o el PP, definir qué cosa es la enseñanza escolar, sus medios, sus fines y objetivos y su forma de ajustarse a los cambios sociales, técnicos y económicos, se convierte en un problema lógico insoluble e insalubre. Feito Alonso, hombre curtido en mil "batallas"- libros, artículos, informes, conferencias- sobre la temática educacional nos revela un talante analítico pirroniano (escéptico) cuando no abiertamente estoico o cínico, según los hechos comentados. El diagnóstico del experto sobre nuestro sistema educativo, aún pendiente de salir del sepulcro del Cid, apegado a fórmulas obsoletas y viejas tradiciones memorísticas que no tienen cabida en un siglo tecnológico donde todo está al alcance de un teclado y el problema a resolver no es la falta de información, sino su exceso unido a un omnipresente defecto de fiabilidad. Y eso que, prudentemente, Feito deja para mejor ocasión el mundo universitario, donde las cosas no brillan precisamente por su eficacia y adecuación.

El autor encadena los temas de una forma crecientemente interesante: Una escuela para la sociedad del conocimiento; el currículum; las metodologías; los deberes; las evaluaciones externas; los itinerarios educativos; el profesorado; las familias; los tiempos escolares; la democracia y la participación. Después de un varapalo de lógica impecable para cada uno de los apartados, no deje el lector de devorar las seis páginas finales, unidas bajo el epígrafe de  “Conclusiones”.

La cuestión es tan compleja que nuestro autor debe dejar a un lado aspectos del tema educativo, del profesorado, la segregación  escolar o la autonomía de los centros, para centrarse en los que considera elementos fundamentales para propiciar una suerte de cambio futuro con más justeza. Apunto que se debería enviar un ejemplar de este libro al político que lidere el Ministerio, sólo para dar ideas y poder reconocer errores:lo cual sería una misión imposible donde las haya, pero deseable y justa)

Sin llegar a ser un documento técnico que aporte un abordaje sistemático y profundo de los asuntos tratados, se presentan estudios y datos que consolidan un análisis que destaca por su sencillez y claridad y actúa a modo de estímulo para la reflexión. Sencillez y claridad que podrían ser muy eficaces en los infatuados cerebros de los políticos de turno. No es un aporte científico, sino una serie de propuestas e ideas del autor basadas en criterios de independencia crítica y sentido común basado en la observación y la experiencia educativas. Y son propuestas e intenciones dirigidas a lograr una regeneración profunda de los modos y sistemas de enseñanza y de sus objetivos (al margen del problema de la mercantilización educativa y las deformaciones interesadas que la tecnología imprime a la formación). Principalmente a la adecuación a los nuevos tiempos y exigencias. Y si el engranaje burocrático de la escuela y el profesorado pueden adaptarse a tales exigencias.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

FICHA

¿QUÉ HACE UNA ESCUELA COMO TÚ EN UN SIGLO COMO ESTE?.- Rafael Feito Alonso.- 269 págs. Ed. CATARATA

 

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9 julio 2021 5 09 /07 /julio /2021 15:47

 

 

Zygmunt Bauman (1925-2017) era un sociólogo polaco con sesenta libros publicados, teórico del concepto de “sociedad líquida”, un modelo que se destruye, se difumina y se construye contantemente en un sistema de límites que varían, se amoldan a lo que sea preciso y se extienden o desaparecen como el agua. La metáfora no recoge los aspectos positivos de la liquidez sino su variabilidad y fugacidad. Bauman ha escrito sobre la vida, el amor, la sociedad, la modernidad y la cultura líquida. Así definió el concepto: la sociedad es líquida cuando las condiciones de actuación de sus miembros cambian antes de que las formas de actuar se consoliden en unos hábitos y rutinas determinados…no puede mantener su forma ni su rumbo durante mucho tiempo…con lo que ninguna estimación de su evolución futura puede ser considerada fiable.

Para Bauman la modernidad líquida es una búsqueda constante, un consumismo diario para encontrar la felicidad. En ella los individuos se mueven por la seducción de una constante renovación: Les parece que existen en un mundo en el que se pueden vivir numerosas vidas, tras la pérdida de la identidad propia, mientras el sujeto adquiere una nueva vida  para no ser excluido de una sociedad que avanza a velocidad de vértigo, atosigado por una economía precaria y la servidumbre hacia las nuevas tecnologías de las comunicaciones.

Por tanto la cultura de nuestra sociedad de consumidores se convierte en un almacén de productos previstos para el consumo, cada uno compitiendo por la cambiante y dispersa atención de los futuros consumidores. Sólo por un momento que está limitado por la obsolescencia programada de todos los productos en oferta. Y esta oferta no solo se refiere sólo a objetos sino a personas, relaciones, mundo laboral… Mientras la  tecnología lo rige todo, incluyendo las relaciones interpersonales. Valores, principios  y costumbres abandonan las viejas y seguras tradiciones sin ofrecer nada sólido, fiable y duradero a cambio. Solo interesa el cambio, la satisfacción inmediata de los deseos, la cosificación de todo: “cosas” pronto en desuso, a la espera de otras que sólo son distintas por ser “nuevas”. Eso nos lleva a una sociedad de incertidumbres, sin valores, que agrava la inseguridad por la globalización de los problemas: movimientos migratorios, eventual escasez de determinados productos, exceso de explotación y de desperdicio, precariedad laboral, agudización de las desigualdades. Lo único que importa es la “libertad” y la satisfacción individuales. Los grupos, partidos y asociaciones  ya no buscan el bien común, sino en el beneficio personal enmascarado por el fanatismo grupal. El verdadero Estado es Don Dinero: cada vez es más volátil, líquido y conceptual: No hay nada que lo respalde. Ya se está convirtiendo en dinero virtual, un paraíso para los hackers y un desastre para la economía" .

Para Bauman, el hombre de la sociedad líquida es un sujeto más autónomo pero solitario, que tiene un miedo cerval a los extraños, es xenófobo y busca el grupo fanatizado que le da seguridad a cambio de sumisión. Aunque nos encontramos en la sociedad del conocimiento y la era de las nuevas tecnologías, donde los sujetos están rodeados continuamente de datos y de acceso a la información, cada vez las aspiraciones a conocer y aprender son menores. La educación de nuestra época es se empieza a valorar como un bien de consumo y no como un proceso de crecimiento personal para adquirir valores, historia y aptitudes y entender la vida desde otros puntos de vista.El desempleo, el paro, y la falta de posibilidades de acceder a encontrar trabajo, hacen que los jóvenes cada vez tarden más en incorporarse al mercado laboral, en el que desaparecen, los contratos indefinidos, los trabajos que duraban toda la vida, los vínculos entre compañeros de trabajo y empresa. En nuestra sociedad actual es necesario que los individuos se formen  durante toda la vida. Los avances tecnológicos, los nuevos enfoques económicos, dan paso a la necesidad de la formación permanente.  

Pero Bauman se permite cierta esperanza hacia los cambios que ya tenemos aquí. La humanidad ha superado muchas crisis y ha resuelto los problemas: Ahora hay que atacar a la raíz de la crisis. Como principal responsable de la situación de la modernidad líquida identifica a la política, y no a una concreta, el conjunto de cada una de ellas que han traicionado su misión y su eficacia a causa de la corrupción, la negligencia y la falta de visión hacia un futuro que debe proyectarse con materiales y actitudes distintas en el espacio global , Es preciso potenciar y dirigir los cambios,trabajar los valores, la cultura, la educación. Nuevos modelos de organización, de trabajo, de educación, de conocimientos, tecnologías y nuevas costumbres..Es necesario unirse todos para investigar cómo reconducir este nuevo tipo de modelo, tanto económico, político, educativo y social.

 

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1 julio 2021 4 01 /07 /julio /2021 11:06

(Publicado en La Comarca el 290621)

No creo en el “agravio” generacional. Entiendo a los jóvenes porque nunca he dejado de ser joven, a pesar de ir sumando años y experiencias. Acepto que siempre ha habido jóvenes que no han sabido respetar a nada ni a nadie, empezando por sí mismos. Es algo tan cierto como los ejemplos de lo contrario. Y sabemos que hay ancianos y hombres maduros que se mantienen anclados en sus frustraciones, sin evolucionar y capaces de dislates tan irracionales como los de algunos jóvenes.

Creo que las reglas básicas de la convivencia, pertenecientes más al derecho natural y al generado por las costumbres y tradiciones que regulan las relaciones entre individuos, deberían volver  a ser enseñadas en las guarderías y escuelas y reforzadas en los institutos y la Universidad. No como una asignatura más sino como una educación ciudadana básica, necesaria y obligatoria. Que a su vez debe ser refrendada por padres y tutores. Convertirlas en unas normas sencillas y simples que formen parte inexcusable de la persona, del ciudadano, del ser humano. Como bien individual y con alcance familiar, social, nacional y global.

A los niños les hace evolucionar la educación vicaria, la que reciben y les impregna en el hogar, la familia y los amigos. Además reciben la influencia –no siempre buena o provechosa-de las aulas y la sociedad y los medios, la tele, el ordenador o el móvil. Desde Freud, Jung o Reich, hasta los neurocognotivistas de la psicología más avanzada, hay acuerdo en que a menudo reflejamos antes lo peor que hemos asumido de nuestro amplio sustrato sociofamiliar, que los buenos ejemplos que a veces se producen en torno nuestro. Las personas oscilan entre una maduración lenta pero positiva en sus relaciones y percepciones o un progresivo endurecimiento en egoísmo, brutalidad, indiferencia al daño ajeno, intolerancia a la frustración de los deseos, falta de límites conductuales y en casos ya psicopáticos, placer en hacer daño o en destruir cosas, incluso sin ningún beneficio propio.

En la mayoría de los casos hay menos maldad intrínseca o psicopatología que dificultad para comprender el dolor de los demás, los límites de la propiedad y los derechos ajenos. La democracia sólo puede ser cívica. Aprendamos y enseñemos civismo.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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13 junio 2021 7 13 /06 /junio /2021 16:05

La palabra ecosofía nos remite a las palabras griegas "oikos", casa, y "sophia", sabiduría. El término sugiere que debemos reconocer una sabiduría presente en nuestro oikos. Esta sabiduría, en nuestro tiempo y nuestra cultura capitalista ya nos es extraña pero se encuentra vigente en las cosmovisiones de pueblos indígenas escondidos en selvas y lugares lejanos y poco atractivos de momento para el turismo o la explotación de recursos. Esas cosmovisiones hoy toman fuerza como nuevos paradigmas de convivencia con la Tierra. En un transparente y sabio librito, editado por Fragmenta, el escritor y pensador Jordi Pigem nos presenta los textos que su mentor y amigo Raimon Panikkar (que no necesita presentación) escribió sobre la ecosofía, un término que une dos facetas del pensamiento básico humano hacia la excelencia: la sabiduría y la ecología. Se definió como LA MANERA DE CONOCER, ENTENDER Y CONVIVIR CON LA COMPLEJA RED INTERACTIVA DE VIDA QUE CUBRE LA TIERRA.

Nuestra cultura individualista y de ensalzamiento del sujeto nos ha arrastrado a la considerar el mundo como un objeto, un instrumento o una fuente de recursos explotables hasta la saciedad o la ruina. Con ello hemos provocado la trágica escisión
entre sujeto y objeto. Cualquier ciudadano de nuestros países ha perdido la noción del mundo como algo vivo y al que pertenecemos en régimen de igualdad. Como dice el filósofo germano-coreano Byung-Chul Han "uno solo se tiene a sí mismo, al pequeño, desamparado y pretencioso yo".

La ecosofía, según Panikkar, es la sabiduría del equilibrio entre los mundos de los dioses -lo trascendente- el de los hombres y el del Cosmos, tres dimensiones de la realidad. Y muy sabiamente propone: "Hay un habitar en el mundo que se caracteriza más en una actitud de pasividad que en una actividad de producir. Es un dejar-se-afectar. Este habitar propio de la consciencia temporal del ritmo del ser nos lleva a experimentar la relación sujeto-objeto de manera diferente a la escisión interno/externo que es como comúnmente
percibimos la realidad: El ritmo está fuera de mí, yo no lo invento. Sólo he de escuchar los latidos de lo real, y para escuchar debo callar, tengo que silenciar
mis egocentrismos. Más aún, tengo que ser puro. Además, el
ritmo también está dentro de mí. La recepción por parte mía es indispensable y mi
identificación es un requisito. No me es superpuesto
...De esta manera, la sabiduría es el ritmo natural de la vida y como tal, no se hace efectivo por la voluntad del ser humano, por el contrario hay que dejar que el fenómeno de la vida se haga sí mismo".

Y se hace en un momento irrepetible del tiempo, que no es circular o lineal, sino un instante radicalmente nuevo. La experiencia de tiempo presente tiene una gran fuerza simbólica para la ecosofía, pues significa cultivar la vida contemplativa.La vida contemplativa permite experimentar un tiempo de duración que nos sitúa en una habitar temporal en el mundo muy diferente a la vida agitada que llevamos hoy en día donde nos falta tiempo y nos falta ser. A esto se une el delito de la «sordera
del espíritu», que es «esta incapacidad para disfrutar del silencio, de la ausencia,
o incluso de la monotonía". Como como por ejemplo la incapacidad de experimentar
aquellos momentos contemplativos que surgen en nuestra relación con la naturaleza.

Para Panikkar no puede haber experiencia de sabiduría sin tomar consciencia que la Tierra es nuestra morada:: «Mientras no contemple cada pedazo de tierra como mi cuerpo, no sólo menosprecio a la tierra, sino que también menosprecio a mi cuerpo. ¡Aquí comienza el conocimiento!" Y para llegar a él no sólo es preciso el  diálogo disciplinar, pero, sobre todo, el diálogo intercultural e interreligioso.

Sugiero, pues, la lectura del libro “Ecosofía” que nos recuerda que formamos parte de una red de vida que nos rodea y alimenta de múltiples formas: la naturaleza, la biosfera. Como dice el prologuista Jordi Pigem, “si la célula sabe lo que hace, ¿qué nos impide ver que la Tierra sabe lo que hace”. Y es que “si queremos seguir en este mundo, tenemos que aprender  a hacer y ser de manera sostenible…no habrá verdadera sostenibilidad sin una transformación de la conciencia”.

 Spinoza y Panikkar comparten la misma manera de ver el mundo: “Deus sive Natura” (Dios o la naturaleza). Por tanto el respeto que los creyentes y los ateos inteligentes sienten por Dios, como símbolo o realidad espiritual, es exactamente el mismo que muchos profesamos por la Naturaleza, su conservación y preservación ante las atrocidades que nuestro sistema de vida  está cometiendo contra ella y sus cada vez más limitados recursos. La ecosofía es una “filosofía de la armonía o el equilibrio ecológicos”.

De ahí esta recomendación final: nuestra búsqueda del equilibrio personal no tiene sentido sin encuadrarla dentro de una filosofía que nos enseñe a “escuchar la Tierra” como decía Panikkar. Sostenemos que existe una “psique del cosmos” (tou pantos psyché) como ya proclamaba Plotino desde la Grecia clásica y que en el renacimiento se llamará “anima mundi” y arrebatará a los románticos. Hasta llegar a nuestros descreídos días en los que triunfa un tecno capitalismo que impulsa una nueva forma de explotar a las personas y al planeta. Panikkar cree que ese sistema depredador no llegará muy lejos. Si seguimos  contaminando el aire, el agua, la tierra y causando el desequilibrio climático.  La Tierra sobrevivirá y repondrá su equilibrio, pero el sistema - y quizá los humanos -no.”En la lucha contra la Tierra el hombre perderá, “ dice Panikkar.

Jordi Pigem recuerda el mensaje que un pueblo indígena de Canadá –posiblemente exterminado- envió  a los orgullosos conquistadores: “Solo cuando hayáis talado el último árbol, contaminado el último río y extinguido el último pez, os daréis cuenta de que el dinero no se puede comer”. Nuestra civilización podría ser como el rey Midas de la mitología griega que, gracias al dios Dionisios , adquirió el poder de convertir en oro cualquier cosa que tocara. Cuando Midas se dio cuenta que moriría de hambre y de sed y en absoluta soledad, ya que todo se transformaba en oro a su alrededor, rogó al dios que le librara de ese don. ¿Será tan sabio el sistema capitalista neoliberal? ¿O esperará a convertir en fuente de ganancias todo lo que en la Tierra nos permite vivir, hasta que sólo queden los fajos de billetes de banco, oro,  piedras preciosas, yates lujosos y palacios vacíos?

FICHA

ECOSOFÍA.-Raimon Panikkar. Ed. Jordi Pigem.- Fragmenta Editorial.93 págs

 

 

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19 mayo 2021 3 19 /05 /mayo /2021 10:02

A finales del siglo XX los héroes dejaron de estar de moda. La gente se inclinaba más hacia los "anti-héroes". En su novela generacional, Douglas Coupland ("Generación X") afirmaba que a partir   de ahora (en siglo XXI) los héroes habían muerto. Lo cual, para cualquiera que tenga ojos en la cara y un cierto sentido de la observación, es una memez desmentida por toda la cultura que nos rodea. Bruce Meyer, el autor del libro que les recomiendo, profesor de Universidad en Canadá, nos asegura que los héroes no sólo nunca dejarán de existir, sino que los necesitamos como referencia en nuestros particulares ritos psicológicos de crecimiento: "El de héroe es un concepto universal que como seres humanos nos fascina e incluso nos llega a acosar constantemente cuando adoptamos la postura de rechazarlo". Aunque cita y aclara los conceptos junguianos de la psicología del arquetipo, Meyer se basa en la literatura, en los héroes literarios clásicos para hacernos comprender la función y la fuerza de esos personajes convertidos en símbolos. Aunque sigue una estructura no demasiado clara y unos desarrollos argumentales a veces incoherentes o banales, el libro se lee con gusto. Y es que de la vitalidad del símbolo heroico nos habla sin cesar el cine popular actual, muchas novelas e innumerables ensayos. Si el héroe como símbolo hubiese muerto y desaparecido, ¿de qué estamos hablando continuamente, qué películas admiramos, qué libros leemos? Más que desaparición asistimos a una metamorfosis del héroe que lo disfraza y disimula pero que mantiene en vigor su potencial "para sacarnos del propio ser" (pág.20) y para "recordarnos nuestras carencias y también nuestra posibilidades" (pag.16). Apoyándose en textos de Campbell, Frye, Goethe, Shakespeare, Arthur Miller, Melville o Dante, el autor nos va hablando de los distintos tipos de héroe desde las páginas de las obras de esos autores, hasta concluir que "los heroes son una manifestación de esos deseos que todos tenemos y que nos hace descubrir algo de nosotros mismos que deseamos tener con mayor abundancia" (pag.47).

Owen, T.S. Eliot, Ezra Pound, Joyce, Becket, nos introducen en el héroe trágico, derribado y consumido por la guerra o el absurdo de una sociedad que amenaza el sentido y la coherencia de nuestra propia vida. Esa sociedad crea sus propios monstruos, pero también sus propios héroes.  Lord Byron, Milton, Marlowe, nos llevan al reflejo demoníaco del héroe y como contraposición al del santo (una forma peculiar del héroe) a través de Graham Greene o William Faulkner (yo añadiría al "Idiota" dostoievskiano). Acaba Meyer su búsqueda analizando figuras tan distantes como Supermán y Hércules, para centrarse en la figura de Jesucristo como mito capaz de responder de forma total e íntegra a las exigencias humanas éticas del héroe. Y como final permítanme citar al autor: "En último término, el héroe sirve al mismo propósito que la literatura, es decir, el de dotar de orden y sentido al caos del tiempo, a la inconmensurable confusión de la historia y a las constantes entradas y salidas de personajes del escenario de la vida” (p. 330).

FICHA.-

HÉROES.-Bruce Meyer.-Ed. Siruela. Trad. Enrique Junquera.341 págs.

 

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7 mayo 2021 5 07 /05 /mayo /2021 16:35

Siempre hay un idiota en cualquier recodo de nuestra mente, dispuesto a tomar el control y hacer valer sus "derechos" cuando menos te lo esperas. Con la particularidad, usted se habrá dado cuenta, de que los idiotas van en pareja: uno de ellos es ajeno a usted y el otro, es  o podría ser, perdóneme, usted mismo. La diferencia es que uno es real e inmediato y el idiota que hay en usted -inevitablemente, es cosa de la cultura en la que vivimos- está en potencia, dispuesto a aparecer al reclamo del otro. Un profesor francés, especialista en Spinoza, Maxime Rovere, propone tres principios básicos a tener en cuenta cuando uno afronta el problema de la idiotez: 1, siempre somos el idiota  de alguien; 2, Las formas de idiotez son infinitas y 3, el más importante idiota de todos los que conocemos está en nuestro interior esperando manifestarse (lo normal es que no se lo permitamos, pero intentarlo, lo intenta). En cuanto nos relacionamos con un idiota, de una forma automática, lo que hay de idiota en nosotros, vibra por simpatía energética  y se siente atraído por el/la persona que nos estimula, anula el pensamiento crítico, desvirtúa nuestro sentido común y nos impulsa a un comportamiento semejante. Normalmente uno logra evitar ese contagio. ¿cómo? Tratando de usar su capacidad de comprensión y, si es posible, de empatía. No hay otra salida. Un rechazo frontal es una trampa que provoca la entrada de alguna forma de idiotez, ya sea en forma de reacción inapropiada o de ironía agresiva o de calificativo insultante.

Lo cierto es que el idiota entra en tu círculo interactivo y crea una dinámica perversa. Cualquier cosa que digas o hagas puede ser usada en contra tuya. Si pretendes razonar con él/ella, asistirás a un choque letal entre formas distintas de entender la vida, por tanto es posible que el sentido, contenido y valor de las palabras que intercambiéis sean diferentes y a veces opuestos. Es conveniente analizar la situación, anular respuestas precipitadas y frenar con cortesía el desarrollo. No se puede convencer al idiota, hay que aplacarle y buscar algún punto de contacto no beligerante. El problema se agudiza cuando el idiota es nuestro jefe o dependemos de él de alguna manera. En esas ocasiones hay que estar atento a encontrar una vía de escape que cause el menos daño posible. A veces hay que gestionar, como inevitable, cierta cantidad de efectos negativos.

Gracias a internet la cantidad de idiotas ha crecido exponencialmente: nunca en toda la historia de la humanidad tantos tontos han podido decir tantas idioteces a tantas personas y tan pocas personas han podido librarse de ellas sin pagar el impuesto de pasar por tontos o por víctimas de desuelle público, injusto, anónimo e inmune. La única actitud racional que puede aliviar la carga negativa que suele  contagiar el idiota es acordarse de Sócrates o de Pirrón (lo más ilustrados),  y más sencillamente escuchar con benevolencia y paciencia, haciendo un sincero esfuerzo por entender la argumentación, si la hay, y procurar no perder la compasión ni el control. La ira, el rechazo, la violencia, hace que nuestro  idiota interno tome las riendas de inmediato. En algunos casos, la huida es una victoria. Pensemos que el virus de la idiotez o estulticia es sumamente contagioso y no tenemos mas antídotos que la razón y la ecuanimidad. Y. en última instancia, la vacuna, que no siempre está disponible: poner tierra de por medio entre el/los idiotas y uno mismo (y, por supuesto, "nuestro" propio idiota).

La interacción es el caldo de cultivo del idiota. Y esa herramienta social es básica e inevitable. Los consejos éticos al uso no sirven para lidiar con la idiotez. Porque la actitud, las palabras o las acciones de los idiotas suelen atacar la base ética de la sociedad, no como una acción  destructiva del signo que sea, ni como una ideología del caos, sino con la "inocente", corrosiva y disparatada seguridad del que cree obrar como debe ser (según un código personal al que no tenemos acceso y que no es coherente con la ética al uso).  Pero lo más peligroso de esa pandemia es que encumbra a los "mejores" idiotas a puestos de poder ya que son el reflejo exacto de la mediocridad que subyace en nuestra cultura adocenada y se extiende y fructifica gracias a los medios digitales y su globalización (caso Trump o Bolsonaro, sin ir más lejos, ni más cerca, la política nacional da excelentes ejemplos de la idiotez corrosiva de algunos).

Como dijo alguien muy amargado por estas cuestiones, los idiotas no son mayoría, pero la mayoría casi siempre es idiota. Ya que al ser un virus interactivo, el contagio prolifera con la cercanía y el contacto social. Si estás rodeado de idiotas es muy difícil que no surja el idiota que genéticamente alojamos en la mente. Sólo nos queda estar con ojo avizor, rogar a los dioses que no nos aumenten la dosis de idiotas que nos corresponde estadísticamente y controlar el orgullo herido del que llevamos dentro, siempre empeñado en demostrar a otro idiota que es aún más idiota que él.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

ficha

¿QUÉ HACEMOS CON LOS IDIOTAS?.- Maxime Rovere.-Trad. Núria Petit.- Ed. Paidós. 138 págs.

 

 

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2 mayo 2021 7 02 /05 /mayo /2021 11:44

                                                             Si tuviera un presente diferente

                                                             Tendría las llaves de mi pasado

                                                            Si mi pasado estuviera conmigo

                                                           Sería dueño de todo mi mañana

                                           (Mahmoud Darwish, refugiado palestino)

 

De vez en cuando, desde hace años, visito dos tumbas cercanas entre sí, en mi corazón, y relativamente en el territorio. A los dos lados de la frontera franco-española: la de Antonio Machado en Colliure y la de Walter Benjamin en Port Bou. Ambos símbolos culturales del exilio, como Annah Arendt, María Zambrano, Max Aub, Stefan Zweig, Nabokov, Leon Felipe, Buñuel, Sénder, Ayala, Bertold Brecht, Thomas Mann, Freud, Musil, Emil Ludwig y  otros muchos. Ellos integran la cara más notoria –pero más “glamurosa”-  de un drama que se extendió por todo el siglo XX como una marea trágica, la relevante “cresta” de una ola que devastó culturalmente a Europa.  Pero lo más angustioso, censurable y difícilmente comprensible es que el exilio, la inmigración, las oleadas incesantes de refugiados de cientos de miles de personas acuciadas por las necesidades más básicas y usando medios de transporte inadecuados y peligrosos, o jugándoselo todo al cruce ilegal de fronteras, han convertido el siglo XXI en el epítome de una trágica realidad: la errancia sin fin (título del libro de García Ponce) del mundo desposeído, hambriento y desesperanzado (y enojado) al “otro” mundo, calificado como “rico y poderoso”, aunque comienza  a ser más un espejismo que una realidad, gracias al sistema capitalista salvaje y neoliberal que está hundiéndonos a todos.

Aquí trataremos menos el esquema psicológico de los exiliados y refugiados culturales (que han dejado observaciones valiosas  sobre sus penurias y sufrimientos), que el análisis del aluvión brutal de las grandes masas que asaltan fronteras, desafían océanos y son explotados por mafias sin conciencia. Opino que en todos los casos, al margen de la formación cultural o la particularidad política de unos, el desarraigo, la amargura, el desconcierto y el miedo e inseguridad es el contenido básico de las  maletas o los hatillos de todos los que comparten el binomio básico: 1) imposibilidad de quedarse en el propio país por miedo, necesidad e indefensión y  2) huída en precario a otro país en busca de una posibilidad de sobrevivir.

Quizá nunca como ahora en tiempos de un “estado de excepción” ocasionado por la pandemia y de tan difícil gestión jurídico-política y con la incomprensión y rechazo de una parte de la ciudadanía, el estado anímico del refugiado o del exiliado muestran un espejo o vínculo que nos permite entender a estas personas reducidas  en sus derechos (a pesar de la distancia conceptual y situacional entre ellos y nosotros) y comprender la estructura y dinámica de la experiencia de ese “otro” que procede de otro país del que ha sido expulsado y viene al nuestro de mala manera y con una demanda imposible de satisfacer, aunque sí de paliar. ¿No nos resultan familiares esa indisponibilidad absoluta del refugiado sometido a una dinámica de amenazas, exclusiones e inquietudes, con la del ciudadano constreñido a la inmovilidad y a la vigilancia por motivos racionales pero difíciles de asumir? Y si tienen dificultad para ver el paralelismo, no piensen en el ciudadano con hogar, recursos económicos, salud, sino en el indigente, el subproletariado de las grandes ciudades, los parados y los sometidos a las disolventes mutaciones del bienestar en la actual hegemonía hipercapitalista.

Como en ese caso ya corriente en nuestros días, esa subclase de desocupados y marginados de la actual sociedad se asemejan al refugiado en que ambos en virtud de la naturaleza que se les endosa, van perdiendo su identidad, se convierten en seres en permanente proceso de des-subjetivación, no son ciudadanos sino entes fuera de la categoría de sujetos legales, nuda vida, cuerpos biológicos, sin derechos reconocidos, al margen no solo de la comunidad sino de la naturaleza, mantenerse alejados no sólo del orden que emana del oikos, el hogar  establecido, la comunidad, sino objeto de una cultura de la violencia y el odio que, singularmente, proviene de las instituciones del Estado,  que rechaza a ese ser sin territorio propio y lo coloca en un umbral de indiferencia cuando no de negación y confinamiento.

 

Considero que un enfoque cultural  del exilio está constreñido a ser una faceta del amplísimo y demoledor tema de los refugiados en el mundo, por ello quiero dejar constancia de ciertos datos que muestran la amenazadora tendencia al alza del problema que, sin duda, va a constituir uno más, y no el menos importante, de los desafíos que el mundo tiene planteados en nuestro tiempo. Según los últimos datos publicados por la ACNUR (Agencia de la ONU para los refugiados) unos 80 millones de personas han sido desplazadas de sus hogares o han huido de ellos, por miseria, guerras locales, sequía, epidemias o hambre, lo que supone un 1% de la población mundial. De esos millones, el 40 % son niños y  jóvenes menores de 18 años. Un 85% de estos son acogidos por países en desarrollo, lo cual no mejora demasiado la situación de los refugiados y empeora la de los países de acogida. Para agravar las cosas se anuncia una hambruna en países donde se espera que este año la plaga de la langosta migratoria” afecte a los países del sur africano y  los fenómenos asociados al fenómeno climático de “La Niña” a los países del arco de Yemen, Sudan, Siria o Libia. La hambruna, junto con la inseguridad crónica, la  Covid y la falta de recursos completan un panorama desolador que aumentará el flujo migratorio de desplazados.

Pero volvamos al “interior” de nuestra pesquisa. Hablemos del extranjero que viene a nuestro país, al que miramos siempre desde la “otredad” y exigimos que se adapte a nuestras costumbres e idioma. Aún así el diálogo y la negociación son siempre desde la “superioridad”, la dialéctica del amo y el esclavo. Y eso en el mejor de los casos, cuando no es la negación absoluta, el desprecio, el ninguneo y el insulto de los “patriotas” reaccionarios. La psicología señala atinadamente el atávico miedo al otro, al extraño, como sustrato emocional agresivo en esos individuos (y la presunta carga económica fraudulenta que la extrema derecha suele asociar sin fundamento a los refugiados). La dignidad del refugiado debería estar por encima del “choque cultural” o las obligaciones que genera lo que entendemos por integración, lo cual suele estar sesgado por creencias y opiniones.

Como escribe María Zambrano: “La figura del exiliado o del refugiado representa a la perfección la amenaza del desconocido, del radicalmente Otro. No se puede sucumbir al miedo sino trascender la inquietud, planificando un mundo, un espacio mejorado y diáfano, surcado de puentes y ventanas para recibir al recién llegado, que puede llevar en sus alforjas la mejora de un cambio”

Esa visión positiva hacia el que viene en busca de ayuda, de una vida mejor y aporta su fuerza, sus conocimientos y su voluntad de integración, debe estar sustentada en la comprensión de la diversidad y en la busca del punto de integración a partir del cual ambas culturas, la que viene y la que está se enriquecen mutuamente. ¿Utópico? No lo creo. Hay ejemplos en la historia en que eso fue posible, siquiera sea por algún tiempo.

Arendt define la causa del salto abismático a lo desconocido enfocando al elemental miedo a la extinción. Y describe la situación de ese Otro como un “estado total de desarraigo, de cercenadura de sus raíces (que ahora lleva al aire, incapaz de ocultarlas para protegerlas), de vaciamiento de todo lo superfluo hasta quedar reducido a lo esencial, a la “nuda vida”, pura vida biológica, cuerpo desnudo, sin leyes que lo amparen, sin ni siquiera una norma que lo reconozca en su inapelable humanidad.

El exiliado, el refugiado llega al lugar del desprendimiento, desde la patera o escalando vallas metálicas o atravesando ríos y desiertos, con la esperanza ciega y sorda de que es posible pensar el mundo de una forma distinta. Una especie de patria, sigue argumentando Arendt, que no es física, que está libre de límites y que crece junto a la que se truncó. Una patria interior que no coincide jamás con el lugar real donde la persona busca el espacio habitable.

A partir de ahí empieza un calvario interior que  Czeslaw Milosz describe en su libro “Sobre el exilio”: “La pérdida de armonía con el espacio circundante, la incapacidad de sentirse cómodo en el mundo, tan angustiosa para el expatriado, el refugiado y el inmigrante”,  y que paradójicamente lo integra en la sociedad en forma de  una nueva esclavitud, con un desarraigo brutal que nace tras haber vivido una odisea que no envidiaría el mismísimo Ulises. El filósofo Slavoj Zizek lo encuadra a la perfección: “hoy en día, en esta época de capitalismo global resurgen nuevas formas de esclavitud que se nutren de los refugiados e inmigrantes: millones de trabajadores privados de los derechos y libertades civiles más elementales, en fábricas, en los campos, en talleres desde Asia hasta Arabia Saudí o el Congo, donde la estructura de los campos de trabajo son una reedición de las campos de concentración nazis”.

A otro nivel, Isaac Bashevis Singer nos cuenta su percepción de su propio exilio: “Cambiar de país, emigrar, es como una especie de crisis. Tenía la sensación de que mi lengua estaba desubicada. Perdí mis imágenes. Veía miles de cosas para los que no había nombre en mi lengua. Tenía la impresión de que mi lengua materna había perdido su capacidad expresiva y yo, mi sensibilidad para percibir el entorno. Y por supuesto había que ganarse la vida, adaptarse a una nueva realidad.”

Zizek critica la idealización simplista de la izquierda europea que va a los refugiados como un proletariado nómada que podría actuar como núcleo de un nuevo movimiento revolucionario. Es ignorar la esencia del problema: hoy los refugiados “sueñan” con ser proletarios, pero saben que no son “nada”, no ocupan ningún lugar dentro de la jerarquía social del país que los acoge. Por eso existe un antagonismo pseudo cultural entre los  refugiados y la población local de la clase baja. En realidad es una lucha por los puestos de trabajo, no un choque de civilizaciones, sino por el hecho puro y simple que el patrón prefiere emplear a un refugiado sin derecho alguno que a un obrero local que está protegido por leyes y normas. La flagrante falta de humanidad que esto supone no parece preocupar a la política de izquierdas y da carburante agresivo a la ultraderecha. Es uno de los efectos del Nuevo Desorden Mundial. Y Zizek añade:  “En lugar de constituir un frente unido entre las clases bajas y los inmigrantes, se instaura un rechazo por el que los inmigrantes se refugian en el fundamentalismo, mientras que los sindicatos muy a menudo combaten por el bienestar de aquellos a los que representan en contra de esos otros sectores de la clase trabajadora, olvidando que el verdadero enemigo de todos es el capitalismo…Y así se da la curiosa circunstancia de que los trabajadores consideran a los inmigrantes títeres del gran capital, que los ha traído al país a erosionar su fuera y competir con ellos, puesto que su salario es menor, y los inmigrantes ven a los trabajadores, por pobres que sean, como parte integrante del orden occidental que los marginan. No es fácil predicar que sería eficaz que estuvieran en el mismo bando en una situación en la que la competencia es real.”

Lo cierto es que en los flujos humanos migratorios que van desbordando las fronteras de Europa –y aumentará más-siempre reconocemos un signo que comparten con los indigentes urbanos: el de los “muertos en vida”, aquellas personas expuestas a las organizaciones del crimen organizado,- ya sea laboral o sexual- y a las actividades del Poder en contra de las mafias, los narcos o el terrorismo, donde terminan engrosando filas. Explotados por los comerciantes de humanos y rechazados violentamente por ciertos sectores políticos y ciudadanos que ven en ellos una amenaza y un peligro, un síntoma (más) de intranquilidad en un sistema postcapitalista y neoliberal que se deteriora por momentos.

En el otro lado del espectro, para Arendt y Zambrano los exiliados no vienen a recibir sino a dar. La cita de la “Tumba de  Antígona” de la malagueña, debería hacernos pensar: “nosotros pedíamos que no dejaran dar. Porque llevábamos algo que allí, allá, donde fuera, no tenían: algo que no tienen los habitantes de ninguna ciudad, los establecidos; algo que sólo tiene el que ha sido arrancado de raíz, el errante”

Personalmente opino que, como dice el filósofo italiano Franco Bifo, en Europa estamos perdiendo una oportunidad única, histórica, de cambiar la faz de rechazo a los inmigrantes, al otro, por un acogimiento abierto a la diversidad para lograr redirigir la crisis europea ya que “nunca en nuestra  vida nos hemos enfrentado a una situación tan cargada de oportunidades revolucionarias. Pero nunca en nuestra vida hemos sido tan impotentes. Los intelectuales nunca han estado tan callados, nunca han sido tan incapaces de encontrar un camino que muestre una nueva dirección posible”. La joven fuerza que nos viene del “exterior” debe recibir dignidad, comprensión, apertura, trabajo y respeto. No se trata de caridad sino de intercambio en un modelo de justicia e igualdad. El pensamiento que se opone al Sistema actual no ha dado aún el paso hacia delante que obligue a replantear el futuro y a aunar fuerzas. Me viene a la mente aquella película de King Vidor de los años 30, en plena Depresión norteamericana, “El pan nuestro de cada día” en el que un centenar de míseros desplazados, condenados a la humillación y el hambre, se unen para crear una nueva existencia con el sacrificio y el trabajo, la solidaridad y la cooperación. ¿Creen ustedes que estamos mucho mejor en estos días que en aquélla crisis? No se equivoquen. Las apariencias confunden.

Hace sólo tres años el ensayista David Wallace-Wells publicó un libre preocupante: “La tierra inhabitable” y en él de una manera clara, sistemática y aportando datos irrefutables describe toda una gama de problemas actuales y en progresión, que amenazan nuestra supervivencia, calentamiento global, hambrunas, pandemias, falta de agua, guerras localizadas pero frecuentes por alimentos y materias primas, zonas devastadas …y hacía hincapié en un fenómeno que ya comenzaba a inquietar a todo el mundo: cientos de millones de refugiados producidos por la suma de estos desastres ante los cuales se empleará la violencia y que, sin duda, crearán violencia. En esa misma época el líder ultra de Hungría, Orban, pedía que se declarara a Europa Central y Oriental (ECO) “zona sin inmigrantes”, una descarada copia del la nazi “Zona sin judíos”. Un genocidio de proporciones gigantescas se está preparando.

Cada vez que leo que una madre que buscaba refugio a bordo de una zodiac mafiosa se ha ahogado con su bebé en el Estrecho cerca de las playas andaluzas siento que se ha hundido un poco más la esperanza de Europa y se ha dañado la dignidad del ser humano como tal. El Mediterráneo volvió a ser la ruta migratoria más mortífera del planeta, con 1885 muertes verificadas en 2019 y, si bien el apoyo creciente a Marruecos en el control migratorio logró reducir a la mitad las llegadas de migrantes a las costas españolas, al mismo tiempo reactivó la ruta atlántica hacia Canarias, como vemos en 2021  a pesar de la Covid. Las llegadas por el Estrecho de Gibraltar y el Mar de Alborán hacia las costas andaluzas y en menor medida hacia las de Levante y Baleares representan algo más del 25% de las que se produjeron en el conjunto de rutas que se dirigen por el Mediterráneo hacia la UE. En definitiva, las tendencias tanto de llegadas como de fallecimientos en el marco de los flujos migratorios varían de manera significativa en espacios de tiempo próximos

Sin olvidar el doloroso problema de los famosos MENAS (menores extranjeros no acompañados), chicos y chicas menores de 18 años, migrantes, que se encuentran separados/as de sus padres y que tampoco están bajo el cuidado de ningún otro adulto. La deshumanización que sufren esos adolescentes y niños desde el primer momento en situación de extrema vulnerabilidad, y la criminalización después (recordemos el cartel que Vox colgó en una estación de metro de Madrid del que se hizo eco, avergonzados, todo el país) están convirtiendo un problema que debería ser educativo, social y económico, en una amenaza radical de futuro. Hay informes que muestran como esos Menas son postergados en los estudios y desviados a educaciones básicas sin aprovechar las capacidades de formación superior que muchos de ellos poseen en sí mismos: condenados a un submundo de necesidades y con ello a una radicalización que casi siempre es fanáticamente religiosa. El reasentamiento en un tercer país es una de las principales vías legales y seguras para obtener protección internacional y uno de los objetivos centrales del Pacto Mundial sobre Refugiados, aunque por el momento –agravado por la pandemia- los resultados son escasos, debido a la complejidad operativa, económica y social que supone a los países afectados. La principal nacionalidad de las personas reasentadas en la mayoría de los países fue la siria. Solo Suecia, Noruega, Francia, Alemania, Reino Unido y Portugal reasentaron un número considerable de personas refugiadas originarias de otros países, entre los que se incluyen Sudán, República Democrática del Congo, Somalia, Sudán del Sur, Eritrea e Irak.

Para la comprensión realista de este problema, España- que es lugar de llegada preferente en la zona mediterránea- es uno de los países de la Unión Europea en los que más han crecido la pobreza y las desigualdades sociales: las tasas de precariedad laboral se sitúan en los últimos años en el 40% -aumentada exponencialmente por los ERES y las irregularidades creadas por la Covid -- y existe el lógico desequilibrio en el acceso a derechos sociales tales como la vivienda, la sanidad, la participación ciudadana... Como es fácilmente comprensible el escenario en el que los refugiados es poco favorable a los procesos de inclusión de las personas solicitantes de protección internacional que, por motivos diversos, se han visto obligadas a huir de sus países para buscar un sitio seguro donde reiniciar sus vidas. Por tanto, es imprescindible un mayor reconocimiento de los derechos sociales para las personas solicitantes de protección internacional en las políticas de nuestro país. Lo cual es una cuestión que, en una España bajo una crisis económica y social sin precedentes, acaba siendo un problema insoluble a corto y medio plazo.

Los datos expuestos afrontan además una evidencia paradójica: en el año en que España registró el mayor número de solicitantes también crecieron las dificultades de acceso al procedimiento. A pesar de que la normativa comunitaria, y en concreto la Directiva de Procedimientos, define un plazo ordinario de solo tres días, que puede ampliarse a seis, para el registro de las solicitudes de protección internacional formuladas, en ciudades como Barcelona este trámite se realizó con un retraso de hasta siete meses y en Madrid el registro de la solicitud no se concretó hasta su formalización. Por el momento, el Gobierno español ha aumentado el presupuesto destinado a la acogida de los refugiados. Pero su acceso a los derechos sociales más básicos y esenciales (pensiones, vivienda, empleo, educación –principalmente en los grados superiores-, salud o participación comunitaria) es un camino plagado de obstáculos difíciles de remover.

Quizá solo nos queda pedir a las personas del futuro que, cuando miren a los siglos XX y XXI, recuerden el poema de Bertold Brecht:

“Vosotros, que surgiréis del marasmo/ en el que nosotros nos hemos hundido/cuando habléis de nuestros errores y debilidades/ pensad también en los tiempos sombríos/ de los que os habéis escapado…./Desgraciadamente, nosotros/ que queríamos preparar el camino para la amabilidad/ no pudimos ser amables./ Pero vosotros, cuando lleguen los tiempos/ en que el hombre sea amigo del hombre/pensad en nosotros con indulgencia”.

Eso en el caso de que no llegue esa época de igualdad y solidaridad entre los hombres, se cumplirá la irónica profecía de un escritor francés “No venimos del mono, vamos hacia él”. Que conecta con la frase de otro visionario del futuro: “La próxima guerra global no será con armas modernas sino con garrotes y piedras”. Y nos extinguiremos o, en el mejor de los casos, el ser humano volverá a empezar desde cero.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

Escritor y periodista

Bibliografía

UNA POÉTICA DEL EXILIO.- Hannah Arendt y María Zambrano.-Olga Amaris Duarte.- Ed Herder. 317 págs.

COMO UN LADRÓN EN PLENO DÍA.- Slavoj Zizek.- Trad. Damià Alou.-Anagrama. 286 págs. ACONTECIMIENTO. Ed. Sexto Piso. Mismo autor y Raquel Vicedo, traductora.180 págs.

INFORME ANUAL DE CEAR (Comisión española de ayuda al refugiado) 2020 e INFORME DE LA ACNUR (Agencia de la ONU para los refugiados) 2020

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10 abril 2021 6 10 /04 /abril /2021 18:11

El ensayista italiano Francesco Alberoni tuvo un éxito fulgurante en la España de los 80 con sus libros sobre el erotismo y el amor. Comenzaba la moda de los libros de autor-ayuda  (porque ayudaba más a los autores y sus cuentas corrientes que a los "auto-lectores" que digerían como podían ensaladas variadas en las que los clásicos brillaban fuera de contexto. En en esa España desarrollista y destapada, obras como las de  Max Scheler ("Amor y conocimiento"), las de Erich Fromm, "El arte de amar" o "El miedo a la libertad", las procacidades inteligentes de Russell, tocaban esos temas con más enjundia y seriedad, pero requerían tiempo y reflexión. Ya comenzaba la "nueva era" de "todo en cinco lecciones" y los "readers digest" triunfaban en una cultura que empezaba a dar la espalda al concepto clásico del aprendizaje y el conocimiento.

No pretendo desmerecer la obra de Alberoni. Tenía dos cualidades: sencillez del mensaje y operatividad de sus análisis. Preguntas como :¿Qué es realmente el enamormiento? ¿El sufrimiento es inevitable en el amor? ¿Cuál es el papel de los celos? ¿Cuáles son los síntomas del enamoramiento y cuáles las del amor? ¿es eficaz una terapia que trate el enamoramiento como una patología leve pero importante? En suma : ¿cuando nos enamoramos, nos enfermamos psicológicamente? En estos días conocer la literatura nacida desde el punto de vista científico sobre la gestión de emociones, los libros de Damasio o de Sacks, complacen más al estudioso. Pero para el que no quiera ahondar mucho en el tema, Alberoni puede ser un aperitivo agradable e incluso divertido.

Alberoni nos habla del  estado naciente. Dicho estado facilita el enamoramiento que  es, en principio un acto inconsciente de voluntad, gracias a circunstancias que favorecen la receptividad de ambas partes a los encantos mutuos. Esas circunstancias tienen con ver con cuestiones como los fracasos en relaciones anteriores y la casi orgánica necesidad de sentirse amado. Aún así el "estado naciente" es frágil. ¿Cómo saber si la relación naciente vale la pena?  Aquí Alberoni es osado y sugiere 20 requisitos que son la piedra de toque de la certeza o falsedad del enamoramiento.

La relación de pareja como una sociedad anónima en las que los dos ganan -o pierden- puede resultar chocante para el lector avisado. De hecho, según nos cuenta la historia sentimental de los matrimonios al uso, cuando la cosa se divide y hay un ganador y un perdedor, sea el que sea, la cosa va esencialmente mal.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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26 marzo 2021 5 26 /03 /marzo /2021 08:36

 

Más de 600 páginas dedica nuestro autor, Ian Morris, a demostrar que las guerras a largo plazo "han logrado que la Humanidad sea más rica y que viva con más seguridad"...y que  el estudio de épocas anteriores sugiere que las alternativas a la guerra en cada uno de los momentos en que se desató hubieran tenido peores consecuencias que las provocadas por los episodios bélicos. Y para poner la guinda asegura que "lo que ha convertido al mundo en un lugar más seguro es la propia guerra". 

Siguiendo su provocativa estrategia de estadísticas, datos históricos y conclusiones encadenadas, Morris se une por un lado a la historiografía tradicional, para la cual la guerra ha constituído, desde Heródoto, Tucídides, Jenofonte, Estrabón y Polibio, hasta Julio César, Salustio, Tito Livio, Plinio o Suetonio, el motivo central de la marcha o proceso de la historia estudiada. Las guerras y sus caudillos, vencedores y vendidos, constituyeron durante siglos el motor causal de la disciplina. Pero se aparta de ellos mostrándonos en un análisis global de qué manera esas guerras iban empujando el progreso del mundo en términos sociales, culturales y de derechos humanos. ¿Paradójico? Sólo en la consideración materialista, tecnológica y económica de sus consecuencias. 

La fuerza de convicción de Morris se basa en el manejo hábil de estadísticas y datos aplicados ingeniosamente a defender la idea contraintuitiva de que la guerra ha sido el medio paradójico y brutal para que a lo largo de 10.000 años, se hayan reducido de manera drástica las muertes violentas. Añadir que eso abona el desarrollo de la paz y el bienestar es bastante osado, ya que desafía el sentido lógico del lector. Y sus reflexiones morales, tal vez inquietas, por un salto de valores tan radical: muertes violentas y paz y bienestar unidos en un supuesto continuum temporal, ¿de causa-efecto? Lo cierto es que los lectores se lo van a pasar muy bien ejercitando su pensamiento crítico. No en vano Morris es un profesional del estudio histórico de una época, la nuestra, en la que el dataísmo, o acceso cibernético a millones de datos contrastados en un tiempo récord y mínimo, permite abordar grandes periodos temporales con una óptica analizadora muy concreta (cosa que también hace con mucho éxito el israelí bestsellerista  Yuval Noah Harari, autor de Sapiens)

Pero Morris, no sólo es un habilidoso usuario del del Factfulness, es un experto en Historia y puede mostrarnos las huellas que autores como Thomas Hobbes  o Rousseau han dejado en sus reflexiones. Saber que aunque sigamos siendo lobos para nuestros semejantes o existan reglas morales entre los hombres la guerra ha hecho del mundo un lugar más seguro, y que la probabilidad de tener una muerte violenta es mucho menor ahora que en la Edad de los Metales, resulta muy tranquilizante, aunque tengamos que dejar a un lado la posibilidad del holocausto nuclear que barrería tal pretensión. Para los aficionados a la historia y a sus detalles más peregrinos o insólitos, el libro es un auténtico regalo. Desde el reconocimiento ya desde el principio de que la violencia forma parte de nuestro ADN, las diferencias entre las guerras "productivas" y las "contraproducentes", la discutible afirmación de lo productiva que fueron las guerras tras el descubrimiento de América (¿para quiénes exactamente? ¿para los británicos?) o las derivadas del colonialismo (¿para los británicos nuevamente, para los franceses, para los belgas?). La lectura polémica está servida. El lector no sólo goza de mucha información sino también de una sugestiva ocasión de disentir, ya sea de forma racional o intuitiva. Analiza las reyertas mortales del siglo XX y resaltando el carácter económico de muchas de ellas (lo cual no es una novedad, hasta la guerra de Troya se debió al control de un punto comercial entre dos zonas geográficas nacionales, más que a la casquivana Helena y al calenturón de Paris. Mas adelante Morris hace una incursión sorprendente sobre el campo de la primatología y los afanes guerreros de los chimpancés para terminar sus disquisiciones aventurando un futuro de rivalidades por la hegemonía mundial y la presunta necesidad de solventar la dicotomía seguridad-libertad, a favor de la primera con un Estado Leviatán que nos ofrecerá un progreso seguro, ya que a nivel internacional la contundencia del juego perdedores-perdedores en un conflicto nuclear podría alejar ese peligro de nuestras vidas. Aunque no hay manera de alejar ese otro tipo de guerra que involucra al terrorismo y que no tiene posibilidad de generar ningún tipo de progreso sino al contrario.

La reflexión ética que queda diluida en las argumentaciones de Morris es la que plantea en términos absolutos e históricos la cruel viabilidad de la guerra como forma de progreso y nos hace pensar en que no ha habido tal progreso en la psique, en la estructura mental y en la solidez intelectual y ética de nuestra especie: parece ser que la única manera que tiene el ser humano de progresar sea exterminando al mayor número posible de semejantes. Y que es irrelevante la causa de su belicismo ya que queda justificada por su presunto progreso.

En definitiva, tras leer esa compleja -y divertida- apología de la guerra (tan intelectualmente justificada) uno recuerda las palabras de Hannah Arendt  pidiendo a todas las naciones del mundo la aplicación del imperativo categórico kantiano que asegura que la vida del ser humano no tiene sentido alguno sin la supervivencia de bienes superiores en todo el orbe, la Justicia, la Libertad  o la busca de la Verdad. El hombre -y el Estado- justo es el que subordina su individualidad- su nacionalidad- al mantenimiento de una política basada en tales verdades. La guerra se coloca de inmediato y de forma fulminante, fuera de la ecuación.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

 

 

 
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12 marzo 2021 5 12 /03 /marzo /2021 16:47

Transitando por los caminos de la sabiduría perenne, uno se encuentra casi siempre con determinadas actitudes mentales, filosóficas, espirituales, radicadas en lo más profundo de la psique humana. Ellas forman los hitos que van prefigurando un proceso único (y casi imposible de mantener) , el que nos lleva a la trascendencia del ser contingente y cotidiano, sometido a presiones, deseos y necesidades (más o menos reales) y nos revela las limitaciones irresolubles de nuestra humana condición y al mismo tiempo la maravillosa posibilidad de encontrar un camino para superarla y encontrar el verdadero Ser. 

La palabrería conceptual o filosófica y sobre todo la que emana de las diversas "vías espirituales" van configurando un corpus documental casi inabarcable. Este a veces produce unos efectos lamentables en algunos de los que por su propia deriva íntima se plantean acometer el cincelado de sí mismo. Esa tarea requiere una información de lo más veraz, humilde y al tiempo exigente y decisiva. La lectura de los místicos o de los grandes maestros de la filosofía ética y del progreso interior es inexcusable pero, al tiempo, difícil y lenta. Sin embargo, a veces, surgen en el mercado de este tipo de disciplinas, a caballo entre la filosofía y la espiritualidad, algunos libros elaborados desde el respeto, la seriedad y la humildad, que allanan un poco el abrupto camino de la excelencia espiritual.

El "Asombro ante lo absoluto" es un libro complementario que cumple una función primordial: dar al lector instrumentos de reflexión y estudio, no decisorios pero sí necesarios, a fin de que, tras el largo recorrido de su lectura, se nos abran posibilidades de concreción para lo que podría ser un acercamiento intelectual a una de las actitudes filosóficas básicas para comprender la naturaleza de ese cambio íntimo de percepción: la capacidad de captar el asombro ante lo más cotidiano, la extraordinaria conciencia de lo sublime, que nos faculta la visión de lo trascendente, de aquello que nos supera, nos rodea y de lo que somos una simple manifestación orgánica temporal. Como dice el maestro Eckhart, "Sustentándose en la nada, cualquier circunstancia es recibida y percibida con sosiego.  No hay nada que perder".

Sevilla comienza con un alegato hacia la necesidad del asombro como actitud ante la realidad : "quien no se asombra no logra escapar de lo establecido, se mantiene reaccionando de manera controlada, evita ser partícipe, elude su categoría de testigo de la maravilla de estar aquí, de ubicarse en el mundo, de entenderse único, de intuirse distinto y de saberse sin saberes definitivos". Articula seis posturas a tomar ante el misterio de lo absoluto: la pasión, la cognición, la contemplación, la conexión y el testimonio a través de la perspectiva holística del arte. Y para ello recurre a Heschel y su reverente temor, a Erasmo y su sublime locura, a Spinoza, a  Nishitani y su visión de la vacuidad, a la lucidez de Wilber, el anhelo de absoluto de Eckhart, a Stein o Nagarjuna, la libertad líquida del Vipassana, el silencio místico o la inspiración del poeta o el pintor que con "el fruto de su propio asombro logrará responder al milagro de la existencia".

No analizaremos aquí las ocho opciones que extienden esas seis posturas. Es un trayecto que el lector debe hacer por sí mismo a fin de poder comprender la densidad exigente del autor en su propuesta y, cómo no, como dijo el poeta "tomar partido hasta mancharse". No sin aceptar la advertencia con la que el autor cierra su texto: "Más que mantener a la fuerza las posturas referidas, lo esencial es mantenerse perseverantes y dispuestos para captar aquello que no es transmisible por completo a través de las palabras, pero que se encuentra en cada signo que coincide con nuestras vidas, en el tiempo que nos contiene, en el suspiro que nos descansa o en el abismo que nos conmueve". 

Desde Pirrón y los escépticos, hasta los grandes místicos medievales, los budistas o taoístas, Kant, Schopenhauer o Cioran, los estoicos o la física cuántica, el misticismo judío (que en este libro tiene gran protagonismo) Hegel, Nietzsche o Nagarjuna, el gran Spinoza, Séneca y los   estoicos o los presocráticos con Heráclito a la cabeza, configuran, entre otros muchos, el plantel de pensadores a los que acude  el profesor Héctor Sevilla, autor de este mencionado libro, con la intención apuntada en los párrafos anteriores.

FICHA

ASOMBRO ANTE LO ABSOLUTO.- Héctor Sevilla.- Editorial Kairós.-393 págs.

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