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20 septiembre 2022 2 20 /09 /septiembre /2022 11:45

artículo publicado por La Comarca el 200922

Podemos opinar que lo del “Inmemorial Torneo del Toro de la Vega”, en la vallisoletana Tordesillas,  tiene sus propias razones. Pero no podemos compararlo con la tauromaquia, que aunque a muchos no nos atrae, acumula una historia ancestral y es un arte y un riesgo que, en cierta forma, concierne a sus protagonistas por igual. Nos referimos a ciertos festejos, en algunos pueblos españoles, en los que la muchedumbre, o algunos escogidos, persigue, martiriza, golpea, alancea, apuñala, despeña, a animales de diferente tamaño y condición, principalmente toros y vaquillas (también alguna cabra que se arrojaba desde una torre al vacío), entre el entusiasmo, los vítores y la excitación popular. Causa un poco de estupor comprobar cómo jueces, fiscales, alcaldes, comentaristas de televisión y muchos particulares, ya sean sapienciales tertulianos o entrevistados a pie de calle, ponen el grito en el cielo con santa indignación contra los que protestan contra semejante tradición medieval de puro maltrato populachero a ciertos animales. Los psicólogos dirían que esas multitudes excitadas por el desenfreno festivo,  agresiva, alegre y descontrolada por el permiso al alboroto que suponen las fiestas mayores, parecen necesitar un “chivo expiatorio” en el que volcar todas sus frustraciones particulares, sociales o nacionales. Otros apuntan a  rescoldos de crueldad gregaria y “tradicional”. En otros tiempos, arguyendo  un “motivo” semejante, se perseguía a ciertas etnias religiosas, raciales, políticas o lingüísticas.

No resurge la “España negra” del trabuco y la navaja barbera y el crimen pasional, lo de “la letra con sangre entra” o “el que bien te quiere te hará llorar”. Ya no existe aquél país  atrasado que toleraba la agresividad con niños, mujeres y ancianos o con animales que están a nuestro servicio. Ni tampoco somos una excepción. Esa agresividad con los más débiles, los menos dotados económica o socialmente y los animales, también ha sido una lacra en el pasado y en algunos países lo sigue siendo.

 En pleno siglo XXI ese exceso de violencia inmotivada contra unos animales no debería existir. ¿No es ya demasiado censurable y dañino el belicismo actual, con sus graves daños sobre las personas, la falta de alimentos o de energía? Divirtámonos sin hacer daño a ninguna criatura: a ningún ser vivo que sufre. Hoy, la bestialidad no procede.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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7 septiembre 2022 3 07 /09 /septiembre /2022 19:00

LOGOI 268

MIEDO NOCIVO

(publicado en La Comarca el  060922)

Mi viejo amigo de “La Vanguardia”, Mariano Guindal, pone unas gotas de sentido común en el alarmismo que lleva tiempo –desde la pandemia-  tiranizando al ciudadano e impulsando en la mayoría un insensato “carpe diem”, forma clásica de la conseja pueblerina de antes: “de perdidos, al río”. Pues bien, no estamos tan perdidos como para arriesgarse a ahogarse sin necesidad. En general estamos confundiendo la amenaza, el riesgo, con el desastre inapelable, el peligro real. Vivimos una época difícil, eso nadie lo niega. Se dan muchas circunstancias que “amenazan” con desencadenar una “tormenta perfecta” de consecuencias imprevisibles. Se desempolvan las terribles circunstancias de los años 20 y se supone que las consecuencias serán tan espantosas como en la primera mitad del siglo XX. Se parte de una premisa falsa: la igualdad de los factores peligrosos que aparecieron, con los que vivimos ahora. Hay muy pocas semejanzas reales entre la situación sociopolítica y financiera de aquellos años 20 y de los actuales. ¿Que las cosas van muy mal en casi todos los sectores públicos? Por supuesto. Pero hay una diferencia básica (aparte del distinto sustrato global de época): tenemos más y mejores recursos para combatir y frenar el desastre. Por ejemplo, la inflación marca un récord del 9,1 en la eurozona… pero las previsiones apuntan a la baja.

No es inteligente ni constructivo propagar profecías alarmistas que pueden llegar a autocumplirse por defecto, debido a que las sociedades están dispuestas a creerlas. No se trata de negacionismo. La tierra sigue siendo redonda a pesar del parecer bufonesco de algunos ilustres sujetos “iluminados”; la crisis climática sigue existiendo y avanza, aunque la pedregada brutal del miércoles y los incendios de agosto no significan que el mundo se acabe; los océanos están en riesgo de deterioro grave, pero no van a morir de inmediato. Basta pues de declaraciones políticas de apocalipsis y den más directrices para superar los obstáculos que hemos creado por mala gestión. Hay problemas muy graves, desde la recesión económica al absurdo de la persistente guerra en Ucrania, la crisis alimentaria y la de los refugiados, la pesadilla energética… todos debidos a la codicia humana y la falta de músculo político y ético en los que nos gobiernan. Para combatir la inflación hay que restringir el crecimiento. Un desarrollo sin límites en una existencia llena de límites razonables, es insensato. Aceptemos los límites al crecimiento. Difundir mensajes de miedo y de peligro, es una irresponsabilidad. Es hora de mancharse las manos. Con el trabajo, no con la corrupción o los excesos.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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30 agosto 2022 2 30 /08 /agosto /2022 10:16

PUBLICADO EN "LA COMARCA" 300822

No le ha ocurrido alguna vez que estaba pensando en un viejo amigo por alguna razón secundaria, un amigo al que ve poco quizá porque vive en otra ciudad y no mantienen mucha relación. De pronto a la vuelta de la esquina se encuentra con él. La sorpresa – y tal vez la satisfacción- de ambos es mayúscula. ¡Qué casualidad! dicen, estrechándose las manos. A casi todas las personas les ha ocurrido alguna vez, ¿no es cierto? O pensar en la muerte de alguien conocido y enterarse al poco tiempo que esa persona falleció por esos días, más o menos. O recordar a alguien al que uno tiene que llamar y lo va posponiendo. Suena el teléfono y es esa persona. Este tipo de fenómenos fueron estudiados por el psiquiatra suizo Karl Jung en los años veinte del pasado siglo. Les llamó “sincronicidades” y los definió como “presentación simultánea de dos hechos vinculados por su significado y no por la relación causa-efecto”.

Ni la estadística –suelen ser casos aislados- ni nuestro sistema de creencias basados en la lógica y la razón, pueden dar una explicación a esos fenómenos. Pero en nuestra época ya sabemos que a nivel subatómico el mundo crea situaciones y comportamientos que no responden a las estructuras lógicas “normales” y desafían al sentido común con un comportamiento paradójico. Para la física cuántica –como para el taoísmo o la filosofía presocrática- cada elemento del universo está  relacionado con la totalidad, ya que es sólo un reflejo aleatorio del universo que lo contiene. En esas condiciones la obligatoriedad de la relación causa efecto y de las leyes lógicas queda en suspenso  y literalmente  se produce lo que el gran Borges mencionaba en “El aleph”, creo recordar, “Todo encuentro casual es una cita largamente acordada”.

Jung daba tanta importancia a este tipo de fenómenos que acabó distanciándose de Freud (del que iba a ser el “príncipe heredero de su Reino” en palabras del fundador del psicoanálisis). Freud aborrecía cualquier “relación con la magia o la negra avalancha del ocultismo” o con temas como la precognición, la parapsicología, el espiritismo o el inconsciente colectivo. Jung sostenía que “existe un orden en todo cuanto acontece en el universo” y todo ese tipo de fenómenos tienen su “explicación”  en el entramado de modelos trascendentales o ideas puras que se encuentran en el inconsciente colectivo y que suelen manifestarse en el hombre a través de sus sueños.

Hoy día la ciencia cuántica ha abierto la puerta a una consideración distinta y respetuosa de algunos de esos fenómenos.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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22 agosto 2022 1 22 /08 /agosto /2022 18:08

(Publicado en La Comarca el 23 de agosto de 2022)

Lo cantó el dulce Fray Luis de León a finales del siglo XVI,

siguiendo la senda menos amable del gran Horacio,

que  luchó contra César Augusto junto al honrado Bruto. Son

versos sencillos, inmortales. “Qué descansada vida/la del que

huye del mundanal ruïdo/y sigue la escondida/ senda por donde

han ido/ los pocos sabios que en el mundo han sido”. Vivimos en

la época del ruido social. Cuesta pensar, concentrarse, con el

móvil dictatorial exigiéndonos como un niño malcriado

servidumbre y esclavitud en algunos casos. Daniel Kahneman,

psicólogo de prestigio internacional, nos advierte que esta

epidemia cognitiva distorsiona nuestras facultades racionales

con más fuerza que los prejuicios o los distintos sesgos que

condicionan  negativamente nuestra visión de las cosas y las

personas. Los científicos del ramo nos confirman que el ruido y el

exceso reiterado de información casi siempre trivial, altera

conciencia, conocimiento y comportamiento. España está entre

los  países más ruidosos del mundo. Basta pasarse por una sesión

de nuestros diputados, una buena campaña de acosos en los

medios digitales o por el agosto fiestero en la geografía nacional.

Los estudiosos de los problemas de acústica aseguran que en

este  país superamos en diez decibelios los límites recomendados

por  la OMS. Se trata de una grave distorsión de la salud personal

y  pública, pero apenas si se habla de ello, incluso podría asegurar

que la petición de moderarse un poco tiene “mala prensa”.

Consideramos el ruido como un privilegio, como un derecho

fundamental que revela  lo mucho que nos divertimos. Tanto el

ruido interior –la avalancha continua de estímulos digitales de

atención, las propias preocupaciones ante un futuro inquietante-

como el exterior, la permanente exigencia de conexión,

atrapados por un sistema algorítmico que nos conoce mejor que

nosotros  mismos, nos convierte en sumisos y obedientes siervos

que,  además, están agradecidos de su estado. Y sumemos el

medio ambiente, donde la razón está de parte del que grita más

y todo escándalo, placer, diversión y éxito se mide en decibelios.

“Un no rompido sueño/un día puro, alegre, libre quiero/…

Despiértenme  las aves/con su cantar sabroso no aprendido/ no

los  cuidados graves/ de que es siempre seguido/ el que al ajeno

arbitrio está atenido”. Amén.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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15 agosto 2022 1 15 /08 /agosto /2022 19:14

Logoi 265

SALMAN

(artículo publicado el 160822 en La Comarca)

Irónicamente, el apellido del descerebrado pseudo fanático que apuñaló a Salman Rushdie, el escritor británico de origen hindú, de 75 años, es “Matar” y tiene 24 años. ¿Obedecía la “fatwa” (condena a muerte por blasfemia) del ayatolah Jomeiny de 1989 o, le atraía más -o lo mismo- el prometido “premio” de tres millones de dólares para el “héroe” asesino?

Jomeiny o Jamanei como se le llama ahora, era el máximo dirigente del Irán revolucionario y aseguró en su día que la “fatwa” dictada era “una bala que no parará hasta alcanzar su objetivo”. Ha tardado 33 años y en su camino  ha habido quemas de libros, atentados contra librerías, contra un hotel de Londres con numerosas víctimas, el asesinato del traductor japonés del libro en 1991, heridas al traductor al italiano y al editor noruego en 1993.

Se dice que todo se debe a un error de traducción del inglés al árabe. Lo de “versos satánicos”  viene de una antigua controversia islámica: hubo algunos versos del Corán que no fueron inspirados por Dios sino por el diablo (inducían a rezar a tres diosas paganas de La Meca) y fueron eliminados. Esos versos se consideran  heréticos y reciben un nombre específico. En la traducción de la novela no se les nombraba con ese apelativo especial: se les llamaba como a los demás. Las mentes más obsesivas –y menos espabiladas- consideraron que Rushdie calificaba todos los versos del Corán como satánicos.

Hadi Matar, ciudadano norteamericano de origen iraní, es un criminal fanático (o interesado), pero sobre todo es un síntoma: no del fanatismo religioso sino de la desorientación psico patológica del ciudadano actual en las llamadas sociedades avanzadas del neoliberalismo salvaje. Deberíamos evitar utilizar la palabra “religioso” como adjetivo para estos sucesos lamentables. No hay nada religioso en esas mentes. Hay obsesividad patológica, ausencia total de empatía y compasión humanas, agresividad brutal de causas económicas y raciales o descontrol sádico por razones sexuales, educativas o reactivas de origen diverso, (miseria familiar, humillaciones sociales y consumo de drogas o alcohol, por ejemplo). No insultemos a las religiones a causa de estos delincuentes. Las religiones –todas- merecen un respeto total. Son una de las expresiones del sentido de la trascendencia humana.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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10 agosto 2022 3 10 /08 /agosto /2022 18:08

Publicado en La Comarca el 090822

Que una niña de diez años decida tomarse unas pastillas  de las que toma su papá –afectado por depresión crónica- no como un juego imitativo sino con la intención de “desaparecer para siempre” porque en la escuela le iba mal con unas compañeras y en casa se sentía ignorada por todos, no se puede articular como un intento de suicidio ya que esa es una categoría de pensamiento que no le corresponde por edad. Pero la voluntad de “desaparecer” es la condición que la puede encuadrar en la ominosa estadística de niños, adolescentes, jóvenes, maduros y ancianos que optan por el suicidio como una forma de escape,  de un sufrimiento casi siempre silencioso y no compartido con nadie.

La calificación de suceso “vergonzante”, que hay que ocultar y disimular, propio de las sociedades supuestamente avanzadas, convierte el suicidio en un secreto a voces que la pandemia ha terminado por sacar a primer plano. DE 2019 a 2021 las urgencias por intentos de suicidio aumentaron en España exponencialmente y en niños un 105,2%. La incapacidad de todas esas personas, de un amplio arco de edades, para gestionar el propio malestar, es un devastador cuestionamiento del tipo de sociedad que hemos creado y de los usos y costumbres que priman el individualismo feroz y la adicción a todo tipo de adicciones lúdicas y momentáneas. Los cuadros de ansiedad y depresión se han convertido en algo usual y reiterativo. La familia nuclear ha desaparecido en muchos casos como tal, no existe una comunicación emocional entre sus  miembros y los niños y adolescentes se refugian cada vez más en el virtual y falso recurso de las redes. Los porcentajes oficiales de adolescentes y jóvenes (llamados despectivamente “generación de cristal”, como si los adultos estuvieran en mejores condiciones) con tipos diferentes de trastornos mentales o malestar emocional, es apabullante y más de la mitad se automedican usando fármacos de algún miembro adulto de la familia. La ideación suicida crece en la población española y la situación socioeconómica y laboral es suelo fértil para ella.

Por favor, en caso de urgencia llame al 024, el teléfono de atención gratuita contra el suicidio. Y en otro orden de cosas: exijamos al Gobierno una declaración de alerta nacional y la creación de comisiones interdisciplinarias para estudiar el problema y buscar soluciones de urgencia. Algo podrido hay en nuestra forma de vida.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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4 agosto 2022 4 04 /08 /agosto /2022 19:35

PUBLICADO EN LA COMARCA 020822

Este verano morirán 750.000 personas de hambre, según estimaciones de la ONU. Al ciudadano medio de los países más favorecidos lo que más nos preocupa es dónde vamos a pasar el tórrido agosto lo mejor posible, cueste lo que cueste. A pesar de la crisis económica, la guerra de Ucrania, la energía por las nubes y el alza de los precios, más de un 23 % y sigue, incluso en los productos alimentarios más básicos. Gentíos en el ocio nocturno, playas a rebosar, autopistas atascadas y el silencioso padecer de muchas familias por una cesta de la compra cada día más cara. Carpe diem, señores, que mañana nos lamentaremos. La insolidaridad como bandera del siglo XXI. ¿Faltan alimentos? ¿Fallan las cadenas de suministros? No. Todo va bien, teniendo en cuenta lo que está cayendo. Pero hay que alimentar la codicia. Basta una presunción de posible carestía, para que las cadenas suban unos euritos los precios. ¿Alguien controla eso? No, por favor, estamos en el capitalismo salvaje neoliberal: Lo primero es el beneficio. ¿Y el Gobierno que hace? En estas cosas, no está ni se le espera. Están muy ocupados preparando las próximas elecciones. ¿Y la oposición? Lo mismo. Aristóteles diría que los políticos actuales ya no representan a los ciudadanos. Quizá la iniciativa privada, si se alejara de la codicia, podría hacer algo: imaginen que una de esas grandes cadenas de supermercados anunciara a bombo y platillo que, dada la crisis sistémica que vivimos, va a renunciar a parte de sus beneficios y abaratar los alimentos de primera necesidad. Arrasarían.

Pero volvamos al hambre. No les voy a dar las duras cifras que circulan, porque todos tenemos la sensibilidad colapsada y ya no nos afectan los números de víctimas que superen la docena. Lo solventamos con un “pobre gente”, como si no fuera con nosotros. El humanismo al poder, diría un cínico. Según fuentes poco sospechosas de difundir “fake news”, la FAO y la ONU, un tercio de los alimentos que se producen en el mundo se tiran a la basura. Con esos desperdicios alimentarios se podría dar de comer a 2.000 millones de personas cada año. En este momento las hambrunas afectan a 300 millones de personas. Hagan números.

La suma de circunstancias alarmantes que se han ido gestando en  los últimos dos años agrava el problema del hambre. El peor es la codicia humana. Hay 49 países en el mundo con riesgo severo de hambruna este verano. Necesitamos solidaridad.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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29 julio 2022 5 29 /07 /julio /2022 18:15

(PUBLICADO EN LA COMARCA EL 260722)

A finales de los setenta hubo una “epidemia” de incendios de bosques y montes en España, muchos de ellos provocados por intereses económicos o patológicos. El ministerio del ramo publicó en todas partes, con ánimo de despertar conciencias patrióticas, un eslógan que decía: “Cuando un bosque se quema, algo suyo se quema”. Poco después una revista de  humor de aquélla época, “La Codorniz”, -“la revista más audaz para el lector más inteligente”- publicó un chiste en el que alguien repetía el eslogan de la campaña oficial y le añadía tras unos puntos suspensivos “…señor conde”. Una alusión irónica a que muchos de esos bosques y esos montes tenían propietarios particulares.

El problema de la propiedad privada en bastantes  de esos espacios naturales –lo cual impide intervenciones oficiales para limpiarlos-  es sólo uno de los elementos y no el más decisivo de una situación que puede definirse como crítica  y que muestra una realidad lamentable: la ausencia de una política forestal que logre poner freno, o mitigar, esta sangría ecológica, económica y social, causada por los grandes incendios que padecemos. Delante de esa causa, tendríamos que citar las olas de calor, el cambio climático, el incivismo o los descuidos de algunos ciudadanos, la delincuencia a sueldo de intereses variados…y algo más general que nos concierne a toda la sociedad y a los políticos estatales y de las CC.AA.: el estado de abandono del mundo rural.

El pasado viernes el Consejo Comarcal del Matarraña pedía a las autoridades competentes que se interviniera en la limpieza de bosques o la creación de cortafuegos. Los bosques son auténticas bombas en potencia ya que debido a los temporales y el aumento de temperatura, hay acumuladas toneladas de material seco, troncos y arbustos derribados. Antes, en los pueblos, la recogida de leña caída era necesaria para la cocina, el horno y las estufas. Hoy, el abandono rural, sumado a la ausencia de pastoreo y ganadería agravan el problema.

España ha sido siempre un país de grandes bosques. Dicen que Estrabon, historiador griego en tiempos de Augusto,  afirmaba que Iberia era un país tan arbolado que una ardilla podría ir desde Algeciras a los Pirineos de árbol en árbol, sin pisar la tierra. No pedimos tanto como eso, pero sí una política de Estado que intervenga contra el abandono de los bosques. O, dentro de pocos años, España será un erial más al sur de Europa.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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19 julio 2022 2 19 /07 /julio /2022 11:29

Logoi 261

DESCENDIENTES

Publicado en La Comarca el 190722

¿No se han preguntado ustedes qué clase de mundo estamos legando a las generaciones futuras? Sin ir más lejos, a nuestros nietos y a los nietos de nuestros hijos. Basta con echar un  vistazo a los asuntos candentes que tenemos planteados hoy día para llevarnos las manos a la cabeza. Un ensayista australiano de apellido impronunciable, Roman Krznaric, asegura que las generaciones futuras nos calificarán de “delincuentes del carbono” ya que no sólo hemos convertido el planeta, las tierras y los océanos en estercoleros y sumideros de plásticos y sustancias químicas destructivas, sino que nos hemos esclavizado voluntariamente a una tecnología que había nacido para servirnos y hemos despertado los demonios de las pandemias sin que sepamos neutralizarlos. Y no contentos con este destrozo nos embarcamos continuamente en todo tipo de guerras, locales, generales, de expansión, por razones económicas disfrazadas de políticas y, como consecuencia, en hambrunas y genocidios recurrentes. Y les legamos también, para coronar la estúpida barbarie de nuestra “civilización”, un cambio climático cuyas consecuencias ya padecemos y la potencial amenaza de una conflagración nuclear que, eso sí, terminaría con todos los problemas.

Lo que más asombra es que nadie piensa en nuestros descendientes después de las cuatro generaciones que están en danza actualmente. Es como si no comprendiéramos que les estamos negando el derecho a la vida. Estamos tan ocupados en equivocarnos y lamentarnos con lo que ocurre ahora que nadie se preocupa de algo elemental: tenemos que sanear el mundo en que vivimos para que exista una posibilidad de vida decente para nuestros descendientes en un futuro relativamente cercano. Sólo nos preocupa disfrutar del presente: del futuro que se ocupen ellos. Es decir, los hijos de nuestros nietos. Por ejemplo, para el 2032, el sur de Europa, España, Italia, Grecia vivirá en condiciones desérticas de sequía permanente y de incendios devastadores, si nadie lo remedia (algo que ya estamos viviendo en estos días, diez años antes). La historia nos calificará de “asesinos del planeta”. Deberíamos crear un movimiento ciudadano global que exigiera a los gobiernos y a la ONU medidas legales para sofocar el multidesastre que vamos a legar a nuestros descendientes. Ellos no se lo merecen.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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11 julio 2022 1 11 /07 /julio /2022 19:08

(PUBLICADO EN LA COMARCA 120722)

Mi colega y amigo Fernando Martínez Laínez me envía su último libro, “El soldado español” (Arzalia Ed.), un ensayo sobre los militares españoles a través de la historia, desde los iberos, los romanos, los almogávares, las colonias y las guerras civiles, hasta las misiones internacionales de la OTAN. Esperemos que no tengamos pronto la prueba activa del valor de nuestros soldados en la “marimorena” que el señor Putin y otros, que en eso de las responsabilidades bélicas la cosa está muy repartida, abrieron hace demasiado tiempo en Ucrania, con una irresponsabilidad tan grande como sus codicias.

Volvamos al libro. Está documentado y es apasionado y realista. La milicia - desde los Tercios de Flandes, Viriato, el Cid, la Armada, Cascorro, Cuba, el Rif o los “novios de la muerte”-, ha sido el objeto predilecto de las novelas, relatos y ensayos de este periodista con el que me crucé por esos mundos  en varias ocasiones. Fernando habla de la histórica valentía, el espíritu de sacrificio y el arrojo de nuestros soldados, orgullosos hasta en la derrota. La cual era más frecuente de lo deseable, dada la habitual escasez de medios, la logística inexistente y la falta de capacidad de sus generales. Comparto el pesar histórico que se instala en una obra que atiende más al talante guerrero español que a la historia militar en sí, pues “para el temperamento hispano combatir ‘por libre’ (guerrillas) era mucho mejor que hacerlo con trabas disciplinarias y burocráticas”, con mal equipamiento, mandos infatuados y ausencia de líderes políticos capaces de vertebrar un política militar razonable y eficaz.

La historia nos confirma que los españoles como pueblo oscilamos entre la grandeza y el abatimiento. Somos capaces de las mayores gestas pero también de soportar cinco guerras civiles en poco más de un siglo (desde 1833  a 1936); generosos, nobles y acogedores, pero también insolidarios, mezquinos y a menudo insensatos. Deberíamos aprender de esta historia militar como metáfora: nuestro futuro depende más de la inteligencia y honestidad de nuestros líderes, que de la inercia de  proyectos políticos no consensuados, que no respetan las diversidades del país y no saben crear diálogo, igualdad y cooperación. ¿Tanto nos cuesta creer en un progreso responsable, con límite a la corrupción y amparo a una libertad democrática sensata y equilibrada?

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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