Empecemos por asegurar que Javier Traité es un cachondo inveterado e irreverente, con un léxico de armas tomar y una escatología burda y faltona a prueba de bombas. Lo segundo que uno nota muy pronto es que el impío autor sabe literatura por un tubo y que ha leído, no es un solapillas (ni un meapilas). Y lo tercero, y acabo, es que se ha limitado a autores más o menos canónicos (de canon, no en vano habla de "los grandes clásicos") y se ha guardado mucho de dirigir el estilete a escritores del momento en que vivimos y que se creen ya "clásicos" (salvando a Cela, claro está y a Marcial Lafuente Estefanía). Con ello, se libra del sanbenito y el ostracismo con los que el llamado mundo cultural galardona a los que como Victor Moreno (ya citado en esta y otras páginas mías) se atreve con ironía, un poco más elegante pero no menos cáustica, a guiar al lector por los vericuetos egoicos de la literatura patria. Por cierto, la diatriba contra los empeños "pedagógicos" de hacer leer el Quijote a los niños goza de todas mis simpatías (y soy un lector reincidente e inmoderado de la obra de Cervantes que, a mis años, aún me despierta carcajadas y reflexiones).
Me encanta la falta de inhibición y el sentido del humor de los que Traité hace gala en su recorrido universal por la literatura, desde la épica de Gilgamesh (Traité debería leer, y el lector también, el "Gigamesh" que Stanislaw Lem se saca de la manga en "Vacío perfecto") al gran Shakespeare (cuya autoría debería corresponder a Marlowe, según nuestro autor), pasando por Sterne (que liquida con unas graciosas muestras de surrealismo tipográfico), o define la inacabada "El hombre sin atributos" de Robert Musil como "la historia de un vago que no sabe qué hacer con su tiempo libre", y expresa su admiración por Celine, del que, muy en su papel, Traité destaca la impagable frase siguiente de su "Viaje al fin de la noche": "Os lo aseguro, buenas y pobres gentes, gilipollas, infelices, baqueteados por la vida, de sollados, siempre empapados en sudor, os aviso: cuando a los grandes de este mundo les da por amaros, es que van a convertiros en carne de cañón".
En fin ¿qué les voy a contar? El viaje que nos propone Traité es una divertida gamberrada literaria con sus puntos y ribetes de razón y sentido común. Definir "Los viajes de Gulliver" como "un clásico de la mala leche y la ironía en forma de cuento de aventuras" puede parecer algo soez e insolente, pero tiene más razón que un santo. O que "los escritores del Siglo de Oro español se caracterizaron por ser en una mayoría unos golfos de cuidado" parece un tanto simplista, pero un repaso a nuestros grandes autores deja la observación en su justa medida. Comparto su admiración por Maupassant y suscribo su "estaba loco, el cabrón, pero era un genio al menos para todo aquello que no fuera suicidarse" o por Poe, Stevenson, Conan Doyle o Chesterton e incluso Agatha Christie, Zweig, o Wells. Y comparto también la sospecha sobre la extraña y banal muerte de Zola tras haberse convertido en la conciencia humana de Francia y azote del Estado. Me divierte la sinceridad de Traité que se atreve a apostillar "Con Moby Dick me pasa lo mismo que con "Guerra y paz". Aún no he sido capaz de decidir si me fascina o me aburre". Algo, querido amigo, que resolvemos muchos con la frase: es una obra fascinante a la que le sobran algunas páginas. Y suscribo también el juicio demoledor sobre el tan alabado como poco leído "Finnegan's Wake" de James Joyce que "no se lo leyó ni el mismo autor al acabarlo y debía estar borracho cuando se le ocurrió"
Con Traité me ha ocurrido lo mismo que con su compañero de "torciderías" Luis Soravilla: estimo que estos trabajos desenfadados y volterianos pueden enfadar a unos pocos pero satisfacer a la mayoría de los lectores por dos razones: una, el tono y el estilo con los que escriben estos dos autores atraen a muchísima gente (poco expertos en literatura o filosofía entre ellos, casi seguro) pero los temas y escritores que citan acaban por ser atractivos y uno tiende a buscar algunas de sus obras. Dos, estudiantes y profesores se enriquecen tras la lectura con razones para hacer más interesantes sus estudios o enseñanzas. Clásico, pues, no es sinónimo de aburrido y como reza el subtítulo del libro, cuando lo leas descubrirás "los grandes clásicos como nunca te los han contado", solamente recurriendo, como hace Traité (y Soravilla) a desmitificar sin banalizar a los grandes escritores y sus obras más o menos "maestras". Y, en el fondo, lo que ambos nos dicen es "lee, por favor". No lo que te "vendan" los mal llamados críticos, reseñistas, gacetilleros o solapistas (de solapa) sino lo que te salga de las neuronas, el capricho o la intuición (o la recomendación de aquel amigo tan cachondo que no respeta a santón literario alguno y suele tener un buen criterio). Quizá lo esencial que marca la diferencia es que lo que lees no te deje indiferente. Te deje huella, en suma, cuando has cerrado el libro al final.
FICHA
HISTORIA TORCIDA DE LA LITERATURA.- Javier Traité.- Ed. Principal de los Libros.- 311 págs.- ISBN 9788416223879
Caso de que no recuerden la trama de la obra teatral de Ibsen “Un enemigo del pueblo”, háganme el favor de entrar en Internet y mirar en la Wikipedia de qué va la cosa. Así, si les digo que el protagonista es tan “enemigo” de ese pueblo, (donde los intereses económicos mandan sobre los éticos o de salud pública) como Víctor Moreno es un “enemigo” del pueblo de la literatura y la lectura, los escritores, editores y los libros en general, entenderán el meollo de lo que viene a continuación.
Todo podría empezar con una cita que este autor navarro, Víctor Moreno, (escritor y profesor de literatura) aborrecido por algunos de sus lectores y admirado por muchos más (entre ellos el firmante de estas líneas) coloca en la contraportada del primer libro suyo que tuve el gozo de leer (1). "...en última esencia quien elige la crítica se denuncia a sí mismo: suele ser hombre de orden, que ama las reglas, que nada le emociona tanto como la validez universal de un principio, la infalibilidad de una doctrina, la sacralización de un nombre o la eternización de un valor: esto es, todo aquello contra lo que la cultura (tal vez la única actividad del hombre que lo pone todo en entredicho y, en principio, nada debe respetar) ha luchado siempre". La frasecita se atribuye a Juan Benet y la antecede en el mismo lugar la admonición : (Este libro...) "no se trata de un análisis sistemático y riguroso sino de un acercamiento a las maneras y modos con que algunos críticos realizan su sacerdotal tarea...escritos contra quienes se consideran guardianes de la 'buena, verdadera y responsable crítica' y, más aún, de la 'auténtica y legítima literatura'".
Quevedo, Jovellanos, Larra o, sobre todo, Gracián, podrían firmar no sólo esas líneas sino todo el contenido de los siete libros, siete, que les voy a presentar, por su mensaje y por su estilo, por su mala uva y su ironía, pero sobre todo, por su humor, a menudo cáustico y la traviesa oportunidad de sus citas textuales, debidamente fechadas y con su lugar de publicación en cursivas. En algunas páginas, entre risotadas, me he representado a Víctor (al que no tengo el gusto de conocer personalmente) como una especie de Guillermo Brown crecidito dotado de un muy inglés arsenal jocoso heredado directamente de Jonathan Swift, cuyas descripciones de las sociedades humanas (inglesas desde luego, aunque extrapolables a las hispanas) y sus pretensiones (recuerden a Gullliver en al pais de los houyhnhnms o a los académicos e inventores de la gran Academia de Lagado en la isla flotante de Laputa) alcanzan resonancias críticas que vemos reproducidas en casi todos los libros que hoy les comento, desde los círculos de escritores, críticos, poetas y algunos editores hasta los políticos y sus desvergüenzas aireadas y un soplamocos de carácter descomunal -marca de la casa Moreno- a las religiones en general y muy en particular a la católica y romana aposentada desde hace siglos en nuestro país y a sus más egregios representantes (7).
Una mirada lúcida, crítica, a veces sarcástica, alguna vez compasiva; una voz que clama en el desierto contra la hipocresía literaria, la fullería, el mal hacer, los rebuscamientos, engolamientos y cursilerías, el amiguismo y, en esencia, contra aquellos autores y obras que traicionan el mandamiento básico: escribe y que lo que publicas sea lo más auténtico posible, seduzca, divierta, sugiera y deje en el lector una cierta semilla de pasión por persistir en la lectura como ejercicio de placer o de conocimiento (da lo mismo que se trate de una propuesta filosófica, una búsqueda científica, un paseo por los sentimientos y las pasiones, un repaso claro y lúcido a lo que ocurrió o lo que puede llegar a ocurrir), que lo que leas pueda ser una clave sencilla y correcta que mejore, siquiera sea en un átomo, tu existencia (aunque este deseo, en el que yo creo hasta cierto punto, es fustigado corrosivamente por Víctor Moreno, que considera que la lectura en sí, no hace mejor a nadie). (4).
Víctor analiza con bastante acritud muchas veces, a determinados críticos y autores de los que considera que olvidan el ejercicio honesto de su oficio o se conforman con pasar el listón de la mediocridad. En "De brumas y de veras" que leí hace muchos años, en el siglo pasado, pone la mirada de halcón en los escritos de gentes memorables (algunos han desaparecido con la cruz por delante, otros han prosperado o se han dedicado a otros menesteres) del alcance y prosapia de Ignacio Echeverría, Andrés Trapiello, Panero, Luis A. de Villena, Cela, Goytisolo, Muñoz Molina, Saramago, Molina Foix, Leopoldo Azancot, Jaime Siles, Rafael Conte, Martínez Sarrión, García Posada (quizá la mayor "bète noir" de este fustigador de vocablos), Darío Villanueva, Santos Sanz, García Nieto o Pere Gimferrer entre otros. Detrás de estos nombres circulaba el poder y la gloria de las instituciones editoriales o políticas. Confieso que yo mismo (entonces escribía reseñas literarias en "La Vanguardia") estuve buscando mi nombre mientras leía y me juré que si lo encontraba me acercaría a la localidad navarra de Alesués-Villafranca a invitar a comer o a tomar unos vinos a Víctor Moreno. Este látigo de herejes es, en realidad, un regalo de los dioses y las musas: nos obliga a cuantos empuñamos la pluma (o tecleamos ante un ordenata) de una manera pública y más o menos notoria, a centrarnos en nuestro oficio y a buscar la "aristós", la excelencia, que debiera ser el propósito de toda persona honesta digna de ese nombre.
Para que no quede lugar a dudas (o a demandas por libelo) nuestro autor se toma la molestia de insertar en sus páginas reproducciones fotográficas de las páginas de diarios y revistas donde aparecen las declaraciones y los comentarios imputados a dichas "personalidades", con la fecha bien clara, tal como se publicaron. En "Fuera de lugar" (3) escrito 15 años más tarde, la nómina de celebridades se amplía (aunque hay "repes" que indican una verdad lamentable: la gente que prefiere ignorar sus propios fallos están condenados a perpetrarlos aún mayores) a Antonio Gamineda, Umbral y "Jeremías" Muñoz Molina, Carmen Rigalt, José Antonio Marina ("profesor de filosofía, que no filósofo"), Suso de Toro, Félix de Azúa, Jorge Martínez Reverte, Elvira Lindo, Soledad Puértolas, Vidal-Beneyto, Antonio Gala, Pérez Reverte, etc. En el último capítulo del libro, Moreno publica unas necrológicas de los autores que habían fallecido entre bromas y veras: Greene, Celaya, Benet (cuyo "Volverás a Región" tanto hizo sufrir a Víctor), Donoso, Cela o Isaac Montero, entre otros. Tenga en cuenta el lector que para Moreno la necrológica es "un género ideal para revelar no la soledad en la que se quedan los muertos, sino la inmediata estupidez que asola y pasma a los vivos". Y, "los críticos, metidos a necrólogos, muestran casi siempre una especial tendencia a la uniformidad en los ditirambos y sarcasmos acerca del amigo o enemigo que se va".
Tanto en "La manía de leer" (2) como en "Metáforas de la lectura" (4) Víctor Moreno se nos vuelve socrático y aplica cinismo y escepticismo a raudales. Las campañas de "fomento de la lectura" y el abuso de frases como "Quien no lee no piensa", "Quien no lee no puede ser libre" o las milagrosas consecuencias psico somáticas e incluso éticas y místicas de los libros, el poder transformador de la lectura y todos los tópicos que se endilgan por un "quítame allá esas pajas" ponen "estupendo" a nuestro autor. Y así, cuando se habla de la presunta influencia que los libros ejercen sobre los lectores nos dice muy juiciosamente: "Habría que empezar por investigar si tal influencia existe. Si es real y no una petición de principio y un deseo...de qué estamos hablando cuando decimos influencia...y saber quién es esa persona lectora, influenciable e influenciada; conocer por qué lee, cómo llega a leer lo que lee y qué efecto tiene en ella la lectura y, sobre todo, qué hace con los libros que lee, y que dice leer, aunque nunca diga cómo los lee".
El examen de algunas de las metáforas habituales sobre la lectura, que es una "aventura", una "conversación o diálogo", un "viaje", "una ventana abierta al mundo", "un espejo a lo largo del camino" (¿o eso es cosa de la novela?) "una forma de felicidad" o de pensar o una amistad verdadera, permite a Moreno hacer gala de su muy acreditada y jocosa ironía, trufada de sentido común (y gracias a los dioses, de humor) y recordarnos una frase de Penac que viene al pelo: "el verbo "leer" no admite el imperativo" o a Steiner "Ni la gran lectura, ni la música, ni el arte han podido impedir la barbarie total. Han llegado a ser el ornamento de esa barbarie, si hay que decirlo todo". Y para que veamos por donde van los tiros, cita también a Schopenhauer: "La lectura no es más que un sucedáneo del pensamiento personal. Con ella deja uno que sea otro quien lleve las ideas propias a la otra orilla del pensamiento". No se trata de libros contra la lectura y los libros, eso sería un absurdo esencial, (en todo lo que escribe Moreno se desprende una evidente y reivindicativa pasión profunda por la lectura, sino ¿de qué tanto libro sobre lecturas?) sino contra el uso malicioso, torcido, maniqueo, de tópicos y fórmulas que enmascaran la manipulación del placer de leer (la necesidad, para algunas personas) con fines ajenos a la sencilla complejidad (y perdonen el oxímoron) de la lectura y de la confortable existencia de los libros.
Harina de otro costal son los libros de Víctor Moreno sobre la religión, la cristiana y dentro de ella la católica. Aquí se nota la influencia de Bertrand Russell en Víctor (sobre todo de su libro "Por qué no soy cristiano"). Desde "El soborno del cielo" (6) en el que se nos pregunta de entrada, "¿en qué ha convertido al hombre la religión?". Y se nos da una respuesta contundente y luego razonada "ad libitum" durante 187 páginas: "como no me asiste la fe, sino los datos de la propia historia, me atrevo a decir que, globalmente, la religión ha constituido el más formidable bisturí para cercenar de cuajo todo tipo de tolerancia, de ciencia, de investigación, de libertad y, en consecuencia de responsabilidad. La religión ha castrado el intelecto y la sexualidad...ha constituido el fundamento de casi todas las conspiraciones habidas contra la inteligencia, contra la racionalidad, contra el progreso y contra la felicidad del género humano". En la misma línea nos habla de la blasfemia como "desorden social" (5). En cuanto a "Los obispos son peligrosos" , "Así en la tierra como en el cielo" (7), donde Víctor vuelve al "modus operandi" de los libros sobre literatura, se trata de más de setecientas páginas de comentarios jugosos (en el sentido vitriólico- jocoso del término) sobre las cosas que han llegado a decir y publicar purpurados como Rouco Varela, Martínez Camino, Cañizares, Osorio y muchos otros altos dignatarios de la Iglesia, respaldados por la reproducción textual y no manipulada de frases y razonamientos que han sido publicados en España por los medios de comunicación (nuevamente con fechas, orígenes y reproducciones fotográficas). Dada la trascendencia de los temas y sobre todo de las consecuencias y realidades que delata, la cosa no tiene tanta gracia como en el caso de críticos y escritores. Uno acaba tan acosado por la sensación de vergüenza ajena y de indignación, que la lectura requiere tiempo y periodos de abstinencia. Prefiero, pues, dejar los comentarios a estos tres libros para otra ocasión.
Leer a Víctor Moreno constituye un ejercicio saludable. Y una constatación: la suerte de este autor es que viva en este siglo (incluso a pesar de los pesares, en este país) y que haya tenido la habilidad y el juicio de "no inventarse nada". Por mucho menos que esto a Sócrates le prepararon un cóctel de cicuta, a Séneca le invitaron a cortarse las venas, a Spinoza le acuchillaron y ningunearon, a muchos les quemaron sus libros en la hoguera y a otros, aprovecharon el fuego para meterlos dentro, a aquéllos los desterraron y a esos les ofrecieron vacaciones de lujo en un gulag o en un campo de exterminio. ¿Cuál es el precio que ha tenido que pagar Víctor por sus libros? Una conspiración de silencio. Para el gran público y los principales medios de comunicación, Víctor Moreno no existe. O quizá sí...
LIBROS INDISPENSABLES (con perdón)
(1) DE BRUMAS Y DE VERAS.- La crítica literaria en los periódicos.- Ed. Pamiela, 1994. 236 págs.
(2) LA MANÍA DE LEER.- 396 PÁGS. Ed. Caballo de Troya, 2009
(3) FUERA DE LUGAR.-Lo que hay que leer de críticos y escritores.-443 págs.- Ed. Pamiela, 2009
(4) METÁFORAS DE LA LECTURA.- Ed. Lengua de trapo.-222 págs.-2005
(5) EL DESORDEN SOCIAL DE LA BLASFEMIA.- Ed. Upaingoa Erdaraz.- 123 págs. 2004
(6) EL SOBORNO DEL CIELO.- Ed. Pamiela.- 189 págs.-2005
(7)LOS OBISPOS SON PELIGROSOS.- Ed Pamiela. 733 págs.2010
Por una de esas extrañas casualidades que la vida nos depara de vez en cuando (sincronicidades las llamaba Jung), la semana pasada les relataba los gozos y perplejidades que me causó la lectura de "La alta ruta" de Maurice Chappaz (Ed Periférica) y hoy, saltándose a la torera el orden preestablecido por mi mismo en mis lecturas y reseñas programadas (debido a haber olvidado el libro que hoy les comento en el asiento del coche y haber partido de viaje sin mi acostumbrada ración de lecturas) les voy a hablar de un libro "Toda una vida", de Robert Seethaler (ed. Salamandra) que sin ser semejantes en nada, coinciden ambos en un punto esencial: el amor a la alta montaña. Para el suizo Chappaz la alta ruta de Chamonix a Zematt es un episodio iniciático física y espiritualmente, para el austro-alemán Seethaler aquellos mismos parajes son parte básica de la biografía de su protagonista, Andreas Egger, un montañés cojo y silencioso que vive el nacimiento del alpinismo desde principios del siglo XX hasta los años setenta, montando telesillas y teleféricos en cumbres vírgenes y soportando las miserias y crueldades de una vida dura, atravesada por la experiencia macabra del nazismo.
Un episodio parece unir como el cordel de un collar los principales episodios de la vida de Andreas: cuando a los 21 años encontró a su vecino el cabrero Hannes, El Corneta, moribundo en la nieve, se lo cargó a la espalda en un armazón de madera para ovejas, se enfrentó a la ventisca para llevarlo al pueblo en un esfuerzo agotador y al resbalar y caer con su carga, se le escurrió el armazón con el enfermo que, ante su sorpresa se libró de las cuerdas que lo aseguraban y dando media vuelta, se perdió montaña arriba con una agilidad impropia de un moribundo, mientras Andreas le gritaba, incapaz de seguirle, que no podría escapar de la "Dama Fría", la muerte por mucho que corriera. Muchos años más tarde, cuando Andreas ya es viejo y ha pasado por muchas penalidades aunque sigue viviendo en la montaña que tanto amaba y que tanto daño le había hecho, unos excursionistas hallan en una hendidura de hielo eterno el cuerpo momificado del "Corneta", con una sonrisa en los labios.
De niño Andreas Egger, huérfano, fue recogido por el cuñado de su madre ella, el cruel y "piadoso" granjero Kranzstocker, que desde los ocho años lo unció a un yugo de madera para bueyes, entre golpes con una vara de avellano en el trasero desnudo del chico para que tirara del yugo. Ese trato provocó la cojera de Egger, que aprendió a leer sin perder su talante, “pensaba despacio, hablaba despacio, caminaba despacio, pero cada pensamiento, cada palabra y cada paso que daba dejaban un rastro justo donde, a su juicio, debían dejarlo”. A los 18 años, con un cuerpo lisiado pero asombrosamente fuerte se enfrentó al granjero y se marchó de la casa. Trabajador infatigable y serio logró arrendar un terreno en un lugar solitario y hermoso de sus montañas, donde conocería brevemente el amor y la desdicha de perderlo de una forma épica y brutal. Vivió la Guerra mundial en el ejército alemán con una inocencia sin mácula, limitándose a seguir con su laboriosidad y terminando prisionero de los rusos en el Cáucaso. Tras ser liberado y volver a sus valles, se hizo guía en las montañas para los turistas que empezaron a invadirlos. Andreas perdía la memoria al mismo ritmo interior pausado con el que perdió todos sus sueños. Fue entonces cuando apareció el cuerpo congelado de El Corneta.
Como Seethaler comenta (pág.128) "Como todos los seres humanos, a lo largo de su vida había abrigado en su interior ilusiones y sueños. Algunos los había cumplido por sí mismo, otros le habían sido regalados. Muchos había permanecido inalcanzables, o so los había arrebatado cuando apenas los había logrado. Pero él seguía ahí". Y termina la narración con una bella reflexión: "Había amado y se había hecho una idea de hasta dónde podía llevar el amor...no recordaba de dónde era y últimamente no sabía adónde iba. Pero podía mirar atrás en el tiempo, a su vida, sin lamentos, con una media sonrisa y un gran asombro". El mismo que le provoca siempre la belleza, dura y formidable, de las montañas que le rodean.
FICHA
TODA UNA VIDA.- Robert Seethaler.- Trad. Ana Guelbenzu.- Ed. Salamandra.-139 págs.- ISBN: 9788498388152
No había oído hablar de él. A pesar de ser montañero, de humildes cumbres, mis calados en la literatura alpina es breve y se ajusta a algunos clásicos (entre ellos el soberbio James Salter de "En solitario"). Pero el título "La alta ruta" y la sugestiva foto de portada y una apresurada lectura de los textos editoriales (a los que no suelo prestar demasiada atención, y perdonen) me atrajeron lo suficiente para investigar quién era ese Maurice Chappaz (fallecido con 93 años en 2009), un escritor dotado de una singular capacidad lírica y metafísica para describir sus caminatas.
Chappaz fue un hombre singular con una gran producción literaria en novelas, relatos y poesía, además de erigirse en defensor y paladín de la defensa ecológica de muchos rincones de su país. Viajero contumaz, montañista -que no alpinista- y vagabundo, propietario de viñedos, periodista, obrero en las obras de la gran presa de la Grande-Dixense situada en el cantón de Valais, defensor a ulytrazan de la pureza natural del bosque de Finges, caminante fervoroso por países de Asia, América y Europa, me recuerda un poco la figura iconoclasta de dos escritores italianos que compartían con él una diversidad creativa extraordinaria y un amor a la tierra y a la montaña casi místico, el poeta y montañero Erri de Luca, novelista, albañil, mecánico y revolucionario. Y también la del ermitaño Mauro Corona, escritor, alpinista y escultor italiano cuya novela-documento sobre su pueblo natal devastado por el desastre de la presa del Vajont, "Fantasmas de piedra" es una de las grandes novelas italianas del siglo XX.
La alta ruta es una de las travesías montañeras los deportistas ya que conecta Chamonix con Zermatt a través de glaciares, un universo lunar nevado, apenas turbado por algún ocasional esquiador de fondo o el alpinista. Chappaz nos cuenta con un lirismo dramático y emocionante el esfuerzo que hace y el regalo de belleza , paz y desafío, el vértigo y la embriaguez del esfuerzo. Esa especie de obsesión silenciosa que acoge la subida permanente y fatigosa, cuando respirar cuesta un enorme esfuerzo y la mirada va bebiendo gota a gota la magnífica y a veces aterradora soledad y belleza de los parajes. No se trata de engrosar una lista de logros ascendentes, de cumbres holladas, de gestas deportivas, no, de ningún modo. Aquí hay una suerte de viaje iniciático en el que el autor se reta as í mismo y se abre fatigosamente a el mundo de maravillas que le rodea. Desde el Mont Blanc hasta el Mont Rose, la famosa travesía por los glaciares suizos es sobre todo una ruta mítica, un reto casi místico que, incluso, despierta elementos de un profundo erotismo, de una sensibilidad exacerbada.
Pero él confiesa en su introducción: "Mi amplia porción de fracaso, mi inexistencia en el alpinismo puro me permite escribir este libro" . Y añade: "Me limito a la travesía de los glaciares de abril a junio...cuento las tormentas...los pasos de altura...lo absoluto del desierto nevado con el completo olvido del punto de partida, el vertiginoso círculo de las cimas blancas..."mientras avanzo escribo con manchas de color, con gritos...según el dictado de un sentimiento interior inconfesable...la única razón de las ascensiones y de los amores: la dialéctica del Me persigo y huyo de mí".
Tal vez el desbocado y permanente lirismo de Chappaz y su empeño en transformar su travesía en un relato iniciático interior, junto a su propensión a complejas metáforas y razonamientos profundos y algo herméticos, hace un poco difícil su lectura. A pesar de momentos delicados y certeros como cuando nos dice que al amanecer "todas las ramas de los árboles tienen esta mañana manguitos blancos" o cuando anuncia "parto con los esquís para escapar del trabajo. Sin explicaciones. La ciudad: el estruendo, la cancelación de mí mismo. Parto sin meta hacia lo que no tiene meta. Como un animal que retorna a sus ancestros". (pág.33) O cuando nos habla de otros alpinistas: "Aquellos que sin cesar lamen las montañas son únicamente pensativos y concisos. ¿Qué les produce esas arrugas?. Contra una puerta, los solitarios observan las nubes con una especie de huraña meditación".O canta la figura del guía en el refugio: "Los veo recibir a los cándidos sin manifestarles el mínimo desprecio y felicitar a los duros de las cimas sin la mínima envidia" (pág. 59). Si, pero hay que ir leyendo con lupa para aislar momentos muy hermosos, inmersos en una exaltada narración subjetiva en la que a menudo el autor se dirige a sí mismo. En la cima, "esquiamos...cantamos a la tirolesa en una danza final de adoración" Y se pregunta después lo que ha descubierto allí: "El exilio unido al edén" (pág. 141). Libro notable y excesivo.
Cito su biografía: "Maurice Chappaz nació en Lausana en 1916 y falleció en Martigny, cantón del Valais, Suiza, el 15 de enero de 2009. Infancia entre Martigny y la abadía de Châble. Estudios de Letras. Durante la guerra entró en contacto con grandes escritores suizos de lengua francesa como Ramuz, Crisinel, Matthey o Roud. Conoció a su futura esposa, la novelista S. Corinna Bille, en 1942. Es a ella a quien evoca en el relato lírico Grandes journées de printemps (Grandes viajes de primavera, 1944). En esa difícil época Chappaz sufre una crisis tanto ética como estética, perceptible en el Testament du Haut-Rhône (Testamento del Alto Rhone, 1953). A partir de 1957 se estableció como viticultor en Veyras, convirtiéndose en un adalid de la defensa de las tradiciones campesinas de su país. En Portrait des Valaisans en légende et en vérité (Retrato de valisanos en leyenda y en realidad, 1965) y Le Match Valais-Judée (El partido valisano-judío, 1968) reconstruye, a través de leyendas y de anécdotas, un paraíso ya perdido por un progreso mal entendido. A esta idea de defensa de los valores rurales se une una tendencia, en cierto modo nómada, presente en sus numerosos viajes a Italia, Laponia y Nepal. Tras un viaje a Rusia, el último con S. Corinna Bille, que falleció en 1979, pasó temporadas en Pekín y en el Líbano. Sus reflexiones sobre la muerte, iniciadas en 1966 con Office des morts (Oficio de muertos), se continúan en 1984, en À rire et à mourir (A reír y a morir), un relato en varias voces, en el que evoca a personajes desaparecidos. De 1987 es Le Livre de C., un devastador y bellísimo testimonio en recuerdo de Bille."
FICHA
LA ALTA RUTA.- Maurice Chappaz.- Trad. Rafael-José Díaz.- E. Periférica.- 158 págs. 15,20 euros.- ISBN 9788416291588
Los aficionados a la literatura victoriana, en su faceta detectivesca (antes no se llamaba "negro" a ese género) estamos de enhorabuena con la colección que la benemérita Siruela dedica a "clásicos policiacos". Ya hemos comentado varios en estas páginas y en esta ocasión recomendamos al autor de "Asesinato en el laberinto", J.J. Connington, pseudónimo tras el que se escondía un profesor universitario de Química llamado Alfred Walter Stewart (1880-1947). El talante científico de este entretenido novelista le da un carácter muy especial a sus personajes y sus tramas y la época en que vivió y escribió le hace contemporáneo de, ahí es nada, sir Arthur Conan Doyle (1859-1930) y su inmortal Holmes, casi un estereotipo, dotado de una sombra complementaria genial, el doctor Watson. En la novela de Connington, el protagonista es un jefe de policía, sir Clinton Driffield y su sombra de contraste es su amigo, "uno de esos afables caballeros del campo" , Wendower, "de Talgarth Grange", al que el policía suele llamar su "Escudero".
Ya la descripción de éste en las primeras páginas nos indica cuál va a ser su papel en las novelas de sir Clinton: "de conocerle de modo informal, fácilmente podría resultar una persona algo remilgada, de intelecto muy limitado e intereses aún más restringidos; sin embargo, tras esa fachada habitaba una mente bastante aguda que sentí un cierto placer ladino exagerando modos y maneras engañosos...era de todo menos tonto" (en el texto la traductora escribe un forzado "aunque le gustaba hacérselo"). Lo cierto es que hay algunos paralelismos literarios con las figuras de Doyle, aunque Watson está más perfilado y resulta más atractivo al lector que el "caballero rural" Wendower, algunas de cuyas frases hacia sir Clinton rozan la impertinencia más antipática. Por cierto, Holmes y Watson son citados en varias ocasiones por el policía y su amigo como si fuera personas vivas y conocidas personalmente (aunque jubiladas, "se hizo entomólogo" dicen de Holmes) .
La trama se desarrolla en una finca rural en Whistlefield, dotada de un famoso laberinto vegetal cuyo recorrido está delimitado por altos setos que van configurando senderos sin salida o que regresan al punto de partida y cuyos vericuetos acaban conduciendo a dos centros distintos, con sus glorietas y bancos de descanso. Es en estos centros donde aparecen, asesinados con flechas impregnadas de curare, el dueño de la mansión, un personaje oscuro y muy rico debido a ocultas operaciones financieras y su hermano gemelo, un célebre abogado que está a punto de enviar a prisión a otro oscuro millonario de actividades delictivas encubiertas (asunto que será el "MacGuffin" de la novela).
En el típico ambiente lujoso de la alta burguesía british rural, con chispeantes y entretenidos diálogos y una gama de personajes pintorescos --familia y amigos de los dos asesinados- la historia adquiere un ritmo endiablado tras la entrada en acción inmediata de los dos protagonistas, el jefe de policía y su amigo terrateniente, el "Escudero", más un oportunamente cercano doctor especializado en venenos. De inmediato se establece el juego de pistas, sospechosos y conjeturas, refrescadas por el humor: "Quedas al mando del Departamento de especulaciones, suposiciones y conjeturas de esta empresa, Escudero. Yo no soy mas que un humilde empleado de la sección Silencio y mutismo, dirección telegráfica: bocacerrada", le dice Clinton a su amigo. Las claves del asunto van siendo diseminadas aquí y allá por el meticuloso autor que, como suele suceder, nos las refrescará al final en el discurso aclaratorio típico.
Reconozco haber disfrutado bastante con la lectura, con alguna que otra agradable sorpresa al comprobar la inteligencia del escritor reflejada en algunas intervenciones de sir Clinton, como la de la página 156, "...a veces la mente humana está hecha para asumir conexiones que no existen en la naturaleza...tenemos un deseo instintivo de encontrar asociaciones entre grupos de fenómenos y a veces nos engañamos a nosotros mismos pensando que hay una relación cuando en realidad sólo se trata de un caso de simultaneidad". El lector aficionado al género disfrutará aún más con el diálogo y la disertación entre el policía y su escudero sobre los puntos básicos de toda investigación detectivesca policial (el capitulo 8, "Oportunidad, método y móvil"). En fin, no les digo nada más. Especialmente en este tipo de novelas, la discreción es una norma exigible para un crítico.
FICHA
ASESINATO EN EL LABERINTO.- J.J.Connington.-TRad. Esther Cruz.- Ed. Siruela.-264 págs.-ISBN 9788417308018
He aquí un libro bastante interesante para las personas que se sienten atraídas por la vida espiritual y sus diversos senderos que, como todo el mundo sabe, acaban siendo un sólo Camino con diferentes aspectos que son más superficiales que profundos. El hinduismo es todo un mundo de sugerencias y posibilidades, me temo que muy poco conocido o parcialmente conocido. El libro de Swami Satyananda Saraswati, un barcelonés que ha vivido más de treinta años en la India y es un experto en la Advaita Vedanta, el shivaísmo de Cachemira y el Yoga en su acepción más filosófica, resulta para este crítico un descubrimiento, a pesar de estar algo versado en esta tradición espiritual y metafísica de tantos meandros, complejidades y venerables tradiciones. Lo cierto es que gracias a este autor, relativamente joven, he comprobado, una vez más, que sólo sé que no sé nada.
Podría ser una de las tradiciones más antiguas e imperecederas del planeta, con intuiciones espirituales que paradójicamente tienen una enorme validez actual (en algunos casos acercándose mucho a concepciones científicas del universo y la realidad propias del siglo XXI): desde el reconocimiento de la energía esencial (shakti) que mueve al Universo y sus criaturas y todo cuanto existe, hasta la sacralidad de todo cuanto somos y cuanto nos rodea (que convierte a la propia vida en el camino hacia lo absoluto).
Me ha encantado saber que desde 1966 el Tribunal Supremo de la India formalizó judicialmente las creencias de los practicantes del hinduismo, asi como de los cinco preceptos que les guían y las cinco prácticas religiosas. Lo curioso es que no hay dogma, ni libros únicos (aunque se considera los Vedas como el fundamento del hinduismo y las Upanishads como fuentes textuales) ni mesías o profetas, ni cultos obligatorios o caminos exclusivos, sino tolerancia con las otras religiones.
El libro nos habla también de los textos tradicionales o Smiritis, un amplio corpus recordado y trasmitido por los rishis o sabios que repite los mensajes védicos con un lenguaje mas cercano al pueblo. Para mentes más cultivadas existen convenientemente estructurados seis sistemas filosóficos, los "shad darshana" que configuran las distintas escuelas hinduistas. También hay dos series de "marga" o caminos de auto realización: uno, integrado en el mundo y la vida cotidiana, enfatizando los deberes familiares y sociales, y, el segundo, el camino de la ascesis y la renuncia, con una práctica permanente de la meditación y la contemplación.
Como nos dice el autor en su epílogo: "el adepto hindú sacraliza la vida por medio del apoyo que la tradición le ofrece, ya sean los diversos rituales, los mantras, el estudio de los textos sagrados, la práctica del yoga, la devoción y la meditación profunda y, especialmente, el reconocimiento de la realidad de la energía profunda personal o atman, fuente de toda vida, que está en ti y se une a Brahman, eterno y omnisciente.
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EL HINDUISMO.- Swami Satyananda Saraswati.- Fragmenta editorial.-163 págs. ISBN:9788415518044
Como nos informa del excelente prefacio escrito por M. Sibata y traducido por Francesc Gutiérrez, el Tratado de las cinco ruedas nos permite conocer uno de los grandes clásicos de la cultura japonesa. Para los practicantes de las artes marciales, el libro de Miyamoto Musashi (1584-1645), escrito en el siglo XVI es uno de los textos fundamentales del bushido, el camino del guerrero. En él radica la esencia espiritual y psicológica de las artes marciales y de la estrategia fundamental que respetando el principio de evitar en lo posible la violencia, se estructuran como una guía para el arte de vivir y actuar. No es raro encontrar en la mesa de los grandes ejecutivos de las agresivas empresas japonesas un ejemplar de este tratado mítico, que conserva una inmarchitable actualidad (como será evidente si el lector entra en sus páginas.
El bushido, como saben todos los aficionados es la llamada Vía de los samuráis. Su autor, Musashi era un excelente esgrimista y un guerrero activo que vivió en una de las épocas más agitadas del Japón medieval. Desde los trece años, comenzó su vida guerrera con una sucesión de combates que le convirtieron en uno de los campeones de la época. Con un giro vital muy japonés, en la madurez se inclinó hacia la vida espiritual practicando la caligrafía, la pintura, la talla de estatuillas de Buddha, la ceremonia del té y la poesía. A los sesenta años escribió el Tratado de las cinco ruedas a modo de resumen de su vida y experiencias, y dos años más tarde falleció.
Con el Kojiki sintoísta, los "Diálogos del sueño" budista y este tratado (todos publicados por José J. de Olañeta) se completa el trío de obras fundamentales que sustentan el espíritu japonés. En este pequeño volumen en tamaño y grande en importancia se nos informa de la vida de Musashi y su popularidad (el D'Artagnan de Dumas es una remedo ficticio de la figura japonesa real, llevada a numerosas novelas incluso en esta época). El título menciona la rueda como símbolo de la existencia que preconiza el Buda y refleja a los cinco elementos (tierra, agua, fuego, viento y vacío), que representan la naturaleza entera. Sin embargo Musashi aconsejaba "Hay que venerar al Buda y a las divinidades, pero no contar con ellos".
Su conjunto de reglas morales, prácticas y espirituales que escribió unos días antes de morir (pág.31) es un conjunto que sorprende por su inteligencia, estoicismo y autocontrol. Uno ve brillar en ellas muchas de las claves de la filosofía griega adaptadas a la forma de vida de los samuráis japoneses. Desde el "evitar los placeres del cuerpo", "ser imparcial en todo", "no quejarse nunca", "no ser codicioso", "no experimentar rencor nunca ni sobre los demás ni sobre uno mismo", "No tener preferencias ni buscar la comodidad", "no a las riquezas o a la codicia", "no abandonar nunca la VIa".
Librito apropiado para estudiantes de filosofía, hombres de negocio y ejecutivos, personas religiosas o espirituales, luchadores de todo tipo, militares y artistas...abstenerse superficiales, triviales e ignorantes comodones.
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TRATADO DE LAS CINCO RUEDAS.- Miyamoto Musashi.-Trad. Frances Gutiérrez.-107 págs. José J.Olañeta editor. 9788497160025
Stephen Batchelor es un erudito y practicante budista (él parece rechazar el apelativo de "maestro" algo que dice mucho en su favor) y está personalmente empeñado en demostrar que la práctica del budismo no es cosa de monjes absortos en la soledad y la meditación, sino una disciplina que puede compaginar perfectamente con nuestra época y la dinámica imparable de la sociedad postmoderna. Y no sólo eso, sino que se puede convertir en una práctica que nos ayude a sobrellevar el exceso de estrés que acarrea la vida trepidante del siglo XXI en las sociedades avanzadas. Para ello nos sugiere una visión filosófica, contemplativa y ética del budismo, adecuada a los quehaceres cotidianos que nos exige la sociedad y la cultura de nuestra época.
No se trata pues de ajustarnos a un concepto del "dharma" o de la enseñanza y percepción budista de la vida, como una religión estructurada y exigente, ritualista y limitada por unas coordenadas de comportamiento y actitudes más o menos rígidas. Batchelor nos sugiere un paseo conceptual por el budismo, no como un planteamiento dogmático de tipo metafísico o una propuesta mística de casi imposible realización, sino como una práctica sencilla y clara de carácter ético y fundamentalmente práctico y útil. La enseñanza básica que se desprende del clarificador libro de Batchelor, excelentemente traducido por Fernando Mora, es que el budismo debe ser considerado como una cultura del despertar en constante evolución. Y esa evolución dinámica le confiere la capacidad de presentar siempre y en todo momento histórico unas características que se amoldan a la cultura vigente en cada país, en una interacción creativa constante con los modos sociales y culturales en lo que se inserta.
Esa capacidad de "reinventarse" a tenor de las demandas ambientales, de amoldarse, (que no deja de ser una de las definiciones vigentes de la psicología cognitiva del término, "inteligencia"), es lo que da al budismo su eterno aspecto vital e inmarchitable. Quizá la esencia de la actitud honesta y heterodoxa de Batchelor sobre el budismo se refleje en una frase espigada al principio del libro (pág. 36) cuando dice: "Me inquieta...que los conversos occidentales al budismo, con unos antecedentes y una educación similares a la mía, adopten de forma acrítica creencias -como el karma o el renacimiento- que los budistas tradicionales dan por sentadas. Cualquier modalidad de budismo por la que abogue estará obligada a llevar la impronta de un enfoque escépticos y terrenal del dharma". Y más adelante añade: "No concibo un budismo que aspire a desterrar todo vestigio de religiosidad, que pretenda llegar a un dharma que sea poco más que un conjunto de técnicas de autoayuda que nos permitan operar con más serenidad o eficacia como agentes o clientes del consumismo capitalista".
Me recuerda la postura filosófica de Batchelor a la de la escuela clásica griega de Pirrón. Esa suspensión de juicio que era el sello distintivo de la filosofía escéptica. Como dice el autor, "suspender el juicio contradice el modo en que estamos condicionados a pensar y hablar". Partiendo de ese escepticismo Batchelor nos lleva eruditamente hasta los inicios del budismo, desde la legendaria figura de Mahanama el converso (primo de Gotama), pasando por el propio Buda y su cuádruple tarea basada en las tres preguntas clave sobre el deleite de la vida, la tragedia de la vida y la emancipación de la vida. Después se cuestionará la figura o el símbolo del Buda Gotama ("¿no es más o menos real que el Quijote o Leopoldo Blom?-del Ulises de Joyce), la esencia de la verdad en los textos budistas ("no es la noble verdad del sufrimiento lo que tenemos que entender, sino el sufrimiento en sí") . La vida de Sunakkhatta, el traidor a la figura de Gotama, trata de humanizar la figura el Buda que usa a Sunakkhatta como contrapunto retórico de lo que no está enseñando. Quizá los capítulos más directos sobre los aspectos formales del budismo secular que nos propone Batchelor sea el 9 (Lo sublime cotidiano), cuando nos dice: "La meditación consiste en aceptar lo que le sucede a este organismo mientras contacta con su entorno en cada momento...el cultivo continuo de una sensibilidad, de una manera de atender a todos los aspectos de nuestra experiencia en el contexto de un marco de objetivos y valores éticos" (pág. 363). Y también el 11 (Una cultura del despertar) donde nos formula los diez puntos que definen el tipo de espacio budista que preconiza. (pág. 497). Y, por fin, el epílogo, en el que el autor nos cuenta que a través de Megástenes que acompañaba a Alejandro en su conquista de la India, se estableció el vínculo filosófico que llevaría a la filosofía clásica griega al conocimiento e influencia de muchos de los preceptos budistas (un ejemplo sería sobre el escepticismo, quizá en el cinismo o el estoicismo helénico).
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DESPUÉS DEL BUDISMO.- Stephen Batchelor.- trad. Fernando Mora. Ed. Kairós.-553 págs.-20 euros.- ISBN 9788499885742
Leon Gozlan (1803-1866), es el autor de esta obrita que nos acerca al gran Balzac (1799 - 1850), desde un mirador privilegiado: el de la convivencia que este hombre (por cierto, dotado de un estilo narrativo de primera) disfrutó (o no) durante muchos años con el soberbio autor, como uno de sus amigos más íntimos. Gozlan (1803-1866) es autor de más de veinte novelas (entre ellas algunas muy conocidas hace años como "Arístides Froissart" y "El médico de Pecck"), libros de ensayo y obras dramáticas y obtuvo la Legión de honor en 1846, un año después que su biografiado, Honoré de Balzac (1799 - 1850).
El autor de varias obras maestras de la literatura, desde Eugenia Grandet al Padre Goriot, o Las ilusiones perdidas, eslabones todos de su "Comedia Humana", monumental intento inacabado de mostrar la vida francesa a través de centenares de personajes con los que pretendió realizar un fresco gigantesco de su época, en el que refleja las pasiones, la mediocridad, los intereses, las pasiones de los hombres y las mujeres de su tiempo. Con sus enormes dotes de observación, su estilo irónico y minucioso, la mordacidad de su talante, Balzac (desmesurado en todos los aspectos de su vida, su obra y su persona) debía haber sido un ejemplar humano interesante, hiperbólico y, supongo, agotador. La visión que nos ofrece León Gozlan de su Balzac “en zapatillas” es todo menos vaga e indefinida. Y es que el escritor se desborda de cualquier biografía que trata de limitar sus contornos. La de Gozlan no es propiamente una biografía sino una serie de momentos, chismes, eventos, conversaciones, encuentros y hostilidades, apuros y cotidianidades, sucesivos y aleatorios que tratan de dibujar una figura inabarcable.
Balzac ocupó exactamente la primera mitad del siglo XIX, un periodo comparativamente muy breve si tenemos en cuenta el gigantesco corpus de su obra completa. Aún así, a pesar del éxito y de algunas épocas en las que ganó dinero a espuertas, Balzac vivió a salto de mata, endeudado por cantidades tan enormes como sus ganancias esporádicas, buscando el éxito y el reconocimiento social de una forma a menudo patética e inexplicable en un hombre de tanta valía. Poniendo en marcha negocios surrealistas y absurdos, arruinándose, surgiendo de sus cenizas como un ave fénix de la literatura forzada. Se describía a sí mismo como un galeote, noche tras noche escribiendo amarrado al buró, durmiendo de día, sostenido por la mezcla particular de café que preparaba él mismo. Su sentido innato de la economía productiva, sólo en el sentido creativo, no en el financiero, le llevó a inventar "el reciclado" de personajes que abarcaba toda sus obras de ficción y que trataba de reunirlos bajo el título genérico de "La Comedia Humana".
La edición con la que he trabajado fue un hallazgo descubierto en el Mercado dominical del libro en la calle Urgel de Barcelona. Está publicada por la Editorial Lara a principios de los años cuarenta y, oh sorpresa, traducida por mi entrañable y añorado compañero de "La Vanguardia" José Casán Herrera (en unos años en los que yo aún no había nacido). Sé que se puede encontrar una edición posterior de Editorial Planeta (emporio editorial que nació de la Editorial Lara) por pocos euros. Y vale la pena leer este librito escrupulosamente bien escrito, en el que Leon Gozlan cumple con aquél aserto escéptico y mordaz que asegura que la mejor manera de conocer los defectos ocultos de una personalidad es preguntar sobre ella a un íntimo de ella, una vez desaparecida. Entre protestas de amistad y paciencia, Gozlan nos va brindando un retrato, seguramente bastante real, de una persona cuyas limitaciones sociales, payasadas, ingenuidades, excesos y abusos, son contemplados con condescendencia y "comprensión" por uno de sus mejores amigos, entre protestas y declaraciones de admiración por el trabajo que realiza. Aún así, el librito no tiene pérdida. Cualquier amante de la narrativa balzaquiana no se puede perder esta joyita.
Como escribe el propio Gozlan en su introducción: "...queremos conocer las casas que habitaba, su modo de ser y actuar en un mundo cuyo fango pisó antes de que sobre él se extendiera el resplandor de su fama; sus gustos, ya fuesen extraños, normales, vulgares o incluso ridículos; sus caprichos y sus grandes o pequeñas flaquezas"... y ya en la obra nos habla de su "desinterés" como arista: "...en el instante mismo que se le ocurría una idea, esta idea se transformaba en operación financiera", de sus pretensiones arquitectónicas diseñando una casa en la que se olvidó de poner escaleras, de su ingenuo y codicioso "cuento de la lechera" en torno a una gigantesca árbol comprado al Ayuntamiento, de su desinterés por cualquier otro escritor que no fuera él, incluido Victor Hugo, de sus intentos de montar una revista literaria o de sus fracasos en el Teatro, todo traducido en locas esperanzas económicas que fracasaban sin remedio, o la descripción de la persona misma y sus "pasos torpes y rápidos a un tiempo que era característico de sus andares de elefante"...rodeándolo todo de un "compañerismo" profesional laudatorio y paciente como si hablara de las travesuras de un niño. Recordando la frase de Balzac: "en todo hombre de genio hay un niño". Y en todo "amigo de novelista" hay una irreprimible sed de mostrar lo infundado que es el éxito de su amigo desaparecido. Y más cuando ha sido un genio que no valoraba a nadie más que a él mismo.
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BALZAC EN ZAPATILLAS.-Leon Gozlan.- Trad. José Casan.- Editorial Lara. 269 págs.
Roser Amills es del tipo de narradora que parece haber sido amamantada por los dioses más populares, los manes hogareños, que alimentan a muchas mujeres -y hombres- con una cálida y reconfortante prosa algo sentimental. Un discurso que parece impregnado de (buenos) sentimientos, no muy preciso y anclado en los gustos emocionales de buena parte de nuestra sociedad. Un prosa de estilo sencillo, factual y poco especulativo pero que deja una sensación agradable en el lector sin pretensiones, que se emociona cuando descubre que Walter Benjamin tiene "una niebla gigante en las pupilas" - en el momento decisivo sentimentalmente en que los protagonistas se conocen- o que tenía "manos torpes de intelectual europeo".
Roser Amills, en su legítima actitud de defensa feminista ha escogido la historia sentimental, tortuosa y frustrada, condenada al desastre (no sólo por la personalidad divergente de los protagonistas, sino por el momento histórico convulso en que ambos viven) y de ahí lo de "amor de dirección única") entre la directora de teatro "vanguardista", la letona Asja Lecis y uno de los intelectuales más profundos de la filosofía, la sociología y el análisis crítico de la primera mitad del siglo XX, el alemán Walter Benjamin, cuya tumba visité hace poco como homenaje a su memoria en el cementerio bellísimo de Portbou. Evidentemente la historia de esos amores contrariados están novelados, más o menos es el producto de ficción de la romántica sensibilidad imaginativa de la autora sobre una serie de hechos documentados persistentemente. Teniendo en cuenta este detalle esencial, Roser ha hilvanado una historia romántica al servicio de la figura exaltada y brillante de Asja. Benjamin es parte del entramado humano de esta ficción, sin ahondar en su figura, su pensamiento, sus contradicciones y su valor intelectual. El presunto desaire que Scholem y Adorno hicieron a la figura de Asja y su importancia en la vida y obra de Benjamin, me parece un poco exagerado y poco realista: es como si se protestara de que Platón casi ignora la figura de la mujer de Sócrates, Xantipa, y dedica casi toda su obra a glosar a su maestro. Y la comparación con Yoko Ono y su supuesta labor de separar a los Beatles como reflejo especular de " lo que creen" los amigos de Walter sobre la influencia de Asja sobre él...digamos que es pintoresco. Sería muy interesante que Roser hiciera algo parecido a esta novela -me refiero al tratamiento, no al argumento- con la relación trágica entre Mariano José de Larra y su amante Dolores Armijo, que acabó con el suicidio "romántico" del primero..
Pero bueno, tanto la trayectoria personal como sentimental de Asja Lacis, están emocionadamente descritas por Amills, que incide especialmente en las contradicciones y convicciones sexuales y sentimentales de la interesante artista. Sin dejar de apuntar detalles sobre la azarosa existencia de esta joven intelectual sometida a los vaivenes peligrosos del comunismo en la Unión Soviética, su estancia en los gulags de la época, la dictatorial amenaza de la KGB y la manipulación política que Stalin convirtió en una de los más atroces regímenes de terror puro y simple.
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Ventana abierta al mundo de la cultura en general, de los libros en particular, mas un poco de filosofía, otra pizca de psicología y psicoanálisis, unas notas de cine o teatro y, para desengrasar, rutas senderistas y subidas montañeras.