Este texto fue publicado en La Comarca, el martes 070323
El pasado sábado día 4 de marzo, en la madrugada del domingo, se ha firmado – ¡al fin!- en la sede de la ONU en Nueva York, un tratado, conocido como el “30x30”, en el que se declara y promete cumplir con el objetivo de proteger al 30 % de los océanos del mundo, creando zonas de protección para especies marinas, para antes de llegar al 2030. Ha costado cerca de veinte años llegar a un acuerdo, dados los inmensos intereses económicos involucrados en la explotación –yo diría “arrase” y “depredación” – de los fondos marinos y las especies destruidas por técnicas invasivas de pesca, las búsquedas energéticas en el mar y en las zonas costeras y las agresiones de la minería submarina.
De todas formas, aunque es una gran noticia, debemos considerar que es un acuerdo o tratado que debe ser ratificado formalmente por los casi 200 países interesados, antes de entrar en vigor plenamente. Es preciso no dilatarlo y comenzar a trabajar en esa defensa, de forma justa y equitativa entre las naciones implicadas. Y detrás de esos Estados y Gobiernos está el Capital, los beneficios y la ceguera habitual y reiterada displicencia de los poderes económicos hacia las “amenazas” ecológicas que conlleva el cambio climático. En ese Tratado también se dirimirá el espinoso tema del reparto de beneficios de los recursos genéticos marinos futuros en esa zona internacional.
Las áreas protegidas serán creadas en zonas de los océanos que no pertenecen a ningún país (de ahí lo del 30%), es decir el espacio marino situado más allá de las 200 millas desde la costa que controla cada Estado (zonas económicas exclusivas). En esos espacios “nacionales” y que forma casi el 50 % de las aguas oceánicas del planeta, no hay normas internacionales que protejan la biodiversidad marina que actualmente está disminuyendo a un ritmo catastrófico, según los científicos. Las ONG (hay 40, entre ellas “Greenpeace”) unidas en la “Higs Seas Alliance” han tenido un papel importante en el logro de este pre-tratado. Hasta el secretario general de la ONU, Antonio Guterres declaró en la Conferencia, “Ya no podemos ignorar más la situación de peligro del océano”.
Es un acuerdo histórico para proteger las aguas que no son de nadie porque son de todos, mientras que el 50m % restante de la superficie marina, aguas que son de algún país costero, siguen siendo explotadas a una velocidad e intensidad depredadora que augura un futuro lastimoso.
El límite del 30% protegido antes del 2030, deja fuera a más de un 20% que podría ser un objetivo adicional para después del 2030 (caso de que el acuerdo sea ratificado formal y operativamente). Paradójicamente si en ese 30 % los recursos genéticos marinos son justa y equitativamente distribuidos –y los “grandes” aceptan ese reparto- podría aparecer una posibilidad de salvación para los océanos. Pero la codicia es el primer motor de nuestro sistema económico global. Es difícil ser optimista.
ALBERTO DÍAZ RUEDA