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6 agosto 2023 7 06 /08 /agosto /2023 18:28

EL FUTURO QUE LLEGA: “TERRITORIO DESCONOCIDO”

Este artículo fue publicado en La Comarca el 040823

La expresión que acaban de leer no ha sido utilizada por un redactor  de reportajes apocalípticos o un escritor de ciencia ficción, sino que pertenece a un informe oficial de una de las agencias de la ONU  (Copernicus) que estudian el cambio climático. Se informó –para noticia de pocos y alarma de los menos- que este mes de julio, el más caluroso que se conoce, se  rebasó el límite del calentamiento global de los 1,5 grados centígrados de aumento global en comparación con los niveles preindustriales, establecido en el Acuerdo de París de 2015.Antonio Guterres, secretario general de la ONU, lo dejó bien claro: “para los científicos no hay duda, los seres humanos y nuestro estilo de vida somos responsables de ello”. Tanto las temperaturas globales como la de los mares han batido records y eso lleva al planeta a un “territorio desconocido”.

Justamente, el pasado 2 de agosto, se dio la noticia de que el planeta entraba en “déficit ecológico”. Es decir que estamos consumiendo más recursos naturales de los que el planeta es capaz de renovar. Este año ya hemos agotado el presupuesto de que disponemos para no tener que hipotecar la capacidad de los ecosistemas de regenerarse. Se trata de un contador digital que la sociedad Global Footprint Network ha diseñado para visualizar la deuda creciente que los humanos tenemos con el planeta, a fin de concienciar a los poderes económicos  para que respeten los límites naturales de la Tierra. El ordenador baraja los datos actuales de la huella ecológica (demanda de recursos) y la capacidad regenerativa de los sistemas (biocapacidad)  --gracias a los datos de180 países monitorizados-- sobre un calendario, a fin de señalar el día en que hemos consumido los recursos de los que disponíamos para todo el año. Cada país entra en déficit en fechas diferentes, oscilando entre un Qatar, en febrero, Estados Unidos en marzo o España en mayo. La media aritmética de todos los países nos da la fecha del 2 de agosto.

El calentamiento extremo captado en el hemisferio norte,  ha causado olas de calor en América del norte, Asia, África y Europa, impactando en la salud de las personas, la economía y la epidemia de incendios que ha arrasado zonas del Mediterráneo y ha causado efectos en el fenómeno de calentamiento cíclico del Niño, que nace en el Pacífico Ecuatorial e impacta en el resto del planeta.  Los científicos destacan un factor lógico  aunque inesperado: la velocidad del cambio. La subida de temperaturas en el Atlántico norte está alarmando  de manera especial: en la Antártida  el área cubierta por hielo marino ha disminuido  en una superficie comparable a 10 veces el tamaño del Reino Unido.

Dos investigaciones independientes han coincidido con un  informe de expertos de la ONU:  la principal corriente oceánica que regula el clima, el sistema circulatorio del planeta, un conjunto de corrientes oceánicas que lleva inmensas cantidades de agua de los mares tropicales a los de norte, la llamada circulación de vuelco meridional del Atlántico (AMOC en siglas en inglés) se está debilitando, debido al aumento de la cantidad de agua dulce creada por el deshielo, (al ser menos densa que la salada se hunde menos, por lo que interfiere en el circuito). La AMOC es la responsable del trasporte de calor casi a escala planetaria, así que la corriente enfriaría la mayor parte del hemisferio norte y calentaría la ya de por si calientes aguas ecuatoriales.

Otro informe consultado (publicado en la revista científica Nature) que establece los limites climáticos, naturales y de contaminación que permitiría la supervivencia, asegura que ya han sido vulnerados siete de los nueve umbrales que permiten la vida humana sobre el planeta. Destaco una frase del informe: “los seres humanos somos parte del sistema Tierra, somos gran parte del problema y debemos ser gran parte de la solución. Pero los problemas y las soluciones no afectan a todos por igual y unos pocos generan problemas para muchos y suelen ser los únicos que se benefician”. Eso es insertar un concepto ético, la justicia, en una cuestión científica. Las emisiones de gases de efecto invernadero proceden del 10% más rico de la población. Igualdad y justicia distributiva se dan la mano en el planteamiento de un problema cuya solución nos concierne a todos.

Los umbrales violados van desde los que atañen directamente al cambio climático, hasta el de mantener mayores superficies del planeta sin ganadería, agricultura, minería y cualquier otra interferencia humana. También se han vulnerado los límites de nutrientes usadas en los cultivos, como el nitrógeno o el fósforo, que afecta la calidad y el uso del agua superficial o subterránea (éstas extraídas en exceso).

También se estudian los problemas de acidificación de los océanos, la acumulación de plásticos en gigantescas islas flotantes, los microplásticos, la presencia de productos químicos y antibióticos en las aguas, la pérdida de la biodiversidad. Se sabe que  superar los límites de esos ámbitos reduce la fuerza del planeta para hacer frente a las crisis que nos amenazan. Los océanos absorben y acumulan el calor, ya que la vida marina se encarga de recoger el carbono de la superficie y almacenarlo en las profundidades. Sin eso nuestra atmósfera contendría un 50 % más de dióxido de carbono lo cual eliminaría la vida en la Tierra.

 

Como muestra un botón: las aguas del Mediterráneo  llegaron a alcanzar los 30 º C. el pasado mes y está subiendo su temperatura un 20% más rápido de la media mundial. Eso tiene un efecto destructivo del ecosistema marino ya que las especies habituadas a unos rangos de temperatura migran de las zonas calentadas para poder sobrevivir. Cando no lo hacen, mueren, como ocurre con especies que viven en rocas o en arenas (navajas, almejas y mejillones). El proceso afecta a las aves marinas que pierden sus alimentos habituales. Incluso los bosques de posidonia del fondo del Mediterráneo - que almacenan un 20% más de CO2 que los terrestres-, están siendo afectados. Toda la cadena alimentaria se resiente, llegando hasta los humanos.

Las predicciones científicas evitan en lo posible el alarmismo apocalíptico, pero insisten en hacer lo necesario para evitar que esos picos de exceso se conviertan en tendencia y creen una nueva normalidad donde los desastres naturales sean la norma y no la excepción. Pero pasemos a otro de los elementos de la ecuación humanidad-planeta- supervivencia: la ignorancia del “bípedo implume” (el hombre según Platón), acompañada por la codicia, la agresividad y la estupidez.  Y no me estoy refiriendo sólo a los negacionistas climáticos ni a los terraplanistas, que se vuelven más agresivos en relación directa con la mayor idiotez de sus argumentos-  sino al ciudadano medio normal, aquellos que creen que todo esto “no va con ellos”.

Lo cierto es que el goteo incesante de informes científicos sobre el mundo causa sin duda brotes de “ecoansiedad”, es decir la desazón  y angustia  de cuantos nos preocupamos por un  mundo que amenaza en convertirse en un “territorio desconocido” debido a visibles y crecientes crisis climáticas y medioambientales, con efectos nocivos para los países y las personas, la economía y la supervivencia. ¿Cómo podemos afrontar de una forma útil y positiva un problema acuciante y global sin precedentes? Tal vez deberíamos empezar por enseñar en las escuelas y en todos los niveles de enseñanza a encarar y explorar el mundo que nos viene de una manera más reflexiva: un paso más de las modestas acciones de reciclar, consumir racionalmente o montar en bicicleta. Educar en clave sostenible, mostrar la necesidad de los pequeños detalles, controlar y no expandir las basuras y desechos,  ahorrar el agua potable, extremar precauciones para evitar los incendios, respetar las diversidades, cultivar la cortesía con el otro, racionalizar el uso de móviles, tv. y tablets, regresar a los juegos y relaciones presenciales entre niños y jóvenes, cuidar el cuerpo y rechazar los abusos, recuperar viejas tradiciones de trabajos manuales, reparar antes que tirar o sustituir, cuidar los espacios comunes como algo propio, revitalizar parques y jardines… en suma, no aceptar la fatalidad del “no podemos hacer nada”. Si se puede. Cada uno a su nivel personal puede contribuir a hacer un mundo más empático, cordial y austero. Y comprender que no nos queda más remedio que ajustarnos a las necesidades que vendrán. Crear, en suma, un estado de rebelión ciudadana contra un sistema de vivir erróneo. El “territorio desconocido” no es más que la casa común, okupada por los intereses en la sombra del capitalismo consumista salvaje que, como el rey Midas, acabará muriéndose –y matando-  de hambre, al convertir todo lo que nos rodea en supuesto oro.

La solución ya no consiste en levantar murallas y alambradas para evitar que nada ni nadie entre en nuestros países (como Europa frente a la creciente llegada de migrantes desesperados). Los muros no preservan nuestros cielos, nuestras aguas, las costas y los ríos. Afrontamos un problema global  que exige olvidar los egoísmos nacionalistas. Hay que estar ciegos de vanidad, soberbia y codicia, para no comprender que no tenemos capacidad alguna para evitar que la salud pública, la salud de los ciudadanos comience de una manera evidente pero ignorada a recibir los efectos nocivos de la crisis climática: el calor extremo, los rayos del sol poco filtrados, sequías o inundaciones y enfermedades con ambición de pandemia como el Covid. De momento no hay una búsqueda realista de soluciones que se adecúe al multiproblema. Ya que hay que diseñar un sistema de visión conjunta, global, poliédrica, que una a los expertos en ámbitos sanitarios y sociales, con economistas, educadores, legisladores, urbanistas, empresarios…pues todas esas facetas tiene la amenaza en ciernes. Unir a ello los informes de meteorología de Aemet, Protección Civil, el CSIC o los Centros de investigación sobre energía y medioambiente, sin olvidar los aportes de la Tecnología. En España se ha creado el Observatorio de Salud y Cambio Climático (OSCC) que se supone estará en comunicación fluida con otros centros semejantes en el mundo.

Pensemos, en fin, que el brutal incendio de los bosques de Canadá o los de Grecia, Argelia y Túnez y otros que han ensombrecido este verano, provocan inmensas corrientes de aire que dispersa cenizas microscópicas por todo el orbe. Ya no se trata de vivir acomodados en que “eso” es algo que les sucede a los otros. Nunca como hasta ahora lo “nuestro” es, el mundo que nos rodea. No hay fronteras para el mal, el sufrimiento y la peste. Y ahora el planeta nos recuerda que somos vulnerables, que tenemos que plantar cara, juntos, a una catástrofe global sin paliativos. ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

 

 

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