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29 febrero 2020 6 29 /02 /febrero /2020 19:05

La decadencia del mundo clásico, aquella riqueza literaria, poética, teatral, científica y sobre todo filosófica tal como jamás han visto los siglos pasados ni tampoco lo verán los venideros -valorándola con los límites de rigor habida cuenta de la época en que fue concebida-- nos fue escamoteada, manipulada, pervertida o simplemente destruida por un cataclismo cultural, espiritual y filosófico que se disfrazó de religión hegemónica y se convirtió en un poder rival y a  menudo superior a los poderes reinantes. La fanática influencia de la "fe verdadera", un oxímoron absurdo, no hay fe verdadera ni falsa sino solo fe, ya que para serlo está implícita la creencia en la verdad de lo que crees : La llegada del cristianismo cambió la limitada tolerancia que había servido como argamasa de cohesión entre los pueblos de la Grecia clásica y la menos trascendente y original cultura romana, convirtiendo su mensaje de amor universal en una brutal y despiadada tiranía del pensamiento y la acción que preconizaba el exterminio total de todos los que no se sometieran a los dogmas de la "única fe verdadera". Se instauró un fanatismo del terror y fueron derribados altares y templos, destruidas obras insignes de arte, quemados millones de pergaminos y tablillas de extraordinarias obras filosóficas, literarias y científicas con el bárbaro afán de borrar incluso la memoria de aquellas maravillas producidas por la inteligencia y la sensibilidad humanas. O al menos eso es lo que nos cuentan dos de los autores que hemos leído, aunque no creo que estén muy lejos de la verdad, a tenor de lo que sabemos por la historia y la propia experiencia.

Decía Jonathan Swift -sí, el autor de los "Viajes de Gulliver"- que el ser humano era el bichito más letal que ha producido la Naturaleza. Pero es que también es reiterativo y brutalmente tenaz en sus errores: miren a su alrededor en este mundo del siglo XXI (ya no les digo en el XX, en el que se superó con creces la estúpida estulticia humana) y verán como seguimos como entonces, fieles al ciego fanatismo destructor por razones "religiosas". Los tres libros que les recomiendo abundan en una divertida, informada, sorprendente y eficaz crítica de los hechos y circunstancias que provocaron la pérdida y el redescubrimiento de nuestra esplendorosa cultura clásica. 

"La edad de la penumbra" de Catherine Nixey,(quizá el más periodístico y parcial de los tres), "El giro" de Stephen Greenblatt y "La ruta de conocimiento" de Violet Moller, son los tres volúmenes que, sentados en un buen sillón orejero, con una  copa al alcance de la mano y una buena pipa de aromático tabaco inglés (perdonen los puristas de la salud: una pipa al año no hace daño y una al mes tampoco es un traspiés) nos pueden proporcionar uno de esos grandes placeres peculiares que sólo emanan de la lectura y de la paz y el conocimiento que nos proporciona.

Empecemos por el mejor, a mi juicio, de los tres. "La ruta del conocimiento" de la profesora de Historia en Oxford,  Violet Moller, es una brillante y entretenida singladura por los mares del conocimiento, en concreto de determinadas ideas germinales del mundo clásico que desaparecieron por unos siglos de ocultismo cultural y volvieron a ser "descubiertas" tras un periodo de oscuridad y silencio. Un ejemplo de esa suerte de "redescubrimientos" se refleja en la historia que nos cuenta el gran Stephen Greenblatt con su obra sobre el descubrimiento  en el siglo XV del manuscrito de Lucrecio "De rerum natura", escrito en el siglo I dC. Pero el libro de Moller se decanta por el conocimiento científico para narrarnos -con la fuerza de una obra de ficción- los enrevesados y caprichosos caminos que tomaron las ideas de tres protocientóficos de la actualidad : Euclides, Galeno y Ptolomeo. Es un viaje de más de mil años en el que recorremos de la mano sagaz de Violet Moller los centros de conocimiento de épocas lejanas y los hombres y monarcas que hicieron posible que se preservara las grandes ideas de esos hombres legendarios.

Tiene un valor añadido este libro de Moller: la confirmación de la hermandad profunda entre culturas, el hecho sugestivo de la conexión entre la cultura islámica y la cristiana., como un alegato contra el afán de desdeñar a una para elevar la otra. Desde la Alejandría del siglo VI, al Bagdad del siglo IX, las hispanas Córdoba y Toledo y los grandes centros del Renacimiento italiano como Venecia o Palermo, queda de manifiesto la capilaridad cultural que no entiende de confesiones religiosas y que es una demostración palmaria de lo que podríamos poner como argamasa de unión entre los países: la cultura antes y por encima de la religión. ¿No les ponen los dientes largos este párrafo del libro: "Alejandría se hallaba situada en el centro de una gran red de ciudades, Atenas, Pérgamo, Rodas, Antioquía y Éfeso, Roma y Constantinopla. Los libros y los eruditos se movían libremente entre ellas, en el pujante mercado de las ideas"?

"El Giro" es un libro asombroso  de investigación sobre el descubrimiento de la obra filosófica de Lucrecio, "De rerum natura", (Sobre la naturaleza de las cosas) escrita en verso, no muy fácil de leer pero que en palabras de Greenblatt "muchas de las afirmaciones y argumentos que se hacen en la obra constituyen los cimientos sobre los que se ha construido la vida moderna".  Para los amantes del latín, leer los hexámetros en los que está escrita, seis versos sin rima, al estilo de Virgilio y Ovidio, a lo largo de siete mil cuatrocientos versos, es sin duda un placer que en las traducciones nos está vedado a los que no dominamos ese idioma básico de nuestra cultura (a pesar de buenos traductores, como Agustín García Calvo en español). "El poema, nos cuenta Greenblatt, "combina momentos de intensa hermosura lírica, meditaciones filosóficas sobre la  religión, el placer y la muerte y complejas teorías sobre el mundo físico, la evolución social humana, los peligros y alegrías del sexo y la naturaleza de la enfermedad" (algunos comentaristas cristiano difundieron que Lucrecio había enloquecido debido a un filtro amoroso).

Este libro mereció el Pullitzer de 2012 y un año antes el National Book Award. Resulta asombrosa la odisea del humanista italiano Poggio Bracciolini  que en 1417 descubrió en un remoto monasterio alemán un antiguo manuscrito del "De rerum natura", tal vez el único ejemplar que quedaba de la celosa persecución y destrucción de la obra en manos cristianas. Tal vez como compensación crítica de esa  malintencionada purga, la mitad del libro la dedica su autor a hablarnos de las licenciosa vida de la Curia romana y de algunos Papas, De la página 161 a la 175 el lector puede hacerse una idea de los principios básicos que defiende Lucrecio en su obra. Tanto las notas como la bibliografía empleada muestran claramente el rigor y la solidez documental de esta excelente obra.

En cuanto a "La edad de la penumbra" de Catherine Nixey, historiadora dedicada al periodismo de divulgación, es una obra que sintoniza perfectamente con las otras dos de una forma tan oportuna como crítica. Nixey pega un buen varapalo al cristianismo con cierto redentismo provocador  no exento de humor. Lo cierto es que el sarcasmo de la autora tiene un efecto dinamizante en el lector que, si ha  seguido mi propuesta de lectura consecutiva  (si ese lector existe, le agradecería que me enviara un email a través de este revista) apreciará las concomitancias de los tres libros y los tres estilos totalmente diferentes. Y, de entre los tres, éste se llevaría la palma en protestas de la Iglesia ante algunos comentarios e informaciones. Pero, prescindiendo de las críticas institucionales, las imágenes que nos brinda la autora de la forma de vida de los cristianos de los siglos anteriores al reconocimiento del cristianismo como "religión oficial" del Imperio, desmiente toda la iconografía tan cara a la religión romana por excelencia, cuyo poder llegaría a alcanzar nuestro siglo y tiene visos de seguir, aunque en cierta forma "tocada" por una forma de vivir absolutamente distinta a la de todos los pasados siglos de su "era".

 FICHAS

LA RUTA DEL CONOCIMIENTO.- Violet Moller.- Trad.  Teófilo de Lozoya y  Juan Rabasseda.- Ed. Taurus.-382 págs.-23,90 euros-

EL GIRO.- Stephen Greenblatt.-Trad. Lozoya y Rabasseda.- Ed. Crítica.- 318 págs. 19,90 euros.-

LA EDAD DE LA PENUMBRA.-Catherine Nixey. Trad. Ramón González Ferris.-318 págs. 22,90 euros.

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3 diciembre 2019 2 03 /12 /diciembre /2019 18:25

Creo que deberíamos estudiar más a los griegos. Pienso que muchas de las respuestas a los problemas de la actualidad se encuentran en obras escritas hace más de dos mil años. Sólo es preciso percatarse de que todo ha cambiado en nuestro entorno desde aquellos tiempos arcaicos,  pero hay algo que se mantiene casi idéntico bajo el barniz de la modernidad y la virtualidad: las pasiones, deseos y carencias del animal humano, enterrados en el cerebro reptiliano que aún conservamos, rodeado de las circunvalaciones mágicas del neocórtex, esa maravilla gris cuyo funcionamiento aún no entendemos del todo pero ya intentamos replicarlo en la IA.

La palabra griega carácter describía la figura o el rostro grabado en las monedas o la figura alegórica grabada en piedra de una u otra cualidad humana, el heroísmo, la bondad, la ira. Para nosotros la palabra ha tomado el significado opuesto. Es ese algo que distingue a una persona de otra, mientras para los griegos es una característica que compartimos en algún momento. El problema es que ahora vemos cada cosa por separado, individualidades, y los griegos (como los chinos taoístas y los budistas) veían cada cosa como partes de un todo. 

La profesora norteamericana de origen alemán Edith Hamilton (1867,-1963) ponía un ejemplo al respecto: los templos griegos y las catedrales en la edad media. Los primeros eran colocados en un punto elevado y hermoso de la naturaleza, rodeados por la belleza natural, bosques y rocas, cielo y mar. Los cristianos hundían sus iglesias y catedrales en el centro de la ciudad, rodeadas de casuchas y barrios miserables. Eso sí, lanzando sus torres y campanarios hacia el cielo, como símbolo del poder único de la Iglesia  y de su carácter sagrado, "celestial". El pensamiento, la lengua y la literatura griega hace una apelación a nuestros tiempos: "El florecimiento del genio en Grecia se debió al inmenso ímpetu recibido cuando la claridad y el poder del pensamiento se añadieron a una gran fuerza espiritual de tipo filosófico" ¿Cuál era esa fuerza? "Una ausencia de lucha, de crispación, un poder reconciliador, algo agradable y sereno que el mundo no ha vuelto a ver desde entonces". Algo de eso nos iría bien...

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30 noviembre 2019 6 30 /11 /noviembre /2019 20:27

Libros como "Factfulness" de Hans Roosling, como "Todo el mundo miente" de Seth Stephens, "The Game" de Baricco, "En el enjambre" y "Psicopolítica" del filósofo japonés de habla alemana Byung-Chul Han, sin contar los del israelí  Yuval Noah Harari, "Sapiens", Homo Deus" y las "21 lecciones para el siglo XXI", están tratando de mentalizar directa o indirectamente a los habitantes de este problemático planeta de que  nuestra actual forma de vida tiene muchos elementos deficitarios –psicológicos, sociales, económicos, tecnológicos - que aceptamos con indiferencia pero que van a tener un coste realmente elevado y que va a cambiar nuestra existencia y no siempre para bien.

Pero es en "El planeta inhóspito" de David Wallace-Wells donde se nos trata de demostrar que debido a ese estilo de vida hemos rebasado con creces las posibilidades auto curativas de la Tierra y comenzamos a adentrarnos en el caos, con consecuencias destructivas y daños irreparables a cuestiones tan vitales como el medio ambiente, clima y naturaleza: inundaciones y sequías, hambrunas y pérdida de tierra cultivable, oleadas de calor con efectos letales sobre los seres vivos, emigraciones masivas, violencia subsiguiente, guerras de supervivencia por el agua potable, los alimentos básicos, la seguridad, las epidemias, enfermedades respiratorias, de la piel y envenenamientos causados por el exceso de metano y CO2 en la atmósfera contaminada. Eso sin contar con un aumento del nivel del mar que inundará ciudades de millones de habitantes con su correlato de muertes, enfermedades y caos emigratorio. ¿Exageraciones de la ciencia? ¿Alarmismo injustificado de apocalípticos a sueldo de quién sabe qué oscuros intereses?

Señores, no. Los estudios que se van haciendo públicos con cuentagotas para no “alarmar innecesariamente” a la población dan cifras escalofriantes y generan una serie de reacciones en contra y argumentos basados en posibilidades remotas o probabilidades fantásticas, en suma, en el “pensamiento mágico” según el cual si pensamos en que algo malo no debe ocurrir, gracias a una serie de fuerzas oscuras e irracionales eso no ocurrirá, aunque la realidad nos esté demostrando cada día que ese “algo” va deteriorándose en la dirección equivocada, un proceso que muy probablemente lleva al suicidio colectivo.

Toda una civilización, la nuestra, va a pagar de forma brutal la disparidad existente entre su desarrollo tecnológico, su enorme gasto de energía y su falta de previsión y control sobre las consecuencias de sus acciones. Tenemos datos incuestionables sobre las causas del cambio climático y de las consecuencias, así como de las incertidumbres, probabilidades y escenarios que van a crearse y éstos no necesitan llegar a los puntos más graves, sólo con seguir la dinámica ya emprendida serán considerables en un lapso de tiempo abrumadoramente corto. Seguramente antes de que los ancianos de hoy lleguen a desaparecer por completo. Ni la esperanza “mágica” en que ese lapso de tiempo sea enorme, casi un ciclo de cientos de años, hasta que la tecnología logrará frenar y resolver los problemas más acuciantes o que la naturaleza logrará imponer su legendaria supervivencia (ignorando en este caso la segunda ley de la termodinámica, la de la entropía), que todo sea un mal sueño provocado por el alarmismo de unos cuantos (argumento que raya en la estupidez) o que alguien tenga un plan B (un planeta milagroso al alcance de los supervivientes), los oscurantistas defensores del “no pasa nada” se asemejan a los ciudadanos  romanos de Pompeya y Herculano que, el 24 de octubre del año 79 dC,  aunque veían la actividad excesiva del Vesubio seguían con sus quehaceres y diversiones, suponiendo que “como en otras ocasiones, todo quedaría en humaredas y algunos temblores” como nos cuenta Plinio el Joven. Allí fueron 5.000 muertos. ¿Cuántos serán en todo nuestro planeta? ¿Por qué nadie piensa que nuestra “normalidad” cada vez es menos “normal”? Como dice David Wallace, en este momento “ya hemos causado tanta devastación a sabiendas como en los siglos de nuestra ignorancia”.

Piensen que fue en 1992 cuando se publicó el informe  pionero en la denuncia, “Earth in the Balance” -un éxito popular internacional que,  a pesar de ello, fue considerado “alarmista” por muchos científicos y sobre todo por los trust petrolíferos de todo el mundo e intereses adyacentes--, sobre el vertido de gases invernadero en la atmósfera y sus efectos destructivos. Desde 1992 hasta hoy mismo, la quema de combustibles fósiles ha aumentado en una medida equiparable a los gases vertidos a la atmósfera desde la revolución industrial del siglo XIX  hasta 1992. Y seguimos haciéndolo a una velocidad progresiva y totalmente irresponsable. Esto es algo que atañe a la supervivencia de la raza humana.  En 2006 se difundió el documental del vicepresidente norteamericano Al Gore “Una verdad incómoda”, insistiendo en que los elementos del caos, los cuatro jinetes de apocalipsis ya cabalgan en forma de calor creciente, rotación de inundaciones y sequías, aumento del nivel del mar, hambrunas, incendios imparables. ¿Fechas? Olvidémonos de las posibles y quedémonos con las probables. Se suponen unos 2 metros de subida del nivel del mar, con inundaciones continuas anuales en diversos puntos del planeta, para antes del 2100. Desde al año 2000 hasta hoy ese nivel ha subido más de 5 milímetros en progresión continua. ¿Más datos? Ya mueren más de 10.000 personas a diario en todo el mundo debido a la contaminación atmosférica. El magnífico y preocupante libro de David Wallace-Wells hace un duro recorrido por “los elementos del caos” que nos amenazan: muerte por calor, hambruna, incendios, falta de agua, océanos moribundos, aire irrespirable, plagas, colapso económico…

Las macrocifras son impensables críticamente para la mayoría de las mentes humanas, (como nos cuentan Rosling en FactFulness” o Seth Stephens en “Todo el mundo miente”) pocos sabe asumir y comprender las consecuencias a largo plazo de nuestras acciones contra la Naturaleza, con tal de mantener nuestro estilo de vida basado en una cultura del despilfarro. Los recursos y bienes del planeta son limitados y nuestra forma de vida (la de los países “desarrollados”) no es una forma de progreso sino una forma de degeneración planetaria. A partir de ahora, aseguran algunos calificados de “agoreros”, cada generación sucesiva vivirá peor que la anterior. ¿Necesita probarse tal aserto? Miren ustedes a su alrededor. Pero eso sí, David Wallace nos recuerda cómo proliferan los relatos, películas, series, novelas y ensayos sobre lo que se está gestando. Y nos advierte sobre “la Iglesia de la tecnología” en la que hay millones de creyentes que extrapolan los avances habidos en la creencia de que todo el caos que viene será evitado o paliado por la “tecnología del futuro”. Si escoges como camino una vía de tren y te viene una locomotora encima, no puedes esperar a que la tecnología haga subterránea o aérea la vía férrea, tienes que apartarte del erróneo camino escogido.

Aún ante la contundencia de esas cifras, de las investigaciones que las confirman y sobre todo los testarudos hechos, los negacionistas siguen asegurando que todo es exageración, como los que aún siguen opinando que la tierra es plana a pesar de las evidencias de Elcano o Magallanes hace 500 años  o de las imágenes espaciales. Este tipo de francotiradores contra el sentido común siempre ha existido y sigue habiendo personas con un nivel de credulidad asombroso. Lo inconcebible es que siguen determinando las acciones políticas (solo cuando se unen a intereses espurios, claro). De ahí la pertinencia de una frase pronunciada en una conferencia de la ONU sobre el Cambio Climático: “El lento arrastrar de pies de las políticas ambientales de muchos países nos lastra a todos, al resto del planeta, porque cada uno de nosotros impone algo de sufrimiento sobre nuestros yos futuros cada vez que cogemos un coche, subimos a un avión, mantenemos un nivel de vida basado en el consumo irresponsable, desperdiciamos el agua, tiramos miles de toneladas de alimentos a la basura…o nos  abstenemos en unas elecciones para exigir políticamente que tomemos todos conciencia del peligro que nos amenaza”.

Reflexionen sobre la breve parte IV, “El principio antrópico” que empieza con la frase “…no sólo es una crisis ecológica sino una apuesta de altísimo riesgo sobre la legitimidad y la validez de la ciencia…es una apuesta que la ciencia solo puede ganar si pierde. Y si la ciencia gana la apuesta, de poco nos va a servir, ni a ella, ni a nosotros. Perdemos todos, todo el planeta.

El planeta inhóspito. David Wallace-Wells. Traducción de Marcos Pérez Sánchez. Debate, 2019. 348 páginas. 22,90 euros.

 

 

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24 noviembre 2019 7 24 /11 /noviembre /2019 15:54

Dicen los expertos en climatología y en paleontología que los efectos de un cambio climático inducido por la civilización humana (por llamarla de alguna manera) gracias a las emisiones de CO2 no es un invento de científicos catastrofistas  e imaginativos autores de ciencia ficción, sino un proceso, ya casi ineludible, que se ha acelerado en los tres últimos decenios y que desmonta fácticamente los argumentos de los negacionistas (que abundan en las naciones más contaminadoras, precisamente) y de los optimistas que creen que se trata de un ciclo de larga duración que dará tiempo a que la tecnología encuentre alguna solución que nos permita seguir con un estilo de vida (reservado a una cierta parte de la población mundial: los demás no cuentan) que se ha caracterizado por su aptitud a la depredación y el despilfarro.

Cualquier observador obstinado, que trate de estar al tanto de la deriva negativa de nuestra civilización, se habrá percatado de que en los últimos quince o veinte años la miseria, la desertificación, las inundaciones y una explotación obtusa de los recursos están creando auténticas mareas de inmigrantes, - con el complemento de las "pequeñas guerras" locales y genocidas-- procedentes de sectores de Africa postsahariana, Latinoamérica, sudeste asiático, Oriente Medio y brotes en Europa y el Mediterráneo. El Banco Mundial cifra en 140 millones de refugiados en los próximos 30 años y la ONU hace una estimación de 200 millones. Eso en un planeta que no deja de ser esquilmado por un lado y sobrepoblado por la otra. ¿No estaremos siguiendo la "táctica del avestruz" que se define como  "actitud de quien trata de ignorar peligros o problemas" ? Ni los protocolos de Kioto en 1997 ni el de Paris en 2016 han logrado algún avance. ¿Todo son exageraciones? Alguien dijo: si descartamos lo imposible, lo que queda, por más improbable que parezca, es lo que va a suceder".- ALBERTO DÍAZ RUEDA

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11 noviembre 2019 1 11 /11 /noviembre /2019 09:48

Los presocráticos griegos eran protocientíficos: la filosofía nace de la curiosidad de unos hombres que observaban constantemente los fenómenos naturales más comunes y trataban de encontrar causas y leyes que los rigieran. El libro clásico de Benjamin Farrington "Ciencia y filosofía en la antigüedad"nos cuenta con la fascinación de un relato homérico cómo pensadores de Egipto, Mesopotamia, Grecia y Roma desde los más remotos en el siglo VI a.C. crearon las bases sobre las que florecería la ciencia, buscando razones y desdeñando la fácil explicación de una serie de dioses de los que procedían los fenómenos y los controlaban. La curiosidad es había convertido en el primer motor de la ciencia. Después, mucho más tarde y hasta nuestros días viene la ambición de su utilidad práctica para generar el bienestar humano y sus infinitos e insaciables apetitos. Ahora parece que ese efecto secundario se ha convertido en el objetivo principal.

En un breve ensayo de Abraham Flexner, publicado en 1939, se advierte con notable premonición a los científicos: “Quería que quedara claro que la defensa de lo inútil [lo no ligado al afán de lucro] no atañe solo a escritores y humanistas, sino que es una lucha que concierne también a los científicos. El estado no puede renunciar a la ciencia básica en aras del beneficio. Las Universidades y Escuelas Técnicas Superiores cada vez se asemejan más a empresas de empleo y beneficios económicos y materiales". Y añade: "...a lo largo de la historia de la ciencia la mayoría de descubrimientos realmente importantes que al final se han probado beneficiosos para la humanidad se debían a hombres y mujeres que no se guiaron por el afán de ser útiles sino meramente por el deseo de satisfacer su curiosidad". Hace un recorrido por las obras y vidas de importantes científicos del pasado y advierte: "Cuanto menos se desvíen (los científicos) por consideraciones de utilidad inmediata, tanto más probable será que contribuyan al bienestar humano". Para finalizar con esta impagable frase:"Un poema, una sinfonía, una pintura, una verdad matemática, un nuevo hecho científico, todos ellos constituyen en sí mismos la única justificación que universidades, escuelas e institutos de investigación necesitan o requieren". ¿Hasta qué punto esto es cierto en el siglo XXI?

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2 noviembre 2019 6 02 /11 /noviembre /2019 17:36

A veces en la práctica psicológica uno tiene "insigths" o intuiciones que años más tarde los avances neurocientíficos corroboran (aunque sea más frecuente que la ciencia los falsee). Pero mi creencia, entonces sin fundamento científico, de que el global deterioro cognitivo que la edad producía en el cerebro era una falacia, fue confirmada por la neurología muchos años más tarde de que yo abandonara la Universidad. La plasticidad del cerebro demostraba que las neuronas no morían implacablemente en la vejez, sino que, en cierta forma, se podía alargar e incrementar su vida útil si las personas no dejan de ejercitar su cerebro, desde hacer crucigramas a aprender idiomas o subir montañas, dedicar tiempo a cocinar, jardinería o informática, hacer senderismo en grupo o formar parte de una escuela de baile o de profesor voluntario para niños inmigrantes.

Además, tomen nota las empresas, desestimar la experiencia de los empleados mayores es un error. Se ha descubierto en técnicas de resolución de problemas que los cerebros de esas personas -no de todas, sólo los que no han dejado de ejercitar su cerebro- da con soluciones mucho mas rápido y eficazmente que los jóvenes, debido a la  capacidad de sus cerebros de saltar pasos intermedios del proceso de búsqueda aprovechando circuitos de memoria que recuerdan problemas semejantes en el pasado. Como dijo el neurobiólogo alemán Martin Korte, "las neuronas resisten más el deterioro cuanto más se usen".

Así que los mayores de 50 años apunten: nada de multitareas, una sola cada vez y con la máxima concentración; pierdan el miedo a fracasar, eso entorpece el éxito y además, uno aprende mucho más de los errores; almacenamos mejor la información si la leemos en un libro, no en pantallas, y tomamos notas o gráficos a mano,la memoria visual es mas eficaz. Escuchar música o aprender a tocar un instrumento, jugar al ajedrez, relacionarte  y darle toda la marcha posible al cerebro. Les auguro una vejez activa.-

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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9 octubre 2019 3 09 /10 /octubre /2019 17:29

Creo que fue Rubén Darío quien acuñó la palabra "nefelibata". Designaba al hombre soñador que suele "andar por las nubes". Digamos al poeta, al filósofo o el científico. Aristófanes se reía de Sócrates en su obra "Las Nubes". La palabra viene del griego "nefelai", nube y "bates" que anda. En estos tiempos nuestros, todos, al parecer, "andamos por las nubes" y con nosotros nuestro trabajo, nuestros recuerdos, nuestros proyectos, nuestra identidad en suma. Sólo que no hablamos de las nubes que pueblan el cielo azul. Ni siquiera el lugar que designamos como "La Nube" esté en lo alto, en el espacio interior del planeta o en el exterior. No es el Olimpo celestial, el Valhalla o el Paraíso en parcelas logísticas. No nos reciben huríes celestiales ni hay ningún "dios" escondido tras un cortinaje de nubes como si fuera el Mago de Oz.

Tras los virtuales cortinajes de lo oculto hay "dioses" menores pero muy poderosos que atienden a los prosaicos nombres de "Google" (Thomas Kurian), "Amazon" (Andy Jassy), "Microsoft" (Satya Nadelia) y "Alibaba" (Jack Ma). Ellos reinan en extensas parcelas de "La Nube" que son hangares enormes, edificios que esconden en sus senos instalaciones gigantescas, incluso mega estancas sumergidas  en las frías aguas del norte de Europa, Canadá o Estados Unidos. Son "nubes" independientes entre sí pero que generan unas redes que sirven de provisión, gestión y almacenamiento de miles de millones de datos. Se dice que en en 2024, dentro de cinco años, casi el 90 por ciento de todos los datos particulares, oficiales, de empresas, financieros y científicos emigrarán a la Nube desde los servidores habituales que ahora tenemos; los discos duros y los ordenadores de mesa desaparecerán y estaremos permanentemente conectados a la Nube, esa entelequia formada por media docena de empresas que se reparten el pastel (y también se lo disputan: mejor no entrar en los peligros que entrañan las luchas de poder). Todo será accesible desde cualquier lugar las 24 horas de los siete días de la semana. El mercado laboral será algo impensable en estos momentos. Es un total cambio de paradigma vital. Es como si a un campesino del siglo XIX le sustituyes el burro que el lleva y trabaja con él  por un vehículo gravitatorio de avanzada tecnología, sin antes educar a la totalidad del individuo. Es decir, lo malo de un paradigma de estas características es que el sujeto --como  demuestra la historia de la humanidad- no evoluciona ni en la dirección ni en la profundidad de los cambios tecnológicos. El problema es que la capacidad humana de irracionalidad y visceralidad son tan altas como siempre, pero la capacidad destructiva se ha multiplicado por un millón. Hay posibilidades de que acabemos todos siendo nefelibatas en el sentido agónico del término:  convertidos en nubes de residuos.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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5 octubre 2019 6 05 /10 /octubre /2019 15:34

 

A finales de los 60 del pasado siglo, un científico británico, un bioquímico llamado James Lovelock, hoy día con 100 años cumplidos, doctor honoris causa de ocho universidades en todo el mundo, aventuró una hipótesis de trabajo fascinante que revolucionó nuestra percepción del hábitat físico en el que vivimos, el planeta Tierra, y sus elementos vivos y componentes inertes. La llamó la hipótesis Gaia, nombre con el que los griegos llamaban al planeta Tierra (Gea en latín), al que consideraban como una de las diosas primordiales del Olimpo. Según Lovelock, toda la vida existente en el planeta y la misma Tierra integran un organismo único, indivisible, en permanente autorregulación que crea una biosfera en la que se garantiza la viabilidad existencial. Como decían las pintadas en mayo del 68, “La Tierra es un ser vivo. Respétalo ”.

 “El aire no es solo un entorno para la vida, sino una parte de la vida misma…parece que la interacción entre la vida y el medio ambiente, del cual el aire, el mar, los árboles y los montes forman parte, es tan intensa en el sostenimiento del entorno, que se puede considerar que forman una entidad planetaria con capacidad para regular un estado de equilibrio, desde el clima a la composición química de ciertas interacciones que reducen la entropía  (tendencia natural a la destrucción) del planeta.”

El problema es que ese equilibrio se está rompiendo debido a las actividades humanas, como con la concentración atmosférica de bióxido de carbono, la quema de enormes masas de arbolado (Amazonas), las  radiaciones de microondas cada vez más potentes por el exceso de aparatos electrónicos y digitales, la sobrepoblación, etc. En 1987 Lovelock escribía: “Por robusta que sea Gaia, las condiciones de nuestra Tierra se están acercando al punto en que la vida misma no esté lejos de su fin”. Más de 30 años después, una de las instituciones científicas plurales  que velan por el planeta en su conjunto ha advertido que está a punto de superarse el punto crítico de la sostenibilidad ecológica de nuestro único hogar habitable.-ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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12 septiembre 2019 4 12 /09 /septiembre /2019 09:11

En general procuro mantenerme apartado de los best-seller. No por un mal entendido elitismo o por el horaciano "Odi profanum vulgus et arceo". Respeto y apoyo el fenómeno best-seller, en definitiva es lectura y en grandes cantidades. Simplemente a estas alturas de la jugada vital prefiero seguir mi instinto literario (no siempre acertado, lo reconozco) y  no perder mi tiempo, cada vez más escaso, por un fenómeno estrechamente vinculado a las modas del momento ( a veces me repito que "Don Quijote" también fue un best seller en su época). Pero en Literatura, como en casi todo, nada está sentenciado de forma absoluta y el tiempo, ese buen doctor, puede cambiar un diagnóstico o introducir cambios en el juicio de una obra, sea best seller o minoritaria. En el caso de "La chica salvaje" , el juicio y la recomendación me vino a través de una amiga muy bien letrada. Le hice caso y acerté, porque ella acertó previamente.

"La chica salvaje" de Delia Owen, no es una obra policíaca, de intriga o de misterio. Hay un asesinato pero, en el fondo, nos importa poco quién es el asesino. Hay un argumento judicial y un proceso investigativo que enriquecen la dinámica argumental pero que también son secundarios. El hilo vital que sostiene la novela tiene que ver con aspectos, principios y cuestiones que rebasan esos cuadros argumentales y entran en la consideración de elementos humanos, de naturaleza, de poesía elemental, de filosofía de la existencia, de sentimientos y emociones suscitados por la belleza, el amor, la coherencia. Y hablo de esa coherencia esencial entre la persona, la protagonista, y el entorno natural, con la que se establece una vibración común que iguala al personaje con el agua, el bosque, las marismas de Carolina del Norte, las flores, los animales y de esa comunión surge un encanto literario que transporta al lector. De siempre he admirado a los llamados "escritores de la  Naturaleza", desde Whitman a Thoreau, Washington Irving, Nan Shepherd, Alice Herdan-Zuckmayer, Robert Seethaler, Paolo Cognetti.  Peter Metthiessen o John Burroughs, entre otros. Delia no les va a la zaga. 

Aquí, escondida tras una trama novelesca, se encuentra una novelista primeriza de unos setenta años que ha dedicado su vida a la ciencia, licenciada en zoología y doctora en etología, ha vivido en África durante 23 años y ha escrito libros sobre sus "experiencias entre elefantes y leones". Pero por lo visto necesitaba elaborar algo más que experiencias personales, sentimientos, vivencias íntimas y emociones causadas por la soledad: la comunión que a veces se produce entre las personas y la Naturaleza que las rodea y envuelve, las condiciona, las protege y las amenaza. Y de eso trata "La chica salvaje", donde además se desarrolla una descripción psicológica soberbia de un desarrollo y un proceso de maduración de una chiquilla a una mujer, una persona muy singular, solitaria y aislada, fuerte y vulnerable, de una sensibilidad exquisita pero también una superviviente nata. La protagonista de la novela de Owen, Kya, podría ser un trasunto novelesco de la propia autora, un reflejo especular transformado por la literatura y la poesía, de una mujer que vive sola en un rancho del norte de Estados Unidos, junto a la frontera canadiense. La soledad, el orgullo, la fuerza esencial de la supervivencia y las emociones identitarias femeninas son los hilos que mueven la acción de la novela entre un lirismo y una mirada franca y desinhibida de las flaquezas y vicios humanos que recuerdan los escenarios y las gentes de "Matar un ruiseñor" de Harper Lee (el racismo está presente en la novela a través de uno de los amigos de Kya, un hombre mayor afroamericano: estamos en los años 50 y 60). Delia Owens ha reinventado el mito del "buen salvaje" en su versión de una "enfant sauvage" que por su edad se libra de las limitaciones de todo tipo y principalmente mentales y lingüísticas que tuvieron los históricos niños salvajes criados en condiciones subhumanas (mitos de Tarzán y el Wogli  de "El libro de la selva" de Kipling).

La pequeña Kya Clark, abandonada por su madre y hermanos ante de los diez años, con un padre bebedor que no tardará en desaparecer de su vida, rechazada por las gentes del lugar, una chica salvaje en suma, que aprende a vivir y sobrevivir en la Naturaleza primaria de las marismas y a través de una inteligencia vivaz sobredimensionada por las necesidades y carencias, logra convertirse en una naturalista y bióloga experta a través de la observación y la experiencia en referencia a la flora y fauna de su entorno. Son interesantes los paralelismos que Kya establece entre la etología animal y la de los humanos (sobre todo en cuestiones como el sexo, el apareamiento y los rituales de seducción y también en la caza y la ausencia de crueldad y gratuidad en los llamados "animales salvajes") hasta el punto de hacernos dudar sobre la adecuación de nuestra especie a lo que es "natural" y de quien merece mejor el adjetivo de "salvaje".

Leamos: "Se imaginó dando un paso tras otro dentro del espumeante mar, hundiéndose en la quietud bajo las olas, los mechones de su pelo flotando suspendidos como acuarelas negras en el pálido mar azul, sus brazos y largos dedos flotando hacia el brillo luminoso de la superficie. Sus sueños de escapar, aunque fuera mediante la muerte, la elevaban hacia la luz. El tentador y brillante premio de la paz que estaría fuera de su alcance hasta que su cuerpo descendiera al fondo para posarse en el lóbrego silencio. A salvo. "¿Quién decide la hora de morir?" (pág.291)

Suficiente como aperitivo. Una novela excelente, un libro para guardar y releer páginas escogidas, de vez en cuando.

FICHA

LA CHICA SALVAJE.- Delia Owens.-Trad. Lorenzo F. Díaz.- Ático de los Libros.- 373 págs. 

 

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23 agosto 2019 5 23 /08 /agosto /2019 19:01

Dicen los científicos que el clima es el resultado no predecible de una compleja interacción de procesos no lineales de la que emergen propiedades caóticas que rompen cualquier supuesta relación causa-efecto. En román paladino: por el momento no tenemos medios suficientes -y tal vez nunca los tengamos-- capaces de hacer predicciones exactas en el clima. Sin embargo si es posible captar ciertas constantes no cíclicas: el aumento de las olas de calor en intensidad y duración. En nuestras ciudades del occidente neo capitalista, neo liberal y neo digital, combatimos las olas de calor aumentando el número de aparatos de aire acondicionado -- uno de cuyos efectos menos conocidos es que aumenta proporcionalmente al frío que producen, un efecto calor que va al exterior--  haciendo aún más infernales las temperaturas de las grandes ciudades. Estas ya reciben el calor de los motores de combustión, el calor reflejado del sol por las grandes superficies acristaladas, el efecto invernadero de las capas de contaminación ambiental...

Para contrarrestar el exceso de calor, bebemos más agua fría y otras bebidas variadas y nos vamos en masa a darnos un chapuzón en las piscinas, donde algunos bañistas aprovechan para vaciar el exceso de líquidos, seguramente sin saber que el ácido úrico de la orina al mezclarse con el cloro del agua produce un compuesto químico llamado cloruro de cianógeno que se usa para las bombas de gas lacrimógeno  (aunque la dosis mínimas de orina y de cloro para producirlo son muy altas y no es posible que se den en una piscina normalmente cuidada). Lo que si hace esa mezcla poco adecuada es propiciar irritaciones en las vías respiratorias. Si después del baño siente  pequeñas dificultades respiratorias, sospeche que ha habido excesos mingitorios en su piscina. 

Y una advertencia estrechamente relacionada con el patrón ecológico, a unir a las dos anteriores: el pasado 29 de julio, según la "Global Footprint Network" (un centro de investigación internacional que evalúa el comportamiento destructivo de la humanidad respecto al planeta y sus recursos), ya estamos en números rojos respecto al presupuesto global de consumo de recursos para este año 2019. El planeta no da abasto. A poco más que la mitad del año ya comenzamos a consumir por encima de lo "presupuestado", creando una deuda sobre el total previsible de recursos, cuyas consecuencias no podemos conjeturar. La exigencia humana sobre los recursos del planeta está comprometiendo seriamente su capacidad de regeneración. El director  de ese organismo declaró --según un reportaje de "La Vanguardia"-- que "la humanidad está usando la naturaleza 1,75 veces más rápido de lo que los sistemas de nuestro planeta permiten recuperarse...estamos agotando el capital de nuestro planeta y comprometiendo aún más su futura capacidad de regenerarse". ¿Que hemos de cambiar para frenar este proceso suicida? El cínico príncipe de Lampedusa decía en "El Gatopardo""es preciso que todo cambie para que todo siga igual". No. Es preciso que cambiemos la mayoría de nuestros hábitos de consumo para que algo mejore en el planeta. Y eso, ¿es mucho pedir?

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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