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27 marzo 2019 3 27 /03 /marzo /2019 10:28

Las plantas son seres vivos, sensibles e inteligentes. Lo dijo Darwin tras hablar del evolucionismo y hacer migas la prepotencia del hombre como "criatura creada y elegida por Dios como monarca absoluto de la Tierra y todo lo que el planeta contenía". A esto añadió Freud que tres hombres, entre ellos él mismo (Sigmund no se caracterizó jamás por su modestia), habían asestado una puñalada histórica a la soberbia humana:  Darwin que colocó al hombre como un eslabón más de la escala evolutiva de las especies;  Copérnico que anuló la presunta importancia cósmica de la Tierra, revelando que gravitaba en torno al Sol (éste mismo nada de astro-rey, es una estrella pequeña y vieja) y era un insignificante planeta;  y Freud  que aseguró que "el ansia de grandiosidad del hombre ahora sufre el tercer y más amargo golpe al 'ego' de cada uno de nosotros, ya que ni siquiera conocemos nuestra propia mente  ni las causas inconscientes  de nuestro comportamiento". Abundando en esta rebaja de vanidades, un neurobiólogo italiano especializado en el mundo vegetal, Stefano Mancuso, ha lanzado una (otra) voz de alerta contra la estulticia humana respecto  a las plantas y el (mal) trato y abusos que les infligimos, a pesar de depender esencialmente de ellas para sobrevivir en el planeta. Deberíamos cuidarlas y amarlas como a las niñas de nuestros ojos

Simplemente lean esto: "Imaginen un invento que genera energía gracias al sol a la vez que fija emisiones de carbono; que puede autoensamblarse usando un diseño modular y replicativo; que tiene un software de inteligencia distribuida sin un órgano de control central que pueda dañarse; un aparato, finalmente, que puede replicarse a sí mismo y que si se parte sigue funcionando y genera dos unidades funcionales. Este aparato sería el sueño de cualquier ingeniero... y ya está inventado. Se llama planta y hace cientos de millones de años que crece en la Tierra creando las condiciones adecuadas para la vida que conocemos. Respiramos gracias al oxígeno que producen los vegetales, la cadena alimentaria y todo lo que comemos tiene su base en ellos y hasta la energía fósil de la que dependemos fue producida por las plantas hace millones de años”, afirma Mancuso. ¿Cómo es posible entonces que prestemos tan poca atención al mundo vegetal? Repito, deberíamos amar y cuidar en las plantas no sólo por los servicios que nos prestan, sino también por lo que podemos imitar y aprender de ellas. Son una fuente de conocimiento para la ingeniería, el diseño y multitud de disciplinas de lo más variadas,  ya que muchas de sus técnicas vitales y estrategias de supervivencia adaptativa pueden ser una inspiración global para nuestra especie.  Ellas proporcionan respuesta inteligente y eficaz a multitud de problemas y enfermedades a las que seguramente podríamos vencer si estudiáramos más intensamente el mundo vegetal y accediéramos a la inmensa despensa que las plantas nos ofrecen, por ejemplo, en el fondo de los mares. -ALBERTO DÍAZ RUEDA

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25 marzo 2019 1 25 /03 /marzo /2019 10:22

Con un prólogo escrito al alimón por los profesores universitarios Victoria Cirlot y Massimo Danzi (de la Pompeu Fabra y de la U. de Ginebra)  se nos presenta al filólogo italiano Giovanni Pozzi, un sacerdote capuchino erudito que ha publicado algunas obras monumentales sobre arte, poesía visual, literatura italiana y mística medieval y barroca (ninguna de ellas traducida y publicada en España). Tacet, "un ensayo sobre el silencio", es una obra minúscula donde late el misticismo ausente en el resto de la obra del padre Pozzi. En Italia fue publicada en edición numerada y no venal de 500 ejemplares y repartida entre amigos y discípulos del erudito italiano, catedrático de la Universidad de Friburgo.

Como sugieren los autores del prólogo, "Tacet" inspira al lector la imagen de un trabajoso ascenso que va desde la soledad, pasando por la palabra y a continuación el silencio, que es el preludio preciso para entrar en la contemplación, lugar místico en el que la estancia es breve por  definición mientras estamos en nuestro cuerpo y en algún momento hay que proceder al descenso que, en oposición a la mística oriental (que conduce a la liberación: el iluminado baja a la plaza, en mangas de camisa y con una sonrisa de comprensión y amor) Pozzi la denomina "bajada aniquilante": el "vivo sin vivir en mí" o el "de toda ciencia trascendiendo" de los místicos hispanos.

Uno de los estudiosos de la obra de Pozzi calificó esta obra como "una poética compleja de la lectura como acto espiritual y del silencio interior indispensable para entender la palabra del otro". Ya desde el principio, Pozzi, nos ofrece desde la soledad ("El hombre es un ser solitario que no está solo") una visión clara del hombre como "ser que tiende a la unidad" a pesar de su carácter inevitablemente dual,  "solo es capaz de soledad el individuo que es capaz de sustraerse a la banalidad cotidiana" y aun así "no puede sustraerse a la del espacio "ya que todo lugar solitario deja de serlo cuando viene a vivir en él un solitario".  Enfatiza la soledad de los que la buscan "en Dios" pero advierte sobre la gran amenaza que se cierne sobre esos sujetos que corren "el peligro de ahogarse en el fango de la objetivación de sí mismos". En el interior del yo, el pensamiento se hace   palabra y se crean tres categorías de silencio: el silencio de quien la formula,  el de quien la escucha y el de quien la conserva. Pero para escuchar conviene callar y también promover el silencio interior. 

Especialmente poética y acertada es la metáfora de la planta, "único ser en la naturaleza que es silencioso y animado al mismo tiempo", que muestra en la génesis de la semilla, cuya muerte es la vida de la planta, la de la palabra que tras la escucha acaba germinando en el silencio que la envuelve, gracias a la meditación. Pozzi escribe también de la escritura "proceso silencioso que extrae de los caracteres alfabéticos un significado y lo despliega en la página trazando un camino silencioso. El autor habla de la escritura manual y se permite una comparación que resulta curiosa en nuestra época: "el texto escrito a máquina llega al mundo por cesárea y no por parto natural; máxime en el nuevo tipo de soporte electrónico, que rompe el tradicional vínculo entre la escritura y su soporte, inseparables hasta ahora". 

Pozzi trata la contemplación y el silencio meditativo que "anula el discurso porque abole el paso del tiempo" y marca  las semejanzas y diferencias entre las tres figuras: la meditación, la contemplación y la reflexión", todo un  proceso clásico que va de la "lectio" a la "oratio" y desde ellos a la "contemplatio". Termina el libro con una observación propia de un anacoreta: "la celda y el libro son las estancias de la soledad y del silencio" y dice del libro: "es la estancia del silencio, el depósito de la memoria, el antídoto para el caos del olvido, lugar donde la palabra yace, pero siempre en vela, dispuesta a acudir silenciosamente al encuentro de quien la solicite. Amigo discretísimo, el libro no es petulante; solo responde cuando se le interroga y no urge a continuar cuando se le pide hacer un alto. Repleto de palabras, calla". Magnífico.

FICHA

TACET.- Un ensayo sobre el silencio.-Giovanni Pozzi.- Trad, Mercedes Corral.- 82 págs. Ed. Siruela.-ISBN 9788417624149

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24 marzo 2019 7 24 /03 /marzo /2019 09:24

Todos hemos estado enfermos alguna vez. Evidentemente es una fuente de molestias, cuando no de dolor y sufrimiento y en casos extremos, de desesperanza y angustia. Pero Freud descubrió en sus estudios sobre la histeria lo que llamó "ganancia psicológica primaria o secundaria" de la enfermedad. La primaria es que con la enfermedad, el sujeto hace desaparecer un conflicto reprimido para el que no tenía solución estando "sano". La secundaria, se traducía, por ejemplo, en un incremento de atención, solicitud y cariño en muchos casos hacia la persona enferma o, en la sociedad del bienestar, la protección del enfermo desde el punto de vista laboral, quedando éste bajo el paraguas benéfico de la empresa o el Estado. Por tanto la enfermedad se convertía, al margen de su curso sanitario, en una paradójica fuente de seguridad emocional y laboral (siempre en el caso de los más favorecidos: no todo el mundo tenía familias acogedoras y comprensivas ni entornos laborales en los que la protección del trabajador es obligatoria). Lo que Freud descubrió es que para muchas personas y a muy distintos niveles de incidencia, los beneficios psicológicos de la enfermedad eran la solución fácil y oportuna para cubrir una serie de carencias afectivas y emocionales del sujeto. 

Ese hecho clínico está muy documentado en la historia de la psicología de la neurosis, no solo en el psicoanálisis; la existencia circunstancial de dolencias y enfermedades de raíz psicosomática en las que el enfermo decide inconscientemente alejarse del deseo y las prácticas de la cura, ya que los beneficios secundarios de su estado son superiores a los que consigue "saliendo" de su enfermedad. Con un poco de ironía imaginativa, estas reflexiones psicológicas son extrapolables a situaciones políticas muy cercanas y actuales. Por ejemplo: si entendemos las dos posturas extremas del "caso catalán" como un conflicto político básicamente neurótico (una expresión neurótica nace de la imposibilidad de razonar constructivamente y el recurso inmediato a la violencia: Rajoy y Puigdemont), las dos partes "enfermas" (ahora personificadas por Vox y los ultras independentistas)  se resisten a usar la razón y el diálogo porque están recibiendo grandes beneficios secundarios: votos y presencia política por un lado y victimismo suicida y "honor patriótico" por el otro. Y para los dos, supuestas sinecuras políticas futuras; en el fondo ganancias económicas para los líderes y aledaños. En política es sabido que el patriotismo de algunos se extiende por todo su bolsillo. Ninguna de las dos partes extremas quieren soluciones lógicas y constructivas, realistas. Ambas prefieren un eventual holocausto que destrozaría al país. Por favor, usen las urnas para sacarlos a ambos de la ecuación.-ALBERTO DÍAZ RUEDA






 

 

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22 marzo 2019 5 22 /03 /marzo /2019 10:12
 

 "...Son las alegrías sencillas: basta que nos despojen de ellas para que reparemos en lo mucho que las necesitamos en nuestra vida". Ese es uno de los argumentos principales de este libro sencillo como las alegrías que preconiza, que no busca profundidades y se suele explayar en circunstancias y detalles personales que el lector puede apreciar y valorar no sólo como las de un hombre que ha vivido mucho, sino que ha sacado las correspondientes lecciones de su existencia y tiene el loable capricho de legar algo de filosofía personal a sus lectores. Seguramente los que acostumbran a leer los ensayos del conocido antropólogo francés, quizá se encuentren ante unos mensajes y estilo que no se esperaban.

Augé no busca explicaciones filosóficas de hondo calado o fórmulas de psicología que avalen sus palabras. No trata de escribir un libro de autoayuda. Es más bien la condensación psicológica y literaria de vivencias y reflexiones personales, cuestiones que se derivan de los encuentros que la vida nos regala con elementos causales que podrían parecer banales, una película, un poema, el protagonista de una novela, un atardecer, un determinado sabor, una frase musical y que impresionaron vivamente la sensibilidad receptiva del autor, que no es poca. Augé, generosamente, infiere que ese tipo de sensibilidad de percepción es algo común en muchas personas  y que entenderán y compartirán su discurso. Aunque quizá sea preciso que sean personas que logren sacudirse la habitual sumisión a la dictadura de los deseos, las expectativas o las ambiciones y a los agobios del trabajo y la supervivencia. Aunque sobrevivan, dice  Augé, "a las tempestades que quiebran el alma y a las inundaciones que las asfixian y ahogan".

Citas irónicas a Luc Ferry, Laurent Gounelle o Alain Badiou o Cioran, con su "alegre pesimismo". Voltaire, Pascal o Saint Just, amalgamados con los recuerdos y vivencias del autor. También aparecen Stendhal, Malraux y  Flaubert que sirven como excusa a nuestro autor para reflexionar con sencillez y sentido común, sin alterar el curso plácido de su discurso que se pierde en evocaciones de experiencias teatrales propias, de placeres "de la espera y alegría del recuerdo", viendo películas antiguas, rememorando los primeros encuentros o los encantos de la pasta italiana, para terminar con las "alegrías de la senectud" y las palabras de Séneca al respecto. Los lectores de este libro tendrán una experiencia refleja de la serenidad, el buen humor, la ironía nada agresiva que fluyen por sus páginas y de algo más que tiene un gran valor: una especie de sabiduría decantada que parece latir detrás de las palabras, de las frases y de las imágenes. 

FICHA
Las pequeñas alegrías.- : Marc Augé.- Traducción: Claudia Casanova.-Editorial: Ático de los libros
Número de páginas: 109 IS.B.N. 978-84-16222-95-7
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20 marzo 2019 3 20 /03 /marzo /2019 10:21

Creo que fue Alan Watts quien mencionó en uno de sus libros la "ley del esfuerzo invertido" o "ley de la retrocesión". Este filósofo popular norteamericano de los sesenta recurre a Lao Tsé para explicarla: "los que se justifican no convencen; para conocer la verdad, uno debe liberarse del conocimiento; y que no hay nada más poderoso y creativo que el vacío, al que los hombres temen y tratan de evitar". Otros maestros taoístas, admirables amantes de la Naturaleza y la lógica de lo Real, nos recuerdan que "cuando tratas de permanecer en la superficie del agua te hundes, pero cuando tratas de sumergirte, flotas. Cuando porfías en retener el aliento, lo pierdes."

Pensemos en la profunda lección que nos brindan estas aparentes paradojas, oximorones con guiños lógicos.Cuando pretendemos imponernos, intervenir o manipular el curso de las cosas, los hechos naturales, las circunstancias que nos envuelven, rompemos un ritmo o un orden que no comprendemos.  No se trata de recurrir al quietismo o la indiferencia estoica. A veces nuestros inseguros pasos en pos de la seguridad, agravan la situación. Cuando reconocemos que la esencia de la inseguridad no es responsabilidad nuestra, la cordura nos insinúa que debemos reconocer, aceptar la inseguridad para encontrar el equilibrio. Si caes en un río tumultuoso,  no trates de luchar contra sus aguas embravecidas, déjate llevar, limítate a evitar las piedras o los troncos por donde te lleva el río.  

El arte de sobrevivir podría enseñarnos a desconfiar de ese  descuido o indiferencia frente a las situaciones que nos superan y aún más de recurrir a las "soluciones" del pasado, las "fórmulas" de lo conocido. Ante la avalancha de situaciones nuevas y estresantes la mejor actitud es abrir tu mente y volverte receptivo con lo que ocurre, sensibilizarte a cada  momento que aparece, olvidando el temor a lo nuevo. Amoldarte como el agua a todo, sorteando obstáculos y fluyendo cuando no los hay. La naturaleza ha dado al organismo humano uno de los poderes de adaptación más eficaces para el dolor y el sufrimiento, ya sea físico o psíquico. Pero a condición de que no luches contra ellos, de que detengas la obsesión rabiosa por hacerlos desaparecer. Según la ley de retrocesión, tu batalla violenta contra el dolor y el sufrimiento no es lo correcto. La auténtica "batalla" consiste en afrontarlos con aceptación, relajación y confianza. No es fácil, pero acaba por funcionar y aumenta los niveles autocurativos.- ALBERTO DÍAZ RUEDA

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19 marzo 2019 2 19 /03 /marzo /2019 10:52

Malcom Bradbury era un profesor universitario, ensayista y novelista que obtuvo bastantes éxitos a partir de los años sesenta, tras un primer estudio crítico sobre la obra de Evelyn Waugh. Nació en una familia humilde de Sheffield en 1932 y murió en diciembre del 2000. El brillante y entretenido libro que comentamos nació de la colaboración de Bradbury con un programa cultural de una emisora londinense de televisión, a finales de los ochenta,(cuyo título fue después el del libro) en el que se analizó la incidencia de la Modernidad en la cultura, la sociedad, el arte y la literatura, las formas de pensar, los hábitos y convenciones y hasta la estructura del yo y el potencial del lenguaje a través de diez escritores que pertenecieron a la época que va desde finales del siglo XIX hasta el comienzo de la II Guerra Mundial. En concreto hablamos de Joyce, Proust, Eliot, Ibsen, Viriginia Woolf, Kafka, Dostoievsky, Pirandello, Thomas Mann y  Joseph Conrad. Este libro fue escrito con los materiales y documentación preparados para el programa y ampliado con las reflexiones propias del autor.

Especialmente interesante es la introducción escrita por Bradbury sobre en qué consiste la Modernidad, su relación con los eventos políticos y sociales  en los que estuvo envuelta, sus principales figuras (empezando por el poeta Ezra Pound, cuyo "hagas lo que hagas, que sea nuevo" dirigido a todos los artistas de la época fue un detonante para poetas, escritores, dramaturgos, pintores y escultores) y los desafíos que se plantearon en una época histórica muy revuelta que encubaba el huevo de serpiente de la Gran Guerra (que sólo sería la Primera).

A través de la amena lectura de este libro de ensayos literarios uno descubre la importancia que las ideas y presupuestos de la Modernidad -en realidad fue un cambio de paradigma social, artístico y humano- tuvieron no sólo en sí mismos sino como preludio a los cambios que vendrían después del horror global de la II GM. El arte como desafío al orden establecido, a las costumbres tradicionales y encorsetadoras y a una forma de concebir el mundo que se haría añicos con los movimientos de liberación, el Manifiesto Comunista de Marx y Engels 1848), la emergencia del nuevo proletariado industrial que hacía temblar en sus cimientos a la sociedad burguesa por la visión revolucionaria, materialista y secular de la historia  que se estaba llevando a cabo. Y añadiendo en 1859 la publicación de "El origen de las especies" de Darwin, que socavó , junto a Freud, hasta la soberbia y la seguridad del hombre ante el resto de la Creación y sobre sí mismo.

En este contexto, Malcom nos presenta al protagonista de "Muerte en Venecia" de Mann, el escritor Gustav von Aschenbach y nos recuerda una frase de la novela donde se habla "de la necesidad que el artista experimenta de conocimiento peligroso, de presión creadora sobre sí mismo para abandonar las normas...y transgredirlas". Y eso es lo que todos y cada uno del resto de esos creadores analizados por Bradbury,  logró con su obra. Como Proust, Pound o Joyce que provocaron una capital transformación de las formas, el espíritu y la naturaleza de la poesía y la narrativa. Y de aquella polvareda, el actual lodazal, donde como siempre crecen nenúfares entre el barro. Fue Nietszche quien dijo proféticamente (en el siglo XIX): "los hombres modernos son los hijos de un periodo fragmentado, pluralista, enfermo y espectral". Y ni siquiera soñó que a ese desequilibrio metafísico se uniría el ácido de las nuevas tecnologías  que está dando el golpe de gracia a toda esa modernidad que Bradbury nos cuenta, provocando ya más nostalgia que admiración.

Y es que la lectura de este libro, además de hacernos desear volver a leer o empezar a leer a esos autores, nos da una lección actualísima sobre el movimiento cultural como dinámica del cambio de paradigma (no sólo la ciencia tiene ese poder). Si Ibsen nos dice "no hay pensamiento alguno que dure hoy más de veinte años" en su "Un enemigo del pueblo", escrito a finales de 1800, para significar esa movilidad destructiva de la modernez artística, ¿se imaginan la cara que pondría al ver que la vida media de cualquier producto cultural o tecnológico en nuestros días no pasa de dos semanas? O la frase de Virginia Woolf cuando escribía emocionada, "alrededor de 1910 , el carácter humano cambió de pronto" o los comentarios a los efectos "terminales" de la I Guerra Mundial, cuando D.H. Lawrence afirmaba "El mundo concluyó en 1915". Da un poco de vértigo comprobar la aceleración suicida de nuestro mundo actual comparado con aquél que evoca este libro a través de unos escritores que suman inteligencia, conocimiento, sensibilidad y genio creativo. Evidentemente la importancia literaria de esos diez autores es muy distinta y variada. El paso del tiempo, aun respetándolos, ha cribado el papel que han tenido en la Historia de la Cultura. Y así, Proust y Joyce, acompañados  quizá por Kafka y Eliot, están por encima de Mann, Woolf y Dostoievsky y todos estos siguen siendo más actuales que Pirandello, Ibsen y Conrad. Aún así vale la pena leerlos a todos pues cumplen los requisitos básicos de haber sido, en su época, detonantes muy activos de todos los cambios que hemos visto.

FICHA

EL MUNDO MODERNO.-DIEZ GRANDES ESCRITORES.- Malcom Bradbury.- Trad. Marco Aurelio Galmarini. Edhasa. 325 págs. ISBN 9788435014380

 

 

 

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18 marzo 2019 1 18 /03 /marzo /2019 10:41

Los taoístas lo tienen claro, el "ahoraquí" es la mejor píldora que el inestable ser humano puede tomar para llegar a blindarse contra el desequilibrio, la falta de armonía y la inseguridad, Se trata del principio activo de una planta mítica que crece cerca de la raíz del tiempo, donde el sensato naturalista y poeta griego Hesíodo situaba la génesis de los Trabajos y los Días. Bien, hasta aquí el mito. "En estas cosas hay un significado profundo/ pero cuando nos disponemos a expresarlo/De súbito olvidamos las palabras". Aquí entra la tradición mística que, sorprendentemente, parece un eco de la zona silenciosa donde muchos grandes filósofos y todos los místicos de cualquier religión coinciden. La transformación de la mente humana consiste en conocer y sentir que el mundo y tú formáis una unidad orgánica. Mientras el yo se considere un ente separado de todo lo demás, único y cerrado en sí mismo, todo esto no son más que palabras. El lenguaje que constituye la barrera, el velo espeso que nos oculta la realidad, nos miente a nosotros mismos y manipula las relaciones humanas. Quizá no estamos aún preparados para que las mentes se abran y vean. Tal vez nunca lo estemos y la humanidad seguirá debatiéndose sobre un planeta esquilmado como lo hace un loco sobre un escenario lleno de ruido y de furia. Suena a sermón de la profanada psicología y de las religiones cómplices y responsables de la mayoría de los horrores que el género humano ha causado y sufrido. Y sin embargo, reflexionar sobre esto lleva a muchas personas a cambiar su modo de percibir la vida y los resultados son prácticos, útiles, sencillamente eficaces. Esa minoría encuentra un sentido a su existencia y se abstiene de causar daño a nada y a nadie. Puesto que intuyen su pertenencia a ese todo que une el mundo físico en su totalidad, hombres, animales, árboles, agua, plantas y las montañas, los océanos y los ríos y los bosques, en una armonía existencial que se está dañando cada día de forma irremisible porque estamos demasiado ocupados en explotar el todo en beneficio propio. El primer paso es humilde y parece banal: sé consciente del "ahoraquí" unos segundos, unos minutos cada día.  Que la experiencia que vives y tú seáis lo mismo. No hay separación. Todo transcurre efímeramente en el "ahoraquí". Cada instante es único e irrepetible. Aprende a vivirlo. Parece poca cosa: la voluntad de hacerlo y el conocimiento de lo que haces y por qué lo haces. Lo demás...vendrá por añadidura.- ALBERTO DÍAZ RUEDA

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16 marzo 2019 6 16 /03 /marzo /2019 10:20

Observen con atención y cierto disimulo a las personas que les rodean, en el trabajo, por las calles, en el deporte, a las salidas de los coles o en sus actitudes cuando el hijo/a  juega un partido de fútbol o de básquet. ¿No les recuerdan  los síntomas del TDA (trastorno por déficit de atención) a nivel global?  Decía Ortega hace más de 70 años: “ Casi todo el mundo está alterado, y en la alteración el hombre pierde su atributo más esencial: la posibilidad de medi­tar, de recogerse dentro de sí mismo y precisarse qué es lo que cree, lo que de ver­dad estima y lo que de verdad detesta: el poder de ensimismarse.” Pero Ortega nos dice que la técnica  “es la que lo permite.” Hoy es justamente la técnica la que, con efecto paradójico, nos roba tanto la atención que nos impide ensimismarnos al modo orteguiano y  produce más bien un fenómeno de dispersión. Los psiquiatras le llaman “síndrome de despolarización atentiva”, ya que la atención tiene tantos polos de atracción que pierde la capacidad  de atender a una sola cosa y así comprenderla y gestionarla. Un investigador italiano nos informa que los seres humanos tenemos menos capacidad de concentración que los peces de colores. Los humanos perdemos hoy la concentración al cabo de cinco segundos -en el año 2000 eran doce- mientras que en  los peces de colores el promedio es de nueve segundos. Kant pensaba  que el trabajo intelectual disciplinado (o físico), el silencio y la soledad ocasional disminuyen  el peligro de acabar envidiando a los peces de colores. El parloteo incesante de la tele, el móvil, los ordenadores,  acompañados por los ruidos ciudadanos, familiares o sociales, es el caldo de cultivo de nuestro TDA global.  Otro científico ha demostrado que la contaminación acústica es tan dañina como la atmosférica. El ruido debilita el sistema inmune, agrava enfermedades como el Parkinson, la demencia o la esclerosis múltiple e incrementa la mortalidad por causas respiratorias, cardiovasculares y diabetes. Debemos aprender a ensimismarnos, de espaldas a las pantallas. –ALBERTO DÍAZ RUEDA

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14 marzo 2019 4 14 /03 /marzo /2019 10:56

Cuando terminaba Psicología, allá por los ochenta, en la Facultad de Barcelona,  comencé a interesarme por la llamada Psicología Profunda, deudora de Jung. Leí los libros de Abraham Maslow, que editaba Kairós, si no me equivoco (al igual que el que comento hoy, de mi admirado Alan Watts, el gurú de hippylandia) y me encantó la metáfora de la pirámide que englobaba una jerarquía muy razonable de las necesidades perentoria que el hombre ha de respetar para realizarse como persona y como individuo. Recuerdo que la seguridad era la segunda después de las necesidades básicas de supervivencia física. La seguridad era la primera necesidad que rebasaba el ámbito físico y se internaba en el psicológico. Era quizá una necesidad en la frontera de lo físico y lo psíquico. Es un hecho neurológico evidente que la sensación de inseguridad activa las hormonas y los neurotransmisores del estrés.

El estilo dialectal, sencillo, claro y irónicamente obvio de Alan Watts, nos conduce con su habilidad habitual  a través de un análisis de la era de la ansiedad en la que vivimos ( y Watts hablaba de los cincuenta del pasado siglo, imagínense si pudiera vernos por un agujerito del cielo de los filósofos: pediría que lo sellaran de nuevo a perpetuidad), naturalmente del tiempo y los cambios y desazones que causa su inevitable flujo, de la sabiduría del cuerpo y de ese paso adelante mental que supone tener conciencia del mundo que nos rodea, de las cosas y de toda una serie de reflexiones conducentes a apreciar el aquí y el ahora, a transformar nuestra vida y a ejercer en la existencia un tipo de ética constructiva, una moralidad creativa que Watts nos razona a través de las palabras de San Agustín: "Ama y haz lo que quieras", unas relaciones con otras personas lejos del utilitarismo habitual o de las motivaciones que manipulan el altruismo y la generosidad que debían guiar nuestras relaciones.

Watts lo tiene claro y así nos lo dice: la seguridad es una ilusión, una sombra, un equívoco. En un segundo nos puede cambiar la vida, parcial o totalmente. En un segundo ocurre algo que nos saca literalmente de nuestro mundo ficticio de cómodas seguridades. ¿Hay solución a ésto? Watts nos dice "relájate y goza del momento". Cuanto más te resistas más te va a doler. Eso además de una norma sanitaria, es psicológica y neurológica. Acepta la inseguridad como un elemento más de la existencia y vívela sin angustiarte,: habrá cambios, pero ¿quién dice que será para peor? ¿Quién puede asegurarlo? Cuando tienes unos añitos te acostumbras a relativizar las cosas que ocurren. Muchos eventos que parecen de entrada nefastos , a la larga muestran un rostro creativo y positivo y fueron el comienzo de algo nuevo y bueno. "Ver que no es razonable preocuparse no evita la preocupación; antes bien, uno se preocupa más al constatar que no es razonable" Por tanto, Watts y Spinoza coinciden: "Abre los  ojos, experimenta que eres parte de lo que existe, esa acción tan sencilla te transformará ya que muestra a través de la comprensión y la vida que muchos de nuestros problemas más desconcertantes son pura ilusión""El temor, el dolor, el pesar y el hastío seguirán siendo problemas si no los comprendemos, pero comprenderlos requiere una mente única y no dividida. Tu y la experiencia que vives sois la misma cosa. No estáis divididos"".

Le seguridad es el apego al pasado, ya lo sabemos. A lo conocido. Es un condicionamiento que te cierra puertas y ventanas y te estrecha la vida, cuando no te amarga. No puedes vivir apegándote al pasado, reflexiona. Las soluciones y remedios de antaño no suelen ser eficaces hogaño. En el mundo en que vivimos, nos diría Watts si aún viviera, la evolución viaja en jet y los  humanos seguimos avanzando a pie. Hemos de acostumbrarnos a lo nuevo, lo desconocido, lo inesperado que suele ser incierto por definición. Para ello hay que abrir nuevos caminos y amoldarse a los cambios (o ser arrasados por ellos). Las nuevas generaciones amarían a Watts. Ellos, ustedes, saben de qué hablo: un mundo en el que el cambio es un motor programado para buscar la excelencia. Aunque, realmente, nadie sabe adónde vamos a parar, en qué dirección nos movemos. Y como dice el chiste: ¿Habrá taxi para volver? Quizá al final de nuestro camino descubramos algo que sabíamos desde el primer paso: la sabiduría de vivir consiste en aceptar la inseguridad como algo inevitable y amoldarnos a ella.

Como dice Watts, "...sólo nos parece la vida llena de significado cuando hemos visto que carece de propósito y sólo conocemos el "misterio del universo" cuando estamos convencidos de que no sabemos nada sobre él". La distancia cronológica que separa este texto de la actualidad (unos 70 años) no afecta ni un ápice a su pertinencia a las vacilaciones y defectos sociales y personales que seguimos manteniendo hoy con una obstinación rayana en la estulticia. Y sus mensaje siguen siendo útiles y sabios: "cuando dejamos de ver que nuestra vida es cambio, nos enfrentamos a nosotros mismos... la única manera de hacer que el cambio tenga sentido consiste en sumergirse en él, moverse con él, participar en el baile".

FICHA

LA SABIDURÍA DE LA INSEGURIDAD.- Alan Watts.- Trad. Jorge Fibla. Ed. Kairós.-150 págs. ISBN 9788472452800

 

 

 

 

 

 

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12 marzo 2019 2 12 /03 /marzo /2019 10:54

Siempre necesitas a un Otro, real, imaginario, externo o introyectado, para conocerte a tí mismo. Tus análisis precisan referencias comparativas y estimativas, a veces de forma consciente y a menudo inconsciente. Y lo mismo ocurre con tus percepciones y con el motor de tus deseos o de tus rechazos. En tu vida cotidiana casi todo lo que haces tiene una motivación inconsciente de alteridad, La alteridad es inevitable y generalmente ignorada,cuando no negada de forma sistemática.

Necesitamos a un Otro para llegar a tener cierta conciencia de cómo somos y en alguna medida de qué somos. El psicoanálisis y la psicología profunda han trabajado la alteridad a veces con notable acierto y otras veces auxiliándose de la mitología. Freud nos habló, y utilizó en sus argumentos de técnica analítica, el mito ancestral del ser completo en la noche de la humanidad, un ser que unía en sí los dos sexos, dos cuerpos completos, uno de cada sexo, unidos por la espalda. Su completud perfecta les hizo soberbios y se declararon iguales a los dioses. Estos, indignados (recuerden que los dioses ancestrales, sobre todo los griegos y romanos, tenían los mismos defectos que los hombres, corregidos y aumentados, pero con muchísimo más poder) decidieron dividirlos y hacerlos dos individuos "distintos", separándolos y mezclándolos con otras mitades por todo el mundo. Es el cuento de la media naranja y su corolario, la dificultad de encontrar la "tuya".

Pero el mito, el símbolo, la metáfora y la metonimia reflejan una realidad palmaria: el Otro está siempre dentro de nuestra mente, lo formamos en cierta forma,para permitirnos ejercer el proceso incesante de vivir: son puntos de referencias que nos sirven de orientación y nos minimizan la sensación de soledad y abandono. El Otro es la otra cara de la moneda del ser. De tal manera que como en el mito, el Otro sigue formando parte del Uno que crees ser y como te representas a tí mismo y ante los demás. Y aun siendo un Otro es un Uno con el sí mismo que cada uno somos.

En nuestro psiquismo, en nuestra mente, en el inconsciente, somos capaces de sentir desde las variabilidades  del deseo sexual, hasta mantener actitudes y comportamientos que inciden en parámetros que tradicional y equivocada o simplificadoramente asignamos de forma arbitraria a uno u otro sexo (causándonos a veces rechazos que nos ha codificado la tradición o los tabúes cultuales y sociales). La mayoría de nuestros pensamientos, actos, deseos o pulsiones, siempre reflejan, si los analizas sin prejuicios, una referencia más o menos insconciente al Otro que habita en nuestro interior, tan escondido que sólo cuando llegas a un cierto grado de madurez y neutralidad lúcida logras vislumbrar la sombra de su alteridad, Su reconocimiento total por nuestra parte supondría un enorme avance en la madurez psíquica de la especie. Piénsenlo. Sólo los médicos y psicólogos que saben o intuyen esta realidad psíquica perciben la enorme cantidad de patologías y problemas psicológico-somáticos que podríamos evitar progresando hacia esa "unión" alegórica, simplemente reconociendo la  alteridad consustancial de nuestro psiquismo.-ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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