Llegamos a Olot por el nuevo túnel de Bracons. Sobre la cumbre del Puigsacalm se establecía una cornisa negra de nubes, una guirnalda amenazante que cernía la ciudad desde el lado de los Pirineos no muy lejanos hasta el valle d'en Bas. Una luz gris, cenital, resbalaba sobre las altas copas de los árboles centenarios del paseo modernista y daba una apariencia victoriana a las señoriales mansiones que mandó construir el mítico indiano. Las que aún quedan desde el siglo XIX, con sus jardines silenciosos y sus ventanales cerrados, en ambos lados del paseo, están siendo arrinconadas por los nuevos edificios, carentes de gracia aunque quizá más funcionales.
Estuvimos donde en tiempos estuvo el Gran Hotel Montsacopa, en cuyos salones lujosos departían los tertulianos del poder económico de Olot, del renombre social, de los apellidos de la tradición, la tierra y los negocios, sentados en mullidos sillones de cuero, bajo lámparas labradas en cristal, lágrimas diamantinas destelleando sobre las alfombras doradas, los gruesos cortinajes burdeos y el silencio amable y cortés de un casino para señores que trataban de inventar un mundo a su medida a pesar del corsé de la realidad impuesta políticamente. Ahora hay un mundo diametralmente opuesto en el edificio. Es la sede de una residencia de ancianos. También esas personas tratan de evocar un mundo perdido a pesar del corsé de una realidad impuesta por el mantenimiento de una precaria salud y el personal sanitario, por las limitaciones búdicas de la vejez, la enfermedad y la muerte.
Visitábamos a un familiar. Mientras esperaba en una salita adjunta a las habitaciones particulares, reparé en un anciano menudo y pulcro, de expresión despierta e incluso astuta, piel tersa a pesar de la edad evidente, mejillas enrojecidas, sonrisa casi permanente, gafas de culo de vaso y calva brillante y saludable que leía atentamente un periódico aunque de vez en cuando lanzaba rápidos vistazos alrededor cuando alguien se acercaba o pasaba por el pasillo aledaño. Para leer usaba una enorme lupa que ponía muy cerca de las paginas extendidas del diario.
Me senté junto a él, ante la mesa cubierta de revistas y periódicos y le di las buenas tardes. Abrí mi libro y me dispuse a leer un rato. Pero sentí que el anciano habia dejado su lectura y me miraba con una sonrisa amable y los ojos, tras las gafas, de mirada intensa, uno de ellos velado totalmente por una catarata y el otro con la opacidad de los miopes avanzados.
--¿Es usted familiar de alguien de aquí? Oh, si, claro, o es familiar o es amigo o es un médico, no hay más opciones, ¿verdad? Es un mundo muy limitado este, aunque hay que acostumbrarse, Y, ay del que no se acostumbre...--y siguió así durante un minuto o dos, con un catalán fluido.
Traté de recuperarme de la andanada de observaciones y preguntas retóricas y al final pude introducir una frase en el torrente verbal de ese anciano tan lleno de energía comunicativa.
--Me sorprende que con las evidentes dificultades que tiene para leer siga usted con esa buena costumbre de leer los diarios...
--Y otras cosas, libros, me encantan los de historia, ¿verdad?,-- pasó al castellano con la misma fluidez con la que empezó en catalán-- saber las cotumbres de los antepasados, las culturas clásicas, de vez en cuando alguna novela, pero el periódico, uno o dos, lo que puedo pillar, cada día, eso que no falte, ¿verdad? , saber en qué mundo vivimos, es la manera de estar vivo y bien vivo, aunque a veces nos cuentan cada cosa, pero uno ha de estar a todo, lo bueno y lo malo, en realidad siempre ha sido así...
El filósofo casi ciego me dijo, entreverado con opiniones, citas, reflexiones, filosofías varias, sentido común y picardía, que tiene 86 años y que desde los 25 se le declararon dificultades en los dos ojos, que ha sufrido más de veinte operaciones y que las cosas se les pusieron mal en bastantes ocasiones, "eso de la salud es algo raro, a veces cuanto más la buscas y la deseas, menos te visita" y añadió con cierto humor:
--En realidad ya debía estar muerto. Como tantos otros compañeros de aquí que se me han adelantado. Pero --lanzó una risita--parece que yo no tengo prisa y cuanto mas viejo me hago parece que me endurezco. Yo creo que lo que me vacuna un poco de unirme a los que se van, es mi interés por todo lo que me rodea. ¿Sabe? Esto de leer con una lupa es de lo más pesado. Pero es lo que hay. Así que vamos a ello. Necesito conocer lo que está pasando, la política, la economía, esta crisis, tantísimo parado, la corrupción, oiga de eso ha habido siempre, uno acaba estando en el fiel de la balanza, pero todo pasa ante mi lupa.
Contemplaba a ese anciano animoso con una mezcla de emociones y sentimientos. Comprendí ese deseo anhelante de comunicarse, de compartir con un extraño sus reflexiones, sus pensamientos, lamenté las dificultades que la vida le habia impuesto y pensé que este señor X, cuyo mundo se ha reducido a una lupa, es paradójicamente más rico, actual y comprometido con su tiempo que la mayoría de sus contemporáneos, con sentidos corporales en buen uso, que pasan por la vida sin ganas ni deseos de conocer, de esforzarse en estar informado, de sentir curiosidad por todos los mundos posibles, y los imposibles, que revela el simple uso de la facultad de leer.
El pequeño agujero por donde el anciano, gracias a la lupa, avizoraba a duras penas la realidad virtual de la página impresa, era un gran ventanal frente al mundo de hoy por donde entraba el fluctuante, variopinto y ambivalente fluir de la vida, aquella experiencia vital que cantaba el gran poeta León Felipe. ¡Tres hurras por el viejo de la lupa!
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"Los chicos están bien", dirigida por Lisa Chodolenko, e interpretada por Julianne Moore y Annete Bening como la pareja de lesbianas que tienen un hijo cada una concebidos gracias a un anonimo donante de esperma (el mismo para las dos, un excelente Mark Ruffalo) es una cinta agradable, sincera, que trata de un asunto que podria convertirse en melodrama barato con una delicadeza y una contención magistrales.
Dirigida por Xavier Beauvois, con guión del propio director y de Etienne Comar, "Des hommes et des dieux" , interpretada por, entre otros, Lambert Wilson, como el padre abad, Jacques Herlin, Xavier Maly, el monje que ya no oye ni su propia voz vocacional y un increíble Michael Lonsdale, cada vez más dueño de su arte y su magnética presencia, como el monje médico, se conforma como una película fuera de lo habitual, como así lo entendió el Jurado de Cannes que la premió y que está teniendo una trayectoria impresionante en Francia y muy intensa en España (gracias sobre todo al boca-oreja y a una critica rendida ante su calidad).
Desde que leí "El río de la luna" en 1981, me fascinó la obra de José María Guelbenzu, un escritor madrileño de 67 años que ha seguido una trayectoria válida, honesta y atractiva, compaginándola hasta el año 88 con labores editoriales (director literario de Taurus y de Alfaguara) y desde entonces con la critica literaria y articulos de opinión en El País. Un escritor perteneciente a "establishment" de élite literaria de este país (nadie vea redundancia con el diario, no seamos demasiado irónicos) pero, poco habitualmente, que se mantiene un poco al margen, con un aire de insobornable y tranquila independencia. Guelbenzu me ha gustado como escritor, al que leo a menudo, y como persona, al que no conozco sino de referencias, pues nos hemos cruzado con amigos comunes, Saladrigas entre otros.
“El mar da la vida y da la muerte. Habla por si mismo. Su sonido se reconoce y siempre habla de recomenzar. Habla a través de signos, es un hablar iconográfico, habla con lo que transporta, lo que llega, lo que desplaza o lo que vomita. El mar habla con signos y cada cosa que expulsa es el signo de una época. Aquí el mar empezó echando naranjas y acabó echando muertos, entre los dos llegaron fardos de cocaína”. Eso dice Manuel Rivas, el escritor coruñés de 54 años, periodista de los buenos, en su última novela “Todo es silencio” que ha publicado Alfaguara. Y eso que dice es justamente el meollo de su novela. El mar de las rías es el gran personaje omnipresente en la trama. El mar y el pueblo, Brétema, un pueblo imaginario inserto en una geografía muy real, un pueblo costero gallego entre los sesenta y los ochenta, la época de eclosión del narcotráfico, hijo bastardo de la costumbre del contrabando que siempre había existido en Galicia. Pero
pequeña huérfana Simone (muy apegada al padre fallecido) y el enorme árbol que extiende sus ramas sobre la casa y la rodea con sus raíces. La niña asegura que su padre le habla a través del árbol, al que Simone adora y entre cuyas ramas se esconde cada día. Poco a poco el protagonismo del árbol crece en la psique de la niña y en la imagen y el desarrollo de la película. Con gran maestría la directora evita las connotaciones mágicas o telúricas que el tema ofrece y gracias a Dios no hay voces ni sonidos raros, sólo el viento entre las ramas, los pájaros, la hermosa naturaleza que les rodea.
Reconozco que no he seguido la saga de los X-Men, los superhéroes mutantes nunca me han atraido y su estética de comic me cansa, me he quedado con "Up" o con "W-allee" y tanto los Panda kung Fu como los demás especímenes surgidos al calor de los dibujos siempre me han dejado frío. Sin embargo en esta ocasión, esta "precuela" (lamentable palabro) de la historia de los mutantes me fue recomendada por un cinéfilo en que confío. Dirigida por Matthew Vaughn y solventemente interpretada -a pesar de los disfraces rígidos que les impone el guión- por el añorado intérprete de "Expiación", James Mcaboy y Michael Fassbender en el papel de "Magneto" y un Kevin Bacon como convincente "malo" filonazi, la cinta convence, entretiene y hace pensar en algún momento (sin más, no hay que pedir peras al olmo).