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4 mayo 2023 4 04 /05 /mayo /2023 10:45

Ensayo publicado en la revista "Compromiso y Cultura", mayo de 2023

“Si una noche un viajero leyera estas páginas: homenaje al centenario del escritor italiano”

En 1980 la editorial Bruguera editó “Si una noche de invierno un viajero” (1979); en 2023, la editorial Siruela ha reeditado los principales libros de Italo Calvino, incluido el citado, en una nueva colección, la Biblioteca Calvino, que recoge toda la obra de este autor italiano, cuyo centenario se cumple este año. Son libros rediseñados en base a una estética que parece haberse inspirado en el mundo fantástico e intemporal de Calvino, en el que los vizcondes demediados, los barones rampantes o los caballeros inexistentes crean en el lector una curiosa e insistente necesidad de participar y convivir con sus historias.

Calvino nació en Cuba en 1923, donde sus padres, italianos, trabajaban como agrónomos y botánicos. Dos años más tarde la familia vuelve a Italia y se instala en San Remo, donde dirigen una estación experimental de floricultura. En los convulsos 40  Italo realiza una licenciatura en Letras –presenta una tesina sobre Josep Conrad- y durante la ocupación alemana lucha como partisano de la Columna Garibaldi y se inscribe en el PC. Esta vida comprometida tiene un fruto literario “Los senderos de los nidos de araña” (1947) y le lleva a un estilo de vida relacionado con la literatura y los libros (gracias a Cesare Pavese –otro grande de la literatura italiana- , trabaja como editor en la famosa editorial Einaudi). En 1985 murió, con 62 años, de una embolia cerebral.

Así que relájate, lector. Estás leyendo un artículo sobre la nueva colección de los libros de Calvino. Adopta una postura más cómoda, alarga los pies sobre un cojín, regula la luz, en cuanto te hayas sumido en la lectura, ya no habrá forma de moverte. El Cronista te informa de que ha salido la nueva colección de los libros de Calvino y ya  programas una visita a tu librería preferida. Un día, compras tres volúmenes de la nueva colección, que hablan de “Nuestros antepasados”,  una serie de entrevistas realizadas a Calvino con el título de “He nacido en América” y  “Si una noche de invierno…”. Pero  te dispones a leer este artículo y antes de entrar en él, miras si es muy largo, echas un vistazo rápido a las ilustraciones y te preguntas si el Cronista te va a contar algo que no sepas o interesante sobre Calvino, o sobre su novela o alguna novedad que ignorabas en sus entrevistas realizadas desde 1951 a 1985, el año en que el autor italiano falleció. En 1980 el Cronista había leído en una edición de Bruguera  “Si una noche de invierno…” y se había sentido atraído por Calvino. Ahora, en 2023, en el centenario del autor, recupera esas lecturas. Y es que este girar en torno a los libros de Calvino forma parte del placer de los tres libros nuevos que tú, Lector, ya tienes sobre la mesa. Aún en la bolsa de papel de la librería, los libros de Calvino te esperan con sus hermosas portadas, prometiendo unos placeres que han de consumarse con la lectura. Tú, Lector, aún no te has dado cuenta de que el Cronista, que es un admirador de Calvino, está siguiendo contigo el mismo juego que el novelista italiano establece con el Lector y la Lectora de su novela “Si una  noche del invierno…”.  En esa novela, tras el primer capítulo, el Autor provoca consecutivas  inmersiones  en nueve nuevas novelas totalmente distintas a la que el Lector había empezado a leer. Y es que, se produce un problema muy enojoso: tras  leer unas pocas páginas, el Lector descubre que el libro está defectuoso. Va a la librería  para cambiarlo y allí se encuentra con  Ludmilla, la Lectora. Pero el incordio vuelve a aparecer. Una u otra vez, cada vez que comienzan la lectura del nuevo libro engastado en el anterior, se volverá a frustrar la lectura en el momento más apasionante, para iniciar una nueva novela igual o más atrayente. Y así  en nueve ocasiones. El Lector no llegará a completar la lectura de ninguna de ellas. Y este proceso acabará  junto a la Lectora, que le ha acompañado desde la segunda inmersión en esa aventura literaria  --con ecos de “Las mil y una noches” --y con la que más tarde se unirá en matrimonio y descubrirán ambos, en la última página, que hay otra novela que tiene como título la suma de los títulos de las nueve anteriores.

Y ahora añadimos a todo esto una pequeña variación: el Cronista no hará ir al Lector de un inicio de novela a otro -como ocurre en “Si en una noche de invierno…”-  sino de un libro de Calvino a otro. Y para seguir con el paralelismo sólo te dará algún detalle esencial de cada uno de los libros para llamar tu atención y provocarte para que vayas a una librería y te hagas con ellos para leerlos cuanto antes. Así ganamos todos: Italo Calvino, por ser más conocido; el Cronista para que las personas que le lean descubran y gocen de un escritor genial y el Lector, para vivir un tiempo con la obra de un novelista que estimulará su fantasía, su imaginación y su inteligencia. Y, puede que el Lector de estas páginas de “Compromiso y Cultura”, conozca a través de comentarios intercambiados sobre este artículo a una Lectora de dicha revista y se embarquen ambos en leer las novelas de Calvino que vamos a recomendar. Y, tal vez, acabe casándose con ella. Cosas más asombrosas ocurren en las obras de uno de los mejores narradores italianos del siglo XX.

Quizá  la más original obra de nuestro autor sea la trilogía “Nuestros antepasados”, formada por las novelas “El vizconde demediado” (1952), “El barón rampante”  (1957) y “El caballero inexistente”  (1959) –publicadas cada una de ellas en la década de los cincuenta y reunidas por Calvino en dicha  trilogía en 1960-. Las narraciones transitan por los tiempos de Carlomagno en  la Edad Media;  la guerra de Bohemia contra los turcos, en el siglo XV  o el final del siglo XVIII, en la época  de la Revolución francesa y las guerras napoleónicas. Calvino diseña en la trilogía una genealogía fantástica del individuo contemporáneo a través de tres personajes dotados de características singulares. Estos tres personajes encarnan aspectos de la naturaleza social y política popular italiana que quedaron afectados por el desencanto de la posguerra  que vivió el país. De ahí el juego de preguntas y respuestas que el autor propone a sus lectores, reflejadas en imágenes que sugieren significados sorprendentes. Una dialéctica imagen-palabra que constituye una de las características más llamativas del peculiar estilo poético narrativo de Calvino. Él, dice, escribe y publica la trilogía para “salvar la esperanza”  en el humanismo de la época, a través de tres personajes alegóricos y unas anécdotas surrealistas: una figura partida por la mitad, una armadura deshabitada y un hombre que vive su vida subido a un árbol.

Recordemos: el vizconde  Medardo de Torralba recibe un cañonazo y queda partido en dos. Ambas mitades sobreviven por separado. Y no solo el cuerpo, también su espíritu. De ahí que una de las mitades es malvada y la otra tan buena que parece tonta. Se trata de la dicotomía del mal y del bien en una sola persona, como el doctor  Jekyll  y el malvado señor Hyde de Stevenson. En la fábula, el Lector verá reflejarse nítidamente la naturaleza humana. En “El caballero inexistente”, Agilulfo Emo Bertrandino de los Guildivernos y de los Otros de Corbentraz y Sura, Caballero de Selimpia Citerior y de Fez, tiene una digna prosapia familiar histórica, pero un pequeño inconveniente: en el interior de su armadura, tras la celada empenachada  no hay ningún rostro y bajo el formidable aspecto de fuerza y poder de su armadura no existe ningún cuerpo. Agilulfo no tiene “ser” pero si una voluntad profunda y una fe intensa en “querer ser”. Calvino derrocha imaginación, humor e ironía en esta parábola que, una vez más, induce al Lector a encontrar paralelismos. Y, para terminar, la historia increíble de Cósimo Piovasco di Rondó, el Barón Rampante, que el día de 15 de junio de 1767, con doce años de edad, sube a un árbol y decide no volver a poner el pie en el suelo. Dotado de una gran inteligencia y de medios suficientes para mantener su decisión, Cosimo se convierte en Enciclopedista, como cabía esperar de un personaje ilustrado en la Europa del Siglo de las Luces. En su atalaya natural, el Barón es testigo del paso de la historia de su tiempo, conoce el amor, la violencia y la muerte y se convierte en una figura dinámica en la guerra y la revolución…sin bajar de su árbol. Todo ello a través de una imaginación poética extraordinaria y un dominio del absurdo filosófico, la alegoría, el simbolismo y la fantasía. Calvino nos ofrece, tras el espejo deformado de su fuerza narrativa, una visión crítica del hombre contemporáneo, de su soledad, sus temores, sus mentiras y la busca de la libertad que justifique su existencia.

Esta misión de intelectual comprometido  con su tiempo es aún más evidente en otra trilogía temática: la que forman las obras “La especulación inmobiliaria” (1957) “La nube de smog (1958) y “La jornada del interventor electoral” (1963). Calvino novela los paisajes disruptivos de una Italia inmersa en un progreso económico que arrasa con su identidad cultural. El asedio inmobiliario de los paisajes y las costas italianas a finales de los 50 y 60, provoca que el talante crítico de Calvino nos muestre los problemas sociales y psicológicos que provoca un crecimiento económico especulativo y fuera de control.  En “La nube de smog”, una novela extrañamente actual, plena de ironía y humor, se nos cuenta los entresijos del problema de la contaminación industrial, la población sometida y los medios de comunicación financiados por el consorcio de industriales. En la época en que Calvino publica estas tres novelas, finales de los 50, el escritor ha perdido su confianza en el comunismo y abandona el partido públicamente, hastiado y confuso, tras la invasión de Hungría por la URSS.Y refleja su estado en “La jornada de un interventor electoral” que se desarrolla en el Cottolengo de Turin y refleja la manipulación electoral que se hace de la pobre y enferma humanidad de la zona. Esas tres obras muestran el compromiso intelectual crítico de Calvino contra la alienación y corrupción de su tiempo.

Dentro del formidable catálogo de la obra de Calvino en Siruela –casi cuarenta novelas y ensayos-  hay algunos dedicados a los libros y los autores en sí mismos, no sólo a la lectura –como el volumen de correspondencia “Los libros de los otros”, “Los cuentos populares italianos”, “Cuentos fantásticos del XIX”  “Mundo escrito y mundo no escrito” o “Por qué leer a los clásicos”.  En este último aseguraba: “Un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir”. Y precisamente eso es lo que ocurre, por ejemplo, con su obra  “Las ciudades invisibles” (1972).  Tengo sobre mi mesa la edición que Minotauro (Edhasa) hizo en el 1983 de esa curiosa y onírica novela, en la que un triste y melancólico Gran Kan o Kublai Kan, recibe a un Marco Polo cansado y crepuscular para que éste le cuente sus viajes a ignotas y extraordinarias ciudades perdidas en la vastedad de los dominios del gran conquistador. En brevísimas descripciones, Marco Polo va desgranando un firmamento de legendarias ciudades inexistentes, todas con nombres de mujer, como estrellas en el cielo impasible del Fin de los Tiempos. En todas ellas pervive algún elemento lleno de belleza y misterio y otros como pesadillas del Bosco, hasta ir conformando la megalópolis informe y monstruosa que como una ameba gelatinosa va cubriendo el planeta. “Creo haber escrito –dijo—algo como un último poema de amor a las ciudades… lugares de trueque de palabras, deseos y recuerdos”. Lugares donde se intercambian los rescoldos de la memoria, del pasado y los reflejos del presente huidizo. Un libro de nostalgia donde flota eterno e inexistente el espíritu de un escritor universal.

Como afirma Calvino en “Seis propuestas para el próximo milenio”: “En ciertos momentos me parecía que el mundo se iba volviendo de piedra: una lenta petrificación, más o menos avanzada según las personas o lugares, pero de la que no se salvaba ningún aspecto de la vida”.  Esa es una lúgubre impresión que más o menos vamos compartiendo todos los que nos dedicamos al análisis y comentario del curso actual de las cosas del mundo y del talante de los ciudadanos sometidos a todo tipo de crisis sistémicas. Pues bien, quizá la obra de Calvino, y la de unos pocos clásicos más, sean un remedio homeopático y casi salutífero para equilibrar un poco a los ciudadanos del siglo XXI. La inyección de optimismo, imaginación y humor irónico pero contagioso que proporciona la lectura es, en sí misma, un suplemento vitamínico espiritual para tiempos de agobio como los que nos infligen y los que nos esperan en un horizonte cercano.

 

Con esto, amigo Lector y amiga Lectora, este artículo en “Compromiso y Cultura” dedicado a Italo Calvino llega al final. El círculo se cierra con unas palabras del escritor italiano, surgidas del libro de entrevistas “He nacido en América”. Nos dice Calvino: “Requiero de un gran esfuerzo de voluntad para empezar a escribir algo, porque sé que me aguarda la fatiga, la insatisfacción de intentarlo una y otra vez, de corregir, de reescribir…pero lo más importante es dar una impresión de espontaneidad”.  Y esa confesión engrandece la figura de Calvino, ya que la impresión que prevalece  durante su lectura es que uno asiste a un derroche de espontaneidad creativa.  Y se cierra el broche que el Cronista había abierto con “Si una noche de invierno, un viajero”. Porque al igual que Calvino es un Autor dotado de las alas de la fantasía y la imaginación y de un espíritu simbólico y alegórico borgiano, el Lector y la Lectora se han trasmutado de seres de ficción en una novela de un autor italiano de mediados del siglo XX, en unos personajes reales parejos del siglo XXI , lectores de una revista llamada “Compromiso y Cultura”, que casi seguro no conocen la obra de Calvino y a los que el Cronista ha desafiado a que lo hagan, con la confianza en que el Autor nos llevará a todos por buen camino. Es decir: nos contagiará el maravilloso virus de la lectura.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

FICHAS

Casi cuarenta obras de Italo Calvino, editadas en la nueva colección que lleva su nombre por ED. SIRUELA. He trabajado con dos de esos libros  “Nuestros antepasados”, “He nacido en América” y con ediciones antiguas de mi biblioteca particular con el sello de Ed. Bruguera y Ed. Edhasa. “Si una noche de invierno, un viajero”, “Las ciudades invisibles”, “La nube de smog”, “La especulación inmobiliaria” y “La jornada de un interventor electoral”.

 

 

 

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1 abril 2023 6 01 /04 /abril /2023 17:22

Texto publicado en la revista Compromiso y Cultura, abril 2023

Es el símbolo del escritor judío del siglo XX, profeta ignorado y víctima de la locura humana

 

No hay ni un escritor, filósofo o crítico literario  del siglo XXI que cuando descubre la obra de Stefan Zweig –uno de los grandes “olvidados” de la literatura en los últimos cuarenta años—no se sorprenda  ante la dimensión gigantesca de este escritor, pensador, ensayista y novelista que fue uno de los grandes intelectuales idolatrados en todo el mundo durante los primeros setenta años del pasado siglo. La trágica circunstancia de su muerte –se suicidó con 61 años, junto a su esposa Lotte, de 34, en Petrópolis (Brasil) en febrero de 1942—fue uno de los hechos infamantes que cabe apuntar en la gigantesca lista de oprobios indirectos de la  demencia furiosa nazi, (esa cagarruta “ideológica” de ciertos seres humanos, que parece resurgir en nuestros días), descrita en su novela “Amok” por  Zweig

La primorosa edición que Páginas de Espuma ha hecho de su narrativa breve, “Cuentos completos”, (aprovechando la ola de rescate de este autor tras la liberación de los derechos de edición) con traducción de Alberto Gordo, sólo tiene un defecto, en opinión de este viejo lector acostumbrado a un tipo de editores que  no abundan ( los “viejos” Plaza Janés, Planeta, Bruguera, Alianza, Muchnik  o Seix Barral): ¿hubiera encarecido mucho la edición haber añadido un estudio, siguiera de una decena de páginas, sobre el autor, su obra, su historia y su regia importancia en la literatura?  Por favor, muchos de los que nos dedicamos al oficio de la pluma, estaríamos dispuestos a hacer ese trabajo “gratis et amore” con tal de rendir un servicio al lector y un homenaje al escritor que amamos los “lletraferits” del siglo XX).

Stefan Zweig (1881- 1942) era un todoterreno literario: cuentos, novelas, biografías, historia, crítica literaria, ensayo, poesía, teatro…Ameno, bien informado, con un pensamiento sólido y bien razonado, brillante, poético, inteligente y dotado de sentido del humor, sencillez y un gran respeto hacia la belleza, la razón y la magia de la creación artística. Su discreción, modestia y pundonor personal y profesional, virtudes unidas a su genio creativo, le convierten en un ejemplo poco habitual de escritor importante que también era una buena persona, recta y compasiva  y un ciudadano consciente de su tiempo y con criterios éticos .

En estos cuentos que hoy glosamos y en la totalidad de su obra Zweig nos regala uno de los mejores conjuntos  literarios dedicados al ser humano, su complejidad, sus defectos y mezquindades, pero también su grandeza, su búsqueda del amor y su debilidad ante las emociones. Para los que conocen y aman a Zweig, esta edición nos brinda la oportunidad de conocer relatos  poco editados y alguno prácticamente inédito  para el lector español. Y también propicia el reencuentro con piezas como “Los ojos del hermano eterno” o “Mendel, el de los libros”, un cántico este último a algo que el escritor viviría de una forma discreta toda su vida,  pero que le llevaría al prematuro final: su condición judía. Pero es en el aspecto emocional donde el romanticismo y la sensualidad nostálgica de Zweig, brilla con fuerza: “Veinticuatro horas en la vida de una mujer” o “Carta de una desconocida”.

El sesgo trágico de Zweig, que le hacía ver el suicidio como un recurso válido contra la injusticia y el sufrimiento, le acompañaría desde muy joven. Su primera mujer, Fridericke (se divorció en 1938), escritora a su vez y autora de una biografía de su exmarido, conocía esa pulsión suicida, una expeditiva forma  de rechazo total a la vida –en determinadas circunstancias-  que Zweig contemplaba con  frialdad racional. En muchos  de sus novelas y relatos los protagonistas acaban suicidándose. Tal como la vida de exiliado y el temor a un triunfo global de los nazis le empujaron a tomar los barbitúricos-veronal-  que acabaron con él y su esposa. “El mundo de mi lengua ha desaparecido y mi patria espiritual, Europa, se ha destruido a sí misma”, rezaba la nota que dejó junto a sus cadáveres.

En su hora más triste y a la espera del trágico final, Stefan Zweig trata de hacer de la necesidad virtud y escoge para ello, como consolación filosófica, al austero Montaigne cuyo mensaje vital se concentra en la voluntad persistente de mantenerse al margen, independiente y seguro ante el mundo brutal y violento que le rodea (paralelismo histórico con el momento que vive Zweig, aterrorizado ante la vesanía nazi que amenaza comerse al mundo entero). El libro está lejos de ser un académico ensayo filosófico. Muy al contrario, destila la emoción, el miedo, la inteligencia y las dudas de un intelectual que parece hundirse poco a poco ante una situación a la que no ve salida. Como Boecio busca una consuelo en la filosofía que la filosofía no puede darle y como Boecio se siente en una prisión y esperando la ejecución. Por eso en su carta de despedida antes de suicidarse escribe: "Saludo a todos mis amigos. Ojalá lleguen a ver el amanecer tras esta larga noche. Yo, demasiado impaciente, me voy antes que ellos". Y recuerda una frase de Montaigne: "La muerte voluntaria es la más bella. La vida depende de la voluntad ajena; la muerte, de la nuestra". En una carta a Herman Hesse, al que considera un alma gemela, escribe "En ocasiones la amargura nos impregna como el agua a la esponja". Y  menciona la ruina del mundo que él ama en el caos nazi en Europa. Hesse compartía la extrema decisión de su amigo, ya que él mismo intentó en dos ocasiones recurrir al suicidio como vía de escape a situaciones no aceptables.

Especialmente significativo es su bellísimo relato sobre  Jakob Mendel, un original, tímido, introvertido, solitario y excéntrico librero de viejo que durante más de treinta años acude, cada día, desde primera hora de la mañana y hasta la noche, justo antes del cierre, al café Gluck de Viena, donde ocupa siempre a la misma mesa y consume dos cafés y unos pocos bollos de pan. Es una institución cultural del local. En su rincón lee, escribe, estudia y se ocupa de su negocio, vender libros y por supuesto buscarlos primero, gracias a ser un desconocido -- pero famoso en círculos minoritarios de eruditos -- experto en libros, en fechas y lugares de publicación, en editores, en autores, en géneros. Es como un ordenador humano, una biblioteca ambulante, una autoridad bibliófila, una eminencia dotada de un cerebro portentoso. Vive para los libros y ellos son toda su vida, ajeno a lo que ocurre en el mundo, en su ciudad, a dos metros fuera de su mesa. Ni tan sólo se ha enterado de que en torno suyo el mundo se derrumba a causa de la I Guerra Mundial. Esa será su perdición. Por un motivo fútil, dos postales enviadas a dos países enemigos, Inglaterra y Francia, reclamando catálogos de libros, pondrá en marcha la absurda y fatal maquinaria represiva de la policía y el ejército, en un país de tradición prusiana. Terminará en un campo de concentración y comenzará la caída hacia el olvido y la muerte. Mendel parece surgido de una novela de Kafka. Pero nace de la pluma de Zweig, un hombre que comienza a montar en su mente una historia semejante que reflejará su propio final.

Stefan Zweig  ha sido para mí, desde mi juventud, un amigo leal al que recurrir en las situaciones más variopintas y por ello  adquiría las rústicas ediciones de Plaza Janés, que aún conservo, subrayadas y anotadas. Después Zweig cayó en el olvido desbancado por inquietudes literarias más afines con el tiempo y la edad. Por tanto, la aparición del volumen "Novelas" en Acantilado, hace algunos años, me atrajo como un imán. Ya sabía de las ediciones en ese sello de la obra de Zweig --de hecho tengo en mi biblioteca algunos de los títulos que ha ido sacando en los últimos años -- pero la presentación en un solo volumen de 1560 páginas en papel biblia de sus mejores once novelas fue irresistible.  Este escritor que resume como pocos el talante y características de los escritores clásicos de centro Europa (quizá a la par de otros menos conocidos pero de excelencia semejante, como Sandor Marài) nos ofrece las claves para entender los cambios que llevó de la Europa previa a la Primera Guerra mundial al caos ideológico y social que propició la Segunda Guerra (y preparó el terreno para el actual desbarajuste sangriento que aflige a buena parte del mundo en que vivimos).  Hay quien opina que Zweig es un escritor menor respecto a aquellos que respiraron con él la existencia de aquellos años, como Robert Musil, Thomas Mann o Kafka. Una relectura de alguna de sus novelas, nos convence de inmediato de que no es así. Yo creo que estos autores no son comparables. Que no se puede --ni se debe-- establecer juicios de valor entre aquellos monstruos literarios y Zweig. Simplemente hay que leerlo y disfrutar con la justeza  y elegancia de expresión, el dominio de la tensión narrativa, el buen gusto y habilidad para la descripción de ambientes y personajes. Es como ver una buena película de época (de hecho Zweig ha inspirado con sus novelas algunas grandes películas). Pero en sus novelas, que el lector devorará como alimento del alma, nos fascinará la precisión psicológica de los retratos de los personajes, el análisis no carente de humor de la burguesía de la época (no tan alejada de la de nuestro tiempo), las facetas románticas de una sociedad (de eso ya nos queda poco hoy día) que pensaba que podría evitar la hecatombe a pesar de la evidencias en contrario.

En “El exilio imposible” el soberbio libro de  George Prochnik se estudia el duro proceso del exilio y en la suerte variada, esquiva y generalmente dolorosa que sufrían los que debían abandonar pasado, bienes, nombre y raíces para enfrentarse con un futuro casi siempre indeciso y problemático. Una suerte muy diferente a la de otros escritores en lengua alemana como Thomas Mann, Hannah Arendt y Bertolt Brecht que supieron convertir el exilio en una forma de afirmación, resistencia y defensa de sus valores personales y los de su tierra lejana. Zweig, con un corpus literario de enorme fuerza y valor, se rindió a sus 60 años en una depresión que le llevaría a la muerte. George Prochnik, profesor de Literatura inglesa en la Universidad Hebrea de Jerusalén, no realiza una biografía al uso, sino un apasionado y personal desafío para desentrañar las causas psicológicas y ambientales, la mala fortuna también, que llevarían a Zweig a su dramático final. El biógrafo, también descendiente de judíos alemanes que huyeron de los nazis, viaja a Brasil, Viena y Westchester, en busca de elementos causales que aclararan la sorprendente decisión de Zweig, aunque también muestra la dificultad inherente a un intelectual de esas características siempre escudando su interior tras las páginas de su obras (algunas de la cuales como las biografías de Erasmo o Freud, parecen jugar con elementos concomitantes con la actitud personal y vital del escritor). Y define: "Zweig, el exiliado fracasado por excelencia, ofrece una fórmula precisa para la emigración tóxica, lo que podría llamarse 'síndrome de la mujer de Lot': no podía dejar de mirar atrás por encima del hombro hacia un pasado feliz e irremediablemente perdido, desdeñando y descuidando el presente y el futuro" . Y nos ofrece un retrato preciso y poco complaciente el escritor “acaudalado ciudadano austriaco, un incansable judío errante, un autor magníficamente prolífico, un infatigable defensor del humanismo paneuropeo, un anfitrión impecable, un histérico en casa, un noble pacifista, un populista barato, un hedonista remilgado, un amante de los perros, un aborrecedor de los gatos, un coleccionista de libros, un dandi, un depresivo, un adepto a los corazones solitarios, un ocasional donjuán que se comía con los ojos a los hombres, un sospechoso de exhibicionismo, un adulador de los poderosos, un defensor de los desvalidos, un cobarde frente a los estragos de la edad, un estoico ante los misterios de la tumba” .

El libro ahonda en todo ello y trata de encontrar una razón suficiente que explique el drama. Hay fuerza en esta narración de curso a veces errático, apasionado, con páginas llenas de exaltación (el lector se encontrará con párrafos sobre el amor a los libros, una de las razones de vivir de Zweig que conmueven). La nómina de amigos célebres y conocidos de Zweig resulta abrumadora (Einstein, Freud, Theodor Hertz, Karl Kraus, Jules Romains, Joseph Roth,Hendrik van Loon...) que pasan de forma fugaz y errática por el trabajo de Prochnik (lamentamos la falta de un trato más claro y documentado o reflexivo) Falta una estructura y un sistema, pero eso no es un defecto, dada la apasionada visión que nos ofrece el autor de un novelista por sí mismo, errático y poseedor de mil rostros diferentes.

En “El mundo de ayer”, Zweig acaba con una frase premonitoria: "El sol brillaba con plenitud y fuerza...mientras regresaba a casa, de pronto observé mi sombra ante mí, del mismo modo que veía la sombra de la otra guerra detrás de la actual. Durante todo este tiempo, aquella sombra ya no se ha apartado de mí: se cernía sobre mis pensamientos noche y día; quizá su oscuro contorno se proyecta también sobre muchas páginas de este libro". Esa sombra hace de la lectura del libro un estremecedor y patético documento de un hombre derribado junto a todo lo que valoraba, pero al mismo tiempo una profunda reflexión sobre la necesidad de superar los nacionalismos ("la peor de todas las pestes: envenena la flor de nuestra cultura europea"), de integrar las diferencias, de unirse bajo una bandera de paz, cultura, concordia y colaboración: "un mundo ordenado, con estratos bien definidos y transiciones serenas, un mundo sin odio", semejante al mundo de su juventud que creía que "el progreso técnico debía ir seguido necesariamente de un progreso moral igual de veloz!".

En cambio Zweig gime por su generación y se pregunta "¿qué no hemos visto, no hemos sufrido, no hemos vivido? Hemos recorrido de cabo a rabo el catálogo de todas las calamidades imaginables (y eso que aún no hemos llegado a la última página)" Y con terrible sencillez dice "He sido homenajeado y marginado, libre y privado de libertad, rico y pobre...por mi vida han galopado todos los corceles amarillentos del Apocalipsis, la revolución y el hambre, la inflación y el terror, las epidemias y el exilio...". Y termina con “Si los perseguidos y expulsados hemos tenido que aprender un arte nuevo, desconocido, ha sido el de saberse despedir de todo aquello que en otros tiempos había sido nuestro orgullo y nuestro amor”.  Su canto de amor a la Viena que conoció es asombroso y decididamente utópico: “Era magnífico vivir allí, en esa ciudad que acogía todo lo extranjero con hospitalidad y se le entregaba de buen grado; era lo más natural disfrutar de la vida en su aire ligero y, como París, impregnado de alegría”. Y la burguesía judía era el principal sustento del arte, el teatro, los libros, la cultura en general. No es sorprendente que en el siglo XX surgieran figuras como Gustav Mahler, Schönberg, Hofmannsthal, Schnitzler, Max Reinhardt y Sigmund Freud, y Ludwig Wittgenstein, todos judíos.

En el prefacio de su último libro, Zweig se queja de no tener ninguno de sus libros o documentos a su disposición para escribirlo. Debía fiarlo todo a su memoria. "Tres veces me han arrebatado la casa y la existencia, me han separado de mi vida anterior y de mi pasado, me han arrojado al vacío, en ese no sé adónde ir, que ya me resulta tan familiar".  Y todo eso por ser judío, además de escritor, austríaco, humanista, pacifista y europeísta. Quizá nadie podría personificar mejor al protagonista de “El hombre sin atributos”, la gran novela de su compatriota Robert Musil (que nació y murió casi en las mismas fechas que él). Zweig fue “el genio sin atributos”. Y, como escribe  con cierta dureza Prochnik, la vida de Zweig invertía el orden del comentario de Marx sobre la historia que se repite, la primera vez como tragedia y la segunda como farsa. La historia de Zweig coquetea con la farsa primero, para terminar como tragedia.

LIBROS : CUENTOS COMPLETOS.-Stefan Zweig. Trad. De Alberto Gordo. Ed. Páginas de Espuma. 1348 págs. –EL EXILIO IMPOSIBLE.-George Prochnik. Trad. Ana Herrera.- Ed. Ariel.413 pág. NOVELAS. Ed. Acantilado. Varios traductores.1550 págs.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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2 febrero 2023 4 02 /02 /febrero /2023 18:09

(PUBLICADO EN LA REVISTA "COMPROMISO Y CULTURA", febrero 2023)

De libros, librerías y bibliotecas (y 2)

El tipo que escribe para ustedes tiene vividos en su cuenta 76 (setenta y seis años), fue un lector precoz y devoraba cuanto material impreso caía en sus manos: fui un asiduo a las bibliotecas desde mi época escolar y surtía de lista de libros a toda la familia, por si llegaban épocas de regalos. Y no era una copia del repugnante niño Vicente, tenía mis pandillas, mis equipos de fútbol y fui descalabrado por alguna piedra bien lanzada en las guerras de guerrillas de los barrios. Pero siempre había un libro esperándome y unos momentos sagrados dedicados a Salgari, Julio Verne, Stevenson, Carroll, Peter Pan, Woogli, Sherlock Holmes, Guillermo Brown, el Guerrero del Antifaz, el Jabato o Roberto Alcázar y Pedrín. El hábito de la lectura ha sido mi compañía íntima toda la vida, me ha dado consuelo, amor, risas, astucia, inteligencia emocional y operativa, sentido crítico, hambre de sabiduría, conocimientos y una inextinguible ansia de comprender, a mí mismo y a los demás y al mundo que me rodea y sustenta. Las tres actividades profesionales que han enriquecido mi vida atestiguan mi pasión por los libros: periodista, psicólogo y escritor. Perdonen estas notas personales, sólo las cito como ejemplo práctico de la hipótesis que se defiende en este escrito: la lectura es una forma de vida, porque la vida como la lectura es ambigua y polivalente: nadie nos puede decir cuál es la forma correcta de lectura, como en la vida tampoco hay señales inequívocas que nos guíen. A veces coinciden en ambas, la lectura y la vida, algún principio operativo que las une. Por ejemplo, lo que Nietzsche y Wittgenstein recomendaban a sus lectores: la lentitud, la morosidad, el permitirse pensar antes que dar por sentado nada. Ni lo leído, ni lo que vives.

Para sustentar lo que antecede, en un principio barajé los nombres de Stefan Zweig, Harold Bloom, Thomas Mann o Virginia Woolf, como compañeros de viaje en este íntimo, interior y apasionante “vicio de la lectura”. Después pensé que en nuestra tierra también hay autores que han escrito libros muy adecuados y originales para mis intenciones y sin demasiada dificultad encontré algunos que no desmerecen en absoluto –en lo que concierne al tema que nos ocupa-  de los grandes clásicos citados.

Se trata de Joan Carles Mélich y Sebastià Serrano, dos catedráticos de la Universidad de Barcelona, el primero de Filosofía de la Educación y Serrano, de Lingüística. He escogido como referencia sus libros “La sabiduría de lo incierto. Lectura y condición humana” y “El regalo de la lectura”. Con ellos comprobé la veracidad de una frase de “La lectura como plegaria” de Mélich: “Hay dos formas de estudiar filosofía, leyendo a Aristóteles y a Kant, o leyendo a Dostoievski y a Kafka.”. Yo también prefiero la segunda. Realmente es más fácil comprender el mundo y las personas que lo habitamos, de una manera filosófica pero también vital y cotidiana, tras haber leído a Shakespeare, Dante, Cervantes, Melville, Proust, Rilke, Sófocles,Thomas Mann, Becket, Musil, Canetti, Pessoa, Virginia Wolf, Tólstoi, Dickens, Zweig, Zola, Flaubert…¿No me creen?

¿Cuántas Madame Bovary o Anna  Karenina ha conocido usted? ¿Cuántos Quijotes, Sanchos Panza, obsesionados capitán Aqab, tolerantes Leopoldos Bloom casados con Mollys quejosas y adúlteras? ¿Cuántas veces se ha visto en situaciones ”kafkianas”, sin sentido, absurdas, inexplicables, burocráticas de pesadilla? ¿O se han sentido como el protagonista de “El hombre sin atributos” de Musil? ¿O han padecido incomprensiones y persecución social como Oscar Wilde? ¿O sufrido el martirio de los celos, como nos cuenta Marcel Proust hasta la saciedad? ¿O desesperado tras el amor y la nada, como el Cónsul de “Bajo el volcán” de Lowry? ¿O enfermo de lucidez como en “La montaña mágica” de Thomas Mann? ¿O preso de la desesperación más atroz como en los libros de Primo Levi o de Jorge Semprún? ¿Cuántos potenciales personajes de Dostoievski deambulan por los juzgados y la prensa  de  sucesos? ¿Cuántas veces le han dicho que alguien tiene unos complejos de tipo freudiano o junguiano o lacaniano? ¿Sabe que la demanda feminista clásica de “una habitación propia” es el titulo de una novela de Virginia Woolf? ¿Se ha dado cuenta que leyendo a Shakespeare, -Ricardo III, Hamlet, Macbeth, el rey Lear-, comienza a entender uno a los dictadores-Putin, Trump, Bolsonaro- que nos rodean cada vez más, sus pasiones y sus miedos y manías? ¿Que leer a Rousseau y su “Emilio” nos da claves para entender el desbarajuste de la educación actual? ¿Que leyendo a Platon se comprenden muchos de los problemas que causan los sistemas religiosos cuando intervienen en la vida politica y social? ¿Cuántas similitudes sería capaz de ver entre Clarisa Dalloway, el personaje de V.Woolf , y muchas señoras casadas que conoce? Se sorprenderá de la agudeza de Dostoievski, cuando en “los hermanos Karamazov” nos narra la historia del Gran Inquisidor: en ninguna parte encontrará una parábola tan inquietante sobre las paradojas del cristianismo.

Estoy citando libros clásicos, los “libros venerables” como los llama Mélich (“ los que tienen un sentido infinito, inagotable, que siempre dicen más y de forma distinta, y que su sentido está en función del estado de ánimo y la experiencia vital del lector”) y que, para mí, tienen la particularidad casi “mágica” de ser increíblemente actuales, de ofrecernos unas ideas, conclusiones y enseñanzas que son pertinentes para nuestra época y para nuestros problemas de hoy. De ahí viene la cruzada que muchos llevamos a cabo para mentalizar a quien debería en las enrarecidas esferas del poder educativo (en el que el poder político mete corrompida baza disgregadora), de la importancia de la lectura, de los libros, de la reflexión calmada y del diálogo creativo y crítico, en la formación de nuestros jóvenes (que hoy ya están casi a la altura del analfabetismo horizontal).

Y corre prisa hacer algo al respecto. La Cultura es un bien de adquisición muy lenta, despaciosa y tan morosa como una abuela. Requiere atención, obstinación y una cierta humildad. Parafraseando a Goethe, “la gente no sabe cuánto tiempo y esfuerzo cuesta aprender a leer. He necesitado casi ochenta años para conseguirlo y todavía no sabría decir si lo he logrado”. El aprendizaje en la lectura es como en la vida: cuesta aprender como cuesta vivir (bien). Pero cuando lo consigues es igualmente gratificante en ambos casos. Y no hablo de “utilidad” o de “beneficios”, que desde luego los hay, pero son consecuencias, no objetivos. No leemos para ser más ricos y poderosos, sino para ser mejores personas y…quizá incluso más felices. Y “en eso estamos, porque vivimos leyendo, porque somos ‘seres con el libro’ y porque leer supone formarse uno mismo entre interrogantes y dudas”.

Como escribe Serrano, “leer es un ritual mediante el cual los textos creados por un autor se convierten en un  narrador interno del lector, en su propia voz dentro del cerebro”. Ese narrador interno –auxiliado, no lo olvidemos, por la memoria (¡ojo con seguir despreciando la memoria en la enseñanza!)- es la instancia mental personal que conecta en nuestro cerebro lo que hemos asimilado leyendo con lo que es un evento real en nuestras vidas y de esa forma articula una respuesta, que siempre será más rica en sentido y significado que si no tuviéramos esa referencia. Nuestras lecturas  forman parte de nuestra memoria episódica, pues somos en gran parte las historias que leemos, que nos cuentan y que nos contamos nosotros mismos. Las neuronas-espejo se ocupan en nuestro cerebro, mientras leemos, de identificarnos con ciertos personajes. Estamos tratando con el concepto del lenguaje (hablado o escrito) que es el “primer artefacto cultural que organiza el mundo y gestiona los sentimientos, designa y clasifica los objetos, dicta órdenes, describe el mundo y hace planes y previsiones”. Recordemos la frase de Wittgenstein, “los límites del lenguaje son los límites de mi universo personal, de mi mundo”. ¿Cómo se puede descuidar la enseñanza y el cultivo del lenguaje y sus herramientas, la lectura, los libros, en una propuesta educativa?

“La lectura permite conocer y aprender estrategias cognitivas y emocionales capaces de ayudarnos en el auto diseño de la propia personalidad y mejorarla si es preciso”, escribe Serrano, y añade “los relatos forman parte de nuestra memoria emocional y de la episódica y integran la historia de la cultura humana. Los efectos emocionales y cognitivos de las lecturas influyen en el comportamiento, la capacidad de tomar decisiones y las competencias comunicativas”. Se ha demostrado que la lectura estimula el correcto funcionamiento de la percepción, la atención, el lenguaje, la memoria, la comunicación, el razonamiento y la creatividad y es también un excelente neuroprotector en procesos de degeneración cognitiva, demencia senil y Alzheimer. Un neurólogo resumió esto con la frase: “Una buena lectura es una caricia, un delicado y delicioso masaje a nuestro cerebro”. Leer, nos lo dicen los expertos, favorece la estimulación cognitiva, la capacidad de centrar la atención, estimula la reflexión, ejercita todos los tipos de memoria (semántica, episódica, procedimental, perceptiva  y operativa de corto y largo término), alimenta la imaginación y la creatividad. Enriquece la reserva cognitiva, como si fuera un “plan de pensiones” neuronal. Lo cierto es que el bienestar personal y la felicidad tienen una gran vinculación cerebral con el lóbulo frontal izquierdo que, oh casualidad, es el que se ocupa precisamente de entender y asimilar lo que leemos,

Mélich nos recuerda que “al venir al mundo no heredamos una historia de hechos sino una gramática de historias”. Y se pregunta ¿quién no recuerda las historias que han marcado su vida? Las historias que nos contaron y nos cuentan y las que nos narramos –sea cual sea el soporte en el que nos lleguen- van modelando nuestra vida, lo queramos o no. Por eso es tan importante que eduquemos cierto sentido crítico que nos permita separar el grano de la paja, por así decirlo. Pues si hay historias que nos forman, también hay, la mayoría, que nos deforman, Y esa es una de las labores de la formación escolar, medio olvidada por el afán competencial y tecnológico que nos ha invadido.

Las materias que va tratando Mélich en su excelente libro, la relación de la lectura con la vida, las religiones “del Libro” y la escritura sagrada, germen de los fanatismos y el terrorismo religioso desde la Inquisición hasta las Cruzadas y el yihadismo o las obras de Montaigne, Descartes, Nietzsche, Cervantes, Rousseau o Freud galvanizan al lector en la primera parte del libro que titula: la herencia de una biblioteca, ya que son esos escritores y sus obras las que van sedimentándose en la sensibilidad del que las lee y con-forman de alguna manera la persona que es.

En la segunda parte de “La sabiduría de lo incierto”, intitulada “La condición lectora”, se entra de lleno en la filosofía del libro y en cómo la lectura va mostrándonos los infinitos matices humanos, el amor, el dolor, la crueldad, el Mal absoluto (encarnado en el capítulo dedicado a la literatura de los “lager”, como Buchenwald) y la necesidad de la compasión como compañía ineludible de la comprensión (al estilo de Hanna Arendt). Para terminar con una ética de la lectura. Nos detendremos en este último capítulo de este libro inagotable y sugerente.

Como escribe Mélich, “la lectura abre una grieta en el mundo, en la gramática heredada”. Le da sentido a la vida del lector, un sentido que siempre está al borde del vacío y el vértigo, porque cuestiona sus impuestas “reglas de decencia” y le arrebata su  historia, ya que es una “experiencia de transformación”. Ante esto, ¿cuáles son los elementos que configuran una ética de la lectura de los libros venerables? Melich enumera cinco: el respeto , no porque el libro no pueda ser cuestionado, eso lo convertiría en sagrado, sino porque puede y debe serlo, ya que en cada lectura nos abrirá un interrogante. El  silencio, la vieja exigencia del buen lector: el silencio propicia la atención, como la lentitud. La  infidelidad, no convertirse en siervo del texto. Contradecirle, buscar otras fuentes, complementarlo, abandonarlo  si es preciso. El desasosiego, uno sale vitalmente más ignorante que cuando empezó su lectura, aumenta su inquietud del no-saber, La sabiduría del clásico desvela mi docta ignorancia. La quinta norma ética es la lectura anárquica, que no tiene fundamento, origen ni finalidad. Ni método de lectura, ni maestro o director de lectura. Como escribe Mélich, “siempre se es un eterno estudiante, siempre se vive un poco a la intemperie, nadie puede vivir detrás de una mesa, protegido del mal tiempo y las tempestades”.

Leer, amigos, es una aventura muchas veces iniciática. Debemos inclinarnos ante la belleza y el privilegio de la lectura. Pertrecharnos de humildad, de silencio y arrinconemos a Kronos, el tiempo. Leamos con lentitud, saboreando el lenguaje, la idea, la imagen y el concepto.  Dejemos que la memoria actúe. No programemos esos momentos, pero sigamos la intuición de que lo hacemos en el reinado de Kairós, el momento adecuado.- ALBERTO DÍAZ RUEDA                    

 

FICHAS

LA SABIDURÍA DE LO INCIERTO.- Joan Carles Mèlich.-Tusquets Editores. 432 págs.

LA LECTURA COMO PLEGARIA.-J.C. Mèlich.-Fragmenta Ed.120 págs.

EL REGAL DE LA LECTURA.- Sebastià Serrano. Ara LLibres. 283págs.

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2 enero 2023 1 02 /01 /enero /2023 15:21

Este artículo se ha publicado en la revista "Compromiso y Cultura" de 1 de enero de 2023

Vamos a empezar este año azaroso y mal encauzado en muchos –demasiados- aspectos, con un canto enamorado a la lectura y a los libros, como un guiño a los dioses caprichosos que rigen el destino de los pueblos y el azar de los acontecimientos. Mantengo con tesón la idea de que no hay mal que no alivie una hora de lectura intensa o, por lo menos, que endulce un poco la amargura de ciertas situaciones personales o públicas o que destense y distraiga a la mente del agobio de las crisis concatenadas que nos afligen – guerra en Europa, cambio climático, economía, resurgencias epidémicas, violencia y agresividad…- en fin, como diría Mafalda, el “principióse” del “acabóse”. No hablo a humo de pajas: soy uno de esos sujetos más o menos memorables (por años, que no por méritos)  o “memoriable”, que ha ido sumando decenios y a través de su dilatada vida ha comprobado personalmente –y en amigos, conocidos y en la casi totalidad de los del gremio de la pluma, el libro y el pensamiento- que el citado aserto sobre la bondad salutífera de la lectura, entre otros efectos “casi mágicos”, es verdadero y comprobable incluso científicamente.  

 Cuando leemos se activan dos rutas cerebrales, la fonético-fonológica y la léxico semántica que se unen en el lóbulo temporal superior de nuestro cerebro y posibilitan el milagro evolucionista de la lectura, decodificando los signos y dándoles un significado y un sentido que les insufla el hipocampo (sede de la memoria) y la amígdala (emociones). Como escribe  Sebastià Serrano en “El regal de la lectura” (Arallibres): “leer es un ritual mediante el cual los textos creados por un autor se convierten en un narrador interno, el lector, en su propia voz dentro del  cerebro”. Y más adelante: “La lectura permite conocer y aprender estrategias cognitivas y emocionales capaces de ayudarnos al auto diseño de la propia personalidad y la mejora de muchos de sus aspectos”.

Por tanto este panegírico a la lectura vamos a transformarlo en un ameno e instructivo paseo por los libros y autores que han mostrado en sus textos la convicción común a todos nosotros de que el mundo del libro, las librerías y las bibliotecas no desaparecerán jamás, porque es un invento que cumple una función humana de primerísimo orden, tanto que es una de las que nos hace propiamente humanos: el vehículo de expresión del pensamiento, la belleza, la dignidad y los anhelos de nuestro género, ay, por otro lado, tan censurable y problemático como nos cuenta la historia y vemos cada día.

Ha sido la lectura de “El fantasma de las palabras” de  la encantadora septuagenaria Louise Erdrich (Editorial Siruela), la que me ha ofrecido la imagen nutricia de la idea que subyace en este artículo: la perennidad del libro, de los lectores y de los sueños que los enlazan a ambos a través de las palabras. Y el diálogo de Umberto Eco y Jean Claude Carriére (“Nadie acabará con los libros”, Ed. Lumen) el argumento complejo que anida en el corazón de los amantes de los libros: es uno de los inventos humanos-llave, como la rueda, las tijeras o la cuchara, destinados a sobrevivir por encima de cualquier cambio tecnológico en el mundo histérico, líquido y sin pausas, descansos  o respeto, bajo un ritmo no asimilable, que se nos está imponiendo a causa de la falta de orientación de lo humano. Como a ese personaje central (y fantasmal)  de la novela de Erdrich,  Flora, a la cual la pasión por el libro y la lectura – y algo más, que no les desvelaré- ha rescatado de la muerte y le permite deambular de forma irritante por los pasillos de la librería que visitó muy a menudo en  vida molestando  recalcitrantemente a la librera. A muchos de los personajes y autores de los libros que les voy a recomendar les alimenta esa misma pasión que algunos de ustedes, lectores de estas líneas, conocen bien y, si acaso, empiezan a conocerla, persistan en ella, porque es uno de los “alimentos terrestres” que nutre el alma como si fuera el “soma” de Huxley: la lectura.

Ese es precisamente el encanto que produce la lectura de las novelas que en norteamericano Christopher Morley dedicó a su tema favorito: “La librería ambulante” y “La librería encantada” (Ed. Periférica) situadas en un época ya algo lejana pero cuyo humor y fuera literaria evocativa, les hará pasar un gran rato. Asegurado. En la siguiente época, tras la II Guerra Mundial, Mary Ann Clark Bremer con su “Una biblioteca de verano”  y Petra Hartlieb con “Mi maravillosa librería” (ambas en Ed. Periférica) ambientada en Viena en nuestros días, evocan el poder de atracción que suscitan las librerías y el mundo que ellas contienen, como aglutinador humano.

En otro registro, el francés David Foenkinos escribe “La biblioteca de los libros rechazados”, (Ed. Alfaguara), que es una especie de “thriller” literario sobre un “best seller” con un autor fantasmal, donde el amor a las palabras se mezcla con el amor entre las personas.

Tampoco un clásico como Aldous Huxley se libra de fantasear sobre este mundo dinámico y mágico que rodea a los libros, y así nos deleita con “Si mi biblioteca ardiera esta noche” (Edhasa), que es un conjunto de artículos sobre la lectura. Con un dato sorprendente: años después de publicar este libro, la biblioteca personal de Huxley en Los Angeles se consumió por un incendio fortuito. Para aligerar un poco la lectura, una recomendación amable y divertida: “La pequeña librería de los corazones solitarios” de Annie Darling (Ed. Titania) sobre una lectora compulsiva de novelas de amor que lucha por sacar adelante, en Londres, una pequeña librería muy especial.

En otro orden de cosas, cuestiones  menos amables, como las dificultades familiares de una librera japonesa en “Hôzuki, la librería de Mitsuco” (Nordica libros) de la canadiense de origen japonés Aki Shimazaki. O como las relaciones a través de los libros entre una madre muy enferma y su hijo, de Will Schwalbe, “El club de lectura del final de tu vida”, (Arallibres). O, a propósito de Zweig, una deliciosa narración “La pequeña librería de Stefan Zweig” (Ed. Berenice) de Francisco Uría, que es el arte de convertir un detalle biográfico real, la escala en Vigo del barco que llevaba al escritor alemán al exilio en 1936, en una deliciosa cita imaginativa entre un librero gallego –preocupado por la guerra civil española, recién declarada- y un escritor alemán que temía por su vida, con la sombra homicida de Hitler a sus espaldas. El mismo escritor que más tarde, durante su exilio forzoso (que terminó en suicidio), escribió: “Los libros son mejor compañía que los humanos…son entidades físicas que median entre este mundo y otro superior”. Y, en un texto escrito poco antes de morir, recordaba su gran biblioteca perdida en Alemania: “Ahí estaban mis libros, esperando, en silencio. Mudos, se alinean  en sus estantes a lo largo de la pared…ni te llaman, ni te suplican… esperan a que te muestres receptivo hacia ellos, solo entonces se te abren. Primero tenemos que sentir la paz en nuestro interior: entonces es cuando estamos listos para ellos”. Y por esas incesantes lecturas, Zweig encontraba en su vida cotidiana lo que Aristóteles llamaba “anagnórisis”, “el más enigmático de los deleites estéticos”, cuando “reconocía” lugares, personas, caracteres o situaciones del mundo real que parecían reflejos de su memoria literaria.

Y para terminar, no se pierdan (hablando de las virtudes terapéuticas de la lectura) la novela de Elizabeth Noble, “El grupo de lectura”, (Ed. Roca) donde un grupo de damas casadas, en general con maridos insoportables e hijos incomprensibles, forman un pequeño club de lectoras donde las novelas y los personajes que analizan, acaban constituyendo no sólo una forma de aprendizaje psicológico de resistencia y de mejora, sino una percepción diferente de sus vidas y de sí mismas. Y como broche, el ensayo del zaragozano Ángel Esteban que en “El escritor en su paraíso” (Ed. Periférica) nos cuenta la vivencia, poco conocida, en las biografías de treinta grandes autores que, en algunos periodos de su existencia, fueron bibliotecarios.  Con un delicioso prólogo de Mario Vargas Llosa, Esteban nos cuenta las cuitas libreras de figuras como Georges Bataille, Borges, Lewis Carroll, Richard  Burton, el gran ensayista del siglo XVII, autor de “Anatomía de la Melancolía”,  Casanova, Rubén Darío, Goethe, los hermanos Grimm, Hölderlin, Musil, Onetti, Proust (éste no se estrenó en el oficio) y, por supuesto, el prologuista Vargas Llosa, entre otros.

La diversión está asegurada. Son quince libros que tienen como temática y motivo argumental a los libros, las librerías y las bibliotecas. Por esa razón, me excusan de la habitual lista bibliográfica. Tienen el autor, el título y la editorial, de cada uno de ellos. Si además tienen humor y ganas de pasarlo bien, ya saben. Contribuyan a que no cierren las librerías y las bibliotecas se queden sin socios y se conviertan en lugares fantasmales (para dolor de muchos de nosotros y desamparo y ruina intelectual de nuestros descendientes).

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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5 diciembre 2022 1 05 /12 /diciembre /2022 19:39

ARTÍCULO PUBLICADO EN LA REVISTA "COMPROMISO Y CULTURA" DE DICIEMBRE DE 2022

El 18 de noviembre de 1922 moría el escritor Marcel Proust en su apartamento parisino del número 44 de la Rue Hamelin, 4ª planta. Tenía 51 años y fallecía a causa de una neumonía mal tratada, a la que se rindió sin oponer resistencia. La enfermedad degeneró en una septicemia, a pesar de que su hermano,  Robert, eminente médico, intentó administrarle fármacos (que él se negó a admitir) y le acompañó hasta su muerte, junto a Celeste Albaret, la fiel ama de llaves, enfermera y secretaria del escritor.

Hasta unas horas antes de fallecer, Marcel siguió corrigiendo incansablemente el último volumen de su “En busca del tiempo perdido”, una “opera magna” que no sería publicada en su totalidad (siete volúmenes, en su edición en español) hasta cinco años después de su muerte. En 1919, tras publicar el segundo libro, “A la sombra de las muchachas en flor”, se le concedió el Premio Goncourt, el 10 de diciembre de ese año, generando un escándalo mayúsculo en los periódicos y en las sociedades literarias francesas. Proust era entonces un semi desconocido autor  y estaba considerado un snob lleno de frivolidad y artificios aristocráticos. Hasta el gran Andrè Gide, director literario de la editorial Gallimard, había rechazado el primer volumen “Por el camino de Swann” para su publicación (de lo que se arrepentiría no mucho más tarde: envió una carta a Proust pidiéndole perdón por su “inmenso error”). La obra de Proust había desbancado al gran favorito, Roland Dorgelès, un escritor joven que había combatido en las trincheras devastadas de la I Guerra Mundial y presentaba su novela “Las cruces de madera”, basada en sus horribles experiencias en el frente. Se consideraba su obra como una réplica francesa a “Sin novedad en el frente”, la mejor novela escrita sobre la Gran Guerra, debida a un autor alemán.

Proust, un autor decadente, maduro (viejo para la época: tenía 48 años y estaba crónicamente enfermo)  cuyas obras no se conocían apenas y además era rico  (no precisaba los 5000 francos del premio), era despreciado por muchos periodistas y escritores franceses. Su obra, un “work in progress” que apenas unos pocos conocían parcialmente, era larga, premiosa, detallista, enrevesada, surcada por vetas brillantes de filosofía, poesía, ciencia, lingüística, narrativa pura, erudición literaria, arte, arquitectura y música y un hálito profundo de humanidad, originalidad y complejidad anímica y emocional  en los personajes y en las anécdotas y sucesos que los dominan con su arco iris de pasiones. Es una obra dedicada al paso del tiempo, ese fluir constante en el que los momentos del pasado y del futuro son evocados con la misma exigencia de lo real. Y frente a ellos se explora la más íntima psicología humana, son su irracionalidad y sus causalidades inconscientes que desfiguran las exigencias a veces inaprensibles de las propias emociones.

En la historia de la Literatura (con mayúsculas) hay obras y autores que forman parte del acervo cultural de una determinada época y es tal su valor específico que suelen desbordar la época en que nacieron e integrarse en el “humus” creativo que luego se reflejará no sólo en el “corpus” de los clásicos universales sino en el particular, amado y formativo “corpus” del lector individual, ya sea escritor, poeta, editor o crítico o  el anónimo amante de la literatura. En mi generación, Proust ocupa un lugar preferente, con compañeros y vecinos del calado de Malcolm Lowry, Faulkner, Lawrence Durrell, James Joyce, Hemingway, Conan Doyle, Chesterton, Swift, Dickens, Mann, Lewis Carroll, Melville o Stevenson. Sin olvidar los “permanentes” como Shakespeare, Cervantes, Homero, Platón o Virgilio…

Mi primer acceso a Proust y la “Recherche” fue gracias a Alianza Editorial, cuyos siete volúmenes de bolsillo, traducidos los tres primeros tomos por Pedro Salinas y el resto por Consuelo Bergés, formaron parte  de mi biblioteca imprescindible desde que salieron entre 1966 y 1969. En ellos, entre líneas o en los márgenes de las páginas, aparecen mis nerviosas notas manuscritas, las de un joven veinteañero, glosando una descripción, comentando un juicio, apuntando la emergencia de un personaje que luego será decisivo y numerosos apuntes sobre la técnica del novelista y sus herramientas literarias y de estilo.  Esos libros me han acompañado en todos mis traslados de residencia; algunos de ellos han viajado a lugares remotos, como lectura de relajación de mi trabajo periodístico, y a otros he debido reponerlos por destrucción física debido al mucho uso y a la mala calidad de la entrañable edición, en sus aspectos de encuadernación o tipo de papel. Todos han envejecido conmigo, pero conservan aún ese “no sé qué” que los convierte en objetos valiosos, casi como una proyección en papel de mi yo histórico, que es la versión “joven” del anciano que los conserva y los ama. En el primer decenio de este siglo, mi mujer me regaló la edición de Debolsillo, también en siete tomos, con una primorosa traducción de Carlos Manzano. Ahora, con ocasión de redactar este artículo, he comenzado una nueva lectura. Y sigo “encontrando” joyas en forma de pensamientos u observaciones, como la primera vez que me interné en el mundo proustiano.

Al fin y al cabo, se cumple la profecía del mismo Proust sobre su obra que no parecía tener fundamento, incluso  hasta los años 50 del pasado siglo y que se confirmó a partir de los sesenta: “mi obra –dijo- no es una autobiografía, sino una revolución literaria y artística que influirá en toda la literatura del siglo XX”. Y de la misma forma exacta como un estilete, define la genialidad sin percatarse, seguramente, de que está esculpiendo a su propia persona: “…quienes producen obras geniales, no son quienes viven en el medio más delicado, quienes tienen la conversación más brillante, la cultura más extensa, sino quienes han tenido la capacidad de volver –dejando bruscamente de vivir para sí mismos- su personalidad semejante a un espejo, de tal forma que su vida –por mediocre que fuera, mundana e intelectualmente-  se refleje en ella, pues el genio consiste en la capacidad reflectante y no en la calidad intrínseca del espectáculo reflejado” ( último capítulo de “Por el Camino de Swann”. ¿Hay otra definición más justa de su propio genio?

El ritmo de lectura de la obra gigantesca de Proust no puede requerir una cadencia aleatoria como con “La montaña mágica” de Mann o el “Ulises”  de Joyce –que exige más paciencia que tiempo-, o “El cuarteto de Alejandría” de Durrell, que son cuatro novelas con una relación y un estilo diferentes. A la “Recherche” hay que dedicarle un “tempo” exclusivo y permanente que se mide en semanas o en meses–si es un lector profesional-  o meses (se calculan dos, dedicando a la lectura un mínimo de dos horas diarias), si uno es un amante literario que disfruta de estos libros de forma intensa. Se trata de una novela diferente a todas, que nos envuelve con todo el encanto y la complejidad de una obra única redactada por un escritor que dedicó gran parte de su vida adulta –enclaustrado en una habitación con las paredes forradas de corcho y escribiendo por las noches, en la cama, hasta el alba y por el día con los cortinajes de las ventanas cerrados, para igualar la noche con el día y escribir y corregir sin cesar-  a hilvanar los mil y un detalles, personajes, ambientes, confidencias y análisis respecto  a otras tantas facetas, científicas , artísticas, literarias, psicológicas, de costumbres, moda, arquitectura, pintura, música, fisiología y patología de las percepciones y de la memoria, filosóficas sobre el paso del tiempo, clases de plantas, de flores, de pájaros, tormentos del deseo, de la homo u heterosexualidad, el fetichismo, los automóviles, los trenes, los aeroplanos y dirigibles, la pasión por los libros, los cuadros y las esculturas, los creadores, poetas y locos de todas clases, fetichistas, las clases sociales de Paris, las fiestas sociales y lupanares, bares y restaurantes, la guerra, la crueldad, los vitrales, los cementerios, los caballos y la cocina, los niveles de la nobleza y la alta burguesía, de las grandes damas y de las entretenidas “demi-mondaines”. En su obra, el aficionado a la narrativa, rastrea la presencia de Montaigne, Flaubert, Balzac, Pascal, La Bruyere, Rousseau, Chateaubriand, Todo ello desmenuzado de una forma casi entomológica, persistente, aguda, obsesiva y brillante. Es una enciclopedia borgiana donde todos los saberes de una época tienen su acomodo y su jugoso comentario que, milagrosamente, logra Proust integrar en el corpus de su obra, de tal manera que si eliminamos alguna de estas piezas, el resto se resiente.

Y, ojo, no quiero decir con ello que no habrá momentos de tentación abandonista, un poco de sofoco ante los excesos inevitables de semejante obra, momentos duros cercanos a la deserción. No se dejen amilanar. Persistan. Es la clase de lectura que una vez realizada, nos acompañará toda la existencia y olvidaremos aquellos instantes de abandono para unificar una impresión profunda e inolvidable. Tanto que uno queda marcado por un sello íntimo, una marca indeleble que nos hermana con todos los que han realizado esa gesta lectora. Y algo más: no conozco a ningún lector total de la “Recherche” que no haya repetido la lectura en otro tiempo de su vida.

El estilo es impecable, dado a las frases largas de periodo interminable y a veces alambicado, pero de rotundo sentido y belleza, que logra una cierta perfección en las distintas voces de los personajes, cuyos diálogos reflejan con maestría desde la educación hasta el origen social, sin evitar la tentación de divertirse con parodias, imitaciones o pastiches. Swann tiene una cadencia propia al hablar, como el pedante Bloch o la duquesa de Guermantes; o el chismorreo de Madame de Verdurin o de las tías-abuelas del narrador; la sentenciosa criada Françoise, el complejo y refinado Norpois, la vulgaridad de Odette de Crezy, el obtuso doctor Cottard o el tierno compositor Vinteuil (cuya sonata para violín y piano, de gran importancia en la novela, ha sido identificada como una obra de Saint-Saëns).

Aparte de los siete tomos de la novela-río, les recomiendo vivamente –como colofón y regalo a la perseverancia lectora  de los que cedan a este artículo y emprendan la genial aventura de leer la “Recherche” completa- un libro aparecido hace unos años, “Marcel Proust, la memoria recobrada” de Mireille Naturel, editado lujosamente por Plataforma Editorial y avalado por la familia Proust. En él los futuros fetichistas proustianos (suele ser ese un efecto colateral de la lectura de la gran novela) encontrarán detalles gráficos y documentales poco conocidos sobre la vida y la obra del escritor francés muerto ahora hace un siglo. Desde las notas escolares del joven Proust hasta las fotografías de su fallecimiento, las fiestas a las que asistió o las vacaciones en diferentes ambientes, sus amigos y amigas, los lugares donde vivió,  el pueblo real y los alrededores que describió en su obra, las personas que se encarnaron en sus personajes…todo en conjunto, es una fiesta para los sentidos y para recordar –como la célebre magdalena, en forma de libro- los momentos entrañables de la lectura.

Como escribió en “El tiempo recobrado”, el último volumen de su obra: “La verdadera vida, la vida por fin descubierta y aclarada, la única vida, por consiguiente, plenamente vivida, es la literatura. Esa vida que, en cierto sentido,  vive a cada instante en todos los hombres tanto como en el artista, pero no la ven, porque no intentan aclararla”.

 

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

FICHAS

EN BUSCA DEL TIEMPO PERDIDO.- Marcel Proust. Traducción: Pedro Salinas, Consuelo Bergés y Carlos Manzano. Alianza Editorial y Delibros.

MARCEL PROUST: LA MEMORIA RECOBRADA.- Mireille Naturel. Trad. Elisenda Julibert. Plataforma Editorial.

 

 

 

 

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26 septiembre 2022 1 26 /09 /septiembre /2022 11:43

En esta obra, Lluís Quintana Trias se fija en un tipo de recuerdos con unas características propias: son inesperados, no se buscan voluntariamente y tienen una fuerza evocadora intensísima. Nos situamos frente a una memoria que posee una fuerza perturbadora porque sabe cómo suscitar recuerdos cuando no se lo pedimos y, a veces, en momentos muy inoportunos, recuerdos que surgen del pasado, se superponen a todos los demás y llegan a nosotros intactos: este poder es una de las razones de ser de la literatura.

La memoria involuntaria, que Proust hizo famosa gracias al conocido episodio de la mag­dalena, es un fenómeno psicológico que ha tenido una repercusión especial en la cultura del siglo xx. Este libro estudia su presencia en la literatura, la pintura y el cine. Contrapone la memoria involuntaria a otros fenómenos psicológicos como la rêverie (o ensueño) o el déjà vu, y al situarlos en el contexto de la literatura occidental, se hace comprensible que todos ellos provienen de una tradición que ha tratado de dar cuenta de algu­nos aspectos no siempre muy comprendidos de la naturaleza humana. Se trata de un ejercicio de literatura comparada asociado a la memoria en la historia de la literatura, de Goethe a Rou­sseau, de Leopardi a Nietzsche, de Maragall a Joyce, de Proust a Benjamin y Rodoreda.

 

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3 julio 2022 7 03 /07 /julio /2022 16:43

Creo que uno de los libros que podría complementar mejor la enciclopédica biografía de Cervantes del académico Muñoz Machado es esta delicia pintoresca y erudita también, a su manera, del novelista Julián Ríos.En realidad, el escritor gallego habla directamente de Cervantes y el Quijote sólo en el primero de los viajes metafóricos que emprende, el que refleja en la "Travesía marítima del Quijote" que el Nobel alemán de Literatura, Thomas Mann, dedicará a su lectura de la obra cervantina mientras atraviesa el Atlántico a bordo del barco holandés "Volendan", en 1934. Se dirige a Estados Unidos tras su huida de la lepra nazi que asola Alemania y Europa después.

Se trata de una recopilación de artículos o conferencias donde el Quijote se muestra en su carácter seminal, ya como objeto de análisis y reconocimiento personal como en el caso de Mann o en su influencia universal en el desarrollo de la novela posterior, incluyéndose el mismo Ríos y su más admirado y conocido motivo de influencia literaria, Joyce y su "Ulises". Rios llega al punto sorprendente de insinuar que tanto la obra de Joyce como el Quijote son dos metáforas de los viajes de Odiseo, uno por la ciudad de Dublin y el segundo por la Mancha. Y abunda en la sincronicidad de un detalle: el Quijote deambula por la Mancha y Mann comienza su travesía quijotesca desde Boulogne sur mer, en el Canal de la Mancha francés. Desde el principio es evidente el amor de Rios por los juegos de palabras y los hallazgos filológicos con amplio e irónico desarrollo. Por eso encuentra "pertinente" que la primera escala del Volendam sea la costa inglesa...justamente el país donde Cervantes y su Caballero van a encontrar la descendencia literaria en las obras de Fielding, Goldsmith, Smollet y Sterne.

El libro va desgranando posibilidades históricas que ensalzan la importancia de la obra cervantina que quizá pudo ser leída y admirada por Shakespeare (en la traducción del Quijote de Thomas Shelton, en 1612). Y dado que su colaborador John Fletcher era un "gran admirador de Cervantes", podrá ser que Cardenio, la obra teatral de ambos, desaparecida, estaría basada en el enamorado de Cardenio, personaje del Quijote. Con todo se me escapa la reflexión de Ríos sobre el "quijotismo" de King Kong (que según él fue la película preferida...de Hitler).

Más tangenciales son los dos artículos dedicados a Joyce, auténtico mentor intelectual y literario de Ríos, que ve en el Ulises una renovación continuista del Quijote.  Considerar al Ulises como "descendiente de la tragicomedia humana de Cervantes" es un poco como una obviedad elevada a una conjetura metafísica. Y ya resuena excesivo cuando afirma que "el principio de incertidumbre, fundado por Cervantes en el Quijote, se lleva en Ulises a sus últimas consecuencias". A pesar de los continuos juegos de palabras, a menudo redundantes y artificiosos de Rios, el lector disfruta de los capítulos dedicados a "Lolita" de Nabokov (quien por cierto calificaba desdeñosamente de "cruel" al Quijote) y a la "Rayuela" de Cortázar.

Quijote e hijos dedica sendos capítulos a Machado de Assis y Arno Schmidt, con los que la relación cervantina es escasa cuando no circunstancial. Uno no ve muy claro el "mismo hilo conductor" si éste trata de Cervantes. La paternidad del Quijote con respecto a algunos de los autores tratados por Ríos es tan "universal" que cualquier otro escritor además de los analizados por el autor gallego podría ser incluido (quizá abusivamente) en un libro con el título del que nos ocupa. El mismo Julián Ríos es más "hijo" del "Ulises" que del "Quijote". Pero, en todo caso, lo admito: he disfrutado con el libro, pese a que yo mismo soy más cervantino que joyciano.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

FICHA

QUIJOTE E HIJOS.- Julián Ríos. Galaxia Gutemberg 196 págs.

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1 julio 2022 5 01 /07 /julio /2022 08:07

TEXTO PUBLICADO EN LA REVISTA C&C DE JULIO DE 2022

Cuanto más se escribe sobre don Miguel, el mayor símbolo literario de España, más se espesa el velo de ocultación que él mismo extendió

 

¿Cómo era el rostro de Miguel de Cervantes? ¿Era alto, bajo, elegante, vulgar, tosco, exquisito, de habla atractiva y sonora o de sonsonete chillón o irritante?  ¿Era un caballero o tenía los modales de un embaucador o de un  soldado valentón y desmedido? ¿Son ciertas las aventuras   heroicas de los Baños de Argel  o las inventó para preparar un currículo atractivo para los padres mercedarios que lo rescataron? ¿Cómo es que de una escasa o nula preparación académica, dio en ser el más grande ingenio de su época y de las postreras, con coetáneos como Lope de Vega y otros de parecido mérito y fama? ¿Después del gran éxito de su Quijote, cómo va a morir tan pobre que ni siquiera tuvo un entierro digno y se fue a la sepultura con un sencillo sudario de caridad y sin una lápida y un nicho  que lo  celebrara? ¿Qué ha pasado con sus restos y como tuvo que ser rescatado del olvido por plumas extranjeras ante la indiferencia de las de nuestro país casi hasta el siglo XIX? ¿Cómo no se han podido rellenar los numerosos huecos informativos que presenta su vida? ¿Era un genio, como atestigua su obra, o un pobre hombre, humilde y castigado por el hambre, las humillaciones y el deshonor, que tocó la flauta “por casualidad”  y de su soplido surgió una música extraordinaria?

Los interrogantes que jalonan la vida de don Miguel, empezando por el “don” y el “de” Cervantes, que no tenía derecho a usarlos…hasta el Saavedra, que parece apellido espurio, buscado para alejar las sospechas de “sangre impura” –judía-  de su linaje, han creado en conjunto un tapiz narrativo que está lejos de ser claro e indiscutible. La vida y milagros de don Miguel están a la altura de las que imaginaba don Quijote al amparo de los libros de caballerías, la magia y hechicerías en las costumbres y la dura e implacable vida social, política y religiosa en la que tuvieron que desenvolverse tanto el autor como su inmortal criatura imaginaria. Y además está la sospecha de algunos tratadistas cervantinos de que don Miguel disimuló y alteró a propósito muchos aconteceres de su vida y extendió los velos de misterio que rodearon su existencia.

Aún así, ahora los cervantinos estamos de enhorabuena.  El presidente de la Real Academia Española de la Lengua, Santiago Muñoz Machado, catedrático de Derecho de la  Complutense, académico de número de la RAE,  doctor Honoris causa en derecho y filología por Salamanca, con más de 50 libros publicados, premio nacional  de ensayo  2013 y de historia en 2018, se las ha apañado para brindarnos un nuevo libro sobre Cervantes. Un tomo con 120 páginas de notas, 220 de bibliografía, 60 de índices de nombres y 637 de texto. Con afán enciclopedista, nuestro autor ha indagado, como un Sherlock Holmes de las bibliotecas, en los libros de don Miguel, en los innumerables tomos sobre Cervantes y en los archivos, documentos, artículos y estudios en torno a su vida y obra. De esta suerte lo que tenemos ante los ojos y yo les recomiendo, es un ‘corpus magnus’ de datos, noticias, juicios, suposiciones, indagaciones y deducciones que conquistan al lector.

Prepárense para recibir alguna que otra sorpresa. Para empezar sepan que de los dos famosos retratos que hay en la magna Academia sobre Cervantes, uno en el salón de actos, aparecido a finales del XIX y saludado como el retrato más real de Cervantes, supuestamente firmado por Juan de Jáuregui, y otro firmado por Alonso de Busto, así como el autógrafo cervantino conservado en urna de cristal, son rematadamente falsos. El primero era la plasmación artística de las palabras del propio Cervantes describiendo su aspecto en el prólogo de las “Novelas Ejemplares” (“Éste que veis aquí, de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y nariz corva, aunque bien proporcionada; las barbas de plata que no ha veinte años fueron de oro, los bigotes grandes, la boca pequeña…”). Y es tan ajustado a estas palabras que siempre fue considerado auténtico.

Nuestro don Miguel, que se autocalificaba con humor socarrón de “regocijo de las musas”, lleva más de tres siglos teniendo en jaque a mentes bastante preclaras de la erudición y la literatura (y no sólo en España, que fue un país muy retrasado a la hora de valorar a uno de sus más grandes genios) en lo concerniente a su biografía y a la certeza o fantasía de los datos propios con los que Cervantes sembró sus obras.

Por ello, atreverse con otra obra sobre Cervantes, con ambición de dar cuenta de la mayoría de la bibliografía existente (además de confesar más de 15 lecturas completas del Quijote) ennoblece el arduo y complejo empeño de Muñoz Machado. Pero su originalidad estriba en la amplitud de temas y subtemas que nos ofrece, un rico anecdotario “interior” del cervantismo y los cervantistas de la Academia, hasta las correcciones a errores de cervantistas “de fuera”.

También son destacables  los detalles históricos que sorprenden al lector más avezado en cuestiones cervantinas. Yo mismo he cedido al embrujo cervantino: en mi biblioteca, amén de medio centenar de “Quijotes”, hay más de un centenar de ensayos sobre Cervantes y la redacción del Quijote, junto a análisis de todo tipo, psicológico, gramatical, geográfico, literario, artístico o histórico de los personajes. Pero ignoraba, por ejemplo, que Cervantes luchó en Lepanto en uno de los sitios de combate más peligrosos: sobre un esquife, fuera del navío, como avanzadilla de infantería. Allí recibió un arcabuzazo que le privó del uso de su mano izquierda.

Sí había leído algo sobre el oscuro episodio de la acusación por la muerte de un hombre, el caso Ezpeleta, que le hace desaparecer de Madrid o los cinco años de cautiverio en Argel durante los cuales tuvo una actuación heroica y desesperada hasta ser liberado por los padres mercedarios. ¿Cuánto hay de verdad y cuánto de leyenda autoreferenciada por el propio Cervantes?  Y qué decir de las dos ocasiones en que es encerrado en prisión durante su época de recaudador de impuestos para la Armada. Termina por ser liberado sin cargos y con sentencias de inocencia.

Sus peticiones de mecenazgo y ayuda son despreciadas o mal atendidas por los supuestos “grandes nobles” de la sórdida época en la que vive Cervantes (setiembre de 1547 a abril de 1616). A pesar del éxito del Quijote y de sus Novelas Ejemplares y de algunas obras de teatro, Cervantes no llega nunca a tener una posición desahogada y los problemas económicos y familiares le complican la vida. Y esto configura uno de los misterios humanos de ese portentoso creador literario: la visión bondadosa, generosa, noble que se desprende de muchos de los detalles de su vida. No hay mezquindad, ni deseos de revancha, ni amargura en Cervantes y su obra. Hay un humor triste, irónico aunque amable, socarrón a menudo y tan idealista como su gran personaje.

Tenía casi sesenta años cuando publica la primera edición de Don Quijote y levanta la envidia mezquina y malévola  de los literatos coetáneos, con Lope de Vega a la cabeza, que suelen difundir esa difundida pero injusta mala fama que acompañó a Cervantes en vida, corregida y aumentada por los deslices sociales de la parte femenina de la familia, su esposa Catalina de Palacios, una hija adúltera que aporta a la familia, sus hermanas costureras y amancebadas (las “Cervantas”) y una tía, ilustre en esos menesteres de enaguas y lechos..

Sugiere el autor de este estudio,  Muñoz Machado, que Cervantes no escribió El Quijote “para acabar con los libros de caballerías” como aseguran muchos comentaristas (y se ha enseñado en las escuelas en la época en la que aún se hablaba de Cervantes en ellas) sino como nostalgia de esos libros, que ya para la época de nuestro escritor estaban bastante desacreditados, con las excepciones del Amadís, don Belianís o el Tirant lo Blanc. Por tanto, como escribió Menéndez Pelayo: “Cervantes ha escrito el mejor y más perfecto libro de caballerías”.

Haré mención de algunos elementos bastante interesantes y poco citados en obras anteriores sobre la vida y obra de Cervantes: la presencia de la magia, la hechicería y la brujería en su obra y el cuidadoso tacto con el que el bueno de  don Miguel se refiere a la Iglesia, el Estado, los Jueces o la policía de su época (con los que ha tenido infortunados roces. Especialmente significativos son los capítulos dedicados al pensamiento religioso de Cervantes y al matrimonio y las relaciones de pareja en esa época (que la reforma del Concilio de Trento sobre el particular, hace más interesantes). Como buen catedrático de Derecho, además de académico, Muñoz Machado se recrea en aspectos jurídicos, en los que Cervantes era lego pero había sufrido en sus carnes las corrupciones de la justicia, por lo que en algunos menesteres sabía más que los leguleyos.

Américo Castro y Ortega aseguraban que Cervantes era un “gran disimulador” en materia de su propia biografía. Y no les faltaba razón. Por eso hizo falta más de un siglo para que autores ingleses y franceses escribieran sobre Cervantes, basándose en los “rastros” de su vida que don Miguel dejaba en su obra. Y dos siglos de su muerte para que fueran autores españoles los que bucearon en busca de datos (Vicente de los Rios en 1780 y Joaquin Navarrete en 1819). En fin, un libro para leer poco a poco y disfrutándolo.

FICHA: CERVANTES.-Santiago Muñoz Machado. Ed. Crítica

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2 junio 2022 4 02 /06 /junio /2022 18:34

¡ALTO! , ¡EL LIBRO O LA VIDA!

(Charla pronunciada en la Biblioteca municipal de Beceite, el 28 de mayo de 2022)

 

Buenas tardes.  Eso del libro o la vida es una broma destinada a llamar su atención. Les voy a hablar de libros y del acto y función de leer.  Después de más de 70 años de leer de todo, en todas partes y en todos los momentos que podía dedicar a ello y algunos en los que no debía, he llegado a una conclusión. Leer tal vez no te haga más inteligente, pero desde luego te hace menos ignorante. Pero claro piensen que los libros son como los paracaídas, si no los abres no sirven para nada. He aprendido en ellos que un lector puede vivir mil vidas distintas y apasionantes, don Quijote, el mosquetero D’Artagnan, Anna Karerina, el capitan Acab y su Moby Dick, Ulises o Aquiles, sin embargo la persona que no lee vive solo la suya y quizá no la aprovecha del todo. Cicerón decía que un hogar sin libros es como un cuerpo sin alma. Y tengo claro con mis propios hijos, que un niño que lee será un adulto que piensa. No voy a entrar en la actual batalla entre libros de papel y libros digitales. Un amigo informático me dijo cierto día, qué maravilloso invento el libro: no se cuelga como internet, no hay que enchufarlo, no necesita adsl, es fiable, hermoso y duradero. Su texto no desaparece por un fallo o por la obsolescencia programada, es fácil de hojear, volver atrás o hacer spoiler y mirar el final, no requiere mantenimiento y es mucho más fácil de recordar y de leer sin interrupciones digitales como mensajes y wsaps, no genera basura tecnológica, es resistente a golpes, caídas y un razonable maltrato. Y cuando los tienes juntos forman un escenario, la biblioteca, de lo más hermoso y acogedor. Y aún  así  les aseguro que lo que sigue es una verdad relativa. Quiero decir que lo es para mí y para los que sienten como yo. Así que los que no opinen lo mismo, disculpen y paciencia. Aquí se va a hablar de amor a los libros.

Pero volvamos a lo de comparar el libro y  la vida…dos términos que parecen muy alejados entre sí, casi opuestos. Cuando uno lee, ¿vive? ¿Puede uno vivir sin leer? ¿Acaso los libros favorecen la vida o más bien la dificultan? Serias preguntas…sin respuesta posible. Depende de a quién y de qué libros. Miren ustedes, el Beatle John Lennon dijo que la vida es eso que pasa mientras estamos ocupados en hacer otra cosa. Pues bien, cuando esa “otra cosa” es leer, mantener amistosas relaciones con los libros, la vida se vuelve más amable y divertida. La comunidad lectora es una de las más fraternales que conozco y no hay placer más gratificante que dos desconocidos que charlan y de pronto descubren que ambos son  aficionados a un determinado autor o género literario. Apúntense a un Club de Lectura y lo comprobarán.

Mi propia vida ha estado marcada desde muy tierna edad por la convivencia con los libros. La de ustedes lo ignoro, pero el objetivo de esta charla consiste en demostrar que, con independencia de nuestras edades,  formación, familias y entornos sociales, al margen de todo esto, los dos elementos de la ecuación, libros y vida, suelen estar, de forma directa o indirecta en relación causal: a más libros, por supuesto leídos, uno obtiene más datos de lo que es una vida buena; cuantas más lecturas hagamos, quizá haya más posibilidades de apreciar los diferentes aspectos de la vida. O no. Lo cierto es aunque los libros y su lectura no garantizan nada… a cambio de muy poca cosa, el precio del libro y el tiempo de leerlo, no sólo nos concede diversión y amplía conocimientos (lo cual no es poco) sino nos regala algo que se va depositando en nuestra memoria y que crece y se multiplica en forma de ideas, sugerencias, anécdotas, placer y sabiduría. Por leer no seréis más ricos o tendréis una casa  o un coche más valiosos. Aunque quizá la suma de lecturas faciliten indirectamente las circunstancias que favorecen esas condiciones de prosperidad económica o social. Y, en todo caso, lo que suele obtener el lector a menudo, es más sentido común, un poco más de humor, sano escepticismo, paciencia y algunos trucos para sobrevivir en la selva de la vida.

El libro es a la vida lo que la sal al guiso de la existencia. Y para algunos, la cocina y la despensa completas. Ustedes estarán pensando, “qué nos está contando este tipo?. Seguro que vive de los libros, debe ser editor, librero o, Dios nos coja confesados, escritor”. Pues sí, la peor de las suposiciones es cierta. Me nacieron escritor, ante la perplejidad y el desconcierto de mis padres, hermanas y otros allegados. Creo recordar que hubo un remoto escritor en la familia. Fue el autor de un solo libro “El triúnfulo melancólico” allá por el siglo XVIII o XIX. Era un espadachín pendenciero y un truhán además de poeta satírico y burlón. Terminó mal, como era de esperar. Descanse en paz y sigamos.

De entrada sepan que no he publicado muchos libros, ni soy  popular (gracias a Dios), ni acudo a tertulias en Tele5. Ni aspiro a ser un “infuencer” en la Red. Sólo publiqué una decena de títulos hace años y mi formación tiene más que ver con el periodismo, la filosofía y la psicología que con la novela, la poesía o el ensayo. Abandoné la narrativa y me dedique a la crítica literaria, como un trabajo más que me permitía escribir y leer y, por supuesto, lograr libros gratuitamente. A la velocidad que leo y lo exigente que me he vuelto sobre los libros, no hay sueldo y menos pensión de jubilado, que resista una visita semanal a las librerías.

La lectura es algo esencial en la vida de muchas personas, al margen de su edad y de las desdichas y satisfacciones que colecciona en su existencia. Y muchos de nosotros, les diré como confidencia, nos apañamos económicamente en la adquisición de libros gracias a las Re-ready, unas librerías “low cost” que se abrieron en algunas capitales, Lérida, Barcelona, Zaragoza, Madrid y no sé si en Teruel, en las que se encuentran libros muy interesantes por dos o tres euros el ejemplar.

Pero sigamos con la relación entre la vida y los libros. El filósofo griego Sócrates aseguraba que una vida en la que no se piensa en lo que uno hace, lo que desea y lo que ama y se vive de forma casi automática, sin buscar la mejora, el conocimiento, es decir, una vida sin pensar, no merece la pena ser vivida. Pues bien, los libros son una de las herramientas que nos pueden dar esa conciencia de vivir una vida mejor, la vida buena.  Aunque como dije al principio, en realidad, aunque sea sin libros, la vida siempre merece la pena ser vivida. Pero puede ser que  no se viva tan plenamente.

A partir de este momento hay dos caminos a seguir: uno, hablarles de autores y de sus libros, desde los cuentos de hadas a las memorias de cualquiera de los políticos ejemplares que tenemos en este país,  o el último best seller de autoayuda, un tipo de libro de gran acogida. Se trata de recocinar a cualquier clásico en un lenguaje de wasap o de tic-tac o instagram. Prometen mucho y dan poco. También por supuesto puedo hablarles de los clásicos. Pero en estos tiempos de buenismo y denuncias de mala conciencia  se están manipulando elementos y finales de historias clásicas. Así Caperucita Roja llega a un acuerdo con el lobo, antes de merendarse a la abuelita, por supuesto, por aquello de especie protegida. Emma Bovary, Anna Karerina, la Regenta, Helena de Troya, la señora Dalloway, célebres adúlteras, son redimidas antes de su última caída por aquello del feminismo militante; Moby Dick   es amnistiado por un Acab ecologista y proballenas. Lo políticamente correcto –una hipocresía que se extiende sobre el sexo, la raza y la historia - elimina el racismo implícito en Otelo o el sexismo homófobo en Billy Bud o los genocidios de negros e indios. En fin, sería un tema divertido si no fuera penoso.

Ese el camino que dejamos de lado en esta charla. Seguiremos otro, más interesante por ser menos ambicioso, que me lleva a hablar de cómo se escribe un libro desde el punto de vista limitado y humilde de un solo autor, al que conozco bastante bien. Se trata del individuo que tienen frente a ustedes. Yo.

Dada mi escasa relevancia como autor de novelas, me justifica mi amplio historial como hombre de pluma, escribidor experto en artículos, reportajes o comentarios de todo tipo, literario, filosófico, político, social o económico. Les hablaré de una extraña pulsión interna que es la escritura como medio comunicativo por excelencia. Ya sea a través de las efímeras páginas de un periódico, de una revista o las más duraderas de un libro. Salvo que dichos libros sean quemados en autos de fe, incendios involuntarios u hogueras fanáticas. Cosa que ocurre de vez en cuando en algún que otro país.

Sigamos con el rollo: ya sea usted novelista, narrador de relatos o novelas cortas, periodista o crítico, la forma y manera de hacer su trabajo es semejante. Empezamos con el hecho o conjunto de eventos que  tienen categoría para ser noticia y disparan el impulso de la realidad sobre la sensibilidad del que va a escribir. Pero este sujeto debe tener en cuenta  el entorno social, económico y político en el que se desarrolla el acontecimiento, ya sea local o internacional –como la pandemia o la guerra en Ucrania-, que, dada su relevancia,  constituyen una ruptura del proceso rutinario de la vida y marcan un “antes y un después”. Es la colisión entre esos eventos y la imaginación de escritor donde surge la chispa y la interpretación literaria que luego se reflejará en el texto.
Una vez aclarado el proceso –nacimiento de la causa- y el desarrollo: investigación y recreación de dicho elemento, pasemos a ejemplos prácticos para ilustrar la conexión entre la vida, la realidad,  y el texto que surge de la mente del escritor. Para ello, si me lo permiten, hablaremos de mi  propia obra y por qué y cómo escribí esos mis libros.  

Empecemos con “La última noticia”,  la primera novela que publiqué. Su argumento se desarrolla durante un par de días y narra la trepidante jornada laboral en un periódico de alcance nacional que se enfrenta a dos problemas simultáneos: una posible huelga laboral que enmudecería al diario y el estallido de una crisis internacional de graves consecuencias. Comienza con las noticias de una pequeña guerra real muy localizada entre Argelia y Marruecos con respecto al Sahara. Por una suma fortuita de  mala gestión política y pequeños malentendidos y errores entre las partes en conflicto se acaba convirtiendo en un enfrentamiento nuclear entre la URSS y los Estados Unidos. Ello ocurre en un entorno político de guerra fría entre las potencias y el temor popular internacional  a una guerra nuclear en  la sociedad de los 70 y 80 del siglo pasado. Como periodista tenía amplio acceso a los teletipos que informaban cada día y a todas horas de lo que ocurría en las arenas del desierto de El Aaiun. Ese aporte documental me facilitó solucionar los detalles argumentales, haciéndolos verosímiles. No les diré como acaba la historia: el título es suficientemente explicativo. El protagonista ofrecía “la última noticia” a un mundo que estaba siendo destruido.

Ya hemos visto cómo la profesión del autor le proporciona a éste los elementos operativos para llevar a cabo su labor.  A ello debemos unir los elementos de tipo personal y biográfico. Por ejemplo, en otra de mis novelas “Diario apócrifo de un joven seductor”, se narra la vida de un individuo que trabaja en un Banco y se siente explotado en una labor que carece de sentido para él. Siente que su vida se arruina. Mi protagonista, el joven seductor, está basado en un joven real, un compañero de Facultad que por razones familiares y económicas se ve obligado a  abandonar su vocación de poeta y sus estudios de Filosofía y Letras para encerrarse en el estrecho mundo de los empleados bancarios de bajo nivel en los años setenta. Las anécdotas y los sentimientos y emociones que le asaltaban en sus horas de aburrido y rutinario trabajo de oficina, me inspiraron  los detalles psicológicos que daban humanidad a mi protagonista y a sus esfuerzos por huir de ese ambiente. Aquí aproveché las vivencias de mi amigo pero sobre todo me alimenté de los usos sociales de la clase media baja en la Barcelona de la época, la represión religiosa y política, el tímido renacer de la protesta estudiantil y obrera y la exigencia de derechos.

En “El gran apagón”, recreo los acontecimientos, sucesos y accidentes que se producen en la Barcelona de finales de los 80 a causa de una avería del servicio eléctrico que afecta a toda la ciudad. Conté con la ayuda técnica de un conocido que trabajaba en una compañía eléctrica. Me informó de cuáles podían ser las causas accidentales de una avería lo suficientemente grave como para dejar a oscuras a toda la ciudad. Además eché mano de libros y reportajes sobre los grandes apagones de Nueva York de 1965 y 1977. Lo más interesante fue imaginar cómo y dónde se producían los supuestos altercados, delitos y problemas que el apagón creaba en las calles, parques y establecimientos públicos y privados de Barcelona. El apagón me permitía dejar libre juego a mi imaginación. Estaba llena de posibilidades: una gran ciudad asustada, desbocada, a oscuras, difícil de controlar y vigilar, en la que la delincuencia tenía las manos libres y también los movimientos de oposición política o de protesta social o laboral  que abundaban en esa época.

Un mes después de salir a la venta la novela, se produjo realmente un apagón en Barcelona. Un diario de entonces “El Noticiero Universal”, tuvo la idea  de publicar una doble página en la que se contrastaban los sucesos ocurridos en el apagón real con los que yo había imaginado. Para mi sorpresa al parecer me quedé corto. Como dijo un comentarista: “la realidad da sopa con hondas a la imaginación de cualquier novelista”.

Para comprender cómo funciona el engranaje creativo entre la imaginación del escritor y la realidad que la moviliza, hay que percatarse de que dicha realidad suele estar filtrada y a veces condicionada por elementos puramente biográficos y que actúan de forma disimulada, a menudo con tanta habilidad que ni siquiera el autor se percata de ello. Y así, en otra de mis novelas “Cualquier día en la ciudad”, que obtuvo el Premio Ciudad de Gerona 1977, volví a usar el esquema narrativo de hacer que el protagonismo lo tuvieran las calles y barrios de Barcelona –es una ciudad de unas enormes posibilidades literarias creativas- en una fecha arbitraria pero real (11 de octubre de 1976, lunes) novelando los comportamientos cotidianos de una serie de personas durante el mismo espacio limitado de tiempo, un solo día. ¿Era una idea propia, genuina? No. Se trataba de un juvenil y excesivo intento de escribir una réplica  del “Ulyses” de James Joyce, que también transcurre en un día determinado (16 de junio de 1904)  de la ciudad de Dublin, con una serie de personajes que deambulan por los pubs, las calles, jardines, el río, instituciones y domicilios privados de la capital de Irlanda. La obra de Joyce es rememorada cada año desde 1954 en Dublin, con el “Bloomsday”, con bebidas y jolgorio literario en los mismos escenarios de la novela.

En esa novela se pueden ver claramente las influencias literarias. En mi caso, la de Joyce por supuesto, pero también el Cortázar de “Rayuela”, así como Goytisolo o Pérez Reverte. Está claro que, como dice la célebre frase, la mayoría de los novelistas y  poetas de una época somos como enanos subidos en los hombros de los gigantes de las anteriores épocas. La tradición literaria de cada país,y la universal en todos los casos, es el sustrato alimenticio de cada escritor.

En el caso de otra de mis novelas “El mosaico de Perseo”, donde  es evidente la influencia  de John Le Carré, Graham Greene o Somerset Maugham. Se trata de  una novela de espías que se desarrolla en Túnez en torno a los servicios secretos de españoles, norteamericanos y franceses. En esta ocasión usé información real sobre la red de los servicios secretos europeos, americanos y del norte de África, todos ellos intrigando en torno al control de las fuentes energéticas en Argelia, Marruecos y Mauritania. Fue una narración inspirada por mi trabajo de corresponsal en la zona. Fui enviado a Túnez a indagar sobre la posición de ese país en el problema político del Magreb con respecto a la guerra del Sáhara entre el Frente Polisario y las fuerzas marroquíes para controlar las riquezas minerales y energéticas del territorio saharaui. Mi novela trataba de reflejar la complejidad de lo que ocurría, sin recurrir a alimentar temores nucleares.

Sin duda los escritores están siempre bajo el influjo más o menos directo de una forma propia de pensar y percibir el mundo, identificable en casi todas sus obras. Es más evidente en genios de la talla de Cervantes, Dickens o Faulkner. A mi humilde nivel, ese influjo sueles ser un simple cúmulo de circunstancias, no especialmente raras o llamativas, las que me impulsan a escribir sobre ellas, dejando libre mi imaginación. Por ejemplo, tras un cursillo que realicé sobre antropología de las fiestas populares, me sugirió el profesor que  hiciera un estudio de campo sobre el Carnaval como fiesta ancestral, pagana y también religiosa, enriquecida por supersticiones y leyendas. Así que me fui a las Canarias en la época de los Carnavales y tomé notas para escribir el estudio antropológico que se me pidió.  Sin embargo, en lugar de ese trabajo erudito preferí escribir una novela sobre el Carnaval en Santa Cruz de Tenerife: “Bajo la máscara”. Se trataba de una narración que se desarrollaba en torno a un asesinato. Un terrateniente isleño era víctima de un crimen ritual en plenos Carnavales. Los protagonistas eran una periodista, un antropólogo y un policía, junto a algunas personas de la ciudad. Eludiré mi crítica sobre el libro.

Y para terminar, hablemos de “Demasiados verdugos para Albi”, un relato detectivesco muy alejado de los clásicos del género. El protagonista, Albi, un viejo periodista de sucesos muere víctima de una misteriosa enfermedad, sospechosamente en el momento más inoportuno, cuando estaba a punto de aportar pruebas sobre la corrupción de una oligarquía financiera que dominaba de forma brutal la ciudad. Para diseñar el argumento de ese relato policiaco con muerto incluido, confieso la deuda adquirida con la novela “El factor humano” de Graham Greene, de donde “pirateé” la fórmula de un curioso veneno que no deja huellas. Aunque este es un detalle menor. Lo interesante es que Albi usa su propia muerte  y sus artículos por publicar y publicados para mostrar, matemáticamente, las pistas que lleva a la policía a desenmascarar a los delincuentes de guante blanco que él denunció en vida. Ese fue mi adiós a la novela.

En resumen, desconfíen de muchos de los tópicos del escritor. Tanto el que dice que suda lágrimas de tinta para hilvanar sus historias –es raro el escritor que sufre realmente por escribir, salvo gente desequilibrada pero genial, como Kafka, Dostoievski o Malcom Lowry-. Y tampoco son de fiar los que dicen que lo pasa pipa. Lo cierto es que cada libro tiene sus servidumbres. Y que la valía de un escritor suele estar en relación directamente proporcional con el esfuerzo que dedican a escribir. Cada escritor es un mundo en sí mismo y no es justo generalizar. Tengan en cuenta que no sólo el tema, el estilo o el vocabulario son relevantes. El estado anímico del escritor, sus  problemas personales, económicos o sentimentales influyen en su obra. Todo suma. Por eso no es lo mismo Dickens que Proust, Lawrence Durrell, Joyce o Stefan Zweig. Hay quien hilvana ideas y palabras como si fueran las cuentas de un collar, como Henry Miller. Otros se baten con cada frase, como Ernest Hemingway o William Faulkner que siempre dejaban el trabajo diario en el punto en que tenían más cosas que escribir, para así asegurarse que al día siguiente iban a reanudar el trabajo.

Otro de los tópicos literarios que hay que tratar con pinzas es el de la maldición de la página en blanco. La cual sólo consta para escritores del siglo pasado, como yo, aunque en mi caso he superado la transición hacia el ordenador. Ahora es el maldito cursor parpadeante en la pantalla vacía del ordenador el que, como una burla del duende de la escritura, obsesiona al pobre autor que tiene la mente tan en blanco como la pantalla. Tampoco se lo crean demasiado. No hay encantamiento ni duende que valga. Detrás siempre hay una excusa o una constatación. O el tipo se ha equivocado en cómo debe continuar la historia que desea contar o simplemente no tiene ninguna historia que valga la pena narrar. Ese hecho es lo que le deja en blanco.

Sin embargo existe en algunos escritores un elemento indefinible y misterioso. Hablo de escritores como Kafka, Hermann Hesse, Henry James, Saint Exúpery… y de casi todos los poetas. En sus páginas aparece de pronto una frase o una imagen que estremece al lector. Es un detalle, una anécdota, un resplandor que nos asalta de pronto en plena lectura, que resalta como un brillante, un personaje que nos seduce, una reflexión que nos ilumina. Puede ser un diálogo de Hemingway o Mann; la descripción de un paisaje en Zweig; un sentimiento en “El pequeño príncipe” de Saint Exúpery; el final de “Auto de fe” de Elías Canetti…  Todos estos momentos, en sí mismos, forman parte del embrujo de la literatura. Y por esos instantes vale la pena leer, escribir, publicar y comprar libros. Es una emoción sencilla, quizá banal dirán ustedes, pero prodigiosa y reconfortante.

Un crítico célebre dijo que el escritor es más una comadrona que una madre. Su misión es traer al mundo a un niño, es decir un libro, con el menor daño posible: “si la criatura vive, gritará y se librará de cordones umbilicales y sondas alimenticias del ego del escritor” Vivirá por sí mismo, se independizará del autor. Éste sólo tendrá que cuidar las palabras que usa. Y eso se nota en el ritmo del libro y en su capacidad para encantarnos. Con su extraña relación entre el consciente y el inconsciente, la novela implica un proceso que ni los escritores ni los críticos llegan a entender. Imagínense los lectores.

Algunos dicen que el auténtico escritor puede ser un narcisista, pero detrás de eso hay un esfuerzo real y una diversión más o menos permanentes. Es como un estado de alerta  que se activa cuando el escritor ve algo o a alguien que le conmueve y encuentra un eco en su interior. Una semilla que debe fructificar. Eso es lo que define al novelista de raza, al creador de mundos, al hombre que pasea un espejo por el borde de los caminos y las calles de la ciudad y que, como Tolstoi, siente en su alma toda la complejidad de las almas de las gentes que le rodean, que sufren, disfrutan, juegan, aman, laboran y mueren a su alrededor cumpliendo el ciclo inevitable de los seres humanos.

De ahí que les diga, variando un poco la frase maliciosa que les solté al principio ¡Alto ahí! Piensen ustedes: Los libros son parte y espejo de la vida. Son los amigos fieles que nos regalan un sentido más rico a nuestra existencia, una entrada preferente a una vida  más buena, a la excelencia.

Eso es todo. Gracias por su atención.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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3 mayo 2022 2 03 /05 /mayo /2022 09:37

“LA NARANJA MECÁNICA”, 60 AÑOS DE UN “SHOCK” CULTURAL

La novela de Anthony Burgess y la película de Kubrick galvanizaron el horror ante la violencia gratuita

En 1962, hace sesenta años, el escritor británico Anthony Burgess publicaba una novela distópica, desafiante, atrevida y decididamente obscena: “La naranja mecánica” (A Clockwork Orange). Casi 10 años más tarde (1971) Stanley Kubrick la adaptaría para la gran pantalla: una película que arrasaría y dinamitaría, con su hábil y medido sentido de la transgresión y el escándalo, la conciencia social de la época.

La novela se tradujo al castellano (una traducción que en sí misma era una hazaña, dado el neolenguaje que usaban los jóvenes) y a otras lenguas a consecuencia del éxito de la película. Burgess lograba llevar a la caricatura inteligente los juegos de palabras de Joyce (“Ulyses” (1922) y “Finnegans Wake” (1939) y la inventiva sexual culterana y escandalosa de Nabokov (“Lolita”- 1955). Lo que en Nabokov y Joyce era la palabra como acicate sexual y operativo, en Burgess era la música, principalmente Beethoven.

El caldo de cultivo de la distopía de Burgess no estaba motivado por razones políticas como “1984” de George Orwell (1948), o filosóficas y sociales como “El mundo feliz” (1932) de Aldous Huxley, sino por la cultura social emergente de las nuevas tribus juveniles que despertaban tras la II GM y comenzaban a vislumbrar un mundo más permisivo y con menos escasez y miseria. Desde los “Teddy Boys” a los “Mods”, los “Rockers” y los “skinheads”, la subcultura juvenil buscaba su decálogo de libertades y su código de señas de identidad, ya fuesen las motos, los coches, las melenas o los rapados, la música trepidante, el desenfado en el vestir y en las conductas, unidas a un acceso ilimitado al sexo, el alcohol o las drogas.  Y como correlato lógico de todo eso, una violencia entendida casi como celebración orgiástica.

A los 45 años, el profesor de literatura Anthony Burgess, con media docena de libros excelentes publicados, logró capturar el espíritu de los sesenta con “La naranja mecánica”, novela que pasaría a definir un estilo de vida juvenil y cuya influencia aumentaría exponencialmente cuando Kubrick unos años más tarde (por lo tanto sin salir de las generaciones reflejadas) ofreció su particular enfoque de la novela con una película que manipulaba el final de la historia y sus buenas intenciones pedagógicas y éticas. Burgess protestó ante Kubrick por esas omisiones y terminó rechazando su obra, amargado por el mimetismo violento que suscitó en los jóvenes de esos años (lo cual también salpicó a Kubrick, que terminó pidiendo a los distribuidores de la película que la retiraran de la exhibición pública).

Unas décadas más tarde el mensaje vitriólico –aunque redentor- de la novela y sobre todo la maldad gratuita de la película, que no reflejaba ese “buen final” del protagonista, fueron completamente absorbidos por la cultura popular posterior, cumpliéndose el axioma: “todo aquello que desafía a una cultura hegemónica capitalista termina por ser convertido en un producto de consumo totalmente banalizado”. La cinta de Kubrick escandaliza ya a muy pocos en estos tiempos, que de una forma curiosa han logrado superar e infantilizar toda la estética agresiva de la película. Los actos vandálicos, la alienación y psicosis colectiva, la violencia destructiva gratuita, las agresiones físicas contra colectivos inermes, ancianos, enfermos, deficientes mentales o los sexuales, mujeres, personas homos y heterosexuales, la destrucción de bienes públicos y privados, la adicción al alcohol o las drogas y sus efectos, forjan una problemática que ha pasado del esteticismo brutal ejercido bajos los mágicos sones de Mozart, Bach y Beethoven que vimos en la película, al más sórdido día a día de las páginas de sucesos o los telediarios en nuestras grandes megalópolis.

Ni siquiera al actual argot juvenil apocopado de las redes es demasiado diferente de la jerga adolescente de Alex- el protagonista de la novela, un chico de 15 años- y sus “drugos” (amigos y cómplices), forjada por Burgess, que combinó vocablos rusos y rumanos con el barriobajero “slang” británico y el comportamiento violento, al estilo de los “skinheads” o el “hooliganismo” de los 70 y 80.

Kubrick pretendió realizar algo que entendía como “una sátira social, un cuento de hadas sobre la justicia y el castigo, y un mito psicológico”. Lo cierto es que logró escenas icónicas en la historia del cine, como las acciones de violencia, sexo y mutilaciones, inmersas en las notas musicales de Rossini, Mozart, Bach o Beethoven y movimientos estilizados como danzas. La sátira social no tuvo efecto alguno, la justicia y el castigo se han convertido, hoy más que nunca, en un cuento de hadas y el mito psicológico ha dejado de serlo, renaciendo en forma de realidad en una versión universalmente extendida.

En la novela, las andanzas descerebradas y “ultraviolentas” de Alex y sus “drugos” (compinches)  tienen su castigo pero también su redención: en la última parte del libro (que fue excluida de las primeras ediciones para los Estados Unidos) Alex abjura de su pasado brutal y decide integrarse en el normal desarrollo de una vida pequeño burguesa entre las coordenadas del trabajo remunerado y de la constitución de una familia. E incluso lleva en el bolsillo una foto de un rollizo bebé, “que parece estar diciendo ‘gugú’”. Cosa altamente improbable y un poco ridícula: se nos propone que el sádico Alex se ha convertido en un ser angelical y cursi…a los 18 años. Aquí la formación religiosa de Burgess le ha jugado una mala pasada.

Sin embargo, el toque genial de Burgess es transformar a  Alex, ese líder demoníaco que hiere, golpea, roba, viola, destroza y asesina –y disfruta psicopáticamente de ello- en un adorador extático de la música clásica en sus más preclaros maestros. El tipo siente la misma jubilosa  atracción por la maldad sin cortapisas como por las notas de Mozart o Beethoven. La descripción de lo que siente Alex al escuchar un concierto de Bach, es precisa y brillante: “Los trombones  crujían como láminas de oro bajo mi cama y detrás de mi golová (cabeza) las trompetas lanzaban lenguas de plata y al lado de la puerta los timbales me asaltaban las tripas y brotaban otra vez como un trueno de caramelo. Oh, era una maravilla de maravillas”. Esa descripción suena más a Joyce que al brutal sonsonete de la “ultraviolencia” de las cincuenta páginas anteriores, en las que Alex, “vuestro humilde narrador”  y sus “drugos” han robado, herido, luchado y violado a ritmo de claqué o de la música de “Bailando bajo la lluvia”. Antes de acabar la primera parte, Alex mata a una anciana rica en su casa y es detenido por la policía, tras ser traicionado por sus compinches.

Este maridaje entre la Bella-la música clásica- y la Bestia, violenta y sanguinaria, podría tomarse  como una trasposición literaria y simbólica de algo muy vivo en la época en que se publicó la novela: el estupor y rechazo que producía la asombrosa coexistencia entre la alta cultura (música, arte, literatura) y la barbarie sistemática y burocratizada del III Reich. Quizá Burgess no tenía esa intención, pero muchos analistas de su novela han comentado ese paralelismo.

Para buscar un equilibrio (que luego rompería en la tercera parte) Burgess comienza la segunda con la estancia de Alex en la cárcel y su hipócrita comportamiento de sumisión bajo el que latían acentuados deseos de violencia y destrucción. Y aquí nuestro autor nos propone una visión “legal” de la violencia que proviene del Estado. Por una promesa de indulto, Alex acepta encantado que se le aplique una radical terapia de choque que a través de proyecciones de escenas de ultraviolencia –tan amadas por Alex- y de administrarle drogas reactivas y mantenerlo forzado sin poder evitar las imágenes, logran una brutal aversión física (ojo, no mental) a un simple amago de violencia. La nota hábil de Burgess consiste en hacer que el fondo sonoro de esas imágenes convertidas en aversión dañina, sea la música de Beethoven. Alex grita: “Usar de ese modo a Ludwig Van… Él no hizo daño a nadie. No hizo más que escribir música”. Escuchar esa música también le provoca náuseas y malestar insufrible. Alex no resiste eso y trata de suicidarse tirándose por una ventana.

En la película, Alex es “reconstituido” y acaba planeando nuevas maldades. En la novela, se convierte en un blando y virtuoso ciudadano que lleva la foto de un bebé ajeno en el bolsillo. Incluso su afición a la música clásica se ha decantado por “lo que llaman lieder, solo una voz y un piano, muy tranquilos y tiernos”. Quizá como dice Martin Amis  en “El roce del tiempo”, “Burgess sabía que algo fallaba en ese final: Alex es un adolescente y los lectores son adultos y pueden soportar perfectamente que alguien no se regenere”.

 

FICHA

LA NARANJA MECÁNICA.-Anthony Burgess.- Trad. Aníbal Leal. 166 págs.- Editorial Minotauro.

EL ROCE DEL TIEMPO.- Martin Amis.- Trad. Jesús Zulaika. 415 págs. Ed. Anagrama

 

 

 

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