Pollux Hernúñez, dramaturgo y ensayista, es un salmantino que reside en Australia y que está especializado en la vida y obra del gran Miguel de Unamuno, el controvertido pensador y poeta español de entreguerras que osó enfrentarse al franquismo victorioso con la frase que da título a este librito de Oportet editores y logró con su prematuro apoyo al golpe militar liderado por Franco, ser detestado y considerado como traidor por "los hunos y los hotros" (en frase popular de la época, es decir los fascistas y los republicanos) .
Hernúñez ha intentado recrear literariamente el legendario acto celebrado en el paraninfo de la Universidad de Salamanca el 12 de octubre de 1936, donde tras las conferencias de cuatro ponentes (entre ellos un José María Pemam lleno de retórica "poética" triunfalista con ecos fascistas) tomó la palabra para protestar por alusiones sobre los métodos represivos del régimen que comenzaba a afianzarse en plena guerra provocando las protestas del levantisco general Millán Astray y los legionarios y falangistas y requetés que constituían la mayor parte del público asistente. Durante ese final del acto de la Hispanidad se oyeron gritos de "Viva la muerte", "Muerte a los intelectuales" y las dos frases de Unamuno : Venceréis pero no convenceréis" y "Conquistar no es convertir".
Aunque considero muy respetable la labor de investigación documental y el esfuerzo literario de completar los discursos y recrear el ambiente de aquél acto académico (acto "literario" se le llamó en Salamanca) en plena guerra, Hernúñez no nos aporta mucho a los datos esenciales que mueven la historia ni nos analiza las contradicciones de Unamuno a la luz de su obra y su pensamiento. Todo parece circunscribirse a una suerte de drama en un solo acto que se queda en la superficie de la cuestión, por muy interesante y evocador que resulta el intento de reconstruir los hechos y los discursos. Ramos Loscertales, Beltran de Heredia, Francisco Maldonado y José María Pemán, son los cuatro oradores que intervinieron y, con la excepción del dominico Beltran de Heredia un historiador serio que habló sobre el Descubrimiento de América y la colonización y la denuncia que Las Casas y Montesinos hicieron del trato que se les infligía a los indios, los otros tres se explayaron en una retórica pestilente de pedante estilo en ditirambos de la "revolución" patriotera, tremendista e implacable de los militares y falangistas que ganarían la guerra sembrando el dolor, la muerte y la miseria en el país.
La reconstrucción hecha por Pollux de los cuatro discursos y de la intervención de Unamuno da un aire documental y dramático al relato que trata de sacar el mejor partido de "las disparidades entre unas y otras fuentes" para como dice el autor (pág. 42) "la conclusión a la que debe llegarse es que ninguno de (esos relatos) describe íntegra e incontestablemente lo sucedido". Con una honestidad que es de agradecer, Pollux advierte (pág. 44): "...he tenido en cuenta todos los relatos incluidos en la bibliografía adjunta, trillando y sopesando cada elemento y tratando de ser ecuánime con todos, pero soslayando lo que a mi entender carece de fundamento". Y añade: "Mi propósito ha sido llevar al lector lo más cerca posible de lo que sucedió aquél día en aquel lugar, incluyendo acotaciones, como si se tratara de recrear aquél drama..."
Los cuatro discursos conforman un larguísimo prólogo escénico que, desde la tribuna de oradores, van a causar la reacción imprevista de Unamuno y desencadena la brutal tensión dramática final de la obra. El discurso de Ramos es el más breve y desconcertante, ya que Ramos se dedica a elogiar el papel pionero de Portugal en la carrera de los descubrimientos. El de Beltrán de Heredia, es académico y algo racista y se apoya en el «criticismo» de Antonio de Montesinos, Francisco Vitoria y Bartolomé de Las Casas. Cuando interviene el catedrático Maldonado de Guevara, Unamuno parece "despertarse" del aburrimiento retórico y da muestras de inquietud y de enojo. La dialéctica «Oriente contra Occidente» de Maldonado y el papel que arroga a España como bastión contra Oriente, musulmanes, turcos o rusos, ya hiede. Unamuno garrapatea sobre un papel con indignación sus propias notas a lo que oye y ya parece vibrar ante los ataques de Maldonado contra catalanes y vascos (olvidando, o no, que Unamuno es vasco y el obispo Pla y Deniel, catalán). El discurso más extenso es el de Pemán, con metáforas sexuales dirigidas a España, "inflamado por una pasión de ‘amante’", que levanta jadeos y vítores testosterónicos de los machos ibéricos reunidos y uniformados en el paraninfo de una de las grandes Universidades españolas. Allí llama a una guerra sin cuartel contra el "librepensamiento, simiente del comunismo". Las exageraciones retóricas, la cursilería, la falta de decoro y el abuso pseudo cultural jalonan un discurso destinado a hacer hervir las escasas neuronas del público.
Al concluir Pemán, Unamuno se pone de pie y estalla. Millán Astray está furioso y trata de interrumpir y callar a aquel anciano que desmonta con sus palabras toda la retórica fascista que se ha oído en la sala. Lo demás es historia. Me ha encantado la seguramente apócrifa despedida de Millán Astray de Unamuno. "A ver cuando nos vemos don Miguel", "Cuando usted quiera, general". El público soliviantado parece estar dispuesto a agredir a Unamuno. El propio Millán Astray busca la manera de evitarlo y ordena a Unamuno que se coja al brazo de la mujer de Franco, Carmen Polo, asistente al acto. Y así salen de la sala escoltados por los legionarios del general y la presencia del obispo. Luego vendría la destitución de Unamuno y su arresto domiciliario. Un par de meses después el fallecimiento del pensador.
FICHA
"VENCERÉIS PERO NO CONVENCERÉIS", LA ÚLTIMA LECCIÓN DE UNAMUNO.- Pollux Hernúñez.- Oportet Ed. 110 páginas.

Para Oriol Quintana, profesor de filosofía, psicología y religión en enseñanza secundaria, los libros de autoayuda son una "anormalidad histórica". Bueno no le falta razón y se ocupa de demostrarlo con datos y reflexiones. Estoy plenamente de acuerdo con él y añadiría que son una sutil forma de estafa psicológica y de deshonesta argucia filosófica (sólo hay que recordar el corolario que dan a la pretensión desorbitada de que siempre se puede mejorar: si no lo haces es porque no te esfuerzas lo suficiente. No es un problema de la técnica que te proponen sino de ti, que eres un fracasado y te mereces que todo vaya mal. Pero para Oriol no se trata sólo de desmembrar las suposiciones burdas y prepotentes de los citados manuales sino de justificar el punto filosófico (y práctico)contrario: el pesimismo.
Con la aparición estos días en el sello Anagrama del libro "El cerebro. Nuestra historia" donde se abunda y se añaden cuestiones candentes al estudio del cerebro, me ha parecido pertinente hablarles primero del anterior del mismo autor: "Incógnito. Las vidas secretas del cerebro." Decía Woody Allen que el cerebro es su "segundo órgano favorito". Bromas aparte, el cerebro es, con distancia, el órgano esencial de nuestra vida como seres conscientes, a pesar de que la mayor parte de sus actividades no son accesibles a nuestra consciencia, ya que la mente (el sustrato de nuestro yo, de nuestra identidad, voluntad y memoria) no es más que la ínfima punta del iceberg. El neurocientífico David Eagleman ha escrito un libro fascinante, hipnótico desde la primera a la última página, en el que se nos desvela, con un estilo en el que se mezcla un saludable sentido del humor con una tensión informativa que recuerda al mejor thriller, la explicación de supuestos misterios de nuestra vida cotidiana que reflejan la paradoja más extraña del ser humano: estar regidos globalmente por un órgano que trabaja "de incógnito", es decir, cuyas funciones --que rigen absolutamente todo el funcionamiento de nuestro cuerpo, nuestro comportamiento y nuestros instintos-- no llegaremos jamás a controlar y en muchos casos ni a conocer dada la complejidad de elementos que se pone en funcionamiento de una forma automática, regida por la genética y la memoria de la especie. Y así nos enfrentamos a una verdad tan esencial y trascendente como la de que el hombre no es el centro del universo y la tierra no es el centro del espacio; la de que nuestra conciencia no es el centro y rector de nuestra mente, sino una "función limitada y ambivalente en un vasto circuito de funciones neurológicas incons
He aquí uno de los libros más interesantes publicados sobre la dicotomía "zen-neurología" que, en este caso, resulta ser un poco artificial y cogida por los pelos. La categoría de los dos autores de este libro, el gran maestro zen Taisen Deshimaru y el neurofisiólogo Paul Chauchard le dan un valor añadido a un libro que resulta notable por ello y por las temáticas propias que desarrollan, pero que nadie busque una confirmación de los valores y hallazgos de la práctica del zen a través de la neurología sino únicamente en el sentido básico de que la neurología explica -o a veces solo aclara- fenómenos relativos de tipo psico-físico que son meramente instrumentales para el zen, sin que ambos sigan otra cosa que un camino paralelo, uno fáctico y otro explicativo.
He seguido al fotógrafo y escritor valdealgorfino Vicent Pellicer desde hace años y no sólo en el sentido literario, sino en el sentido físico del término, siguiendo sus pasos. Sus libros me han proporcionado guía y compañía en mis escapadas casi cotidianas por los Ports , la Terra Alta y las Terres del Ebre, lugares donde Vicent ha sentado sus reales de montañero capaz e imaginativo.
El irlandés Ian Gibson es uno de esos escritores o poetas o ensayistas de habla inglesa que han sentido muy dentro de él la atracción, el misterio y a menudo el engorro del "encanto" hispanófilo. Hay mucho de ingenuo, travieso e incluso estoico en ese declarado amor por lo bueno y comprensión por lo malo que emana de la vida e historia de esta Piel de Toro de nuestros desvelos. Me recuerda Gibson a la entereza, las contradicciones, la grandeza y la servidumbre, el poder y la gloria, la miseria y la nobleza en la visión de España de otro ardoroso hispano, don Miguel de Unamuno.
Cuando aún eran bebés en sus cunas, los que más tarde serían escritores británicos de familia burguesa, y no digamos de la clase alta, en general solían recibir mezclados con la leche materna fragmentos del Gran Bardo que las mamás y los papás de aquellos niños solían recitarles de memoria, más o menos desde el siglo XIX cuando, gracias al romanticismo, la fama y el prestigio de Shakespeare --superando la fama teatral en el XVI y el relativismo del XVII y XVIII- comenzó a pasearse por toda la sociedad inglesa desde algunas, pocas, chozas o granjas, a bastantes mansiones o palacios.