Algunas raras veces una buena novela es llevada al cine y se convierte en una buena película. A menudo una buena película se basa en una novela mediocre. O una mala novela da lugar a una excelente película. En todos los casos el crítico haría bien en analizar estas películas o novelas de forma independiente ya que las dos artes, la literaria y la fílmica, aunque hermanadas, son procesos muy diferentes y dan lugar a un proceso de conocimiento distinto.
En el caso de "La reina de África", la novela fue publicada en 1935 por un autor de cierta popularidad durante la primera mitad del siglo XX : C. S. Forester (1899-1966), uno de estos novelistas perteneciente a la brillante escuela anglosajona de la literatura de aventuras ( como Kipling, Conan Doyle o H.G. Wells), verdaderos surtidores de ideas y temática en las que el cine entró a saco. Forester es autor de una serie de novelas sobre el oficial de Marina de guerra Horatio Hornblower, combatiente en las guerras napoleónicas, una de las cuales dio origen a la entrañable película El hidalgo de los mares (1951, Raoul Walsh), interpretada por un joven y carismático Gregory Peck prestándole su encarnadura.
La película sobre "La reina de África" fue dirigida por John Huston e interpretada por dos actores en estado de gracia: Humphrey Bogart (se llevó un Oscar) y Katharine Hepburn. La cinta se convirtió en un clásico aunque Huston se desvinculó bastante de la novela y le dio un final distinto al literario. La historia del accidentado rodaje dio lugar a otra novela "Cazador blanco, corazón negro" que fue llevada al cine por Clint Eastwood.
Pero centrándonos en esta novela, su lectura es entretenida y en algunos momentos fascinantes. Logra imprimir una sensación de realismo y aventura realmente notable. La historia se desarrolla en África Central, tras el estallido de la Primera Gran Guerra. La Reina de África es el nombre de una destartalada barcaza a motor que se encarga de llevar el correo a las aldeas africanas y a las misiones religiosas. El propietario es un tipo entrañable, borrachín, noble e ingenuo, Charlie Allnut. Se nos cuenta la peripecia de esa nave fluvial que lleva a bordo a la madura hermana del misionero, Rosie Sayer, que ha muerto cuando comienza la acción, tras el saqueo del poblado por los soldados alemanes en pie de guerra. Ambos descienden por un río lleno de peligros hacia el lago en el que éste desemboca. La firme obstinación de Rosie y el resignado apoyo de Charlie tienen una misión casi imposible: llegar al lago y tratar de hundir un pequeño acorazado alemán, el Luisa, que con sus cañones es el dueño del lago, limítrofe a la zona por donde podrían pasar las tropas británicas. La originalidad de la novela consiste en que los elementos bélicos son sólo circunstanciales y la trama se basa principalmente en el dispar juego de fuerzas entre la dama solterona y decidida y el abnegado y servicial a la fuerza Charlie. La novela de Forester incide con gran sensibilidad en las opuestas personalidades de las dos personas, en sus momentos de decaimiento, en la ternura que se despierta entre ellos y el objetivo pasa a ser un pretexto argumental que hace avanzar el proceso lírico y psicológico que va acercando a los dos personajes.
No revelaré las diferencias entre el guión del novelista James Agee y la novela de Forester. En ambas producciones prima esa delicada muestra de construcción de personajes. La disimilitud de los finales, el tierno y épico-sentimental hustoniano o el realista y coherente de Forester no aumentan ni disminuyen el valor intrínseco de ambos. Para que saquen sus propias conclusiones los que hayan visto la película, les añado un párrafo de la última página de la novela.
"El capitán de la corbeta había mencionado la posibilidad de regreso a Inglaterra; para Rose eso quería decir un cuadro de calles miserables y personas críticas y tías entrometidas...Y le resultaba terriblemente doloroso contemplar su separación de Charlie...
-Charlie-dijo, en tono apremiante- tenemos que casarnos.
-Diablos- exclamó Allnut. Aquél era un aspecto de la situación en el que realmente no pensaba.
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-De acuerdo, Rosie.-dijo- Hagámoslo."
Así que anímense y léanla.
FICHA
LA REINA DE AFRICA.-C.S. Forester.- Trad. Rosa Mª Bassols.- Seix Barral
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La verdad es que los efectos beneficiosos de la lectura no es una cuestión nueva (aunque don Quijote tenga algo que decir al respecto) ni tampoco la lectura como terapia activa, como "remedio" ante las adversidades (no hay sufrimiento que no pueda calmar una hora de lectura profunda, dijo ya algún clásico del siglo XVII). Pero la gracia del presente volumen escrito por dos damas inglesas muy ingeniosas, Ella Berthoud y Susan Elderkin, estriba no sólo en haberse autonombrado "biblio terapeutas" (desde que en 2008 establecieron un servicios de recetas literarias en la organización de crecimiento emocional "The School of life" ) y practicar su arte como tales con pacientes reales sino en haber escrito con humildad y humor un "tratado de medicina" no convencional en el que por orden alfabético nombran una serie de afecciones, psíquicas sobre todo, aunque con secuelas físicas como suele suceder y con bastante acierto indican los libros, casi todos muy conocidos, cuya lectura podría "ayudar" a los "pacientes".
Con la guerra serbo-bosnia como referente simbólico (y real como se verá casi al final de la novela) esta historia irlandesa de Edna O'Brien tiene la fuerza de una película de John Ford y uno casi ve a Maureen O´Hara, como Fidelma, la compleja heroína de la novela, mostrando su altiva cabellera roja, su inocencia y su mal genio irlandés (aunque al protagonista relativo de esta novela, un magnético y carismático forastero que parece un cruce entre Rasputín y el conde Drácula, no nos lo imaginamos como John Wayne).
Arropada por un sinfín de citas literarias, filosóficas y antropológicas, médicas y neurológicas, la profesora de psicología de la UNED María Teresa Román entra en el análisis de la compleja casuística de la exploración de conciencia y los múltiples y mas o menos dispersos sistemas para encarar semejante viaje a lo desconocido.
El libro de la psicoanalista e historiadora de esa técnica psicológica, Elisabeth Roudinesco no es una hagiografía pero también se mantiene lejos del afán revisionista algo cruel e implacable del francés Michel Onfray en su "Freud, el crepúsculo de un héroe".
"Lo que más he tenido en consideración a lo largo de todos estos años (los 35 años que llevo escribiendo) es el honesto reconocimiento de que si escribo es gracias a algún tipo de fuerza que me ha sido otorgada. Atrapé esa oportunidad por puro azar y la fortuna me convirtió en novelista" (pág. 56). En esta frase de Haruhi Murakami se podría vislumbrar los dos elementos que articulan este libro, primero, la existencia, según el escritor, de una fuerza intensa y misteriosa que le hizo cambiar radicalmente de vida, diseñarse un estilo de vida que le da salud y bienestar (en el que tiene mucha importancia la afición a correr cada día como complemento de su trabajo intelectual y creativo: Murakami es corredor de maratones) y dedicarse a la redacción de libros que le han dado fama internacional a pesar de la enemiga declarada -durante una época-- de su país natal, Japón y de sus escritores más consagradas, que le consideran una especie de "traidor" literario vendido a Occidente.
Recuerdo los libros de Marc Augé de los remotos tiempos en que me dio por estudiar Antropología en la Universidad de Barcelona. En aquellos años el etnólogo francés era ya una personalidad intelectual en Europa. Por eso me sorprendió gratamente el artículo de mi excompañero de redacción en La Vanguardia, Gregorio Morán, sobre un librito de Augé editado por "Gallo Nero". Mi librero favorito, Octavio Serret, reciente Premio Sant Jordi, me lo proporcionó con la diligencia habitual y lo leí en una sentada, no sólo por sus cortas 117 págs. sino por la galanura, el gracejo y la sensibilidad literaria que el autor despliega. Hay un sabor de nostalgia casi proustiana en estas páginas mimadas en las que Augé nos lleva desde sus años mozos por los "bistrot" que conoció, nos define lo que es un bistrot y lo que no lo es por mucho que se empeñe, en sus clases y modos tan diferentes aunque obedientes a un patrón definido con exactitud y al repaso meticuloso y no exento de ironía, de la memoria a través de nombres propios del arte y la literatura francesas en especial con algún repunte internacionalista. Uno disfruta con este paseo delicioso por los bistrot, establecimientos peculiares que "se quedan a medio camino entre los troquet (un pequeño bar o taberna en el que sólo se bebe) más elementales y los cafés más sofisticados". El autor usa su experiencia y sabiduría etnológica para situarnos el fenómeno dentro de lo social y de la costumbre que sanciona las modas volanderas. Y así nos habla del fenómeno "bobo" (bohème bourgeois: en castellano sería "bobu", bohemios burqueses) que provoca un ritual de inversión de las definiciones y el lenguaje que ha afectado, como era de esperar, a la propia naturaleza del bistrot. Y aunque defiende la esencia del bistrot reconoce también las dificultades de respetar su origen. Todo brilla como un juego mágico de manos y el tema, aparentemente banal, se convierte en una entretenida experiencia estética y literaria e incluso filosófica y etnológica, que parece una respuesta matizada a las críticas contra la proliferación de terrazas por todos lados y la vulgar y adocenada escenificación del proceso de banalidad que lleva los establecimientos de tapas y comida rápida a disfrazarse de lugares con encanto, arte y tradición impostada. Aunque no hay vocación universalista en el libro de Augé: este es un tema parisino. Que nadie se engañe, no es un tratado etnológico sobre la costumbre humana de reunirse para tomar copas o comer en establecimientos adecuados para propiciar la charla y el intercambio. El libro es un producto vinculado a la ciudad y las gentes de París. Y es, también, el recuerdo de las vivencias del escritor en sus diversos cafés y bistrots recorridos durante su larga vida (tiene más de setenta años). Simplemente, es un tema específico lleno del encanto y el estilo de Augé que deviene interesante y divertido por sí mismo (al igual que uno se solaza con la lectura de Maurois o Proust o Sweig o Hemingway cuando nos hablan de sus experiencias personales vinculadas a Paris.) Y nos evocan a autores como Aragon, Breton, Maigret, Sartre, Simone de Beauvoir, Camus... Augé defiende la existencia de los bistrot como la manifestación de una "linea de vida" que le es grata y le ha acompañado a través del tiempo y los lugares: le encantan las ciudades extranjeras que le ofrecen algo parecido a sus queridos bistrots, siempre disponibles, sin horarios, con una cierta calidad y una sencillez de trato y ambiente (que se refleja en ese "plato del día" que aparece escrito con tiza en una pizarra colocado en el exterior o junto a la barra).
He pasado años leyendo a Krishnamurti, primero en ediciones sudamericanas (casi todas de Buenos Aires) y después en las excelentes traducciones que realizaba Editorial Kairós, que ha publicado la práctica totalidad de las obras del espiritual pensador hindú en lengua inglesa, sus discursos y correspondencia, además de sus encuentros con científicos y filósofos de renombre en todo el siglo XX, hasta su muerte en 1986, así como dos o tres biografías de notable calidad. Mi admiración por este pensador independiente, libre e incisivo no ha disminuido con el tiempo sino al contrario.
Margery Allingham, una londinense nacida con el siglo XX (murió en 1966) con 62 años, miembro de una familia de escritores, creó un personaje excéntrico, inteligente y divertido en 1929, el aristocrático Albert Campion, un supuestamente amanerado individuo que sostiene que pertenece a un linaje que le entronca directamente con la Corona inglesa como posible aspirante a la sucesión unos cuantos escalones por debajo de los príncipes reinantes. Al margen de tales veleidades conocemos a un sujeto capaz de descubrir a los criminales más osados e inteligentes, en su mayoría de la clase más alta, con un "savoire faire" que hizo las delicias de incontables lectores durante toda la primera mitad del siglo XX.
Graham Swift, el autor de “El país del agua” y “Ultimos tragos” es uno de los más conspicuos representantes de los jóvenes escritores británicos airados” que surgieron a partir de los ochenta del pasado siglo. Junto a McEwan, Barnes o Amis, alguno de ellos cachorros de familias literarias de prestigio, Swift es más modesto pero no menos interesante.