
Bien, no se trata propiamente de una novela, sino de un ensayo literario narrado como si fuera una novela, no sólo una concatenación de hechos. Lorenza Foschini es una periodista italiana enamorada de Proust, el personaje y su obra, una de las cumbres de la literatura mundial, "En busca del tiempo perdido". En este librito delicioso publicado por Impedimenta nos cuenta la historia del destino y los avatares de los muebles, manuscritos, libros y objetos personales del gran escritor, sometido por mor de las circunstancias sociales y "morales" de la época a una auténtica persecución de brujas por parte de sus propios familiares más cercanos, dada su condición no ocultada de homosexual. Esta narración resulta a la postre emocionante, no sólo por la certeza de que hay una investigación periodística y literaria detrás de los hechos, sino del esfuerzo de la autora por acercarse a los testigos o personas que los conocieron de la época de la vida de Proust. Para ello conocemos a personajes poco conocidos y a secundarios casi anónimos entre los que se dirime la partida del destino contra los recuerdos vitales de un escritor genial, y en bien de la literatura y de los estudiosos de ella y sus principales creadores, entre los que sin ninguna duda Proust ocupa un lugar semejante al de Cervantes o al de Shakespeare, mal que les pese a algunos puristas.
Una entrevista a un diseñador de vestuario de los filmes de Visconti. El hecho de que éste había soñado con realizar una película sobre "La Recherche..." de Proust (que demostró ser algo realizable, la única película sobre "Por el camino de Swan" resultó malísima) muestra el origen de esta historia. El filme nunca se hizo pero provocó que la curiosidad literaria --ya herida por su admiración al gran autor francés-- de Lorenza siguiera una endeble pista que le llevaría a conocer a las personas que le mostraría el dramático destino de los objetos y manuscritos de Proust. El papel de honor en esa búsqueda y defensa corresponde a Jacques Guérin, un rico perfumista francés, también tocado por el dedo de la genialidad proustiana (el del homosexualismo). Por esas casualidades que a veces cuesta llamar así, Guérin conoce al doctor Robert Proust, hermano del escritor, quien ha heredado todas las obras y enseres de Marcel. La mayoría de ellos condenadas a la venta o a las llamas por la esposa de Robert, cuando quedó viuda. Un ropavejero, Werner, será en interesado ángel salvador que proporcionará a Guérin el acceso a muchos de estos objetos despreciados y documentos y manuscritos del genio.
Toda la miseria, la mezquindad, la intolerancia, el odio y la envidia se desparrama en torno a los familiares de Proust y con una objetividad alejada pero certera Foscchini nos cuenta una historia que tiene todos los ingredientes de una novela. El abrigo que da titulo al libro es uno de los objetos que Guérin logra rescatar y cederá a su muerte al museo Carnavalet de París. Y al constituir una vestimenta que definió la figura de Proust por su uso continuado, sea cual fuere la estación del año, hace de esa prenda el símbolo de la difícil supervivencia de la figura personal del novelista (de la literaria, lo es su obra cumbre). Ilustrada con numerosas fotos de Proust, su familia y sus amigos, esta obrita merece tener su lugar junto a los ocho tomos de la obra proustiana por excelencia.
En un inteligente Postfacio de Hugo Beccacece, se reflexiona sobre esa artificial necesidad de saber los pequeños detalles de la vida personal de nuestros más admirados autores y se plantea dudas sobre la validez de ese fetichismo que todo hemos sentido alguna vez por los objetos personales y los lugares donde vivieron los genios a los que admiramos (recuerdo mi admiración por el éxito real del supuesto domicilio londinense de Sherlock Holmes en el 221-B de Baker Street, donde se ha habilitado un museo y aun se reciben cartas de los admiradores). El propio Proust rechazaba todo ese fetichismo personal para conocer la obra de un autor y escribió un opúsculo contra Saint Beuve, el gran crítico literario que opinaba que todo ese material personal ayudaba a conocer al autor y eso esa indispensable para comprender mejor su obra. Los cierto es que sin exagerar buscando chismorreos y cosas vergonzantes de un autor, los detalles "en la sombra" de un genio, tratados sin juzgar y con el debido respeto, opino que son elementos interesantes que aportan elementos de análisis a la obra del autor. Pero es solo una opinión.
FICHA
EL ABRIGO DE PROUST.- Lorenza Foschini.-Título original: Il cappotto di Proust.-Traducción: Hugo Beccacece.-Editorial: Impedimenta.-Páginas: 144
ISBN: 978-84-15578-48-2
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El nuevo libro del neurocientífico David Eagleman (del que leímos y comentamos su interesantísimo "Incógnito. Las vidas secretas del cerebro" hace un tiempo) confirma a Eagleman como un sucesor notable del gran Oliver Sacks. Sin llegar a la altura científica divulgativa del anterior, el autor ha cargado más las tintas en los aspectos divulgativos. Como argumenta en su prólogo, "este libro se dirige a un tipo distinto de público. No presupone ningún conocimiento especializado, sólo curiosidad y ganas de explorarse a sí mismo".

Hora era ya, pienso, de que los libros se ocupen también de aquellos que les dedican su vida en procura de conocimiento, de amistad, de compañía. Me refiero a los autores. Si, a mayor abundamiento, tal ocupación corre a cargo de un erudito de contrastada fama por sus trabajos en torno a esta materia (es suya una aproximación a Karl Kraus, su obra y el significado social y político de la misma), cual es el caso de este profesor francés, el creador de la cátedra de Filosofía del lenguaje y del Conocimiento en el Collége de France, tanto mejor, por cuanto es un aval de rigor y conocimiento. A la hora de reparar de cerca, desde dentro, en alguno de los protagonistas de la historia de la literatura (esa que ha nutrido ilusoria o ilusionadamente tanto tiempo en nuestras vidas) medita de un modo que me parece extraordinariamente inteligente y original. Así lo señala Josep Casals en un prólogo muy preciso e ilustrador, donde aporta su propio bagaje literario: “De Musil podría decirse lo que Bouversse dice de Wittgenstein: da la impresión de que ve algo que ha escapado a los demás, que prevé casi todas las reservas que se le podrían hacer…’ Ambos son pensadores que no cesan de cuestionar sus puntos de vista, atendiendo a ‘lo real sobre un fondo más amplio que el usual” Es decir, estaríamos, los afortunados lectores, ante dos escritores distintos por distinguidos, alguien que ve algo más que el común observador. He aquí, pues, la figura del escritor como guía, como referencia intelectual y crítica, como precursor de inteligencia. Ya en la consideración de los porqués de algún escritor en concreto, nuestro autor cita las palabras de Flaubert: “Quiero conmover, hacer llorar a las almas sensibles, siéndolo también la mía” O bien, en una consideración más técnica, cuando se refiere a su reverenciado Wittgenstein: “el sentido –y tal vez habría que añadir también, llegado el caso, el sinsentido- posible de una vida no tiene por qué ‘decirse’ en el relato, pero puede en cierto modo ‘mostrarse” Cita, también, al autor a la profesora Martha Nussbaum como una especie de homenaje para no desvincular –no debiera hacerse- filosofía y novela, pero también acuden a su memoria y estudio, como no podría ser menos, Henry James, que tanto y tan bien teorizó acerca del relato escrito; y cita a Proust, a Virginia Woolf y a uno de los grandes escritores europeos, tal vez un tanto ignorado: Musil. Y de todos ellos nos aporta su concepción de la literatura, su percepción moral, su identificación necesaria entre vida y literatura. Un libro ciertamente instructivo, denso pero claro, un tributo gozoso, en el fondo, a favor del arte literario.
Evidentemente, un libro de estas características adolece de algunos defectos básicos y casi inevitables: ni están todos los que son, ni son todos lo que están, como diría nuestro insigne Quevedo. O lo que es igual: ni todos los libros recomendados son "imprescindibles" para un lector de este tiempo y este lugar (españoles del siglo XXI), ni están aquellos libros que nuestra cultura da como imprescindibles y que por alguna razón los autores --ambos de habla inglesa- no tienen en cuenta.
Diecisiete filósofos, casi todos norteamericanos y todos fervientes admiradores de la obra de Tolkien "El señor de los anillos" se han unido bajo la dirección de Gregory Bassham y Eric Bronson para escribir sendos trabajos sobre las sugerencias filosóficas que la novela y sus personajes les han inspirado. En ningún momento afirman que Tolkien fue inspirado por esos filósofos punteros (desde Aristóteles a Descartes pasando por Nietzche, Epicuro, Heidegger, Marx, Platón o San Agustín) sino que en novela son detectables muchos de los mensajes de esos grandes pensadores. Lo cual dice mucho en honor del novelista inglés y respetan la petición de Tolkien de que su novela no sea leída como una alegoría de lI Segunda Guerra Mundial, de las derivas totalitarias como el fascismo o el nazismo o como un pronóstico de nuestro dudoso futuro bajo el poder de la tecnología y el absolutismo capitalista.
Con el ingenio imitativo que le es peculiar, Foenkinos monta su novela como un sorprendente juego de matrioskas rusas, ese grupo de tres o cuatro figuritas que van disminuyendo de tamaño gradualmente y que, huecas, van encajando unas en otras hasta quedar encerradas en la mayor de todas. Pues bien. la más diminuta de las muñequitas de la novela de Foenkinos es la referencia al escritor norteamericano Richard Brautigan que escribió una novela "The Abortion" donde el protagonista, un bibliotecario, está al cargo de una biblioteca "que acepta todos los libros que han rechazado las editoriales". La segunda muñequita es la biblioteca y uno de los originales que es descubierto por dos personajes , una editora y un escritor que serán los encargados de poner en marcha la divertida trama de Foenkinos.
Es sumamente interesante que un filósofo y sociólogo tan sensible al "zeitgeist" (el término trata de definir el ambiente intelectual y cultural de una época determinada) como Zygmunt Bauman decida escribir una especie de diario a modo de reflexión personal sobre acontecimientos cotidianos, buscando no sólo dilucidar su sentido propio sino especular sobre su deriva y la importancia que podrían tener en un futuro cercano. Como él mismo reconoce, el motivo personal se basa en que "un día sin escribir o anotar algo se me antoja un día desperdiciado o criminalmente abortado (sic): un deber incumplido, una vocación traicionada". Y es que Bauman necesita escribir para pensar, como tantos de nosotros. A eso se añade el duelo que padece Bauman por la muerte de su esposa, con lo que la escritura del libro le produce un efecto balsámico y reparador.