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19 abril 2011 2 19 /04 /abril /2011 16:53

Caperucita-Roja_cartel_peli.jpgDirigida por la directora del primer "Crepúsculo", la fantasía vampírica para adolescentes, Catherine Hardwicke ha tenido la osadía de llevar el célebre y archimanipulado cuento de Perrault "Caperucita roja" a una versión cinematográfica de lo más "fashion" destinada a conmover los lucrativos corazoncitos de los adolescentes y jóvenes "teenagers" fascinados por las múltiples formas que adopta lo oscuro, la fascinación del mal y la atracción del abismo.

Una angelical y a veces lúbrica Amanda Seyfried, acompañada de sus atractivas madre y abuela, enfrentada a dos enamorados. Shiloh Fernández y Billy Burke y un oscuro padre, Max Irons, llamado a empresas mayores, sometidos todos a la presencia demoníaca de un hombre-lobo del que apenas tenemos vagos vislumbres pero cuyos ojos, muy humanos, la cámara se complace en enfocar para despistar al personal. Porque claro, se trata de saber quién es el vecino del pueblecito medieval que se dedica a matar y morder a los lugareños. La aparición estelar del gran Gary Oldman, envestido de "sacerdote" secular matador de hombres-lobo, con uñas de plata y todo, acompañado de una parafernalia inquisitorial de soldados y máquina de tortura incluída, no nos hace olvidar para nada al Drácula qué él bordó bajo la ordenes de Coppola. Aquí se limita a hacer de Gary Oldman, tan desmadrado como en "El cuarto elemento", junto a Bruce Willis.

La trama amorosa es poco convincente y apenas da para una escena de fundidos y vagorosos desencuadres que pasaría la censura de la catequesis de antaño, pero todo ello con aires  tan "fashion" que encantará al joven  público al que va destinado.

La vuelta de tuerca argumental nos viene dada por la evidente conexión familiar entre la bestia y la angelical Caperucita. El empeño de la directora de hacernos sospechar de todos los que rodean a la rubia protagonista, ¿ya había escrito "angelical"? da lugar a alguna secuencia demasiado manipulada, pero al fin, " The winner is...", bueno, eso no lo cuento, todo el mundo tiene que ganarse las habichuelas.

La tétrica aldea, las oscuridades, los hachones encendidos, los barridos de caperuci-poster.jpguna cámara contagiada por el histerismo de los protagonistas y los comportamientos de los lugareños ante el terror, no mejoran en absoluto una versión anterior - y esta realmente buena- que se llamó "En compañía de lobos" de Neil Jordan, donde la famosa lectura psicoanalítica del cuento llega a todo su esplendor. En la que nos ocupa, la relación de los dos protagonistas tiene el amilbarado y represivo tono romántico de los lánguidos vampiros adolescentes que infestan el cine teenagers.

Sin embargo no todo es rechazable, la amenaza y presión del mundo femenino de la aldea, entre la brujería y el despertar al sexo, el acecho masculino, las delaciones y la represión inquisitorial, sí que forman un endogámico ambiente cerrado y amenazador en la película. Y esto está bien logrado, como una referencia velada a las brujas de Salem de Arthur Miller y las tres damas oscuras de Eastwick que se disputan el amor del diablo Jack Nicholson, según la novela de Updicke. Un poquito del sentido del humor y la parodia de ésta última hubiera convertido "Caperucita" en una película de otro nivel.

No se pierdan la referencia incestuosa entre lineas (psicoanalítica) del final y olviden cuanto antes, o mejor ríanse, con la mejor escena de humor -involuntario- de la película: el recitado aquél de "abuelita qué ojos tan grandes tienes", etc.)

Pero en fin, eso es lo que hay.

 

 

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18 abril 2011 1 18 /04 /abril /2011 18:34

Mi artículo número 100 en este blog quiero dedicarlo al teatro de aficionados. Es un homenaje al hombre que escribe, al que lee, al que imagina historias que todos conocemos y que casi siempre nos sorprenden, a la fiesta de la cultura y la humanidad que se produce cuando un grupo de personas  se reúne para compartir las actuaciones de otras personas que, generalmente tratan sobre los mismos que los contemplan, más o menos. Una convención que está enraizada en la ontogénesis humana. Ah, y gracias por acompañarme durante estos meses. Y ahora, vamos a la función...

 

Un hombre y una mujer quedan aislados en un tejado durante una inundación. Sin embargo no se trata de una coincidencia dramática, hay una cierta intencionalidad en aprovechar las circunstancias para estar juntos, por parte de uno de ellos. Durante unas, muchas, horas, una noche entera, hablarán, empezarán a desvelarse algunos misterios impensables, anécdotas reales, dolorosas, ficticias, banales, mientras esperan que venga alguien a socorrerlos. Ese es el argumento de "Yo no sé de cuentos alegres", la obra que la compañía de teatro independiente "Liquidación por derribo" ofrece unos días a un público variopinto, peculiar, bastante entregado en una afición pura hacia el teatro, en un escenario improvisado en una vieja nave de un antigua fábrica del barrio de Gracia.cuen_0.jpg

Son dos actores sobre un escenario desnudo, en el centro de la sala, rodeados en estrecha vecindad por los espectadores, un público que no llega al centenar de personas, como una ceremonia litúrgica laica, de complicidad cultural, de afición simple y cálida a esa ancestral fiesta de la imaginación humana que es el hecho teatral en su más genuina pureza. Un hombre, Miquel Mozos, y una mujer, Ángeles Brun, que charlan, se enfadan, se emocionan, tienen miedo, sospechas, atracción, ternura, rebeldía, agresividad, todo ello cercanos al público que contempla casi tocándolos de qué fibra emocional vibran en ese momento los actores y comprueban la autenticidad del menor, el más minimo gesto o temblor, la mirada más íntima, incluso el fallo de vocalización, el mínimo despiste de la actriz porque alguien se ha movido bruscamente, la duda del actor al empezar un gesto prematuro, los defectos de la voz, un cierto segundo de impostación en un gemido o en un exabrupto.La mayoría de los actores y actrices que conozco han pasado por estos escenarios escuetos, rodeados de un público fraternal e inmediato, que respira junto a ellos y que comparte casi el mismo aire, parecida emoción, el milagro que une por poco mas de una hora a todos estos seres humanos en una convención genial que nació cuando el hombre habitaba aún las cavernas y pintaba en sus paredes y asistía  a la luz de las antorchas a las representaciones de acciones familiares, como la caza, el merodeo o las acechanzas de los depredadores.

Aquí, en el escenario de la fábrica, Miquel y Ángeles viven la particular historia de encuentro y desencuentro de una pareja joven sometida a unas circunstancias alienantes y dramáticas. En esa forzada intimidad se desgranan historias y miedos, desencuentros y esperanzas y el oscuro y trágico secreto que el hombre esconde en su corazón infantil y le ha envenenado la vida. Ese secreto que parece alcanzar el perdón con la confesión forzada por ella, será seguramente la clave de un final abierto que el espectador debe elaborar.

Quizá sea el momento menos logrado técnicamente por esa excelente pareja de actores, cuando la insistencia de ella en saber provoca un estallido en él y un desvelamiento obligado que generará una dinámica aparentemente de entrega amorosa. Y el mejor, para mi desde luego, es cuando él le ruega a su forzada compañera que le cuente un cuento, aunque no sea alegre. Y ella, Scherezade, tierna y hábil,  narra una historia surgida de las mil y una noches del imaginario amoroso y sentimental de la especie.

De todas formas el desgaste emocional de tanta presencia intensa ante lo que ocurre, ese estar tanto tiempo en el ojo del huracán, rodeados de espectadores atrapados por la dinámica de la historia (que muy pocas veces desfallece), mantiene un ritmo continuo de tensión, atemperado por cuatro fundidos en negro en diferentes momentos para lograr la ilusión de un paso del tiempo distinto al real que vivimos todos los que estamos bajo ese techo, público y actores.

Gustó la historia aunque desconcertó a algunos el final. Supongo que luego, en ese momento magnifico en que se produce la reelaboración de lo visto con lo intuido, lo imaginado y lo comprendido, esos momentos de charlas intimas entre parejas, entre amigos o en la soledad del espectador solitario consigo mismo, se apuntarían más finales y quizá alguno sea el que imaginó el autor de la pieza, Carles Armengol.

Creo que la compañía "Liquidación por derribo", tienes haberes artísticos  suficientes como para no liquidar. No ahora. No por algún tiempo.

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18 abril 2011 1 18 /04 /abril /2011 18:11

Desde que en setiembre de 2009 se celebró la primera “consulta” popular sobre la independencia de Cataluña en el municipio de Arenys de Munt, en el Maresme barcelonés,  hasta hace una semana en que se celebró en Barcelona capital y unos días más tarde en un debate en el Parlament, la llamada causa del soberanismo catalán no se ha movido de resultados más bien exiguos, a pesar de las irregularidades formales cometidas en una consulta de ese tipo. Desde el planteamiento: quién lo hace, cómo se vigila el cumplimiento de las reglas democráticas para ese tipo de consultas, durante cuánto tiempo tiene lugar la votación –sólo en Barcelona ha durado cuatro meses, desde el 12 de diciembre al 10 de abril- quién protege la gestión, conteo y fiscalización de los votos (las urnas y los votos se guardaban en el almacén de un supermercado), quién realiza el escrutinio y quién certifica si los resultados son los correctos…  No hay respuestas. Es decir se ha tratado de un asunto encuadrado dentro de la solera autóctona de Juan Palomo, “yo me lo guiso y yo me lo como”.

De todas formas los resultados se han movido más o menos dentro de lo esperado y habitual en las encuestas realizadas sobre la cuestión: un 34% de los catalanes apoyan la independencia, un 30 % se opone y un 36% no sabe/no contesta. Pero los catalanes que ha participado en esas encuestas han oscilado alrededor del 21%  del censo electoral y de esos el 18% se ha declarado a favor de la independencia. Una cifra cercana a la que desde 1980 se barajan en los sondeos de opinión (casi siempre diseñados de forma más correcta y ajustada a las normas democráticas para este tipo de consultas). La misma cifra vale para el conjunto de Catalunya y para la ciudad de Barcelona.

En el resto de España se ha contemplado con displicencia e irritación estos “extravagantes” actos,  tildándolos en el mejor de los casos de “cosas de catalanes”. Desde que se dictó la sentencia STC 31/2010 en la que el Tribunal Constitucional resolvió el recurso de inconstitucionalidad del PP contra la reforma del estatuto de Autonomía para Cataluña, la falta de conexión y comprensión entre Cataluña y el resto de España ha ido aumentando exponencialmente. Se ha dado carta de naturaleza al llamado “malestar catalán” (que tiene raíces económicas principalmente, no lo olvidemos) y que está provocando que el independentismo catalán, que resulta casi inane en sus expresiones políticas parlamentarias, esté avanzando socialmente de una forma imparable en una comunidad en la que el “seny” o buen sentido siempre ha tenido carta de naturaleza, a pesar de ciertas minorías de uno u otro signo, siempre tan ruidosas.

El giro soberanista del nacionalismo catalán se ha agudizado desde que se hizo pública la STC 31/2010. Sin duda el alto tribunal ha cumplido de forma recta e intachable su cometido, pero ese “ustedes se quedan fuera” propinado a la expresión de una voluntad popular política correcta y legalmente formulada, no deja fuera a “esos” catalanes sino a todos los catalanes, incluso a los que no están convencidos de dicha reforma. Deja simbólicamente fuera de la Constitución a una gran parte de Cataluña y eso no es un  buen escenario político,  ni para estos tiempos de crisis ni pensando en el futuro de España. No hay “problema” catalán, vasco, gallego, aragonés o valenciano. Hay un problema que se llama España y que es de todos nosotros. Hace falta rediseñar el nacionalismo y aceptar la regla incontestable de que unidos somos más fuertes. Todavía no lo hemos aprendido con Europa y así nos va. Una sola voz es más fuerte, se oye mejor y por lo tanto se entiende mejor,  que una algarabía caótica de gritos contrapuestos. Otra cosa es que seamos capaces de hacerlo. Pero eso es otra historia…

 

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15 abril 2011 5 15 /04 /abril /2011 09:02

No es sólo una película de romanos, un "peplum". El director,  Kevin aguila.jpgMacdonald,  ya dio muestras de su bien hacer en "El último rey de Escocia" y en "La sombra del poder".

Aquí nos lleva a una historia que se plantea de una forma que recuerda a los mejores western, una contraposición entre el concepto vigente en esos tiempos de "civilización" (el Imperio romano) y los pueblos fuera de su órbita de poder, los bárbaros, el resto del mundo. Como todos los imperios, el de los romanos también estableció esa línea de frontera que marcaba la diferencia. En Britannia, esa línea era física y correspondía a la famosa muralla de Adriano que dividía esa tierra en dos. El paralelismo maniqueo entre la barbarie y la "civilización" queda establecido, como en las películas del oeste, las tierras virgenes de los indios y la civilizacion que extiende el ferrocarril. El orden que impone la lex romana frente al caos de los pueblos de las Highlands de Bretaña.

Como en los western de frontera, la belleza del espacio natural ocupa aquí una importante baza. Los paisajes son bellísimos y están magnificamente fotografiados. Las secuencias del poblado picto e incluso la misma apariencia física de estos hace casi imposible sustraernos a la impresión de que estamos viendo un wester en el que las pistolas y el look de los  norteamericanos es sustituido por la faldilla y las piernas al aire, las espadas, túnicas y corazas de los romanos.

La trama también es propia de la dinámica del oeste, un centurión vuelve a Bretaña para recuperar un simbolo romano, el aguila dorada, que le fue arrebatado a su padre, también centurión,  tras una batalla en la que todo un batallón romano desaparece sin dejar huella. Las secuencias iniciales, el ataque al fortin fronterizo romano por las tribus bárbaras y el rescate de los priisoneros que  los pictos están masacrando ante el fortin, utilizando la famosa "tortuga" romana de escudos, erizados de lanzas, bajo los que se resguardan los soldados, como una coraza andante,  confrontados a la bravura caótica y salvaje de los pictos, tiene una gran categoría fílmica.foto-LALEGIONDELAGUILA.jpg

Toda la incursión del centurión en busca  del padre por territorio "salvaje" acompañado por un esclavo britano que le ha declarado fidelidad es de una contundencia cinematográfica digna de un Ford o un Wyler. Lástima que al final de la película esa fuerza se diluya y se busque el final tipo comic al que solo faltaban los compases triunfales y ramplones de la musiquita de la Guerra de las Galaxias.

A pesar de eso, película notable que refleja algo muy interesante, el pulso dialéctico entre dos formas antagónicas de entender el mundo, dos percepciones opuestas de lo que es la vida y las relaciones humanas. El mundo supuestamente civilizado versus el mundo supuestamente bárbaro.

 

 

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14 abril 2011 4 14 /04 /abril /2011 19:35

ThumbnailCAN6F0MS.jpgEduardo Mendoza, nacido en 1943 –68 años—abogado, traductor de la ONU en los años 70 y escritor desde "La verdad sobre el caso Savolta" (1975) novela publicada recién muerto Franco y saludada como la primera novela de la nueva era política española, es, fundamentalmente un escritor paródico, imaginativo, guasón, irónico, socarrón, lleno de sentido del humor y dueño de un estilo literario muy correcto y elegante que se ajusta como un guante a las características de la mayoría de sus novelas: la parodia, el folletín como disfraz, la crítica certera vestida con humor y algo de compasión. Para abrir boca y antes de hablar de la novela que hoy nos ocupa, recomiendo a los lectores un aperitivo doble: léanse "Sin noticias de Gurb" y "El último trayecto de Horacio2", dos parodias de la ciencia ficción en las que el humor y una sana y demoledora crítica harán las delicias de cualquier lector. Después, dos parodias más de novela detectivesca y de misterio gótico, "El misterio de la cripta embrujada" y "El laberinto de las aceitunas". Por fin, le híncan el diente a "La ciudad de los prodigios" para, debidamente informados y risueños podamos leer su "Riña de gatos. Madrid 1936". Es decir, ya sabremos que es un escritor paródico, al que le gusta mezclar géneros escogiendo lo mejor y más divertido de cada uno de ellos: folletín, novela romántica, de misterio, policíaca, de terror, ciencia ficción, histórica y de humor.

 

 

La que nos ocupa, es una novela muy diferente a esa otra buena novela con el mismo ambiente y temática histórica, el "San Camilo, 1936" del injustamente olvidado Camilo José Cela. En la que tenemos ante los ojos, el escritor barcelonés se cambia de residencia y vuelve los ojos y la pluma hacia Madrid y no en cualquier momento, unos meses antes del comienzo de la guerra civil.

ThumbnailCA5H853G.jpgYa empezamos a ver a qué se debe el título de la novela. España como un escenario de riña de gatos. Seguramente Mendoza ha jugado, como a él le gusta hacerlo con las referencias cruzadas (y esto es una hipótesis) ya que su personaje central es un joven inglés Anthony Whitelands, experto en pintura española y concretamente en Velázquez y visitante asiduo de El Prado. Pues bien, desde 1986 se exhibe entre las obras de Goya un cartón para tapiz que se titula así. Y además es un cuadro de cuya autoría ha habido dudas y estuvo casi un siglo "archivado" en el sótano del museo con peligro de dañarse irremisiblemente. También la obra que debe autentificar el inglés, propiedad de un noble español relacionado con la derecha española, es un cuadro de dudosa autoría y que corre peligro de destrucción y no sólo por las humedades.

¿Qué es "Riña de gatos"? Pues bien es una novela ejemplar al modo cervantino y una novela picaresca al modo del Lazarillo o de Marcos de Obregón. Es una parodia disimulada de las novelas históricas y es una novela de acción y también de intriga, de aventuras y de espías, en ocasiones erótica y en otros momentos de una sutil y lúcida pedagogía artística, es un folletín de trasfondo histórico y una novelista romántica, un sainete irónico y una comedia de enredos. Como en las películas de Lubitch o de Billy Wilder, los personajes no hacen más que entrar y salir, confundiéndolo todo, cerrando y abriendo puertas, complicando las cosas hasta el límite. Pues bien, el inglés Antoñito, atractivo como Leslie Oswald, se enfrenta a falangistas y entre ellos al mismísimo José Antonio Primo de Rivera que, incluso, será su rival amoroso, y conoce y se inmiscuye entre los políticos más destacados del momento desde Alcalá Zamora a Manuel Azaña, sabrá de los militares y sus conspiraciones, es testigo de la detención y encarcelamiento de José Antonio, perseguido por policías y matones, es agredido y camina entre los gatos en riña sin enterarse demasiado de lo que está pasando, manipulado y zarandeado por unos y otros.

Nos pasea Mendoza, junto a su atribulado protagonista, ese testigo accidental de unos hechos históricos que le superan, que a la inquietud social y política añade otras de tipo amoroso y sexual, por las calles de Madrid, sus barrios principales de uno u otro signo, ejerciendo de un donjuanismo ligeramente asombrado e inocente, sujeto a los caprichos y bandazos de las mujeres, esa asignatura pendiente que vemos en muchas novelas de Mendoza: el género femenino, que le atrae y le inquieta, seres incomprensibles dotados de un atractivo y un misterio que lo llevan a mal traer desde el principio.

En resumen, la vista del inglés, del otro, del extranjero, no está llena de lucidez a la hora de analizar el laberinto español en Madrid 1936, está llena de pasión contagiada, de miedo, de ironía y de un humor cáustico a veces y otras refinado. Con una mezcla de géneros muy habitual en Mendoza, las aventuras del experto en arte en un Madrid convertido en la poza pestilente y agresiva donde riñen todos como gatos, es tan entretenida y sugestiva como si Groucho Marx en un rapto de seriedad quisiera intentar analizar el por qué del desastre español, meses antes de que se declare la guerra civil. Y el lector asiste a ese viaje, divertido y asombrado, sujeto a un bien hilvanado recurso literario que relaciona hechos y sorpresas para así ir de capítulo a capítulo, todos engarzados, como se sacan las cerezas de un cesto, hasta que da con el final, tras 427 páginas de lectura apasionante.

 

 

 

 

 

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13 abril 2011 3 13 /04 /abril /2011 16:22

io-don-giovanni-cartel1.jpg

Diez millones de euros gastó Carlos Saura en rodar y producir su "Io, don Giovanni", un capricho estético en la línea de sus obras sobre el flamenco o Goya. Aquí con el "Amadeus" de Milos Forman como referencia cultural y estética. Sin el formalismo académico de Forman (que yo aprecio a pesar de tantas criticas adversas) pero con su ambición intacta, Saura nos presenta, a mi modo de ver, una propuesta digna de metacine, en el que la ópera, el arte pictórico, el teatro y el cine logran un maridaje si no perfecto si apreciable y en momentos puntuales de superior nivel.

Saura ha tenido acerbas críticas en este filme realizado en 2009 y que no se estrenó hasta finales del 2010 y con escasas muestras de entusiasmo. A pesar de que la historia del Mozart enfermo, componiendo a trancas y barrancas su Don Giovanni y dejando en ese trabajo girones de su propia vida y de sus fantasmas personales, es una historia familiar, Saura da un hábil giro de tuerca y nos lleva a su relación con Lorenzo di Ponte, el escritor y libretista, masón y libertino -- protegido por Giaccomo Casanova, el célebre don Juan-- convirtiéndole en el personaje central de la película. Mozart, Salieri, el emperador austriaco, Casanova, giran en torno a las tribulaciones y enredos de Di Ponte, interpretado por Lorenzo Balducci.

En la consistencia de los personajes Saura no logra dar solidez a su propuesta. Balducci, Lino Graciali como el desmelenado Mozart o Emilia Verginell como Anna, la amada angelical de di Ponte, no nos conmueven. Sus actuaciones son como los recursos de Saura a poner como fondo obras de arte pictóricas para mostranos Viena, Venecia o los palacios donde se desarrolla la acción. Son impostaciones teatrales que nos recuerdan, sin disimulo, el artificio del cine para jugar con la idea del escenario en un compromiso estético con el espectador. (Apuesta que, supongo, reduce drásticamente el sector de público al que puede interesar  -y comprender- el guiño que propone Saura).

Asi pues "Io, don Giovanni" no es ópera filmada, ni filme teatral, sino cine en estado puro --no siempre al nivel que sería exigible-- que no logra alcanzar la excelencia de los primeros filmes de Saura, "La caza", "Elisa, vida mia", pero sintoniza esencialmente con "Goya en Burdeos" o "Flamenco", una suerte de cine invadiendo y hermanándose con otras artes, la pintura o la danza. Metacine para un realizador que aún vive de prestigios del pasado y que recurre -casi- al pastiche, como cuando alguien escribe una nueva aventura de Sherlock Holmes, hace caminar de nuevo a don Quijote o lleva una obra de Shakespeare a la ciencia ficción. Saura ha dejado de ser un creador en su arte para convertirse en un buen artesano que busca muletas en otras artes hermanas.

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12 abril 2011 2 12 /04 /abril /2011 16:31

PagliacciCD.jpgEl Liceo fue ayer una fiesta para los aficionados a la ópera, a la ópera sin más, sin atrevimientos conceptuales, sin "genialidades" decorativas y ambientales, sin ferocidades de actuación, sin impertinencias subidas de tono en pro de una pretendida osadía escénica. El que les escribe disfrutó de lo lindo con ese tradicional dueto operístico que en los últimos años suele emparejar en una sola sesión dos obras como "Cavalleria rusticana" de Pietro Mascagni y "Pagliacci" de Ruggiero Leoncavallo, (aunque en el Liceo hacía 23 años que no se representaban juntas).

La razón de este prólogo algo quejica (que a algunos puede parecer conservador y sólo es escarmentado) es que la dirección de escena está encargada a Liliana Cavani, la directora de cine, muchas de cuyas películas conocí en su día aunque con cierto rechazo en ocasiones por la dureza de las imágenes o de la temática. "El portero de noche", "La piel" o "Más allá del bien y del mal" son tres de sus obras más emblemáticas. Por tanto, me preocupaba un poco antes de entrar en el Liceo qué podía encontrarme allí con la calidad revolucionaria, contestataria y provocadora de la Cavani. Y, añadido interesante, con la escenografía de Dante Ferreti, que ha trabajado con Passolini, Ettore Scola, Zefirelli, Fellini y Scorsese.

Bueno, pues todo perfecto. Una función de regusto cinematográfico, como no podía ser menos. La plaza de la Iglesia en "Cavallería" me recordaba fielmente el decorado de la misma ópera en el final de "El Padrino, III" de Cóppola y el teatrillo al aire libre donde se desarrolla la tragedia de "Pagliacci", semejantes imágenes de Fellini en muchas de sus obras, desde "81/2" a "Amarcord" o "La Strada".

Así que se nos permitió gozar de esos dos dramones, rural uno y urbanita el otro, celos, infidelidades, apasionados crímenes y "vendettas" sangrientas y ruidosas. El pueblo llano en el disparadero de los sentimientos explosivos y los instintos destructivos. El don Juan de pueblo que se atreve a enamorar a la mujer de un carretero celoso y brutal y el payaso rechazado por una bella pero infiel Desdémona que provoca los celos y la ira asesina del payaso jefe, mientras las emociones reales van tomando cuerpo en las teatrales hasta que se resuelve en sangre el equívoco. Mascagni se basó en un relato corto de Giovanni Verga para su dramón rural siciliano y Leoncavallo en un hecho real en Calabria, caballeria_med.jpgdel que se da la circunstancia de que el juez encargado del célebre doble asesinato pasional fue  precisamente el padre del escritor.

Dos historias inscritas en el "verismo", movimiento nacido en Italia a mediados del siglo XIX, en el que el pueblo se comporta tal como es e irrumpe en una escena que habían monopolizado las clases aristocráticas y la realeza y más tarde la burguesía. Siguiendo el naturalismo en literatura de un Zola o de un Thomas Hardy, estas dos óperas nos cuentan dos sórdidas historias que nacen de los estratos más humildes de la sociedad. No hay artificio, sentimientos delicados y cuidados diálogos llenos de belleza e ingenio: es el pueblo llano el que se explica, lleno de pasión y de rabia en el dramón  elemental de sus vidas. Como dice el personaje del "Prólogo" en el inicio de "Pagliaci", "se trata de que veamos cómo se aman los seres humanos". Evidente ironía.

Si en "Cavallería" recordamos a "El padrino", el "ridi pagliacci, ridi" del atribulado payaso engañado por su mujer, nos puede recordar la risa malévola de un engordado Robert de Niro, en una memorable interpretación del gángster Capone, mientras asiste a esa ópera en "Los intocables de Eliott Ness" de Brian de Palma.

Pero al margen de esto, ¿qué es lo que puede explicar el éxito perenne de este programa doble operístico tan archisabido y exagerado, a pesar de los centenares de criticas adversas tanto al asunto argumental (en la ópera, salvo algunas excepciones de Mozart, Vivaldi, Wagner y  algunos pocos más, los libretos dejan mucho que desear) como al musical? Una de las razones puede ser que, a pesar de las apariencias, cantar estas óperas exige a los cantantes un registro muy especial y un cuidado supremo en evitar que se salgan de una cierta contención y al tiempo parezca que se comportan con la rudeza y el exceso de los personajes que encarnan. Difícil equilibrio que, en este caso, el tenor argentino José Cura logra bordar y provoca el entusiasmo de un público entregado (e incluso enterado), tanto en el papel del rústico Turiddu, como en el del payaso Canio. También se lucieron Luciana D'Intino como la abandonada Santuzza y George Gagdinze, como el carretero Alfio de "Cavalleria"  e Inva Mula como Nedda o Colombina, la mujer del payaso.

Y una de las razones por las que me encantan estas dos óperas, es por los "intermezzi" orquestales que dividen los actos y que son de una  sensibilidad y frescura casi paradójicas en obras de trazo tan grueso. La otra, el papel de los coros que, como en el teatro griego, no sólo son parte relatadora y juzgadora de los hechos, sino que participan activamente en su desarrolllo.

En resumen, una magnífica velada operística.

 

 

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11 abril 2011 1 11 /04 /abril /2011 16:09

Stéfphane  Brizé dirige este filme, "Mademoiselle Chambon" con gran sensibilidad y ha escrito también el guión basándose en la novela homónima de Eric Holder. La película narra una historia de amor condenado a no realizarse enteramente. Un albañil, austeramente interpretado por Vincent Lindon, conoce y se enamora de la maestra de su hijo pequeño, Mademoiselle Chambon. Esa tercera en discordia entra de forma inocente  y poco intencionada en el tranquilo y previsible mundo cotidiano de una pareja para crear un pequeño tsunami sentimental y emotivo. La sombra de "Los puentes de Madison" es alargada y planea sobre la película francesa. También las diferencias entre la obra maestra de Eastwood y esta sencilla, pero apreciable, muestra del cine francés de lo cotidiano, lo mínimo, lo ajustado, el universo que puebla la vida de la mayoría de los espectadores.

Mademoiselle_Chambon-404634-full.jpgLa aventura sentimental del albañil, completamente sacudido y aterrorizado --Vincent no parece alterarse lo más mínimo pero refleja con eficacia el desgarro interior-- ante esos sentimientos que trastocan su apacible vida matrimonial, con su apasionamiento y falta de lógica. Eso hace que surja el proceso emotivo en un contexto de silencios, gestos congelados por la indecisión o la timidez, música de violín y miradas, muchas miradas, cargadas de significado, preñadas de sentimientos, a veces asombradas y otras asustadas.

Algunas secuencias como el concierto de la maestra en honor del padre del protagonista en pleno festejo familiar (y la mirada de comprensión dolorosa de la mujer del albañil al ver la mirada de este hacia la maestra) o la contraposición conceptual entre el mensaje vitalista de la película y la escena en la que el albañil y su padre, anciano y enfermo, van a una empresa de pompas funebres a escoger el ataúd donde será enterrado cuando muera, resultan de una gran fuerza y sugestión dentro de su simplicidad argumental.

Romanticismo visual sobre un argumento y unos personajes tocados por la magia de la languidez, el silencio y las pasiones en sordina, aunque poco verosímiles y algo envarados en la falta de gestualidad emotiva.

El final es una hábil trasposición del de "Los puentes..." y como aquél se resuelve en los primeros planos de los amantes contrapunteados con el implacable destino que los separa (en una, el tren, en la otra el coche y la lluvia). Apreciable.

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11 abril 2011 1 11 /04 /abril /2011 08:51

Antes de la “teoría del caos”, una filosofía  operativa  de la ciencia que hizo furor desde que el matemático y meteorólogo Edward Lorenz la acuñara a finales de los ochenta y se ha aplicado sin cesar a todo tipo de eventos y teoría de sistemas, los viejos taoístas chinos mencionaban en una de sus proverbios “el aleteo de las alas de una mariposa pueden provocar un tsunami al otro lado del mundo”. Con esta aparentemente absurda frase se indica que dadas unas condiciones iniciales de un determinado sistema caótico, la más mínima variación puede provocar que el sistema evolucione en formas completamente distintas a las previstas. Una pequeña perturbación puede provocar mediante un seriado y progresivo proceso de amplificación efectos considerablemente grandes e inesperados.

Así pues, tenemos un sistema caótico inicial: la política internacional, con variables como el fanatismo religioso, la estupidez, el estado de guerra y  la inseguridad social y económica. Se produce un acto aparentemente estúpido e irrelevante, un cerril pastor metodista de una iglesia perdida en un pueblo de Florida quema el pasado 20 de marzo un ejemplar de El Corán ante sus feligreses (el aleteo de la mariposa) y una semana más tarde (tiempo en el que los medios de comunicación de masas, mas algunos interesados en sembrar el odio , mas la facilidad de comunicaciones en la aldea global que padecemos y aprovechamos,  tardan en llevar la banal y patética noticia a todos los puntos cardinales) en Afganistán estalla una revuelta de fanáticos --y también simples musulmanes indignados-- en protesta por esa cretinada. Resultado: decenas de muertos, entre ellos siete empleados de la ONU, es decir un tsunami social, político y humanitario. Un libro quemado por un descerebrado ha costado un número no cerrado de vidas humanas.

¿Qué está ocurriendo en nuestro mundo? ¿Todavía hay alguien que no sabe que los efectos de sus actos, aparentemente inocuos, como el aleteo de las alas de la mariposa, pueden provocar conflictos y dolor en cualquier otro lugar? Los budistas hablan de la ley del karma y del efecto que tienen nuestros actos al margen de nuestra voluntad y nuestros deseos, cómo el bien genera bien y el mal –o la estupidez—causan un mal que viene a evidenciarse mucho más tarde en la vida de los autores, tomando la forma  y el momento más imprevisible.

El “iluminado” pastor Jones ha realizado un acto irresponsable que ha agradado a su medio centenar de acólitos y ha puesto al Gobierno de Obama  y a las fuerzas internacionales de la OTAN  que se mantienen en Afganistán, contra las cuerdas. Los imanes afganos han aprovechado el regalito de Jones para lanzar a sus muy sensibles feligreses a una guerra de religión y fanatismo donde se mezclan intereses políticos, económicos y de poder, demonizando la presencia extranjera que trataba de llevar al castigado país a una situación de paz y un cierto orden.

Estados Unidos están gastando 6.000 millones de dólares anuales en entrenar  a un ejército que garantice que el país no vuelva a caer en manos de los talibanes. La estupidez del pastor Jones ha dificultado la tarea hasta un grado que hará aun más difícil la retirada de los soldados internacionales, de mayoría estadounidense, que trataban de resolver el problema afgano antes de marcharse en 2013. Estados Unidos y la OTAN pueden fracasar estrepitosamente en un país en el que los talibanes cada vez son más fuertes y se infiltran en todas partes. El pastor Jones les ha prestado una gran ayuda. Diez años de intervención, miles de víctimas, el poder corrupto del presidente Karzai y el dominio creciente de los talibanes y los señores de la guerra, hacen de Afganistán un posible nuevo fracaso occidental, dejándolo convertido en uno de los lugares más precarios del mundo. El pastor Jones debería ser obligado a comerse un Corán, sin aliñar, o mejor una Biblia, para no añadir más leña al asunto. El pastor Jones, gracias al efecto mariposa, ha hecho nuestro mundo un poco más desdichado, atormentado e inhumano.

 

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8 abril 2011 5 08 /04 /abril /2011 18:27

 

 

 

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 Hace muchos años, en mi irredenta adolescencia, cuando buscaba libros baratos en las librerías de viejo y en el mercado de San Antonio  o en los quioscos que existían detrás de la Universidad barcelonesa, encontré precisamente en uno de esos quioscos un librito encuadernado en rústica procedente de una editorial sudamericana, creo que Novaro de México. La portada, tipo cómic, me fascinó: una enorme planta de ramas sarmentosas y vulvas carnosas arrastraba un cuerpo humano y a la vez, aprisionaba a una rubia exuberante, visiblemente viva, con la intención, no se sabe bien, de besarla o de morderla. La escena era de lo más sugestiva, encarnaba el horror y el misterio del mal, el erotismo femenino y la incógnita de lo que iba a suceder después.

Se trataba de "El día de los trífidos"  del inglés John Wyndham (publicada en 1951) y un subtítulo de letras rojas añadía: "La Humanidad en Peligro, las plantas se alimentan de los seres humanos a los que han dejado ciegos". Bueno, así expuesto, el argumento se llenaba de interrogantes acuciantes que solo la lectura podría resolver. Pagué su precio, no llegaba a diez pesetas (!Que tiempos!) y me dispuse a pasar una tarde de lo más entretenida. Lo leí de un tirón y jamás la olvidé. Algunas célebres películas actuales recordaban uno u otro detalle de esa novela y creo que en el 62 se hizo una versión en blanco y negro que no he podido encontrar. Mas tarde comprobé que la inefable BBC había versionado la novela, primero en la radio en 1953 y más tarde en formato de telefilme.

Por fin ha llegado a mis manos (y ojos) un telefilme de dos partes, dirigido por Nick Copus e interpretado por Joely Richardson, Dougray Scott y Vanesa Redgrave (casualmente, madre del productor de la cinta). Copus ha variado algunos elementos de la novela y ha incluido otros con mayor o menor fortuna. En la película vemos como unas llamaradas solares dejan ciega a casi toda la población humana y un ecologista estúpido y fanático libera a los trífidos que estaban concentrandos en granjas para aprovechar su aceite (gracias a ello se habia resuelto la crisis energética y su amenaza de calentamiento de la tierra, sin imaginar que eran un peligro mortal).

 En la novela son unos cometas verdes (presuntamente enviados por la civilización de los trifidos que pretende colonizar la tierra) los que ciegan a la mayoría de los humanos  para asi dejarlos indefensos ante la depredadoras plantas (que pueden moverse, lentas pero seguras)

Las secuencias de inicio de la película ( y de la novela) son de las que no se olvidan. El caos, el horror y el miedo contagioso de los pobladores de Londres ante una ceguera total (circunstancia que comparten con el resto del mundo, excepto algunas personas como el protagonista, un biólogo que justamente habia sido atacado por un trifido en una granja y estaba convaleciente de una operación en los ojos, por lo que los tenía tapados cuando se produce el terrible resplandor), es una de las circunstancias trágicas globales que constituyen el acerbo oscuro de nuestra cultura apocalíptica.

Pero después el desarrollo argumental es de una complejidad fascinante y un excelente ensayo de proyección sociológica. ¿Como se organizará una sociedad formada por una mayoría de personas ciegas y unos pocos videntes? Toda la infraestructura, instituciones, organismos, departamentos, que sustentan nuestra civilización ha desaparecido. La tecnología se ha detenido brutalmente y apenas quedan líderes intelectuales o sociales que tomen el mando y la dirección, aunque abundan los caudillos y los psicópatas.

En la novela, el protagonista, Bill Masen, se arranca los vendajes para ver conmocionado unas escenas en el hospital y las calles londinenses que describe como "El infierno según Gustavo Doré". Es mucho más que eso y los benditos efectos especiales nos brindan la posibilidad de ver el alcance del desastre, aunque nos hurtan la reflexión y el intimismo psicológico que nos impresiona en la novela. Tampoco en el filme se ahonda en la relación entre los protagonistas, el biólogo y la periodista popular (en la novela es una escritora de renombre) y la película, muy bien realizada, se convierte más en un thriler de supervivientes de excelente factura, pero que aún así siembra cierta inquietud en la mente del espectador. La finura literaria de la novela deja su marca en el argumento cinematográfico y su traducción en imágenes. No es una película más de ciencia ficción. Y más si uno se toma el agradable trabajo de leerse previamente la novela. Allí interesa muchísimo el análisis de las diversas formas de reorganización que van probando los humanos ciegos dirigidos por líderes ocasionales después de la catástrofe. Unos se aferran a la religión y los valores morales, sin llegar nunca a advertir la magnitud del cambio; otros se aíslan en grupos minúsculos de supervivientes, sometidos a la ley básica de la supervivencia y la auto defensa; los de allá rechazan violentamente a otros grupos humanos, y otros pretenden instaurar un régimen feudal de características autoritarias. Luego quedan los que tratan de crear un modelo de sociedad fundada en la racionalidad y la necesidad de preservar la especie, como una prioridad forzosa que no admite vacilaciones éticas.

Lo dicho, no dejen de leer la novela,-- hay una edición asequible, Clásicos Minotauro, Planeta 2008-- y después acudan a un deuvedé club o en las webs de cine alquilado en internet para lograr la película. Para 2012 parece que se estrenará una versión para la pantalla grande. Hollywood ha olido una suculenta presa. Veremos.

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