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15 junio 2012 5 15 /06 /junio /2012 07:19

libreria n.oport.

Imaginaos una librería vieja,entrañable, polvorienta, donde se acumulan los libros, todos dotados de una extraña vida propia, libros amados, pero dejados a su aire, envueltos en un ambiente ligeramente perfumado, con muebles viejos, puertas que se cierran o ventanas imposibles de abrir, todo ello en un pequeño pueblo de una diminuta isla cerca de la costa oeste norteamericana, una isla húmeda, llena de musgo, lluvia y vientos, un lugar que parece haber surgido de un relato de Melville, Poe o Irving. Si a todo ello añadimos que la protagonista y su tia, la dueña de la librería, son de origen hindú y han llevado a su tierra de promisión sus costumbres, sus dioses y sus historias, la cosa promete.

Pues bien, Anjali Banerjee, nacida en la India y educada en Canadá y Estados Unidos, la autora de "La librería de las nuevas oportunidades" (editada por Lumen) que reside en la costa oeste del Pacífico, no muy lejos del lugar donde radica su novela, ha escrito una obra deliciosa en la que a partir de una historia de desamor, un divorcio y un abandono con traición incluida, la protagonista, una analista financiera, Jasmine, encontrará un nuevo sentido a su vida, "una nueva oportunidad" en una vetusta librería, propiedad de su tía.

A partir del primer capitulo donde se nos presenta a Jasmine, su dolor y frustración emorosa y el lugar donde todo va a cambiar, la isla de Shelter "una mota de verde oscuridad empapada por la lluvia" en el estrecho de Puget, todo va desencadenándose con un ritmo bien llevado, una algo excesiva reiteración en las secuelas emotivas del desengaño de Jasmine, la aparición misteriosa del doctor Connor Hunt, pero sobre todo la dinámica interna de la librería.

Y aquí está el mejor acierto de esta autora que, sin este adimento, solo hubiera escrito una novela sentimental de mucho menos valor literario: los libros caen y se unen o cambian de lugar seguiendo unas pautas muy misteriosas, hay voces y presencias de viejos autores que interactúan con la protagonista, la casa misma, uin caserón muy viejo que parece que se va a caer en algún momento, pero que guarda un inmenso encanto, toma a menudo el protagonismo y se convierte en un interlocutor anímico de Jasmine. No hay sensación de miedo o truculencias de casa encantada, todo se desarrolla con una sorprendente naturalidad. Puertas,ventanas, libros y presencias fantasmales están acompasadas en ofrecer a Jasmine la oportunidad de rehacer su vida y conectar con la parte mas libre y bella de su personalidad.

Los libros se comportan como intimos amigos, terapeutas emocionales, vivero de nuevas oportunidades, sin llegar a ser, gracias a Dios, elementos manipulados para dar consejos o directrices tipo libros de autoayuda. Evidentemente la trama de esta novela es algo que no nos ocurre cuando lo necesitamos (si la vida real fuera así, la profesión de psicólogo habría desaparecido de las universidades). Por tanto, la sigladura de Jasmine en la isla y su relación con la librería de "tía Ruma" (cuya extraña "enfermedad" que motiva la llregada de Jasmine a la isla, se aclara al final), que propicia una interacción liberadora y gratificante de la protagonista con los niños y los adultos de la isla, conforman una novela iniciática con un mensaje positivo evidente a favor de los sentimientos, la fuerza creativa de los libros y la necesidad de abrirse a la vida aunque la experiencia anterior que hemos vivido nos haya arruinado el alma.

Quizá uno recela un poco de la insistencia y reiteración con la que Anjali Banerjee nos alecciona sobre el desengaño y las esperanzas amorosas de Jasmine. Es demasiado evidente y visible el objetivo emocional que persigue la autora. Pero la referencia a los libros, los autores y los placeres que evoca la lectura, dan peso específico a esta novela irregular pero deliciosa de leer. Como dice la entrañable tía Ruma, "vender libros es un estilo de vida, no solo un  modo de ganarse el pan". Y el estilo de vida que crean los libros y su presencia salvan, en definitiva, la calidad evocadora de esta novela.

Quizá las referencias a la lectura, a los clásicos ("quizá alguien no quiere que los clásicos caigan en el olvido", pág.25), a la cocina bengalí tan especiada, a las cualidades del buen librero ("paciencia, cortesia, entusiasmo,compasión", pag 85) a lo que ofrecen los libros ("son más que meras mercancías.Contienen nuestra cultura, nuestro pasado, otros mundos, el antidoto contra la tristeza", pág 86) hacen que la novela se recupere de los excesos sentimentales de la autora. En resumen: una novela entretenida que supera las simpleza emotivas de la novela rosa y sabe crear un mundo propio con encanto para los amantes de los libros.

 

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14 junio 2012 4 14 /06 /junio /2012 09:57

carlos-copia-1Bueno, amigo, hermano, mi querido Carlos, indispensable, añorado, se te brinda  homenaje público y notorio en el Ateneo barcelonés. Detrás de todo, esa potencia energética en forma de mujer, tu esposa, Lola, Lolilla, que trae a la luz el Guadiana de tus evocaciones, sentimientos, sensibilidades, los trabajos y los días de una vida doble, o triple, material bastante valioso que tu habías compartido con contadísimas personas y que, según alguna vez me habías confesado, eran "material de aluvión literario", una forma de equilibrar literaria y filosóficamente los vendavales y las tormentas interiores que la vida iba creando en torno a tu aparentemente frágil esquife (en el que, no obstante, emprendías singladuras que hubieran hecho estremecer las cuadernas de bajeles más sólidos y mejor armados).Textos que nacían de tu enorme sensibilidad y que no estaban destinados a ser conocidos por nadie o quizá por alguna persona muy especial y entre ellos algunos --muy escogidos-- poemas que, quizá, podrían aspirar a ser publicados algún día (en vida tuya, pensábamos). 

Estés donde estés, te supongo distraido y nada perdido en la imposible biblioteca borgiana de los senderos que se cruzan en el infinito, me pido la vez: voy a escribir sobre ti una vez más, una forma compensatoria de mi inapreciable ausencia en ese gran acto honorífico que se dedica a tu memoria. Mi memoria de tí pide intimidad y sosiego, nada de focos y aplausos, una musica suave que mitigue el fragor de las palabras laudatorias, quizá un narguilé de tabaco aromático fumado en la calma de la tarde de este pueblo aragonés que, por muy poco, no tuve ocasión de enseñarte. Disculpa, amigo, hermano, por no acudir a tu merecidísimo homenaje, ya comprendes que no preciso de sello de asistencia para sentirme partícipe de tu memoria.

Seguramente me pierdo la posibilidad de encontrarte en el Ateneo, quizá de pie tras la última fila  de asientos de la sala Oriol Bohigas, mirando con un punto casi indescifrable de sana ironía las palabras que los ponentes te dedican. Era la única posibilidad que me hubiera llevado a la calle Canuda y, claro está, era tan lejana e irrealizable, que he preferido optar por simultanear mi tímido y diminuto homenaje personal, unas enormes minucias, con el que se desarrolla en estos mismos momentos en el Ateneo.

Así que pasemos al ritual: enciendo el carbón de mi narguilé, aspiro el perfumado humo entre el gorgoteo del agua y pongo frente a mí la foto en la que estamos los dos, muy sonrientes, mirando la cámara que enfoca tu mujer. Estamos en la casita que poseíais en San Pedro de Ribes. Luego habrá un largo paseo, a solas los dos, una charla que acabará sentados a la fresca en la terraza. Según las notas de mi diario, hablamos de dos temas, la soledad como elemento dinamizador de la creatividad para el escritor, el poeta y el filósofo y la necesidad perentoria de un sentido ético de la vida, no sólo la pública, también la íntima y personal. Las ideas, las reflexiones, las vivencias, las bromas, la ironía y el humor, saltaban como truchas en la corriente del río de la charla. En un momento dado, tras una feliz metáfora de alguno de los dos, nos miramos muy serios y dijimos: "es una pena que todo esto se pierda, tantas ideas, tantas propuestas, tanto y tan sano humor". "Deberíamos escribir un libro al alimón"."Habría que establecer un día a la semana en el que compartir todo esto" Los dos jugábamos irreflexivamente con la idea de que teníamos tiempo. No había prisa. Eramos casi eternos. Y eramos sinceros. Inconscientes pero sinceros. Nos quedamos en silencio. "Es una pena" musitaste. Entonces te dije algo que me salía del fondo del alma. "Llevamos años, dije, comprobando que cuando estamos juntos, de nuestra charla salen conceptos, ideas, imágenes, estructuras de razonamientos y proyecciones reflexivas de cierto valor, originales, audaces, imaginativas. Creo que esto es algo que tu propicias -- (en mi anotación pone una sola palabra que me ha permitido recordarlo todo: Sócrates)-- y que se produce por una virtud tuya: tu generosa disponibilidad y por la audacia intelectual de los dos, cuando nos sentimos libres y podemos ser como somos en realidad, sin máscaras y sin armaduras. Con ninguna otra persona dejo volar tan libremente mis ideas. No me siento juzgado, ni me sujeto a ninguna pretensión ni presunción. Eres un partero de ideas, un comadrón del intelecto. Como Sócrates persigues la verdad como un lebrel a su pieza y cuando ésta da un salto hacia las estrellas, tú creas el armazón lógico, la estructura literaria o filosófica donde va a tomar forma y sentido". Sonreiste. "Deberíamos vernos más a menudo", dijiste. Tenías razón, hermano. Ahora ya "nos vemos" muy a menudo. Pero ya no tengo tu palabra.

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13 junio 2012 3 13 /06 /junio /2012 09:58

 

 excursiones-4337.jpg  

Salimos de Palas del Rei por la ermita de San Tirso, de escaso interés artístico y bajamos las escaleras que llevan hasta la carretera N-547 a la que acompañamos unos 100m y nos desviamos a la derecha, cruzamos el rio Ruxan y pasamos por Carballal por una corredoira que se extiende sinuosa bajo el palio de los árboles hasta llegar a San Xulian del Camiño. El día amenaza lluvia y el camino oscila entre corredoiras umbrías o andaderos protegidos por setos de la carretera, a pistas de cemento o barro endurecido entre sembrados y casas humildes, cruzando aldeas pequeñas y solitarias. La Galicia rural parece recogerse en sí misma, como signo de respeto ante la grandeza de Santiago.

 

En Leboreiro dejamos la provincia de Lugo y entramos en la de A Coruña. Santiago está como quien dice a la vuelta de la esquina, que en términos de caminantes es bastante más trabajoso.

 

En Casanova decidimos buscar un lugar para desayunar , llevamos dos horas y pico de caminata, caen gotas aisladas y nos apetece comer algo. Desechamos un figón con rótulos en alemán e inglés por exceso de parroquianos y nos aposentamos en un albergue de muy buen aspecto llamado Somoza. Nos sirven unos huevos con panceta y a la hora del café nos obsequia con sendos trozos de tarta de santiago.

 

Algo repuestos llegamos a Leboreiro donde disfrutamos del pórtico románico de la Iglesia de la Virgen de las Nieves y el original "cabeceiro", hórreo minúsculo con forma de cesta de mimbre, hechos con ramas. Después pasaremos junto a un polígono industrial, con unas curiosas placas de roca con nombres grabados en bronce de los caballeros de la Orden de Santiago y sus capítulos celebrados en los últimos dos siglos, hasta bajar hacia el rio Furelos que atravesamos sobre un bellísimo puente románico de cuatro ojos, que nos llevará a Melide.

 excursiones-3988.jpg

El camino discurre por un bosque de pinos, robles y eucaliptos, hasta cruzar el rio Barreiros. Castañeda, Doroñas y Ribadioso, entre carreteras y tajos, hasta llegar a Arzúa, nuestro final de etapa. Han transcurrido más de ocho horas, treinta y un km, de los cuales más de dos gastados en cruzar el pueblo bajo una lluvia fina y persistente, porque el hotel escogido está muy a las afueras de un pueblo particularmente extenso. Llegamos empapados y bastante cansados.

 

La jornada ha sido agotadora pero interesante desde un punto de vista histórico y artístico. Hemos pasado a pocos kilómetros del famoso Pazo de Ulloa, inmortalizado por la novela de Emilia Pardo Bazán, pateado las venerables losas romanas de la calzada de Cornixa, y en Boente vemos en la iglesia una imagen de Santiago en majestad, lo cual solo acontece en Compostela. El camino ha oscilado entre desniveles no excesivos pero si continuos y nos ha dado ocasión de atesorar en el desván de la memoria a personajes como el hospedero de Boente, Mariano Dios, escalador, fotógrafo y aventurero (conocido por los montañeros del Pirineo con su sobrenombre escrito en los libros de casi todas las cumbres: "El Yeti") que vino a hacer el Camino y quedóse en él. El hombre parece un motorista de Harley de los sesenta, como salido de la banda de Marlon Brando en "Salvaje", reciclado en orondo y feliz hotelero. Y la otra imagen, la de una anónima mujer madura con la cabeza canosa y aspecto y figura de gran dignidad que, sentada en una roca junto al rio Iso, con los pies descalzos sumergidos en el agua, parecía absorta en la contemplación del bello recodo del puente románico. Una bella estampa bucólica llena de delicadeza y poesía, y que cuando se dio cuenta de que la mirábamos nos sonrió y agitó la mano diciendo; "buen camino". Claro que aún quedaba el paso bajo la lluvia de Arzúa con 31 kms en las piernas.

 

De Arzúa a Lavacolla transcurrirá la siguiente jornada, en la que nos quedamos en las inmediaciones del Monte del Gozo desde donde los peregrinos podían contemplar las torres de la Catedral de Compostela, entre rezos y emociones de fervor y alivio: el objetivo quedaba cumplido y uno había sobrevivido a miles de penalidades hasta llegar al anhelado sepulcro del apóstol amado por Cristo.

 

Pero de momento salimos con la amanecida del hotel Suiza, con Arzúa un par de kms. Atrás, con cielos despejados y pronóstico bueno de tiempo. Hoy no nos regarán, nos dicen. Primera subida por carretera hasta enlazar con el camino que se interna en el bosque por una de esas corredoiras, senderos anchos rodeados de arboles centenarios con ramas profusas que se extienden de los dos lados para unirse a muchos metros por encima de la cabezas de los peregrinos (suelen ser eucaliptos enormes y robles increíblemente fornidos y retorcidos). En esta jornada irán turnándose los paseos bajo palio vegetal con andaderos junto a las grandes vias o caminos estrechos que atraviesan aldehuelas cada vez más juntas entre sí, sin apenas servicios ni iglesias románicas que han abundado hasta aquí, pero quizá por la cercania con Santiago, ya nadie se atreve a rivalizar.

 

Raido, Preguntoño, Calzada, Outeiro, Boavista, Salceda, otra Brea más del Camino (Brea es "vereda" en gallego) y el Alto de Santa Irene donde hacemos parada y refuerzo, queso de Arzúa (excelente) cerveza fría, una buenísima ensaladilla rusa y croquetas de la casa. El amigo Jaime me presta una aguja para pinchar una ampolla en el empeine y una tirita para protegerla. Un barbado y maduro peregrino nos confiesa que es la octava vez que cumple con el Apóstol. Dos mujeres de media edad lo contemplan con admiración y brindan a su salud con el fuerte vino del lugar.

 

En un riachuelo cercano, el que esto escribe moja sus pies con agua helada, y reposa bajo una sombra agradable (el sol vuelve a reinar en el Camino) y una paz solo turbada por el paso incesante de peregrinos por el pequeño puente (algunos peregrinos hacen el camino en estentórea conversación, gritos y carcajadas, como si se tratara de una etílica romería pueblerina; la mayoría, gracias a Dios, van a lo suyo, caminan con mayor o menor soltura y siguen un itinerario interior que solo ellos conocen: no hay lugar para conversaciones superficiales o gritos y carcajadas.).

 

Burgo, Arca, Pedrouzo, donde si uno quiere comer entre muchas opciones debe dejar el camino y desviarse por la carretera unos150 m. Nosotros seguimos. Nuevo recorrido bajo los árboles en San Anton y tras Amenal, una subida que nos lleva bajo la cabecera de pista de despegue del aeropuerto de Santiago (paradoja de épocas: camino espiritual, esfuerzo y recogimiento frente a la metáfora del avión, el ruido, la época de la velocidad y la neurosis) . La atravesamos por detrás y subimos otra colina hasta conectar nuevamente con la carretera nacional. Un desvio nos lleva a Lavacolla (o Labacolla) donde nos espera el hotel. Han sido un par de km menos de lo esperado (confusión de la guía que da motivos de bromas e ironías entre los dos peregrinos).

 

A la salida de Salceda tomo nota de un modesto monumento ( una hornacina con un par de botas de bronce, lleno de estampas, recuerdos, fotos y flores) dedicado a Guillermo Watt, un peregrino de 69 años fallecido allí mismo en 1993 a una jornada de llegar a Santiago. La verdad es que las tropelías urbanísticas de los gobiernos gallegos sucesivos han convertido esta última etapa en un tortuoso desbarajuste de carreteras de circunvalación, estudios de televisión, fábricas de madera, urbanizaciones a cual más hortera, horrores varios arquitectónicos que, por ejemplo, han destrozado el Monte del Gozo, donde los peregrinos siguen llorando pero no por ver al fin las agujas de la Catedral, sino por el destrozo del antaño bello monte repleto de arbolado, ahora convertido en un inmenso receptáculo de peregrinos con ocasión del Año del Jubileo compostelano y la visita del Papa Juan Pablo II, en 1992. En fin, cosas de la reputada sensibilidad espiritual de próceres y munícipes de todas las épocas. Decepcionante.

 

Como dato peculiar, sabed que en Lavacolla, junto al rio del mismo nombre (hoy, apenas un riachuelo), los peregrinos medievales y hasta bien entrada la modernidad, solían lavar en esas aguas sus ropas y cuerpos para presentar algo mejor aspecto en la entrada a la ciudad y la visita a la Catedral y venerar al Santo.

 

La llegada a Santiago es paisajística y culturalmente decepcionante, y aunque parte del personal andariego mostraba ciertos síntomas de histerismo entre religioso y deportivo, la mayoría de los caminantes oscilaba entre el ensimismamiento que produce el cansancio de muchas jornadas de desollarse los pies o la alegre y ruidosa inconsciencia de los que esperan una jornada más de cuchipandas e ingestas etílicas de mayor o menor grado, que de todo hay en las viñas de mi señor Santiago Matamoros.

 

En algo más de dos horas, entre un trasiego incesante de peregrinos, algunos ciertamente tocados, caminamos por carreteras secundarias, pasamos ante el enorme camping de San Marcos. Todo va sonando a supermercado espiritual a mayor honra de la Iglesia católica. El ambiente es decididamente premioso y con expectativas del muy cercano final. La gente, no se sabe por qué, pone el turbo (los que pueden) y pasan presurosos como si Santiago se les fuera a escapar trotando monte arriba. Se empieza a barruntar la excitación del apoteosis aunque aún no se vislumbra ninguno de los grandes edificios de la ciudad o las torres de la catedral.

 excursiones-4562.jpg

Subimos por carretera al Monte do Gozo, desde cuya vertiente occidental antaño se distinguía perfectamente el caserío de la ciudad y las torres catedralicias. Superamos las monstruosas instalaciones construidas en 1992 con ocasión de la visita del Papa y el año compostelano jubilar. En la cima, a mano izquierda, se levanta el pretencioso mojón gigante del monumento al Papa y al Camino. Los peregrinos se fotografían ante él . El gozo que vemos en los caminantes no parece nada religioso, sino mas bien deportivo. Cruzamos por un puente con piso de madera la autovía, el rio Sar y la via férrea. Luego el barrio de dos Concheiros (hace cientos de años se instalaban allí los comerciantes que vendían conchas de mar, símbolo del Camino y objetos piadosos a los que entraban en entonces amurallada ciudad. Llegamos a la Porta del Camiño (donde estuvo la puerta de entrada del Camino Francés, (hoy simbolizada por una tasca-pulpería con ese nombre) y por la Rua das Casas Reais y das Animas (donde está la iglesia de ese nombre, con un delirante frontispicio donde se nos muestran varios personajes desnudos (muy disimulados) entre llamas coloreadas de rojo) hasta la Plaza de Cervantes. De allí por la Rua de Azabachería (donde vendían los dijes de azabache con la imagen del Santo) y la Via Sacra hasta entrar por la entrada lateral trasera de la Catedral y por una rua con arco a la inmensa planicie del Obradoiro.

 

Un gaitero ameniza la continua arribada de peregrinos, las masas de turistas trotando tras un sujeto o sujeta con una pértiga con banderola o los ciclistas pertrechados que acaban allí su pedalear. Todo se despliega ante los asombrados ojos del caminante. Hay abrazos en grupo, gente mohína con una rara sonrisa en los labios, jóvenes que expresan sus emociones de forma estentórea aunque algo contenida y una legión de bien alimentados pedigueños de carnet que montan guardan sedente junto a todas las puertas de entrada de la catedral, como oscuros buitres al acecho. Todos piden de forma mas o menos vehemente que les auxilies con tu dinero y algunos presentan carteles con sus necesidades escritas...en varios idiomas.

 

Tras una somera visita al Santo y la frustración por no poder extasiarme --como siempre había hecho en la media docena de ocasiones anteriores en que fui a la bella ciudad-- ante el Portico de la Gloria del maestro Mateo, hoy rodeado de lonas y andamios. Hay una versión virtual de pago que me negué a ver por coherencia personal. Ni siquiera pude darme un coscorrón con el "Santo dos croques" o meter los brazos por los agujeros ad hoc que rodean su busto, ni pasar los dedos de mi mano por la desgastada y pulimentada huella de millones de manos anteriores aplicadas en el alabastro por los siglos de los siglos. Amén.

 

En la Oficina del Peregrino, unos metros más abajo, la cola de caminantes comenzaba en el patio interior y subía por las escaleras hasta el piso donde media docena de funcionarios del Obispado sellaban y garantizaban con la "Compostela" que habías cumplido los requisitos de la larguísima peregrinación de casi ochocientos km o su modalidades más cortas, con tal de que superes los 300 km seguidos. Con ella en la mochila (antiguamente era un pergamino con sello episcopal, hoy es un titulillo a dos colores donde ponen a mano ( el burócrata que me tocó la tenía vacilante y deficiente como la de un niño de preescolar y creo que aun peor) tu nombre y apellidos y te despiden tras hacerte rellenar un formulario con datos de tu viaje, incluida la motivación, "religiosa", "religiosa y otras", "otras". El. cachondo que fue atendido antes que yo, había escrito en letra menuda, "y bueno, tenía unos días y no sabía qué hacer".

 

Jaime y yo decidimos cerrar el viaje como está mandado por la tradición: alquilamos un auto y nos fuimos a visitar la "barca de la Virgen" de Muxía, un lugar junto al mar que vive de la fama de las enormes rocas que hay a la orilla del mar frente a la Iglesia de la Virgen, una de las cuales tiene la forma de una barca y se dice que la Virgen fue en ella a ese lugar para apoyar la misión evangelizadora de Santiago. Y de allí, tras un arroz memorable en casa Rosa, a Finisterre, la Finis-terrae medieval, donde los peregrinos cierran el épico viaje contemplando el mar infinito y dejando o quemando junto a la cruz algún objeto personal que les ha acompañado durante el Camino: símbolo de la precariedad de los asuntos humanos. Disueltos en humo o abandonados. Yo dejé mis trotadas zapatillas, con las suelas medio deshechas. ¿Te hace distinto, o mejor, el Camino? Quizá te hace más paciente, más sufrido, más tranquilo. La pregunta es: ¿y eso te dura mucho? Pero en el fondo piensas que ha valido la pena.

 

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12 junio 2012 2 12 /06 /junio /2012 07:11

haiku.jpgDentro del universo zen (aunque no sólo pertenece a esta disciplina sino a la tradición literaria japonesa) existe un tipo de poema corto, el haiku, formado por tres cuerpos de cinco, siete, cinco sílabas en el que el poeta trata de reflejar la inmensidad del instante, el aquí y el ahora, la belleza de ese segundo de percepción en el que se esconde el aliento vital, la poderosa corriente del ki, invisible y permanente, en la que se puede condensar la fuerza creativa de la Naturaleza. Ha habido grandes maestros zen que eran expertos poetas de haikus y ha habido poetas, no solo japoneses, que han utilizado la fórmula del haiku para ofrecer imágenes de una profundidad y belleza asombrosas, siempre dentro del esquema del "aquí y el ahora", básico en el budismo en general y en el zen en particular (entre ellos, nuestro inabarcable Borges).

Ayer, en la Casa del Libro de la Rambla de Cataluña, se presentó el libro "Haiku Grafías" del fotógrafo Juan Carlos Valdovinos y el poeta José Antonio González, dos hombres vinculados a la Escuela que dirige con su amable sabiduría la maestra Berta Meneses. Ella misma ha escrito las presentaciones de las cuatro partes que componen el libro (haikus relacionados intimamente con imágenes captadas por la cámara sensible de Valdovinos).

El acto tuvo la sosegada intimidad cortés que suele emanar del zen y los ponentes, el cónsul de Japón en Barcelona, la traductora del castellano al japonés Yayoi Doho y el profesor Angel Ferrer, más de treinta años de estancia docente en Japón, fueron desgranando diversos aspectos del libro y de la implacable efectividad poética del haiku, su brevedad, su sencillez y su extraño misticismo seglar en torno al evasivo instante que ilumina al observador.

Escuché la intervención de mi maestra Berta con redoblado interés, no sólo por lo que siempre traslucen sus palabras sino por el guiño incesante que la maestra emite a los que la conocemos: la referencia a la no presencia sin ausencias, a la paradoja de la barrera sin puerta, a la identidad sugerente de "nadie", al sonido de la palmada de una sola mano, a la contundencia inacabable del "mu", al "mushin" o no pensamiento, a ese acertijo sin solución lógica que da el salto de fe hacia el infinito,  el koan. No habia referencia directa alguna a todo esto en las palabras de Berta, pero le bastó evocar la esencia de "nadie" para que todo resurgiera en mi mente. Nuevamente me vi, veinte años antes o más, sentado en zazen frente a ella, tratando de mostrarle qué es "mu". Y ella devolviéndome una mirada y una sonrisa envolvente, cálida, llena de ese duro afecto zen, tan compasivo y tan íntegro y poco sentimental, casi brusco, el sabor zen auténtico.

Adios en "gasho", maestra.

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11 junio 2012 1 11 /06 /junio /2012 09:30

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La "Bella Durmiente" de  la australiana Julia Leigh, con el patrocinio de la también directora Jane Campion (que hace labores de producción y quizá algo más, lo prueba la semejanza de esta película con esa desasosegante frialdad animica que puebla las de la Campion, recordemos "El piano") es una versión perversa, de un erotismo retorcido, del cuento infantil. Creo recordar que hay una costumbre erótica japonesa, en hombres de gran poder económico, que consiste en dormir a las jóvenes con las que se acuestan y hacer con ellas lo quen quieren bajo unas limitaciones. Incluso me parece recordar a un novelista japoinés que lo incluye en un relato (Yasunari Kawabata, en "La casa de las bellas durmientes"). Quizá sea una versión australiana de la novela japonesa; si es asi, no hay rastros de ello en los titulos de crédito, o yo no lo he sabido ver.

Pero volviendo a nuestra película, se nos narra la vida de una joven universitaria (Emily Browning, excelente elección) que se busca la vida como puede para pagarse los estudios. A través de un anuncio de empleo universitario contacta con una sofisticada madame (genial y gélido, el primer encuentro donde la joven es evaluada fisicamente para su tarea, en un amabiente elegante y burgués) que le proporciona un trabajo muy bien remunerado, primero como sirvienta semidesnuda en un banquete de hombres mayores adinerados y después como prostituta de lujo en la modalidad de "bella durmiente". Es decir, es narcotizada antes del encuentro para que el hombre que ha comprado sus servicios a la "madame" pase con ella una noche en la que esta prohibida la penetración vaginal y los golpes o malos tratos, pero todo lo demás está permitido. Cuando despierta de la droga es enviada a casa, muy bien pagada.

De esta manera la joven sale de apuros. Esa anécdota erótica se nos explica con una imagen elegante, unos ambientes lujosos, unos personajes patéticos pero casi todos inteligentes y formados culturalmente y...una frialdad tan exigente que el espectador acaba viviendo los encuentros como pesadillas donde el erotismo queda diluido en la indefensión y vulnerabilidad de la muchacha. Su vida general queda logicamente afectada por las experiencias y las relaciones de la chica con otros hombres y en sus estudios y trabajos, resultan enigmáticas y algo desequilibradas.

Julia Leigh, la directora, es una novelista de cierto prestigio en los paises anglosajones (ignoro si está publicada en España aunque su apellido me resulta familiar) pero su discurso cinematográfico es un poco deshilvanado y en exceso triubutario del estilo de la Campion, a mi parecer.

Recuerda por el ambiente opresivo, lujoso y algo excesivo, a la ultima película del maestro Kubrick ("Eyes Wide Shut") aunque no llega a resolverse con tanta habilidad como en aquella cinta genial y poco comprendida, protagonizada por Tom Cruise y Nicole Kidman.

Emily Browning logra dar a su difícil papel un laconismo y una reserva que parecen aumentar la fuerza erótica de su cuerpo, una especie de ninfa que hubiera enloquecido a Humbert Humbert, el profesor de la "Lolita" de Nabokov. Y así nuestra directora pone a esa niña crecidita a disposición de lujuriosos y seniles clientes en la edad de los metales, oro en la cartera, plata en el cabello y plomo en el sexo. Las imagenes resultantes rozan la escatología y crean un poso de repugnancia y de temor por la "angelical" Emily. Pero al final uno no sabe muy bien de qué pie cojea nuestra ninfa, cuyas relaciones son de una sorprendente falta de solidez (no alguna  aislada, sino todas), con secuencias tan escasamente explicadas como la aportación de la joven al mundo de la ciencia con poco estimulantes escenas de inserción gástrica de globitos para medir algo que desconocemos, en un ambiente entre laboratorio de Frankestein y oficina bancaria.

En la ruptura del ritmo filmico para permitir la extrapolación de discursos de algunos personajes, se nota la raiz literaria de la directora, que no sabe muy bien como resolver la evidente falta de coherencia filmica.

En suma, una película formalmente deslumbrante, realizada e interpretada con una frialdad pasmosa y con muchos altibajos en  el ritmo y el desarrollo argumental. Las tres secuencias dedicadas a los clientes en pleno uso de sus facultades con el cuerpo inanimado de la muchacha, llegan a impresionar (y no precisamente de una forma erótica). La reflexión de la vejez, el deseo y su terminación, la impotencia masculina, queda subsumida en la imagen vulnerable y extrañamente poco sensual del bello cuerpo desnudo de la actriz, cual muñeca erótica de goma zarandeada por el tosco deseo impotente de unos viejos.

 

 

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10 junio 2012 7 10 /06 /junio /2012 09:20

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Seguimos la saga de los hombres de negro, o mejor, de un Will Smith  haciendo de sí mismo y un Tommy Lee Jones lejísimo de su "Sunset Direct" y de sus buenas actuaciones de costumbre, mostrando un cansancio que parece habersele contagiado al director de estas tres películas, una serie que empezó de forma rompedora, audaz e inteligente, se descafeinó en la segunda parte y se vuelve reiterativa y tan estirada como las antinaturales facciones de Tommy en la tercera.

Ahora es un malvado interestelar, Boris "El animal", un "boglodita" encarnado por Jemaine Clement (que nos recuerda al malo-cucaracha de la primera entrega, aunque es menos desternillante y autoparódico) que escapa de la prisión lunar y vuelve a la  Tierra para vengarse de "K" (Tommy) el cual cuarenta años antes le dejó sin un brazo y le encarceló. Nuestro apuesto "J" (Will) deberá regresar a los años sesenta para tratar de cambiar la historia y salvar la vida de su compañero y amigo. En aquella época se encontrará con un "K" más joven y sin arrugas, encarnado por James Brolin con la misma apatía refunfuñante pero sin el carisma de Tommy, aunque si su efectividad cómica. El juego irónico y paródico de las ucronías y las referencias al pasado va desarrollándose en "gags" un poco reiterativos como los "disfraces" de los diversos alienígenas o alguna que ottra referencia a otros personajes de la saga (hay un retrato del divertido perro de la segunda parte, compañero de "J" ).

Es obvio que se trata de sacar  más leche a la vaca de negro y  para ello el guionista Etan Cohen (nada que ver con los geniales hermanos idem) trata de revivir viejos chistes, apostar por el siempre agradecido recuerdo de antaño y tratar de que los efectos especiales se ajusten al propósito de gigantesca broma irreverente que impulsa la saga desde el principio. Tal vez  acierte en algunas escenas paródicas (la de las bromas de conocidos personajes reales que resultan ser alienígenas, ya está un poco manida), pero lo de Andy Warhol  y Mick Jagger, arranca alguna sonrisa.

El ritmo decae a menudo y el espectador se pregunta ¿qué hace un chico como él ante otra película como ésta? Una inesperada Emma Thompson como jefa del cotarro (¿Se les habra pegado la moda que inauguró 007 con una "M" mujer y usando también a una excelente actriz, Judy Dench?) consigue animar la función, tras un comienzo prometedor. Los gestos de Emma tratando de imitar las voces de un alienígena en el funeral del anterior jefe de MIB, cuya foto tam bién nos recuerda al actor que lo encarnó en las dos peliculas anteriores.

Aquí echamos de menos más imaginación y más audacia para lograr superar un listón que, aun no estando demasiado alto desde un punto de vista cinematografico, si lo estaba en cuanto a ingenio visual y sano gamberrismo en los actores (fiados de la buena quimica entre Smith y Jones). Y nada que se parezca al soberbio final de la primera entrega, aquel "zoom out" que llevaba a años luz de la Tierra y nos mostraba que nuestra galaxia, la Via Lactea no era mas que una canica para el juego de un ser inconcebible. Sin embargo en este tercera parte (esperemos que se cierre la saga) hay un cierto abandono al sentimentalismo facilón, error en el que no incurrió ninguna de sus hermanas, a pesar del brillante giro narrativo que contiene las escenas finales. Barry Sonnenfeld, artifice de las tres partes de esta saga, debería tomarse un descanso.

En realidad no hay nada nuevo en esta película y si la intención era hacer otra explotación tipo James Bond, haría falta un equipo de guionista más imaginativo y audaz y tal vez, lo siento Will, ir pensando en otro protagonista. La tentación es grande. Ojalá no caiga nadie en ella. Creo que ya tenemos bastante con lo que hemos visto.  

 

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9 junio 2012 6 09 /06 /junio /2012 07:48

libreria-ambulante.jpg

 He aquí un clásico de la literatura norteamericana que es, por propio mérito, un clásico de la literatura occidental, aunque haya pasado desapercibido para nosotros por esas ocultas razones que uno nunca acaba de comprender.  "La librería ambulante" fue publicada en 1917 y aquí nos llega gracias al buen olfato de la editorial Periférica, con traducción esmerada de Juan Sebastián Cárdenas y fecha de edición de 2012.

Si quieren pasar un buen rato entren en el mundo ya definitivamente muerto y nostálgico de unos Estados Unidos rurales donde los carromatos de caballos comparten los caminos y las carreteras comarcales con ruidosos automóviles, la gente vive el tiempo con las estaciones naturales y se ocupa de labores tradicionales entre el campo y la granja, hornear hogazas de pan, preparar pasteles de carne o postres de frambuesas.

Y así, la protagonista, Helen McGuill, una dama que roza la cuarentena y se encuentra a sí misma vieja y demasiado gorda, ama de casa que ha contabilizado seis mil hogazas de pan horneadas en los pocos años que lleva en esa labor viviendo con su hermano, un conocido escritor, decide liarse la manta a la cabeza, abandonar su hogar y comprarle su carromato a un vendedor ambulante de libros para vivir la aventura de los caminos y el placer de vivir entre libros (el carromato tiene dos grandes estanterías laterales que nse abren con un mecanismo) y el placer de darlos a conocer y venderlos.

Y aqui entra la magia de esta novela: el carromato Parnaso,--arrastrado por el caballo Pegaso (Peg) y acompañado por el perro Bock (de Bocaccio)--, una libreria ambulante, dirigida por un hombrecillo Roger Mifflin, cuyo amor por los libros y labia inteligente, gana el corazón del lector, forman un entramado literario con una fuerza espectacular.

De una sencillez aplastante, un humor limpio y unos personajes atractivos, la novela circula entre los títulos de los libros que vende Mifflin, el viaje que emprenden la dama y el librero por la rural Nueva Inglaterra, en la Norteamerica de principios del siglo XX y el desarrollo de una trama amorosa descrita con una delicadeza tan atractiva como la sinfonía de colores de los bosques, los aromas del campo o las copiosas comidas en las granjas. En la trama, en la que no faltarán problemas y elementos discordantes que son resueltos con mano firme y amable por el novelista. El autor, Christopher Morley (1890-1957) periodista y escritor, tiene un estilo que recuerda poderosamente al de O'Henry o Mark Twain. Fue considerado un escritor de éxito en las primeras deccadas del siglo XX y despues se convirtio en un escritor de culto. Es una buena noticia que los lectores españoles puedan acceder a la delicia de esta novela (en la que uno percibe el humor socarrón pero refinado de un Amis, un Barnes o un Wolfe).

La misión autotrascendental del librero Mifflin, que lleva y vende libros a personas sin apenas base cultural, haciendo que sientan ese amor y respeto por la buena lectura, convirtiendolos en lectores devotos, tiene un gancho enorme. Unase a ello la habil descripción de paisajes  y ambientes (aqui se ve la influencia de H.D.Thoreau en el autor) y las peripecias y problemas que se ven obligados a superar los protagonistas. Tal es el humor y la sencillez, la emotividad que desprenden estas páginas que uno acaba colocando este libro en su anaquel de libros que merecen visitas diversas a traves de los años. Fíjense en la portada y en la cuidada edición de Periférica y comprenderán el atractivo visual del libro (sin entrar en el de su interior). Lejos de las novelas de carretera de unos años más tarde como "On the road" y el movimiento "beat", esta se acerca más por la placidez y la poesía que emana a clásicos como el "Tom Jones" de Fielding, o nuestro Don Quijote. Como dice el locuaz Mifflin, "Ninguna criatura sobre la faz de la tierra tiene derecho a creerse un ser humano a menos que este en posesión de un buen libro" (pag.63) o "Cuando le vendes un libro a alguien no solamente le estas vendiendo dode onzas de papel, tinta y pegamento. Le estas vendiendo una vida totalmente nueva. Amor, amistad y humor y barcos que navegan en la noche" (pag42) o como dice y firma Morley en su prólogo-carta dirigida a un editor en el que le manda el manuscrito "escrito" por Helen McGuill (otra semejanza con "El Quijote" en el que Cervantes hace autor de la novela a un morisco Hamete Benenjelí): "la diversion mas celestial conocida por el hombre: vender libros" (pág.8). Tomen nota los libreros. Es refrescante aun en estos tiempos de crisis.

En fin una lectura amable, tierna, sentimental y llena de humor para el fin de semana, para toda la vikda.

 

FICHA:

"La libreria ambulante".- Christopher Morley.-Editorial Periférica. Traducido por Juan Sebastián Cárdenas.-182 pás. 17 euros..

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8 junio 2012 5 08 /06 /junio /2012 18:03

Desde la terraza, con la aguja tensa y elegante de la torre de la iglesia a mis espaldas, el valle que se extiende desde la Torre a Cretas, es como un tapiz irregular, plácido y verde, con las montañas de los Puertos al fondo, un telón de azules, más compacto y oscuro con el "sky line" de las cumbres recortadas, y más suaves tiñendo un cielo que comienza a oscurecerse amenazadoramente, nubes preñadas de agua. A mis pies, en la plaza de Aragón, con su solitario parque infantil y las vecinas sentadas a la puerta de sus casas tomando el fresco del atardecer, la paz del pueblo se turba con las voces de las mujeres, alguna risa, silencios breves en los que sólo se oye el piar de los pájaros, abundantes a esta hora.

Desde el salón me llega la voz del locutor que comenta el juego entre Federer y Djokovic. He estado ante la televisora disfrutando con Nadal y Ferrer. Después he visto un rato de la otra semifinal de Roland Garros. Me he ido cuando quedaba claro que mi favorito, Federer, iba a perder contra el serbio. El tenis sigue siendo el unico deporte que me atrae ver, cuando me he pasado decadas de mi vida en las que solo me atraía jugarlo. Un zig zag de plata atraviesa las nubes negras en la lejanía del horizonte de las montañas. Aqui aun brilla el tono dorado del sol de la tarde que confiere una calidad de color inusitada a los verdes del campo. Leo al escritor libanés de "El contador de cuentos". Habla del paso del tiempo y la nostalgia que nos invade cuando ya estamos más allá del "mezzo del caminno de la nostra vita". Las mujeres entran sus sillas de enea y se resguardan en sus casas. No hay niños en este pueblo, excepto los fines de semana y las vacaciones. Sus gritos suelen obligarme a cerrar los ventanales de la terraza. Las gentes de esta tierra aragonesa suelen tener voces recias y contundentes. Ahora todo queda en silencio. El cielo se vuelve paulatinamente oscuro. Un viento calido barre la plaza. Quizá este lloviendo en las montañas. Ojalá. Por aqui pasarán las nubes de largo, todo quedará en una amenaza. Es una tierra sedienta que no tiene suerte con el agua. Las campanas han sonado con su deje metálico y reverberante. Doblan a muerto. Pedro, el anciano vecino de la casa de enfrente, ha sido vencido por el cáncer. Solía pronosticar el tiempo con la pericia y el acierto del labrador que fue durante ochenta y pico años, cuando me veía con la mochila a punto de salir. Descanse en paz. Los pájaros han callado. Caen unas gotas. Muy pocas. Nada. Una lágrima del cielo.

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7 junio 2012 4 07 /06 /junio /2012 07:31

   excursiones 3409   

 Salimos de Barcelona en tren, con la anochecida. Hace un día nublado y frío. Serán siete días de ruta a una media de entre 25 y 30 kilómetros por jornada. La subida a los poco más de 1400 m de ese monte legendario no es demasiado empinada y se hace con cierta comodidad. En Las Herrerías, comienza el largo ascenso hacia el  cima ventosa del monte desde el que Galicia da la bienvenida al peregrino, la puerta del cielo como se llamaba en la edad media. Hogaño, aquí Galicia se abre, valles, bosques, cimas peladas y rojizas, perfiles redondeados en los que el verde estalla con fruición. Aldeas de piedra, desperdigadas, en un paisaje rural, ensimismado, silencioso, sin servicios, ni bullicio, ni gente. Una Galicia que se escribe en la rutina de los trabajos y los días como soñara Hesiodo, una tierra milenaria de relieves suaves entre valles verdes y brochazos de amarillo y rojo de las flores y las copas de los carvallos (robles) y el verde brillante de árboles de ribera, o los jaspeados colores de hayas, robles y encinas.

 En lo alto de O Cebreiro, azotados por los vientos, hay una ermita sencilla y hermosa y casas de piedra con fondas y bares, además de los pequeños edificios circulares con tejado cónico de paja, las antiguas viviendas rurales. Salimos de O Cebreiro por detrás del refugio, entre los tendederos de la ropa recién lavada por los peregrinos. Seguimos hacia el alto de San Roque (1270m) donde destaca por su dura y exigente figura el monumento al peregrino, una estatua de hierro oscuro de un fornido caminante azotado por el viento y ofreciendo una épica resistencia física al vendaval, echado hacia delante con férrea determinación.

 Desde allí comienza otro de los andaderos, paralelos a la carretera, auténtica cruz para los caminantes, monótonos, de piso duro que castiga las rodillas y acompañados por el ruido de coches y camiones, afortunadamente no muy abundantes por esta zona.

 Pasamos por Hospital y al final de una gran cuesta nos espera el Alto do Poio, una antigua encomienda de los caballeros de San Juan, con bares y restaurantes a ambos lados de la carretera.

 Desde allí, nuevamente por el andadero, junto a la carretera que serpentea por el valle y las verdes colinas, bajamos hacia Fonfria,

un pequeño y embarrado pueblo sin encanto alguno, rodeado de pastizales de vacas, calles sucias y un solo meson-fonda, donde nos alojamos.

La segunda etapa del Camino nos acercará a un pueblo grande, limpio y ajetreado que se llama Sarria.

Serán ocho horas de caminata, casi 29 kilómetros, con paradas incluidas, una junto a un riachuelo para comer unas manzanas y otra en un bar del Camino para atacar una ración de tortilla de patatas y unas cervezas frías (muy de agradecer, debido a los más de 30 grados que caen sobre el Camino). El sendero va internándose por carenas de colinas, como si camináramos por un balcón que se abre ante un inmenso paisaje de colinas verdes, bosquecillos, sembrados y pastos. Abedules, robles, acebos, grandes matas de helechos, el pardo y persistente colonizador del enebro, el brezo y otro matorrales que se extienden por cimas peladas, dándoles una coloración muy característica

Pasamos Biduedo (llamado así por su bosque de abedules) en un tramo del Camino muy auténtico (existe tal cual desde el medievo) y atravesamos por la parte superior de una ladera el monte Caldeiron, mientras a nuestros pies se despliega un enorme valle con una antiestética cantera en el centro. Comienza un descenso suave que ya no cesará hasta Sarrias, pese a algunas subidas intercaladas, entrando el sendero en las famosas "correideras" de robles y castaños, con ejemplares de centenares de años y mohosos muros de piedra limitando los dos márgenes del camino, que se desliza entre árboles centenarios como por túneles de verdor, húmedos y umbríos, generalmente de piso embarrado.

 Entramos en el concejo de Triacastela, tres castillos (no queda ninguno en pie) pasaremos por Filloval (llamado asi por el nombre de las trampas para lobos que los del lugar preparaban), As Pasantes y Ramil antes de internarnos en este pueblo, con una calle mayor llena de refugios y restaurantes de peregrinos. Fue fundada por el conde Gatón del Bierzo en el siglo IX y ha sido considerada fin de etapa desde el medievo (según el LIber sancti Jacobi). Parece ser que en aquellos tiempos había la tradición de coger una piedra caliza de las que abundan en este pueblo para llevarla a Santiago y así ayudar a la construcción de la catedral.

 Nos demoramos en la visita a la iglesia parroquial dedicada a Santiago, una bellísima torre románica enclavada en el centro del camposanto.

En Triacastela hay que decidirse entre dos alternativas: ir a Sarria por el monasterio de Samos o, más corta y también muy hermosa y con desniveles, ir por San Xil. Nos decidimos por esta segunda opción y avanzamos por la ribera del arroyo Valdoscuro, donde haremos un refrescante baño de pies. Luego el sendero sube hacia el Alto de Riocabo, entre valles escondidos y corredeiras de enormes castaños y robles. Por pista se atraviesa Montán y Pintín, hasta llegar a Sarria.

 La etapa siguiente, desde Sarria a Portomarín ha sido más corta: 24,5 km en los que hemos invertido seis horas, con una leve parada para reponer fuerzas en un pequeño refugio de peregrinos en los que se oía todo tipo de idiomas, inglés, italiano, francés, excepto castellano. Nos dicen las chicas del figón que este es el mes de la abundancia de extranjeros. Luego la cosa se equilibra bastante.

 Hemos salido por la parte alta de la ciudad, junto al convento de la Magdalena  y la torre medieval, único resto del castillo.

 Los viajeros cruzamos el cauce del rio Celeiro por el pequeño puente románico de un solo ojo, "Ponte áspera". Nos dirigimos por una umbría corredeira hacia la via de tren, le haremos compañía unos metros, hasta que el sendero jacobeo la cruza y la abandona dirigiéndose hacia las colinas que circundan Sarria. que nos dará entrada a la Meseta Lucense en su andadura incesante hacia el MIño embalsado de Portomarín.

 El ascenso del Camino es entre un bosque encantado de robles, abedules  y castaños centenarios, retorcidos, inmensos, repletos de bultos informes y nervaduras, como si fuesen monstruos petrificados o gárgolas de un inmenso templo románico, caminando bajo el palio verde de las altas ramas que forman un soberbio artesonado vegetal catedralicio.

 Pasamos por Vilei e inmediatamente Santiago de Barbadelo, donde encontramos la iglesia de Santiago, una pequeña ermita románica de torre cuadrada truncada, del siglo XII, construida en granito, de una sola nave y engastada en el pequeño, irregular y repleto camposanto de la localidad.

 Parece que en Barbadelo (dice el Liber Sancti Jacobi) menudeaban los rufianes, estafadores, prostitutas, falsos tullidos y pícaros de toda ralea que trataban de robar a los peregrinos. Hay en el Libro del Camino medieval una descripción de uno de los sermones que usaban los amables y simpáticos embaucadores ofreciendo a los peregrinos que se alojaran en Santiago en sus hogares y que en prenda de ello  mostraran a su familia el objeto que él les daría para identificarse y ser tratados a cuerpo de rey.

 Despues de Parrocha y Vilalla llegamos a un recodo de una carretera desde donde se puede ver la superficie azulada del Miño y un poco mas tarde el gran puente que lo cruza y Portomarín e n la otra ribera, en la ancha boca del embalse de Belesar (en la orilla, oscuros restos de las viejas edificaciones del antiguo Portomarin). En el nuevo (1962) se pueden ver los monumentos restaurados piedra a piedra del viejo pueblo anegado por las aguas.

 Portomarín fue un paso romano del rio Miño (porto en gallego es paso de rio) y lleva Marin en el patronimico, por el monasterio de Santa Marina que existio alli desde la Alta edad media y celebraba a la primera santa que se travestía en hombre para profesar sus votos religiosos según consta en  el acta de su martirio, donde aun se le da nombre de  varón. Atravesamos el Miño y en la orilla ganada subimos la escalinata de los peregrinos que termina en una pequeña capilla dedicada a la Virgen de las  Nieves.

 Nuestro hotel está muy cercano al pétreo cubo de piedra almenado de San  Nicolás. Una iglesia fortaleza, con torreones y almenas, del siglo XII, una sola nave y abside semicircular con un enorme rosetón en el centro de su fachada.

 Salimos de Portomarín con la amanecida. Hacia el oeste se perfila un cielo amenazador, con nubes esponjosas de vientre negro y un horizonte tormentoso hacia los Montes de Vacaloura que habremos de superar por los desniveles escasos pero de buena pendiente de la Sierra de Ligonde.

Portomarín queda a nuestra espalda, con esa placidez ensimismada de los pueblos con un gran rio a los pies. La antigua pasarela sobre el embalse ha sido clausurada. Hay que dar la vuelta por el puente nuevo y coger el sendero que nos lleva hacia el Monte de San Antonio siguiendo el curso del arroyo Torres y ofreciéndonos un empinado paseo bajo castaños, robles, encinas y pinos. Durante casi toda la jornada vamos a caminar por andaderos que discurren paralelos a las. Es un tipo de caminata mucho más pesada y dura y se agradecen los pocos desvios que te llevan por entre el bosque o atraviesan remotas aldeas con  intenso olor a pienso y postas de vaca, en las que raramente hay alguna persona que mira el paso de los peregrinos con expresión inescrutable.

En Toxibo, tras el perfumado paso por las cercanías de fabricas de piensos y granjas vacunas, comienzan a caer gotas. En unos minutos la cosa se pone muy húmeda y decidimos parar y ponernos los ponchos de plástico que nos cubren a persona y mochila, convirtiéndonos en desgarbados bultos dotados de enormes jorobas.

 Sembrados de grano, abedules, robles, eucaliptos, pinos. En el ascenso a Eirexe y Portos, también por andaderos ya aparecen cielos oscuros y tormentosos hacia el oeste. En el Liber Sancti Jacobi se habla expresamente de esta etapa, de Portomarin a Palas de Rei, avisando a los peregrinos de la abundancia de mujeres, sirvientas o prostitutas que buscan "la condena del alma de los peregrinos" ofreciendo sus artes amatorias a buen precio por lugares boscosos y hospederías.

 Llegamos a Palas de Rei por su zona deportivo recreativa y entre campos de juego y merenderos (todo vacio) estalla una breve tormenta que nos deja mojados y mohínos.

 

 

Vuelta al Camino francés. Hace casi exactamente un año el amigo Jaime y yo nos echamos al Camino en León en busca de la cruz de Santiago y lo abandonamos en Ponferrada, con una pequeña incursión al lugar de O Cebreiro, el célebre monte que es la frontera y el anuncio de la última etapa del Camino. Ahora volvemos. Desde unos kilómetros antes de subir al monte, en el caserío de La Portela, quedan un poco menos de 200 kilómetros para darse un coscorrón con la Pedra os Croques o abrazarse al hombro del Santo, mientras el Botafumeiro realiza su gigantesca danza de humeante incienso.

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6 junio 2012 3 06 /06 /junio /2012 07:58

profesor-lazhar-cartel1.jpg

 

Reconozco que las películas de profesores desde el lejano "Mr. Chipps" (y en la versión de Robert Donnat más que en la cursilada musical de los setenta interpretada por Peter O'Toole y una nada creíble Petula Clark) pasando por la sentimentaloide "El Club de los poetas muertos" o la oportunista "Escándalo en las aulas" con Sidney Poitiers, me han atraido mucho. Mucho más serias y menos sentimentales de que las americanas, son interesantes las peliculas francófonas de este género, al estilo de "La clase" de Laurent Cantet ,"Ser y tener" de Nicholas Philibert y "Hoy empieza todo" de Bernard Tavernier. Esta película canadiense, "Profesor Lazhar", se inscribe un poco más en la línea de estas producciones.

En ella vivimos la peripecia vital de un refugiado politico argelino de media edad, Bachir Lazhar, que se presenta en una escuela de Montreal solicitando el puesto de profesor que ha dejado vacante una mujer que se ha suicidado en la propia clase en la que impartía sus enseñanzas  causando un fuerte trauma psicológico al alumnado de la escuela y principalmente a dos de sus propios alumnos.

Philippe Falardaeu nos muestra al "profesor" argelino y nos desvela poco a poco algo de su trágico pasado en Argelia, donde llevaba un restaurante y estaba casado con una profesora y escritora politicamente incorrecta en su país, tanto que es asesinada junto a su hija mientras Lazhar ya está en Canadá gestionando la llegada de su familia. Sin embargo la habilidad en la gestión de la trama hace que no nos importe nada si Lazhar es en verdad quien dice que es o no, ya que lo que impulsa la película es la trama escolar, el drama de dos de los niños afectados por el suicidio de su maestra y la interacción entre los niños y el falso profesor y entre este y sus compañeras profesoras y la directora de la escuela.

La cálida cercanía, digamos meridional, del profesor argelino contrasta vivamente con una obsesiva frialdad escolar en la que el contacto fisico con los alumnos está prohibido y muy castigado y las sombras de los abusos parece cernirse en toda la historia (de hecho, un presunto abuso en forma de abrazo o beso afectuoso es el motivo por el que parece haberse suicidado la profesora ante la denuncia de un desequilibrado alumno suyo).

La magnífica, contenida, correctísima, emocional y tierna presencia de Mohamed Fellag, no exenta de ambigüedad y un cierto misterio, es clave en la cinta. Su actuación da sentido a las emociones que muestra el resto del elenco, sobre todo los niños, cuya presencia muestra la esmeradísima labor del director. Estos se enfrentan a un mundo de prioridades y valores  que ya no les pertenece, contradictorio y antagónico, representado por el profesor y sus métodos de enseñanza e interacción (lo que, como era de esperar, un diez al realismo de la pelicula, provoca reacciones de rechazo en algunos de los padres).

Por otra parte esta pelicula polisemica nos permite otra lectura, la fuerza de la impostura, es decir cómo la actividad del "profesor" va provocando que éste se convierta en un paradigma positivo de la profesión que está suplantando, motivado por las vivencias que las circunstancias provocan en la interacción entre niños y profesores. Y como parte de ese esquema, la profunda tragedia interior de Lazhar, el asesinato de su familia, que él contrapone en el mismo plano a la brutal desaparición autoinducida de la profesora que sustituye. Ese negarse a actuar ante los niños "como si no hubiera ocurrido nada" provoca una respuesta  de Lazarh, que sabe intuitivamente que es preciso la aceptación para superar el drama y que la ocultación no sirve más que para aumentar los efectos negativos psicológicos de lo ocurrido.

No hay trampa ni cartón, ni empalagos de falsa ternura, si sentimentalismo de cartón piedra. Los niños son reales  y se comportan como tales, con sus diversos niveles de madurez . No hay manipulación de la imagen y mucho menos del mensaje. "Profesor Lazhar" nos habla de un tema tabú en nuestra sociedad de la abundancia y el desperdicio (emotivo): nos pide que aprendamos a convivir con la muerte, no como concepto sino como realidad que hay que asumir y comprendiendo, superar. "Los muertos se quedan en nuestra cabeza porque les amamos" dice el profesor al unir las tres muertes que marcan la trama. Ya que la muerte no es algo distinto de la vida, o su opuesto, sino que forma parte indisoluble de la misma vida y hay que aceptar su presencia, hacer el duelo si es el caso y seguir con la existencia y el disfrute de todo lo que la vida nos ofrece.

Mención especial a la pequeña Sophie Nélisse, cuyo personaje e interpretación, rozan la perfección.

 

 

 

 

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