He aquí un festival de interpretación femenina. Una película de mujer sola, reprimida y angustiada, de servilismo y deseos frustrados encerrados en el pecho y en el vientre, un alegato contra el fanatismo político, la hipocresía, la barbarie disfrazada de disciplina paramilitar y la libertad ausente, detenida y encerrada bajo las siete llaves de un sistema político castrador.
Todo eso es "La mirada invisible", una película argentina dirigida por Diego Leman que, con planos largos y minuciosos, con una lentitud de "nouvelle vague" y unos encuadres precisos de orfebre de la imagen, nos ofrece un filme magnífico y notable apoyado en la interpretación de Julieta Zylberberg, preceptora de un colegio de clase media alta, que se ofrece en un rasgo de servilismo degradante progresivo a vigilar a los alumnos del colegio para evitar transgresiones a las numerosas leyes represivas de la escuela (reflejo de las de la sociedad argentina de los ochenta) y para ello se embosca en los lavabos masculinos tratando de investigar si los alumnos fuman o hacen cualquier cosa prohibida en los lavabos (y en realidad para entrar en una dinámica patética de espionaje erótico en pos de uno de los alumnos hacia el que se siente atraída hasta límites bochornosos).
Con la connivencia interesada del jefe de estudios, que devendrá pieza dramática muy activa al final de la película, la preceptora María Teresa, se
convierte en un símbolo de la degradación moral que crea el sistema militar en la sociedad argentina. Allí se desarrolla un instrumento de delación y control, la mirada invisible, que es aquélla que lo registra todo y vigila sin cesar, "la que a todos mira y nadie ve", metáfora ineludible de la dictadura militar fascista que tendrá su final con el fiasco de la guerra de las Malvinas (y que volverá de nuevo, en otras formas, a aherrojar a los desdichados argentinos).
Los planos interminables de la arquitectura fría y simétrica del colegio, el gran patio con sus ajedrezadas baldosas en blanco y negro, la sinfonía exquisita de miradas, silencios, gestos ínfimos pero llenos de contenido, hacen de este filme una pequeña joya desasosegante que a los españoles de cierta edad nos resulta muy familiar. La voracidad de la mirada de la preceptora, su fondo castrador alentado por una frustración permanente, torturada por sus deseos sin escape, reflejan certeramente la inanidad de la noche de piedra de todas las dictaduras, sea cual sea el país donde se entronicen.
La película está basada en la novela de Martin Kohan "Ciencias morales" (que no tengo el probable gusto de haber leido) y muestra el pulso certero de un director que sabe su oficio, que sabe transformar la lentitud en sentimiento y el silencio en emoción. Recomendable para una educación sentimental y política de jóvenes espectadores, que no saben y no contestan cuando se les pregunta por las dictaduras ya sean fascistas o de izquierdas.
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De vez en cuando este fanático del cine "pincha" en hueso. Seducido por la nostalgia y envuelto en las mieles visuales del séptimo arte, cometo el error en contadas ocasiones de ir a ver una película sin antes haber pulsado ese rio oculto de cinefanáticos, un "gulfstream" subterráneo de críticos cítricos y nada empalagosos a los que raramente se les escapa una genialidad o un bodrio. Y esta es una de esas ocasiones.
El nuevo engendro cinematográfico de Nispel, interpretado, es un decir, por Jason Momoa, no sólo está a años luz en interés, dinamismo, humor y fuerza visual de la pelicula de Arnold (que no es una maravilla pero se ha convertido en un "clásico" por su ingenua rotundidad) sino que acaba adocenando al guerrero cimmerio y lo convierte en un gruñón desbocado que va jugando sus piezas en una partida rutinaria y con escaso interés, efectos especiales lamentables (con la excepción de los guerreros de arena, copiados de "La Momia") que apenas logran evitar la previsibilidad de un guión escrito por lo visto con prisas y sin ganas.
Dirige Daniel Benmayor y nos cuenta una historia pretendidamente histórica, que circula entre la peli de aventuras y las complacencia de un nacionalismo edulcorado y mítico (en el que afortunadamente se obvian cuestiones como el catalanismo) en una dicotomía invasor perverso y cruel y defensor sacrificado y heroico. Hay un aire de western crepuscular que no desmerece del todo, con un malo, un oficial francés amigo de Napoleón al que éste encarga la misión de salvar el honor de la France aportando la cabeza del lugareño catalán, carbonero en Montserrat, que se ha atrevido a simbolizar la primera derrota del ejército del gran corso: la guerra en España, que en palabras del mismo Napoleón fue el inicio de la pérdida de su imperio. Para ello, el cruel e inquietante oficial, muy bien interpretado por Vicent Perez, acompañado de los cuatro magníficos, hombres duros y buenos luchadores, van en busca del carbonero que con su resistencia y el redoble de su tambor logró vencer a las tropas francesas en Montserrat. Leyenda épica basada levemente en la historia, creación de un héroe popular que uniera al pueblo y la milicia hispana contra el invasor, la pelicula nos aporta de una forma dinámica pero fría, sin llegar en ningun momento a emocionarnos, un desarrollo levantado sobre los cimientos estéticos de una bella fotografía y unas localizaciones en el mágico macizo que a cualquier aficionado a corretear por sus dificiles y empinadas veredas y caminos nos llena de satisfacción y nostalgia.
Dirigida por Jodie Foster, la ex niña superdotada que ya es una mujer madura e inteligente a la que le ha quedado cierta tensión permanente en la sonrisa, "El castor" es una de esas películas que justifica por sí sola el tan denigrado star sistem de Hollywood, ya que aunque parece más propia de los canales de películas que ambicionan calidad (debería haber sido presentada en el Sundance festival que dirige con mano maestra Robert Redford) se ha atrevido a colarse entre los estrenos banales del mes. Interpretada por la propia Foster y un magnificamente patético Mel Gibson (en el papel más excepcional y ajustado de su carrera), junto a un elenco de muy buenos secundarios, nos presenta ese tipo de historia que podría ser veneno para la taquilla: un industrial juguetero golpeado por una depresión mayor, con intento de suicidio incluido, que traspasa la responsabilidad de la cura a un peluche, un castor al que la pericia de Foster y la habilidad interpretativa de Gibson --ligeramente excesiva, plena de tics, pero con el añadido dramático de que el espectador informado sabe que el actor no está o ha estado muy lejos de su personaje--llenan el filme de una verosimilitud dramática. Y terrorífica al final.
He aquí una versión posmoderna de "Secretos de un matrimonio". Hay mucho de Bergman en "Last night" que dirige con acierto casi pleno Massy Tadjedin. Los sueños, los deseos, la infidelidad mental aunque no física, la represión , el miedo, las emociones desbocadas, la seducción, el arrepentimiento...todos los cajones secretos y también los evidentes de esa cómoda de la habitación común que es el matrimonio.
El mago de Hollywood, Steven Spielberg, como productor, vuelve a la carga y esta vez con un sello de calidad en el papel de director, J.J. Abrams, un fuera de serie, artífice de "Perdidos" y uno de los iconos de la nueva generación cinematográfica norteamericana. Entre ambos cocinan una película, "Súper 8", en la que, con gran visión de la jugada, nos hacen volver a vivir los 80 en clave de extraterrestres, dramas familiares, hogares desestructurados por la desaparición o el accidente, niños o adolescentes algo traumatizados pero llenos de energía, imaginación y voluntad emprendedora en sus ritos de paso a la madurez. A ello sumen el gran espectáculo y tienen una película de géneros que mantiene alto el listón. Siguiendo la clave del cine de ambos profesionales, Spielberg y Abrams, se nos propone una historia en la que la aventura, el riesgo, el misterio, el amor que nace o los amores sólidos de siempre, los padres, los amigos, decoran la narración --de un ritmo perfectamente medido y unas sorpresas presentadas como un mecanismo de relojería hacia el climax final-- que nos atornilla a la butaca hasta que las luces de la sala ponen punto final a la experiencia (por favor, no se levanten cuando todo parece llegar al the end y aparecen los titulos de crédito: sigan en su butaca y observen).
Dirigida por Santiago A. Zannov, hace un par de años, llega a mis manos una película española que parece un cruce actualísimo entre el Saura más desgarrado y socialmente crítico (el de "Deprisa, deprisa", por ejemplo) y un desmesurado Eloy de la Iglesia, con el asesoramiento de Joaquin Sabina. Se trata de "El truco del manco", obra primeriza, llena de entusiasmo y también de defectos como cabía esperar. Nos narra la vida arrastrada y heroica de un disminuido físico que trata de escaparse de la ciénaga donde le ha tocado vivir y al que la gente y el ambiente de trapicheo, mercadillo de éticas sin ley, robo, drogras y violencia van cortando las alas hasta el desastre final.
El verdadero origen del Planeta de los simios es la novela que escribió Pierre Boulle en 1936, convertida en impactantes imágenes en 1968 por Franklin J. Schaffner, con el inexpresivo pero efectivo Charlton Heston como protagonista absoluto. Ya entonces el planeta donde se subvierte la entronización supuesta del ser humano como rey de la creación y monarca del mundo y se le convierte en un animal maloliente, ladrón y dañino en un planeta donde la cumbre de la creación son monos inteligentes, orangutanes dotados para la política, chimpancés dedicados a las artes y las ciencias y gorilas como brazo armado del Estado, constituyó un reto para la vanidad del espectador como ser humano y un estímulo para la reflexión sobre nuestro comportamiento con los animales.
simios sabios velaba por evitar que la ciencia llegara demasiado lejos (simplificando el papel enorme de la ciencia en el desarrollo, el progreso, la salud, las comodidades de la vida, etcétera y reduciéndola a su poder apocalíptico unicamente) con lo que se nos mostraba una sociedad medio idílica, agrícola, de vida sencilla y ajustada a la naturaleza.
El sistema (cualquiera sea el color que tenga) acaba devorando al individuo, a sus ideales y a sus sueños. El coronel Vladimir Vetrov, de la KGB, un personaje real de la época de la decadencia final de la Unión Soviética, con un Gorbachev iniciando la perestroika y un Reagan mirandose su ombligo bélico de cowboy, cree que podría ayudar a cambiar un régimen corrupto que da sus últimas boqueadas y lo hace de la única manera que tiene a mano: facilitando el "enemigo occidental", representado por un ingeniero francés que trabaja en Moscú, una serie de documentos de Estado que muestran a los norteamericanos que tienen su propio sistema minado por el espionaje soviético.