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19 octubre 2011 3 19 /10 /octubre /2011 09:12

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  Un virus letal, que se transmite por simple contacto, pone en jaque a los gobiernos, las instituciones médicas y farmacéuticas y a las sociedades del mundo que entran en un estado de pánico que agrava y supera la siniestra eficacia destructiva del virus. El desmoronamiento social y político, la carrera contra reloj de los científicos que buscan la vacuna, los casos de sacrificio y lucha aislados en un climax de angustia social, miedo y muerte.

Esta es la historia que nos cuenta Steven Soderbegh que, como es usual en este tipo de películas, va insertando en la trama global las pequeñas historias más o menos pertinentes que dan valor y contenido humano a la gran y caótica tragedia de una civilización puesta a prueba.

El ritmo es trepidante, con pequeños apuntes que están dotados de una atomósfera propia, más calmada, pero al final arrastrados también por la vorágine del drama colectivo que se vive en todas partes. Las víctimas se cuentan por millones y durante el proceso se nos muestra, como botón de ejemplo, algunos que tratan de aprovechar la situación, incluso con buena fe, provocando más desinformación y creando suspicacia, violencia engendrada por el miedo y actos delictivos que buscan ser admitidos bajo el paraguas de la excepcionalidad.

El reparto es espectacular, Matt Damon, lejos de su dinamico papel de la saga Bourne, Kate Winslet como investigadora. Gwyneth Paltrow como una de las primeras víctimas cuya desgracia destapa un asunto de infidelidad, Laurence Fishburne como alto cargo sanitario mundial que no puede evitar dar un trato de favor a su familia, un desfigurado Jude Law como un periodista sin escrúpulos que cree en una cura naturalista y se aprovecha de su éxito en internet, Elliot Gould, siempre tan creíble, como científico que encuentra la secuencia de contagio del virus pero sucumbe a él...

Pero el acierto del director consiste en rodear a todos esos intérpretes de un ambiente, de un aire y un estilo en el que la amenaza y el terror hacia el virus, el realismo sin exageraciones, la economía de secuencias, la simple, fría, aséptica y difícil fórmula casi documental de lo que nos narra, crea en el espectador sentado en la butaca una de esas difíciles sensaciones que sólo los grandes del cine consiguen: el "contagio" por simple empatía de ese terror humano a la muerte y más como en este caso, invisible, sin forma, sin aviso, por el simple contacto con la persona enferma. 

Las reacciones que vemos en la panatalla son las que esperaríamos vivir si nos viéramos en esa tesitura, el ansia de acumular provisiones, la exigencia violenta de vacunas, las paranoicas conspiraciones que el miedo cultiva. Son noventa minutos en los que no sobra ni un solo fotograma. Y un  final abierto pero no por ello menos estremecedor por lo que tiene de corolario de una situación que no ha terminado y no sabemos si va a terminar. (Si no conociera el valiente y honesto cine de Soderbegh pensaría que se está preparando para un "Contagio" 2).

 ¿Cuál es esa verdad que nos presenta la pelicula? Simple y dura: la precariedad de nuestra inconsciente seguridad como sociedad y como especie. Y aquí no se trata de los marcianos o de criaturas inverosímiles, es un simple virus el que trastoca todas nuestras nociones de lo que es ético, de lo que está mal, de lo que nunca debemos hacer. Nadie está libre de contagio.

Y mucho menos en este mundo del que tan orgullosos nos sentimos: la aldea global. Es precisamente de la mano de esa globalización de la que el virus se hace rey, ayudado en su faceta, tambien muy peligrosa, del miedo, por personajes como el "blogguer" que interpreta Jude Law, cuya falta de responsabilidad extiende rumores de efectos catastróficos  con más velocidad de la que el virus se propaga .

Contagios pues, vírico, informativo, pero también de desconfianza hacia los politicos y el poder, hacia las empresas farmacéuticas y por último, pero no menos importante, la faceta destructiva intima del virus, la de los principios morales, la esperanza, la generosidad, el sacrificio por el otro, la comunicación y el amor.

Contagio pues universal, fisico y psíquico, social e individual, político y profesional: en suma jaque mate a nuestra cultura como estilo de vida, como jerarquía de valores. Eso es el cuerpo global donde el miedo se ceba como un virus carcomiendo las bases y los fundamentos. Ruina.

Un filme sin sensacionalismo, verosímil, firme y variado en su oferta de historias adyacentes al nudo central, critico con instituciones y comportamientos, con su gotita de esperanza humana en algunos, a veces tierno y a veces lleno de emoción y casi siempre salpicado de angustia y miedo. Pero todo este discurso ha sido hilvanado de una forma seria, dolcumental, honesta, veraz, sin teorias conspirativas ni complots de poder o de medios de comunicación (cosa que en aquella "Virus" con Dustin Hoffman, no acabó de funcionar). El hecho tal como se produce y se expande y las reacciones casi nunca adecuadas o buenas de las personas, sea cual sea su origen o su formación, desde el pillaje hasta el secuestro con extorsión o el asesinato.

Tal es la veraciadad que imprime este director a su película, que la secuencia en la que el jefe de los servicios secretos norteamericanos habla de que todo podria ser un ataque terrorista, suene irremediablemente a tópico y estupidez. Se nos ha convencido que es un peligro que no tiene bandera ni ideología, que es uno de los medios que la Naturaleza puede llegar a crear para terminar con la existencia humana, sin previo aviso, sin causa imputable a los humanos, simplemente un cruce biológico, excrementos de murcielagos comidos por cerdos que entran en la cadena alimentaria humana y causan un cambio genético que muta en virus y se inicia el contagio, desde el cocinero de Hong Kong que ha cocinado la carne hasta la bella ejecutiva que le felicita por el plato que ha comido y que comienza a difundir el virus allí mismo y tras regresar a Estados Unidos en todo su entorno. Una progresión geométrica brutal que contagia al mundo entero. El principio de la mariposa cuyo aleteo en una  punta del mundo provoca un tsunami en la otra.

 

 

 

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18 octubre 2011 2 18 /10 /octubre /2011 15:36
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  Chris Morris, un director inglés tocado por la magia irreverente de los Monthy Piton, la osadía de Borat y las gansadas de Mr. Bean, sin su ingenuidad, se ha atrevido a hacer comedia destructiva sobre un tema tabú: el terrorismo de sello islámico. "Four Lions" es una comedia que hay que ver con la mente clara y nada maniquea, ya que hace con el terrorismo islámico lo que el grupo iconoclasta de los Monthy Piton hicieron con "La vida de Brian" y la religión: humor crítico, inteligente, anarquista y salvaje sobre una realidad que tiene de todo menos graciosa.
En el festival de Sundance 2010 se alabó esta película rompedora aunque muchos le vaticinaron un dificultoso estreno, si lo había y una vida más bien corta en los cines comerciales, si es que alguien se atrevía a distribuirla.
Al final ha logrado estrenarse y veremos qué trayectoria tiene. El boca-oreja funciona desde luego y no sabemos de ningún atentado islamista contra los cines o contra Morris y sus actores (habida cuenta del escaso sentido del humor que suele mostrar esa creencia religiosa): las aventuras descabelladas de ese grupo de islamistas británicos, primero en Pakistán y más tarde en la propia Inglaterra roza el más radical y venenoso humor, con una ironía candente y un contexto politico y social desternillante pero, ojo, bastante realista. Las cosas seguramente no suceden así, pero lo que nos cuentan no es absurdo sino bastante posible, aunque aqui desemboque en la astracanada.
Datos para la carcajada; las motivaciones de algunos de los novatos terroristas, el uso de cuervos-bomba, los disfraces increíbles llenos de explosivos para correr la maratón de Londres y hacerlos estallar, la organización de los atentados, el comportamiento de las fuerzas del orden, los diálogos dignos de Jonathan Swift con unos gramos de Woody Allen, el entero planteamiento de la película, todo lleva al espectador a una orgía del sinsentido, el absurdo, la guasa irónica, la estupidez como forma de comunicación satìrica y en suma un regalo de buen humor negro para quitarle un poco de tragedia a un tema que, la verdad, agobia un poco.
Los cuatro leones, aspirantes a terroristas que van metiendo la gamba sin cesar con una estupidez ingenua que atrae a la mala suerte como la luz a los mosquitos, acaban conectando con el espectador en clave de humor de sal gorda, cada uno de ellos con sus motivaciones y sus dudas y sus necesidades cotidianas y su falta absoluta de idoneidad  y preparación para lo que quieren hacer.
Es obvio que no se trata de ironizar a costa de los musulmanes y esto es algo evidente para una persona minimamente inteligente aunque creo que puede resultar peligrosa en otras personas demasiado, digamos, convencidas de la legitimidad de la lucha contra el Gran Satán (occidente). Gags desternillantes, economía de medios, astracanada de la buena y disparates a gogó para alegrar un poco al personal, bastante hastiado de la osura y sangrienta tragedia de la realidad.
La broma final de relacionar al pintoresco grupo londinense con la muerte de Bin Laden ajusta un poco la lente de percepción de lo que nos narran y cómo lo hacen. No hay burla sino jolgorio, absurdo y sátira, un juego --difícil -- de decirnos hasta qué grado de locura pueden llegar algunas personas en nombre de ideales que en ningun momento preconizan esos actos. Pero no hay moraleja, ni crítica filosófica, hay broma, risas y excesos en nombre del humor. Los cinco terroristas descerebrados son dibujados con precisión de entomólogo y con detalles que los hacen, ay Señor, excesivamente "posibles".
Yo creo que la comedia de Morris debería ser de visión obligada en nuestras escuelas occidentales tan plurales en procedencias del alumnado. Reirse con la risa sana del humor de caricatura puede quitarle hierro a un tema que siempre se toma con excesiva emocionalidad. Jugar a desarmar una idea fanatizada puede resultar terapéutico, ya sea, por ejemplo, en los ámbitos nacionalistas violentos, ETA o IRA o en los desbarajustes políticos de dictaduras varias y de monopolios religiosos o sociales. Tal vez si aprendemos a reirnos un poco de la "sacralidad" de esos conceptos hagamos que se abran caminos a la razón y la empatía.
Aunque en definitiva la inmolación paulatina de los cinco terroristas imexpertos deja en la mente una pregunta oscura: ¿podría ser prematura la risa, la carcajada liberadora, en unos temas que todavía nos atañen con  toda su barbarie indiscriminada y letal? Pues, dedichadamente, en la vida real los terroristas pueden ser tan estúpidos como en la pelicula pero obviamente son más eficaces.
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15 octubre 2011 6 15 /10 /octubre /2011 09:50

 

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Esta es una de las pocas ocasiones en las que el lector cede, con agrado, su puesto al cinéfilo. La novela, autobiográfica, en la que está basada la película "La carta final", titulada más expresivamente "84 Charing Cross Road", fue escrita por la escritora norteamericana Helene Hanff, que resumió en poco más de 120 páginas la correspondencia que sostuvo durante más de 20 años con la librería Mark and Co. cuya dirección postal da título a la novela (publicada en España por Anagrama, con un lento éxito basado en el boca-oreja de lectores consumados y encantados).

El caso es que aunque la novela goza de buena fama y es una delicia sumergirse en sus páginas, la película se convierte en un producto mucho más completo y complejo gracias a que la linealidad del argumento y  la exigua acción permiten que la riqueza  extraordinaria de miradas, gestos, silencios y emociones de unos actores en estado de gracia engrandezcan la obra en su conjunto (deberian venderse en las librerías en forma de pack, libro y dvd, con la indicación de leer primero el libro y ver después la película: el mejor vino para el final).

 

Y eso no solo es recomendable sino que es lógicoy coherente ya que esta película es quizá la más valiosa aportación del cine al amor a los libros y la literatura que se ha dado en las pantallas desde hace más de 50 años. "La carta final" no es sólo una historia de amor entre personas, la escritora yanqui y el librero, inglés hasta las cejas, (Anne Bancroft y Anthony Hopkins) que jamás llegan a verse físicamente, sino que es una de las más bellas, dinámicas, divertidas y sugerentes loas de amor al libro como  objeto, a la lectura y a las bibliotecas y librerías de las que he podido disfruutar en mis largos años de lector y cinéfilo. Este canto de amor al inmarchitable mejor amigo del ser humano (que me perdonen los perros, hablo del libro) se convierte en epifanía en la correspondencia que intercambian la escritora y el librero sobre los ejemplares de clásicos ingleses que aquélla pide desde Nueva York. Las secuencias en las que esta gran Anne B. recibe el primer envío de los libros solitados, su manera de acariciar la portada, oler el libro, pasar las hojas y todo ello con una cara de sonriente arrobo, figura en el acervo cultural de todos los que amamos los libros. Como ese momento delicioso en el que la escritora confiesa a su corresponsal londinense, (un Hopkins lleno de sensibilidad, emoción contenida, silencios y miradas llenas de alma, una interpretación ascética y llena de matices) que le apasionan los libros que han sido dedicados, que están llenos de notas personales del lector o subrayados significativamente, "establezco una especie de complicidad y camaradería con el desconocido que poseyó primero el libro", dice sonriendo.

No me extraña que el director y actor Mel Brooks (marido de la Brankfortt) que aquí hace labores de producción, le regalara a su esposa la compra de los derechos de la novela para llevarla al cine y encargara a David Jones que dirigiera la cinta con su esposa como protagonista. Todo el entusiasmo encantador de la actriz parece en cada secuencia ser una respuesta de agradecimiento y amor hacia su marido a través de los libros y el cine. Sin olvidar que estuvo durante muchos años interpretándola en los escenarios.

Por cierto en los años en los que leí la novela y luego vi la película, fui a Londres por motivos profesionales y me precipité en dos direcciones de la ciudad:, el 221 B de Baker Street (hogar de Sherlock Holmes) y el 84 de Charing Cross. Como se dice una y otra vez en la pelicula (cuando la escritora logra al fin, pero tarde para conocer a su amigo, ir a Londres) uno encuentra en la capital del Támesis lo que busca allí: literatura si es el caso.  A Sherlock y al doctor Watson se le "huele" en el museo recoleto allí creado, pero a Frank Doel, el conmovedor librero al que Hopkins da vida y corazón, no se le encuentra en el pub que ocupa esa dirección (aunque hay una placa que reconoce que allí mismo habia existido una librería).

Helene Hanff  tenía 33 años cuando decidió contestar a un anuncio de la librería londinense Marc and Co para solicitarle ejemplares de clásicos ingleses y rarezas de bibliófilos cuyos precios en Estados Unidos estaban fuera de su alcance (era guionista de radio y escribía obras de teatro, su suerte cambió cuando comenzó a escribir guiones para la incipiente televisión). Su pasión por la lectura y los libros fue el detonante de una correspondencia de más de veinte años con el librero y despyés con otros empleados de la librería, a los que llegó a surtir de alimentos en fechas especiales (navidad) en una época en que los ingleses estaban sometidos a cartas de racionamiento tras la segunda guerra mundial.

84 Charing Cross Road (2) por ti.

En 1970 la escritora convirtió en libro aquella correspondencia y comenzó uno de esos raros fenómenos que se dan en la literatura: aparición y primeras ventas discretas del libro y poco a poco, gracias al eficaz boca-oreja literario, exito rotundo y duradero que enriqueció a la escritora y le pemitió vivir sin estrecheces hasta su fallecimiento en 1997, con 81 años.

No se pierdan a la actriz que da vida a la esposa de Frank Doel, el librero. Ni más ni menos que una ya madura Judi Dench, muy lejos de la gran jefe del MI-7 en la serie de Bond y de la reina Elizabeth o Victoria que a ambas ha interpretado. En diciembre de 1968, el real Frank Doel fallece de una peritonitis, un poco antes de que la escritora pudiera al fin cumplir su sueño de viajar a Londres y conocer la capital donde tomaban cuerpo los libros y los autores que tanto admiraba y también la librería que había sido su séptimo cielo durante veinte años.

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14 octubre 2011 5 14 /10 /octubre /2011 14:41

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Soberbia patochada sólo imprescindible para los fanáticos del, por otra parte, indiscutiblemente interesante Rowan Atkinson, un hombre que se cree Mr. Bean y que ha logrado hacer desternillar de risa a un par de generaciones de amantes del chiste visual fácil, las caras de palo y los gestos desmesurados. Un experto en los gags visuales, heredero del entrañable Buster Keaton (sin su genialidad y su inteligencia) de Wilder y de Jerry Lewis y en nuestros lares, el hermano tonto de Esteso o la parodia descerebrada de los tres genios catalanes del silencioso Tricicle.

El bueno de Atkinson repite en su papel de agente secreto Johnny English, una parodia excesiva y a veces irritante de las películas del 007, que tuvo un cierto éxito hace ocho años en la primera de la serie (quizá aupada al exito de Mr.Bean) y que ahora hace agua por todas partes, evidenciando como no podía ser menos que el cómico ya empieza a tener una edad y parece que la madurez no se lleva muy bien con las gansadas que se obliga a hacer. Quizá la secuencia inicial con J.E. en un monasterio tibetano tratando de olvidar una catastrófica metedura de pata cometida años antes en Mozambique, sea  la más graciosa ya que recurre al esquema habitual en su tipo de humor y volverá a repetirlo una y otra vez, perdiendo como es lógico el factor sorpresa, tan importante en el humor de gags.

La elegancia, el dinamismo y la emoción de los "imitados" por English, Bourne y Bond, brilla por su total ausencia en el filme que comentamos, que apenas roza el interés que despertaban, por ejemplo, la serie del patoso superagente 86 o incluso de Mortadelo y Filemón, agentes de la TIA y, en la misma onda, "Anacleto, agente secreto".

Pero, seamos positivos. La banda sonora de Llan Eshkeri es magnífica, la dirección de Oliver Parker mortecina y el guión de William Davies bastante estúpido...perdonen, queria ser positivo. Pues bien, ahí va: los espectadores que gusten de Mr. Bean y del agónico agente English, se lo pasarán muy bien, les encantarán las chicas bond que salen y podrán carcajearse animadísimos con otra de las secuencias muy "made in Atkinson": el agente conduciendo una silla de ruedas supersónica sin dejar de hacer gestos con el rostro, de esos mismos que destornillan al respetable desde hace más de dos décadas.

 

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13 octubre 2011 4 13 /10 /octubre /2011 17:00

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  Volver a disfrutar con D'Ártagnan, la astucia del cardenal Richelieu, los tres mosqueteros Athos, Portos y Aramis, la bella Constance, la reina y sus joyas, el recalcitrante inglés, duque de Buckingham, y la portentosa maldad femenina de Milady de Winter, es un valor seguro de cara a la taquilla. El problema está en cómo superar la clásica de George Sidney de 1948, en rabioso tecnicolor y un Gene Kelly-D' Artagnan que nunca tuvo rostro tan pícaro y cuerpo tan flexible, una "mala" LanaTurner que bordó a Milady y un siniestro pero refinado Vincent Price como cardenal.

De entrada ya les decimos que al parecer de este critico, ésta versión de Paul W. Anderson no lo ha logrado.

Pero es que tampoco se ha acercado mucho a la versión del clásico que firmó el gran Richard Lester en 1973 y que fue tan ambiciosa y tan minuciosa que dio metraje para tres partes, "Los tres mosqueteros: los diamantes de la reina" y "La venganza de Milady" (1974) y un epígono "El regreso de los mosqueteros" en 1989, que fue la despedida de Lester y una película con mal fario en la que murió uno de los actores protagonistas (el que hacía el papel del criado de D' Artagnan, Planchet, en  las tres películas) al caer de un caballo.En esta ocasión se daban cita actores como Michael York en el papel del gascón, Richard Chamberlain, Oliver Reed y Frank Finlay como mosqueteros, un soberbio Charlton Heston como Richelieu, el más majestuoso y digno de todos los que han encarnado ese papel y un irrepetible Christopher Lee como el malvado Rochefort. Tampoco la actual la supera. En 1993 Stephen Herek se atreve con otra versión, la más floja de todas, con Charlie Sheen, Kiefer Sutherland, Chris O'Donell y Tim Curry. A esta si la supera.

Y en este año 2011 de nuestro señor, alentado quizá por el merecido éxito (aunque discutido por los amantes del personaje literario, que tan excelentes versiones clásicas ha merecido) de la versión de Sherlock Holmes de Guy Ritchie, Paul W.S. Anderson dirige la enésima versión del clásico de Dumas y emplea el mismo criterio que Ritchie con el detective inglés: la modernidad del mito a través de la recreación virtual de un ambiente histórico y geográfico y la dinamización irreverente pero dinámica del personaje ajustándose a los criterios de la generación del video-clip y los increíbles juegos por ordenador.

Por tanto nadie espere más del señor Anderson que, justamente, es el responsable de titulos como "Mortal Kombat" y "Resident Evil" que antes de ser peliculas fueron juegos de ordenador.

Ya desde el principio de la cinta, en Venecia, en donde tras lograr unos planos de una máquina de guerra diseñada por Loenardo y guardados en un lugar secreto al estilo del Código Da Vinci, cuando los mosqueteros son traicionados por la bella Milady (atlética-demasiado para su personaje- y bellísima Milla Jovovich) a favor del Duque de Buckingham, (en esta versión, amoral petrimetre con los rasgos de Ornaldo Bloom) vemos por donde van a ir los tiros: el vino viejo en odres nuevos y con los cambios suficientes en el argumento para hacer más "moderna" la versión.

La magia del cine de ordenador nos llevan a un Paris de la época más creíble que los de todas las anteriores y a un Richelieu que parece una sombra taimada del soberbio jerarca nazi  de "Malditos bastardos" interpretado por el mismo actor: Christoph Waltz. El joven Logan Lerman, da cuerpo a un nada convincente D' Artagnan (pero eso sí, da el aspecto en edad y el comportamiento que debía tener el personaje en la novela, según Dumas). Los mosqueteros tiene los rostros de Mattew Mcfayden, Ray Stevenson y Luke Evans, aunque no logran ni emocionarnos ni interesarnos demasiado (parecen más un  grupo de colegas de un "Resacón" que tres mosqueteros con sus dramas personales a cuestas). El sobrio Mads Mikkelsen (el malo malísimo de 007 Casino Royale) hace un correcto Rochefort.

La ambición de nuestro director es obvia: acción y dinamismo a tope, peleas bien filmadas al estilo arte marcial, artilugios poco probables en la época y un aire contemporáneo a pesar de casacas, espadas y miriñaques. A los niños y adolescentes les encantará. También a los adultos con alma de niño y formación en videojuegos, mientras que los cinéfilos y los amantes de la novela torcerán un poco el gesto.

Anderson logra contagiar al espectador con esa propuesta de todo vale si logramos divertirles; y así se atreve a incluir en la historia artefactos voladores muy bien recreados y un aire de comedia relativa - sobre todo en la sobreactuación de Freddie Fox  como el joven Luis XIII--, que nos hace sospechar que los actores en muchos momentos se divierten con lo que hacen, por supuesto sin creerse una palabra ni esperar que la película pase a la historia del cine. No hay pues altibajos, momentos de decaimiento fílmico, ni errores de ritmo, la cosa fluye  en 3D, a la marcha de un tren expreso, sin detenerse en emociones ni sentimientos, todo como una gigantesca broma. 

Pero en todo caso una broma que divierte y que, estén seguros, tendrá secuelas.

 

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11 octubre 2011 2 11 /10 /octubre /2011 16:08

ballena

 

 Me temo que esta película ha pasado sin pena ni gloria por las salas y acabará pronto siendo pasto del mercado de alquiler y compra. Y es una pena, pues a pesar de su talante de videoclip ecológico o de serie B con buenas intenciones, la propuesta argumental es hermosa, salvar las ballenas y responde más o menos a un interrogante que nos ha inquietado a todos los que amamos la naturaleza. ¿Por qué se suicidan las ballenas?  Ver al "Inmortal", el inexpresivo Christopher Lambert , en faenas de ejecutivo sin alma reciclado en salvador de ballenas resulta un poco chocante, Verónica Ferres hace su papel de hija de sabio erudito-padre descuidado- mártir de la causa (un Mario Adorf al que la edad ha prestado una dignidad que no tuvo en su juventud y madurez), y la película transcurre por senderos previsibles pero con hermosas imágenes de ballenas y penosas secuencias de ballenas varadas y moribundas.

La tesis central de esta cinta mediocre y bienintencionada va de multinacionales -británica- del petróleo que no tiene escrúpulos en acudir incluso al asesinato con tal de lograr una explotación en Nueva Zelanda. pero con tan mala puntería que se meten en una bahía en cuyas cercanías transitan las ballenas jorobadas, en trance de extinción. Los ultrasonidos utilizados para las prospección submarina dañan a esos bellisimos animales y les hacen varar en las playas donde su muerte es segura. 

Las dificultades de la protagonista y su joven hija, amorosas o familiares, no nos logran interesar  y todo queda en el mensaje apuntado: hay que preservar la existencia de las ballenas pues son un importante eslabón de nuestra propia existencia y la del planeta que estamos esquilmando.

La belleza increíble de Nueva Zelanda se prefigura como un personaje más en la narración y, visto lo visto, en uno de los más importantes de la película. Con eso queda dicho todo. El director, Philipp Kadelbach, pasa un aprobado rozando el listón.

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10 octubre 2011 1 10 /10 /octubre /2011 09:18

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He aquí un buen documental biográfico. Como dice el propio director, Juan Manuel Cotelo, dotado de una rara naturalidad y convicción, en una de sus intervenciones directamente ante la cámara, "hacer una película donde en vez de sacrificar -crucificar dice él- a un sacerdote, se le ensalza condena irremisiblemente al fracaso a una película. No obstante me voy a arriesgar y es porque la persona sobre la que he investigado y que es el protagonista de esta película es un sacerdote ejemplar en muchos aspectos. Ustedes verán. Si les parece que no tengo razón, sálganse del cine o apaguen el DVD y digan  a sus amigos que no vean esta película. Pero estoy seguro de que no van a hacer tal cosa". Cotelo mira directamente a la cámara y lo que dice suena a algo creíble y lo que vemos en su cara y en sus ojos lo corrobora. Es un buen reclamo...uno de los mejores que he visto en cine.

Pues bien, nos sentamos cómodos y vamos a pasar algo más de una hora pendientes de este documental rodado con ortodoxia y sin ningún tipo de excentricidades, casi de puntillas y con una sonrisa de disculpa. Interesa más de quién hablan, parecen decirnos, que cómo lo hacemos. Pero, además, lo hacen muy correctamente. ¿Y de quién hablan? Del sacerdote Pablo Domínguez Prieto.

No tenía ni idea de quién es ese sacerdote. Me muevo lejos de los círculos clericales y mis relaciones con la Iglesia católica son inexistentes (sólo me relaciono ocasionalmente con mi maestra zen, Berta, que además es monja católica). La primera noticia la tuve por un montañero que comparte conmigo muchas salidas y un amor absoluto hacia las cimas, fue en febrero de 2009. Me habló de un montañero amigo suyo que había muerto en el Moncayo junto a una amiga también montañera, en una de esas jornadas luctuosas que sobre todo en invierno suelen asolar a la comunidad de las mochilas y las cumbres.

Dias antes de esa conversación, había visto en un telediario la noticia de las dos muertes y las labores de rescate de los cuerpos. En la prensa me enteré de quién era Pablo Dominguez y casi dos años mas tarde me sentí atraido por el titulo de una pelicula, "La última cima" (suelo ver todo lo que cae en mis manos de cine de montaña) y descubrí que hablaba sobre Pablo. En fin, el destino parecía indicarme que debía verla. Y lo hice. "Pablo Domínguez era el decano de la Facultad de Teología San Dámaso de Madrid cuando murió y tenía 42 años. Había estado impartiendo unos ejercicios espirituales a las monjas cistercienses del convento de Tulebras, a diez kilómetros de Tarazona, y decidió no regresar a Madrid sin ascender al Moncayo, cosa que hizo acompañado de la montañera Sara de Jesús Gómez, cirujana de 37 años y profesora en la Universidad Francisco de Vitoria, que falleció también en ese mismo accidente".

El documental de Cotelo va pasando de una persona a otra, familiares y amigos de Pablo, superiores religiosos, fotografías comentadas de sus viajes y de sus subidas montañeras, testimonios auditivos de conferencias pronunciadas por ese hombre que cautiva con su sinceridad y sencillez. Uno compueba el alcance de su inteligencia, con una personalidad brillante, simpática, sugestiva,  una de esas personas convencida de sus ideas, pero respetuoso con las diferencias, escasamente proselitista aunque sin ocultar su fervor religioso (punto en el que, a los que no estamos en esa honda, no nos interesaría sino viéramos que forma parte de la coherencia interna de un hombre desusadamente completo en sí mismo).

Quizá -para mi humilde y personalísima opinión- sobren los excursos en los que se evidencia el interés del director de extrapolar la figura de Pablo a un universalismo del sacerdocio en el siglo XXI, en un momento en que el papel de la Iglesia y muchos de sus ministros está cuestionada en términos de escándalos (no mayores que los que atañen a la sociedad política, por supuesto). El oportunismo de los medios de información para hacer leña del arbol caido en el caso de la Iglesia supone, en su exceso, un agravio comparativo respecto a los semejantes y aun más graves casos que atañen a la clase política. Por tanto algo de razón hay en esta defensa oportunista que Cotelo hace de la clase sacerdotal aprovechando el contexto ejemplar de Pablo.

La película es dinámica, provocadora, con vocación de sinceridad y de no manipulación, suena a menudo a homilía --otro de sus pequeños defectos-- pero lo cierto es que la fuerza del protagonista acaba restando importancia a esos deslices (repito, en mi opinión). Las recreaciones de la figura de Pablo son flojísimas, casi de video escolar (sorprende, dada la calidad del conjunto) y uno le diría a Cotelo que debería haberse atrevido a montar secuencias con un actor).

Parece ser que las últimas palabras que se conocen de Pablo fue un registro de móvil donde decía "he llegado a la cima". Ese debería ser la mejor inscripción en la tumba de un montañero. Y sin nos apuramos, de cualquier hijo de vecino. Al funeral de Pablo acudieron más de 3000 personas y 20 obispos.

 

Nota bene: como cinéfilo, permítanme una broma: también James Cagney ("El enemigo público número uno") grita antes de morir: "Mom (Mamá), he llegado a la cima". Estoy convencido que hasta Pablo se hubiera reído con la coincidencia.

 

 

 

 

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9 octubre 2011 7 09 /10 /octubre /2011 09:37

 

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He aqui una comedia sin demasiadas complicaciones con una apuesta fácil para hacer sonreir al público y a veces reir, si uno no se cuestiona demasiado la lógica del personaje o del argumento. Para todo el que haya realizado un viaje turístico en grupo reconocerá las situaciones, las descripciones de personajes y los líos que suele acarrear la convivencia forzada de un montón de personas raramente interesadas en algo más que no sea divertirse del modo más elemental y barato posible, algún que otro rara avis que se interesa por la cultura (suelen disgregarse rapidamente) y la pareja autista que parece viajar con un ambiente propio exclusivo. Luego, la fauna de costumbre, el gracioso del grupo, la pareja que se odia y lo disimula poco, la pareja que acaba de empezar a amarse y lo lleva con poca discreción, el soltero que busca cama y acompañamiento como sea y donde sea, los separados o separadas que deciden que es el momento de echar una cana al aire, los ancianos que parecen frágiles y luego son insaciables y los maduros y maduras que tratan de que el viaje no les amargue un poco más de lo debido, los adolescentes huraños empeñados en fastidiar a los demás y el guía o la guía que trata infructuosamente de que la gente se lo pase bien o el que decide que no le pagan para eso y se limita a funciones no muy eficaces de asesoramiento.

La joven Georgia (Nia Vardalos, a quien conocimos en "Mi gran boda griega" donde hace un papel con los mismos gestos y miradas de una expresividad equivocada y universal) es una profesora griego-norteamericana que hace de guía para trabajar en algo antes de lograr un puesto en una universidad. Los turistas que le suelen asignar son el calco vulgar y pesadísimo de los especímenes que todos conocemos. Pero el gracioso del grupo, un madurísimo Richard Dreyffus (ay Dios, los papeles que se ven obligados a cumplir algunos antiguos grandes actores) resulta ser un diamante escondido en un trozo de carbón y la cosa se vuelve, viejo sabio que ayuda a joven desnortada a que ame su trabajo, conozca y aprecie a su futuro gran amor y se haga con los corazoncitos, al fin ya la postre no tan repugnantes, de sus turistas amantes de camisetas, recuerdos banales y desprecio hacia las nobles ruinas griegas.

Por tanto, como estaba cantado, tras unos pocos momentos de tensión y meteduras de pata generales, el grupo se vuelve civilizado, la chica triunfa y se queda con un novio guaperas y decente. En medio de todo ese original enredo, los chistes de rigor, mas o menos ordinarios, las imagenes de postal, los sentimientos y emociones cada vez mas edulcorados y el final apoteósico en el que el amor triunfa y el espectador se olvida de lo que ha visto en cuanto se encienden las luces del local.

Musica pegadiza, dos separadas españolas de juzgado de guardia, un poco creíble rollete sexual del gran Dreyffus que parece  preguntarse qué diablos hace un chico como él en un sitio como ese y la nota original de una viejecita que tiene una "simpática" tendencia a robar lo que puede con el mayor descaro y luego, como una nueva Robin Hood de la tercera edad, reparte su botín entre los compañeros de viaje. Produce Tom Hanks, (Dios...¿como es posible?) y también la industria del cine española (ICO) y aunque no se lo crean muchos exteriores han sido rodados en la zona de Alicante. Dirige la cosa Ronald Pretie y el guión parece haber sido perpretado por uno de los guionistas de los Simpson: algunas secuencias  de desmadre lo justificarian (como el episodio de la camiseta grabada que lleva el joven americano lelo-explosivo). Pero en general la cosa es un producto que yo calificaría del la serie C: sólo para adolescentes y mayores con reparos. 

 

 

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7 octubre 2011 5 07 /10 /octubre /2011 13:11

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La verdad es que tener a Ricardo Darin ("Nueve reinas", "El secreto de sus ojos" o "El hijo de la novia", entre más de cuarenta títulos) como protagonista de una película suele ser garantía de una interpretación de una naturalidad y eficacia pasmosas. En esta ocasión "Un cuento chino", el ingenio del argumento y los secundarios que dan réplica a Darin, principalmente el co-protagonista el chino Ignacio Huang y la chica de la función, la deliciosa Muriel Santa Ana, bordan una historia, un "cuento chino", que desborda veracidad, ritmo magnífico y una solidez argumental, forjada con pequeños detalles, miradas y gestos de una sobriedad ejemplar y la corriente subterránea -que aflora de vez en cuando-- de una humanidad enternecedora.

El argentino Sebastián Borensztein firma, que yo sepa, su primer largometraje y lo hace con una solvencia sorprendente. Desde la primera secuencia que deja boquiabierto al espectador (sucede en China) a la siguiente secuencia de engarce (en Buenos Aires) en la que la cámara está boca abajo como corresponde a las antípodas y se pone lentamente al derecho, hasta los créditos del final (ojo, el espectador debe esperar a que se sucedan los créditos si quiere gozar de una sorpresa añadida), el filme cabalga con maestría consumada entre el drama, la comedia, la película psicológica o una secuencia policial, sin permitir que el espectador se de cuenta si su asiento es incómodo o no y énternediéndose ante el patetismo del protagonista, complejo, amargado, irritante y profundamente humano, tierno y desvalido, como un ogro gruñón al que le gusten las hadas y le tenga miedo al amor. Un personaje que parece surgido de la pluma de Borges, el tintero de Cortázar y la mano de Bioy Casares: huraño, maniático, neurótico hasta la extenuación ( dueño de una ferretería, cuenta los clavos de una caja para asegurarse que el número de clavos que figura en el envoltorio es el correcto), rutinario hasta la desesperación y con un solo hobby: recortar de periodicos atrasados las noticias que narran algo increíble, chusco y sorprendente, para despues pegarlas en un álbum. Ex combatiente en las Malvins, con todo lo que supone de humillación y debacle ideológica, es también un hombre firme en sus convicciones, recto, justo, que abomina de los abusos y de la falta de honestidad que le rodean.

Hay que estar atento porque no hay ni un solo detalle de los que se nos van narrando que no tenga una importancia capital en el desenlace de la película. Como por ejemplo la ayuda que Darín presta a un chino que no sabe hablar más que su idioma y que ha encontrado en plena calle tras ser desvalijado por un taxista desaprensivo. El joven chino acaba formando parte de la vida de Roberto (asi se llama el protagonista) a regañadientes de este, un misántropo que huye de la compañía, y del amor, porque quiere creer que no los necesita.

No les cuento más. Piensen que el chino, las manías de Roberto, su bondad estrangulada por su aspereza y la presencia de la joven vecina que le ama serán determinantes en el desarrollo de la película, que se va demorando con los conflictos domésticos entre el joven chino y su irascible anfitrión a la fuerza, la búsqueda de los parientes del chino para que se hagan cargo de él, toda una serie de dificultades que van haciendo surgir lentamente una especie de identidad emocional que ablanda a Roberto y le hace replantearse su vida.

Película llena de sorpresas, de humanidad y de ternura, de humor y de un medido drama íntimo que convierte a los personajes en personas, a pesar de lo absurdo y casi disparatado de la propuesta inicial (aunque desde el principio se nos advierte que la película está basada en un hecho real).

 

 

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6 octubre 2011 4 06 /10 /octubre /2011 10:06

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De vez en cuando es recomendable dar una vuelta por la estantería de clásicos de cualquier deuvedéclub y visionar alguna de esas películas que marcaron la infancia de algunos y que son recomendadas fervorosamente por los críticos y cinéfilos de todos los tiempos. La versión última de "Soy leyenda" basada en la novela de Richard Matheson e interpretada por Will Smith (hubo una versión en los setenta interpretada por Charlton Heston) me recordó que había un clásico de los cincuenta en blanco y negro que se mantiene tan fresco como si fuera actual, aunque con la diferencia de la presencia de unos efectos especiales que entonces eran rudimentarios aunque muy efectivos.

Se trata de "El increíble hombre menguante" basada en un relato de Matheson y que este mismo adoptó a la pantalla. Dirige la película Jack Arnold, un especialista en cine de terror y CF que había firmado trabajos tan excelentes como "La mujer y el monstruo" o "Vinieron del espacio". El argumento es simple, un joven matrimonio pasa unos dias de vacaciones y sale a navegar en el barco de un amigo. Scott Carey, el joven, queda expuesto durante la navegación al paso de una extraña niebla mientras su esposa está en el interior del barco. Al paso de los días Scott comienza a sentir una efectos extraños y no tarda en percatarse de que está disminuyendo de tamaño. Con un ritmo bien medido y gradual, el misterio atrae y asombra a los médicos que se ven incapaces de frenar el fenómeno. Poco a poco Scott va disminuyendo y se va enfrentando a una existencia inesperada y llena de peligros, ya que su tamaño choca frontalmente con los objetos que antes formaban parte de su vida cotidiana. Con ejemplar economía de medios y una lógica aplastante el argumento nos lleva a comprender algo que por lógico resulta baladí: nuestra vida se basa practicamente en un principio esencial: todo lo que nos rodea y nos hace la vida más llevadera se convierte en un objeto absurdo o simplemente peligroso cuando nuestro tamaño no responde a los cánones habituales. Así un gato deja de ser una mascota inofensiva para convertirse en un depredador, un grifo abierto es una inundación brutal, una araña es una bestia peligrosa y un alfiler una espada defensiva, una escalera en un obstáculo casi invencible incluso para un escalador y una caja de cerillas es un refugio improvisado ante los peligros que amenazan a cualquier criatura diminuta en una casa normal.

El proceso psicológico por el que pasa Scott hasta la admisión de su estado es de una concisión y realismo sorpredentes. No hay ni una secuencia, ni una reflexión que sobre o se reitere en esta película modélica. Matheson logra ir dosificando pequeños detalles, escenas llenas de tensión con otras en los que el cansancio o la desesperación del protagonista parece comunicarse al ritmo de la película, hasta un final, quizá lo más discutible, en el que el autor no puede evitar ofrecer un desvío místico a la lógica y coherencia del argumento. Un final abierto que en nuestra época actual supondría sin lugar a dudas el encadenamiento de más versiones numeradas. Y en el caso que nos ocupa, un final rozando la trascendencia que puede gustar a espectadores más ambiciosos que buscan un mensaje creativo incluso en películas de la llamada clase B.

Son sólo 78 minutos, un estándar de duración escaso incluso para la época, pero es una hora y pico en la que el espectador no deja de acompañar emotivamente al angustiado protagonista. Sobresaliente la puesta en escena de Jack Arnold y su imaginación para reflejar las imégenes mentales de Matheson, trucajes que logra dar una veromilitud que para sí quisieran muchas peliculas rodadas hoy en dia con la enormidad de recursos técnicos de que se dispone.

Grant Williams es el actor que da vida al protagonista y lo hace con contención y austeridad gestual. No recuerdo haberle visto en más peliculas de la época y me sorprende dada la calidad del trabajo que hizo.En resumen, una película que hay que conocer y que no desentona e incluso supera a muchas de las peliculas actuales del género con, no lo olviden, unos medios técnicos que están en la prehistoria del cine de hoy.

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