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Excelente película española de ciencia-ficción, subgénero de la robótica, que nada tiene que envidiar a ninguna de las buenas de esa temática, incluidas las norteamericanas como "Yo robot" e incluso no desentona con el alto listón que nos ofreció ya hace muchos años, ese clásico del género que fue "Blade Runner" (dejémonos de complejos). Con algo más de cuatro millones de euros de presupuesto, esta película en la que se recuperan los dilemas morales entre las personas y los productos de la Inteligencia Artificial (recordemos también la novela de Rosa Montero "Lágrimas en la lluvia"), aporta una visión sensible e inteligente al tema dentro de un contexto en el que un bien logrado look retro se compagina de forma excelente con las aportaciones de la tecnología futurista (mascotas robóticas como el delicioso gato Gris o servidores humanoides como el indispensable Max).
El tema está dentro de los parámetros del género: es el año 2041, en el que los robots forman parte de la vida cotidiana humana. Alex (Daniel Brühl) regresa a la Facultad de Robótica de un país indeterminado con la misión de crear un niño robot. Allí se reencuentra con su hermano y su amada, que se ha casado con él y con quien tiene una hija adolescente, Eva (magnifica Claudia Vega). Alex se siente fascinado con la niña (como nos fascina a los espectadores) y decide tomarla como modelo para su robot. Tiene el apoyo de la niña pero los padres, su hermano y su antigua amada, se oponen.
A partir de ese momento la acción y la trama se complican hasta extremos muy desasosegantes, y una sorpresa al final, bien llevada aunque algo previsible. Los dilemas éticos planteados tienen profundidad y coherencia.
La creación de robots semihumanos con estructura emocional se enfrenta a un grave problema: un punto de agresividad cuando son contrariados, que los hace inestables. Es decir la ruptura de la segunda ley de la robótica diseñada por Asimov: el robot puede volverse contra el humano en situaciones especiales.
Alex, el protagonista, tiene la ayuda doméstica de otro robot, Max (genial Lluis Homar, dentro de unos registros desarrollados con perfecta economia de gestos) que sirve de contrapunto a los afanes del joven científico.
Se trata del primer largometraje de Kike Maillo (retengan ese nombre) y da cima a su labor con el exiguo presupuesto citado, una nadería comparándolo con los habituales presupuestos de este género de películas. ¿Estamos ante otro Amenabar?
Un montaje magnífico, una puesta en escena excelente y un uso comedido y sugestivo de efectos especiales. Se rueda en Suiza y los Pirineos de Huesca y se logra dar el reflejo de un ambiente retro en el que va ensamblando toques futuristas, en una dirección artística que saca partido de todo con detalles pequeños y "casuales" que dan credibilidad al conjunto. En el guión la sorpresa de encontrar a Sergi Belbel (mas Cristina Clemente, Marti Rosa y Aintza Serra) y la excelencia de un pulso de intriga y sorpresa muy bien medidos.
Los actores, un tanto envarados al principio, se van soltando en el transcurso de la película y se acercan al listón que mantienen el estupendo Homar y la encantadora Claudia Vega. Interesante y prometedora película por lo que supone de reto para nuestro cine, capaz de hacer inmersiones en géneros prohibitivos hasta el momento y no solo por cuestiones de dinero sino de ideas y cintura realizadora. Y se me ocurre jovenes realizadores españoles que están triunfando en Estados Unidos o Inglaterra en ese dificil género del fantaterror o el thriller.
"Eva" además cumple un cometido mucho más difícil que el de ser una cinta de referencia en su género, ya que de alguna forma lo rebasa y se vuelve, como pasa con los clásicos, una película que ofrece mucho más que una visión del futuro, nos sugiere tantas cosas que el futurismo deja espacio a la fabula moral y a la especulación filosófica primaria: plantearnos la ética de una situación que podría llegar a ser cotidiana, la convivencia con esos seres "artificiales" que poseen una inquietante "humanidad".
Sólo permítanme una última reflexión, que comparto con algunos colegas: a Eva" sólo le falta un detalle: una industria del "merchandising" capaz de arropar con inteligencia y habilidad campañas de promoción de una película que, repito, está a la altura de productos tan protegidos y ensalzados como el Tintín de Spielberg. Palabra de Capitán Haddock.
Película dedicada a mayor honra y marketing de un guaperas (Taylor Lautner), al parecer conocido por la grey adolescente en películas del gremio y algunas de la moda vampírica de bellos y bellas de pocos años (Crepúsculo).Trepidante y sin demasiadas exigencias de verosimilitud y coherencia, "Sin salida" (en inglés "Abduccion") aparece como una manera de pasar el rato con un trhiller en el que un jovencito trata de emular a Jason Bourne con figura, comportamiento y expectativas de un muchacho de instituto de enseñanza media.
Todo comienza cuando ese joven estudiante descubre a través de internet que no es quien cree ser, ni sus padres son lo que pretenden y que además la policía lo pone en busca y captura y unos peligrosos elementos mafiosos del socorrido norte de Europa están decididos a secuestrarlo o matarlo. El asesinato de sus supuestos padres hace comenzar la persecución que durará el resto de la película, tras un comienzo escolar-familiar de lo más previsible y adolescente.
El chico tiene pesadillas recurrentes y así nos lleva a una psiquiatra bastante improbable que se parece mucho a Sigourney Weaver y que resulta ser también una agente de la CIA (esa agencia real debe estar hasta los cataplines de ser la mala o la ambigua en casi todas las películas made in USA).
Todo va pues de niño con padre superagente (desconocido y solo perceptible el ultimo tercio de la peli), madre asesinada, niño protegido por padres falsos- agentes, malo serbio con grandes poderes y lista informatica de agentes dobles que el serbio busca y espera lograr secuestrando al jovencito.
Este, un monado de criatura, se esfuerza poniendo ojos de miope y sonrisa de carátula para hacerse creíble y solo logra hacerse previsible y ornamental. No he visto nada de "Crepúsculo" así que no conozco el nivel interpretativo de los jóvenes que intervienen, pero si todos tienen ese estólido careto que el joven Taylor mantiene durante la película...vamos mal.
Dirige el moreno John Singleton y hay un esfuerzo evidente por crear un personaje que atraiga a las masas de adolescentes y jovencitos. Todo rezuma primera parte de una saga: si Dios no lo remedia tendremos más Taylor en forma de precoz agente secreto (más cerca por el momento de Johnny English que de Bourne).
Hay un esfuerzo en Jason Isaacs (el padre falso en la película) o en Michael Nyqvist (el de Milennium) por no comerse la camara en las escenas que comparten con el jovencito (la Sigourney no se toma ningún esfuerzo, procura evadirse: apenas suman diez minutos sus intervenciones). Alfred Molina hace de sospechoso jefe de la CIA, muy aburrido consigo mismo y su descabellado papel, y Lilly Collins de jovencita amiga con futuro del protagonista, compartiendo una escena de sexo de lo más pazguato y menos excitante, casi una declaración de amor blando o sexo blanco, en la moda de "abstente, se puro hasta el matrimonio" que a veces recorre Estados Unidos de forma hipócrita y efímera.
Todo resulta impostado en este thriller en el que la violencia parece de mentirijillas, no hay sangre por ningun lado pese a la violencia de ciertas escenas y tampoco se respira la paranoia esperable en la trama. Producto descafeinado de un director que prometía mucho --"Los chicos del barrio", "Shaft", "Semillas de rencor"--, muy lejos de su talante rebelde y de denuncia..
El dramaturgo norteamericano Edward Albee, obtuvo su primer Pullitzer a finales de los sesenta por su obra "Un frágil equilibro". Un par de años antes había estado a punto de conseguir el prestigioso premio por otra de sus célebres obras: "¿Quién teme a Virginia Woolf?", pero pese a que resultó ser la obra más votada en las deliberaciones del jurado, no se lo dieron. ¿Por qué? Porque se consideró que la visión crítica, burlona, irónica y devastadora que ofrecía de la sagrada institución de un matrimonio culto en el estilo de vida norteamericano era demasiado dura y ponía en cuestión la eficacia de las instituciones del bendito país. Tal hipocresía tuvo su "castigo" cuando Albee recibió el Pullitzer por "Un frágil equilibrio" en la que se mantenía la brutal disección del desmoronamiento familiar, del orden ético de la clase alta norteamericana (extrapolable a cualquier otro pais de occidente) pero se procuraba no perder demasiado las formas y se
preconizaba --irónicamente-- el mantenimiento de un delicado equilibrio.
Para refocile del espectador avisado, en estos días se puede ver simultáneamente en dos salas barcelonesas las dos obras que provocaron la metedura de pata de los del Pullitzer en su afán hipócrita de presentar al mundo una cara más amable del modo de vida de las clases media y alta del gran país que, por cierto, compagina sin demasiados problemas la hipocresía social y moral con la denuncia más aguda y certera de esa misma hipocresía.
En 1973, Tony Richardson llevó al cine esta obra con las magnificas interpretaciones de Paul Scofield y Katharine Hepburn en los papeles de Agnes y Tobias, la pareja protagonista.
Hoy las contaré lo que fue "Un fragil equilibre" en el teatre Lliure, dirigido por Mario Gas e interpretado por Rosa Novell, Rosa Renom, Albert Vidal, Mia Esteve, Pep Ferrer y Merce Montalá.
La obra sigue manteniendo al público en vilo. A pesar de pertenecer a una época pre-internet en la que aún existían cierto tipo de valores y había un consenso respecto a la importancia de ciertas instituciones tradicionales y determinadas convenciones sociales. No ha pasado el tiempo para este drama en el que todo sigue siendo actual porque, en el sentido de lo que entendemos por "clásico", nos habla de sentimientos, emociones, defectos y temores que siguen vigentes porque son profundamente humanos e intemporales.
La familia que forman Agnes y Tobias (contenida y eficaz Rosa Novell y un Albert Vidal sarcástico y vulnerable), con su multidivorciada hija, Claire, (Rosa Renom un poco excesiva) y la hermana de Agnes Julia (Mia Esteve, convincente como la alcohólica y desafiante cuarentona que esconde en el alcohol sus frustraciones) reciben la inesperada visita de sus "mejores amigos" Edna y Harry (Mercè Montalá y Pep Ferrer, magníficos en sus chocantes papeles) que piden asilo por padecer un inexplicable ataque de pánico que les hace escapar de su propio hogar. Un miedo que podría ser el reflejo de su propia vacuidad (extremo no explicado bien en las intervenciones de la pareja) y que es el pánico a la disolución de la seguridad aparente que da el matrimonio, el hogar o los hijos, cuando las personas se olvidan de ser y se limitan a aparentar, de espaldas a sus sentimientos autenticos. Es decir, justamente lo que les ocurre a sus anfitriones.
No hay más explicaciones. La llegada de los autoinvitados hace estallar el "frágil equilibrio" que mantenía más o menos coexionada la familia. Surgen las amarguras, los reproches y los rechazos en un permanente --como es habitual en Albee-- trasiego de copas y tragos, y no sólo por parte de Julia.
Una primera parte magnífica deja, tras el descanso, todo dispuesto para la caida de ritmo del final, muy a tono con la desvaida propuesta del dramaturgo, que parece haber buscado un final mas o menos "equilibrado" (aunque dejando sutilmente abiertos los interrogantes sobre la viabilidad de la familia).
Creo que es un error haber roto el ritmo de la obra con un descanso posiblemente innecesario. La obra puede acortarse de alguna escena algo reiterativa y no se debería haber roto el embrujo de una historia y unos personjes cuyo contenido y falsamente amable y educado comportamiento van acentuando la tensión en busca de una explosión que nunca acaba de producirse.
El público --tres cuartos de sala, se notó la coincidencia con el partido del Barça y la noche de difuntos, castañas y panellets-- reaccionó con entusiasmo a la propuesta que se desarrollaba en un escenario central, casi en contacto con las primeras fila, acercamiento que favorece la tensión dramática, convirtiendo al espectador, casi, en otro miembro de la familia.
Lo malo que tiene no leerse bien los programas del año cuando uno va a renovar su abono en el Liceo es que, alguna vez, se nos cuela una pieza por otra, simplemente por tratar del mismo tema pero con distinta autoría y minimos cambios en los títulos. Así pues hace unos meses cuando tocaba renovar o no el abono, leí "Fausto" y me imaginé la celebre ópera de Gounod. Estaba muy atareado en otras cosas en esos momentos y lo hice con prisas. Craso error. En lugar de la ópera adquirí entradas para las "Escenas del Fausto de Goethe" de Robert Schumann.
No es demasiado habitual escuchar música coral de este autor en el ambiente liceístico barcelonés. Ni siquiera en el sinfónico, ni por supuesto en el mío propio que se alimenta de Liceo, una buena discoteca y algunos programas de radio y televisión relacionados con la música clásica. Me ha gustado comprobar la esquiva pero brillante belleza de esta música coral que en momentos parecía surgida de la mente genial de Mozart. Las "Escenas del "Fausto" de Goethe", me dicen los conocedores, suponen el más alto nivel alcanzado por el compositor alemán en sus trabajos en el umbral del género operístico. Schumann acentúa el dramatismo de algunas escenas pero se encuentra más cómodo en los momentos líricos donde brilla toda su fuerza evocadora.
La Orquesta sinfonica del Liceo, y su coro, dirigida por Josep Pons, al parecer de este aficionado cronista, no sonó con la contundencia y energía que cabía esperar en muchos momentos y sin embargo no pudo evitar casi tragarse la delicada voz de Ofelia Sala, convincente como Margarita (Gretchen) en su lirismo pero no muy sobrada de voz en los demás momentos que requerían mayor energía y potencial. Fausto (Michael Volle) y Mefistófeles (Günthet Groisseböck) cumplen de sobras, aunque confieso mi predilección por el segundo, quizá porque Fausto no acababa de dar grandeza a sus dudas, ambiciones y temores, mientras que Mefistófeles parecía querer comerse a su víctima y a quien fuese, de paso, dado el vigor y burlona intención que ponía a su voz.
Doy por supuesto que conocéis el argumento del Fausto de Goethe: Se trata del hombre de ciencia, ya anciano y desengañado que decide suicidarse. Pero el diablo esta atento y aparece para ofrecerle un amor con una hermosa mujer, Margarita, cuyo retrato le enseña y lo más importante: le devuelve su juventud. Naturalmente a cambio de su alma. A partir de ahí, un melodrama que enloqueció a los de la época y ahora lo vemos con el mismo distanciamiento que las tragedias griegas o la condena de Don Giovanni entre diablos danzantes.
Pero el alcance literario y filosófico de la obra de Goethe fue fuente de inspiración no solo para Gounod y Schumann, sino para Listz, Wagner y Berlioz, amén de infinidad de cuadros de los mejores pintores y obras literarias lanzadas al conjuro del mito. En el siglo XX tendremos una ópera "Doktor Faustus" de Ferruccio Busoni y otra, "Mephistofeles" de Arrigo Boito que recoge toda la obra de Goethe, mientras la versión de Gounod se centra sólo en la primera parte, los amores de Fausto y Margarita.
"Las escenas del Faust de Goethe" fue estrenada en 1862, tras la muerte de Schumann. Precisa de ocho solistas, orquesta sinfónica, coro y coro infantil. Quizá la parte más grandiosa sea la última, con el brillante "Chorus Mysticus".
Me importa un bledo que haya quien ve en esta película de Enrique Gabriel una remembranza hispana de las "Vidas cruzadas" de Altman --por cierto un esquema argumental que es tan antiguo como las novelas que lo pusieron de moda, sin ir más lejos "La Colmena" del olvidado Cela-- entre tantti altri. Lo más destacable es que es una buena película española, tan digna como la más encumbradas hijas de nuestro Hollywood de cada día, con actuaciones para quitarse la boina y un ritmo y unos personajes que rebosan humanidad, dignidad y crisis. Es otro drama coral, como tantos vistos con anterioridad, sólo que aquí se nos dice algo que nos interesa y se nos dice con oficio, sensibilidad y humor.
Me ha interesado y conmovido e irritado este drama coral de gentes descastadas y desclasadas que conviven a duras penas en un camping en los suburbios de Madrid, la tierra sin límites de las colinas y desmontes de fuera de la capital, feriantes nómadas, un mimo pegado a un retrete, un viejo cantante ruso, un siniestro especulador rey de las trapichuelas, asalariados en huelga, operarios de chapuzas, un intelectual resabiado en el ostracismo y una historia de amor imposible entre una diseñadora arruinada y el citado mimo, único personaje que sabe lo que quiere y vive como desea.
Historias de sangre y nervios, tripas y corazón, en el sentido metafórico por supuesto, humanidades en almoneda, heroicidades de dignidad mancillada, historias en suma para no dormir y que proliferan en esta España nuestra abocada a una crisis de todo, preferentemente de valores, pues "primum vivere"...
Grandeza enntre las basuras de una sociedad desnortada por el materialismo y el desequilibrio neurótico, los personajes son creíbles y nos conmueven, sus historias merecen reflexión antes que compasión, aunque a veces se le vaya la mano al director con capacidades y argumentaciones de personajes que no deberían estar para tales dibujos. Pero bueno, el conjunto cuela, se cuela en nuestra sensibilidad y nos atrae.
El dramaturgo en paro eterno que vive de pasadas y efimeras glorias, junto a una currante de la máquina de escribir a horas (magníficos Emilio Gutierrez Caba-qué gran actor poco aprovechado- y Ángela Molina) llama despreciativamente a sus convecinos "vidas pequeñas" sin al parecer percatarse que en esas pequeñeces estriba la grandeza de muchos.
Los actores, Ana Fernández, la diseñadora arruinada, Roberto Enríquez (el mimo), Asunción Balaguer o Alicia Sánchez, entre otros, consiguen que nos emocionemos con sus vidas, sujetas al dogal de la carencia pero vividas con esa difícil dignidad que la miseria imprime a las buenas personas. Todo narrado de una forma escueta pero eficaz, sin concesiones (incluso en el final abierto de la historia de amor, como cumple dada su imposibilidad radical).
Película tan mínima como las vidas que retrata, pero honesta y algo melancólica. Una visión del otro lado del espejo, retrato certero de un momento, este, en un país que sobrevive a duras penas. Es como un Berlanga de nuestro tiempo. Y eso es decir mucho y positivo de una película que nos hace reflexionar y que nos deja con el ánimo cohibido.
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Tercera versión (!tercera!) de una película estrenada en 1951, producida por Howard Hawks e interpretada por Dana Andrews. Aunque es la segunda versión dirigida por el gran John Carpenter en 1982, un fracaso al principio que devino una pelicula de culto con el paso de los años, la que se lleva la palma. La tercera, que acaba de estrenarse está dirigida por Marrhijs van Heijningen y no nos dice nada interesante ni mejor filmado que la de Carpenter.
La actual se presenta como una precuela del filme de 1982, cuando en una base noruega se inicia el contacto con "la Cosa" (que luego diezmará a los de la base antartica norteamericana que lidera Kurt Russell bajo las órdenes de Carpenter). En la nueva versión el héroe será heroína, la competente Mary Elizabeth Winstead y se carga las tintas en la agresividad del monstruo más que en su inteligencia de sobrevivencia. Una muestra más de la moda de filmar remakes de cintas de horror o de intriga que están asediando los cines en un intento de reverdecer viejos éxitos (o de la falta de imaginación de muchos guionistas).
"La cosa 2011", es una película que, si uno se olvida de su ilustrre antecesora, puede verse como una más de la serie B, con una saludable fuerza de impacto, el uso razonable de efectos especiales digitales que, curiosamente, no mejoran la imaginería artesanal de Carpenter. En realidad ambas beben de "El enigma de otro mundo", primera versión de "La cosa" dirigida por Christian Nybyl y producida por Hawks, puesta en imágenes de un relato de John W.Campbell "Who Goes There".
El argumento ya lo conocen, sin duda: una nave alienígena es hallada en un remoto lugar de la Antártida. Al parecer lleva enterrada entre los hielos miles de años. Junto a ella hay el cadáver congelado de su tripulante. La criatura, descongelada, está viva y tiene el poder de replicar celularmente a cualquier ser.. El alien entra en acción y va mutándose en algunos de los miembros de la estación polar, con lo que nadie sabe si el compañero es humano o ya está clonado. La angustia, el miedo, las sospechas y las muertes violentas crean un clima clasutrofóbico y brutal en el recinto cerrado de la estación y la salvaje soledad del ártico bajo una inmensa tormenta de viento y nieve. Esa situación paranoica, que se vuelve psicótica, es el gran logro de Carpenter y está más o menos implícito en la nueva versión.
Se echa de menos la banda sonora de Ennio Morricone (con Carpenter), pero la fotografía de los parajes extraordinarios de la Antártida, --asi como los rodados en otras localizaciones y los interiores,en un estudio debidamente climatizado--, es magnífica pese al tenebrismo obligado de muchas secuencias.
Entretenida y sugestiva si te acercas por primera vez a "La Cosa".
A veces, dentro del magma cinematográfico que proponen los del ramo, con mayor o menor fortuna (casi siempre con la mínima) surge alguna película que apenas rebasa criterios de cierta calidad y que, indefectiblemente, nutren las listas del mercado directo de DVD, sin que lleguen a verse en pantalla grande.
Cold Fusion es una de ellas. La propuesta es interesante como thriller pero desaprovechada como tal, las interpretaciones no suelen ser destacadas, los actores y actrices de segunda fila, aunque, como en este caso, los efectos especiales y el argumento logran sugerir un escenario inquietante que da lugar a reflexiones seguramente más profundas y pertinentes de las que muestra o merece la cinta.
Asistimos a una propuesta en un tema que ha movido mucha tinta y mucho cine desde hace años. Se nos cuenta algo real, el avistamiento de un ovni en territorio de la antigua Unión Soviética (en 1979). A partir de ahí la ficción toma el lugar del historiador o del periodista y se nos dice que un escuadron de cazas MIG 23 logran abatir el ovni con un misil aire-aire. El ovni y sus ocupantes son llevados a un área secreta rusa (semejante a la famosa y controvertida área 51 de los Estados Unidos.)
Los investigadores comienzan un trabajo que no se cuenta pero uno de cuyos resultados son brutalmente visibles para el espectador. El uso de una porción de combustible de la nave (elementos de fusión fría) como arma letal y de una fuerza y un poder destructivo superior a todo lo que se conoce actualmente, dan el motivo causal de una trama conspirativa a nivel mundial. Han pasado los años y el equilibrio de fuerzas geopolítico ha cambiado. De entrada ya no existe la Unión Soviética y el área secreta militar está en otras manos. Las de un grupo de halcones rusos y norteamericanos --se insinúa que es la CIA, claro-- que ponen en marcha un diabólico plan para acabar con el mundo tal como lo conocemos y lograr el poder absoluto.
Aquí todo se ha salido de madre y la moda de las tramas paranoides se establece como un principio indiscutible. No importa que la lógica de los acontecimientos haga agua por todas partes, la acción es trepidante y los actores deambulan con no mucho convencimiento por un escenartio lleno de organizaciones para estatales, malos perversos atacados de megalomanía y una factura de estilo James Bond descaefinado.
El evento está protagonizado por Adrian Paul, Michelle Lee y Mike Straub que componen personajes planos, expertos en artes marciales y romos de ideología o sentimientos que superen un poco la profundidad del videojuego
Son 83 minutos que a los aficionados a los thriller no les dejarán demasiado mal sabor de boca aunque les proporcionarán ejemplos de la asombrosa capacidad del cerebro para olvidar todo lo que se ha visto en esta película.
Pese a ser un tipo de cine muy alejado del de su padre Francis Ford Coppola, su hija Sofia, que ya dio muestras de su buen hacer en "Las vírgenes suicidas" o "María Antonieta" pero sobre todo en la excelente "Lost in traslation", muestra una coherencia de estilo --en esta ocasión poco logrado-- que su famoso padre ha perdido casi totalmente en sus últimos títulos, de los que mas vale no guardar memoria.
La última apuesta de Sofía, "Somewhere", que se llevó un sorprendente Leon de Oro en Venecia el pasado año, llega con un retraso poco lógico (¿o quizá no?) a nuestras pantallas y nos revela en la vida vacía de un actor de segunda y la sosegada revolución que supone la llegada de su hija de doce años. La película aparece al principio como una apuesta singular y subyugante que ya hipnotiza al espectador con la secuencia inicial en la que una cámara fija, fría y objetiva, sin intencionalidad visible, capta la aparición y rauda desaparición de un coche deportivo de alta cilindrada en un bucle de carretera que sin duda es un circuito, ya que pasa una y otra vez, cinco o seis pases, ante la cámara estática. Cuando el coche se detiene frente a ella, al fin, nos deja ver al conductor, un hombre aún joven, con tejanos y un cuidado desaliño, que se queda junto al coche fumando un cigarrillo.
A partir de aquí, la cosa decae sustancialmente y asistimos a la vida lujosa, vacía, sexo, alcohol, soledad en suma, de un divo de escasa valía --como tantos jóvenes fatuos encumbrados momentáneamente por el marqueting de Hollywood-- que vive su privilegiada vida de actor más o menos conocido con un vacío emocional casi absoluto, rodeado de gentes del medio cinematográfico tan carentes de fuerza vital como él, absolutamente encerrado en un mundo interior de encefalograma plano.
Sofía Coppola domina, sin duda los elementos de su técnica cinemtográfica, encuadres, composición, ritmo, puesta en escena, dirección de actores, pero el producto va congelando al espectador en el propio frío lleno de vacuidad y sin vibración humana del ambiente que nos retrata, sesion de fotos, maquillaje, fiestas y sexo abundante. Como en el arranque de la pelicula, el Ferrari dando vueltas sin ir a ninguna parte, el fime cursa su primera mitad con un actor "de lujo" que no va a ninguna parte y de hecho, tampoco está en algún sitio que le de un sentido a su vida.
Una cierta catarsis nos la propone la directora con la aparición de la hija del actor a la que su madre "aparca" en la casa de su exmarido con la intención más o menos evidente de seguir con una vida propia muy semejante a la de él. La relación comienza con la imposibilidad de una comunicación, el actor absorbido por su vida sin profundidad de plano perfil humano, y una adolescente que trae a su vida un poco de calor de hogar, de cuestionamiento de la vaciedad vital y de futuro abierto.
Stephen Dorff da un perfil excelente del actor vacío que consume los ultimos años de juventud y atractivo y la jovencísima Elle Fanning como su hija Cloe, le roba la escena a cada momento y le da un cierto vitalismo a la película, en la que las emociones del protagonista apenas logran conmovernos o llegar a comprenderlas (la secuencia del actor llorando, agarrado al teléfono, mientras mantiene una balbuceante conversación con la madre de la niña, apenas supera el grado de enigmática o superflua).
La película se vuelve espesa, carece de la fresca oferta humana de "Lost in traaslation" y no acabamos de encontrar lógica o coherencia en la planteada renuncia final de protagonista (deja su Ferrari en una carretera solitaria con la llave puesta) y sigue su camino, ¿hacia donde? con una sonrisa inexplicable). Ahi se muestra la falta de voluntad narrativa de la Coppola, inteligente pero fría, que firma una obra no carente de interés, pero que parece contagiarse del frívolo vacío aburrido del protagonista que, como ocurre en la secuencia de la rueda de prensa, se ve incapaz de responder sobre su identidad, sus deseos y su vida real. No nos cuentan como son las personas que rodean al actor y a su hija y los secundarios carecen de relevancia alguna, no sabemos qué hacen allí ni cual es su historia, son muñecos cuya utilidad desaparece al salir de encuadre.
La critica al mundo del cine y en concreto a las figuras que ensalza Hollywood, es pasiva y poco relevante. El conjunto queda poco definido y la película deja la sensación de el producto de una directora con talento pero sin demasiada alma, un café demasiado aguado o una tostada demasiado grande para la escasa mantequilla de la que se dispone.
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Vaya por Dios...incluso el avispado y entrañable Tom Hanks, uno de los mejores actores de su generación, puede pinchar en vacío. "Larry Crowne" (que en nuestra obviamente pedagógica España se ha subtitulado "Nunca es tarde") es un comedia fallida, que se ve con agrado debido a las presencias de un Hanks y una Julia Roberts, divertidos con sus papeles aunque un poco demasiado tiesos (es decir poco o nada convencidos de lo que hacen), pero que dejan la impresión de que podía haberse sacado más partido del argumento, que se debería haber sacado un poco mas de dramatismo real a tenor con la difícil época que vivimos, sin dejar por ello de ser una buena comedia.
Hanks hace un previsible papel de trabajador bueno, concienzudo, honesto, espabilado y elemental que es despedido de su empresa porque carece de estudios superiores y no se le puede promocionar. Entonces decide emprender estudios en la universidad local cuando la falta de trabajo decente, la presión bancaria en una hipoteca brutal y la consiguiente pérdida de su hogar le hacen replantearse su vida.
Uno alucina cuando comprueba el funcionamiento de "esa" universidad local donde, mira que bien, da clases de Oratoria una espléndida y madura Julia Roberts que, contra todo pronóstico, se enamora de su alumno más "brillante", el desclasado Hanks, que además se convierte en el proyecto cambio-de-look de una jovencita atraida por el maduro estudiante.
Todo previsible, imposible o al menos poco probable. Es como si una pelicula con vocación de seriedad se contagiara hasta el aburrimiento de una de esas películas de adolescentes o jovenes primarios cuya maxima aspiración no pasa de ser la mínima sobrevivencia al minimo esfuerzo.
Algun momento con chispa, escasos, y uno tono general amable que no logra alterar las pocas secuencias que nos hablan de la realidad tal cual es, el egoísmo criminal de ciertos directivos de las empresas, el matrimonio de la Roberts con su esposo ridículo salido de un cómic feminista, la ignorancia supina de los "universitarios", la crisis encarnizada con los más débiles...Una especie de revisión en clave "jocosa" de "El club de los poetas muertos" que no acaba de funcionar.
La moraleja, una y otra vez insinuada es que, a pesar del paso del tiempo y de las incidencias desagradables que la vida te hace padecer, siempre hay tiempo para mejorar. Y asi un hombre digno y maduro puede convertirse en un "triunfador" vestido de jovenzuelo a pesar de las arrugas y que pertenece a un grupo de moteros y mantiene un rollete con su profesora. Penoso.
El argumento es, como la dirección y producción, del gran Hanks, aqui francamente disminuido, con la "brillante" aportación de Nia Vardalos, de la que hablamos hace poco con "Mi vida es una ruina" y "Mi gran boda griega", una mujer actriz-directora-guionista, cuyo éxito me llena de asombro, pero respeto.
No hay evolución psicológica en los personajes, desde su perfil plano (casi de lobotomía), todo resulta insustancial a pesar del drama del despido, el divorcio y la pérdida de la casa, no hay sentdio critico a la enseñanza o al sistema laboral o a la incuria juvenil o a los maduros "colegas" de jóvenes poco reales.
En resumen, patinazo vestido de película seguramente alimenticia para los bolsillos de Hanks y Roberts, pero que deberían tachar de sus respectivas filmografías.