Bueno no llega a la infatuada tontería polícroma de "Vicky Cristina BARCELONA", esa postal juguetona e irrelevante que el gran Woody se sacó de la manga para ayudar a llenar el bolsillo, pero "Midnight in Paris" es como un juguete juvenil dedicado a otra ciudad-postal en el que además se nos juega con el tiempo y las grandes hombres del pasado reciente en torno a una cultura específicamente americana en París.
Me declaro admirador de W.A., aunque no fanático de su cine. Me parece entrañable ese hombrecito acomplejado e inteligente capaz de reirse de sí mismo mientras se cuestiona los grandes temas de la humanidad con la sonrisa traviesa y el ingenio de Groucho, el más inteligente y divertido de los Marx (incluído don Carlos y que me perdonen los puristas). Pero W.A. comienza a tener unnos años y como todo el mundo comienza a repetirse, a autoplagiarse y, lo que es peor, a tomarse en serio. Ya se que la edad no perdona y este Peter Pan judío debería dejar de mirarse en el espejo tramposo de su nostalgia y ponerse a la tarea de hacer algo distinto y no un poco más de lo mismo y un poco peor de lo habitual.
Hay un juego de desfachatez juvenil en esta última película de Woody. Sí juvenil, mi octogenario amigo. Una comedia romántica, con una pareja de norteamericanos que deambulan, sobre todo él, por el Paris de postal nostálgica de los años 2o y toda la parafernalia cultural de esa época, los desencuentros amorosos que esa actiutud escapista provoca y la presencia de los padres de ellas y unos amigos ridiculos, no acaba de interesarnos en ingún momento. Su rejuego cachondo con sus figuras literarias y artísticas de cartón-piedra, desde un improbable Hemingway que trata de hablar como sus libros y solo hace el ridículo, unos Zelda y Fitzgerald patéticos o un Lautrec y Gauguin que te sonrojan de verguenza ajena o una Gertrude Stein que te hace aullar de banalidad, tienen la desverguenza osada de un alumno de primera de una escuela de cine de segunda. Vamos, don Woody, déjese de pendejadas y no se hunda en lo fácil. Déjese de viajes turísticos, por ciudades hermosas, de personajes nacidos de su propio yo de hace unos decenios, con sus gestos y su verborrea sincopada e ingeniosa, haga una película que nos reconcilie con el autor de Manhattan, Anna y sus hermanas y tantas otras que siempre tenían una forma distinta y divertida de decirnos siempre lo mismo.
Esta película, interpretada por un Owen Wilson que nunca acaba de creerse que es Woody Allen, no nos convence de nada, ni siquiera de que es divertida. Y eso que hay que ser mucho Woody Allen para hacer que las cortas intervenciones de la bella Carla Bruni, la esposa del presidente Zarkozy, no nos resulten peligrosamente innecesarias y postizas. Oigan, si necesitan una dosis de W.A. recurran a la filmoteca de ese genio incomprendido en Estados Unidos que comienza a ser demasiado comprendido en Europa. Woody, estrújate las neuronas un poquito. Tu puedes.
Comenta este artículo …


La podía haber escrito Esquilo, o Sófocles o Eurípides...o Teeneesse Williams. Pero no, es la obra de un dramaturgo canadiense de origen libanés llamado Wajdi Mouawad. Aunque no se trata de teatro filmado, sino de cine puro y de una calidad tal que eleva el listón de las mejores películas del año. Dirigida por el director canadiense Denis Villeneuve, "Incendies" es cine denso, profundamente humano, trágico sin estridencias ni truculencias, realista, austero, con una cámara que pasa del movimiento sincopado de un reportaje de guerra a la morosidad y delicadeza, a la sensibilidad fílmica de un Bergson.
"Los chicos están bien", dirigida por Lisa Chodolenko, e interpretada por Julianne Moore y Annete Bening como la pareja de lesbianas que tienen un hijo cada una concebidos gracias a un anonimo donante de esperma (el mismo para las dos, un excelente Mark Ruffalo) es una cinta agradable, sincera, que trata de un asunto que podria convertirse en melodrama barato con una delicadeza y una contención magistrales.
Dirigida por Xavier Beauvois, con guión del propio director y de Etienne Comar, "Des hommes et des dieux" , interpretada por, entre otros, Lambert Wilson, como el padre abad, Jacques Herlin, Xavier Maly, el monje que ya no oye ni su propia voz vocacional y un increíble Michael Lonsdale, cada vez más dueño de su arte y su magnética presencia, como el monje médico, se conforma como una película fuera de lo habitual, como así lo entendió el Jurado de Cannes que la premió y que está teniendo una trayectoria impresionante en Francia y muy intensa en España (gracias sobre todo al boca-oreja y a una critica rendida ante su calidad).
pequeña huérfana Simone (muy apegada al padre fallecido) y el enorme árbol que extiende sus ramas sobre la casa y la rodea con sus raíces. La niña asegura que su padre le habla a través del árbol, al que Simone adora y entre cuyas ramas se esconde cada día. Poco a poco el protagonismo del árbol crece en la psique de la niña y en la imagen y el desarrollo de la película. Con gran maestría la directora evita las connotaciones mágicas o telúricas que el tema ofrece y gracias a Dios no hay voces ni sonidos raros, sólo el viento entre las ramas, los pájaros, la hermosa naturaleza que les rodea.
Reconozco que no he seguido la saga de los X-Men, los superhéroes mutantes nunca me han atraido y su estética de comic me cansa, me he quedado con "Up" o con "W-allee" y tanto los Panda kung Fu como los demás especímenes surgidos al calor de los dibujos siempre me han dejado frío. Sin embargo en esta ocasión, esta "precuela" (lamentable palabro) de la historia de los mutantes me fue recomendada por un cinéfilo en que confío. Dirigida por Matthew Vaughn y solventemente interpretada -a pesar de los disfraces rígidos que les impone el guión- por el añorado intérprete de "Expiación", James Mcaboy y Michael Fassbender en el papel de "Magneto" y un Kevin Bacon como convincente "malo" filonazi, la cinta convence, entretiene y hace pensar en algún momento (sin más, no hay que pedir peras al olmo).
Una película griega de 2003, "Politiki koucina", estrenada en España con el título "Un toque de canela" y dirigida por el director y guionista griego Tassos Boulmitis, me pasó inadvertida en su momento y la he recuperado casualmente hace unos días tras su pase en una de las cadenas nacionales, sin las molestas interrupciones publicitarias y en el encanto inexpresable que da una tarde de relax, en la soledad del hogar, con un libro en las manos que dejó de interesarme ya desde las primeras escenas. Esa es la magia del cine: de pronto abre una caja de sorpresas en las que la delicadeza argumental, la gracia expositiva, unos actores desconocidos en estado de gracia y un afortunado tratamiento visual nos reconcilian de pronto con el mensaje básico del cine: permitirte abrir una ventana más en tu vida y llenar tu alma y tu sensibilidad de mensajes eternos, sin pretensiones, sin excesos, con la naturalidad y la belleza de las cosas cada día, de los dramas banales y tiernos de la gente, con la casi imperceptible perfección de los sentimientos y las emociones en estado puro.