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1 enero 2012 7 01 /01 /enero /2012 09:47

el-topo-cartel-final.jpg 

  Cualquier tiempo pasado fue mejor. Con la guerra fría espiábamos mejor, todo estaba más claro, los buenos y los malos. Estos tiempos han cargado de comillas las calificaciones morales (aunque olvidemos que siempre ha habido comillas en esas calificaciones). En la versión ajustadísima y respetuosa de la novela de Le Carré que hace Tomas Alfredson, recuperamos el nostálgico sabor de cuando el Circus era el centro neurálgico del espionaje occidental y Karla su maquiavélica réplica rusa.

Película de tibiezas y oscuridades matizadas, el mundo delicadamente cruel del universo de Le Carré, oficiado por un George Smiley (magnífico Gary Oldman) cansado, retirado y estoico, renueva una vez más la dureza del mundo de los espías y de la llamada "inteligencia", de sus miserias y poder obsceno, de sus errores humanos y debilidades miserables, de sus heroicidades ocultas y rutinaria mediocridad, y uno no puede dejar de rememorar las lecturas del maestro Greene y más lejos, del Maugham del "Agente secreto".

Se palpa el respeto literario por el personaje de Le Carré no sólo en la austera interpretación de Oldman sino en la parafernalia del Circus donde el poder camina por la cuerda floja de los intereses nacionales y el interesado ocultismo de las rivalidades entre los dos bloques. Hay un canto nostálgico al pasado que Smiley acota secamente en una secuencia junto a una excompañera de trabajo, sentimental y nostálgica, para recordar que entonces habia una guerra y la verdad es que también existe esa guerra en el momento que se nos narra, aunque larvada, subterránea e hipócrita.

Usando a menudo el flash back, Alfredson nos da pinceladas de aquél Circus de antaño, del juego de pasiones que entrañaba, de sus fiestas, sus traiciones y sus alianzas, sus relaciones amorosas, la homosexualidad de algunos y los heteros totalmente desmadrados, excepto el fiel y lamentable Smiley, enamorado de su mujer Ana, hasta el delirio masoquista. ¿Estaba todo más claro entonces? No parece dar esa impresión la película que acaba con un Smiley vuelto al trono, con una vacua sonrisa en un rostro que nunca sonrie. Hay en Smiley-Oldman una dureza y un dolor agazapado que se resuelven en silencios imperturbables, en una cierta incomodidad que se comunica al espectador, como si el veterano agente ya estuviera más allá del bien y del mal.

Los demás personajes van lidiando con la soledad y los sentimientos traicionados al ritmo de la musica hipnótica de Alberto Iglesias que dan un contrapunto inquietante a las secuencias, desde Budapest o Estambul hasta los pasillos desangelados y los despachos oscuros del Circus y terminando con una canción de Trenet orquestando el final de la nostalgia y el ajuste de cuentas.

La presencia del "topo" que va socavando el Circus en sus niveles más altos se va concretando en la intensa búsqueda de Smiley, trufada de recuerdos y pesares y lo hace como si nos lo contaran en la primera versión de la novela en los cines, que dista de 1979 o de la serie que facturó la BBC hace años que respetó el titulo original de Le Carre, "Tinker, tailor, soldier, spy" (Calderero, sastre, soldado, espía). Ese aire retro es un logro del director, el sueco Alfredson, que hace esperar con interés próximas realizaciones.

La amargura que destila la  victoria de Smiley se refuerza magistralmente en una penúltima secuencia, la del maduro agente entrando en su casa y descubriendo en el salon a su infiel esposa que ha regresado --culpable, y aún así, totalmente desconocida para el espectador-- al hogar y al matrimonio. Y que es aceptada, tras la crispación de la mano del Smiley-Oldman sobre la barandilla de la escalera al verla, con una caricia leve sobre el brazo de ella.

Así pues, nada mas lejos de la glamurosa presencia de Bond o de Bourne, nada de peleas olímpicas o artilugios perfectos: solo el mundo siniestro, mezquino y burocrático de las oficinas y despachos del Circus, sin un "M" poderoso e inmarchitable, sin permisos para matar, sin malos de cuento de niños sádicos, sólo funcionarios grises aunque elegantes que cometen demasiados errores.

Colin Firth, con su elegante y frio desparpajo, John Hurt, Toby Jones, Ciarán Hints, Tom Hardy, entre otros, complementan un reparto magnífico. Una estimable película que estimulará a los cinéfilos que no busquen en el cine la comercialidad y la brillantez aparente. Una película en suma que hay que ver tras leerse la soberbia novela de Le Carré. Una vez más.

 

 

 

Todo visto desde unos metros, sin que este genial director, permitiera que la camara se acercara. Alfredson reinventa el cine de espías por encima de las tramas y las complejidades de los servicios secretos, sus herramientas y sus héroes y sicarios. Nos devuelve el temblor de lo  humano y la profundidad de los sentimientos, de la forma más sobria y austera posible.

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31 diciembre 2011 6 31 /12 /diciembre /2011 08:50

el-gato-con-botas-cartel-2.jpgBueno, el mercado tiene sus leyes. Lo malo es que a veces nos suele sorprender o lo que es igual, siempre se nos escapa algo que cambia las previsiones. Así los realizadores de "Sherk" han estado exprimiendo el limón de la franquicia con mayor o menos éxito y siempre con grandes beneficios, con lo que era de esperar que a alguien --Chris Miller-- le diera por sacarle partido a uno de los personajes mas encantadores de la saga, el gato-Banderas- con botas.

Vaya por delante una aseveración: no está mal. El producto está realizado con dignidad, con gracia y con bastante inventiva, a pesar de la previsibilidad de la mayoría del argumento. Pero hay secuencias con garra, desde la infancia del gato en el horfanato hasta la relación con Kitty, la gata ladrona --Helma Sayeck-- solo que aún así no logramos enganchar con el trepidante ritmo de la cinta ni logramos que el huevo-malo-traidor-bueno reconvertido- Humpty Dumpty, robado de "Alicia", nos acabe de caer simpático en ningún momento. Por esta causa o por otra, terminamos de ver la pelicula sin ninguna sensación memorable, como las que suelen regalar otras joyas animadas desde Toy Story a los mismos Shrek, "Up" y el primer "Car" (el 2 ha pinchado también en taquilla) o el ya lejano pero inolvidable robot Wall-e.

El gato logra su objetivo con el inmarchitable gracejo simpático de Antonio Banderas, pero se queda bastante solo en su propuesta, animado de vez en cuando con el desparpajo de la gata, que da pie a numerosos guiños destinados al publico adulto, un acierto habitual en las animaciones de Dream Works (entre ellos los destinados a recordar a los cinéfilos el "sello" épico de Banderas-Zorro). Pero si la técnicas y las "interpretaciones" dan lo necesario, ¿qué es lo que falla". Quizá el argumento.

Veremos en la próxima --seguro que iniciamos franquicia-- si se esmeran más los guionistas, porque el personaje tiene cuerda para rato. Quizá Dream Works debería robarle --o pedirles prestado-- un par de guionistas a Pixar.

 

 

 

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29 diciembre 2011 4 29 /12 /diciembre /2011 08:08

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Tiene naturalmente sus detractores y los que tratan de minimizar un éxito a todas luces merecido, pero la impresión general que deja este filme, incluso o sobre todo a los cinéfilos, es que se trata de una gran película y que tanto el director Hazanavicius como el protagonista Jean Dujardin (una de las más perfectas y creativas creaciones miméticas, uno cree estar viendo al bailarín y actor norteamericano Gene Kelly redivivo) han rizado el rizo de la excelencia.

El director no ha tratado de "copiar" el cine de los años veinte, sino de realizar una propuesta muy inteligente sobre ese cine pionero pero con el reto del silencio como un inesperado y nada gratuito homenaje a aquél cine irrepetible. Es decir, planteamientos de hoy para un cine de ayer, aunando la actuación de actores en estado de gracia (con especial mención al citado Dujardin y en menor medida a Berenice Bejo y al siempre eficaz y sobrio John Goodman) con una puesta en escena magnífica y respetuosa, pero no con  afán de copia, insisto, sino de re-creación. Y esa voluntad de no imitar sino trascender es lo que hace de esta película un reto y un logro. Reto porque la apuesta era demasiado alta y corría peligro de quedarse en una silente nostalgia al estilo de "Cantando bajo la lluvia", "Inserts" o "El crepúsculo de los dioses" y tantas otras. Y un logro porque logra entretenernos con fuerza y conmovernos con profundidad usando una herramienta obsoleta, el silencio y la musica omnipresente.

Uno ve en el drama de ese actor que lucha contra el progreso y la realidad la historia de los Chaplin, Keaton, Fairbanks y tantos otros que quedaron en la cuneta del tiempo pasado mientras el cine pasaba a su lado en un incesante viaje hacia la modernidad.

La historia de amor entre el histórico actor maduro y la joven actriz que crece a tenor con el nuevo cine es el símbolo de una lucha incruenta que produjo muchas víctimas, aunque aquí se nos compense con un final feliz que debe haber puesto los dientes largos a Hollywood, una industria que ve como la vieja Europa se le adelanta en un homenaje sensacional al cine que ella inventó. Y Hazanavicius lo hace más difícil todavía, ya que evita las negruras éticas de Wilder y nos regala un drama vestido con el disfraz de la comedia, del humor y de la ternura. Hay mucho talento en ese director y mucho entusiasmo en todo el equipo que ha hecho posible esta película absolutamente necesaria.

No se pierdan, pues esta película, oberven con atención todas y cada una de sus secuencias, la pulcritud técnica, la fotografía en blanco y negro que recuerda la luminosidad del nitrato de plata, la excelente banda sonora... elementos todos que tampoco hacen olvidar, aunque si perdonar, el excesivo metraje, la previsibilidad argumental y algun que otro exceso de actuación.

Sin embargo la presencia mágica de Jean Dujardin, con su interpretación alucinante del gran actor del cine mudo, merece por si sola el visionado de este filme que, a pesar de haber conformado un hito en el cine de hoy, por su propia esencia creo que es irrepetible. Ha abierto una puerta efímera. Cualquier otro intento en este camino, sería reiteración.

  

 

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27 diciembre 2011 2 27 /12 /diciembre /2011 10:00

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 Una nueva vuelta de tuerca al tema de la juventud eterna y el precio que hay que pagar por acceder a ese privilegio. Ya en "La fuga de Logan" dirigida en 1977 por Michael Anderson, los supervivientes de una catástrofe que ha diezmado la Tierra viven en una ciudad situada en el interior de una cúpula gigantesca. Allí, la edad está limitada a los 30 años. Logan 5 es miembro de una unidad especial de policía. Su misión consiste en capturar a los ciudadanos que en un intento desesperado de vivir más tiempo, tratan de escapar como sea de la ciudad. Cuando los ciudadanos pasan de los treinta años son eliminados en una ceremonia comunitaria de apariencias religiosas. Michael York la protagoniza y está basada en una novela de Nolan y Clayton.  

El film obtuvo el Oscar a los mejores efectos visuales en 1978. También en "Zardoz" la revolucionaria cinta dirigida en 1974 por John Boorman  e interpretada por Sean Connery y Charlotte Rempling, la cuestión de la eterna juventud de  unos pocos motiva la rebelión de la mayoría. A finales del siglo XXIII, en la tierra sólo sobreviven dos razas humanas: los inmortales contituyen una casta privilegiada, no envejecen y llevan una vida placentera; la otra raza vive primitivamente y sólo confía en Zardoz, el dios que veneran. Zardoz elige a unos cuantos hombres, les entrega armas y los adiestra para enfrentarse a los Inmortales (una especie de versión apocalíptica de "El mago de Oz").
Zardoz-842694-full.jpg
En cuanto a "In time", titulada muy apropiadamente en Hispanoamérica "El precio del mañana", los seres humanos dejan de envejecer a los 25 años. A partir de esa edad, el poder interviene y programa todos los cuerpos-mediante un reloj incrustado en el antebrazo- para vivir sólo un año más, a menos que el individuo compre, gane,herede o robe tiempo. Todo se paga con tiempo, segundos, minutos, horas, semanas, meses... Esa es la moneda, la economía global, las finanzas, de ese angustioso mundo, donde sólo los privilegiados de siempre disponen de tiempo a su placer, décadas y hasta siglos. Y siempre con 25 años. Mientras la mayoría, los ciudadanos del montón, trabajan desesperadamente para ganar sus salarios... en tiempo, aunque necesariamente el fin siempre les alcanza o les roban el tiempo que tienen. 
El actor-cantante Justin Timberlake (de momento no he logrado ver sus dotes de lo primero) interpreta a uno de esos pobres condenados --con un aspecto copiado de Jason Statman-- a la muerte después de los 25 años, que tiene la suerte de recibir de regalo cientos de años de un millonario hastiado de vivir que decide suicidarse. A partir de ese momento la trama se hace cada vez más previsible y disparatada, pero al mismo tiempo de una fuerza visual dinámica y ritmo endiablado, en el que no se nos deja tiempo para pensar ni resquicio alguno para la critica filosófica de la propuesta. Lo malo es que tampoco la trama permite que se presente una mínima conclusión digna de la calidad de la propuesta inicial. Todo se diluye en la acción, la arbitrariedad y la falta de coherencia intelectual con la premisa. Se convierte en un ejercicio de  -mal- estilo que sólo divierte a los que le piden solo diversión al cine. En el escaparate, unos actores y actrices muy "fashion", elegantes, jóvenes y hermosos, pero que actúan como maniquíes articulados.
Dirige Andrew Niccol, que mostró mucho mejor sus brillantes capacidades en cintas como "Gattaca" (1997), "El show de Truman" (1998) o "El señor de la guerra" (2005), todas ellas planteadas de una forma eficaz y elegante sobre temas tan interesantes como la invasión de los medios en la vida privada, el control y manipulación genética de nacimientos o el armamentismo como negocio global. Demosle un voto de confianza, con esos antecedentes.

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26 diciembre 2011 1 26 /12 /diciembre /2011 08:52

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 En 1910, nada menos, se fecha la primera versión que el cine daría de una novela sensible y algo lacrimógena de la mayor de las hermanas Brontë, ese fenómeno familiar literario que Inglaterra exporta como el roast beef y el puré de patatas o el fish and frites. Charlotte Bronte, como sus hermanas, de vida breve, publicó en 1847 esta novela, repitiendo el éxito que su hermana Emily obtuvo con "Cumbres borrascosas" ese mismo año.

Lo cierto es que la vida de la joven Jane Eyre (Mia Wasikovska, cada vez más sensible y ajustada a sus papeles) y su profundo amor por el irascible y terco

señor de la casa, Edward Rochester,  donde ejerce su cometido de institutriz  (Michael Fassbinder, muy lejos del Jung de "Un método peligroso" pero igualmente eficaz), sigue conmoviendo a los espectadores a pesar de dar la sensación inevitable de que ya nos conocemos de sobra la historia (una treintena de adaptaciones entre el cine y la televisión).

Por tanto para constituir de alguna manera una novedad deseable, el director Cary Fukunaga, debía ofrecernos un punto de vista nuevo, una forma de filmar distinta y novedosa, en fin algo que justificara pagar el precio de la entrada para volver a ver un clásico como este. Pues bien, a mi parecer Fukunaga, que mueve a sus dos excelentes actores y los secundarios con serena maestría y consigue una escenificación en ambiente y vestuarios realmente magnífica, logra su cometido: esta versión de Jane Eyre es, dentro de su consciente austeridad, una de las mas fieles que he visto al espíritu y la letra de la inmortal novela.

Sin hacer sombra a aquélla versión sobresaliente de Joan Fontaine y Orson Welles (1943), la actual logra ser "otra cosa" y no desmerecer en absoluto el nivel de su ilustre antecesora, muy por encima de la versión pomposa de Zeffirelli en 1996. Su fidelidad a los parámetros  de la novela es muy alentador. Quizá, como hombre de letras, suelo echar en falta unas fidelidades a las que con demasiada frecuencia vence el deseo de innovar o de dar una imagen actualizada y manipualada de una historia romántica que pide a gritos el blanco y negro resplandeciente de los años cuarenta y una cámara experta  en primeros planos. Un clasicismo respetuoso hay en Fukunaga, servido por una cámara subjetiva que acentúa la emocionalidad de lo que narra, alejándose de la frialdad de la puesta en escena habitual para tratar los clásicos literarios. Los personajes tienen dimensión y el espectador ve en los ojos de la Wasikowska, en los gestos de Fassbender una profundidad emotiva que carga de fuerza las secuencias. A no mucha distancia de la pareja protagonista, también están formidables los personajes encarnados por Jamie Bell y por la incombustible Judi Dench.

La dura historia personal  de Jane Eyre, con hincapié en el periodo que pasó en un horfanato (detalle autobiográfico de la Brontë) y la recta, invencible, digna e indomable  actitud que la muchacha toma ante los problemas que le rodean, los malos tratos y los intentos de humillarla o de arrebatarle su dignidad, van envolviendo al espectador en un ambiente sórdido pero brillantemente filmado, sin truculencias o dramatismos formales. Vale la pena, no se la pierdan. Y, si pueden, lean primero la novela. Comprenderán la razón de mi entusiasmo.

 

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25 diciembre 2011 7 25 /12 /diciembre /2011 08:54

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 Dirigida por un guionista que quiere pasarse a las filas de la dirección, "Mañana cuando la guerra empiece" adapta una serie, ay Dios, de novelas de John Marsden, en las que un grupo de jóvenes superficiales y bien nutridos acaba convirtiéndose por la fuerza de las circunstancias en un grupo de resistencia de élite contra una fuerza enemiga --estamos en Australia, garantía de bellísimos paisajes-- que ocupa el país de manera rapidísima con la intención de acceder a las materias primas y el nivel de vida del país atacado (obviando naturalmente el pequeño detalle de que una cosa así sería practicamente imposible en el mundo de hoy, donde parece querer desarrollarse la historia). 

Como ven algo no demasiado brillante y bastante previsible en general si aceptamos la irrealidad del planteamiento básico. Evidentemente los "malos", tipo nazis, son asiáticos y uno se pregunta si la satisfecha Australia no vierte su inconsciente temor al colonialismo económico y financiero emergente de los vecinos paises aisiáticos en forma de parábola bélica.

Los chicos y chicas del grupo son jóvenes en edad escolar cuyos retratos al comienzo de la película hacen temer en "otra de esas películas" de jovencitos descerebrados y apolíneos cuya mayor preocupación es dónde pasar el fin de semana y lograr el look más atractivo del cole o la rebeldía más llamativa frente a la estupidez adulta. Callin Stasey, Rachel Hurd-Wood, Chris Pang, Ashleig Cummings, entre otros, encarnan a esos bellos especímenes que descubren el heroísmo ante un tópico enemigo feroz pero idiota.

El planteamiento seriado está servido en bandeja, con un final donde solo faltaba el "seguirá", como en las pelis de James Bond. El público teen, tan lucrativo, va a gozar con las aventuras de ese hermoso grupo de adolescentes mentales en las que se prodigan mensajes tontorrones y llenos de efectismo de libro de autoayuda: la libertad hay que ganársela, todo joven tiene un héroe en la barriga y que incluso los más desnortados entre los menores de veinte años, incluso los que le dan al bebercio o al canuto, convenientemente estimulados dan con la heroicidad a la vuelta de la esquina, ante la renuncia o la cobardía del mundo adulto.

Lo curioso de la cinta es que es trepidante, inconscientemente cómica y hace pasar el rato, aunque los cinéfilos con aspiraciones de trascendencia o simplemente de calidad cinematográfica, deben abstenerse. Los demás pueden cerrar los ojos al sentido común y simplemente relajarse ante la pantalla, disfrutando con la ingenua y un tanto boba propuesta, en la que tampoco falta el mensaje unitario, razas, clases sociales y educación, todos unidos contra el invasor malvado. No hay ideología escondida, ni mensaje soociopolitico, todo es como un videojuego para pasar la tarde, sin ejercitar las neuronas. Y sólo para jóvenes teen.

 

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24 diciembre 2011 6 24 /12 /diciembre /2011 08:15

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Nada más lejos de "El club de los poetas muertos" o aún más lejos de "Adios Mr. Chipps" y otras bienintencionadas peliculas sobre profesores maravillosos y alumnos malos-que-se vuelven-modélicos. Aquí, en "Bad teacher" se trata de una profesora, pero no de una Julie Christie empalagosa de familias Trapps o de Mary Poppins, sino de una mujer pasota, maligna, procaz, desinteresada en la enseñanza, insultante y odiosa con sus alumnos, bebedora y aficionada en demasía a las drogas y al sexo.

Cameron Diaz no ahorra detalles, se suelta el pelo de una malignidad fácil y gamberra y transita por la película con su cuerpo atractivo y un rostro en el que la edad comienza a dejar sus finas huellas. La actriz se deja de medias tintas, acepta que ha entrado en la edad de las rebajas de encanto y de los aumentos de signos de declive y se dispone a librar una batalla en busca de un marido que le libre de su trabajo de maestra, al que odia y para el que no siente aptitudes, excepto a la hora de hacer trampas y llevarse méritos pecuniarios.

Flanqueada por un Justin Timberlake, en un papel sencillamente idiota y un Jason Segel lleno de comicidad que trata de convencernos de que quiere a la Diaz para algo más que para un rollete, la actriz se hace con el control de esta poco correcta muestra del cine de colegios y enseñanzas, y así perpreta una de las primeras muestra de cine gamberrocolegial desde el lado del profesor, bastante original desde luego.

Dirige a esta desmadrada actriz un buen artesano de la comedia, Jake Kasdan que, como una vuelta de tuerca más de la irónica puesta en escena, hace que la profesora se autoredima por amor al final de la cinta y se convierta en una buena profesora (suena a chiste). Por lo tanto si un argumento sólido no es parte de la propuesta, ¿qué pretende Kasdan con su filme? No es la moraleja por supuesto. Es, creo yo, la suma de gamberradas de las que es capaz una actriz rompedora cuando debe ir dejando los papeles de sex symbol y decide reirse un poco de las comedias al uso. ¿Cómo? Pues simplemente asumiendo PARA SÍ MISMA UN TIPO DE PAPEL QUE HASTA AHORA SÓLO INTERPRETABAN LOS HOMBRES. Así de claro, amigos. Juerguista, trapacera, lujuriosa, bebedora, mendaz, maliciosa, todo lo subordina a la obtención de sus incorrectos fines y todo ello de una manera descarada, casi jactándose de ello, sin esconder nada, sin disimulo ni excusas. La caricatura es excesiva, sin adornos, brutal y descarada. Lástima que se queda en eso. Un director más sagaz (o quizá más libre, la alargada mano de Cameron Diaz puede estar en estas limitaciones) hubiera tratado de aprovechar el cáustico personaje para usarlo como trampolín crítico y poner en solfa desde el sistema educativo norteamericano, a los colleges, la educación familiar y social, los intereses creados y muchas más cuestiones que uno puede escoger en el mercado variable de los problemas existentes en torno a las dicotomías profesores-alumnos-colegios-familias-estado-politica.

Película que podía haber aspirado a más que a un recital de gamberradas realizadas por una actriz que demuestra la versatilidad de su oficio y llama la atención sobre el hecho de que es mucho más que una figura bonita, unas piernas espectaculares, unos ojos muy azules y una boca sensual. Y una edad en la que ya no puede ni debe competir con mujeres entre los 20 y los 30, según reza el mercado de la imagen física y sus lamentables leyes.

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22 diciembre 2011 4 22 /12 /diciembre /2011 08:35

bon-apettit-cartel-definitivo.jpg

 

Pues bien, otra  película de fogones, cocinillas, platos de delicioso aspecto, mandiles blancos y esa histeria organizada, un aparente caos donde todo vuela, que es la cocina de un restaurante de fama. Un joven cocinero vasco Daniel (Unax Ugalde) que va a Zurich a hacerse una carrera en el local de un prestigioso chef internacional, Thomas Wackerie (Giulio Berrutti). No se por qué no dejaba de recordar la magnífica "Rattatuille", esa delicia en dibujos animados que ha hecho más por la alta cocina que muchas películas más pretenciosas y autocomplacientes, pero lo cierto es que la primera película de David Pinillos ha constituido una magnífica sorpresa. En ese restaurante de alto copete Daniel va a encontrar la oportunidad de su vida como chef y el amor  con la sumiller del local, Anna (Nora Tschirner).

La maestria de Pinillos consiste en hurtarnos la evidencia: ni Daniel va a conseguir su ambicionado puesto en la alta cocina internacional (por propia decisión) ni tampoco su gran amor ( Anna, a la que ama pero por la que no es amado). Y ni siquiera eso importa: el mensaje de la película tiene que ver con la soledad, de uno en uno, en pareja y la busca de un sentido de la vida que tal vez no tenga que ver con la posesión, sino con  la aceptación, la sinceridad y la paz interior. El trepidante comienzo de la lucha del joven por labrarse su puesto, el apoyo de su amigo italiano, jefe de cocina, la presencia castradora de un dueño, figura de la cocina, demasiado pagado de si mismo y el amor jugueteando al gato y al ratón entre los dos jóvenes, devienen circunstancias melodramáticas que se mantienen bien tensadas al final por la mano del director y un guión irrregular e indeciso pero al fin sincero y poco acomodaticio.

Amor, desencanto y amistad, son los tres ingredientes utilizados entre los cuatro protagonistas, en el que el rechazo al triunfo profesional a cualquier precio marca un punto de inflexión que convence al espectador y deja via libre a la guinda agridulce del final. Un buen plato el preparado por los fogones primerizos  pero muy maduros de David Pinillos.

Buena música, mejores interpretaciones, sobre todo la naturalidad en gestos y miradas de Unax Ugalde, una fotografía clara que oscila entre la calidez frenética de la cocina y la fría belleza serena y ordenada de los exteriores suizos, pasando por el también cálido ambiente familiar de Ugalde en Bilbao. Seis premios en el Festival de Málaga, entre ellos el de mejor actor, y una sensación amable y agradable al acabar el visionado de la cinta.

 

 

 

 

 

 

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21 diciembre 2011 3 21 /12 /diciembre /2011 08:05

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De vez en cuando el cine argentino produce unas películas de una calidad extraordinaria pero que, cosas del marketing --ese caro e imprescindible elemento que parecen poseer en exclusiva ,los norteamericanos-- y la publicidad, pasan por nuestras pantalas con más pena que gloria. Sin ir más lejos hablamos hace un par de semanas de esa joyita que se tituló "El vecino de al lado" y hoy nos acercamos otra cinta que despierta pasiones cinéfilas entre los que la vieron y la aconsejan.

Cine de bajo presupuesto y alta ambición y más que considerable calidad, la película de Carlos Sorin es una suerte de trhiller doméstico, de drama psicopatológico con encerrona incluida, de comedia negra en la que lo mínimo y baladí, lo cotidiano, deviene elemento trágico y nutre el imaginario del espectador.

El titulo declarativo y poco imaginativo redunda en la provocativa sencillez del argumento: Beatriz (Beatriz Spelzine, sencillamente arrebatadora) va a recoger a su marido a una clínica psiquiátrica donde fue encerrado a causa de una crisis psicótica, de la que sabemos muy poco excepto que atacó a un buen amigo y colaborador. El marido, Luis (Luis Luque, ajustado y escueto en su dificil papel, tan susceptible de excesos, que roza la excelencia en unas variadas y como casuales miradas a la cámara en algunos momentos, sobre todo al final de la cinta) es un profesor de universidad, un hombre maduro y muy pacífico excepto en su ataque psicótico, naturalmente, enamorado de su esposa (se insinúa en algún momento al final de la película que el motivo aparente del ataque son los celos) y de los libros. Cuando llegan a su hogar, Luis se acerca al gato de la familia, un animal por el que ambos sienten un gran afecto. El animal no solo rechaza a su antiguo amo sino que le ataca y le hiere en la mejilla. Luego, desaparece.

A partir de ese momento la trama, muy lenta, con una camara morosamente distraida en los detalles, en los gestos, en las miradas, va mostrándonos un día a día en el que el comportamiento de Luis es examinado por la preocupada esposa en todos sus detalles. Beatriz va cayendo en un estado de ansiedad en el que se suma algunos detalles excéntricos del comportamienrto de su marido (muy leves, casi ridículos, por ejemplo el ordenar la biblioteca por autores en lugar de por géneros) con la inexplicable ausencia del gato.

Y no les cuento más. Hay un desenlace totalmente inesperado en dos golpes de efecto y la sensación de que hemos asistido a una buena película. Aunque queda la  sensación de que el director ha estado empeñado en no levantar un vuelo demasiado alto, como si Sorin fuese consciente de la modestia de sus medios y los quisiera ajustar a unos posibles resultados que, a la postre, alcanzan un nivel superior al de la modestia.

El juego perverso que se ofrece al espectador con los sueños de Beatriz, los desenfoques y desencuadres de la cámara como elementos para intranquilizar la visión, tal vez sea lo más endeble, por fácil y previsible, de una apuesta cinematográfica de bastante valía. Los protagonistas, verdaderamente notables, sin que ninguno de los dos se dejaran caer por el tobogán del exceso (tan relacionado con las películas que entran en el desequilibrado universo de las psicopatologías. Por tanto una historia muy bien contada, con un cierto aire de Hitchcock y con una maestría resolutiva que no tiene mucho que envidiar al maestro británico. ¡Bien por el cine argentino, una vez más!

 

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20 diciembre 2011 2 20 /12 /diciembre /2011 08:04

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El director rumano Radu Mihaileanu ya nos convenció -con reparos- en "El concierto", con su crítica de la política autista de la URSS para sus ciudadanos y las burocracias y defectos de la Rusia actual, dándole una forma de fábula con final feliz y edificante moraleja. Una historia de músicos clásicos  bienintencionada (al  estilo Willy Wilder pero sin su mala uva, quizá más cercano a Frank Capra). Ahora con  "La fuente de las mujeres" reincide en la "marca de la casa", el final feliz,  aun a costa de forzar un poco la verosimilitud de la historia, sin atreverse a hacer una crítica dura --que lo merece-- a los usos sociales que se dan en la folklórica pero repugnante situación de la mujer en la mayoría de los países islámicos. En esta ocasión, Radu M. sitúa la acción en un lugar remoto de las montañas magrebíes, un sector social depauperado y atrasado que malvive en una "khasba" o aldea, quizá en el Atlas, con su sociedad cerrada y elemental que trata de existir mientras les llegan las imagenes de la televisión, espejo brillante e inaccesible de un progreso en el que el pintoresco uso de los móviles parece una burla. Y a tenor con esa paradoja, en una sociedad al margen del siglo XXI, en la que las mujeres siguen siendo las ciudadanas más explotadas e indefensas.

Vemos un pueblo, agrícola, con la mayoría de los hombres en paro --gastando el día en tomar te en el cafetín-- y mal viviendo a causa de una sequía interminable. Sin duda está rodada en Marruecos, extremo que nunca se aclara.

Todo el retrato de esa sociedad patriarcal no ahorra elementos dramáticos --la sistemática  y "tradicional" violencia y abusos de esposos y padres sobre las mujeres de la aldea-- a los que añade un revulsivo que podría ser trágico en aquellas sociedades: las mujeres deciden hacer una "huelga de amor" hasta que los hombres de la aldea hagan canalizar el agua que mana de un manantial en la montaña hasta una fuente en la aldea, para evitar los durísimos viajes diarios de las mujeres hasta la difícil zona donde surge el agua.

Se trata de una brillante adaptación de la "Lisistrata" de Aristófanes dentro del marco y escenario de la sociedad aldeana magrebí. El discurso de los personajes es obsoleto y violento en los hombres y responsable, audaz e imaginativo en las dos mujeres que lideran la rebelión: Leila, una joven casada con el maestro de la aldea, el único hombre con un discurso actual. Y, Fusil, una  viuda, fuerte, dura y llena de humanidad y humor, con un rostro anciano pero lleno de energía, como cincelado a escoplo.

La cámara nos va mostrando los recelos primero y la violencia y el rechazo después que la rebelión femenina --absolutamente increíble e inaceptable para el estamento masculino de la población-- provoca en los hombres de la aldea, que ven intolerablemente dañados sus supuestos derechos tradicionales. A través de esa anécdota el director nos propone una re-visión inteligente del Corán y recuerda lo que realmente dice el libro santo sobre las mujeres, enalteciendo sus funciones y exigiendo una actitud respetuosa y considerada por parte del hombre, una cierta igualdad, dignidad en el trato y libertad para seguir su propio destino.

Evidentemente estamos ante otro cuento de hadas de Radu M.,  con un improbable final victorioso de las mujeres que logran, gracias a la intervención de un providencial y poco real periodista, que el Gobierno regional de la zona intervenga y haga las conducciones del agua de la montaña hasta una fuente en la plaza del pueblo. Ha costado muchas palizas y malos tratos, pero las mujeres vencen ante la previsible renuencia y el rechazo de sus maridos. Y aquí es donde la película acaba, con la celebración femenina. Como si eso fuera lo más probable en un mundo cerrado, estancado en el machismo tradicional más sólido, obviándose las consecuencias personales y cotidianas que esa "victoria" provocará en las familias del pueblo.

 

Fantasía y realismo aunados, la primera en el mensaje resolutorio de la cinta, el segundo  en los movimientos de la cámara que filma muy bien las calles, las casas, el cafetín, las comidas y los viajes de las mujeres al manantial, las relaciones entre las mujeres -- las secuencias del baño comunal son magnificas--- y las intervenciones de niños y hombres. La denuncia es clara, evidente, y se aplica contundentemente contra el dominio vejatorio masculino sobre las mujeres, esos "diminutos insectos " (como los que busca el periodista de la ciudad llegado al pueblo con secretas intenciones) . Ellas sufren doblemente no sólo la sequía sino la hostilidad persecutoria de los hombres. Pero aquí, la reivindicación femenina usa un lenguaje culto. Leila, su esposo, el maestro del pueblo y la vieja Fusil, mantienen un discurso moderno y bien referenciado con dos parámetros esenciales, el amor y le necesidad de agua (cuya ausencia, la sequía, también seca los corazones de los hombres y afecta al amor).

El erotismo que emana de esas mujeres reprimidas y mal tratadas es resaltado en el filme por el mensaje del Coran y el de "Las mil y una noches", ambos forman parte de la metáfora de la película, que recibe un aporte de sentido poético, de respeto al amor y al sexo como fuerzas positivas de la vida

Sin embargo hay que resaltar que no todo está bien resuelto, lo que sin duda era de esperar dado el esquematismo de la propuesta argumental. Los personajes son estereotipos poco reales y a veces traidos a colación de forma poco menos que impostada, así el personaje del periodista o el del maestro, marido de Leila, mientras que otros como el de la vieja Fusil (una extraordinaria madre coraje) o la joven Esmeralda, la misma Leila o su suegra, Hiam Abbas (una actuación austera y contenida) resultan muy bien perfilados, con fuerza y delicadeza. 

El director nos ofrece una crítica solapada a la confusa aplicación del Coran que se hace habitualmente en algunos sectores de la sociedad musulmana, de sus errores y sus manipulaciones, (aunque el papel del muslim en el filme es digno y bastante verosímil y parece abrir la esperanza en un Islam moderno y progre), pero también nos presenta a dos clérigos jóvenes --integristas-- que traen dinero al pueblo para comprar voluntades y desbancar al anciano muslim -- tradicional pero respetuoso--  a fin de  asegurar el contagio integrista.

Lo cierto es que la película, a pesar de su naturaleza de cuento con moraleja positiva, se ve con agrado, en ocasiones se convierte en un documental antropológico o etnográfico, tiene una música y unas canciones de una belleza vigorosa y sencilla, pero se resiente en una estimación global,  primero por su innecesaria extensión, algunas secuencias reiterativas y superfluas, su mensaje demasiado tosco, sin sutileza, maniqueo y, en fin un tono de ligera anécdota general que no sintoniza bien con la agudeza y sensibilidad en mostrarnos las relaciones solidarias entre las mujeres o la ira y el desconcierto entre los hombres. No bastan una secuencias de violencia (en sonido no en imagenes) para reflejar la complejidad de la situación, que está además lastrada por un tono panfletario directo y sin sutilezas.

Como los "seres diminutos" que busca el periodista, esta bieneintencionada película del rumano Radu se queda en un bello documento del  folklore y la música femenina marroquí acompañando una anécdota interesante, coral y reivindicativa de las mujeres musulmanas, en un producto "diminuto"  que trata superficialmente un problema gigantesco, real y permanente: la lamentable situación de la mujer en la mayoría de los paises islámicos. Un colectivo al que parece no haber mejorado la "primavera árabe", que cambia algunas cosas en el ámbito político y social, pero al parecer carece de calado para cambiar el profundo, enquistado, dominio masculino. 

 

 

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