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10 octubre 2011 1 10 /10 /octubre /2011 09:18

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He aquí un buen documental biográfico. Como dice el propio director, Juan Manuel Cotelo, dotado de una rara naturalidad y convicción, en una de sus intervenciones directamente ante la cámara, "hacer una película donde en vez de sacrificar -crucificar dice él- a un sacerdote, se le ensalza condena irremisiblemente al fracaso a una película. No obstante me voy a arriesgar y es porque la persona sobre la que he investigado y que es el protagonista de esta película es un sacerdote ejemplar en muchos aspectos. Ustedes verán. Si les parece que no tengo razón, sálganse del cine o apaguen el DVD y digan  a sus amigos que no vean esta película. Pero estoy seguro de que no van a hacer tal cosa". Cotelo mira directamente a la cámara y lo que dice suena a algo creíble y lo que vemos en su cara y en sus ojos lo corrobora. Es un buen reclamo...uno de los mejores que he visto en cine.

Pues bien, nos sentamos cómodos y vamos a pasar algo más de una hora pendientes de este documental rodado con ortodoxia y sin ningún tipo de excentricidades, casi de puntillas y con una sonrisa de disculpa. Interesa más de quién hablan, parecen decirnos, que cómo lo hacemos. Pero, además, lo hacen muy correctamente. ¿Y de quién hablan? Del sacerdote Pablo Domínguez Prieto.

No tenía ni idea de quién es ese sacerdote. Me muevo lejos de los círculos clericales y mis relaciones con la Iglesia católica son inexistentes (sólo me relaciono ocasionalmente con mi maestra zen, Berta, que además es monja católica). La primera noticia la tuve por un montañero que comparte conmigo muchas salidas y un amor absoluto hacia las cimas, fue en febrero de 2009. Me habló de un montañero amigo suyo que había muerto en el Moncayo junto a una amiga también montañera, en una de esas jornadas luctuosas que sobre todo en invierno suelen asolar a la comunidad de las mochilas y las cumbres.

Dias antes de esa conversación, había visto en un telediario la noticia de las dos muertes y las labores de rescate de los cuerpos. En la prensa me enteré de quién era Pablo Dominguez y casi dos años mas tarde me sentí atraido por el titulo de una pelicula, "La última cima" (suelo ver todo lo que cae en mis manos de cine de montaña) y descubrí que hablaba sobre Pablo. En fin, el destino parecía indicarme que debía verla. Y lo hice. "Pablo Domínguez era el decano de la Facultad de Teología San Dámaso de Madrid cuando murió y tenía 42 años. Había estado impartiendo unos ejercicios espirituales a las monjas cistercienses del convento de Tulebras, a diez kilómetros de Tarazona, y decidió no regresar a Madrid sin ascender al Moncayo, cosa que hizo acompañado de la montañera Sara de Jesús Gómez, cirujana de 37 años y profesora en la Universidad Francisco de Vitoria, que falleció también en ese mismo accidente".

El documental de Cotelo va pasando de una persona a otra, familiares y amigos de Pablo, superiores religiosos, fotografías comentadas de sus viajes y de sus subidas montañeras, testimonios auditivos de conferencias pronunciadas por ese hombre que cautiva con su sinceridad y sencillez. Uno compueba el alcance de su inteligencia, con una personalidad brillante, simpática, sugestiva,  una de esas personas convencida de sus ideas, pero respetuoso con las diferencias, escasamente proselitista aunque sin ocultar su fervor religioso (punto en el que, a los que no estamos en esa honda, no nos interesaría sino viéramos que forma parte de la coherencia interna de un hombre desusadamente completo en sí mismo).

Quizá -para mi humilde y personalísima opinión- sobren los excursos en los que se evidencia el interés del director de extrapolar la figura de Pablo a un universalismo del sacerdocio en el siglo XXI, en un momento en que el papel de la Iglesia y muchos de sus ministros está cuestionada en términos de escándalos (no mayores que los que atañen a la sociedad política, por supuesto). El oportunismo de los medios de información para hacer leña del arbol caido en el caso de la Iglesia supone, en su exceso, un agravio comparativo respecto a los semejantes y aun más graves casos que atañen a la clase política. Por tanto algo de razón hay en esta defensa oportunista que Cotelo hace de la clase sacerdotal aprovechando el contexto ejemplar de Pablo.

La película es dinámica, provocadora, con vocación de sinceridad y de no manipulación, suena a menudo a homilía --otro de sus pequeños defectos-- pero lo cierto es que la fuerza del protagonista acaba restando importancia a esos deslices (repito, en mi opinión). Las recreaciones de la figura de Pablo son flojísimas, casi de video escolar (sorprende, dada la calidad del conjunto) y uno le diría a Cotelo que debería haberse atrevido a montar secuencias con un actor).

Parece ser que las últimas palabras que se conocen de Pablo fue un registro de móvil donde decía "he llegado a la cima". Ese debería ser la mejor inscripción en la tumba de un montañero. Y sin nos apuramos, de cualquier hijo de vecino. Al funeral de Pablo acudieron más de 3000 personas y 20 obispos.

 

Nota bene: como cinéfilo, permítanme una broma: también James Cagney ("El enemigo público número uno") grita antes de morir: "Mom (Mamá), he llegado a la cima". Estoy convencido que hasta Pablo se hubiera reído con la coincidencia.

 

 

 

 

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9 octubre 2011 7 09 /10 /octubre /2011 09:37

 

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He aqui una comedia sin demasiadas complicaciones con una apuesta fácil para hacer sonreir al público y a veces reir, si uno no se cuestiona demasiado la lógica del personaje o del argumento. Para todo el que haya realizado un viaje turístico en grupo reconocerá las situaciones, las descripciones de personajes y los líos que suele acarrear la convivencia forzada de un montón de personas raramente interesadas en algo más que no sea divertirse del modo más elemental y barato posible, algún que otro rara avis que se interesa por la cultura (suelen disgregarse rapidamente) y la pareja autista que parece viajar con un ambiente propio exclusivo. Luego, la fauna de costumbre, el gracioso del grupo, la pareja que se odia y lo disimula poco, la pareja que acaba de empezar a amarse y lo lleva con poca discreción, el soltero que busca cama y acompañamiento como sea y donde sea, los separados o separadas que deciden que es el momento de echar una cana al aire, los ancianos que parecen frágiles y luego son insaciables y los maduros y maduras que tratan de que el viaje no les amargue un poco más de lo debido, los adolescentes huraños empeñados en fastidiar a los demás y el guía o la guía que trata infructuosamente de que la gente se lo pase bien o el que decide que no le pagan para eso y se limita a funciones no muy eficaces de asesoramiento.

La joven Georgia (Nia Vardalos, a quien conocimos en "Mi gran boda griega" donde hace un papel con los mismos gestos y miradas de una expresividad equivocada y universal) es una profesora griego-norteamericana que hace de guía para trabajar en algo antes de lograr un puesto en una universidad. Los turistas que le suelen asignar son el calco vulgar y pesadísimo de los especímenes que todos conocemos. Pero el gracioso del grupo, un madurísimo Richard Dreyffus (ay Dios, los papeles que se ven obligados a cumplir algunos antiguos grandes actores) resulta ser un diamante escondido en un trozo de carbón y la cosa se vuelve, viejo sabio que ayuda a joven desnortada a que ame su trabajo, conozca y aprecie a su futuro gran amor y se haga con los corazoncitos, al fin ya la postre no tan repugnantes, de sus turistas amantes de camisetas, recuerdos banales y desprecio hacia las nobles ruinas griegas.

Por tanto, como estaba cantado, tras unos pocos momentos de tensión y meteduras de pata generales, el grupo se vuelve civilizado, la chica triunfa y se queda con un novio guaperas y decente. En medio de todo ese original enredo, los chistes de rigor, mas o menos ordinarios, las imagenes de postal, los sentimientos y emociones cada vez mas edulcorados y el final apoteósico en el que el amor triunfa y el espectador se olvida de lo que ha visto en cuanto se encienden las luces del local.

Musica pegadiza, dos separadas españolas de juzgado de guardia, un poco creíble rollete sexual del gran Dreyffus que parece  preguntarse qué diablos hace un chico como él en un sitio como ese y la nota original de una viejecita que tiene una "simpática" tendencia a robar lo que puede con el mayor descaro y luego, como una nueva Robin Hood de la tercera edad, reparte su botín entre los compañeros de viaje. Produce Tom Hanks, (Dios...¿como es posible?) y también la industria del cine española (ICO) y aunque no se lo crean muchos exteriores han sido rodados en la zona de Alicante. Dirige la cosa Ronald Pretie y el guión parece haber sido perpretado por uno de los guionistas de los Simpson: algunas secuencias  de desmadre lo justificarian (como el episodio de la camiseta grabada que lleva el joven americano lelo-explosivo). Pero en general la cosa es un producto que yo calificaría del la serie C: sólo para adolescentes y mayores con reparos. 

 

 

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8 octubre 2011 6 08 /10 /octubre /2011 09:05

 

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  Este autor de apellido impronunciable, producto cultural francés hasta la médula, con toda la fascinación, el exhibicionismo, la vanidad, la pedante complejidad y la feroz crítica generalizada sin piedad que es marca de la casa en los buenos escritores, Michel Houllebecq, vuelve a buscar ser piedra de escándalo en su última novela, "El mapa y el territorio", con la que recibió, merecidamente, el premio Goncourt, uno de los más prestigiosos del mundo literario.

Este escritor vedette, pagado de sí mismo, con un punto de histrionismo que le crea enemigos encarnizados y admiradores fanáticos, ya asombró, irritó y fastidió al universo lector con obras como "Plataforma", "Ampliación del campo de batalla", "Las partículas elementales", todas ellas pluripremiadas, jaleadas y anatematizadas generosamente por una sociedad internacional de lectores que son sistemáticamente arrastrados a la polémica por un escritor inclasificable, provocativo, presumido y tan complejo como transgresor, una especie de Balzac postmoderno trufado con la sofisticación de Proust, la vulgaridad de Simenon y la patología de un voyeur un poco psicógeno que se usa a sí mismo como material de ensayo.

En esta novela asistimos al nacimiento, esplendor y decadencia de un tipo bastante pasivo y desdibujado, un "artista" que cuestiona con su solo trabajo y su figura el concepto de lo que es el arte, la cultura y la inteligencia, no sólo en Francia, de la que es una genial y cáustica crítica constante, sino de los parámetros de la cultura occidental de nuestro siglo XXI. La vida de Jed Martin, sus intuiciones, sus aficiones, sus amores, su éxito, es como una opereta de Bertolt Brecht manipulada por Jonathan Swift, en ella vivimos toda la riqueza exagerada, superficial, bobalicona de una cultura autoreferencial, la francesa en su aspecto menos sólido y más mercantilista. M.H. (perdonen las siglas, pero es más cómodo que repetir el apellido del escritor) juega con el papanatismo de una cierta concepción del arte (destripado irónicamente por una compatriota suya, Yasmina Reza, en su célebre obra teatral "Arte") haciendo que su triunfo inicial correspondiera a una serie de fotografías de los mapas de la guía Michelin y el definitivo, tras un periodo de sequedad, una serie de cuadros dedicados a los oficios con títulos rimbombantes e irónicos dignos de la pluma del escritor más que de su personaje.

Pero a través de este "artista" lo que se desmenuza usando como catapulta su biografía personal, el, amor, el sexo, las relaciones familiares, la figura del padre, la fama, la sociedad y sus antojos y modas, los gustos gastronómicos, la muerte, Francia como ombligo del mundo y meretriz de un turismo voraz y deslumbrado, la patología siniestra del crimen, la vanidad del nombre, todo con una salsa corrosiva e irónicamente cruel en la que M.H. se autocita constantemente, se hace personaje de su propia novela y se da en sacrificio cruento como un corderito al monstruo de la ambición literaria.

El exceso, la brillantez de la purpurina y la supuesta elegancia de este epítome de lo francés que es M.H. no debe ocultar la eficacia narrativa, el interés a vaces absorbente y la fuerza reflexiva de un texto, siempre sobreabundante y excesivo que consigue ofrecer al lector una imagen, distorsionada pero real, de lo que es nuestra sociedad, nuestros valores y nuestros defectos en este inicio del siglo XXI. No sólo Francia, modelo denigrado pero ensalzado también  de M.H., sino todo occidente. Su creatividad y dotes de observación de la dinámica del tiempo que vivimos le hace ser profético en sus obras, así en "Plataforma" (2001), un atentado islamista o las revueltas de la primavera árabe unos años antes de que se produjeran en "La posibilidad de una  isla" (2005). Sin embargo, nadie busque la profundidad de un análisis sociopolítico de un Tony Judt, no, M.H. es un novelista y no bucea en causas y consecuencias, en él todo tiene la superficialidad de la página literaria a la manera de Sthendal, un espejo a lo largo del camino. Son intuiciones certeras pero nacidas más de la brillantez de un payaso crítico muy hábil con la pluma y el sarcasmo, que del peso razonado de un pensador que sacrifica la forma por el fondo.

"El mapa y el territorio" es una vuelta de tuerca (que algunos tildarán de rettroceso a posiciones literarias más conservadoras) en la obra de M.H. Lo sociológico tipo Swift cede su lugar a un retrato, igualmente cáustico pero más reposado y juguetón de la sociedad del momento y sus vicios y virtudes (más lo primero). El tema central, el arte, es la diana más precisa. Como M.H. escribe en la página 94  de su libro: "ser artista es ante todo ser alguien sometido...a mensajes misteriosos, imprevisibles...que habria que calificar de intuiciones, mensajes imperiosos, categóricos...que no te dejan la menor posibilidad de escabullirte...a no ser que pierdas toda noción de integridad y respeto por tí mismo". Y M.H. da todas las muestras de ese sometimiento del que habla y se refiere a sí mismo, por supuesto, el escritor, más que a su personaje, que no deja de ser un pálido reflejo de su propia abarcadora y exigente personalidad que nos ofrece una visión del mundo que, indudablemente, es categóricamente la que le ofrece su particular visión de escritor de éxito indiscutible, inflado de sí mismo y autoreferencial, hasta el punto de convertirse a si mismo en un personaje nada casual de su propia novela, por primera vez con forma y ambición de novela tradicional, más que de sarta de provocaciones brillantes y demoledoras.

La trayectoria de Jed Martin con   su exito Michelin, su silencio de diez años y su arrebatadora serie de retratos de los oficios que caracterizan al siglo desde la escort-girl que le alegra el sexo desde la salida de escena de Olga, la rusa que es su primer amor y su lanzadera con el éxito, hasta el encuentro simbólico entre Steve Jobs y Bill Gates, el retrato de Dorian Grey en forma de Damien Hirts y Jeff Koons, gurús del mercado del arte, el de su padre o el del propio escritor, M.H. convertido en cliente y motor de una parte de la novela, asesinado irónico, parodia de un thriller. Una trayectoria que se remansa al final, en una decadencia fisica, artistica y psíquica que constituye uno de los mementos más nostálgicos y humanizados del personaje y una lenta degradación que consume la brillantez paródica de la novela.

M.H. no decepcionará  a sus fans y logrará irritar un poco más a sus detractores. Pero una cosa es segura, hay que leer "El mapa y el territorio", un titulo muy  zen, que le da la vuelta al estilo provocativo M.H.: para este no existe la confusión que denuncian los maestros zen: "no confundas el mapa con el territorio, ni el dedo que apunta a la luna con la luna". Para M.H. el mapa es más importante que el territorio. Muy acorde con la personalidad exhibicionista del escritor.

 

 

 

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7 octubre 2011 5 07 /10 /octubre /2011 13:11

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La verdad es que tener a Ricardo Darin ("Nueve reinas", "El secreto de sus ojos" o "El hijo de la novia", entre más de cuarenta títulos) como protagonista de una película suele ser garantía de una interpretación de una naturalidad y eficacia pasmosas. En esta ocasión "Un cuento chino", el ingenio del argumento y los secundarios que dan réplica a Darin, principalmente el co-protagonista el chino Ignacio Huang y la chica de la función, la deliciosa Muriel Santa Ana, bordan una historia, un "cuento chino", que desborda veracidad, ritmo magnífico y una solidez argumental, forjada con pequeños detalles, miradas y gestos de una sobriedad ejemplar y la corriente subterránea -que aflora de vez en cuando-- de una humanidad enternecedora.

El argentino Sebastián Borensztein firma, que yo sepa, su primer largometraje y lo hace con una solvencia sorprendente. Desde la primera secuencia que deja boquiabierto al espectador (sucede en China) a la siguiente secuencia de engarce (en Buenos Aires) en la que la cámara está boca abajo como corresponde a las antípodas y se pone lentamente al derecho, hasta los créditos del final (ojo, el espectador debe esperar a que se sucedan los créditos si quiere gozar de una sorpresa añadida), el filme cabalga con maestría consumada entre el drama, la comedia, la película psicológica o una secuencia policial, sin permitir que el espectador se de cuenta si su asiento es incómodo o no y énternediéndose ante el patetismo del protagonista, complejo, amargado, irritante y profundamente humano, tierno y desvalido, como un ogro gruñón al que le gusten las hadas y le tenga miedo al amor. Un personaje que parece surgido de la pluma de Borges, el tintero de Cortázar y la mano de Bioy Casares: huraño, maniático, neurótico hasta la extenuación ( dueño de una ferretería, cuenta los clavos de una caja para asegurarse que el número de clavos que figura en el envoltorio es el correcto), rutinario hasta la desesperación y con un solo hobby: recortar de periodicos atrasados las noticias que narran algo increíble, chusco y sorprendente, para despues pegarlas en un álbum. Ex combatiente en las Malvins, con todo lo que supone de humillación y debacle ideológica, es también un hombre firme en sus convicciones, recto, justo, que abomina de los abusos y de la falta de honestidad que le rodean.

Hay que estar atento porque no hay ni un solo detalle de los que se nos van narrando que no tenga una importancia capital en el desenlace de la película. Como por ejemplo la ayuda que Darín presta a un chino que no sabe hablar más que su idioma y que ha encontrado en plena calle tras ser desvalijado por un taxista desaprensivo. El joven chino acaba formando parte de la vida de Roberto (asi se llama el protagonista) a regañadientes de este, un misántropo que huye de la compañía, y del amor, porque quiere creer que no los necesita.

No les cuento más. Piensen que el chino, las manías de Roberto, su bondad estrangulada por su aspereza y la presencia de la joven vecina que le ama serán determinantes en el desarrollo de la película, que se va demorando con los conflictos domésticos entre el joven chino y su irascible anfitrión a la fuerza, la búsqueda de los parientes del chino para que se hagan cargo de él, toda una serie de dificultades que van haciendo surgir lentamente una especie de identidad emocional que ablanda a Roberto y le hace replantearse su vida.

Película llena de sorpresas, de humanidad y de ternura, de humor y de un medido drama íntimo que convierte a los personajes en personas, a pesar de lo absurdo y casi disparatado de la propuesta inicial (aunque desde el principio se nos advierte que la película está basada en un hecho real).

 

 

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6 octubre 2011 4 06 /10 /octubre /2011 10:06

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De vez en cuando es recomendable dar una vuelta por la estantería de clásicos de cualquier deuvedéclub y visionar alguna de esas películas que marcaron la infancia de algunos y que son recomendadas fervorosamente por los críticos y cinéfilos de todos los tiempos. La versión última de "Soy leyenda" basada en la novela de Richard Matheson e interpretada por Will Smith (hubo una versión en los setenta interpretada por Charlton Heston) me recordó que había un clásico de los cincuenta en blanco y negro que se mantiene tan fresco como si fuera actual, aunque con la diferencia de la presencia de unos efectos especiales que entonces eran rudimentarios aunque muy efectivos.

Se trata de "El increíble hombre menguante" basada en un relato de Matheson y que este mismo adoptó a la pantalla. Dirige la película Jack Arnold, un especialista en cine de terror y CF que había firmado trabajos tan excelentes como "La mujer y el monstruo" o "Vinieron del espacio". El argumento es simple, un joven matrimonio pasa unos dias de vacaciones y sale a navegar en el barco de un amigo. Scott Carey, el joven, queda expuesto durante la navegación al paso de una extraña niebla mientras su esposa está en el interior del barco. Al paso de los días Scott comienza a sentir una efectos extraños y no tarda en percatarse de que está disminuyendo de tamaño. Con un ritmo bien medido y gradual, el misterio atrae y asombra a los médicos que se ven incapaces de frenar el fenómeno. Poco a poco Scott va disminuyendo y se va enfrentando a una existencia inesperada y llena de peligros, ya que su tamaño choca frontalmente con los objetos que antes formaban parte de su vida cotidiana. Con ejemplar economía de medios y una lógica aplastante el argumento nos lleva a comprender algo que por lógico resulta baladí: nuestra vida se basa practicamente en un principio esencial: todo lo que nos rodea y nos hace la vida más llevadera se convierte en un objeto absurdo o simplemente peligroso cuando nuestro tamaño no responde a los cánones habituales. Así un gato deja de ser una mascota inofensiva para convertirse en un depredador, un grifo abierto es una inundación brutal, una araña es una bestia peligrosa y un alfiler una espada defensiva, una escalera en un obstáculo casi invencible incluso para un escalador y una caja de cerillas es un refugio improvisado ante los peligros que amenazan a cualquier criatura diminuta en una casa normal.

El proceso psicológico por el que pasa Scott hasta la admisión de su estado es de una concisión y realismo sorpredentes. No hay ni una secuencia, ni una reflexión que sobre o se reitere en esta película modélica. Matheson logra ir dosificando pequeños detalles, escenas llenas de tensión con otras en los que el cansancio o la desesperación del protagonista parece comunicarse al ritmo de la película, hasta un final, quizá lo más discutible, en el que el autor no puede evitar ofrecer un desvío místico a la lógica y coherencia del argumento. Un final abierto que en nuestra época actual supondría sin lugar a dudas el encadenamiento de más versiones numeradas. Y en el caso que nos ocupa, un final rozando la trascendencia que puede gustar a espectadores más ambiciosos que buscan un mensaje creativo incluso en películas de la llamada clase B.

Son sólo 78 minutos, un estándar de duración escaso incluso para la época, pero es una hora y pico en la que el espectador no deja de acompañar emotivamente al angustiado protagonista. Sobresaliente la puesta en escena de Jack Arnold y su imaginación para reflejar las imégenes mentales de Matheson, trucajes que logra dar una veromilitud que para sí quisieran muchas peliculas rodadas hoy en dia con la enormidad de recursos técnicos de que se dispone.

Grant Williams es el actor que da vida al protagonista y lo hace con contención y austeridad gestual. No recuerdo haberle visto en más peliculas de la época y me sorprende dada la calidad del trabajo que hizo.En resumen, una película que hay que conocer y que no desentona e incluso supera a muchas de las peliculas actuales del género con, no lo olviden, unos medios técnicos que están en la prehistoria del cine de hoy.

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5 octubre 2011 3 05 /10 /octubre /2011 12:34

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No he visto la película israelí sobre la que se basa "La Deuda", pero parece ser que es bastante mejor que esta copia o remake norteamericana. Se llamó "Ha-hov" y es de 2007. Cuenta un hecho que  sucedió en 1965, cuando tres agentes del Mossad están en Berlin oriental con la intención de secuestrar y llevar a Israel, para que sea juzgado, a un criminal de guerra nazi, el doctor Dieter Vogel (Jesper Christesen) conocido como "el cirujano de Birkenau". El director John Madden --"Shakespeare in love", "La verdad oculta" -- se queda corto pese a contar con tres jóvenes que trabajan bien Matthew Vaugn, Jane Goldman y Peter Straughan, pero que no consiguen generar la quimica esencial para ser emocionalmente creíbles, la presencia siempre brillante de Helen Mirrer como la agente israelí en nuestros días y un guión magnífico que deja pasar planteamientos morales e ideológicos de gran calado para convertirse en un thriller bien realizado pero frío, en el que los dilemas morales se convierten en elementos banales que no conmueven al espectador.

La cuestión es básica, a los tres agentes se les escapa el nazi y ellos dicen que han logrado matarlo cuando huía. Eso plantea dilemas morales que los tres asumen de distinto modo y por tanto una deuda no solo ética que contraen con el Estado israelí y con todos los que les apoyaron y premiaron por el exito de su misión. Ha sido un engaño y es difícil para algunas personas vivir con ese engaño. Es una pelicula que logra el objetivo de entretener pero que queda lejos del objetivo de hacer pensar, que se evade de planteamientos éticos más profundos e intranquilizantes, como si el fin justifica los medios, lo que hay de humano en los monstruos genocidas nazis, amén de todos los elementos ético-históricos que plantea la brutal matanza de judíos inermes por una autollamada "raza superior".

Muy en la linea de aquella soberbia cinta de  Roman Polanski, "La muerte y la doncella", pero sin asomo de su profundidad, sin conexión vibrante con el trasfondo politico y sociologico donde se desarrolla, con lo que queda en un ejercicio correcto en el que los avatares de los tres agentes a lo largo de los años no nos aportan nada del infierno de cada uno de ellos por vivir, y medrar, sobre una mentira.

La aparición de un supuesto doctor Vogel en un sanatorio mental de Ucrania dispara las dudas y las especulaciones y el miedo a la verdad descubierta. No se cómo resolvía la cuestión la pelicula israelí, pero la americana echa mano del ambiente thriller y bueno...mejor no os lo cuento.

La apuesta no logra cumplir sus objetivos, el horror del mal personificado en el doctor nazi queda a medias dibujado, a pesar de que hay momentos en los diálogos del nazi con dos de los agentes, la chica y el chico más radical y más vulnerable, en que se replantea la pregunta crucial que el mundo se hace desde entonces: ¿Cuál es la naturaleza del hombre capaz de cometer tales actos? Y a esta pregunta la película no logra responder, con lo que la deuda no queda saldada y todo queda en un thriller inquietante.

 

 

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4 octubre 2011 2 04 /10 /octubre /2011 15:50

colombiana-cartel-1.jpgUna película producida y escrita por Luc Benson es garantía a veces de pasarlo bien, mucho movimiento, acción trepidante, malos de catálogo, protagonista que va de colega en plan héroe, esfuerzos físicos a borbotones y algunas secuencias para la antología personal de lo descacharrante. Esta vez la dirección se la ha dejado a un tal Olivier Megatón, que podría ser un psiudónimo del mismo Luc.

La cosa va de heroína en plan venganza salvaje quince años después de los hechos luctuosos (el malo se cepilla a toda su familia) cuando era una niña angelical con nombre de flor amazónica, Cataleya, pero con arrestos suficientes para perforar la mano confiada de un Jordi Mollá, nuevamente encastillado en papel de drogata o esbirro (¿qué tendrá ese chico de ojos azules, qué tendrá?).

La actriz Zoe Saldana, cuya belleza, hermoso y estilizado cuerpo y dotes para  la violencia acrobática quedan de manifiesto desde la primera escena, se convierte por decisión propia (con la ayudita de haber visto como mataban a sus padres) en una asesina. No se pierdan la impresionante secuencia en la que su tío Emilio (Cliff Curtis) la convence de que debe estudiar primero para ser una buena asesina después. El argumento que le da a la niña, o mejor le muestra, está al nivel "filósofico-ético" de la película en su integridad manifiesta.

Tengo la sospecha de que el avispado Benson tiene en la mente una franquicia con la bella Zoe, al estilo de su "Nikita" o de "Transporter".

"Colombiana" se deja ver y también disfrutar, como buen producto de la factoría cine-palomitas. Algunas secuencias como la inicial del episodio carcelario o el ataque policía al piso de Zoe-Cataleya o el de ésta a la residencia de un financiero ladron y su asesinato con la ayudita de tiburones, logran que uno duplique su ingesta de palomitas.

La historia de amor de la letal asesina con el guaperas inocente es de lo más trivial y no logra que superemos las sospecha de que es puro relleno estratégico: unas gotitas de sexo ligth siempre dan buen sabor al cocido fílmico y Benson no se estruja las meninges para ofrecernos algo interesante.  Así que nos olvidamos del amor y nos sumergimos en la tremebunda venganza sangrienta de una niña que ya en tan tierna edad daba muestras y maneras de ser pelín psicótica.

 

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3 octubre 2011 1 03 /10 /octubre /2011 16:29

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Es curioso cómo los directores y productores cinematográficos se sensibilizan con los tiempos en que vivimos. Llevamos varias películas que tratan de la crisis que nos aflige de forma directa o indirecta. En esta ocasión se trata de un incidente laboral que se repite más de lo que muchos creemos: el mobbing, los abusos contra el trabajador por parte de sus superiores buscando que termine la relación laboral de la forma más económica y rápida posible. En este caso los norteamericanos se toman la cosa a guasa esperpéntica y se desmadran con una comedia desaforada y divertiida en la que tres amigos se enfrentan asus tres jefes, unos monstruos con síntomas patológicos cada uno de ellos (como, por otra parte, también los tienen, aunque en menor y mas simple medida los tres amigos). Es decir una película de compañeretes al estilo del humor pasado de rosca que tanto priva en los ultimos tiempos (qué nostalgia de Lubitsch, Wilder y otros directores para los que el sentido del humor no era un ejercicio de humor sin sentido).

Los tres amigos tienen un solo y parecido objetivo: librarse de sus jefes, por las buenas o por las malas. Esos tres angelitos se atreverán con todo con tal de eliminar a los tres jefes, desde contratar a un "profesional" (que no lo es tanto o nada en absoluto) a hacer una imitación barata del clásico de Hitchcok, "Extraños en un tren". Los tres jefes impotables son un psicópático Kevin Spacey, una desmesurada Jennifer Aniston y un sobreactuado Colin Farrell. Con estos tres divos en acción una cosa queda de manifiesto: se han debido divertir como locos los tres actuando en esta película un poco descerebrada. 

Los chicos buenos (aunque uno es un obsesivo sexual, medio lelo el otro y  demasiado ingenuo el tercero) son Jason Bateman (‘Todo incluido’), Charlie Day (‘Salvando las distancias’) y Jason Sudeikis (‘Carta blanca’). El producto está dirigido, por asi decirlo, por Seth Gordon que da unos minutos de metraje al gran Donald Sutherland en los  que se merienda con patatas a todo el que sale junto a él.

El "profesional", (Jamie Foxx) un estafador que toma el pelo a los tres infelices,(aunque poco fiables dada la endeblez de la moralidad de cada uno de ellos) da un poco la medida de todo el entramado argumental que juega una y otra vez con la previsibilidad en las actuaciones delirantes de los amigos y las no menos absurdas de sus jefes.

Quizá en esas figuras estriba el único mérito (relativo) de esta película que pretende ser divertida y se queda en una visión más bien pesimista de la estupidez humana. Así que nos encontramos como una nueva (y más mala) versión del "Cómo eliminar a su jefe" el clásico de los 80, con Jane Fonda.

Situaciones grotescas, poco transgresoras y nada críticas como cabía esperar de un tema tan jugoso. Se trata de una astracanada donde la dentista ninfómana (Aniston) persigue a su empleado creando situaciones patéticamente "excitantes", el hijo del jefe (Farrell) que hereda a su padre (Sutherland) muerto en un ataque al corazón y tiene todas las lacras de un descerebrado yonqui o el psicótico sádico (Spacey lo borda) que explota hasta la extenuación a un  empleado ambicioso. No hay medias tintas, extremos todos desmadrados y una curiosa tendencia a olvidarse de que hay otra solución que queda lejos del asesinato: dejar el trabajo. Pero la crisis es la crisis y los tres amigos prefieren los trazos gruesos de un crimen para el que no tienen la menor capacidad.

Todo acaba bien, como suele ser dictamen de la industria del (poco) entretenimiento. Asi pues una comedia negra al uso que arranca algunas carcajadase al respetable (supongo que debe haber muchos casos de autoidentificación en la platea) y que plantea un triple asesinato con el peregrino argumento de  que "Una mala persona puede motir en beneficio de la humanidad". Pero son, precisamente, esas tres malas personas las que se llevan el gato al agua: ellos dan categoría a la película, aunque se salgan de madre los tres, sobre todo la Aniston y Farrell, en el desempeño de sus abracadabrantes roles.

 

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2 octubre 2011 7 02 /10 /octubre /2011 07:33

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El cine de Gustave Kervern y Benoit Delépine es un cine proletario, irreverente, provocador. Y "Mammuth" puede ser su obra más representativa, una película que seguramente gustará solo a unos pocos, pero que dificilmente olvidarán todos los que la vean, incluso los más disgustados,  con las peripecias del fondón, enorme y desmesurado Gerard Depardieu, un personaje border line que pasea  su patetismo por un escenario friqui donde abundan personajes del parecida sintomatología.

El argumento, el jubilado que a la hora de gestionar su pensión descubre que muchas de las empresas en las que trabajó no le dieron de alta a la seguridad social y marcha por el país  a la busca de sus antiguos lugares de trabajo y compañeros, para que le ayuden a recuperar sus certificados de trabajo, es  algo que se vive cotidianamente por desgracia en esta Europa en crisis social, económica y de valores.

En el fondo es la misma desesperación, vulnerabilidad y abusos que se denuncian en "Inside Job", "Capitalismo, una historia de amor", "Up in the air", "A propósito de Schmidt" (un comienzo argumental parecido pero esta cinta muy bien dirigida por Michael Payne) o "The company men", los mismos collares para perros de distintas clases y pelajes. Personajes alineados o francamente patológicos para ilustrar una pretendida comedia de trazos groseros, surrealistas, crueles o simplemente patéticos. Y digo lo de pretendida, porque lo que acontece en la pantalla dificilmente puede  atraer ni la más desvaida sonrisa. Pelicula que debería convertirse en un clásico para el movimiento de los indignados o en un motivo de reflexión sobre la capacidad de ciertos actores para hacer creíbles los aspectos más trastocados de sí mismos. Depardieu, excelente actor, con sus greñas salvajes y su corpachón elevado al cubo, parece una versión triste de la figura golpeada de Mickey Rourque, una Bestia sin Bella a su alcance (sólo es hermosa la figura fantasmal, ensangrentada, de la novia que tuvo en su juventud, que falleció tras un accidente de moto con él) tan tierno  y vulnerable por dentro como lamentable en su aspecto físico que le asemeja a un orco simple y triste.

El final, supuestamente poético, con Depardieu ya no a lomos de su moto Mammouth, sino viajando en un ciclomotor con los brazos al aire y una sonrisa idiota en el rostro, se sale fuera de la coherencia del feísmo deliberado de la película (a no ser que se nos insinúe que ese viaje final es realmente el último viaje, con el inevitable accidente).

Compañeros y familiares del jubilado itinerante, cada vez más absurdos, patéticos y fuera de la más lineal normalidad, desfilan ante la cámara de estos dos directores franceses que se encuentran muy lejos de los hermanos Cohen aunque a veces parece que les intenten seguir los pasos.

En suma, una road movie pesimista, llena de asperezas y amargura crítica que trata de pasar como una comedia  de nuestro tiempo, insolidario, insensible y muy a menudo cruel. Secuencias como la fiesta de despedida desangelada que le dan al jubilado Depardieu (sus compañeros le regalan un puzzle!!), el encuentro con el buscador de monedas y metales en las playas desiertas, el intercambio onanista con el primo que mas que risas provoca un cierta repugnancia o la relación con su mujer, dejan un poso de emociones poco agradables en el espectador, que reconoce en la pintura burda de la cinta un universo de humor negro que podría pintar Goya, Buñuel o Valle Inclán, una especie de comedia maldita entre el esperpento, la locura y la mezquindad. Ni siquiera la bella Isabelle Adjani, cubierta de sangre, se escapa del negro tono general. Y uno acaba como el Kurtz de Apocalipsis Now musitando, "El horror, ah, el horror"

 

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1 octubre 2011 6 01 /10 /octubre /2011 09:36

arbol-vida-poster-b.jpg Es un director "de culto", es decir uno de esos como Allen, Kubrick, Houston, los Cohen y unos pocos más, vivos o desaparecidos, cuyo trabajo es una garantía si no de éxito inmediato --algunos ruedan para la posteridad-- sí de que sus películas formarán parte de esa no muy amplia nómina de "clásicos" de todos los tiempos.Terrence Malick  ha rodado muy pocas películas (cinco largometrajes en casi cuarenta años) pero basta que se sepa que va a rodar una para que las estrellas más rutilantes del Star System se ofrezcan al precio que sea para formar parte de los titulos de crédito. En esta ocasión, dos de los grandes, Brad Pitt y Sean Penn han sido los agraciados (el primero como protagonista, el segundo como secundario de lujo: sospecho que en el montaje final han debido caer muchas de las secuencias en las que intervino este excelente actor y de eso se resiente un poco la película).

El argumento de "El Árbol de la Vida" acompaña la vida del hijo mayor, Jack,  (Sean Penn como adulto y el niño Hunter McCraken, una revelación, cada gesto y mirada contienen un mundo) de una familia de clase media de los años 50, con especial hincapié en la infancia y en las relaciones difíciles con su autoritario padre (Brad Pitt), la muerte de un hermano y sus consecuencias, en suma el desarrollo problemático del niño en un contexto  duro, desequilibrador y sin concesiones, donde surgen todas las paradojas de una educación  deficitaria y unas incógnitas sobre asuntos éticos y de comportamiento que el chico, como la mayoría, debe resolver por sí mismo, con escasa ayuda externa y nula ejemplaridad paternal.

Vístase esa trayectoria vital no muy original con una puesta en escena suntuosa donde el ritmo sigue la cadencia de las mareas, se nos invade constantemente con bellísimas imágenes espaciales y de la naturaleza, como si se nos recordara de continuo que todo está relacionado, ese nacimiento, desarrollo y muerte de estrellas, planetas, seres humanos, árboles y animales, es todo la misma canción con diferentes melodías. Y todo ello bajo la evocación de un música de lujo: Bach, Mahler, Smetana. Berlioz, además del compositor propio de la cinta, Alexander Desplat. Gozo visual, gozo intelectual, gozo auditivo.

Como suele ocurrir con Malick, el mensaje se repite una y otra vez, entre lineas, inducido, quizá intuido, y los personajes y las imágenes que les rodean siguen un proceso de escritura muy singular. Por eso este director gusta o no gusta, pero nunca aburre, nunca deja indeferente. La familia de los O’Brien (Brad Pitt y Jessica Chastain), se enfrentan desde el principio de la pelicula al doloroso trauma de la pérdida de un hijo y de ese terrible drama emocional surgen los recuerdos y las oniricas, simbólicas, intervenciones del hijo mayor ya adulto (Penn). Esta catarsis familiar toma una estructura no fácil para el espectador, ya que los recuerdos van mezcládose con las tomas no argumentales de las que les hablamos y articulándose en un discurso ético y religioso de altos vuelos, en los que las visiones espaciales o de la naturaleza parecen la epifanía del mensaje religioso. Por eso es laborioso conciliar en la mente del espectador ese nivel superior con los aconteceres en la vida cotidiana de una familia dominada  por la brutalidad de un padre excesivamente autoritario, la pasividad de una madre imbuida del sentido espiritual de la vida, los dramas de los chicos, el amor entre ellos, la compañía no siempre positiva de los amigos, las carencias paternales y la irritación hacia el papel de la madre.

¿Como evitar con esta abundacia de niveles de lectura, las caidas de ritmo? No las evita Malick. Yo creo que se refocila en ellas. Por eso su cine irrita a muchos, desconcierta a otros y fascina a unos pocos, aparte de los que cantan alabanzas por imitación o por repetición bobalicona ante el "genio" enaltecido por tantos. Las maravillosas secuencias "espaciales" parecen una reedición mejorada -- y sensible a raudales-- de las que ya vimos en la irrepetible "2001 una odisea espacial", de Stanley Kubrick. Y como en ella Malick recurre también a las épocas remotas presentándonos a unos animales prehistóricos en acción como muestra de lo que podría calificarse de "piedad" (lo que en Kubrick sería el elemento reflejado en su célebre secuencia de los homínidos, el origen del afán de conocimiento y la violencia contra los congéneres) y esa comparación entre todos los niveles  de la existencia en el planeta. Es la vida, pues, el árbol que forman los seres vivientes, desde las raíces hasta las ramas y los frutos, el elemento esencial de la ambiciosa película.

Los actores saben de sobras que están haciendo historia y asi nos regalan interpretaciones memorables, como la de Brad Pitt con su gesto facial calcado de "Malditos bastardos" y una brutalidad semejante aunque calibrada con estallidos de ternura y de amor reprimido, la Chastain llena de candor y sensibilidad, el soberbio Jack, Hunter Mc Cracken, que de adulto tomará las facciones atormentadas de Sean Penn. Las voces de todos ellos, las preguntas que lanzan al aire, sin respuesta posible "¿Donde estabas, Dios mio, cuando murió nuestro hijo?", ¿Por qué nos has hecho esto a nosotros, que siempre te hemos amado"?" "¿Por qué nuestro padre nos hace daño?" , Y las inquietudes que subyacen, sobre el origen del mal, la necesidad de que éste exista, qué sentido tiene la muerte, a quién beneficia la muerte de un joven, preguntas llenas de sentimiento que elevan el tono de la película en una sinfonía de emociones, color, música y sentimiento que llega a aturdir un poco al espectador, sobrepasado en muchos momentos.

Película pues para ver más de una vez (en el caso de que uno sea un saboreador del cine de Malick) y para estar atento a lo que va despertando su película en nosotros, atendiendo más a lo que se sugiere que al desarrollo anecdótico de la vida de la familia, ya que hay películas que tratan con más efectividad el tema de la muerte juvenil o el de la figura paterna brutal y odiosa, o dejarse llevar demasiado por el mensaje religioso que desprenden muchas de sus escenas. Descubrir la gloria de Dios por doquier puede ser una vivencia en muchas personas pero cuando pasa a mensaje para todos se convierte en algo que no convence. Y Malick es un director que ha dado muestras de una sabiduría y una humanidad que merecen un visionado de su trabajo con seriedad y sin prejuicios.

Personalmente el mensaje religioso  --salvando el espiritual- esa oferta incondicionada a Dios del dolor como parte del amor en un todo que suena a Antiguo testamento, no me convence demasiado, pero si lo hace el contexto cinematográfico en el que me lo presentan, esa visión deslumbrante de que la vida, en su conjunto, es pura e inexplicable trascendencia. Y ese es un mensaje espiritual, metafísico y por tanto universal. Y convierte "El árbol de la vida" en un poema visual con profundas ramificaciones éticas y filosóficas, metafísicas y humanas, de un director inescrutable y enigmático que va encadenando escenas y secuencias para ofrecernos un mensaje de una rara trascendencia en la que se pretende abordar, ahí es nada, el misterio de la vida. No importa lo que pasa, el hilo argumental, importa lo que sientes y lo que piensas mientras la ves y después de verla. Como ocurrió con "Malas tierras" (1973), "Dias del cielo" (1978), "La delgada linea roja" (1998) y "El nuevo mundo" (2005). Quizá sea esta la más redonda de todas a pesar de su mayor complejidad y de esa decisión personal de este incalificable director: tratar de contarnos de qué va esto de la existencia, la muerte y el dolor, la alegría del nacer y la angustia que provoca la muerte de una persona joven llena de vida. Y sobre todo ello, la presencia de Dios para los creyentes, y Malick sin duda lo es.

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